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miércoles, 13 de mayo de 2026

Esas madres que pocos conocen (y 2)

(Viene de la primera parte)

Maternalismo geográfico

En todos los países del mundo hay madres, En Cuba son palizadas o conjuntos de leña colocados en orden para hacer carbón. En Honduras se le llama a un insecto madre de culebra.

Por acá en Colombia, en los Llanos Orientales, se habla de madreviejas, que son ríos secos a cuyas orillas cantan los paujiles. En la costa Atlántica existió la expresión madre del caimán, refiriéndose a la progenitora poco cordial con sus hijos. La denominación viene de la leyenda que acusa a los caimanes de devorar a sus hijos al nacer.

Los geógrafos del mundo también han recurrido con bastante frecuencia a la madre. La Madre de Dios, además de la Virgen María, es un río, una isla, un arrabal de la ciudad española de Logroño y un archipiélago chileno. Hay una sierra Madre en México y otra en Filipinas. El país de los aztecas y los Estados Unidos tienen sus lagunas Madre. Una región de Argentina recibe el nombre de Madrevieja.

Tres madres en la mente

El apoyo de la madre es trascendental, pero no solo para los hijos. Es importante para las estructuras que dependen de un madero madre. Es importante para los tubos de alcantarillas y acequias que van a dar a un tubo madre dentro de los sistemas de desagüe de las grandes ciudades.

Es que la madre es algo muy grande. Tanto que el Lexicón de Colombianismos la define como algo "descomunal, atroz, estupendo, formidable, terrible, usado enfáticamente..." (qué despelote tan madre).

Todo ser humano tiene mínimo tres madres en su mente. La mujer que lo trajo al mundo y dos membranas que protegen el cerebro: la duramadre y la piamadre. Las aves, por su  parte, poseen una madrecilla situada entre el ovario y el ano. Es allí donde se forman la clara y la cascara de los huevos, en lo que popularmente se conoce como huevera.

Es mucho lo que se ha escrito a esta mujer. Pero lo que pocos conocen es que si no fuera por una madre los discos de vinilo no existirían. Para el ingeniero acústico la madre es aquella matriz que moldea esta antigua modalidad de grabación y reproducción musical que ha tomado un nuevo aire en tiempos recientes.

Madres locas y del cacao

En la Edad Media, los burgueses de la ciudad de Dijon (Francia) crearon una sociedad bufa que se dedicaba a realizar representaciones satíricas. Viajaban de ciudad en ciudad dando a conocer sus farsas. Se llamaban la Sociedad de la Madreloca.

Lo que le pasó a los alegres muchachos de la Madreloca es algo que solo la historia sabe. Pero el destino de otras madres sí es más conocido. Las madreperlas, por ejemplo, son aquellas conchas que residen en el fondo de los mares intertropicales y dan origen a las joyas esféricas que han inspirado a poetas y tentado a piratas.

Grandes hombres han sido hechura de sus madres. Muchas plantas de cacao también. Los hondureños han llamado madre del cacao a una falsa acacia que cultivan junto al vegetal que origina el chocolate, con el fin de darle forma a su enclenque mata.

La mitología del campesino colombiano tiene su buen surtido de madres. Está la Madre del Agua, una mujer hermosa que se roba a los adolescentes y los lleva a su casa, ubicada en el fondo del río.

También están la Madremonte y la Madreselva. La primera es una señora que se representa de diversas formas, algunas poco agradables (con colmillos y cubierta de hojas). Ella practica una dieta de niños recién nacidos. Lo hace en venganza por la destrucción que el hombre hace de la naturaleza. La segunda es una joven misteriosa que cuida a los niños buenos y se lleva a los malos,

Sin embargo, la que más mala prensa acumula es la madre política, o sea la suegra. Y con los avances de la ciencia moderna, desde hace años se habla de la madre probeta y de la madre que arrienda su vientre.

Literatura y algo más

Para los escritores, la madre ha sido una inspiración constante. Una novela de Máximo Gorki (Rusia), un drama de Santiago Rusiñol (España)  y un poema de Giovanni Cena (Italia) llevan este nombre.

Gamar Katiba, poeta armenio, escribió una composición llamada “Madre Araxes”. Friedrich Hebel (Alemania) le cantó a las progenitoras en “Madre e hija”. Emilia Pardo Bazán (otra vez España) hizo un extenso relato titulado "Madre naturaleza" y Max Halbe (más Alemania) narró la historia de "Madre Tierra".

Son muchísimas más las personas que han definido la madre, que le han cantado y escrito libros. Una de ellas, el obispo chileno Ramón Ángel Lara, redactó una página en prosa que se ha convertido en clásico y que resume la personalidad de las progenitoras. Este texto que comienza: "Hay una mujer que tiene algo de Dios...”

miércoles, 6 de mayo de 2026

Esas madres que pocos conocen (1)


Nota de la redacción.  Hace como 40 años cometimos este texto, que retomamos (ligeramente ajustado para adaptarlo a tiempos presentes) con motivo del día y mes de la madre. Como es bastante largo, va en dos partes. Una va hoy y la otra la próxima semana. Gracias por leer y, como siempre, comentarios y aportes son bienvenidos.

