Mostrando entradas con la etiqueta Comedor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Comedor. Mostrar todas las entradas

miércoles, 3 de diciembre de 2025

Mango jefe

Años atrás, el mensajero compró un mango callejero. En vaso plástico, pelado, troceado y con palillo de madera a manera de tenedor. Cunado compartió una tajada con la practicante, la joven no pudo reprimir una expresión de sorpresa y desagrado. No esperaba la sal y el limón que complementaban el alimento.

Al ser una temporada de poco trabajo, el personal se dedicaba a quemar tiempo en espera de la hora de salida. El incidente los llevó a improvisar una tertulia sobre la mejor forma de comer mango. Un grupo respaldó a la practicante en su gusto por la versión natural. Otros defendieron los adicionales: sal, limón, sal y limón, vinagre... sal, limón y vinagre. Más opciones: azúcar, ají, pimienta, cilantro, canela, Tajín... 

Entonces llegó el jefe.

Trabajar con él era fácil.  Él decía lo que había que hacer y los subalternos hacían caso. Si alguien opinaba diferente, se hacía lo que decía el jefe. Si alguien planteaba alternativas, se hacía lo que decía el jefe. Si el disidente intentaba defender su posición, el jefe escuchaba y después… se hacía lo que decía el jefe. Si el contradictor insistía, el que mandaba sonaba diferente. Primero argumentaba. Luego explicaba (cual padre educando al hijo díscolo). En una tercera etapa imponía cordialmente su autoridad. En una cuarta hacía lo mismo con un sutil cambio en el tono de voz que eliminaba cualquier asomo de cordialidad.

En realidad, muy pocas veces habían llegado a este punto. Pero volvamos al mango. El mandamás apareció en plena discusión. Aquí debemos decir que él no veía problemas en las tertulias de oficina. Mucho menos si había poco trabajo. Tanto así que se integró, expresando su preferencia por el mango al natural

Ahí fue cuando, primero tímidamente y posteriormente en avalancha, aparecieron múltiples argumentos a favor de los modificadores de sabor. De alguna manera toda la oficina terminó declarándose partidaria de echarle algo al mango (verde o maduro) antes de consumirlo. De hecho, hasta la misma practicante optó por reconocer que un poquito de limón favorecía el gusto. El jefe insistió desde su posición, pero la opinión mayoritaria tomó partido en su contra. La fruta era más sabrosa si le agregaban algo. 

Al día siguiente el personal en pleno fue convocado a reunión extraordinaria. Los más observadores notaron que el jefe se veía como cansado, con ojeras de esas que surgen cuando uno no duerme muy bien. La agenda incluía tres temas. Prioridades del día, 5 minutos. Ajustes a un par de cronogramas, 5 minutos. 

Punto final. Varios. El jefe tomó la palabra. Claro que se podía seguir usando la sala de juntas para consumir alimentos. Pero algunos dejaban olores muy fuertes. Por ejemplo, solo un ejemplo, el limón, el vinagre, la sal (?), la pimienta… Entonces era mejor evitar el uso de esos aditivos en algunas comidas como, solo un ejemplo, las frutas como, solo un ejemplo, el mango.

Esta última petición vino con un sutil cambio en el tono de voz que eliminaba cualquier asomo de cordialidad. 

Nadie hizo comentarios. El tema nunca se volvió a tocar, pero todos entendieron lo que acababa de pasar. Desde entonces, la sala de juntas que también funciona como comedor ha visto diversos menús. Lechona de fin de año; huevos, café y pan del desayuno de trabajo; tamal, arepa y chocolate del desayuno de integración; ponqué y vino para el cumpleañero de turno; almuerzo de domicilio; almuerzo de coca; buñuelos y natilla de novena navideña, etc. Lista larga abierta a múltiples opciones. 

Cualquiera menos el mango. 


miércoles, 13 de agosto de 2025

Aventuras gastronómicas


Se advierte al personal que el texto que retomamos a continuación, publicado originalmente en 1994, pero aún vigente, no es apto para estómagos sensibles. Después no digas que no te avisamos.

Ruiz, experto teórico en dietas  — pesa 90 kilos y mide 1,50 — es también un aventurero de la gastronomía. Esto significa que se come lo que sea y donde sea. Esta práctica le ha permitido establecer su propia clasificación de los restaurantes callejeros, de esos que se encuentran múltiples calles y esquinas de Colombia. 

  1. Bajo su propio riesgo. Son aquellos negocios donde el pan es verde, la leche amarilla, el arroz negro y la carne blanca; la mesera tiene caspa y el cocinero lanza enormes estornudos que se escuchan en todo el restaurante.  Eso sí: Son muy baratos.

miércoles, 21 de mayo de 2025

El intocable señor Barreto

Si usted ve al señor Barreto por la calle lo más probable es que ni siquiera perciba su presencia. Y si por alguna razón lo nota, solo es cuestión de tiempo para que forme parte (Barreto) del inventario de asuntos olvidados. Razones sobran. La ropa del tipo es genérica, se comporta con discreción casi invisible, el rostro carece de particularidades y anda como uno más en la marea humana que transita a diario por la vida.

Pero los omnipotentes, los que tienen la autoridad en escenarios específicos, los que rigen el destino de organizaciones o personas por elección, delegación o herencia poco o nada pueden hacer para ejercer su máximo poder frente a este caballero.

No existe dueño, administrador o empleado que pueda sacarlo de una larga lista de locales. Se incluyen meseros, chefs y metres de restaurantes. Cantineros, barmans y vigilantes de bares. Canchero o tendero de canchas de tejo. Artista principal, guardia o acomodador de concierto. La inmunidad de Barreto alcanza los clubes sociales, donde ni siquiera la junta directiva tiene la capacidad de expulsarlo de las instalaciones.

Tampoco es factible retirarlo de catedral, capilla, templo, sinagoga,  iglesia de garaje o ermita, sin importar lo que hagan obispo, sacerdote, rabino, pastor o monja (incluye madre superiora). Lo mismo ocurre con esos medios de transporte donde regulaciones aceptadas por todos los países le otorgan autoridad absoluta al comandante de la nave. No hay piloto capaz de bajarlo de un avión o capitán que pueda desembarcarlo de yate, crucero o barco de carga.  

Para dar algunos ejemplos con nombre propio, el gran Elon Musk no puede eliminarlo de X (antes Twitter), el insigne Mark Zuckerberg es incapaz de sacarlo de Facebook, Instagram, WhatsApp o Threads y, por increíble que parezca, ni siquiera el todopoderoso Donald Trump tiene como expulsarlo de Estados Unidos.

No existe árbitro con la capacidad de excluirlo de actividades deportivas, gerente calificado para prescindir de sus servicios, funcionario de alto nivel (superintendente, viceministro, ministro, presidente) que pueda removerlo de la nómina.

No siempre fue así. Hubo épocas en las que el señor Barreto salió por la puerta de atrás y no siempre en los mejores términos de lugares físicos y organizaciones. Pero cuando cumplió los requisitos y se pensionó supo que nunca podrían volver a echarlo de ningún trabajo, oficial o privado, ya que nunca volvería a trabajar.

También decidió (con ayuda del calendario y las recomendaciones médicas) restringir el consumo de alcohol a una que otra copita en casa, lo que lo alejó para siempre de bares y similares. Y como ya vivió bastante y sabe la diferencia entre lo que debe hacer y lo que es opcional, empezó a quitarle escenarios a la vida.

El señor Barreto no va a restaurantes (existen domicilios y comida casera). No juega tejo. No asiste a conciertos. No es socio de clubes. Maneja su relación con el omnipresente ser superior en la intimidad de su casa. Limita sus traslados intermunicipales a zonas cercanas que no requieren aviones o barcos. No hace deporte en plan competitivo y no tiene redes sociales. 

Por eso es imposible que lo saquen, retiren, expulsen o eliminen de múltiples espacios, físicos, organizacionales o virtuales. Porque él no está ahí. Y no importa que tanto poder tenga alguien para decidir sobre la presencia de otros en su jurisdicción. Es imposible sacar al que no está adentro.

Como al Señor Barreto. Quien, por cierto, es un tipo feliz.

miércoles, 7 de mayo de 2025

Sobre todo

Como mide casi dos metros antes de peinarse, le dicen Manotas. Al igual que muchos contemporáneos, vivió y aceptó la revolución sexual y los cambios en materia de parejas y relaciones. Solo considera inaceptable y contra natura una combinación. Se opone radicalmente al matrimonio entre la industria alimenticia y el correo físico. 

