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miércoles, 25 de febrero de 2026

Los desquites de Elías

Justo cuando iba a salir, a Elías se le embolataron las llaves. Las buscó debajo de la cama, en la mesa, encima del escritorio, detrás de la nevera, dentro de la lavadora. En esas andaba cuando su esposa le preguntó por qué estaba hurgando en todo lado. Notificada sobre la ausencia, ella se dirigió al cuarto, metió la mano en un bulto de ropa sucia y sacó el llavero.

Más allá del misterio implícito, ese no fue el problema. El lío estuvo en el tiempo perdido durante la búsqueda. A Elías lo cogió la noche y tuvo que coger taxi. Otro descuadre en las cuentas familiares.  

El conductor le preguntó para donde iba. El pasajero le dio una dirección del centro. El chofer puso mala cara, dijo que ese tráfico estaba muy horrible y comenzó a quejarse. Elías respondió, sin perder la calma: "Yo no puedo obligarlo a que reciba plata".

Lo bajaron del taxi.

Otro round perdido en la pelea diaria con la vida. Y aunque la derrota es su estado natural, muy de vez en cuando Elías se desquita.  Son moscos de victoria en medio de un mar de leche de fracasos, pero... a nadie le puede salir todo mal, todo el tiempo.

Por ejemplo un día cuando, saliendo por la mañana, tarde, en afanes, a medio peinarse, los ojitos soñolientos de su hija de cuatro años lo miraron desde abajo antes de decir..."Tas lindo, papi".

La cara de ponqué de Elías sobrevivió las horas siguientes pese a que lo estrujaron en el bus de ida (y en el de vuelta también), lo salpicaron los carros, se le bloqueó el computador, le rechazaron el informe, le apareció trabajo de última hora a la salida y se le quemó el almuerzo en el microondas.

Otra vez fue cuando llegó tarde al trabajo. Lo recibió en plena puerta una supervisora. Exactamente esa supervisora que no le rebajaba una. Ella lo miró con cara de inquisición y soltó la pregunta malévola. “Don Elías,¿qué horas son?”

Cuando él, henchido de dignidad y orgullo iba a responder —en voz baja y mirando para el piso— “las 9 y 15”, el gerente general pasó a su lado pensando en quien sabe qué y le dijo a la súper: “Son como las 9 y 10 señorita Amado, acompáñeme a mi oficina que necesito revisar unos proyectos".

Pero la máxima ocurrió en aquella ocasión, mientras se encontraba en su puesto y se activó la alarma contra culebras. Era un sofisticado sistema de seguridad donde el portero le avisaba al ascensorista que le avisara a la secretaria que le avisara al auxiliar que le avisara a todos los demás que el de las joyas vino a cobrar.

Elías reaccionó instintivamente, pero muy despacio. Demasiado despacio. Iba para el baño a esconderse y se chocó de frente con el cobrador, quien a quemarropa le preguntó: ¿Don Elías, cómo andamos de cuentas?

Una sensación intermedia entre el éxtasis y el orgasmo acompañó a nuestro héroe en el momento de caer en cuenta de que los hechos le permitían responder lo que dijo a continuación.

"Estamos a paz y salvo”. Y se dio el gusto de agregar, “pero creo que la señorita Amado anda por ahí".

Uno no puede perder todas en la vida.

miércoles, 19 de marzo de 2025

Eso nunca pasa

No es que sea ilegal o sobrenatural. Es más, muchas veces el escenario fue diseñado, construido y puesto en funcionamiento con ese objetivo en específico. Pero Alonso y un grupo privilegiado de personas saben que, por alguna misteriosa razón, casi nadie lo utiliza. La misma misteriosa razón que invierte la constante cuando alguien, Alonso, por ejemplo, quiere o debe aprovechar esa circunstancia.

Ejemplos. La entidad donde se realiza aquel trámite tan innecesario como inevitable. Contrario a sus equivalentes en otros lugares, permanece cuasi vacía.  Cuando el tipo pasa por ahí en horarios de oficina siempre ve la locación despejada y al personal conversando mientras disfrutan una tasa de café.

Pero cuando Alonso es el usuario, algo pasa. Llega a mediodía y en vez de soledad, lo recibe tremenda fila. Tanta que debe volver otro día temprano a no alcanzar ficha. Dos intentos más le permiten finalmente pescar turno y, tras horas (demasiadas) de impaciente e incómoda espera, culmina la diligencia. Días después se cruza de nuevo por el sitio de marras, el cual ha retomado su condición de zona despejada.

