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miércoles, 25 de marzo de 2026

Teoría de la memoria inútil

Algunos psicólogos hablan de tres tipos de memoria: implícita, explícita y funcional. Como un aporte a sus investigaciones planteamos otra categoría, ausente de la literatura científica pero presente en muchos de nosotros; la memoria inútil.

Me explico. El 8 de enero de 1976 tomé gaseosa en una tienda. Mi mente, como una película, proyecta ese instante con todo detalle. Las características del negocio, la niña que me atendió, la forma como sacó la bebida para destaparla y alcanzármela. La pregunta de si quería pitillo. Mi negativa. La mano tomando la botella y llevándola a la boca. Fin.

Ustedes se preguntarán qué tuvo de especial esa bebida para engrosar mis evocaciones personales. ¿Fue acaso la primera vez? ¿Había algo singular en esa tienda? ¿Esa niña detrás de la vitrina era la primera imagen de mujer en un corazón de niño?

La respuesta es de un prosaico deprimente. No. Era sólo un adolescente tomando gaseosa. A eso se refiere la memoria inútil. En el disco duro, además de momentos trascendentales, alegres, tristes o especialmente complejos, archivamos, con alta fidelidad, momentos total, incuestionable y realmente insulsos.

Viajamos mentalmente a la mañana lluviosa en la que teníamos pereza de ponernos las medias. Al enviar un saludo navideño a un viejo ex compañero lo vemos a nuestro lado en un examen de historia donde no pasó nada raro. 

Recordamos esa viejita que pasó frente a nosotros una tarde de julio a principios de los noventa (esa que jamás volvió a cruzarse en nuestro camino). Podemos describir el almuerzo que tuvimos algún día de 1985 (carne, papa, garbanzo, arroz, leche y bocadillo) o la forma como estábamos vestidos en una jornada típica de 1990. 

Visualizamos con claridad el segundo segmento después de comerciales de un capítulo de El Hombre Nuclear, aunque a estas alturas del partido ni sabemos, ni nos importa, cómo comenzó o terminó ese programa. 

Del incontable número de canciones publicitarias que han pasado por la vida hay dos o tres que tarareamos de vez en cuando, aunque corresponden a productos que jamás consumimos y actualmente ni siquiera existen.

Situaciones, personas, lugares, hechos, sonidos que en nada definieron lo que somos hoy en día, están ocupando neuronas. 

Es como un texto insulso, inútil, que nada le aporta al lector, aunque tampoco le hace daño y a veces le arranca una sonrisa. 

Esos recuerdos son algo así como… como las Amilcaradas.

Corte final a comerciales. Superamos las 50 mil visitas. Informes aquí.


miércoles, 3 de septiembre de 2025

Choque cultural contra un búnker de confort

Mire doctor, la verdad yo nunca pensé que iba a tener que consultar a un profesional como usted. Pero los nervios, el estrés, la angustia constante. Usted sabe. No entiendo. No sé cómo hacen que esto funcione. Sí, yo sé que yo no soy de aquí, que no se puede pretender que el trabajo, el estudio, la vida sea igual en todas partes. Pero es que no, no, no puede ser tan diferente.

Me avisaron. Hay que ser justos. Cuando salió la oferta unos conocidos me lo dijeron. Muy bueno, pero ojo. Eso es otro mundo. Debe ser el mar. Algo en las enormes extensiones de agua ralentiza la existencia. No solo con los océanos, pasa hasta con los ríos. Bueno, con los ríos grandotes. El ritmo de vida es otro. Yo pensé que lo entendía. Hasta me preparé mentalmente. Pero una cosa es la teoría y otra la práctica.

Mire, yo soy eficiente y efectivo. Llevo años perfeccionando estrategias para optimizar el uso de cada segundo. Creo y aplico eso de metas claras, objetivos exigentes pero razonables y, sobre todo,  resultados tangibles y oportunos. Salir constantemente de la zona de confort es mi derrotero laboral y mi filosofía de vida. Vengo de un sitio donde funciona así. Entonces llegó a esta ciudad a orillas del mar. A trabajar con esta gente. Todos agradables, educados, respetuosos, simpáticos. Todos muy tranquilos. Tranquilos, esa es la palabra. Pase lo que pase no se inmutan. No se aceleran. No se molestan. No se angustian.

