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miércoles, 29 de enero de 2025

Tumba'o del caminante


Los audífonos son un gran invento, aunque un grupo de personas se niega a aceptarlo. Dejémosle a los otorrinolaringólogos temas como volumen recomendable y daños al sistema auditivo a corto, mediano o largo plazo. El hecho es que hoy tenemos la posibilidad de una dosis personal de música portátil a toda hora.

Ahora hablemos de otro gran invento. La movilización en dodge... piernas. Comenzó cuando algún tatatatatatatatatata… tatarabuelo peludo dejó de apoyarse en sus patas delanteras e intentó erguirse. Ese antepasado se fue de espaldas o del cuatro letras que sabemos. Ocurrió hasta que dejó de intentarlo por cuenta de su incipiente inteligencia; o porque la caída aconteció en ubicación geográfica donde no era tan fácil levantarse, como un precipicio, un río caudaloso o cerca de un tigre dientes de sable sin almorzar.

Unas cuantas generaciones de experimentos fallidos después finalmente algunos lograron mantenerse de pie. Eso no fue tan importante como el paso siguiente. Lo de paso es literal. Las piernas se convirtieron en el principal medio de transporte. Así que brazos y manos se liberaron para chatear y mirar redes sociales, mientras la movilidad quedó a cargo del tren inferior. Y todavía conserva un papel protagónico. No se me ocurre mejor ejemplo que las visitas al cuarto ubicado al fondo a la derecha parn acciones tan obligatorias como poco comentadas. Que yo sepa, nadie tiene avión propio, automotor, crucero, motocicleta, bicicleta o patines para acceder a este lugar (que por cierto tampoco es que ofrezca facilidades de parqueo).

Solo hay que salir a la calle para ver miles de personas en ruta hacia alguna parte gracias a los movimientos de su propio cuerpo. En teoría, las diferencias entre caminantes radican en la velocidad con la que se trasladan de un lugar a otro. Pero cuando hay audífonos de por medio, sale a relucir la realidad.

Escenario: un centro comercial. Gente que entra y sale de almacenes, circula por pasillos, se mueve en busca de artículos específicos o deambula curioseando sin tener un objetivo particular. Eso es lo que ve el observador corriente. Pero si ese observador tiene audífonos puestos, el panorama cambia radicalmente. Precisiones. No importa si son inalámbricos, cascos o de los que se insertan en la oreja. Lo que sí importa es que ambos oídos deben estar conectados a su respectivo transmisor de sonido. Es obligatorio escuchar música, pero elementos como autor, intérprete, género o época carecen de trascendencia.

Nuestro musicalizado observador nota pronto que no hay caminantes aislados, sino una compleja coreografía que danza al son de la música que él (el observador) oye desde su mp3, radio, walkman o teléfono —vía streaming—. Cada pasito responde en mayor o menor medida a los acordes de ritmo urbano, rock industrial, chucu-chucu, baladas para planchar u orquesta sinfónica de su playlist particular.

El acompasado movimiento se ve en el padre de familia que intenta poner orden al grupo de inquietos hijos y amigos de estos. En la madre y la hija haciendo las compras familiares. En el combo de adolescentes en plan recreativo (de los cuales muchos tienen sus propios auriculares). En ese tipo que habla por teléfono mientras se moviliza hacia alguna cafetería. En la señora que lleva sus perros de paseo aprovechando la condición pet friendly de la zona comercial. No solo caminan. Tienen ese “tumba'o” del que se mueve al son que le toquen, así el único que lo esté escuchando sea nuestro musicalizado observador.

Lo más curioso es que cuando el ritmo se acaba por fin de canción, audífono retirado de la o las orejas o descarga de batería, el espectáculo también termina. Sin que medie algún tipo de señal, instrucción o cambio visible,  el baile desaparece y solo quedan caminantes comunes y corrientes.

A menos que suene otra canción.  

miércoles, 3 de julio de 2024

Música animada en blanco y negro


Nota de la Redacción 

Esta Amilcarada viene con videos. Muchos videos. Pero no se enrede. Léala completa, disfrútela y si después quiere ver lo que leyó conéctese, haciendo clic acá ,a la playlist que creamos en Youtube. Algunos de los videos están a color y en inglés o japonés,  pero en la época evocada los veíamos en blanco y negro y todos tenían su versión en español.

