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miércoles, 8 de julio de 2026

33 preguntas escuchadas después del partido

Se acabó. Eliminaron a Colombia del Mundial. Y en casas, negocios, centros comerciales, reuniones informales y de las otras primero hubo un silencio a mil voces, hasta que alguien preguntó. ¿Preguntó qué? Algo como lo que viene a continuación.

    1. ¿Cuántas cuotas es que nos faltan para pagar ese televisor?

    2. ¿Y usted desde cuando fuma?

    3. ¿Y ahora a quien le vendemos todas esas camisetas?

    4. Lo de esa apuesta no era en serio, ¿cierto?

    5. ¿Quién se quiere llevar el trago que sobró?

    6. ¿Usted no me dijo algo hace unos días de que tenía que repetir el semestre, o algo así?

    7. ¿Entonces, mañana sí hay que venir a trabajar?

    8. ¿Alguien sabe cómo se borra un tatuaje de Lucho Díaz?

    9. ¿Cómo era eso de que nos descuadramos para lo del arriendo?

    10. ¿Será que ahora sí podemos conversar lo de la vaca para el pasaje de vuelta de Estados Unidos del primo Alberto?

    11. ¿Quiénes son ustedes y quién los invitó a mi casa?

    12. ¿Y yo por qué tengo que ayudar con la cuenta, si los acabo de conocer, no bebí nada y solo me senté acá porque era la única silla libre?

    13. ¿Y entonces, de qué sirvió tanta gritadera?

    14. ¿Que pagó ¡cuánto! por esa camiseta?

    15. ¿Qué hay de bueno en cine esta semana?

    16. ¿Entonces ahora sí me van a desocupar la sala?

    17. ¿Señorita, puedo cancelar de una vez la suscripción al servicio de TV, o me toca esperar a que termine el Mundial? ¿Cuántos meses mínimo me dice?

    18. ¿Quiénes me van a ayudar con este desorden?

    19. ¿Cuándo vamos a lo de las vacunas? ¿Son para el perro, cierto? ¿Para los niños?

    20. ¿Dónde vamos a guardar las vuvuzelas, los banderines, las banderas del carro, los sombreros, y los panitas? ¿Con lo de la Copa América o lo del Mundial de Rusia?

    21. ¿Qué más hay para ver en televisión?

    22. Yo sé que yo invité pero...¿será que me pueden ayudar con lo de la comida y el trago?

    23. ¿No les dije que eso siempre nos pasa?

    24. ¿Pero por lo menos llenamos el álbum?

    25. A ese techo le hace falta un poco de pintura, ¿cierto?

    26. ¿Para cuando fue que reprogramamos la reunión de trabajo?

    27. ¿Y qué hay para la comida?

    28. ¿Alguien sabe de programas de vacaciones recreativas o algo así para ocupar a estos muchachos hasta el 19 de julio?

    29. ¿Tiene gafas nuevas? ¿Hace cuanto? ¿Un mes? ¿En serio?

    30. ¿Y desde aquí cómo volvemos a la casa?

    31. ¿Cuándo vuelve a jugar Colombia?

    32. ¿Alguien sabe dónde está mi camiseta de Argentina?

    33. ¿De verdad está llorando? ¿Por un partido?

miércoles, 27 de mayo de 2026

El nacimiento de una pasión

Tiene entre tres y cuatro años. Duerme. Empiezan los ruidos. Primero un rumor que, lentamente, crece en frecuencia e intensidad. Esa intensidad y la permanencia de los sonidos lo sacan, poco a poco, del mundo de los sueños.  Son voces.  Somnoliento, el pequeño se levanta de la cama en busca del origen del escándalo. 

El universo de Efra tiene varios habitantes permanentes. Él está todo el día con la señora grande a la que le dice mamá. Ella lo despierta. Lo baña. Lo viste. Le da de comer. Juega con él. Lo consuela cuando llora. A veces lo lleva donde otras señoras grandes y otros niños y niñas. O esas señoras y los niños van a su casa.

Por la tarde llegan los hermanos mayores. No son tan grandes como papá y mama. Se visten igual todos los días menos los sábados y domingos. Hablan con mamá de algo que se llama colegio. Ella le dice a Efra que en unos años él también irá.

