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miércoles, 20 de mayo de 2026

Una sola letra y todo cambia


Pasa en buses, aviones, trenes y colectivos. En salas de espera y filas. Durante encuentros momentáneos de transeúntes que no se conocen. En tiempos de mensajes instantáneos, pocos logran (pocos logramos, dice la tarjeta) controlar el impulso de leer mensajes en el teléfono... del vecino. 

Como es una lectura intrusiva, clandestina, rápida y de reojo, leemos mal. Una sola letra es suficiente. No hay espacio para la segunda mirada. Menos para preguntar. Van 41 ejemplos. Lo que leímos y lo que realmente decía. 
  1. Para el bebé tenemos que empacar tetero, puñales y chupo. (pañales)

miércoles, 13 de mayo de 2026

Esas madres que pocos conocen (y 2)

(Viene de la primera parte)

Maternalismo geográfico

En todos los países del mundo hay madres, En Cuba son palizadas o conjuntos de leña colocados en orden para hacer carbón. En Honduras se le llama a un insecto madre de culebra.

Por acá en Colombia, en los Llanos Orientales, se habla de madreviejas, que son ríos secos a cuyas orillas cantan los paujiles. En la costa Atlántica existió la expresión madre del caimán, refiriéndose a la progenitora poco cordial con sus hijos. La denominación viene de la leyenda que acusa a los caimanes de devorar a sus hijos al nacer.

Los geógrafos del mundo también han recurrido con bastante frecuencia a la madre. La Madre de Dios, además de la Virgen María, es un río, una isla, un arrabal de la ciudad española de Logroño y un archipiélago chileno. Hay una sierra Madre en México y otra en Filipinas. El país de los aztecas y los Estados Unidos tienen sus lagunas Madre. Una región de Argentina recibe el nombre de Madrevieja.

Tres madres en la mente

El apoyo de la madre es trascendental, pero no solo para los hijos. Es importante para las estructuras que dependen de un madero madre. Es importante para los tubos de alcantarillas y acequias que van a dar a un tubo madre dentro de los sistemas de desagüe de las grandes ciudades.

Es que la madre es algo muy grande. Tanto que el Lexicón de Colombianismos la define como algo "descomunal, atroz, estupendo, formidable, terrible, usado enfáticamente..." (qué despelote tan madre).

Todo ser humano tiene mínimo tres madres en su mente. La mujer que lo trajo al mundo y dos membranas que protegen el cerebro: la duramadre y la piamadre. Las aves, por su  parte, poseen una madrecilla situada entre el ovario y el ano. Es allí donde se forman la clara y la cascara de los huevos, en lo que popularmente se conoce como huevera.

Es mucho lo que se ha escrito a esta mujer. Pero lo que pocos conocen es que si no fuera por una madre los discos de vinilo no existirían. Para el ingeniero acústico la madre es aquella matriz que moldea esta antigua modalidad de grabación y reproducción musical que ha tomado un nuevo aire en tiempos recientes.

Madres locas y del cacao

En la Edad Media, los burgueses de la ciudad de Dijon (Francia) crearon una sociedad bufa que se dedicaba a realizar representaciones satíricas. Viajaban de ciudad en ciudad dando a conocer sus farsas. Se llamaban la Sociedad de la Madreloca.

Lo que le pasó a los alegres muchachos de la Madreloca es algo que solo la historia sabe. Pero el destino de otras madres sí es más conocido. Las madreperlas, por ejemplo, son aquellas conchas que residen en el fondo de los mares intertropicales y dan origen a las joyas esféricas que han inspirado a poetas y tentado a piratas.

Grandes hombres han sido hechura de sus madres. Muchas plantas de cacao también. Los hondureños han llamado madre del cacao a una falsa acacia que cultivan junto al vegetal que origina el chocolate, con el fin de darle forma a su enclenque mata.

La mitología del campesino colombiano tiene su buen surtido de madres. Está la Madre del Agua, una mujer hermosa que se roba a los adolescentes y los lleva a su casa, ubicada en el fondo del río.

También están la Madremonte y la Madreselva. La primera es una señora que se representa de diversas formas, algunas poco agradables (con colmillos y cubierta de hojas). Ella practica una dieta de niños recién nacidos. Lo hace en venganza por la destrucción que el hombre hace de la naturaleza. La segunda es una joven misteriosa que cuida a los niños buenos y se lleva a los malos,

Sin embargo, la que más mala prensa acumula es la madre política, o sea la suegra. Y con los avances de la ciencia moderna, desde hace años se habla de la madre probeta y de la madre que arrienda su vientre.

Literatura y algo más

Para los escritores, la madre ha sido una inspiración constante. Una novela de Máximo Gorki (Rusia), un drama de Santiago Rusiñol (España)  y un poema de Giovanni Cena (Italia) llevan este nombre.

Gamar Katiba, poeta armenio, escribió una composición llamada “Madre Araxes”. Friedrich Hebel (Alemania) le cantó a las progenitoras en “Madre e hija”. Emilia Pardo Bazán (otra vez España) hizo un extenso relato titulado "Madre naturaleza" y Max Halbe (más Alemania) narró la historia de "Madre Tierra".

Son muchísimas más las personas que han definido la madre, que le han cantado y escrito libros. Una de ellas, el obispo chileno Ramón Ángel Lara, redactó una página en prosa que se ha convertido en clásico y que resume la personalidad de las progenitoras. Este texto que comienza: "Hay una mujer que tiene algo de Dios...”

miércoles, 6 de mayo de 2026

Esas madres que pocos conocen (1)


Nota de la redacción.  Hace como 40 años cometimos este texto, que retomamos (ligeramente ajustado para adaptarlo a tiempos presentes) con motivo del día y mes de la madre. Como es bastante largo, va en dos partes. Una va hoy y la otra la próxima semana. Gracias por leer y, como siempre, comentarios y aportes son bienvenidos.

Madre no hay más que una, sostiene un antiguo proverbio. Sin embargo, la Real Academia de la Lengua no piensa lo mismo, ya que en su diccionario el término madre tiene 18 significados diferentes.

No son las única acepciones que recibe la maternal palabra. Hay madres que se han convertido en cordilleras. Otras son apellidos. Algunas se utilizan en la minería o forman parte de nuestra corteza cerebral.

Hay madrecillas, madremontes, madres de agua, madreperlas, madreviejas, madrelocas, madres de culebra, madres cacao y lenguas madre. Para el penalista del Siglo XIX, una madre de familia era algo diferente de lo que es ahora. Y si le preguntamos a un médico qué hacer con la madre de niños, posiblemente recete un medicamento para la enfermedad que recibe este nombre.

El sustantivo que nombra a la mujer que le da la vida a la especie humana puede ser un espíritu infernal que se roba a los niños para comérselos. O una sociedad bufa de la Edad Media. Para el ingeniero acústico es un tipo especial de molde. Para el llanero es un río seco y para el jinete, un paso especial que siguen los caballos que aún no han sido amaestrados.

Lo que encierra una palabra

El término madre viene del latín mater. Por un curioso fenómeno lingüístico muchas lenguas, incluidas las que no son romances utilizan expresiones similares (mother en inglés, mama en ruso. Hasta en chino y coreano suena la m en el nombre).

La madre no da únicamente hijos. También origina palabras derivadas al por mayor. Comadre, comadrona, madrastra, madriguera, madrina, maternal, maternidad, materno, matriarcado, matricida, matriz, matrona y metrópoli, se encuentran entre los “hijos” de este matrimonio (otro derivado) entre la madre y el idioma.

La Real Academia de la Lengua en su diccionario incluye 18 significados. Hay de todo tipo. Desde el poco poético pero bastante significativo de “Animal hembra que ha parido una o más crías”, hasta el que habla de "Alcantarilla o cloaca maestra”.

Se dice que ser madre es un honor. Además puede ser un título. Es la mención que se le otorga a las religiosas o a las personas que en hospitales y casas de recogimiento están a cargo del manejo. Asi también se les llama a las ancianas de un pueblo, sin importar su estado civil presente o pasado, o su historial médico en lo que a procreación se refiere.