Madre no hay más que una, sostiene un antiguo proverbio. Sin embargo, la Real Academia de la Lengua no piensa lo mismo, ya que en su diccionario el término madre tiene 18 significados diferentes.

No son las única acepciones que recibe la maternal palabra. Hay madres que se han convertido en cordilleras. Otras son apellidos. Algunas se utilizan en la minería o forman parte de nuestra corteza cerebral.

Hay madrecillas, madremontes, madres de agua, madreperlas, madreviejas, madrelocas, madres de culebra, madres cacao y lenguas madre. Para el penalista del Siglo XIX, una madre de familia era algo diferente de lo que es ahora. Y si le preguntamos a un médico qué hacer con la madre de niños, posiblemente recete un medicamento para la enfermedad que recibe este nombre.

El sustantivo que nombra a la mujer que le da la vida a la especie humana puede ser un espíritu infernal que se roba a los niños para comérselos. O una sociedad bufa de la Edad Media. Para el ingeniero acústico es un tipo especial de molde. Para el llanero es un río seco y para el jinete, un paso especial que siguen los caballos que aún no han sido amaestrados.

Lo que encierra una palabra

El término madre viene del latín mater. Por un curioso fenómeno lingüístico muchas lenguas, incluidas las que no son romances utilizan expresiones similares (mother en inglés, mama en ruso. Hasta en chino y coreano suena la m en el nombre).

La madre no da únicamente hijos. También origina palabras derivadas al por mayor. Comadre, comadrona, madrastra, madriguera, madrina, maternal, maternidad, materno, matriarcado, matricida, matriz, matrona y metrópoli, se encuentran entre los “hijos” de este matrimonio (otro derivado) entre la madre y el idioma.

La Real Academia de la Lengua en su diccionario incluye 18 significados. Hay de todo tipo. Desde el poco poético pero bastante significativo de “Animal hembra que ha parido una o más crías”, hasta el que habla de "Alcantarilla o cloaca maestra”.

Se dice que ser madre es un honor. Además puede ser un título. Es la mención que se le otorga a las religiosas o a las personas que en hospitales y casas de recogimiento están a cargo del manejo. Asi también se les llama a las ancianas de un pueblo, sin importar su estado civil presente o pasado, o su historial médico en lo que a procreación se refiere.

Los caballos que no han sido entrenados tienen un trotecito corto denominado “Paso de la madre”. En los barriles de vino, mosto o vinagre también hay madres. Es el nombre que reciben los residuos  asentados en el fondo de los recipientes.

Dime qué haces y te diré y qué madre tienes

Para el abogado del siglo 19, la madre de familia era aquella que vivía en su casa honestamente y tenía buenas costumbres, aunque no engendrara. Existía la madre sacrílega, que era la que daba a luz al hijo de un religioso o que paría formando parte de una comunidad católica.

En cambio, el químico moderno habla de las aguas madre, que son las que restan de una solución salina que se ha hecho cristalizar. Por su parte, en tiempos pasados los médicos atendían de vez en cuando el denominado mal de madre, nombre atribuido a diferentes dolencias (algunas bastante curiosas, por no decir cuestionables) que afectaban a las mujeres.

Los mineros colombianos denominaban madres a las piedras que se encontraban reunidas al oro cuando terminaba el proceso de lavado. Si necesitaban sacarle brillo a algo metálico recurrían a la madre del oro, piedra que se utilizaba para estos menesteres.

Los lingüistas se refieren al latín como lengua madre de los idiomas conocidos como romances. Y los historiadores latinoamericanos le endilgaron a España el apelativo de Madre Patria.

(Continuará)

miércoles, 29 de abril de 2026

La enciclopedia ambulante pasa al uso de buen retiro

El tío Paco duerme poco. Se levanta temprano a pasear por el prado aledaño a la finca donde se ha reunido la familia. Inusualmente, un par de parientes, niño y niña, también han madrugado y se unen al caminante.

El pasto está húmedo. Paco le explica a los pequeños que eso no es lluvia, sino un fenómeno llamado rocío.

Como no tienen a la mano sus teléfonos, los menores escuchan con atención e interés.

Paco viaja mentalmente a su infancia. Mientras otros contemporáneos jugaban en la calle, trepaban árboles y cometían travesuras a espaldas de los adultos, él leía. Es más. Dicen que el hombre leyó una enciclopedia. No un capítulo, no una entrada, no un tema específico, ni siquiera un tomo. No. La enciclopedia completa.

Abundan testimonios sobre los datos que el lector aportaba en las conversaciones con amigos y familiares. Apuntes interesantes o respuestas a preguntas sobre objetos y actividades de la vida cotidiana. 

Antes del partido, Paco hablaba del inventor del balón. Después del cine referenciaba un clásico con argumento similar, actores y director incluidos. Mientras comían pizza explicaba el origen de la palabra. 

Como el tipo no se extendía ni pretendía dictar cátedra, sus aportes eran tan bienvenidos como efímeros. Datos curiosos, sí, pero olvidables e intrascendentes. 

De hecho, pudo habérselos inventado. Eran tiempos sin inteligencia artificial, sin aplicaciones, sin redes osciales y, sobre todo, sin alguien tan desocupado como para ponerse a verificar lo que Paco decía.