Está el señor grande al que le dice papá. Ese que solo ve los fines de semana. A veces lo oye, de noche. Cuando están juntos le dice cosas que él no entiende. Lo alza y lo hace reír. Algunos fines de semana salen a pasear con la mamá y los hermanos mayores.

También hay tíos y tías. A Efra le gusta que vayan porque traen dulces y juguetes. Y porque llevan a los primos para jugar. Otra cosa que le gusta es ir donde los abuelos. La abuela es una señora con la cara arrugada. Siempre tiene cosas ricas para comer. El abuelo es un señor grande, pero no tanto como papá. Tiene la cabeza como un helado y muchos pelos en la cara. Habla poquito.

Los grandes nunca están todos juntos. Pero en la noche de los ruidos. Efra siguió la bulla hasta la sala del televisor. Ahí estaban. Todos con una camiseta del mismo color. Con banderas. Papá. Mamá. Hermanos, tíos, abuela, abuelo, primos. Hacían cosas raras.  Hablaban, pero no entre ellos, sino con el aparato de televisión. Más bien contra el aparato. Lo regañaban, lo insultaban, le rogaban. Se cogían la cabeza con las manos y vociferaban palabrotas que Efra nunca había escuchado. Había sillas pero se paraban a cada rato.  Uno de los hermanos se comía las uñas. El otro hermano se acurrucaba en un rincón del sofá con cara de susto. Los primos repetían un estribillo. Una tía parecía a punto de llorar.  

Efra no olvida lo que pasó entonces. Todos fijaron los ojos en el aparato, se levantaron. Pusieron cara de angustia, emitieron gritos ahogados. Decían cosas como dele, así, ese es, hágale, ahora, péguele. Hasta que las voces se integraron en una sola, con otra palabra que él jamás había oído. Gol.

No, no fue gol. Fue algo así como ¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOLLLLLLLLLLLLL!

Todos celebraron. A grito herido. Hubo abrazos. Saltos. Puños al aire. Metamorfosis de rostros preocupados a caras alegres. De repente Efra estaba en medio de la fiesta. Papá lo tenía alzado. Mamá lo besaba. Los tíos, tías, primos, hermanos, abuela, abuelo festejaban. Algo muy importante acababa de pasar. 

…Don Efraín ha visto muchos goles desde ese día. A favor y en contra. Jugó fútbol, lo siguió apasionadamente, coleccionó álbumes. Lo gozó, lo sufrió y ahora se prepara para ver otro mundial.

Pero nada supera los recuerdos borrosos e imágenes sueltas de esa noche. Sabe que fue un partido de la selección. ¿Amistoso?, ¿eliminatoria?, ¿campeonato? Ni idea. ¿Contra quién? Menos. ¿Importa? Para nada. 

Ese fue su primer gol de hincha. De tele hincha. Su primer éxtasis futbolístico. Así nacen las pasiones.

lunes, 30 de junio de 2025

La paradoja del cojo

Es 29 de junio y son casi las 11 de la noche. Acabo de ver, como por quinta vez, a un cojo hacer un gol. No en un evento paralímpico. En un partido de fútbol profesional. Esto, sencillamente no debió haber ocurrido.

Es más, el equipo del cojo no debería estar ahí. A lo largo del semestre se dieron todas las circunstancias para que no jugara ese encuentro. Como la lista es larga toca limitarse a hechos clave. Primero: echaron a su técnico y pusieron un provisional. “Interino”, que llaman. Y tapando el hueco mientras conseguían uno de verdad, este personaje logró que el plantel sumara buenos puntos. 

Cuando llegó el encargado en propiedad la racha ganadora terminó. Hasta poco antes de concluir la primera fase del campeonato jugadores e hinchas tenían un ojo en el juego y otra en la calculadora. Si no hubiera sido por lo que hizo el tapahuecos, los números no habrían alcanzado. Eso, sumado a la forma como jugaba evidenciaban un hecho, ese equipo no debía entrar a la siguiente fase. Pero de alguna manera le alcanzó.

Y como toda situación, por mala que esté, puede ponerse peor, dos jugadores de ese equipo pelearon entre ellos en uno de los pocos partidos que ganaron de forma contundente. Y cuando ya estaban clasificados, en la última fecha, un rival ya eliminado los goleó. A los suplentes, pero goleada es goleada. Aún así, lograron ingresar a la ronda siguiente, pero no había razones para que pasarán de ahí.