Es todos los días doctor. ¿Qué pasó con el informe? No está listo. Como así que no está listo. Mañana o pasado mañana jefe. Lo estamos haciendo jefe, tranquilo. La primera vez quedé desconcertado. La segunda pedí una explicación. Lo estamos haciendo jefe, tranquilo. La tercera me molesté de verdad y subí el tono de voz. Lo estamos haciendo jefe, tranquilo. La cuarta amenacé con represalias. Lo estamos haciendo jefe, tranquilo. La quinta acudí a mi superior. Seguro lo están haciendo, tú tranquilo.

Así es con todo. Nada de lo que se necesita llega el día o a la hora que es. Lo interno va a paso de tortuga. Pero en cambio lo externo también. Los proveedores incumplen. Llamo a hacer el reclamo. Tranquilo. Eso se le despacha. En el banco no responden. Ni sí, ni no. Tranquilo, eso está en trámite. Con el gobierno pasan horas, días, semanas y la respuesta no cambia. Aquí tenemos tu caso. Tranquilo.

Y sabe qué doctor, no es solo lo laboral. Es en todo. Va uno de compras y nadie lo atiende. Cuando finalmente alguien presta atención hay que asegurarse de pedir con todo el detalle posible el producto. Llegamos a casa, abrimos el paquete y en vez de la olla nos empacaron un juego de vasos. Volvemos. Tranquilo, aquí te lo cambiamos. Nos empacan un juego de cubiertos. Retornamos airados y soltamos una diatriba sobre servicio al cliente. Sin mosquearse en lo más mínimo el personal de atención pregunta. ¿Y qué es lo que necesitas que te venda?

Contratamos un servicio de jardinería y arreglan el del vecino. Vamos a un restaurante y el mesero o mesera, sin perder jamás la sonrisa, nos trae algo que no pedimos. Llevamos un electrodoméstico al técnico. Se demora más de lo anunciado. Bueno, eso pasa en todas partes. Pero... ¿porque tengo que recordarle en cada visita cuál es el aparato que yo llevé y cuál es el daño?

Sí, los resultados finalmente llegan, Pero creame doctor, yo ya no soporto vivir en incertidumbre permanente. Mis nervios están a punto de reventar. Mi pareja en cambio se lo toma con calma. Mis hijos también. Yo no quiero afectar a mi familia y por eso averigüé por asesoría profesional. Aquí estoy doctor. Dígame. Usted que sabe. Usted que entiende. ¿Qué hago?

— Oye. Me distraje y solo escuché la primera parte. Pero tú tranquilo. ¿Cuál es el problema que tienes? 

miércoles, 11 de junio de 2025

Alba se siente excluida

Alba acepta que a veces tiende a sobredimensionar comportamientos ajenos. Pero boba no es y sabe reconocer cuando algo raro pasa. De un tiempo para acá viene notando cambios en el personal joven con quienes comparte espacio laboral. ¿O se lo estará imaginando?

El combo menor de 30 años es, por cierto, mayoría en la empresa. No hay uno solo que haya ingresado simultáneamente o antes de Alba. Eso no había sido problema para una agradable convivencia hasta que ella empezó a percatarse o, mejor, a sentir eso que llaman mala vibra en el ambiente. 

Comenzó con el saludo. Ella siempre es la primera en llegar a la oficina. Prácticamente todo el mundo le da los buenos días. Eso no cambió. Tampoco las palabras ni la frecuencia... Pero había algo en el tono. O mejor, en el tonito. Del genuino interés se pasó a sentir una mera y casi que forzada cortesía. ¿O se lo estaba imaginando? Luego vino esa extraña sensación de ser el tema de diálogos ajenas. El silencio repentino cuando llegaba al grupo que conversaba. Los cuchicheos a la distancia donde por alguna razón se sentía observada e incluso señalada. ¿O se lo estaba imaginando? 

La situación llegó a algún punto entre exclusión social, me estoy inventando pendejadas y un cuadro psiquiátrico de paranoia. Una cuarta opción fue el consejo de una amiga (con prejuicio incluido). “Esos jóvenes de ahora se ofenden por todo. ¿Será que usted hizo o dijo algo que los incomodó? Piense a ver”. 