No ocurre sólo en locaciones para cumplir obligaciones. Sí, ese restaurante es altamente popular y vive con cupo completo los sábados, domingos y en horario nocturno. Incluso los viernes. Por eso programa el almuerzo un lunes, un martes, un miércoles o un jueves. No importa el día. No habrá mesa disponible y en cambio alguna fila de alegres y abundantes celebrantes de algo masivo (grados, primeras comuniones, premios, encuentros empresariales) que justo en esa fecha escogieron el mencionado negocio  para festejar. 

La situación lo persigue. Estando de novio el hombre se echó una canita al aire con amigos sinvergüenzas y sendas compañías femeninas. Aunque nada comprometedor pasó, para justificar su ausencia ante la pareja oficial dijo haberse reunido con otro amigo, al cual no veían hace años. Ese que apareció al día siguiente en una visita sorpresa, justo cuando los novios estaban en casa de Alonso. Ese cuyo primer comentario fue… ”pues como nos veíamos hace tanto”. Tras el notoriamente incómodo reencuentro el implicado tuvo que decir la verdad, pedir perdón, realizar acciones compensatorias, pedir perdón, pedir perdón...

Más historias. Deja en casa los documentos y fijo se le atraviesa un retén de autoridad competente. Todos los días se topa con indigentes de diferentes edades, tamaños y colores. Excepto cuando saca un atado de ropa vieja para regalar. Mientras anda enhuesado con el bulto, la calle parece un desfile de estratos 4, 5 y 6. Necesita comprar una sanduchera de hierro colado, esa que vende el señor del carrito que se encuentra todos los días. Ese señor que desaparece sin dejar huella de todos los espacios por donde Alonso transita.

Sus decisiones de vestuario siempre coinciden con cambios imprevistos de clima. Hizo el ridículo en un  programa de televisión medio pirata, y todos sus conocidos vieron ese episodioLas vías que siempre están vacías son un trancón cuando tiene afán. Y aunque cumple con casi todas las leyes casi todo el tiempo, solo debe cometer la mas mínima contravención para que alguien esté ahí, lo vea y, por supuesto, lo regañe.

Lo más vergonzoso se deriva de los llamados de la naturaleza (lo que antes denominaban aguas menores, aclaramos). Cuando la situación llega al extremo de evacuar o conseguir una muda urgente de ropa interior, Alonso busca concienzudamente un sitio discreto, oculto y solitario. Uno de esos lugares por donde jamás transitan seres humanos. Hasta ese momento. Porque inevitablemente ese despoblado e inhóspito punto se convertirá en corredor para todo tipo de gente, aunque preferiblemente serán monjas en procesión, familias con menores, mujeres de edad avanzada o miembros del personal femenino de la Policía Nacional. 

Eso nunca pasa, hasta que solo le pasa a Alonso.

miércoles, 28 de agosto de 2024

Fotocopias a 100.000

En principio a Caminante le pareció interesante eso de tener su primer billete de $100.000, en vivo y en directo, entregado por un cajero automático de barrio. Pero este usuario de gastos hormiga en establecimientos de “¿no tiene más sencillo?”, pronto notó el encarte. Pese a que iba para el centro, el cajero (donde había hecho el último retiro de la quincena —saldo, 115 pesos—) era cerca de su casa. Así que optó por la droguería de cadena internacional del sector. Lo miraron feo pero le dieron vueltas por los 5.000 que costaron los pañuelos desechables. Problema solucionado.

Pagó con la última recarga disponible en su tarjeta de pasajes el viaje en transporte masivo. Su destino era esa lejana notaría donde reposaba ese documento cuya copia era un paso más en ese trámite. Así que llegó, hizo la fila, le dijo al cajero lo que requería y sacó, de entre todos los que había recibido en la droguería, ese billete.

—Es falso.

Por suerte no hubo tijeretazo, sino devolución de la pieza de papel moneda. Y sí, la condición de producción por fuera del banco emisor era algo evidente con solo fijarse un poco, lo que Caminante no había hecho. Como se veía y sentía, eso era una especie de fotocopia, pero a color y dos caras. Aplastado por la situación, revisó el resto de su efectivo. Buenas noticias. Todo parecía legal y real.  Pagó con otro y tomó la decisión inteligente. Hacer el reclamo respectivo al volver a su barrio.