El asunto arrancó con lógica. Primer partido, de local, perdido. Luego venían dos de visitante, de esos en los que, por mucho, se podía aspirar a un empate. No debió ganar ni uno, pero ganó los dos, uno de ellos con un gol en el último minuto desde su propia cancha. ¿Será que pese a todo, se puede? No, lo siguiente fue  perder otro partido de local. 

En la última fecha su rival solo tenía que empatar para ser finalista. En todos los criterios era superior. Ese día debieron eliminar al equipo del cojo. No podía vencer. Pero lo hizo. 

Repaso rápido. El equipo de los tres técnicos, de la pelea pública entre ellos mismos, del técnico tapahuecos, del técnico oficial que casi no gana, de las derrotas de local en la semifinal se metió de finalista.

Y en la instancia definitiva, en el primer partido de dos, de local, empató y, hay que decirlo, pudo perder.  Seguía otro,  de visitante, en una ciudad donde el futbol es religión. Y contra un rival que era mejor. Y pasó lo que tenia que pasar, el equipo local anotó el primer gol.

Con todo y eso los del cojo hicieron un gol que empataba el partido y, de pasadita, la serie. Entonces vino la otra desgracia, El jugador más destacado de este equipo, su goleador, se lesionó. Quedó cojo. Sí, ese es el cojo al que nos referíamos desde un principio. 

Además, el técnico había hecho un cambio ingresando a otro jugador que no había tenido buen desempeño en el partido anterior pero en cambio, en otros partidos, tampoco. Llamémoslo el calvo. 

El cojo decidió hacer un último esfuerzo antes del cambio obligatorio por su lesión. Cojeando recibió un balón que como pudo le pasó al calvo. Ese que venía jugando mal corrió y a punta de fuerza, habilidad y velocidad entró al área donde le hizo un pase a su compañero que venía cojeando, rezagado, y…

Como es evidente que nadie en este equipo entiende aquello de la lógica, el deber ser de las cosas, las relaciones causa- efecto y como deben desarrollarse los hechos a partir de circunstancia objetivas, el cojo hizo un último esfuerzo con su pierna lesionada y anotó gol.

No cualquier gol. El gol definitivo. En una final. El que le dio el triunfo a su equipo. Y de visitante. Y gracias a esa paradoja un onceno que no debería haber disputado la final, es el campeón. 

El autor de las Amilcaradas ha sido hincha toda su vida de un club deportivo con camiseta roja que juega en Bogotá. Eso traduce en derrotas, fracasos, frustraciones, ilusiones perdidas, y demás historias tristes durante múltiples momentos de su existencia, reciente y pasada, con algunas excepciones.

Por eso no podía dejar pasar este hecho para abusar de la paciencia de sus lectores con esta pequeña historia que explica porque el fútbol es algo que va más allá de la lógica.

Tal vez no sea un milagro, pero se le parece bastante.

Contra toda expectativa, Independiente Santafé es campeón del primer torneo de 2025. Décima estrella.

 

miércoles, 4 de diciembre de 2024

Sueños de Gordito


Nota de la Redacción. Retomo un texto escrito en 1996. Tiempos donde los celulares solo servían para hablar por teléfono (o de repente ni siquiera existían, no me acuerdo), las cámaras fotográficas eran artefactos completamente autónomos, manipular una foto era posible, pero muy complicado y Maradona era ya una leyenda del fútbol, aunque algunos de sus logros con el balón estuvieron acompañados de un ligero sobrepeso. 

El Gordito es divertido, y hasta simpático. Pero eso no le quita lo Gordito. Por eso siempre hay un límite entre él y los triunfadores. Él se puede vestir igual, hablar igual, actuar igual. No importa. Su karma es ser el Gordito. El casi, pero no. Y eso, a él le duele.

Él tiene nombre aunque eso solo le interese a la Registraduría y a la Administración de Impuestos. Ni siquiera a su esposa, quien prácticamente solo lo llamó Eduardo el día en que se conocieron. De resto, su comunicación siempre giró alrededor de la palabra Gordito con múltiples variaciones. (Gordis, mi Gordo, Dogor, Gordon).

