Jerónimo sabía que los equinos tienen cuatro patas y que en alguna época fueron la solución para recorrer grandes distancias, superar en velocidad a los medallistas olímpicos y transportar cargas que rebasaban la capacidad de los seres humanos. La única relación de estos mamíferos con el sujeto —quien nació, creció y siempre vivió en entornos urbanos— se remitía a las imágenes de las zorras, caballos arrastrando carretas con llantas de carro por las calles, hoy desaparecidas por cuenta de los derechos de los animales.
El tipo se casó joven. Antes de llegar al tercer piso ya contaba con retoña y retoño de 7 y 5 años, respectivamente. Los pequeños supieron de esos parques agropecuarios diseñados para convivir con la fauna de finca, jugar con ellos, acariciarlos y demás actividades que a su padre, honestamente, no le interesaban. Pero dos caritas tiernas insistiendo en horario de 24/7 que queremos ir, queremos ir y queremos ir es algo difícil de administrar. Más cuando a la madre también le suena, hay vacaciones laborales conjuntas pidiendo pista y, echándole número al asunto, cuadra bastante bien en las cuentas familiares.
Así que el animal urbano inició su primera travesía hacia los dominios de los animales de finca. Iban la familia, la suegra y dos cuñados. Apenas los siete cupos del carro, porque la travesía era por tierra.
Quiso el destino que la parada técnica para almorzar, ya en predios rurales, coincidiera con el primer contacto en vivo y en directo con un representante del gremio de los equinos. Era un burrito atado a un poste de madera al borde de la carretera. Mascaba perezosamente el pasto del camino, mientras su dueño intentaba negociar con el dueño del restaurante la carga de plátano que transportaba el jumento.
Pero para los niños, el encuentro presencial fue como si estuvieran frente a un unicornio sin cuerno o a un Pegaso sin alas. Simplemente los dejó asombrados y claro, con ganas de más. De verlo más tiempo, no hay problema. Y de verlo más cerca… sí hay problema.
Justo en ese momento ni mamá, ni suegra, ni cuñados estaban disponibles. El único adulto responsable era Jerónimo, a quien el burro le pareció simpático, pero de lejitos. A regañadientes y en cámara lenta encabezó un acercamiento hasta lo que en términos de seguridad se denominaría distancia prudente.
Levantó la mirada. A lo lejos, su esposa le hacía una seña. La seña de si vamos a mostrarle a los niños los animales, que sea bien. Cerquita, sin miedo, porque si nosotros mostramos susto se les va a pegar a ellos. Acérquese más que eso no pasa nada. (Ustedes se preguntarán como una seña a la distancia puede contener un mensaje tan complejo. Misterios de la comunicación matrimonial).
En fin. Papá tomo a sus hijos de la mano y caminó hacia el herbívoro, el cual seguía despachando su ración de césped sin siquiera levantar la cabeza. Jerónimo recordó algo. Había leído, le habían dicho, o había visto en un documental algo sobre la costumbre de estos animales de patear cuando alguien se les acercaba por atrás. Las patadas de burro tienen mala fama, así que dio un rodeo para ubicarse de frente.
El cuadrúpedo se veía inofensivo mientras mordisqueaba la hierba. Los hijos se quedaron más o menos a metro y medio. El progenitor le llegó casi de frente y empuñó su teléfono para hacer la impajaritable foto.
Según el dueño de Pachito (nombre del jumento) este no era agresivo. Y sí, no pateó, pero el golpe (en actitud defensiva o porque justo cuando el tipo se arrimó le dio por levantar la testa) fue tremendo.
Jerónimo se ubicó delante del burro para evitar patadas. Pachito le dio un cabezazo.