Los caballos que no han sido entrenados tienen un trotecito corto denominado “Paso de la madre”. En los barriles de vino, mosto o vinagre también hay madres. Es el nombre que reciben los residuos  asentados en el fondo de los recipientes.

Dime qué haces y te diré y qué madre tienes

Para el abogado del siglo 19, la madre de familia era aquella que vivía en su casa honestamente y tenía buenas costumbres, aunque no engendrara. Existía la madre sacrílega, que era la que daba a luz al hijo de un religioso o que paría formando parte de una comunidad católica.

En cambio, el químico moderno habla de las aguas madre, que son las que restan de una solución salina que se ha hecho cristalizar. Por su parte, en tiempos pasados los médicos atendían de vez en cuando el denominado mal de madre, nombre atribuido a diferentes dolencias (algunas bastante curiosas, por no decir cuestionables) que afectaban a las mujeres.

Los mineros colombianos denominaban madres a las piedras que se encontraban reunidas al oro cuando terminaba el proceso de lavado. Si necesitaban sacarle brillo a algo metálico recurrían a la madre del oro, piedra que se utilizaba para estos menesteres.

Los lingüistas se refieren al latín como lengua madre de los idiomas conocidos como romances. Y los historiadores latinoamericanos le endilgaron a España el apelativo de Madre Patria.

(Continuará)

miércoles, 1 de abril de 2026

Palabras de amor

GEC es lo que en otros tiempos llamaban solterón. Para librarse del apelativo solo había que casarse. Pero si pasaban los años sin boda la denominación cogía fuerza. El solterón a secas evolucionaba a “el” solterón. El solterón de la familia, el solterón de la oficina, el solterón del barrio, el solterón del pueblo.

Actualmente la gente no se casa. La gente tiene pareja. Agregarle ceremonia con sacerdote, pastor, rabino, juez o notario al asunto es opcional. Así que GEC no es un solterón, sino alguien que no ha tenido pareja. O por lo menos pareja estable. Lo suyo es una opción de vida. Libre desarrollo de la personalidad. Él escogió. 

Mentira. Él no escogió. Lo suyo es cuestión de estrategia. Estrategia de comunicación. De las que no funcionan. Supongamos que en el mundo quedan solo una mujer (cualquiera) y un hombre, GEC. Se encuentran. El tipo habla. La especie humana se extingue para siempre.

Situación 1. A GEC no le salen las palabras. Lo poco que dice aleja en vez de acercar. Le pasa cuando le gusta, está enamorado (o cualquier variante intermedia) de su interlocutora. Esa primera cita, ese encuentro casual, ese espacio inesperado o planeado siempre termina en un desastre comunicacional. 

La teoría clásica habla de un emisor, un receptor, un canal y un mensaje. En todos los casos donde GEC es el emisor y el mensaje es “tú me interesas”, la receptora no entiende nada o recibe otro mensaje. El mensaje de que este tipo es como medio tarado, no entiendo lo que me quiere decir, qué le pasa a este man, por qué no me quedé en mi casa, o por favor, necesito que alguien me saque de aquí.

Diga lo que diga GEC, siempre pierde. Su palabra es la soga del ahorcado. Y él es el ahorcado. La facilidad de expresión muere frente a aquella que lo atrae. Su intelecto desaparece y solo musita estupideces, porque ni siquiera es capaz de vocalizar adecuadamente. Es un desastre. Y él lo sabe.

Situación 2. La buena noticia es que a veces se destraba la caja y GEC empieza a hablar. ¿Y eso cómo funciona? Fácil, no funciona. Interrumpe a su interlocutora. Corta las conversaciones. Responde con monosílabos a preguntas que pudieron dar pie a un buen diálogo. Se extiende innecesariamente en tópicos insulsos como el clima, el color de las cortinas, o algún tema técnico relativo a su profesión que ni siquiera a él le importa. Profundiza con lujo de detalles descripciones relacionadas con su estado de salud, situaciones donde escasea la higiene o anécdotas desagradables de amigos, parientes y, lo que es peor, propias.

Solo es cuestión de tiempo para llegar a los silencios eternos. La otra parte se queda callada y mira hacia todas partes. Está incómoda. Necesita irse. Algunas simplemente lo hacen. Cuando no, se agarran de cualquier excusa para escapar. Se zambullen con desesperación en su teléfono inteligente. Buscan conversación con un mesero, alguien de otra mesa, el perrito de la zona pet friendly. Tienen recuerdos instantáneos de actividades inaplazables que deben hacer en ese momento. Solo quieren una cosa. Largarse.

Cierto, posiblemente a todos les ha pasado por lo menos una vez. O dos, hasta tres. Pero a GEC le pasa todas las veces. En cambio, en otros escenarios la coordinación entre sus palabras e ideas es perfecta. Un manejo verbal ideal, hasta conquistador, pero no para las personas adecuadas. 

En ocasiones surge, medio en serio y medio en broma, la pregunta  ¿Y usted por qué no tiene pareja? GEC responde de forma detallada, clara, precisa, grandilocuente y convincente.

Y siempre cambia la mentira.

miércoles, 11 de marzo de 2026

El mister

John sale de su hotel. Planea caminar por la playa y tomar algunas fotografías para su archivo personal.

A la misma hora, cerca de la playa, Ramón instala su puesto de atención al turista. Se trata de una mesa portátil surtida de productos misceláneos. Incluye gafas oscuras, bronceador. sombreros, llaveros alusivos a la ciudad (made in China), collares artesanales (también made in China) chanclas y pañoletas.

John duda sobre cuál ruta tomar. A lo lejos se divisan muchos buques pequeños, lo que sugiere yates, posiblemente una marina. Hacia el otro lado se ven edificaciones. Finalmente se decide por esta opción. 

Ramón está tranquilo aunque el día avanza y los posibles clientes no aparecen. No pasa nada que no fuera previsible. Es temporada baja. Mata el tiempo conversando con la vendedora de fritos y con el de los helados. A ellos si les llegan compradores. Ventajas de que sus productos también interesen a los locales.

John camina despacio. Saca algunas imágenes de paisajes. Escasea la gente. Le interesa registrar a los lugareños, los personajes locales, pero hasta ahora solo ha encontrado turistas. 

La de los fritos le advierte a Ramón que ahí viene su oportunidad de bajar bandera. Típico gringo. Alto, tez blanca enrojecida por el sol, cabello claro. Una cámara gigantesca colgándole del cuello. Camiseta de colores chillones, tenis, pantalón hasta la rodilla y, por supuesto, medias blancas. Puede que le compre algo, que necesite orientación sobre puntos fotografiables en la ciudad o que se interese en alguno de los servicios que Ramón promociona bajo comisión, como paseos en lancha, restaurantes o transporte.

John duda sobre empezar a disparar su cámara. En sus viajes ha tenido experiencias negativas y positivas cuando toma fotos sin pedir permiso. Algunas veces no pasa nada, otras hasta le posan (lo cual a él no le gusta, prefiere la espontaneidad) pero también lo han regañado e incluso una vez lo amenazaron.

Apenas John se acerca lo suficiente, Ramón despliega su arsenal propagandístico.

“Oye, qué necesitas, en qué te puedo ayudar. Mira, aquí tengo recuerdos por si quieres llevarle a tu familia o si necesitas algo para protegerte del sol también te lo tengo”. 

El turista se pronuncia en un lenguaje universal. Toca el borde de la cámara y señala al grupo de vendedores. Todos entienden, se juntan y sonríen mientras suenan los clics de los registros gráficos. 

Ramón lo intenta en otro idioma. Ese que combina lenguaje de señas, spanglish y estilo Tarzán. 

“Yo Ramón. City sitios bonitos yo mostrar.” Indica un punto en la distancia, donde se divisa la torre de la iglesia. “Buenos picchures”. Hace la mímica de quien se lleva una cuchara a la boca. “Fud típico”. Chasquea la lengua y eleva el pulgar. “Delisius”. Muestra una lancha fondeada a pocos metros. “Tur en barco. Poco cost”. Agarra unos llaveros en la mano izquierda y una artesanía en la derecha. “Suvenirs, dolars o pesos”. 

