Mostrando entradas con la etiqueta El barrio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El barrio. Mostrar todas las entradas

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Yo lo vi

Yolovi no se llama así. Es la forma como lo bautizaron sus compañeros de juerga. Yo lo vi, decía, persistía y reiteraba pese al escepticismo de los escuchas, por no hablar de la evidencia y las circunstancias.

El contexto, para comenzar, aplastaba totalmente cualquier indicio de credibilidad. Yolovi y su combo salieron del local de marras bajo la influencia de suficiente alcohol para llenar un embalse. Por suerte lo avanzado de la hora eliminó a cero el tránsito vehicular, así que pudieran zigzaguear con mucho riesgo pero escaso peligro de andén en andén mientras iban dejando a cada sujeto en su respectivo hogar.

Yolovi y el amigo fueron los últimos en arribar a sus casas, en la misma cuadra.  El amigo ingresó primero (emitió un sonido que, todo parece indicar, era una despedida). El otro tipo paró un momento, reuniendo el poco sentido del equilibrio que le quedaba para recorrer los pocos metros que lo separaban de su casa.

Ahí lo vio. Aunque imponente no parecía amenazante. De hecho ni siquiera determinó al testigo ocasional. Simplemente apareció por la esquina norte, pasó por la acera de enfrente y desapareció por la esquina sur.

También desapareció el efecto del licor consumido. Resultado previsible en quien acaba de ver un gorila en plena ciudad. Albino, por cierto. Con pantaloneta. Rosada. Y tenis. Verdes. La historia sigue con un recorrido relámpago hasta la casa, ingreso apresurado y refugio entre angustia y desconcierto debajo de las cobijas.

Amaneció domingo de desenguayabe y los bebedores de la noche anterior se reunieron alrededor de caldo de costilla en magnitudes navegables. Entre comentarios sueltos, recuerdos difusos de la noche anterior y demás temas varios Yolovi pregunta si ellos también lo vieron. —¿Vimos que?

Doce palabras hacen la diferencia entre el borde del desastre y el empujón definitivo. —“El gorila albino con pantaloneta rosada y tenis verdes. Yo lo vi.”

Solo fue cuestión de segundos para que la reacción pasara del desconcierto al escepticismo, del escepticismo a la burla, y de la burla al amistoso pero hiriente sabotaje (por no decirle matoneo). Aún así el narrador insistía en mantener su versión. Y aseguraba una y otra vez. “Yo lo vi, yo lo vi.”

Ningún argumento puede más que una sucesión interminable de carcajadas. Nadie sabe quien fue el autor intelectual, pero en algún momento del coro de jajajas, surgió la condena. Nominal, ya que involucraba la desaparición eterna de un nombre y su reemplazo por el apelativo del que venimos hablando. “Está (risas) bien (risas), si usted dice (risas) yo lo vi, (risas) te creemos (risas) Yolovi”.

Con el paso del tiempo Yolovi ha comenzado a dudar sobre lo del gorila albino en pantaloneta rosada y tenis verdes. ¿La pantaloneta de verdad era rosada? De resto sigue convencido de lo que observó esa noche. 

Como los demás no vieron, ya no habla del tema. Ver para creer.  

Nota final. Una fuente sin identificar dice haber escuchado este fragmento de una conversación ajena.

—”...Y preciso se acaba el medicamento así de tarde. Como no hay domicilios ni nada toca salir a conseguirlo como sea. No hay tiempo ni de cambiarse, apenas de ponerse unos tenis y una pantaloneta para que no se caiga el pantalón de la piyama de peluche, la blanca, esa que tiene capucha. Así salí a la calle pero qué importa. Lo  importante fue que encontré una farmacia abierta. Además, nadie me vio.”

miércoles, 19 de agosto de 2026

Presupuesto mata imagen

Nota de la redacción. Retomamos (con algunos ajustes) un texto del siglo pasado que enfrenta a  un emprendedor (en esos tiempos les decían rebuscadores) contra un autoproclamado consultor corporativo de imagen pro bono (en esos tiempos le decían sapo. En estos tiempos también.)

El Vecino (de ahora en adelante Elveci) cree en lo que hace. Él realmente se considera un servidor de una comunidad que, tarde o temprano, agradecerá su oportuna intervención, gracias a la cual el barrio, conjunto residencial o edificio se salvó de convertirse en una plaza, un tugurio, un antro o una invasión.

Elveci se autonombró asesor de imagen ad honorem del lugar en donde vive. Él considera que la primera prioridad no es ser sino parecer. En épocas boyantes, se le ve como un personaje algo cansón cuyas ideas a veces son buenas, otras no tanto, pero que en realidad no hace daño a nadie.  

En épocas normales, es un peligro público.

Resulta que a algún vecino se le ocurrió una idea. Conseguir un camión, comprar mercado al por mayor y luego estacionar el vehículo frente al edificio o conjunto, o en alguna calle del barrio, y venderle a sus habitantes.

El resultado es, en principio, gana gana para casi todos los implicados. El vecino del camión hace negocio, los demás vecinos ahorran tiempo y dinero.

El casi es, como no, Elveci. Mientras los demás aprovechan la oportunidad, el hombre se pone histérico e inicia una campaña para salvar al barrio de parecer una plaza, porque qué dirá la gente.

Posiblemente la despensa y la nevera de Elveci se encuentran pletóricas, pero de espacio disponible, ya que la situación económica del personaje dista de ser boyante. De hecho, su casa —fiel a sus principios— tiene una maravillosa sala de muebles envidiables siempre recién pintada. También sirve como retén para restringir el acceso a unos cuartos mal pintados con muebles desvencijados.

Pero eso no es lo importante. El rendimiento del presupuesto familiar es secundario frente al peligro que amenaza la imagen de su comunidad. Así que se declara en resistencia pacífica e inicia un asedio epistolar, telefónico, virtual y verbal al presidente de la acción comunal, al líder del consejo de administración o a cualquier forma de autoridad con poder para acabar con “esa plazuela callejera”.

En tiempos donde hay que cuidar cada peso, como los que se viven hoy, el público se divide. Unos consideran que no se le debe parar bolas al bobo de Elveci. Otros opinan que Elveci debería preocuparse por sus propios problemas y dejar en paz a los demás. Y un grupo importante considera que Elveci tiene lo que ponen las gallinas, y no precisamente en su desocupada despensa. 

Estos suman un, digamos, 97 por ciento.

El tres por ciento restante está conformado por el propio Elveci, (uno por ciento) y su familia, ese dos por ciento que a escondidas del jefe del hogar hace compras en el camión cada vez que existe la oportunidad.

Lo importante es que no los vea su papá.

Al fin y al cabo la primera prioridad es parecer, no ser. 

miércoles, 8 de abril de 2026

Ese tal Habermas y yo, dice Don Arturo

Jürgen Habermas (1929-2026)
By Wolfram Huke, http://wolframhuke.de - 
Transferred from en.wikipedia to Commons by ojs., CC BY-SA 3.0,
 https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=3546577

Se murió Habermas. Los que saben de eso se han dedicado a destacar su importancia. Arturo no sabe de eso. Lo que sí sabe es que para él, en diversos momentos de su vida, el tal Habermas fue importante. 

En el barrio había un combo de amigos. Al crecer la vida los fue dispersando. Pero no del todo,  Periódicamente se reunían bajo cualquier disculpa lo que, inevitablemente, terminaba en abundantes consumos etílicos. Durante uno de esos encuentros, el que llamaban Caradestopa y estudiaba algo terminado en ía (filosofía, antropología, sociología, nunca se supo con claridad) les presentó a Habermas.  

Arturo no recuerda detalles. Solo sabe que había mucho licor, Caradestopa echaba mucha carreta y en más de una ocasión habló de un tal Habermas. Y que al otro día, de ese Habermas apenas le sonaba el nombre.

Por esa misma época Arturo inició su propia formación profesional. Ingeniería. Números, máquinas, obras. El mundo real. La Mona, una compañera, escogió como materia opcional Filosofía Contemporánea.  El joven se sentía atraído (por La Mona, no por la filosofía) así que hizo otro tanto. Ella se retiró por problemas económicos. Él quedó atrapado en algo que no le gustaba, no comprendía, y cuyo profesor lo aburría mediante interminables peroratas alrededor del pensamiento humanista con énfasis en un tal Habermas. 

El estudiante hizo su mejor esfuerzo.  Intentó entender en clase. No pudo. Intentó leer directamente al autor. Tampoco entendió. Buscó a Caradestopa. No le entendió nada. Terminaron borrachos. Fracasó en la vocacional. En otro semestre se pasó a Taller de Ebanistería y le perdió por siempre la pista a La Mona.

Años después, Caradestopa se graduó y armó fiesta. La reunión juntó parientes, viejos amigos y colegas. Arturo aterrizó, como escucha, en una conversación de barbudos. En algún momento dos de ellos se trenzaron en tremenda discusión sobre algo llamado acción comunicativa y ética discursiva. 