Manotas se educó en un mundo donde la hora de comer implicaba manipular recipientes. La sal salía del salero, las salsas de botellas plásticas estrujables con boquilla pequeña, las galletas de tarros y el azúcar de un azucarero, a veces en prácticos cubitos. Los sobres, en cambio, guardaban cartas, tarjetas, postales y hasta plata, con fines de envío. Pero empezaron a usarlos para empacar alimentos en porciones individuales. El proceso se fue tomando la sal, el azúcar, la leche condensada, la salsa de tomate, la mermelada, el café, la mayonesa, la mostaza… y la lista puede seguir indefinidamente.

Normalmente, esos sobres (plásticos, metalizados, o en materiales indescifrables) vienen señalizados para facilitar el acceso al contenido. Mienten. Donde dice “Ábráse por acá” no abre. Ahí es cuando toca hacer maromas con el cuchillo, las llaves, el cortaúñas o los dientes. Cuando no, pasa lo contrario. Ante la más mínima fuerza medio paquete vuela. Si no se han tomado medidas de seguridad otro tanto ocurre con el contenido. Más para tipos dotados de enormes, gruesos y torpes dedotes como, por supuesto, Manotas.

Así que parte de su existencia transcurre en batalla contra la nueva generación de empaques. Poniendo cara de yo no fui ante un inesperado reguero en la mesa del restaurante. O con recorridos contra reloj en busca del baño más cercano para descargar o limpiar los restos de algún alimento que disparó sobre su humanidad. Manchas indelebles en pantalones, camisas, o suéteres evidencian el desenlace de esos enfrentamientos.

No son los únicos derrames. Condimentos como sal y pimienta requieren una distribución estratégica a lo largo del plato. Para eso se inventaron saleros y pimenteros. Como estos brillan por su ausencia, el resultado suele ser todo o la mayor parte del contenido del sobrecito en un solo punto del pedazo de carne, pollo, pescado o de los huevos. Y el desafío quirúrgico de distribuir el pegote por toda la porción a punta de tenedor, cuchara, cuchillo, dedos, gravedad o todos las anteriores. 

A veces el contenido del pequeño contenedor es demasiado para su gusto particular. Manotas vivió épocas complicadas en su infancia. Tiempos donde en la mesa familiar apenas había lo justo, o menos. Algún rincón perdido de su subconsciente guarda el instinto de no desperdiciar comida. Por eso siempre utiliza el sobre completo, lo que se traduce en sobredosis de salsas, dulces o similares. 

Tampoco falta la mente perversa, esa que definió que la cantidad depositada en cada empaque siempre será insuficiente para las papilas gustativas de Manotas. Opción 1,  aguantarse. Opción 2, aguantarse la mala cara de quien sirve al pedir un sobrecito adicional (mala cara que hace sentir al peticionario como glotón insaciable o consumidor abusivo). Y si recibe el adicional, sumado al ya disponible… será mucho. Uno no alcanza, dos es demasiado. Volvemos al dilema del desperdicio.

En su hogar, Manotas realiza largos y aburridores procesos de pasar, sobre a sobre, los productos a recipientes tradicionales. De visitante (casa ajena, restaurantes) busca la resistencia. Los que no han caído en la tendencia del empaque individual.  Incluso hubo épocas cuando aplicó una medida radical. Cargaba una lonchera con recipientes tradicionales y su propia dotación de salsas, condimentos y aditamentos. 

No funcionó. O funcionó demasiado bien. Sus ocasionales compañeros de mesa agotaron las existencias.

miércoles, 14 de agosto de 2024

Reinventar y cobrar

Me encontré en internet con diapositivas que hablan del negocio, inventado por empresarios gringos. Agarraron cierto producto y le hicieron varias modificaciones a la presentación. Cambiaron el empaque, le metieron nuevo discurso promocional entre ecologista y contestatario, se fueron por una estrategia publicitaria agresiva y en canales no tradicionales y —de eso me enteré después— lograron el monopolio de distribución en algunos escenarios.

El negocio funcionó. Su oferta se vende y los ingresos fluyen (en una noticia de marzo de 2024 hablan de ventas por más de 260 millones de dólares). El sitio donde conocí la historia es una red profesional en la cual múltiples expertos en mercadeo prácticamente se derritieron en elogios con palabras como excelente, perfecto, ejemplo, brillante, top, memorable… en fin.

Supongo que a estas alturas ya hay una legítima curiosidad sobre cual es ese producto revolucionario, disruptivo y radical que está generando un comportamiento completamente diferente en los hábitos de las nuevas generaciones. Porque, y eso es absolutamente claro, los que lo compran y lo consumen son de millenials para arriba.

Agua.

No es agua con algún ingrediente especial. No es agua recogida en lugares exóticos como cimas del Himalaya o glaciales árticos o antárticos. No es agua sometida a algún complejo procedimiento antes de su comercialización. No es agua de otro planeta. Ellos explican que es agua subterránea que viene de los Alpes. También tienen versiones con gas y saborizadas, pero el insumo puro es aquel que los hizo destacar en el mundo de los sedientos y de los empresarios.

Cuando uno busca los precios encuentra que una lata de 500 ml (y hablo del líquido sin añadidos) puede costar entre 8.000 y 25.000 pesos colombianos. Y para hacer comparaciones es fácil verificar que un volumen similar,  en marca y empaque tradicional, se consigue en 2.000 o 3.000 pesos.

Eso sin hablar de lo que puede costar disponer de la misma cantidad con solo abrir el grifo y llenar un recipiente.  O de recoger la que el cielo manda gratis periódicamente o utilizar la que corre —también gratis— por ríos y quebradas (hirviéndola o filtrándola —incluso ambas— antes de consumir). Aclaración patrocinada por las autoridades de salud.

Y antes de que crean que fumé alguna cosa rara, que el agua de canilla (la que yo uso) viene con agregados extraños o que esta vez se me fue la mano en la creatividad aquí dejo el enlace de la marca de marras.

Por supuesto, abundan las explicaciones de los expertos sobre el éxito de tan novedosa propuesta. Que logró sintonizarse con la identidad de los nuevos consumidores; que reinventó un producto universal; que irrumpió exitosamente en un mundo monopolizado por gigantes intocables; que se subió en el momento adecuado a la guerra contra el plástico o que le trajo emoción a lo que era aburrido por definición.

Los que no pertenecemos al mundo del marketing, no sabemos de branding, customizing, targeting ni entendemos porque cuando se habla de estos temas hay que llenar el discurso de palabras en inglés tenemos una visión un poquito diferente.

Es bastante extraño que alguien venda agua enlatada.

Pero lo que realmente indigna, preocupa, asusta y sorprende es la cantidad de gente que la compra.

miércoles, 19 de junio de 2024

Repelente

Como Gallego era el tipo de lavar y planchar en la oficina, el personal quedó frío ante su contundente ¡Yo por allá no voy!. “Allá” era un restaurante tradicional ubicado en el centro de la ciudad que alguien sugirió para una despedida. El hombre justificó así su contundente rechazo a la opción gastronómica.

“Yo no tenía más de 10 años. Me acuerdo que empecé a notar cambios en la rutina familiar. Por ejemplo, habíamos dejado de salir a sitios como cine, restaurantes, heladerías y otros adonde en algún momento había que pagar una cuenta. Aunque nunca faltó comida, las porciones redujeron su tamaño, sobre todo en la parte proteica. Con mis hermanos nos inventamos un juego. Escondíamos la carne, en el plato de otro, quien luego tenía que adivinar si estaba debajo del patacón, del arroz, de la papa o de la cuchara. Ocasionalmente la dieta volaba por cuenta de un ala de pollo, única presa que vimos en un largo periodo. Y así sucesivamente.

Papá estaba en casa a todas horas. Y sí, era eso. El viejo se había quedado sin trabajo. Mamá estiraba hasta  el último peso. Eso sí, ella tenía claro que nadie tenía por qué enterarse. Se volvió experta en no ir cuando ir implicaba gastar plata, y en desviar el tema si este se acercaba peligrosamente a la situación económica.

