Por las Amilcaradas han pasado tres veces lo que en el colegio llamábamos uniforme y en el trabajo dotación. Esas prendas de vestir que —por obligaciones de Ley o porque al jefe le parece bonito— recibe el personal. La condición (obligatoria) es que las usen mientras estén en el sitio donde laboran. Ya sea en una oficina, una planta, un taller o prestando servicios externos a nombre de la empresa.
Una vez hablamos del galimatías que se deriva del hecho de que haya diferentes “pintas”, lo que significa decidir qué día se utilizará cada una. Tema que ya habíamos tocado tangencialmente como séptima estación de un desahogo personal del autor.
La que hoy nos interesa es otra historia. La batalla de cierto exempleado para quitar los logotipos de su antigua ropa de trabajo. Tal vez es porque le gusta el diseño, porque le parece práctica o porque es del tipo ahorrativo. De los tacaños o de los necesitados.
Sea cual sea la causa, su objetivo es integrar las prendas a su guardarropa de uso diario sin evidenciar que fue adquirida, pagada, escogida y entregada por un tercero. No parecía tan complicado
La experiencia propia del autor demostró que uno, sí era complicado y dos, sí era TAN complicado. De todo esto resultó un texto sobre el tema, donde se elogiaba a (y cito) “las personas que ponen logotipos realmente quieren lo que hacen. Le dedican tiempo, infraestructura y conocimiento”.
Partíamos de una premisa. Los logotipos eran parches que alguien, a máquina o mano, cosía sobre la superficie de la confección respectiva antes de entregarla al usuario de turno.
Aquí es donde toca rectificar. Resulta que un par de años después, en otro tipo de trabajo (sin uniforme) estuvimos en las instalaciones de una microempresa nacional de confecciones. Allí vimos a un empleado que chateaba despreocupadamente mientras, a su lado, una especie de máquina de coser con aspecto ultramoderno movía sus agujas a toda velocidad sobre lo que parecía un bluyin.
El trabajo del chateador consistía en, cuando el dispositivo se detenía, retirar el pantalón y colocar el otro en una especie de rejilla que garantizaba exactamente la misma posición del anterior.
Aquello que vimos era como se hace eso de ponerle logos a la ropa en el Siglo XXI. Nada de “dedicación, cuidado y aplicación concienzuda”. Nada de un operario cosiendo artesanalmente sobre la tela parche tras parche. Pura tecnología. Se sube un archivo con el diseño en el computador. Se conecta a una bordadora industrial y un montón de agujas (15 es lo habitual, leemos en internet) a velocidades que superan las mil puntadas por minuto se encargan del resto (dato tomado, también, de la red mundial de información). .
Algo así como una impresora 3D, pero en versión costura.
Con razón es tan difícil tirando a imposible despegar esos mamarrachos sin dejar lesiones permanentes (aunque de repente también existe una máquina que los quita).
El autor de las Amilcaradas consideró una obligación mínima de honestidad intelectual entregar esta información adicional sobre el asunto para complementar escritos anteriores.
El hecho de que no hubiera tema para esta semana no tuvo nada que ver.
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