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miércoles, 5 de noviembre de 2025

Esquivando bichos y demás fauna

Arriba, de izquierda a derecha: Columbia livia, Turdus
fuscaster 
y Zenaida auriculata. Abajo: Canis lupus
familiaris, Bos taurus y Felis catus.

El hombre pedalea por alguna ciclorruta rodeada de pasto cuando aparece el primer bicho. Es un cucarrón volador, pequeño, color café claro. En segundos, los escarabajos se multiplican y durante algunos metros una nube de insectos se atraviesa en el camino. La colisión con algunos es inevitable. 

El Ciclonauta toma la única medida de seguridad posible, cierra la boca. Ya se ha encontrado antes con Clavipalpus ursinus. Ese insecto que durante ciertas temporadas se materializa en patota por las zonas verdes de la ciudad. Invasor anacrónico de la vía en octubre. Anacrónico porque le dicen cucarrón de mayo. Debe ser por el cambio climático, supone. 

No son los únicos representantes de la fauna local en plan de ocupar vías destinadas a biciusuarios (y, por cuenta de ley reciente, a ciclomotores y patinetas). Es bastante común encontrarse con Zenaida auriculata, Columbia livia y, ocasionalmente,Turdus fuscaster

A Zenaida la conocen mejor como torcaza o abuelita. Se ven como palomas cuando eran chiquitas con un característico color marrón. Pequeñas y ágiles, reaccionan rápido y despejan la vía, bien sea emprendiendo vuelo o pasándose a zona segura. Comportamiento similar es el de de Turdus o mirla patinaranja, más grande que la paloma. La paloma, por cierto, es otro cuento. La que los científicos llaman Columbia livia. Viene la bicicleta, no le importa. El Ciclonauta grita, no le importa. Se mueven con pasos torpes, sin dirección fija. Solo cuando el atropellamiento es inminente, se corren perezosamente para un lado (a veces).

Ellas lo tienen claro, el problema es del de la bicicleta.

Su comportamiento emula a otro invasor, prácticamente exclusivo de zonas rurales o semirrurales. La Bos taurus. No es solo con los ciclistas, sino con cualquier cosa que se mueva (desde patineta hasta tractomula) o ser viviente. Ella no se quita hasta cuando le da la gana. La diferencia es que una cosa es la media tonelada de carne, piel y huesos de la vaca, frente al frágil y ligero cuerpo cubierto de plumas de la paloma.

De vuelta a los entornos urbanos, el Ciclonauta vive encuentros recurrentes con el Canis lupus familiaris. Bien sea por su condición de callejero, o porque el humano encargado de cuidarlo ignora que ese cuidado incluye alejar al perro de calzadas, carreteras, ciclorrutas y similares, más de una vez se le han atravesado cuatro patas con cola batiente. Por suerte, lo que le falta de inteligencia al humano le sobra en reflejos y alerta al canino. Solo es cuestión de gritar o pitar para que se quite de en medio. De hecho, a veces ni siquiera hay que avisar.

Otros mamíferos urbanos, Rattus rattus y Felis catus, poco se ven en las ciclorrutas. Tanto ratas como gatos pasan a toda velocidad, las primeras en busca de algún recoveco oscuro donde ocultarse; y los segundos en busca de las primeras, de algún ave con mala suerte (con la que desahogarán sus instintos de cazador), o del humano que tienen y que los mantiene. Aquí el Ciclonauta es el encargado de los reflejos, necesarios para frenar, esquivar o cualquier otra reacción de emergencia.

La especie con la que es más complicado lidiar en la vía exclusiva para bicicletas (y similares) es una cuya capacidad de reacción da vergüenza. No escucha gritos, pitidos, advertencias amistosas o palabras neutrales. Y si oye,  muchas veces no le importa. En vez de despejar o, por lo menos, abrir paso, tiende a ignorar las advertencias o responder con sonidos que van desde la indolencia hasta la amenaza. 

Su nombre científico es homo sapiens.

miércoles, 16 de abril de 2025

La villana está en el cielo

Ella lo persigue con saña. El asunto es personal. Ella lo tiene entre ojos, lo odia por motivos desconocidos pero, sobre todo, juega con él. Nunca se sabe cómo actuará, no se guía por patrones lógicos y disfruta convirtiendo a su blanco en víctima constante, no solo de sus prácticas, sino de la incertidumbre.

Lo peor es que el Ciclonauta no tiene a quien acudir. Nadie le creería si denunciara a su enemiga. Ella, tan astuta como perversa, tiene un comportamiento en apariencia inocente y casual. De hecho, sus acciones pueden perjudicar, pero también beneficiar o ser inocuas para los demás. 

No es lo que hace, es cuándo y cómo lo hace. Así demuestra su fijación enfermiza. Se trata de una guerra perdida. Incluso si alguien le creyera, ella es incontrolable. No existe persona, institución, autoridad, corte, organismo de socorro, científico, técnico, fuerza armada o argumento capaz de enfrentar a… la nube negra.

Esa nube negra que en el día menos esperado hace que Bogotá no tenga un clima sino varios, que cambian de cuadra a cuadra. Esa nube negra que aparece de repente y en cuestión de segundos oscurece cielo y ambiente. Esa nube negra que existe para amargarle la vida al Ciclonauta.

Como les sonará a algunos lectores, el Ciclonauta no se llama así, pero anda en bicicleta. Una bicicleta de esas que tienen ruedas, pedales, sillín, etc. Lo que no tiene es techo para proteger a su usuario de la lluvia. Por eso, ante las precipitaciones, este debe buscar donde guarecerse o utilizar algún elemento artificial. 

La primera opción sirve si no hay afán. La nube negra lo sabe. Por eso solo atacará cuando el destino de turno incluya horario inaplazable. O mientras se transite por lugares sin espacios adecuados para protegerse del aguacero. Y cuando por fin surja un escampadero, la lluvia cesará. Como por arte de magia.

El plan B son elementos antilluvia. El paraguas deshabilita una mano para efectos de conducción. Además,  la nube negra tiene un cómplice. El viento. Ese que produce lluvia diagonal para que el agua entre por los lados. Ese que desencadena fuerzas capaces de dañar o llevarse la sombrilla con destino desconocido. O al Ciclonauta con destino conocido: el duro piso mojada o algún charco con ínfulas de laguna.

Quedan los impermeables. Pero no hay que subestimar a la nube negra. Lanzará una llovizna de advertencia para que el sujeto se acomode las prendas protectoras.  Aumentará la pluviosidad y dejará que avance un rato. Y de repente detendrá el chaparrón y dejará al tipo enfundado en pantalones, chaquetón o poncho con un calor de los mil demonios y sudor en cantidades industriales.

Entonces este se quitará el impermeable, arrancará y… comenzará a llover otra vez. Se pondrá las prendas protectoras, avanzará otro poco y... escampará. Así,  sucesivamente hasta llegar, convertido en sopa por la mezcla de sudor y aguas lluvias, a su destino.

La nube negra en el cielo no es invisible. Quien la ve intenta predecir su comportamiento. Verifica su presencia antes de salir, calcula tiempos cuando aparece, revisa las zonas azules y despejadas del firmamento, busca señales de lluvias previas, dosifica su velocidad. Todo para evitar las precipitaciones.

Vana esperanza. Ella no perdona. Espera pacientemente ese momento exacto cuando el hombre inicia su recorrido.  Entonces aparece. Y lo persigue, a él. Si el de la bicicleta cambia inesperadamente de rumbo, ella también.  Se cierra como tenaza en los sectores despejados mientras el optimista de abajo pedalea esperanzado hacia un clima seco que nunca alcanza. Siempre contra él. Siempre victoriosa.

Así actúa la nube negra. La que odia al Ciclonauta. La Malvada Nube Negra.

miércoles, 6 de noviembre de 2024

Malas ideas con énfasis en perros, ciclas y otras ruedas

 


A quien escribe el texto que viene a continuación, le parece mala idea:

— Pasear en bicicleta con perro. El perro caminando o trotando, el paseador pedaleando. Una correa al perro sujetando.

— Trabajar en bicicleta como paseador de perros. Los perros caminando o trotando, el paseador pedaleando. Muchas correas a los perros sujetando.

— Utilizar la ciclorruta para pasear perros en bicicleta. El o los perros caminando o trotando, invadiendo el otro carril y definitivamente estorbando. El paseador pedaleando. Correa (s) a los perros sujetando. 

Pagarle a un paseador para que pasee a los perros en bicicleta. Los perros caminando o trotando. El paseador pedaleando. Muchas correas a los perros sujetando. Todos corriendo el riesgo de que a cualquiera de los animales le dé por contradecir a la manada y parar o moverse hacia un lado diferente .  