John se señala a sí mismo y dice “John...”

Ramón sonríe, esto tiene futuro. Jhon prosigue “...John Jairo. Me llamo John Jairo. Puede que me interese algo de lo que me está ofreciendo pero no entiendo ese idioma raro en el que me está hablando. Que tal si seguimos en español. Total, ambos nacimos en el mismo país. Y tranquilo, no es al primero al que le pasa”.

miércoles, 19 de noviembre de 2025

40 contraexageraciones

Tenemos la tendencia a exagerar. Abundan los ejemplos. Lo que viene abajo es otra cosa. Es como exagerar, pero en negativo. Y si sigo tratando de explicarlo voy a terminar más enredado que bulto de anzuelos. Así que mejor al punto. Los invito a leer.  Corte a comerciales: cualquier ejemplo o idea adicional es bienvenido. Comentar es gratis.

  1. Aclara más una explicación en términos médicos.
  2. Acompaña más un canario disecado.
  3. Alegra más el sonido del despertador en las mañanas.
  4. Apacigua más la musiquita de espera del call center.
  5. Avanza más una entaconada (o entaconado) en un barrial.
  6. Baila más una mesa patas arriba.
  7. Cambia más un grano de arena al desierto.
  8. Camina más un ascensorista en horario de trabajo.
  9. Comparte más un niño cuando entiende el concepto de mío.
  10. Contesta más un milenial con audífonos nuevos.
  11. Conversa más un cactus.
  12. Decora más un burro muerto en la mitad de la sala.
  13. Escribe más la abuela después de aprender a mandar mensajes de audio.
  14. Espanta más un gatico recién adoptado.
  15. Espera más el encargado de reportar demoras a las centrales de riesgo.
  16. Explica más el gringo que niega la visa en la embajada.
  17. Gasta más un vegano en una carnicería.
  18. Guarnece más un arco de fútbol cuando llueve.
  19. Halaga más un crítico de cine.
  20. Intimida más un guardaespaldas con suéter de Hellow Kitty.
  21. Limpia más un cepillo de dientes en una carretera.
  22. Ofende más pedir la hora.
  23. Protege más un periódico en un aguacero.
  24. Reflexiona más un barra brava en pleno partido.
  25. Refresca más un café caliente en tierra ídem.
  26. Retrocede más un aguacero.
  27. Reza más un ateo multimillonario.
  28. Rumbea más una monja de clausura.
  29. Sabe más un japonés de sancochos.
  30. Sale más un pescado de acuario.
  31. Sirve más una sotana en un campo nudista.
  32. Sobresale más una pulga en un parque lleno de paseadores de perros.
  33. Sonríe más la que atiende el peaje.
  34. Sorprende más un político empapelado.
  35. Suena más un pedo en un concierto.
  36. Tiene más glamour un chulo caminando.
  37. Trabaja más un semáforo en un crucero.
  38. Tranquiliza más un correo de la dirección de impuestos.
  39. Une más conversar sobre política, religión o equipos de futbol.
  40. Vende más un almacén de bikinis en el Polo Norte.

miércoles, 3 de abril de 2024

Higiene bucal y pedagogía tradicional


Nota de la redacción. Retomo (con algunos ajustes de forma) un texto escrito en el año 2000 que recordaba tiempos donde el verbo educar se conjugaba de una forma muy diferente a la que se aplica en la actualidad)  

Los que pasamos de determinada edad conocemos el sabor del jabón. Nuestra progenitora se encargó de promover un aseo concienzudo de dientes, boca, lengua y paladar con una pasta perfumada —en el mejor de los casos—  o una barra azul recién salida del lavadero.

El jabón no formaba parte de la dieta diaria. Estaba reservado para ocasiones especiales. Concretamente, para ese momento en el cual, inocentemente, repetíamos aquella palabra (o palabras) que le habíamos oído al tío, al abuelo, al amigo, al personal de servicio o reparaciones locativas o,  muchas veces, al papá o hasta a la mamá.

Hoy, cuando sin distinción de género hasta el ser más inmaculado suelta periódicamente adjetivos de grueso calibre (puede medir su propio vocabulario aquí)  sin que pase nada, suenan extrañas las historias de la primera expresión pública de una grosería.

Pero la verdad es que era un momento traumático. Los presentes hablaban animadamente, hasta que, con absoluta inocencia nuestras cuerdas vocales reproducían el sonido de lo que se escribe con inicial más puntos suspensivos o con una sucesión de signos incoherentes. Silencio total. En cámara lenta, todos dirigían los ojos hacia el pequeño bocón. En un principio este se sentía especialmente elogiado, pero el tono grave de las miradas cambiaba la sensación de orgullo por la de miedo.

Y a propósito de miedo, era buen momento para tenerlo. Porque la madre ponía cara de ejercicio legítimo de autoridad, y, si era en casa y se trataba de una mamá de reacción inmediata, un bofetón expresaba con claridad que esas cosas no se decían.

En otros casos, la acción de hecho cambiaba por una orden. Como solía ser hora de comida, alguien se quedaba sin postre y debía irse para el cuarto, con un “después hablamos”.

Cuando el pronunciamiento ocurría en casa ajena, había que agregarle la diplomacia. En efecto, pasado el impacto inicial, todos los presentes trataban de actuar como si nada... menos uno. La progenitora, que optaba por un discreto pellizco, o la frase más temida por cualquier niño travieso “espere a que lleguemos a la casa”.

Una vez allí, el proceso continuaba. Primero se indagaba cuidadosamente donde habíamos aprendido palabrotas. Curiosamente, cuando la evidencia señalaba que había sido durante algún momento de extroversión verbal de nuestro padre o de parientes consanguíneos por línea materna, la investigación precluía inmediatamente.

Y la sentencia... abra la boca y mastique jabón. Para que aprenda que esas cosas no se dicen. Y para que limpie esa jeta.

...digo, esa boca.

miércoles, 20 de marzo de 2024

Talentos oportunos

Los Pérez tienen absolutamente claro que eso de ser familia es como los tres mosqueteros: uno para todos y todos para uno. Cualquier intención individual de algún consanguíneo o afín cuenta con el apoyo incondicional del clan, mediante tareas específicas derivadas de las competencias individuales de cada uno.

Cuando se trata de proteger relaciones sociales o contactos clave hay una asignación infaltable. Controlar al primo F. Ese F. que no tiene vicios conocidos,  no es escandaloso, atiende adecuadamente sus responsabilidades, es trabajador y cumplido. Pero cuando hay personal, digamos, relevante, alguien debe asegurarse de mantenerlo en el lugar adecuado. Y el lugar adecuado es lejos de los invitados clave.

Se lo han dicho en todos los tonos posibles pero él lo sigue haciendo. Se lo explican, él asiente educadamente, humhunea, pone cara de por supuesto, y a la siguiente oportunidad vuelve y juega. Cuando conoce a alguien siente una irracional curiosidad por su profesión u oficio. Ese no es el problema. El problema es que pregunta y pregunta y pregunta… y pregunta.

Así que tuvo sentado una hora al novio (hoy exnovio) de S. Perez explicándole (a F. ) detalles del mantenimiento de refinerías. Arrinconó al técnico de duchas eléctricas con tantas dudas que el tipo dejó la casa sin haber podido hacer la reparación. Puso en serio peligro la condición laboral de M. Pérez el día que interrumpió una sesión de trabajo en casa para cuestionar insistentemente al socio sobre diseño industrial. Espantó a la altamente recomendada aspirante a enfermera de la abuela con sus interminables preguntas sobre técnicas de cuidado, resucitación, higiene, alimentación y terapia.

El hombre, además, llega porque llega justo cuando hay una víctima propicia para sus interrogatorios. Hace tiempo dejó de importarle si lo invitaban o no. De manera que la estrategia familiar es disponer siempre de un pariente para, en caso necesario, quitarlo de en medio.

