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miércoles, 17 de junio de 2026

El infierno no se detiene



Nota de la Redacción. Retomamos con actualizaciones algo escrito a finales del siglo pasado. Se supone que casi 30 años después algunas referencias ya no estarían vigentes. Se supone... 

Durante su vida,  Figueroa distó mucho de ser un santo. Mujeriego, vicioso, mentiroso, irresponsable y patán, lo que dejó entre sus conocidos difícilmente podría catalogarse como buenos recuerdos.

Con semejante prontuario, su muerte, para ser sinceros, no entristeció a muchos. El  deceso llegó una noche cuando la monumental borrachera de turno le impidió ver ese camión que venía bajando ese puente.

Durante la breve fracción de segundo antes del tiestazo definitivo, Figueroa se dio cuenta de que su vida había sido un desastre y que, si existía un infierno, él sin lugar a dudas clasificaba.

Pero después de aparecer en ese extraño hotel ubicado en medio de nada, donde compartía espacio con cavernícolas, conquistadores españoles, reyes chibchas, profesoras de mecanografía, vendedores de enciclopedias y otras especies extintas, sintió que el sitio, aunque apretado, no podía ser el infierno.

Su sorpresa fue más grande cuando el tipo (o la vieja) de alas lo llamó a su oficina y le dijo: “Mañana, a partir de las seis pasan por la avenida los buses al cielo. Usted tiene cupo. Hay uno cada quince minutos. El paradero queda en la acera de enfrente”.

Así que al otro día salió temprano, dispuesto a tomar su transporte e instalarse en calidad de residente permanente en la eternidad celestial. No iba solo. Lo acompañaban quienes en vida fueron un presentador de televentas, un jurado de reality y un filtro de discoteca de moda.

Llegaron al borde de la tremenda avenida. Ancha. Dos enormes calzadas de ida y vuelta que a su vez se subdividían en cinco carriles cada una. Por el sitio donde debían cruzar había un flujo constante de carros que aparecían uno tras otro en interminable caravana. No se veían semáforos por ninguna parte.

En ese momento se habían unido al grupo los espíritus (o lo que fueran) de un vendedor gringo de carros usados, un influencer especializado en chismes de farándula y un biciusuario al que se le veía la ropa interior. 

Entretanto, la fila de vehículos en movimiento seguía. Carros, motos, buses, camiones. Nunca paraba. Segundo tras segundo, minuto tras minuto, rato tras rato, hora tras hora, el río de automotores copaba la avenida en una procesión inacabable. Cualquier intento de llegar al otro lado donde pasaban, vacíos, los buses marcados con el aviso “Directo cielo” era, sencillamente, imposible.

Eso sí, al anden llegaban más y más vivos en uso de buen retiro.  Entre otros, el creador de una pirámide financiera, el jefe de atención al cliente de una empresa de servicios y un fabricante de armas.

Al principio Figueroa se lo tomó con tranquilidad. Pero horas después esta dio paso a la angustia. De la angustia pasó al desespero, y del desespero a la rabia. No era lógico. Estaba a 100 metros de la felicidad eterna. ¿Por qué no podía llegar a ella?

Entonces se le ocurrió mirar quiénes conducían los automotores que conformaban el perpetuo flujo vehicular.

Eran de color rojo, con cuernos, y una sonrisa maléfica.

Figueroa entendió su destino. El infierno era cruzar una calle… a la hora pico. La hora pico eterna.

miércoles, 5 de marzo de 2025

Ternas de uno

El perfil laboral de Velandia cuenta con buena experiencia y formación adecuada que responden a lo que el mercado está pidiendo, aunque podría ser mejor. Eso determina, y él lo sabe, la posibilidad de perder algunas oportunidades. ¿Pero todas? ¿Y muchas veces en el último minuto?

Retrocedamos. Con el fin de salir de las estadísticas de desempleo, el caballero lleva varios meses aplicando estrategias tradicionales y de las otras. Gracias a la persistencia y algo de suerte ha sido llamado para muchos procesos, todos promovidos desde organizaciones del sector privado. 

Parte de las convocatorias incluyen actividades (dinámicas de grupo o exámenes de conocimiento) donde varios o todos los candidatos participan simultáneamente.  En ocasiones, se evidencia cierta familiaridad de un aspirante con el equipo reclutador o con personal de la empresa. Curiosamente, ese personaje que saluda con nombre propio a la secretaria o al facilitador resulta ganador del cargo en disputa.

