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miércoles, 11 de diciembre de 2024

Ella me está mirando

F.A. es maduro tirando a viejo, su cara es más bien normalita tirando a maluca, su físico no tiene nada que ver con gimnasios o ejercicios y su ropa es bastante común tirando a corriente y descachalandrada. 

Aún así, ella siempre lo mira.  F. A. no sabe su nombre. O mejor, sus nombres, como explicaré más adelante. Ella es joven. Milenial. centenial, generación Z o cualquiera de esos apelativos creados para vender productos y sensaciones “exclusivas” a millones de consumidores que coinciden en un rango de edad.

F. A. tiene un nombre que corresponde a sus iniciales. También es Fotógrafo Aficionado. Dos razones para ser F. A. Suele cargar una cámara (no la del celular)  para captar imágenes de situaciones, lugares, eventos, y, sobre todo, de gente en su vida diaria. No busca publicar, generar ingresos o seguidores. 

Lo hace porque le gusta. No pone individuos o grupos a posar. Simplemente, cuando ve algo que le llama la atención enfoca (bueno, la cámara enfoca por él) y dispara. Así ha ido reuniendo una amplia colección de imágenes que muestran seres humanos en diferentes escenarios, ejerciendo eso que llaman vivir.

Vivir no siempre es cuestión de individuos sino de comunidades. Muchas veces las fotos de F.A. son de grupos. Grupos que caminan, grupos que desfilan, grupos que interactúan en algún espacio público, grupos que trabajan, grupos que participan de alguna dinámica —como no— de grupo, grupos que bailan, grupos que cantan, grupos que descansan… Grupos, que, en resumen, están ocupados haciendo algo que amerita fotos. Y, lo más importante, que no asumirán esas poses prefabricadas y artificiales de las selfis.

Pero ella sí.

Ella está en las imágenes de la presentación del conjunto de baile, de los ocupantes del tren en movimiento, de la procesión de Semana Santa, del evento conmemorativo, del desfile de bandas de guerra de la fiesta patria, del público expectante antes del concierto, del público exaltado durante el concierto, de la  multitud anónima caminando por el centro.

Es completamente reconocible, pero solo se hace evidente al ver las fotos en un formato grande. Antes, había que esperar el revelado e impresión. Ahora es cuestión de computador, televisor o tableta. Allí está. En medio de la multitud o del grupo selecto, justo cuando F.A. aprieta el obturador, ella lo mira.

Es una mirada directa. Sus ojos están fijos en F.A. La evidencia gráfica no deja lugar a dudas. No importa si F.A. acciona su cámara cerca o a 50, 100, 200 metros, con uno de esos lentes que le hacen trampa a la distancia. No importa si el grupo es grande, mediano o pequeño. No importa si están de pie, en movimiento, quietos o haciendo alguna acrobacia.

Si tomó una sola imagen, en esa imagen ella lo mira, En cambio, si tomó varias imágenes, en distintos, momentos, lugares o planos… ella también lo mira. Además, independientemente de las circunstancias, ella siempre se ve bien. Es decir que si se trata de alguna actividad física donde el resto del personal evidencia el esfuerzo, ella tendrá rostro sereno, relajado y sin una gota de sudor. Si es un escenario donde todos los demás ponen cara de palo, ella esbozará una enigmática sonrisa. Y si es el momento de suprema emoción de los asistentes al concierto, donde todos saltan y gesticulan con sus ojos fijos en el artista, ella desviará la mirada hacia el fotógrafo y pondrá cara de modelo durante menos de un segundo.

¿Efecto selfi? ¿Instinto? ¿Magnetismo? F.A. no tiene explicación. Pero ella nunca falta. Y lo está mirando.

jueves, 16 de febrero de 2017

Metamorfosis en el articulado

Todo termina cuando ella se baja del bus. Lleva una capa de base que camufla las no muy abundantes imperfecciones de piel. Sus labios destacan con una notoria aunque no exagerada aplicación de pintalabios, y sus ojos tienen ese toque de exotismo que se deriva de la combinación entre pestañina y sombras.

Pero el hombre que la mira fijamente hasta que desaparece de su campo visual no la admira por eso. La admira porque se trata de una mujer completamente diferente a la que 40 minutos antes se subió al vehículo se transporte público que los llevó desde la periferia al centro. Este tipo había visto actos similares, pero con un elemento común. Ellas –no ella, sino las otras ellas– iban sentadas. Pero era la primera vez que le tocaba una metamorfosis en vivo y en directo con la protagonista de pie.

El bus era un vehículo articulado, de esos cuyo centro es un eje giratorio  (que se mueve) con una especie de mesón donde se pueden apoyar algunas cosas. Ella, cuyo nombre quedó en la ignorancia del observador y por ende de las futuras generaciones, se apropió de un espacio en ese centro. un espacio mínimo. Ella no estaba sola. De hecho se acomodó en su rincón flanqueada por dos gorilas chateando, una señora con paquetes, tres estudiantes enmochilados  y un desfile de cantantes, vendedores y mendigos que se relevaron para amenizar la ruta.

Y aun así ella se dio maña para sacar un espejo de mano y una polvera con su respectiva almohadilla. Alternando, en una impecable coreografía, sus movimientos con los frenazos y arrancadas del bus, se aplicó con uniformidad la base en el rostro.

Lo más sorprendente vino a continuación. Sacó un lápiz. Un lápiz con punta. De esos que califican como arma punzante. Y lo manipuló mientras dibujaba líneas alrededor de la pupila. El hombre se tensionó a la espera de una tragedia que nunca llegó. Ella no engrosó el gremio de los tuertos. De hecho trazó con precisión digna de dibujante técnico sendas líneas alrededor de sus ojos. Procedimiento igual de arriesgado con otros aplicadores permitieron esbozar sombras, resaltar cejas y darle a las pestañas un aspecto curvado y coqueto.

A estas alturas  el mirón estaba con la boca abierta.  Y hablando de bocas, eso fue lo que vino después. Del bolso salió un kit de pintalabios y pincel.  Pintalabios de esos que están en la frontera entre chica sexy y payaso. Solo es pasarse un poquito de cantidad o ubicación para que los labios seductores y sensuales se conviertan en espectáculo de circo. Para rematar, el señor conductor acababa de descubrir que estaba por fuera de horarios, por lo que incrementó velocidad y giros inesperados. Pero nada. Imperturbable, la mujer de cara lavada que había abordado el vehículo terminó con precisión quirúrgica su proceso de latonería y pintura, como si estuviera sentada en el tocador de su cuarto.