Pero mientras aguardaba por el documento en sala de espera, las ideas malucas comenzaron. ¿Y sí no se acordaban? ¿Y cómo probar que es plata se la habían dado ahí? Entonces se atravesó el mango. No lo pensó. Simplemente salió y vio al vendedor callejero. Casi en automático pidió la dosis de fruta en vaso plástico —con limón y sal, por favor— y extendió el billete que sabemos a la hora de pagar.

—Huy hermanito, cámbieme esto que se ve más falso que uno de 7.000.

Más falsa fue la cara de sorpresa que Caminante puso, antes de proceder a utilizar otro papel moneda.  Mientras despachaba la ración de mango en una banca de parque sus tendencias antisociales superaron la lógica bajo una premisa sencilla. Si yo caí, algún otro caerá…

Pero no cayeron los del restaurante de combate donde almorzó, ni el que le vendió el postre, ni la de la miscelánea, ni el de la chaza donde adquirió los cigarrillos encargados por mamá, ni el del carrito de accesorios de celular que lo surtió de audífonos,  ni la viejita de los bocadillos en la mesa callejera, ni el paisa de los paraguas de la esquina ni ninguno de los demás etcéteras que no le recibieron el billete, pero sí lo surtieron de chucherías, cada una más inútil que la anterior.

Era hora de retomar el plan original: hacer el reclamo en el origen del problema. Solo debía recargar la tarjeta para tomar el transporte masivo. Hizo fila, sacó su billetera y… solo quedaba ese billete devuelto mil veces. Sumado a unas pocas e insuficientes monedas. 

Era ahora o nunca. Caminante pasó la tarjeta, pasó el dinero y…

...Un hombre avanza despacio del centro hacia su casa. En su cartera lleva dos tarjetas (débito bancaria y de transporte masivo) ambas con saldos insuficientes; y restos del papel moneda al que la cajera aplicó, sin asco ni duda, el respectivo tijeretazo después de doblarlo en cuatro al notar que era falso. Es un tipo que camina. Ustedes lo conocen como Caminante.

miércoles, 24 de abril de 2024

El duende eres tú

Hubo una época cuando se pusieron de moda llaveros donde estaba escrito  “Aquí están las “p…” llaves. Eso sí,  donde escribimos “p…” había una palabra.

Pistas. Es el apelativo del personaje más famoso de Aguadas (Caldas) y el plural de la parte final de un insulto muy común. 

Para la Real Academia Española es un adjetivo que sirve como calificación denigratoria o para ponderar (acepciones uno y dos,  Diccionario de la lengua española).

Como esto no es filología vamos al punto. Cualquier éxito atribuible a esos llaveros es fácil de explicar.

Quién no ha perdido las “putas llaves”, perdón las “p… llaves”, preferiblemente en algún momento de afán.

O las gafas. O la cartera. O la billetera. O el monedero. O el reloj. O el teléfono. O el paraguas.

Con el agravante de que estamos seguros de haberlo dejado ahí. Ahí, en ese preciso sitio donde... no está.

O peor, minutos antes lo tuvimos en la mano, y ahora sencillamente no aparece.

Otras generaciones tenían una explicación lógica, racional y concluyente ante hechos como los descritos.

Los duendes escondían las cosas.

No había mucha claridad sobre quienes eran, cómo se veían, de donde venían o cual era su motivación. 

Luego de un cuidadoso seguimiento a los hechos, repaso a circunstancias específicas, evaluación de pruebas  y demás actividades verificatorias el investigador llegó a varias conclusiones.

Pero antes es importante precisar que el investigador no es ningún consultor o asesor de asuntos paranormales. Es un sujeto al que cada rato se le pierden las p… llaves, gafas, billetera, etc

Ahora sí. 

Conclusión 1. No hay evidencia que respalde la existencia de los duendes.

Conclusión 2. Ciertos objetos de uso diario siguen desapareciendo misteriosamente.

Conclusión 3. El principal sospechoso es el mismo investigador.

El investigador que, inconscientemente, deja los objetos en donde no deben estar.

Gafas en la cocina.

Llaves encima de los libros de la biblioteca.

Peinilla en el cajón de los cubiertos.

Billetera encima del televisor.

Correa del perro en la lavadora.

Celular en el microondas.

El investigador que, distraídamente, deja los objetos en lugares donde pueden fácilmente caer al piso y ser  arrastrados debajo de los muebles.

Al borde de una mesa.

Al borde de una silla.

Al borde de la pérdida inminente.