En aquellos procesos donde ha llegado más lejos, para la entrevista definitiva convocan a los finalistas. Casi siempre son tres. Parece haber una especie de fetichismo por las ternas entre quienes seleccionan personal. Cuando el llamado es el mismo día a la misma hora, los escogidos comparten sala de espera.  Al llegar el turno de Velandia el entrevistador, sin ser agresivo, se toma su tiempo enfocándose en los aspectos menos favorables del interesado para ese trabajo en particular. 

No se sabe que ocurre con los otros dos aspirantes, por tratarse de conversaciones privadas. Pero mientras uno termina con cara de aburrido tras una reunión con duración similar a la de Velandia, el otro entra y sale rápido con cara de ganador. Una situación muy parecida invierte la cronología. Esta vez quien refleja en su rostro la inminencia del nuevo empleo es el que demora más tiempo a puerta cerrada. A Velandia lo despachan con un par de preguntas y un “nosotros lo llamamos”. Por la duración de la entrevista del número tres, se presume un tratamiento similar.

Por cierto, tanto la cara de ganador como el rostro de nuevo empleo inminente son completamente proféticos. Ese es el elegido o la elegida

No siempre hay que compartir sala de espera para notar sutiles diferencias. Velandia llega a su entrevista y ve a un competidor recibiendo información, algo así como una lista de documentos de esos que piden para firmar contratos. Atienden a Velandia. Cree que le fue bien. Le dan las gracias y lo mandan para la casa sin ninguna información adicional. Excepto el impajaritable “nosotros lo llamamos”. 

Uno de esos procesos fallidos lo realizó cierta empresa donde trabajaba un amigo de Velandia. Días después los dos se encontraron y en la conversación apareció el nombre del nuevo titular del cargo en disputa. El nombre y un dato adicional,: “es el primo del gerente”.

Velandia reconoce que su conclusión puede ser paranoia, envidia, mecanismo inconsciente de defensa o una manera de justificar sus fracasos. El cree que por razones no del todo claras ciertas compañías (o personas en cargos clave como alta dirección o mandos medios) están interesadas en que sus contrataciones se vean transparentes y competitivas, así desde un principio el elegido tenga nombre propio. 

Entonces convocan perfiles, los evalúan, entrevistan y van filtrando hasta llegar a la terna final. La decisión beneficiará al que siempre fue el único aspirante con posibilidad real. Pero si alguien pregunta tienen un proceso para mostrar. Ahí es cuando los Velandias del mundo descubren su verdadero rol en ese proceso.

Ser material de relleno para una terna… de un solo nombre.

martes, 5 de septiembre de 2017

Llega el Papa. ¿Dónde me escondo?

Se avecinan tiempos en los que cada guasap, cada chat, cada trino, cada entrada, cada programa, cada titular, cada comentario, cada voz radial, cada imagen televisiva, cada texto estará centrado, condimentado, o por lo menos relacionado con Francisco, el que vive en Roma.

Y más allá del credo religioso, la orientación política, la opción sexual, el color de la piel, el equipo de fútbol, los gustos musicales, las preferencias alimenticias, las tendencias a la hora de escoger zapatos y la ideología en materia de medios de transporte, de esta no se salva nadie.

No importa si es tímido o extrovertido, optimista o amargado, sociable o aislado, taciturno o expresivo, responsable o desordenado, piados o impío, religioso o librepensador, elegante o deportivo, reservado o espontáneo, culto o ignorante. Si vive en cualquiera de las cuatro ciudades está a punto de ser tocado por la visita del argentino que viene del Vaticano.

No se trata de ninguna vinculación mística. Se trata de las vías cerradas, los horarios trastocados, los servicios que no se van a prestar, las actividades aplazadas y suspendidas porque Habemus Papa, pero acá.

Ahora que el aterrizaje pontificio está pídiendo pista, son muchos lo que se preguntan: “Y yo, que no tengo nada personal contra Francisco, el que viene en Roma, pero que sencillamente me es indiferente… ¿Dónde me escondo?”

La buena noticia es que el lugar existe. Es el mismo sitio que acoge a los renuentes del fútbol cada vez que juega la selección. Es esa locación donde se refugian –aunque ya no tanto– quienes no le ven trascendencia al reinado de Cartagena y su parafernalia novembrina. Es el santuario de los que no ven Geim of Trouns (GOT para los conocedores), no tienen favoritos en el reality de moda y los que se han perdido todo lo que no se pueden perder. 