Aburrido como ingeniero en pelea de intelectuales, Arturo decidió retirarse. Uno de los conversadores (el que iba perdiendo el debate) lo agarró como escudo mientras tomaba un segundo aire… “¿Y usted qué opina? ¿Debemos asumir el discurso ignorando el componente procedimentalista de Habermas?”.

En el mundo de Arturo opinar era defender su equipo de fútbol, discurso las bobadas que decían los políticos, componentes las piezas de un computador y procedimiento una lista de instrucciones. Al unir todas las ideas lo único que atinó a responder fue un largo e interminable Uhmmm...

Por suerte, Caradestopa apareció y se lo llevó a otro grupo, donde le presentó a Patty. La conversación entre los dos jóvenes fluyó sobre diversos temas. Cine, televisión, viajes, lugares, artistas y lecturas, que fue cuando ella inocentemente comentó: “Ahora estoy leyendo el último libro de Habermas, ¿tú ya lo leíste?

Han pasado muchos años. Arturo no lo ha leído todavía. Terminó y luego ejerció su carrera con éxito. Se casó con la mujer de su vida (no fue Patty). Tuvo hijos. Ellos lo llaman Papá. Le dieron nietos. Esos que le dicen Abuelo. Otras personas, ajenas al círculo familiar, se refieren a él como Don Arturo.

El nieto mayor, tras una exitosa gestión como edil de su comunidad, ahora quiere ser concejal. El patriarca  y su descendiente conversan seguido. No siempre en términos cordiales. No es por las diferencias de edad, ni por los contextos culturales diferenciados, ni por el abismo generacional, ni por las posturas ideológicas. 

Es que Don Arturo está mamado de que su nieto cite todo el tiempo a un tal Habermas.

miércoles, 30 de julio de 2025

La señora María


— Buenos días. Hágame un favor, ¿puede llamar a la señora María?

— ¿A quién?

— A la señora María. Yo sé que ella normalmente no está aquí.

— Oiga pero…

— Déjeme termino de explicarle. Yo sé que ella viene poco por acá y por eso fui a buscarla a la casa.

— Sí, espe…

— Y ahí fue donde me atendió el hijo, que me dijo que ella hoy iba a pasar un rato por el negocio. 

— Lo que yo quiero…

— Ustedes saben, ella es una de las dueñas de esta panadería, tiene la sociedad con los hermanos, Jacinto y Antonio. Pero ellos poco vienen por el negocio, para eso tienen al administrador.

— Es que esta panadería…

— Pero el hijo me mandó para acá. Me explicó algo de un proveedor que iba a traer una oferta y que por lo menos uno de los dueños debía estar.

— Está seguro de…

— Por eso la señora María iba a pasar un momento por acá. Pero por favor dígame, está o no está.

— No. Aquí no está la señora María…

— Qué problema. Ya llevó un par de días buscándola y es como que siempre llego cuando se acaba de ir. Y es de las que no contestan el teléfono ni usa los mensajes así que la única forma de ubicarla es personalmente. ¿Usted por casualidad no sabe si ya vino o si llega más tarde? Yo trato de volver pero esta tarde estoy como embolatado.

— No sé si va a venir pero necesito explicarle…

— Yo entiendo y de verdad le agradezco que me preste atención mientras espero un rato a ver si llega la señora María, aunque si no va a llegar pronto de repente me sale mejor ir a hacer las otras cosas que tengo pendientes y con eso me despejo y tengo la posibilidad de volver más tarde.

— Oiga, y si se puede saber, para qué necesita como tan urgente a la señora María.

— Claro que sí, eso no es ningún secreto. Es que necesito cuadrar con ella el asunto de la primera comunión de la nieta. Cristina, creo que se llama. La señora María me contactó para que le organizara lo de la comida y cuadramos lo del ponqué, lo de la lechona, lo del coctelito para los que no tomen cerveza, lo de la gaseosa para los niños pero resulta que me quedó mal el tipo de la lechona. Bueno, en verdad no me quedó mal sino que me avisó que no me puede cumplir. Pero eso no es problema porque yo tengo como armar un plato frío, unos tamales, un arroz mixto. Opciones es lo que hay. 

— Ajá.

— Es que no es la primera vez que me pasa. Problemas nunca faltan pero cuando hay tiempo todo tiene solución. Eso sí, yo no me puedo mover hasta que el cliente me autorice. Ustedes saben, es como si alguien llega y pide un roscón y pues si no hay roscones no le pueden dar así no más otra cosa, un pan francés, un blandito, yo que sé. Toca preguntar primero.

— Claro que sí.

— Y es que tiene que ser ella la que me confirme. Le dije al hijo y él me explicó que aunque la hija de él es la festejada, pues su mamá es la que organiza y paga la fiesta y entonces ella decide.

— Entiendo. Lo único que le puedo decir es que la señora María no ha venido por acá y no sé si venga.

— Bueno. Creo que lo mejor es irme y tratar de volver más tarde o de buscarla en la casa. Muchas gracias por todo y feliz día.

Epílogo

—Oiga, el dueño de este negocio no se llama Gonzalo.

— Sí.

— Y es único dueño, ¿cierto? No tiene ninguna sociedad con hermanos ni nada parecido.

— Que yo sepa sí, así es.

— ¿Entonces ese tipo de quién estaba hablando?

— Pues no tengo ni idea. Yo traté de explicarle pero no me dejó. Pero si aparece una señora María a preguntar, ya podemos decirle quien y para qué la están buscando.

 

miércoles, 5 de febrero de 2025

Mechas de Fuego no se vara


González, aficionado al cine, siempre se ha preguntado si ese cuento del multiverso tiene alguna base científica real, o es simplemente un invento de guionistas para poder hacer cambios radicales en sus personajes sin dañar la continuidad de las historias. Como saben los que ven películas de súper héroes y los que leen o leían historietas, se supone que no existe una sino múltiples realidades simultáneas en diferentes dimensiones donde la misma persona puede ser alguien (o algo) completamente diferente. 

González vive una sola realidad. En ella terminó relacionado con la familia de Mechas de Fuego vía la hermana mayor, con la que alguna vez tuvo uno de esos romances que terminan en buenos términos, pero terminan. En esos tiempos de amores adolescentes Mechas de Fuego no pasaba de los 5 años, pero ya tenía esa cabellera roja que le generó su apodo, reforzado por su nombre de pila, Mercedes.

El asunto es que González creció, consiguió otra novia en el mismo barrio, se casó y armó vida propia. Entretanto, peleas de esas que involucran herencias, separaciones conyugales y metidas de pata dividieron a la familia de la hermana mayor en bandos irreconciliables. Sin embargo, González nunca se desconectó del todo de su ex y parentela, y mantuvo contactos esporádicos con todas las facciones del conflictivo clan.

Así supo que, cerca de su mayoría de edad, Mechas de Fuego se abrió de la casa familiar. Volvió a saber de ella años más tarde, cuando la hermana mayor lo contactó para pedirle que, si sabía de algo, le ayudara a su hermana menor a conseguir un mejor trabajo. Y claro, yo le mando la hoja de vida. Ella hace tatuajes.

El currículo nunca llegó. No pasaron muchos días y González se encontró con uno de los hermanos de su exnovia. Vino un diálogo de usted en qué anda y de la familia qué. El interlocutor no sabía mucho de la vida de sus parientes salvo de uno: Mechas de Fuego, quien, según el, trabajaba hace tiempo en un call center.

González iba a preguntar por lo de los tatuajes, pero terminaron hablando de otras cosas. El tema pasó  al olvido hasta que tuvo que comprar un regalo en tiempos de baja liquidez. Su esposa sugirió acudir a las ventas por catálogo (a crédito) de una amiga. Esa que se había encontrado, contó la señora González, en una reunión de vendedoras con una antigua vecina. Mercedes, a la que le decían Mechas de Fuego.

Si la pelirroja no hubiera “aparecido” tantas veces, González jamás hubiera “aparecido” en la casa de su amor de juventud. Nada planeado. Estaba cerca y tenía tiempo, así que timbró. Le abrió el papá, quien vivía solo desde su divorcio. El diálogo no fue largo pero incluyó un “pues Merceditas hace eso del mantenimiento de computadores y le va como bien”.

Todo esto explica la sensación de alivio mezclada con mucha curiosidad el día que González reconoció, a la distancia, cierta cabellera roja. Ya no brillaba tanto como él la recordaba, y probablemente estaba reforzada por algún tinte pero, sin duda, era Mechas de Fuego.  El saludo lejano con nombre propio permitió a Mercedes identificar al antiguo novio de su hermana mayor. Claro, tomémonos un café.

...“y sí, eso fue muy duro cuando me fui de la casa. Pero aprendí lo de limpiar los teclados, las pantallas y las CPU y con eso me ganaba unos pesos. Por esos días vivía con el man de los tatuajes. Terminamos, pero antes me enseñó a tatuar. Y estuve de buenas porque me salió un trabajo más o menos fijo para limpiar los equipos de un call center. Como una de las operadoras sabía que yo hacía tatuajes a veces me piden alguno. También les vendo productos por catálogo. Ahí estoy a la orden, por si se le ofrece algo”.

