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miércoles, 3 de septiembre de 2025

Choque cultural contra un búnker de confort

Mire doctor, la verdad yo nunca pensé que iba a tener que consultar a un profesional como usted. Pero los nervios, el estrés, la angustia constante. Usted sabe. No entiendo. No sé cómo hacen que esto funcione. Sí, yo sé que yo no soy de aquí, que no se puede pretender que el trabajo, el estudio, la vida sea igual en todas partes. Pero es que no, no, no puede ser tan diferente.

Me avisaron. Hay que ser justos. Cuando salió la oferta unos conocidos me lo dijeron. Muy bueno, pero ojo. Eso es otro mundo. Debe ser el mar. Algo en las enormes extensiones de agua ralentiza la existencia. No solo con los océanos, pasa hasta con los ríos. Bueno, con los ríos grandotes. El ritmo de vida es otro. Yo pensé que lo entendía. Hasta me preparé mentalmente. Pero una cosa es la teoría y otra la práctica.

Mire, yo soy eficiente y efectivo. Llevo años perfeccionando estrategias para optimizar el uso de cada segundo. Creo y aplico eso de metas claras, objetivos exigentes pero razonables y, sobre todo,  resultados tangibles y oportunos. Salir constantemente de la zona de confort es mi derrotero laboral y mi filosofía de vida. Vengo de un sitio donde funciona así. Entonces llegó a esta ciudad a orillas del mar. A trabajar con esta gente. Todos agradables, educados, respetuosos, simpáticos. Todos muy tranquilos. Tranquilos, esa es la palabra. Pase lo que pase no se inmutan. No se aceleran. No se molestan. No se angustian.

Es todos los días doctor. ¿Qué pasó con el informe? No está listo. Como así que no está listo. Mañana o pasado mañana jefe. Lo estamos haciendo jefe, tranquilo. La primera vez quedé desconcertado. La segunda pedí una explicación. Lo estamos haciendo jefe, tranquilo. La tercera me molesté de verdad y subí el tono de voz. Lo estamos haciendo jefe, tranquilo. La cuarta amenacé con represalias. Lo estamos haciendo jefe, tranquilo. La quinta acudí a mi superior. Seguro lo están haciendo, tú tranquilo.

Así es con todo. Nada de lo que se necesita llega el día o a la hora que es. Lo interno va a paso de tortuga. Pero en cambio lo externo también. Los proveedores incumplen. Llamo a hacer el reclamo. Tranquilo. Eso se le despacha. En el banco no responden. Ni sí, ni no. Tranquilo, eso está en trámite. Con el gobierno pasan horas, días, semanas y la respuesta no cambia. Aquí tenemos tu caso. Tranquilo.

Y sabe qué doctor, no es solo lo laboral. Es en todo. Va uno de compras y nadie lo atiende. Cuando finalmente alguien presta atención hay que asegurarse de pedir con todo el detalle posible el producto. Llegamos a casa, abrimos el paquete y en vez de la olla nos empacaron un juego de vasos. Volvemos. Tranquilo, aquí te lo cambiamos. Nos empacan un juego de cubiertos. Retornamos airados y soltamos una diatriba sobre servicio al cliente. Sin mosquearse en lo más mínimo el personal de atención pregunta. ¿Y qué es lo que necesitas que te venda?

Contratamos un servicio de jardinería y arreglan el del vecino. Vamos a un restaurante y el mesero o mesera, sin perder jamás la sonrisa, nos trae algo que no pedimos. Llevamos un electrodoméstico al técnico. Se demora más de lo anunciado. Bueno, eso pasa en todas partes. Pero... ¿porque tengo que recordarle en cada visita cuál es el aparato que yo llevé y cuál es el daño?

Sí, los resultados finalmente llegan, Pero creame doctor, yo ya no soporto vivir en incertidumbre permanente. Mis nervios están a punto de reventar. Mi pareja en cambio se lo toma con calma. Mis hijos también. Yo no quiero afectar a mi familia y por eso averigüé por asesoría profesional. Aquí estoy doctor. Dígame. Usted que sabe. Usted que entiende. ¿Qué hago?

— Oye. Me distraje y solo escuché la primera parte. Pero tú tranquilo. ¿Cuál es el problema que tienes? 

miércoles, 9 de julio de 2025

Carrasposo

Un día ya lejano la prima Marta descubrió, horrorizada, que el primo Julio despachaba su afeitada diaria con el mismo jabón que lavaba manos, acompañaba ducha y atendía ocasionalmente otros servicios de aseo. Al advertir al pariente sobre posibles efectos negativos en la piel, este (o sea Julio) contestó que eso era invento de publicistas para vender lociones, cremas, espumas y menjurjes. Y remató con frase lapidaria, “a mí no me la va a ganar la sociedad de consumo”.