El hombre, que una vez intentó peinarse con la mano en el bus y quedo como puercoespín la miró fijamente hasta que desapareció de su campo visual. Confirmado. Hay cosas que solo las mujeres pueden hacer.

martes, 24 de enero de 2017

Las mil muertes del inmigrante

Si se trata de volumen, Bert Peg es un triunfador indiscutible. El año pasado actuó en 20 películas. Cierto que la mayoría jamás verá una sala de cine. No. Se distribuirán a través de video casero, yutub, o en horario infame de algún canal desconocido. Tampoco tienen la más mínima oportunidad de competir por algún premio. Es lo que llaman serie B. O algo peor. Pero siguen siendo películas.

Bert, por supuesto, no es su nombre real, sino el artístico. Cuando dejó Colombia en busca del sueño americano, era Roberto Pérez González. No vamos a entrar en detalles sobre las múltiples maromas laborales que debió hacer antes de lograr una oportunidad en pantalla. Solo diremos que por recomendación o iniciativa propia –la verdad ya no se acuerda– adaptó su denominación criolla una versión más vendedora, combinando un diminutivo de su nombre y  un acrónimo hecho con sus apellidos. Así nació Bert Peg.

Si lo buscan en los créditos de películas de acción, terror, misterio, policiales, guerras, desastres y una que otra histórica suele aparecer. Sus personajes nunca tienen nombre, sino una profesión y número. Fíjense cuando mencionan al policía uno, el vigilante 2, el guardaespaldas 3, el pandillero 4, el guardia 5,  el soldado 6. La especialidad interpretativa de Bert es una breve presencia en pantalla… hasta que alguien lo mata.

Lo contratan para personificar al guardia de seguridad que será asesinado por los delincuentes cinco minutos después de iniciada la película. Al soldado que morirá en batalla mientras el héroe se luce. Al guardaespaldas de mafioso que será el primero en caer ante la furia vengadora del héroe. Al policía que será arrasado junto con todos sus colegas en el primer ataque extraterrestre. A ese miembro de un comando élite que fracasará estrepitosamente en su intento de detener las artes del hechicero malvado

Sus líneas –es solo un decir, hablar, lo que se dice hablar, casi nunca– suelen ser una aparición fugaz hasta que el protagonista o antagonista lo degolla, le dispara con silenciador, lo golpea, lo empuja de un décimo piso, lo electrocuta, lo atropella, lo desintegra o lo ahorca.  Otras veces su aporte consiste en correr hacia alguna fuerza poderosa o huir de alguna fuerza poderosa que, inevitablemente, lo aplastará con todo su poder.

Muy de vez en cuando le dan alguna línea real.  Decir “todo está bien”, segundos antes de que lo pasen al papayo. Responder mediante algún sistema de intercomunicación que sí cuando lo mandan a mirar, mirada que será la última de su vida, o mejor, de la de su personaje.  Cuando encarna alguna autoridad su guión suelen ser requerimientos como “alto”, “su licencia por favor” o “algún problema”. La inocente petición inevitablemente será respondida con balas, golpes, lanzallamas, bombas atómicas o, en versiones más sofisticadas, armas futuristas, magia asesina o algo que cae del cielo y lo aplasta, surge de las profundidades y lo devora.  O no se ve pero se convierte en todo un reto para Bert, quien debe interpretar el ataque letal de algún monstruo invisible.

Eso cuando su muerte se ve en pantalla, porque hay ocasiones en las que a la hora de editar suprimen la escena y la aparición de Bert en el filme se limita a una fugaz visión de un cuerpo en el suelo, más o menos ensangrentado, más o menos descuartizado de acuerdo con las habilidades del exterminador de turno.

Para Bert aplica literalmente eso de que cada día es morir un poco. Pero qué importa, trabajo es trabajo. Así sea morir en pantalla.

jueves, 17 de noviembre de 2016

En defensa del arte universal

El mundo de las bellas artes nunca sabrá de la que se salvó. Cualquier admirador de la expresión estética, creativa o pictórica tiene mucho por agradecer.  Aunque la profe Cubillos, en principio, no estaba tan segura.

Ella era, a la vez, estudiante de arte en universidad pública y profesora de lo mismo en colegio privado. Sabía que era casi imposible que entre sus alumnos hubiera un Picasso, pero, y esto es importante, consideraba que todos tienen un mínimo de habilidad para el arte. Y todos son todos.

Al otro lado estaba Monroy. Buen tipo él. Aunque le perdimos la pista hace rato, actualmente es un exitoso empresario en el gremio del alquiler de maquinaria pesada o algo así. Se podía definir como estudiante promedio. Hábil para algunas materias, no tan hábil para otras y absolutamente negado en ciertos ámbitos.

Esto pasó en tiempos pedagógicos distintos a los presente, donde todo lo relacionado con el alumno debe incluir opiniones de padres, asesores, psicólogos, Ministerio de Educación y, a veces, profesores y estudiantes. En esas épocas la familia depositaba al niño en el colegio y lo retiraba graduado de bachiller. Los dos ámbitos (parientes y educadores) solo coincidían en la entrega bimestral de notas y la sesión solemne

Volvamos a Monroy y sus competencias. Específicamente a la del arte. Era único. Excepcional. Singular.  Nunca, en toda la historia, una sola persona había reunido tantas habilidades para hacer las cosas… mal. Planchas torcidas y asimétricas. Dibujos deformes. Pintaba una silla y parecía un extraño organismo unicelular. Distorsionaba todo, hasta lo que calcaba. No en un tono surrealista. Simplemente chueco. Y feo.

En lo que antes se llamaba primaria –1 a 5– y en los dos primeros años de bachillerato (6 y 7 en términos actuales), el hombre se benefició del realismo del sistema educativo. En cierta forma fue un pionero de la promoción automática. Lo pasaron porque era evidente que no daba más. Hasta cuando la materia de la discordia pasó de obligatoria a vocacional. El colegio respectivo abrió su pénsum en dos opciones; una para los creativos (dibujo) y otra con un oficio medio olvidado en la actualidad, pero muy útil en otros tiempos: taquigrafía, la técnica para escribir tan rápido como se habla.

