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miércoles, 10 de junio de 2026

Todos somos Miranda Peláez

Hubo épocas en las cuales conjugar el verbo comprar implicaba desplazamiento obligatorio a locales comerciales. En el lugar respectivo se establecía una relación entre dos personajes. El rol de cada uno dependía de su ubicación. Delante del mostrador, el (la) cliente. Detrás del mostrador la (el) vendedora.

El cliente era feliz cuando encontraba un producto que satisfacía su necesidad y coincidía con sus expectativas de calidad y precio. La vendedora era feliz cuando el cliente se convertía en comprador.

El autor material de las Amilcaradas pasó parte de su vida detrás de un mostrador. Allí interactuó con muchos clientes y también con muchos (aunque no tantos) compradores. Pero no son estos los que motivan el presente texto. Son una categoría que nunca faltaba en el trajín diario del almacén. Los Miranda Peláez.

Lo de “los” es porque andaban en gavilla. La familia completa de papa, mamá, hijos, hijas, tías, primos, abuela y perro y el encargado de cuidar al perro afuera (en esos tiempos no existían los locales pet friendly). O patotas de amigos y amigas (por separado o revueltos), de compañeros de trabajo, de estudiantes sospechosamente ausentes de las aulas o de representantes de cualquier otro grupo social.

Iban con todo. Preguntaban precios, calidades, orígenes, usos, colores, texturas, garantías, tamaños y cualquier otra opción posible. Pedían ver no solo uno, sino varios de los productos comercializados por el local de turno. Discutían con el vendedor (a), discutían entre ellos y discutían con otros clientes.

Solían llegar en el momento más complicado posible. Pocos minutos antes del cierre que se extendía por aquello de que el cliente siempre tiene la razón. En días y horarios especialmente congestionados. Justo cuando la vendedora (or) estaba a punto de salir a almorzar, terminar su turno o con ganas de ir al baño.

Pero algo los distinguía de cualquier otro grupo de clientes. Algo que nunca, jamás, de ningún modo, never en la puerca life hacían. No importaba el tiempo que estuvieran en el negocio,  la cantidad de mercancía que revisaran, las preguntas interminables que debía responder el personal de atención. Ellos no compraban. 

No compraban nada. Solo miraban. Por eso cuando finalmente abandonaban el almacén, o incluso en voz baja mientras aún estaban ahí les pusieron un nombre. La familia Miranda.

Aclaración necesaria. Existían clientes con comportamientos parecidos pero con una diferencia clave. Aquellos que tras torturar al vendedor (a) de turno no desaparecían para siempre. Semanas, días e incluso horas después volvían. En plan de compradores. Entonces se llevaban parte o hasta mucho de lo que habían observado detalladamente en su primera vista.

En cambio, los Miranda jamás regresaban. Aunque no había forma objetiva de verificarlo, los trabajadores del comercio asumían que se trataba de una cuestión de poder adquisitivo. Eran los Miranda… y Peláez. Estaban arruinados, vaciados, en la pitadora, ilíquidos, pelados. De ahí lo de Peláez 

El autor de las Amilcaradas lidió con estos personajes muchas veces. Pero tiene que hacer una confesión. Él mismo, alguna vez (o demasiadas) estaba desprogramado en compañía de amigos, colegas o familiares. Entonces salieron hacia cualquier zona comercial para observar y preguntar por mercancías que no tenían ninguna intención de (ni medios para) comprar, por lo menos en el mediano o corto plazo.

Es un hecho. Todos hemos sido Miranda Peláez. 

miércoles, 27 de agosto de 2025

Alós de alto riesgo

El aparato suena, vibra, o suena y vibra. El joven lo saca del bolsillo, de la cartera, del estuche, lo mira y... No contesta.

El señor Salgado (exjoven) considera ese comportamiento absurdo e inaceptable. ¿De qué sirve tener teléfonos costosos, modernos y versátiles, si no se utilizan para hablar por teléfono?

Él, en cambio, siempre responde. Diariamente dedica un creciente tiempo a desperdiciar alós que jamás reciben réplica, pues inmediatamente, o tras un incómodo silencio, la misteriosa llamada se corta. Doblemente misteriosa cuando el número que registra su dispositivo muestra orígenes internacionales como Países Bajos, Nigeria, Dubai o algún pueblo perdido de Alaska. Locaciones donde el tipo no conoce a nadie, jamás ha estado y no piensa volver.

Otras veces del otro lado de la línea plantean una oferta comercial. Salgado trata de obtener detalles o de expresar educadamente que no le interesa pero el interlocutor sigue hablando. Pasan varios minutos hasta que el hombre descubre que está “conversando” con una grabación.

Ahora, las comunicaciones comerciales son más fáciles de administrar con una máquina que con una persona. A la grabación se le puede colgar. Al vendedor o vendedora del call center también, si no fuera porque este parece tener a la mano una lista interminable de argumentos para mantener el diálogo con Salgado.

No tengo tiempo... ofrecen llamarlo de nuevo. Ya tengo ese producto... le sueltan mil razones para renovarlo. No me interesa... preguntan por qué y le arman conversación. No molesten y cuelga… se dispara un acoso de llamadas desde múltiples números que puede durar horas, días, semanas…

A eso se le agregan otras comunicaciones con noticias como que ganó alguna rifa en la que jamás se anotó, que debe hacer urgentemente algún ajuste en sus servicios bancarios, o de algún pariente que nunca había oído nombrar quien le pide dinero, ¡urgentemente!.

El señor Salgado aprendió (tras girar gastos de envío para un premio que, años después, no ha llegado) a verificar cuidadosamente antes de actuar. Más cuando abundan las historias que terminaron en pérdidas económicas mucho más grandes que la que él tuvo.

Claro que existe una forma sencilla de evitar estos y otros problemas. No contestar las llamadas cuando provengan de números desconocidos.

Lo aburridor es reconocer que, de nuevo, los jóvenes tienen razón.

miércoles, 30 de abril de 2025

Especialmente para ti

Al amigo Josué le llegan periódicamente mensajes de texto, correos electrónicos y llamadas telefónicas con ofertas que suenan interesantísimas. Son de esas que uno no se puede perder. Lástima que el inconsciente sujeto y protagonista de esta historia se las pierde todas, bajo el igualmente inconsciente método de ignorar, borrar y hasta bloquear. Y, cosa curiosa, su vida no ha tenido cambios significativos.

De un tiempo para acá, los desconocidos interlocutores, preocupados por su bienestar, ajustaron la estrategia. No se limitan a elogiar el producto o servicio, sino que le explican a Josué (con nombre y hasta apellido) que es una oferta especial para él. Solo para él o, por mucho, para él y un grupo de elegidos.

Entonces un día aparece ese correo donde le advierten “Josué, aprovecha esta oportunidad, estará vigente por pocas horas”. Lo de aprovecha no es un dato menor. Porque en lugar de un formal aproveche usted, va el confianzudo y cómplice “aprovecha tú”. Sí, el asunto varía de región a región, pero el protagonista de esta historia habita una zona donde el tuteo es solo para gente con lazos cercanos de amistad o parentela. 

Otro dato clave es lo de las pocas horas. La vida es de oportunidades y quien las deja pasar, paila*.  Pero tus amigos no dejarán que eso pase. Por eso te avisan. A ti, Josué.

Eso de hacerte sentir importante no solo aplica para ventas. Por lo menos no para ventas inmediatas. Algunos mensajes solo promueven participación. Informan a Josué que es uno de los pocos expertos escogidos para opinar sobre X tema, o elogian sus competencias y conocimientos (sin especificar cuáles) antes de invitarlo a contestar una encuesta o conocer, sin ningún compromiso, algún producto o servicio.

Aquí hay otra constante. Los halagos abundan, pero los detalles particulares escasean. Por mucho, nombre y apellido que a veces fallan en ortografía (Josue en vez de Josué). O con sutiles variaciones (José o Josías en vez de Josué). Son problemas menores que contrastan con anuncios rimbombantes como “oportunidad diseñada pensando en ti”, “tú nos importas y por eso tenemos una gran oferta” o “es lo que tú te mereces”.

Lo que casi nunca le explican al destinatario es porque esa oportunidad es para él, cuál rasgo individual lo hace tan importante o qué lo hizo digno de merecimientos. El casi del nunca es cuando el mensaje llega por alguna red social donde, si dan algún argumento, coincide con la información pública del respectivo perfil. 

En todos los casos, como siempre es por tiempo limitado, no hay espacio para reflexionar. Hay que actuar de inmediato. Y como dijimos, habrá quienes reaccionan ante las tentadoras propuestas de sus nuevos amigos. Pero siempre existirán tipos estilo Josué que desperdician la ocasión.

