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miércoles, 2 de septiembre de 2026

El duelo

La rivalidad entre los dos deportistas se fue colando en la conversación hasta acaparar la atención nacional. Una larga lista de influenciadores, periodistas, promotores, publicistas y hasta políticos reclamaron la paternidad del descubrimiento, pero ninguno pudo demostrar haber sido el primero en hablar de lo que pasó de tema de conversación a tópico viral a obsesión de un país.

En la disciplina que practicaban ambos eran buenos. Muy buenos. Una primera verificación seria de sus antecedentes confirmó que estaban invictos hasta ese momento. Que habían hecho un recorrido similar el cual comenzó con enfrentamientos internos de clubes y siguió en la representación de los mismos a través de escenarios primero locales, luego regionales y finalmente nacionales con proyección internacional.

Las similitudes terminaban ahí.  Su estilo de juego, tácticas, y forma de abordar a los rivales de turno no podían ser más diferentes. El clásico (como lo llamaremos a partir de ahora) era una enciclopedia ambulante de cómo se había jugado, cómo se jugaba y cómo se jugaría. Reconocía cada acción de sus oponentes y aplicaba la estrategia de manual para neutralizarla. 

En cambio el creativo (a quien identificaremos así) era un genio para la improvisación. Generaba constantemente jugadas inesperadas, novedosas, sorprendentes, pero efectivas. Quienes lo enfrentaban siempre terminaban desconcertados en algún momento, normalmente antes de recibir el golpe definitivo. 

Si la forma de competir era dispar, en su personalidad también eran muy distintos. Clásico era hablador, extrovertido, algo prepotente, siempre con algún apunte dicharachero. Creativo, por fuera del campo de juego, se comportaba reservado, introvertido, poco amigo de hablar más allá de lo estrictamente necesario.

El uno prefería un vestuario tradicional, el otro exhibía un guardarropa definido por las tendencias de la moda. Clásico asumió gustosamente su papel de nueva estrella mediática y de redes sociales, mientras Creativo mantuvo —dentro de lo posible— perfil bajo y pocas apariciones públicas.

Sobra decir que los dos nunca se habían enfrentado. También sobra decir que cuando fueron escalando en logros deportivos y fama personal, la batalla deportiva entre los dos se volvió expectativa popular.

Curiosamente fue Creativo, el discreto, quien encendió la chispa. En una de sus escasas entrevistas dijo algo respecto a como algunos jugadores habían robotizado el deporte.  No dio nombres, no amplió la idea,  pero la oportunidad fue bien aprovechada por el ecosistema virtual y analógico. En pocas horas ya alguien le había dado cuerda a Clásico para que respondiera. Este no desilusionó a su público con algo así como es mejor ser robot que payaso. A partir de ese momento, el ambiente se calentó. 

Vainazo va y vainazo viene, debidamente amplificados por redes y comentaristas, finalmente llegó el día del esperado partido. Ambos arribaron acompañados de sus respectivos equipos de apoyo, tomaron sus posiciones y esperaron la señal del árbitro. Y entonces pasó… 

Todavía se discute quien dio el golpe inicial o qué fue lo que desencadenó la pelea. Lo cierto es que la partida terminó convertida en una batalla campal, donde primero los rivales y luego sus respectivos grupos de apoyo se trenzaron en un fenomenal intercambio de puños y patadas, televisado en vivo y en directo, hasta que alguien superó la estupefacción y ordenó cortar la señal.

Al fin y al cabo, nadie esperaba que una partida de ajedrez desembocara en algo como eso. 

miércoles, 27 de mayo de 2026

El nacimiento de una pasión

Tiene entre tres y cuatro años. Duerme. Empiezan los ruidos. Primero un rumor que, lentamente, crece en frecuencia e intensidad. Esa intensidad y la permanencia de los sonidos lo sacan, poco a poco, del mundo de los sueños.  Son voces.  Somnoliento, el pequeño se levanta de la cama en busca del origen del escándalo. 

El universo de Efra tiene varios habitantes permanentes. Él está todo el día con la señora grande a la que le dice mamá. Ella lo despierta. Lo baña. Lo viste. Le da de comer. Juega con él. Lo consuela cuando llora. A veces lo lleva donde otras señoras grandes y otros niños y niñas. O esas señoras y los niños van a su casa.

Por la tarde llegan los hermanos mayores. No son tan grandes como papá y mama. Se visten igual todos los días menos los sábados y domingos. Hablan con mamá de algo que se llama colegio. Ella le dice a Efra que en unos años él también irá.

Está el señor grande al que le dice papá. Ese que solo ve los fines de semana. A veces lo oye, de noche. Cuando están juntos le dice cosas que él no entiende. Lo alza y lo hace reír. Algunos fines de semana salen a pasear con la mamá y los hermanos mayores.

También hay tíos y tías. A Efra le gusta que vayan porque traen dulces y juguetes. Y porque llevan a los primos para jugar. Otra cosa que le gusta es ir donde los abuelos. La abuela es una señora con la cara arrugada. Siempre tiene cosas ricas para comer. El abuelo es un señor grande, pero no tanto como papá. Tiene la cabeza como un helado y muchos pelos en la cara. Habla poquito.

Los grandes nunca están todos juntos. Pero en la noche de los ruidos. Efra siguió la bulla hasta la sala del televisor. Ahí estaban. Todos con una camiseta del mismo color. Con banderas. Papá. Mamá. Hermanos, tíos, abuela, abuelo, primos. Hacían cosas raras.  Hablaban, pero no entre ellos, sino con el aparato de televisión. Más bien contra el aparato. Lo regañaban, lo insultaban, le rogaban. Se cogían la cabeza con las manos y vociferaban palabrotas que Efra nunca había escuchado. Había sillas pero se paraban a cada rato.  Uno de los hermanos se comía las uñas. El otro hermano se acurrucaba en un rincón del sofá con cara de susto. Los primos repetían un estribillo. Una tía parecía a punto de llorar.  

Efra no olvida lo que pasó entonces. Todos fijaron los ojos en el aparato, se levantaron. Pusieron cara de angustia, emitieron gritos ahogados. Decían cosas como dele, así, ese es, hágale, ahora, péguele. Hasta que las voces se integraron en una sola, con otra palabra que él jamás había oído. Gol.

No, no fue gol. Fue algo así como ¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOLLLLLLLLLLLLL!

Todos celebraron. A grito herido. Hubo abrazos. Saltos. Puños al aire. Metamorfosis de rostros preocupados a caras alegres. De repente Efra estaba en medio de la fiesta. Papá lo tenía alzado. Mamá lo besaba. Los tíos, tías, primos, hermanos, abuela, abuelo festejaban. Algo muy importante acababa de pasar. 

…Don Efraín ha visto muchos goles desde ese día. A favor y en contra. Jugó fútbol, lo siguió apasionadamente, coleccionó álbumes. Lo gozó, lo sufrió y ahora se prepara para ver otro mundial.

Pero nada supera los recuerdos borrosos e imágenes sueltas de esa noche. Sabe que fue un partido de la selección. ¿Amistoso?, ¿eliminatoria?, ¿campeonato? Ni idea. ¿Contra quién? Menos. ¿Importa? Para nada. 

Ese fue su primer gol de hincha. De tele hincha. Su primer éxtasis futbolístico. Así nacen las pasiones.

miércoles, 15 de abril de 2026

Extremo tardío

De tanto leer historias de aventuras a Gabriel le dio por vivir su propio gesta. No pudo dedicarse a la piratería en Malasia. No pudo buscar tesoros en islas escondidas. No pudo descender por un volcán camino al centro de la Tierra. Tampoco pudo enrolarse en el cuerpo de mosqueteros del rey de Francia.

El joven lector vivía lejos del mar, de los volcanes y de Francia. Los únicos Reyes que conocía eran la familia de enfrente. En cambio tenía cerca montañas dignas de exploración y recorrido. Así que un día escogió un cerro: se echó morral a la espalda con una muda de ropa, agua y comida; e inició su epopeya particular.