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Una anécdota rápida que, supongo, nos pasa a todos (y si no, el loco soy yo). Tenemos canciones grabadas en lugares recónditos del cerebro. Periódicamente, algún estímulo las trae y activamos el archivo musical que llevamos en la pensadora. En ocasiones apenas recordamos (o creemos recordar) notas sueltas y parte de la letra. De lo que no tenemos idea es...  ¿dónde escuchamos eso por primera vez?

Pasó con la introducción musical de El hombre de acero. Ojo, no es Supermán. Tampoco es Ironman. Este man era un robot gigante manejado por un niño mediante un control remoto con joystick, antes de que existieran los joystick. Como buena serie japonesa, al traducirla en cada país le ponían un nombre distinto. El asunto es que un día, navegando por Youtube me encontré la presentación del programa. 

Retomo el comentario que hice en el video respectivo, 15 años atrás: “Se los juro, hace por lo menos 40 años que oí esta música por última vez, pero se me había quedado en el subconsciente. Hasta hoy me acuerdo de qué era. Esto sí que es un viaje al pasado”.

Hablando de tiempos pretéritos, la semana pasada hablamos de la parte técnica que antecedía a Mr Magoo. Pero el viejo cegatón no estaba solo en los dibujos animados de los años 60. El país del sol naciente nos envió unos cuantos animes, aunque nadie sabía que se llamaban así. Recuerdo otro. El Agente S-5, cuya arma letal era un mazo de cartas (en serio). Su banda sonora alquiló cuarto permanente en mi cerebro con ese tema que comenzaba;  “Todos los criminales / contra él luchan / pues todos quieren su total destrucción” y terminaba “…por la justicia, siempre lucha/ el agente S 5”.

Cualquier contemporáneo que haya leído el párrafo anterior le puso música a las últimas líneas. En ese revoltijo mental que se cocina en la cabeza del personal a medida que pasan los años, podemos olvidar personajes, tramas y aventuras de los telehéroes de la infancia. Pero como las canciones iniciales  siempre eran la mismas, esas sí quedaron en el disco duro. Aquí continúa un recorrido rápido,  desordenado y caótico  por intros de los programas animados que marcaron la infancia de este sujeto. 

Sigamos con los superhéroes de la época. Había un Super Ratón. Era como Supermán, pero en ratón. Vivía en la Luna (no es que fuera despistado, es que su residencia quedaba en el satélite), se enfrentaba a villanos que normalmente pertenecían al gremio de los gatos y tuvo historieta propia.

Otro personaje era el Cabazorro. De este no encontramos música pero clasifica porque su arma era una guitarra. Tenía una particularidad lingüística. En su doblaje al español hablaba como gringo. Lo mismo su identidad secreta: Tiroloco McGraw. ¿Cómo sonaba en inglés? Ni idea.

Si estamos en  recuerdos musicales, ni modo de ignorar a un niño sin poderes pero con tremenda banda sonora y muchas aventuras: Jonny Quest. Ni a una primera versión animada de Hércules (nada que ver con lo que hizo Disney años después) de la que evocamos al tenor inspirado que le ponía música al asunto.

Para terminar, los clásicos que incluso hoy en día todavía andan por ahí. Las nuevas generaciones los identifican como Looney Tunes. Nosotros los relacionábamos con dos canciones: la intro del Show de Bugs Bunny en dueto con el pato Lucas.  Y la que personalmente es mi favorita: el ave más rápida del universo: El Correcaminos y ese eterno perdedor al que todos terminamos cogiéndole cariño por física solidaridad: el Coyote. Por cierto, la serie tenía tanto introducción  como despedida musical . 

Supongo que a medida que avanzaban en la lectura, cada uno fue ampliando la lista con sus propios recuerdos. Los invito a incluirlos en los comentarios. Y para terminar, acudo de nuevo a Super Ratón. No es música, pero sí una recomendación bastante saludable con la que siempre cerraba el programa.  


miércoles, 28 de junio de 2023

Conéctese al silencio, por favor


Señores (as):
Fabricantes y vendedores de teléfonos inteligentes, operadores de telefonía celular, autoridades competentes en el tema.

Les escribo para plantear un tema que empeora día por día y en el cual ustedes tienen inmensa responsabilidad. Todo comenzó hace años, cuando algunos teléfonos celulares (las flechas) empezaron a incluir un receptor de radio. De vez en cuando, en el transporte público, algún joven utilizaba los nuevos aparatos para compartir su pésimo gusto musical con el personal sin preguntarle su opinión. Hablando de pésimo, el sonido también lo era, evidenciado por el hecho de que sonaba al volumen más alto posible.

