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miércoles, 28 de octubre de 2026

Jaramillo y el carro verde

Jaramillo tiene fama de exagerado tirando a intenso con escalas en paranoico. Periódicamente se obsesiona con ideas no muy lógicas que digamos. Como esa vez que le dio por sostener que los grafiteros tienen una alianza secreta con los pintores de brocha gorda especializados en fachadas. O cuando dedujo que las degustaciones de supermercado son una compleja y malévola estrategia para crear adicciones. 

Su círculo social evita darle cuerda en caso de que el tema de conversación se acerque a la lista de fijaciones del caballero. Saben que si el tipo se monta en una idea de allí no lo baja nadie. Peor todavía, no lo calla nadie. Su círculo familiar tiene una estrategia similar que incluye recomendaciones como papito no diga tanta pendejada o hermano usted lo que necesita es un psicólogo, entre otras cariñosas observaciones.

Jaramillo es consciente de su situación. Optó por evitar pensar demasiado en ciertos temas y, para qué, el asunto venía funcionando. Hasta esa noche. Junto con su grupo de amigos buscaban la casa de una fiesta. Pasaron varias veces por la misma calle. En el momento no lo notó. Solo más tarde, ya en su casa, cayó en cuenta de que cada vez que cruzaron por la vía había un carro verde parqueado en un sitio diferente.

Luego vino la anécdota del automotor obstruyendo la salida de un garaje. Le pitaron y se fue. Otra historia habló de un coche encabezando la fila frente a un semáforo a punto de cambiar a rojo. El aparato modificó su señal, el auto no se movió, las bocinas llenaron el ambiente auditivo y finalmente el vehículo arrancó. 

No han sido grandes trancones ni inmovilizaciones eternas. Por eso el narrador de turno despacha la historia en dos minutos y cambia de tema. Los carros no tienen marca, placa, ni conductor conocido. Simplemente están atravesados. O mal parqueados. O inmóviles cuando deberían moverse ante un cruce despejado, una barrera levantada o una autoridad dando paso. Es un breve momento en el cual por culpa de otro conductor se pierden segundos, por mucho minutos, de movilidad.

Jaramillo preguntó ¿De qué color era el carro? Verde, la respondió el de la historia del garaje. No sé, creo que verde, dijo la del semáforo. Y si el interpelado no lo recordaba entonces iba una pregunta directa: ¿Verde, por casualidad? Humm, de repente sí. Así comenzó. Después de cruzar historias, verificar datos, establecer modus operandi y pasar largas horas ejerciendo como pensador de tránsito Jaramillo ha llegado a una conclusión. El automotor causante de trancones, bloqueos, ralentizaciones en la movilidad vial y similares es uno solo. El carro verde.

El hombre está que socializa su teoría pero esta vez no. Es imposible, la ciudad es muy grande. Vive, literalmente, llena de carros. El hecho no resiste ningún análisis lógico. No puede ser el mismo. Jaramillo ya tiene demasiada fama de loco para autosabotearse de esa manera. Lo mejor es comer callado. Ya pasará.

Los Rodríguez no conocen a Jaramillo. Son una pareja relativamente joven que maneja una empresa familiar de transporte de mercancías a pequeña escala. Eso significa que no solo viven juntos. Trabajan juntos durante todo el día y parte de la noche mientras se movilizan por toda la ciudad.

Se quieren, pero tienen sus diferencias, y en cualquier momento del día discuten, bien sea por cuestiones laborales, personales, hogareñas, deportivas, políticas o religiosas. Ya tienen una rutina. Como se rotan la conducción de su principal herramienta de trabajo, quien está al volante detiene el vehículo, en cualquier parte,  mientras despachan la pelea del momento, o cuando a punta de pito los obligan a moverse.

Y sí, el carro de los Rodríguez es verde.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Yo lo vi

Yolovi no se llama así. Es la forma como lo bautizaron sus compañeros de juerga. Yo lo vi, decía, persistía y reiteraba pese al escepticismo de los escuchas, por no hablar de la evidencia y las circunstancias.

El contexto, para comenzar, aplastaba totalmente cualquier indicio de credibilidad. Yolovi y su combo salieron del local de marras bajo la influencia de suficiente alcohol para llenar un embalse. Por suerte lo avanzado de la hora eliminó a cero el tránsito vehicular, así que pudieran zigzaguear con mucho riesgo pero escaso peligro de andén en andén mientras iban dejando a cada sujeto en su respectivo hogar.

Yolovi y el amigo fueron los últimos en arribar a sus casas, en la misma cuadra.  El amigo ingresó primero (emitió un sonido que, todo parece indicar, era una despedida). El otro tipo paró un momento, reuniendo el poco sentido del equilibrio que le quedaba para recorrer los pocos metros que lo separaban de su casa.

Ahí lo vio. Aunque imponente no parecía amenazante. De hecho ni siquiera determinó al testigo ocasional. Simplemente apareció por la esquina norte, pasó por la acera de enfrente y desapareció por la esquina sur.

También desapareció el efecto del licor consumido. Resultado previsible en quien acaba de ver un gorila en plena ciudad. Albino, por cierto. Con pantaloneta. Rosada. Y tenis. Verdes. La historia sigue con un recorrido relámpago hasta la casa, ingreso apresurado y refugio entre angustia y desconcierto debajo de las cobijas.

Amaneció domingo de desenguayabe y los bebedores de la noche anterior se reunieron alrededor de caldo de costilla en magnitudes navegables. Entre comentarios sueltos, recuerdos difusos de la noche anterior y demás temas varios Yolovi pregunta si ellos también lo vieron. —¿Vimos que?

Doce palabras hacen la diferencia entre el borde del desastre y el empujón definitivo. —“El gorila albino con pantaloneta rosada y tenis verdes. Yo lo vi.”

Solo fue cuestión de segundos para que la reacción pasara del desconcierto al escepticismo, del escepticismo a la burla, y de la burla al amistoso pero hiriente sabotaje (por no decirle matoneo). Aún así el narrador insistía en mantener su versión. Y aseguraba una y otra vez. “Yo lo vi, yo lo vi.”

Ningún argumento puede más que una sucesión interminable de carcajadas. Nadie sabe quien fue el autor intelectual, pero en algún momento del coro de jajajas, surgió la condena. Nominal, ya que involucraba la desaparición eterna de un nombre y su reemplazo por el apelativo del que venimos hablando. “Está (risas) bien (risas), si usted dice (risas) yo lo vi, (risas) te creemos (risas) Yolovi”.

Con el paso del tiempo Yolovi ha comenzado a dudar sobre lo del gorila albino en pantaloneta rosada y tenis verdes. ¿La pantaloneta de verdad era rosada? De resto sigue convencido de lo que observó esa noche. 

Como los demás no vieron, ya no habla del tema. Ver para creer.  

Nota final. Una fuente sin identificar dice haber escuchado este fragmento de una conversación ajena.

—”...Y preciso se acaba el medicamento así de tarde. Como no hay domicilios ni nada toca salir a conseguirlo como sea. No hay tiempo ni de cambiarse, apenas de ponerse unos tenis y una pantaloneta para que no se caiga el pantalón de la piyama de peluche, la blanca, esa que tiene capucha. Así salí a la calle pero qué importa. Lo  importante fue que encontré una farmacia abierta. Además, nadie me vio.”

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Pandemionismos

Dicen los organismos internacionales de salud que la pandemia del COVID-19 comenzó en marzo de 2020  y terminó oficialmente a principios de 2023. Terminó, sí, pero todavía rondan por el planeta todo tipo de secuelas. Expertos tiene la medicina que pueden profundizar en ese tema desde sus especialidades. Lo mismo la sicología, la sociología, la política, la economía y una larga lista de disciplinas del conocimiento.

Desde las Amilcaradas hacemos este modesto aporte que tiene que ver con la vida diaria del personal. Incluye algunos comportamientos que se volvieron obligatorios durante la cuarentena. Eso es normal, incluso con aquellos que —hoy en día lo sabemos— realmente no servían para nada. 

Lo extraño es que algunas personas los incluyeron (incluimos, dice la tarjeta) y los siguen incluyendo en sus rutinas. También hay otros que son evoluciones de los anteriores.

Como creo que la explicación anterior confundió más en vez de aclarar, saltemos de una vez a los ejemplos. Tres años después, la pandemia dejó como resultado que algunas personas…  

… eviten los puestos dobles, triples o cualquier modalidad que implique compartir silla con desconocidos en el transporte público urbano (y no importa si eso implica hacer todo el recorrido de pie).

… le hagan el feo a un bar, taberna o cualquier expendio de bebidas alcohólicas a menos que vendan algo de comer y se pueda llamar gastrobar.

… destruyan (con odio) los tapabocas, las toallas de papel y los pañuelos desechables antes de desecharlos.

… utilicen (a la entrada y a la salida) el dispensador de gel gratuito donde lo haya (nota: no importa si el recipiente está vacío desde finales del 2021).

