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miércoles, 27 de mayo de 2026

El nacimiento de una pasión

Tiene entre tres y cuatro años. Duerme. Empiezan los ruidos. Primero un rumor que, lentamente, crece en frecuencia e intensidad. Esa intensidad y la permanencia de los sonidos lo sacan, poco a poco, del mundo de los sueños.  Son voces.  Somnoliento, el pequeño se levanta de la cama en busca del origen del escándalo. 

El universo de Efra tiene varios habitantes permanentes. Él está todo el día con la señora grande a la que le dice mamá. Ella lo despierta. Lo baña. Lo viste. Le da de comer. Juega con él. Lo consuela cuando llora. A veces lo lleva donde otras señoras grandes y otros niños y niñas. O esas señoras y los niños van a su casa.

Por la tarde llegan los hermanos mayores. No son tan grandes como papá y mama. Se visten igual todos los días menos los sábados y domingos. Hablan con mamá de algo que se llama colegio. Ella le dice a Efra que en unos años él también irá.

Está el señor grande al que le dice papá. Ese que solo ve los fines de semana. A veces lo oye, de noche. Cuando están juntos le dice cosas que él no entiende. Lo alza y lo hace reír. Algunos fines de semana salen a pasear con la mamá y los hermanos mayores.

También hay tíos y tías. A Efra le gusta que vayan porque traen dulces y juguetes. Y porque llevan a los primos para jugar. Otra cosa que le gusta es ir donde los abuelos. La abuela es una señora con la cara arrugada. Siempre tiene cosas ricas para comer. El abuelo es un señor grande, pero no tanto como papá. Tiene la cabeza como un helado y muchos pelos en la cara. Habla poquito.

Los grandes nunca están todos juntos. Pero en la noche de los ruidos. Efra siguió la bulla hasta la sala del televisor. Ahí estaban. Todos con una camiseta del mismo color. Con banderas. Papá. Mamá. Hermanos, tíos, abuela, abuelo, primos. Hacían cosas raras.  Hablaban, pero no entre ellos, sino con el aparato de televisión. Más bien contra el aparato. Lo regañaban, lo insultaban, le rogaban. Se cogían la cabeza con las manos y vociferaban palabrotas que Efra nunca había escuchado. Había sillas pero se paraban a cada rato.  Uno de los hermanos se comía las uñas. El otro hermano se acurrucaba en un rincón del sofá con cara de susto. Los primos repetían un estribillo. Una tía parecía a punto de llorar.  

Efra no olvida lo que pasó entonces. Todos fijaron los ojos en el aparato, se levantaron. Pusieron cara de angustia, emitieron gritos ahogados. Decían cosas como dele, así, ese es, hágale, ahora, péguele. Hasta que las voces se integraron en una sola, con otra palabra que él jamás había oído. Gol.

No, no fue gol. Fue algo así como ¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOLLLLLLLLLLLLL!

Todos celebraron. A grito herido. Hubo abrazos. Saltos. Puños al aire. Metamorfosis de rostros preocupados a caras alegres. De repente Efra estaba en medio de la fiesta. Papá lo tenía alzado. Mamá lo besaba. Los tíos, tías, primos, hermanos, abuela, abuelo festejaban. Algo muy importante acababa de pasar. 

…Don Efraín ha visto muchos goles desde ese día. A favor y en contra. Jugó fútbol, lo siguió apasionadamente, coleccionó álbumes. Lo gozó, lo sufrió y ahora se prepara para ver otro mundial.

Pero nada supera los recuerdos borrosos e imágenes sueltas de esa noche. Sabe que fue un partido de la selección. ¿Amistoso?, ¿eliminatoria?, ¿campeonato? Ni idea. ¿Contra quién? Menos. ¿Importa? Para nada. 

Ese fue su primer gol de hincha. De tele hincha. Su primer éxtasis futbolístico. Así nacen las pasiones.

miércoles, 22 de enero de 2025

El abuelo Yépez quiere ver televisión



Ese televisor hacía tantas cosas que la familia Yépez consideró solucionado su problema de entretenimiento de por vida. Tenía internet, TDT, plataformas preinstaladas (por pagar, pero eso es otro cuento), modalidad 3D, múltiples opciones de imagen y de sonido; y posibilidades de conectarse con la consola de juegos, el computador, la nevera, el microondas, el teléfono, las luces, las cortinas y la puerta. Además daba la hora, servía de despertador y se apagaba solo en casos de que el sueño superara al usuario.

De manera que los Yépez procedieron a la instalación, debidamente asesorados por técnico profesional certificado. Y en los primeros días cada miembro del clan se dedicó a explotar la nueva adquisición de acuerdo con sus intereses particulares. Finalmente, un domingo cerca de la medianoche le tocó el turno al abuelo Yépez, cuyas aspiraciones no pasaban de ver su  programa favorito en canal nacional.

Y para ese servicio en particular, el televisor no funcionó.

El hombre movió todos los controles posibles. Hasta leyó y aplicó estrictamente el manual pero nada. La maravilla tecnológica se negaba a sintonizar canales tradicionales. Tras dos horas de pruebas, apoyado por papá y mamá Yépez tocó despertar a los expertos tecnológicos de la familia. Como las edades de los peritos oscilaban entre los 7 y los 13 años, primero tocó explicarles qué era un canal de televisión, por qué los programas tenían horario fijo y no se podían ver a cualquier hora. Aclaraciones técnicas concluidas ellos tampoco pudieron. Con sueño, cansancio, y sobre todo frustración, los Yépez se fueron a dormir.