Y aunque esto debería terminar aquí no faltan los malpensados. Los que desconfían de esos mensajes “personalizados”. Los que creen que como hoy en día piden datos hasta para entrar a un baño público estos terminan en un poco de bases de datos. Los que han leído o escuchado que esa información se vende y se compra y es usada con propósitos comerciales o incluso delictivos. Los que creen que existen cazadores de perfiles buscando potenciales clientes (o víctimas) en redes sociales para hacerlos sentir importantes y engancharlos en algún tipo de negocio, no siempre lícito o, por lo menos, no siempre bueno.

En realidad no es nada novedoso. Sin importar, género, edad, experiencia o conocimiento, todos los seres humanos (Josué incluido) tuvieron, tenemos y tendrán una debilidad especialmente vulnerable a los elogios.

Los sicólogos y psiquiatras lo llaman ego.

*Traductor intergeneracional. Paila es una expresión que alguna vez estuvo de moda para indicar efectos negativos. 

miércoles, 8 de enero de 2025

Cazador de golpes, rayones e intermedias


Pasa con lavadoras, estufas, hornos, teléfonos, aspiradoras, computadores y demás electrodomésticos, gasodomésticos o aparatos electrónicos.  Automáticamente se invalida la garantía sin importar el daño y la claridad en la relación de causa y efecto. Ese es un tema de técnicos, reparadores, protección al consumidor y abogados. Nuestro tema es el surgimiento de una nueva especialidad laboral. 

Él o ella forma parte del equipo de servicio al cliente en grandes superficies, o del grupo de ventas en almacenes especializados, o del personal técnico del taller de reparaciones. No importa su experiencia previa, sus logros académicos o el lugar que ocupe en el organigrama. Importa lo que hace.

Sonríe y actúa con engañosa cortesía. Recibe al comprador que llega con ese aparato recién adquirido que se niega a cumplir aquella función para la que fue fabricado. Cuando está con el cliente escuchará pacientemente la descripción del problema.  Y entonces,  hará aquello para lo cual fue realmente contratado o contratada.

Con meticulosidad digna de artesano experto acometerá la más detallada de las revisiones. No al funcionamiento, no a los mecanismos internos, no a las fuentes de energía sino al contorno. Recorrerá cada centímetro de la carcaza con una vista especialmente entrenada que sabe exactamente lo que busca. Si lo ve, habrá un cambio, casi imperceptible, en su rostro. De la mirada inquisidora pasará a los rasgos del deber cumplido. Algunos continuarán con la revisión en busca de más evidencia. Otros la interrumpen justo en ese  momento y emiten verbalmente acusación, juicio y sentencia.

Existen variantes, por supuesto, pero el mensaje siempre es el mismo. “la garantía no tiene validez porque ustedes le dieron un golpe”.

El discurso heredado de generación en generación sabe que una cosa es “tiene un golpe” o “le dieron” a secas que la formula completa de “ustedes le dieron”. En teoría —porque por suerte existe el derecho  al  pataleo— con esa afirmación el distribuidor o fabricante de turno queda automáticamente absuelto de cualquier responsabilidad en daños o fallos. En este caso el cliente no tiene la razón. Además, es torpe.

Hay golpes de golpes. Algunos parecen accidente de tránsito entre carro viejo y auto eléctrico con latas (o su equivalente el aparato de turno) sumidas, pintura completamente descascarada y agujeros reveladores. Son aquellos ante los cuales solo resta aceptar la evidencia y empezar a cotizar el arreglo.

Pero en el otro lado están los discutibles. Muy discutibles. Un leve roce que a duras penas afectó un poco la pintura. Una deformidad casi microscópica apenas visible a la vista y solo detectable por medio del tacto. Un daño menor en ese lugar donde, sin ser necesariamente un experto, el cliente sabe que no tiene ninguna relación con los problemas de funcionamiento.

Y ahí viene la metamorfosis. El personaje que días atrás nos vendió el aparato en medio de sonrisas, el encargado o encargada de servicio al cliente que nos recibió en plan de “vamos a solucionar su problema” se convierte en frío funcionario o funcionaria que recita detalles técnicos y legales gracias a los cuales el golpecito anula la garantía. Su único rastro de humanidad es, a veces, un “ de verdad lo siento mucho, pero así funciona”.

Entre más argumente el cliente, más impersonal se vuelve el representante de la firma. Lo más probable es que el asunto termine escalando ante algún nivel superior en la organización o ante autoridad competente. Pero eso es otra historia.

Aquí solo queríamos presentarles al cazador o cazadora de golpes, rayones e intermedias.

miércoles, 5 de junio de 2024

(Más) dificultad ante todo

Hace mucho rato existen las tarjetas de crédito y hace menos rato aparecieron las débito. En tiempos lejanos, para hacer compras con la primera pedían cédula. Con las segundas su uso (retiros y compras) implicaba teclear una clave. Para la de crédito, un día dejaron de pedir la cédula, aunque todavía había que teclear la clave (a veces). Otro día se inventaron una tecnología sin clave, simplemente se pone cualquiera de los dos medios de pago encima del datáfono y ya. La vida se hizo más fácil para todos. O para casi todos.

Oliverio es uno de los representantes del “casi”. Forma parte de quienes se consideran víctima potencial de múltiples estrategias para despojarlos de su capital. Desde un sobreprecio derivado del  estudio facial encaminado a detectar rasgos porcinos (que le vean cara de marrano y le cobren más cara la fruta); hasta el uso de avanzadas tecnologías dirigidas a mover el dinero de sus cuentas a destinos desconocidos. Eso le puede pasar a cualquiera. La diferencia es que Oliverio está seguro de que le va a pasar a él. 

El tipo es ahorrativo al extremo (al extremo de que todos le dicen tacaño).  Sus medidas de seguridad diarias son dignas de banco central. Solo sale a la calle con exactamente lo que piensa gastar. En la billetera carga un billete (como todo el mundo) de la más baja denominación posible (como poco mundo) para despistar en caso de atraco o minimizar la pérdida si le hacen algún cosquilleo. La plata real para gastos inmediatos va en algún bolsillo secreto de la chaqueta. El resto, si se requiere, está debidamente encaletado en una bolsa plástica en el zapato misterioso. Misterioso porque solo decide si será el derecho o el izquierdo mientras se viste, y porque es un misterio cómo va a sacar esa bolsita cuando llegue el momento de pagar. La bolsita, por cierto, también aplica para tarjetas débito y crédito. Una especie de pecuecash. 

Así que la llegada de los sistemas de pago sin contacto fue una especie de tragedia en su lucha personal para proteger la parte líquida de su patrimonio. Porque la facilidad implícita aplica no solo para el titular y conocedor de la clave, sino para cualquiera que tenga la tarjeta. Y cualquiera puede ser algún pariente con exceso de confianza, alguien sin lazos de sangre pero con acceso al sitio donde se guarda la tarjeta e intenciones poco católicas, o simplemente un delincuente que en ejercicio de su oficio se apoderó del implemento y lo puede utilizar fácilmente mientras no esté bloqueado. 

Son solo tarjetas. Pero qué tal que no fuera únicamente eso. Qué tal que fuera acceso a todas las cuentas, y a una billetera que en vez de cuero y papel moneda, tuviera gigas y bytes. Que con un solo dispositivo lo puedan, literalmente y sin mayor esfuerzo, dejar en ceros. 

¿Quién correría un riesgo tan evidente? Mucha gente. ¿Y es que acaso ya ha pasado? Unas cuantas veces. Trasciende cuando la víctima es un “famoso”. Los detalles varían pero son tres actos. Acto uno, perdí el celular. Acto dos, cuando me di cuenta inmediatamente fui a ver. Acto tres, vi que me habían robado en… y arranca la lista de billeteras digitales, cuentas bancarias, servicios con pago en línea y demás aplicaciones diseñadas para facilitarle la vida a los usuarios, y de carambola a los delincuentes.

Sobra decir que Oliverio no tiene en su teléfono ninguna aplicación de esas. Y alcanzó a hacer un par de compras en línea desde el computador  hasta que supo que obtener certificados de seguridad (el candadito y el https) puede ser un proceso complejo y exigente, que demanda identificación y requisitos exhaustivos, de trámite largo y difícil; … pero también algo gratuito y fácil de tramitar, que demanda pocos minutos y es completamente en línea, como alardean sus emisores.

Mientras escoge zapato para esconder la plata del día, el hombre la tiene clara. Ciertas compras, pagos y transacciones deben ser difíciles. O por lo menos, no tan fáciles.

miércoles, 15 de mayo de 2024

Un eslogan incomprendido


Se trataba de una institución con aportes estatales y particulares. Nació como un esfuerzo público-privado para promover los productos nacionales. Operaba en diversos frentes, uno de los cuales eran las fechas comerciales. Navidad, Amor y Amistad, temporada escolar, Día del Padre, Día de las Brujas formaban parte de la lista de retos anuales, donde reinaba, muy por encima de los demás, el Día de la Madre.

