miércoles, 8 de abril de 2026

Ese tal Habermas y yo, dice Don Arturo

Jürgen Habermas (1929-2026)
By Wolfram Huke, http://wolframhuke.de
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Se murió Habermas. Los que saben de eso se han dedicado a destacar su importancia. Arturo no sabe de eso. Lo que sí sabe es que para él, en diversos momentos de su vida, el tal Habermas fue importante. 

En el barrio había un combo de amigos. Al crecer la vida los fue dispersando. Pero no del todo,  Periódicamente se reunían bajo cualquier disculpa lo que, inevitablemente, terminaba en abundantes consumos etílicos. Durante uno de esos encuentros, el que llamaban Caradestopa y estudiaba algo terminado en ía (filosofía, antropología, sociología, nunca se supo con claridad) les presentó a Habermas.  

Arturo no recuerda detalles. Solo sabe que había mucho licor, Caradestopa echaba mucha carreta y en más de una ocasión habló de un tal Habermas. Y que al otro día, de ese Habermas apenas le sonaba el nombre.

Por esa misma época Arturo inició su propia formación profesional. Ingeniería. Números, máquinas, obras. El mundo real. La Mona, una compañera, escogió como materia opcional Filosofía Contemporánea.  El joven se sentía atraído (por La Mona, no por la filosofía) así que hizo otro tanto. Ella se retiró por problemas económicos. Él quedó atrapado en algo que no le gustaba, no comprendía, y cuyo profesor lo aburría mediante interminables peroratas alrededor del pensamiento humanista con énfasis en un tal Habermas. 

El estudiante hizo su mejor esfuerzo.  Intentó entender en clase. No pudo. Intentó leer directamente al autor. Tampoco entendió. Buscó a Caradestopa. No le entendió nada. Terminaron borrachos. Fracasó en la vocacional. En otro semestre se pasó a Taller de Ebanistería y le perdió por siempre la pista a La Mona.

Años después, Caradestopa se graduó y armó fiesta. La reunión juntó parientes, viejos amigos y colegas. Arturo aterrizó, como escucha, en una conversación de barbudos. En algún momento dos de ellos se trenzaron en tremenda discusión sobre algo llamado acción comunicativa y ética discursiva. 

Aburrido como ingeniero en pelea de intelectuales, Arturo decidió retirarse. Uno de los conversadores (el que iba perdiendo el debate) lo agarró como escudo mientras tomaba un segundo aire… “¿Y usted qué opina? ¿Debemos asumir el discurso ignorando el componente procedimentalista de Habermas?”.

En el mundo de Arturo opinar era defender su equipo de fútbol, discurso las bobadas que decían los políticos, componentes las piezas de un computador y procedimiento una lista de instrucciones. Al unir todas las ideas lo único que atinó a responder fue un largo e interminable Uhmmm...

Por suerte, Caradestopa apareció y se lo llevó a otro grupo, donde le presentó a Patty. La conversación entre los dos jóvenes fluyó sobre diversos temas. Cine, televisión, viajes, lugares, artistas y lecturas, que fue cuando ella inocentemente comentó: “Ahora estoy leyendo el último libro de Habermas, ¿tú ya lo leíste?

Han pasado muchos años. Arturo no lo ha leído todavía. Terminó y luego ejerció su carrera con éxito. Se casó con la mujer de su vida (no fue Patty). Tuvo hijos. Ellos lo llaman Papá. Le dieron nietos. Esos que le dicen Abuelo. Otras personas, ajenas al círculo familiar, se refieren a él como Don Arturo.

El nieto mayor, tras una exitosa gestión como edil de su comunidad, ahora quiere ser concejal. El patriarca  y su descendiente conversan seguido. No siempre en términos cordiales. No es por las diferencias de edad, ni por los contextos culturales diferenciados, ni por el abismo generacional, ni por las posturas ideológicas. 

Es que Don Arturo está mamado de que su nieto cite todo el tiempo a un tal Habermas.

miércoles, 1 de abril de 2026

Palabras de amor

GEC es lo que en otros tiempos llamaban solterón. Para librarse del apelativo solo había que casarse. Pero si pasaban los años sin boda la denominación cogía fuerza. El solterón a secas evolucionaba a “el” solterón. El solterón de la familia, el solterón de la oficina, el solterón del barrio, el solterón del pueblo.

Actualmente la gente no se casa. La gente tiene pareja. Agregarle ceremonia con sacerdote, pastor, rabino, juez o notario al asunto es opcional. Así que GEC no es un solterón, sino alguien que no ha tenido pareja. O por lo menos pareja estable. Lo suyo es una opción de vida. Libre desarrollo de la personalidad. Él escogió. 

Mentira. Él no escogió. Lo suyo es cuestión de estrategia. Estrategia de comunicación. De las que no funcionan. Supongamos que en el mundo quedan solo una mujer (cualquiera) y un hombre, GEC. Se encuentran. El tipo habla. La especie humana se extingue para siempre.

Situación 1. A GEC no le salen las palabras. Lo poco que dice aleja en vez de acercar. Le pasa cuando le gusta, está enamorado (o cualquier variante intermedia) de su interlocutora. Esa primera cita, ese encuentro casual, ese espacio inesperado o planeado siempre termina en un desastre comunicacional. 

La teoría clásica habla de un emisor, un receptor, un canal y un mensaje. En todos los casos donde GEC es el emisor y el mensaje es “tú me interesas”, la receptora no entiende nada o recibe otro mensaje. El mensaje de que este tipo es como medio tarado, no entiendo lo que me quiere decir, qué le pasa a este man, por qué no me quedé en mi casa, o por favor, necesito que alguien me saque de aquí.

Diga lo que diga GEC, siempre pierde. Su palabra es la soga del ahorcado. Y él es el ahorcado. La facilidad de expresión muere frente a aquella que lo atrae. Su intelecto desaparece y solo musita estupideces, porque ni siquiera es capaz de vocalizar adecuadamente. Es un desastre. Y él lo sabe.

Situación 2. La buena noticia es que a veces se destraba la caja y GEC empieza a hablar. ¿Y eso cómo funciona? Fácil, no funciona. Interrumpe a su interlocutora. Corta las conversaciones. Responde con monosílabos a preguntas que pudieron dar pie a un buen diálogo. Se extiende innecesariamente en tópicos insulsos como el clima, el color de las cortinas, o algún tema técnico relativo a su profesión que ni siquiera a él le importa. Profundiza con lujo de detalles descripciones relacionadas con su estado de salud, situaciones donde escasea la higiene o anécdotas desagradables de amigos, parientes y, lo que es peor, propias.

Solo es cuestión de tiempo para llegar a los silencios eternos. La otra parte se queda callada y mira hacia todas partes. Está incómoda. Necesita irse. Algunas simplemente lo hacen. Cuando no, se agarran de cualquier excusa para escapar. Se zambullen con desesperación en su teléfono inteligente. Buscan conversación con un mesero, alguien de otra mesa, el perrito de la zona pet friendly. Tienen recuerdos instantáneos de actividades inaplazables que deben hacer en ese momento. Solo quieren una cosa. Largarse.

Cierto, posiblemente a todos les ha pasado por lo menos una vez. O dos, hasta tres. Pero a GEC le pasa todas las veces. En cambio, en otros escenarios la coordinación entre sus palabras e ideas es perfecta. Un manejo verbal ideal, hasta conquistador, pero no para las personas adecuadas. 

En ocasiones surge, medio en serio y medio en broma, la pregunta  ¿Y usted por qué no tiene pareja? GEC responde de forma detallada, clara, precisa, grandilocuente y convincente.

Y siempre cambia la mentira.