Como eso pasó hace 80 años, Gabriel trastoca muchos detalles cada vez que cuenta la historia. Pero hay partes que no cambian. Se perdió. La comida y el agua se acabaron. Estuvo deambulando un par de días, sin tener idea donde estaba, hasta el feliz encuentro con unos campesinos que lo devolvieron a la civilización.

La desastrosa experiencia y la muenda que le dio su papá por volarse sin permiso lo alejaron del mundo de la aventura. Mucho tiempo después surgió una industria a la que le pusieron deportes extremos. Actividades de alta exigencia física y cierto nivel de riesgo real para la salud del practicante. Aventuras a la medida. Actividades que a Gabriel nunca le habían interesado. Hasta ahora.

Como los años no pasan gratis, la cercanía al primer siglo de vida terminó por pasarle factura a la movilidad del sujeto. Para trayectos largos (cualquier salida de casa clasifica como tal) debe utilizar una silla de ruedas y, por ende, alguien que lo acompañe ejerciendo el verbo empujar. La labor se la turnan parientes, amigos, personal de atención y espontáneos. 

Los familiares, sobre todo los más jóvenes, tienen clara su prioridad. No es la silla. Es el teléfono. Trabajan a dos manos. Con una empujan y con la otra atienden una llamada o miran alguna cosa en el celular. En movimiento. Levantando ocasionalmente la mirada. Casi todo el tiempo. O todo. 

Los parientes más maduros o los amigos también hablan, pero con Gabriel. Son animadas conversaciones mientras recorren andenes y calzadas. Las anécdotas, las preguntas, los chismes, todo eso que implica un buen diálogo y que puede distraer (y lo hace) a quien, en la práctica, es responsable de la movilidad y seguridad del usuario de la silla móvil.

Otra situación. El pésimo estado de muchos andenes los convierte en una verdadera trocha repleta de obstáculos para los peatones. Y en vías intransitables para Gabriel y su paseador de turno. Entonces es inevitable bajar a la calzada. La misma por donde andan los carros. Los buses. Las tractomulas. Las motos.

Claro, existen rutas exclusivas para vehículos de tracción humana (o de baja velocidad) de dos o hasta tres ruedas. De vez en cuando se ve a Gabriel debidamente empujado mientras recorre esos caminos. A su lado pasan patinetas, motos eléctricas. corredores en entrenamiento y una que otra carreta de reciclador.  También muchas bicicletas. Por algo las llaman ciclorrutas. 

A estas alturas de la vida, Gabriel toma las cosas como vienen y siempre les busca el lado positivo. Por eso cada salida a la calle se ha convertido en un desquite de esa aventura fracasada en su ya lejana juventud. Porque sin ninguna intención (o quien sabe) los comportamientos de sus acompañantes o la realidad de la infraestructura urbana convirtieron las salidas en silla de ruedas en algo mucho más interesante.

Un deporte extremo.   

miércoles, 26 de noviembre de 2025

Una jugadita, por amor a Dios

No había pasado tanto tiempo. No, por lo menos, en opinión de García. Años antes y, más importante, unos cuantos kilos antes, tenía su rutina dominical.  Simple. Iba al parque público. Buscaba basketbolistas de fin de semana (domingos y festivos).  Dejaba ver su interés de participar para que lo escogieran. Existían estrategias. Saludar si encontraba alguien con quien ya hubiera compartido actividad deportiva. Integrarse a los tiros de calentamiento bajo el aro (mejor con balón propio). Poner cara de quiero jugar. 

Funcionaba.  El baloncesto era como una liguilla. Equipos de 3 o 4 personas. Cualquiera fichaba a García. Los partidos, en media cancha, iban a cinco puntos. Quien ganaba seguía en competencia. Quien perdía pasaba al final de la fila hasta que tenía otra oportunidad. Y así pasaba una tarde saludable de sol y ejercicio.

Pasaron meses, años y cambios. Noches de sábado demasiado agitadas. Otras actividades. Turnos laborales de domingo o festivo. La rutina semanal pasó a quincenal, mensual, esporádica... hasta que desapareció. 

Unos cuantos calendarios después del último partido vino la recomendación del médico. “Bájele al sedentarismo señor García. Métase a un gimnasio. Allí le definen una rutina adecuada para su edad y condición física. El resto es cuestión de disciplina”. Como se ve, el profesional de la salud no tuvo la culpa. El paciente tenía instrucciones claras. Solo debía seguirlas. No lo hizo. 

Él (García) ya sabía cómo, cuando y dónde hacer ejercicio. Así que el domingo siguiente se levantó temprano y después de rebuscar entre la ropa vieja se puso la pantaloneta. Curiosamente, su hermano gemelo hizo exactamente lo mismo. Se veía ridículo. Piernas fofas, piel color leche y bananitos sobresaliendo por encima de la cintura.  A punto de burlarse cayó en cuenta de dos cosas. Primera, él no tenía un hermano gemelo. Segunda, él sí tenía espejo de cuerpo entero, justo frente a su antiatlético (de la estética ni hablar) cuerpo. Plan B, pantalón de sudadera (color zapote, único disponible) y la también única camiseta ancha, verde fosforescente con estampado de campaña política.

Siguiente parada. El parque de siempre. Más o menos el mismo. Aunque en la versión que él recordaba los usuarios no eran tan jóvenes. Buscó un grupo que estuviera armando partidos. Se acercó al borde de la cancha y puso cara de quiero jugar, acompañada de una sonrisa seductora (deportivamente hablando).

45 minutos después, la expresión facial había evolucionado a modo súplica. Se armaron equipos. No lo incluyeron. Llego gente nueva y armaron más. Tampoco lo convocaron.  Veía como lo miraban a la distancia. Si era una persona, inmediatamente reorientaba los ojos, como quien busca otra alternativa. Si eran más, murmuraban algo entre ellos y reorientaban las miradas, como quien busca cualquier otra alternativa.

A estas alturas García entendió que tal vez ese no era su momento y que valía la pena revisar lo del gimnasio. Así que... se quedó esperando el milagro. Ocurrió. Ese grupo llegado a última hora necesitaba un jugador. No había nadie más. Sin mucho convencimiento, y tras lo que a lo lejos pareció una especie de discusión, se acercaron al hombre e hicieron la pregunta mágica: ¿Juega?

Sí, entró a la cancha. Sí, alcanzó a recibir y dar pases. Hasta tuvo un lanzamiento al tablero. Pero tras el primer salto vino ese apocalíptico dolor muscular en la pierna derecha (calambre, diría un coequipero). Así que jugar, lo que se dice jugar, no corresponde exactamente a lo que García hizo en ese par de minutos.

Cierto parque público tiene leyenda urbana. La del cucho que esperó toda la tarde para jugar baloncesto y se lesionó a los dos minutos. 

Algunos aseguran haberlo visto cotizando gimnasios. 

En el parque jamás lo volvieron a ver.

lunes, 30 de junio de 2025

La paradoja del cojo

Es 29 de junio y son casi las 11 de la noche. Acabo de ver, como por quinta vez, a un cojo hacer un gol. No en un evento paralímpico. En un partido de fútbol profesional. Esto, sencillamente no debió haber ocurrido.

Es más, el equipo del cojo no debería estar ahí. A lo largo del semestre se dieron todas las circunstancias para que no jugara ese encuentro. Como la lista es larga toca limitarse a hechos clave. Primero: echaron a su técnico y pusieron un provisional. “Interino”, que llaman. Y tapando el hueco mientras conseguían uno de verdad, este personaje logró que el plantel sumara buenos puntos. 