Con la debida anticipación, el equipo multidisciplinario esbozaba el presupuesto, la estrategia, las acciones y las piezas multimedia destinadas a motivar a los colombianos a priorizar bienes y servicios locales en sus adquisiciones para el evento respectivo. Con algunos ajustes derivados de la experiencia, la primera actividad siempre era una “tormenta de ideas” donde publicistas, comunicadores, diseñadores, líderes, psicólogos y uno que otro colado planteaban iniciativas.

La verdad es que Hermenegildo (Hermi, para los compañeros de labores) llegó tarde y medio enguayabado a esa reunión del Día de la Madre. Optó por el bajo perfil, pero el líder de turno —la presencia estatal generaba mucha rotación en ese cargo— lo "fusiló". Como el tipo tenía fama de creativo el disparo fue directo y a la cabeza. ¿Y usted qué eslogan propone?

El hombre lo reconoce. Soltó lo primero que se le ocurrió. Carcajada general. Pero en medio de las risas la idea no le pareció tan mala. De hecho, superado el momento alegre, racionalizó, explicó y argumentó... pero no convenció. Es más, ni siquiera convenció a la mesa de que se trataba de una propuesta seria. 

Pasó un año y Hermi seguía con esa espinita clavada en el ideódromo. Así que esta vez se preparó a conciencia para defender el mismo arrebato creativo. Llevaba varios argumentos debidamente sustentados en una presentación y hasta una estrategia para justificar el uso del refuerzo audiovisual.

La líder —recién posesionada— venía de una consultora especializada en metodologías participativas y aplicó sus conocimientos. Convocó a todo el que pudo, los dividió en grupos, les repartió papelitos de colores, los instó a poner sus ideas en los mismos y a pegarlos en las paredes. Luego utilizó un complejo sistema de rotación de personal y de grupos para hacer una preselección. Hermi quedó al otro lado del salón, sin posibilidad de defender su idea aunque, eso sí, con amplio panorama visual para notar como el papelito con su letra fue uno de los primeros en pasar a la caneca.

Al año siguiente el directivo era un tipo joven, quien anunció énfasis en redes sociales por lo que el punto de partida debía ser un hashtag. Hermi vio la oportunidad. Su idea era una frase corta, contundente y pegajosa, con ese tono heterodoxo que convocaba a la viralidad. Se puso de pie, fue al frente y la escribió, antecedida, como no, del signo #… Esta vez no hubo risas, solo un silencio sepulcral roto por el líder y dos frases. En tono diplomático: “Gracias Hermenegildo”. En tono suplicante: “¿Alguien tiene otra idea?” 

Por suerte de la buena para el líder y de la mala para Hermi sí había más propuestas, de las cuales surgió la etiqueta utilizada como eje en la campaña de ese periodo.

Hermenegildo continuó con su relato —Durante un par de años adicionales le hice sendos intentos pero no, siempre la rechazaban. Hasta que me salió otro puesto donde el tema ya no era relevante.

— Bueno Hermi, y cuál era ese eslogan, lema, hashtag o etiqueta que nunca se pudo utilizar.

— Uno espectacular. Hasta se le puede poner música. Escúchelo “¡CÓMPRELE COLOMBIANO A SU MADRE!” 

miércoles, 24 de enero de 2024

Amor encaja



El prontuario erótico afectivo de Guillermo el Conquistador incluye diversos escenarios con interpretaciones erróneas de ventas, de logística y de proselitismo religioso, entre otros. Han sido malos entendidos que le pueden pasar a cualquiera y, lo más importante, tienen un componente de lecciones aprendidas. Por eso la inusual conversación con la encargada de la caja 3 en el supermercado de cadena, en principio, no implicó nada especial para nuestro sujeto. Es importante decir que él no era cliente habitual, sino que pasó por ahí de regreso a su hogar y aprovechó para adquirir algunos pendientes.

Solo al llegar a casa cayó en cuenta de que normalmente no hay tanto intercambio verbal a la hora de pagar. Primero, las cuatro ocasiones en las que suministró su número de cédula mientras ella intentaba sumar la compra al programa de fidelización. Segundo, la solicitud expresa de identificar todas las verduras adquiridas. La conversación incluyó rábanos, brócoli, jengibre y perejil. Y una sonrisa perenne. La de ella.

Como no se trataba de hacer compras innecesarias, aplazó su retorno a ese supermercado hasta cuando realmente debía surtirse. Ignoró detalles como que el negocio quedaba a 10 cuadras de su casa y que podía adquirir lo mismo en locales ubicados por la cuadra donde vivía, incluso a mejores precios.

Recorrió pasillos, escogió productos y se dispuso a pagar. Había tres cajas. Dos cuya fila avanzaba rápido y una donde se movía lentamente. La 3. Guillermo dio otra vuelta adicional y encontró… la misma situación. Después de tres vueltas adicionales le tocó acudir a otro punto de pago. Aunque estaba casi seguro de que la cajera (no quien lo atendió, sino la que sabemos) lo miró y, como no, le sonrió.

El tercer intento se dio a los pocos días, cuando Guillermo consideró necesario surtirse anticipadamente de productos de aseo. Nuevo viaje. Esta vez Viviana (nombre escrito en el gafete) solo tenía un cliente en la fila, de esos que combinan medios de pago —efectivo, bonos—. El proceso implicó la presencia —varias veces— de una supervisora para desbloquear caja y explicar procedimientos a la cajera. Veinte minutos pasaron antes de que Viviana atendiera a Guillermo. Con esa sonrisa que se mantuvo todo el tiempo, incluso cuando la caja volvió a bloquearse. No preguntó una sino varias veces los datos rutinarios, como cuando alguien quiere prolongar artificialmente una conversación.  Hubo hasta una risita que sonó y se vio sincera. 

Guillermo quiso ser racional. Tras sesuda evaluación, concluyó que había una posibilidad. Pero no la forzó. Solo “recordó” que era bueno surtirse de café así tuviera una bolsa sin abrir y volvió al supermercado en busca de Viviana. No estaba. Tampoco estuvo dos días después. Ni al día siguiente. En ese momento el sujeto dejó de ser razonable. En servicio al cliente preguntó, tratando de parecer despreocupado, por Viviana, la cajera que atendía el punto tres.  Aunque no sabía qué reacción esperar, la respuesta lo dejó desconcertado... — Con mucho gusto señor, un momento llamo al gerente”. 

A los pocos minutos apareció el administrador del punto de venta. — Estamos avergonzados. Haremos todo lo posible por solucionar su problema. Cuénteme qué le pasó.

En algún lugar entre incómodo y sorprendido Guillermo apenas alcanzó a susurrar algo así como “pues yooo”. antes de que el gerente retomara.

— Tranquilo. Aquí el cliente es primero y reconocemos nuestros errores. Nos equivocamos con esa contratación. Confundía los números,  nunca se pudo aprender los nombres de las frutas y verduras, cada rato desconfiguraba el sistema de la caja y armó un poco de líos con tarjetas y bonos que apenas estamos desenredando. La verdad, lo único que esa mujer hacía bien era sonreír mientras atendía.

Pregunta al margen con alguna relación

¿Cómo son las instalaciones de servicio al cliente?

Amplias, cómodas, cercanas y con múltiples opciones de atención, cuando son para vender. Incómodas, estrechas, con horarios restringidos y en puntos lejanos cuando son para “atender” reclamos.

Detalles aquí. 

miércoles, 24 de mayo de 2023

Televentas, vida feliz a un ¡llame ya! de distancia


Mucho antes de Cristo crearon el dinero. En el Siglo XIX se inventaron el teléfono. En el Siglo XX llegó la televisión.  Y entonces aparecieron las televentas. Un sistema que por medio de la televisión motiva (persuade, ¿obliga?) al personal a llamar para entregar su dinero a cambio de diferentes productos o servicios que (aseguran) cambiarán su vida -la del personal- para siempre.

El personal somos usted y yo. Pero no se confíe. Nuestro dinero no está a salvo. Los que hacen esos programas -comerciales de media hora o más- tienen su mérito. Tal vez nunca hayamos llamado, pero quien diga que por lo menos no lo ha pensado, no le creo. 

La primera lección de una buena televenta es que alguna actividad rutinaria de toda la vida es un problema complicadísimo. Algo que debemos dejar de hacer ¡Ya!. O mejor, dejar de hacerlo con ese complicado y anticuado artefacto que –curiosamente- es el mismo que utiliza el 99 por ciento de la humanidad.