En principio, la alternativa no convenció del todo a nuestra protagonista. Pero un día llegó a trabajar y el resto de la gente... no llegó. Aparecieron mucho después. Muy cortésmente le explicaron que, la noche anterior, habían organizado un encuentro en otro lugar para festejar algo. Y sí, la habían llamado.

Verificó en su teléfono. Efectivamente aparecía la comunicación, poco antes de la medianoche, cuando Alba normalmente llevaba de dos a tres horas dormida. La reunión se coordinó por un grupo de mensajería electrónica. Ella todavía no estaba incluida, pero eso lo iban a solucionar de inmediato. Lo utilizaban (el grupo) para tratar temas tanto laborales como sociales, sobre todo en altas horas de la noche.

Esas palabras dispararon la epifanía. ¡Claro. Eso es! Semanas antes, durante un receso laboral alrededor del café, las y los jóvenes contertulios se despacharon contra lo que ellos calificaban de anacrónica costumbre. Madrugar.  Citaron investigaciones que relacionaban incrementos en la productividad y la eficiencia con aplazamientos en la hora de inicio de la jornada laboral. Mencionaron un proyecto de ley para que los colegios comenzaran sus actividades más tarde. Alguno criticó una cultura que romantiza levantarse al amanecer, en detrimento de acostarse tarde y dormir hasta ídem, sin ninguna base científica.

Cuando a Alba le preguntaron su opinión, ella hizo algo que en tiempos actuales es un comportamiento de alto riesgo: dijo lo que pensaba. Habló de un hábito madrugador inculcado desde la infancia. De productividad ligada a trabajar con la mente recién levantada y del ambiente silencioso y tranquilo que ofrece el amanecer. De la resiliencia de los niños. De que no todos funcionan igual en los mismos horarios.

Incluso intentó hacer un chiste con su nombre, Alba, porque el alba era su mejor momento.  El chiste no salió bien y sus comentarios tampoco. Y aunque nadie le cuestionó su punto de vista, se formaron dos bandos. Los levanta tarde y la madrugadora. Esa que, al no encajar en el pensamiento mayoritario, está siendo sutilmente dejada de lado.

Ahora es Alba, la excluida ¿O se lo estará imaginando?

miércoles, 17 de julio de 2024

Desde Rusia y China contra el estrés

Ese día la segunda de a bordo se la jugó y le dijo a Patricia, su jefa y amiga, que tenía que parar. Que esa obsesión por el trabajo 24/7, además de mandar el clima laboral a la porra, afectaba la vida personal de todo el mundo. Empezando por la de Patricia, quien ya no dormía, apenas comía (mal y a deshoras) y si duraba cinco minutos sin un proyecto, una estrategia y un plan de acción consideraba su vida inútil.

Aplicó estrategias corporativas. No le llevó al superior un problema, le llevó una solución. Taichi Chuan. Un arte marcial de origen chino que, a la vez, sirve como práctica de meditación, concentración mental y, sobre todo, relajación. La recomendación venía con cuatro alternativas de maestros, horarios y locaciones. La jefe terminó por comprar la idea y escogió un instructor que trabajaba en parques públicos.

Unos días antes, en otro lugar de  la ciudad, el médico miró a Montoya, miró los exámenes y se le puso serio. —Mire señor Montoya. Ya hemos hablado de esto. Usted tiene que hacer por lo menos un poco de ejercicio y realizar actividades que alejen su mente del trabajo. ¿Cómo va lo de conseguirse el perro?

El doctor había descubierto el relativo éxito de la compañía animal para tratar a los trabajomaniacos. Les daba algo diferente en que pensar, los obligaba a redistribuir sus energías y a realizar caminatas diarias. Pero Montoya ya tenía respuesta —Si yo compro un perro se va a morir de hambre porque no tengo ni el tiempo, ni la disposición de ocuparme de él.

El galeno no se iba a rendir tan fácil — Bueno, ¿y no conoce a nadie que tenga uno y necesite un paseador?

Aquí entra Trosky. El perro de esa vecina que generaba interés amoroso en Montoya. Un samoyedo (raza de origen ruso) blanco de 60 centímetros de alto y 35 kilos de peso. Parecía una especie de cruce entre oso polar y mamut. Pero la vecina y sus compañeras de apartamento lo habían criado como el consentido de la casa, así que más allá de su fuerza y tamaño era una mascota regalona, juguetona e inofensiva.

