miércoles, 14 de octubre de 2026

La burrada del XXI

Jerónimo sabía que los equinos tienen cuatro patas y que en alguna época fueron la solución para recorrer grandes distancias, superar en velocidad a los medallistas olímpicos y transportar cargas que rebasaban la capacidad de los seres humanos. La única relación de estos mamíferos con el sujeto —quien nació, creció y siempre vivió en entornos urbanos—  se remitía a las imágenes de las zorras, caballos arrastrando carretas con llantas de carro por las calles, hoy desaparecidas por cuenta de los derechos de los animales.

El tipo se casó joven. Antes de llegar al tercer piso ya contaba con retoña y retoño de 7 y 5 años, respectivamente. Los pequeños supieron de esos parques agropecuarios diseñados para convivir con la fauna de finca, jugar con ellos, acariciarlos y demás actividades que a su padre, honestamente, no le interesaban. Pero dos caritas tiernas insistiendo en horario de 24/7 que queremos ir, queremos ir y queremos ir es algo difícil de administrar. Más cuando a la madre también le suena, hay vacaciones laborales conjuntas pidiendo pista y, echándole número al asunto, cuadra bastante bien en las cuentas familiares.

Así que el animal urbano inició su primera travesía hacia los dominios de los animales de finca. Iban la familia, la suegra y dos cuñados. Apenas los siete cupos del carro, porque la travesía era por tierra.

Quiso el destino que la parada técnica para almorzar, ya en predios rurales, coincidiera con el primer contacto en vivo y en directo con un representante del gremio de los equinos. Era un burrito atado a un poste de madera al borde de la carretera. Mascaba perezosamente el pasto del camino, mientras su dueño intentaba negociar con el dueño del restaurante la carga de plátano que transportaba el jumento.

Pero para los niños, el encuentro presencial fue como si estuvieran frente a un unicornio sin cuerno o a un Pegaso sin alas. Simplemente los dejó asombrados y claro, con ganas de más. De verlo más tiempo, no hay problema. Y de verlo más cerca… sí hay problema.

Justo en ese momento ni mamá, ni suegra, ni cuñados estaban disponibles. El único adulto responsable era Jerónimo, a quien el burro le pareció simpático, pero de lejitos. A regañadientes y en cámara lenta encabezó un acercamiento hasta lo que en términos de seguridad se denominaría distancia prudente. 

Levantó la mirada. A lo lejos, su esposa le hacía una seña. La seña de si vamos a mostrarle a los niños los animales, que sea bien. Cerquita, sin miedo, porque si nosotros mostramos susto se les va a pegar a ellos. Acérquese más que eso no pasa nada. (Ustedes se preguntarán como una seña a la distancia puede contener un mensaje tan complejo. Misterios de la comunicación matrimonial).

En fin. Papá tomo a sus hijos de la mano y caminó hacia el herbívoro, el cual seguía despachando su ración de césped sin siquiera levantar la cabeza. Jerónimo recordó algo. Había leído, le habían dicho, o había visto en un documental algo sobre la costumbre de estos animales de patear cuando alguien se les acercaba por atrás. Las patadas de burro tienen mala fama, así que dio un rodeo para ubicarse de frente.

El cuadrúpedo se veía inofensivo mientras mordisqueaba la hierba. Los hijos se quedaron más o menos a metro y medio. El progenitor le llegó casi de frente y empuñó su teléfono para hacer la impajaritable foto. 

Según el dueño de Pachito (nombre del jumento) este no era agresivo. Y sí, no pateó, pero el golpe (en actitud defensiva o porque justo cuando el tipo se arrimó le dio por levantar la testa) fue tremendo.

Jerónimo se ubicó delante del burro para evitar patadas. Pachito le dio un cabezazo. 

miércoles, 7 de octubre de 2026

El maestro del error

La historia circula desde que el Equivocador (Equi, en confianza) perdió otro empleo. El jefe le ordenó abandonar las instalaciones de inmediato. Tres días después, se lo encontró deambulando por los pasillos.

— ¿Usted qué hace aquí? Le dije claramente que se fuera de mi empresa.

— Sí doctor, pero tengo un problema.

— ¡Cuál problema!

— Es que no he podido encontrar la puerta de salida.

Aunque no existe evidencia que avale el relato, quienes han tenido la oportunidad (o la maldición) de trabajar con Equi no descartan su veracidad. El pisco, es cierto, tiene la mejor voluntad. Colaborador, responsable, cumplido y se podría decir que eficiente pero no, no puede ser eficiente quien comete pocos, pero fundamentales… errores.

No es ignorancia. No es mala intención. Es que en el momento, lugar y circunstancia clave algún cable se le cruza y conjuga en primera persona (en mayúsculas y subrayado) el verbo equivocarse.

Confundió sal con azúcar en su época de auxiliar de cocina. Le llevó blanqueador al encargado cuando este le pidió el detergente líquido a la hora de cargar 100 kilos de ropa de color en la lavandería donde lo habían contratado.  Entregó por error a la madre superiora del convento de clausura un pedido de juguetes para adultos (importados) mientras se dedicaba (él, no la madre superiora) a repartir paquetes. 

Y sigue. Cargó veinte costales de papa —cuando ejerció como cotero en la central de abastos— en el camión equivocado. En su rol de ascensorista descargó al cliente más importante de la empresa en el piso 10 mientras la junta directiva lo esperaba en el 20. Le dieron 100 volantes para promocionar una fritanguería y los repartió a la salida de un instituto de adelgazamiento para obesos mórbidos.

Curiosamente, Equi siempre encuentra nuevas oportunidades. Una razón puede ser que sus antiguos patrones suelen reconocer sus habilidades blandas (colaborador, responsable, cumplido). Otra versión es que quienes lo han padecido no se resignan a ser los únicos, así que inconscientemente (o de forma totalmente consciente, intencional y algo malévola) no dudan en endosárselo a  otro inocente empleador.

Así que el dueño del almacén recibió buenas referencias de ese tipo que requería como auxiliar de oficios varios, lo que incluía hacer mandados, cargar bultos, abrir y cerrar las rejas, colaborar con el aseo del piso y una larga lista de etcéteras determinados por las circunstancias del día.

Esta vez Equi consultó detalladamente el procedimiento para cada una de sus potenciales funciones. Por ejemplo cómo abrir la puerta del negocio, cuáles eran los candados, qué truco tenían y la manera correcta de manipular la cortina enrollable metálica. Tanto interés terminó por convencer al propietario. Todo quedó listo. El día señalado, Equi abriría el almacén por primera vez e iniciaría sus labores.

Todavía no ha llegado.

Preguntó muchas cosas salvo dos. Cuándo comenzaba y a qué horas se abría el local.