El consuelo fue que el asesor telefónico contactado a primera hora tampoco dio con el chiste. Luego de, muchos, muchos minutos de instrucciones, el aparato de televisión seguía sin servir para ver televisión de la forma tradicional. El experto dictaminó la necesidad de una revisión técnica in situ aplicando la garantía.

Días después apareció el experto, repitió todos los intentos previos, fracasó en todas las repeticiones y tras sacar fotos, llenar formularios y recoger firmas se llevó el aparato para la respectiva reparación. Reparación que no se llevó a cabo, porque pasadas 72 horas un personaje que se identificó como otro técnico del taller autorizado mensajeó las 4 palabras mágicas que le permiten a las empresas enredar su responsabilidad con los productos que venden: “Ustedes le dieron un golpe”. Y va foto. 

Pero el cliente de turno, (en este caso los Yépez) tenía esa mezcla de terquedad, tacañería, persistencia y paciencia para contraatacar. El primer round fue argumentar que el tal golpe y el daño no tenían ninguna relación. Vinieron más revisiones y dictámenes técnicos. Como la empresa insistió en su posición, tocó escalar el asunto ante la alcaldía, ante la superintendencia e incluso mirar la opción de instancias judiciales.

Teóricamente era una batalla de argumentos, pero realmente el asunto era de resistencia. Cuál de los dos se cansaría primero. Los Yépez, sin su televisor ultramoderno multiservicios y dedicando tiempo y recursos a escribir cartas, visitar oficinas y repetir el cuento; o la empresa, destinando recursos corporativos, técnicos y administrativos a generar respuestas y enfrentar requerimientos de autoridades competentes.

A estas alturas, el asunto va en una especie de empate. La empresa aún no aplica la garantía pero dicen en la superintendencia que devolver la plata o cambiar el aparato tiene futuro.  La familia Yépez, por su parte, recuperó sus rutinas de antes del televisor nuevo.

Y el abuelo Yépez ve su programa dominical en ese aparato que tiene hace años, el cual puede que no sea tan moderno, pero sirve para ver televisión.

miércoles, 3 de julio de 2024

Música animada en blanco y negro


Nota de la Redacción 

Esta Amilcarada viene con videos. Muchos videos. Pero no se enrede. Léala completa, disfrútela y si después quiere ver lo que leyó conéctese, haciendo clic acá ,a la playlist que creamos en Youtube. Algunos de los videos están a color y en inglés o japonés,  pero en la época evocada los veíamos en blanco y negro y todos tenían su versión en español.

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Una anécdota rápida que, supongo, nos pasa a todos (y si no, el loco soy yo). Tenemos canciones grabadas en lugares recónditos del cerebro. Periódicamente, algún estímulo las trae y activamos el archivo musical que llevamos en la pensadora. En ocasiones apenas recordamos (o creemos recordar) notas sueltas y parte de la letra. De lo que no tenemos idea es...  ¿dónde escuchamos eso por primera vez?

Pasó con la introducción musical de El hombre de acero. Ojo, no es Supermán. Tampoco es Ironman. Este man era un robot gigante manejado por un niño mediante un control remoto con joystick, antes de que existieran los joystick. Como buena serie japonesa, al traducirla en cada país le ponían un nombre distinto. El asunto es que un día, navegando por Youtube me encontré la presentación del programa. 

Retomo el comentario que hice en el video respectivo, 15 años atrás: “Se los juro, hace por lo menos 40 años que oí esta música por última vez, pero se me había quedado en el subconsciente. Hasta hoy me acuerdo de qué era. Esto sí que es un viaje al pasado”.

Hablando de tiempos pretéritos, la semana pasada hablamos de la parte técnica que antecedía a Mr Magoo. Pero el viejo cegatón no estaba solo en los dibujos animados de los años 60. El país del sol naciente nos envió unos cuantos animes, aunque nadie sabía que se llamaban así. Recuerdo otro. El Agente S-5, cuya arma letal era un mazo de cartas (en serio). Su banda sonora alquiló cuarto permanente en mi cerebro con ese tema que comenzaba;  “Todos los criminales / contra él luchan / pues todos quieren su total destrucción” y terminaba “…por la justicia, siempre lucha/ el agente S 5”.

Cualquier contemporáneo que haya leído el párrafo anterior le puso música a las últimas líneas. En ese revoltijo mental que se cocina en la cabeza del personal a medida que pasan los años, podemos olvidar personajes, tramas y aventuras de los telehéroes de la infancia. Pero como las canciones iniciales  siempre eran la mismas, esas sí quedaron en el disco duro. Aquí continúa un recorrido rápido,  desordenado y caótico  por intros de los programas animados que marcaron la infancia de este sujeto. 

Sigamos con los superhéroes de la época. Había un Super Ratón. Era como Supermán, pero en ratón. Vivía en la Luna (no es que fuera despistado, es que su residencia quedaba en el satélite), se enfrentaba a villanos que normalmente pertenecían al gremio de los gatos y tuvo historieta propia.

Otro personaje era el Cabazorro. De este no encontramos música pero clasifica porque su arma era una guitarra. Tenía una particularidad lingüística. En su doblaje al español hablaba como gringo. Lo mismo su identidad secreta: Tiroloco McGraw. ¿Cómo sonaba en inglés? Ni idea.

Si estamos en  recuerdos musicales, ni modo de ignorar a un niño sin poderes pero con tremenda banda sonora y muchas aventuras: Jonny Quest. Ni a una primera versión animada de Hércules (nada que ver con lo que hizo Disney años después) de la que evocamos al tenor inspirado que le ponía música al asunto.

