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lunes, 28 de septiembre de 2026

Una cifra que hace feliz al personal


En las estadísticas de este blog dice hoy, 28 de septiembre de 2026, que el número de visitas llegó a  106.503. 

La cifra supera las 100.000 (sí, ya sé que es obvio, pero no es algo que se pueda decir todos los días).

También existen otros datos curiosos, como que los visitantes han llegado de varios países (ver cuadro abajo).

El autor de la Amilcaradas (mejor conocido como este sujeto) está bastante contento con este hito.

Eso sí, presenta disculpas por este breve autobombo, pero a manera de circunstancias atenuantes declara oficialmente que hacerle ocasionales concesiones al ego es uno de sus defectos.

Además es consciente de que en tiempos de inteligencia artificial no todo lo que brilla es oro, pero siempre se puede alegar ignorancia y ojos que no ven, corazón que no siente.  

Más allá de los refranes, tiene algo para decirle a todos aquellos que, en algún momento y lugar, han sacado unos minutos para la lectura de estos breves divertimentos.

De aquí en adelante nos apoyamos en el traductor de Google.

Thank You

Danke

Gracias

Terima kasih

Bedankt

Merci

Kiitos

Xièxiè

Toda lech






miércoles, 31 de diciembre de 2025

Amilcaradas pregunta, el mundo responde (espero) (y 2)

Simplemente, feliz año. Hoy cualquier otra frase sobra. Y como lo anunciamos el pasado 24 de diciembre seguimos repasando trabajos anteriores con la pregunta (en diversas versiones) de, ¿y tú, que harías? 

Aquí vamos con el segundo round.

11. A ti, o a alguien que conoces, ¿le ha ocurrido una situación similar, cuando un hecho que jamás ocurre se presenta justo en el peor momento posible? Eso nunca pasa.

12. Ahora cuéntanos, ¿cómo te ha ido en las actividades que organiza la empresa para promover la integración corporativa?   Dinámica de clima organizacional.

13. ¿Tú también asistes a reuniones de propietarios? ¿Y qué personajes recuerdas? Asambleístas a la carta.

14. En esta época de integración y encuentros, ¿tú también te has encontrado con extraños personajes en tus primeros contactos oficiales con la parentela de tu pareja? Ñapa familiar.

15. En tu teléfono o tu correo, ¿también llegan esas comunicaciones sospechosamente íntimas de gente que no conoces? Especialmente para ti.

16. ¿Cuál es ese producto, servicio o hábito que adquiriste (o por lo menos pensaste en adquirir) que iba a terminar de una vez por todas con la totalidad de tus problemas? Soluciones mágicas modelo 2016.

17. Y tú, ¿alguna vez te has apoyado en Charles para enfrentar un problema académico, personal o laboral? Llamen a Charles.

18. Donde tú vives, ¿sonidos y olores también revelan rutinas y secretos ? ¿Cómo cuáles, por ejemplo? Tribulaciones de un vecino bien informado.

19. Cuéntanos, ¿muchos años después, aún existen preguntas sin respuesta acerca del lugar donde pasaste tus primeros años? Misterios de la casa grande. 

10. En tu entorno, ¿has sido testigo, o participado, de una oleada súbita e imparable alrededor de una negocio cuya rentabilidad es tan maravillosa como efímera? Crónicas de histerias piramidales.

A todos los que en el 2025 o en cualquier momento han pasado por estas páginas mi agradecimiento. En medio de tantas noticias complicadas y problemas de la vida diaria, la única aspiración del autor es robarle al personal una sonrisa semanal. 

Aspiramos a seguir en las mismas durante el 2026. 

miércoles, 24 de diciembre de 2025

Amilcaradas pregunta, el mundo responde (espero) (1)


Hoy 24 de diciembre en Colombia estamos en modo regalos, familia, novena y similares. Pero como hoy es miércoles, este sujeto insiste en publicar una Amilcarada.  En tono con la temporada, haremos algo aprendido viendo videos de gatitos y que, dicen, genera tráfico*. Preguntar a los usuarios que harían ellos en una situación similar, a partir de algunos textos ya publicados (recientemente y no tanto).

Como muestra de respeto a los lectores, no voy a decir que, realmente, lo que viene de aquí en adelante es una estrategia del autor para no trabajar. 

Aquí vamos (perdón por el confianzudo tuteo pero es parte de la fórmula).

1. Y tú, ¿también eres de los que arrancan el año repleto de buenos propósitos y proyectos concretos que jamás se concretan? Especies en temporada. 

2. Y cuéntame ¿tú también has tenido una relación de amor y odio con objetos de la vida diaria? Adiós hermano paraguas.

3. Y dime, ¿a ti cómo te va con esas innovaciones tecnológicas que complican lo simple a nombre del progreso? El abuelo Yepez quiere ver televisión. 

4. Te invito a compartir ese recuerdo. Ese primer día de asalariado cuando una mezcla de temor e ignorancia te paralizó aunque, laboralmente hablando, hiciste exactamente lo que te dijeron. La leyenda de semáforo. 

5. No lo olvides. También queremos conocer si tienes anécdotas de cuando diferentes fuentes cuentan historias contradictorias sobre una misma persona. Mechas de fuego no se vara.

6. Cuéntanos. ¿Has tenido o conoces experiencias de quien, por ahorrarse unos pesos o buscar una alternativa sencilla, termina enredado en situaciones incómodas, complicadas o costosas? Nestor, el gasolinero.

7. Compártenos, ¿cómo se llama el tuyo? El sublime arte de bautizar el wifi.

8. Ahora tú, ¿qué hecho o anécdota de tu vida mostró que ya eras grande? Los 22 indicadores de crecimiento 

9. Tu turno. ¿Alguna vez te has sentido como relleno en un proceso, donde pese a participar en todas las etapas algo te dice que el ganador fue escogido de antemano? Ternas de uno. 

10. Dinos, ¿Te han (o has) humhuneado alguna vez? Teoría y práctica del arte de humhunear.

*Corte a comerciales. Según cierta inteligencia artificial, un blog como este se considera exitoso cuando llega a los 10.000 seguidores. Aquí solo faltan 9.994. Ahora, una cosa son los seguidores, y otra el número de visitas por entrada. La misma IA habla de unas 300. Sin entrar en detalles, digamos que en ese punto no faltan tantos, pero de todas formas hablamos de tres cifras y, pista, la primera no es uno. 

Y no les voy a decir que si tienen una cuenta de gmail o google busquen abajo a la izquierda donde dice seguidores, den clic en seguir y sigan las instrucciones. Tampoco les voy a decir que si están en un teléfono, busquen abajo el botón que dice ver versión web y de ahí podrán seguir la recomendación anterior (fin del corte a comerciales).

Feliz Navidad para todos lo que llegaron hasta acá (y para los que no llegaron también). Seguimos dentro de ocho días.


miércoles, 1 de enero de 2025

El mundo pregunta, Amilcaradas responde (4)



Y como estamos arrancando año e iniciando el proceso de recuperación de ferias y fiestas, menos verbo y al punto. Más preguntas y respuestas relativas a las Amilcaradas de este año y de otros.

Es decir que esta semana seguimos conjugando el verbo refritar. (tanto, que refrité esta oración del primer texto del 2024).

11. ¿Quién es ese misterioso y mágico personaje que esconde elementos claves de la vida diaria (llaves, billetera, gafas, teléfono…) en aquel momento preciso donde su ausencia genera más problemas?

  • Las abuelas hablaban de los duendes, los parapsicólogos evocan fuerzas misteriosas pero nosotros sabemos quién es el ocultador de objetos. 

12. ¿Una bicicleta, una bici y una cicla son lo mismo?

  • La cicla y la bici son bicicletas, pero una cicla no es lo mismo que una bici y viceversa. Tienen diferencias en el fondo, en la forma y lo más importante, en el usuario.

13. ¿Más allá del patrimonio, de las relaciones familiares o del reconocimiento legal, qué recibimos siempre de nuestros antepasados?

  • Esas mañas, manías, comportamientos singulares y demás que tuvieron los padres, los abuelos, los bisabuelos y que nosotros también tenemos, y algún día se activarán.

14. ¿Las actitudes inconscientes que hombres y mujeres asumen ante alguien que les atrae siempre se pueden calificar de coquetería?