La decisión lógica, normal, coherente e inteligente para Monroy era escoger taquigrafía. Pero como buen adolescente, en él escaseaban la inteligencia, la coherencia y la lógica. Es decir, lo que podía definirse como normal entre sus contemporáneos. Por eso, y por seguir al lado de su grupo de amigos, optó por la clase de arte con la profe Cubillos.

A ella le advirtieron que ese muchacho no tenía nada que hacer en su curso. Pero ella, que sí era coherente,  insistió en que todos pueden ser artistas. En cierta  forma, lo tomó como un reto. Y asignó un primer trabajo para desarrollar durante la clase.

El resultado lo dejamos a la imaginación del lector. Pero le contamos que a lo largo de la hora la profe transitó entre los pupitres, lanzando uno que otro consejo. A Monroy le hizo par sugerencias. Y seamos justos: él intentó ponerlas en práctica. Poco antes de que sonara la campana Cubillos pidió que le entregaran los trabajos. Cuando llegó el de Monroy le bastó una mirada para darse cuenta de que en nombre de cualquier criterio estético mínimo y de su obligación moral como artista tenía que hacer lo que hizo.

Miró la hoja, miró al autor y en tono de sugerencia ordenó: “Pásese a taquigrafía”.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Condoritest

El pajarraco más popular de Latinoamérica tendrá película dentro de un año. Por lo menos ya tiene trailer. En 1949 apareció por primera vez en la revista Okey de Chile, y de ahí voló –editorialmente hablando-  por Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Perú, Centroamérica y, por supuesto, Colombia. Y como lo revelan las estanterías y góndolas de los cada vez  más escasos sitios donde venden revistas, ahí sigue. 

Antes de caer en medio de un “plop”, exijo una explicación. O mejor, 50 explicaciones. Si usted es un Condoritólogo clásico, será capaz de responder a las siguientes 50 preguntas.

Las fáciles
1.- ¿Cómo se llama el pueblo de Condorito?
2.- ¿Cómo se llama el pueblo vecino y rival al de Condorito?
3.- ¿Cuál es el eterno clásico de fútbol al que Condorito asiste en calidad de jugador, árbitro, técnico o público?
4.- ¿Cómo se llama el “cumpa”?
5.- ¿Cómo se llama la novia?
6.- ¿Cómo se llama la suegra?
7.- ¿Cómo se llama el suegro?
8.- ¿Cómo se les dice familiarmente a los suegros?
9.- ¿Cómo se llama el sobrino?
10.- ¿Cómo se llama el rival?

Más difíciles
11.- ¿Cómo se llama el restaurante?
12.- ¿Cómo se llama el bar?
13.- ¿Cómo se llama el periódico?
14.- ¿Cuál es el lema del periódico?
15.- ¿Cómo se llama el argentino?
16.- ¿Cómo se llama el caballo?
17.- ¿Cómo se llama el loro?
18.- ¿Cómo se llama el perro?
19.- ¿Cómo se llama el más “inteligente” de los personajes’
20.- ¿Cómo se llama la sobrina de la novia?

Para expertos
21.- ¿Cómo se llama el más “sobrio” de los amigos?
22.- ¿Cómo se llama el tercer calvo, descartando a Condorito y al sobrino?
23.- ¿Cómo se llama el que usa “african look”?
24.- ¿Cuál es la frase con la que don Chuma siempre apoya a Condorito?
25.- ¿Cómo le dicen al rival?
26.- ¿Cómo se llama la sección que durante muchos años estuvo en la mitad de la revista?
27.- ¿Cómo se llama el más “generoso” de todos?
28.- ¿Cómo se llama el que siempre está sonrojado?
29.- Un personaje que empieza por F amigo de Condorito.
30.- El medio de transporte más común para ir a la población vecina.

Para historiadores
31.- ¿Cual era el grafiti que aparecía en las primeras historietas?
32.- En las primeras revistas había un personaje muelón. ¿Cómo se llamaba?
33.- ¿Cómo se llamaba el judío?
34.- ¿Cómo se llama el asesino, al que normalmente Condorito defiende en calidad de abogado?
35.- ¿Cuál es la marca de vino?
36.- ¿Cómo se llama un personaje que siempre anda pidiendo plata prestada?
37.- ¿Cuál era la marca de gaseosa?
38.- ¿Cuál era el lema de la marca de gaseosa?
39.- ¿Cómo se llama el hotel?
40.- ¿Cómo se llamaba el personaje boliviano?

Para investigadores
41.- ¿Cómo se llamaba el personaje que no tenía brazos ni piernas?
42.- ¿Cuál es el nombre real de Pepo?
43.- ¿Qué caracteriza al Condorito loco?
44.- ¿Cual es el insulto más común en las historias de Condorito?
45.- Describa la vestimenta básica de Condorito.
46.- Cómo se llama el niño genio.
47.- Cómo se llama la otra ciudad vecina.
48.- El hijo de Ungenio.
49.- Cuales personajes aparecen casados en más ocasiones.
50.- Cómo se llama el sacerdote.


Respuestas
1.- Pelotillehue.
2.- Buenas Peras.
3.- Pelotillehue F. C. vs Buenas Peras F.C.
4.- Don Chuma.
5.- Yayita.
6.- Tremebunda Vinagre.
7.- Cuasimodo Vinagre.
8.- Doña Treme y Don Cuasi.
9.- Coné
10.- Pepe Cortisona.
11.- El Pollo Farsante.
12.- Bar el Tufo.
13.- El Hocicón.
14.- Diario pobre pero honrado.
15.- Che Copete.
16.- Mandíbula.
17.- Matías.
18.- Washington.
19.- Ungenio.
20.- Yuyito.
21.- Garganta de Lata.
22.- Huevoduro.
23.- Cabellos de Ángel.
24.- No se fije en gastos compadre.
25.- Saco de Plomo.
26.- Panamericana.
27.- Máximo Tacaño.
28.- Tomate.
29.- Fonola.
30.- Tren.
31.- Muera el Roto Quezada.
32.- Chuleta.
33.- Don Jacoibo.
34.- Chacalito.
35.- Santa Clota Tres Tiritones.
36.- Juan Sablazo.
37.- Pin.
38.- Tome Pin y haga Pun.
39.- Dos se van tres llegan.
40.- Titicaco.
41.- Cortadito.
42.- Rene Ríos Boettiger.
43.- Los círculos concéntricos en los ojos.
44.- Jetón.
45.- Camiseta, pantalón con parches y sandalias.
46.- Mateíto.
47.- Cumpeo.
48.- Genito.
49.- Garganta de Lata y Ungenio.
50.- Venancio.