Lo que no previó fue a la prima Fanny. Las dos coincidían en rango de edad, por lo que siempre habían compartido tiempo y actividades. Pero mientras nosotros vivíamos emergencia económica, la situación de Fanny y familia era boyante. Un día, mientras mamá y yo andábamos por el centro, se apareció la prima. Eso fue con grito, abrazo y bombardeo de preguntas, que mi madre respondió con su estratégica discreción. La cosa debió terminar ahí, pero Fanny insistió en tomar algo. Es más, que mejor almorzáramos, ya que justo al lado había un restaurante —sí, ese restaurante— que le habían recomendado mucho.

Ella tenía toda la intención de invitar pero cuando ya estábamos sentados cayó en cuenta de que no tenía la  tarjeta de crédito y de que el efectivo tal vez no le alcanzaría para cubrir todo el consumo (esto pasó antes de tarjetas débito y otros). Entonces le preguntó a mamá que si habría problema, en caso de necesidad, de que nosotros completáramos la cuenta, que ella después le reponía. Claro que había problema. El paso siguiente era simplemente reconocerlo. Pero mamá no estaba dispuesta a aceptar lo que sabemos. 

Hubo suerte. Fanny se retiró un momento al baño. Nos trajeron la carta. Mamá la miró, me miró, y me la pasó. Yo no tenía conciencia de nada. Simplemente iba a comer elegante por cuenta de otra. Bueno, eso creía. Apenas empezaba a mirar opciones cuando la prima reapareció. 

Ahí arrancó el show de mamá. —!Es que con usted no se puede! ¡Ya no podemos ir a ningún lado! Mire Fanny, usted no sabe lo repelente que se ha vuelto este niño. No quiere comer nada. No le gusta nada. Todo lo del menú le parece feo y maluco. 

Yo, que no había pronunciado palabra, estaba completamente perdido. Intenté hablar pero ni siquiera me dejaron toser. Mamá siguió quince minutos renegando de mis caprichos, de mi bobada con la comida, y, reiterativamente, de que no había nada que hacer con este muchachito tan, pero tan repelente. De alguna manera encaminó la conversación a un —...que pena con usted Fanny pero ya el niño nos hizo pasar muchas vergüenzas acá, mejor vámonos y volvemos otro día las dos y ahí sí podemos comer tranquilas.

Mamá no dijo nada más pero ese día y los siguientes mis porciones en las comidas de casa fueron un poco más grandes. La crisis económica familiar pasó. Yo crecí, estudié, comencé a trabajar y a generar ingresos propios. Un día iba con mi novia buscando donde almorzar y terminamos en el restaurante de marras. 

Yo sé que esto no tiene lógica pero qué hacemos. Les juro que, apenas entré, todo el personal de servicio me miró con cara de volvió este repelente”.

miércoles, 3 de abril de 2024

Higiene bucal y pedagogía tradicional


Nota de la redacción. Retomo (con algunos ajustes de forma) un texto escrito en el año 2000 que recordaba tiempos donde el verbo educar se conjugaba de una forma muy diferente a la que se aplica en la actualidad)  

Los que pasamos de determinada edad conocemos el sabor del jabón. Nuestra progenitora se encargó de promover un aseo concienzudo de dientes, boca, lengua y paladar con una pasta perfumada —en el mejor de los casos—  o una barra azul recién salida del lavadero.

El jabón no formaba parte de la dieta diaria. Estaba reservado para ocasiones especiales. Concretamente, para ese momento en el cual, inocentemente, repetíamos aquella palabra (o palabras) que le habíamos oído al tío, al abuelo, al amigo, al personal de servicio o reparaciones locativas o,  muchas veces, al papá o hasta a la mamá.

Hoy, cuando sin distinción de género hasta el ser más inmaculado suelta periódicamente adjetivos de grueso calibre (puede medir su propio vocabulario aquí)  sin que pase nada, suenan extrañas las historias de la primera expresión pública de una grosería.

Pero la verdad es que era un momento traumático. Los presentes hablaban animadamente, hasta que, con absoluta inocencia nuestras cuerdas vocales reproducían el sonido de lo que se escribe con inicial más puntos suspensivos o con una sucesión de signos incoherentes. Silencio total. En cámara lenta, todos dirigían los ojos hacia el pequeño bocón. En un principio este se sentía especialmente elogiado, pero el tono grave de las miradas cambiaba la sensación de orgullo por la de miedo.

Y a propósito de miedo, era buen momento para tenerlo. Porque la madre ponía cara de ejercicio legítimo de autoridad, y, si era en casa y se trataba de una mamá de reacción inmediata, un bofetón expresaba con claridad que esas cosas no se decían.

En otros casos, la acción de hecho cambiaba por una orden. Como solía ser hora de comida, alguien se quedaba sin postre y debía irse para el cuarto, con un “después hablamos”.

Cuando el pronunciamiento ocurría en casa ajena, había que agregarle la diplomacia. En efecto, pasado el impacto inicial, todos los presentes trataban de actuar como si nada... menos uno. La progenitora, que optaba por un discreto pellizco, o la frase más temida por cualquier niño travieso “espere a que lleguemos a la casa”.

Una vez allí, el proceso continuaba. Primero se indagaba cuidadosamente donde habíamos aprendido palabrotas. Curiosamente, cuando la evidencia señalaba que había sido durante algún momento de extroversión verbal de nuestro padre o de parientes consanguíneos por línea materna, la investigación precluía inmediatamente.

Y la sentencia... abra la boca y mastique jabón. Para que aprenda que esas cosas no se dicen. Y para que limpie esa jeta.

...digo, esa boca.

miércoles, 28 de febrero de 2024

Cumpleaños clandestino



La escena se repite diariamente. El detalle viene determinado por variables como entorno cultural, país, edad, género, estado civil y condición de salud. Puede ser en el lugar de trabajo o estudio, con invitación familiar, incluso autoorganizado. Un corito más o menos universal identifica el evento: “japy verdi tu yu…” Algunos consideran el día lo más importante del año, otros simplemente se lo gozan, existen aquellos que por lo menos disfrutan, hay quienes aceptan el homenaje con renuencia o resignación, tenemos el grupo que preferiría otro tipo de actividad... y está Barragán.

Barragán forma parte de ese segmento de la humanidad que odia los cumpleaños. Aclaración pertinente: él no tiene problema en cumplir años o revelar su edad. Simplemente detesta los rituales  (llamadas, saludos, festejos) que vienen con la fecha de marras, a la que, personalmente, no le ve ninguna importancia. 

Incluso ha racionalizado el asunto. Él cumpleañero está siendo reconocido por un hecho en el que no tiene mérito alguno. La que pujó fue la mamá; el apoyo técnico vino de doctor, doctora o comadrona; el acto previo fue de los padres, a veces respaldados por la clínica de fertilidad. Aunque una interpretación distinta del tema pasa por recuerdos poco agradables, el resultado da igual. Barragán no desea ninguna diferencia entre su onomástico y el resto del año. Lo complicado es hacerle entender eso a los demás.

El parentesco por consanguinidad es una guerra perdida, con uno que otro empate. Más o menos hasta los 30 tuvo que atender insoportables invitaciones  hasta que desarrolló un catálogo de excusas que lo mantienen alejado el día cuchi cuchi. Los mensajes de texto han sido muy útiles. Gracias a este avance, no tiene que apagar el teléfono o peor, responder llamadas cuyo diálogo incluye una felicitación que no merece, una consulta sobre actividades especiales que no existirán, y muchos, pero muchos, silencios incómodos.

En los ambientes estudiantiles la cosa fue difícil, pero finalizó al cumplir su fase académica. El problema de fondo ha sido laboral. Nunca le preguntan, pero siempre terminan “sorprendiéndolo”. El día del cumpleaños le llenan el puesto de serpentinas, bombas y letreros multicolores; lo arrastran a la sala de juntas a compartir ponqué con vino; y cuando ya la fecha pasó y se cree a salvo resulta que no, que lo metieron en combo con otros cuatro que cumplen el mismo mes y el día menos pensado el jefe lo convoca a una reunión de emergencia cuya banda sonora es el “japy verdi tu yu...”

El hombre intentó decirle a sus colegas que por favor no lo incluyeran en las celebraciones. No funcionó. Subió el tono e informó que a él eso no le gustaba. Tampoco sirvió. Alguna vez incluso los dejó plantados y dos días después lo emboscaron a la hora de almuerzo. 