Cuando llegó el encargado en propiedad la racha ganadora terminó. Hasta poco antes de concluir la primera fase del campeonato jugadores e hinchas tenían un ojo en el juego y otra en la calculadora. Si no hubiera sido por lo que hizo el tapahuecos, los números no habrían alcanzado. Eso, sumado a la forma como jugaba evidenciaban un hecho, ese equipo no debía entrar a la siguiente fase. Pero de alguna manera le alcanzó.

Y como toda situación, por mala que esté, puede ponerse peor, dos jugadores de ese equipo pelearon entre ellos en uno de los pocos partidos que ganaron de forma contundente. Y cuando ya estaban clasificados, en la última fecha, un rival ya eliminado los goleó. A los suplentes, pero goleada es goleada. Aún así, lograron ingresar a la ronda siguiente, pero no había razones para que pasarán de ahí.

El asunto arrancó con lógica. Primer partido, de local, perdido. Luego venían dos de visitante, de esos en los que, por mucho, se podía aspirar a un empate. No debió ganar ni uno, pero ganó los dos, uno de ellos con un gol en el último minuto desde su propia cancha. ¿Será que pese a todo, se puede? No, lo siguiente fue  perder otro partido de local. 

En la última fecha su rival solo tenía que empatar para ser finalista. En todos los criterios era superior. Ese día debieron eliminar al equipo del cojo. No podía vencer. Pero lo hizo. 

Repaso rápido. El equipo de los tres técnicos, de la pelea pública entre ellos mismos, del técnico tapahuecos, del técnico oficial que casi no gana, de las derrotas de local en la semifinal se metió de finalista.

Y en la instancia definitiva, en el primer partido de dos, de local, empató y, hay que decirlo, pudo perder.  Seguía otro,  de visitante, en una ciudad donde el futbol es religión. Y contra un rival que era mejor. Y pasó lo que tenia que pasar, el equipo local anotó el primer gol.

Con todo y eso los del cojo hicieron un gol que empataba el partido y, de pasadita, la serie. Entonces vino la otra desgracia, El jugador más destacado de este equipo, su goleador, se lesionó. Quedó cojo. Sí, ese es el cojo al que nos referíamos desde un principio. 

Además, el técnico había hecho un cambio ingresando a otro jugador que no había tenido buen desempeño en el partido anterior pero en cambio, en otros partidos, tampoco. Llamémoslo el calvo. 

El cojo decidió hacer un último esfuerzo antes del cambio obligatorio por su lesión. Cojeando recibió un balón que como pudo le pasó al calvo. Ese que venía jugando mal corrió y a punta de fuerza, habilidad y velocidad entró al área donde le hizo un pase a su compañero que venía cojeando, rezagado, y…

Como es evidente que nadie en este equipo entiende aquello de la lógica, el deber ser de las cosas, las relaciones causa- efecto y como deben desarrollarse los hechos a partir de circunstancia objetivas, el cojo hizo un último esfuerzo con su pierna lesionada y anotó gol.

No cualquier gol. El gol definitivo. En una final. El que le dio el triunfo a su equipo. Y de visitante. Y gracias a esa paradoja un onceno que no debería haber disputado la final, es el campeón. 

El autor de las Amilcaradas ha sido hincha toda su vida de un club deportivo con camiseta roja que juega en Bogotá. Eso traduce en derrotas, fracasos, frustraciones, ilusiones perdidas, y demás historias tristes durante múltiples momentos de su existencia, reciente y pasada, con algunas excepciones.

Por eso no podía dejar pasar este hecho para abusar de la paciencia de sus lectores con esta pequeña historia que explica porque el fútbol es algo que va más allá de la lógica.

Tal vez no sea un milagro, pero se le parece bastante.

Contra toda expectativa, Independiente Santafé es campeón del primer torneo de 2025. Décima estrella.

 

miércoles, 4 de diciembre de 2024

Sueños de Gordito


Nota de la Redacción. Retomo un texto escrito en 1996. Tiempos donde los celulares solo servían para hablar por teléfono (o de repente ni siquiera existían, no me acuerdo), las cámaras fotográficas eran artefactos completamente autónomos, manipular una foto era posible, pero muy complicado y Maradona era ya una leyenda del fútbol, aunque algunos de sus logros con el balón estuvieron acompañados de un ligero sobrepeso. 

El Gordito es divertido, y hasta simpático. Pero eso no le quita lo Gordito. Por eso siempre hay un límite entre él y los triunfadores. Él se puede vestir igual, hablar igual, actuar igual. No importa. Su karma es ser el Gordito. El casi, pero no. Y eso, a él le duele.

Él tiene nombre aunque eso solo le interese a la Registraduría y a la Administración de Impuestos. Ni siquiera a su esposa, quien prácticamente solo lo llamó Eduardo el día en que se conocieron. De resto, su comunicación siempre giró alrededor de la palabra Gordito con múltiples variaciones. (Gordis, mi Gordo, Dogor, Gordon).

Al Gordito lo invitan a las fiestas, pero si no va, nadie se entera. Al Gordito las chicas siempre le han dicho que no cuando están cansadas, cuando no quieren bailar, o cuando aspiran a algo mejor. Y no sienten remordimiento. Al Gordito le dan la palabra en las reuniones de trabajo, pero aunque todos le oyen, pocos, o ninguno, lo escuchan. Y eso,  a él le duele.

En casa, la Chiqui saluda de beso a su papá. y se ríe cuando le hace cosquillas. Pero si tiene problemas con las tareas, le pregunta a mamá. Y si tiene problemas con la vida, le pregunta a las amigas.

El Gordito vive así su vida. Pero todas las noches, cuando su esposa y la Chiqui ya se durmieron, abre su álbum personal y mira esa foto que simboliza lo más importante que ha hecho en toda su vida.

Fue alguna vez que la Selección Argentina vino a Colombia, y él trabajaba como botones en el hotel donde esta se alojó. También fue una absoluta coincidencia, que justo a él le haya tocado llevarle las maletas a Maradona y que llegando a la habitación se hayan encontrado con un fotógrafo, colado al décimo piso, pese a las estrictas medidas de seguridad.

Pero el tipo alcanzó a disparar su cámara varias veces antes de que lo sacaran a patadas, y en una de esas quedaron, en la misma placa, el Gordito y Maradona.

Cuando él averiguó quien era el fotógrafo fue a pedirle una copia. Viéndola se imaginó, como lo hacía todas las noches, el siguiente cuadro.

Hay un montón de periodistas y gente importante observando las fotos. Están decidiendo que harán con ellas.  Las miran detalladamente preguntando con insistencia.

—¿Y que hacemos para quitar al gordito?

— ¿Pero quién es el gordito?

— Buena foto compañero, lástima el gordito.

Una especie de jefe, que aún no ha visto las fotos, no se aguanta la curiosidad y  pregunta.

— ¿De cuál gordito están hablando?

Todos se quedan en silencio y él fotógrafo responde.

— De ese que está al lado de Eduardo.

miércoles, 27 de noviembre de 2024

Dilemas paternales del Siglo XXI


Ni Papá, ni Mamá, ni abuelos, ni tíos, ni ningún adulto en la familia estaban preparados para esto

Vamos por partes. Como la vida invirtió los roles tradicionales en la pareja, la mayor carga en labores de hogar le tocó a Papá, mientras que el aporte económico principal le correspondió a Mamá. Por eso el tipo se involucró más en las actividades extracurriculares de sus tres hijas. Desde muy niña Claudia, la menor, demostró habilidad para la danza, destreza que se canalizó a través de una academia especializada en bailes tradicionales. Ya con la adolescencia pidiendo pista, la pequeña se había convertido en una  intérprete destacada como parte de los espectáculos que montaba la escuela.

Ese año, en particular, decidieron jugársela con el reto mayor. No solo adaptaron esa obra musical de profesionales, sino que le agregaron nuevos números. Contrataron uno de los teatros más importantes de la ciudad. Mediante promoción por medios tradicionales y novedosos, lograron que la boletería trascendiera el tradicional consumo familiar para extenderse, con localidades agotadas, al público en general.

