La historia circula desde que el Equivocador (Equi, en confianza) perdió otro empleo. El jefe le ordenó abandonar las instalaciones de inmediato. Tres días después, se lo encontró deambulando por los pasillos.
— ¿Usted qué hace aquí? Le dije claramente que se fuera de mi empresa.
— Sí doctor, pero tengo un problema.
— ¡Cuál problema!
— Es que no he podido encontrar la puerta de salida.
Aunque no existe evidencia que avale el relato, quienes han tenido la oportunidad (o la maldición) de trabajar con Equi no descartan su veracidad. El pisco, es cierto, tiene la mejor voluntad. Colaborador, responsable, cumplido y se podría decir que eficiente pero no, no puede ser eficiente quien comete pocos, pero fundamentales… errores.
No es ignorancia. No es mala intención. Es que en el momento, lugar y circunstancia clave algún cable se le cruza y conjuga en primera persona (en mayúsculas y subrayado) el verbo equivocarse.
Confundió sal con azúcar en su época de auxiliar de cocina. Le llevó blanqueador al encargado cuando este le pidió el detergente líquido a la hora de cargar 100 kilos de ropa de color en la lavandería donde lo habían contratado. Entregó por error a la madre superiora del convento de clausura un pedido de juguetes para adultos (importados) mientras se dedicaba (él, no la madre superiora) a repartir paquetes.
Y sigue. Cargó veinte costales de papa —cuando ejerció como cotero en la central de abastos— en el camión equivocado. En su rol de ascensorista descargó al cliente más importante de la empresa en el piso 10 mientras la junta directiva lo esperaba en el 20. Le dieron 100 volantes para promocionar una fritanguería y los repartió a la salida de un instituto de adelgazamiento para obesos mórbidos.
Curiosamente, Equi siempre encuentra nuevas oportunidades. Una razón puede ser que sus antiguos patrones suelen reconocer sus habilidades blandas (colaborador, responsable, cumplido). Otra versión es que quienes lo han padecido no se resignan a ser los únicos, así que inconscientemente (o de forma totalmente consciente, intencional y algo malévola) no dudan en endosárselo a otro inocente empleador.
Así que el dueño del almacén recibió buenas referencias de ese tipo que requería como auxiliar de oficios varios, lo que incluía hacer mandados, cargar bultos, abrir y cerrar las rejas, colaborar con el aseo del piso y una larga lista de etcéteras determinados por las circunstancias del día.
Esta vez Equi consultó detalladamente el procedimiento para cada una de sus potenciales funciones. Por ejemplo cómo abrir la puerta del negocio, cuáles eran los candados, qué truco tenían y la manera correcta de manipular la cortina enrollable metálica. Tanto interés terminó por convencer al propietario. Todo quedó listo. El día señalado, Equi abriría el almacén por primera vez e iniciaría sus labores.
Todavía no ha llegado.
Preguntó muchas cosas salvo dos. Cuándo comenzaba y a qué horas se abría el local.