Repaso
Si usted exige una explicación del porqué un cóndor sin alas es el personaje de historieta más popular de América Latina, entonces debe conocer a Pepo, su creador, quien falleció en el 2000.

Condorito nació en 1949 de la pluma del dibujante chileno René Ríos Boettiger, un médico potencial que cambió el bisturí por la pluma y el estetoscopio por la tinta. Después de incursionar en diversas publicaciones fue creando personajes, unos políticos, otros picaros. Cómo respuesta a un programa de Disney que hacía una representación poco amable de Chile, hizo nacer a Condorito, quien poco a poco se fue rodeando de ese mundo de personajes y ambientes que lo han ido incluyendo – a su manera – dentro de la mitología moderna de Latinoamérica.

martes, 1 de noviembre de 2016

Pajarraco

Queda en algún punto entre la Patagonia y Ciudad Juárez. Es una ciudad de mediano tamaño o un pueblo grande. Sabemos que cuenta con equipo de fútbol propio, restaurante, bar y hotel, entre otros servicios. Pero lo que realmente nos interesa son sus habitantes. Rebuscadores, sin empleo fijo, a veces pícaros y cambiantes de acuerdo con las circunstancias externas.

El único que parece tener empleo fijo es un carpintero caracterizado por un eterno cigarrillo humeante en la boca. La estabilidad económica no es patrimonio local, como ya vimos. Tal vez solo la disfrutan cierto personaje –pesado él– cierta familia de hija única y cierto empresario fácilmente identificable por un estado permanente de restricción de gastos.

Un rápido recorrido por la fauna local nos muestra alguien cuya inteligencia es inversamente proporcional a su nombre; los dos extremos en materia de situación capilar; un aficionado a la dieta de felino (no a comer lo que come el felino, sino a comerse al felino); un argentino vestido como cantante de tangos; un boliviano vestido como la gente se imagina que deben vestirse los bolivianos y un sujeto bajito y barrigón en estado de rubor permanente.

Pero todos ellos son personajes de reparto frente a quien, sin lugar a dudas es la luminaria local. Local no. Internacional. Porque su fama ha ido más allá de las fronteras de ese pueblo grande, al punto de ser un símbolo en prácticamente todos los países de habla hispana a este lado del Atlántico (gringolandia incluida).

No ha sido por sus obras, evidentemente. Aunque prácticamente ha incursionado en todas las profesiones, no se le conocen aportes valiosos en ninguna. En cambio tiene una larga colección de errores, embarradas y fracasos debidamente documentados en sus desempeños laborales. Pero la mayor parte del tiempo está en algún punto entre vago y desocupado. Su eterno atuendo de camiseta,pantalón remendado y sandalias refuerzan esta idea. Atuendo que por cierto no es una concesión a la descomplicada moda actual, sino una imagen coherente desde 1949, cuando el mundo lo conoció.

Bueno, primero lo conoció Chile, su país de origen. De ahí saltó al resto de un continente que se ha visto reflejado en sus historias, su humor, sus personajes y -aquí viene la justificación de este texto- la película que lo llevará a la pantalla grande en el 2017, cuyo trailer fue divulgado hace pocos días.

Así que en las Amilcaradas declaramos oficialmente esta semana la semana de Condorito, personaje ilustre de Pelotillehue. Reconocimiento más que merecido a la única historieta que sobrevivió la edad de oro de nuestra infancia y que, dicen, hace no mucho llegó a ser la de más circulación en Colombia. Es la coyuntura ideal para rendir homenaje a nuestro pajarraco favorito, a la tan sexy como paciente Yayita, a la insoportable Doña Tremebunda, al noble Don Chuma y –por supuesto- al saco de plomo de Pepe Cortisona.

Nos declaramos oficialmente a la espera de la premier mundial del filme de nuestro héroe, anunciado para octubre del 2017. Y cerramos esta nota de la única forma posible.

¡Plop!

jueves, 22 de septiembre de 2016

Tests: historietas para nostálgicos y neofitos

Como complemento a la anterior Amilcarada (Cuando los cómics se llamaban historietas) los invito a un ejercicio de memoria. Vamos a dar una serie de nombres. La idea es manejar tres niveles de puntaje. Si no significan nada para usted valen 0. Si le suenan o despiertan algún recuerdo perdido en las profundidades de la mente la cifra es uno y si los identifica inmediatamente con certeza absoluta el guarismo es 2.
1.- La zorra y el cuervo.
2.- Andy Panda.
3.- El Pájaro Loco.
4.- Pablo Morsa.
5.- Las urracas parlanchinas (Tico y Tuco).
6.- La Pequeña Lulú.
7.- Tobi.
8.- Los chicos del oeste.
9.- Glad Consuerte.
10.- Horacio.
11.- Clarabella.
12.- Giro Sintornillos.
 13.- La Abuela Pata.
14.- Arandú.
15.- Toloamba.
16.- Kalimán.
17.- Solín.
18.- Copetín.
19.- El Missuniverso.
20.- Doctor Mortis

Si por lo menos una de sus respuestas estuvo en los dos puntos, usted creció en los tiempos de la historieta. Y si no, permítame presentarle a los protagonistas.