Entonces hay que dejar de peinarse con ese viejo y enredador peine, dejar de amarrarse los zapatos con esos antiprácticos cordones, dejar de cortar la fruta con ese antiestético y peligroso cuchillo y, al paso que vamos, algún día habrá que dejar de masticar con esos arcaicos dientes.

Una vez ilustrados sobre la enorme dificultad que nunca habíamos notado viene la buena noticia. Ellos tienen la solución. Un nuevo dispositivo que hará exactamente lo mismo. ¿Cual es la ventaja? Desaparecen LOS (así, en mayúscula) inconvenientes. ¿Cuáles?. Bienvenidos a la segunda parte del programa.

Un locutor (a) con voz de mamá regañona describe todo lo malo que puede pasar con la actividad de turno mientras los actores en pantallas escenifican los fracasos y hacen mala cara. No tiene nada que ver con que el actor se vea torpe o inepto. El culpable es “ese peligroso e incómodo artefacto”.

Ratificada la inutilidad del sistema vigente, se retoman las ventajas de la novedad. Ahí es cuando nos revelan ”el secreto”. Porque siempre hay un secreto. Puede contener un revolucionario descubrimiento, la resurrección de tecnologías olvidadas o años de trabajo en los laboratorios de un país lejano. Lo más importante de ”el secreto” es que incluya algún material, componente, sustancia o catalizador de nombre raro. O de nombre conocido pero normalmente utilizado para algo que no tenia nada que ver con el producto en venta hasta que ellos se dieron cuenta de “la gran ventaja que hace la diferencia”.

Siguen los testimonios que dan fe de la maravilla de turno. A veces el usuario habló en inglés, pero como acá somos latinos, le aplican el verbo doblar. Otras veces las entrevistas son producto nacional. Lo que es normal es el tono impostado y artificial del actor de doblaje, o el tono leído y libreteado del beneficiario local. El que no tiene problema es el tono de los presentadores, que no paran de elogiar la solución puesta a disposición del grupo de privilegiados que tuvieron la suerte de sintonizar el programa.

(Paréntesis. Alguna vez las televentas estaban limitadas a horarios de baja sintonía. Después se volvieron un indicador de crisis: si un canal estaba en las últimas, empezaba a programarlas, o mejor, a pautarlas (plata fácil) a toda hora. Hoy en día se cogieron confianza y lo que hacen es incluirlas en los cortes comerciales de la canales de cable, que, por cierto hay que pagar para ver)

El remate siempre es el mismo. ¡Llame YA! Pero ¡YA! (Televenta sin ¡YA! y ¡YA! y ¡YA! no es televenta) Sin entrar en detalles ni cifras enfatizan que los precios son excepcionales, una oferta especial “solo por hoy” (oferta que, por cierto, sigue vigente 6 meses después, cuando nos encontramos la misma televenta en otro o en el mismo canal)  Y el toque “inesperado”. “Solo por hoy (?) no le vamos a dar uno sino dos (o 3, o 4. o… ) unidades del producto a un precio único. ¡Llame YAAAA!

Ojala en la vida todo fuera tan fácil. Pero nada se pierde con intentarlo. Deje ya de perder su tiempo leyendo este blog sin aportar nada. Usted tiene el poder de opinar. ¡Comente ya!. Y aquí sí es gratis.

martes, 7 de marzo de 2017

De horarios, precios y demás conocimientos personalizados

Existen personas –hombres, mujeres, jóvenes, viejos, profesionales, empíricos– que son verdaderos expertos. maestros, doctorados, eminencias en el complejo tema de los...  horarios.

¿Horarios? Sí, horas de apertura y cierre de mercados, bancos, consultorios, puntos de pago, joyerías, relojerías, panaderías, tiendas, centros comerciales, lavanderías, cafeterías, fiscalías, restaurantes y ferreterías.

Estos individuos conocen cual es el local de almacén de cadena que abre más temprano y el que cierra más tarde. Saben cuáles peluquerías funcionan los domingos y cuáles carnicerías tienen horario nocturno. Son capaces de obtener cualquier producto o servicio en primeras horas de la mañana o última hora de la noche.

Pero pregúnteles un precio. Tal vez tengan alguna idea, pero muy general. Digamos que manejan –en el mejor de los casos– un rango, un eso vale entre tanto y tanto. Y los tantos suelen ser bastante alejados el uno del otro.

En cambio, en otro extremo de la vida hay unos personajes que manejan a nivel de perito información relacionada con precios, costos y valores de una amplia gama de productos y servicios. Estos tipos saben en cuál de las cuatro tiendas de la cuadra la cebolla larga es más barata. Conocen un punto perdido de algún barrio ídem donde se consigue café de la marca X un 25 por ciento menos costoso que en cualquier otro sitio de la ciudad.

Tienen claramente identificada la panadería donde el pan vale igual pero es más grande. Al salir de compras jamás van a un solo establecimiento sino que recorren multitud de negocios, grandes y pequeños, adquiriendo casi que un solo producto en cada uno, siempre en la versión más económica. No es rebaja, es que eso es lo que vale ahí.

La condición mencionada no tiene que ver con la educación que hayan recibido, la capacidad intelectual, el estrato socioeconómico o el color de los ojos. Tiene que ver con ese asalariado que vive en inacabables jornadas de oficina, fin de semana incluido. De ese que está obligado a aprovechar cada minuto disponible para poder tener una vida sin implicaciones laborales. Para hacer diligencias y compras. Por eso la vida lo convierte en experto en horarios, cierres, aperturas, servicios extendidos y madrugones.

Al otro lado está el desempleado. Ese al que todo le falta menos una cosa. Tiempo. Como no tiene nada qué hacer y sus ahorros –cuando existen– se reducen día por día, desarrolla el mecanismo de conservación financiera. Busca la economía. Pasa día, tras día, hora tras hora recorriendo la cuadra, el barrio, la zona, la localidad, la ciudad en busca del mejor precio, que va almacenando en el disco duro de peinar, léase cabeza.

Podría pensarse en un sujeto ideal que combine las dos habilidades, pero ese personaje no existe. Se anulan mutuamente. El tipo de los horarios desaparece cuando aparece el tipo de los precios. Y viceversa. Aunque es posible que alguien haya ostentado las dos condiciones en distintos momentos de su vida, esto jamás ocurrió de manera simultánea.

Pierde el empleo, a ahorrar se ha dicho, obtiene empleo, a maximizar el tiempo. Así es la vida.

jueves, 26 de enero de 2017

Es que la plata no alcanza

La cosa no tiene lógica. Eso piensa Pedro. Quincena tras quincena la historia se repite. La plata, sencillamente, nunca es suficiente. Y no es que el tipo esté mal de ingresos. Todo lo contrario. Su nivel salarial está por encima de la media de su profesión. Y es soltero. Y vive en el hotel mamá.

Como si esto fuera poco, no actúa irracionalmente a la hora de gastar. Se documenta. Acepta consejos. Utiliza los medios disponibles en busca de alternativas. Siempre está pendiente para aprovechar las opciones. No se ahoga en medio del sistema, sino que navega en las oportunidades que este le ofrece.

No deja pasar temporada sin hacer algunas inversiones. Cuando los grandes almacenes y centros comerciales cumplen años –todos por una época parecida, lo cual simplifica las cosas– se documenta de las rebajas a través de documentos clave para el consumidor inteligente: los folletos promocionales. Aprovecha y compra lo que necesita. Y lo que no necesita pero algún día necesitará. Hay que aprovechar. Ese es su lema.

A veces le da la impresión de que ciertos negocios cumplen años dos o tres veces al año, pero no importa. Allá ellos si quieren brindarle más oportunidades. Tiene, además, un radar incorporado para cuando transita por cualquier calle. Se activa automáticamente ante avisos –generalmente visuales, aunque también los hay auditivos y audiovisuales–­ de promoción, oportunidad, rebaja, descuento, dos por uno, liquidación y similares.

Pedro no se complica con detalles menores como cuando los letreros que anuncian las oportunidades de solo por hoy parecen curiosamente viejos, o cuando la etiqueta de precios no parece haber sido cambiada en tiempos recientes. Tampoco pierde tiempo valioso cotizando el mismo producto o servicio en otro lugar.  Si dice promoción, hay que aprovechar. Aquí y ahora.

Su descubrimiento más reciente es un viernes negro que dura como un mes por estos lares y tiene versiones equivalentes distribuidas a lo largo del año.  Con la ventaja de  que no hay que ir a ninguna parte, sino que uno simplemente se conecta a Internet y compra. Y compra. Y compra. Y ahorra.

Es que es tan fácil economizar. Por ejemplo cuando esos chicos y chicas bien  intencionados llaman por teléfono y plantean esas maravillosas oportunidades de  productos o servicios a precio especial.  Pedro no solo los escucha, sino que casi siempre se acoge a las opciones. No importa si no corresponden a sus necesidades, las oportunidades solo se presentan una vez en la vida.