Para terminar, los clásicos que incluso hoy en día todavía andan por ahí. Las nuevas generaciones los identifican como Looney Tunes. Nosotros los relacionábamos con dos canciones: la intro del Show de Bugs Bunny en dueto con el pato Lucas.  Y la que personalmente es mi favorita: el ave más rápida del universo: El Correcaminos y ese eterno perdedor al que todos terminamos cogiéndole cariño por física solidaridad: el Coyote. Por cierto, la serie tenía tanto introducción  como despedida musical . 

Supongo que a medida que avanzaban en la lectura, cada uno fue ampliando la lista con sus propios recuerdos. Los invito a incluirlos en los comentarios. Y para terminar, acudo de nuevo a Super Ratón. No es música, pero sí una recomendación bastante saludable con la que siempre cerraba el programa.  


miércoles, 26 de junio de 2024

Antes del "streaming", hubo un punto blanco



Mamá, ¿puedo prender la televisión para ver a Mr Magoo? 

Frase pronunciada por este sujeto, una o varias veces, en los años 60.

Mr Magoo era un personaje de dibujos animados con discapacidad visual (uso terminología moderna, en esos tiempos decíamos miope). Como su visión del mundo era completamente borrosa vivía metiéndose en líos, pero siempre salía ileso por dos razones: su excepcional buena suerte y ese sobrino (Waldo, creo) que ejercía como ángel de la guarda enrazado con pararrayos, porque todo lo que no le pasaba al tío terminaba afectándolo a él.

Eran los años 60 del Siglo XX. Me acordé de Mr Magoo a propósito de los 70 años de la televisión colombiana. Cada persona tiene su propia tele-historia. Aquí va una parte de la mía en versión infancia, (somos modelo 62, por cierto). El estado natural del televisor de la casa (solo existía uno) era apagado. Para encenderlo había que pedirle permiso a los mayores (quienes podían decir que no, pero ese es otro cuento). Cuando la solicitud infantil tenía éxito íbamos hasta el aparato, tomábamos una perilla, la girábamos hacia la derecha, sentíamos un crac (no clic) de que algo se había movido dentro de la máquina y… no pasaba nada. 

Los receptores de la época funcionaban con los llamados tubos de vacío. Antes de empezar a transmitir “algo” debía pasar. Le decíamos “calentar”. De hecho, el uso prolongado del televisor se sentía con un incremento notable de la temperatura de la caja. Lo de caja es literal. Cuadrada, grande, pesada y con pantalla embarazada. No se colgaba, Se ponía encima de un mueble, o era el mueble. 

Pero el indicador de que Mr Magoo estaba pidiendo pista no dependía de los calores. Era visual. Minutos (muchos) después de girar la perilla, en el centro de la pantalla aparecía un punto blanco. No como se encienden los bombillos, sino como las cocinetas eléctricas. Una lucecita casi imperceptible que ganaba intensidad poco a poco.  Alrededor del punto la pantalla verde (un verde muuuuyyyy oscuro) iba cambiando su color a una gama de grises con figuras en movimiento. Movimiento que no siempre era natural. A veces, la pantalla se llenaba de rayas diagonales psicodélicas. O las imágenes comenzaban a materializarse pero con lo que se llama efecto empuje en las presentaciones. Un cuadro que subía una y otra vez.

Cada problema tenía su perilla para efectos correctivos. En casos extremos había que ajustar la antena, o sea subirse al techo y manejar un sofisticado sistema de comunicación. El del techo movía la antena, preguntaba ¿YA? y alguien frente al televisor respondía ¡NO! !MÁS A LA DERECHA! Según la ubicación del aparato la operación técnica podía incluir repetidoras. Funcionaba así, el del techo le gritaba al de la ventana, el de la ventana le gritaba al que estaba afuera del cuarto, el de afuera del cuarto le gritaba al que estaba frente al televisor y este contestaba. La retroalimentación era igual, pero en reversa.

Solucionados los problemas técnicos el televisor quedaba prendido. Y no se apagaba más mientras hubiera algo que ver y alguien interesado. Visto el complejo procedimiento, no creo necesario explicar las razones.  

Para conocer el detalle de la programación estaban los periódicos o esperar hasta el final del último programa (cerca de la medianoche), cuando una locutora con cara de brava (supongo que por trasnocharse todos los días) leía lo que se vería al día siguiente. Aparecían barras y después la nada, que en televisión equivale a puntos y a ese ruido de jizzzrrr que todavía nos acompaña cuando no hay señal.

Entonces, el último televidente se levantaba, movía hacia la izquierda la perilla hasta llegar al crac y con la misma lentitud del encendido las imágenes comenzaban a difuminarse. Hasta que solo quedaba, justo en el centro, un puntico blanco. Cierre y fin de la emisión. 

miércoles, 24 de mayo de 2023

Televentas, vida feliz a un ¡llame ya! de distancia


Mucho antes de Cristo crearon el dinero. En el Siglo XIX se inventaron el teléfono. En el Siglo XX llegó la televisión.  Y entonces aparecieron las televentas. Un sistema que por medio de la televisión motiva (persuade, ¿obliga?) al personal a llamar para entregar su dinero a cambio de diferentes productos o servicios que (aseguran) cambiarán su vida -la del personal- para siempre.

El personal somos usted y yo. Pero no se confíe. Nuestro dinero no está a salvo. Los que hacen esos programas -comerciales de media hora o más- tienen su mérito. Tal vez nunca hayamos llamado, pero quien diga que por lo menos no lo ha pensado, no le creo. 

La primera lección de una buena televenta es que alguna actividad rutinaria de toda la vida es un problema complicadísimo. Algo que debemos dejar de hacer ¡Ya!. O mejor, dejar de hacerlo con ese complicado y anticuado artefacto que –curiosamente- es el mismo que utiliza el 99 por ciento de la humanidad.