Entre las funciones de Papá estaba llevar y traer a Claudia a la academia. La espera a la hora del regreso incluía tiempos muertos que el hombre ocupaba viendo goles de su equipo favorito (equipos, dice la tarjeta) en una tablet especialmente adquirida para ese fin. El asunto es que cuando la niña subía al carro y emprendían el camino a casa, cogía la tablet y miraba los mismos videos que su padre.

Un día, ella hizo alguna pregunta relativa al equipo, o al partido, o a ambos. Si algo extrañaba papá de su vida de soltero eran las largas conversaciones con los amigos sobre temas futboleros, tópico al que eran totalmente indiferentes su esposa y sus otras dos hijas. Así que respondió como hincha apasionado. El tema conquistó a Claudia, y el trayecto se convirtió en tertulia de balompié padre-hija. La situación pronto se extendió a otros escenarios, como ver juntos los partidos en televisión y hasta idas ocasionales al estadio.

Así pasaron unos cuantos años y llegamos al momento actual, cuando Claudia está en vísperas de debutar en las grandes ligas del espectáculo musical. Un día cualquiera le pide a sus padres un regalo muy especial. 

La niña quiere guayos.

Allí es cuando Papá y Mamá entienden algunos indicadores, como la creciente suciedad de tierra y pasto en los tenis, el uniforme de educación física y el de diario, junto con el incremento en los raspones de piernas y rodillas durante las actividades escolares. Su hija no solo se destaca como bailarina y es hincha del fútbol, sino que practica este deporte y quiere formar parte del equipo de su colegio.

Mamá en principio no le ve problema pero Papá sabe que las patadas no siempre son para el balón, sino que ocasionalmente son para la jugadora (con intención o sin ella). Eso sin contar otros riesgos como luxaciones, caídas, torceduras y demás complicaciones médico atléticas involucradas en correr tras la pelota en un campo de cesped y tierra. Le preocupa que la incipiente carrera futbolística de su hija se estrelle con o incluso frustre su ya avanzada y destacada trayectoria de bailarina. Y la verdad, no sabe qué hacer.

Mamá tampoco, abuelas tampoco, abuelos tampoco, tíos tampoco, amigos tampoco. La sabiduría acumulada solamente suma ignorancia ante un dilema del siglo XXI que involucra una pregunta sencillamente inexistente en la experiencia vital de ese personal.

¿La niña puede ser bailarina y futbolista al mismo tiempo?

miércoles, 7 de agosto de 2024

Las olimpiadas de El Vice


¡Comenzamos la transmisión  señoras y señores! El Vice se prepara para la primera competencia del día! ¡Comente, señor comentarista!

Gracias narrador. Vicente, o mejor, El Vice, sale de su apartamento en conjunto cerrado, piso 9.  Espera el ascensor en feroz disputa con el edificio del lado, donde una pareja hace otro tanto como se ve a través de la ventana. Siga usted narrador.

¡Los números indican que el elevador de El Vice toma la delantera! ¡Esperen, se detuvo! En el edificio del lado la máquina avanza hacia su meta! ¡El Vice mira con angustia! ¡Su máquina arranca de nuevo! Sube, sube, sube, ¡y llegaaaaa! Pero es superada por segundos desde la otra unidad. ¡Medalla de plata! Comente usted.

Falto planificación, sin duda. El Vice ya sabe a qué horas salen los vecinos, pudo haber previsto la detención del aparato arrancando un poco antes. Cortamos la transmisión y retomamos en la próxima justa.

Estamos de nuevo al aire. ¡El Vice se enfrenta a múltiples caminantes de ambos sexos¡ ¡Vienen a diferentes velocidades desde norte, sur, oriente y occidente! ¡El Vice acelera! Lo escuchamos, señor comentarista.

Hay que mantener la concentración para llegar primero a la meta. Los rivales también tienen claro el objetivo de alcanzar el paradero del bus. Lo que El Vice debe hacer…

¡Llega a los últimos 20 metros! ¡Y ahora acelera inesperadamente! ¡Rebasa al tipo del maletín que iba junto a él! ¡La estudiante que viene por la derecha tampoco reacciona! ¡El Vice llega a la esquina! ¡Cruza la calle! ¡Se acerca a la meta! ¡Va a llegar! ¡Va a llegar! ¡Llegoooo! ¡Tenemos un oro, de primeras en el paraderooooo! 

Como dije, lo importante es mantener la concentración. El factor suerte no se puede menospreciar, pues justo cuando tuvo que cruzar la calle no había carros. Nos vemos en el siguiente evento.

¡Aquí en directo desde el restaurante del almuerzo! ¡Los meseros traen la sopa simultáneamente y comienza la competencia contra el gordo de la mesa de enfrente! ¡Solo uno terminará en primer lugar!

El Vice debe tener cuidado. No es solo cucharear sino aplicar un planteamiento táctico que permita…

!Se quemó, señoras y señores! ¡Se quemó la lengua! ¡El Vice tomó la primera cucharada sin soplar y ahora respira aceleradamente por la boca intentando recuperar el gusto! ¡El gordo toma una cómoda ventaja! 

Es evidente el error táctico en la misma línea de partida. Y no es la primera vez que le pasa. En un partido reciente se atoró por pasarse una cucharada de arroz con pollo sin masticar bien y eso de nuevo lo relegó a posiciones secundarias. Confiemos en que los resultados de la tarde sean mejores.

¡Retomamos transmisión desde la reunión de oficina! ¡Todos cogieron su roscón de bocadillo y arequipe de la bandeja! ¡Queda uno solo! ¡Nadie presta atención a las estadísticas de ventas! ¡Todos tienen los ojos y el cerebro en la última figura circular, rellena y cubierta de azúcar! 

Recordemos que esta competencia tiene largada. Solo cuando el jefe autorice se puede tomar la última pieza de panadería. Por ubicación, solamente hay tres competidores con oportunidad real. El Vice, la practicante a su izquierda y el contador veterano, a la izquierda de la practicante. Su turno, narrador. 

¡Comienza la finalísima! !Jefe dice desocupen esa bandeja para que doña Rosita se la lleve! ¡El Vice, practicante y veterano se miran! ¡Tímidamente va colocando el brazo en posición estratégica! Jefe habla de metas a mediano plazo! ¡Aparece un brazo y agarra el roscón! ¡Esto es un palo, señoraaas y señoreees!

Sorprende desde el otro lado de la mesa. Mensajero demostró calidad y sentido de la oportunidad. Y eso que él, realmente no tenía que estar en la reunión. Pero supo aprovechar la duda de los mejor ubicados para alzarse con la medalla. 

¡Recibimos cambio desdeeee la ferretería! ¡El Vice se acerca al mostrador simultáneamente con el tipo del overol! ¡Al fondo aparece un dependiente! Qué posibilidades tenemos, señor comentarista.

Solo uno ganará. Veo las oportunidades muy parejas, realmente. Puede depender tanto del azar como de la actitud de los competidores. El que tenga más cara de cliente, será atendido primero. Siga usted narrador. 

¡El Vice levanta la mano para llamar la atención pero esperen! ¡Overol llama al dependiente! ¡El Vice también habla! ¡Overol pregunta un precio! ¡El Vice pide un producto con nombre propio! ¡El dependiente se acerca! ¡Aquí se decide todo estimados oyentes! Llega al mostrador y… ¡Atendió a El Vice! ¡Atendió a El Vice! ¡Atendió a El Viceeeee!

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- Hola Vicente, ¿como te fue en el trabajo hoy?

- Bien mi amor, ¿qué estás viendo?

- Los olímpicos, ven siéntate que están chéveres.

- No  mujer, a mí no me gustan las competencias.


miércoles, 21 de febrero de 2024

Seguridad ante todo

Fue mucho lo que debió ocurrir antes de que Maria Fernanda y José Alberto llevaran a Majita a la ciclovía dominical. Majita, por cierto, es diminutivo de Majo, que a su vez es acrónimo de Maria José, nombre cuyo origen no requiere mayores explicaciones.