Ese fue el día en que González empezó a creer en el multiverso.

miércoles, 17 de abril de 2024

Ventanas seductoras

A Mirócletes no le gusta hablar de esto porque la única vez que hizo algún comentario, entre un grupo de amigos, le endosaron el apodo con el cual lo identificamos en esta nota. 

De la forma más inocente narró una anécdota. Trabajaba en tierra caliente y consiguió un apartaestudio en la azotea de un edificio construido piso a piso. Eso significó disponer de una terraza con cuarto, baño y cocina mientras los dueños acumulaban capital para hacer apartamento —o apartamentos— en ese quinto nivel, como lo habían hecho con otros tres (los propietarios habitaban el primero y arrendaban el resto).

El inmueble brindaba una vista de terrazas similares en todo el barrio, muchas de las cuales eran utilizadas para secar ropa. Un día en la mañana (solo uno), una vez (solo una), en una de las azoteas circundantes esa mujer salió, tomó una prenda del tendedero, se la puso y desapareció. 

La prenda en cuestión era una camiseta y la mujer vestía pantalón y brasier. Mirócletes contó que la situación había durado pocos segundos, que probablemente la dama ni siquiera había notado su presencia pero reconoció —y ese fue el error— que de ahí en adelante él pasó varios días saliendo a la misma hora.

Los amigos no desaprovecharon el papayazo y lo sabotearon durante todo el encuentro y los días subsiguientes. Lo llamaron voyerista, mirón, depravado de azotea, peeping tom, denominaciones que fueron opacadas por Mirócletes. El apodo pasó a ser su apelativo en ese círculo social e incluso trascendió a otros donde la anécdota de la azotea era ignorada.

Ahora, lo que el hombre nunca comentó públicamente es que después de la visión en techo ajeno, le quedó la costumbre de mirar hacia las ventanas vecinas. Nada obsesivo, nada exagerado. No se trataba de una conducta permanente, ni mucho menos apoyada en algún artefacto tecnológico. Simplemente, cada vez que cambiaba de residencia —muy a menudo por circunstancias personales y laborales— dedicaba tiempo a lo que tenía al frente de sus ventanas. Hasta que se aburría, lo cual solía pasar después de la primera mirada.

Si la motivación inconsciente era obtener una visión similar al vestier al aire libre, hay que decir que no le fue mal sino peor. Vio familias recibiendo visita o despachando algunas de las comidas diarias en la mesa, ancianos de baja movilidad ojeando el mundo detrás del vidrio, perros curioseando, gatos haciendo equilibrio, personas tecleando en plan de teletrabajo, recreación o estudio, alguna o algún caminante que llegaba a la ventana y se alejaba mientras conversaba por celular, damas o caballeros lavando loza o cocinando. Todos, sin excepción, completamente vestidos.

Y por supuesto, tampoco informó a nadie sobre esa imagen que enterró su faceta de fisgón, le recordó el saludable hábito de respetar la intimidad ajena y eliminó la validez del apodo de Mirócletes.  Era un apartamento situado justo frente al suyo, a un nivel más alto. De noche, el observador había detectado una presencia femenina, aunque también había un caballero, por lo que presumía eran pareja. Siempre tenían cerradas las cortinas de velo, lo que impedía verlos con claridad. 

Un día cualquiera notó que colocaban aquel gran sillón justo frente a la ventana y abrían el cortinaje, como quien crea un espacio para sentarse a tomar el sol, que bañaba generosamente ese punto cuando rondaba el mediodía. Ahí se sentó la mujer, comenzó a desabrocharse la blusa y...

Alguien, no alcanzó a darse cuenta si era hombre o mujer, le ayudó con el bebé quien, debidamente acomodado, inició su consumo de leche materna acompañado por el clima mañanero.

miércoles, 13 de marzo de 2024

Conservado en alcohol

La explosión en la casa azul despertó al barrio entero y a sus alrededores. Pudo ser peor. A esa hora, el único ocupante del edificio era el vigilante nocturno. La construcción quedaba en la mitad de un lote baldío sin viviendas aledañas y los muros, aunque quedaron bien resquebrajados, aguantaron el bombazo. Estos factores, sumados, limitaron a gran susto lo que tenía  potencial de tragedia.

Dos días después del incidente, la causa seguía siendo un misterio. Versiones no oficiales hablaban de fábrica clandestina de pólvora o almacenamiento ilegal de pipetas de gas. Además, faltaba encontrar los restos de la víctima. Se formó el equipo de búsqueda con dos operarios de la Alcaldía, un bombero y una funcionaria de policía judicial, coordinados por un voluntario de la Defensa Civil de apellido Guarnizo.

Superado el sobresalto inicial, la zona de desastre se volvió zona de turismo. Gente del barrio y más allá invadieron el sector mirando, preguntando… y estorbando. Solo aportaron falta de información sobre el vigilante. Como los dueños de la casa no aparecían por ninguna parte, los únicos datos venían de los vecinos. Que llegaba de noche, dijo una señora;  que no era del barrio, confirmó un desempleado; que nadie sabía el nombre, dijo el de la tienda; que parecía un tipo importante e inteligente, sostuvo un borracho mañanero.

Mientras Guarnizo y su gente revolcaban los escombros, el personal de patos comenzó a retomar sus vidas.  Primero se fueron las amas de casa y otros con tareas pendientes. Después emigraron los niños, atendiendo llamados maternales o simplemente cambiando el juego del día. Ya en la tarde solo quedaban los desocupados:  desempleados, jubilados y el borracho mañanero, que ya era borracho vespertino.

Borracho cansón. Porque si no cantaba —lo cual hacía muy, pero muy mal—, insistía en el elogio incondicional del vigilante fallecido quien ganaba cualidades en cada perorata. Además de importante e inteligente se vestía bien, tenía éxito entre las mujeres, era buen hijo y amigo fiel a toda prueba, poseía dentadura perfecta y no perdía misa los domingos. 

Cuando los últimos curiosos se fueron, el borracho, al perder su público natural, optó por el público cautivo y se metió a lo que quedaba de la casa. Concentrados en la infructuosa búsqueda, en principio nadie le prestó atención. Pero el sirirí pasó de paisaje a ruido de fondo, de ruido de fondo a bulla, de bulla a molestia y de molestia a estorbo. Guarnizo frenteó al sujeto con un por favor retírese que no sirvió para nada. Un segundo intento y el intruso ni se movía, ni se callaba.  El coordinador intentó rescatar del fondo alcohólico una mínima racionalidad y empezó por decirle al tipo si le parecía bien estar todo el día borracho.

—Es que estoy celebrando lo que pasó hace tres días. 

—¿Qué nos puede contar de eso?

—Eso hizo puuummm y sonó durísimo pero el importante, el inteligente, el bien vestido, el buen hijo que le gusta a todas las viejas…

—¿El vigilante?

—Sí, este man… (A esas alturas Guarnizo, la policía judicial, el bombero y los operarios estaban todos pendientes del borracho)

—Este man salió a buscar una tienda como veinte minutos antes de la explosión. O sea que me salvé de milagro. Carajo, si uno no bebe después de eso, ¿entonces cuándo?

miércoles, 7 de febrero de 2024

La mujer del último minuto


En la iglesia no cabe una persona más. Familiares y amigos de la novia ocupan el ala izquierda, mientras la parentela y conocidos del novio llenan la derecha. A los invitados se suman los inevitables patos. Ese nerviosismo que nadie comenta pero todos sienten crece minuto a minuto. Las miradas se concentran en la puerta. El círculo más cercano de la prometida está en el atrio, con ojeadas constantes hacia ambos lados de la vía y llamadas que nadie responde. Ella no llega, la paciencia del sacerdote se acerca a su límite, la ocasión feliz pinta para desastre... Pero una persona está completamente tranquila. Sabe exactamente lo que va a pasar. Años de recuerdos y experiencias mutuas lo llevaron a ese momento.

El cerebro vuela a la infancia. Conjunto cerrado, zona verde, infancia compartida, juegos de barrio. Escondidas. Faltan pocos minutos para llegar a ese grado de oscuridad que todos identifican como la señal para volver a los apartamentos. Es el acuerdo tácito con madres, hermanos mayores y ocasionalmente algún padre. Mientras regresen a casa a esa hora o antes, el permiso del otro día está garantizado. Pero ella no aparece todavía. El que contó no la encontró. Los demás, sumados a la búsqueda, tampoco. Ya algunas madres llamaron a sus hijos. Si todos no llegan a tiempo puede ser el final de la diversión en vacaciones... 