Precisamente, el éxito de los comentarios anecdótico-histórico-científicos decayó lenta pero inexorablemente por cuenta de la tecnología. Internet. Wifi. Dispositivos. Información disponible 24/7.

Por ejemplo, surgía una consulta sobre por qué el pan se llama pan.  Mientras Paco preparaba su respuesta, alguien ya la había encontrado. Primero en un portátil, después en una tableta, luego en teléfonos inteligentes que hacían lo mismo pero cabían en un bolsillo. 

Aunque nunca lo expresó públicamente, Paco extrañaba esos breves momentos de sabiduría de salón que lo convertían en centro de atención.

Por eso se sintió especialmente feliz ante la oportunidad de enseñarles a dos pequeños sobre la humedad mañanera que venía de la condensación del aire en clima frío.

Esa cuyos efectos eran similares a los de una leve llovizna.

Una leve llovizna que rápidamente aumentó en volumen y frecuencia.

Que oscureció el cielo y, acompañada de truenos y relámpagos, descargó toda su furia de aguacero mientras el tío y los niños corrían a buscar refugio.

Así terminó el último intento de Paco para ejercer como enciclopedia ambulante.

Disuelto en agua.

miércoles, 8 de abril de 2026

Ese tal Habermas y yo, dice Don Arturo

Jürgen Habermas (1929-2026)
By Wolfram Huke, http://wolframhuke.de
Transferred from en.wikipedia to Commons by ojs., CC BY-SA 3.0,
 https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=3546577

Se murió Habermas. Los que saben de eso se han dedicado a destacar su importancia. Arturo no sabe de eso. Lo que sí sabe es que para él, en diversos momentos de su vida, el tal Habermas fue importante. 

En el barrio había un combo de amigos. Al crecer la vida los fue dispersando. Pero no del todo,  Periódicamente se reunían bajo cualquier disculpa lo que, inevitablemente, terminaba en abundantes consumos etílicos. Durante uno de esos encuentros, el que llamaban Caradestopa y estudiaba algo terminado en ía (filosofía, antropología, sociología, nunca se supo con claridad) les presentó a Habermas.  

Arturo no recuerda detalles. Solo sabe que había mucho licor, Caradestopa echaba mucha carreta y en más de una ocasión habló de un tal Habermas. Y que al otro día, de ese Habermas apenas le sonaba el nombre.

Por esa misma época Arturo inició su propia formación profesional. Ingeniería. Números, máquinas, obras. El mundo real. La Mona, una compañera, escogió como materia opcional Filosofía Contemporánea.  El joven se sentía atraído (por La Mona, no por la filosofía) así que hizo otro tanto. Ella se retiró por problemas económicos. Él quedó atrapado en algo que no le gustaba, no comprendía, y cuyo profesor lo aburría mediante interminables peroratas alrededor del pensamiento humanista con énfasis en un tal Habermas. 

El estudiante hizo su mejor esfuerzo.  Intentó entender en clase. No pudo. Intentó leer directamente al autor. Tampoco entendió. Buscó a Caradestopa. No le entendió nada. Terminaron borrachos. Fracasó en la vocacional. En otro semestre se pasó a Taller de Ebanistería y le perdió por siempre la pista a La Mona.

Años después, Caradestopa se graduó y armó fiesta. La reunión juntó parientes, viejos amigos y colegas. Arturo aterrizó, como escucha, en una conversación de barbudos. En algún momento dos de ellos se trenzaron en tremenda discusión sobre algo llamado acción comunicativa y ética discursiva. 

Aburrido como ingeniero en pelea de intelectuales, Arturo decidió retirarse. Uno de los conversadores (el que iba perdiendo el debate) lo agarró como escudo mientras tomaba un segundo aire… “¿Y usted qué opina? ¿Debemos asumir el discurso ignorando el componente procedimentalista de Habermas?”.

En el mundo de Arturo opinar era defender su equipo de fútbol, discurso las bobadas que decían los políticos, componentes las piezas de un computador y procedimiento una lista de instrucciones. Al unir todas las ideas lo único que atinó a responder fue un largo e interminable Uhmmm...

Por suerte, Caradestopa apareció y se lo llevó a otro grupo, donde le presentó a Patty. La conversación entre los dos jóvenes fluyó sobre diversos temas. Cine, televisión, viajes, lugares, artistas y lecturas, que fue cuando ella inocentemente comentó: “Ahora estoy leyendo el último libro de Habermas, ¿tú ya lo leíste?

Han pasado muchos años. Arturo no lo ha leído todavía. Terminó y luego ejerció su carrera con éxito. Se casó con la mujer de su vida (no fue Patty). Tuvo hijos. Ellos lo llaman Papá. Le dieron nietos. Esos que le dicen Abuelo. Otras personas, ajenas al círculo familiar, se refieren a él como Don Arturo.

El nieto mayor, tras una exitosa gestión como edil de su comunidad, ahora quiere ser concejal. El patriarca  y su descendiente conversan seguido. No siempre en términos cordiales. No es por las diferencias de edad, ni por los contextos culturales diferenciados, ni por el abismo generacional, ni por las posturas ideológicas. 