Entonces hay que dejar de peinarse con ese viejo y enredador peine, dejar de amarrarse los zapatos con esos antiprácticos cordones, dejar de cortar la fruta con ese antiestético y peligroso cuchillo y, al paso que vamos, algún día habrá que dejar de masticar con esos arcaicos dientes.

Una vez ilustrados sobre la enorme dificultad que nunca habíamos notado viene la buena noticia. Ellos tienen la solución. Un nuevo dispositivo que hará exactamente lo mismo. ¿Cual es la ventaja? Desaparecen LOS (así, en mayúscula) inconvenientes. ¿Cuáles?. Bienvenidos a la segunda parte del programa.

Un locutor (a) con voz de mamá regañona describe todo lo malo que puede pasar con la actividad de turno mientras los actores en pantallas escenifican los fracasos y hacen mala cara. No tiene nada que ver con que el actor se vea torpe o inepto. El culpable es “ese peligroso e incómodo artefacto”.

Ratificada la inutilidad del sistema vigente, se retoman las ventajas de la novedad. Ahí es cuando nos revelan ”el secreto”. Porque siempre hay un secreto. Puede contener un revolucionario descubrimiento, la resurrección de tecnologías olvidadas o años de trabajo en los laboratorios de un país lejano. Lo más importante de ”el secreto” es que incluya algún material, componente, sustancia o catalizador de nombre raro. O de nombre conocido pero normalmente utilizado para algo que no tenia nada que ver con el producto en venta hasta que ellos se dieron cuenta de “la gran ventaja que hace la diferencia”.

Siguen los testimonios que dan fe de la maravilla de turno. A veces el usuario habló en inglés, pero como acá somos latinos, le aplican el verbo doblar. Otras veces las entrevistas son producto nacional. Lo que es normal es el tono impostado y artificial del actor de doblaje, o el tono leído y libreteado del beneficiario local. El que no tiene problema es el tono de los presentadores, que no paran de elogiar la solución puesta a disposición del grupo de privilegiados que tuvieron la suerte de sintonizar el programa.

(Paréntesis. Alguna vez las televentas estaban limitadas a horarios de baja sintonía. Después se volvieron un indicador de crisis: si un canal estaba en las últimas, empezaba a programarlas, o mejor, a pautarlas (plata fácil) a toda hora. Hoy en día se cogieron confianza y lo que hacen es incluirlas en los cortes comerciales de la canales de cable, que, por cierto hay que pagar para ver)

El remate siempre es el mismo. ¡Llame YA! Pero ¡YA! (Televenta sin ¡YA! y ¡YA! y ¡YA! no es televenta) Sin entrar en detalles ni cifras enfatizan que los precios son excepcionales, una oferta especial “solo por hoy” (oferta que, por cierto, sigue vigente 6 meses después, cuando nos encontramos la misma televenta en otro o en el mismo canal)  Y el toque “inesperado”. “Solo por hoy (?) no le vamos a dar uno sino dos (o 3, o 4. o… ) unidades del producto a un precio único. ¡Llame YAAAA!

Ojala en la vida todo fuera tan fácil. Pero nada se pierde con intentarlo. Deje ya de perder su tiempo leyendo este blog sin aportar nada. Usted tiene el poder de opinar. ¡Comente ya!. Y aquí sí es gratis.

miércoles, 3 de mayo de 2023

Caviar, Rolls Royce, Montecarlo, televisión y otros lujos


Hace muchos años para ver televisión bastaba con un televisor y una antena. O la presencia del tipo de la señal. Incluso existían privilegiados que por ubicación y cercanía a los equipos de transmisión captaban -mediante un aparato comprado a plazos con antena incorporada- la imagen del único canal disponible con una calidad entre aceptable y óptima. 

Las series, musicales, dibujos animados, programas de variedades y noticieros se veían interrumpidos por comerciales. Y alguien hacía la pregunta cuchi-cuchi. “¿No hay alguna manera de ver televisión sin comerciales?” Y venía la respuesta igualmente cuchi-cuchi. “Sí, pero tocaría pagar por ver televisión”.

Muchos años después, frente a alguna de las pantallas que han copado nuestra existencia, quien esto escribe, además de parafrasear a García Márquez, recuerda esos lejanos días y se da cuenta de que todo era mentira.

Integremos en un solo combo lo de televisor y antena. Fueron como treinta años en Colombia donde con disponer de estos era suficiente para sintonizar los canales existentes, que llegaron a ser tres. Pero en los años 80 aparecieron las parabólicas. Poco a poco invadieron conjuntos cerrados, barrios, municipios y diversas formas de comunidades. Por el pago de una pequeña cuota se tenía acceso a una cantidad enorme y variopinta de canales. Incluyendo muchos peruanos, en los que conocimos a la señorita Laura, a Nube luz, a Hola Yola, a Risas y salsa y a Gisela Valcárcel. Todos los programas tenían comerciales de productos que se convirtieron en una especie de sueño inalcanzable (incacola, donofrio, gloria, cusqueña) y de desilusión para quienes tuvieron la oportunidad de probarlos en viajes turísticos y de los otros.

Las parabólicas terminaron en medio de un limbo de ilegalidad aunque tal vez sobrevivan algunas. Entró la televisión por cable, que era básicamente lo mismo, pero debidamente legalizado y con una oferta mucho más organizada, variada y agringada. Pagada, por supuesto. Con un detalle que no estoy seguro si fue así desde un principio pero ahora es completamente evidente. El usuario paga por un servicio de televisión cerrada donde pasan comerciales todo el tiempo, incluyendo esos comerciales de hora completa que se llaman infomerciales y que ofrecen soluciones maravillosas para problemas que nadie sabía que existían.