Hija única en una generación de padres sobreprotectores, la vida de Majita transcurre en una burbuja de seguridad. Ninguna prevención es suficiente para alejar a la pequeña de riesgos reales, potenciales o ficticios. Cada detalle de su existencia viene precedido de planeación, acciones, adquisiciones y aplicación de medidas preventivas destinadas a neutralizar cualquier amenaza, por insignificante que parezca.

Cuando las condiciones de edad y coordinación motora permitieron ampliar el inventario lúdico de la pequeña con un vehículo de dos ruedas y pedales, hubo consulta previa. Incluyó a servicios de pediatría, psicología, pedagogía y mecánica; amigos varios y parientes. Hasta que la abuela, tan vieja como sabia, puso punto final con un “déjense de pendejadas y compren esa bicicleta”.

Adquisición que, por supuesto, demandó estudio de mercado, investigación detallada de implementos de seguridad, curso acelerado de ergonomía y repaso concienzudo de la normatividad vigente para la circulación de velocípedos. El edificio del apartamento que habitan Majita y familia tiene una especie de patio trasero, adaptado como parque. La adecuación incluye una estructura modular desmontable con rodadero y columpios, un tapete de gramilla artificial y un área ideal para recorridos cortos. 

En ese lugar —con casco, rodilleras, guantes y traje reflectivo— la pequeña astronauta dio sus primeros pedalazos en un vehículo dotado de ruedas auxiliares. En menos de una hora el sistema de entrenamiento era carga inútil y la niña rodaba a velocidad creciente por el parque interno. Todo, claro, debidamente acompañada por papá, por mamá o por los dos.  En cuestión de días se hizo evidente que la Mariana Pajón en miniatura necesitaba más espacio. Por suerte, la ciudad contaba con una ciclovía dominical donde se cerraban amplios sectores de calzada al tránsito vehicular, dejándolas para uso exclusivo de caminantes, patinantes y pedaleantes.

Antes de dar el paso, había que anticipar cualquier eventualidad. Majita pasó horas aprendiendo conceptos básicos de tránsito como el uso del carril adecuado, el significado de señales y semáforos, cuando parar, cuando pasar, cuando ceder el paso, cuando girar y hasta límites de velocidad. Superada la fase de capacitación finalmente llegó ese fin de semana en el cual la pequeña hizo su debut en la ciclovía, 

La niña encabezaba la caravana, flanqueada por dos parientes (reclutados a última hora) a lado y lado. Cerraban Maria Fernanda y José Alberto. El sol brillaba, Majita pedaleaba, los demás trotaban, los padres se preocupaban, los parientes se divertían. Lentamente papá y mamá comenzaron a relajarse ante la obvia destreza de su hija, complementada con los elementos de protección personal.

Majita no tuvo la culpa. Ella se limitó a hacer lo que le enseñaron: parar, antes de las líneas blancas dibujadas en el piso, cuando el semáforo pasó a rojo. La madre, despistada en una conversación con su pareja, se enredó con la llanta trasera de la cicla de su hija, perdió el equilibrio y camino al piso se agarró del padre, quien superado por la inercia su sumó al aterrizaje forzoso. Resultado: pareja en el pavimento, ropa rasgada, brazos raspados, hija desconcertada y público risueño, comenzando por los parientes.

Seguridad ante todo.

miércoles, 20 de septiembre de 2023

Ficha tocada, ficha movida


Esta amilcarada en particular se encargará de indagar en línea sobre la pertinencia de algunas expresiones populares y su proyección universal… Si todavía me queda algún lector después de ese ladrillo que acabo de escribir, toca decir la verdad. Tenía un tema que parecía buenísimo pero, como la realidad opina distinto, me tocó armar el sancocho que va a continuación y —pésima idea— dármelas de serio.

Iba a empezar con una norma del ajedrez familiar y de amigos que se resumía en cuatro palabras lapidarias: “ficha tocada, ficha movida”. De ahí en adelante me iba a referir a otras frases igualmente célebres que acompañaron la infancia, la adolescencia y la juventud, como “por mí y por todos”, “lo soplo” (en el parqués) y no sigo con la lista porque un pequeño detalle se tiró el tema.

“Si el jugador a quien le toca mover toca sobre el tablero, con la intención de mover o capturar una o más piezas propias, debe mover la primera pieza tocada que se pueda mover”; Reglamento de Ajedrez de la FIDE (Federación Internacional de Ajedrez). No era un invento familiar, no era una decisión arbitraria del grupo de amigos, sino una norma debidamente establecida, codificada y aplicada por autoridad competente. Cuando se descubren esas cosas, todo el sistema de creencias empieza a tambalear.

Ya entrado en gastos, opté por darle una oportunidad a “Por mí y por todos”, la frase más temida en el juego de escondidas. Con esta me fue mejor: solo aparece en internet como el nombre de un disco grabado a finales del siglo pasado con música de los años 80 por un grupo que desapareció a principios del siglo XXI; y como parte de algunas referencias bíblicas.

En cambio soplar, en vez de limitarse a la técnica de modelamiento del vidrio, la expulsión de aire a través de la boca o la entrega ilícita de información al compañero de aula durante una prueba académica, sí es una jugada establecida para el parqués. Aunque, cabe aclarar, al estilo colombiano.

A estas alturas se me ocurrió pegarme de aquello del estilo colombiano para salvar la patria, Y me acordé de cuando aprendimos que si algo de comida se caía al suelo, podíamos contar hasta cinco antes de recogerlo y llevarlo a la boca sin riesgo. Nuevamente la web se encargó de desmentir esta creencia. Pero ese no fue problema, ni la gran cantidad de alimentos poco higiénicos que hemos consumido en diversas épocas de la vida. El problema es que han sido universidades y centros de estudio gringos y europeos quienes han liderado las investigaciones para desmentir este mito universal. La regla (falsa) de los cinco segundos no es patrimonio nacional..., sino de la humanidad

A punto de archivar el tema en el apartado de esto no va para ninguna parte, me jugué el as. Colombia es un país cafetero.  El grano fue la base de nuestra economía muchos años. Tomarse un tinto (así lo llamamos) es costumbre para comenzar el día en ciudad y campo, recargar energías en el trabajo o acompañar una conversación. Pero ni aún así podemos atribuirnos el remedio casero de utilizar café para frenar hemorragias. Porque si así fuera, ni el Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos, ni la universidad de Valencia, España, habrían dedicado sendas investigaciones y artículos para advertir sobre lo equivocado y riesgoso de este remedio casero que, por cierto, también cuenta con defensores en México y Perú.

Entre indagaciones y reflexiones descubro que llego al final de un texto que arrancó con un tema inadecuado el cual, sin embargo, me negué a soltar pese a tener todo en contra.

Fue como en el ajedrez: ficha tocada, ficha movida. 

miércoles, 5 de julio de 2023

Curso de colisión


Nota de la redacción. Los últimos cuatro párrafos de esta amilcarada son la narración de un testigo ocular de un hecho real ocurrido en Bogotá. El resto es producto de la imaginación del autor. ¿O no?

El ciclista, que de aquí en adelante se denominará Ciclista, se levanta temprano. bebe un jugo de naranja preparado por la empleada y reforzado con proteína deportiva. Se viste con maillot corto de carreras,  culote con bolsillos ergonómicos (prenda que se ve como bicicletero, se pone como bicicletero y se usa como bicicletero pero es muchísimo más cara que un bicicletero)  y se calza las zapatillas de suela de carbono y cierre en velcro.

El vendedor, que de ahora en adelante se denominará Vendedor, despierta en medio de la oscuridad y recalienta el tinto con panela preparado la noche anterior. Se pone uno de los dos viejos bluyins, las dos camisetas regaladas en eventos políticos de ideologías opuestas y la chaqueta de origen incierto pero indudablemente útil para enfrentar los fríos mañaneros.