Es que Don Arturo está mamado de que su nieto cite todo el tiempo a un tal Habermas.

miércoles, 14 de junio de 2023

Sabiduría en pausa

 


Al fin llegó el momento de la pausa laboral, de disfrutar la más que justificada jubilación y, sobre todo, de socializar las experiencias y conocimientos acumulados a lo largo de la vida. El señor Salgado está listo y dispuesto a compartir su sabiduría con aquellos interesados en escucharlo.

El problema es que, de momento (y el momento ya se cuenta en años) nadie parece interesado.

Y no es por falta de oportunidades. Se entiende mejor con ejemplos. Cuando la hija del primo cercano tuvo la crisis del vestido de los 15 –ella quería un diseño moderno, sus padres el clásico– Salgado simplemente esperó la llamada. Él estaba listo para ejercer en plan conciliador, justo en ese punto medio entre la tradición y la vanguardia.

La fiesta de 15 fue el año pasado y no lo han llamado todavía.

Tipo práctico y con mucho tiempo libre, el hombre entendió la necesidad de evidenciar más su disposición orientadora. Al conocer las intenciones de adquirir vivienda de otro pariente, se le ocurrió que una visita oportuna le permitiría compartir su experiencia en el mercado inmobiliario.  La visita fue oportuna, pero por otra razón. Llegó justo cuando tocaba sacar al perro y todos estaban ocupados. ¿Resultado? Salgado tiene otra experiencia para compartir: recomendaciones prácticas para impedir que un gran danés arrastre por el piso a un paseador improvisado.

Los familiares compraron su casa sin conocer la altamente informada opinión de Salgado, a quien, por cierto, también descartaron por incompetente a la hora de solicitar servicios de paseador de perros. 

Este y otros fracasos indujeron al desperdiciado consejero a incrementar la agresividad de sus técnicas. Enterado de un problema que involucra movilidad, menciona –en voz alta– su experiencia en desplazamientos y medios de transporte; recomienda, cuando puede, restaurantes, espectáculos y centros recreativos; introduce –a las patadas– anécdotas en la conversación relativas a los problemas de las nuevas generaciones, cuando las nuevas generaciones, justo en ese momento, hablan con él.

La nueva estrategia generó un interesante proceso de aprendizaje. El potencial consejero ha aprendido varias cosas: cualquier sistema de GPS es considerado mejor –mejor que Salgado– guía para efectos de ir de un lugar a otro; los lugares recomendados por él se dividen en dos: a los que todo el mundo ya fue, y a los que nadie está interesado en ir; y las nuevas generaciones son muy buenas ignorando anécdotas de viejas generaciones.

Curiosamente, la oportunidad llegó del punto más inesperado. La sobrina de la familia perfecta, sin ningún problema económico, con envidiable éxito profesional y un equilibrio impecable entre vida personal y laboral se le acercó un día. En tono confidencial vino la pregunta que llevaba años esperando: “¿Tío, será que le puedo consultar una cosa?”

Haciendo esfuerzos heroicos por parecer indiferente pero receptivo, Salgado alistó todo su arsenal de sabiduría al responder. “¡Claro que sí, cuénteme!”

“Hay una tía de mi marido que es pensionada como usted. La queremos mucho pero…”

Y antes de que Salgado disparara el primer consejo, vino la ráfaga de realidad.

“…creemos que le falta distraerse. Será que usted la puede llevar a algún lado. Yo pago”.

jueves, 6 de abril de 2017

Yo pregunto, yo contesto

El periodista de turno habla con su fuente sobre cómo controlar el peso con una dieta basada en frutas y verduras. Si el entrevistado es un experto, por ejemplo un nutricionista, las preguntas serían algo así como esto: ¿Qué ventajas tiene para la salud restringir el consumo de harinas y aumentar el de frutas y verduras?  ¿Cuáles son las frutas y verduras más saludables?

Las preguntas parten del principio de que esta dieta es ideal. Pero a veces el interpelado se sale del libreto. Por ejemplo señala que estudios recientes cuestionan la tradicional satanización al consumo de grasas y harinas. Lo que podría esperarse es que ante la modificación en la idea original, la entrevista tome otro rumbo.

Pues no.

Aquí nos referimos a un estilo particular de periodismo. Aquel en el cual el periodista hace entrevistas donde la única respuesta que le sirve es la que él espera. En la que se dedica a manipular, acosar o silenciar a la fuente hasta que ella diga lo que él comunicador espera escuchar. Yo lo llamo periodismo de autoafirmación.

Aparece en cualquier área. En la cultura. Los reporteros altamente especializados montan sus entrevistas en un código casi que críptico, que solamente entienden él, la fuente y un selecto grupo de personas, todos intelectualmente privilegiados.

Así, en vez de simplemente consultar a un escritor sobre sus influencias, el entrevistador da la obra, el autor, la página y el párrafo de donde su entrevistado “sacó“ la idea. La cosa suena prepotente, pero es aceptable. El lío viene cuando el entrevistado niega la influencia. Vendrá una catarata de preguntas repletas de referencias para demostrar que él (el escritor) sí tiene esas influencias, aunque él (sí, el escritor) no lo sabía.

