miércoles, 4 de marzo de 2026

Mucho animal

 

Felizmente casado e inusualmente fértil. En eso va el historial familiar y reproductivo de Maximiliano (Max, en confianza). Pasa por tres parejas estables, cada una con dos embarazos exitosos. Van seis.

La estabilidad de las dos primeras relaciones se desbarató ante sendas aventuras extramatrimoniales del sujeto. Por cierto, cada una dejó su respectivo parto. Suman dos para llegar a ocho.

Max aprendió que eso de andar de picaflor en el ámbito amoroso no es una buena idea. Ante los hechos,  su tercer vínculo erótico afectivo se caracteriza por una fidelidad a prueba de balas. De aquí en adelante, una sola pareja para toda la vida, como los cisnes.

Más cuando nacieron los mellizos (niño y niña) que aumentaron la descendencia del caballero, al que sus amigos llaman (a sus espaldas, por supuesto) el conejo.

Los evidentes defectos del protagonista no significan que carezca de cualidades. La responsabilidad es una de ellas. A sus hijos e hijas no les falta nada. Para financiar la camada hay que producir todo el tiempo. Trabajar como mula. Duro. Muy duro.  

Eso le pasa por perro, dice la mamá. Y por burro.

Aunque sus jornadas laborales son interminables, las cuentas no siempre cuadran. Por suerte existe el tío prestamista, al que Max describe como el tío culebra, ya que constantemente le presta plata, y, por ende, no solo son familia, sino prestamista y deudor.

Eso sí, el multipadre siempre anda mosca para no colgarse en los pagos. No puede hacer lo mismo que un primo que se puso de abeja a incumplir y claro, se le cerró la fuente de financiamiento.

No es la única estrategia económica. Se han especializado en ir (él y su prole) a múltiples actividades en plan de patos —invitados o colados—. No importa la modalidad, lo que importa es no pagar o pagar menos.

Además, siempre anda a la caza de ingresos adicionales. Como el más avezado de los lagartos,  persigue insistentemente y elogia (reiteradamente) a potenciales jefes, socios o clientes. Y si asegura el negocio lo cuida mediante una estratégica relación que combina sumisión con lambonería. 

Max acepta que eso de ser sapo a veces no es digno, pero el tipo tiene sus prioridades. Por su elevado tren de gastos vive con el temor constante de no poder responder. A la hora de cuidar las ganancias, es prudente tirando (bastante) a miedoso. Come callado y aguanta todo. Sí, puede ser valiente cual gallo en otros escenarios, pero en el ámbito laboral es cobarde cual gallina.

Sobra decir que se le ve siempre ocupado. Su jornada diaria es la de una hormiga. En el escaso tiempo libre que maneja ha escuchado una palabra nueva. Describe cierta tendencia juvenil donde las personas asumen comportamientos extraños o se identifican con especies diferentes al ser humano. 

Es algo así como therians (teriano en español). Gente que actúa como animales. A Max le suena bastante exótico el asunto.

¿O no? 

miércoles, 25 de febrero de 2026

Los desquites de Elías

Justo cuando iba a salir, a Elías se le embolataron las llaves. Las buscó debajo de la cama, en la mesa, encima del escritorio, detrás de la nevera, dentro de la lavadora. En esas andaba cuando su esposa le preguntó por qué estaba hurgando en todo lado. Notificada sobre la ausencia, ella se dirigió al cuarto, metió la mano en un bulto de ropa sucia y sacó el llavero.

Más allá del misterio implícito, ese no fue el problema. El lío estuvo en el tiempo perdido durante la búsqueda. A Elías lo cogió la noche y tuvo que coger taxi. Otro descuadre en las cuentas familiares.  

El conductor le preguntó para donde iba. El pasajero le dio una dirección del centro. El chofer puso mala cara, dijo que ese tráfico estaba muy horrible y comenzó a quejarse. Elías respondió, sin perder la calma: "Yo no puedo obligarlo a que reciba plata".

Lo bajaron del taxi.

Otro round perdido en la pelea diaria con la vida. Y aunque la derrota es su estado natural, muy de vez en cuando Elías se desquita.  Son moscos de victoria en medio de un mar de leche de fracasos, pero... a nadie le puede salir todo mal, todo el tiempo.

Por ejemplo un día cuando, saliendo por la mañana, tarde, en afanes, a medio peinarse, los ojitos soñolientos de su hija de cuatro años lo miraron desde abajo antes de decir..."Tas lindo, papi".

La cara de ponqué de Elías sobrevivió las horas siguientes pese a que lo estrujaron en el bus de ida (y en el del vuelta también), lo salpicaron los carros, se le bloqueó el computador, le rechazaron el informe, le apareció trabajo de última hora a la salida y se le quemó el almuerzo en el microondas.

Otra vez fue cuando llegó tarde al trabajo. Lo recibió en plena puerta una supervisora. Exactamente esa supervisora que no le rebajaba una. Ella lo miró con cara de inquisición y soltó la pregunta malévola. “Don Elías,¿qué horas son?”

Cuando él, henchido de dignidad y orgullo iba a responder —en voz baja y mirando para el piso— “las 9 y 15”, el gerente general pasó a su lado pensando en quien sabe qué y le dijo a la súper: “Son como las 9 y 10 señorita Amado, acompáñeme a mi oficina que necesito revisar unos proyectos".

Pero la máxima ocurrió en aquella ocasión, mientras se encontraba en su puesto y se activó la alarma contra culebras. Era un sofisticado sistema de seguridad donde el portero le avisaba al ascensorista que le avisara a la secretaria que le avisara al auxiliar que le avisara a todos los demás que el de las joyas vino a cobrar.

Elías reaccionó instintivamente, pero muy despacio. Demasiado despacio. Iba para el baño a esconderse y se chocó de frente con el cobrador, quien a quemarropa le preguntó: ¿Don Elías, cómo andamos de cuentas?

Una sensación intermedia entre el éxtasis y el orgasmo acompañó a nuestro héroe en el momento de caer en cuenta de que los hechos le permitían responder lo que dijo a continuación.

"Estamos a paz y salvo”. Y se dio el gusto de agregar, “pero creo que la señorita Amado anda por ahí".

Uno no puede perder todas en la vida.