Volviendo a S. Pérez, además de novios espantados tiene un futuro promisorio en la rama del conocimiento donde ha desarrollado su actividad académica y profesional. De hecho es finalista para una de las mejores becas de formación disponible. Se trata de tres años en el centro de investigación más calificado del mundo, con todos los gastos pagados. Hasta ahora ha cumplido exitosamente todos los requisitos. Como la fundación que financia el beneficio se toma muy en serio su proceso de selección, incluye una visita a los aspirantes en su propia residencia, programada para ese martes en la tarde.

Coincidió con una inaplazable actividad laboral presencial, por suerte en horas de la mañana. Las dificultades vinieron del entorno. S. Perez inició su retorno a casa con tiempo suficiente, incluso previendo trancones. Pero no previó el aguacero gigante, el descomunal accidente de tránsito en la mitad de la avenida y los vehículos atrapados sin poder avanzar o retroceder. Y para rematar, el teléfono se descargó. 

La cita era a las dos y pasaban las 5.30 cuando finalmente llegó a su destino, resignada ante la oportunidad que, estaba segura, había perdido por no atender puntualmente a los evaluadores.  Pero al ingresar encontró a un grupo de extranjeros en lo que parecía una interesantísima conversación. 

Ellos se identificaron como los evaluadores y expresaron su disposición para iniciar la entrevista. Pero antes pidieron unos minutos para atender inquietudes finales del único contertulio conocido. El primo F. quien había pasado por un encargo familiar y vio al grupo de desconocidos sin atención mientras la familia de S. intentaba contactarla.

F. se presentó, tomó asiento, miró al que estaba más cerca y soltó la primera pregunta: ¿Y usted qué hace?

miércoles, 27 de septiembre de 2023

Enemigos inanimados



La escena ocurre un domingo de ciclovía. Mujer y niño andan en sus respectivas bicicletas, cada una acorde al tamaño del usuario. Se presume que son madre e hijo. El niño intenta un giro, cae al piso y reacciona. Se levanta furioso y empieza a insultar y golpear la bicicleta. Casi todos los testigos ocasionales del hecho sonríen mientras la dama, en tono maternal, le dice algo así como “la bicicleta no tiene la culpa”.

El “casi” es un caballero, veterano él, al que llamaremos RMJ para proteger su identidad. También intenta sonreír pero el departamento de vergüenza propia lo detiene. Y es que RMJ carece de enemigos o conflictos con representantes la especie humana. Pero cuando se trata de objetos, eso es otra cosa.

Para no ir muy lejos, tiene entre su anecdotario una escena muy similar a la del niño con tres diferencias. La primera, que la caída no fue por un giro sino por un inesperado daño mecánico; la segunda, que los insultos fueron en un tono mucho más adulto (máquina #$%&/(/&%$#); y la tercera, que el hecho ocurrió mucho tiempo después de que RMJ abandonara su condición de niño (este año, para ser precisos).

A cualquiera le pasa. Pero no tan seguido. Y no con tan variada gama de artefactos diseñados para facilitar la vida del ser humano. Como las impresoras. Aparatos creados para poner en el papel el trabajo realizado en los computadores. En teoría. Porque en la práctica son unas máquinas #$%&/(/&%$# que se traban, se tragan el papel, se quedan sin tinta en el momento más inoportuno, no se conectan con el computador y un montón de etcéteras. Etcéteras que se han traducido en épicas batallas verbales de RMJ contra el artefacto de turno. Uno de las cuales, por cierto, transcurrió de madrugada en un apartaestudio y se prolongó tanto que el vecino debió intervenir amenazando con llamar a la autoridad competente.

Y es que cuando RMJ se emociona, desaparece cualquier noción de respeto por su entorno. Por su entorno físico, como lo atestigua el agujero de esa puerta de madera. Se encuentra en una vieja casa que alguna vez fue aquella empresa donde el sujeto comenzó su vida laboral. Eran tiempos de primeros computadores, con tecnologías incipientes que a veces se trababan, por lo que los ingenieros de turno recomendaban: guarden lo que vayan haciendo, guarden, guarden, guarden.

RMJ no guardaba, no guardaba, no guardaba y un día, justo al poner el punto final de un extenso y complejo trabajo la máquina de turno sencillamente se bloqueó. Además del acostumbrado tratamiento de máquina #$%&/(/&%$#, en algún momento la furia contra la tecnología fue tal que se desahogó con una patada en la puerta de madera. Sí, la del hueco. De allí el misterioso origen del mismo que, hasta hoy, había permanecido en secreto

Por cierto, el tema fue confidencial porque RMJ estaba solitario ese día. Porque cuando hay otras personas… da igual. Sus ocasionales compañeros laborales pronto se resignan al derroche de adjetivos contra sillas graduables que no se dejan graduar, cosedoras trabadas, cajones con problemas de cierre o apertura, ascensores que no llegan, programas de computador que no hacen aquello que se supone deben hacer y demás máquinas #$%&/(/&%$#, contra las que el tipo desahoga verbalmente sus fracasos.

Para desgracia del jefe de turno, RMJ es bueno en lo que hace. En el balance costo beneficio, aguantarse las pataletas es mejor negocio que prescindir de sus servicios. Así que como los llamados de atención simplemente aplazan la reacción ante la siguiente máquina #$%&/(/&%$#, cuando existen oficinas lejanas, aisladas y en lo posible insonorizadas, el hombre termina reubicado. 

No se acaban los insultos, pero por lo menos suenan más pasito. 

miércoles, 1 de marzo de 2023

Letras malvadas

Wilfredo tiene una deuda impagable con el personal pedagógico que acompañó sus primeros años de infancia. El hombre, que no tuvo hijos, ignora como funciona eso de la letra en los colegios del siglo XXI. Pero en los del siglo XX, que le tocaron a él, era una especie de obsesión académica. Los renglones torcidos, los caracteres chuecos, la desproporción entre la altura de las vocales, o los parámetros diferenciales entre mayúsculas y minúsculas estaban en posición privilegiada dentro de las prioridades educacionales.

El problema es que Wilfredo nunca compró ese discurso. O no lo compró la parte del cerebro, de la mano, o de la coordinación cerebro-mano que debía hacerlo. Por eso los garabatos amorfos y desproporcionados con los que inició su proceso de deserción del analfabetismo evolucionaron hacia otros garabatos... más amorfos y más desproporcionados.

Pero los educadores y educadoras no se iban a rendir tan fácil. Así que acudieron a todo. Algunos recursos que ya perdieron vigencia, como el uso de instrumentos de medición a manera de estímulo físico (Wilfredo no sabe cuantos reglazos recibió en las manos, incluso con regla metálica, pero la A y la R seguían torcidas).

Como la letra – literalmente - con sangre no entró, el turno fue para la práctica. Las planas. Cuadernos interminables que debió llenar con abecedarios, palabras y frases sospechosamente conectadas al complejo de Edipo (“mi mamá me ama”); animales de comportamientos extraños (“ese oso pisa mi masa); y actividades cotidianos o no tan cotidianas (mi papá rema rápido, esa señora pone un mono a mi muñeca cada mañana).

Más allá del mensaje, el asunto era de estética. Las letras no debían torcerse y, sobre todo, no debían salirse del renglón. Como la primera hoja del primer cuaderno estaba llena de caracteres deformes y desubicados y en cambio la última también, la profesora cambió la cancha. Las planas siguieron ahí, pero en cuadernos ferrocarril, aquellos que tenían lineas impresas de distinta altura. 

Se trataba de un recurso diseñado para desarrollar la habilidad de escribir adecuadamente respetando la proporción entre mayúsculas y minúsculas, y nivelar la altura de las letras. Así que Wilfredo llenó uno tras otro de esos cuadernos de letras tan proporcionadas como incomprensibles. Y a medida que pasaron los años de las planas repetitivas se pasó a la transcripción de párrafos, páginas y hasta capítulos de libros, pero letra que nace torcida, jamas su trazo endereza.

Como el departamento de planas no dio mayores resultados, el siguiente paso fue la psicología. Conversaciones en el aula y en entornos más personalizados sobre lo que una buena letra reflejaba de una persona, sobre la importancia de que los demás vieran la pulcritud y cuidado a la hora de escribir. Observaciones de las que Wilfredo tomó atenta nota con sus torcidos y desproporcionados caracteres.