Lo mismo pasaba con las habilidades de cantante del improvisado DJ, quien no solo obligaba a todo el que estuviera al alcance a escuchar su música, sino que solía acompañarla, pero a pedazos. Como no se sabía las canciones, entonces de vez en cuando soltaba un ruido o una palabra que sonaba parecido.

Claro que ya existían los audífonos. Pero para ser justos, los primeros tenían unos conectores exóticos así que si se dañaban o perdían no era tan fácil reemplazarlos. Hoy ese problema ya no existe. Casi todos los teléfonos inteligentes tienen una entrada estándar que admite desde desechables –de esos que se dañan si uno los mira mucho, pero eso sí, son muy baratos– hasta la última tecnología. Agreguemos opciones inalámbricas y manos libres. Cierta empresa eliminó las entradas estándar, pero inmediatamente aparecieron adaptadores que con una mínima inversión solucionan ese problema.

Sería de esperar que ante la abundancia de alternativas, escuchar sonidos provenientes del teléfono fuera un asunto tan privado como ir al baño. Pues no. Hoy no es solo en el transporte público. Se ha extendido a  las filas, salas de espera y otros puntos fijos donde el personal debe permanecer en tiempos muertos. Tiempos que antes se ocupaban con revistas, libros, conversaciones intrascendentes u observaciones del entorno, y en los que hoy todo el mundo clava la mirada en su celular.

Y llegamos al meollo del problema. Para un abundante sector de la población, los audífonos no existen. El asunto, además, se diversificó en edad, género y, se reconoce, variedad de contenidos. Entonces terminamos escuchando una apasionada discusión sobre un tema personal o laboral vía mensajes de audio (ida y vuelta). O algún video musical que confirma el progresivo deterioro en gustos de las nuevas generaciones. Pero ojo. Ya no son solo jóvenes. Son adultos. Y adultos mayores, Hombres, mujeres y cualquier categoría adicional que se desee incluir. Gracias a la señora del lado nos enteramos (y antojamos) en detalle de como preparar una sopa de alcachofa. El caballero de la fila de enfrente nos comparte alguna historia graciosa de redes sociales pero, cuando llega el momento del chiste, eso sí no se escucha bien. O peor, somos receptores del audio de algo que parece muy interesante que no entendemos, porque la comprensión depende de la parte visual a la que no tenemos acceso. 

Están en todas partes. En una biblioteca pública, donde un milenial despistado consideró que el mejor sitio para ver y escuchar a su influencer favorito era la sala de lectura. En las salas de espera de los servicios médicos, donde nos bombardean sonidos por todos los flancos. Ni siquiera las salas de velación se salvan, aunque hay que aceptar que, normalmente, una mirada de odio soluciona el problema en estos escenarios.

Yo entiendo que hoy en día casi todos los teléfonos inteligentes traen sus audífonos incorporados. Pero la situación que describo demuestra que esto no es suficiente. Por tanto los invito a asumir su responsabilidad para que cada uno, desde su ámbito particular, mediante opciones legales, mecanismos de proveeduría a bajo costo u ofertas comerciales, promueva soluciones para que el “yo escucho mi teléfono” vuelva a ser ese acto privado y egoísta que nunca terminaremos de agradecer.

Cordialmente

Un escucha (involuntario) aburrido 

miércoles, 5 de abril de 2023

Doce preguntas con flow


Cada día que pasa somos más viejos. Eso es un hecho. El futuro no llega, nos cae encima. Los indicadores de crecimiento dejan el gremio de las buenas noticias y pasan a ser señales de deterioro. Curiosamente, este inevitable avance del tiempo implica un retorno al pasado por la puerta de atrás.  Tiene que ver con aquellos comportamientos de adultos y viejos que tanto nos molestaron en la juventud. En nuestra juventud. 

Claro, en esa época los adultos y viejos eran ellos. Ahora, los adultos y viejos somos nosotros. Y desde la perspectiva de los que aún clasifican como jóvenes, de 30 para arriba todos son jubilables. 

La situación es que solo es cuestión de ponerse a pensar un poco en nuestra rutina diaria para descubrir (¡ouch!), que somos peligrosamente parecidos a padres, tíos, abuelos y amigos de la casa de hace 20 . 30 o más años. 