La conversación terminó pero la prima no se iba a rendir tan fácil. Todos los años, sin excepción, Julio recibió en Navidad y cumpleaños crema, gel o alguna variante para después de afeitar, de las que prometen sensación de suavidad y efecto revitalizante, sea lo que sea eso. Casi todas terminaron como regalo de última hora para terceros, donación a interesados o simplemente basura. El jabón seguía invicto.

Eso fue hasta tiempos recientes, cuando tuvo que renovar zapatos. Julio es de pata grande y presupuesto variable. Eso de calzar 45 tirando a 46 lo obligó a solucionar sus necesidades de calzado en comercios medio clandestinos ubicados en zonas industriales. Lo que hoy llaman outlets y antes se conocían como saldos e imperfectos. Allí encuentra dotación para sus kilométricos pies a precios bastante razonables.

Al final de la compra, mientras pagaba los tenis destinados a su relación con el piso hasta nueva orden la cajera hizo una extraña propuesta. “Tenemos crema para el cuerpo en promoción, ¿le interesa?” No le interesó, pero sí le pareció exótico que en el punto de fábrica de una fábrica de zapatos le ofrecieran tal producto. 

Fue el banderazo de una curiosa y monotemática ofensiva comercial. Siguieron los mensajes de texto. Los que vienen de esas listas de distribución en las que uno quedó automáticamente suscrito al pedir un domicilio, inscribirse en algún programa de fidelización o pedir una factura electrónica. O sencillamente al entregar datos inocentemente sin saber que terminarían en el mercado negro de bases de datos.

El hipermercado le envió información sobre el madrugón con precios especiales en la línea dermocosmética, definida por alguna inteligencia artificial como cuidado y mejora estética de la piel. De la droguería lo invitaban a probar una nueva marca de productos destinados al embellecimiento cutáneo. Durante un periodo no superior al mes, lo bombardearon con avisos de jabones, mascarillas, vitaminas, aerosoles y bloqueadores especializados en el pellejo del personal con su dosis de descuentos, obviamente,  imperdibles.

El primo descartó definitivamente explicaciones basadas en algoritmos durante una visita al centro comercial de siempre. Ahí, en un corredor, presuntamente peatonal, instalaron un quiosco provisional donde promocionaban, como no, cremas naturales para nutrir la piel. Y en el recién inaugurado mall (otro centro comercial pero con nombre gringo) el primer local ofrecía una amplia gama de marcas y productos para proteger, perfeccionar y suavizar la capa exterior del ser humano. Servicio unisexo y asesoría personal.

En plena temporada dermatológica, Julio se pasó la mano lentamente por el rostro como lo había hecho miles de veces a la largo de su vida. Por primera vez sintió algo áspero que obstaculizaba el movimiento y causaba cierta sensación incómoda, que nunca antes había notado. Podía ser su imaginación, pero...  

Aunque nunca lo reconoció, de repente se volvió prioridad rebuscar en el rincón de los regalos inútiles algún sobreviviente de los obsequios de la prima Marta para estrenarlo en la siguiente rasurada.

La sociedad de consumo había triunfado.

miércoles, 9 de abril de 2025

Tensa calma familiar en tiempos pretéritos


Nota de la redacción. Eran otras épocas. La educación en el hogar funcionaba con herramientas diferentes. Las madres amaban a sus hijos, pero también ejercían la más implacable autoridad. En ese contexto transcurre la historia que retomamos a continuación (con algunos ajustes menores) escrita a finales del siglo pasado.

El niño —necio e inquieto como todos— comete alguna travesura. Rompe algo. Daña algún objeto o documento importante. Asalta la nevera antes de tiempo, descompletando los postres. Realiza alguna actividad de esas que están explícitamente prohibidas, aprovechando la falta de supervisión. O combina, irresponsablemente, todas o parte de las anteriores.

El niño —inmaduro pero no bobo— sabe lo que le espera. La madre de turno cree en la pedagogía... del chancletazo. Y en los beneficios educativos de una buena cantaleta. O del regaño en vivo y en directo. 

Pasado el gusto inicial de la chiquillada, la picardía abre paso al temor. Él sabe que ella lo sabe todo. Que de alguna manera se entera de la totalidad de los hechos que ocurren en la casa, con sus respectivos autores intelectuales y materiales. Y que a cada uno le llega, tarde o temprano, su merecido.