15. ¿Cuándo el gringo (apelativo cariñoso) viene a Bogotá, cuáles son sus impresiones?

16. ¿Cuál es la peor pesadilla de alguien que pretende ser humorista, o por lo menos gracioso?

17.  ¿Para qué sirve el hijo menor en la familia con problemas financieros? 

  • Para evitar gastos innecesarios sin necesidad de que otras personas se enteren de la crisis económica del hogar respectivo.

18. ¿Qué es un candelero?

  • Una especie de guardián de la virtud (fácilmente sobornable, por cierto)  en tiempos donde, para los novios, el cine en pareja era entre tres.

19. ¿Dónde se encuentran el taichi chuan chino, el samoyedo ruso, el burn out gringo y el piso colombiano?

20. ¿Si yo soy Jaime Amílcar, quienes son Jose Amilcar y Jairo?

21. ¿Por qué hago esto?

  • Porque soy un escritor que aprovecha esta respuesta final para agradecer el tiempo dedicado por ustedes en el año que terminó ayer y anuncia su intención de seguir aportando este intento de brindar una pequeña alternativa contra el aburrimiento y hasta contra la angustia cotidiana.

Y a manera de final...

!Feliz añooooooo!


miércoles, 25 de diciembre de 2024

El mundo pregunta, Amilcaradas responde (3)



Como este miércoles cae ni más ni menos que en 25 de diciembre, es momento de reactivar el sistema que inventamos hace un año para no trabajar.

Pero antes,  un saludo atrasado de Navidad a quienes dedican un rato semanal a este traficante de sonrisas. Es mi deseo que alguno de los textos que hemos cometido sirvan para aportar cuando menos una gota de alegría en medio de ese mar de problemas que implica eso que llaman vivir.

Luego de este intermedio pseudo poético-filosófico, retomo las sabias palabras escritas en diciembre del 2023 por el autor de las Amilcaradas. “Su experiencia previa en periodismo le enseñó el truco, un refrito de lo hecho en el año bajo el pomposo nombre de balance”.

De manera que aquí vamos. 

1. ¿Qué es lo peor que le puede pasar a quienes alcanzan la cima?

2. ¿Qué es más complicado que lidiar con un perro bravo?

3. ¿Qué le pasa a los niños angelicales cuando crecen?

4. ¿Es complicado anunciarle a una mujer que está embarazada?

5. ¿Por qué no podemos alejarnos de ese pariente que a veces nos exaspera hasta el desespero?

  • Porque nunca sabemos cuando aquellas manías exasperantes que tiene pueden salvar la patria. 

6. ¿Qué tan importantes son el conocimiento, la formación y los títulos profesionales a la hora de enfrentar problemas domésticos? 

  • Pueden servir para algo, pero nunca serán más importantes que un poco de sentido común.

7. ¿Esas personas que hacen cruces suicidas en congestionadas avenidas, ignorando los puentes peatonales, corren algún riesgo? 

8. ¿Cuál es la función más importante del aparato portátil que revolucionó las comunicaciones?

9. ¿Qué actividad pedagógica de tiempos pasados involucraba usos alternativos de implementos de aseo ?

10. ¿Además de leer las preguntas y respuestas, qué más puedo hacer con este texto?

  • Hacer clic en los textos que están en negrita y cursiva y hasta comentar, lo que hará feliz al personal encargado de las Amilcaradas.

(Continuará)


domingo, 1 de septiembre de 2024

El escritor que soy


Faltaba, digamos, solucionar algunos problemas administrativos. 

Superado este asunto podemos decir que ahora sí va en serio.

Soy un escritor.

Lo cual no significa que sea un escritor exitoso, o un escritor productivo.

Pero ese es otro cuento.

Así que retomemos. Como toca comenzar de alguna manera, ajusté alguno perfiles públicos en redes sociales.

Destaco, en cada uno de las estaciones de mi recorrido laboral, lo que hice en materia de producción de textos. 

Pero eso es el pasado. Lo que importa es el presente y lo que quede de futuro.

Listo, soy un escritor. ¿Y eso qué es?

A partir de este momento, una descomunal concesión al ego.

Así que ahí vamos

Yo y lo que escribo*  

*Sí, el burro adelante, pero es que lo del ego va en serio.

1. Yo no soy un tipo serio. Por eso lamento, en serio, desilusionar a quienes busquen trascendencia, profundidad o mensajes relevantes en mis textos.

2. Escribo lo que quiero. No por obligaciones laborales. No por tendencias de moda que favorecen un éxito comercial.  

3. Es lo que yo quiero escribir.

4. Eso no significa originalidad, ni vanguardismo (casi me hernio buscando la palabra adecuada, de ahí el enlace). 

5. Muchos han hecho, hacen y harán algo parecido, mucho mejor de lo que yo puedo hacerlo.

6. Mi objetivo es brindar una pequeña alternativa que enfrente desde el aburrimiento hasta la angustia cotidiana, al inducir una sonrisa y, de ahí para arriba, toda la escala de expresiones alegres que ojala coronaran en la escandalosa carcajada.

7. No voy a tratar esos temas dolorosos y tristes que conforman nuestra realidad. Escojo el escapismo. 

8. Ya hay bastantes personas que abordan esos tópicos y muchos lo hacen realmente bien. Yo voy por otro lado.

9. Eso sí, mi punto de partida es la vida. Es lo que somos. Lo que hacemos. 

10. Cuento historias basadas, parcial o casi que totalmente, en hechos reales, de esos que le pueden ocurrir a cualquiera y de hecho pasan (nos pasan, dice la tarjeta). 

11. O simplemente los comento, desde mi punto de vista, con la advertencia implícita de que no hay que tomarse muy en serio lo que este sujeto dice.

12. Los cuentos se refieren a esas anécdotas que tienen su lado risible, el cual es notado de inmediato por los demás y a veces, (normalmente a posteriori) por el protagonista.

13. No estoy inventando nada. Solamente trato de exprimir el lado divertido de la faceta laboral, familiar, sentimental, saludable, deportiva, recreativa y todos los etcéteras posibles de ese recorrido que nos lleva de la cuna a la tumba.

Yo y cómo escribo*  

*Por si quedaba alguna duda de la condición narcisista de este ladrillo.

14. Intentaré siempre aplicar normas básicas de lenguaje escrito. Ortografía, gramática, sintaxis y toda esa terminología que cincelaron en el subconsciente las clases de español. 

15. Creo que es la responsabilidad mínima de quien escribe para un público, por pequeño que este sea. Es la manera de respetar a quien lee.

16. Creo en el ingenio y en la creatividad para describir situaciones incómodas, para adultos o desagradables sin caer en textos incómodos, para adultos o desagradables. 

17. Aunque en mi expresión oral cotidiana soy un tipo grosero, considero que el uso de los hijueputazos a la hora de escribir debe ser excepción, no regla. 

18. En un idioma con tantas opciones como el español se puede decir lo mismo sin acudir a palabras que pueden molestar a ciertas personas —cada vez menos, pero existen—. Esas palabras deben reservarse para cuando no haya otra forma de expresar la idea (véase el numeral anterior y el reiterativo ejemplo de la última palabra en “El coronel no tiene quien le escriba).

19. Tengo un pasado de periodista y toda una trayectoria vital de escribir para los demás. 

20. Por eso, cada texto es un trabajo encaminado a combinar lo expresado en los puntos del 1 al 13 con un estilo directo, conciso, sin demasiados adornos, construido a lo largo de los años.

21. Por eso, siempre intentaré escribir “vida” o “experiencia” en vez de “trayectoria vital”.

Yo y las redes sociales*

*La inevitable alusión tecnológica también tiene su toque de egolatría.

22. Me siento feliz cada vez que alguien comenta, me recomienda, me da un ”me gusta”, se suscribe,  agrega corazones, aplausos o caritas felices o tienen otro tipo de reacción. 

23. Eso sí, considero que funcionan cuando son un acto espontáneo, no inducido. Nunca lo voy a solicitar, pero siempre lo voy a agradecer.

24. Mis publicaciones en redes sociales son para informar que hay algo nuevo.

25. No son, y pretendo que nunca lo sean, para promover directamente interacciones. Únicamente pediré opiniones o comentarios de los lectores cuando el tema realmente lo justifique.