Ciclista sube a su vehículo de marco de carbono sobre medidas con 12 velocidades, suspensión de aire y frenos de disco. Tras ponerse el casco de poliestireno expandido (icopor) y fibra de vidrio, revisa su teléfono y confirma que los demás miembros del club salen hacia el punto de encuentro para el recorrido de ese día. 

Vendedor toma el primero de los 4 buses que debe transbordar para llegar a su destino. Tras verificar la ausencia de autoridad se salta la registradora. Aunque aún no amanece, la estación ya está congestionada de personal que, como él, busca sus ingresos al otro lado de la ciudad.

Ciclista y sus amigos inician el tradicional pedaleo por zonas semirrurales con tramos en plano, subida y curva, acompañados por la seguridad en la camioneta del asesor del Congreso, vehículo que a veces ejerce como carro escoba cuando el físico de alguno de los biciusuarios no responde adecuadamente.  

Vendedor alcanza la primera parte de su destino, la bodega donde le entregan en consignación los productos para ofrecer en la vía. Con su mercancía disponible, se cuela de nuevo a la estación más cercana para llegar al paradero final. De ahí en adelante, camina 10 cuadras hasta su punto de venta.

Ciclista y sus amigos culminan el recorrido del día y cada uno parte hacia su respectivo destino. Ciclista ese día trabajará desde casa, así que toma una ciclorruta en su ruta de regreso al hogar-oficina. 

Vendedor, al lado del semáforo, inicia su rutina. Semáforo en rojo, recorrido rápido entre los carros ofreciendo productos. Sabe exactamente cuando debe quitarse y retornar a la ciclorruta, donde espera hasta el siguiente cambio de luces para retomar la estrategia de ventas.

Ciclista no va muy rápido cuando suena el celular. No acelera ni se detiene mientras manda la mano al bolsillo ergonómico, saca el aparato y atiende la llamada. Con una mano sujeta el manubrio y con otra mantiene el teléfono en la oreja mientras atiende la -al parecer- inaplazable comunicación.  Vendedor negocia uno de sus productos con un conductor, lo cual le quita unos segundos al retorno a la zona de seguridad. Ademas está verificando la plata, por lo que no levanta la mirada como siempre lo hace. 

Vendedor y Ciclista se desconectan por una fracción se segundo y de repente están frente a frente. El de los pedales no logra reaccionar a tiempo para frenar o esquivar. El comerciante callejero duda entre quedarse quieto o quitarse. El choque es inevitable. Ciclista y teléfono al piso. Vendedor no se cae pero mercancía y plata vuelan.  Ninguno se preocupa por el otro. Ciclista se levanta, recoge su aparato de comunicación, verifica si la bicicleta funciona y se va. Vendedor, por su parte se dedica a recoger su mercancía y su plata. 

Unos metros atrás viene el Ciclonauta, a quien el vendedor le da pie al decir algo así como… “es que el tipo venía hablando por teléfono”. El Ciclonauta, sin detenerse, comenta en voz alta “se encontraron los dos despistados”.  Mientras se aleja oye el contraataque del vendedor, algo así como “usted no sea sapo”.

Hasta razón tendrá.

miércoles, 19 de abril de 2023

Llegaron los extraterrestres


Hace unas semanas alguien anunció con fecha y detalle la llegada de los extraterrestres. Como suele pasar en esos casos, no llegaron el día anunciado, no llegaron al otro día y no han llegado todavía. Bueno, eso es lo que el mundo cree. Pero el Ciclonauta sabe que no es cierto. Ellos están aquí. Por sí las dudas, ellos son los extraterrestres. No es claro a qué vinieron, pero sí la evidencia de su presencia en la tercera roca del Sol. 

Y también por si las dudas, el Ciclonauta no se llama así, pero anda en cicla (bici, para los más jóvenes). De ahí el seudónimo.  Vive en Bogotá, ejemplo mundial por su red de ciclorrutas. Ciclorrutas abundantes y planilladas dentro de los proyectos de movilidad. Ciclorrutas para andar en cicla. Por lo menos en teoría.

Usuario veterano del sistema, tuvo que compartir con peatones despistados y otros el espacio “exclusivo” de los ciclistas. Aunque incómodo, el asunto tenía su explicación. Era algo nuevo, la gente no tenía muy claro eso de zonas solo para pedalistas y, es de reconocer, con el paso del tiempo cada uno cogió su carril.

Y entonces llegó la pandemia.

En Bogotá, una de las consecuencias fue que la administración, “cicloexpropió” amplios segmentos de la calzada que eran de uso automotor. Dicho de otra forma, le quitó carriles a los carros y se los dejó a las bicicletas. El Ciclonauta insiste en este punto. ¡Se los dejó A LAS BICICLETAS! En las vías instalaron separadores (temporales o permanentes) para garantizar su uso exclusivo -en espacios con anchos de entre uno y tres metros- por parte de los velocípedos y algunos híbridos como ciclomotores y patinetas. 

El Ciclonauta agrega que los andenes no perdieron un centímetro. Es más, en algunos lugares se recuperaron en la medida en que ciclorrutas que compartían espacio con peatones pasaron a la calzada. Incluso hay sitios donde las opciones para caminar, trotar, correr o saltar en un pie incluyen algún tipo de parque lineal.

Pero un día, sobre esa área reservada a los pedalazos y las ruedas empezaron a aparecer unos extraños seres. Jóvenes, ellos y ellas. Vestidos con ropa deportiva, al parecer de marca. Casi todos encascados en audífonos, preferiblemente inalámbricos. De mirada perdida. No pedaleaban. Trotaban. A veces con perro. Trotaban sin importarles la abundante señalización que marcaba el área como de uso exclusivo para ciclistas. Trotaban pese a disponer de andenes -muchas veces enormes- a ambos lados de la calle, carrera, autopista o avenida. Andenes vacíos, diseñados, construidos y concebidos para peatones. Pero ellos trotaban incluso por la ciclorruta al lado del parque lineal y por la ciclorruta de andén compartido con amplio espacio para peatones, ignorando olímpicamente los avisos, letreros y dibujos (hasta en el piso) que delimitan esos espacios.

El Ciclonauta intentó comunicarse. Acepta que a veces el tono no fue el mejor. Pero sus mensajes de “le regalo dos andenes”, “al lado tiene un parque pa’ que trote”, “esto es pa’ bicicletas”, o  “quite de ahí despistado” no fueron acogidos y posiblemente ni siquiera escuchados por aquello de los audífonos.

Él no entendía porque algo obvio como que una ciclorruta no es una pista de trote escapaba a la comprensión de estos personajes. El mensaje era tan claro que hasta los niños lo captaban. Y una noche de desvelo llegó la epifanía. Por supuesto. Los que no entendían eran ellos. No entendían el concepto de bicicleta, el concepto de espacio exclusivo, el concepto de andén, el concepto de calzada, el concepto de ruedas.

Como los terrícolas llevan décadas – siglos, en el caso de la rueda – manejando esos conceptos la explicación se hizo evidente. No son terrícolas. Vienen de otro planeta. Alerta mundo, los extraterrestres están aquí. Trotan por las ciclorrutas de Bogotá. La invasión ha comenzado.

martes, 19 de septiembre de 2017

87 infracciones por 15 kilómetros. Todos somos responsables

No fue mucho tiempo. Más o menos 90 minutos.

La distancia tampoco era demasiado larga, un poco más de 15 kilómetros.

Pero les alcanzó.

El observador, que también era protagonista, contó 87.

87 infracciones a normas de tránsito.

De entrada se destaca lo igualitario del asunto.

Equidad de género en su máxima expresión.

Hombres y mujeres por igual ignorando las leyes vigentes.

En edad, predominio de la juventud.