La prueba reina de este ciclo interminable de reciclaje conductual tiene que ver con la música de moda. Nuestra música de moda (remontémonos al siglo pasado o a principios de este) fue clasificada como ruido, censurada al superar determinados parámetros de volumen y horario, y comparada despectivamente con géneros prehistóricos como el bolero, el tango, el Cha Cha del Tren y La Danza de la Chiva.

Ahora nos llegó el turno a nosotros, los veteranos, para despotricar de lo que suena en plataformas. No solo no le vemos la gracia. Tampoco hemos podido saber cómo se llama (¿reguetón?, ¿urbana?, ¿trap?, ¿flow?) y ante cada canción o pieza exitosa que se atraviesa surgen preguntas como las 12 que me atrevo a plantear a continuación

  1. ¿No sería bueno que se entendiera por lo menos, sin ser exigentes, un 10% de la letra?
  2. ¿Cuál es el problema con el fonema “ese”, por qué se oye “todo lo día yo te amo ma”, si lo que pasa es que todos los días yo te amo más? 
  3. ¿Si tanto les duele el estómago, por qué insisten en cantar?
  4. Y, por cierto, ¿están cantando o hablando?
  5. ¿Hablando de cantar, bailar, perrear –sea lo que sea eso– y otras actividades terminadas en ar, por qué suenan cantá, bailá, perreá… o cantal, bailal y peleal?
  6. Está bien, canten con dolor de estómago, pero... ¿sería mucho pedir que se sonaran la nariz antes de?   
  7. ¿No están como muy crecidos para seguir hablando –bueno, cantando– a media lengua?
  8. Exactamente a cuántas personas  –especificando edad, género y relación sentimental con el y/o la cantante– se les puede decir baby.
  9. Y hablando de “beibis” , ¿cómo se llama ese idioma que combina palabras en ingles con palabras en español, o usa palabras en español pero pronunciadas como si fueran en inglés
  10. ¿Hay algún límite o estudio serio sobre cuántos &%#&%#%s puede incluir una canción?
  11. Y aunque estas preguntas se originan en temas auditivos, ¿esas posiciones raras de los dedos no ameritan, por lo menos, unas pruebas de artritis o por lo menos de artrosis?
  12. ¿Es contagioso?

Epílogo. Somos la generación del medio. Así que buscamos el apoyo de los ancianos de la tribu. De los abuelos (y hasta más) para ellos y los padres para nosotros. De los que nos aplicaron cuestionarios similares en tiempos pretéritos. De los que, sin dudarlo un segundo, responden nuestros cuestionamientos musicales con un contundente: “Pues... sabe,   a mí sí me gusta".

jueves, 25 de febrero de 2016

Efectos sonoros en el mundo de los sueños


En medio de la ancha llanura, el jinete galopa. A su lado corren los venados, y sobre él vuelan las águilas.  Es una sensación de libertad única.  El contacto íntimo con la naturaleza, el sonido del aire a su alrededor… y el lejano rumor.  Porque primero es eso, un lejano rumor. Pero va ganando en intensidad a medida que pasan los segundos. Hasta que aparecen los elefantes verdes golpeando con sus trompas enormes tambores que cuelgan de sus cuellos. Pronto alcanzan al caballo, (que, por cierto, es morado y tiene manchas aguamarina)  rodeándolo con ese insoportable sonido de…

…Los bajos de un reguetón. Cortesía del vecino rumbero en la madrugada. Un remate musical de fiesta que se cuela en el sueño del personaje, hasta que lo despierta.

Sonidos agradables, ruidos molestos o bullas inclasificables tienen un efecto común sobre nuestro soñador. Cuando alcanzan determinada intensidad y permanencia lo sacan del gremio de los dormidos. Pero antes se integran con lo que esté soñando en el momento, generando estrambóticas combinaciones como las siguientes.

La cita romántica con la más famosa de las actrices está a punto de pasar a una situación no apta para menores de edad. En el ambiente más propicio posible, (luz de velas, música suave, cama  kingsize) el soñador y la estrella se despojan de sus ropas y se disponen a lo que sabemos. Pero antes entran las porristas. Y hacen lo que hacen las porristas: barra. Gritan consignas, ejecutan coreografías y acrobacias, montan pirámides humanas y pitan, pitan, pitan hasta que el soñador despierta, bajo el interminable sonsonete del pito del despertador.