Así que ahora se paga para ver televisión y para ver publicidad. Y un día se inventaron algo llamado internet. Otro día a alguien -todos saben de quien hablo pero no es tan fácil la insinuación xilofónica – se le ocurrió ofrecer películas pagadas por internet aprovechando una tecnología denominada streaming. Le fue tan bien,  que su idea fue retomada por otros, incluyendo los dueños de muchos de los canales de tv cable. Es más, en el servicio de cable que uno paga, hacen publicidad del otro servicio por el que uno también debe pagar.

Y mientras esto pasaba, en Colombia la antena tradicional pasó a ser pieza de museo por cuenta de una nueva tecnología, la TDT. Sumando todo hoy, para ver televisión, se necesita:

- Un televisor con tecnología TDT. Si no se tiene ese televisor, entonces un adaptador para TDT.

- Si quiere ver canales de cable, pagar por el servicio.

- Si quiere acceder al streaming pagar a cada una de las plataformas que ofrece el servicio.  Importante esto. Es a cada una por aparte. No doy nombres pero una búsqueda rápida en internet  mostró 9 servicios diferentes (solo en Colombia), cada uno con su respectiva cuenta. 

- Es decir, que para ver televisión se necesita hoy en día un aparato que se pueda conectar a TDT ($), un servicio de cable ($$), una suscripción diferente por cada plataforma de streaming ($$$), un dispositivo que se pueda conectar a internet ($$$$) y un servicio de acceso de internet ($$$$$).  

Cada elemento factura por aparte. Si esto no significa que ver televisión se volvió un lujo, por lo menos se le parece bastante. 

martes, 28 de marzo de 2017

El pantallazo

Sin demeritar a sus realizadores, ese programa no lo veía nadie.

No solo era su emisión a través del canal institucional, sino su desastroso horario - martes 11 p.m. - y la carencia de presupuesto para hacer una producción que llamara la atención de los televidentes.

Fue esa escasez desesperada de recursos la que llevó a la idea de entrevistar a algún profesional común y corriente, como si fuera una conversación de colega a colega, o de jefe a subalterno.

Eso implicaba un trabajo de uno o varios días, porque había que moverse en diferentes ambientes. Dicho de otra manera, necesitaba que la fuente fuera muy colaboradora, es decir, que fuera amiga. 

Así que la asistente de dirección le pidió a su novio, un ingeniero adusto, modesto y trabajador, que sirviera de conejillo de indias. Este aceptó por dos razones. Por amor y porque al fin y al cabo... ¡ese programa no lo veía nadie!

La cantidad de ridículos, desaciertos, torpezas y repeticiones que se produjeron en la grabación darían para un tomo en la historia universal del “chambonazo”. Dos semanas después el programa salió al aire, precisamente en la fecha en que se vencía un contrato que nunca fue renovado. Es decir, que también salió del aire. Pero el daño... ya estaba hecho.

Esa noche el ingeniero recibió cuatro llamadas telefónicas, y durante el mes siguiente tuvo que soportar desde comentarios inocentes hasta bromas pesadas, pasando por la inevitable comparación irónica con el actor de moda, el animador estrella y, como no, Amparo Grisales; y el escándalo callejero de un compañero que empezó a gritarle en plena calle: “¡Yo lo vi en televisión, yo lo vi en televisión!”

Su entrevista se volvió punto de referencia en la oficina donde la historia laboral se dividió en antes y después del “pantallazo”. Su jefe, quien nunca lo había tenido en especial estima, iniciaba cualquier petición con la frase “si su trabajo en televisión le deja tiempo...”

Se encontraba con un ex compañero de colegio, al que llevaba 10 años sin ver y la conversación siempre comenzaba con ...”yo lo vi que día en un programa”.

Lo presentaban a algún desconocido y este se quedaba mirándolo hasta que soltaba la inevitable pregunta “oiga, ¡usted no es el que salió una vez en...?”

Y el ingeniero, sonrojado, molesto y resignado solo atinaba a responder.

“Sí, pero esa vaina no la veía nadie”.

martes, 14 de marzo de 2017

El tipo de la señal

Gervasio es un lector de esos que llaman voraz. Además tiene una singular habilidad, que es la de poder concentrarse en su libro en medio de cualquier ambiente, no importa lo ruidoso que sea. Pero no nació con esa destreza. La desarrolló. Esta es su historia.

Toca remontarnos a la infancia del caballero. El asunto es que cuando alguien en su casa escuchaba radio, sobre todo FM, solía tener problemas con la calidad del sonido, problemas que se solucionaban mágicamente para luego reaparecer.

Hasta que el abuelo estableció la relación causa-efecto. El viejo tenía un radio de tubos más viejo que él, cuya antena era un cable que se sujetaba a una puntilla en el techo. Y aunque el aparato sonaba como un cañón –y de hecho todavía lo hace- era como un cañón con gripa que periódicamente tenía sus momentos de nitidez.

¿Cuándo? Cuando Gervasio entraba al cuarto y se ubicaba ahí. Ahí era ese punto específico de la habitación que nunca se supo con exactitud dónde era, pero el asunto es que si él estaba ahí, el radio sonaba así, pero si se movía de ahí, el radio sonaba asa.

Gervasio estaba en esa edad donde todo era juego, y ese juego era divertido. Llegar y buscar ese punto –que podía ser abajo, arriba, al lado- en el cual las ondas hertzianas se purificaban en automático.