1.- La zorra y el cuervo. La zorra realmente era un zorro. Creo que se llamaba Zorri. Era bondadosa e inocente. El cuervo era pícaro y mentiroso. Adivinen quien intentaba engañar a quien todo el tiempo. Y quien perdía siempre. En esos tiempos ganaban los buenos.
2.- Andy Panda. Personaje de la segunda historia en historietas del Pajaro Loco. Era como Kung Fu Panda pero cuando era chiquito. Usaba pantalones y fumaba (¿o el que fumaba era el papá?). El asunto es que había fumadores en publicaciones para niños.
3.- El Pájaro Loco. Personaje insignia de la competencia de Disney, un señor Walter Lantiz. Tenía su show de televisión donde interactuaba con su autor y de ahí saltó a la historieta.
4.- Pablo Morsa. Personaje secundario y eterno rival (o víctima), tanto en televisión como en historieta de El Pájaro Loco.
5.- Las urracas parlanchinas (Tico y Tuco). Me acuerdo que eran pájaros, que eran negros, y que eran medio locos.



6.- La pequeña Lulú. Niña de barrio gringo y trenzas. Sé que si la busco en Internet voy a encontrar más información, pero estoy haciendo esto de memoria y no tengo conexión.
7.- Tobi. El eterno amigo de Lulú.
8.- Los chicos del oeste. Los niños malos de la pequeña Lulú. Solo hasta cuando crecí entendí que no era que fueran vaqueros o algo parecido, sino que vivían al oeste de la ciudad o del barrio de Lulú.




9.- Glad Consuerte. Primero de una lista de personajes secundarios del mundo Disney, al cual se accedía a través de diversos títulos de cómic, sobre todo los de Tío Rico. Era un primo (otro) que contaba con una suerte excepcional y disputaba con Donald el amor de Daisy.
10.- Horacio. Caballo de finca humanizado que aparecía de vez en cuando en los cómics.
11.- Clarabella. Lo mismo que el anterior pero donde dice caballo ponga vaca. Y páselo todo a género femenino, por favor
12.- Giro Sintornillos. El inventor del mundo Disney. También personaje secundario aunque alcanzó a protagonizar algunas historias. Tenía un ayudante que era una especie de robot con cabeza de bombillo.
13.- La Abuela Pata. Era la anciana de la dinastía de patos (seguimos en Disney). Vivía en una granja. Era la única que Tío Rico trataba como su igual. Como si fueran hermanos, aunque en ese matorral familiar de tíos y sobrinos nunca se supo.



14.- Arandú. EL PRÍNCIPE DE LA SELVA. Así, en tono fuerte y con voz profunda. Especie de mezcla de Tarzán con El Príncipe Valiente en versión latinoamericana que saltó de la radio a la historieta. (Nota: El Príncipe Valiente era otro personaje de cómics. El que lo recuerde anótese dos puntos más en el resultado del test).
15.- Toloamba. El fiel ayudante de Arandú. Negro (o mejor, afro) y fuerte, pero siempre condenado a ser el segundo de a bordo. Por cierto, Arandú era blanco o por lo menos moreno. Nada que hacer, no eran tiempos políticamente correctos.
16.- Kalimán. El hombre increíble sin necesidad de ponerse verde y romper cosas. Otro deportado de la radio. Precursor de los turbantes antes de Piedad Córdoba y poseedor de extraños poderes mentales. También precursor de la autoayuda con su frase “Serenidad y paciencia Solín, mucha paciencia”.
17.- Solín. Al que le pedían serenidad y paciencia. Era de esos niños que nunca crecían y el eterno ayudante de Kalimán.


18.- Copetín. Era un gamín en la época en que así se llamaba a los niños de la calle. Cien por ciento colombiano, se hizo famoso en los periódicos, pero alcanzó a tener revista propia.
19.- El Missuniverso. Uno de los personajes que acompañaban a Copetín. Su nombre, como era de imaginarse era una absoluta ironía. Tanto que en un episodio contaban que los amigos de Copetín cometieron la barbaridad de bañarse en el río Bogota. Todos quedaron mal y enfermos. El Missuniverso mejoró.

20.- Doctor Mortis: No sé si era un personaje o un título genérico para historietas donde contaban historias de terror. ¿Qué por qué no lo sé? Nunca las leía. Me daba miedo.

martes, 13 de septiembre de 2016

Nadie sabe para quien trabaja

A estas alturas del partido Pérez no sabe por qué lo hizo. Pudo ser problemas familiares, el pobre desempeño de su equipo de fútbol, las gestiones laborales inútiles, el notorio desbalance entre ingresos y gastos o el deprimente clima de la ciudad, gris y lluvioso. 

Ni siquiera es su estilo. El tipo odia involucrarse. Sus 10 mandamientos empiezan con viva y deje vivir. No se meta en lo que no le importa. Evite cualquier contacto o relación con los demás que no sea indispensable. Si no lo llaman, no vaya. Si lo llaman y es evadible, evada. Y así sucesivamente hasta completar la decena.

Pérez es usuario permanente de los sistemas de transporte masivo. Los que cuentan con paraderos fijos, tarjetas inteligentes, buses grandes, rutas integradas y rebuscadores en cantidades industriales. Funcionan con automotores donde hay un conductor, muchos pasajeros y muchísimos vendedores, mendigos y artistas. 

Esta última categoría abunda en expresiones musicales. Desde voces privilegiadas e intérpretes virtuosos hasta venganzas acústicas que torturan a los indefensos pasajeros. Más de uno daría gustosamente la colaboración solicitada con tal de que el seudoartista de turno se callara.

Ese día, por cierto, hubo relevos. Se bajó el de los esferos y se subió el del maní que dio paso al rapero y luego al ciego de las rancheras y después los argentinos destemplados y después el de los certificados médicos y después el que se subía la camisa para mostrar la reciente operación y después el vallenato de la guacharaca…  y ese fue.

El hombre acababa de terminar su interpretación y estaba a punto de iniciar el recorrido de los cobros cuando Pérez estalló. Dijo en voz alta lo que muchos piensan. Voz bastante alta. Palabras más, palabras menos, lo que gritó en tono desesperado fue lo siguiente: “No le den plata. Si les siguen dando plata esto nunca va a parar.  Nosotros no tenemos la culpa de lo que le está pasando a este tipo. No tenemos por qué pagar sus problemas. No le den plata”.