26. No soy, ni pretendo ser, un influenciador.

27. Renuncio a conciencia a utilizar esas herramientas que recomiendan los expertos, el sentido común y los algoritmos para generar tráfico y seguidores.

28. Creo que mis textos deben defenderse solos.

29. Por eso, reitero, solo utilizo las redes para informar sobre la publicación semanal de Amilcaradas. Y si en un futuro se da el caso,  para informar sobre otro tipo de publicaciones.

Yo y un cierre adecuado*

*Concedamos este último momento de arrogancia al autor.

30. Esta declaración de principios, texto guía, proclama o lo que sea no está cerrada. 

31. En cualquier momento puede crecer, cambiar, evolucionar y demás infinitivos.

32. Por ejemplo, cuando se me ocurra un cierre adecuado.

33. Como ese momento no ha llegado, mientras tanto “aquí va una frase espectacular que constituye un cierre adecuado”.

Bogotá, Colombia, 1 de septiembre de 2024

miércoles, 17 de abril de 2024

Ventanas seductoras

A Mirócletes no le gusta hablar de esto porque la única vez que hizo algún comentario, entre un grupo de amigos, le endosaron el apodo con el cual lo identificamos en esta nota. 

De la forma más inocente narró una anécdota. Trabajaba en tierra caliente y consiguió un apartaestudio en la azotea de un edificio construido piso a piso. Eso significó disponer de una terraza con cuarto, baño y cocina mientras los dueños acumulaban capital para hacer apartamento —o apartamentos— en ese quinto nivel, como lo habían hecho con otros tres (los propietarios habitaban el primero y arrendaban el resto).

El inmueble brindaba una vista de terrazas similares en todo el barrio, muchas de las cuales eran utilizadas para secar ropa. Un día en la mañana (solo uno), una vez (solo una), en una de las azoteas circundantes esa mujer salió, tomó una prenda del tendedero, se la puso y desapareció. 

La prenda en cuestión era una camiseta y la mujer vestía pantalón y brasier. Mirócletes contó que la situación había durado pocos segundos, que probablemente la dama ni siquiera había notado su presencia pero reconoció —y ese fue el error— que de ahí en adelante él pasó varios días saliendo a la misma hora.

Los amigos no desaprovecharon el papayazo y lo sabotearon durante todo el encuentro y los días subsiguientes. Lo llamaron voyerista, mirón, depravado de azotea, peeping tom, denominaciones que fueron opacadas por Mirócletes. El apodo pasó a ser su apelativo en ese círculo social e incluso trascendió a otros donde la anécdota de la azotea era ignorada.

Ahora, lo que el hombre nunca comentó públicamente es que después de la visión en techo ajeno, le quedó la costumbre de mirar hacia las ventanas vecinas. Nada obsesivo, nada exagerado. No se trataba de una conducta permanente, ni mucho menos apoyada en algún artefacto tecnológico. Simplemente, cada vez que cambiaba de residencia —muy a menudo por circunstancias personales y laborales— dedicaba tiempo a lo que tenía al frente de sus ventanas. Hasta que se aburría, lo cual solía pasar después de la primera mirada.

Si la motivación inconsciente era obtener una visión similar al vestier al aire libre, hay que decir que no le fue mal sino peor. Vio familias recibiendo visita o despachando algunas de las comidas diarias en la mesa, ancianos de baja movilidad ojeando el mundo detrás del vidrio, perros curioseando, gatos haciendo equilibrio, personas tecleando en plan de teletrabajo, recreación o estudio, alguna o algún caminante que llegaba a la ventana y se alejaba mientras conversaba por celular, damas o caballeros lavando loza o cocinando. Todos, sin excepción, completamente vestidos.

Y por supuesto, tampoco informó a nadie sobre esa imagen que enterró su faceta de fisgón, le recordó el saludable hábito de respetar la intimidad ajena y eliminó la validez del apodo de Mirócletes.  Era un apartamento situado justo frente al suyo, a un nivel más alto. De noche, el observador había detectado una presencia femenina, aunque también había un caballero, por lo que presumía eran pareja. Siempre tenían cerradas las cortinas de velo, lo que impedía verlos con claridad. 

Un día cualquiera notó que colocaban aquel gran sillón justo frente a la ventana y abrían el cortinaje, como quien crea un espacio para sentarse a tomar el sol, que bañaba generosamente ese punto cuando rondaba el mediodía. Ahí se sentó la mujer, comenzó a desabrocharse la blusa y...

Alguien, no alcanzó a darse cuenta si era hombre o mujer, le ayudó con el bebé quien, debidamente acomodado, inició su consumo de leche materna acompañado por el clima mañanero.

miércoles, 10 de abril de 2024

No me vuelvan a invitar

Fue una de esas rabietas de adolescente que arman tragedia donde, objetivamente, no pasó nada importante. Invitado a los 15 años de su mejor amiga del colegio, Rubén no pudo bailar con ella porque ambos se embolataron. La joven, en su papel de protagonista de la fiesta,  mientras él se divertía con los amigos, aprovechando el trago y la comida gratis.

No se supo en que momento el asunto se volvió trascendente. Ya ni siquiera se acordaba si fue él o ella quien hizo el reclamo en son de broma y por cual razón lo que era un chiste se volvió serio. Pero el tema  escaló —debidamente sazonado por amigos y amigas de ambos lados— hasta que la versión oficial era que ella lo había despreciado esa noche, que fue el único con el que no quiso bailar. Así que Rubén se hizo el digno y dejó de hablarle por un tiempo.

El tiempo se extendió un poco por un pequeño detalle. Ambos cambiaron de colegio, se desconectaron, dejaron de verse y nunca hubo oportunidad de aclarar el malentendido. Bueno, sí la hubo. 30 años después, gracias a las redes sociales, alguien organizó un reencuentro y los ex jóvenes (cada uno con tres décadas adicionales de experiencia, vida y familia) volvieron a verse la cara.

En la avalancha de saludos hubo un momento en que Rubén y la antigua amiga simplemente quedaron frente a frente, hablaron un rato de generalidades y luego fueron absorbidos por el grupo. Sin embargo, el tipo tuvo una sensación parecida a quien ha tenido que hacer una largo recorrido con una espina en el pie y finalmente logra extraerla. Un pendiente menos. La exquinceañera cuasicincuentona, por su parte, no dio ninguna señal de recordar o valorar el incidente, lo que contribuyó al cierre definitivo del mismo.

El reencuentro no solo fue exitoso, sino que terminó creando una comunidad de excompañeros basada, por supuesto, en un grupo de whatsapp. Allí, entre los intercambios de fotos, memes, una que otra cadena medio mística y comentarios variopintos periódicamente se convocaba a otras reuniones, o se publicaban imágenes de actividades en grupos pequeños.

Un día, las fotos compartidas mostraron un ambiente inusualmente elegante, donde la exquinceañera y su actual esposo parecían ser protagonistas, acompañados de casi todos los miembros de la comunidad y sus respectivas parejas. Rubén, en principio, fingió desinterés, pero muy interiormente se sintió ignorado y hasta menospreciado. 

Como siempre, su esposa detectó la situación y, básicamente porque él se estaba poniendo insoportable, lo invitó a que dejara de armar videos y averiguara exactamente qué había pasado.

Una conversación con un antiguo compañero le confirmó que la exquinceañera y su consorte habían renovado sus votos, evento celebrado mediante una reunión con invitaciones personalizadas. Los fantasmas del pasado comenzaron a pedir pista en la tranquilidad mental del Rubén, quien decidió llamar a la homenajeada. Ella reaccionó positivamente ante el contacto. Se le notaba la satisfacción al hablar con su viejo amigo. Hubo una conversación animada antes de llegar al tema que el hombre introdujo de manera sutil.

— Por ahí vi las fotos de su renovación de votos, felicitaciones.

Con la tranquilidad y madurez que dan 30 años de vida, haber levantado una familia, combinar la vida profesional con la maternidad y el cuidado de casa  y el sentido práctico que genera la experiencia, vino la respuesta: — Sí, eso estuvo buenísimo. Vinieron muchos compañeros. A usted no lo invité porque me acuerdo de lo que pasó la última vez que vino a una fiesta en mi casa. No quiero pasar otros 30 años de remordimiento por alguna pendejada. 

miércoles, 3 de abril de 2024

Higiene bucal y pedagogía tradicional


Nota de la redacción. Retomo (con algunos ajustes de forma) un texto escrito en el año 2000 que recordaba tiempos donde el verbo educar se conjugaba de una forma muy diferente a la que se aplica en la actualidad)  

Los que pasamos de determinada edad conocemos el sabor del jabón. Nuestra progenitora se encargó de promover un aseo concienzudo de dientes, boca, lengua y paladar con una pasta perfumada —en el mejor de los casos—  o una barra azul recién salida del lavadero.