Otro recuerdo. Tiempos de adolescencia. La batalla esta vez es contra la trigonometría. Senos, cosenos, tangentes. No ha sido un buen año académico para ella. Hasta podría perderse. Una esperanza en forma de examen es la oportunidad para salvarlo todo. Requiere, claro, dedicación y preparación. La fecha se acerca peligrosamente sin que se note algún esfuerzo adicional para aumentar el conocimiento en la materia... 

Más memorias. Ya en el mundo laboral, la vida volvió a reunir a los antiguos vecinos. Un amigo gana cierta convocatoria internacional, gracias a la cual se codeará con los mejores del mundo. Entre todos le compran un computador, que servirá simultáneamente como herramienta de trabajo y comunicación. Es la noche anterior al viaje, cuando finalmente se pudo organizar la despedida. Están todos en el restaurante. Bueno, casi todos. Porque ella no aparece. Ella, la que traerá el computador. Ella, la que no responde mensajes ni llamadas. El homenajeado está agradecido, pero debe irse temprano porque su avión sale a primera hora...

La evocación del hombre en la iglesia llega a una escena vivida muchas veces. Encuentro con ese cliente, el importante. Es momento de la presentación clave, aquella que definirá el negocio. Todos los que deben estar ocupan la sala de juntas, con una excepción. La expositora principal, la que maneja los argumentos que convertirán la presentación de turno en acuerdo gana-gana, no aparece. En medio de la cortesía empresarial empieza a notarse cierta incomodidad. Es cuestión de segundos para que la reunión se disuelva...

Ese vecino de infancia, ese compañero de colegio, ese profesional que se reencontró con la amiga de la niñez y la adolescencia en el lugar de trabajo. Ese que pasó del trabajo a los recuerdos, de los recuerdos a la confidencia, de la confidencia al amor y del amor al compromiso. Ese, junto al altar, en una iglesia llena de personas asustadas porque no hay novia por sustracción de materia.

Él recuerda los desenlaces laborales cuando, segundos antes de la disolución, ella aparecía, distensionaba el ambiente con algún comentario y procedía a conquistar al cliente de turno. Evoca como ella llegó justo para interceptar en la puerta del restaurante al homenajeado, quien partió hacia el futuro con computador nuevo. Rememora la noche antes del examen de trigonometría, en la que ella estudió como nunca en su vida y logró —apenas raspando, pero igual vale— cumplir el requisito académico. Y resuena en su mente una voz infantil que gritaba “un, dos, tres por mí” y cerraba el juego, justo antes de que las madres ejercieran autoridad. Así garantizó no solo los permisos del día siguiente, sino muchos días de diversión infantil.

Los demás que se asusten. Él sabe que ella llegará. Ella es así  La mujer del último minuto.

miércoles, 17 de enero de 2024

Luces en la montaña


El sujeto terminó encartado por pura casualidad. Sin tener ninguna vela en ese entierro lo cogieron cortico. Dijo que no, que no estaba ocupado. Entonces lo acorralaron con ...necesito un "favorcito". Parecía fácil. Solo era recibir un apartamento y guardar las llaves hasta que el titular, atrapado en las congestiones de transporte de una temporada alta, pudiera llegar y recibirlas. Aunque pensó en sacar el que sabemos, realmente le debía unas cuantas al interlocutor. Además tenía el tiempo. Puso una cara de resignación que nadie vio —en especial quien estaba al otro lado del teléfono—  y se autorreclutó para la tarea.

El servicio empezó a sumar puntos negativos con la localización del inmueble. Era un edificio en el punto más alto posible, producto de la urbanización desaforada que asciende por los cerros que rodean la ciudad. Gran vista y aire puro para los residentes. Para nuestro sujeto, una larga y agotadora caminata en subida por un sector donde calles y carreras serpentean como laberintos entre los recovecos de la montaña.

El hombre llegó al piedemonte urbano e inició su escalada por calzadas cada vez más inclinadas. Mientras subía cayó en cuenta de que recibir apartamentos incluye verificar la luz, lo cual requiere bombillo. Y él no llevaba bombillo. Y que mientras pensaba en eso había subido otras cinco cuadras. Abajo, en el “llano”, había almacenes de cadenas y ferreterías, pero eso implicaba bajar —fácil—  y volver a subir —muy difícil— .

Dos manzanas más arriba concluyó que, pese a ser un sector plagado de edificios, en algún lugar los residentes debían surtirse de lo básico. Apareció. Esa antigua casa donde una vieja vitrina exhibía comida chatarra, productos de aseo y demás surtido típico de lo que los expertos denominan canal tradicional y los demás llamamos tienda.

Lo que no se veía eran bombillos. Don Carlos, el tendero de turno, le confirmó que, tres cuadras más arriba, don Justino sí ofrecía esos productos. Lo cual Justino reconfirmó invitando a nuestro sujeto a volver, porque justo acababa de vender el último disponible. Claro que al lado del edificio nuevo (más arriba) había locales donde seguro conseguiría lo que buscaba.  

En cierta forma Justino tuvo razón. El edificio nuevo era, precisamente, aquel donde iban a entregar el apartamento. Y si el sujeto hubiera buscado queso, papel de regalo, bocadillo, cinta pegante, minutos todo destino, papel higiénico, gaseosa, puntillas, curitas u otros productos de miscelánea todo hubiera sido perfecto. Pero de bombillos, nada.

Más allá del edificio nuevo y los locales solo había cerro. Resignado, nuestro sujeto bajó (literalmente) a buscar la luz. En descenso, por supuesto, rindió más, y pudo esbozar rutas alternas para simplificar el segundo ascenso. Ya en terreno plano llegó a un supermercado donde, tras vagar 15 minutos por los pasillos, finalmente encontró los bombillos, en una columna medio escondida entre los insecticidas y los desechables.

Con el producto en la mano, se lanzó de nuevo a conquistar la cima. Aprovechando lo aprendido durante el descenso, caminó seguro de sí mismo, siempre hacia arriba. Y hacia arriba, y hacia arriba hasta llegar a una calle cerrada. El celador de turno le explicó que para alcanzar su meta tenía que bajar tres cuadras y volver a subir más o menos cuatro. A estas alturas (en todo sentido), la descripción del sujeto incluía respiración entrecortada, ropa sudada, dolor en las piernas y voz interior que recordaba constantemente que si estaba en esas era por su propia decisión.

Ultimo esfuerzo. Casi rodando descendió y casi arrastrándose volvió a subir hasta coronar la meta. El encargado de la entrega esperó pacientemente los 20 minutos hasta que el encargado de recibir medio se recuperó y luego ambos subieron al apartamento… amoblado y totalmente surtido. 

Surtido que incluía, por supuesto, todos los bombillos debidamente instalados y ensayados.

Pregunta al margen con alguna relación

¿Qué es lo peor de los jóvenes ciclistas urbanos?

La detestable, incivilizada, antiestética y vulgar costumbre de mostrarle los pantaloncillos al pobre e indefenso sujeto que está detrás de ellos.

Detalles aquí

miércoles, 26 de julio de 2023

La noche que el cucho escucha




El singular y un poco tacaño diseño de los apartamentos modernos se refleja en paredes delgadas que permiten —o mejor, obligan— a escuchar conversaciones ajenas o compartir aromas con los vecinos. Así le consta al señor Ariza, como tuvimos la oportunidad de comentar aquí hace unos años. De un tiempo para acá, el factor edad le ha agregado un nuevo elemento a los códigos sonoros y aromáticos. Extrañas —por no decir inexplicables— costumbres nocturnas.

Explicamos. Ariza se puso viejo, por lo que duerme menos y se despierta más fácilmente ante estímulos externos. Esa condición le ha permitido detectar curiosos hábitos de los vecinos de arriba. Redecorar moviendo muebles (o mejor, arrastrándolos) después de la medianoche. Caminatas nocturnas con el pastor alemán, el yorkie y el perro criollo colombiano sin salir del apartamento, también en medio de la noche. ¿Qué cómo lo sabe? Fácil, los sonidos que se escuchan desde el falso techo de su apartamento —el de Ariza— que empalma directamente con el piso de la vivienda superior.

Si los de arriba tienen extrañas formas de lidiar con el insomnio, los del lado son igualmente exóticos. Más o menos a las 11 (sí, p.m.) comienza una conversación en tono grandilocuente. Nunca se entiende lo que dicen, pero suena como algo muy importante.  Ariza no ha logrado captar el contenido pero la forma lo lleva a tres hipótesis. O es algún formato audiovisual (streaming, televisión, podcast, radio) o los vecinos se ponen en modo discurso en vísperas de medianoche, o es un caso crónico de esa parasomnia denominada somniloquia. Estos nombres rebuscados para el acto de hablar dormido nuestro protagonista los encontró en internet, mientras el monólogo o diálogo al otro lado de la pared acompañaban su involuntario desvelo.