Al comenzar en otra empresa, cuatro meses antes del día de marras, fue directamente donde su jefe directo y le pidió que mantuviera el dato en reserva. Detectó a la eterna organizadora y se aseguró de que no tuviera la información. Era un contrato a término fijo con pocas opciones de renovación, así que pensó que, por lo menos ese año, iba a pasar invicto. Pero no fue así. El día que sabemos todos sabían. Llovieron felicitaciones personales, por teléfono, por correo electrónico y hubo impajaritable ponqué vespertino. 

No les he contado, por cierto, que Barragán es ingeniero de sistemas y diseñador, y que uno de los objetos de su contrato era crear una interfaz que le permitiera a las diferentes dependencias de la organización incluir información de interés en el newsletter interno, que llegaba diariamente vía correo electrónico .

Por ejemplo, talento humano lo aprovechó para generar una felicitación automática desde la base de datos de fecha de nacimiento de los colaboradores activos. La primera prueba fue el día que nació Barragán.

miércoles, 29 de noviembre de 2023

¡Pica huevo duro! ¡Pica!


Los  visitantes a la casa de Pardo a veces divisan, en un rincón de la cocina, la desordenada acumulación de cortadores de huevos duros. Los hay metálicos, plásticos, en combinación de materiales, artesanales, industriales, con diseño para tajadas, cuadritos y julianas. La gran mayoría son manuales, pero por lo menos dos funcionan con energía eléctrica.  Incluso existen algunos con formas particularmente creativas, como la silueta de una gallina o una especie de juego de cuchillos acanalados pero de plástico.  

Lo curioso es que Pardo no ha invertido un peso en estos utensilios de cocina, los cuales tampoco utiliza.  En materia de huevos, su gusto y los de su familia van más por el lado de los pericos, los fritos y las tortillas. Tampoco tiene ningún negocio de venta, distribución o almacenaje. Entonces, ¿de dónde salieron?

Recapitulemos. Pardo es un buen tipo. Eficiente, buen compañero, responsable con sus resultados y siempre presto a colaborar donde se le requiera. Por eso, cuando iba a cumplir sus primeros 20 años de servicio en la organización, la directiva propuso un homenaje, al que sus colegas adhirieron gustosamente.

Primero iba a ser un acto sencillo, al cierre de la jornada del viernes. En la misma oficina, discurso del jefe, ponqué, vino y una placa o un pergamino. Los que quisieran seguirla lo harían bajo su propia cuenta y riesgo. Pero eran buenos tiempos así que la gerencia se metió la mano al dril, arrendó un espacio e invirtió en comida y licores. Alguien propuso la idea de darle regalos al reconocido. Los convocados acogieron la propuesta discretamente, por mucho en complicidad con dos o tres compañeros, acudiendo a almacenes especializados, distribuidores en línea, vendedores callejeros y plazas artesanales.

A última hora, hasta la gerencia optó por complementar la placa destinada a Pardo con algo más útil. El día del evento el primer regalo en la fila fue el de Martina, secretaria eterna. Para silenciar el coro de “que lo abra, que lo abra” el festejado rasgo el papel, lo que reveló un picador plástico de huevos.

Y al destapar el segundo regalo, había un instrumento metálico diseñado con el mismo objetivo. Y el tercero fue una versión artesanal. Así, uno tras otro, comenzaron a materializarse implementos nacionales, importados o de origen incierto creados para reducir a pequeñas formas el alimento de origen avícola después de pasarlo por agua hirviendo. Un silencio cada vez más incómodo se escuchó en su máxima expresión al llegar al obsequio mayor, el de la gerencia, un complicado y modernísimo aparato eléctrico para… rebanar huevos duros.

Unos días antes del homenaje, durante la pausa cafetera de la tarde, alguien puso el tema de aquellos objetos del pasado que hoy en día son solo recuerdos. Pardo, inocentemente, solo por participar de la conversación, evocó algo de su casa familiar. Unos artefactos acanalados donde se ponían los huevos duros para luego aplicarles una rejilla y convertir la tradicional forma oval en picadillos varios.

El comentario no duró más de 20 segundos. Y lo escucharon unas tres personas. Pero ya era tarde. Cuando el teléfono roto se conecta no lo apaga nadie. Algún interlocutor —o todos— comentó que Pardo recordaba los picadores de huevos. Quienes retransmitieron cambiaron la palabra recordar por añorar, término que en una nueva versión se convirtió en desear. Llegó un momento en el que toda la organización “sabía” que el futuro homenajeado necesitaba urgentemente un picador de huevos, que llevaba años intentando infructuosamente conseguirlo y que el sencillo implemento evocaba un recuerdo de su difunta madre.

El resto de la historia ya lo conocemos. La mamá de Pardo, por cierto, está más saludable que nunca. 

Y tampoco le gustan los huevos duros.

miércoles, 25 de octubre de 2023

Himno a la coca (del almuerzo)

 


Grande coca
invento sin par
a todos nos ponés 
a ahorrar,
¡a ahorraaaar!

Ya no hay que 
pues tenemos comida
asegurada,
¡aseguraaaada!

Microoondas
estás disponible
para que usarme 
sea posible,
¡posiiiible!

Sala de juntas
comedor improvisado
o cubículo
en mesa transmutado,
¡transmutaaaado!

El billete
ahora economizamos
porque sin gastar plata
almorzamos,
¡almorzaaaamos!

Aunque ahora 
la acostada aplazamos
o la madrugada
adelantamos,
¡adelantaaaamos!

Pero paga
ese esfuerzo especial
pues comemos
sin tener que pagar,
¡que pagaaaar!

A cocinar sin el Sol
aprendimos 
empacar y llevar
eso hicimos,
¡eso hiciiiimos!

Ese plato
ya no se va a perder
aunque los hijos no
quisieron comer
¡comeeeer!

Le agregamos arroz
y a la coca
para mandar después
a la boca,
¡a la booooca!

Si hubo fiesta en
días pasados
nuestro almuerzo
será estilizado,
¡estilizaaaado!

Y si la cosa
fue un cumpleaños
un ponqué como 
postre llevamos,
¡llevaaaamos!

Poco importa 
que sean sobrados
igual seremos 
privilegiados,
¡privilegiaaaados!

Pero cuando no hay 
comida fina
tendremos arroz, 
papa y proteína,
¡proteiiiina!

Hasta el tope y 
todo revuelto
ese es el menú
más perfecto
¡Más perfeeeecto!

Huevo duro, salchichón,
mortadela, 
lo importante es
llenar la cazuela,
¡la cazueeeela!

Y si la poca plata
no deja
hora de frijol,
garbanzo o lenteja, 
¡o lenteeeeja!

Si la idea es ser
saludable
fruta y verdura
también es agradable,
¡agradaaaable!

Los cubiertos
son tema presente
desechable, prestado
o permanente,
¡permaneeeente!

Muchos celos nos
despierta ese empleado
con su kit de camping
importado,
¡importaaaado!

En el microondas
de los primeros ser
clave es para 
temprano comer,
¡comeeeer!

O si no a formarse
y ser paciente
para tener la
comida caliente, 
¡calieeeente!

Sospechoso ese
personaje es
que siempre primero 
en la fila es,
¡fila eeees!

Negocio raro 
que da mala espina
con la señora
de la cocina 
¡de la cociiiina!

Otro personaje 
es impopular 
por más de una 
coca llevar,
¡lleeeevar!

Se hace coger 
un odio sereno
ese que trae 
almuerzos ajenos,
¡ajeeeenos!

La culpa tiene 
ese patán
los días que toca 
almorzar de afán,
¡de afaaaan!

Para todos
después de almorzar
la hora llega 
de la coca lavar,
¡lavaaaar!

Es curioso 
durante ese rato
nunca hay peleas 
por lavar los platos
¡los plaaaatos!

Y para terminar
esta historia
van unos versos que
hacen memoria
¡memooooria!

Portacomidas
fuiste pionero
homenaje rendimos
al primero
¡primeeeero!

Cocas de metal por 
varilla pegadas
llevaban seco
y sopa reforzadas
¡reforzaaaadas!

A coca plástica 
evolucionamos
y el almuerzo en el trabajo

¡REEE
VOOO
LUUU
CIOOO
NAAA
MOOOOS!


miércoles, 13 de septiembre de 2023

Hora de almuerzo


En la puerta del edificio donde queda la oficina, un heterogéneo grupo de empleados y empleadas dialoga.

— Ya estamos todos,  ¿cierto?

— No, falta Villegas.