El jabón no formaba parte de la dieta diaria. Estaba reservado para ocasiones especiales. Concretamente, para ese momento en el cual, inocentemente, repetíamos aquella palabra (o palabras) que le habíamos oído al tío, al abuelo, al amigo, al personal de servicio o reparaciones locativas o,  muchas veces, al papá o hasta a la mamá.

Hoy, cuando sin distinción de género hasta el ser más inmaculado suelta periódicamente adjetivos de grueso calibre (puede medir su propio vocabulario aquí)  sin que pase nada, suenan extrañas las historias de la primera expresión pública de una grosería.

Pero la verdad es que era un momento traumático. Los presentes hablaban animadamente, hasta que, con absoluta inocencia nuestras cuerdas vocales reproducían el sonido de lo que se escribe con inicial más puntos suspensivos o con una sucesión de signos incoherentes. Silencio total. En cámara lenta, todos dirigían los ojos hacia el pequeño bocón. En un principio este se sentía especialmente elogiado, pero el tono grave de las miradas cambiaba la sensación de orgullo por la de miedo.

Y a propósito de miedo, era buen momento para tenerlo. Porque la madre ponía cara de ejercicio legítimo de autoridad, y, si era en casa y se trataba de una mamá de reacción inmediata, un bofetón expresaba con claridad que esas cosas no se decían.

En otros casos, la acción de hecho cambiaba por una orden. Como solía ser hora de comida, alguien se quedaba sin postre y debía irse para el cuarto, con un “después hablamos”.

Cuando el pronunciamiento ocurría en casa ajena, había que agregarle la diplomacia. En efecto, pasado el impacto inicial, todos los presentes trataban de actuar como si nada... menos uno. La progenitora, que optaba por un discreto pellizco, o la frase más temida por cualquier niño travieso “espere a que lleguemos a la casa”.

Una vez allí, el proceso continuaba. Primero se indagaba cuidadosamente donde habíamos aprendido palabrotas. Curiosamente, cuando la evidencia señalaba que había sido durante algún momento de extroversión verbal de nuestro padre o de parientes consanguíneos por línea materna, la investigación precluía inmediatamente.

Y la sentencia... abra la boca y mastique jabón. Para que aprenda que esas cosas no se dicen. Y para que limpie esa jeta.

...digo, esa boca.

miércoles, 13 de marzo de 2024

Conservado en alcohol

La explosión en la casa azul despertó al barrio entero y a sus alrededores. Pudo ser peor. A esa hora, el único ocupante del edificio era el vigilante nocturno. La construcción quedaba en la mitad de un lote baldío sin viviendas aledañas y los muros, aunque quedaron bien resquebrajados, aguantaron el bombazo. Estos factores, sumados, limitaron a gran susto lo que tenía  potencial de tragedia.

Dos días después del incidente, la causa seguía siendo un misterio. Versiones no oficiales hablaban de fábrica clandestina de pólvora o almacenamiento ilegal de pipetas de gas. Además, faltaba encontrar los restos de la víctima. Se formó el equipo de búsqueda con dos operarios de la Alcaldía, un bombero y una funcionaria de policía judicial, coordinados por un voluntario de la Defensa Civil de apellido Guarnizo.

Superado el sobresalto inicial, la zona de desastre se volvió zona de turismo. Gente del barrio y más allá invadieron el sector mirando, preguntando… y estorbando. Solo aportaron falta de información sobre el vigilante. Como los dueños de la casa no aparecían por ninguna parte, los únicos datos venían de los vecinos. Que llegaba de noche, dijo una señora;  que no era del barrio, confirmó un desempleado; que nadie sabía el nombre, dijo el de la tienda; que parecía un tipo importante e inteligente, sostuvo un borracho mañanero.

Mientras Guarnizo y su gente revolcaban los escombros, el personal de patos comenzó a retomar sus vidas.  Primero se fueron las amas de casa y otros con tareas pendientes. Después emigraron los niños, atendiendo llamados maternales o simplemente cambiando el juego del día. Ya en la tarde solo quedaban los desocupados:  desempleados, jubilados y el borracho mañanero, que ya era borracho vespertino.

Borracho cansón. Porque si no cantaba —lo cual hacía muy, pero muy mal—, insistía en el elogio incondicional del vigilante fallecido quien ganaba cualidades en cada perorata. Además de importante e inteligente se vestía bien, tenía éxito entre las mujeres, era buen hijo y amigo fiel a toda prueba, poseía dentadura perfecta y no perdía misa los domingos. 

Cuando los últimos curiosos se fueron, el borracho, al perder su público natural, optó por el público cautivo y se metió a lo que quedaba de la casa. Concentrados en la infructuosa búsqueda, en principio nadie le prestó atención. Pero el sirirí pasó de paisaje a ruido de fondo, de ruido de fondo a bulla, de bulla a molestia y de molestia a estorbo. Guarnizo frenteó al sujeto con un por favor retírese que no sirvió para nada. Un segundo intento y el intruso ni se movía, ni se callaba.  El coordinador intentó rescatar del fondo alcohólico una mínima racionalidad y empezó por decirle al tipo si le parecía bien estar todo el día borracho.

—Es que estoy celebrando lo que pasó hace tres días. 

—¿Qué nos puede contar de eso?

—Eso hizo puuummm y sonó durísimo pero el importante, el inteligente, el bien vestido, el buen hijo que le gusta a todas las viejas…

—¿El vigilante?

—Sí, este man… (A esas alturas Guarnizo, la policía judicial, el bombero y los operarios estaban todos pendientes del borracho)

—Este man salió a buscar una tienda como veinte minutos antes de la explosión. O sea que me salvé de milagro. Carajo, si uno no bebe después de eso, ¿entonces cuándo?

miércoles, 6 de marzo de 2024

Domingo adjetivo


Nota de la Redacción. Hace unos años, en respuesta a la convocatoria de un concurso de cuento sobre el domingo, cometimos el experimento que va abajo. Espero les guste pero, por si acaso, disculpas anticipadas.

Noche agitada, amanecer tardío, sonidos taladrantes, luces penetrantes... tremendo guayabo.

Cerveza mañanera, desayuno solitario, televisión infantil, periódico gordo, cama destendida, pereza incuestionable, calle opcional, casa aburrida..

Bicicleta desarchivada, costosa despinchada, ciclovía congestionada, ambición deportiva, expectativa saludable, piernas adoloridas, edad evidente, sed inclemente, pedaleo descartado, empanada grasosa.

Mujer juvenil, ropa deportiva, formas voluptuosas, deleite visual, mirada insinuante, novio inesperado, temperamento celoso, comportamiento amenazante, reculada recomendable, carrera cobarde.

Aliento entrecortado, músculos encalambrados, casa cercana, sol picante, presupuesto escaso, cerveza cara, gaseosa cara, agua cara, canilla gratis, tubo jugoso.

Reposo requerido, cama seductora, música suave, solicitudes maternales, bombillo fundido, alfombra empolvada, mueble pesado, tímido alegato, enorme cantaleta, enorme cantaleta, enorme cantaleta.

Almuerzo familiar, parientes visitantes, niños llorones, chistes repetidos, comentarios sordos, sancocho tremendo, grasa flotante, tubérculos abundantes, gallina escasa, refajo bendito, manos temblorosas, presa resbalosa, mesa salpicada, refajo sancochado.

Digestión somnolienta, visita prolongada, conversación sosa, chismes familiares, quejas sociales, posición equivocada, añoranza horizontal, llamada telefónica, novia desprogramada, cine inevitable, sueño embolatado.

Fila congestionada, llovizna pertinaz, atarván colado, avanzar lento, taquillera amargada, billete grande, vueltas inexistentes, bolsillos revisados, suelto insuficiente, monedas complementarias, tiempo perdido.