La oferta del vecino llegó en el momento justo, porque precisamente ese sábado no había quien sacara al animal a su paseo diario. La rutina incluía recorrer algunas calles, utilizar la bolsa plástica en caso de necesidad y nunca soltar la correa porque el can tendía a correr detrás de aquello que llamaba su atención.

Todo iba bien hasta que llegaron al parque. Trosky fijo su mirada en un pequeño grupo de personas, quienes realizaban movimientos lentos y coordinados. Una especie de karate o de kung fu pero en cámara lenta. Ese grupo donde Patricia se dejaba guiar por el maestro en una rutina tranquilizadora y relajante de ejercicios que, para lograr la concentración óptima, se complementaba con cerrar los ojos.

Lo que no fue para nada tranquilizador y relajante ocurrió al abrir los ojos y ver 35 kilos de perro peludo correr hacia ella —en plan lúdico,  pero en ese momento parecía un ataque— mientras arrastraban a un paseador quien gritaba, inútilmente, ¡quieto Trosky, quieto!

Patricia hizo un último esfuerzo por mantener la concentración, hasta que la bestia se paró en dos patas y apoyó las extremidades delanteras en la mujer. Montoya cayó al piso ante la inercia del frenazo inesperado. La agredida también fue víctima del fenómeno físico y terminó igualmente con su humanidad en el césped.

No sabemos como están hoy los problemas de estrés de los dos protagonistas humanos de esta historia. Pero superado el impacto inicial, y ya siendo claro que el perro solo quería jugar, ninguno de los dos pudo contener una relajante y, evidentemente, desestresante carcajada. 

miércoles, 27 de septiembre de 2023

Enemigos inanimados



La escena ocurre un domingo de ciclovía. Mujer y niño andan en sus respectivas bicicletas, cada una acorde al tamaño del usuario. Se presume que son madre e hijo. El niño intenta un giro, cae al piso y reacciona. Se levanta furioso y empieza a insultar y golpear la bicicleta. Casi todos los testigos ocasionales del hecho sonríen mientras la dama, en tono maternal, le dice algo así como “la bicicleta no tiene la culpa”.

El “casi” es un caballero, veterano él, al que llamaremos RMJ para proteger su identidad. También intenta sonreír pero el departamento de vergüenza propia lo detiene. Y es que RMJ carece de enemigos o conflictos con representantes la especie humana. Pero cuando se trata de objetos, eso es otra cosa.

Para no ir muy lejos, tiene entre su anecdotario una escena muy similar a la del niño con tres diferencias. La primera, que la caída no fue por un giro sino por un inesperado daño mecánico; la segunda, que los insultos fueron en un tono mucho más adulto (máquina #$%&/(/&%$#); y la tercera, que el hecho ocurrió mucho tiempo después de que RMJ abandonara su condición de niño (este año, para ser precisos).

A cualquiera le pasa. Pero no tan seguido. Y no con tan variada gama de artefactos diseñados para facilitar la vida del ser humano. Como las impresoras. Aparatos creados para poner en el papel el trabajo realizado en los computadores. En teoría. Porque en la práctica son unas máquinas #$%&/(/&%$# que se traban, se tragan el papel, se quedan sin tinta en el momento más inoportuno, no se conectan con el computador y un montón de etcéteras. Etcéteras que se han traducido en épicas batallas verbales de RMJ contra el artefacto de turno. Uno de las cuales, por cierto, transcurrió de madrugada en un apartaestudio y se prolongó tanto que el vecino debió intervenir amenazando con llamar a la autoridad competente.

Y es que cuando RMJ se emociona, desaparece cualquier noción de respeto por su entorno. Por su entorno físico, como lo atestigua el agujero de esa puerta de madera. Se encuentra en una vieja casa que alguna vez fue aquella empresa donde el sujeto comenzó su vida laboral. Eran tiempos de primeros computadores, con tecnologías incipientes que a veces se trababan, por lo que los ingenieros de turno recomendaban: guarden lo que vayan haciendo, guarden, guarden, guarden.