La batalla duró casi toda la primaria e incluso el bachillerato, con observaciones tipo “no entiendo lo que dice ahí” en los previos, quizes, parciales y trabajos a mano. Pero aquello de despacito y buena letra solo se quedó en el primer enunciado para Wilfredo. 

Hoy son tiempos de teclados, pantallas e impresoras y presentar textos con una buena caligrafía está al alcance de cualquiera. Sin embargo, cuando Wilfredo garabatea cualquier cosa en un papel y revisa sus notas, no puede evitar pensar en profesoras y profesores que tanto tiempo y esfuerzo dedicaron a una causa perdida.

Esta gente solo quería hacer su trabajo. Pero fracasaron. Dieron su mejor esfuerzo sin siquiera acercarse a la meta. Esa letra no la entiende nadie.


sábado, 8 de agosto de 2020

Estados del alma

Nota de la Redacción: Una consulta lanzada en cierto grupo de Whats App justificó retomar este texto, escrito originalmente en diciembre de 1998. 

Como un aporte a la enorme cantidad de literatura inútil que produce la cercanía del dos mil y sin ánimo de aumentar el desempleo entre psiquiatras, psicólogos y asesores espirituales, presentamos una serie de estados de ánimo característicos del fin de siglo. 

Cables cruzados: Es cuando sí pero no; quiero ir pero mejor me quedo; no sé pero estoy seguro; entiendo pero explíqueme otra vez, me gusta pero es que es tan... mejor dicho sé para donde voy, pero no tengo idea donde voy a llegar. 

De un tierno: Dos acepciones. La irónica, que se utiliza cuando el saludo es un madrazo y la respuesta a cualquier pregunta un ladrido. Y la literal, que es cuando de cada tres palabras dos son un elogio, la cara es de oso de peluche y la actitud es tan dulce que termina siendo empalagosa. 

Depre: Para que nos levantamos si de todas formas hay que volverse a acostar. Para que nos bañamos si nos vamos a ensuciar. Para que comemos si de todas formas vamos a... ustedes saben. Para que salimos si tenemos que volver. Para que... 

La conversadera: ...yo le quiero contar a usted todo lo que pasó pero sin omitir detalles desde el mismo comienzo del hecho pero antes narrándole los antecedentes y tranquilo que tengo tiempo y si usted no tiene pues ahí viene el otro pero siéntese y mire lo que me pasó que día pero no se vaya que apenas estamos comenzando... 

Malparidez cósmica: No me miren, no me hablen, no me respiren cerca, no me frieguen con J, no me sirvan eso, no me pidan aquello, no me entreguen regalos, no me den buenas noticias, no me hablen del clima, no me pidan plata, no me presten plata, no, no, ¡Que no! 

Locha: Tres frases clave. Primera: No todo en la vida es trabajo. Segunda: ¿Hay afán? y tercera: Dejemos eso para mañana. 

Llevado: Salimos tarde, el bus no para, los carros nos salpican, el jefe regaña, el profesor raja, la novia (o) no nos habla, la mamá reprocha, el almuerzo sale salado, el computador se traba, la herramienta se parte, el viento se lleva los papeles, desaparecen las llaves y... puede empeorar. 

 Yeyo: Es, como le diría, cuando uno, este, se siente, está, como qué, veamos, mejor dicho...es que tengo yeyo.

martes, 12 de septiembre de 2017

El insulto perfecto

Es un hecho. Esa era la palabra. Esa es "la" palabra.

Se trata del sonido. Suena exactamente a “eso”.

Quien la escucha siente claramente la intención ofensiva de parte de la persona que la pronuncia, así el asunto no sea con él (el oyente).

Alguien, en alguna parte, tiene el mérito y los derechos de autor.

La idea tal vez no es original. Utilizar el nombre de una enfermedad para insultar.

Hay variantes clásicas. “ese tipo es un cáncer", por ejemplo.

Pero seamos honestos, cáncer es una ofensa elitista. Y hasta filosófica. Demanda una breve reflexión antes de sentirse injuriado.

Otras dolencias, más allá de su gravedad, definitivamente no tienen la sonoridad para clasificar como insulto.

O que tal interpelar a alguien con “usted es mucha hepatitis”.

O “usted es mucha fractura”.

O “grandísimo diabetes no se meta conmigo”.

Tampoco funciona en automático con las ETS (enfermedades de transmisión sexual).

“Venga y me lo dice en la cara, sífilis”… no convence.

Incluso la más temible de todas requiere contexto. Si a alguien le gritan ¡Sida! ¿Se sentirá injuriado? Talvez si le dicen “Acaba más que un sida”, o “es más dañino que el sida”.

Y ni hablar de la denominación científica y políticamente correcta de VIH. Imaginemos esto “¡No sea tan VIH!”.

En cambio, el nombre de esa enfermedad en particular es perfecto para efectos ofensivos.

Es más, combina con otros términos tradicionalmente utilizados con ese fin, incluyendo aquel aclamado universalmente como “la grande”.

Nos referimos, como no, a aquella cuya sigla corresponde en el mundo de la física a la potencia medida en caballos de fuerza.

Al unirla con la palabra que nos convoca, el resultado es casi musical. Tal vez musical al estilo de un rock pesado y discordante, pero musical, al fin y al cabo. 

No tengo idea de qué se necesita para ser Académico de la Lengua. Pero si es por aportes al lenguaje, postulo al que tuvo la idea.

O mejor, al que lo hizo por primera vez, porque existe una razonable posibilidad de que no haya sido un proceso, sino el resultado de un momento de efervescencia y calor.

Especulo que en un ambiente agresivo, movido por la rabia del momento, nuestro académico por méritos simplemente lo hizo.

Convirtió en insulto la que hasta ese día era solo una enfermedad contagiosa de origen bacteriano, que se transmite por vía sexual y se caracteriza por un flujo purulento de la vagina o de la uretra.

El insulto perfecto, sonoro, ofensivo, poderoso.

Esa era la palabra. Esa es la palabra.

O quien no se va a sentir injuriado cuando le dicen “gonorrea”.

jueves, 6 de abril de 2017

Yo pregunto, yo contesto

El periodista de turno habla con su fuente sobre cómo controlar el peso con una dieta basada en frutas y verduras. Si el entrevistado es un experto, por ejemplo un nutricionista, las preguntas serían algo así como esto: ¿Qué ventajas tiene para la salud restringir el consumo de harinas y aumentar el de frutas y verduras?  ¿Cuáles son las frutas y verduras más saludables?

Las preguntas parten del principio de que esta dieta es ideal. Pero a veces el interpelado se sale del libreto. Por ejemplo señala que estudios recientes cuestionan la tradicional satanización al consumo de grasas y harinas. Lo que podría esperarse es que ante la modificación en la idea original, la entrevista tome otro rumbo.

Pues no.

Aquí nos referimos a un estilo particular de periodismo. Aquel en el cual el periodista hace entrevistas donde la única respuesta que le sirve es la que él espera. En la que se dedica a manipular, acosar o silenciar a la fuente hasta que ella diga lo que él comunicador espera escuchar. Yo lo llamo periodismo de autoafirmación.

Aparece en cualquier área. En la cultura. Los reporteros altamente especializados montan sus entrevistas en un código casi que críptico, que solamente entienden él, la fuente y un selecto grupo de personas, todos intelectualmente privilegiados.

Así, en vez de simplemente consultar a un escritor sobre sus influencias, el entrevistador da la obra, el autor, la página y el párrafo de donde su entrevistado “sacó“ la idea. La cosa suena prepotente, pero es aceptable. El lío viene cuando el entrevistado niega la influencia. Vendrá una catarata de preguntas repletas de referencias para demostrar que él (el escritor) sí tiene esas influencias, aunque él (sí, el escritor) no lo sabía.