— Pagarle a un paseador en bicicleta que trabaja en condiciones que pueden terminar mal como: paseador y bicicleta en el piso, paseador y bicicleta cayendo encima de los perros,  paseador en el piso y perros sueltos corriendo sin destino, paseador en el piso y perros corriendo hacia una vía donde hay carros en movimiento que no esperan la aparición inesperada de perros huyendo tras la caída de un paseador en bicicleta.

También considera que es una mala idea:

— Sacar a caminar perros sin dejarlos caminar*.

— Sacar a caminar perros sin dejarlos caminar y transportándolos en coches diseñados para transportar niños o bebés. O en coches diseñados para transportar perros de esos que deberían estar caminando porque para eso es que se saca a caminar a los perros, que no caminan si van en carritos para perros. 

— Sacar a caminar los perros en grupos familiares donde camina la abuela, camina la mama, caminan los niños, camina el papá, camina el abuelo pero no camina el perro porque la abuela, el abuela, la mama, el papa, o los niños caminan y empujan un coche donde va el perro que sacaron a caminar.

— Pasear con el perro en bicicleta arrastrando un carrito donde el perro rueda haciendo cero ejercicio de ese que se supone deben hacer los perros cuando salen a la calle, además de otras cosas que se vaporizan ante la acción del Sol o se recogen en bolsas de colores.

Incluye además dentro de lo que en su concepto es una mala idea:

— Pasear en bicicleta con perro. El perro caminando o trotando, el paseador pedaleando. Ninguna correa al perro sujetando. El perro libremente paseando y atravesándose, generando peligro o por lo menos estorbando. Y es peor idea cuando el paseador va por celular hablando o hasta chateando. 

— Pasear en bicicleta con perro. Ninguna correa al perro sujetando sin haberle dedicado todo el tiempo, toda la paciencia y toda la metodología necesaria para que el animal trote o camine al lado del paseador sin correa ni nada en absoluta coordinación. 

Y definitivamente cree que es una pésima idea:

— Hacerle una observación cordial, educada y de buena fe a quien saca a caminar el perro sin dejarlo caminar; o a quien pasea con el perro en bicicleta; o quien trabaja como paseador de perros en bicicleta; o a quien le paga a un paseador de perros en bicicleta… so pena de ser llamado sapo xxx, donde es fácil (y bastante desagradable) imaginar lo que xxx significa. 

*Ñapa. También cree que es mala idea meter un gato en una especie de mochila en plástico rígido transparente con huecos y sacarlo a pasear (en cicla o a pata limpia), y hacer algo similar con una mochila normal y un perro pequeño cuya cabeza sobresale. Pero eso amerita cuento aparte.

miércoles, 16 de octubre de 2024

No se identifique, por favor

Estas cosas ya no pasan pero hubo un cuando durante el cual eran rutinarias. Grupos de soldados recorrían las calles solicitando al personal masculino su libreta militar. Los que poseían el documento seguían su camino, los que no lo tenían sí tenían… un problema. Eran transportados en camión al cuartel. Allí, si cumplían requisitos de edad, salud y carencia de obligaciones familiares, serían alojados, alimentados, vestidos y entrenados durante 12, 18 o 24 meses. Todo por cortesía de las Fuerzas Militares.

Cuando el Ciclonauta cogió cara y cuerpo de potencial soldado, se volvió blanco permanente en esas “batidas”. Tuvo uno que otro problema pero finalmente salía indemne a punta de carnet estudiantil y tarjeta de identidad. Por eso se afanó en solucionar su situación militar al llegar a la edad reglamentaria. 

Acababa de recibir la libreta el día en que se encontró con otro operativo. Procedió a sacar la billetera, dispuesto a mostrar el documento que… había dejado en casa. No valieron argumentos ni ruegos.  La cara de remiso (así llaman a los evasores del servicio militar) pudo más. “Disfrutó” de la hospitalidad de las Fuerzas Militares hasta que logró llamar. Muchas horas después una comisión familiar, libreta en mano, lo rescató. 

De ahí en adelante el Ciclonauta anda siempre debidamente apertrechado con cualquier papel susceptible de ser solicitado por autoridad competente. Cédula, libreta, carnet de vacunación, identificación laboral, tarjeta de biblioteca, pase, lo que sea que le pidan está a la mano. De hecho, la situación evolucionó de precaución a exhibición. El tipo no solo muestra los papeles. Se enorgullece de hacerlo.

A medida que perdió la cara de remiso pero fue cogiendo la de viejo, los requerimientos callejeros de libreta militar desaparecieron. Muchos años después cierto alcalde se inventó un registro para las bicicletas, con la advertencia de que, en cualquier momento, las autoridades podrían solicitarlo. Como nuestro protagonista pedalea a diario por las vías citadinas, hizo el trámite en línea. Imprimió una copia que dobló e introdujo cuidadosamente en su billetera, debidamente protegida en funda de plástico. Solo faltaba el requerimiento de alguna autoridad para demostrar su cumplimiento, legalidad y civismo.

Pasó un año largo... y de aquello nada.  Por ahí supo de una campaña pedagógica para concientizar a los biciusuarios de la necesidad del registro. Se demoró unos días pero finalmente, mientras pedaleaba, se encontró con una combinación de uniformados deteniendo ciclistas y explicándoles algo. Algo cuyo detalle nunca conoció, porque si bien desaceleró, nadie le hizo caso. Vivió la situación un par de veces más hasta que optó por no variar la velocidad a menos que le hicieran alguna señal, señal que todavía está esperando. 

Transcurrían los meses y el registro seguía inamovible en su funda de plástico. De los operativos pedagógicos se pasó a otros, a cargo de la Policía Nacional.  No solo paraban a los pedalistas, sino que verificaban el número de serie del marco y lo cruzaban con alguna base de datos. El Ciclonauta ignora si la estrategia permitió recuperar algún vehículo robado. Tampoco sabe si ha servido para promover más documentos. Lo único que puede decir de las actividades de registro y control es que en todas las que se ha encontrado durante su diario rodar por calles, carreras y ciclorrutas, ha sido olímpicamente ignorado.

El tipo, de verdad, quiere chicanear con su registro pero es invisible ante los ojos de la autoridad. Lo ha intentado todo. Desacelerar, parar, hacerle alguna pregunta al agente de turno, poner cara de sospechoso, bajarse de la bicicleta, fingir algún ajuste mecánico pero nada. Ni su vehículo ni su aspecto generan interés. Su mayor logro es un “por favor circule señor” de algún agente que ni siquiera lo miró a la cara.

El desaire oficial ha llegado a tal punto que el Ciclonauta añora otros tiempos, cuando tenía cara de remiso.

miércoles, 21 de febrero de 2024

Seguridad ante todo

Fue mucho lo que debió ocurrir antes de que Maria Fernanda y José Alberto llevaran a Majita a la ciclovía dominical. Majita, por cierto, es diminutivo de Majo, que a su vez es acrónimo de Maria José, nombre cuyo origen no requiere mayores explicaciones.

Hija única en una generación de padres sobreprotectores, la vida de Majita transcurre en una burbuja de seguridad. Ninguna prevención es suficiente para alejar a la pequeña de riesgos reales, potenciales o ficticios. Cada detalle de su existencia viene precedido de planeación, acciones, adquisiciones y aplicación de medidas preventivas destinadas a neutralizar cualquier amenaza, por insignificante que parezca.

Cuando las condiciones de edad y coordinación motora permitieron ampliar el inventario lúdico de la pequeña con un vehículo de dos ruedas y pedales, hubo consulta previa. Incluyó a servicios de pediatría, psicología, pedagogía y mecánica; amigos varios y parientes. Hasta que la abuela, tan vieja como sabia, puso punto final con un “déjense de pendejadas y compren esa bicicleta”.

Adquisición que, por supuesto, demandó estudio de mercado, investigación detallada de implementos de seguridad, curso acelerado de ergonomía y repaso concienzudo de la normatividad vigente para la circulación de velocípedos. El edificio del apartamento que habitan Majita y familia tiene una especie de patio trasero, adaptado como parque. La adecuación incluye una estructura modular desmontable con rodadero y columpios, un tapete de gramilla artificial y un área ideal para recorridos cortos. 

En ese lugar —con casco, rodilleras, guantes y traje reflectivo— la pequeña astronauta dio sus primeros pedalazos en un vehículo dotado de ruedas auxiliares. En menos de una hora el sistema de entrenamiento era carga inútil y la niña rodaba a velocidad creciente por el parque interno. Todo, claro, debidamente acompañada por papá, por mamá o por los dos.  En cuestión de días se hizo evidente que la Mariana Pajón en miniatura necesitaba más espacio. Por suerte, la ciudad contaba con una ciclovía dominical donde se cerraban amplios sectores de calzada al tránsito vehicular, dejándolas para uso exclusivo de caminantes, patinantes y pedaleantes.