— Como siempre, cosa rara.

— No importa, mientras llega decidamos a dónde vamos a ir hoy.

— Yo propongo el de siempre.

— Pero siempre lo mismo, variemos aunque sea por hoy.

— Me recomendaron la bandeja paisa del que queda a dos cuadras.

— Rico.

— Perdón pero ustedes saben que mí los fríjoles me caen mal.

— ¿Y si la pide sin fríjoles?

— Valiente gracia, una bandeja paisa sin fríjoles.

— Yo, en cambio, tengo problemas con el chicharrón por lo del colesterol.

— Entonces vamos al vegetariano.

— Huy no, para comer paisaje.

— Así no es, hay hartos menús y variados.

— Pero almuerzo sin carne no es almuerzo. Que tal el del letrero grande aquí, a dos cuadras.

— Ese sí me gusta.

— Y además tiene varias opciones.

— Ok, apenas llegue Villegas…

— Yo allá no voy.

— ¿Que? 

— Yo allá no voy. Pero tranquilos, vayan ustedes.

— Por qué.

— La atención no me gusta, hay una mesera que siempre me trata mal.

— No es a la que usted invitó a…

— ¡Dejemos así!, yo busco otro sitio.

— No, la idea es que vayamos todos. ¿Y la pescadería?

— Síiii. Esa es.

— Seguro.

—  Acuérdense de mi alergia…

— Verdad.

— Oiga, y que le ha dicho el médico.

— Que evite la comida de mar… esperen, abrieron hace poco un autoservicio pasando la avenida.

— No lo conozco, pero puede ser.

— Yo sí lo conozco y es bueno...

— Ese es.

— ...pero ya es muy tarde

— ¿Cómo así?

— Toca ir temprano porque a esta hora ya acabaron con todo lo bueno. Además mientras hacemos la fila se nos pasa la hora de almuerzo.

— Lástima, mañana madrugamos.

— Vale.

((Silencio a múltiples voces))

— ¿Y el de carnes?

— Me gusta pero…

— Sí, pero…

— De acuerdo, ese es el preciso después de la quincena. Delicioso pero caro.

— Lástima.

— Pues sí, miren quien llegó,

— Hola Villegas, aquí pensando dónde almorzamos.

— ¿Dónde siempre?

— Tocará.


miércoles, 6 de septiembre de 2023

Perdidos en la noche


Una oferta laboral puso a la prima en la ciudad capital. No es que nunca hubiera venido, pero una cosa es pasear en modo turista y otra ser local en plan residente. El primo, en cambio, ha sido local capitalino toda su vida. Por coincidencia generacional desarrolló con la prima esa complicidad, muy común, entre parientes que comparten rango de edad. Por cierto, él también está dando sus primeros pasos en el mundo del trabajo. 

Ante la reubicación permanente de la prima, el primo ejerció como guía, entregó recomendaciones para el uso del transporte público y acompañó en plan pedagógico los primeros almuerzos callejeros. Y hablando de alimentos, llegó el asunto de la comida anual organizada por Don Pérez, dueño de la empresa donde la prima prestaba sus servicios. Se trataba de un encuentro para destacar logros, reconocer a los colaboradores destacados y dar la bienvenida a quienes entraban a reforzar el equipo. Es decir que clasificaba como imperdible para los trabajadores aunque, si ellos así lo querían, podían llevar un acompañante.

A la prima la invitación obligatoria le generó preocupaciones.  No tenía idea de como llegar a La Cocina Típica, sede del encuentro gastronómico-corporativo. La cita era en fin de semana, así que ni modo de colgarse del resto del combo de la oficina. Aún no le había llegado el primer sueldo y el presupuesto no daba para taxis o similares. Y tampoco sabía como retornar con seguridad a su casa tarde en la noche. 

Primo al rescate. Asunto resuelto. Claro que la acompañaría. Tenía la política de jamás rechazar una comida gratis. Más en ese restaurante, famoso por su servicio y sazón. Y no había problema con la hora. 

Sábado en la noche. Doris, la jefe directa de la prima, está nerviosa. Sabe que Don Pérez anda muy pendiente de que todos sus empleados asistan. El viejo nota las ausencias. La angustia de Doris está centrada en los nuevos, la ingeniera recién llegada a Bogotá y el administrador que reemplazó al jubilado. 

Así que los bombardea por mensaje de texto. El administrador no contesta. En cambio la ingeniera se reporta. “Estamos muy cerca”. “Acabamos de bajarnos del bus y caminamos hacia el restaurante”. Y el administrador nada. Doris continúa tecleándole como desesperada mientras mira el tranquilizador mensaje final de la ingeniera. “Estamos ingresando”. Y en efecto, desde la mesa se ve una pareja que entra al restaurante y camina hacia la mesa. Son el administrador y su esposa.

Doris respira aliviada. Acomoda a los recién llegados y ya tranquila se sienta, consciente de que solo es cuestión de segundos. Segundos que se vuelven minutos y de aquello nada. Intrigada, opta por llamar.

— Aló. Hola jefe, ya le iba a marcar. Estamos acá pero no los vemos. Todos muy colaboradores pero el jefe de meseros nos dice que no hay ningún evento programado para hoy.

— Como así, dígale que Don Pérez reserva La Cocina Típica todos los años.

— Espere le pido el favor a mi acompañante. Primo, que le diga al señor que Don Pérez reserva La Cocina Típica todos los años. Sí, La Cocina Típica…. ¿qué estamos dónde? ¡¿Qué?! Pero yo le dije... Pues claro... perdón jefe, ya le hablo. Le dije, La Cocina Típica. No, yo nunca le dije La Típica Cocina. Pues claro que seguro. Bueno, bueno, arranquemos para la Cocina Típica. Qué queda ¡dónde! Al otro lado de la ciudad… Ay.

((Silencio en la línea)).

— Aló, jefe, creo que me voy a demorar un poquito.

miércoles, 23 de agosto de 2023

Al final del servicio


Como el final es su destino, lo vamos a llamar así: Último. Ulti, porque ya le tenemos confianza. El individuo  en mención es buena muela. Le gusta comer bien y nunca le hace el feo a un plato. Pero aquí no vamos a hablar de gastronomía, ni de culinaria, sino de prioridades en el servicio. Porque no importa el dónde, el cómo, el cuándo ni el porqué: a Ulti siempre, pero siempre, le sirven de último.

Pasa en los restaurantes a la carta. El comensal de la izquierda ordena algún pescado de compleja preparación, el de la derecha una sopa de ingredientes exóticos, el de enfrente esa carne que requiere un cuidadoso proceso de adobo. Ulti opta por cierta combinación de carbohidratos y proteínas con verdura (arroz mixto). Llegará el pescado, llegará la sopa, llegará la carne; todos con su respectiva porción de arroz. Porciones que ya habrán desaparecido cuando por fin aparezca la gran porción de arroz mixto de Ulti.

Otro día, otro restaurante. Los acompañantes escogen platos. Ulti opta por el del día, el recomendado del chef, el que ni siquiera está en la carta permanente, sino insertado en una cartulina recién impresa. Ese que le traen casi de inmediato a casi todo el mundo. Ese tan solicitado durante el día en mención —versión oficial— que justo cuando Ulti lo pidió se había agotado y por eso fue necesario preparar nuevas porciones. Por eso finalmente le sirvieron... justo cuando comenzaban a recoger la loza de sus contertulios.

Ahora, no siempre los menús son individualizados. Existen múltiples circunstancias en las cuales solo hay una opción. Restaurantes de combate (corrientazos), eventos sociales, desayunos o almuerzos de trabajo y  reuniones familiares cuya importancia amerita meseros. En esos casos la comida está lista y los meseros simplemente la distribuyen de acuerdo con un formato preestablecido. O en orden de llegada. O según la ubicación de los comensales frente a algún punto de referencia (la cocina, una mesa rodante, el bar...)

Ulti ya se resignó a que el procedimiento de turno siempre lo deje en posición de cierre para efectos de recibir su comida. Ubíquese donde se ubique. Por selección propia u decisión de los anfitriones. Su condena es ver platos humeantes, fríos y aromáticos materializarse en puestos distintos del suyo. 