Otro escenario es cuando la fuente debe responder por algún hecho ilegal o inmoral.  Hasta ahí todo bien: los personajes  públicos y no tan públicos deben dar su versión de hechos que afecten a la sociedad. Pero en el periodismo de autoafirmación, la fuente está condenada de antemano y la entrevista solo sirve si hay un “mea  culpa”. Es una sucesión interminable de ataques disfrazados, camuflados como preguntas. Solo terminará cuando la fuente “confiese” o corte la conversación.

Este estilo no es novedoso. Mi memoria ubica ejemplos en transmisiones radiales de fútbol del siglo pasado. Era costumbre buscar a los protagonistas y hacerles preguntas relacionadas con su desempeño.  Con “diálogos” como los siguientes.

Periodista: Felicitaciones por la forma en que engañó al defensa.  Usted permaneció agazapado detrás y solo corrió para desmarcarse cuando presintió que venía el centro, lo que le permitió elevarse y cabecear para anotar el primer gol.
Futbolista. Sí, fue un bonito gol.
Periodista: ¿Y ahora qué viene? El próximo partido es fundamental para las aspiraciones de su equipo. Una victoria los pondría a las puertas de la clasificación pero una derrota los llevaría a una situación comprometida.
Futbolista: Hay que seguir trabajando... 

jueves, 23 de febrero de 2017

Contáctelo …si puede

Ese personaje tiene múltiples opciones de contacto. Domicilio, lugar de trabajo, correo electrónico, teléfono fijo, teléfono celular, redes sociales. Así que conversar con él parece una actividad sencilla de esas que no demanda más tiempo del estrictamente necesario.

Falso.

Comencemos porque es un tipo ocupado, de esos que desaparecen de su casa antes de que salga el Sol y regresan cerca de la medianoche. No lo ven sus parientes cercanos, menos podrá verlo usted. Queda el lugar de trabajo, fortaleza inexpugnable con acceso restringido mediante tecnología de vanguardia (huella y tarjeta magnética); o sistema tradicional de vigilante bravo y recepcionista de aquí sin cita no pasa nadie. Y usted, claro, no tiene cita.

Tranquilo. Hoy en día las múltiples alternativas tecnológicas facilitan comunicarse con cualquiera, no importa lo lejos o aislado que esté.

Otra mentira.

Explico. La gente contestaba el teléfono fijo. Pero como ahora tiene celular, ya no. En el mejor de los casos tienen un contestador automático que nunca revisan. Porque para eso es el celular. Ese que tampoco contestan porque para eso son los mensajes de texto, esos que tampoco miran porque para eso es el whats app. Pero antes de profundizar en esta revolucionaria herramienta de incomunicación, veamos otras opciones.

La posibilidad de enterarse quien llama al celular permite al receptor abstenerse de recibir  (léase contestar) a menos que el que quiera ser recibido sea de entera confianza. El correo electrónico ya no se consulta porque para eso es el whats app. Las redes sociales apenas justifican un paso fugaz, donde solo se mira el video curioso, el meme, la foto del conocido y las solicitudes de contacto que se rechazan o aceptan en automático. Y los mensajes. ¿Cuáles mensajes?

Entonces todos los caminos conducen a whats app. Ese mundo perfecto en el que todos tienen acceso a todos en la palma de la mano, y donde dos chulitos son la afirmación incuestionable de que el destinatario lo miró.

¿Y?

Lo miró no significa que lo leyó, no significa que le importó, no significa que lo entendió y, lo más importante, no significa que lo contestará. Así que por ahí, tampoco.

Pero tranquilo. Todavía queda una opción. Demanda paciencia y algo de investigación. Todos tienen que estar en alguna parte en algún momento. Y usted puede estar ahí en ese momento. Cuando vea al personaje, grite. Lo más duro que pueda. El sujeto por lo menos volteará. Y tal vez le haga algún caso. Ojos y oídos, la última esperanza del incomunicado.

jueves, 9 de febrero de 2017

Punto de información

El amigo Alfonso está condenado al movimiento. Y en lo posible irregular. Es decir en zig zag, como quien evade obstáculos o, en su caso particular, individuos. E individuas. Sujetos y sujetas, porque si permanece quieto por más de cinco segundos en cualquier lugar, o camina más de 50 metros en línea recta alguien le va a preguntar.

 ¿Preguntar qué? Indicaciones geográficas. Por razones que escapan a la comprensión del individuo, el mundo parece convencido de que él lo sabe todo, por los menos en materia de direcciones. Y de rutas. Y de ubicaciones específicas dentro de edificaciones varias con acceso libre al público. 

Entonces cuando permanece quieto en una estación de buses o de trenes o de aviones será constantemente interrogado sobre horarios, rutas, salidas, entradas, llegadas y servicios. Así su indumentaria en nada se parezca a la de un piloto, vigilante, conductor o despachador. Ni mucho menos –por razones absolutamente obvias– a la de una azafata o informadora. Por eso ya descartó la primera posible explicación: la ropa no es.

 Tampoco la cara. Su rostro no es el de un funcionario al servicio de una empresa de transporte encargado de la orientación al público, que pese a recibir apenas un salario mínimo asume con generosidad, pasión y entusiasmo su valiosa labor. Mejor dicho, cara de pobre no tiene. Tampoco de buena persona. Es más, en determinados contextos la gente le guarda cierta distancia. A menos, por supuesto, que requieran alguna información.

 El hombre porta una pinta de cachaco incuestionable. Su piel es blanca como la leche y cada pigmento grita su origen paramuno, pero en tierra cliente, –léase costas, rivera de río o piso térmico bajo– es constantemente interceptado por personas interesadas en ubicaciones de hoteles, sitios turísticos, restaurantes, balnearios, piscinas o en la forma más rápida y económica de llegar al mar. Ese mar que el aún no ha tenido la oportunidad de visitar.

 Le ha pasado tantas veces, en tantos escenarios, que ya ni siquiera se extraña. Mucho menos cuando muy educadamente confiesa su ignorancia sobre el dato consultado. Lo que ocurre entonces es que su interlocutor, en vez de dar las gracias e irse, se queda esperando. ¿Esperando que? Alfonso no tiene idea. Es como si el interrogador se negara a aceptar que el hombre no sabe la respuesta, y que algún extraño milagro o fuerza de la naturaleza lo llenará de sabiduría para absolverle sus dudas. Lo cual, por supuesto, nunca pasa.

 Al hombre le da hasta pena desilusionar tanta gente a diario, así que siempre intenta, por lo menos, orientarlos hacia alguien que sí pueda satisfacer los requerimientos. Lo curioso es que cuando se pasan al policía, al vigilante o al orientador, inevitablemente lo señalan en la distancia diciendo –Alfonso imagina– “él me mando a hablar con usted”. O algo así.

 A estas alturas Alfonso ya reconoció que ese es el punto. O mejor, que él es el punto. El punto de información.

martes, 17 de enero de 2017

Trampas al ego

Hace 35 mil años, el jefe de un clan de neandertales partió de madrugada con los machos adultos de su grupo en busca de comida. Finalmente divisaron un mamut. Aplicando la experiencia acumulada por él, por sus padres y por sus abuelos, ordenó a sus acompañantes que hicieran lo que había que hacer. 

Resulta que uno de los cazadores estaba interesado en aparearse con las hijas del jefe. Este cavernícola no era particularmente apto para la lucha con otros aspirantes a la misma hembra, método de conquista en boga por aquellos tiempos. Sabía que la única forma de evitar la pelea era que el padre lo escogiera directamente.  Eso lo motivó a decirle “uga, magagaga, gun”.

Traduce algo así como “buena forma de cazar mamut”. Ignoramos lo que pasó después. No sabemos si el comunicativo neandertal pudo reubicarse en la cueva junto con la familia del jefe y si alguno de los que andan –andamos– hoy por ahí descendemos de la hija del líder y este inventor. Sí. Inventor. El inventor de las trampas al ego.

Corresponde al individuo en mención la patente de una estrategia que se mantenido hasta nuestros días. Se trata de soltarle a alguien, en momento y lugar oportuno, una frase o expresión destinada a hacerle sentir más. Más inteligente, más sabio, más sagaz, más productivo, más competente y, lo más importante, más dispuesto a colaborar cuando sea necesario.