Otro escenario es cuando la fuente debe responder por algún hecho ilegal o inmoral.  Hasta ahí todo bien: los personajes  públicos y no tan públicos deben dar su versión de hechos que afecten a la sociedad. Pero en el periodismo de autoafirmación, la fuente está condenada de antemano y la entrevista solo sirve si hay un “mea  culpa”. Es una sucesión interminable de ataques disfrazados, camuflados como preguntas. Solo terminará cuando la fuente “confiese” o corte la conversación.

Este estilo no es novedoso. Mi memoria ubica ejemplos en transmisiones radiales de fútbol del siglo pasado. Era costumbre buscar a los protagonistas y hacerles preguntas relacionadas con su desempeño.  Con “diálogos” como los siguientes.

Periodista: Felicitaciones por la forma en que engañó al defensa.  Usted permaneció agazapado detrás y solo corrió para desmarcarse cuando presintió que venía el centro, lo que le permitió elevarse y cabecear para anotar el primer gol.
Futbolista. Sí, fue un bonito gol.
Periodista: ¿Y ahora qué viene? El próximo partido es fundamental para las aspiraciones de su equipo. Una victoria los pondría a las puertas de la clasificación pero una derrota los llevaría a una situación comprometida.
Futbolista: Hay que seguir trabajando... 

martes, 4 de abril de 2017

Recuerdos de los tiempos bárbaros

Por ahí he visto un comercial muy simpático, donde muestran la evolución del hombre, así, en masculino. Tres fases de cazadores y guerreros, la cuarta de un millenial… tomándose una selfie. Para no hacer publicidad gratis no doy detalles, aunque dejó el enlace.

El tema viene a la costumbre, en quienes superamos cierta edad, de evocar un pasado salvaje. No se trata de la prehistoria, la Edad Media o los tiempos del ruido. Son nuestros inicios profesionales.

Aunque supongo que existe un discurso equivalente para todos los oficios, me voy por uno que conozco: el magisterio. Entonces pongo cara de circunstancia y hablo de cuando “que marcadores ni que ocho cuartos, eso era con tiza de colores y tablero verde, tragando polvo y sacudiendo borradores”.

A medida que la conversación avanza a uno se le alborota la testosterona. “¡Cuál Power Point” !Eso era a punta de carteleras. Y solo para cosas muy excepcionales, con acetatos y retroproyector. ¿Que qué era eso? Unas hojas de plástico transparente donde se dibujaba o se montaban los textos con letra set. ¿Impresoras? ¡Cuáles impresoras! ¿Retroqué? Retroproyector. Una máquina que los proyectaba mientras se cambiaban, a mano limpia”.

De alguna manera el tono se va poniendo dramático. “Los mapas no estaban en pantallas, sino enrollados en el salón y teníamos que levantarlos colgarlos y desenrrollarlos. Y cuando se usaban había que enrollarlos de nuevo. Así aprendía la gente, sin tanta…"

(En ese momento ya está uno tan emocionado que empieza a utilizar palabras de esas que figuran en el diccionario pero no se recomiendan en determinados contextos. Por ejemplo en este blog. Además hoy son políticamente incorrectas. Así que vamos a utilizar expresiones explicativas para no herir susceptibilidades. Y lo acepto, nadie habla así.)

…así aprendía la gente, sin tanta ‘ayuda pedagógica perteneciente a un género tradicionalmente considerado más débil que otro’. Hoy en día no pueden hacer nada sin tener un aparato repleto de ‘artilugios y servicios descritos con una alusión a tendencias de género estereotipadas en amaneramiento’. Nosotros improvisábamos sin tanta ‘alusión al hijo una mujer poco amiga del aseo o que ejerce un oficio del que se dice es el más antiguo del mundo. Se puede eliminar la alusión al hijo’ tecnología”.

El discurso inevitablemente cierra con una oración despectiva hacia las generaciones actuales, Puede ser del tipo anecdótico “yo no vine a conocer un computador sino cuando llevaba 20 años de ejercicio profesional”; descriptivo-despectivo “ahora la gente ha perdido toda la recursividad”; de afirmación generacional “nosotros hicimos mucho con poco”; o regaño frontal “yo no sé de qué se queja la gente ahora”.

Y ahí es cuando el comentario del joven interlocutor de turno nos devuelve a nuestra anacrónica realidad

 “Que tiempos tan aburridos”.

jueves, 9 de febrero de 2017

Punto de información

El amigo Alfonso está condenado al movimiento. Y en lo posible irregular. Es decir en zig zag, como quien evade obstáculos o, en su caso particular, individuos. E individuas. Sujetos y sujetas, porque si permanece quieto por más de cinco segundos en cualquier lugar, o camina más de 50 metros en línea recta alguien le va a preguntar.

 ¿Preguntar qué? Indicaciones geográficas. Por razones que escapan a la comprensión del individuo, el mundo parece convencido de que él lo sabe todo, por los menos en materia de direcciones. Y de rutas. Y de ubicaciones específicas dentro de edificaciones varias con acceso libre al público. 

Entonces cuando permanece quieto en una estación de buses o de trenes o de aviones será constantemente interrogado sobre horarios, rutas, salidas, entradas, llegadas y servicios. Así su indumentaria en nada se parezca a la de un piloto, vigilante, conductor o despachador. Ni mucho menos –por razones absolutamente obvias– a la de una azafata o informadora. Por eso ya descartó la primera posible explicación: la ropa no es.