La mala noticia es que nadie sabe exactamente donde queda. Y como no hay forma de apartarse de la manada, la opción es hacerle frente. En cuyo caso, el destino inexorable es perder. Y por muenda. Por lo que vuelve la pregunta inicial.

¿Y yo, que no estoy en modo Papa ni me interesa estarlo, qué hago? Lo máximo en lo que se le puede colaborar es con un par de indicaciones sobre aquello que no funciona: Uno, llamarse Francisco. Desde el más íntimo de los amigos hasta el más reciente de los conocidos se siente en la obligación de hacer comentarios pontificios al respecto. Arrancan con un inocente “Ah, como el Papa”; pasan por un creativo (?) “Ahora que viene Francisco el bueno” o por lo menos se sienten obligados a hacer la inevitable aclaración, “pero usted no es el Papa”.

Dos: intentar esconderse o aislarse. Si usted es un ermitaño con caverna en medio de las montañas y dieta de raíces e insectos; o un multimillonario con isla propia en medio del Pacífico esta es la opción ideal. Pero como usted y yo somos asalariados que pagamos arriendo, almorzamos corrientazo y usamos transporte público, adivine.

Sí, estamos emPAPAdos.

martes, 7 de febrero de 2017

Compañías celestiales

Doña Martha, quien ya había superado el centenario, compensaba su escasa movilidad con 100 años de kilos acumulados. Pero la madre, abuela, bisabuela y tatarabuela conservaba una envidiable lucidez y conversaba sabroso, por lo que sus visitas siempre eran bienvenidas por parte de la abundante parentela. 

Eso sí, cada salida de Doña Martha Sofía implicaba un operativo logístico digno de un concierto gratuito de los Rolling Stones o de la posesión del presidente de los Estados Unidos.

El traslado incluía enfermera, cargadores, carro de transporte especial –o ambulancia en algunos casos – preparación previa de dos días y un equipaje surtido con muda de ropa, implementos de aseo, silla de ruedas, caminador, pipeta de oxígeno, medicamentos varios y bolsa para imprevistos.

Ella nunca estaba sola para esas lides. Los descendientes hasta la tercera generación habían montado un eficiente sistema de turnos que permitía disponer de por lo menos un familiar a cargo, sumado a los dos camajanes contratados para efectos de transporte (conductor y auxiliar). A eso se le suma el contingente celestial, pues Doña Marta Sofía era, en orden ascendente, devota de los ángeles, el santoral católico en pleno, el Sagrado Corazón y su insigne propietario y, por supuesto, la Virgen María.

Fruto de esa devoción su apartamento estaba surtido de imágenes sagradas en todos los tamaños, materiales, modelos y colores. Entre todos destacaba la Virgen de Guadalupe de un metro de altura traída de México. En el mismo viaje el sobrino también le había traído un sarape con la imagen de la Guadalupana, infaltable compañero de todas las salidas.

Y hablando de salidas, ese día se había programado una que coincidió con la llegada de una nueva enfermera. Muchacha bien intencionada pero novata, educada en la escuela profesional de hacer lo más inteligente para cualquier subalterno: caso.

Y caso hizo cuando preparó la maleta, y fue despachando todos los pasos del procedimiento, debidamente supervisada por el bisnieto de turno. Este le fue indicando cada uno de los elementos que conformaban el menaje de viaje, sin olvidar el sarape de la Guadalupana, que nombró al final de la lista con un “y no se le olvide la Virgen de Guadalupe que mi bisabuela no sale a ningún lado sin ella”.

Poco a poco fueron saliendo del apartamento hacia la ambulancia la doña, su muda de ropa, los implementos de aseos, los medicamentos planillados, la silla de ruedas y la bolsa para imprevistos. Camajanes, pariente y enfermera subían y bajaban hasta que todo estuvo listo.

Bueno, casi todo, porque la enfermera no llegaba. Más o menos 20 minutos después, apareció, agotada y sudorosa abrazada a la virgen. La virgen de Guadalupe traída de México, la de un metro de altura. La que trabajosamente había trasladado desde el apartamento donde, inocente, había un sarape con la misma imagen que no tenía la culpa de la confusión.