El discurso fue corto y contundente. El vallenato quedó tan desconcertado como el resto del bus y como justo en ese instante el vehículo se detuvo y Pérez se bajó, no hubo tiempo para reacciones. De momento. Porque semanas después, un día cualquiera, en un paradero cualquiera, Pérez sintió que lo observaban. Al voltear vio un grupo de artistas de bus, entre los cuales reconoció, por supuesto, al vallenato de la historia.

Trató de despachar el asunto fingiendo desinterés, pero pronto se dio cuenta que él era  el centro de atención.  Asustado ante la inminente represalia, buscó inútilmente alguna autoridad o salida.  Y la cosa se complicó definitivamente cuando notó que se le acercaban. Solo le quedaba rezar para que las puertas se abrieran con el fin de intentar alguna fuga desesperada. Pero la actitud de sus potenciales agresores no parecía agresiva. Cuando el vallenato habló, entendió por qué.

“¡Oye, quería darte las gracias. Nunca había recogido tanta plata como ese día. ¿Habrá alguna forma de que repitas el show conmigo o con mis colegas?  Te damos comisión, no te  preocupes”.

Comprobado, nadie sabe para quien trabaja.

martes, 28 de junio de 2016

Había que verlas


En mi vida existen tres problemas. Uno, no tengo tema para la columna de esta semana. Dos, no he escrito nada sobre el milenio pasado. Tres, no he visto a los Trinity en ninguna de las antologías del cine del siglo XX.

Los Trinity -para nuevas generaciones- eran un “caribonito” llamado Terence Hill quien junto con Bud Spencer, un barbudo gordo y grande, protagonizaban comedias en las que les daban tremendas “muendas” a los malos.

 Sus filmes se incluían en la categoría social de los niños y adolescentes. Si uno no los veía, corría riesgos graves como quedar por fuera de las conversaciones, no entender los chistes, o parecer demasiado inteligente. Había que verlos, o fingir que se habían visto.

Con ese criterio, lanzó aquí una lista de las películas HQV (había que verlas) del siglo pasado. Y lo acepto: los argumentos son ridículos, las tramas superficiales, la técnica pobre y muchos de ellas se olvidaban a la semana. Pero en su momento.. había que verlas.

La niña de la mochila azul: Dramonón mexicano con un final maníaco - depresivo. Música de fondo ranchera cantada por Pedro Fernández antes de cambiar de voz.

Porkys: Sucesión inacabable de chistes verdes made in USA. El argumento giraba alrededor de un burdel cerrado a menores, y unos cuantos menores haciendo esfuerzos por entrar a él. Despedida de soltero: Para efectos de historia oficial, se salva por que ahí actuó Tom Hanks (el del Código da Vinci, para los más jóvenes. Para efectos de comentarios callejeros, se salva por una escena en la que se utilizan condones en vez de globos con fines decorativos.

Cupido motorizado: Un Volkswagen mutante con vida propia, que se dedicaba a solucionarle los problemas sentimentales a sus ocasionales propietarios y pasajeros. Fueron como cinco partes. (Y hace relativamente poco hicieron una con Lindsay Lohan que programan día por medio en algún canal de cable).

Las de Louis de Funes: Un viejito calvo francés que se parecía a alguien conocido. A un prefecto de disciplina, a un tío, a un amigo de la casa. Se metía en líos, hacía caras y tal vez la más popular de sus películas fue “Las aventuras de Rabbi Jacob”, o algo así.

Carta de amor: Unas cartas de amor escritas por una joven enamorada de un adolescente torpe para que este conquistara a la mona sexy de la que estaba enamorado que era hija de un policía que termina enredado con la mama del tipo torpe... Bueno, viéndola en cine sí se entendía y era divertido.

jueves, 31 de marzo de 2016

Historias de película lejos de casa. La fila


Cuando la tecnología para ver cine en casa no existía, o era privilegio de multimillonarios,  el séptimo arte se veía en los teatros. Con dos filas previas. Una para comprar boletas y otra para entrar. Suena sencillo. Era una pesadilla.

Si se trataba de plan familia, lo primero era  poner de acuerdo a padres, hijos, hermanos, hermanas, primos y amigo colado sobre la película elegida. La decisión debía tomarse en casa porque no había multiplex. Había un teatro donde pasaban una película. Existían tres horarios que aplicaban todos los teatros: matiné, de 3 a 3.30; vespertina, de 6 a 6.30 y noche, de 9 a 9.30. Algunas salas ofrecían un matinal entre 11 y 12 de la mañana los domingos, solo para niños. Enfatizamos lo del horario porque estaba diseñado para que en circunstancias normales cambiar de teatro fuera demasiado complicado.

Circunstancias normales eran una ¡FILA! (léase filotota) Perdón, dos ¡FILAS! La de comprar boletas y la de entrar. Los teatros daban directo a la calle. No estaban dentro de un centro comercial. Las colas respectivas estaban expuestas a los elementos, por lo que podía ser un grupo de personas al borde de la insolación o una seguidilla interminable de paraguas e impermeables improvisados. Aunque el cigarrillo ya estaba erradicado del interior de las salas, todavía no miraban feo al que fumaba en la calle. Quién sabe cuantos cánceres se forjaron en medio de una espera a que abrieran la taquilla mientras delante y detrás del abstemio los potenciales espectadores echaban humo.

Las filas se formaban mucho antes de abrir las taquillas.  Y entre más taquillera era la película, más temprano comenzaba el calvario.  Hubo filas históricas con vuelta completa a  la cuadra y doble vuelta completa a la cuadra. Hubo quienes llegaron con la intención de entrar a matiné y terminaron ingresando a vespertina.  O a noche. O  no ingresaron ese día.  Cuando los tiquetes para la función de las tres se terminaban, cerraban la taquilla y solo volvía a abrirse, digamos, a las 5.30. Y entre tanto fila y cigarrillo. Sin smartphones para consultar facebook. Tampoco había facebook.

La congestión generó el mercado negro. Hubo quienes se especializaron en madrugar con el fin de coger los primeros puestos, hacer compras masivas  y luego dedicarse a la reventa a precios exorbitantes. Algunos teatros creyeron solucionar el problema mediante la restricción a dos boletas  por persona. Lo cual sirvió... para crearle variantes al negocio especulativo. Madrugadores que no vendían boletas, vendían el puesto. Otros armaban el carrusel de colados gracias al cual, compraban boleta, salían, se colaban, compraban boletas y así sucesivamente hasta acaparar la totalidad de las entradas disponibles.

