miércoles, 11 de febrero de 2026

Seguridad financiera

A Fercho no le gusta eso de compre ahora y pague después.  Él no se endeuda mientras no sea algo indispensable  y por eso nunca ha tenido tarjeta de crédito. Él es más de ahorre primero y compre después. 

Un día cualquiera fue al banco a renovar su tarjeta débito. La funcionaria a cargo, luego de atender su pedido, le anunció al cliente que tenía asignada una tarjeta de crédito a su nombre. No me interesa, gracias. Tranquilo don Fernando, la puede cancelar cuando quiera. No quiero pagar cuotas de manejo. Está exenta durante un año. No quiero pasar papeles ni hacer trámites. Ya está todo aprobado. Me parece inseguro eso de que le manden a uno tarjetas a la casa. Acá se la tengo. En cinco minutos se la entrego y queda activa.

Los argumentos se le acabaron a Fercho. En cambio, historias ajenas pero cercanas con toque dramático (visos trágicos incluidos) le recordaron la importancia de tener un recurso para gastos de emergencia. Simplemente dijo que sí y salió del banco no con una, sino con dos nuevas tarjetas en su billetera.

Su comportamiento con la plata no solo era ahorrativo y juicioso sino preventivo. Apenas dejó la sucursal fue al cajero y cambió las claves. En casa guardó los instrumentos de pago en un lugar medio secreto. Otra medida de seguridad era solo sacar y portar el dinero plástico cuando lo iba a utilizar. Al día siguiente se dispuso a destruir la tarjeta débito vencida, como recomendaban los expertos. 

Justo en ese momento sonó el teléfono. Le reportaron un lío laboral de esos que no tenían por qué ocurrir, pero ocurrían. Aunque Fercho no era parte del problema, le tocaba aportar a la solución. La conversación telefónica no arregló nada. En cambio, lo dejó ofuscado tirando a furioso. Para rematar, debía movilizarse —urgentemente— al sitio. Antes de salir desahogó su rabia picando, tijera en mano, el plástico vencido.

Cuatro meses después las prioridades eran otras. Proponerle matrimonio a su amada. Reservó en el mejor restaurante de la ciudad. Preparó una elaborada estrategia. Comer, pedir la cuenta, y cuando la trajeran con la habitual dosis de mentas ofrecerle una pero, con un sencillo juego de manos, cambiarla por el anillo. 

Problema de última hora. El restaurante, además de bueno, era caro. Muy caro.  En fin de mes había poca liquidez en el bolsillo y existía la posibilidad de que lo que tenía en su banco fuera insuficiente. Si eso no era una emergencia, se parecía bastante. Así que a la tarjeta débito le agregó la de crédito, por si acaso.

Todo transcurrió de acuerdo con el plan. Trajeron la cuenta. Efectivamente superaba el saldo disponible. No hay lío. Fercho le pasó la de crédito al mesero y se preparó para hacer su acto de magia cuando...

— Disculpe señor, su tarjeta está vencida.

Más tarde, mientras caminaba solitario hacia su casa, Fercho reflexionaba sobre tres temas. 

Primero, por qué las tarjetas de crédito y débito de su banco tenían que ser tan parecidas.

Segundo, en qué pensaba al destruir una tarjeta de crédito nueva apenas un día después de recibirla, y por qué ni ese día, ni en los siguiente cuatro meses verificó, antes de intentar pagar con dos pedazos de plástico inútil (uno vencido y otro con saldo insuficiente) la cuenta en el mejor restaurante de la ciudad.

Y tercero, el más importante de todos, cómo haría para recuperar a su amada, quien estaba comprensiblemente furiosa después de que a ella le tocó asumir esa cuenta.

miércoles, 4 de febrero de 2026

Gente con ideas

Parece algo sencillo. Reunión de antiguos compañeros. Uno de ellos es socio de una distribuidora de licores, lo que garantiza la parte etílica del asunto. Otro ha incursionado con éxito en el negocio de la pizza. Ofrece un menú con opciones. Están reunidos. En cinco minutos definen la fecha. Solo falta el sitio.

Prudencio no dice nada. Solo piensa: Aquí vamos.

La que llamaremos Sensata hace sugerencias. Para no complicarle la vida a nadie, propone descartar residencias familiares. Una rápida lluvia de ideas incluye salones comunales, terrazas, centros de eventos y similares. Sensata recomienda buscar un lugar equidistante que facilite el desplazamiento de todos. 

Interviene Disonante. No le gusta la pizza, pero se acomoda a lo que decida el grupo. Ahorrador entra en la conversación. Afirma que las ideas de posibles locaciones parecen buenas, pero él conoce un salón barato y bien situado. Es el ideal.

Alguien pregunta exactamente dónde queda y cuanto vale. Ahorrador pide tiempo para confirmar unos datos. Entretanto Anacrónico, otro contertulio, sugiere un minicentro de eventos que está muy cerca de donde ellos se encuentran. Los invita a conocerlo. El grupo se moviliza hasta encontrar una tienda de esas que no pueden ver un local desocupado porque lo adquieren de inmediato. Aquí era, reconoce Anacrónico.

Interviene Disonante. La fecha le parece un poco complicada, pero se acomoda a lo que decida el grupo. Entretanto, Ahorrador hace llamadas y mensajea furiosamente desde su teléfono. Pide la palabra Voluntario. Se ofrece a buscar opciones para una posible locación. Los amigos se separan, acordando previamente un nuevo encuentro para ajustar detalles.

Días después, las caras en pantalla reemplazan la interacción presencial. Voluntario toma la palabra y muestra una lista de lugares potenciales. Todos ubicados fuera de la ciudad, en puntos lejanos y de difícil acceso. Le agradecen su esfuerzo, reconocen la buena intención, pero con toda la diplomacia del caso le informan (de nuevo) que eso no es lo que están buscando.

Ahorrador pide paciencia. Su contacto aún no le confirma si le puede dar o no el precio especial. Anacrónico recuerda un pequeño hotel con salones para reuniones de trabajo o sociales. La idea le suena al grupo hasta que alguien lo busca en internet, donde descubre que el antiguo alojamiento fue demolido y ahora es un parqueadero. Interviene Disonante. Él no toma trago, pero se acomoda a lo que decida el grupo.

Ahorrador acepta que posiblemente el lugar en el que pensó inicialmente no esté disponible, pero asegura poder conseguir otro, ese sí una verdadera ganga. Anacrónico evoca un restaurante donde solían almorzar en otros tiempos cuyo dueño alquilaba el espacio. Un contertulio adicional recuerda que, precisamente, ese popietario falleció unos años antes y el respectivo negocio lleva mucho tiempo cerrado.

El silencio a múltiples voces se rompe con una propuesta. Es el punto de partida para la discusión. Muchos hablan, nadie escucha. Disonante rechaza todas las ideas,  pero se acomoda a lo que decida el grupo

Solo Prudencio permanece en silencio. Recuerda otras historias con Ahorrador y sus descuentos inexistentes, Anacrónico y sus lugares desaparecidos, Voluntario y sus bien intencionados pero inútiles aportes,  Disonante y su inconformidad crónica. Genio y figura, hasta la sepultura. Así es la gente con ideas.