Quien no utiliza las opciones, no sabe de lo que se está perdiendo. Más con inventos maravillosos que eliminan los riesgos del efectivo, como la tarjeta débito o crédito. O mejor, las tarjetas de crédito, porque tanto bancos como algunas cadenas comerciales han sido generosas con Pedro para dotarlo de dinero plástico, lo que incrementa significativamente sus opciones de administrar inteligentemente su platica.

Hoy es quincena y la historia se repite. El salario se esfuma rápidamente. Pedro no entiende. El no desaprovecha ninguna oportunidad para ahorrar mientras adquiere eso que necesitó, necesita o algún día necesitará. Entonces… ¿por qué será que no le alcanza la plata? 

jueves, 19 de enero de 2017

Gonzalo sigue sonando

El destino puso a Gonzalo a sonar. Pero no como suenan los tecnócratas con aspiraciones a cargos de libre nombramiento y remoción, los cantantes de moda o los potenciales clientes del gastroenterólogo. Una descripción más completa es que el tipo pita. Y más exacta todavía es que él no es quien pita. Es su agenda.

Resulta que el cuadernillo con pasta dura y fechas preimpresas en el cual lleva –estilo antiguo–  los datos de sus actividades diarias tiene un pin –estilo moderno–  de esos que instalan en los negocios para evitar robos. El dispositivo está tan bien ubicado que Gonzalo no ha podido encontrarlo. Aunque lo han desactivado muchas veces -el pin-  al usuario de la libreta le pasa lo mismo que a ciertos políticos cuando van a nombrar ministros: sigue sonando.

A estas alturas supongo que el lector ha deducido que el ruido emitido por el cuaderno no es un fenómeno permanente, sino circunscrito a entradas y salidas. Entradas y salidas de negocios, bibliotecas, museos y otros lugares donde casi cualquier cosa puede ingresar, pero la historia es diferente cuando se trata de salir.

Este es uno de los descubrimientos derivados de su peculiar condición. A nadie le preocupa un piii de entrada, muy distinto al mismo piii de salida. Porque además de diversificar su banda sonora, la circunstancia particular le ha enseñado unas cuantas verdades de la vida.

Una es que existen sitios donde toda la inversión en pines y sensores es meramente decorativa. No importa cuantas veces suene y se ilumine, a nadie le importa. Es más, Gonzalo a veces se ha descarado y después de salir vuele a entrar, y vuelve a salir, Y piii, y piii. Y de reacciones, nada.

Sí, el caballero dispone de mucho tiempo libre. Por eso no pone problema cuando el equipo de seguridad pone en marcha sus protocolos ante el sonido. Porque ese es otro aprendizaje. Si alguien reacciona al ruidito es porque tiene uniforme, gafete de tela con su apellido en el bolsillo izquierdo, gorra y arma de dotación. El resto del personal del establecimiento de turno hace oídos sordos. Siempre. Incluso cuando están en la puerta, justo al lado de Gonzalo, mirándolo a los ojos en el momento de la obertura del concierto de agudos.

La reacción de los guachimanes y guachiwomanas tiene variantes. Algunos miran con pereza, piden el recibo, hacen como que lo miran sin verlo y siga señor. Otros preguntan si sabe que es lo que suena, y se declaran satisfechos con la explicación de la agenda tras –no siempre– una prueba.  Pero los paranoicos –¿o eficientes? – piden factura, ordenan que pase con maleta, sin maleta, y con todos los objetos de la maleta uno por uno, hasta verificar que, efectivamente, es la agenda la que suena. Normalmente, mientras hacen esta inspección minuciosa, dos o tres personas más salen con su respectivo acompañamiento musical, sin ningún problema…

Una tendencia común es hacer una revisión tan detallada como inútil del objeto en busca del pin. Otra es pasarlo por el escáner ubicado en la caja destinado a desactivar el mecanismo que, impajaritablemente, se reactivará en el siguiente negocio. 

La solución definitiva implicaría desbaratar el librillo. Como la encuadernación no forma parte de las competencias del feliz poseedor de la agenda, él ya tomó una decisión. Aplica para todo el 2017. Gonzalo sigue sonando.

jueves, 12 de enero de 2017

Actualización en comunicación (y 2)

(Tras defender hasta el último minuto –literalmente-  su derecho a comunicarse mediante un celular prepago, Mario se ve obligado a pasarse al teléfono inteligente.  Su primer intento lo lleva a un sitio de interés para el, y para las autoridades competentes. De hecho, mientras cotiza, le cae tremendo operativo).

Ante el dramático desenlace de su incursión por el comercio altamente especializado, Mario decide acudir al que está libre de toda sospecha. Los almacenes de cadena. Maravillosa invención de la sociedad de consumo en donde se puede adquirir desde un limón hasta un carro, todo debidamente etiquetado, legalizado, organizado...

Las condiciones terminadas en ado a veces incluyen un sobrevaluado, por lo que se recomienda cotizar antes de comprar.  Nuestro futuro consumidor de alta tecnología inicia su recorrido. La cosa pinta bien. Encuentra una amplia oferta, debidamente exhibida con personal dispuesto a atender sus inquietudes. Al menos eso parecía, hasta que Mario hizo la pregunta mágica. ¿Cuál es el equipo más barato que tiene?

Decimos mágica porque, como por arte de magia, frente a él se produjo la metamorfosis. El vendedor diligente que segundos antes se deshizo en cortesía y zalamería, se transfiguró a una figura gélida e indiferente. “Ese…” expresó con esa voz que ponen las mujeres cuando acaban de descubrir una infidelidad. Al mismo tiempo señaló a un equipo medio escondido entre los exhibidores y se retiró en busca de clientes más prometedores.

Claro que, en comparación con la reacción del vendedor del siguiente almacén, el anteriormente mencionado fue un modelo de atención al cliente. El segundo comerciante, ante la pregunta de marras,  contestó “¡Aquí no hay de eso!”.

Mientras intentaba entender como entre los modelos más caros no podía haber algo menos caro, Mario cambió de negocio. Para evitarse más desprecios gratuitos optó por no consultar sino mirar directamente las etiquetas de precios. Y sí, ahí estaba. Tamaño ideal, bajo costo, e indicadores tecnológicos adecuados a sus necesidades. Y plan.

¿Plan? ¿Qué era eso? La vendedora no fue muy explícita en principio. Sí, ese teléfono servía para cualquier operador, así lo vendiera uno de ellos, Sí, si usted lo lleva tiene derecho a un montón de megas, un montón de servicios, un montón de aplicaciones, un montón de minutos, y un montón de llamadas. Y todo gracias al plan.

Eso del plan sonaba buenísimo y tan solo costaba… Un momento, costaba. Demandaba una inversión mensual equivalente a la mitad del valor del teléfono. Y  había que firmar algo y permanecer un tiempo mínimo que nunca se especificó, entre tres y seis meses.

¿Y lo puedo comprar sin plan? Claro señor, y solo vale… ¡el doble del precio exhibido!

Si bien Mario no había logrado resultados en aquello de comprar teléfonos inteligentes, la experiencia reciente lo había convertido en todo un experto en aquello de las salidas dignas. Despachó a la vendedora con una mentira descarada sobre cotizar en otros lugares y puso la mayor distancia que sus pies le permitieron entre la moderna tecnología de comunicación y él.

Mario sabe que tarde o temprano tendrá que actualizarse pero mientras tanto, si alguien lo necesita…

Que lo llame al celular.

martes, 10 de enero de 2017

Actualización en comunicación (1 de 2)

Cuando dejaron de preguntarle si tenía y empezaron a interrogarlo sobre cuál era, Mario entendió que la modernidad estaba a punto de ganar otra pelea. Como siempre. En tiempos pasados él libró tenaz resistencia al celular, al correo electrónico, incluso al video casero. Pero siempre había llegado un momento en el cual tocaba subirse al bus de los avances tecnológicos. En este caso la obligación venía por cuenta del “guasap”, herramienta “indispensable” para relacionarse con el resto del universo.

El hombre, orgulloso de su componente amerindio, utilizaba una “flecha” para efectos de dialogar en la distancia con sus congéneres. Para ingresar al mundo de los grupos, fotos, videos, mensajes grabados y cadenas debía cambiar su dispositivo. El de comunicación. Es decir, comprar un aparato. Y aunque no formaba  parte de sus temas de interés, había escuchado que los “esmarfouns” eran carísimos, casi todos.  Pero que también existían versiones para tipos como él, es decir, pobres, tacaños, escasos de efectivo, con otras prioridades de gasto o todas las anteriores.

