miércoles, 4 de noviembre de 2026

Padrino se escribe con P (peor también)

Alguna vez eso de ser padrino tuvo categoría. Categoría para el escogido, categoría para el o los apadrinados y categoría para la sociedad. Aclaración uno: este padrino no es el mafioso de las películas, sino el tipo elegido para acompañar durante (y después de) ritos clave a personas de diversas religiones (cristianas todas, según internet). Aclaración dos, las madrinas son otra historia. Esto no trata sobre ellas.

Lo de categoría iba en serio. Los padres se esmeraban en buscar alguien de férreos principios espirituales, antecedentes intachables y buena posición económica (no necesariamente en ese orden). Sin entrar en honduras teológicas, más allá de la función de guía espiritual el padrino venía a ser una especie de papá de repuesto, de refuerzo o de emergencia. Por algo le decían compadre.

El elegido, a su vez, se sentía honrado por la nominación y intentaba corresponder (en la medida de sus posibilidades y recursos) mediante un compromiso de apoyo constante y a veces vitalicio hacia su ahijado.

Suponemos que aún existen padrinos que encajan en este perfil. Que nunca rebajaron regalo grande en  fechas especiales y regalo pequeño en visitas ocasionales. Que sirvieron de apoyo moral en los momentos difíciles y de respaldo financiero en los momentos costosos. Para ellos, nuestro saludo y reconocimiento.

Ahora vamos a los otros. A los que firmaron y desaparecieron. Literalmente. A los que aceptaron motivados por trago y comida gratis. A los que estaban en el lugar y momento preciso para hacerle un favor a los padres y posteriormente han estado en el lugar y momento preciso para ignorar olímpicamente a su ahijado.

Hablamos del visitador médico que despachó el único regalo jamás entregado a su ahijado de confirmación con dos muestras gratis de Ibuprofeno. Del pariente cuya relación con la vida de su apadrinado comenzó en la ceremonia de bautizo y terminó justo después de la celebración del sacramento. (Para ser justos, a veces terminó después de otra celebración. La celebración de la fiesta organizada por los padres del bebé).

El personaje no siempre se esfuma. A veces se deja ver en algunos (nunca todos) cumpleaños con un carro. De plástico. Hasta cierta edad aguanta, pero después de los 13 (15, 18, 21, 31...) años del ahijado desentona. 

Nos referimos también a ese que alguna vez llamaron para ayudar a su “protegido” con un sabio consejo en un momento de crisis. No ha llegado todavía. O llegó, pero borracho (el padrino, no el protegido). O llegó sobrio y hasta con buena voluntad pero totalmente desconectado de los hechos, por lo que sus recomendaciones fueron, en el mejor de los casos, inocuas.  O recordó haber vivido una situación similar y terminó llorando y siendo consolado por el ahijado al que en teoría iba a ayudar.

También tenemos al que no está presente físicamente, pero se manifiesta de otra manera. Es el protagonista recurrente de conversaciones familiares. De cuando hablan de negocios, de relaciones de pareja, de proyectos personales o empresariales, o simplemente de anécdotas. Así, quien se supone debía ser ejemplo es constantemente mencionado en historias de malos negocios, de conflictos de pareja, de proyectos fallidos y de anécdotas cuya constante es la carencia de final. De final feliz.

Son los padrinos modernos. Solo existen en forma de nombre escrito en un certificado. O existen de cuerpo presente pero no ejercen. O ejercen esporádicamente con tendencia al desastre.

En algunas circunstancias es posible anular un matrimonio católico. ¿No se podrán inventar algo parecido para ese tipo de padrinos? El Vaticano tiene la palabra.

miércoles, 28 de octubre de 2026

Jaramillo y el carro verde

Jaramillo tiene fama de exagerado tirando a intenso con escalas en paranoico. Periódicamente se obsesiona con ideas no muy lógicas que digamos. Como esa vez que le dio por sostener que los grafiteros tienen una alianza secreta con los pintores de brocha gorda especializados en fachadas. O cuando dedujo que las degustaciones de supermercado son una compleja y malévola estrategia para crear adicciones. 

Su círculo social evita darle cuerda en caso de que el tema de conversación se acerque a la lista de fijaciones del caballero. Saben que si el tipo se monta en una idea de allí no lo baja nadie. Peor todavía, no lo calla nadie. Su círculo familiar tiene una estrategia similar que incluye recomendaciones como papito no diga tanta pendejada o hermano usted lo que necesita es un psicólogo, entre otras cariñosas observaciones.

Jaramillo es consciente de su situación. Optó por evitar pensar demasiado en ciertos temas y, para qué, el asunto venía funcionando. Hasta esa noche. Junto con su grupo de amigos buscaban la casa de una fiesta. Pasaron varias veces por la misma calle. En el momento no lo notó. Solo más tarde, ya en su casa, cayó en cuenta de que cada vez que cruzaron por la vía había un carro verde parqueado en un sitio diferente.

Luego vino la anécdota del automotor obstruyendo la salida de un garaje. Le pitaron y se fue. Otra historia habló de un coche encabezando la fila frente a un semáforo a punto de cambiar a rojo. El aparato modificó su señal, el auto no se movió, las bocinas llenaron el ambiente auditivo y finalmente el vehículo arrancó. 

No han sido grandes trancones ni inmovilizaciones eternas. Por eso el narrador de turno despacha la historia en dos minutos y cambia de tema. Los carros no tienen marca, placa, ni conductor conocido. Simplemente están atravesados. O mal parqueados. O inmóviles cuando deberían moverse ante un cruce despejado, una barrera levantada o una autoridad dando paso. Es un breve momento en el cual por culpa de otro conductor se pierden segundos, por mucho minutos, de movilidad.

Jaramillo preguntó ¿De qué color era el carro? Verde, la respondió el de la historia del garaje. No sé, creo que verde, dijo la del semáforo. Y si el interpelado no lo recordaba entonces iba una pregunta directa: ¿Verde, por casualidad? Humm, de repente sí. Así comenzó. Después de cruzar historias, verificar datos, establecer modus operandi y pasar largas horas ejerciendo como pensador de tránsito Jaramillo ha llegado a una conclusión. El automotor causante de trancones, bloqueos, ralentizaciones en la movilidad vial y similares es uno solo. El carro verde.

El hombre está que socializa su teoría pero esta vez no. Es imposible, la ciudad es muy grande. Vive, literalmente, llena de carros. El hecho no resiste ningún análisis lógico. No puede ser el mismo. Jaramillo ya tiene demasiada fama de loco para autosabotearse de esa manera. Lo mejor es comer callado. Ya pasará.

Los Rodríguez no conocen a Jaramillo. Son una pareja relativamente joven que maneja una empresa familiar de transporte de mercancías a pequeña escala. Eso significa que no solo viven juntos. Trabajan juntos durante todo el día y parte de la noche mientras se movilizan por toda la ciudad.

Se quieren, pero tienen sus diferencias, y en cualquier momento del día discuten, bien sea por cuestiones laborales, personales, hogareñas, deportivas, políticas o religiosas. Ya tienen una rutina. Como se rotan la conducción de su principal herramienta de trabajo, quien está al volante detiene el vehículo, en cualquier parte,  mientras despachan la pelea del momento, o cuando a punta de pito los obligan a moverse.

Y sí, el carro de los Rodríguez es verde.