… hagan mercado a distancia dándole instrucciones al esposo por el teléfono.

… hagan mercado presencial recibiendo instrucciones de la esposa por teléfono.

… compren todo en línea, incluyendo lo que también venden a media cuadra de la casa.

… se quejen del precio en línea después de comprar al compararlo con el del mismo producto que venden a media cuadra de la casa.

… revisen que haya por lo menos una ventana abierta en cualquier recinto cerrado (nota: incluye transporte público).

… abran por lo menos una ventana en cualquier recinto cerrado.

… discutan apasionadamente con el friolento (a) que se queja por la ventana abierta. 

… le echen alcohol a las bolsas de basura.

... se sienten en cualquier silla en sala de casa ajena, pero nunca en un sofá.

 … carguen un tapabocas en el bolsillo o la cartera.

… consulten ante cualquier invitación o convocatoria que implique dialogar con otro ser humano, ¿y eso no lo podemos hacer por videollamada?

… pasen a estado de alerta absoluta cuando alguien tose o aclara la garganta en sala de espera, fila, bus urbano, oficina o en cualquier escenario que implique la presencia de dos personas o más.

… se limpian los pies al entrar a casa en un tapete viejo, deshilachado y sucio que alguna vez fue un flamante (y de cuestionable utilidad) tapete desinfectante.

… realicen toda reunión laboral en modalidad virtual, incluyendo aquella donde la lista completa de  convocados están en el mismo edificio. Una parte en el piso de arriba, otra en el piso de abajo y otra en los cubículos de al lado.

… aguanten la respiración mientras saludan de beso. 

… salgan en patota de papá, mamá, hijas, hijos, primos, suegras y vecino infiltrado a comprar una gaseosa.

… saquen el perro cinco veces al día con posibilidad de seis y hasta siete.

… compren cualquier producto para el hogar en el sitio más alejado posible.

… lleven cubiertos desechables a los restaurantes.

… mantengan siempre un amplio surtido disponible de papel higiénico, preferiblemente en paquetes grandes.

 

miércoles, 26 de agosto de 2026

Solo es un huequito en la suela

El zapato derecho de Mario tenía un agujero en su suela. La ciudad llevaba varios días de clima seco, así que el tipo cambió el plástico que venía usando como protector por un poco de papel periódico. Salió de casa a su cita. El cielo se nubló, la lluvia se descargó, el suelo se encharcó, por el agujero el agua se coló, el papel periódico en segundos se disolvió y la media se mojó. 

Mario regreso a casa,  se quitó el zapato derecho, se quitó la media, se puso otra, secó lo mejor que pudo el interior del calzado, colocó ahora sí el plástico y volvió a ponerse el zapato. Entonces cayó en cuenta de que no podía (bueno, sí podía pero se veía feo) andar con dos calcetines diferentes, así que repitió todo el proceso por el lado izquierdo, pero sin plástico ni secada.

Estaba a tiempo para la cita. Camino hasta su destino, ubicado lo suficientemente cerca para no justificar medio de transporte, pero lo suficientemente lejos para justificar caminata rápida. Al llegar la enfermera-recepcionista le notificó que el doctor había tenido un inconveniente, pero se había comprometido en llegar más tarde y atender ese mismo día a todos los pacientes que quisieran, porque él era consciente de que la gente merecía respeto y no podía hacerlos venir para nada. Claro que si Mario quería reprogramar podía hacerlo pero solo había cupo para dentro de un mes. ¿Espera al médico? Listo, eso será solo un ratico.

El ratico pasó de segundos a minutos y de minutos a horas hasta cuando apareció el doctor para comenzar con todos los que habían llegado antes de Mario, porque su cita no era la primera sino como la décima del día. El plástico del zapato estaba mal acomodado, y eso generaba una sensación en algún punto entre incomodidad, molestia y dolor. No se aguantó y fue al baño a reacomodar media, plástico y calzado. Justo en ese momento lo llamaron. Como no respondió pensaron que se había ido y convocaron al siguiente. Qué pena señor pero usted entiende, ya nos cogió la noche pero si se espera en un ratico lo volvemos a llamar.

Ese otro ratico se prolongó hasta el penúltimo paciente porque a Mario le tocó en el último lugar. Ya era de noche pero el galeno se portó a la altura y, luego de las preguntas de rigor, le pidió que se quitara la ropa. 

Ahí fue cuando se fue la luz y no llegó y no llegó. Y como no llegó el médico sentenció que en esas circunstancias no podía examinarlo adecuadamente. Con la linterna de los celulares de ambos Mario logró vestirse de nuevo, aunque no encontró el pedazo de plástico que protegía su pie, o mejor, su media, contra el agujero del zapato derecho. Los teléfonos le iluminaron la salida mientras la enfermera-recepcionista se comprometía: Yo le busco una nueva cita lo más pronto posible, tranquilo. Nosotros lo llamamos..

Salió a la calle oscura y apretó el paso en busca de una vía iluminada. No vio la pequeña piedra pero sí la sintió al pisarla, justo debajo del hueco del zapato, con ese dolor inmediato que lo hizo trastabillar, perder el equilibrio y caer a la calzada donde en ese momento venía un carro. El conductor alcanzó a frenar, por suerte para Mario, pero no para el del carro que venía atrás y el del otro carro que venía detrás de este y el de la moto que venía detrás del segundo carro. Aunque todos frenaron no pudieron impedir los golpes.

Las autoridades, los aseguradores y la luz llegaron al mismo tiempo. No había heridos pero sí un problema de latas de esos complicados. Mario se quedó por petición del conductor del primer carro. Lo cierto es que ninguno de los tres conductores de automotor, ni el de la moto, ni los de tránsito, ni los policías, ni los de la aseguradora, ni un par de desocupados que se colaron a la conversación entendieron por qué el testigo y causante involuntario del accidente comenzó su relato con estas palabras.

“Verán, es que tengo un hueco en la suela del zapato derecho…”  

miércoles, 22 de julio de 2026

Relajación en las alturas

El trabajo lleva a Rojas a una ciudad donde funciona un cable aéreo. Circula mediante el movimiento interminable de cabinas que los usuarios abordan o abandonan en cada estación. En la que le corresponde a Rojas suben él y una señora, de esas a quienes les gusta meterle conversación al trayecto.

¿Usted sabe cuándo le hacen mantenimiento a esto? Yo monto casi todos los días y nunca lo he visto parado en el día. Comienza como a las 5 de la mañana y yo no sé a qué horas lo apagan pero una vez lo cogí como a las 10 y 30 de la noche. Imagínese. Ese cable moviéndose todo el tiempo. Los motores funcionando. Las cabinas con gente entra que sale, sale que entra. ¿Será que eso no se gasta? Me imagino que sí. Como todo. 

Rojas nunca se había subido a una cosa de esas. A duras penas entiende como funciona. Solo le pareció una forma barata, novedosa, interesante y relajante de quemar tiempo mientras llegaba la hora de su vuelo de regreso. No contesta nada, pero está seguro de que debe existir algún esquema de mantenimiento. 

Sabe qué, estoy diciendo mentiras. A veces se para. Le pasó a mi vecina. Pobrecita, ella es muy nerviosa y de repente esta cosa deja de moverse. Y mira para abajo y claro, ese vacío tan grande. Hay un timbre, véalo, para llamar uno en caso de emergencia. Alguien llamó, lo atendieron y les dijeron que tranquilos, que eso no se demoraba. Pero a mi vecina le parecieron horas aunque parece que la cosa solo duró unos minutos.

Rojas se concentra en el paisaje. Edificios, montañas, nubes. Pero no puede reprimir una mirada hacia abajo. Un vacío de muchos metros sin nada diferente de la cabina entre los pasajeros y el lejano piso.

Y que tal una de afán y esta cosa parada. Ahí sí ni modo de hacer lo que hace una cuando se vara el bus. Cómo hace para bajarse y coger otro. Sí, es mucho el tiempo el que se ahorra en cada recorrido, pero si llegara a pararse queda una como y ahora qué hago. Que tal que tenga que coger un avión, esos no esperan.

De todos los recorridos posibles, Rojas había elegido el más largo. Repasa la hora de su vuelo. Mira el reloj.  

Es que imagínese a los que les da mareo. Y a la gente con miedo a las alturas. Los que tienen nosequefobia*. De repente mi vecina es así, aunque si es así quien la manda de boba a subirse a un aparato de estos.

Rojas suelta un ajá de vez en cuando por aquello de no parecer mal educado. Pero ya no mira hacia abajo.

Yo no sé si cuando esto se para y hay viento fuerte las cabinas se mueven. O qué pasa si hay un temblor de tierra. Imagínese si esto se mueve y algún mareado no aguanta y vomita. Uno encerrado con esos olores. Es que ni siquiera tiene que vomitar. Con que a alguien se le salga un gas ya todos llevan del bulto.

Instintivamente Rojas se lleva la mano al estómago. Apreta la manilla de la que está agarrado hace rato.