Desde otros muros o ventanas se captan algunos clásicos. El aprendiz de músico con su repetición interminable de acordes de algún instrumento o ejercicios vocales, muy meritorio como crecimiento personal, pero insoportables como rutina nocturna. Cierta combinación de movimientos de cama y sonidos poco inteligibles de origen humano cuya interpretación dejo a la imaginación del lector. La música a todo volumen que, por lo menos, tiene la lógica del rumbero irresponsable con cero empatía ante sus vecinos. El bebé recién nacido que reclama atención de sus padres —y de los vecinos— haciendo gala de su capacidad pulmonar. Ruidos relativamente normales, pero ampliados por el silencio de la noche.

Los acompañan otros no tan esperados. El ruuu, chac, ruuuu, chac de alguna lavadora que, supone Ariza, solo está disponible para el usuario de turno de las 10 (sí, p.m.) en adelante. El inaplazable martillazo o taladrazo —muy esporádico, pero se da— correspondiente a algún arreglo locativo que por razones desconocidas debió hacerse en la madrugada del fin de semana. La máquina indefinida de alguna industria igualmente misteriosa ubicada ilegalmente en sector residencial. El inconfundible sonido del sanitario descargándose, acto bastante privado durante el día, pero cuyo audio atraviesa puertas y paredes después de la medianoche. Y el suave murmullo acompañado de golpes ligeros como si alguien estuviera barriendo el piso, sacudiendo y limpiando objetos... ¿a las 3 de la mañana?

Son hábitos tan respetables como inoportunos que pasan desapercibidos para los jóvenes y su sueño pesado, pero ya se volvieron rutina en la vida de los cuchos como Ariza. Lo despierta la conversación de los noctámbulos que pasan cerca de su ventana, el servicio de recolección de basura programado para medianoche o madrugada, o la lejana o cercana alarma del carro del sordo que se dispara a horas inoportunas. La condición auditiva del propietario del vehículo es una deducción de Ariza, que no encuentra explicación diferente al hecho de que se demoren tanto en apagar la maldita sirena.

Techos, muros y ventanas se han convertido en canales de sonidos que le roban tiempo al descanso. Ariza no se desgasta librando batallas perdidas de antemano, aunque siempre se hace la misma pregunta.

¿Esta gente a qué horas duerme?

jueves, 30 de marzo de 2017

Encuentro en la lluvia

Joaquín es el hombre de la casa pero en versión posmoderna. La traducción es que su esposa, Sandra, trabaja. Él se encarga de las actividades del hogar, léase aseo, cuidado de los niños, cocina y compras, entre otros.

El hombre se graduó de amo de casa por cuenta del desempleo. Ni él ni Sandra tienen la intención o el tiempo para meterle reflexiones de igualdad de género al asunto. Simplemente esa es su vida. Es más. La jornada en día laboral tiene un punto de giro que, objetivamente, clasificaría como machismo. Incluso en su faceta defendible, como es la caballerosidad.

La tecnología ayuda. A punta de mensajes telefónicos Joaquín sabe el momento exacto en que llega el bus que trae a su señora de vuelta al hogar. Y todas las noches –con luna o sin ella, en tiempo seco, llueva, truene o relampaguee– está ahí para darle la mano a Sandra, ayudarle a descender, saludarla con un beso y recorrer juntos los 150 metros que hay entre el apartamento y el paradero.

Guillermo no sabe nada de esto. No conoce a Joaquín, no conoce a Sandra,  no tiene problemas de empleo, y ese día en particular se vistió de marrón (chaqueta) y azul (yin). Su jornada transcurrió normalmente. La única novedad al salir fue esa leve llovizna que refrescaba la noche.

Leve llovizna que en pocos minutos había evolucionado a tremendo aguacero. Aguacero de esos que mueven la ciudad en cámara lenta. De esos que convierten las calles en arroyos. De esos que reducen al mínimo el campo visual de quienes se atreven a –o les toca– salir a la calle. Es decir de esos en los que no se ve nada.

Guillermo tiene un problema adicional. O no lo tiene. No tiene paraguas. A medida que el bus avanza y la distancia entre su destino y su posición actual se reduce, la mente va diseñando estrategias para mojarse lo menos posible.

Cuando restan pocas cuadras, comienza el operativo. El hombre se levanta y rápidamente se ubica de primero en la puerta. No es un capricho. La combinación de elementos como semáforos, tránsito, vehículos en la calzada y velocidad del bus hacen que cada segundo sea invaluable. Bajarse de primero o de segundo puede ser la diferencia entre cruzar la calle o quedar atrapado en la acera, a merced de los elementos.

Por eso tuvo que empujarse un poco con otro pasajero. ¿O pasajera?  La verdad ni se fijó. El bus para, la puerta se abre, una mano amiga le ayuda a descender, –detalle cortés–  lo atrae –detalle sospechoso– y le da un casto beso en la boca –detalle desconcertante–.

Guillermo y Joaquín se miran a los ojos antes de reaccionar. Como si acabaran de electrocutarse mutuamente, se sueltan y, en un movimiento sincronizado dan un paso atrás. O mejor, un salto. Aunque la lluvia no ha cedido un milímetro, a ninguno de los dos le importa si se moja o no. Y no saben qué hacer o qué decir.

Sandra sí sabe. Entiende lo ocurrido en fracciones de segundo. Pero no puede hablar porque está en medio de un incontrolable ataque de risa. En la mano aún tiene el teléfono con el último mensaje que intercambió con su esposo: “ya llego mi amor, recuerda, tengo la chaqueta marron y un bluyin”.

martes, 29 de noviembre de 2016

La persecución

Era una noche sin luna. Oscura y tenebrosa. Y Suárez no debía estar ahí. Pero se puso de proactivo (¿sapo?) a escoltar a la jefa hasta la casa. Cómo iba a saber que la señora tenía su morada en un barrio tan estrato bajo. Bueno, cada uno vivía donde se le daba la gana. Si había un culpable, era  él.

Él fue el que se ofreció. El que dijo que podían tomar el mismo taxi. Supuso –equivocadamente– que coincidían en ruta y guardó silencio cuando la jefa anunció una dirección al otro extremo de la ciudad. En vez de permitir que la señora pagara insistió en hacerlo. Y en vez de decir que no tenía suficiente dinero para que el taxi lo llevara a su casa simplemente lo despachó para que no tuviera que “esperar”.

Nunca se supo esperar qué, porque cinco minutos después la jefa estaba en casa y él, solitario, en la calle oscura, tenebrosa e insegura. La buena noticia era que a pocas cuadras quedaban la avenida y el paradero. Inició su camino en procura de la zona segura, en este caso la estación del bus.

Paranoico sí estaba. Veía sombras amenazantes y sentía que lo seguían. Periódicamente volteaba pero no, solo se veía un sujeto a la distancia. Posiblemente ni siquiera iba para el mismo lado que él.

Segunda volteada. El tipo seguía ahí. Caminando, y aunque todavía lejos, ya no tanto.

Tercera volteada. Era oficial. El tipo iba en la misma ruta que él. Y cada vez más rápido. Y cada vez más cerca.

Suárez no estaba boyante en materia de efectivo, como ya vimos. Tampoco portaba elementos de mucho valor. Reloj de agáchese, “esmalfon” chino y esfero de $2000 (la caja). Y las gafas, sin las cuales el mundo a su alrededor se volvía tierra de sombras. El problema era que el ladrón –oficialmente ya lo era– no tenía por qué saber eso.

En parte por dignidad y en parte por estrategia apretó el paso pero sin correr, para no alertar a los delincuentes. Sí. Los. Aunque solo había visto uno, estaba seguro de que una banda completa, si no un clan, se habían confabulado para atracarlo.

Y entonces pasó lo que tenía que pasar. Tropezó contra algo y las gafas fueron a dar al piso. El dilema ya no era entre seguridad y movilidad, sino entre visibilidad y riesgo Resignado, se arrodilló y empezó a tantear los alrededores. El sitio del desastre quedaba justo al lado de un negocio,  de esos de barrio,  con tremenda vitrina. Cerrado, por supuesto, pero la mezcla de luces internas y externas generaban un efecto espejo.

Mientras buscaba los lentes de vez en cuando levantaba la mirada para confirmar su inexorable destino. El reflejo de la figura del perseguidor se acercaba cada vez más. Iba directo para donde Suárez. Todo pasó en pocos segundos. Suárez encontró las gafas. El perseguidor llegó. Suárez se puso de pie buscando una ruta de escape. Tensionó los músculos  mientras sentía la adrenalina correr por el cuerpo y veía como su perseguidor… ¿Seguía derecho?

Sí, siguió derecho hasta ubicarse frente a la vitrina, sacar una peinilla, arreglarse el cabello y continuar su camino en medio de la noche sin luna, oscura y tenebrosa.

martes, 25 de octubre de 2016

La comida pasa al tablero

Para que yo exista solo se requieren unos marcadores borrables. Y alguien con letra aceptable. Puede ser mesero, cocinero, pariente, propietario o administrador. Vale combinar. Una buena ortografía es deseable pero no obligatoria. El cliente sabe que la “abichuela”, la “aullama” y la “enzalada” son iguales a la habichuela, la auyama y la ensalada. Se ven igual, saben a lo mismo y, lo más importante, cuestan igual.