 Tampoco la cara. Su rostro no es el de un funcionario al servicio de una empresa de transporte encargado de la orientación al público, que pese a recibir apenas un salario mínimo asume con generosidad, pasión y entusiasmo su valiosa labor. Mejor dicho, cara de pobre no tiene. Tampoco de buena persona. Es más, en determinados contextos la gente le guarda cierta distancia. A menos, por supuesto, que requieran alguna información.

 El hombre porta una pinta de cachaco incuestionable. Su piel es blanca como la leche y cada pigmento grita su origen paramuno, pero en tierra cliente, –léase costas, rivera de río o piso térmico bajo– es constantemente interceptado por personas interesadas en ubicaciones de hoteles, sitios turísticos, restaurantes, balnearios, piscinas o en la forma más rápida y económica de llegar al mar. Ese mar que el aún no ha tenido la oportunidad de visitar.

 Le ha pasado tantas veces, en tantos escenarios, que ya ni siquiera se extraña. Mucho menos cuando muy educadamente confiesa su ignorancia sobre el dato consultado. Lo que ocurre entonces es que su interlocutor, en vez de dar las gracias e irse, se queda esperando. ¿Esperando que? Alfonso no tiene idea. Es como si el interrogador se negara a aceptar que el hombre no sabe la respuesta, y que algún extraño milagro o fuerza de la naturaleza lo llenará de sabiduría para absolverle sus dudas. Lo cual, por supuesto, nunca pasa.

 Al hombre le da hasta pena desilusionar tanta gente a diario, así que siempre intenta, por lo menos, orientarlos hacia alguien que sí pueda satisfacer los requerimientos. Lo curioso es que cuando se pasan al policía, al vigilante o al orientador, inevitablemente lo señalan en la distancia diciendo –Alfonso imagina– “él me mando a hablar con usted”. O algo así.

 A estas alturas Alfonso ya reconoció que ese es el punto. O mejor, que él es el punto. El punto de información.

martes, 17 de enero de 2017

Trampas al ego

Hace 35 mil años, el jefe de un clan de neandertales partió de madrugada con los machos adultos de su grupo en busca de comida. Finalmente divisaron un mamut. Aplicando la experiencia acumulada por él, por sus padres y por sus abuelos, ordenó a sus acompañantes que hicieran lo que había que hacer. 

Resulta que uno de los cazadores estaba interesado en aparearse con las hijas del jefe. Este cavernícola no era particularmente apto para la lucha con otros aspirantes a la misma hembra, método de conquista en boga por aquellos tiempos. Sabía que la única forma de evitar la pelea era que el padre lo escogiera directamente.  Eso lo motivó a decirle “uga, magagaga, gun”.

Traduce algo así como “buena forma de cazar mamut”. Ignoramos lo que pasó después. No sabemos si el comunicativo neandertal pudo reubicarse en la cueva junto con la familia del jefe y si alguno de los que andan –andamos– hoy por ahí descendemos de la hija del líder y este inventor. Sí. Inventor. El inventor de las trampas al ego.

Corresponde al individuo en mención la patente de una estrategia que se mantenido hasta nuestros días. Se trata de soltarle a alguien, en momento y lugar oportuno, una frase o expresión destinada a hacerle sentir más. Más inteligente, más sabio, más sagaz, más productivo, más competente y, lo más importante, más dispuesto a colaborar cuando sea necesario.

Las aplicaciones modernas abarcan cualquier actividad. El entrevistado que le dice al periodista “muy interesante su pregunta”. El empresario que le suelta a un subalterno de cuya existencia se enteró cinco minutos atrás un “su trabajo es muy importante para esta empresa”. El vendedor que incluye en su discurso frente al cliente potencial un “este producto es solo para gente como usted, no para todos”. El estudiante que le “reconoce” a su profesor que “con usted sí aprendo”. Las alternativas son múltiples. Es más, ni siquiera requieren hablar. A veces basta con un gesto de aprobación o una humhumneada para que el interlocutor sienta que acaba de decir algo histórico.

Aplican algunas reglas. El elogio debe ser aparentemente gratuito. No sirve si se hace en un escenario de evaluación. Es tan importante que parezca espontáneo como que no lo sea. No es un reconocimiento sincero. Es un aplauso interesado. Y fríamente calculado

Esto saca de la lista al lambón instintivo, ese que se arrodilla frente a la autoridad y se deshace en elogios frente a cualquiera que tenga más poder que él. Entre otras razones porque se trata de un personaje fácilmente detectable y hasta incómodo. Pero el elogiador profesional es estratégico, sabe exactamente cuándo y cómo soltar su piropo intelectual.

Y, seamos honestos, todos caemos. El departamento de egos del ser humano es uno de los más fácilmente manipulables. Básicamente porque lo que dicen es aquello que cada uno de nosotros tiene como una verdad absoluta en alguna parte de su personalidad. Que somos mejores en algo, y que no hay nada malo en que alguien lo reconozca de vez en cuando.

