Parece algo sencillo. Reunión de antiguos compañeros. Uno de ellos es socio de una distribuidora de licores, lo que garantiza la parte etílica del asunto. Otro ha incursionado con éxito en el negocio de la pizza. Ofrece un menú con opciones. Están reunidos. En cinco minutos definen la fecha. Solo falta el sitio.
Prudencio no dice nada. Solo piensa: Aquí vamos.
La que llamaremos Sensata hace sugerencias. Para no complicarle la vida a nadie, propone descartar residencias familiares. Una rápida lluvia de ideas incluye salones comunales, terrazas, centros de eventos y similares. Sensata recomienda buscar un lugar equidistante que facilite el desplazamiento de todos.
Interviene Disonante. No le gusta la pizza, pero se acomoda a lo que decida el grupo. Ahorrador entra en la conversación. Afirma que las ideas de posibles locaciones parecen buenas, pero él conoce un salón barato y bien situado. Es el ideal.
Alguien pregunta exactamente dónde queda y cuanto vale. Ahorrador pide tiempo para confirmar unos datos. Entretanto Anacrónico, otro contertulio, sugiere un minicentro de eventos que está muy cerca de donde ellos se encuentran. Los invita a conocerlo. El grupo se moviliza hasta encontrar una tienda de esas que no pueden ver un local desocupado porque lo adquieren de inmediato. Aquí era, reconoce Anacrónico.
Interviene Disonante. La fecha le parece un poco complicada, pero se acomoda a lo que decida el grupo. Entretanto, Ahorrador hace llamadas y mensajea furiosamente desde su teléfono. Pide la palabra Voluntario. Se ofrece a buscar opciones para una posible locación. Los amigos se separan, acordando previamente un nuevo encuentro para ajustar detalles.
Días después, las caras en pantalla reemplazan la interacción presencial. Voluntario toma la palabra y muestra una lista de lugares potenciales. Todos ubicados fuera de la ciudad, en puntos lejanos y de difícil acceso. Le agradecen su esfuerzo, reconocen la buena intención, pero con toda la diplomacia del caso le informan (de nuevo) que eso no es lo que están buscando.
Ahorrador pide paciencia. Su contacto aún no le confirma si le puede dar o no el precio especial. Anacrónico recuerda un pequeño hotel con salones para reuniones de trabajo o sociales. La idea le suena al grupo hasta que alguien lo busca en internet, donde descubre que el antiguo alojamiento fue demolido y ahora es un parqueadero. Interviene Disonante. Él no toma trago, pero se acomoda a lo que decida el grupo.
Ahorrador acepta que posiblemente el lugar en el que pensó inicialmente no esté disponible, pero asegura poder conseguir otro, ese sí una verdadera ganga. Anacrónico evoca un restaurante donde solían almorzar en otros tiempos cuyo dueño alquilaba el espacio. Un contertulio adicional recuerda que, precisamente, ese popietario falleció unos años antes y el respectivo negocio lleva mucho tiempo cerrado.
El silencio a múltiples voces se rompe con una propuesta. Es el punto de partida para la discusión. Muchos hablan, nadie escucha. Disonante rechaza todas las ideas, pero se acomoda a lo que decida el grupo
Solo Prudencio permanece en silencio. Recuerda otras historias con Ahorrador y sus descuentos inexistentes, Anacrónico y sus lugares desaparecidos, Voluntario y sus bien intencionados pero inútiles aportes, Disonante y su inconformidad crónica. Genio y figura, hasta la sepultura. Así es la gente con ideas.