Antes de dar el paso, había que anticipar cualquier eventualidad. Majita pasó horas aprendiendo conceptos básicos de tránsito como el uso del carril adecuado, el significado de señales y semáforos, cuando parar, cuando pasar, cuando ceder el paso, cuando girar y hasta límites de velocidad. Superada la fase de capacitación finalmente llegó ese fin de semana en el cual la pequeña hizo su debut en la ciclovía, 

La niña encabezaba la caravana, flanqueada por dos parientes (reclutados a última hora) a lado y lado. Cerraban Maria Fernanda y José Alberto. El sol brillaba, Majita pedaleaba, los demás trotaban, los padres se preocupaban, los parientes se divertían. Lentamente papá y mamá comenzaron a relajarse ante la obvia destreza de su hija, complementada con los elementos de protección personal.

Majita no tuvo la culpa. Ella se limitó a hacer lo que le enseñaron: parar, antes de las líneas blancas dibujadas en el piso, cuando el semáforo pasó a rojo. La madre, despistada en una conversación con su pareja, se enredó con la llanta trasera de la cicla de su hija, perdió el equilibrio y camino al piso se agarró del padre, quien superado por la inercia su sumó al aterrizaje forzoso. Resultado: pareja en el pavimento, ropa rasgada, brazos raspados, hija desconcertada y público risueño, comenzando por los parientes.

Seguridad ante todo.

miércoles, 27 de septiembre de 2023

Enemigos inanimados



La escena ocurre un domingo de ciclovía. Mujer y niño andan en sus respectivas bicicletas, cada una acorde al tamaño del usuario. Se presume que son madre e hijo. El niño intenta un giro, cae al piso y reacciona. Se levanta furioso y empieza a insultar y golpear la bicicleta. Casi todos los testigos ocasionales del hecho sonríen mientras la dama, en tono maternal, le dice algo así como “la bicicleta no tiene la culpa”.

El “casi” es un caballero, veterano él, al que llamaremos RMJ para proteger su identidad. También intenta sonreír pero el departamento de vergüenza propia lo detiene. Y es que RMJ carece de enemigos o conflictos con representantes la especie humana. Pero cuando se trata de objetos, eso es otra cosa.

Para no ir muy lejos, tiene entre su anecdotario una escena muy similar a la del niño con tres diferencias. La primera, que la caída no fue por un giro sino por un inesperado daño mecánico; la segunda, que los insultos fueron en un tono mucho más adulto (máquina #$%&/(/&%$#); y la tercera, que el hecho ocurrió mucho tiempo después de que RMJ abandonara su condición de niño (este año, para ser precisos).

A cualquiera le pasa. Pero no tan seguido. Y no con tan variada gama de artefactos diseñados para facilitar la vida del ser humano. Como las impresoras. Aparatos creados para poner en el papel el trabajo realizado en los computadores. En teoría. Porque en la práctica son unas máquinas #$%&/(/&%$# que se traban, se tragan el papel, se quedan sin tinta en el momento más inoportuno, no se conectan con el computador y un montón de etcéteras. Etcéteras que se han traducido en épicas batallas verbales de RMJ contra el artefacto de turno. Uno de las cuales, por cierto, transcurrió de madrugada en un apartaestudio y se prolongó tanto que el vecino debió intervenir amenazando con llamar a la autoridad competente.

Y es que cuando RMJ se emociona, desaparece cualquier noción de respeto por su entorno. Por su entorno físico, como lo atestigua el agujero de esa puerta de madera. Se encuentra en una vieja casa que alguna vez fue aquella empresa donde el sujeto comenzó su vida laboral. Eran tiempos de primeros computadores, con tecnologías incipientes que a veces se trababan, por lo que los ingenieros de turno recomendaban: guarden lo que vayan haciendo, guarden, guarden, guarden.

RMJ no guardaba, no guardaba, no guardaba y un día, justo al poner el punto final de un extenso y complejo trabajo la máquina de turno sencillamente se bloqueó. Además del acostumbrado tratamiento de máquina #$%&/(/&%$#, en algún momento la furia contra la tecnología fue tal que se desahogó con una patada en la puerta de madera. Sí, la del hueco. De allí el misterioso origen del mismo que, hasta hoy, había permanecido en secreto

Por cierto, el tema fue confidencial porque RMJ estaba solitario ese día. Porque cuando hay otras personas… da igual. Sus ocasionales compañeros laborales pronto se resignan al derroche de adjetivos contra sillas graduables que no se dejan graduar, cosedoras trabadas, cajones con problemas de cierre o apertura, ascensores que no llegan, programas de computador que no hacen aquello que se supone deben hacer y demás máquinas #$%&/(/&%$#, contra las que el tipo desahoga verbalmente sus fracasos.

Para desgracia del jefe de turno, RMJ es bueno en lo que hace. En el balance costo beneficio, aguantarse las pataletas es mejor negocio que prescindir de sus servicios. Así que como los llamados de atención simplemente aplazan la reacción ante la siguiente máquina #$%&/(/&%$#, cuando existen oficinas lejanas, aisladas y en lo posible insonorizadas, el hombre termina reubicado. 

No se acaban los insultos, pero por lo menos suenan más pasito. 

miércoles, 5 de julio de 2023

Curso de colisión


Nota de la redacción. Los últimos cuatro párrafos de esta amilcarada son la narración de un testigo ocular de un hecho real ocurrido en Bogotá. El resto es producto de la imaginación del autor. ¿O no?

El ciclista, que de aquí en adelante se denominará Ciclista, se levanta temprano. bebe un jugo de naranja preparado por la empleada y reforzado con proteína deportiva. Se viste con maillot corto de carreras,  culote con bolsillos ergonómicos (prenda que se ve como bicicletero, se pone como bicicletero y se usa como bicicletero pero es muchísimo más cara que un bicicletero)  y se calza las zapatillas de suela de carbono y cierre en velcro.

El vendedor, que de ahora en adelante se denominará Vendedor, despierta en medio de la oscuridad y recalienta el tinto con panela preparado la noche anterior. Se pone uno de los dos viejos bluyins, las dos camisetas regaladas en eventos políticos de ideologías opuestas y la chaqueta de origen incierto pero indudablemente útil para enfrentar los fríos mañaneros.

Ciclista sube a su vehículo de marco de carbono sobre medidas con 12 velocidades, suspensión de aire y frenos de disco. Tras ponerse el casco de poliestireno expandido (icopor) y fibra de vidrio, revisa su teléfono y confirma que los demás miembros del club salen hacia el punto de encuentro para el recorrido de ese día. 

Vendedor toma el primero de los 4 buses que debe transbordar para llegar a su destino. Tras verificar la ausencia de autoridad se salta la registradora. Aunque aún no amanece, la estación ya está congestionada de personal que, como él, busca sus ingresos al otro lado de la ciudad.

Ciclista y sus amigos inician el tradicional pedaleo por zonas semirrurales con tramos en plano, subida y curva, acompañados por la seguridad en la camioneta del asesor del Congreso, vehículo que a veces ejerce como carro escoba cuando el físico de alguno de los biciusuarios no responde adecuadamente.  

Vendedor alcanza la primera parte de su destino, la bodega donde le entregan en consignación los productos para ofrecer en la vía. Con su mercancía disponible, se cuela de nuevo a la estación más cercana para llegar al paradero final. De ahí en adelante, camina 10 cuadras hasta su punto de venta.

Ciclista y sus amigos culminan el recorrido del día y cada uno parte hacia su respectivo destino. Ciclista ese día trabajará desde casa, así que toma una ciclorruta en su ruta de regreso al hogar-oficina. 

Vendedor, al lado del semáforo, inicia su rutina. Semáforo en rojo, recorrido rápido entre los carros ofreciendo productos. Sabe exactamente cuando debe quitarse y retornar a la ciclorruta, donde espera hasta el siguiente cambio de luces para retomar la estrategia de ventas.

Ciclista no va muy rápido cuando suena el celular. No acelera ni se detiene mientras manda la mano al bolsillo ergonómico, saca el aparato y atiende la llamada. Con una mano sujeta el manubrio y con otra mantiene el teléfono en la oreja mientras atiende la -al parecer- inaplazable comunicación.  Vendedor negocia uno de sus productos con un conductor, lo cual le quita unos segundos al retorno a la zona de seguridad. Ademas está verificando la plata, por lo que no levanta la mirada como siempre lo hace. 

Vendedor y Ciclista se desconectan por una fracción se segundo y de repente están frente a frente. El de los pedales no logra reaccionar a tiempo para frenar o esquivar. El comerciante callejero duda entre quedarse quieto o quitarse. El choque es inevitable. Ciclista y teléfono al piso. Vendedor no se cae pero mercancía y plata vuelan.  Ninguno se preocupa por el otro. Ciclista se levanta, recoge su aparato de comunicación, verifica si la bicicleta funciona y se va. Vendedor, por su parte se dedica a recoger su mercancía y su plata. 