Y no es que —mientras ha sido posible— no haya ensayado alternativas. Al lado izquierdo del homenajeado (al primero al que le sirven antes de seguir por la derecha). Al lado derecho de la homenajeada (la primera a la que le sirven antes de seguir por la izquierda). Al frente del festejado, solo para ver como los eficientes meseros arrancan simultáneamente a lado y lado hasta dar la vuelta completa y terminar, por supuesto, justo con quien está… al frente del festejado.

Cuando no hay protagonista, la cosa debía ser más fácil. No es cierto. Si es una mesa larga y Ulti escoge el borde más cercano a la cocina, comenzarán a repartir la comida por el borde opuesto y darán la vuelta completa. Si se ubica en el centro de la mesa, los meseros irán intercalando lados hasta llegar a la mitad. Y si opta por un punto de esos que no son estratégicos descubrirá que, por lo menos en ese lugar, sí lo es. Está justo al lado de donde comienza la repartición y marca el lugar donde termina.

En los restaurantes de combate, en los cuales el corrientazo se sirve a las mesas en estricto orden de llegada, la mesera lo dejará para el final en la ronda de sopas, en la ronda de secos, en la ronda de jugos y en la ronda del medio bocadillo veleño que conforma el postre. 

Sin embargo, para ser justos, hay un servicio de parte de los restaurantes donde Ulti siempre es el primero.

Cuando entregan la cuenta.

miércoles, 2 de agosto de 2023

La independencia sabe a jabón



Tuvo que hacer varios mercados de cosas inútiles, colgarse en el pago de servicios, notar la inexistencia de papel higiénico, crema dental y jabón en el peor momento posible y demás primiparadas. Pero Mati ya pasó al siguiente nivel entre los que dejan la casa paterna e ingresan al gremio de los independientes. Sin embargo, en los rincones más inesperados, un enemigo silencioso acecha. No importa qué haga para enfrentarlo, el nivel de cuidado en las acciones que lo involucran, los operativos cuidadosos para erradicarlo o por lo menos controlarlo. No hay forma de salir invicto en la guerra... contra la crema lavaplatos.

Como toda guerra, tiene antecedentes. La historia de quien en el hogar materno jamás tuvo que lavar un plato y el predominio absoluto de comida callejera y domicilios con desechables en los primeros días de vida independiente. El choque presupuestal de la primera quincena donde, para bajar gastos, se comienza con algo sencillo, preparar el desayuno. La progresiva acumulación de platos, pocillos y ollas sucias en el lavaplatos hasta que, literalmente, no cabe un trasto más. La hora de la verdad: la hora de lavar loza.

Cuando esas cosas pasan nunca se tiene el equipo adecuado, así que Mati comienza el curso improvisando con un poco de detergente, o un jabón de manos, o un champú y algún trapo desechable graduado de esponja. El desastroso resultado (mugre que no desaparece, platos oliendo a peluquería) implica la primera lección. Existen artefactos y productos especializados para cada actividad. Entonces Mati lleva su ignorancia a algún hipermercado donde encuentra un kilómetro de estantería repleto de opciones entre cremas, líquidos, paños, esponjillas, dispensadores y, si busca más, hasta máquinas. En su calidad de consumidor preprogramado compra jabón de la marca que años de publicidad le grabaron en el subconsciente y, para efectos de aplicación, alguna esponja similar a la que recuerda de su casa de origen.

Con su nuevo equipo vuelve a casa dispuesto a descubrir cosas. Cosas como que la facilidad con la que en los comerciales remueven la mugre no tiene nada que ver con la realidad. No solo son necesarias varias pasadas, sino que hay que ir a la tienda a comprar esponjilla metálica para sacarle por lo menos un empate a ciertos residuos. Y solo tras varios días e intentos fallidos (previo consejo maternal y búsqueda en internet) Mati aprenderá eso de remojar previamente la sartén para poder despegar la grasa.

El verdadero enemigo, sin embargo, jamás será derrotado. Porque cada lavada con crema deja, en algún rincón del plato, al fondo de la olla o sartén, camuflado entre los dientes del tenedor o en cierto punto estratégico del vaso o pocillo “ese” traicionero residuo de jabón. De alguna manera se esconde al terminar el enjuague. Pero eso sí, invariablemente aparece después de que la pieza respectiva ya está seca, “lista” para guardarse. A veces, incluso, solo se hace notar a la hora de cocinar, servir o, comer. En algún momento —por ejemplo, después de servir el café—  el residuo aparece. Y real o psicológico, la bebida sabe a jabón, situación que se extiende a los huevos, el pan, el cereal, el queso, la fruta, y hasta al tamal recién desenvuelto de su capa protectora de hojas. 

El hombre no se rinde.  Del perezoso paso de la esponja por la pieza enjabonada evoluciona al cuidadoso restregar de toda la superficie. Más presión del chorro, más agua. Jabones líquidos —más caros— en vez de crema. Opciones que hacen más pobre a Mati. Hay que volver a la crema y al consumo racional de agua, con una cuidadosa, sistemática y casi quirúrgica remoción de los restos de jabón de cada cubierto, vaso, pocillo, plato, sartén, olla y demás implementos lavados, revisados cuidadosamente antes de poner a secar.

No importa. En algún momento el residuo de jabón -ya endurecido y encostrado- aparecerá.

El precio de la independencia sabe a jabón.

miércoles, 12 de julio de 2023

En mi casa había de eso. Estoy, ¿seguro?...


Se lo juro. Eso existe. O, por lo menos, existió alguna vez. No me mire así. No estoy loco ni nada parecido, Simplemente quiero un porchador de huevos. Ponchador no, porchador. Pero no aparecen. Lo busco en internet y me muestran unos aparatos para preparar huevos duros o tibios. Los pregunto en almacenes de cadena, en locales de artículos de cocina, en cacharrerías, en ferreterías, en distribuidores de artículos para el hogar, en misceláneas y en agáchese de paisa pero nadie sabe qué son, nadie sabe para que sirven, nadie los conoce.

Yo no me rindo. Sobre todo cuando me dan alguna esperanza. Porque no entiendo para que ponen un negocio si no quieren vender. Mire, hay sitios en los que no he terminado de preguntar y ya me dijeron que no. No a secas, sin asco, de ese NO que, sin decirlo, dice lárguese de acá. Y cuando eso pasa, no hay nada qué hacer.

Pero a veces, y eso es directamente proporcional a la simpatía del comerciante, a  su interés en vender, a la congestión del local o a la curiosidad hacen la pregunta mágica: algo así como “¿Eso qué es?" Entonces viene la explicación que llevo años perfeccionando. "Es como una cazuela con dos secciones para preparar huevos. En la de arriba se ponen los huevos después de sacarlos de la cáscara y en la de abajo se hierve agua. Algo así como lo que se usa para cocinar al vapor o para preparar algunos alimentos al baño de María".

Y es ahí cuando me muestran las vaporeras eléctricas, las de silicona, las de bambú, las de encaje, las de estuche, las de cestillos, las de flores y hasta los escalfadores para microoondas. Y yo digo no, eso no es. Y si tienen vocación de maestro me traen dos recipientes, uno grande y otro pequeño y me enseñan que el agua se pone en el grande y lo que voy a cocinar en el pequeño y así se puede bañar a María pero yo les respondo que eso ya lo sé, pero que los porchadores existían, eran exclusivos para huevos y tenían el tamaño y el diseño perfecto y ese es el momento en que me empiezan a mirar raro, amenazan con llamar a la autoridad competente o le hacen una seña al camaján que cuida para que cordialmente me acompañe a la salida o, sin ninguna cordialidad, me saque a patadas.

Pero yo comí huevos porchados cuando era pequeño. En mi casa familiar existían esos aparatos. Quedaba más o menos como un huevo frito. Podía ser blandito o lo contrario: con consistencia de huevo duro o de huevo tibio pero sin tener que librar la batalla para pelar la cáscara. Porque eso de pelar huevos cocidos es una competencia para la que me declaro incompetente, y siempre termino perdiendo parte de la clara, de la yema o todas las anteriores. Y cuando son huevos tibios peor.

El porchador solucionaba ese problema. Por su diseño permitía hacer seguimiento durante el proceso. No como con los huevos cocidos y sus tiempos que o se pasan y terminan reventados, o se anticipan y terminan crudos. El porchador era rápido, y si se dejaba el agua tenía la ventaja adicional de conservar la temperatura. Con una ollita, una sartén y una tapa me inventé algo parecido (ver imagen), pero no igual. Por eso cada vez que puedo los busco, lo pregunto, indago y ya le conté lo que me pasa. 