Las aplicaciones modernas abarcan cualquier actividad. El entrevistado que le dice al periodista “muy interesante su pregunta”. El empresario que le suelta a un subalterno de cuya existencia se enteró cinco minutos atrás un “su trabajo es muy importante para esta empresa”. El vendedor que incluye en su discurso frente al cliente potencial un “este producto es solo para gente como usted, no para todos”. El estudiante que le “reconoce” a su profesor que “con usted sí aprendo”. Las alternativas son múltiples. Es más, ni siquiera requieren hablar. A veces basta con un gesto de aprobación o una humhumneada para que el interlocutor sienta que acaba de decir algo histórico.

Aplican algunas reglas. El elogio debe ser aparentemente gratuito. No sirve si se hace en un escenario de evaluación. Es tan importante que parezca espontáneo como que no lo sea. No es un reconocimiento sincero. Es un aplauso interesado. Y fríamente calculado

Esto saca de la lista al lambón instintivo, ese que se arrodilla frente a la autoridad y se deshace en elogios frente a cualquiera que tenga más poder que él. Entre otras razones porque se trata de un personaje fácilmente detectable y hasta incómodo. Pero el elogiador profesional es estratégico, sabe exactamente cuándo y cómo soltar su piropo intelectual.

Y, seamos honestos, todos caemos. El departamento de egos del ser humano es uno de los más fácilmente manipulables. Básicamente porque lo que dicen es aquello que cada uno de nosotros tiene como una verdad absoluta en alguna parte de su personalidad. Que somos mejores en algo, y que no hay nada malo en que alguien lo reconozca de vez en cuando.

El elogiador lo sabe. Sabe que se trata de sembrar simpatías en el destinatario con el fin de cosechar algún día. ¿Cosechar qué? Lista larga que va desde tratamientos benignos  hasta algún favor particular. O impresionar a un tercero. O ganar tiempo. O preferencia a la hora de escoger un compañero para la hija en versión neandertal. Ahora que lo pienso, creo que sí funcionó.

martes, 20 de diciembre de 2016

Reciclaje triunfalista

Ahora que Santa Fe obtuvo su novena estrella los hinchas del rojo expresan (expresamos) nuestra alegría de diferentes maneras. Proliferan en las redes sociales los mensajes conmemorativos. El que transcribo al final de esta nota sería uno más si no fuera porque algún cable se cruzó y el autor terminó subiendo, además del texto final, el borrador y las correcciones previas. Y todo parece indicar que la nota inicial había sido preparada para otro triunfo que, finalmente, no se dio. Juzguen ustedes.

(¿Borrador?) “Hemos triunfado. La voluntad popular del pueblo colombiano abrió la puerta a un nuevo país que construiremos entre todos. Aprovecho esta tribuna para convocar a todos los colombianos sin distingo de edad, género, ideología o raza a unirnos en una sola expresión con el fin de trabajar juntos para dejarle un mejor país a nuestros hijos.  Es para ellos, para las futuras generaciones que se ha firmado este acuerdo, ratificado en las urnas. Es momento de dejar atrás los rencores y diferencias levantados a lo largo de esta campaña. El reto apenas empieza. Lo que viene de ahora en adelante es un desafío histórico. Múltiples escenarios esperan para hacer realidad ese sueño tantas veces aplazado de tener un país en paz. Adelante Colombia. No exageramos al decir que la victoria del Sí en el plebiscito es la puerta de entrada al futuro de nuestra Nación”
…..
(¿Correcciones?) Hemos triunfado. La voluntad popular (cambiar esto por la disciplina, constancia y tesón) del pueblo colombiano (cambiar por  jugadores y cuerpo técnico) abrió la puerta a un nuevo país que construiremos entre todos (cambiar por para sumar un título a  la histórica galería de nuestro equipo)

Aprovecho esta tribuna para convocar a todos los colombianos (cambiar por santafereños), sin distingo de edad, género, ideología o raza a unirnos en una sola expresión con el fin de trabajar (cambiar por celebrar)  juntos para dejarle un mejor país (cambiar por gran recuerdo) a nuestros hijos.  Es para ellos, para las futuras generaciones (cambiar por los sufridos hinchas rojos) que se ha firmado este acuerdo, (cambiar por se ha logrado este triunfo) ratificado en las urnas (cambiar por las canchas)

Es momento de dejar atrás los rencores y diferencias (cambiar por momentos difíciles) levantados (cambiar por presentados) a lo largo de esta campaña. (agregar lo importante es que somos  campeones)

El reto apenas empieza. Lo que viene de ahora en adelante es un desafío histórico Múltiples escenarios (agregar deportivos) esperan para hacer realidad (cambiar por ratificar frente a otros oncenos) ese sueño (cambiar por el triunfo alcanzado) tantas veces aplazado de tener un país en paz (cambiar por y llevar la grandeza futbolística del león más allá de las fronteras). Adelante Colombia (cambiar por Santa Fe). No exageramos al decir que la victoria del sí en el plebiscito (cambiar por la novena estrella) es la puerta de entrada al futuro de nuestra nación (cambiar por a mayores glorias en las canchas de Colombia y el mundo). (Agregar Dale  Rojo, te amamos con todo el corazón)
………….

(¿Final?) Hemos triunfado. La disciplina, constancia y tesón de jugadores y cuerpo técnico abrió la puerta para sumar un título a la histórica galería de nuestro equipo.

Aprovecho esta tribuna para convocar a todos los santafereños, sin distingo de edad, género, ideología o raza a unirnos en una sola expresión con el fin de celebrar juntos para dejarle un gran recuerdo a nuestros hijos  Es para ellos, para los sufridos hinchas rojos, que se ha logrado este triunfo, ratificado en las canchas.

Es momento de dejar atrás los momentos difíciles presentados a lo largo de esta campaña. Lo importante es que somos  campeones.  El reto apenas empieza. Lo que viene de ahora en adelante es un desafío histórico. Múltiples escenarios deportivos esperan para ratificar frente a otros oncenos el triunfo alcanzado y llevar la grandeza futbolística del león más allá de las fronteras.

Adelante Santa Fe. No exageramos al decir que la novena estrella es la puerta de entrada a mayores glorias en las canchas de Colombia y el mundo. Dale  Rojo, te amamos con todo el corazón.

martes, 13 de diciembre de 2016

Manual para echar piropos

Las noticias llegan de diversas partes del mundo. Decisiones locales por  medio de las cuales eso de echar piropos pasa de práctica cotidiana a delito. O contravención, si se trata de meterle precisión jurídica al tema. El asunto es que elogiar el aspecto físico de otro puede terminar en multa y hasta en cárcel.

El argumento de quienes promueven las iniciativas es que se trata de una agresión. Y  algunos comentarios callejeros que parecen un diagnóstico de gineco-obstetricia en términos para nada científicos confirman esta visión. Pero también existen los que involucran contextos como botánica (flores), cromatismo oftalmológico (color de ojos), analogías varias y relaciones forzadas entre el color blanco y los ángeles caídos.

Cuando un piropo se basa en la cruda descripción de alguna parte del cuerpo y sus posibles usos, los calificativos de agresivo, censurable, insultante y ofensivo le calzan a la perfección (al piropo). Y cuando se trata de una descripción poética que enfatiza la belleza de un rostro… también, por lo menos para algunas personas.

Ese es el problema. El ingrediente subjetivo. Siempre existe la posibilidad de que la más inocente de las expresiones resulte ofensiva o intimidante para alguien. Por eso –más allá de lo que diga la ley– la lógica invita a abstenerse, o por lo menos aplicar la siguiente lista de verificación antes de destacar verbalmente el aspecto físico de alguien.

Y nos hemos demorado en decir que si bien en teoría aquí no hay diferencia de género, la verdad es que las principales víctimas de los piropos inadecuados son ellas, razón por la cual el sujeto receptor pasa a ser, a partir de este momento, la sujeta.

1.- Jamás, nunca, never, piropee a una desconocida, o a alguien que acaba de conocer.