Puedo estar colgado de una puntilla en la fachada. O invadiendo el poste de enfrente. O atravesado en medio del andén en algún soporte ingenioso diseñado por mis propietarios. Cuando no invado el espacio público paso las noches en un rincón al lado de la cocina. Me renuevan dos veces al día. A veces tres. En la mañana, temprano, me llenan de caldo con costilla, huevos al gusto, café, chocolate, tamal y combinaciones por un precio módico que se actualiza más o menos cada seis meses.

Mi momento estelar es poco antes del mediodía. Primero hay que borrar –casi nunca con borrador, más bien con trapo de cocina–. Entonces comienza el llenado con la lista de las carnes. Pollo, carne y lo demás. Las dos sopas del día, los principios (frijoles y otros dos), y el jugo ocupan mi superficie, terminando en el precio. A veces incluyo los infaltables  (papa, arroz, plátano y ensalada) según el espacio disponible.

Clasifico para la tercera edición cuando ofrezco servicio de comida. O cuando en las tardes pongo a disposición de mi hambrienta clientela papa rellena, empanada, buñuelo, pandebono –con o sin bocadillo–  pastel de hojaldre o algún otro alimento ligero, dietético y saludable.

Tengo lo que llaman una familia extensa. En todos los estratos. Mis primos de estrato 6 son los menús –o cartas– de los restaurantes elegantes. Publicaciones con tremenda portada, hermoso diseño, color, fotos y muchísimas páginas. A medida que  los precios bajan la presencia del menú también, hasta llegar a la fotocopia del restaurante del chino de la esquina. En el medio está la hoja plastificada y la elegante carpeta con páginas intercambiables que le ahorran al negocio nuevas portadas cuando se modifica el menú.

Otros parientes son los avisos ubicados sobre la cabeza del despachador en restaurantes de lo que llaman comida rápida. Con la foto que jamás se parece a la comida real, el nombre rimbombante y, por supuesto, el precio.

El primo desechable es la cartulina que normalmente contiene la misma información que yo, pero al terminar el día termina también su vida útil. La versión de larga vida son siete carteleras diferentes, una para cada día de la semana, que rotan constantemente hasta que haya cambios dramáticos en el menú, o el papel ya no dé más.

Dicen –a mí no me consta– que a la familia han llegado versiones de alta tecnología. Que la gente se conecta en sus dispositivos móviles para ver la oferta del día, y hacer la petición respectiva sin intervención directa del ser humano. Allá ellos. Yo seguiré trabajando para los que no tienen la tecnología, el tiempo, el estómago o la disposición mental o la plata para restaurantes elegantes, de cadena o, como dicen ahora, de autor.

Soy un guerrero. Trabajo para un negocio de combate. Soy la vitrina del menú del día.  Le anuncio al mundo el ejecutivo, el corriente y el especial. Soy un tablero de restaurante.

martes, 6 de septiembre de 2016

Cupido con caparazón

Kimo Sabi –nombre tomado de la televisión– es un sobreviviente. Sobrevivió a una recolección que lo arrancó de su hábitat natural cuando apenas era un bebé. Como en su infancia no había ecologistas ni animalistas para defenderlo, se estilaba instalar en la calle un acuario repleto de representantes de su especie, recién salidos del huevo, para venderlos a precio de ídem. El papá de Toñito consideró que era un buen regalo para su hijo y un día se apareció con la tortuguita.

El pequeño quedó encantado con su nuevo juguete e intentó criarlo con restos de lechuga. Un día la puso a nadar en una ponchera cuando se distrajo en algo. Al regresar encontró a Kimo Sabi patas arriba flotando en su “piscina”. Vino la histeria, los intentos fallidos de resucitación y la decisión de darle un entierro digno en el parque que quedaba justo frente la casa. Allí fue donde conoció a Elsy, la vecina curiosa que se acercó cuando el pequeño llorón iba a sepultar a su efímera mascota.

Con la emoción de la nueva amiga, a Toñito se le olvidó enterrar a Kimo Sabi. Solo supo de ella años más tarde, cuando una versión un poco más grande apareció detrás de unas matas. De alguna forma el reptil había sobrevivido y creado su propio ecosistema. Así, periódicamente, una versión cada vez más grande de la tortuga se materializaba por un tiempo y luego se refugiaba en algún recoveco que nunca nadie pudo encontrar.

Entretanto, Elsita y Toñito evolucionaron a Elsy y Toño, cómplices de vida de barrio. De jugar golosa pasaron a las escondidas, de las escondidas a idas a cine en patota, del cine a las fiestas de barrio. Pero el parche de amigos se fue disolviendo en la medida en que unos se mudaban y otros, como ellos, armaban su propia historia. De la vida compartida pasaron al saludo, cada vez más espaciado y menos efusivo. Hasta cuando los vecinos organizaron una fiesta de cuadra.

Elsa y Antonio convocaron sus respectivas parejas. Pero la del él nunca llegó. Problema que el caballero encaró a lo macho. Bebiendo. Entretanto, como la relación de Elsa con su novio tampoco estaba en su mejor momento, el tipo le hizo una escena y la abandonó en plena rumba. Ella, desconsolada, terminó caminando sola por el parque. Allí escuchó el ruido a sus espaldas. Al voltear vio a Antonio de rodillas, con los ojos cruzados de lágrimas. Las palabras no fueron necesarias. Ella entendió que ese había sido y sería, por siempre, el hombre de su vida.

Muchas veces Don Antonio ha pensado en contarle a Doña Elsa lo que realmente pasó. Él estaba tan borracho que salió a tomar aire. No supo cómo terminó en el parque pero pronto decidió que no era buena idea andar por ahí a esas horas. Y si no era buena idea para él menos para la vecina. Así que se le acercó sin ninguna intención diferente de sugerirle que volvieran a la fiesta cuando tropezó. Cayó sobre sus rodillas en una posición particularmente dolorosa. Tanto que se le aguaron los ojos. Lo cual, sumado a la lengua trabada por efectos del alcohol le impidió hablar.

No encontró otra forma de pedir ayuda para levantarse que poner cara de súplica. En ese momento no entendió por qué ella lo miró así, le ayudó a ponerse de pie y lo besó. Pero algo comenzó esa noche. Cuatro hijos, nueve nietos y seis bisnietos lo confirman. 

Por cierto, esa fue una de las cada vez más esporádicas apariciones de Kimo Sabi. La tortuga había crecido lo suficiente para que un borracho cayera al piso si se estrellaba con ella. Como le pasó a don Antonio. Cupido también puede usar caparazón.

martes, 9 de agosto de 2016

La batalla de los arcos

En esos tiempos cancha y calle eran sinónimos, la grama era el pavimento y los equipos se conformaban entre vecinos. Un día los pelados de la cuadra se cansaron de los ladrillos. Su interés en la materia prima de la construcción no tenía fines arquitectónicos ni vandálicos. Era futbolístico, cuatro ladrillos para construir los arcos. Entre partido y partido alguien propuso la idea. Pagar entre todos unos arcos de  madera. Cada uno aportó de acuerdo con sus finanzas familiares. Y se hicieron las canchas

La inauguración oficial del estadio callejero fue un viernes en la noche. Asistencia total. De un lado Flaco, Pelona, Caribonito, Gorilón, Mechudo, Gafas, los Hermanos y Lolo;  enfrentados al Negro, Careyuca, El Enano, Fofo, Pipe, Terciopelo y los Monos.

Pipe tenía dos ventajas. Su hermana y su balón. La primera por bonita y el segundo por marca y calidad. La hermana parecía inalcanzable; pero el esférico sí era invitado permanente a los partidos. En el otro equipo de ese día militaba Gorilón,  desproporcionadamente alto para sus 12 años. Por unanimidad él era el plan B de bodega para los arcos. Él no, su casa. El plan A, como reconocimiento al dinero aportado, estaba en la casa de Pipe.

En medio del juego, mamá Pipe hizo el tradicional llamado a mijito desde la ventana. Los jugadores ya conocían la rutina. Pipe cogía su balón y se iba. El encuentro seguía con el balón del Flaco, menos elegante, aunque sin límite de tiempo. Pero ese día Pipe no solo cogió su balón, sino que agarró las canchas y arrancó para la casa. Gorilón se atravesó dispuesto a hacer valer su derecho de arco. Comenzó la discusión.

La  mamá de Pipe reaccionó, dispuesta a proteger a su "niño". Se plantó en medio de los muchachos y concentró su artillería verbal sobre Gorilón. Pipe no sabía si esconderse o defender a su progenitora. Cierto, era un niño consentido, pero también tenía una imagen frente a sus amigos. Así que tuvo un acto de nobleza interesada. Reconoció el derecho de Gorilón sobre los arcos, porque él también había aportado plata.