Pero el juego pasó a tarea cuando papá se apareció en casa con el primer televisor de antena portátil. Ya no era necesario hacer maromas cuadrando la antena en el techo, sino que el aparato tenía un sencillo captador de señal graduable sobre su estructura. Con lo cual las maromas no se hacían en el techo sino en el cuarto.

Y empezó el ritual de giro izquierda derecha, abra las patas –de la antena– cierre las patas, mueva el aparato y cuando todo parecía perdido Gervasio que entra al cuarto y…magia, imagen perfecta. Gervasio se aleja… imagen kaput, rayas y fantasmas atacan sin compasión.

Y sí la situación era aburridora para el por aquel entonces preadolescente, eso no era lo peor. Lo peor era que había múltiples lugares donde Gervasio podía ubicarse para mejorar la señal, pero ninguno, óigase bien, ninguno, le permitía ver la pantalla de frente.

En su capacidad de transmisor de ondas incidía la posición. Es decir que si por alguna razón quedaba de frente al televisor, este solo funcionaba cuando Gervasio le daba la espalda.

Durante un tiempo el tipo intentó fórmulas alternativas como contorsiones, el reflejo de la ventana o un espejo ubicado estratégicamente. Hasta ese día en el que, mientras su familia disfrutaba de esa telenovela que a él no le interesaba tomó una revista. De las revistas pasó a los periódicos, de los periódicos a los libros y hoy solo ve televisión muy excepcionalmente. Su contacto con el mundo es a través de la lectura. Donde sea.

 Aunque pasan cosas raras con el wi-fi cuando el hombre anda por ahí.

jueves, 27 de octubre de 2016

Un tipo feliz y desconectado

Sánchez usa un teléfono bruto –léase flecha– para comunicarse. Carece de redes sociales y jamás ha tenido un sistema de video doméstico. Oye música en un viejo transistor portátil que lo acompaña desde hace años. Lo más curioso de todo es que el hombre parece un tipo feliz. Ah, y un pequeño detalle. No tiene televisor. 

Sánchez –­hoy jubilado– ocupa su tiempo libre en largas horas de lectura; cine en sala con crispetas y gaseosa; visitas y encuentros con viejos amigos. Ese tranquilo sujeto poco se relaciona con su versión de años atrás. Joven y ambicioso, al conseguir su primer empleo dejó la casa paterna. Aterrizó en un apartaestudio que dotó con una mezcla de donaciones, herencia e inversión. Así se hizo de cama, nevera, sillas y mesa (plásticas); y unos anaqueles metálicos que se convirtieron en estantería  multiusos.

Ahí vino el primer choque. Se acabó la plata para dotación. Ese primer sueldo no era ninguna maravilla, y Sánchez empezó a darse cuenta de que elementos de uso diario como papel higiénico,  jabón, crema dental, y, sobre todo, comida, no se materializaban mágicamente en los estantes, cajones y nevera. Había que comprarlos. Y pagar cuentas. Y arriendo. En ese contexto lo que no había era plata para comprar un televisor.

Cotizó múltiples modelos y marcas, todos lejos de su capacidad de pago. Pasó por negocios especializados, almacenes de cadena y casas de empeño hasta llegar al primo. Ese que tenía un viejo televisor sin usar y la disposición de venderlo por un costo mínimo. Un costo mínimo plenamente justificado. Era un aparato pequeño, con imagen a blanco y negro, y, por supuesto, nada ligeramente parecido a un control remoto.

Pero como peor es nada, el primo consiguió cliente y Sánchez televisor. Primera lección, una cosa es tener televisor y otra tener televisión. El aparato prendía, pero no sintonizaba por aquello de la antena. En muchos edificios existen antenas comunitarias. Donde Sánchez vivía no.

Son los años 80 del siglo pasado. La televisión por cable apenas está comenzando y es un lujo. Existen tres canales públicos cuyos equipos de emisión quedan en distintos cerros. Una antena en el techo puede cogerlos simultáneamente, una antena portátil requiere orientación diferente para cada canal. 

Sánchez hizo pruebas de ubicación hasta encontrar un sitio con una señal relativamente decente. El entrepaño superior de la estantería. La antena tuvo que reforzarse con gancho metálico de ropa. Manipular el aparato era fácil. Se acercaba una silla a la estantería donde Sánchez se subía con el fin de alcanzar el receptor. Para encender, apagar, modificar volumen o ajustar la calidad solo era mover la perilla respectiva. Para sintonizar un canal se giraba la perilla y se movía el televisor, se giraba la antena y se torcía el gancho hasta lograr una imagen… aceptable.

El hombre se aguantó un par de días en este plan hasta pasar a las medidas drásticas. Primero, se casó oficialmente con un solo canal. Segundo, consiguió una extensión con interruptor que permitía cortar la corriente a voluntad. Cuadró el volumen a un nivel aceptable. Se dispuso a disfrutar de la tecnología del siglo 20 cuando se enredó en el cable y jaló el televisor, el cual cayó desde la parte de arriba de la estantería.

Y mientras veía la carcasa inútil y los pedazos de pantalla regados por el piso, Sánchez entendió sus opciones. Pasarse el reto de su vida buscando soluciones tecnológicas o desconectarse de lo que no fuera absolutamente necesario. Escogió. Hoy es un tipo feliz.

jueves, 7 de enero de 2016

Cuando Patricia se puso las pilas


Patricia dejó atrás la niñez y apenas entra en la juventud. También es inteligente. Muy inteligente. Pero hablamos de inteligencia modelo siglo XXI, no aplicable al uso tradicional de las neuronas sino al de aparatos a los que se atribuye  esa cualidad. Teléfonos inteligentes o, para utilizar el  extranjerismo, “esmarfouns”.