Unos metros atrás viene el Ciclonauta, a quien el vendedor le da pie al decir algo así como… “es que el tipo venía hablando por teléfono”. El Ciclonauta, sin detenerse, comenta en voz alta “se encontraron los dos despistados”.  Mientras se aleja oye el contraataque del vendedor, algo así como “usted no sea sapo”.

Hasta razón tendrá.

miércoles, 10 de mayo de 2023

Instintos atávicos aplicados a la seguridad vial



No me fue mal, realmente. Solo la fractura del brazo y muchos raspones. Para eso son los elementos de protección personal. Sí, yo sé que dicen que soy exagerado pero estas situaciones terminan dándole a uno la razón. Está bien, se lo acepto, siempre hay algo que se sale de cualquier previsión posible.

Ya me pasó una vez. Y lección aprendida. Mucho antes de la pandemia, integré el tapabocas a mi vestuario deportivo. Y seguí con la rutina semanal de pedaleo en ciclovía que se fue extendiendo a otros días.  Poco a poco cogí confianza para utilizar el vehículo, lunes y viernes, como medio de transporte al trabajo. La ruta, cuidadosamente planeada para evadir las calzadas. Ciclorruta. Pura seguridad. Desafortunadamente, había unos tramos, muy cortos, donde era necesario bajar a la calle y compartir espacio con los automotores. Escogí cuidadosamente aquellos con el menor tráfico posible. Definí claramente el protocolo. Carril derecho, pegado al andén, distancia de seguridad. Prevención absoluta, ese es mi lema.

Antes de seguir es importante hablar de los yorkies. Es un diminutivo de yorkshire terrier. Son una raza de perros. Yo no soy muy de mascotas y esas cosas pero no creo que haya algo tan genéticamente inofensivo y tierno. Busque las imágenes en internet y verá.  Es una cosita chiquita, peludita, simpática, con más pinta de juguete que de animal. Después averigüé que no crecen más de 20 centímetros y no alcanzan los 4 kilos de peso. Son algo así como la compañía ideal para una señora de edad, o un regalo para la suegra.

Ese lunes pedaleaba hacia la oficina cuando vi el carro. Un carro de esos que compran los jóvenes profesionales cuando sus primeros ingresos lo permiten. En este caso digamos las jóvenes, porque lo conducía una mujer acompañada, como no, de un yorkie. El animal iba asomado por la ventana, hasta ahí normal. Pero era la ventana delantera izquierda, la de la conductora. Supongo que apoyaba las patas en el regazo de la misma y ella no parecía ni incómoda ni molesta. Total, tampoco había mucho tráfico.

Cada uno -es decir ella y yo-  siguió su camino. Una cuantas cuadras adelante llegue a uno de los segmentos donde tocaba bajar a la calzada. Ahí estaba de nuevo el carro. Y quise ver más de cerca. No había más vehículos en la vía, el semáforo se acababa de poner en rojo así que solo era dejar el lado del andén, pasar el automotor por la izquierda, mirar y volver a la zona segura.

Yo solo estuve pocos segundos a más o menos medio metro de la ventana donde el yorkie asomaba su cara de felicidad después de una dosis de viento. Ahí estaba esa cosita chiquita, peludita, simpática, que ni siquiera me prestó atención, o por lo menos, eso me hizo creer. Porque en fracciones de segundo, desde el fondo del cerebro de Toby -nombre que conocí después- se alborotaron instintos protectores, latentes y atávicos de territorialidad y agresividad con un extraño ingrediente gatuno volador. Porque sin ninguna advertencia -ni siquiera ladró el maldito bicho- este yorkie saltó desde la ventana contra el ciclista -este ciclista- que se disponía a pasar a zona de seguridad.

Obviamente como nadie esperaba el ataque -nadie soy yo- pasó lo que tenía que pasar. Fui a dar al piso con bicicleta y todo, y alcancé a poner el brazo izquierdo como protección. Aquí el yeso es la prueba. La rugosa calle se encargó de agregarle raspones y ropa rasgada al asunto. Debo decir que la “mamá” de Toby se portó a la altura. Se bajó, recogió a Toby, le hizo los arrumacos del caso, verificó detalladamente su estado  de salud y 10 minutos después me preguntó si yo estaba bien. Me ayudó a levantarme, a poner la bicicleta en el andén y a llamar por ayuda. Cuando finalmente confirmaron de la oficina que iban a enviar una misión de rescate, se disculpó, habló sobre lo inusual de la acción de su mascota y se fue.

Eso sí, esta vez dejó al yorkie en el asiento de atrás. Y se lo juro, mientras el carro se alejaba, ese perro infeliz me miró desde la ventana posterior y se rio.

miércoles, 19 de abril de 2023

Llegaron los extraterrestres


Hace unas semanas alguien anunció con fecha y detalle la llegada de los extraterrestres. Como suele pasar en esos casos, no llegaron el día anunciado, no llegaron al otro día y no han llegado todavía. Bueno, eso es lo que el mundo cree. Pero el Ciclonauta sabe que no es cierto. Ellos están aquí. Por sí las dudas, ellos son los extraterrestres. No es claro a qué vinieron, pero sí la evidencia de su presencia en la tercera roca del Sol. 

Y también por si las dudas, el Ciclonauta no se llama así, pero anda en cicla (bici, para los más jóvenes). De ahí el seudónimo.  Vive en Bogotá, ejemplo mundial por su red de ciclorrutas. Ciclorrutas abundantes y planilladas dentro de los proyectos de movilidad. Ciclorrutas para andar en cicla. Por lo menos en teoría.

Usuario veterano del sistema, tuvo que compartir con peatones despistados y otros el espacio “exclusivo” de los ciclistas. Aunque incómodo, el asunto tenía su explicación. Era algo nuevo, la gente no tenía muy claro eso de zonas solo para pedalistas y, es de reconocer, con el paso del tiempo cada uno cogió su carril.

Y entonces llegó la pandemia.

En Bogotá, una de las consecuencias fue que la administración, “cicloexpropió” amplios segmentos de la calzada que eran de uso automotor. Dicho de otra forma, le quitó carriles a los carros y se los dejó a las bicicletas. El Ciclonauta insiste en este punto. ¡Se los dejó A LAS BICICLETAS! En las vías instalaron separadores (temporales o permanentes) para garantizar su uso exclusivo -en espacios con anchos de entre uno y tres metros- por parte de los velocípedos y algunos híbridos como ciclomotores y patinetas. 

El Ciclonauta agrega que los andenes no perdieron un centímetro. Es más, en algunos lugares se recuperaron en la medida en que ciclorrutas que compartían espacio con peatones pasaron a la calzada. Incluso hay sitios donde las opciones para caminar, trotar, correr o saltar en un pie incluyen algún tipo de parque lineal.

Pero un día, sobre esa área reservada a los pedalazos y las ruedas empezaron a aparecer unos extraños seres. Jóvenes, ellos y ellas. Vestidos con ropa deportiva, al parecer de marca. Casi todos encascados en audífonos, preferiblemente inalámbricos. De mirada perdida. No pedaleaban. Trotaban. A veces con perro. Trotaban sin importarles la abundante señalización que marcaba el área como de uso exclusivo para ciclistas. Trotaban pese a disponer de andenes -muchas veces enormes- a ambos lados de la calle, carrera, autopista o avenida. Andenes vacíos, diseñados, construidos y concebidos para peatones. Pero ellos trotaban incluso por la ciclorruta al lado del parque lineal y por la ciclorruta de andén compartido con amplio espacio para peatones, ignorando olímpicamente los avisos, letreros y dibujos (hasta en el piso) que delimitan esos espacios.

El Ciclonauta intentó comunicarse. Acepta que a veces el tono no fue el mejor. Pero sus mensajes de “le regalo dos andenes”, “al lado tiene un parque pa’ que trote”, “esto es pa’ bicicletas”, o  “quite de ahí despistado” no fueron acogidos y posiblemente ni siquiera escuchados por aquello de los audífonos.

Él no entendía porque algo obvio como que una ciclorruta no es una pista de trote escapaba a la comprensión de estos personajes. El mensaje era tan claro que hasta los niños lo captaban. Y una noche de desvelo llegó la epifanía. Por supuesto. Los que no entendían eran ellos. No entendían el concepto de bicicleta, el concepto de espacio exclusivo, el concepto de andén, el concepto de calzada, el concepto de ruedas.

Como los terrícolas llevan décadas – siglos, en el caso de la rueda – manejando esos conceptos la explicación se hizo evidente. No son terrícolas. Vienen de otro planeta. Alerta mundo, los extraterrestres están aquí. Trotan por las ciclorrutas de Bogotá. La invasión ha comenzado.

martes, 19 de septiembre de 2017

87 infracciones por 15 kilómetros. Todos somos responsables

No fue mucho tiempo. Más o menos 90 minutos.

La distancia tampoco era demasiado larga, un poco más de 15 kilómetros.

Pero les alcanzó.

El observador, que también era protagonista, contó 87.

87 infracciones a normas de tránsito.