Me niego a creer que formen parte de esa lista de artefactos que acompañaron mi infancia y juventud pero que, sencillamente, ya no se consiguen. O que —no sé si eso es peor o mejor— realmente hayan sido una creación de mi subconsciente, una especie de amigo imaginario en versión huevo, o algún sueño repetitivo que se me revolvió con la realidad.

Es un hecho, necesito un porchador de huevos. 

O de repente un psiquiatra. 

miércoles, 8 de marzo de 2023

El puchero del silencio


Un silencio de esos que todos escuchan se apoderó, en círculos concéntricos, de la reunión familiar. Primero, en el grupo donde se produjo la sacrílega afirmación. Súmele los que estaban cerca y oyeron suficiente para reaccionar. Otros no oyeron, pero fueron informados por el rumor que en segundos copó la estancia. Y todos, absolutamente todos, dejaron de emitir sonidos y centraron su mirada en el mismo personaje.

La mayoría expresaba estupefacción y desconcierto. Otros reflejaban algo de miedo. No faltaban, aunque minoritariamente, los rasgos de rabia. Tampoco la sonrisa, honesta y divertida, en plan de conmiseración. No lo entendían, no le temían, pero tampoco lo odiaban. Simplemente le tenían lástima.

A todas estas Alejandro – viejo conocido de las Amilcaradas – siguió devorando su ración de puchero bogotano, a sabiendas de que – nuevamente – había sido derrotado, aplastado y triturado por muenda. Fiel a su estilo confió en que pronto dejaría de ser el centro de atención, como en efecto pasó. 

Comenzó como un leve murmullo, con tono dramático o por lo menos algo de fastidio.  Pero a medida que la ola se extendía se impuso una actitud más bien risueña. Fueron algunas sonrisas que evolucionaron a risa e, incluso, a carcajadas. La reunión familiar motivo grado retomó sus rutinas con varios temas, aunque el predominante siguió siendo ese, ese que había generado la pequeña tragedia del puchero bogotano.

Las opiniones iban y venían. En tiempos de tecnología se reforzaban con intercambio de memes y, al haber conflicto de por medio, era inevitable que la mayoría de los interlocutores tomaran partido por una de las partes, algunos y algunas con evidente apasionamiento.

Alejandro había llegado un poco tarde, cuando ya se habían formado los diferentes grupos de conversación típicos de una reunión sin baile. Los viejos, los jóvenes, las mujeres, los hombres, las tías comunicativas, los adolescentes malencarados del rincón y el equipo de cocina que daba los últimos toques al puchero… todos hablaban de lo mismo.

Mientras no hubo almuerzo, Alejandro logró mantenerse en un margen de seguridad. Pero ya con el puchero en la mano fue necesario ubicarse en un punto fijo adonde llegaron el suegro libertino, dos primas risueñas, la tía recién jubilada y el tío conferencista. Precisamente, fue este ultimo quien le planteó el tema. 

- Y.. ¿qué piensas de la canción, Alejo?

- ¿Cuál canción tío?

- Como que cuál mijo, la de Shakira donde le da garrote a Piqué.

(Silencio mientras Alejandro trata de ubicar a los personajes).

- Shakira, la cantante, Piqué el futbolista (dice el tío con el mismo tono pedagógico de sus conferencias).

Alejandro piensa un momento mientras degusta una costilla sudada hasta que responde – Creo que no.

En ese momento el suegro, las primas, y la tía recién jubilada centran su atención en el personaje. El suegro dispara – Pero Alejandro, usted en qué mundo vive, todo el mundo habla de eso.

Y sin ninguna maledicencia pero con algo, mucho de inocencia, Alejandro responde – Pues a mí esa vaina de cantantes y futbolistas no me importa.

A partir de ese momento, un silencio de esos que todos escuchan se apoderó, en círculos concéntricos, de la reunión familiar.


jueves, 22 de marzo de 2018

El día del hombre y el hueso

Se supone que estamos en el mes de la mujer. Falso. Realmente estamos en el mes del hombre. Por dos razones. Porque por lo menos en Colombia se inventaron un Día del Hombre, infiltrado cual mosco en leche en el calendario femenino, y porque el Día de la Mujer, realmente, es el día de los hombres… de los hombres enhuesados.

Ya alguna vez comenté en este mismo escenario las ventajas de ser hombre en el Día de la Mujer. Le llegó el turno a las desventajas con buenas intenciones. Porque ese día –y me la juego sobre todo en los ámbitos laborales.- a los hombres se les ocurren ideas para homenajear a sus colegas.

Esa es la buena noticia. La mala es que parece haber consenso entre el personal masculino. La idea debe ser fácil de plantear, difícil de transportar. En lo posible, muy difícil. Es condición ineludible que quienes tengan la responsabilidad de llevarla desde la fuente al homenaje queden incuestionablemente enhuesados.

Una imagen vale más que mil palabras. La mañana del 8 de marzo se reconoce porque las calles se llenan de sujetos heroicos movilizando, por ejemplo, 15 arreglos florales de esos que se dañan si uno los mira feo. O bonito. O si no los mira. De esos que toca mover con precisión quirúrgica de la floristería a la usuaria. Entonces, si hay carro, irá a 20 por hora, y si no hay, será una procesión de sujetos con sendos ramos en cada mano.

O uno solo –el tipo que no tenía plata para la cuota y pago en especie con transporte– con 40 crisantemos de tallo largo bajo el brazo. O trasladando en cámara lenta 20 ensaladas de fruta rematadas por una compleja figura de crema en una caja que parece bandeja o una bandeja que parece caja. Y que también parece, porque está, a punto de irse al suelo para convertir el detalle nutritivo en mazacote. Todo amenizado siempre por los efectos de sonidos de las llamadas y mensajes que vienen de la oficina con diferentes variantes del ¡dónde está que ya vamos a empezar!,

Ese día se evidencia la abundante presencia femenina en el mundo laboral. Lo cual es muy bueno desde muchos puntos de vista, pero no para el tipo que tiene que llevar los 18 capuchinos con capa de corazón en un solo viaje. Y ni hablar de lo que opina el encargado de los helados de tres bolas y capa de chantilly.

No siempre los detalles se comen o se olfatean (léase flores, por favor).  También los hay artesanales. Una bonita porcelana, una figura en madera, una muñequita en porcelanicrom. Lo importante es que ante el más mínimo golpe se rompa, raspe, despinte, raje, maree o todas las anteriores,  y que no haya carro sino dos voluntarios,  intrigados sobre porque carajos esos mamarrachos pesan tanto,  mientras recorren una inacabable ruta del proveedor a la oficina. La misma que apenas les tomó 15 minutos en el viaje de ida.

El carro, cuando existe,  tiene otras prioridades. Acomodar los 15 del mariachi en 4 viajes porque no alcanzó la vaca para pagar micro.  Ir a último momento a comprar regalo para las señoras del aseo que no se tuvieron en cuenta al hacer la lista. Comprar el menú alterno para las compañeras veganas, la señora diabética y la recién llegada que resultó judía ortodoxa y solo come kosher. Buscar los cubiertos y las servilletas que no llegaron en el domicilio o llevar de vuelta a los mariachis, (otros 4 viajes más el adicional por los sombreros olvidados).

Como esta amilcarada ya va para largo no profundizamos en el desastre logístico de los caballeros fungiendo como amos de casa,  de como las señoras del aseo finalmente se convierten en equipo de rescate, del despelote final en la sala de juntas y de los dos tipos de hombres, los que no tienen ni idea de repartir, servir, asear y organizar; y los que sí saben pero también saben como escabullirse a la hora del oficio.

Esos son los que huyen a tiempo. Los otros se quedan, ejerciendo en el estado natural del hombre  en el Día de la Mujer.

Enhuesados.

jueves, 20 de abril de 2017

Tribulaciones de una tostada clandestina

Ese día Yeni estaba estrenando jefe. La autoridad llegó pisando fuerte y lo primero que hizo fue convocar una reunión de todo el equipo en la sala de juntas. A primerísima hora laboral, esa que más de uno –incluye a Yeni- utilizaba para despachar la primera comida del día.

El tráfico endemoniado había acabado hace tiempos con cualquier opción de desayuno en la casa. Apenas había tiempo de levantarse, despachar los niños, bañarse contrarreloj y salir a toda velocidad para marcar tarjeta a tiempo. La rutina era cumplir con el requisito que certificaba el cumplimiento del horario y luego dedicar de 15 a 20 minutos para romper el ayuno. Nada complicado para Yeni. Dos panes, tostadas o arepas y un café en leche.

