miércoles, 22 de julio de 2026

Relajación en las alturas

El trabajo lleva a Rojas a una ciudad donde funciona un cable aéreo. Circula mediante el movimiento interminable de cabinas que los usuarios abordan o abandonan en cada estación. En la que le corresponde a Rojas suben él y una señora, de esas a quienes les gusta meterle conversación al trayecto.

¿Usted sabe cuándo le hacen mantenimiento a esto? Yo monto casi todos los días y nunca lo he visto parado en el día. Comienza como a las 5 de la mañana y yo no sé a qué horas lo apagan pero una vez lo cogí como a las 10 y 30 de la noche. Imagínese. Ese cable moviéndose todo el tiempo. Los motores funcionando. Las cabinas con gente entra que sale, sale que entra. ¿Será que eso no se gasta? Me imagino que sí. Como todo. 

Rojas nunca se había subido a una cosa de esas. A duras penas entiende como funciona. Solo le pareció una forma barata, novedosa, interesante y relajante de quemar tiempo mientras llegaba la hora de su vuelo de regreso. No contesta nada, pero está seguro de que debe existir algún esquema de mantenimiento. 

Sabe qué, estoy diciendo mentiras. A veces se para. Le pasó a mi vecina. Pobrecita, ella es muy nerviosa y de repente esta cosa deja de moverse. Y mira para abajo y claro, ese vacío tan grande. Hay un timbre, véalo, para llamar uno en caso de emergencia. Alguien llamó, lo atendieron y les dijeron que tranquilos, que eso no se demoraba. Pero a mi vecina le parecieron horas aunque parece que la cosa solo duró unos minutos.

Rojas se concentra en el paisaje. Edificios, montañas, nubes. Pero no puede reprimir una mirada hacia abajo. Un vacío de muchos metros sin nada diferente de la cabina entre los pasajeros y el lejano piso.

Y que tal una de afán y esta cosa parada. Ahí sí ni modo de hacer lo que hace una cuando se vara el bus. Cómo hace para bajarse y coger otro. Sí, es mucho el tiempo el que se ahorra en cada recorrido, pero si llegara a pararse queda una como y ahora qué hago. Que tal que tenga que coger un avión, esos no esperan.

De todos los recorridos posibles, Rojas había elegido el más largo. Repasa la hora de su vuelo. Mira el reloj.  

Es que imagínese a los que les da mareo. Y a la gente con miedo a las alturas. Los que tienen nosequefobia*. De repente mi vecina es así, aunque si es así quien la manda de boba a subirse a un aparato de estos.

Rojas suelta un ajá de vez en cuando por aquello de no parecer mal educado. Pero ya no mira hacia abajo.

Yo no sé si cuando esto se para y hay viento fuerte las cabinas se mueven. O qué pasa si hay un temblor de tierra. Imagínese si esto se mueve y algún mareado no aguanta y vomita. Uno encerrado con esos olores. Es que ni siquiera tiene que vomitar. Con que a alguien se le salga un gas ya todos llevan del bulto.

Instintivamente Rojas se lleva la mano al estómago. Apreta la manilla de la que está agarrado hace rato.

Por acá nunca ha pasado nada grave, gracias a Dios, pero una nunca sabe. Llegamos. Que le vaya muy bien.

Rojas siente un vaiven. Probablemente imaginario, porque la vecina ni se mosquea. Sale de la cabina con una sensación de alivio al pisar tierra firme. Pasa varios minutos embobado mirando los mecanismos del cable. Mira el reloj con cara de me va a dejar el avión.  Respira mientras siente que algo le cruje en las tripas.

Parecía una forma barata, novedosa, interesante y relajante de pasar el rato. Y sí, fueron tres de cuatro, Pero en este caso, tres de cuatro sí estuvo mal.

*Acrofobia. Fobia a las alturas (primera acepción RAE)

miércoles, 15 de julio de 2026

Devoradores de segundos

El desayuno se demora en llegar, el jugo se va por el camino viejo lo que agrega minutos de tos a su consumo, el agua de la ducha se mantiene fría más segundos que de costumbre, a la hora de lavarse los dientes toca traer crema nueva desde el escaparate de los productos de aseo. Tic tac, tic tac.

Pero Jacinto tiene tiempo para llegar a su cita médica. Incluso maneja un margen de seguridad. Se viste rápidamente en orden metódico. Primero la ropa interior. Luego la camisa. Después los pantalones. Posteriormente el saco. Enseguida las medias.

Termina con las botas. Caña alta. Múltiples agujeros para los cordones. Entran los de abajo. Entran los de la caña. Hora de anudar. Izquierda lista. Va la derecha. El borde de la agujeta (herrete) perdió el plástico y se ha deshilachado. No entra. Hay que enrollarle la punta. Una vez. Otra. Otra. Tic tac, tic tac.

Finalmente lo logra. Hace el nudo. Mira el reloj. Ya perdió el margen. El tiempo es justo. Cualquier demora adicional y llegará tarde. No le extraña.

Jacinto presume de su puntualidad. Hace todo lo posible por anticiparse a los horarios. Organiza. Programa. Madruga. Entonces ellos atacan. Los devoradores de segundos.

Antes de salir de su casa el ser humano realiza múltiples acciones pequeñas, sencillas e inevitables. Rutinas de aseo. Presentación personal. Organización de elementos (necesaria o compulsiva). Alimentación. Habrá particularidades según el tipo de persona, pero todos saben de lo que estamos hablando.

En circunstancias normales cada una de esas actividades se despacha en pocos minutos. A menos que...

Los objetos de la vida diaria se esconden. Misteriosamente. El estuche de las gafas no tiene gafas. El cargador carece de teléfono conectado, o no es posible conectar el teléfono porque no se ve el cargador por ninguna parte. Las llaves de la casa, del carro, de la oficina, se esfumaron. Finalmente todo aparece, pero cada objeto hay que buscarlo donde no debería estar. Tic tac, tic tac.

Imprevistos exóticos se atraviesan en las rutinas diarias. La cremallera del pantalón se traba en plena subida. El botón de la camisa sale volando al atravesar el ojal. El cabello se vuelve rebelde a la hora de la peinada.  El pequeño corte durante la afeitada no deja de gotear sangre. Se evidencia un agujero en la media, después de ponérsela. Todo es solucionable. Pero es tiempo adicional no programado. Tic tac, tic tac.

El café se derrama sobre el documento importante del día. Hay que imprimir otro. El sanitario no descarga adecuadamente al primer intento. Hay que soltar el agua una, dos, tres veces más. Entra esa llamada que toca atender, sí o sí. El reloj de pulso se para. Hora de cambiar pila y ajustar. Tic tac, tic, tac.

Tomados individualmente, cada hecho no implica mayor demora. Pero cuando pasan, pasan todos. Y van consumiendo, segundo a segundo, los márgenes de tiempo necesarios para que Jacinto llegue, sin prisas y puntualmente, a su destino.  Las salidas tranquilas se convierten en carreras contra reloj. Es el ataque de los devoradores de segundos.

La ventaja es que no pasa todos los días.

Solo cuando el hombre, real y justificadamente, tiene afán. Tic tac, tic tac, tic tac.