Luces apagadas, visión nula, crispetas rebosantes, gaseosa fría, manos ocupadas, pasos inseguros, sillas escasas, espacio disponible, pantalla contigua, película terrorífica, monstruos enormes. 

Oscuridad cómplice, novia romántica, ojos cerrados, labios cercanos, ronquidos inesperados, sueño vencedor, empujón resentido, despertar inesperado, susto grande, pantalla aterradora, compañera indignada, momento crítico. 

Susceptibilidad femenina, silencio gélido, comportamiento caprichoso, chantaje emocional, invitación desesperada, bizcochos amargos, reacción lenta, perdón condicionado, beso frío.

Noche oscura, caminata lenta, información radial, equipo perdedor, calle solitaria, mendigo insistente, rechazo sutil, alusión desobligante, respuesta irracional, chuzo exhibido, reacción asustadiza, carrera cobarde.

Situación repetida, dignidad aplastada, día difícil, semana terminada.

Domingo esperado.

Domingo maldito.

miércoles, 28 de febrero de 2024

Cumpleaños clandestino



La escena se repite diariamente. El detalle viene determinado por variables como entorno cultural, país, edad, género, estado civil y condición de salud. Puede ser en el lugar de trabajo o estudio, con invitación familiar, incluso autoorganizado. Un corito más o menos universal identifica el evento: “japy verdi tu yu…” Algunos consideran el día lo más importante del año, otros simplemente se lo gozan, existen aquellos que por lo menos disfrutan, hay quienes aceptan el homenaje con renuencia o resignación, tenemos el grupo que preferiría otro tipo de actividad... y está Barragán.

Barragán forma parte de ese segmento de la humanidad que odia los cumpleaños. Aclaración pertinente: él no tiene problema en cumplir años o revelar su edad. Simplemente detesta los rituales  (llamadas, saludos, festejos) que vienen con la fecha de marras, a la que, personalmente, no le ve ninguna importancia. 

Incluso ha racionalizado el asunto. Él cumpleañero está siendo reconocido por un hecho en el que no tiene mérito alguno. La que pujó fue la mamá; el apoyo técnico vino de doctor, doctora o comadrona; el acto previo fue de los padres, a veces respaldados por la clínica de fertilidad. Aunque una interpretación distinta del tema pasa por recuerdos poco agradables, el resultado da igual. Barragán no desea ninguna diferencia entre su onomástico y el resto del año. Lo complicado es hacerle entender eso a los demás.

El parentesco por consanguinidad es una guerra perdida, con uno que otro empate. Más o menos hasta los 30 tuvo que atender insoportables invitaciones  hasta que desarrolló un catálogo de excusas que lo mantienen alejado el día cuchi cuchi. Los mensajes de texto han sido muy útiles. Gracias a este avance, no tiene que apagar el teléfono o peor, responder llamadas cuyo diálogo incluye una felicitación que no merece, una consulta sobre actividades especiales que no existirán, y muchos, pero muchos, silencios incómodos.

En los ambientes estudiantiles la cosa fue difícil, pero finalizó al cumplir su fase académica. El problema de fondo ha sido laboral. Nunca le preguntan, pero siempre terminan “sorprendiéndolo”. El día del cumpleaños le llenan el puesto de serpentinas, bombas y letreros multicolores; lo arrastran a la sala de juntas a compartir ponqué con vino; y cuando ya la fecha pasó y se cree a salvo resulta que no, que lo metieron en combo con otros cuatro que cumplen el mismo mes y el día menos pensado el jefe lo convoca a una reunión de emergencia cuya banda sonora es el “japy verdi tu yu...”

El hombre intentó decirle a sus colegas que por favor no lo incluyeran en las celebraciones. No funcionó. Subió el tono e informó que a él eso no le gustaba. Tampoco sirvió. Alguna vez incluso los dejó plantados y dos días después lo emboscaron a la hora de almuerzo. 

Al comenzar en otra empresa, cuatro meses antes del día de marras, fue directamente donde su jefe directo y le pidió que mantuviera el dato en reserva. Detectó a la eterna organizadora y se aseguró de que no tuviera la información. Era un contrato a término fijo con pocas opciones de renovación, así que pensó que, por lo menos ese año, iba a pasar invicto. Pero no fue así. El día que sabemos todos sabían. Llovieron felicitaciones personales, por teléfono, por correo electrónico y hubo impajaritable ponqué vespertino. 

No les he contado, por cierto, que Barragán es ingeniero de sistemas y diseñador, y que uno de los objetos de su contrato era crear una interfaz que le permitiera a las diferentes dependencias de la organización incluir información de interés en el newsletter interno, que llegaba diariamente vía correo electrónico .

Por ejemplo, talento humano lo aprovechó para generar una felicitación automática desde la base de datos de fecha de nacimiento de los colaboradores activos. La primera prueba fue el día que nació Barragán.

miércoles, 21 de febrero de 2024

Seguridad ante todo

Fue mucho lo que debió ocurrir antes de que Maria Fernanda y José Alberto llevaran a Majita a la ciclovía dominical. Majita, por cierto, es diminutivo de Majo, que a su vez es acrónimo de Maria José, nombre cuyo origen no requiere mayores explicaciones.

Hija única en una generación de padres sobreprotectores, la vida de Majita transcurre en una burbuja de seguridad. Ninguna prevención es suficiente para alejar a la pequeña de riesgos reales, potenciales o ficticios. Cada detalle de su existencia viene precedido de planeación, acciones, adquisiciones y aplicación de medidas preventivas destinadas a neutralizar cualquier amenaza, por insignificante que parezca.

Cuando las condiciones de edad y coordinación motora permitieron ampliar el inventario lúdico de la pequeña con un vehículo de dos ruedas y pedales, hubo consulta previa. Incluyó a servicios de pediatría, psicología, pedagogía y mecánica; amigos varios y parientes. Hasta que la abuela, tan vieja como sabia, puso punto final con un “déjense de pendejadas y compren esa bicicleta”.

Adquisición que, por supuesto, demandó estudio de mercado, investigación detallada de implementos de seguridad, curso acelerado de ergonomía y repaso concienzudo de la normatividad vigente para la circulación de velocípedos. El edificio del apartamento que habitan Majita y familia tiene una especie de patio trasero, adaptado como parque. La adecuación incluye una estructura modular desmontable con rodadero y columpios, un tapete de gramilla artificial y un área ideal para recorridos cortos. 

En ese lugar —con casco, rodilleras, guantes y traje reflectivo— la pequeña astronauta dio sus primeros pedalazos en un vehículo dotado de ruedas auxiliares. En menos de una hora el sistema de entrenamiento era carga inútil y la niña rodaba a velocidad creciente por el parque interno. Todo, claro, debidamente acompañada por papá, por mamá o por los dos.  En cuestión de días se hizo evidente que la Mariana Pajón en miniatura necesitaba más espacio. Por suerte, la ciudad contaba con una ciclovía dominical donde se cerraban amplios sectores de calzada al tránsito vehicular, dejándolas para uso exclusivo de caminantes, patinantes y pedaleantes.

Antes de dar el paso, había que anticipar cualquier eventualidad. Majita pasó horas aprendiendo conceptos básicos de tránsito como el uso del carril adecuado, el significado de señales y semáforos, cuando parar, cuando pasar, cuando ceder el paso, cuando girar y hasta límites de velocidad. Superada la fase de capacitación finalmente llegó ese fin de semana en el cual la pequeña hizo su debut en la ciclovía, 

La niña encabezaba la caravana, flanqueada por dos parientes (reclutados a última hora) a lado y lado. Cerraban Maria Fernanda y José Alberto. El sol brillaba, Majita pedaleaba, los demás trotaban, los padres se preocupaban, los parientes se divertían. Lentamente papá y mamá comenzaron a relajarse ante la obvia destreza de su hija, complementada con los elementos de protección personal.

Majita no tuvo la culpa. Ella se limitó a hacer lo que le enseñaron: parar, antes de las líneas blancas dibujadas en el piso, cuando el semáforo pasó a rojo. La madre, despistada en una conversación con su pareja, se enredó con la llanta trasera de la cicla de su hija, perdió el equilibrio y camino al piso se agarró del padre, quien superado por la inercia su sumó al aterrizaje forzoso. Resultado: pareja en el pavimento, ropa rasgada, brazos raspados, hija desconcertada y público risueño, comenzando por los parientes.