De entrada se destaca lo igualitario del asunto.

Equidad de género en su máxima expresión.

Hombres y mujeres por igual ignorando las leyes vigentes.

En edad, predominio de la juventud.

Aunque como el universo también era de juventud predominante, no fue realmente una tendencia diferencial.

Tampoco es tan complicado como suena.

Eso sí, todos tenían un elemento en común.

Eran ciclistas o como se les dice ahora, biciusuarios.

En ejercicio, es decir pedaleando hacia sus respectivos destinos.

Por lo temprano de la hora (de 7 a.m a 8.30 a.m.) se presuponen destinos laborales o académicos.

Y… cuáles fueron las infracciones.

Básicamente tres.

Muchos no tenían casco.

Aunque, hay que ser justos, una parte de los infractores sí lo tenía.

Pero no estaba en la cabeza.

Estaba colgado del manubrio, sobre la parrilla, pegado al morral, colgado debajo de la barra.

Supongo que eso es lo que llaman tendencia.

La otra es una total ignorancia del concepto de semáforo.

Para muchos, este artefacto es una especie de árbol de Navidad encargado de mantener el espíritu de las fiestas vivos durante todo el año mediante un juego de luces.

Porque independientemente del color de turno, no paraban.

Hablar de irrespetar sería generoso. No se volaban el semáforo. Lo ignoraban.

Ignorancia que en algunos casos incluía cruces suicidas. Y el más suicida de todos, equidad de género. Sí, fue una mujer que evadió por centímetros al carro que casi la atropella.

La otra infracción reiterativa a lo largo del recorrido fue invadir las zonas que no son para ciclistas.

Porque esta historia transcurrió en un trayecto que, en su totalidad, tiene ciclorruta demarcada y delimitada.

En un andén donde está claramente señalado el espacio de los peatones, que más de una vez fue visitado por los ciclistas.

Con una calzada para carros, que más de una vez fue visitado por los ciclistas.

Con un carril de ida y otro de vuelta cuya orientación parecía carecer de importancia para algunos, que constantemente cambiaban al carril que iba en sentido contrario.

Si estaba ocupado o no, eso carecía de importancia.

Y esas no las conté entre las 87 infracciones.

No son 87 infractores, unos cuantos repitieron.

Y esta historia, que es real, pasó en los mismo días en que biciusuarios indignados clamaban por seguridad y protección contra robos y accidentes.

Y quien la narra es un ciclista que de puro desocupado decidió contar las infracciones que veía de parte de sus colegas.

Porque aquí no hay buenos y malos.

Todos somos responsables.

martes, 21 de febrero de 2017

Inaceptable en nombre de la estética

Porque es lo que no estoy dispuesto a tolerar; porque es aquello que me ofende, me desagrada, me molesta y se imprime en mi mente como mal recuerdo, evocación de pesadilla e imagen ofensiva, porque aquello que personalmente me agrede es…

Esperen, primero pongamos las cosas en contexto, como dicen ahora. Está muy bien eso de que la gente –bueno, una parte– deje su carro en casa o abandone el transporte público y se cambien a la bicicleta.

Es mucho mejor cuando el Estado se preocupa por crear una infraestructura para que el personal utilice sus vehículos de dos ruedas a tracción humana. De hecho, yo soy uno de esos, es decir que no hablo de lo que me contaron, o lo que rebotó en alguna cadena cibernética. Por eso me siento autorizado a decir que evidentemente la idea es buena… pero…

…pero las vías especialmente dotadas no están en el mejor de los estados cuando no son verdaderas ciclotrochas.

...pero muchos de los usuarios son tan o más patanes que cualquier energúmeno en carro, atarván en moto o chofer de bus en la peor de sus versiones.

…pero en ciertos horarios no solo hay que lidiar con una congestión digna del más bravo de los trancones, sino con ciclistas suicidas que se atraviesan a estilo kamikaze o se vienen en contravía jugando a la gallina, lo cual es muy complicado cuando la gallina (y por ende el que se tiene que quitar) es uno.

…pero las ciclorrutas son invadidas por peatones despistados; bicicletas que se ven como motos, andan como motos y estorban como motos; perros solos y otras bestias que sacan a pasear sus perros justo por ese tramo; y madres que ignoran la diferencia entre una cicla y un coche para bebé (no sabemos si el bebé está de acuerdo).

¿Pero saben que? Todo lo anterior se perdona. Son procesos de aprendizaje. En cambio lo que no es aceptable es ese espectáculo antiestético, desagradable y vulgar del joven ciclista que nos sobrepasa, y nos obliga a verle los calzoncillos.

No sé qué motivo, razón o circunstancia –gracias, profesor Jirafales – lleva a creer a las nuevas generaciones que la ropa interior es exterior. Tampoco sé por qué existiendo camisa, suéter, chaqueta u camiseta lo suficientemente largos, insisten en utilizar versiones cortas que dejan al descubierto aquella zona donde la espalda pierde su casto nombre y comienza otra zona que le ofrece al desafortunado ciclista de atrás, durante buena parte del trayecto, un panorama de, horror, calzoncillos de marca, estampados o de colores.

En nombre de todo lo que es sagrado, y de una mínima consideración estética, tápen eso, por favor.

jueves, 2 de febrero de 2017

Conocí en la ciclorruta a...

Como estamos de Día sin Carro en Bogotá es una buena coyuntura para hablar de una serie de personajes que se han ido tomando tanto las vías diseñadas para los velocípedos como las otras (calzadas, parques… andenes). Como a todo señor, todo honor, comencemos por el pionero, el precursor, aquel que pedaleaba por la ciudad antes de que el asunto se pusiera de moda y que lo sigue haciendo. Hablamos de…

…el jardinero, que con su turismera (doble barra, preferencialmente), con la cortadora de pasto, la pala y el azadón amarradas a la barra, las demás herramientas sobre la parrilla y en la maleta recorre las calles en busca de trabajo al lado de…

…el hipster,  quien por alguna razón considera que una barba brinda más seguridad que un casco, desafía la física y la anatomía pedaleando con sus hiperestrechos pantalones y cuya bicicleta debe verse clásica pero recién comprada mientras comparte espacio con…

…la kamikaze, que también viene en versión masculina pero destaca como su género es igualmente apto y hasta mejor para hacer cruces suicidas, no respetar semáforos, serpentear entre carros en movimiento y, definitivamente, creerse inmortal mientras la ven pasar a toda velocidad, entre otros…

….el no quiero estar aquí, sobre todo usuario de ciclovía dominical que por aquello de que los opuestos se buscan hizo pareja con una avezada deportista quien lo arrastra cada vez que puede a pedalear, cuando el preferiría pasar su tiempo libre echando barriga frente al televisor. También admite rotación de géneros, lo que no ocurre con…

… el ama de casa tradicional que ya no camina a hacer sus diarias diligencias después de despachar a los hijos al colegio, sino que pedalea en su muy femenina bicicleta, con su muy ciclista pinta y su canasto artesanal que contrastan con…

… el astronauta, cuyas gafas polarizadas, casco protector, chaleco reflectivo, hombreras y rodilleras anatómicas (sumadas a cualquier dispositivo o artefacto inventado o diseñado por el hombre para proteger o destacar al ciclista) lo acompañan en su recorrido diario de cinco cuadras de la casa al trabajo y viceversa, sin alcanzar nunca velocidades como las de…

…el motorizado, que viene en distintos tamaños pintas y colores, desde el usuario de un moderno, silencioso y limpio –ambientalmente hablando– ciclomotor eléctrico; pasando por el que le adaptó un motor viejo, ruidoso y contaminante a una cicla; hasta el que anda en un vehículos que se ve como moto, anda como moto y suena como moto pero dicen que es una bicicleta, y suele ser un reto adicional para…

…el competidor, quien desde el momento en que sale de su casa está decidido a ser siempre el primero en la esquina, el primero en cruzar el semáforo, el primero en llegar (a donde sea) el que siente como un insulto personal cuando alguien lo rebasa y el que diariamente enfrenta y vence a decenas de rivales que jamás se enteran de que participaron en una carrera como…

… la alternativa, con su pelo de colores, sus tatuajes, sus piercings, su exótico morral, sus bluyines rotos y sus accesorios –ninguno de los cuales es un elemento de protección personal como casco o reflectivos– que pedalea de forma apasionada y comprometida como…

…el ideólogo, para quien cada pedalazo trasciende y es la afirmación de un propósito intelectual, ecológico, responsable y sostenible para garantizar la supervivencia de la especie, combatir el cambio climático y salvar al planeta  lejos de motivaciones materiales como las que mueven a…

…el mensajero, personaje clásico, solo que en tiempos de apps se caracteriza por llevar a manera de mochila una caja desproporcionalmente grande cargada de domicilios y por consultar constantemente –y en  movimiento­– su teléfono en busca de más trabajo, destreza apenas superada por…
  
…el acróbata, que cada vez que puede –y muchas en las que no debe– demuestra sus habilidades excepcionales mediante acciones como soltar el manubrio en movimiento, chatear mientras pedalea o zigzaguear entre carros y grupos de ciclistas como…

…los invasores, quienes andan en manada –entre más, mejor– y conversan animadamente mientras se movilizan y ocupan los dos carriles de la ciclorruta o una ciclovía completa, conversación distinta a la de…

… el monologuista, solitario ciclista quien mientras echa pedal echa carreta con un interlocutor invisible gracias a la magia de los manos libres encarnando ese fenómeno de nombres raros (simbiosis, sinergia, sincretismo) donde dos fuerzas, costumbres, actividades o tradiciones de juntan y, a veces, se caen por tratar de hacer dos cosas al tiempo.