Un monstruo indefinible persigue al protagonista. No lo ve pero lo siente. Cada vez más cerca. El camino se acaba, limitado por un precipicio. Aterrorizado, el perseguido se voltea dispuesto a enfrentar a la bestia. Llaman a la puerta.  Porque donde antes había un precipicio ahora hay una puerta. Monstruo y perseguido se miran extrañados pero nunca abren. El timbre suena de nuevo, y suena y suena, como corresponde a ese viejo despertador que arranca al protagonista del mundo de los sueños.

El soñador está en un restaurante donde disponen de todos los platos posibles. Uno tras uno aparecen y desaparecen fuentes con los manjares más exquisitos, mientras cada uno de los comensales devora sin cesar. Un coco, sin embargo, sobrevive hasta que alguien lo agarra y lo golpea para abrirlo. Pero la fruta se resiste así que todos los asistentes al ágape se dedican a golpearlo y golpearlo, generando los mismos sonidos de la persona que golpea insistentemente la puerta del cuarto del soñador, ya en el mundo real.

En medio de un partido de fútbol que ha llegado al último minuto el árbitro pita un penal. El estadio, atestado, contiene la respiración mientras el protagonista va a cobrar. Solo se escucha la voz de Michael Jackson. Porque Michael  Jackson está al lado del cobrador cantando, acompañado de su grupo de bailarines zombis.  Cuando el soñador abre los ojos sabe que, por enésima vez, su siesta dominical ha sido interrumpida por la afición de sus hijos al video de Thriller.

La persona entra a ese cuarto lleno de espejos. Cada  vez hay más espejos, pero ninguno lo refleja. No hay angustia, pero sí curiosidad. Y en la búsqueda incesante de su propia imagen una voz comienza a llamarlo. De alguna forma él sabe que es su propia imagen la que lo  llama. Y corre, corre, corre por los pasillos mientras la voz suena cada vez más cerca, la voz que dice “mijo… despierte que va a llegar tardeee”. 

martes, 27 de octubre de 2015

Invertir en el silencio


Por enésima vez, un vecino encara al joven. Por enésima vez, educadamente se le pide que baje el volumen de la música. Por enésima vez se le explica como el alto volumen afecta la calidad de vida, el sueño de la gente e incluso su salud. Y por enésima vez el interpelado, con su habitual desparpajo y su tono digamos, caribe, responde algo así como “pero vecino, no entiendo porque a ustedes no les gusta la alegría”.

Al igual que todos los residentes, el interlocutor de turno conoce la traducción: “voy a seguir oyendo música y solo la callaré si viene la Policia, aunque cuando esta se retire la música volverá”. El vecino pone cara de circunstancia, mira al joven directamente a los ojos y en tono solemne anuncia… “Yo no quería hacer esto, pero usted nos obligó”…

Y antes del desenlace, veamos los antecedentes. La mayoría de los habitantes del edificio son parejas cuyos hijos ya armaron su vida. La edificación pasó por etapa de niños, de adolescentes, de jóvenes y ahora está en etapa de adultos mayores.

Los adultos mayores prefieren la tranquilidad. La que reinó hasta cuando una familia compró apartamento para que su hijo estudiara en la capital. El joven resultó aficionado –como mostraba la evidencia de todos los fines de semana– a la música estridente hasta el amanecer, acompañado de amigos con gustos similares. Ahora, en honor a la justicia hay que decir que el hombre sería escandaloso, pero grosero no era. Ningún vecino o celador de los que se han turnado en hacerle el reclamo ha recibido respuestas agresivas o disonantes. Pero la música no baja.

Como las autoridades competentes solo solucionaban momentáneamente el problema, los vecinos, cansados, se reunieron en asamblea extraordinaria. Claro, había opciones legales que implicaban un buen pleito; largo, aburridor y costoso. Don Gómez, del 501, preguntó si se podía contactar a los propietarios del inmueble. La respuesta fue que los dueños, es decir los padres del joven, sencillamente no creyeron que su muchacho fuera tan irresponsable. Y Don Gómez no dijo más y durante unos días nadie lo vio por ahí.

Don Gómez, por cierto, parecía tener una posición económica bastante holgada. Él no hablaba mucho del tema con sus vecinos, aunque alguna vez soltó una máxima que resumía sus finanzas personales. “Plata invertida, pero bien”.

