miércoles, 7 de octubre de 2026

El maestro del error

La historia circula desde que el Equivocador (Equi, en confianza) perdió otro empleo. El jefe le ordenó abandonar las instalaciones de inmediato. Tres días después, se lo encontró deambulando por los pasillos.

— ¿Usted qué hace aquí? Le dije claramente que se fuera de mi empresa.

— Sí doctor, pero tengo un problema.

— ¡Cuál problema!

— Es que no he podido encontrar la puerta de salida.

Aunque no existe evidencia que avale el relato, quienes han tenido la oportunidad (o la maldición) de trabajar con Equi no descartan su veracidad. El pisco, es cierto, tiene la mejor voluntad. Colaborador, responsable, cumplido y se podría decir que eficiente pero no, no puede ser eficiente quien comete pocos, pero fundamentales… errores.

No es ignorancia. No es mala intención. Es que en el momento, lugar y circunstancia clave algún cable se le cruza y conjuga en primera persona (en mayúsculas y subrayado) el verbo equivocarse.

Confundió sal con azúcar en su época de auxiliar de cocina. Le llevó blanqueador al encargado cuando este le pidió el detergente líquido a la hora de cargar 100 kilos de ropa de color en la lavandería donde lo habían contratado.  Entregó por error a la madre superiora del convento de clausura un pedido de juguetes para adultos (importados) mientras se dedicaba (él, no la madre superiora) a repartir paquetes. 

Y sigue. Cargó veinte costales de papa —cuando ejerció como cotero en la central de abastos— en el camión equivocado. En su rol de ascensorista descargó al cliente más importante de la empresa en el piso 10 mientras la junta directiva lo esperaba en el 20. Le dieron 100 volantes para promocionar una fritanguería y los repartió a la salida de un instituto de adelgazamiento para obesos mórbidos.

Curiosamente, Equi siempre encuentra nuevas oportunidades. Una razón puede ser que sus antiguos patrones suelen reconocer sus habilidades blandas (colaborador, responsable, cumplido). Otra versión es que quienes lo han padecido no se resignan a ser los únicos, así que inconscientemente (o de forma totalmente consciente, intencional y algo malévola) no dudan en endosárselo a  otro inocente empleador.

Así que el dueño del almacén recibió buenas referencias de ese tipo que requería como auxiliar de oficios varios, lo que incluía hacer mandados, cargar bultos, abrir y cerrar las rejas, colaborar con el aseo del piso y una larga lista de etcéteras determinados por las circunstancias del día.

Esta vez Equi consultó detalladamente el procedimiento para cada una de sus potenciales funciones. Por ejemplo cómo abrir la puerta del negocio, cuáles eran los candados, qué truco tenían y la manera correcta de manipular la cortina enrollable metálica. Tanto interés terminó por convencer al propietario. Todo quedó listo. El día señalado, Equi abriría el almacén por primera vez e iniciaría sus labores.

Todavía no ha llegado.

Preguntó muchas cosas salvo dos. Cuándo comenzaba y a qué horas se abría el local.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Perfecta presentación

De todos los proyectos, ese era "El" proyecto. Iba a tener el mejor presupuesto, abría excelentes posibilidades de crecimiento profesional y contaba con un plan de bonos e incentivos sin par. Demandaba, eso sí, además del impecable sustento técnico, un importante componente de creatividad e innovación.

Cada uno de los interesados en la empresa sabía que la clave no estaba en tener la idea más original, sino en exponerla primero al comité. Cuando finalmente se publicó el cronograma de las presentaciones la ventaja la tenía el ingeniero Pérez. Puesto número uno para llevar su iniciativa ante los encargados de la selección,

Pérez no llegó ahí por suerte o casualidad sino como resultado de un plan cuidadosamente diseñado, implementado y desarrollado, etapa por etapa, que finalmente lo puso en la cabecera de la lista. Tenía muy claro cada uno de los puntos, pero aún no los había convertido en presentación. En teoría, iba a disponer de dos semanas para eso. 

La noche anterior todo se fue a la porra. Una llamada, un imprevisto, un reagendamiento con dos opciones. —Lo podemos recibir mañana o si no el único espacio libre es en tres semanas. Sí, en ese caso sería uno de los últimos proponentes en exponer. 

Hora de la notificación 9 p.m. Hora de la presentación 7 a.m.

Acudió a la inteligencia artificial, pero el resultado final no lo dejó satisfecho. Era impecable pero frío. Le faltaba la chispa, el toque personal que siempre representó éxitos en el pasado. Para rematar esa misma semana había sido testigo de como un joven ejecutivo botó su carrera a la basura, por no verificar ese documento donde la tecnología introdujo un par de referencias tan fundamentales como inexactas. 

Pérez optó por revisión y ajuste detallado, diapositiva a diapositiva, tanto en la forma como en el contenido del producto que le había entregado el ayudante cibernético. Su capacidad intelectual (la del ingeniero), su experiencia profesional, sus conocimientos en el tema específico y cantidades navegables de café le permitieron ensamblar un producto final ideal.

Todo estaba en su sitio. La información inicial para captar la atención. Los puntos fundamentales del camino que llevaría al objetivo bajo criterios de calidad y eficiencia. Los complementos visuales en forma de gráficos informativos cuando el tema lo requería, o de imágenes evocadoras cuidadosamente seleccionadas. Una ruta icónica repleta de datos escogidos para vender el mensaje sin saturar a la audiencia.

Cuando terminó de revisar su obra vio el reloj, 5.30 a.m. Apenas el tiempo justo para aseo, arreglo personal y transporte. Lo había logrado. La presentación perfecta.

El comité en pleno ocupó la sala de juntas a las 7 de la mañana, tal y como había sido programado. Realmente había expectativas frente a lo que el ingeniero podría traer. 

Al llegar a la oficina Pérez notó una pequeña y casi imperceptible mancha en el saco. Fue hasta el baño de la oficina, humedeció su pañuelo y se sentó sobre la tapa de un sanitario para una rápida operación de aseo.

7.15 a.m. El comité sigue reunido, pero el ingeniero y su presentación no aparecen por ningún lado.

A nadie se le ocurre buscarlo en el baño, donde duerme, plácidamente, sentado sobre un sanitario.