Por acá nunca ha pasado nada grave, gracias a Dios, pero una nunca sabe. Llegamos. Que le vaya muy bien.

Rojas siente un vaiven. Probablemente imaginario, porque la vecina ni se mosquea. Sale de la cabina con una sensación de alivio al pisar tierra firme. Pasa varios minutos embobado mirando los mecanismos del cable. Mira el reloj con cara de me va a dejar el avión.  Respira mientras siente que algo le cruje en las tripas.

Parecía una forma barata, novedosa, interesante y relajante de pasar el rato. Y sí, fueron tres de cuatro, Pero en este caso, tres de cuatro sí estuvo mal.

*Acrofobia. Fobia a las alturas (primera acepción RAE)

miércoles, 1 de julio de 2026

El dueño

Como buen perro de la calle su árbol genealógico es un verdadero matorral repleto de inusuales y exóticas combinaciones. El resultado final se ve como gozque, camina como gozque, huele a gozque, se comporta como gozque, o sea que es un criollo colombiano. De esos a los que les dicen gozques.

Profundizar en detalles de raza, pedigree, ascendencia o genética sería tesis de grado para veterinario. Preferiblemente en maestría. Idealmente en doctorado con aspiraciones de Nobel

Resulta que los interesados en la ciencia médica que se ocupa de diagnosticar, prevenir y curar todo tipo de enfermedades o lesiones que afecten a animales domésticos, silvestres o de producción (gracias Euroinnova) tienen mejores cosas que hacer. Esa es la razón por la cual ese tema se suma a la lista de misterios que rodean al can en mención.

Es cierto que en ocasiones algún vecino o transeúnte le ofrece alimento. Pero nunca en cantidad y frecuencia suficiente para suplir sus necesidades. Sin embargo, no se le ve flaco ni desnutrido. ¿Cómo lo hace? Nadie sabe. Es más, se da el lujo de ignorar parte de las donaciones proteicas. 

Permanece la mayor parte del día echado en diferentes puntos de sus dominios. El clima de la hora determina si busca sol o sombra. Cuando llueve se levanta (despacio, siempre despacio) se sacude sin esforzarse demasiado y se dirige hacia algún punto cercano donde pueda escampar. Así es su vida mientras está visible, porque otro enigma es cuando desaparece horas, días, semanas. O por siempre

Para los residentes y transeúntes habituales hace rato que se volvió paisaje. Muchos lo vieron, lo ven y lo verán. Es el habitante cuasipermanente de ese sector, de ese punto específico..

No es egoísta. No molesta para nada a quienes utilizan, pasan, o se detienen momentáneamente en el lugar. Jamás le han visto ladrar, gruñir o mirar feo a otro ser vivo.

Una vez se acomoda para su descanso interminable pueden transcurrir a su lado manifestaciones, partidos de fútbol, espectáculos teatrales o musicales, peleas, discusiones, ensayos, prácticas, ferias, fiestas o cualquier otra actividad. Por mucho, si la acción se acerca demasiado, se levantará perezosamente y buscará un lugar más tranquilo donde echarse a disfrutar de su existencia. Afán no tiene. Nunca.

Todos conocen su nombre porque no responde a ninguno. Cada persona interesada lo bautiza como quiere.

De vez en cuando un visitante ocasional del barrio, comuna, caserío, pueblo o ciudad se fija en él. Le toma fotos. Le hace videos. Intenta jugar con el perro. Este no le hace caso. Tímidamente trata de acariciarlo.  El animal no opone resistencia. No le gusta ni le molesta. Simplemente no le importa. El foráneo consulta a algún residente local sobre la “mascota”. Siempre recibirá la misma respuesta. Un día apareció. Llegó de ninguna parte. Sin hacer ruido. Sin presentarse. Sin aspavientos. De repente estaba ahí. Y ahí se quedó.

Puede que para el ordenamiento territorial el parque, plaza, playa, calle, cuadra, acera, esquina sea espacio público. Puede que en ninguna notaría figure escritura que establezca derechos de propiedad.

No importa. Ese lugar es su feudo, su hábitat, su comarca, su demarcación, su dominio, su ámbito.

El perro es el dueño. Y punto.

miércoles, 10 de junio de 2026

Todos somos Miranda Peláez

Hubo épocas en las cuales conjugar el verbo comprar implicaba desplazamiento obligatorio a locales comerciales. En el lugar respectivo se establecía una relación entre dos personajes. El rol de cada uno dependía de su ubicación. Delante del mostrador, el (la) cliente. Detrás del mostrador la (el) vendedora.

El cliente era feliz cuando encontraba un producto que satisfacía su necesidad y coincidía con sus expectativas de calidad y precio. La vendedora era feliz cuando el cliente se convertía en comprador.

El autor material de las Amilcaradas pasó parte de su vida detrás de un mostrador. Allí interactuó con muchos clientes y también con muchos (aunque no tantos) compradores. Pero no son estos los que motivan el presente texto. Son una categoría que nunca faltaba en el trajín diario del almacén. Los Miranda Peláez.

Lo de “los” es porque andaban en gavilla. La familia completa de papa, mamá, hijos, hijas, tías, primos, abuela y perro y el encargado de cuidar al perro afuera (en esos tiempos no existían los locales pet friendly). O patotas de amigos y amigas (por separado o revueltos), de compañeros de trabajo, de estudiantes sospechosamente ausentes de las aulas o de representantes de cualquier otro grupo social.

Iban con todo. Preguntaban precios, calidades, orígenes, usos, colores, texturas, garantías, tamaños y cualquier otra opción posible. Pedían ver no solo uno, sino varios de los productos comercializados por el local de turno. Discutían con el vendedor (a), discutían entre ellos y discutían con otros clientes.

Solían llegar en el momento más complicado posible. Pocos minutos antes del cierre que se extendía por aquello de que el cliente siempre tiene la razón. En días y horarios especialmente congestionados. Justo cuando la vendedora (or) estaba a punto de salir a almorzar, terminar su turno o con ganas de ir al baño.

Pero algo los distinguía de cualquier otro grupo de clientes. Algo que nunca, jamás, de ningún modo, never en la puerca life hacían. No importaba el tiempo que estuvieran en el negocio,  la cantidad de mercancía que revisaran, las preguntas interminables que debía responder el personal de atención. Ellos no compraban. 

No compraban nada. Solo miraban. Por eso cuando finalmente abandonaban el almacén, o incluso en voz baja mientras aún estaban ahí les pusieron un nombre. La familia Miranda.

Aclaración necesaria. Existían clientes con comportamientos parecidos pero con una diferencia clave. Aquellos que tras torturar al vendedor (a) de turno no desaparecían para siempre. Semanas, días e incluso horas después volvían. En plan de compradores. Entonces se llevaban parte o hasta mucho de lo que habían observado detalladamente en su primera vista.

En cambio, los Miranda jamás regresaban. Aunque no había forma objetiva de verificarlo, los trabajadores del comercio asumían que se trataba de una cuestión de poder adquisitivo. Eran los Miranda… y Peláez. Estaban arruinados, vaciados, en la pitadora, ilíquidos, pelados. De ahí lo de Peláez 

El autor de las Amilcaradas lidió con estos personajes muchas veces. Pero tiene que hacer una confesión. Él mismo, alguna vez (o demasiadas) estaba desprogramado en compañía de amigos, colegas o familiares. Entonces salieron hacia cualquier zona comercial para observar y preguntar por mercancías que no tenían ninguna intención de (ni medios para) comprar, por lo menos en el mediano o corto plazo.

Es un hecho. Todos hemos sido Miranda Peláez. 

miércoles, 22 de abril de 2026

El himno de los caídos


Algunos viven a diario 
la maldición del caído 
pues sin importar horario 
al piso son atraídos. 

Es la situación graciosa 
para los que tienen vista 
el único que no goza 
es el gran protagonista. 

Él predestinado está. 
Tropieza, resbala o patina 
y aunque mucho esfuerzo haga 
siempre en el piso termina. 

En cámara lenta se ve 
ese momento preciso 
los brazos mueve con fe 
mientras choca contra el piso. 

No importa si mira al cielo 
o los ojos clava en tierra 
su destino está en el suelo 
cuando menos se lo espera. 
 
Obstáculos sobresalen
en el piso traicionero 
sus piernas no le obedecen 
después del choque certero. 

O es un hueco inesperado 
el que atraviesa su ruta 
llevando al predestinado 
a una caída absoluta. 
 
La lluvia humedece asfaltos 
dejándolos resbalosos 
y en vez del seguro salto 
pisa en falso y hace el oso. 
 
Cuando va acompañado 
cae sin pedir permiso 
sus amigos preocupados 
lo descubren en el piso. 

Un día en un recorrido 
él se esfumó de repente 
dejó a todos sorprendidos 
por su ausencia reciente. 

Una alcantarilla explicó 
la ausencia inesperada 
donde el sujeto cayó 
ya que estaba destapada. 