A propósito de Don Gómez, él es quien está frente a frente con el joven. El vecino es viejo, pero grande. Los amigos del joven acuden a  la puerta, porque perciben algo amenazante. Gómez,  con un movimiento rápido se corre hacia la derecha. Detrás de él aparece una mujer de edad indefinible, delgada, de aspecto frágil y rostro arrugado.  Minutos después los amigos del joven salen corriendo del apartamento para nunca volver. Y al interior solo se oye la cantaleta interminable de la señora, mientras que, de vez en cuando, el joven intenta intervenir, sin poder pasar de un “…pero mamá”.

Al día siguiente, en improvisada asamblea extraordinaria de vecinos el exrumbero pidió excusas, y se comprometió, lo que cumplió a cabalidad, a terminar sus jaranas semanales. Don Gómez no fue a la reunión. El viaje hasta el pueblo del joven, la búsqueda de su familia, la invitación a la capital para la madre, y la representación en la puerta del apartamento lo habían dejado cansado, y un poco menguado en sus ahorros.

Pero esa plata estuvo bien invertida.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Amor de hombre y cosas de mujeres


Eso es amor carajo. Ese tipo, en ese preciso momento preferiría estar en cualquier otra parte.  Viendo un partido de futbol. Tomando cerveza con los amigos. Visitando a la mamá. Estudiando. Trabajando. Haciendo fila en el banco.  Pero no. Está al lado de un combo de mujeres con pasiones descontroladas. Pasiones que no son para él. Son para el de la tarima.

Paréntesis explicativo. Eso de que la música es lenguaje universal es carreta. No hay música para todos los públicos. Hay música para mechudos metaleros, para rumberos clásicos, para despechados profesionales, para adolescentes, para rebeldes retirados, y, lo más importante en esta historia, para hombres y para mujeres.

No para los dos al tiempo. Para cada uno por aparte. Por el aspecto físico del artista, por el contenido de sus letras, por los ritmos que maneja o por algún inexplicable componente atávico genético es claro que ese man hace música de viejas. Y eso para el género masculino es un problema.

Porque, segundo paréntesis, cuando una mujer hace cosas de hombres es una pionera, pero cuando un hombre hace cosas de mujeres siente que su testosterona se reduce peligrosamente. Es algo así como ciertas dolencias que le llegan puntualmente a las damas, una vez al mes. Cosas de mujeres..

Claro, existen niveles: una canción suelta en la radio, la presencia ocasional en el repertorio de un bar, incluso un tarareo inconsciente están el límite de lo tolerable. Comprar su música ya es incómodo. Almacenarla genera sospechas. ¿Ir a conciertos? ¡Intolerable!

¿Entonces qué hace ahí? ¿Por qué madrugó días atrás para obtener una buena boleta? ¿Por qué participó con curioso entusiasmo en los preparativos? ¿Por qué aceleró su jornada diaria para evitar congestiones?  Por qué expresó tímido entusiasmo (pero entusiasmo) ante la entrada del baladista, tarareó algunas canciones y puso cara de ponqué cuando le preguntaron… ¿Te gusta, amor?

Por eso, porque una de las mujeres de pasiones desenfrenadas, de esas que lanzan chillidos espeluznantes cada 30 segundos, que repiten a grito herido los coros, de esas que se pegaron la chillada del siglo con la canción X y llegaron a un éxtasis no apto para menores con la canción Z, de esas que han intentado –con el consiguiente paso a alerta roja de los equipos de seguridad –tomarse por asalto la tarima en diversas ocasiones… es su novia.

Ojo. Novia.  Proyecto por asegurar, propuesta en fase de evaluación, relación en periodo de prueba constante. No es un interés ocasional, no es un programa esporádico. Es la firme candidata a parir los hijos del sujeto. Tampoco es material relativamente asegurado –léase esposa u compañera permanente–  Por eso hay que estar ahí.

Por eso él no está zampandose unas cuantas cervezas frente a un canal deportivo. No se está dando patadas con amigos y desconocidos en la cancha sintética de fútbol 6. No está viendo una película de superhéroes o de guerra. No está consumiendo alguna comida callejera. No está ejerciendo de mecánico semiprofesional. No está jugando con algún aparato de última tecnología. No.

El está en el concierto de ese man, evento que tres meses antes desconocía y poco le importaba hasta cuando la susodicha vio la información en alguna parte, puso la cara que sabemos y tras lanzar un gritico de sorpresa y alegría preguntó con sospechosa inocencia

¡Mira, va a venir XXXX (el man) ? ¿Vamos?

Ese tipo dijo que sí. Y ahí está.

Eso es amor, carajo.