RMJ no guardaba, no guardaba, no guardaba y un día, justo al poner el punto final de un extenso y complejo trabajo la máquina de turno sencillamente se bloqueó. Además del acostumbrado tratamiento de máquina #$%&/(/&%$#, en algún momento la furia contra la tecnología fue tal que se desahogó con una patada en la puerta de madera. Sí, la del hueco. De allí el misterioso origen del mismo que, hasta hoy, había permanecido en secreto

Por cierto, el tema fue confidencial porque RMJ estaba solitario ese día. Porque cuando hay otras personas… da igual. Sus ocasionales compañeros laborales pronto se resignan al derroche de adjetivos contra sillas graduables que no se dejan graduar, cosedoras trabadas, cajones con problemas de cierre o apertura, ascensores que no llegan, programas de computador que no hacen aquello que se supone deben hacer y demás máquinas #$%&/(/&%$#, contra las que el tipo desahoga verbalmente sus fracasos.

Para desgracia del jefe de turno, RMJ es bueno en lo que hace. En el balance costo beneficio, aguantarse las pataletas es mejor negocio que prescindir de sus servicios. Así que como los llamados de atención simplemente aplazan la reacción ante la siguiente máquina #$%&/(/&%$#, cuando existen oficinas lejanas, aisladas y en lo posible insonorizadas, el hombre termina reubicado. 

No se acaban los insultos, pero por lo menos suenan más pasito. 

miércoles, 12 de julio de 2023

En mi casa había de eso. Estoy, ¿seguro?...


Se lo juro. Eso existe. O, por lo menos, existió alguna vez. No me mire así. No estoy loco ni nada parecido, Simplemente quiero un porchador de huevos. Ponchador no, porchador. Pero no aparecen. Lo busco en internet y me muestran unos aparatos para preparar huevos duros o tibios. Los pregunto en almacenes de cadena, en locales de artículos de cocina, en cacharrerías, en ferreterías, en distribuidores de artículos para el hogar, en misceláneas y en agáchese de paisa pero nadie sabe qué son, nadie sabe para que sirven, nadie los conoce.

Yo no me rindo. Sobre todo cuando me dan alguna esperanza. Porque no entiendo para que ponen un negocio si no quieren vender. Mire, hay sitios en los que no he terminado de preguntar y ya me dijeron que no. No a secas, sin asco, de ese NO que, sin decirlo, dice lárguese de acá. Y cuando eso pasa, no hay nada qué hacer.

Pero a veces, y eso es directamente proporcional a la simpatía del comerciante, a  su interés en vender, a la congestión del local o a la curiosidad hacen la pregunta mágica: algo así como “¿Eso qué es?" Entonces viene la explicación que llevo años perfeccionando. "Es como una cazuela con dos secciones para preparar huevos. En la de arriba se ponen los huevos después de sacarlos de la cáscara y en la de abajo se hierve agua. Algo así como lo que se usa para cocinar al vapor o para preparar algunos alimentos al baño de María".

Y es ahí cuando me muestran las vaporeras eléctricas, las de silicona, las de bambú, las de encaje, las de estuche, las de cestillos, las de flores y hasta los escalfadores para microoondas. Y yo digo no, eso no es. Y si tienen vocación de maestro me traen dos recipientes, uno grande y otro pequeño y me enseñan que el agua se pone en el grande y lo que voy a cocinar en el pequeño y así se puede bañar a María pero yo les respondo que eso ya lo sé, pero que los porchadores existían, eran exclusivos para huevos y tenían el tamaño y el diseño perfecto y ese es el momento en que me empiezan a mirar raro, amenazan con llamar a la autoridad competente o le hacen una seña al camaján que cuida para que cordialmente me acompañe a la salida o, sin ninguna cordialidad, me saque a patadas.

Pero yo comí huevos porchados cuando era pequeño. En mi casa familiar existían esos aparatos. Quedaba más o menos como un huevo frito. Podía ser blandito o lo contrario: con consistencia de huevo duro o de huevo tibio pero sin tener que librar la batalla para pelar la cáscara. Porque eso de pelar huevos cocidos es una competencia para la que me declaro incompetente, y siempre termino perdiendo parte de la clara, de la yema o todas las anteriores. Y cuando son huevos tibios peor.