Volvamos a  Patricia. Sus destrezas incluyen chateo, guasapeo,  aplicaciones, selfis y otros neologismos que la mantienen comunicada y le garantizan acceso a servicios de información, ubicación, entretenimiento y una larga lista de etcéteras.  ¿Será necesario decir que la extensión natural de la mujer es su teléfono inteligente?

A esto contribuye que su familia hacía considerables inversiones en mantener actualizada su tecnología. Microondas táctiles, lavadoras y licuadoras digitales, televisor inteligente y hasta comandos de voz para algunas  actividades conformaban el menaje doméstico…  hasta que vino la crisis.

La cosa no fue dramática pero sí rápida. La madre –que tenía el mejor sueldo- se quedó  sin puesto por culpa de alguna crisis global de  productos básicos.  La familia, moderna pero no estúpida, montó plan de emergencia. Primero, pagar deudas para ahorrarse intereses. Segundo, cambiar hábitos de consumo. Tercero, mandar a la hija adonde los tíos en vacaciones, para que ellos se encargaran de su mantenimiento.

El mundo de los tíos era extraño. Muchos aparatos no eran digitales, sino que funcionaban mediante botones y en ciertos casos con algo más exótico todavía, perillas que giraban. Aunque también manejaban sus teléfonos inteligentes, tenían un extraño dispositivo conectado en la sala de la casa. Decían que se llamaba fijo y que servía para  hablar. Solo para eso. Llevaban una especie de pulsera para mirar la hora y escuchaban la radio a través de algo llamado radio, cuya única aplicación era escuchar radio.

Algunos televisores parecían embarazados, porque eran gordos y aparatosos. Se ponían sobre  mesas, en vez de colgarlos en la pared.  Y las pantallas de los televisores, -embarazados  y normales- tenían como función exclusiva mostrar las imágenes. Cuando las tocaban (a las pantallas) no ocurría nada.  Bueno, quedaban sucias, los primos se burlaban y lo único que les pasaba era un trapito húmedo. Lo mismo acontecía con computadores, portátiles y de escritorio.

Pero nada de esto fue tan extraño, exótico y misterioso como cuando se fundió el bombillo de la despensa. La tía le pidió a Patricia el favor que buscara una linterna. La  joven efectivamente lo hizo, pero al tratar de encenderla el aparato no tenía energía. Entonces empezó a  buscar el cargador. No aparecía por ningún lado. Al examinar  la linterna  notó que no tenía conector, ni era de las que incluía un enchufe para conexión directa.

En esas estaba cuando llegó la tía, extrañada por su demora. Al explicarle la situación la mujer sonrió,  abrió  la linterna  y extrajo dos objetos cilíndricos que fueron a parar la basura. Del cajón extrajo otros dos, los introdujo en la linterna y milagro, se hizo la luz.

Dijo que se llamaban pilas. Y no, no eran recargables.

jueves, 17 de diciembre de 2015

15 razones por las que somos civilizados


Y ya en la segunda década del siglo XXI, la humanidad da muestras de su evolución intelectual y social mediante comportamientos rutinarios donde se nota la diferencia entre el homo sapiens de la postmodernidad y el cavernícola. 15 ejemplos 

1.- Los hombres andan detrás de los perros con una bolsa recogiendo sus excrementos (los del perro).

2.- Aparatos de comunicación de última tecnología sirven para convocar grupos de personas que se reúnen a manipular, –cada uno por su lado, mientras ignoran a sus acompañantes– sus aparatos de comunicación.

3.- La Navidad comienza en noviembre.

4.- Los avances de la química y la técnica aplicados a la alimentación humana se usan para convertir la carne en sorbete, la sopa en gelatina y los garbanzos en helado, lo que permite cobrar 10 veces más por los mismos productos. ¡Y hay personas que pagan!

5.- La gente hace fila en sitios de rumba cuya única diferencia con otros sitios de rumba es la fila.

6.- Todo el mundo tiene tiempo de tomar fotos de todos los momentos. La gente cada vez dispone de menos tiempo para ver fotos.

7.- Los que pueden se lanzan como locos a comprar, sin comparar precios, cada vez que alguien convoca una promoción, y después se quejan porque los precios  -que nunca compararon- no son de promoción

8.- Para ver televisión hay que pagar por un aparato que hace un montón de cosas, cada una de las cuales demanda pagar de nuevo.

9.- La gente que usa ropa vieja y fea se divide en dos. Los que solo tienen ropa vieja y fea y los que compran ropa nueva que se ve vieja y fea, a precios exorbitantes,  para exteriorizar su pertenencia a un grupo social que rechaza el consumismo

10.- Los perros tienen guarderías.

11.- La tecnología de información y comunicación le permite a cualquier ser humano insultar, criticar, descalificar, vilipendiar, ultrajar, humillar, zaherir e infamar impunemente, preferiblemente con mala redacción y peor ortografía.

12.- La casa en el aire ya no solo es un vallenato, ahora es un negocio –a veces no tan bueno- llamado comprar sobre planos.

13.- El que puede lo primero que hace cuando tiene plata es comprar carro. El que puede lo primero que hace cuando se le pregunta por los problemas de la ciudad es quejarse del tráfico pesado

14.- Cualquiera que pinte un mamarracho en una pared ajena se gradúa como artista.

15.- La televisión hace programas sobre la intimidad de gente famosa, quienes son famosos porque la televisión hace programas sobre su intimidad.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Los grandes atacan de nuevo


Supongo que algún psicólogo, sociólogo, antropólogo u otra profesión terminada en ólogo dispondrá de una documentada explicación. Allá ellos. Nos limitamos a reseñar los hechos. Lo chiquito –en algunas facetas de la vida, sobre todo las que involucran tecnología– tiende a volverse grande.