La fila era un territorio civilizado mientras la taquilla estuviera cerrada, pero cuando comenzaban las ventas se volvía el reino de los colados. A medida que la distancia entre taquilla y comprador se iba reduciendo, venía la metamorfosis. El usuario de los últimos puestos hacía comentarios indignados en voz baja. El que se acercaba empezaba a gritar ¡colaaa! ¡hagan fila! o *%&//, de acuerdo con el estrato social y el nivel de exasperación.  Ya a pocos metros de la baranda que limitaba el   acceso a la taquilla el sujeto o sujeto mutaba en un energúmeno o energúmena que, a punta de codazos, empujones y adjetivos, rechazaba colados potenciales mientras se abría paso hasta el punto de venta.  Cuando finalmente lo lograba, era una especie de orgasmo. Solo  faltaba entrar y, ahora sí, a disfrutar de la película

Falso, todavía faltaba la  batalla de los  puestos.

(Continuará) 

martes, 29 de marzo de 2016

Historias de película lejos de casa


Esos tipos que manejan el mercadeo de la distribución de películas son realmente buenos en lo suyo. Hay que reconocerlo. Hacen bien su trabajo, hoy en día  cuando, objetivamente, ir a cine parece una especie en vías de extinción. Quien querría ir hasta un multiplex en tiempos de blue ray,  streaming, televisores de 40 pulgadas y más y, sobre todo, piratería para todos los gustos.

Además, pagar por ver una película sin poder congelarla mientras se atienden diligencias personales en el baño no suena muy sexy que digamos. Pero llegaron los duros del marketing y vendieron eso que ahora llaman concepto. El concepto que compraron las nuevas generaciones es que ir a cine –sobre todo estrenos–, es un acto social de esos que “no se pueden perder”. A las  necesidades básicas de respirar, comer, vestirse se sumó la premiere del filme de moda.

Los  jóvenes asistentes se sienten heroicos mientras hacen fila en el centro comercial respectivo ante el estreno de turno. Y  da  como pena desilusionarlos, pero su esfuerzo no tiene mayor mérito si se le compara con épocas pasadas. Porque –lo que sigue  a continuación puede herir sensibilidades, así que se recomienda leerlo sentado– hubo una época en la única opción para ver cine era ir a cine.

Es en serio. No había video casero. Más claro, no existían el Blue Ray, el DVD,  ni otros  aparatos que tal vez han oído mencionar como el VHS o el betamax. Lo único en línea era uno mismo mientras hacía fila en alguna parte –un teatro, por ejemplo– y para tener un computador personal hubiera sido  necesario desocupar  la casa, porque ese era el tamaño promedio de un aparato de estos.  Y no hablemos del precio. Y tampoco hubiera servido para ver cine, porque  no tenía pantalla.

En televisión sí pasaban películas, cuya edad mínima desde su estreno en sala  hasta el momento de emitirse por algunos de los dos o máximo tres canales disponibles era de 20 años. Tal vez algunas personas tenían una pequeña sala de  proyección en su casa. Digamos que son el equivalente a aquellas personas que hoy tienen un jet propio.

De manera que si usted quería ver el estreno más reciente, su única opción era comprar la boleta e ingresar al respectivo teatro. Comprar la boleta  no es como ahora, que uno simplemente se conecta a la Internet y hace una transacción electrónica, o llama a un número telefónico y espera cómodamente en su casa. No. Podía escoger entre ir hasta  la taquilla y comprarla, o se tenía algún problema con esos, siempre podía  ir hasta la taquilla y comprar la boletas. Allí sería atendido por un taquillero dotados de un gigantesco rollo del cual iría rasgando tiquetes, La máxima innovación tecnológica la tenia algún teatro donde los tiquetes los rasgaba una máquina.  Y era altamente recomendable llevar sencillo porque –algunas cosas nunca cambian- jamás había vueltas.

Pero ya estamos en la taquilla. Ese era el premio de montaña. Y para llegar a él había que pasar por  una epopeya digna de héroes. La ¡FILA! Así, en mayúsculas y con exclamación. Porque, con el respeto que nos merece quienes hoy en día hacen guardia  dentro del centro comercial a la espera de un estreno, eso es un paseo comparado con lo que era acceder a la taquilla en tiempos pasado. La cosa era  tan dramática que amerita texto aparte. Así que nos vemos el jueves.
(Continuará)

martes, 17 de noviembre de 2015

Los talentos ocultos de Leonardo


El destino se manifestó a finales de la década de los 90. El mismo día en que se producía el estreno mundial de Titanic, también se dio el estreno absoluto de Silvi. Fueron muy diferentes. El de la película ocurrió en un glamoroso teatro, con alfombra roja, limosinas, fotógrafos y estrellas. El de Silvi, en la sala de partos de un hospital.

Cada debut, a su manera, trajo positivas consecuencias a los implicados. El del filme lanzó al estrellato a Kate Winslet y Leonardo DiCaprio, enriqueció a unos productores y garantizó premios y reconocimientos. El de la pequeña generó alegría entre parientes y amigos, y consolidó el trío de hijos de la familia con la presencia de la niña consentida.

Y se llamó Silvi –no Silvia, no Silvina, no Silvana– porque en opinión del flamante padres rimaba perfecto con el nombre de la abuela, Yovana. Pero Silvi Yovana quedó como referencia en el registro civil y la tarjeta de identidad, porque en su círculo cercano, mediano y lejano el segundo nombre nunca se usó.

La pequeña creció junto a cambios revolucionarios en la industria del entretenimiento. El video casero evolucionó hasta el DVD; los sistemas de televisión paga invadieron los hogares e Internet se convirtió en un canal para ver cine. Un día, por cualquiera de esto medios, “Titanic” ¡La película! captó la atención de la niña. Y a medida que pasó de niña a adolescente, el melodramático naufragio se le atravesó una y otra vez.

No sobra aclarar que el interés de Silvi por el filme de marras no tenía motivaciones náuticas, históricas o cinematográficas. Ella, al igual que millones de contemporáneas de todo el mundo, amaba platónicamente al protagonista. Y ella, al igual que millones de contemporáneas de todo el mundo, a medida que creció fue cambiando sus gustos por vecinos o amigos no tan meritorios, pero mucho más accesibles.