Sabía que en su ciudad existía un lugar donde se conseguían equipos baratos. Muy baratos. No era el sitio más recomendable para hacer turismo o presencia, sobre todo en horas de la noche. Por eso el sábado a primera hora se encaminó al centro comercial de marras.  Este se caracterizaba por muchos locales pequeños donde despachaban jóvenes con cara de cotizar de acuerdo con el porcino. Lo constató cuando, a medida que recorría el espacio, modelos similares se le ofrecían a precios radicalmente diferentes.

Lo cierto es que el punto en mención parecía bastante popular. Mucha gente. Hubo un momento en el cual se produjo una avalancha de clientes vinculados a los cuerpos de seguridad del Estado. Policías, soldados, hombres y mujeres de brazalete. El potencial comprador no les prestó mucha atención hasta cuando empezaron a gritar cosas como ¡Manos arriba! ¡Quietos todos! ¡Nadie sale de aquí!

La preocupación le llegó a Mario al advertir que ese “nadie” lo incluía a él. Aumentó significativamente en el momento en que personal debidamente armado lo ubicó en un grupo aparte. Alcanzó niveles atemorizantes al ver que a los de su grupo les decomisaban los equipos que acababan de comprar, mientras se escuchaban alusiones a mercancía robada y contrabando.

Sintiéndose como aquella vez que le había dado por mirar páginas no aptas para menores en un café internet hasta que la propietaria le dijo “por favor vecino, ¡aquí hay niños!”, le llegó su turno de encarar a la autoridad. Por suerte –como la autoridad lo verificó mediante una incómoda requisa–no había comprado nada. Lo despacharon con un puede retirarse y se le recomienda abstenerse de venir a este lugar.

(Esa fue la idea, aunque las palabras utilizadas por el oficial de turno tal vez fueron un poco diferentes, Algo así como ¡Ábrase y piérdase antes de que me arrepienta! ¡Ya!)

Si algo ha aprendido a lo largo de su vida Mario es a no discutir con la autoridad, También a no cometer el mismo error dos veces. Por eso comprendió que debía actualizar su tecnología en lugares que no estuvieran sub júdice.

¿Cómo le fue? El jueves les cuento.

martes, 27 de diciembre de 2016

Por supuesto que tenemos espacio para atender sus reclamos

No voy a decir el nombre, solo anotaré que se trata de una de esas organizaciones que depende de una relación directa empresa - cliente. Dispone de múltiples instalaciones ubicadas a lo largo de la ciudad destinadas a la venta de sus productos o servicios.

Esas áreas comerciales se caracterizan por ser amplias, iluminadas, con abundante personal.  Manejan jornada continua desde temprano en la mañana hasta tarde  en la noche, fines de semana incluidos. En pocos minutos, los consumidores acceden a “soluciones”, mediante el pago de módicos –o de los otros–  contados y cuotas.

Desafortunadamente, no siempre la relación se mueve en esos románticos e idílicos escenarios. A  veces –bastantes– una cosa es el servicio prometido y otra la realidad. O acceder a servicios especiales que se salen del producto básico requiere autorizaciones adicionales. En ese caso, el cliente –yo, el optimista– hace lo lógico: dirigirse al lugar donde adquirió su producto.  Y entonces lo remiten a…

No recuerdo el nombre exacto. Pero sonaba importante. “Centro de atención al usuario”. “Sala de casos especiales”, “Punto de respuesta”. Además de la dirección, le anexan a uno varios números telefónicos para comunicarse previamente y agendar una cita. Esos números tienen un elemento común. A veces están ocupados, a veces nadie contesta. O mejor. Cuando no están ocupados, nadie contesta. Y viceversa. Así que el siguiente paso es ir. Como uno trabaja en horarios de oficina, la movilización debe hacerse por fuera de esos horarios, después de las 5 p.m., por ejemplo.

La  buena noticia es que al llegar al lugar este se ve libre y despejado. La mala es que no hay nadie. Solo un letrero –pequeño y medio escondido – que señala los horarios. Lunes a viernes de 8 a 12 y de 2 a 4. Es decir, las horas en las que los asalariados trabajamos, Conclusión, hay que pedir permiso. Eso hicimos. Y digo hicimos porque cuando, un par de días después, llegué (a las tres de la tarde) encontré un montón de gente con intenciones similares.

Resignado, indagué por el orden de atención. “¿No tiene ficha?” Entonces indagué sobre la ficha. “Las reparten a las ocho de la mañana”.

Conclusión: viaje perdido. Como el que se hizo un par de días después con llegada a las 8 a.m., cuando encontré una fila de esas que le dan la vuelta a la cuadra a la espera de  las fichas. Tres intentos después  (cada uno más temprano que el anterior) y finalmente logré obtener el pase para ser atendido. Ahora solo tenía que esperar.

Como soy malo para cálculos mentales, no me arriesgo con cifras y medidas. Me limito a los hechos: sitio pequeño, escasos lugares para sentarse. Mucha gente. Estábamos estrechos, apretados e  incómodos. Y aunque se le veía buena voluntad a los dependientes, eran solo 3. La mañana pasó y mi turno no llegó. A las 12 en punto cerraron el chuzo. Tocó por la tarde. Y pedir permiso adicional.

Eran como las tres cuando finalmente me atendieron. La primera vez. Porque lo que parecía un reclamo sencillo se fue enredando por cuenta de papeles adicionales y plazos que me convirtieron en cliente habitual de la pequeña, incómoda, estrecha y asfixiante locación. Supongo que esa es a la que se refieren en la publicidad de  la empresa cuando dicen “y por supuesto que disponemos de espacio para atender sus reclamos”.

martes, 29 de noviembre de 2016

La persecución

Era una noche sin luna. Oscura y tenebrosa. Y Suárez no debía estar ahí. Pero se puso de proactivo (¿sapo?) a escoltar a la jefa hasta la casa. Cómo iba a saber que la señora tenía su morada en un barrio tan estrato bajo. Bueno, cada uno vivía donde se le daba la gana. Si había un culpable, era  él.

Él fue el que se ofreció. El que dijo que podían tomar el mismo taxi. Supuso –equivocadamente– que coincidían en ruta y guardó silencio cuando la jefa anunció una dirección al otro extremo de la ciudad. En vez de permitir que la señora pagara insistió en hacerlo. Y en vez de decir que no tenía suficiente dinero para que el taxi lo llevara a su casa simplemente lo despachó para que no tuviera que “esperar”.

Nunca se supo esperar qué, porque cinco minutos después la jefa estaba en casa y él, solitario, en la calle oscura, tenebrosa e insegura. La buena noticia era que a pocas cuadras quedaban la avenida y el paradero. Inició su camino en procura de la zona segura, en este caso la estación del bus.

Paranoico sí estaba. Veía sombras amenazantes y sentía que lo seguían. Periódicamente volteaba pero no, solo se veía un sujeto a la distancia. Posiblemente ni siquiera iba para el mismo lado que él.

Segunda volteada. El tipo seguía ahí. Caminando, y aunque todavía lejos, ya no tanto.

Tercera volteada. Era oficial. El tipo iba en la misma ruta que él. Y cada vez más rápido. Y cada vez más cerca.

Suárez no estaba boyante en materia de efectivo, como ya vimos. Tampoco portaba elementos de mucho valor. Reloj de agáchese, “esmalfon” chino y esfero de $2000 (la caja). Y las gafas, sin las cuales el mundo a su alrededor se volvía tierra de sombras. El problema era que el ladrón –oficialmente ya lo era– no tenía por qué saber eso.

En parte por dignidad y en parte por estrategia apretó el paso pero sin correr, para no alertar a los delincuentes. Sí. Los. Aunque solo había visto uno, estaba seguro de que una banda completa, si no un clan, se habían confabulado para atracarlo.

Y entonces pasó lo que tenía que pasar. Tropezó contra algo y las gafas fueron a dar al piso. El dilema ya no era entre seguridad y movilidad, sino entre visibilidad y riesgo Resignado, se arrodilló y empezó a tantear los alrededores. El sitio del desastre quedaba justo al lado de un negocio,  de esos de barrio,  con tremenda vitrina. Cerrado, por supuesto, pero la mezcla de luces internas y externas generaban un efecto espejo.

Mientras buscaba los lentes de vez en cuando levantaba la mirada para confirmar su inexorable destino. El reflejo de la figura del perseguidor se acercaba cada vez más. Iba directo para donde Suárez. Todo pasó en pocos segundos. Suárez encontró las gafas. El perseguidor llegó. Suárez se puso de pie buscando una ruta de escape. Tensionó los músculos  mientras sentía la adrenalina correr por el cuerpo y veía como su perseguidor… ¿Seguía derecho?