…pero eso es otra historia.

martes, 5 de julio de 2016

Me niego a casarme con mi bicicleta


¿Llueve? Tápese. ¿Es lejos? Madrugue. ¿Tiene afán? Acelere ¿Es inseguro? Compre cadena. ¿Es de noche? Ponga luces y use reflectivos. ¿Se cayó? Levántese ¿Está lesionado? Aguántese el dolor. ¿Encuentra una subida? Haga fuerza. ¿Se la robaron? Compre otra. ¿Pinchó? Despinche ¿Su novia prefiere el carro, el bus, la moto? Cambie…  de novia.

Lo más importante, lo trascendental, lo incontrovertible es que pase lo que pase usted  no se puede bajar de  la  bicicleta.

Hace algunos años, este aparato se relacionaba con entretenerse en los ratos libres y trasladarse de un lugar a otro. Hoy hablamos del futuro de la humanidad, la habitabilidad de los centros urbanos, la salud, el medio ambiente, el transporte amigable, la sostenibilidad, y el posconflicto (claro que ahora todo habla de eso, pero ese es otro cuento). De gente proactiva, apasionada, entusiasta y comprometida (leer paréntesis anterior).

Como pedalear se volvió tan importante, el paso siguiente es formalizar la relación hombre-velocípedo (¿velocípeda?). Escuché hace no mucho que un tipo se casó con su i-phone. Solo es cuestión de tiempo para que alguien proponga un maridaje similar con sus dos ruedas. Las de la bicicleta, Que son suyas –del novio o novia- por aquello de lo mío es tuyo.

Piénsenlo. Un coqueto anillo en el manubrio. Existen los votos (prometo acompañarte en la lluvia, los trancones, las caídas, los pinchazos, la distancia y la inseguridad hasta que el óxido o la delincuencia nos separe). Existe la fiesta (un ciclo paseo). Destaca la posibilidad de admitir la poligamia (o la poliandria, porque también es asunto de mujeres). Y en la luna de miel se ahorran lo del transporte.

Podría extenderme en las ventajas pero hablemos de los problemas. Los tipos escépticos, desapasionados y poco comprometidos. Los tipos como yo. Y para rematar, con antecedentes. En 1980 no había ciclorrutas ni ciclovías. Pedalear era un asunto de jardineros, escarabajos, niños en parque, bicicrosistas en borrador y mensajeros. Los carros reinaban en la vía, donde los ciclistas estaban en algún punto entre estorbo y molestia. En esos tiempos el autor de las Amilcaradas utilizó una bicicleta como medio de transporte durante los 2 primeros semestres de su carrera profesional (si algún contemporáneo lee la presente, favor confirmar). En el tercero también la usó, pero de otra  manera.  La vendió para ajustar lo de la matrícula.

A partir del año 2000, en tiempos de Peñalosa 1.0., con su recién construida red de ciclorrutas, las dos ruedas de tracción humana retomaron su papel como medio particular de transporte.  Entre las historias paralelas destaca la batalla campal contra la burocracia de un centro docente que consideró un verdadero galimatías administrativo abrir espacio para que uno de sus profesores (yo) parqueara su cicla (la mía). Abrieron espacio por un tiempo, pero finalmente se cerraron (literalmente). Es decir que ganaron.

Y el mundo no se acabó. A ese destino en particular llegamos por otros medios. Lo mismo que a diferentes lugares donde por efecto de distancia, exigencia laboral, clima, horario o condiciones de seguridad la cicla no parecía la mejor opción. Porque eso es  lo que es: una opción de transporte. No es una religión, no es el pueblo elegido de la cadena y las bielas y no es un compromiso que determina el futuro de la humanidad.

Así que lo lamento, pero yo no voy a casarme con mi bicicleta.


jueves, 9 de junio de 2016

Gestión de riesgos


Si quiere caminamos.  O vamos  en carro, pero en bicicleta  no. Es que eso es muy peligroso. No, en serio. La cosa fue que hace como un par de años me insistieron tanto en que comprara la  bici (¿o la cicla?) que decidí cogerle la caña a mis hijos. Además porque me dijeron que era solo para los fines de semana. Y que Bogotá era plano. Alguna vez, el médico me había recomendado lo mismo. Combinado con dos o tres rondas de gimnasio semanales.

Bueno, yo hago spinning martes y jueves. Clave para eso de la salud. Porque  usted sabe que yo me preocupo mucho por mi salud. Sí, conozco el apodo. Pero diccionario en mano le puedo demostrar que no soy Hipo.  Hipocondríaco. Yo no me invento enfermedades que no tengo. Yo las prevengo. Eso es distinto.

Cuando yo aprendí a montar en bicicleta tuve unas cuantas caídas. Igual que todos, supongo. Así que si quería volver a pedalear por las calles tocaba garantizar la seguridad. De manera que me documenté y actué en consecuencia.

Primero la bicicleta. Anatómica. Sobre medidas. Con sistema de amortiguación para proteger los riñones. Ensayé  siete sillines diferente hasta dar con el que era más ergonómico, donde el cuatro letras quedaba mejor ubicado y con el mullido adecuado. Luego los EPP. Los elementos de protección personal, acuérdese. Uno aprende cosas en los cursos de HSEQ. Como que no sabe, la sigla en inglés de salud, seguridad, medio ambiente y calidad. Donde uno aprende cosas como que el autocuidado trasciende el ámbito laboral y que hay que usar EPP.

Primero el casco. Con normas  ISO, como no. Bueno, claro que a mí me tocó verificar, normas en manos, porque ninguno de los negocios a donde fui sabía lo qué era eso. Y las rodilleras, coderas y hombreras. Y el peto. Y la máscara filtro. Y los guantes. Y las gafas de seguridad. Y los reflectivos para garantizar la visibilidad. Y el pito.

Le acepto que sentí que me miraban un poco raro con mi pinta de robocop, más apta para pista de ciclocross que para vía recreativa. Tras el calentamiento previo y estiramiento muscular, inicié mi primer recorrido. Sí, sudé un poco. Más bien como mucho. Ese dia en particular al Sol le dio por salir y metido en toda esa parafernalia el calor se sentía un poquito. Okey, okey, casi me aso.

Una rápida revisión me permitió escoger de cual EPP podía prescindir. La  máscara. Diseñada para filtrar el monóxido de carbono. Aunque por supuesto el aire de ciudad tenía algún rasgo de CO2, en domingo, en vía cerrada a carros, la incidencia era mínima. Además, me incomodaba un poco para respirar. Bueno, casi que me ahogaba.  Así que me quité la máscara y empecé a disfrutar del pedaleo.

Aire en la cara, bonito paisaje, buen equilibrio, sensación de relajamiento y libertad. Le reconozco que se sentía bien y parecía racionalmente seguro. Hasta que un peligro casi imposible de controlar me atacó. Ya le dije que la mascara impide respirar bien y aunque lo intento, no puedo mantener la boca cerrada todo el tiempo. Y por eso ya no  pedaleo por  la calle. Es peligroso.  En serio.

¿Qué cuál fue el problema? La maldita mosca que apareció de  ninguna parte y me  tragué en menos de medio segundo. Es mas, creo que todavía no he podido sacarla.

martes, 16 de febrero de 2016

De ciclas y bicis


Hace muchos años un grupo representativo de colombianos utiliza la cicla. Son fáciles de identificar. Mensajeros.  Jardineros.  Campesinos boyacenses con potencial para la  ruta y la pista. Escarabajos y expresidentes que pasaron sus últimos años en Chía.

Actualmente existe un grupo mucho más grande, especialmente visible en Bogotá, que usa un artefacto muy parecido a la cicla. De hecho, para el observador desprevenido es exactamente igual. Pero no hay que confundirse. No es una cicla, es una bici.

Como un aporte al conocimiento sobre transporte, recreación y deporte, este blog ha hecho una concienzuda investigación para establecer  las diferencias entre la cicla y la bici. A continuación algunas conclusiones del estudio.