Encima de algún artefacto que será movido sin fijarse por otra persona o por el mismo investigador (una cartera, un portátil, una carpeta con documentos, un libro) arrojando el objeto hacia su perdición.

El investigador que, al contestar o hacer otra operación con su teléfono portátil, pone lo que tiene en la mano en cualquier lugar, sin que su cerebro grabe la acción de poner, ni mucho menos la ubicación.

El investigador que comparte vivienda con otros seres vivos quienes antes de partir a cumplir sus rutinas diarias cambian de sitio los objetos porque… porque sí.

El investigador que está seguro de que trajo a casa el monedero, el paraguas, la billetera, hasta las llaves (si tiene quien le abra) que lo esperan abandonadas en el sitio de trabajo, la casa de la última visita, el restaurante donde cenó la víspera o el interior del carro.

O en casos más dramáticos, en un vehículo de transporte público o calle donde el objeto de turno cayó al piso en algún momento de distracción por parte de su propietario.

Y eso él lo sabe porque ya le ha pasado, con la diferencia de que un buen samaritano le avisó.

El mismo ha sido, alguna vez, ese buen samaritano que salva a otros de perder objetos de la vida diaria.

También ha sido el duende que esconde cosas.


miércoles, 20 de marzo de 2024

Talentos oportunos

Los Pérez tienen absolutamente claro que eso de ser familia es como los tres mosqueteros: uno para todos y todos para uno. Cualquier intención individual de algún consanguíneo o afín cuenta con el apoyo incondicional del clan, mediante tareas específicas derivadas de las competencias individuales de cada uno.

Cuando se trata de proteger relaciones sociales o contactos clave hay una asignación infaltable. Controlar al primo F. Ese F. que no tiene vicios conocidos,  no es escandaloso, atiende adecuadamente sus responsabilidades, es trabajador y cumplido. Pero cuando hay personal, digamos, relevante, alguien debe asegurarse de mantenerlo en el lugar adecuado. Y el lugar adecuado es lejos de los invitados clave.

Se lo han dicho en todos los tonos posibles pero él lo sigue haciendo. Se lo explican, él asiente educadamente, humhunea, pone cara de por supuesto, y a la siguiente oportunidad vuelve y juega. Cuando conoce a alguien siente una irracional curiosidad por su profesión u oficio. Ese no es el problema. El problema es que pregunta y pregunta y pregunta… y pregunta.

Así que tuvo sentado una hora al novio (hoy exnovio) de S. Perez explicándole (a F. ) detalles del mantenimiento de refinerías. Arrinconó al técnico de duchas eléctricas con tantas dudas que el tipo dejó la casa sin haber podido hacer la reparación. Puso en serio peligro la condición laboral de M. Pérez el día que interrumpió una sesión de trabajo en casa para cuestionar insistentemente al socio sobre diseño industrial. Espantó a la altamente recomendada aspirante a enfermera de la abuela con sus interminables preguntas sobre técnicas de cuidado, resucitación, higiene, alimentación y terapia.

El hombre, además, llega porque llega justo cuando hay una víctima propicia para sus interrogatorios. Hace tiempo dejó de importarle si lo invitaban o no. De manera que la estrategia familiar es disponer siempre de un pariente para, en caso necesario, quitarlo de en medio.

Volviendo a S. Pérez, además de novios espantados tiene un futuro promisorio en la rama del conocimiento donde ha desarrollado su actividad académica y profesional. De hecho es finalista para una de las mejores becas de formación disponible. Se trata de tres años en el centro de investigación más calificado del mundo, con todos los gastos pagados. Hasta ahora ha cumplido exitosamente todos los requisitos. Como la fundación que financia el beneficio se toma muy en serio su proceso de selección, incluye una visita a los aspirantes en su propia residencia, programada para ese martes en la tarde.

Coincidió con una inaplazable actividad laboral presencial, por suerte en horas de la mañana. Las dificultades vinieron del entorno. S. Perez inició su retorno a casa con tiempo suficiente, incluso previendo trancones. Pero no previó el aguacero gigante, el descomunal accidente de tránsito en la mitad de la avenida y los vehículos atrapados sin poder avanzar o retroceder. Y para rematar, el teléfono se descargó. 

La cita era a las dos y pasaban las 5.30 cuando finalmente llegó a su destino, resignada ante la oportunidad que, estaba segura, había perdido por no atender puntualmente a los evaluadores.  Pero al ingresar encontró a un grupo de extranjeros en lo que parecía una interesantísima conversación. 