Sí, siguió derecho hasta ubicarse frente a la vitrina, sacar una peinilla, arreglarse el cabello y continuar su camino en medio de la noche sin luna, oscura y tenebrosa.

martes, 18 de octubre de 2016

Recesos

Manrique es doctor de verdad, no médico con otro nombre o burócrata sobrecalificado. Se pasó muchos años comiendo libro hasta que una prestigiosa –en serio – institución educativa le colgó un Ph D a su hoja de vida. Con semejante bagaje académico encaró el mundo laboral. Y, como era de esperarse, lo contrataron…  para dictar cursos.

La especialidad de Manrique no nos interesa, solo digamos que es multidisciplinaría. Con unos leves ajustes aplica (entre otros) para monjas de clausura, militares alejados del campo de batalla, oficinistas proactivos y de los otros, educadores interesados en sumar puntos para su escala salarial, reinas de belleza en plan de superación, profesionales varios, operadores bilingües de call center y operadores de maquinaria pesada. El problema del conferencista no es adaptar su discurso. El hombre es pragmático y se adapta a lo que venga. Pero no ha podido con los recesos.

Durante jornadas que superan las dos horas de duración llega un momento en el cual  hay que dejar de verse la cara. Es una cuestión de higiene mental, de cansancio físico. A a veces de hambre. Viene a ser lo mismo que el recreo de los tiempos escolares.

Parece el más sencillo de los conceptos. Interrumpir la actividad y tomarse un descanso de 15 minutos. O de 20. Generalmente no supera los 30, nominalmente hablando. Es más, Manrique mira su reloj, indica expresamente la hora de salida y la de entrada. A menos que haya implicaciones alimenticias –léase refrigerio–  o necesidades inaplazables al fondo a la derecha, el hombre permanece en el salón. Y pasados los 15, 20 o 30, no llega nadie.

Los primeros aparecerán 3 o 4 minutos tarde, con un desgano evidente. Otros se quedarán en la puerta o en las afueras para ingresar cuando llegue el grueso, entre 10 y 15 minutos después de la hora fijada. El grueso no es algún participante con sobrepeso, sino los asistentes suficientes para hacer quórum.

Manrique ha ensayado diversas opciones. Una cuidadosa explicación sobre la importancia de aprovechar al máximo el tiempo disponible. Normalmente aprobada con movimientos de cabeza y sonidos aprobatorios (humhuneada). Sobre todo por esa mayoría que regresará tarde en cada uno de los descansos.

Como estos no son alumnos sino clientes, cerrar la puerta no es una opción. Y empezar puntual con los que haya –si es que hay-  tampoco. Los que llegan tarde se rezagan y toca repetir todo. En cierto momento Manrique pensó que era un problema de entorno. Un representativo grupo de asistentes no voluntarios (leáse obligados) aprovechaba los espacios libres para no colgarse tanto en sus obligaciones diarias.

Por eso, durante un tiempo el hombre pidió espacios lejos de oficinas, talleres y demás instalaciones  laborales. Como la pelea que sí ganó fue lograr celulares y demás dispositivos apagados durante las sesiones, cada descanso era aprovechado por los asistentes para abalanzarse sobre la tecnología para actualizarse. O para discutir con otros compañeros temas laborales y de los otros cuya disertación sobrepasaba el tiempo disponible. O para mirar las estrellas. Esa puede ser una explicación plausible a las demoras, porque normalmente las capacitaciones son de día.

Ni la lógica, ni la pedagogía, ni la locación. Nada funcionó. Solo quedaba el truco sucio. Teóricamente. los descansos durante los seminarios de Manrique son de 15 minutos. Así figuran en la cotización y en el programa.  Pero solo él sabe que realmente ha presupuestado 20, con posibilidad de extenderse los 30. Por algo le dieron ese doctorado

martes, 27 de septiembre de 2016

La llamada que no era

No era la primera vez pero ese día, de verdad, se les iba yendo la mano. Comenzó poco antes de las 7 a.m. y siguió repitiéndose en intervalos que iban de los 10 a los 30 minutos. Hombres y mujeres con sus textos libreteados y fingido interés que invariablemente comenzaban con su saludo y el “¿Hablo con el señor XXXX Vega”.

Vega tenía nombre, por supuesto, pero para efectos de esta historia solo interesa su apellido. Lo que no tenía era empleo. Tampoco clasificaba como consumidor moderno. Eso traduce en que solo compraba lo que necesitaba. Pero ese dato  no formaba  parte de la cultura general de sus enemigos naturales; los vendedores de call center. Esos que parecían haberse puesto de acuerdo para bombardearlo con múltiples y variadas “oportunidades” en la mañana que hoy rememoramos.

Vega figuraba en sabe Dios cuantas bases de datos, de esas que prometían privacidad y terminaban en manos del mejor postor.  Solo bastaba disponer de su nombre y teléfono para lanzar el ataque. El del vendedor que “en reconocimiento por sus excelentes antecedentes” lo “seleccionamos” para “adquirir con grandes facilidades” algún producto o servicio en el cual el interlocutor no tenía el más mínimo interés.

El hombre había ensayado diversos contraataques en su guerra particular contra las ventas telefónicas. La histeria total fue una de las primeras, pero pronto descubrió que esta alborotaba el instinto de la insistencia al otro lado del teléfono. Ante el poco éxito de la guerra abierta, llegó el turno para la diplomacia. A veces agresiva: “¿Y usted porque tiene mi teléfono? 

Hasta cuando descubrió que la meta volante de sus rivales, antes de cerrar la venta (el premio mayor), era mantener la comunicación. Y cualquier pregunta servía para seguir hablando. Lo mismo que cualquier comportamiento parecido a normas de urbanidad o actitud civilizada. Escuchar más allá de la identificación del llamador implicaba una pelea desigual porque el comercializador disponía de todo el arsenal de su libreto, y Vega, básicamente, del “no gracias”, y del “no me interesa”.

Finalmente desarrolló una metodología con éxito relativo. Cortés pero firme. Algo así como: “Muchas gracias por su llamada pero no me interesa ningún tipo de oferta comercial por ahora. Sí, ya sé que no me ha dicho cuál es pero en este momento no me interesa. Yo sé que usted esta haciendo su trabajo así que le deseo mucha suerte con su próximo cliente. Que tenga un feliz día”. Y el día de la sobredosis de llamadas a cada vendedor le iba aplicando una versión cada vez más breve y cortante.

¿Ya les dije que Vega también estaba desempleado? Así que mientras no andaba de round con los call center pasaba hojas de vida. Vía Internet, como se estila ahora. Hasta que su perfil encajó. A lo milagroso. Todo lo que pedían, él lo tenía. Los de la empresa también lo sintieron. Ese tipo era el aspirante perfecto por experiencia, conocimiento, formación, especialización. Solo faltaba contactarlo. 

La secretaria de personal simplemente hizo lo que hacía siempre. Dio su nombre, mencionó la empresa y antes de que pudiera convocar a su interlocutor a una entrevista la reacción fue tan tajante como desconcertante: “Muchas gracias señorita, sé que usted esta haciendo su trabajo pero la verdad no me interesa. Que pase un feliz día”.

Lástima, era el candidato ideal para el puesto.

jueves, 21 de julio de 2016

De cabellos, peluqueadas, trasquiladas y otros asuntos laborales que no son de estilistas


El pecado capital de Ariza es la vanidad. Vanidad localizada. Dotado por la naturaleza de una generosa mata de cabello, le brinda especial atención desde que tiene memoria (al cabello, no a la naturaleza). Atención retribuida, porque en vez de caer –como le ha sucedido a casi todos sus contemporáneos- se volvió plateada con el paso de los años.

La más poderosa de las testas coronadas no tiene opción frente a la poderosa cabellera, que cada día gana cuerpo, firmeza y otros adjetivos de comercial de champú. El mérito no es solo genético. Durante años, el corte, aseo y demás actividades relacionadas con la melena ha estado en manos de reputados y costosos expertos. Muy costosos.

Mientras la vida le sonrió a Ariza, laboralmente hablando, esta situación no tuvo problema. Pero un día le dieron las gracias y le desearon buena suerte mientras que su patrón pasó a ser expatrón.  Como suele pasar, solo cuando la fuente habitual de ingresos desapareció, Ariza se concientizó de lo desproporcionadamente alta que era la inversión destinada al cuidado de su cabello. Una concienzuda inteligencia de mercado le permitió conocer múltiples productos que hacían lo mismo, estaban hechos de lo mismo y no costaban la mismo. Eran mucho más baratos. 

Pero aún quedaba el pendiente más complejo. El corte. Por supuesto que había peluquerías, muchas peluquerías, pero Ariza sabía –o pensaba– que algo iba de un peluquero a un estilista. O a un artista del cabello, como se autodenominaba su proveedor tradicional. Los días pasaban, la mata de pelo crecía, los saldos bancarios bajaban y el hombre era consciente de que no podía gastarse lo de la comida del mes en una sesión de tijera, máquina, cepillo, peine y cuchilla.