Seguridad ante todo.

miércoles, 14 de febrero de 2024

El dilema de los agujeros misteriosos

Un día cualquiera Este Tipo se quedó mirando a una de esas mujeres que, más allá de edad, tamaño, figura o estrato se han integrado a la tendencia de los yines rotos. Estilo que, por cierto, también es patrimonio de unos cuantos caballeros. Este Tipo no se enreda en disquisiciones sobre la racionalidad de la moda pero, en cambio, se hizo una pregunta más terrenal. ¿Y eso como para qué sirve?

El problema es que Este Tipo tiene —en terminología elegante— personalidad obsesiva, o sea que se pone insoportablemente intenso cuando le da por un tema. Así que pasó unas cuantas semanas botándole corriente a la pregunta, sobre todo en lo que tiene que ver con las mujeres. Como lo de tipo es literal, no es tipa, y como no hizo lo obvio que era preguntarle al personal femenino, el ejercicio se limitó a observar, interpretar (o mejor, especular) y concluir. 

Explicaciones basadas en lo cómodo o práctico del asunto brillaron por su ausencia. Igual ocurrió con la estética. No se ve bonito, no funciona como complemento ideal para otras prendas y no resalta ningún atributo específico. Para las piernas existen las faldas, y si el objetivo es mostrar la silueta los huecos —que, por cierto, han ido creciendo en área y cantidad año tras año— no destacan nada. En cambio, sí revelan partes del cuerpo poco interesantes. Por ejemplo las rodillas, que tienen turupes, se ven porosas y tienden a acumular cicatrices. Algo así como la nariz o las orejas, pero sin el resto de la cara.

Las diferentes opciones de diseño tampoco ayudan. En los modelos ceñidos eso parece un tamal mal amarrado. O peor, una morcilla o chorizo con el relleno saliéndose por defectos en la tripa. Como si se hubieran dejado en agua hirviendo demasiado tiempo. Y cuando son exactamente lo contrario, es decir, pantalones anchos,  da la impresión de que algo aparecerá por esas costuras en algún momento. Algo malo o, por lo menos, poco higiénico.

Si preocupa lo que sale del yin, otra inquietud se relaciona con lo que entra. En climas fríos, vientos helados y temperatura ambiente gélida. En clima caliente, ese sol inclemente que genera bronceado tipo bikini o, más específico, tipo bandera en las piernas de la usuaria. Eso para prendas ceñidas. En los modelos anchos el tamaño de los cortes los convierte en acceso ideal para polvo, barro, lluvia, agua de charco cuando algún guache salpica y múltiples insectos, comenzando por mosquitos sin almorzar.

Las reflexiones de Este Tipo afectan directamente su calidad de vida. Ya casi no come ni duerme. Cada vez que sale a la calle un bluyin —que no siempre es blu, porque la moda se ha extendido a lonas de otros colores—, lo mira amenazante y deshilachado, como un desafío al intelecto. Para rematar, ha detectado una desconcertante tendencia en algunas usuarias. Medias, preferiblemente veladas y con malla, o unos leggings (chicle, en otros tiempos) impiden ver la piel que el agujero del yin revela. ¿Taparon para poder destapar? ¿Muestran pero no se debe ver’? ¿Cuál es el objeto de una ventana si al otro lado hay un muro?

Un día, en la calle, Este Tipo sintió una molestia un poco más abajo de la rodilla. Nada que un pequeño masaje no pudiera solucionar, pero para que fuera efectivo requería destapar la pierna. Quitarse los pantalones —sitio público— no era opción, arremangarse sí. Complicado porque llevaba puesto un yin que, aunque no era pegado al cuerpo, tampoco era tan ancho como para poder subir la bota con facilidad.

Y mientras hacia maromas para acceder a la zona afectada una idea surgida al azar, casi una epifanía, aclaró parte de sus dudas.

Sería bueno que esto tuviera un hueco para poder meter la mano y sobarse. 

miércoles, 7 de febrero de 2024

La mujer del último minuto


En la iglesia no cabe una persona más. Familiares y amigos de la novia ocupan el ala izquierda, mientras la parentela y conocidos del novio llenan la derecha. A los invitados se suman los inevitables patos. Ese nerviosismo que nadie comenta pero todos sienten crece minuto a minuto. Las miradas se concentran en la puerta. El círculo más cercano de la prometida está en el atrio, con ojeadas constantes hacia ambos lados de la vía y llamadas que nadie responde. Ella no llega, la paciencia del sacerdote se acerca a su límite, la ocasión feliz pinta para desastre... Pero una persona está completamente tranquila. Sabe exactamente lo que va a pasar. Años de recuerdos y experiencias mutuas lo llevaron a ese momento.

El cerebro vuela a la infancia. Conjunto cerrado, zona verde, infancia compartida, juegos de barrio. Escondidas. Faltan pocos minutos para llegar a ese grado de oscuridad que todos identifican como la señal para volver a los apartamentos. Es el acuerdo tácito con madres, hermanos mayores y ocasionalmente algún padre. Mientras regresen a casa a esa hora o antes, el permiso del otro día está garantizado. Pero ella no aparece todavía. El que contó no la encontró. Los demás, sumados a la búsqueda, tampoco. Ya algunas madres llamaron a sus hijos. Si todos no llegan a tiempo puede ser el final de la diversión en vacaciones... 

Otro recuerdo. Tiempos de adolescencia. La batalla esta vez es contra la trigonometría. Senos, cosenos, tangentes. No ha sido un buen año académico para ella. Hasta podría perderse. Una esperanza en forma de examen es la oportunidad para salvarlo todo. Requiere, claro, dedicación y preparación. La fecha se acerca peligrosamente sin que se note algún esfuerzo adicional para aumentar el conocimiento en la materia... 

Más memorias. Ya en el mundo laboral, la vida volvió a reunir a los antiguos vecinos. Un amigo gana cierta convocatoria internacional, gracias a la cual se codeará con los mejores del mundo. Entre todos le compran un computador, que servirá simultáneamente como herramienta de trabajo y comunicación. Es la noche anterior al viaje, cuando finalmente se pudo organizar la despedida. Están todos en el restaurante. Bueno, casi todos. Porque ella no aparece. Ella, la que traerá el computador. Ella, la que no responde mensajes ni llamadas. El homenajeado está agradecido, pero debe irse temprano porque su avión sale a primera hora...

La evocación del hombre en la iglesia llega a una escena vivida muchas veces. Encuentro con ese cliente, el importante. Es momento de la presentación clave, aquella que definirá el negocio. Todos los que deben estar ocupan la sala de juntas, con una excepción. La expositora principal, la que maneja los argumentos que convertirán la presentación de turno en acuerdo gana-gana, no aparece. En medio de la cortesía empresarial empieza a notarse cierta incomodidad. Es cuestión de segundos para que la reunión se disuelva...

Ese vecino de infancia, ese compañero de colegio, ese profesional que se reencontró con la amiga de la niñez y la adolescencia en el lugar de trabajo. Ese que pasó del trabajo a los recuerdos, de los recuerdos a la confidencia, de la confidencia al amor y del amor al compromiso. Ese, junto al altar, en una iglesia llena de personas asustadas porque no hay novia por sustracción de materia.

Él recuerda los desenlaces laborales cuando, segundos antes de la disolución, ella aparecía, distensionaba el ambiente con algún comentario y procedía a conquistar al cliente de turno. Evoca como ella llegó justo para interceptar en la puerta del restaurante al homenajeado, quien partió hacia el futuro con computador nuevo. Rememora la noche antes del examen de trigonometría, en la que ella estudió como nunca en su vida y logró —apenas raspando, pero igual vale— cumplir el requisito académico. Y resuena en su mente una voz infantil que gritaba “un, dos, tres por mí” y cerraba el juego, justo antes de que las madres ejercieran autoridad. Así garantizó no solo los permisos del día siguiente, sino muchos días de diversión infantil.

Los demás que se asusten. Él sabe que ella llegará. Ella es así  La mujer del último minuto.

miércoles, 31 de enero de 2024

Crónica anacrónica de un milagro de Navidad

Las relaciones entre Gaspar y su abuela paterna se deterioraron con el paso de los meses y los años, hasta limitarse a saludos protocolarios en las impajaritables reuniones familiares. Tal vez no se hubiera notado tanto si no fuera por el Niño Dios. Específicamente, por el Niño Dios que Gaspar personificó en novenas, fotos, videos, iglesias y obras de teatro cuando el aspecto, tamaño y edad ajustaban envidiablemente en el papel. Porque el barrigón alopésico de hoy fue, alguna vez, mono, bonito y angelical.