Todo el tiempo a él le pasa 
siempre algo similar 
todo cuidado fracasa 
ante su insólito azar. 

Lo legal siempre es su estado 
vive con honestidad 
pero termina enredado 
con la ley de gravedad. 

Se sueltan de vez en cuando 
los cordones del zapato 
así lo van enredando 
hasta mandarlo al asfalto. 

Si en la distancia saluda 
y un segundo se descuida 
siempre necesita ayuda 
pues es fija la caída. 

Ningún deporte domina 
porque ocurre cada vez 
es que en el suelo termina 
hasta jugando ajedrez. 

Y si de espaldas se mueve
sin vigilar donde pisa
en un tiempo mas bien breve
se cae y el golpe avisa.

Para escaleras bajar 
tiene estilo particular 
él no suele caminar 
sino rodar y rodar. 

Vive con muchos raspones 
pero nada de fracturas 
una de sus condiciones 
es una osamenta dura. 

Cuando el suelo es el destino 
no es problema masculino 
pues el fatídico sino 
es también del femenino.  

Muchas viven sus caídas 
en rutinarias acciones 
porque andan por la vida 
en traidores tacones. 

Y aunque en los tiempos actuales 
ya no usen zapato alto 
no importan los materiales 
ahí las espera el asfalto. 

Si con ropa nueva sale 
se sabe predestinada 
estrenar prenda equivale 
a una caída anunciada. 
 
Curiosa es la situación 
que viven ellas y ellos 
porque entre más altos son 
más veces caen al suelo. 

Quien este himno interpreta 
no pretende ser poeta 
solo rendir homenaje 
dedicado al personaje 
cuyo destino decreta 
de jeta contra el planeta.

miércoles, 15 de abril de 2026

Extremo tardío

De tanto leer historias de aventuras a Gabriel le dio por vivir su propio gesta. No pudo dedicarse a la piratería en Malasia. No pudo buscar tesoros en islas escondidas. No pudo descender por un volcán camino al centro de la Tierra. Tampoco pudo enrolarse en el cuerpo de mosqueteros del rey de Francia.

El joven lector vivía lejos del mar, de los volcanes y de Francia. Los únicos Reyes que conocía eran la familia de enfrente. En cambio tenía cerca montañas dignas de exploración y recorrido. Así que un día escogió un cerro: se echó morral a la espalda con una muda de ropa, agua y comida; e inició su epopeya particular.

Como eso pasó hace 80 años, Gabriel trastoca muchos detalles cada vez que cuenta la historia. Pero hay partes que no cambian. Se perdió. La comida y el agua se acabaron. Estuvo deambulando un par de días, sin tener idea donde estaba, hasta el feliz encuentro con unos campesinos que lo devolvieron a la civilización.

La desastrosa experiencia y la muenda que le dio su papá por volarse sin permiso lo alejaron del mundo de la aventura. Mucho tiempo después surgió una industria a la que le pusieron deportes extremos. Actividades de alta exigencia física y cierto nivel de riesgo real para la salud del practicante. Aventuras a la medida. Actividades que a Gabriel nunca le habían interesado. Hasta ahora.

Como los años no pasan gratis, la cercanía al primer siglo de vida terminó por pasarle factura a la movilidad del sujeto. Para trayectos largos (cualquier salida de casa clasifica como tal) debe utilizar una silla de ruedas y, por ende, alguien que lo acompañe ejerciendo el verbo empujar. La labor se la turnan parientes, amigos, personal de atención y espontáneos. 

Los familiares, sobre todo los más jóvenes, tienen clara su prioridad. No es la silla. Es el teléfono. Trabajan a dos manos. Con una empujan y con la otra atienden una llamada o miran alguna cosa en el celular. En movimiento. Levantando ocasionalmente la mirada. Casi todo el tiempo. O todo. 

Los parientes más maduros o los amigos también hablan, pero con Gabriel. Son animadas conversaciones mientras recorren andenes y calzadas. Las anécdotas, las preguntas, los chismes, todo eso que implica un buen diálogo y que puede distraer (y lo hace) a quien, en la práctica, es responsable de la movilidad y seguridad del usuario de la silla móvil.

Otra situación. El pésimo estado de muchos andenes los convierte en una verdadera trocha repleta de obstáculos para los peatones. Y en vías intransitables para Gabriel y su paseador de turno. Entonces es inevitable bajar a la calzada. La misma por donde andan los carros. Los buses. Las tractomulas. Las motos.

Claro, existen rutas exclusivas para vehículos de tracción humana (o de baja velocidad) de dos o hasta tres ruedas. De vez en cuando se ve a Gabriel debidamente empujado mientras recorre esos caminos. A su lado pasan patinetas, motos eléctricas. corredores en entrenamiento y una que otra carreta de reciclador.  También muchas bicicletas. Por algo las llaman ciclorrutas. 

A estas alturas de la vida, Gabriel toma las cosas como vienen y siempre les busca el lado positivo. Por eso cada salida a la calle se ha convertido en un desquite de esa aventura fracasada en su ya lejana juventud. Porque sin ninguna intención (o quien sabe) los comportamientos de sus acompañantes o la realidad de la infraestructura urbana convirtieron las salidas en silla de ruedas en algo mucho más interesante.

Un deporte extremo.   

miércoles, 18 de marzo de 2026

Revelaciones embarazosas

Pacho sabe hoy muchas cosas que ayer ignoraba. Sabe que Isabel y Gonzalo se casaron cuando ella ya tenía dos meses de embarazo, situación que en su momento ignoraban sus padres, pero era conocida por Cristina y por Elena.

Se enteró de que la abuela de Isabel estaba haciendo fuerza para que su siguiente nieto no fuera niño, pero en cambio la mami sí quería que el hijo de la pareja fuera de sexo masculino. Tanto que hizo una peregrinación a la iglesia del 20 de julio, sede del Divino Niño, al parecer con resultados positivos.

También supo que Liliana estaba segura de que iba a ser niño, profecía que anticipó desde cuando tuvo noticia de la situación. Lili, como la llama Isabel, tiene algo de bruja, porque de alguna manera no solo anunció correctamente el sexo, sino que también fue de las primeras en notar el embarazo.

Pacho aumentó sus conocimientos con la enorme alegría que la noticia le originó a Fernando, el que más tarde recogería a la pareja. Es contagiosa, porque Isabel está muy feliz de que él también lo esté.

Otro dato novedoso son los detalles que interesan a Miguel, el médico, quien pidió copia de la ecografía, preguntó si la madre había tenido alguna molestia, hizo una consulta técnica que no le pudieron responder pero van a averiguar y recomendó un medicamento para ciertos malestares,  menores pero incómodos.

Ahora Pacho aprendió los nombres que llevan los tres hijos de Cristina, aunque es claro que ninguno de ellos será el que le pondrán al primogénito de Isabel y Gonzalo. De  hecho todavía no han pensado en el tema, que aplazaron hasta enterarse de si sería niño o niña. Tampoco están muy seguros de si será primogénito o hijo único, otra decisión que quedó en el departamento de pendientes.

Pacho también comprendió en parte la molestia de Elena, que deseaba organizar una fiesta de revelación de género donde toda la familia se enterara de la noticia. Sin embargo Isabel la calmó ofreciéndole estudiar la opción de hacer el gender reveal party para algunos amigos y además le insinuó que su colaboración iba a ser indispensable en los baby shower.

Los que sí es claro para Pacho es que nada puede opacar la inmensa alegría de la joven pareja, quienes en los próximos días iniciarán la compra masiva de ropa y elementos decorativos para su bebé, debidamente acompañados de las respectivas madres o suegras, según el punto de vista de cada uno.

Cabe anotar que Pacho jamás en su vida había visto a Isabel y a Gonzalo y existe una posibilidad bastante razonable de que nunca se los vuelva encontrar. Si llegara a ocurrir sería una coincidencia. Claro que puede pasar. También fue una coincidencia lo que aconteció en la sala de espera de la institución prestadora de servicios de salud (IPS).

Mientras Pacho aguardaba el llamado para una revisión médica de rutina, la pareja salió de la ecografía. Se sentaron. Isabel quedó justo al lado de Pacho (al otro lado estaba Gonzalo). 

La futura madre sacó su teléfono y arrancó a comunicarse con Cristina, Elena, la abuela, la mami, Liliana, Fernando y Miguel (entre otros), a quienes informó del resultado mediante animadas conversaciones cuya escucha, tan involuntaria como inevitable, aumentó significativamente el acervo de conocimientos de Pacho.

Conocimientos inútiles, sin duda. Pero interesantes y hasta divertidos sí son.

miércoles, 11 de marzo de 2026

El mister

John sale de su hotel. Planea caminar por la playa y tomar algunas fotografías para su archivo personal.

A la misma hora, cerca de la playa, Ramón instala su puesto de atención al turista. Se trata de una mesa portátil surtida de productos misceláneos. Incluye gafas oscuras, bronceador. sombreros, llaveros alusivos a la ciudad (made in China), collares artesanales (también made in China) chanclas y pañoletas.