Aunque como el universo también era de juventud predominante, no fue realmente una tendencia diferencial.

Tampoco es tan complicado como suena.

Eso sí, todos tenían un elemento en común.

Eran ciclistas o como se les dice ahora, biciusuarios.

En ejercicio, es decir pedaleando hacia sus respectivos destinos.

Por lo temprano de la hora (de 7 a.m a 8.30 a.m.) se presuponen destinos laborales o académicos.

Y… cuáles fueron las infracciones.

Básicamente tres.

Muchos no tenían casco.

Aunque, hay que ser justos, una parte de los infractores sí lo tenía.

Pero no estaba en la cabeza.

Estaba colgado del manubrio, sobre la parrilla, pegado al morral, colgado debajo de la barra.

Supongo que eso es lo que llaman tendencia.

La otra es una total ignorancia del concepto de semáforo.

Para muchos, este artefacto es una especie de árbol de Navidad encargado de mantener el espíritu de las fiestas vivos durante todo el año mediante un juego de luces.

Porque independientemente del color de turno, no paraban.

Hablar de irrespetar sería generoso. No se volaban el semáforo. Lo ignoraban.

Ignorancia que en algunos casos incluía cruces suicidas. Y el más suicida de todos, equidad de género. Sí, fue una mujer que evadió por centímetros al carro que casi la atropella.

La otra infracción reiterativa a lo largo del recorrido fue invadir las zonas que no son para ciclistas.

Porque esta historia transcurrió en un trayecto que, en su totalidad, tiene ciclorruta demarcada y delimitada.

En un andén donde está claramente señalado el espacio de los peatones, que más de una vez fue visitado por los ciclistas.

Con una calzada para carros, que más de una vez fue visitado por los ciclistas.

Con un carril de ida y otro de vuelta cuya orientación parecía carecer de importancia para algunos, que constantemente cambiaban al carril que iba en sentido contrario.

Si estaba ocupado o no, eso carecía de importancia.

Y esas no las conté entre las 87 infracciones.

No son 87 infractores, unos cuantos repitieron.

Y esta historia, que es real, pasó en los mismo días en que biciusuarios indignados clamaban por seguridad y protección contra robos y accidentes.

Y quien la narra es un ciclista que de puro desocupado decidió contar las infracciones que veía de parte de sus colegas.

Porque aquí no hay buenos y malos.

Todos somos responsables.

jueves, 6 de abril de 2017

Yo pregunto, yo contesto

El periodista de turno habla con su fuente sobre cómo controlar el peso con una dieta basada en frutas y verduras. Si el entrevistado es un experto, por ejemplo un nutricionista, las preguntas serían algo así como esto: ¿Qué ventajas tiene para la salud restringir el consumo de harinas y aumentar el de frutas y verduras?  ¿Cuáles son las frutas y verduras más saludables?

Las preguntas parten del principio de que esta dieta es ideal. Pero a veces el interpelado se sale del libreto. Por ejemplo señala que estudios recientes cuestionan la tradicional satanización al consumo de grasas y harinas. Lo que podría esperarse es que ante la modificación en la idea original, la entrevista tome otro rumbo.

Pues no.

Aquí nos referimos a un estilo particular de periodismo. Aquel en el cual el periodista hace entrevistas donde la única respuesta que le sirve es la que él espera. En la que se dedica a manipular, acosar o silenciar a la fuente hasta que ella diga lo que él comunicador espera escuchar. Yo lo llamo periodismo de autoafirmación.

Aparece en cualquier área. En la cultura. Los reporteros altamente especializados montan sus entrevistas en un código casi que críptico, que solamente entienden él, la fuente y un selecto grupo de personas, todos intelectualmente privilegiados.

Así, en vez de simplemente consultar a un escritor sobre sus influencias, el entrevistador da la obra, el autor, la página y el párrafo de donde su entrevistado “sacó“ la idea. La cosa suena prepotente, pero es aceptable. El lío viene cuando el entrevistado niega la influencia. Vendrá una catarata de preguntas repletas de referencias para demostrar que él (el escritor) sí tiene esas influencias, aunque él (sí, el escritor) no lo sabía.

Otro escenario es cuando la fuente debe responder por algún hecho ilegal o inmoral.  Hasta ahí todo bien: los personajes  públicos y no tan públicos deben dar su versión de hechos que afecten a la sociedad. Pero en el periodismo de autoafirmación, la fuente está condenada de antemano y la entrevista solo sirve si hay un “mea  culpa”. Es una sucesión interminable de ataques disfrazados, camuflados como preguntas. Solo terminará cuando la fuente “confiese” o corte la conversación.

Este estilo no es novedoso. Mi memoria ubica ejemplos en transmisiones radiales de fútbol del siglo pasado. Era costumbre buscar a los protagonistas y hacerles preguntas relacionadas con su desempeño.  Con “diálogos” como los siguientes.

Periodista: Felicitaciones por la forma en que engañó al defensa.  Usted permaneció agazapado detrás y solo corrió para desmarcarse cuando presintió que venía el centro, lo que le permitió elevarse y cabecear para anotar el primer gol.
Futbolista. Sí, fue un bonito gol.
Periodista: ¿Y ahora qué viene? El próximo partido es fundamental para las aspiraciones de su equipo. Una victoria los pondría a las puertas de la clasificación pero una derrota los llevaría a una situación comprometida.
Futbolista: Hay que seguir trabajando... 

martes, 21 de febrero de 2017

Inaceptable en nombre de la estética

Porque es lo que no estoy dispuesto a tolerar; porque es aquello que me ofende, me desagrada, me molesta y se imprime en mi mente como mal recuerdo, evocación de pesadilla e imagen ofensiva, porque aquello que personalmente me agrede es…

Esperen, primero pongamos las cosas en contexto, como dicen ahora. Está muy bien eso de que la gente –bueno, una parte– deje su carro en casa o abandone el transporte público y se cambien a la bicicleta.

Es mucho mejor cuando el Estado se preocupa por crear una infraestructura para que el personal utilice sus vehículos de dos ruedas a tracción humana. De hecho, yo soy uno de esos, es decir que no hablo de lo que me contaron, o lo que rebotó en alguna cadena cibernética. Por eso me siento autorizado a decir que evidentemente la idea es buena… pero…

…pero las vías especialmente dotadas no están en el mejor de los estados cuando no son verdaderas ciclotrochas.

...pero muchos de los usuarios son tan o más patanes que cualquier energúmeno en carro, atarván en moto o chofer de bus en la peor de sus versiones.

…pero en ciertos horarios no solo hay que lidiar con una congestión digna del más bravo de los trancones, sino con ciclistas suicidas que se atraviesan a estilo kamikaze o se vienen en contravía jugando a la gallina, lo cual es muy complicado cuando la gallina (y por ende el que se tiene que quitar) es uno.

…pero las ciclorrutas son invadidas por peatones despistados; bicicletas que se ven como motos, andan como motos y estorban como motos; perros solos y otras bestias que sacan a pasear sus perros justo por ese tramo; y madres que ignoran la diferencia entre una cicla y un coche para bebé (no sabemos si el bebé está de acuerdo).

¿Pero saben que? Todo lo anterior se perdona. Son procesos de aprendizaje. En cambio lo que no es aceptable es ese espectáculo antiestético, desagradable y vulgar del joven ciclista que nos sobrepasa, y nos obliga a verle los calzoncillos.

No sé qué motivo, razón o circunstancia –gracias, profesor Jirafales – lleva a creer a las nuevas generaciones que la ropa interior es exterior. Tampoco sé por qué existiendo camisa, suéter, chaqueta u camiseta lo suficientemente largos, insisten en utilizar versiones cortas que dejan al descubierto aquella zona donde la espalda pierde su casto nombre y comienza otra zona que le ofrece al desafortunado ciclista de atrás, durante buena parte del trayecto, un panorama de, horror, calzoncillos de marca, estampados o de colores.