Si deportistas y artistas cuentan con manager, Gaspar tenía abuela. La señora contaba con una red en el circuito religioso local digna de envidia arzobispal. Vivía enterada de todas las representaciones navideñas con protagonistas de carne y hueso. Esto le permitió poner (literalmente) en múltiples pesebres a su nieto.

Pero la gente crece. El nene, por tierno que fuera, ya no clasificaba para Niño Dios. Aún así, la anciana y el nieto fueron mucho tiempo compinches en las fiestas familiares. El deterioro comenzó en la adolescencia del muchacho, cuando sus intereses a la hora de celebrar eran cada vez más lejanos de los de la matriarca.

A esas alturas se tomaba uno que otro vino a escondidas y al llegar a la mayoría de edad  —un poco antes, siendo honestos— institucionalizó el consumo etílico, cada vez más exagerado, en encuentros familiares de fin de año. Su comportamiento, escandaloso y medio libertino, le quitó puntos frente a su antigua manager. 

A medida que crecía, las cosas empeoraban. Llevaba la novia de turno a las reuniones, quien inevitablemente era víctima de miradas despreciativas de la abuela —y hasta de algún comentario envenenado—. Como nunca fue un gran estudiante coronó bachillerato a duras penas —eso tampoco ayudó— y tras ejercer como inútil un par de años optó por dedicarse a los negocios.

Voluntad tenía. Habilidad, no tanto. En los 90 vio una oportunidad cuando Colombia clasificó al Mundial de Estados Unidos. La abuela, para quien el fútbol era un poco de bobos en pantaloncillos corriendo detrás de una bola le advirtió que eso iba a terminar mal. La ignoró y compró mil pelucas del Pibe Valderrama. Aún no ha podido desenhuesarse de todas. A principio del siglo XXI le apostó buena parte de su capital a una pirámide. Nuevamente la abuela dijo que no era buena idea. Consejo ignorado y platica perdida. 

Hacia el 2015 se dejó convencer de un amigo para invertir en un “infalible” negocio de pasteles de carne enpanelados, cuyo sabor resultó peor a como suena. Sin probarlos, la abuela pronosticó, acertadamente, que esa porquería nadie se la iba a comer.  Así que en su última aventura Gaspar decidió ir a la fija. Consiguió plata prestada para meterle billete a unas bodegas grandes, bonitas, amplias y totalmente aisladas, porque su único acceso era un camino geológicamente inestable que rodó cerro abajo con el primer aguacero.

Gaspar ya era un tipo con esposa, hijos y obligaciones varias. Disparó sin éxito hacia todos lados sin obtener financiación, refinanciación, limosna o lo que fuera para poder abonarle algo a sus deudores. Esta vez, la física calle era lo que se veía como panorama inmediato para él y su familia.

En medio de la crisis, un día de julio tuvo que ir a donde la abuela. Esta lo recibió con el mismo tono seco, casi malgeniado, con el que lo trataba hace años. Sin ninguna ceremonia tomó un paquete recién envuelto y se lo entregó con 8 palabras. “Su papá me contó. Tome, esto es suyo”. 

Esto era plata. Suficiente para pagar deudas. Totalmente sorprendido, de la boca de Gaspar salió un “Abuelita, esto es un milagro”.

“No ¿Usted cree que todo eso de Niño Dios era gratis? No señor. Sus papas no sabían pero yo sí. Guardé la plata porque supe que algún día la iba a necesitar. No para negocios chimbos, sino para una urgencia de verdad. Antes de ser un viejo medio calvo y feo, usted era mono y bonito. Y como ve, sirvió para algo”.


Pregunta al margen con alguna relación

¿Cómo se reconoce a un millenial (o posterior) en su relación con algún aparato portátil que utilice electricidad?

Por la cara de susto, sorpresa y desprecio al fracasar en su intento de recargarlo en vez de cambiarle las pilas.

Detalles aquí. 


miércoles, 24 de enero de 2024

Amor encaja



El prontuario erótico afectivo de Guillermo el Conquistador incluye diversos escenarios con interpretaciones erróneas de ventas, de logística y de proselitismo religioso, entre otros. Han sido malos entendidos que le pueden pasar a cualquiera y, lo más importante, tienen un componente de lecciones aprendidas. Por eso la inusual conversación con la encargada de la caja 3 en el supermercado de cadena, en principio, no implicó nada especial para nuestro sujeto. Es importante decir que él no era cliente habitual, sino que pasó por ahí de regreso a su hogar y aprovechó para adquirir algunos pendientes.

Solo al llegar a casa cayó en cuenta de que normalmente no hay tanto intercambio verbal a la hora de pagar. Primero, las cuatro ocasiones en las que suministró su número de cédula mientras ella intentaba sumar la compra al programa de fidelización. Segundo, la solicitud expresa de identificar todas las verduras adquiridas. La conversación incluyó rábanos, brócoli, jengibre y perejil. Y una sonrisa perenne. La de ella.

Como no se trataba de hacer compras innecesarias, aplazó su retorno a ese supermercado hasta cuando realmente debía surtirse. Ignoró detalles como que el negocio quedaba a 10 cuadras de su casa y que podía adquirir lo mismo en locales ubicados por la cuadra donde vivía, incluso a mejores precios.

Recorrió pasillos, escogió productos y se dispuso a pagar. Había tres cajas. Dos cuya fila avanzaba rápido y una donde se movía lentamente. La 3. Guillermo dio otra vuelta adicional y encontró… la misma situación. Después de tres vueltas adicionales le tocó acudir a otro punto de pago. Aunque estaba casi seguro de que la cajera (no quien lo atendió, sino la que sabemos) lo miró y, como no, le sonrió.

El tercer intento se dio a los pocos días, cuando Guillermo consideró necesario surtirse anticipadamente de productos de aseo. Nuevo viaje. Esta vez Viviana (nombre escrito en el gafete) solo tenía un cliente en la fila, de esos que combinan medios de pago —efectivo, bonos—. El proceso implicó la presencia —varias veces— de una supervisora para desbloquear caja y explicar procedimientos a la cajera. Veinte minutos pasaron antes de que Viviana atendiera a Guillermo. Con esa sonrisa que se mantuvo todo el tiempo, incluso cuando la caja volvió a bloquearse. No preguntó una sino varias veces los datos rutinarios, como cuando alguien quiere prolongar artificialmente una conversación.  Hubo hasta una risita que sonó y se vio sincera. 

Guillermo quiso ser racional. Tras sesuda evaluación, concluyó que había una posibilidad. Pero no la forzó. Solo “recordó” que era bueno surtirse de café así tuviera una bolsa sin abrir y volvió al supermercado en busca de Viviana. No estaba. Tampoco estuvo dos días después. Ni al día siguiente. En ese momento el sujeto dejó de ser razonable. En servicio al cliente preguntó, tratando de parecer despreocupado, por Viviana, la cajera que atendía el punto tres.  Aunque no sabía qué reacción esperar, la respuesta lo dejó desconcertado... — Con mucho gusto señor, un momento llamo al gerente”. 

A los pocos minutos apareció el administrador del punto de venta. — Estamos avergonzados. Haremos todo lo posible por solucionar su problema. Cuénteme qué le pasó.

En algún lugar entre incómodo y sorprendido Guillermo apenas alcanzó a susurrar algo así como “pues yooo”. antes de que el gerente retomara.

— Tranquilo. Aquí el cliente es primero y reconocemos nuestros errores. Nos equivocamos con esa contratación. Confundía los números,  nunca se pudo aprender los nombres de las frutas y verduras, cada rato desconfiguraba el sistema de la caja y armó un poco de líos con tarjetas y bonos que apenas estamos desenredando. La verdad, lo único que esa mujer hacía bien era sonreír mientras atendía.

Pregunta al margen con alguna relación

¿Cómo son las instalaciones de servicio al cliente?

Amplias, cómodas, cercanas y con múltiples opciones de atención, cuando son para vender. Incómodas, estrechas, con horarios restringidos y en puntos lejanos cuando son para “atender” reclamos.