John duda sobre cuál ruta tomar. A lo lejos se divisan muchos buques pequeños, lo que sugiere yates, posiblemente una marina. Hacia el otro lado se ven edificaciones. Finalmente se decide por esta opción. 

Ramón está tranquilo aunque el día avanza y los posibles clientes no aparecen. No pasa nada que no fuera previsible. Es temporada baja. Mata el tiempo conversando con la vendedora de fritos y con el de los helados. A ellos si les llegan compradores. Ventajas de que sus productos también interesen a los locales.

John camina despacio. Saca algunas imágenes de paisajes. Escasea la gente. Le interesa registrar a los lugareños, los personajes locales, pero hasta ahora solo ha encontrado turistas. 

La de los fritos le advierte a Ramón que ahí viene su oportunidad de bajar bandera. Típico gringo. Alto, tez blanca enrojecida por el sol, cabello claro. Una cámara gigantesca colgándole del cuello. Camiseta de colores chillones, tenis, pantalón hasta la rodilla y, por supuesto, medias blancas. Puede que le compre algo, que necesite orientación sobre puntos fotografiables en la ciudad o que se interese en alguno de los servicios que Ramón promociona bajo comisión, como paseos en lancha, restaurantes o transporte.

John duda sobre empezar a disparar su cámara. En sus viajes ha tenido experiencias negativas y positivas cuando toma fotos sin pedir permiso. Algunas veces no pasa nada, otras hasta le posan (lo cual a él no le gusta, prefiere la espontaneidad) pero también lo han regañado e incluso una vez lo amenazaron.

Apenas John se acerca lo suficiente, Ramón despliega su arsenal propagandístico.

“Oye, qué necesitas, en qué te puedo ayudar. Mira, aquí tengo recuerdos por si quieres llevarle a tu familia o si necesitas algo para protegerte del sol también te lo tengo”. 

El turista se pronuncia en un lenguaje universal. Toca el borde de la cámara y señala al grupo de vendedores. Todos entienden, se juntan y sonríen mientras suenan los clics de los registros gráficos. 

Ramón lo intenta en otro idioma. Ese que combina lenguaje de señas, spanglish y estilo Tarzán. 

“Yo Ramón. City sitios bonitos yo mostrar.” Indica un punto en la distancia, donde se divisa la torre de la iglesia. “Buenos picchures”. Hace la mímica de quien se lleva una cuchara a la boca. “Fud típico”. Chasquea la lengua y eleva el pulgar. “Delisius”. Muestra una lancha fondeada a pocos metros. “Tur en barco. Poco cost”. Agarra unos llaveros en la mano izquierda y una artesanía en la derecha. “Suvenirs, dolars o pesos”. 

John se señala a sí mismo y dice “John...”

Ramón sonríe, esto tiene futuro. Jhon prosigue “...John Jairo. Me llamo John Jairo. Puede que me interese algo de lo que me está ofreciendo pero no entiendo ese idioma raro en el que me está hablando. Que tal si seguimos en español. Total, ambos nacimos en el mismo país. Y tranquilo, no es al primero al que le pasa”.

miércoles, 4 de febrero de 2026

Gente con ideas

Parece algo sencillo. Reunión de antiguos compañeros. Uno de ellos es socio de una distribuidora de licores, lo que garantiza la parte etílica del asunto. Otro ha incursionado con éxito en el negocio de la pizza. Ofrece un menú con opciones. Están reunidos. En cinco minutos definen la fecha. Solo falta el sitio.

Prudencio no dice nada. Solo piensa: Aquí vamos.

La que llamaremos Sensata hace sugerencias. Para no complicarle la vida a nadie, propone descartar residencias familiares. Una rápida lluvia de ideas incluye salones comunales, terrazas, centros de eventos y similares. Sensata recomienda buscar un lugar equidistante que facilite el desplazamiento de todos. 

Interviene Disonante. No le gusta la pizza, pero se acomoda a lo que decida el grupo. Ahorrador entra en la conversación. Afirma que las ideas de posibles locaciones parecen buenas, pero él conoce un salón barato y bien situado. Es el ideal.

Alguien pregunta exactamente dónde queda y cuanto vale. Ahorrador pide tiempo para confirmar unos datos. Entretanto Anacrónico, otro contertulio, sugiere un minicentro de eventos que está muy cerca de donde ellos se encuentran. Los invita a conocerlo. El grupo se moviliza hasta encontrar una tienda de esas que no pueden ver un local desocupado porque lo adquieren de inmediato. Aquí era, reconoce Anacrónico.

Interviene Disonante. La fecha le parece un poco complicada, pero se acomoda a lo que decida el grupo. Entretanto, Ahorrador hace llamadas y mensajea furiosamente desde su teléfono. Pide la palabra Voluntario. Se ofrece a buscar opciones para una posible locación. Los amigos se separan, acordando previamente un nuevo encuentro para ajustar detalles.

Días después, las caras en pantalla reemplazan la interacción presencial. Voluntario toma la palabra y muestra una lista de lugares potenciales. Todos ubicados fuera de la ciudad, en puntos lejanos y de difícil acceso. Le agradecen su esfuerzo, reconocen la buena intención, pero con toda la diplomacia del caso le informan (de nuevo) que eso no es lo que están buscando.

Ahorrador pide paciencia. Su contacto aún no le confirma si le puede dar o no el precio especial. Anacrónico recuerda un pequeño hotel con salones para reuniones de trabajo o sociales. La idea le suena al grupo hasta que alguien lo busca en internet, donde descubre que el antiguo alojamiento fue demolido y ahora es un parqueadero. Interviene Disonante. Él no toma trago, pero se acomoda a lo que decida el grupo.

Ahorrador acepta que posiblemente el lugar en el que pensó inicialmente no esté disponible, pero asegura poder conseguir otro, ese sí una verdadera ganga. Anacrónico evoca un restaurante donde solían almorzar en otros tiempos cuyo dueño alquilaba el espacio. Un contertulio adicional recuerda que, precisamente, ese propietario falleció unos años antes y el respectivo negocio lleva mucho tiempo cerrado.

El silencio a múltiples voces se rompe con una propuesta. Es el punto de partida para la discusión. Muchos hablan, nadie escucha. Disonante rechaza todas las ideas,  pero se acomoda a lo que decida el grupo

Solo Prudencio permanece en silencio. Recuerda otras historias con Ahorrador y sus descuentos inexistentes, Anacrónico y sus lugares desaparecidos, Voluntario y sus bien intencionados pero inútiles aportes,  Disonante y su inconformidad crónica. Genio y figura, hasta la sepultura. Así es la gente con ideas.

miércoles, 5 de noviembre de 2025

Esquivando bichos y demás fauna

Arriba, de izquierda a derecha: Columbia livia, Turdus
fuscaster 
y Zenaida auriculata. Abajo: Canis lupus
familiaris, Bos taurus y Felis catus.

El hombre pedalea por alguna ciclorruta rodeada de pasto cuando aparece el primer bicho. Es un cucarrón volador, pequeño, color café claro. En segundos, los escarabajos se multiplican y durante algunos metros una nube de insectos se atraviesa en el camino. La colisión con algunos es inevitable. 

El Ciclonauta toma la única medida de seguridad posible, cierra la boca. Ya se ha encontrado antes con Clavipalpus ursinus. Ese insecto que durante ciertas temporadas se materializa en patota por las zonas verdes de la ciudad. Invasor anacrónico de la vía en octubre. Anacrónico porque le dicen cucarrón de mayo. Debe ser por el cambio climático, supone. 

No son los únicos representantes de la fauna local en plan de ocupar vías destinadas a biciusuarios (y, por cuenta de ley reciente, a ciclomotores y patinetas). Es bastante común encontrarse con Zenaida auriculata, Columbia livia y, ocasionalmente,Turdus fuscaster

A Zenaida la conocen mejor como torcaza o abuelita. Se ven como palomas cuando eran chiquitas con un característico color marrón. Pequeñas y ágiles, reaccionan rápido y despejan la vía, bien sea emprendiendo vuelo o pasándose a zona segura. Comportamiento similar es el de de Turdus o mirla patinaranja, más grande que la paloma. La paloma, por cierto, es otro cuento. La que los científicos llaman Columbia livia. Viene la bicicleta, no le importa. El Ciclonauta grita, no le importa. Se mueven con pasos torpes, sin dirección fija. Solo cuando el atropellamiento es inminente, se corren perezosamente para un lado (a veces).

Ellas lo tienen claro, el problema es del de la bicicleta.

Su comportamiento emula a otro invasor, prácticamente exclusivo de zonas rurales o semirrurales. La Bos taurus. No es solo con los ciclistas, sino con cualquier cosa que se mueva (desde patineta hasta tractomula) o ser viviente. Ella no se quita hasta cuando le da la gana. La diferencia es que una cosa es la media tonelada de carne, piel y huesos de la vaca, frente al frágil y ligero cuerpo cubierto de plumas de la paloma.