Ese día, el pequeño condenado se las ingenia para evadir la justicia maternal durante la tarde. Pero al fin llega el momento inevitable: la hora de la comida. La madre aparece en el comedor, se sienta, lo mira a los ojos y...

Nada. No ocurre nada.

Al niño —inteligente pero desubicado— le falta mucho por aprender. Ignora que a veces los adultos tienen preocupaciones que, por un día o dos, lo mandan a él a un segundo plano. Que a veces, por la cabeza de la madre rondan inquietudes lo suficientemente trascendentes para cancelar o por lo menos aplazar un regaño.

El solo sabe que donde debería haber cantaleta hay silencio. Y en su mente infantil las sensaciones evolucionan con rapidez. Del desconcierto inicial se pasa al regocijo. Del regocijo a la curiosidad. De la curiosidad a la expectativa. Y de la expectativa... al miedo.

Porque las citas con la justicia no se evaden. Se aplazan. Y si no fue ahí, será mañana. O pasado. O mientras ve televisión. O cuando se esté graduando de bachiller. O el día de su matrimonio.  

Esa es la razón por la cual, en los días subsiguientes, el pequeño vive en un ambiente de tensa calma. Esperando el regaño. Pendiente de la cantaleta. Presto a evadir el primer chancletazo.

Y nunca recuperará del todo la tranquilidad a menos que llegue ese momento maravilloso cuando un grito rasgue el aire con su nombre y la pregunta ¡Quien (espacio libre para colocar una descripción de la travesura)!

El orden natural de las cosas habrá vuelto.

miércoles, 26 de marzo de 2025

Un susto de esos que asustan

 — Todos le tenemos miedo al algo. Otra cosa es si estamos o no dispuestos a reconocer ese miedo.

— Supongo que sí. Pero ya que usted puso el tema, ponga el ejemplo.

— Vale...

(Silencio estratégico mientras todos miran al interpelado).

— Al agua.

— No venga con cuentos, yo lo he visto nadando sin problema en río, mar y piscina.

— No, no estoy hablando de ese tipo de agua. Y como que escogí mal el ejemplo, porque no es un miedo permanente, sino un susto. Esperen pienso otro.

— ¿Ahora nos va a dejar con la duda? Termine lo que empezó. 

— Eso. ¿Hablamos del racionamiento? ¿De los efectos del cambio climático? ¿De las lluvias inesperadas? ¿De los gérmenes en agua sin hervir? ¿De las ollas de agua hirviendo?

(Segundo silencio estratégico. El interpelado sonríe).

— Creativo usted. Pero no es nada de eso. Es agua en bolsa.

— ¡Ja! Yo sabía que tenía alguna relación con el medio ambiente. Es por el plástico no biodegradable que amenaza el planeta, ¿cierto?

—Si me dejan seguir...

Okey. Hágale.

— Son esas bolsas grandes, de cinco litros. Las que se inventaron, creo, para recargar los botellones. Ahora que lo pienso, es una estrategia medio ecológica porque aumenta la vida útil de los botellones plásticos.

—Bueno, y cual es el miedo, o el susto, o lo que sea.

— Un día estaba en la tienda cerca de mi casa cuando una mujer, que se le notaba el afán, entró a comprar una bolsa de esas.

(Ahora el silencio es de los que escuchan).

— Cogió la bolsa del estante, pago y salió corriendo. Se subió al carro y arrancaron.

— ¿Y eso lo asustó?

— Es que todavía no explicó los detalles clave.

(Silencio estratégico número 3. El auditorio está completamente conquistado).

—¡Bueno, cuente a ver!

La compradora tenía uniforme. En principio no lo ubiqué hasta que vi el carro en el que se estaba transportando. Era un camión de bomberos. De bomberos de esos que apagan incendios. El camión era de modelo reciente, con todos los juguetes. Escaleras, mangueras, válvulas, gavetas...

(El auditorio espera, sin hablar, algo más que redondee la historia)

— Supongo que también tenía sirenas, aunque no oí nada. Eso sí, estaba lleno de luces. Luces rojas,  intermitentes, en la parte superior y en los lados. Y estaban encendidas.

Entonces la escena es la siguiente. Un camión de bomberos con luces de emergencia prendidas se detiene frente a la tienda. Una bombera baja con evidente afán y compra una bolsa de agua. Sale, se sube y el carro arranca a toda velocidad.

Eso asusta.