El elogiador lo sabe. Sabe que se trata de sembrar simpatías en el destinatario con el fin de cosechar algún día. ¿Cosechar qué? Lista larga que va desde tratamientos benignos  hasta algún favor particular. O impresionar a un tercero. O ganar tiempo. O preferencia a la hora de escoger un compañero para la hija en versión neandertal. Ahora que lo pienso, creo que sí funcionó.

martes, 15 de noviembre de 2016

Ofrécese analista oficios varios

El tipo era lo que llaman una voz autorizada. Por su experiencia, su conocimiento y sus antecedentes. Pero de autoridad pasó a hazmerreír. Quienes lo admiraban lo miran feo y le aplican ese tratamiento destinado al pariente enfermo, al mendigo y al perro cojeante. El “pobrecito” en el mejor de los  casos.

Al tipo, de hecho, le tocó reinventarse, como dicen ahora. Y no es solo desarrollar competencias en otro oficio, sino asimilar conceptos nuevos. La humildad, por ejemplo. Aceptar los fracasos. Perder. 3 a 0, para ser precisos. 

Comenzó con los ingleses, beneficiarios directos de la Unión Europea.  Un país de gente inteligente que no iba a comerle cuento a un grupo de populistas. Por  ejemplo a los que dijeron que había que salirse la Unión Europea porque… Bueno, nunca se supo exactamente por qué, pero era algo así como que todo lo malo que le estaba pasando a los británicos era por culpa de este tratado que los integraba con el resto del continente.

Luego vinieron los colombianos, donde el susodicho jugaba de local. Esta era más fácil todavía. Se trataba de poner en la balanza la posibilidad de acabar con medio siglo de guerra interna frente a una sucesión de afirmaciones que podía dividirse entre las que no tenían nada que ver, las que surgían de intereses personales y las que, aunque válidas, eran demasiado complejas para que influenciaran al hombre común.

Y por supuesto, el gringo con cara de mal genio, una especie de comadreja en el cabello y su inacabable sucesión de bestialidades verbales. Ese que carecía de cualquier opción como político. Nadie iba a votar por semejante payaso quien, además, cada vez que hablaba se indisponía con grupos específicos e influyentes de su país.

En los tres casos el tipo no desaprovechó momento para dar a conocer sus opiniones. Concluyentes. 

1.- No había oportunidad de que los compatriotas de Shakespeare y los Beatles le dieran la espalda a Europa. 

2.-  Ninguna nación en el mundo iba a desperdiciar la alternativa histórica de poner fin a un conflicto interno que la había desangrado durante años. La mayoría acudiría a ratificar ese acuerdo, bendecido por la comunidad internacional. 

3.- Solo era cuestión de tiempo para que el payaso gringo se ahogara en su propio discurso. Aunque lograra un par de victorias, la derrota era parte de su esencia.

Adicionalmente, contaba con el respaldo de los oráculos del siglo XXI: las encuestas. No solo era lo que él pensaba, era la opinión de la gente, medida científicamente. 

Sabemos lo que pasó. El brexit ganó y a los ingleses les toca salirse de la Unión Europea. En Colombia ganó el no y estamos en la fase de maromas a ver qué se puede hacer. El payaso gringo tendrá un trabajo nuevo a partir del otro año: presidente de los Estados Unidos.

Dice la teoría que las posiciones políticas de la gente maduran hasta generar manifestaciones como marchas callejeras, las cuales obligan al poder a convocar elecciones. Pues bien, aquí sí se han dado las marchas, pero después de las elecciones. Claro que el tipo ya no se preocupa por detalles como ese. Él revisó su currículo y empezó a promocionarse con el siguiente texto: “Pongo a su consideración mi capacidad profesional y laboral para desempeñar cualquier actividad que considere conveniente. Favor no tener en cuenta mi experiencia reciente y formación”. 

Versión corta: “Ofrécese analista político para oficios varios”.

martes, 4 de octubre de 2016

El bueno, el malo y el otro

Algunas personas juzgan el cine de acuerdo con los protagonistas. Más allá del argumento, la historia, el director, la técnica, lo que importa de un filme son los actores. Y ese actor o actriz determina si se ve o no la película, y, lo más importante, si es buena o mala.

Por aquí pasa algo parecido,  pero con una pequeña diferencia, No es cuestión de  película, si no de vida real. La bondad o maldad de un hecho depende de su protagonista. Es decir que cuando mi amigo, conocido, pariente o ídolo hace algo, es bueno; pero cuando mi enemigo, desconocido, rival o el que me cae mal hace exactamente lo mismo, es malo.

Usted y yo tenemos a múltiples historias donde nos indignamos, enfurecimos y molestamos porque ese personaje que tenemos en tan poca estima asumió esa conducta… ¿cuál conducta? Carece de importancia.  Es simplemente inaceptable. 

Eso contrasta con nuestra actitud, comprensiva, tolerante, condescendiente y generosa y hasta elogiosa ante el comportamiento de nuestro pariente, amigo o conocido… comportamiento que es exactamente igual a la inaceptable conducta del otro.