Entre tanto, el tiempo de estudiante de colegio terminó y, llego el momento de acceder a la universidad. Nunca fue gran estudiante, pero tampoco era mediocre. Era de esas niñas que cumplían sin destacarse, a veces con algo de trabajo pero nunca a nivel de desastre.

El asunto es que logró un desempeño aceptable en los exámenes de estado y en las pruebas de admisión de la universidad a la que aspiraba. El último obstáculo era la mitológica entrevista. Llegó con los temores heredados de mitos familiares e historias pasadas y presentes sobre interrogadores despiadados, errores fatales y detalles determinantes.

Iba, como no, disfrazada de ejecutiva, y previamente se había documentado de la actualidad  nacional e internacional. Sin embargo, algo no iba bien. Podía sentirlo. Hubo un momento en el cual Silvi dejó de mirar a su interlocutor y fijó los ojos en la pared detrás de él, con reproducciones de pinturas famosas. Una de ellas era La Monalisa.

El entrevistador notó que no lo miraban y para tratar de tranquilizar un poco a su nerviosa interlocutora le preguntó si le gustaba el arte. Silvi pensó que ese era el momento de ganar puntos y sin dudar un momento pronunció su sentencia de muerte académica.

- Sí señor, pero sobre todo La Monalisa, la que pintó Leonardo Di Caprio.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Encuentro con el ídolo


Desde ese día en que lo (o la) viste por primera vez en una pantalla, una revista o un escenario lejano se convirtió en tu ideal. Por eso fueron años coleccionando sus imágenes, pendiente de cada uno de sus movimientos. Atesorando en forma obsesiva todo lo que se relacionaba con él (ella). Cada entrevista, cada nuevo disco, cada recorte, cada producto que comercializaba su imagen o nombre.

Tenías tu cuarto empapelado con sus afiches. Tenías sueños románticos y hasta eróticos evocando su figura. Alguna vez lograste un autógrafo burlando todos los controles de seguridad. Era tu ídolo. Era tu estrella inalcanzable.

Pero claro, vas creciendo. Y el amor platónico da paso a los amores reales. Y quien fuera tu ídolo de juventud o adolescencia se convierte en una caja de cosas inútiles, destinada al cuarto de San Alejo, o a algún evento de caridad.

Y todo sería un hermoso recuerdo si no fuera porque la vida te la hace. Un día, por razón de tu profesión, de algún amigo común o de una desgraciada coincidencia lo conoces, o la conoces. Y entonces los vuelos de juventud se convierten en aterrizaje forzoso.

Lo primero que descubres es que él (o ella) es siempre más de lo que te imaginabas. Más flaco, más gordo, más arrugado, más peludo, más grosero, más bajito, más pálido y, sobre todo, más viejo.

Pero lo que te llega al fondo del corazón no es su aspecto físico, sino su humanidad. Es decir, cuando te das cuenta de que él (o ella) sí es un ser humano. Un ser humano que va al baño, que se molesta y trata mal a cualquiera que esté por ahí cerca (como el antiguo admirador que acaba de conocer), o que está preocupado por cosas tan prosaicas como el arriendo, la cuota del apartamento o la caída del cabello.

Ahora, no necesariamente es antipático, De hecho, puede ser un buen conversador. Así que tú evocarás, en un momento determinado, ese instante mágico cuando, burlando los controles de seguridad, lograste acercarte a él y obtener ese autógrafo que fue, por muchos años, tu más preciada posesión.

Y cometerás el fatal error de preguntarle ”¿Tú te acuerdas?

Y cuando el (o ella) carraspee, mire hacia el cielo y finalmente responda, “la verdad no, a mí esas cosas me pasaban todo el tiempo”, entenderás una cosa.

No es bueno volver realidad las fantasías.

martes, 11 de marzo de 2008

Nein verstand (no entender)

En los círculos universitarios era La Flaca. Mujer de inquietudes intelectuales y elaborado discurso, con apenas 20 años de edad. Favorecida por la naturaleza pese su trabajado desgreño, llamaba por igual la atención de compañeros y profesores. De hecho, las malas lenguas decían que era amante del catedrático de filosofía.
Al igual que cualquier intelectual en formación - y muchos en ejercicio - sus bienes materiales se limitaban a lo esencial. Vivir en el “hotel mamá” le garantizaba techo y comida, pero la familia apenas podía pagar la matricula en la universidad pública, más un subsidio para el tinto, el cigarrillo sin filtro y las fotocopias.
En tiempos normales, el déficit personal no era mayor problema. Pero estos no eran tiempos normales. Eran tiempos de Festival de Teatro. A La Flaca se le salían las babas de solo pensar en todas esas obras... que no podía ver.
Porque valían plata. Mucha plata. Ni siquiera renunciar al tinto durante el semestre, ingresar al heroico club de ex fumadores y “gorrear” fotocopias le permitiría asistir. Optó por la resignación del teatro callejero hasta que, esa noche. salió tarde de la biblioteca y se encontró con el profesor de Expresión en la fila del teatro.
Solo bastaron cinco minutos de conversación para que a La Flaca se le antojara entrar. Tan grande fue el deseo, que decidió dejar de lado las consideraciones de valor de género y utilizar recursos femeninos y sexistas. Es decir, coquetear.
Fue hasta la entrada de artistas donde improvisó cara de deseo, de hambre, de estudiante pobre, de avidez intelectual hasta que un alemán jovial y grandote le puso conversación. Mejor no le pudo haber ido. Era el director de la obra, que había salido a fumarse un cigarrillo y hablaba perfecto español.
La Flaca disparó toda su artillería, y entre palabras elogiosas y miradas sensuales conmovió al alemán, quien sin mayores ceremonias la guió hasta un puesto privilegiado en la sala. Primera fila. Se acomodó justo cuando subía el telón.
Un escenario sencillo. Una silla y una pared de ladrillos. Un solo actor. Un monólogo sin pausas... en alemán.
Y, en primera fila, una flaca sin audífonos para traducción, sin poderse mover de la silla y sin entender nada.
Fueron tres largas horas.