Al Gordito lo invitan a las fiestas, pero si no va, nadie se entera. Al Gordito las chicas siempre le han dicho que no cuando están cansadas, cuando no quieren bailar, o cuando aspiran a algo mejor. Y no sienten remordimiento. Al Gordito le dan la palabra en las reuniones de trabajo, pero aunque todos le oyen, pocos, o ninguno, lo escuchan. Y eso,  a él le duele.

En casa, la Chiqui saluda de beso a su papá. y se ríe cuando le hace cosquillas. Pero si tiene problemas con las tareas, le pregunta a mamá. Y si tiene problemas con la vida, le pregunta a las amigas.

El Gordito vive así su vida. Pero todas las noches, cuando su esposa y la Chiqui ya se durmieron, abre su álbum personal y mira esa foto que simboliza lo más importante que ha hecho en toda su vida.

Fue alguna vez que la Selección Argentina vino a Colombia, y él trabajaba como botones en el hotel donde esta se alojó. También fue una absoluta coincidencia, que justo a él le haya tocado llevarle las maletas a Maradona y que llegando a la habitación se hayan encontrado con un fotógrafo, colado al décimo piso, pese a las estrictas medidas de seguridad.

Pero el tipo alcanzó a disparar su cámara varias veces antes de que lo sacaran a patadas, y en una de esas quedaron, en la misma placa, el Gordito y Maradona.

Cuando él averiguó quien era el fotógrafo fue a pedirle una copia. Viéndola se imaginó, como lo hacía todas las noches, el siguiente cuadro.

Hay un montón de periodistas y gente importante observando las fotos. Están decidiendo que harán con ellas.  Las miran detalladamente preguntando con insistencia.

—¿Y que hacemos para quitar al gordito?

— ¿Pero quién es el gordito?

— Buena foto compañero, lástima el gordito.

Una especie de jefe, que aún no ha visto las fotos, no se aguanta la curiosidad y  pregunta.

— ¿De cuál gordito están hablando?

Todos se quedan en silencio y él fotógrafo responde.

— De ese que está al lado de Eduardo.

miércoles, 27 de noviembre de 2024

Dilemas paternales del Siglo XXI


Ni Papá, ni Mamá, ni abuelos, ni tíos, ni ningún adulto en la familia estaban preparados para esto

Vamos por partes. Como la vida invirtió los roles tradicionales en la pareja, la mayor carga en labores de hogar le tocó a Papá, mientras que el aporte económico principal le correspondió a Mamá. Por eso el tipo se involucró más en las actividades extracurriculares de sus tres hijas. Desde muy niña Claudia, la menor, demostró habilidad para la danza, destreza que se canalizó a través de una academia especializada en bailes tradicionales. Ya con la adolescencia pidiendo pista, la pequeña se había convertido en una  intérprete destacada como parte de los espectáculos que montaba la escuela.

Ese año, en particular, decidieron jugársela con el reto mayor. No solo adaptaron esa obra musical de profesionales, sino que le agregaron nuevos números. Contrataron uno de los teatros más importantes de la ciudad. Mediante promoción por medios tradicionales y novedosos, lograron que la boletería trascendiera el tradicional consumo familiar para extenderse, con localidades agotadas, al público en general.

Entre las funciones de Papá estaba llevar y traer a Claudia a la academia. La espera a la hora del regreso incluía tiempos muertos que el hombre ocupaba viendo goles de su equipo favorito (equipos, dice la tarjeta) en una tablet especialmente adquirida para ese fin. El asunto es que cuando la niña subía al carro y emprendían el camino a casa, cogía la tablet y miraba los mismos videos que su padre.

Un día, ella hizo alguna pregunta relativa al equipo, o al partido, o a ambos. Si algo extrañaba papá de su vida de soltero eran las largas conversaciones con los amigos sobre temas futboleros, tópico al que eran totalmente indiferentes su esposa y sus otras dos hijas. Así que respondió como hincha apasionado. El tema conquistó a Claudia, y el trayecto se convirtió en tertulia de balompié padre-hija. La situación pronto se extendió a otros escenarios, como ver juntos los partidos en televisión y hasta idas ocasionales al estadio.

Así pasaron unos cuantos años y llegamos al momento actual, cuando Claudia está en vísperas de debutar en las grandes ligas del espectáculo musical. Un día cualquiera le pide a sus padres un regalo muy especial. 