Ellos se identificaron como los evaluadores y expresaron su disposición para iniciar la entrevista. Pero antes pidieron unos minutos para atender inquietudes finales del único contertulio conocido. El primo F. quien había pasado por un encargo familiar y vio al grupo de desconocidos sin atención mientras la familia de S. intentaba contactarla.

F. se presentó, tomó asiento, miró al que estaba más cerca y soltó la primera pregunta: ¿Y usted qué hace?

miércoles, 31 de enero de 2024

Crónica anacrónica de un milagro de Navidad

Las relaciones entre Gaspar y su abuela paterna se deterioraron con el paso de los meses y los años, hasta limitarse a saludos protocolarios en las impajaritables reuniones familiares. Tal vez no se hubiera notado tanto si no fuera por el Niño Dios. Específicamente, por el Niño Dios que Gaspar personificó en novenas, fotos, videos, iglesias y obras de teatro cuando el aspecto, tamaño y edad ajustaban envidiablemente en el papel. Porque el barrigón alopésico de hoy fue, alguna vez, mono, bonito y angelical.

Si deportistas y artistas cuentan con manager, Gaspar tenía abuela. La señora contaba con una red en el circuito religioso local digna de envidia arzobispal. Vivía enterada de todas las representaciones navideñas con protagonistas de carne y hueso. Esto le permitió poner (literalmente) en múltiples pesebres a su nieto.

Pero la gente crece. El nene, por tierno que fuera, ya no clasificaba para Niño Dios. Aún así, la anciana y el nieto fueron mucho tiempo compinches en las fiestas familiares. El deterioro comenzó en la adolescencia del muchacho, cuando sus intereses a la hora de celebrar eran cada vez más lejanos de los de la matriarca.

A esas alturas se tomaba uno que otro vino a escondidas y al llegar a la mayoría de edad  —un poco antes, siendo honestos— institucionalizó el consumo etílico, cada vez más exagerado, en encuentros familiares de fin de año. Su comportamiento, escandaloso y medio libertino, le quitó puntos frente a su antigua manager. 

A medida que crecía, las cosas empeoraban. Llevaba la novia de turno a las reuniones, quien inevitablemente era víctima de miradas despreciativas de la abuela —y hasta de algún comentario envenenado—. Como nunca fue un gran estudiante coronó bachillerato a duras penas —eso tampoco ayudó— y tras ejercer como inútil un par de años optó por dedicarse a los negocios.

Voluntad tenía. Habilidad, no tanto. En los 90 vio una oportunidad cuando Colombia clasificó al Mundial de Estados Unidos. La abuela, para quien el fútbol era un poco de bobos en pantaloncillos corriendo detrás de una bola le advirtió que eso iba a terminar mal. La ignoró y compró mil pelucas del Pibe Valderrama. Aún no ha podido desenhuesarse de todas. A principio del siglo XXI le apostó buena parte de su capital a una pirámide. Nuevamente la abuela dijo que no era buena idea. Consejo ignorado y platica perdida. 

Hacia el 2015 se dejó convencer de un amigo para invertir en un “infalible” negocio de pasteles de carne enpanelados, cuyo sabor resultó peor a como suena. Sin probarlos, la abuela pronosticó, acertadamente, que esa porquería nadie se la iba a comer.  Así que en su última aventura Gaspar decidió ir a la fija. Consiguió plata prestada para meterle billete a unas bodegas grandes, bonitas, amplias y totalmente aisladas, porque su único acceso era un camino geológicamente inestable que rodó cerro abajo con el primer aguacero.

Gaspar ya era un tipo con esposa, hijos y obligaciones varias. Disparó sin éxito hacia todos lados sin obtener financiación, refinanciación, limosna o lo que fuera para poder abonarle algo a sus deudores. Esta vez, la física calle era lo que se veía como panorama inmediato para él y su familia.

En medio de la crisis, un día de julio tuvo que ir a donde la abuela. Esta lo recibió con el mismo tono seco, casi malgeniado, con el que lo trataba hace años. Sin ninguna ceremonia tomó un paquete recién envuelto y se lo entregó con 8 palabras. “Su papá me contó. Tome, esto es suyo”. 

Esto era plata. Suficiente para pagar deudas. Totalmente sorprendido, de la boca de Gaspar salió un “Abuelita, esto es un milagro”.