El porchador solucionaba ese problema. Por su diseño permitía hacer seguimiento durante el proceso. No como con los huevos cocidos y sus tiempos que o se pasan y terminan reventados, o se anticipan y terminan crudos. El porchador era rápido, y si se dejaba el agua tenía la ventaja adicional de conservar la temperatura. Con una ollita, una sartén y una tapa me inventé algo parecido (ver imagen), pero no igual. Por eso cada vez que puedo los busco, lo pregunto, indago y ya le conté lo que me pasa. 

Me niego a creer que formen parte de esa lista de artefactos que acompañaron mi infancia y juventud pero que, sencillamente, ya no se consiguen. O que —no sé si eso es peor o mejor— realmente hayan sido una creación de mi subconsciente, una especie de amigo imaginario en versión huevo, o algún sueño repetitivo que se me revolvió con la realidad.

Es un hecho, necesito un porchador de huevos. 

O de repente un psiquiatra. 

miércoles, 28 de junio de 2023

Conéctese al silencio, por favor


Señores (as):
Fabricantes y vendedores de teléfonos inteligentes, operadores de telefonía celular, autoridades competentes en el tema.

Les escribo para plantear un tema que empeora día por día y en el cual ustedes tienen inmensa responsabilidad. Todo comenzó hace años, cuando algunos teléfonos celulares (las flechas) empezaron a incluir un receptor de radio. De vez en cuando, en el transporte público, algún joven utilizaba los nuevos aparatos para compartir su pésimo gusto musical con el personal sin preguntarle su opinión. Hablando de pésimo, el sonido también lo era, evidenciado por el hecho de que sonaba al volumen más alto posible.

Lo mismo pasaba con las habilidades de cantante del improvisado DJ, quien no solo obligaba a todo el que estuviera al alcance a escuchar su música, sino que solía acompañarla, pero a pedazos. Como no se sabía las canciones, entonces de vez en cuando soltaba un ruido o una palabra que sonaba parecido.

Claro que ya existían los audífonos. Pero para ser justos, los primeros tenían unos conectores exóticos así que si se dañaban o perdían no era tan fácil reemplazarlos. Hoy ese problema ya no existe. Casi todos los teléfonos inteligentes tienen una entrada estándar que admite desde desechables –de esos que se dañan si uno los mira mucho, pero eso sí, son muy baratos– hasta la última tecnología. Agreguemos opciones inalámbricas y manos libres. Cierta empresa eliminó las entradas estándar, pero inmediatamente aparecieron adaptadores que con una mínima inversión solucionan ese problema.

Sería de esperar que ante la abundancia de alternativas, escuchar sonidos provenientes del teléfono fuera un asunto tan privado como ir al baño. Pues no. Hoy no es solo en el transporte público. Se ha extendido a  las filas, salas de espera y otros puntos fijos donde el personal debe permanecer en tiempos muertos. Tiempos que antes se ocupaban con revistas, libros, conversaciones intrascendentes u observaciones del entorno, y en los que hoy todo el mundo clava la mirada en su celular.

Y llegamos al meollo del problema. Para un abundante sector de la población, los audífonos no existen. El asunto, además, se diversificó en edad, género y, se reconoce, variedad de contenidos. Entonces terminamos escuchando una apasionada discusión sobre un tema personal o laboral vía mensajes de audio (ida y vuelta). O algún video musical que confirma el progresivo deterioro en gustos de las nuevas generaciones. Pero ojo. Ya no son solo jóvenes. Son adultos. Y adultos mayores, Hombres, mujeres y cualquier categoría adicional que se desee incluir. Gracias a la señora del lado nos enteramos (y antojamos) en detalle de como preparar una sopa de alcachofa. El caballero de la fila de enfrente nos comparte alguna historia graciosa de redes sociales pero, cuando llega el momento del chiste, eso sí no se escucha bien. O peor, somos receptores del audio de algo que parece muy interesante que no entendemos, porque la comprensión depende de la parte visual a la que no tenemos acceso. 

Están en todas partes. En una biblioteca pública, donde un milenial despistado consideró que el mejor sitio para ver y escuchar a su influencer favorito era la sala de lectura. En las salas de espera de los servicios médicos, donde nos bombardean sonidos por todos los flancos. Ni siquiera las salas de velación se salvan, aunque hay que aceptar que, normalmente, una mirada de odio soluciona el problema en estos escenarios.