Pero como ese día la autoridad debutante puso al personal a reunirse, no hubo tiempo. El hombre proyectó un documento kilométrico y arrancó a explicarlo. Había pasado una hora y apenas iba como en la décima de más de 100 diapositivas. El estómago de Yeni empezó a expresar su inconformidad con leves crujidos, que a ella le sonaban como explosiones.

Ella conocía su cuerpo, y sabía que solo era echarle un cafecito o un pancito para que la orquesta entrara en receso. Pero el líder no parecía tener entre sus prioridades ordenar la ronda de café y al ser DHC, (de hábitos desconocidos), la prudencia recomendaba no preguntar.

Un nuevo crujido la convenció de que era hora de clandestinizarse en asuntos alimenticios. El plan era sacar de su cartera la harina que su esposo le había empacado, partir un pedazo y calmar las tripas. Nadie se daría cuenta.

A menos que fueran tostadas de paquete. De esas que resuenan como lesión de futbolista al partirse, más en un ambiente dominado por el silencio apenas roto por la voz monocorde del jefe. Yeni lo dudó, pero el hambre pudo más. Tomó el alimento por los bordes, hizo fuerza… y no pasó nada. Hizo un poquito más de fuerza y nada. Hizo más fuerza y…

CRAAAAC. Yeni jura que eso sonó como edificio rajado por terremoto. Por un momento pensó que era el centro de todas las miradas, pero… Nada, nadie parecía haberse enterado. Todos seguían pendientes del líder.

Superado el primer escollo, solo quedaba echarse el bocado a la boca. Entre las cosas que nunca habían inquietado a la empleada en plan de desayuno, estaba la relación entre el sonido que uno oye cuando mastica, y el que captan los demás. Sabía de la existencia de alimentos que por su consistencia producían poco ruido mientras eran triturados por la muelamenta, mientras otros sonaban a pared atacada por taladro o sierra maderera en acción. Como la tostada que acaba de echarse a la boca.

Así que no se atrevió a morder, consciente de que la suerte que la acompañó al romper la hogaza no necesariamente se repetiría mientras mascaba. Más cuando masticar implicaba una sucesión de chas chas chas, mucho más evidentes que el solitario crac de la fase 1.

Optó por dejarle el trabajo a sus glándulas salivales, que se encargarían de ablandar el alimento hasta que los molares pudieran terminar la labor con la discreción que exigían las circunstancias. Justo en ese momento el nuevo jefe hizo una pausa, respiró profundo, pidió disculpas por su grosería y comentó algo acerca de quiero que ustedes me hablen de quienes son, “comencemos por usted, señorita”

 ¿Es necesario decir que señorita y Yeni eran la misma persona?

jueves, 16 de marzo de 2017

Dulce tragedia

Fueron tres meses de dulzura. 90 días recorriendo las calles en busca de presentes que expresaran, con sabor, los sentimientos que su boca era incapaz de decir.

Dejó la responsabilidad del sentimiento en un paquete de caramelos de leche. O en esa chocolatina suiza que encontró tras varias horas de camino por rutas desconocidas. Se convirtió en su rito particular. Sin habérselo propuesto tenía un compromiso. No dejaría pasar un solo día sin comprar sonrisas con algún detalle azucarado.

Porque estaba enamorado, pero no era capaz de expresarlo. Y un día, le sobró un confite después del almuerzo. Así que sin planear nada se lo entregó a ella, a la esquiva dama de ojos grandes, a esa que le había robado el corazón desde cuando la vio por primera vez.

Y le conoció la sonrisa. Y los ojos se vieron más grandes que nunca cuando simplemente dijo gracias. Una puerta se había abierto, y él no estaba dispuesto a cerrarla.

Así que del dulce pasó a los chocolates. Y de los chocolates a las almendras. Y de vez en cuando una cocada. Para él, lo importante era no parar. Sabía que algún día el gracias daría paso a algo más.

Por eso le aportó turrones, bocadillos, arequipe y hasta uno que otro bizcocho rematado en crema a la mujer de sus sueños. Ella, invariablemente, recibía el regalo, obsequiaba a su proveedor personal de postres una sonrisa y se retiraba a la oficina con el respectivo paquete en la mano. El sentía cada vez más complicidad, más cercanía, más ¿amor?

Y al cumplirse el día 90 del ininterrumpido surtido pasó lo que tenía que pasar. Cuando se encontraron en el pasadizo donde a diario se cruzaban su vidas, él le extendió un bocadillo veleño, cariñosamente envuelto en su cobertura vegetal.

Ella asumió una actitud diferente. Honesta, sincera, cariñosa. Llamándolo por su nombre, y mirándolo directamente a los ojos, le hizo la gran revelación.

“Sabes, hay algo que quiero decirte”.

Con el corazón haciendo redoble, una voz masculina asustada dijo en voz baja ¿qué?

“Soy diabética, y en mi casa están cansados de comer dulces. Por favor ¡no me regales más!”

jueves, 1 de diciembre de 2016

Desahogos gastronómicos de un viejo envidioso

Lo reconozco.  Soy envidioso y mezquino. No hay ninguna intención loable o positiva en lo que usted ha comenzado a leer. Me motivan sentimientos bajos, roñosos y sórdidos. No me quejo de mi infancia, pero cada día que pasa, me siento estafado. Y pienso que así como me tocó a mí, a ellos también debería tocarles.

Ellos son los niños de hoy. Ellos, los que deciden la actividad de fin de semana, escogen el restaurante, establecen el menú y a duras penas lo prueban antes de arrastrar a sus progenitores a cualquier actividad complementaria, elegida, como no, por ellos, los niños de hoy.

Nada que ver con mi generación, que no solo debía resignarse al dónde, cuándo y qué le servían en el plato, sino, lo más complicado, tenía que comérselo. En serio. Abstenerse implicaba graves riesgos que podían hacerse efectivos de inmediato (léase pellizco, bofetón y otras acciones pedagógicas) o la condena diferida…”espere a que lleguemos a la casa”.

Así que el sentido común recomendaba engullirse el manjar de turno. Inevitablemente incluía alguna delicia como poteca de ahuyama, brócoli o sopa de mano (véase párrafo siguiente). En casos excepcionales había algo adecuado para nuestra edad o gusto (pollo frito, papitas fritas, salchichas), generalmente combinado con remolacha o ensalada bañada en alguna vinagreta, de esas que impregnaban todo el plato con su sabor.

(Sopa de mano: Potaje de origen e ingredientes desconocidos y consistencia espesa, que genera la sensación de que en cualquier momento surgirá de su interior una mano con la firme intención de agarrarnos el cuello).

Cumplida la gesta contra la comida saludable, venía el momento de… esperar. Pararse de la mesa sin permiso y supervisión adulta no estaba en el libreto. Incontables fueron las horas perdidas para columpios, rodaderos, parques y demás espacios infantiles mientras los adultos hablaban de cosas “importantes” en medio de la sobremesa. Ellos decidían cuando levantarse y lo que venía después. A veces juegos, pero otras, muchas, simplemente para la casa. Y no haga mucho ruido que su papá necesita descansar.

Sí, de niños soñábamos con ese momento en que íbamos a ser los grandes. Íbamos a escoger el restaurante. Íbamos a comer lo que quisiéramos. Íbamos a definir lo que venía después.

La ventaja era que no había que preocuparse por la cuenta. Prerrogativa que se hizo notoria con el paso del tiempo, cuando crecimos, generamos ingresos y empezamos a conjugar el verbo pagar. En los comienzos, el salario no permitía darse demasiados gustos. Luego nos casamos, nos reprodujimos y ya sabemos lo que pasó. Por cuenta de los derechos del niño y el libre desarrollo de las personalidad los roles se invirtieron. Así que la autonomía gastronómica se aplazó hasta nueva orden. 

Pero como no hay plazo que no se cumpla, finalmente llegó ese día en que teníamos el tiempo, la autonomía y el dinero para comer en la calle lo que se nos diera la gana. Siempre y cuando coincidiera con las recomendaciones –o prohibiciones– del médico ese que nos restringió la grasa, los carbohidratos, los postres… etcétera.

Definitivamente, me siento estafado.