2.- Mantenga la distancia dentro de un margen mínimo de seguridad que haga imposible el contacto físico. Barreras artificiales como pared de cubículo, escritorio o máquina fileteadora son un valor agregado.

3.- Antes de hacer el respectivo comentario, solicite de la destinataria una aprobación –escrita– de una lista de palabras. Dicha aprobación debe certificar que los términos no implican propuestas inadecuadas y de las otras, afirmaciones políticamente incorrectas, invasión de la privacidad, mensajes disonantes y discriminación con motivo de género.

4.- Asegúrese de que haya testigos, cámaras o grabadoras para garantizar evidencia  cierta durante el inevitable proceso judicial, administrativo y fiscal.

5.- Disponga de un traductor simultáneo que debe activarse de acuerdo con la cara de la receptora. En caso de que esta insinúe el más mínimo sentimiento de disgusto o consternación ante el piropo, el traductor deberá explicar, palabra por palabra, la connotación, objetivos y significado de las mismas.

6.- Asegúrese de que su lenguaje no verbal sea completamente aséptico. Es decir que el movimiento del resto de su cuerpo y la expresión de su cara expresen lo que expresarían al pagar un recibo de servicios públicos, al comprar un repuesto de plomería o al amarrarse los cordones de los zapatos.

7.- Si pese a todas las advertencias y observaciones anteriores, usted considera inevitable mencionar como la sonrisa de esa vecina que ve todos los días en el ascensor alegra su día puede hacerlo, siempre y cuando cumpla con la siguiente condición: ni ella, ni nadie, debe enterarse de que usted dijo eso… jamás. 

jueves, 24 de noviembre de 2016

Vete de aquí, perro criollo colombiano

Aclaremos, aquí no estamos hablando de eso que llaman políticamente correcto. Tampoco vamos a aportar elementos para esa discusión medio esotérica sobre las intenciones subyacentes del lenguaje. Ese problema se lo dejamos a los filólogos, los psicólogos, los sociólogos, los activistas y los desocupados.

Aquí también somos desocupados, pero de los otros. De los que pasamos por cierta cantidad de años y nos damos cuenta de que algunas actividades, objetos, seres vivos, cualidades o condiciones ya no se llaman así. Lo bueno es que da tema para las amilcaradas, como hicimos con ciclas y bicis, o con tintos y otras bebidas calientes.

Por ejemplo, siempre han existido perros cuyo árbol genealógico combina tantas razas que es sencillamente imposible clasificarlos en alguna. No se necesita ser un experto, solo hay que mirar ese aspecto donde la cara es de gran danés con peluqueado de french pooddle; las piernas de pastor alemán con un toque de pequinés: el cuerpo alargado como de salchicha con un lomo que evoca un rothweiller;  y el color en algún punto entre cenizo y beige con motitas. Pero como aquí no hablamos de etología sino de  lenguaje, estos caninos eran los gozques.  El gozque de la calle, el gozque del taller, el gozque que nació de la perra del vecino (o de la perra propiedad de la vecina, con esa aclaración en la redacción para evitar confusiones) y que por negocio o donación terminó integrado a  nuestra familia.

El gozque no es el único residente en el mundo de los caninos a prueba de clasificación. Lo acompaña el perro criollo colombiano. Este también es el resultado de una larga mezcla de razas en circunstancias no siempre aptas para menores de edad. Este también pulula por calles y hogares. Este también tiene una larga historia que a veces lo deja bien parado frente a homólogos con más pedigrí. También le ha tocado ser el malo de la película. Ha sido héroe o villano, como salvador entrenado o improvisado, o como transmisor de enfermedades. Y este también parece un gozque. O mejor,  los gozques parecen perros criollos colombianos.

Es decir, que si se ve como gozque, suena como gozque y camina como gozque… es  un perro criollo colombiano. Pero no parece aceptable llamar gozque al gozque. Supongo que se pueden ofender. La palabra no es adecuada para escenarios cultos. O es difícil de insertar en el mundo globalizado.

O simplemente es uno más de esos términos que por criterios basados en la moda, la influencia extranjera, el esnobismo o la vergüenza de aceptar lo que somos se cambian sin  ninguna necesidad.

Así fue como los fracasados se volvieron perdedores (traducción del anglicismo loosers); en los hoteles la gente dejó de registrarse para hacer check in, las historietas pasaron a llamarse cómics; la gente ya no divulga temas sino que los socializa y cuestiones como estas se volvieron adecuadas para organizar conversatorios.

Por si las moscas, le sugiero prepararse. La próxima vez que un can de los mencionados  lo importune en la calle, no se le ocurra decirle “chite gozque”. No señor, hay que decirle: “Vete de aquí, perro criollo colombiano”.

martes, 22 de noviembre de 2016

Tómese uno de esos

En Colombia, en su casa y en la mía, a ese café que uno se bebe en la mañana y a lo largo del día se le llama tinto. Lo mismo pasa en las cafeterías, los espacios laborales, las tiendas y las panaderías. Eso es lo que vende el señor o la señora de los termos. Eso es lo que por tradición le ofrecen a uno cada vez que atraviesa una puerta.  El que no se le niega a nadie: ¿Se toma un tintico?

Solo por dármelas de historiador, economista y sociólogo voy a recordar que Colombia tiene una larga tradición de cultivo, exportación y consumo interno de café. Pero un día la bebida se subió de estrato. Empezaron a venderla en tiendas elegantes. Con variantes  medio exóticas. Y caras. Muy caras. Esos negocios ofrecen múltiples variedades o preparados alrededor de nuestro grano nacional. Con nombres para cada uno. Muy creativos algunos. Entre esa enorme oferta comercial, faltan dos opciones. No hay tinto. No hay café con leche.

Hagan la prueba. Acuda a una de esas cafeterías donde venden café pero no se llaman cafeterías sino tiendas o cafés o “coffee bar”. Mientras reflexiona sobre el anterior trabalenguas, mire el menú. Sí, tienen menú. Impreso y plastificado, como aviso sobre la zona de despacho o –tendencia reciente– escrito con tiza de colores sobre un tablero o pared. Como tablero de restaurante pero con toque alternativo para cazar intelectuales.

Dos nombres brillarán… por su ausencia. Por mucho, a veces, estarán entre paréntesis, a manera de explicación. Con letra pequeña, como con vergüenza. Me refiero al tinto y al café con leche. Al primero le dirán americano, tradicional, café negro, expresso y al que combina con lácteo  “latte”.  Y lo más simpático del asunto es que uno pide un tinto o un café con leche y el despachador entiende. Pero por escrito no puede quedar. Da como pena. La pregunta es: ¿pena con quien?

Está bien. Quien quita que algún día el local que los cuatro amigos montaron cerca a una universidad se vuelva multinacional. O el caso contrario, siempre existe la posibilidad de que un turista se descache y aterrice en algún negocio de esos. Por eso es que el producto debe tener una denominación “internacional”. O algo así.

Contraataque

El asunto iba cogiendo cara de otra derrota cultural por cuenta de la globalización. Pero en una tienda de barrio revivió la esperanza. Estos negocios solían tener su greca. Las empresas grandes les han ofrecido una opción. Una máquina en comodato –como los enfriadores de las gaseosas o las neveras de las empresas de lácteos y embutidos–. La máquina, debidamente identificada con propósitos publicitarios,  prepara diferentes opciones de café y otras bebidas calientes.

Su diseño es sencillo y su operación también. Solo se aprieta un botón, que tiene a su lado el nombre de la bebida. Terminología  internacional, por supuesto. El aparato forma parte de una familia que incluye modelos con autoservicio.

En el que vi en la primera y luego en muchas tiendas, así como en otros negocios, los nombres rebuscados desaparecieron.¿Cambios en el diseño? ¿Nacionalismo corporativo?

No. Letreros hechos a mano y fijados con cinta pegante sobre lo preimpreso en el artefacto. Artesanal, si se quiere. Pero práctico.  El tinto se llama tinto. El café con leche, café con leche. Tómese uno de esos. Sin pena. Se llaman así.