Yo entiendo que hoy en día casi todos los teléfonos inteligentes traen sus audífonos incorporados. Pero la situación que describo demuestra que esto no es suficiente. Por tanto los invito a asumir su responsabilidad para que cada uno, desde su ámbito particular, mediante opciones legales, mecanismos de proveeduría a bajo costo u ofertas comerciales, promueva soluciones para que el “yo escucho mi teléfono” vuelva a ser ese acto privado y egoísta que nunca terminaremos de agradecer.

Cordialmente

Un escucha (involuntario) aburrido 

miércoles, 21 de junio de 2023

¿Y usted qué hace? Yo hago caso



En el manual no escrito de la supervivencia laboral que cualquier empleado conoce existen tres formas de hacer las cosas: la correcta, la incorrecta y la que diga el jefe. Si el tiempo lo permite, no es raro someterlas a una profunda evaluación por parte de los implicados y revisar objetivamente los pros y contras de cada una. Cuando hay premura, se toma una decisión basada en los elementos de análisis disponibles. En ambos casos, o en situaciones intermedias, se hace lo que diga el jefe.

Pero esta amilcarada no es de líderes, sino de empleados. De esos que están en desacuerdo, que tienen razones fundamentadas y técnicas para opinar diferente, que disponen de experiencia y conocimiento para plantear alternativas. Nótese que dijimos empleados, no ex empleados. Es decir que tienen todo lo anterior, pero no lo usan. 

Llegamos entonces a Tranquilino. No se llama así, pero se ha ganado el apelativo por su comportamiento. Y es que nadie, en la entidad donde trabaja, jamás, le ha visto el más mínimo indicador de insatisfacción. Por pertenecer al sector público, sus jefes cambian a menudo, lo que significa modificaciones de estilos, objetivos, temperamentos y, demasiadas veces, giros radicales en las rutinas.  Y como la nómina está formada por seres humanos, tanto sobresalto termina por generar alguna inconformidad que se refleja en comentarios críticos (cuando el jefe no está) o en apasionadas discusiones en los escenarios de planeación. 

Pero Tranquilino sigue imperturbable con su cara de palo, su permanente disposición a atender cualquier instrucción y su vejiga hiperactiva.

El último rasgo, si bien nunca ha estado respaldado por un diagnóstico oficial, es evidente. En toda reunión el hombre siempre se ausenta una o más veces camino al fondo a mano derecha. Y, normalmente, después de alguna reunión privada con el jefe de turno también se dirige a la habitación destinada a estos fines.

Con la pandemia vino el teletrabajo y las reuniones virtuales, condición que sigue vigente en la actualidad, algunos días de la semana. Cuando las cámaras se encienden, Tranquilino aparece con su conciliador aspecto de siempre. Aunque hay que decir que la mayor parte del tiempo no hay imagen, solo micrófonos apagados mientras el jefe habla.

Cuando eso pasa, normalmente Tranquilino está solo en casa. Su esposa e hijos han optado por usar esos horarios para pasear el perro, hacer compras, saludar a los vecinos o realizar cualquier actividad que los aleje de la zona de batalla. ¿Cuál batalla? La que Tranquilino libra contra las instrucciones que él considera absurdas, las órdenes que le parecen arbitrarias, las decisiones de los líderes que califica como estúpidas y hasta peligrosas y la ineptitud (según él) de aquellos que el destino puso en puestos de dirección.

El campo de batalla es su puesto de trabajo en casa con micrófono y cámara apagados. Allí es donde el funcionario grita, maldice, patalea, arroja cosas al piso, suelta palabrotas, describe con adjetivos poco amables las condiciones intelectuales del jefe de turno, se agarra la cabeza y en cierta ocasión hasta llegó a patear una caneca. Eso sí, solo bastan las instrucciones mágicas para que ocurra la transmutación milagrosa y Tranquilino vuelva a su imagen oficial. Encender cámara o abrir micrófono.

Por eso -no por cuestiones de productividad, comodidad o movilidad – es que Tranquilino es férreo defensor del trabajo en casa. Es que ya no tiene que encerrarse en el baño de la oficina -específicamente, en la cabina de algún sanitario-   a manotear en silencio para poder ejercer su mejor competencia laboral: hacer caso.