miércoles, 28 de enero de 2026

Antes y ahora

Antes la gente manipulaba el teléfono para hacer o contestar llamadas; ahora muchos no lo hacen en el espacio público por aquello de la seguridad. En cambio...

  • Antes gritaban cójanlo; ahora hacen un video del ladrón huyendo.
  • Antes regañaban al que no atendía o atendía despacio; ahora le hacen videos y los cuelgan en redes.
  • Antes la prioridad de los reencuentros era conversar; ahora es tomarse la foto.
  • Antes había que ayudar al caído; ahora hay que grabarlo.
  • Antes un concierto era para gozar, cantar, aplaudir, bailar; ahora es para hacer el video antes, durante y después.
  • Antes lo importante era estar ahí; ahora lo importante es que quede registro visual en redes.
  • Antes el que llegaba tarde o no cumplía los requisitos pedía disculpas o rogaba por una excepción: ahora hace un video donde él es la víctima. 
  • Antes lo importante del plato que traía el mesero era su preparación, sabor (y a veces la cantidad); ahora la prioridad es tomarle una foto antes de consumirlo (en caso de que se consuma).
  • Antes el orgullo de los graduados estaba en el diploma, ahora el orgullo de los graduados está en el diploma siempre y cuando se vea en la foto o el video.
  • Antes lo importante era contar la anécdota; ahora lo importante es tener el video.
  • Antes la fila era un requisito previo para alcanzar una meta; ahora es evidencia gráfica de mala atención o de la participación del protagonista en algún evento importante.
  • Antes se viajaba para conocer monumentos y lugares; ahora se viaja para tomar fotos donde el modelo tapa monumentos y lugares.
  • Antes los primíparos protagonizaban un proceso académico que comenzaba con la inducción; ahora los primíparos protagonizan un video y muchas fotos de una fiesta de inducción.
  • Antes se tomaba nota o se memorizaban datos clave; ahora se toma una foto.
  • Antes estrenar ropa, peinado, maquillaje, carro, casa, trabajo era una primera vez que la gente compartía con su círculo cercano: ahora lo comparten con el mundo entero, así al 99,9999999 % le importe un rábano.
  • Antes el paso del tiempo era una cuestión cronológica; ahora es un comparativo público de fotos.
  • Antes la intimidad y privacidad eran un derecho; ahora son un espectáculo que compite por alcanzar públicos cada vez mayores.
  • Antes escaseaban las cámaras pero abundaban las películas de monstruos, ovnis y fenómenos sobrenaturales; ahora abundan las cámaras y... 
  • Antes lo importante de las reuniones laborales y académicas era el aporte individual y los logros compartidos; ahora es la foto del grupo.
  • Antes los certificados, diplomas y demás constancias de logros académicos se enmarcaban; ahora se publican en redes sociales.
  • Antes los fans se acercaban tímidamente a un famoso para saludarlo o pedirle un autógrafo; hoy se ofenden y lo insultan si no accede a tomarse una foto o grabar un video.
  • Antes el artista priorizaba que los demás vieran y disfrutaran o hasta criticaran su obra; ahora el artista prioriza divulgar la foto o video al lado de su obra.
  • Antes poner cara de foto requería minutos o por lo menos segundos de preparación. Ahora se dispara en automático.
  • Antes el ejercicio individual implicaba esfuerzo,  sudor, cansancio y hasta dolor y suciedad; ahora implica mostrar ropa deportiva curiosamente limpia (y de marca), cara de felicidad, cuerpos impecables y números exitosos.
  • Antes las experiencias eran para vivirlas: ahora son para tomar fotos y hacer videos. 

miércoles, 21 de enero de 2026

Cuasitragedia familiar "offline"

Una rápida revisión a los calendarios permitió ubicar tres días libres, en las primeras semana del año, que toda la parentela tenía disponibles. Alguien puso la palabra finca en la agenda, otro habló de arriendo. Le metieron tecnología al asunto y, contra todo pronóstico, consiguieron un lugar disponible a buen precio.

El combo familiar armó oficialmente paseo. Encabezaba la matriarca (abuela). Complementaban los hijos e hijas con sus respectivas parejas, y sus propios hijas e hijos, desde recién nacidos hasta adolescentes. Unos tíos y primos, reclutados a última hora, completaron el cupo y permitieron redistribuir el costo.

Aunque nadie lo dijo en voz alta, hubo alivio general al comprobar que la estancia campestre correspondía a las fotos. Historias y experiencias negativas generaban un comprensible temor a ser estafados. Pero no. La casa entre montañas, la piscina, las hamacas y demás infraestructura se encontraban en perfecto estado.

Fue una de las nietas la que descubrió el pequeño detalle. Sacó su teléfono, tomó algunas fotos y empezó a buscar señal para compartirlas en sus redes sociales. No la encontró donde estaba. Se movió a la derecha. Tampoco. A la izquierda, menos. Buscó un punto alto sin que las barritas indicadoras dieran la más mínima señal de vida. La joven le dijo a su mamá, su mamá le dijo al esposo y el esposo le preguntó al encargado.

— Ah, eso. Aquí no entra ni internet, ni celulares ni nada de eso. Creo que es por las montañas o algo así.

La inesperada revelación generó reacciones. A la abuela y a los niños (quienes ya estaban pidiendo pista para la piscina) les importó un rábano. Entre los adultos hubo preocupación de parte del trabajomaniaco, que ya había agendado un par de reuniones en línea;  inquietud entre los y las que se daban su dosis diaria de redes y videos; y preocupación específica de parte de un personaje que tenía programada una cena especial preparada siguiendo instrucciones, como no, de su web de cocina favorita.

Los jóvenes entraron en pánico. Vislumbraron tres eternos días con sus noches desconectados del universo, perdiendo experiencias y novedades, sin poder compartir imágenes ni comentarios. Lo peor era la perspectiva de integrarse obligatoriamente en actividades de adultos, desprovistos del refugio protector de las pequeñas pantallas. En cambio, los mayores anticiparon 72 horas de mal genio adolescente, displicencia, apatía y mucha, pero mucha mala cara.

Un primo, cuyo rango etario lo ubicaba donde termina la juventud y empieza la adultescencia sacó una caja de su maleta. Contenía un tablero plegable y bolsitas transparentes en los que se veían pequeñas figuras plásticas y dados. Entonces anunció, en tono de salvador recién graduado: —Tranquilos, traje parqués.

— ¿Par… qué? 

Hubo que explicar que para jugar no se necesitaban pantallas, que la mesa no servía solo para ingerir alimentos o chatear mientras se comía. Hubo que dictar el curso completo de movimientos, reglas, estrategias, dinámicas y soplos relativos al parqués. Finalmente, milenials, zetas y alfas entendieron el concepto y,  con bastante desconfianza, accedieron a probar a ver que pasaba.

Dicen que la familia nunca había tenido jornadas de integración como las de aquellos días, y que todos los años vuelven a la misma finca.

Lo único que cambia es el juego de mesa.