Y una noche de  martes llegó la esperada llamada para una entrevista de trabajo con razonable posibilidad de éxito. Lo esperaban el miércoles a primera hora. Tiempo suficiente para prepararse. Ropa de pedir puesto, lista. Conocimientos, listos. Papeles, listos. Afeitada, posible. Cabello… a menos que necesitaran un guitarrista de rock o un doble de Tarzán (ambos envejecidos) el corte era indispensable.

Así que Ariza salió a buscar una peluquería adecuada a su estrato actual que estuviera trabajando después de las 9 p.m. cuando el destino se le atravesó en forma de academia nocturna. Academia de peluquería. Y 4 palabras mágicas “Corte de cabello gratis”.

Esa noche, Ariza puso su cabeza en manos de un nervioso aprendiz de estilista que le enseñó de manera gráfica el significado del verbo trasquilar. Varios intentos fallidos hicieron desaparecer sucesivamente capas y capas capilares, con resultados cada vez más desastrosos para la estética de su cabeza. El profesor sencillamente le puso una mala  nota a su estudiante y ofreció al de la silla (Ariza)  una alternativa. La número uno.  Raparlo completamente porque si algún merito tenía el aprendiz, era su facilidad para generar problemas insolubles en la testa de sus víctimas.

Al día siguiente, mientras compartía sala de espera al acecho de una decisión final en compañía de los demás aspirantes, recibió la noticia de una manera que jamás hubiera soñado, por parte de un poco prudente encargado con mala memoria para los nombres.

“Ya escogimos, la persona que trabajará con nosotros es…usted.”  Y al caer en cuenta que no había señalado a nadie en particular, aclaró “el calvo se queda”.

martes, 10 de mayo de 2016

Todos no somos vendedores


El experto de turno maneja la rutina de los motivadores profesionales. La entrada teatral –música de fondo, juego de luces–, imágenes espectaculares proyectadas en el momento clave y una premisa básica empacada como fórmula mágica “Todos somos vendedores”.

Ernesto es el primero en abandonar la conferencia. También es uno de los mejores ingenieros. Desde que le paguen bien y a tiempo, no le interesa la fama.Se le conoce por sus resultados y su bajo perfil. Tampoco se preocupa por "vender" su trabajo o a su persona.

Pero no siempre fue así. En tiempos de adolescente, incursionó en el mundo de las ventas. Incursión que lo alejó para siempre del mismo. Y todo por culpa de  la prima.

El  nepotismo del asunto fue porque la prima viajaba periódicamente a Miami a comprar cosméticos, cremas, jabones, perfumes y demás insumos para la vanidad femenina, así como alguna loción destinada al mercado masculino. Eran tiempos sin globalización y sin negocios especializados en elterritorio nacional. El perfume se descargaba de botellones bajo el genérico pachulí, el maquillaje estaba en las góndolas de almacenes populares y las cremas eran asunto de droguería. Quien quería subirse de estrato tenía cuatro opciones: otro país, San Andrés, sanandresito... o la prima y sus colegas.

Cualquier cosa que tuviera nombre en ingles y etiqueta de made in USA  –porque lo de  USA se hacía en USA, no en China- contaba con mercado. Llegó un momento en que la prima no dio abasto para  distribuir sus productos y empezó a formar una red informal de vendedores. Y Ernesto terminó metido en el baile con un cargamento de sombras, pintalabios, rubor, cremas, pestañina, esmalte, acondicionador, perfumes y demás.

Los  primeros días fueron sencillos, con el mercado natural de  mamá y hermanas financiadas con plata de papá. Pero cuando el progenitor se cansó de subsidiar al hijo, este tuvo que empezar a buscar otros clientes. Y allí la realidad salió a flote.

El hombre tenía sus habilidades, pero vender no era una de ellas. No tenía el discurso, no tenía la paciencia, no conocía tantas mujeres y, lo mas importante, no tenía idea de lo que estaba vendiendo. Las pocas veces que logró concretar una posible cliente sus intenciones comerciales se estrellaron con su cara de bobo ante preguntas técnicas como tono ideal, posibles reacciones capilares o dermatológicas o la más inocentes de todas ¿pero a mí eso sí me quedara  bien? Cuando respondía algo así como “yo no sé, usted verá”, generalmente cerraba la venta, pero sin venta.

Preocupada por la poca movilidad del inventario,  la prima sugirió intentarlo con sus iguales. Así que como último recurso Ernesto desplegó toda su mercancía en un sitio relativamente público –la cafetería del colegio- . Si se trata de asistencia, realmente fue exitoso. Chicas de cursos superiores e inferiores, personal administrativo y hasta profesoras se aglomeraron a su alrededor mientras él mostraba la mercancía. Solo cuando retornó a casa y revisó sus inventarios descubrió que muchas personas habían aprovechado para surtirse, la mayoría sin pasar por el molesto paso intermedio de pagar.

Y durante  el siguiente año y medio, mientras abonaba la  mitad de su mesada para ponerse al día con la prima, Ernesto tomó, maduró e implantó en su vida una directriz: Todos no somos vendedores.

jueves, 5 de mayo de 2016

La leyenda de Semáforo


Lo curioso es que Jairo Alberto no maneja. Pero eso no ha sido problema para consolidarse como negociante exitoso en el comercio al por menor de textiles. No hay relación causa efecto entre los dos hechos, solo es un dato curioso alrededor del apelativo con el que todo el mundo lo conoce en su ámbito laboral: Semáforo.

Todo comenzó en su adolescencia. El no era hijo de papi, pero tampoco tenía que trabajar. Lo básico (casa, tres golpes diarios, transporte, educación) estaba disponible, junto con una mesada para los gastos que podía tener una persona a los 14 años. Pero soñaba con unos pesos obtenidos por sus propios medios, bajo la premisa de “hacer con esa plata lo que me dé la gana porque  nadie me la regaló”, o algo así

Hasta que llegó la oportunidad. El amigo de la novia de un primo tenía unos almacenes de  telas. El amigo le preguntó a la novia del primo que si conocía un pelado que quisiera ganarse una plata los domingos, reemplazando al asistente que laboraba de lunes a sábado. La novia le comentó a su novio, o sea al primo, como un apunte suelto en alguna conversación. Dos días después,  el primo se acordó de que alguna vez Jairo Alberto le había pedido plata prestada, bajo la promesa de pagarle cuando consiguiera trabajo. Aunque era una cantidad mínima, vio la oportunidad de recuperar su inversión y le dijo a su novia, quien le dijo a su amigo, quien le dio los datos gracias a los cuales Jairo lo contactó y, para resumir, al fin llegó el día de su debut laboral.

Nervioso como estaba, casi no durmió la noche anterior. Aunque el horario de entrada eran las 9 de la mañana, llegó desde las 8 a cuidar la puerta del respectivo almacén donde estuvo hasta las y 55, cuando finalmente apareció el dueño (sí, el amigo de  la novia del primo) llave en mano, y el personal de administradora, vendedoras y cajeras.

El perfil requerido era lo que técnicamente se conoce como muchacho oficios varios. Es decir, aquel joven encargado de abrir la puerta, colaborar con el aseo, ayudar a descargar y cargar cosas pesadas y de las otras, apoyar la vigilancia, hacer mandados y cualquier necesidad surgida en la jornada laboral sin responsable especifico.

Pero al nuevo empleado nadie le explicó eso. El dueño solo le dio una instrucción antes de irse a disfrutar de su domingo: párese ahí y eche ojo.  En las siguientes 9 horas Jairo no habló, no fue al baño, y no se atrevió a mover la cabeza. El resto del personal tenía la idea de que este muchacho manejaba algún nivel de cercanía con el patrón, –o con la novia del patrón. o con un primo del patrón– por lo que nadie, ni vendedor, ni cajera, ni administradora, se atrevió a decirle algo.

Así que ese domingo Jairo se ubicó donde él había entendido que era ahí –al lado de  la puerta– y sin moverse un centímetro, se dedicó a seguir con la mirada a todas las personas que entraron y salieron del almacen respectivo.

Quiso la suerte que el propietario, notificado sobre el extraño comportamiento del ayudante le diera una segunda oportunidad. Como habrán deducido, fue el comienzo de una exitosa carrera. Pero esta vez si hubo inducción:  “Hermano, necesito que se mueva y ayude en lo que haga falta.  Parado en la puerta de semáforo no me sirve”

Y el nombre de Jairo Alberto se perdió para siempre, por  lo menos en el ambiente  laboral. De allí en adelante y hasta el día de hoy se convirtió en “Semáforo”.