Para efectos de quedar bien, acudimos al lenguaje. Entonces los grafiteros son vándalos, pero el que conocemos es un artista. Quien intenta sobornar un funcionario público es un corruptor que merece la cárcel, aunque si algún conocido hace lo mismo con el policía de tránsito se justifica porque de todas formas se iban a robar esa plata. Los hijos de los demás son malos estudiantes, a nuestro hijo el profesor lo odia. Ese tipo que no hace fila es un abusivo, ese amigo que tampoco hace fila es recursivo. Esa canción de moda es horrible, su letra es estúpida y el cantante es un tarado; hasta el día en que el sobrino con inclinaciones musicales la incluye en su repertorio. El  vecino que nos cae  mal es un grosero que no saluda, y el que nos cae bien estaba despistado ese día que no nos saludó.

En todos estos casos y en otros tenemos dos niveles. Los que asumen la actitud mencionada en forma discreta, e incluso ejercen el sagrado derecho a retirar las posaderas cuando el problema se pone complejo. Es decir los que se retiran de grupos en las redes sociales; evaden conversaciones, abandonan tertulias familiares, se alejan de reuniones de oficina y de encuentros sociales; y se cambian de puesto en el bus o se bajan cuando las circunstancias los obligan a justificar su difícilmente justificable incoherencia.

Los personajes mencionados pasan agachados. Los que realmente tienen problemas son quienes se pasan la vida gritándole al mundo entero como piensan (ellos), como actúan (ellos), quien es el bueno (ellos), quien es el malo (otros) y por qué ellos siempre tienen la razón, nunca se equivocan y son el futuro del país.

Los que jamás perdonan el más mínimo error a su larga lista de contradictores, ni pierden ocasión para señalar públicamente que nunca, jamás, en la vida y de ningún modo apoyarían ese nefasto personaje que representa todo lo malo que ocurrió, ocurre o ocurrirá en este país. Son quienes deben acudir a todo tipo de acrobacias verbales y pirotecnias intelectuales para justificar cuando, por cualquier razón, se ven obligados a coincidir con el que toda la vida fue el malo de la película.

martes, 19 de julio de 2016

Insoportables, inaguantables… (léase inmamables)

Mama.creerse uno la  mama de Dios” (…) Sentirse uno superior a los demás en alguna cosa, jactarse uno directa o indirectamente de poseer buenas calidades en una profesión, oficio, arte, etc.
Breve diccionario de colombianismos

Ahora que vinieron los Rolling Stones, un grupo de elegidos se dedicó a  regañar a  los potenciales asistentes al evento. ¿La razón? Ellos, los regañadores, eran los “stonianos” de verdad. El resto solo irían al concierto por moda, exhibicionismo, esnobismo, proyección social o efecto rebaño. 

Los argumentos de la élite roquera era que “ELLOS” ameritaban las comillas y las  mayúsculas. Porque “ELLOS” conocían todas las canciones e historias. Ellos tenían los vinilos comprados hace 40 años en algún cuchitril de algún extinto parque de hippies. Ellos sí eran poseedores del sagrado derecho de escuchar al grupo en vivo y en directo.

Lo de los roqueros es un evento específico. Pero esta categoría de personajes abunda en todas las facetas de la vida. No ven las películas que ve todo el mundo. No oyen la música que oye todo el mundo. No comen lo que come todo el mundo. No se visten como se viste todo el mundo. No leen lo que lee todo el mundo. No ven un partido de fútbol como todo el mundo.

En cambio, aprovechan cualquier oportunidad para mostrarle su privilegiada condición a, por supuesto, todo el mundo.

Sus gustos musicales, en el mejor de los casos, incluyen las canciones menos conocidas de cantantes y autores conocidos. Van a restaurantes raros o a restaurantes conocidos a  pedir platos raros o a negocios extraños a comprar ingredientes exóticos para preparar menjurjes más exóticos todavía. Donde la gente ve un gol, ellos ven una compleja combinación de táctica y estrategia que culmina en la vulneración de la red. 

Su aire de superioridad se exterioriza de diversas maneras. Llevan años perfeccionando esa mirada de desprecio, conmiseración y lástima para cuando alguien les dice, por ejemplo, que un baguette es un pan francés, pero más grande. Si los ojos no son suficientes para pordebajear a su interlocutor, viene el discurso en el que –otro ejemplo–  ilustran al simple mortal sobre la diferencia entre mirar una estatua y disfrutar la experiencia de una obra de arte.

Algunos perfeccionan tanto el discurso que viven de eso. Se acomodan como expertos y críticos. O crípticos, porque lo que dicen suena importante, aunque nadie lo entiende.

En su sapiencia, el vino no tiene sabor, tiene textura. La cocina no es de cocineros, es de autor. La  ropa no es para vestirse, sino para expresarse. El libro de anécdotas pasa a ser una sincera recopilación de cotidianidades compartidas.  La plata no se gasta sino que se invierte y lo que se adquiere o contrata no es un producto o servicio: es una solución.

Esa es la impresión que causan al observador desprevenido. Sin embargo, si este  observador es, además, un desocupado, tarde o temprano descubre que la cosa no es tan complicada. Que no se trata de un grupo de elegidos con acceso a un mundo cerrado, sino de gente que le pone nombres complicados al universo. Que no es que sepan mucho, sino que sobredimensionan lo que saben para proyectarle al resto de la especie su condición de, como decían las señoras de antes, mejor familia.

Pasado un tiempo, suelen generar un consenso entre sus conocidos o seguidores.

Son insoportables, inaguantables… (léase inmamables).