La niña quiere guayos.

Allí es cuando Papá y Mamá entienden algunos indicadores, como la creciente suciedad de tierra y pasto en los tenis, el uniforme de educación física y el de diario, junto con el incremento en los raspones de piernas y rodillas durante las actividades escolares. Su hija no solo se destaca como bailarina y es hincha del fútbol, sino que practica este deporte y quiere formar parte del equipo de su colegio.

Mamá en principio no le ve problema pero Papá sabe que las patadas no siempre son para el balón, sino que ocasionalmente son para la jugadora (con intención o sin ella). Eso sin contar otros riesgos como luxaciones, caídas, torceduras y demás complicaciones médico atléticas involucradas en correr tras la pelota en un campo de cesped y tierra. Le preocupa que la incipiente carrera futbolística de su hija se estrelle con o incluso frustre su ya avanzada y destacada trayectoria de bailarina. Y la verdad, no sabe qué hacer.

Mamá tampoco, abuelas tampoco, abuelos tampoco, tíos tampoco, amigos tampoco. La sabiduría acumulada solamente suma ignorancia ante un dilema del siglo XXI que involucra una pregunta sencillamente inexistente en la experiencia vital de ese personal.

¿La niña puede ser bailarina y futbolista al mismo tiempo?

martes, 20 de diciembre de 2016

Reciclaje triunfalista

Ahora que Santa Fe obtuvo su novena estrella los hinchas del rojo expresan (expresamos) nuestra alegría de diferentes maneras. Proliferan en las redes sociales los mensajes conmemorativos. El que transcribo al final de esta nota sería uno más si no fuera porque algún cable se cruzó y el autor terminó subiendo, además del texto final, el borrador y las correcciones previas. Y todo parece indicar que la nota inicial había sido preparada para otro triunfo que, finalmente, no se dio. Juzguen ustedes.

(¿Borrador?) “Hemos triunfado. La voluntad popular del pueblo colombiano abrió la puerta a un nuevo país que construiremos entre todos. Aprovecho esta tribuna para convocar a todos los colombianos sin distingo de edad, género, ideología o raza a unirnos en una sola expresión con el fin de trabajar juntos para dejarle un mejor país a nuestros hijos.  Es para ellos, para las futuras generaciones que se ha firmado este acuerdo, ratificado en las urnas. Es momento de dejar atrás los rencores y diferencias levantados a lo largo de esta campaña. El reto apenas empieza. Lo que viene de ahora en adelante es un desafío histórico. Múltiples escenarios esperan para hacer realidad ese sueño tantas veces aplazado de tener un país en paz. Adelante Colombia. No exageramos al decir que la victoria del Sí en el plebiscito es la puerta de entrada al futuro de nuestra Nación”
…..
(¿Correcciones?) Hemos triunfado. La voluntad popular (cambiar esto por la disciplina, constancia y tesón) del pueblo colombiano (cambiar por  jugadores y cuerpo técnico) abrió la puerta a un nuevo país que construiremos entre todos (cambiar por para sumar un título a  la histórica galería de nuestro equipo)

Aprovecho esta tribuna para convocar a todos los colombianos (cambiar por santafereños), sin distingo de edad, género, ideología o raza a unirnos en una sola expresión con el fin de trabajar (cambiar por celebrar)  juntos para dejarle un mejor país (cambiar por gran recuerdo) a nuestros hijos.  Es para ellos, para las futuras generaciones (cambiar por los sufridos hinchas rojos) que se ha firmado este acuerdo, (cambiar por se ha logrado este triunfo) ratificado en las urnas (cambiar por las canchas)

Es momento de dejar atrás los rencores y diferencias (cambiar por momentos difíciles) levantados (cambiar por presentados) a lo largo de esta campaña. (agregar lo importante es que somos  campeones)

El reto apenas empieza. Lo que viene de ahora en adelante es un desafío histórico Múltiples escenarios (agregar deportivos) esperan para hacer realidad (cambiar por ratificar frente a otros oncenos) ese sueño (cambiar por el triunfo alcanzado) tantas veces aplazado de tener un país en paz (cambiar por y llevar la grandeza futbolística del león más allá de las fronteras). Adelante Colombia (cambiar por Santa Fe). No exageramos al decir que la victoria del sí en el plebiscito (cambiar por la novena estrella) es la puerta de entrada al futuro de nuestra nación (cambiar por a mayores glorias en las canchas de Colombia y el mundo). (Agregar Dale  Rojo, te amamos con todo el corazón)
………….