De vuelta a los entornos urbanos, el Ciclonauta vive encuentros recurrentes con el Canis lupus familiaris. Bien sea por su condición de callejero, o porque el humano encargado de cuidarlo ignora que ese cuidado incluye alejar al perro de calzadas, carreteras, ciclorrutas y similares, más de una vez se le han atravesado cuatro patas con cola batiente. Por suerte, lo que le falta de inteligencia al humano le sobra en reflejos y alerta al canino. Solo es cuestión de gritar o pitar para que se quite de en medio. De hecho, a veces ni siquiera hay que avisar.

Otros mamíferos urbanos, Rattus rattus y Felis catus, poco se ven en las ciclorrutas. Tanto ratas como gatos pasan a toda velocidad, las primeras en busca de algún recoveco oscuro donde ocultarse; y los segundos en busca de las primeras, de algún ave con mala suerte (con la que desahogarán sus instintos de cazador), o del humano que tienen y que los mantiene. Aquí el Ciclonauta es el encargado de los reflejos, necesarios para frenar, esquivar o cualquier otra reacción de emergencia.

La especie con la que es más complicado lidiar en la vía exclusiva para bicicletas (y similares) es una cuya capacidad de reacción da vergüenza. No escucha gritos, pitidos, advertencias amistosas o palabras neutrales. Y si oye,  muchas veces no le importa. En vez de despejar o, por lo menos, abrir paso, tiende a ignorar las advertencias o responder con sonidos que van desde la indolencia hasta la amenaza. 

Su nombre científico es homo sapiens.

miércoles, 29 de octubre de 2025

Crónica de un encuestador fracasado (1980)


Por cuenta de una feria de arte en las calles bogotanas, el autor de las Amilcaradas fue interceptado por dos jóvenes, estudiantes, él y ella, quienes le hicieron par preguntas acerca del tema. Luego de responder alguna barbaridad,  el sujeto evocó la poco exitosa experiencia que tuvo en su lejana juventud cuando le asignaron un ejercicio similar con fines académicos. Abajo, la crónica escrita en su momento.

Esto de ser estudiante de periodismo es algo de locos. Nos metemos a una carrera que no es rentable, donde nos presionan constantemente y fuera de eso nos toca salir a hacer el ridículo. Pero vamos por partes. Mi profesora de redacción es una mujer muy simpática a la que le fascina ponerlo a sufrir a uno. Por ejemplo, cuando le dio por enviarnos a hacer una encuesta. El día era maravilloso. El Sol brillaba y los buses pitaban (en Bogotá los pájaros no cantan). 

Acabábamos de llegar cuando mi maestra (con una curiosa sonrisa) nos ordenó dividirnos por equipos “Busquen un tema de actualidad, preparen una encuesta y aplíquensela a 20 personas”. Deseosos de lograr la máxima originalidad posible escogimos el tema de las elecciones. Hasta ese momento todo iba bien. Lo único fue que (tal vez por telepatía) todos los demás tuvieron la misma idea. Íbamos a poner una demanda por plagio cuando descubrimos el pequeño detalle: cinco grupos habían tenido la idea antes que nosotros. 

Frente a los hechos, nos quedaban dos posibilidades: cambiar el tema o buscar un enfoque original. La cara de apúrenle o se rajan de mi profesora nos hizo optar por la segunda. De manera que pensamos “bueno, no les preguntemos por quién sino por qué”. Mi maestra se nos acercó, escuchó, (siempre con esa sonrisa) y nos dijo “muy bien, público femenino, 20 por cabeza”. En ese momento yo me sentía digno de reemplazar al jefe del DANE. Salí y con tono grandilocuente y casi que despectivo le dije a mis compañeros: “Bueno, de aquí en adelante cada uno verá cómo se defiende”.

El primer sitio adonde entré fue a una agencia de servicio doméstico (*). Cuando asomé vi un grupo de mujeres sentadas con cara de yo no contesto encuestas, pero aun así opté por la más cercana. Era una señora de muchos años y no pocos kilos la cual reaccionó con sorpresa cuando hice la consabida introducción:

“Soy estudiante etc, etc, etc.., ¿podría contestarme unas preguntas?” “Yo no me meto en eso”, respondió, y me miró de tal manera que consideré prudente retirarme. Como la originalidad siempre ha sido mi obsesión, traté de meterme por calles donde no hubiera más encuestadores. Calles donde, por cierto, tampoco había gente. Opté por entrar a los almacenes y en el primero una niña muy simpática manifestó tanto su disposición como su imposibilidad de atenderme.

Al fin abordé a dos señoras, las cuales escucharon y respondieron muy bien. Animado por estos nuevos ánimos me sentí futuro ganador de premios de periodismo y me dirigí sonriente hacia una dama de pelo rubio. Ni siquiera pude saludarla, porque salió corriendo al verme.

Deduje que debía alejarme de ese lugar, ya que al parecer había exceso de encuestadores y encaminé mis pasos hacia otra calle. Encontré dos tipos de mujeres: quienes no tenían tiempo y quienes me vieron cara de hampón. Comencé a pensar seriamente en estudiar agronomía cuando vi venir par damas de aspecto muy educado. Y era verdad. Muy educadamente respondieron que estaban de afán. En ese momento mi cara asemejaba la de un esqueleto con dientes, debido a su gran alegría. Entonces decidí declararme derrotado y volver (con 3 encuestas) a enfrentar la triste realidad.

Yo pensaba que mis compañeros estaban en las mismas, pero pronto noté que por lo menos en eso iba a ser original. Cuando después de pensarlo 247 veces entre al salón y narré mi experiencia vi una conocida sonrisa retratada en la cara de mi maestra y, por primera vez, la entendí.

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(*)  En aquellos tiempos, las agencias de empleo especializadas en servicio doméstico funcionaban en vivo y en directo. Las aspirantes llegaban  a una casa u oficina y se sentaban a esperar. Las amas de casa y futuras patronas también iban al mismo sitio, escogían de acuerdo con sus intereses particulares, supongo que pagaban alguna tarifa y salían con la nueva empleada para la casa.


miércoles, 17 de septiembre de 2025

Cara de pasear al perro

Que ahora en vez de niños la gente tiene perros. Que los animales son seres sintientes, no propiedad. Que en los divorcios la custodia de la mascota importa más que el carro. Y podríamos seguir indefinidamente con el tema canino en la narrativa del Siglo XXI. Pocos o ninguno, sin embargo,  han abordado un asunto clave. 

A diario, cuadrúpedos y bípedos en plan de ejercicio y otros inaplazables ocupan andenes y parques. Una industria de correas, arneses, pecheras, collares, riñoneras, cinturones, bozales y demás accesorios surte la movilización animal. Los humanos de la ecuación pueden ser rutinarios, esporádicos o profesionales. Su indumentaria va desde el deporte extremo hasta la elegancia laboral. Todos los elementos han sido analizados, clasificados y, sobre todo, monetizados (palabra de moda que significa sacarle plata a algo).

Sin embargo, hasta ahora no hemos visto investigaciones sobre un comportamiento trascendental. Pero eso se acaba hoy. Vamos a intentar una primera aproximación a la pregunta clave. A la hora del paseo ¿Cuál es la cara que debe poner el sujeto o la sujeta que acompaña al perro, a la perra o a la manada? Van opciones.

  • Cara de felicidad. Expresión inequívoca en el rostro de que la actividad realizada no solo es voluntaria, sino que produce sensaciones como satisfacción, gozo o placer. 
  • Cara de resignación. Imagen facial que evidencia dos mensajes: 1. Le tocó (aunque intentó evitarlo, pero no pudo) hacer el recorrido con canino incorporado y 2. Preferiría estar en otra parte.
  • Cara de arrastrado.  Rostro nervioso y tenso, igual que el resto del cuerpo, mientras mide fuerzas con una bestia que quiere ir más rápido, hacia otro lugar o simplemente hace lo que le da la gana.
  • Cara de animalista. Semblante que proclama superioridad moral de quien maneja del discurso de la igualdad entre las especies.
  • Cara coqueta. Facciones organizadas para generar simpatía en el sexo opuesto (admite variantes según gustos personales). 
  • Cara de alerta. Basada en antecedentes conflictivos, escandalosos o incómodamente juguetones, evidencia preocupación por reacciones del paseado al cruzarse con otros de su misma especie.
  • Cara de encartado. Rasgos que mezclan la preocupación, la ignorancia y la incertidumbre de quien es novato o novata en eso de pasear perro. Se nota más cuando son perros (de dos para arriba).
  • Cara de pareja. Fisonomía intencionalmente indescifrable de quien está acompañando al paseador o a la paseadora solo por ganar puntos en sus relaciones erótico-afectivas.
  • Cara de estresado. Rostro donde se reflejan preocupaciones y tensiones de la vida diaria que, se supone, iban a reducirse por medio del efecto relajante de la caminata humano-canina. 
  • Cara de angustia. Lo mismo que la anterior pero cuando ya se ha perdido la esperanza.
  • Cara de ponqué. Dulzura facial que genera ternura, complementando (o compitiendo con) una mascotas de esas que parece fugitiva de una fábrica de peluches administrada por ángeles. 
  • Cara de cuál perro. Expresión despreocupada con un toque de despiste de quien ha olvidado, o sencillamente no le importa el destino del ser viviente ubicado al otro lado de la correa. 
  • Caras de llamada. Aparecen cuando el paseador o la paseadora combina su movilización con una conversación telefónica. Depende, por supuesto, del contenido de la comunicación así:
    • La laboral.  Es la misma que se utiliza en juntas, reuniones de trabajo, coordinaciones de equipo y demás escenarios corporativos como el que tocó improvisar en medio de la salida canina.
    • La chismosa. Ojos abiertos y sonrisa maliciosa mientras el conocimiento sobre actividades o historias ajenas se enriquece  gracias a algún interlocutor excesivamente comunicativo.
    • La preocupada. Se oscurece el semblante y el ceño se arruga mientras el paseante inicia el retorno a la base, porque recibió una mala noticia y se requiere reacción inmediata.
  • Cara misteriosa. Con tapabocas.