-  La cicla es un medio de  transporte que sirve para ir de un lugar a otro. La bici es una expresión ideológica que sirve para mostrarle a los demás que su usuario se preocupa por el medio ambiente, cuida su salud y tiene un estilo alternativo.
-  En la cicla andan Pedro, Juan, José y el señor Rodríguez. En la bici se movilizan Pao, Julie, Andy, Gonzo y Eli.
- Los usuarios de la bici tienen colectivos con página en facebook. Los usuarios de la cicla tienen que llegar a trabajar.
- La bici incluye accesorios. La cicla puede estar engallada.
- El técnico asesora al propietario de la bici y le ofrece soluciones. El mecánico arregla la cicla.
- Empresas especializadas con nombres en inglés –o que por lo menos suenan a inglés– personalizan “tu” bici para que cumplan bien su rol como city bike.  Si la cicla es para domicilios, siempre se le puede agregar una parrilla o una canasta comprada en el barrio de las bicicleterías para graduarla de panadera.
- El que se mueve en cicla suda. El que se mueve en bici elimina toxinas.
- Hay una  moda para el uso de la bici. Abarca estilos alternativos (sombrero y pantalones entubados); ejecutivo (saco, corbata y tenis); deportivo (camiseta y bicicletero de marca). Hay una moda para el uso de la cicla: la ropa del día.
- El de la bici saca a pasear su perro sujetándolo de la correa mientras pedalea, poniéndose en riesgo tanto a él mismo como a los demás usuarios de la vía. Otro tanto hace el de la cicla pero con seis canes, porque su trabajo es ese, pasear perros.
- La bici incluye dispositivos ergonómicos que le permiten al usuario llevar su muda de ropa,  sus compras y su bebida energética o agua de  marca. En la cicla se aprovecha cada centímetro para amarrar y cargar cosas.
- Los  niños pequeños acompañan a sus padres en sillas especiales o carritos remolcados durante los paseos dominicales en bici. Todos los días, los padres llevan a sus hijos al colegio sentados en la parrilla, barra o manubrio de la cicla.
- La bici se asegura con una guaya de clave,  la cicla con una cadena y un candado oxidado
- El de la bici acompaña sus trayectos con música  de  los audífonos de su iphone. El de cicla tararea.
- El manubrio de la bici tiene espuma ergonómica, el de la cicla cinta aislante o de  enmascarar.
- En la bici el atuendo incluye gafas oscuras que a veces coinciden con la presencia del Sol.  En la cicla el atuendo incluye gafas de esas que no se pueden quitar, porque al hacerlo, el usuario no ve un pepino.
- La  bici es una opción. La  cicla  es una obligación.

martes, 13 de octubre de 2015

Arroz chino, aguacates y ciclistas voladores


Es domingo. William no quiere salir y nadie en casa quiere cocinar. ¿La solución?  El hombre se manda la mano al dril y encarga un domicilio. Son las 12.30. del mediodía.

A esa hora, doña Marcia va hacia la tradicional reunión familiar. Ya compró los tres aguacates de siempre. La vía está solitaria y es de reconocer que se distrae un momento. Así que el alarido del ciclista asusta. Los aguacates van al piso. Atraídos por una fuerza invisible ruedan, ruedan y ruedan hasta caer dentro de una alcantarilla destapada.

Jairo ni siquiera se detiene a ver que pasa con la vieja. No escucha nada en sus audífonos de tortuga. Además su bicicleta tiene prioridad. Y afán, porque de nuevo va tarde a su trabajo como repartidor. Pero es la última vez. La cajera le pasa el dato. El Chino está cansado del incumplimiento y al final del día pagará lo pendiente y adiós.

Cuando doña Marcia llega, su hermano pregunta por los aguacates. Y en vez de la bolsa de siempre recibe un comentario hosco, en tono de molestia. Mala señal. Desde la infancia sabe que cuando a Marcia se le sale el mal genio, pasan unos cuantos días antes de que vuelva a su estado natural. Que lo digan sus ex maridos.

En cambio Jairo se molesta en cámara lenta. Primero es una rabiecita. Gana intensidad al empacar las cuatro porciones de arroz del primer pedido. Cuando sale para donde el cliente ha evolucionado a rencor y deseo de desquite.

William está seguro de que El Chino miente. Como así que el domicilio salió una hora antes. Ya casi son las 3.00 de la tarde, y todos están bravos y hambrientos. Mientras, Jairo y sus amigos disfrutan del arroz. La idea inicial era simplemente demorarse un poco, pero aparecieron los del parche y algo parecido a una sofisticada venganza tomó forma. El pedido nunca llegaría, el chino quedaría mal. Tal vez perdería clientes…

Lunes. William amanece envenenado después de haber tenido que salir a buscar pollo asado a las 4 de la tarde. Doña Marcia sigue brava por los aguacates. Pasa justo por la entrada del parqueadero cuando el carro está punto de ingresar y oye el pitazo. Reacciona. Voltea y le ladra algo al conductor. William insiste, pita de nuevo. Durante un par de minutos intercambia adjetivos con la señora atravesada hasta que ella le da paso y se aleja despacio, girando de vez en cuando para hacerle alguna observación poco agradable a su nuevo “amigo”.

El conductor responde con un par de “flores” verbales. En ese momento se entera de que por otra entrada del parqueadero alguien se apoderó del último cupo. La palanca de cambios pasa a reversa, el espejo retrovisor  muestra que no vienen carros y con un movimiento brusco retrocede buscando a la vía.

¡PUM! La bicicleta que viene por el andén golpea el automotor y el ciclista, con sus audífonos tipo tortuga, pasa volando por encima del baúl y cae al otro lado. El afán por llegar adonde El Chino antes de que este cumpliera su amenaza de llamar a la Policía, la salida intempestiva del vehículo y su despiste natural impiden que Jairo esquive el carro.


El informe de la aseguradora habló de lesiones personales en accidente de tránsito por imprudencia de los implicados. Y en ninguna parte se mencionó a los verdaderos culpables: cuatro cajas de arroz chino y tres aguacates, 

martes, 8 de septiembre de 2015

Terapia de control de ira


La leyenda dice que a Bruno le sacaron la piedra a principios de siglo. La diferencia con el resto del género humano es que él vive molesto e irascible a partir de ese día. Todos los chistes sobre tipos bravos le encajan: desde su genio parejo –furia constante– hasta que en la casilla de “estado” de cualquier formulario pone “enverracado”.

Se le reconoce que su trabajo no es fácil. Es gerente de algo en una empresa donde todo el mundo parece confabulado para mantenerlo en su estado natural. Los empleados no hacen lo que deben, los jefes tratan de imponer ideas absurdas, los clientes exigen resultados imposibles… Cada vez que coge el teléfono un mensaje, una llamada, un guasap o una foto condimentan su receta diaria de irascibilidad.

Vive solo y está separado –adivinen por qué– . Y un día paso lo que tenía que pasar. No se asusten, no hubo heridos. Pero la tensión arterial de Bruno sí se disparó.  El médico le puso el tema sin eufemismos. De nada servía cualquier medicamento, si no había cambios profundos en su estilo de vida. Cálmese. Y haga algo para relajarse.

El paciente –bravo pero no estúpido–, hizo varios intentos. Los deportes de conjunto terminaron todos en cuasipeleas –incluido el yoga–. En el gimnasio no tuvo problemas con las personas, pero no hubo máquina que se salvara de una andanada de insultos.

Pero un lunes llegó a trabajar con algo raro en la cara. Sus colegas tardaron casi medio día en reconocer una sonrisa. La cosa se puso realmente asustadora en esa reunión que transcurrió sin sobresaltos. Y entró al terreno de lo sobrenatural cuando le reportaron un problema menor. El hombre pidió detalles, esbozo una solución y, con una tranquilidad sobrecogedora, prosiguió con su jornada.

Su jefe directo no aguantó la curiosidad y, cuando tuvo la oportunidad, puso el tema. Bruno le respondió que ahora neutralizaba las malas energías a través del ciclismo recreativo de fin de semana.

­ – La primera vez salí con una bicicleta nueva, con cambios y otras cosas. Y como yo no sabía manejar ese aparato, a las tres cuadras ya estaba trabado. Me tocó arrastrarla 20 cuadras hasta que di con un mecánico que me cobró un poco de plata por mover tres resortes. Y luego funcionó muy bien, como 10 cuadras. Y cuando volvió a trabarse no aguante más, me bajé, levanté la bicicleta, la tiré contra el piso y la cogí a patadas. Entonces llegaron unos policías. Aparecieron mientras yo estaba saltando encima del aparato. Me dijeron que me tranquilizara y…

– … ¿Y?

– …Y por primera vez en mucho tiempo, me sentí relajado, fresco, sosegado, despejado. Los mismos agentes quedaron desconcertados ante el cambio súbito de actitud y el posible conflicto se solucionó amigablemente. Desde ese día estoy saliendo a pedalear los fines de semana. Claro que el asunto sale caro, pero vale la pena

– ¿Caro?, ¿y por qué?