(¿Final?) Hemos triunfado. La disciplina, constancia y tesón de jugadores y cuerpo técnico abrió la puerta para sumar un título a la histórica galería de nuestro equipo.

Aprovecho esta tribuna para convocar a todos los santafereños, sin distingo de edad, género, ideología o raza a unirnos en una sola expresión con el fin de celebrar juntos para dejarle un gran recuerdo a nuestros hijos  Es para ellos, para los sufridos hinchas rojos, que se ha logrado este triunfo, ratificado en las canchas.

Es momento de dejar atrás los momentos difíciles presentados a lo largo de esta campaña. Lo importante es que somos  campeones.  El reto apenas empieza. Lo que viene de ahora en adelante es un desafío histórico. Múltiples escenarios deportivos esperan para ratificar frente a otros oncenos el triunfo alcanzado y llevar la grandeza futbolística del león más allá de las fronteras.

Adelante Santa Fe. No exageramos al decir que la novena estrella es la puerta de entrada a mayores glorias en las canchas de Colombia y el mundo. Dale  Rojo, te amamos con todo el corazón.

martes, 9 de agosto de 2016

La batalla de los arcos

En esos tiempos cancha y calle eran sinónimos, la grama era el pavimento y los equipos se conformaban entre vecinos. Un día los pelados de la cuadra se cansaron de los ladrillos. Su interés en la materia prima de la construcción no tenía fines arquitectónicos ni vandálicos. Era futbolístico, cuatro ladrillos para construir los arcos. Entre partido y partido alguien propuso la idea. Pagar entre todos unos arcos de  madera. Cada uno aportó de acuerdo con sus finanzas familiares. Y se hicieron las canchas

La inauguración oficial del estadio callejero fue un viernes en la noche. Asistencia total. De un lado Flaco, Pelona, Caribonito, Gorilón, Mechudo, Gafas, los Hermanos y Lolo;  enfrentados al Negro, Careyuca, El Enano, Fofo, Pipe, Terciopelo y los Monos.

Pipe tenía dos ventajas. Su hermana y su balón. La primera por bonita y el segundo por marca y calidad. La hermana parecía inalcanzable; pero el esférico sí era invitado permanente a los partidos. En el otro equipo de ese día militaba Gorilón,  desproporcionadamente alto para sus 12 años. Por unanimidad él era el plan B de bodega para los arcos. Él no, su casa. El plan A, como reconocimiento al dinero aportado, estaba en la casa de Pipe.

En medio del juego, mamá Pipe hizo el tradicional llamado a mijito desde la ventana. Los jugadores ya conocían la rutina. Pipe cogía su balón y se iba. El encuentro seguía con el balón del Flaco, menos elegante, aunque sin límite de tiempo. Pero ese día Pipe no solo cogió su balón, sino que agarró las canchas y arrancó para la casa. Gorilón se atravesó dispuesto a hacer valer su derecho de arco. Comenzó la discusión.

La  mamá de Pipe reaccionó, dispuesta a proteger a su "niño". Se plantó en medio de los muchachos y concentró su artillería verbal sobre Gorilón. Pipe no sabía si esconderse o defender a su progenitora. Cierto, era un niño consentido, pero también tenía una imagen frente a sus amigos. Así que tuvo un acto de nobleza interesada. Reconoció el derecho de Gorilón sobre los arcos, porque él también había aportado plata.

Sin embargo, mamá Pipe ya no tenía reversa. “Diga cuánto es y yo le doy la plata, nadie va a humillar a mi niño por unos pesos. ¡Diga!”. Además, la hermana había entrado en escena y Gorilón la amaba en silencio. Permanecía callado porque, dijera lo que dijera, debía tener efecto triple. Derrotar a Pipe, callar a mamá e impresionar positivamente a hermana.