Sin embargo, mamá Pipe ya no tenía reversa. “Diga cuánto es y yo le doy la plata, nadie va a humillar a mi niño por unos pesos. ¡Diga!”. Además, la hermana había entrado en escena y Gorilón la amaba en silencio. Permanecía callado porque, dijera lo que dijera, debía tener efecto triple. Derrotar a Pipe, callar a mamá e impresionar positivamente a hermana.

“!A mí hijo lo respeta, señora!”. La mamá de Gorilón no era tan protectora, pero no se iba a quedar mirando desde la ventana mientras agredían verbalmente a su pequeño de 1.70. Con su entrada, la discusión se socializó. Cada interpelación atravesó puertas, ventanas y paredes convocando papás y mamás de Flaco, Pelona, Caribonito, Mechudo, Gafas, Hermano, Lolo, Negro, Careyuca, Enano, Fofos, Terciopelo y Monos.

Como no era mucho lo que se podía decir sobre las canchas, la discusión se amplió a otros temas relacionados con la convivencia. El excesivo volumen de los equipos de sonido. Los carros mal parqueados. Las cuentas del bazar de tres años atrás. Nadie sabe cuanto tiempo duró la pelea pero –más por cansancio que por otra cosa– finalmente un arco salió para la casa de Pipe y otro para la de Gorilón.

Al día siguiente la muchachada se reunió para su partido diario. Los cuatro ladrillos de siempre marcaron los arcos. Los jugadores se redistribuyeron en grupos completamente diferentes a los de la noche anterior y empezó el juego. Nadie volvió a utilizar los arcos de madera. Ah, y ese día Pipe y Gorilón jugaron. En el mismo equipo.

martes, 12 de abril de 2016

Historias de películas lejos de casa. Las buenas noticias


Años atrás, ir a cine era uno de los mejores programas. Al traspasar el umbral de la sala, solo o acompañado, la realidad desaparecía durante tres horas mientras el asistente se sumergía en un mundo de sueños, de aventuras, de humor, de romance. Era un ambiente diseñado para establecer la relación ideal con la historia en pantalla. Oscuro, silencioso y personal.

Ah, y muy barato. Durante mucho tiempo estuvo sometido a control de precios. Esto significa que el gobierno de turno definía el precio de la boleta. La memoria de quien escribe esto (modelo 62) recuerda entradas de 5.50  (sí, cinco pesos con cincuenta centavos) que tuvieron un alza “escandalosa” a 6.60.

Igual que ahora, los teatros contaban con ventas internas de pasabocas, a precios ubicados en algún punto entre caros, especulativos y abusivos. Pero no había problema. Un personaje infaltable en la puerta de los teatros era el puesto de dulces que le montaba  competencia a la tienda interna.  Todos “sabíamos” que ese era más barato que comprar  adentro. Ahora que lo pienso, no recuerdo nunca haber comparado precios, o alguna investigación que sustentara dicha afirmación. Pero lo que sí tengo claro es que no existía ese letrero medio amenazante  que nos  ha convertido a algunos en traficantes de chocolatinas y paquetes. Me  refiero  al de “Prohibido entrar comida”.

Las películas duraban semanas, y hasta meses, en cartelera.  No cómo ahora, cuando promocionan una película seis meses y permanece dos días en exhibición.
  
Sí, había filas  gigantescas. Existían porque los teatros eran gigantescos. Algunos fueron convertidos, con el paso del tiempo, en multiplex con cinco o seis salas. Circularon leyendas sobre espacios que más allá de la popularidad de la película o la abundancia de público jamás se llenaron, porque no había gente pa tanta cama.

El barrio tenía su propio cine. Ideal en horarios complicados como la nocturna o como alternativa pantallera para la vida de calle, junto con el partido de banquitas, la conversación en la esquina y las empanadas de la tienda de doña Ruth.

Todas las vitrinas de los teatros exhibían en fotos escenas de las películas. Incluso de aquellas dirigidas al público adulto, lo cual permitió a mi generación asomarse al mundo prohibido antes de tiempo, hasta que alguna ministra de Comunicaciones cortó de raíz ese espectáculo indecente y, lo más peligroso, gratuito.

Ese cine para adultos –“por no” dejar de mencionar el tema- generalmente compartía modalidad con otros espectáculos más familiares: era rotativo. Esto significaba que por el precio de una boleta, podíamos  pasar el día completo en la respectiva sala, viendo, generalmente, dos películas –o hasta tres, no estoy seguro–. La oferta normalmente contaba historias de un personaje o grupo social  (karatecas, vaqueros, romanos, soldados,  policias), que intercambiaban golpes y municiones con algún equivalente (karatecas, vaqueros, romanos, soldados, ladrones) con suficiente saña y constancia como para que las tres primeras filas tuvieran que esquivar balas y golpes.

Al final ganaban los  buenos que, por cierto, solían estar claramente diferenciados de los malos. Al final ganaban los asistentes que, pese a las largas filas, a los problemas para obtener un buen puesto, o a las salidas en pareja con una tercera persona se gozaban el filme de turno.

Esas eran las historias de película lejos de casa

martes, 5 de enero de 2016

La actividad más peligrosa del mundo


Existen personas que escogen trabajos u opciones de vida que implican un riesgo permanente, incluso para la propia existencia. Bomberos, policías, soldados, árbitros de fútbol. Sin embargo, la rutina más peligrosa no está en formar parte de las fuerzas armadas, practicar deportes extremos, laborar en ambientes dañinos o exponerse a riesgos biológicos. 

No.  Por lo menos en Colombia, existe una actividad que, según lo ratifica diariamente la información publicada por los medios de comunicación, siempre termina en muertos, heridos y lesionados. Por razones que no son del todo claras, sus protagonistas tienden a perder el control, incluso cuando son amigos o parientes, generando enfrentamientos de consecuencias lamentables. Y si eso no pasa, si no son ellos quienes pierden el control, un actor externo llega y arremete de forma violenta contra los mismos. 

Corresponde al Estado limitar, sino prohibir, esta práctica, a todas luces dañina, perjudicial e insegura. No más. Llego la hora de impedir, por medios legales o los que sean necesarios que le gente siga departiendo.

Porque cuando ustedes acceden a noticias sobre familiares que se trenzan en peleas, amigos cuyo exceso de alcohol despierta enemistades ocultas, o grupos que repentinamente se ven atacados por actores armados invariablemente leerán u oirán frases como “mientras departían”, “se encontraban departiendo” o “habían estado departiendo” momentos antes de que llegara la desgracia.

El diccionario avisa aunque es un poco ambiguo. En los significados  que uno encuentra para el verbo en mención en la página web de la  Real Academia de la Lengua el primero es hablar o conversar, pero después aparecen otros más realistas como altercar, separar, diferenciar. Y se incluyen algunos que suenan medio exóticos: enseñar, discurrir, demarcar y estorbar.

Pero volviendo a la necesaria reglamentación por vía judicial y administrativa, podría comenzar no con la prohibición absoluta, pero sí con limitaciones a los espacios disponibles. Es imprescindible impedir, al precio que sea, que la gente departa en las esquinas. Solo hay que revisar la información judicial y policial para mostrar incontables ejemplos de las consecuencias nefastas que genera esta práctica.

En orden de prioridades, las siguientes áreas restringidas deben ser los parques, los  negocios al aire libre,  los negocios cerrados y los hogares, principalmente en épocas festivas como fin de año, carnavales o ferias.

Confiamos en que de esta forma podrán reducirse de forma significativa los índices de violencia  y las cifras de lesiones y fatalidades.

Claro que no faltarán los intelectuales y envidiosos que ante mi revolucionaria propuesta, digan que ese no es el problema, sino que los periodistas deben dejar de utilizar palabras comodín –lugares comunes, que llaman- las cuales significan todo y no significan nada.

Buen tema para departir.

jueves, 19 de noviembre de 2015

La saga del pollo perfecto


Las razones por las cuales Eduardo estaba antojado son asunto de psiquiatras y psicólogos. Aquí nos limitamos a los hechos. Esa noche, el hombre quería pollo asado. El problema era de tesorería.  Fin de mes, poca plata. Y de familia porque aunque él era el antojado, ni modo de dejar por fuera del banquete a su mujer y sus hijos.

Los gastos del trasteo habían menguado el presupuesto. El tipo estaba estrenando apartamento y barrio. Lo bueno era que su memoria proyectaba una imagen del día de la mudanza. Un negocio cuyo letrero proclamaba el precio adecuado. Y con adicionales.

El pollo asado tiene estratos. El más alto corresponde a cadenas de restaurantes tradicionales, producción industrial, locales impecables, personal uniformado y domicilios centralizados a través del call center. A medida que baja el estrato desaparecen elementos. Los restaurantes son independientes. La producción está a cargo del solitario asador y la multifuncional cocinera. Los locales no son tan impecables. El personal se viste como quiere, limitado por las regulaciones sanitarias (a veces). Los domicilios entran por el celular prepago del dueño. Y cada cambio de estos va bajando el precio.