miércoles, 13 de agosto de 2025

Aventuras gastronómicas


Se advierte al personal que el texto que retomamos a continuación, publicado originalmente en 1994, pero aún vigente, no es apto para estómagos sensibles. Después no digas que no te avisamos.

Ruiz, experto teórico en dietas  — pesa 90 kilos y mide 1,50 — es también un aventurero de la gastronomía. Esto significa que se come lo que sea y donde sea. Esta práctica le ha permitido establecer su propia clasificación de los restaurantes callejeros, de esos que se encuentran múltiples calles y esquinas de Colombia. 

  1. Bajo su propio riesgo. Son aquellos negocios donde el pan es verde, la leche amarilla, el arroz negro y la carne blanca; la mesera tiene caspa y el cocinero lanza enormes estornudos que se escuchan en todo el restaurante.  Eso sí: Son muy baratos.

miércoles, 6 de agosto de 2025

En la fila

Hace una semana hablábamos de las tribulaciones de un jubilado en su convivencia con las inexplicables máquinas asignadoras de turnos. Cuando él era joven esos aparatos no existían. En cambio abundaban las filas (sí, más que ahora). Este documento sacado de nuestros archivo nos lleva a esos tiempos. A historias olvidadas, pero también a comportamientos del pasado, aunque hay algunos que se niegan a desaparecer. 

Nombre: Aristides. 

Edad: l8 años. 

Oficio: Mensajero.

Destino: Hacer fila.

En resumen, esta es la vida de "Aristi", quien pasa su incipiente mayoría de edad en medio de la guerra de las colas. No la de las gaseosas, ni tampoco lo que ahora se llama derriere. No. Nos estamos refiriendo a la cola del banco, de la corporación, de impuestos, de la electrificadora, del cine, del teatro, del bus, del autoservicio, de la cafetería... en fin. Siempre adelante de alguien, siempre atrás de alguien.

Tal constancia en el arte de cuidar retaguardias le ha permitido al joven desarrollar una nueva rama en el estudio del comportamiento humano. Se llama la "sicología general de la fila" y sus postulados básicos son los siguientes.

1. Cuando tenemos afán en el banco, la persona que va delante de nosotros siempre será un mensajero con 38 consignaciones de 15 cheques cada una.

2. Siempre que prestemos un kilométrico*, nos acordaremos de reclamarlo.

3. Siempre que prestemos un esfero fino con baño de oro, nos olvidaremos de reclamarlo.

4. En toda fila, nunca faltan:
  • El amigo del cajero que se cuela con el mayor desparpajo.
  • La viejita que para ahorrar tiempo, llena cinco consignaciones** y dos comprobantes de retiro con nuestro esfero (ver puntos 2 y 3) apoyada en un monedero.
  • El atarván que a cada minuto grita en estéreo "¡mueeévalooooo!".
  • El jubilado que murmura entre dientes y apenas le dan la oportunidad, lanza una perorata de media hora sobre la irresponsabilidad de los que atienden las ventanillas.
  • El distraído lector que se concentra tanto en su novela***, que se queda quieto (él y los veinte que van detrás) hasta el final del capítulo donde la asesina huye con el mayordomo.
5. En la cola para el cine, forman parte del paisaje los siguientes elementos:
  • Un vendedor de maní, que insiste en embutirnos una muestra gratis de su producto, en una cuchara metálica de color verde.
  • Una pareja de novios que discuten durante media hora de fila, y se arrepienten de entrar a punto de llegar a la taquilla.
  • Un madrugador a la espera de los amigos incumplidos que llega temprano, hace la fila, llega a la taquilla, se sale, vuelve a hacer la fila, llega a la taquilla, se sale, vuelve a hacer la fila hasta que se acaba la fila, cierran la taquilla, cierran el teatro y… llegan los amigos
  • Un optimista que compra una boleta con billete de 10 mil****, y demora 10 minutos peleando con la taquillera que no tiene vueltas.
  • Un revendedor encartado que ofrece las boletas al doble de precio antes de que apaguen las luces, al mismo precio mientras están en los cortos y a mitad de precio poco antes de que cierren la puerta*****.

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* Kilométrico. Era un esfero de plástico desechable con una mina (también de plástico) más gruesa que las corrientes. La mitad de la tinta se quedaba en los dedos de quien escribía. Eso sí, duraba mucho tiempo y era bien barato.
**Para consignar había que llenar un formulario y 9 de cada 10 usuarios, o algo así, pedían prestado un esfero al primero que estuviera disponible sin ninguna garantía de devolución.
***No había teléfonos inteligentes ni redes sociales, así que la opción de leer para pasar el tiempo requería de libros, revistas, periódicos o cualquier papel, cartón o plástico con letras impresas. 
****No recuerdo con exactitud, pero el precio del cine rondaba los mil pesos o menos, y el billete de 10 mil era el de más alta denominación. El ejemplo actual sería pagar un perro caliente callejero con billete de 100 mil.
*****Las salas de cine no quedaban en centros comerciales. Quedaban sobre la calle. Así que disponían de puertas (normalmente de vidrio) que se cerraban cuando había aforo completo o cuando comenzaba la película y solo se abrían poco antes de terminar la función.

miércoles, 30 de julio de 2025

La señora María


— Buenos días. Hágame un favor, ¿puede llamar a la señora María?

— ¿A quién?

— A la señora María. Yo sé que ella normalmente no está aquí.

— Oiga pero…

— Déjeme termino de explicarle. Yo sé que ella viene poco por acá y por eso fui a buscarla a la casa.

— Sí, espe…

— Y ahí fue donde me atendió el hijo, que me dijo que ella hoy iba a pasar un rato por el negocio. 

— Lo que yo quiero…

— Ustedes saben, ella es una de las dueñas de esta panadería, tiene la sociedad con los hermanos, Jacinto y Antonio. Pero ellos poco vienen por el negocio, para eso tienen al administrador.

— Es que esta panadería…

— Pero el hijo me mandó para acá. Me explicó algo de un proveedor que iba a traer una oferta y que por lo menos uno de los dueños debía estar.

— Está seguro de…

— Por eso la señora María iba a pasar un momento por acá. Pero por favor dígame, está o no está.

— No. Aquí no está la señora María…

— Qué problema. Ya llevó un par de días buscándola y es como que siempre llego cuando se acaba de ir. Y es de las que no contestan el teléfono ni usa los mensajes así que la única forma de ubicarla es personalmente. ¿Usted por casualidad no sabe si ya vino o si llega más tarde? Yo trato de volver pero esta tarde estoy como embolatado.

— No sé si va a venir pero necesito explicarle…

— Yo entiendo y de verdad le agradezco que me preste atención mientras espero un rato a ver si llega la señora María, aunque si no va a llegar pronto de repente me sale mejor ir a hacer las otras cosas que tengo pendientes y con eso me despejo y tengo la posibilidad de volver más tarde.

— Oiga, y si se puede saber, para qué necesita como tan urgente a la señora María.

— Claro que sí, eso no es ningún secreto. Es que necesito cuadrar con ella el asunto de la primera comunión de la nieta. Cristina, creo que se llama. La señora María me contactó para que le organizara lo de la comida y cuadramos lo del ponqué, lo de la lechona, lo del coctelito para los que no tomen cerveza, lo de la gaseosa para los niños pero resulta que me quedó mal el tipo de la lechona. Bueno, en verdad no me quedó mal sino que me avisó que no me puede cumplir. Pero eso no es problema porque yo tengo como armar un plato frío, unos tamales, un arroz mixto. Opciones es lo que hay. 

— Ajá.