Ahora, hablamos de cosas que eran grandes, pasaron a pequeñas y de un tiempo para acá, como la serpiente que muerde su propia cola, incrementaron el espacio que le quitan a otros en el universo. Y para las mentes demasiado creativas, aclaramos de una vez que lo de cosas es literal. Esto se refiere a objetos inanimados.

Lo notamos primero con los audífonos. Hace años, la escucha individualizada demandaba cubrir las orejas con sendos caparazones de tortuga. Cuando llegó el “gualkman”, los caparazones pasaron a tiernas esponjitas. Más adelante, dispositivos anatómicos, camuflados de manera casi invisible en el pabellón auricular,   acompañaron “discman” y “aipod”. Un discreto cable completaba el discreto conjunto.

Pero la discreción se fue a ese lejano sitio ubicado media cuadra antes de la porra. Presumo que algún experto en mercadeo sabe por qué. Los caparazones volvieron. Y de colores. Y colores chillones. Así que muchas personas andan por la vida aislados en su notoria escafandra musical. Su contacto con el  mundo exterior se limita a ver a los demás vocalizar hasta caer en cuenta que es con ellos. Entonces destapan una oreja y como quien no quiere el asunto preguntan ¿Cómo?

Ante la evidencia en audio, optamos por mirar hacia otros artefactos de la vida diaria. Y aparece como no, el celular. Comenzó con esas panelas cuyo apodo lo dice todo. Pero el ladrillo original fue el punto de partida de una carrera hacia lo diminuto. Al punto de que los machos entraron en una insólita competencia para mostrar quien lo tenía más pequeño. Por supuesto, nos referimos al teléfono móvil. Y ahora leemos que el último aparato de la empresa de la manzanita presume del tamaño de su pantalla, la cual ocupa más espacio en dos de tres dimensiones. Y hablan de algo llamado phablet, que suena como el resultado de una aventura poco santa entre una tableta y un teléfono. Hace algún tiempo contestar un teléfono que se escondía detrás del dedo gordo era un orgullo, ahora sacar la panela –ultradelgada, eso sí– y empezar a teclear es lo “in”.

Sigamos con el gigantismo postmoderno –si le robé la expresión a algún intelectual, me disculpo–. En sus comienzos, la televisión era un mueble. Evolucionó a modelos cada vez más personalizados, léase compactos, que hasta agarradera tenían. Pero hoy en los hogares existen tremendos cuadros que se miden en pulgadas, y ocupan media pared.  Hablando de pantallas, en la época de oro del cine existió algo llamado cinerama (una pantalla que se extendía hacia los lados, y en la práctica permitía ver una espectacular media película). Esto para señalar que las megapantallas, megacines y otros megaformatos son un megarretorno al pasado de lo grandote.

En medio de esa tendencia, solo una expresión minimalista resiste cualquier embate del maximalismo reinante. Como lo anteriormente dicho parece robado de algún crítico literario, con gusto traduzco. Muchas cosas crecen, pero una tiende a reducirse cada vez más, y más, y más…

Nuestros ingresos.

jueves, 25 de junio de 2015

Atrapados en el zapping


Primero hay que decir que esto es cosa de hombres. Para expresarlo en términos matemáticos, la ecuación de cromosoma XY + control remoto + televisor = Zapping. Algún factor genético genera en el género masculino un deseo incontrolable de pasar canal tras canal. Lo curioso es que después de un tiempo empiezan a aparecer constantes. En toda sesión de zapeo (la RAE dice que se dice así) es inevitable encontrarse con…

- Un partido de fútbol donde Insúa recibe, la pierde o la pasa mientras narra una voz con acento argentino.
- Un investigador o investigadora de aspecto sexy mirando un pedazo de muerto o una pista por el microscopio.
- Chespirito en cualquiera de sus versiones.
- La mona esta cuyo nombre nunca recordamos pero salió en La Máscara.
- Un producto para consumir, ponerse o ejercitar que funciona.
- Will Smith haciendo algo chistoso.
- Un calvo que protagoniza algún tipo de reality.
- Un video de reguetón con mujeres voluptuosas, poca ropa, casas elegantes, carros último modelo y uno o varios cantantes moviendo las manos.
- Maradona.
- Harry Potter.
- Un grupo de tipos armados en un helicóptero.
- La mona esa que es uno de los ángeles de Charlie.
- Algún crimen espantoso de hace 20 años dramatizado en formato documental.
- Will Smith haciendo un papel serio.
- Una comedia vieja con risas pregrabadas.
- Un reality donde alguien joven y bonito habla de una estrambótica relación sentimental.
- Ese programa viejo que no veíamos desde nuestra infancia y al que ahora no le vemos la gracia.
- Gokú.
- Un tipo vestido de vaquero
- La mona esa que ya debe estar vieja pero sigue haciendo papeles de jovencita sexy.
- Will Smith y su hijo.
- Hitler en vivo o dramatizado.
- Un prom.
- Un médico real opinando sobre algo o promocionando algo o un médico de mentiras cuya capacidad de salvar vidas es directamente proporcional a su actividad amorosa.
- Bob Esponja.
- Dos mujeres insultándose con acento cubano en un talkshow.
- Un club de estriptis donde dos hombres ignoran a las chicas mientras hablan.
- Un desagradable documental médico.
- Un doloroso programa de videos caseros.
- Un cocinero de reality cuya vida se convirtió en tragedia porque la papa quedó muy blanda.
- Jurados de concurso de cantantes compungidos antes de eliminar a alguien.
- La mona esa que tiene un nombre como de hombre y un apellido latino y que actúa con tipos famosos.