El negocio que recordaba Eduardo parecía carecer de domicilios, ser bastante flexible en la parte estética –tanto del personal como del local– e incluir opciones como “almuerzo” a precios sospechosamente cómodos. Se trataba de buscarlo. Así que el hombre se bajó del bus y empezó a callejear. 

Ahí fue cuando descubrió que si algo abundaba en su barrio eran los asaderos de pollo. De todos los precios y para todos los gustos. Fueron como dos horas calle arriba y calle abajo mirando menús o preguntando hasta que apareció el negocio de marras. La mesera-cajera-cocinera explicó que el pollo incluía papa y arepa. Como el hijo de Eduardo tenía su pelea particular con los tubérculos, el hombre pidió plátano.

Transcurrieron veinte minutos adicionales hasta que el pedido llegó convenientemente envuelto. ¿Cuánto es? ¡Cuánto! La cifra superaba la del letrero promocional. Le explicaron que el plátano era adicional. Que pena señora, no sabía, ¿será que lo podemos quitar? Claro señor, no hay problema

Problema no hubo, pero afán tampoco, 20 minuto más mientras se reorganizaba el pedido. Y a la hora de pagar, la infaltable pregunta ¿No tiene más sencillo? Los recursos del pollo formaban parte de un billete de 50 mil cuyo destino estaba milimétricamente repartido entre servicios públicos, mercado básico, y la cuota para la tía de los perfumes. 20 minutos más mientras el asador-mesero-mensajero consiguió cambio.

Cuando llegaron las vueltas Eduardo, afanado y preocupado por tener a su familia aguantando hambre, partió a paso presuroso. Creyó oír algo mientras se alejaba, casi al trote. Caminó bastante, porque el negocio era lejos de su casa. Llegó. Tarde, pero llegó. Abrió su morral y… no había pollo.

En el mostrador del negocio de marras reposaba su pedido, olvidado en medio del afán.

Esa noche, el pollo perfecto en la mesa de Eduardo mutó a huevos con cebolla y tomate improvisados por su recursiva esposa, complementados con arroz de la olla.

El antojo continúa.

martes, 27 de octubre de 2015

Invertir en el silencio


Por enésima vez, un vecino encara al joven. Por enésima vez, educadamente se le pide que baje el volumen de la música. Por enésima vez se le explica como el alto volumen afecta la calidad de vida, el sueño de la gente e incluso su salud. Y por enésima vez el interpelado, con su habitual desparpajo y su tono digamos, caribe, responde algo así como “pero vecino, no entiendo porque a ustedes no les gusta la alegría”.

Al igual que todos los residentes, el interlocutor de turno conoce la traducción: “voy a seguir oyendo música y solo la callaré si viene la Policia, aunque cuando esta se retire la música volverá”. El vecino pone cara de circunstancia, mira al joven directamente a los ojos y en tono solemne anuncia… “Yo no quería hacer esto, pero usted nos obligó”…

Y antes del desenlace, veamos los antecedentes. La mayoría de los habitantes del edificio son parejas cuyos hijos ya armaron su vida. La edificación pasó por etapa de niños, de adolescentes, de jóvenes y ahora está en etapa de adultos mayores.

Los adultos mayores prefieren la tranquilidad. La que reinó hasta cuando una familia compró apartamento para que su hijo estudiara en la capital. El joven resultó aficionado –como mostraba la evidencia de todos los fines de semana– a la música estridente hasta el amanecer, acompañado de amigos con gustos similares. Ahora, en honor a la justicia hay que decir que el hombre sería escandaloso, pero grosero no era. Ningún vecino o celador de los que se han turnado en hacerle el reclamo ha recibido respuestas agresivas o disonantes. Pero la música no baja.

Como las autoridades competentes solo solucionaban momentáneamente el problema, los vecinos, cansados, se reunieron en asamblea extraordinaria. Claro, había opciones legales que implicaban un buen pleito; largo, aburridor y costoso. Don Gómez, del 501, preguntó si se podía contactar a los propietarios del inmueble. La respuesta fue que los dueños, es decir los padres del joven, sencillamente no creyeron que su muchacho fuera tan irresponsable. Y Don Gómez no dijo más y durante unos días nadie lo vio por ahí.

Don Gómez, por cierto, parecía tener una posición económica bastante holgada. Él no hablaba mucho del tema con sus vecinos, aunque alguna vez soltó una máxima que resumía sus finanzas personales. “Plata invertida, pero bien”.

A propósito de Don Gómez, él es quien está frente a frente con el joven. El vecino es viejo, pero grande. Los amigos del joven acuden a  la puerta, porque perciben algo amenazante. Gómez,  con un movimiento rápido se corre hacia la derecha. Detrás de él aparece una mujer de edad indefinible, delgada, de aspecto frágil y rostro arrugado.  Minutos después los amigos del joven salen corriendo del apartamento para nunca volver. Y al interior solo se oye la cantaleta interminable de la señora, mientras que, de vez en cuando, el joven intenta intervenir, sin poder pasar de un “…pero mamá”.

Al día siguiente, en improvisada asamblea extraordinaria de vecinos el exrumbero pidió excusas, y se comprometió, lo que cumplió a cabalidad, a terminar sus jaranas semanales. Don Gómez no fue a la reunión. El viaje hasta el pueblo del joven, la búsqueda de su familia, la invitación a la capital para la madre, y la representación en la puerta del apartamento lo habían dejado cansado, y un poco menguado en sus ahorros.

Pero esa plata estuvo bien invertida.

martes, 13 de octubre de 2015

Arroz chino, aguacates y ciclistas voladores


Es domingo. William no quiere salir y nadie en casa quiere cocinar. ¿La solución?  El hombre se manda la mano al dril y encarga un domicilio. Son las 12.30. del mediodía.

A esa hora, doña Marcia va hacia la tradicional reunión familiar. Ya compró los tres aguacates de siempre. La vía está solitaria y es de reconocer que se distrae un momento. Así que el alarido del ciclista asusta. Los aguacates van al piso. Atraídos por una fuerza invisible ruedan, ruedan y ruedan hasta caer dentro de una alcantarilla destapada.

Jairo ni siquiera se detiene a ver que pasa con la vieja. No escucha nada en sus audífonos de tortuga. Además su bicicleta tiene prioridad. Y afán, porque de nuevo va tarde a su trabajo como repartidor. Pero es la última vez. La cajera le pasa el dato. El Chino está cansado del incumplimiento y al final del día pagará lo pendiente y adiós.

Cuando doña Marcia llega, su hermano pregunta por los aguacates. Y en vez de la bolsa de siempre recibe un comentario hosco, en tono de molestia. Mala señal. Desde la infancia sabe que cuando a Marcia se le sale el mal genio, pasan unos cuantos días antes de que vuelva a su estado natural. Que lo digan sus ex maridos.

En cambio Jairo se molesta en cámara lenta. Primero es una rabiecita. Gana intensidad al empacar las cuatro porciones de arroz del primer pedido. Cuando sale para donde el cliente ha evolucionado a rencor y deseo de desquite.

William está seguro de que El Chino miente. Como así que el domicilio salió una hora antes. Ya casi son las 3.00 de la tarde, y todos están bravos y hambrientos. Mientras, Jairo y sus amigos disfrutan del arroz. La idea inicial era simplemente demorarse un poco, pero aparecieron los del parche y algo parecido a una sofisticada venganza tomó forma. El pedido nunca llegaría, el chino quedaría mal. Tal vez perdería clientes…

Lunes. William amanece envenenado después de haber tenido que salir a buscar pollo asado a las 4 de la tarde. Doña Marcia sigue brava por los aguacates. Pasa justo por la entrada del parqueadero cuando el carro está punto de ingresar y oye el pitazo. Reacciona. Voltea y le ladra algo al conductor. William insiste, pita de nuevo. Durante un par de minutos intercambia adjetivos con la señora atravesada hasta que ella le da paso y se aleja despacio, girando de vez en cuando para hacerle alguna observación poco agradable a su nuevo “amigo”.

El conductor responde con un par de “flores” verbales. En ese momento se entera de que por otra entrada del parqueadero alguien se apoderó del último cupo. La palanca de cambios pasa a reversa, el espejo retrovisor  muestra que no vienen carros y con un movimiento brusco retrocede buscando a la vía.

¡PUM! La bicicleta que viene por el andén golpea el automotor y el ciclista, con sus audífonos tipo tortuga, pasa volando por encima del baúl y cae al otro lado. El afán por llegar adonde El Chino antes de que este cumpliera su amenaza de llamar a la Policía, la salida intempestiva del vehículo y su despiste natural impiden que Jairo esquive el carro.


El informe de la aseguradora habló de lesiones personales en accidente de tránsito por imprudencia de los implicados. Y en ninguna parte se mencionó a los verdaderos culpables: cuatro cajas de arroz chino y tres aguacates,