Detalles aquí. 

miércoles, 17 de enero de 2024

Luces en la montaña


El sujeto terminó encartado por pura casualidad. Sin tener ninguna vela en ese entierro lo cogieron cortico. Dijo que no, que no estaba ocupado. Entonces lo acorralaron con ...necesito un "favorcito". Parecía fácil. Solo era recibir un apartamento y guardar las llaves hasta que el titular, atrapado en las congestiones de transporte de una temporada alta, pudiera llegar y recibirlas. Aunque pensó en sacar el que sabemos, realmente le debía unas cuantas al interlocutor. Además tenía el tiempo. Puso una cara de resignación que nadie vio —en especial quien estaba al otro lado del teléfono—  y se autorreclutó para la tarea.

El servicio empezó a sumar puntos negativos con la localización del inmueble. Era un edificio en el punto más alto posible, producto de la urbanización desaforada que asciende por los cerros que rodean la ciudad. Gran vista y aire puro para los residentes. Para nuestro sujeto, una larga y agotadora caminata en subida por un sector donde calles y carreras serpentean como laberintos entre los recovecos de la montaña.

El hombre llegó al piedemonte urbano e inició su escalada por calzadas cada vez más inclinadas. Mientras subía cayó en cuenta de que recibir apartamentos incluye verificar la luz, lo cual requiere bombillo. Y él no llevaba bombillo. Y que mientras pensaba en eso había subido otras cinco cuadras. Abajo, en el “llano”, había almacenes de cadenas y ferreterías, pero eso implicaba bajar —fácil—  y volver a subir —muy difícil— .

Dos manzanas más arriba concluyó que, pese a ser un sector plagado de edificios, en algún lugar los residentes debían surtirse de lo básico. Apareció. Esa antigua casa donde una vieja vitrina exhibía comida chatarra, productos de aseo y demás surtido típico de lo que los expertos denominan canal tradicional y los demás llamamos tienda.

Lo que no se veía eran bombillos. Don Carlos, el tendero de turno, le confirmó que, tres cuadras más arriba, don Justino sí ofrecía esos productos. Lo cual Justino reconfirmó invitando a nuestro sujeto a volver, porque justo acababa de vender el último disponible. Claro que al lado del edificio nuevo (más arriba) había locales donde seguro conseguiría lo que buscaba.  

En cierta forma Justino tuvo razón. El edificio nuevo era, precisamente, aquel donde iban a entregar el apartamento. Y si el sujeto hubiera buscado queso, papel de regalo, bocadillo, cinta pegante, minutos todo destino, papel higiénico, gaseosa, puntillas, curitas u otros productos de miscelánea todo hubiera sido perfecto. Pero de bombillos, nada.

Más allá del edificio nuevo y los locales solo había cerro. Resignado, nuestro sujeto bajó (literalmente) a buscar la luz. En descenso, por supuesto, rindió más, y pudo esbozar rutas alternas para simplificar el segundo ascenso. Ya en terreno plano llegó a un supermercado donde, tras vagar 15 minutos por los pasillos, finalmente encontró los bombillos, en una columna medio escondida entre los insecticidas y los desechables.

Con el producto en la mano, se lanzó de nuevo a conquistar la cima. Aprovechando lo aprendido durante el descenso, caminó seguro de sí mismo, siempre hacia arriba. Y hacia arriba, y hacia arriba hasta llegar a una calle cerrada. El celador de turno le explicó que para alcanzar su meta tenía que bajar tres cuadras y volver a subir más o menos cuatro. A estas alturas (en todo sentido), la descripción del sujeto incluía respiración entrecortada, ropa sudada, dolor en las piernas y voz interior que recordaba constantemente que si estaba en esas era por su propia decisión.

Ultimo esfuerzo. Casi rodando descendió y casi arrastrándose volvió a subir hasta coronar la meta. El encargado de la entrega esperó pacientemente los 20 minutos hasta que el encargado de recibir medio se recuperó y luego ambos subieron al apartamento… amoblado y totalmente surtido. 

Surtido que incluía, por supuesto, todos los bombillos debidamente instalados y ensayados.

Pregunta al margen con alguna relación

¿Qué es lo peor de los jóvenes ciclistas urbanos?

La detestable, incivilizada, antiestética y vulgar costumbre de mostrarle los pantaloncillos al pobre e indefenso sujeto que está detrás de ellos.

Detalles aquí

miércoles, 13 de diciembre de 2023

Lo que no te mata, te ralentiza


Las dolencias de Paciente no lo van a matar, no le van a dejar secuelas permanentes ni señales visibles en su anatomía. Sin embargo, sí impactan sus rutinas diarias. A Paciente lo llamamos así para respetar su privacidad. También en reconocimiento a la cualidad que ha desarrollado mientras afronta las condiciones que conforman su historia clínica, es decir sus lesiones y enfermedades, con diversos orígenes, síntomas y tratamientos. Todas, sin embargo, coinciden en una consecuencia: lo ponen en cámara lenta. Bueno, más lenta, porque el paso de los años lleva incorporado un efecto desacelerador que el sujeto ya asimiló. 

Van ejemplos. Hábitos alimenticios poco recomendables pero irracionalmente sabrosos terminaron reflejándose en el dedo gordo del pie. Gota: dolencia localizada y particularmente dolorosa. Eso sí, permite seguir una vida relativamente normal, con una condición. Evitar cualquier cosa lejanamente similar a un movimiento brusco. Para poner el pie afectado en el piso primero va la planta, y luego muy, pero muy, pero muuuuyyyy despacio el resto de la extremidad inferior. 

Ahora imaginemos ese proceso cada vez que Paciente da un paso. Es más, imaginemos cuantos pasos debe dar para ir al baño. O a la cocina. O al comedor. Entendemos por qué lo llaman a desayunar cuando apenas se está calentando el agua para el café. Y por qué cuando llega le sirven de una vez las medias nueves y cordialmente le sugieren que espere… que espere de una vez el almuerzo.

Veamos otra situación. Paciente a veces se ve afectado por alguna dolencia y/o accidente que incrementa la sensibilidad de "aquella" parte del cuerpo. Sí, de aquella ubicada entre la espalda y las piernas que básicamente sirve para sentarse. El problema de sensibilidad a veces se ubica o extiende por áreas ubicadas en las cercanías que, sin ser puntos de apoyo, amplían cualquier molestia, no importa su origen. 

Sin entrar en detalles clínicos, mientras se soluciona el problema Paciente acude a complejos operativos al posar su humanidad en una silla o sofá. Entra por un ladito, acomoda la mitad del susodicho primero y luego la otra mitad o utiliza manos y brazos en los apoya brazos a manera de grúa para garantizar un leeento y suave aterrizaje. Si eso sonó complicado, imagínense el mismo operativo pero a la inversa, cuando el verbo que se conjuga no es sentar sino parar. Y mientras tanto, el tiempo es lo único que corre.

Hablando de brazos, cuando algo afecta las extremidades superiores de Paciente él hace lo mismo de siempre, pero sin el más mínimo afán. Los amigos le escriben para averiguar cómo sigue. Él responde. Los chulitos azules de visto y el aviso de “escribiendo” lo demuestran. Pasan los segundos, los minutos, la hora se acerca peligrosamente. Finalmente llega la respuesta. Escrita letra a letra, con una larga pausa entre cada carácter: “Mejorando, gracias”. 

La parsimonia obligada no siempre va ligada a condiciones que afectan partes específicas de la anatomía. Otra sintomatología se relaciona con excesos gastronómicos, cuando evitar movimientos bruscos es altamente recomendable, más si no hay un baño en zona de seguridad. También están los virus estacionales, científicamente clasificados en diversos nombres y categorías, pero unificados por la cultura popular bajo el genérico de gripa. En ese caso la lentitud es resultado de una condición que es como dolor pero... como mareo pero… como desequilibrio pero... como desaliento pero.. “pero doctor, es una maluquera muy verraca”.

El lector se preguntará por qué Paciente no recibe ayuda mientras supera la enfermedad o lesión de turno. El tipo no se deja ayudar, a todo dice yo puedo, y quiere actuar como liebre cuando está en modo tortuga.

Y es que si su nombre es Paciente, sus apellidos son Terco y Necio.

Y como ya vimos,  Lento.