— Es que no es la primera vez que me pasa. Problemas nunca faltan pero cuando hay tiempo todo tiene solución. Eso sí, yo no me puedo mover hasta que el cliente me autorice. Ustedes saben, es como si alguien llega y pide un roscón y pues si no hay roscones no le pueden dar así no más otra cosa, un pan francés, un blandito, yo que sé. Toca preguntar primero.

— Claro que sí.

— Y es que tiene que ser ella la que me confirme. Le dije al hijo y él me explicó que aunque la hija de él es la festejada, pues su mamá es la que organiza y paga la fiesta y entonces ella decide.

— Entiendo. Lo único que le puedo decir es que la señora María no ha venido por acá y no sé si venga.

— Bueno. Creo que lo mejor es irme y tratar de volver más tarde o de buscarla en la casa. Muchas gracias por todo y feliz día.

Epílogo

—Oiga, el dueño de este negocio no se llama Gonzalo.

— Sí.

— Y es único dueño, ¿cierto? No tiene ninguna sociedad con hermanos ni nada parecido.

— Que yo sepa sí, así es.

— ¿Entonces ese tipo de quién estaba hablando?

— Pues no tengo ni idea. Yo traté de explicarle pero no me dejó. Pero si aparece una señora María a preguntar, ya podemos decirle quien y para qué la están buscando.

 

miércoles, 23 de julio de 2025

Prioridades perversas

En el principio fueron las filas. Colas interminables. Muchas veces al sol y al agua. Avanzaban lenta y perezosamente desafiando la paciencia y devorando el tiempo disponible. Estaban en el cine, en el banco, en las oficinas públicas, en los almacenes, en los colegios, en las universidades. En todas partes. 

Aristides entró por ahí al mundo laboral. Estrenando cédula se enganchó como mensajero. Las diligencias ajenas fueron su destino. Hacer filas su rutina. Pasaba de una formación a otra mientras consignaba, pagaba, retiraba, reclamaba, recogía y despachaba mandados empresariales y personales. 

Mucho tiempo pasó, el tipo se dedicó a otras cosas y un día cumplió requisitos y amaneció pensionado. Con cantidades industriales de tiempo libre y escasez crónica de alternativas para ocuparlo. Volvió a sus orígenes. Ahora es el mandadero oficial de la familia. Periódicamente algún pariente lo contacta y tras el saludo viene un “Ari (o tío Ari, o don Aristides, o mijo, o Aristi…) será que me puedes ayudar con… 

Todos felices. Se aprovecha la capacidad instalada (y desprogramada). Se evitan visitas tan inoportunas como interminables. Se le colabora al pariente para que tenga algo que hacer. Además, el viejo no cobra. El jubilado del clan  es agendado periódicamente para pagar servicios públicos, reclamar medicamentos, tramitar documentos o recoger algún pendiente en casa ajena, centro de despacho u oficina pública.

Aristides evolucionó. Las filas también. Ya no se ven tanto. Las tecnologías modernas permiten hacer desde cualquier parte lo que antes demandaba desplazarse y alinearse en algún lugar. Y donde todavía hay presencialidad y muchas personas prestan el mismo servicio (cajeros de banco, por ejemplo) ya no es una fila para cada uno (lo que siempre terminaba en filas rápidas y filas lentas). A punta de postes separadores y cintas retractiles crearon la fila única.  Se democratizó el asunto. Ahora la fila lenta es para todos.

Otra novedad son las fichas. En vez de hacer filas eternas durante todo el día, se hace una sola, madrugadora, para recibir un número. Y después a esperar el llamado sin tener que estar respirándole en la nuca a alguien. La misma repartición de turnos ha cambiado. Hoy no es ese tipo que aparecía en la puerta a primera hora con una caja de fichas plásticas o de madera, o con un rollo de papelitos numerados. Hoy es una máquina (donde el interesado teclea sus datos) la que entrega el respectivo desprendible. 

Descrito así, suena perfecto, pero ademas de una curiosa subespecie que trafica fichas, hay otro problema. Resulta que los turnos no se asignan en orden de llegada. No. Los usuarios se clasifican en grupos diferentes,  normalmente identificados por una letra, y así los van llamando. La idea sería buena, si alguien entendiera su lógica... en caso de que la tenga.

Se supone que hay un código prioritario para la tercera edad, pero van primero los que escogieron atención normal. O por cada veterano despachan 10 “juveniles”. O la máquina pregunta de forma inquisitiva el tipo de servicio requerido pero, a la hora de la atención, los servicios se prestan indistintamente por cualquiera en cualquier orden. Misteriosas razones convierten al empleado en hora de almuerzo en un B, a la señora de edad en una C, al mensajero en una A, al cliente tradicional en una Z y al ocasional en una J. 

La pantalla gigante o la voz de los encargados tienen la función de notificar quien sigue. Reina ese "orden" basado en la más misteriosa de las prioridades. Quien lleva una hora esperando ve resignado como convocan a quienes apenas acaban de llegar. El cliente con décadas de uso de los servicios se ve desplazado por usuarios ocasionales. En la pantalla aparecen 10 categorías diferentes, cada una con su letra, donde la única que falta es la de él o la de ella.

O para ser específicos, la de Aristides. Menos mal que ya no tiene afán.

miércoles, 28 de mayo de 2025

La chaqueta de Vladimir


Nota de la redacción. Retomamos con algunos ajustes menores una historia escrita en los años 90 del siglo pasado, cuando por acá escaseaban los celulares, no había pagos electrónicos, pero en cambio ya existían las fiestas retro.   

Todo comenzó cuando Vladimir le pidió prestada a su primo Álvaro la chaqueta de cuero. Era un modelo algo clásico, medio hippie, con broches y flecos por todo lado. Esa noche el hombre estaba invitado a una fiesta, modelo 60,  y pensó que la chaqueta sería buena idea. Solucionado el problema de vestuario, el siguiente era el de plata. Día: viernes. Hora. 7.30 p.m. 

Afortunadamente la pinta modelo 60 correspondía a un hombre de los 90, lo que significa cajero automático igual a billete. Vladimir, con aspecto de anacrónico pandillero buscó un dispensador de dinero. En realidad se veía ridículo. Chaqueta de cuero llena de adornos. Pantalón de Terlenka* y bota campana. Una camiseta con un descomunal signo de paz impreso. Y una balaca en el pelo... pero era un disfraz.

De todas formas, agarró taxi para seguirse de una vez hacia la fiesta. Y apenas vio un cajero vacío, en plena avenida, se bajó a hacer el retiro y le dijo al conductor que lo esperara. Las pocas personas que pasaban lo miraron extrañadas. Pero a Vladimir no le importó, era cuestión de minutos. Introdujo la tarjeta, algo lo distrajo... y entonces sintió un tirón en el brazo y vio en la pequeña pantallita el letrero: este cajero se encuentra fuera de servicio.

Iba a cogerse la cabeza cuando se dio cuenta de que no podía levantar el brazo derecho, pues el mecanismo del dispensador, de alguna forma, había atrapado los flecos de la chaqueta. Y esta no salía.

En lo primero en que pensó Vladimir fue en quitarse la chaqueta. Lo segundo fue como destrabar el cierre. Lo tercero fue una alusión poco respetuosa a la madre del cajero, de la chaqueta y del cierre. Allí estaba, vestido como un viajero del tiempo de 30 años atrás, en una de las calles más concurridas de la ciudad, atrapado por una máquina y sin plata para... ¡el taxi!

El vehículo se hallaba parqueado en la acera de enfrente. El conductor podría ver a Vladimir, pero no oírlo. Así que el hippie trasnochado empezó a gesticular con su brazo libre a ver si lo notaban. Y sí, lo vieron. Lo vieron unas 200 personas que pasaron en ese momento por ahí a pie, en bus, carro particular, buseta, taxi, zorra, patines y bicicleta. Lo vieron los vecinos de la casa de enfrente. Lo vieron los jóvenes, los viejos, los ejecutivos, las universitarias, los colegiales. Lo vieron todos...  menos el chofer del taxi.

Descartada esa posibilidad, empezaron a llegar los equipos de rescate... o mejor, los patos de rescate. Se arremolinaron alrededor de Vladimir dando cada uno su mejor propuesta de solución. Que arrancara la chaqueta a la brava. Que fuera jalando poco a poco.  Que se cortara el brazo. Que apretara las teclas hasta que respondiera.

La víctima ejerció como atracción turística por una hora cuando finalmente se apareció el técnico del banco, quien después de desternillarse de la risa 20 minutos se introdujo al interior de la máquina, algo hizo y liberó al esclavo del cajero.

Lo único que este quería era largarse, así que cruzó la calle y agarró el taxi, cuyo conductor no se había percatado de nada. Y tal vez fue la ofuscación, el afán, o el mal genio... pero lo cierto fue que solo cuando le dijeron el costo de la carrera, cayó en cuenta de una cosa.

No tenía plata.

* Terlenka es una tela gruesa de poliéster que fue ampliamente utilizada para elaborar pantalones bota campana cuando estos eran lo último en materia de moda.