En nombre de todo lo que es sagrado, y de una mínima consideración estética, tápen eso, por favor.

martes, 20 de diciembre de 2016

Reciclaje triunfalista

Ahora que Santa Fe obtuvo su novena estrella los hinchas del rojo expresan (expresamos) nuestra alegría de diferentes maneras. Proliferan en las redes sociales los mensajes conmemorativos. El que transcribo al final de esta nota sería uno más si no fuera porque algún cable se cruzó y el autor terminó subiendo, además del texto final, el borrador y las correcciones previas. Y todo parece indicar que la nota inicial había sido preparada para otro triunfo que, finalmente, no se dio. Juzguen ustedes.

(¿Borrador?) “Hemos triunfado. La voluntad popular del pueblo colombiano abrió la puerta a un nuevo país que construiremos entre todos. Aprovecho esta tribuna para convocar a todos los colombianos sin distingo de edad, género, ideología o raza a unirnos en una sola expresión con el fin de trabajar juntos para dejarle un mejor país a nuestros hijos.  Es para ellos, para las futuras generaciones que se ha firmado este acuerdo, ratificado en las urnas. Es momento de dejar atrás los rencores y diferencias levantados a lo largo de esta campaña. El reto apenas empieza. Lo que viene de ahora en adelante es un desafío histórico. Múltiples escenarios esperan para hacer realidad ese sueño tantas veces aplazado de tener un país en paz. Adelante Colombia. No exageramos al decir que la victoria del Sí en el plebiscito es la puerta de entrada al futuro de nuestra Nación”
…..
(¿Correcciones?) Hemos triunfado. La voluntad popular (cambiar esto por la disciplina, constancia y tesón) del pueblo colombiano (cambiar por  jugadores y cuerpo técnico) abrió la puerta a un nuevo país que construiremos entre todos (cambiar por para sumar un título a  la histórica galería de nuestro equipo)

Aprovecho esta tribuna para convocar a todos los colombianos (cambiar por santafereños), sin distingo de edad, género, ideología o raza a unirnos en una sola expresión con el fin de trabajar (cambiar por celebrar)  juntos para dejarle un mejor país (cambiar por gran recuerdo) a nuestros hijos.  Es para ellos, para las futuras generaciones (cambiar por los sufridos hinchas rojos) que se ha firmado este acuerdo, (cambiar por se ha logrado este triunfo) ratificado en las urnas (cambiar por las canchas)

Es momento de dejar atrás los rencores y diferencias (cambiar por momentos difíciles) levantados (cambiar por presentados) a lo largo de esta campaña. (agregar lo importante es que somos  campeones)

El reto apenas empieza. Lo que viene de ahora en adelante es un desafío histórico Múltiples escenarios (agregar deportivos) esperan para hacer realidad (cambiar por ratificar frente a otros oncenos) ese sueño (cambiar por el triunfo alcanzado) tantas veces aplazado de tener un país en paz (cambiar por y llevar la grandeza futbolística del león más allá de las fronteras). Adelante Colombia (cambiar por Santa Fe). No exageramos al decir que la victoria del sí en el plebiscito (cambiar por la novena estrella) es la puerta de entrada al futuro de nuestra nación (cambiar por a mayores glorias en las canchas de Colombia y el mundo). (Agregar Dale  Rojo, te amamos con todo el corazón)
………….

(¿Final?) Hemos triunfado. La disciplina, constancia y tesón de jugadores y cuerpo técnico abrió la puerta para sumar un título a la histórica galería de nuestro equipo.

Aprovecho esta tribuna para convocar a todos los santafereños, sin distingo de edad, género, ideología o raza a unirnos en una sola expresión con el fin de celebrar juntos para dejarle un gran recuerdo a nuestros hijos  Es para ellos, para los sufridos hinchas rojos, que se ha logrado este triunfo, ratificado en las canchas.

Es momento de dejar atrás los momentos difíciles presentados a lo largo de esta campaña. Lo importante es que somos  campeones.  El reto apenas empieza. Lo que viene de ahora en adelante es un desafío histórico. Múltiples escenarios deportivos esperan para ratificar frente a otros oncenos el triunfo alcanzado y llevar la grandeza futbolística del león más allá de las fronteras.

Adelante Santa Fe. No exageramos al decir que la novena estrella es la puerta de entrada a mayores glorias en las canchas de Colombia y el mundo. Dale  Rojo, te amamos con todo el corazón.

martes, 30 de agosto de 2016

Deportista de portada

Ese país tuvo una figuración inesperadamente buena en los campeonatos mundiales de atletismo. Los cantantes, actrices, héroes de reality, presentadoras y modelos quedaron momentáneamente out. Lo in pasó a ser el deportista de élite con su historia de sacrificio y superación y, lo más importante, su fotogénico cuerpo, ideal para la portada.

En tiempos de Internet, las revistas libran su batalla contra el futuro a punta de portadas.  Falta un estudio serio sobre si esto funciona o no, pero nadie niega que genera empleo. Empleo para fotógrafos, peinadoras, diseñadores, luminotécnicos, decoradores y productores. Representantes de estos gremios pasan horas trasteando, maquillando, peinando, vistiendo alumbrando y emperifollando a la celebridad de turno. Todo para obtener esa foto que, dicen, incrementará las ventas de la publicación de turno. El resto de las fotos, –pues se hacen tomas en cantidades industriales– acompañarán algún texto repleto de lugares comunes en páginas interiores. Y todos felices.

Casi todos. Carlos, el editor de esa revista, llegó tarde al baile. La competencia ya se había apoderado de las deportistas exitosas. Las ganadoras. Tanto las que se veían sexys en una selfie tomada con mala luz, como a las que había que maquillar, vestir, e iluminar para lograr una foto medianamente sexy,  ideal para… tres horas de photoshop.

Pero nuestro editor ya había perdido el primer round con esas… y con esos. Los caballeros triunfantes también fueron acaparados por publicaciones con más contactos, más recursos, más influencias o todas las anteriores. Urgía un plan B. No todos los deportistas bonitos eran ganadores. Algunos, de hecho, apestaban en materia de resultados. Pero eran fotogénicos. Y existían palabras como “esperanza”,  “futuro”, “aprendizaje” y demás para decir perdedores de manera que sonara bonito.

La idea era buena, pero no original.  Ese fue el amargo descubrimiento de Carlos. Las actividades físicas con desempeños inversamente proporcionales al aspecto físico de sus protagonistas habían sido objeto de una rapiña periodística. Revistas nacionales y regionales se habían apoderado de cualquier atleta con un mínimo de empatía con la cámara. Y la hora de cierre se acercaba de manera inexorable.

En el atletismo hay carreras, saltos y lanzamientos. Corredores y corredoras, saltadores y saltadoras estaban ya en proceso de impresión. Por razones no del todo claras, el país contaba con muy pocos competidores en lanzamientos. De hecho, solo hubo uno. De martillo. Y quedó de último.

El editor no estaba seguro, hasta que vio en internet la escultura del Discóbolo. Vio el cuerpo perfecto representado en la escultura y en su mente creativa visualizó una representación contemporánea, protagonizada por el anónimo lanzador.

Los contactos se hicieron por teléfono y contrarreloj. El atleta aceptó encantado. Quedaron de verse con todo el equipo (fotógrafo, maquillador, diseñador, productor y editor) a primera hora. Pero en vez del adonis que todos esperaban lo que llegó fue un tipo chiquito, macizo y paticortico. Y con cara de yo no sirvo para portadas. Algo así como quien espera un Ferrari y le aparecen con un tanque de guerra.  La masa de músculos ideal para arrojar un objeto pesado lo más lejos posible. Algo así como el discóbolo, pero en versión nevera. O nevecón.  Pura fibra. Cero fotogenia. Pero ya no había tiempo para más, así que la portada tuvo su atleta. 

Curiosamente, no le fue tan mal en ventas.