“No ¿Usted cree que todo eso de Niño Dios era gratis? No señor. Sus papas no sabían pero yo sí. Guardé la plata porque supe que algún día la iba a necesitar. No para negocios chimbos, sino para una urgencia de verdad. Antes de ser un viejo medio calvo y feo, usted era mono y bonito. Y como ve, sirvió para algo”.


Pregunta al margen con alguna relación

¿Cómo se reconoce a un millenial (o posterior) en su relación con algún aparato portátil que utilice electricidad?

Por la cara de susto, sorpresa y desprecio al fracasar en su intento de recargarlo en vez de cambiarle las pilas.

Detalles aquí. 


martes, 25 de abril de 2017

El misterio de la lotería que no apareció

Un día Linares amaneció cansado de su trabajo rutinario, de sus jefes incoherentes, de los chistes predecibles y repetitivos de los compañeros de oficina y decidió hacer algo. 

El sujeto hizo una juiciosa evaluación de todas las opciones de "algos" disponibles. Miró su nivel educativo, edad y experticia y recordó los dos –casi tres- años que duró en la informalidad laboral. La  ecuación dio un SRTH. (si renuncia tiene h…).  Aunque su actual ubicación laboral no era ninguna garantía de estabilidad, tampoco se justificaba volar libre como el viento, a menos que hubiera pista de aterrizaje.

Evaluó entonces la posibilidad de iniciar su propio negocio. Recordó experiencias previas. La épica indigestión infantil cuando preparó mazapanes para vender en Navidad y se los comió todos sin haber comercializado el primero.  El desastre con los cosméticos que le trajo una prima de Miami para que se ganara unos pesos que jamás vio. Las 500 pelucas del pibe Valderrama que reposan  en algún rincón del pasado y de la casa, compradas en tiempos de pasión futbolística pensando en una avalancha de compradores que nunca llegó. Y la igualmente épica borrachera que arrasó con los insumos de ese bar que puso con algunos amigos en tiempos de juventud.

Descartadas la reubicación laboral y el emprendimiento, Linares opto por la tercera vía. Desde hace un año compra lotería. Un billete semanal. 10.000 pesos transferidos del rubro de postres y mecato, lo que se supone tuvo un efecto saludable. Porque los efectos sobre finanzas personales nunca se vieron. O al menos eso es lo que cree Linares.

La incertidumbre viene de una curiosa situación. El incipiente apostador no era demasiado meticuloso  al escoger el número. Simplemente preguntaba por el ganador más reciente y buscaba una cifra que no se pareciera demasiado. Casi nunca la recordaba hasta cuando revisaba, siempre sin éxito.

Esa semana, cuando llegó la hora de verificar, el billete no apareció. No apareció en su bolsillo, no apareció en la oficina, no apareció en la casa y no apareció en los lugares donde debía estar, ni en los lugares donde no debía estar. Tras dos días de búsqueda frenética la vida puso otras prioridades. Tampoco se acordaba del número, así que si había ganador o no iba a quedar para siempre en el mayor de los misterios.

¿O no? En la oficina trabajaba un mensajero. Nadie lo decía en voz alta, pero entre el personal circulaban dos recomendaciones. Ser especialmente cuidadoso en las cuentas  cuando las diligencias solicitadas involucraran la entrega de efectivo, y evitar dejar cosas pequeñas y valiosas sin supervisión mientras él estuviera en cerca. 

Y a su casa –la de Linares– iba periódicamente una señora a hacer labores de aseo y cocina. Solo había pasado de tres a cinco de veces y era perfectamente atribuible  a otras causas. Perdidas menores de objeto o de cantidades pequeñas de dinero. Nada grave, pero antes de que esta señora  llegara, esas cosas no habían pasado

El asunto es que poco después de la pérdida del billete el mensajero renunció sin dar mayores explicaciones. Y por esos mismos días la señora del aseo simplemente no volvió. Y aunque Linares no está seguro... primero, parece recordar que el billete de lotería estaba partido en dos fracciones. Segundo, tiempo  después, al pasar por un centro comercial, le pareció ver a la aseadora en un exclusivo almacén de ropa –exclusivo significa carísimo), en plan de compradora. Puede ser una equivocación, como esa vez que creyó reconocer al mensajero al volante de un auto europeo de último modelo.

No hay nada claro, pero a veces el  tipo se pone a  hilar delgado, tan delgado que por efectos de salud mental ha decidido venderse a sí mismo una idea. “Técnicamente solo se perdieron 10 mil pesos. Los mismos 10  mil pesos perdidos, semana tras semana durante un año de comprar billetes de lotería que… ¿No ganaron?”