– ¿No ve que tengo que romper una bicicleta cada ocho días?

jueves, 21 de febrero de 2008

Pedalazos 8. Ellas nos cuidan

Eso de enfrentar la mañana capitalina en dos ruedas, sin más protección que la ropa y un chaleco reflectivo es para valientes con vocación de paleta. Hay veteranos que han pedaleado la madrugada durante años. Otros empezamos a desafiar la nevera cuando un alcalde dio facilidades. Pero hay algo más frío que el amanecer con viento en Bogotá. Es la mirada que ella nos lanzó en el momento de expresarle el proyecto de convertir la bicicleta en el medio oficial de transporte.

Ella puede ser mamá, esposa, o jefe.

Para mamá, ser ciclista en Bogotá y profesor de marxismo en zona paramilitar tiene una sola diferencia. La segunda opción es más segura. En su visión, conductores asesinos, ladrones despiadados y motociclistas sin desayunar salen todas las mañanas a cazar ciclistas en la calzada. Cuando se le explica que ahora hay ciclorrutas, entonces agrega a la lista los peatones amargados.

Su mente elabora constantemente presagios apocalípticos. Aguaceros con tormentas eléctricas y vientos huracanados se confabularán diariamente para garantizar que ese pedalazo sea el último. Y ella no va a poder estar tranquila. No mijo. No me haga eso.

Digamos que mamá ya no tiene influencia directa. Entonces otra versión femenina es la esposa. Supongamos que pese a la crisis, las dos ruedas de tracción humana son una opción, no una necesidad. Una noche antes, durante, o después de la comida anunciamos la metamorfosis. De bus - o carro - a bicicleta.

Ella primero pensará que es un chiste. Pero ante la evidente decisión vendrá el contraataque. Eso de la bicicleta - primer argumento - es cosa de jardineros. De los que andan con galón de gasolina en la parrilla, maletín de herramientas en bandolera, y la guadaña eléctrica debidamente ajustada a la barra. Segundo argumento. Usted ya está muy viejo para eso. Tercer argumento, llegará a la oficina todo sudado. Cuarto argumento, es muy peligroso (los instintos maternales nunca desaparecen).

Usted insiste, Entonces ella se destapa. Qué dirá la gente. Si quiere hacer ciclismo, para eso están los gimnasios, el “spining”, la ciclovía. Si hubiera querido un ciclista me hubiera casado con Santiago Botero. ¿Y si se pincha?

La tercera andanada lo espera en el sitio de trabajo. La jefe - ellas mandan - se enterará coincidencialmente. Su mente rápidamente compondrá el cuadro. Una avenida. El mejor cliente le pita desde su “Mercedes” a un ciclista. Media hora después, una junta. El mejor cliente trata de recordar donde vio a ese señor sudado con el que está negociando. Lo recuerda. El ejecutivo era el mismo torpe que casi no lo deja pasar.

La jefe sabe que en tiempos de la tutela, no se pueden dar órdenes arbitrarias. Pero el poder es para poder. Extraños memorandos aparecen. Se limita el uso del parqueadero. La hora de entrada y salida cambia. Cada vez que llega un cliente nos mandan a la bodega. La empresa hace convenio con un gimnasio. La vieja solicitud de préstamo para carro se desarchiva de repente. Lo invitan a una conferencia sobre las ventajas de caminar 30 cuadras diariamente.

Ellas te quieren en la calle.

Pero sin pedalear.

martes, 19 de febrero de 2008

Pedalazos 7: Verde en la vía


Lo estoy viendo. Solo en su estudio frente a la mesa de dibujo. Sobre ella, el plano de alguna ciclorruta, cuando era apenas una idea. En su mente creativa los sueños van tomando forma. Un larga acera con tramos para cada uno. Espacio libre para el peatón. Vías demarcadas para los ciclistas. Y con el doble objetivo de decorar y proteger, altos y frondosos árboles a la orilla del andén.

Este diseñador o arquitecto anónimo tuvo la posibilidad de concretar sus diseños. Tomó los andenes, construyó las ciclorrutas, señaló los caminos y sembró los árboles. Dentro de unos años, todo será una hermosa realidad.

Pero hoy, la parte vegetal de la infraestructura urbana no es una realidad, Es un estorbo con ínfulas de amenaza.

Resulta que para ser altos y dar sombra, los árboles tiene que pasar por un proceso de crecimiento. Y como las especies escogidas son frondosas, no solo aumentan para arriba, sino para los lados. El resultado es que ese tallo raquítico de hace unos años que a duras penas sobresalía de la matera, es hoy una vigorosa, amplia y floreciente copa, a metro y medio del suelo.

Y por ecológico que suene el asunto, el resultado real es que el usuario de ciclorruta se encuentra, periódicamente, con una hermosa rama verde a la altura de su cabeza que penetra al interior de la vía.
Esto puede ser muy bonito, pero convierte el monótono trasegar solitario por el camino en una especie de carrera de obstáculos. Entonces hay que agacharse. O sacar la cabeza hacia la izquierda. O probar la resistencia del casco. O en casos extremos, pasarse al otro carril.

Y si por el otro carril viene algún ciclista a la velocidad adecuada para lo que en “Viaje a las estrellas” llamaban rumbo de colisión, el juego se vuelve más complejo. Las dudas llenan la mente del primer usuario. ¿Freno? ¿Me paso a la zona peatonal? ¿Hago un cruce rápido para recuperar mi carril? Demasiadas dudas para un ser humano cuya única preocupación es llegar a alguna parte.

El problema tiene una variante interesante en la Avenida Eldorado, donde los árboles están en la mitad de la ciclorruta, en aquellos puntos donde la vía se abre en dos. El desafío es ¿Me agacho? ¿Me paso a la zona verde? ¿Saco la cabeza hacia la derecha? ¿Me arriesgo a ser despeinado?

(Y que conste que no menciono al personaje que por andar pensando en otras cosas, no está pendiente de los obstáculos aéreos inesperados, y solo se entera de su presencia cuando sufre al ataque de las ramas asesinas)

Claro que puede existir una solución alterna. Que alguien pode esos árboles, para que dejen de estorbar y hagan aquello para lo que fueron creados, adornar. Así el sueño de nuestro diseñador anónimo continuará su camino hacia la realidad, y el verde en la ciclorruta perderá su actual y amenazante tono.

miércoles, 13 de febrero de 2008

Pedalazos 6: Zona de parqueo


Moverse en bicicleta es relativamente fácil. Parar también. La cosa empieza a ponerse peluda en el momento de la separación. De cuando el binomio pasa a ser dos unimonios. Uno queda en la calle, convertido en víctima potencial de todo tipo de agresores. El otro es usted y ha tenido que dejar la bicicleta parqueada. Sí. ¡parqueada!

Porque una cosa es tener el vehículo al lado de uno, o a pocos metros, o tras un vidrio, o con media llanta asomándose por una puerta. Ver para creer, dijo el apóstol. Si yo veo la bicicleta, creo que no le va a pasar nada. Pero si no la veo, tengo que dejarla ¡parqueada!

De entrada hay que decir que los parqueaderos para bicicletas escasean. Y no se ven muy seguros. Más aún cuando en algunos hay un letrero que advierte que “no nos hacemos responsables por las bicicletas”. Así que dejarla allí gradúa al ciclista de irresponsable.

Pero bueno, en esos sitios por lo menos hay alternativas. En otros el letrero dice “prohibido entrar bicicletas”. Pasa mucho en las entidades financieras. Debe ser algo personal. Supongo que a los presidentes de bancos no les gustan las bicicletas, así como a los ciclistas no les gusta pagar intereses.

El problema es que el usuario principal de las bicicletas suele ser el mismo de las ventanillas bancarias, el mensajero. Entonces llega mensajero a banco y banco le avisa que no puede entrar bicicleta. Opciones:
Tortículis: Se deja la bicicleta en la puerta, y cada cinco segundos se voltea la cabeza para asegurarse que todavía está allí.

Nueva dimensión. Se camina para atrás en la fila.

Encadenados: Se busca una reja, un poste, o un arbol y se le coloca la cadena. A propósito, existen cadenas para todos los gustos. Desde unos sofisticados seguros con varillas de acero que valen más que la bicicleta, hasta la versión estrato 1: medio metro de cadena vieja y un candado japonés. Las guayas de moto envueltas en manguera también son muy populares.

Efecto envidia: Para lograrlo se necesita tener una bicicleta más bien baratica, sin mayores infulas, que se vea vieja. Pintura descascarada, remiendos con cinta aislante o de enmascarar completan el efecto. Se busca un banco donde haya llegado antes otro ciclista. El vehículo que nos antecede también debe superarnos. Que esté bien pintado. Brillante. Con cambios. Algo envidiable.

Se pone la vieja y acabada carcacha en la que nos movilizamos, al lado de la espectacular todo terreno.

Y que escojan los ladrones.