“!A mí hijo lo respeta, señora!”. La mamá de Gorilón no era tan protectora, pero no se iba a quedar mirando desde la ventana mientras agredían verbalmente a su pequeño de 1.70. Con su entrada, la discusión se socializó. Cada interpelación atravesó puertas, ventanas y paredes convocando papás y mamás de Flaco, Pelona, Caribonito, Mechudo, Gafas, Hermano, Lolo, Negro, Careyuca, Enano, Fofos, Terciopelo y Monos.

Como no era mucho lo que se podía decir sobre las canchas, la discusión se amplió a otros temas relacionados con la convivencia. El excesivo volumen de los equipos de sonido. Los carros mal parqueados. Las cuentas del bazar de tres años atrás. Nadie sabe cuanto tiempo duró la pelea pero –más por cansancio que por otra cosa– finalmente un arco salió para la casa de Pipe y otro para la de Gorilón.

Al día siguiente la muchachada se reunió para su partido diario. Los cuatro ladrillos de siempre marcaron los arcos. Los jugadores se redistribuyeron en grupos completamente diferentes a los de la noche anterior y empezó el juego. Nadie volvió a utilizar los arcos de madera. Ah, y ese día Pipe y Gorilón jugaron. En el mismo equipo.

martes, 6 de octubre de 2015

Actos obscenos


Si no hubiera sido por el jugo, el mal estado de la vía, los amortiguadores deficientes del bus y, sobre todo, por haber llegado al sitio correcto a la hora equivocada, Gabriel estaría por fuera de las estadísticas anuales de la Policía Nacional.

Nuestro hombre trabaja como técnico. Esa tarde, particularmente soleada, fue llamado para un servicio en ese barrio estrato alto construido sobre los cerros, adonde se llega en carro, en moto, o a pie, pero cansado y sudoroso. Ese fue el caso de Gabriel.

De entrada le ofrecieron un jugo de frutas recién preparado. Es más, dejaron la jarra por si quería más. La sed arreciaba y el contenido de la jarra desapareció. Culminado el trabajo pensó en pedir prestado el baño, pero le dio pena. Ese fue el primer error.

Ya había caído la noche cuando salió de la casa. Algo por allá adentro estaba pidiendo pista de salida, pero con niveles manejables. De manera que caminó como cuatro cuadras en bajada, llegó a la avenida, tomó su bus y se acomodó en la última fila.

Si bien había recorrido el mismo trayecto miles de veces, solo ese día se concientizó de la enorme cantidad de huecos, los cuales generaban múltiples y constantes saltos del bus, saltos que afectaban sobre todo al usuario del último puesto. O sea, a él.

Cada salto alborotaba la jarra de jugo que circulaba por su sistema de evacuación de líquidos. La solicitud de salida pasó a exigencia inaplazable. El hombre acudió a todos los trucos del manual. Respirar profundo, cruzar la pierna, pensar en otra cosa. Pero llegó el momento de tomar decisiones radicales.

No había centros comerciales o conocidos en la ruta. Las calles iluminadas atentaban contra la discreción necesaria para la evacuación. Sí existían parques, pero su espíritu cívico, más los deportistas y paseadores nocturnos de perros, actuaban como frenos. En medio de un sudor cada vez más frío su mente visualizó la locación salvadora. La zona verde ubicada al lado de la calle, detrás de una cancha de fútbol, que, según recordaba, carecía de iluminación y estaba cercada. De noche nadie iba por allá.

Era sencillo, bajarse del bus, caminar hasta la malla y hacer su diligencia. Y precisamente cuando estaba en esa parte, se hizo la luz.

Claro, él no tenía porque saber que justo esa noche inauguraban la iluminación de la cancha y que, como parte del espectáculo, todos los asistentes esperarían en silencio el encendido, ni que la portería sur –frente a la cerca– era el punto central del acto.

Sorprendido por la situación –como se pudo ver en los videos que circularon por redes sociales,¿mencioné que había televisión?–  su saco se enredó en el malla. Fueron pocos segundos, pero a él le parecieron horas mientras se zafó, guardó lo que había que guardar y tras unos cuantos fracasos logró poner la bragueta en su sitio.

A estas alturas la Policía intervino, y, para resumir el cuento, su implacable hoja de vida terminó manchada con una reseña que pasó a ser parte de las estadísticas anuales de la autoridad en el aparte  “Capturas in fraganti en actos obscenos”.


jueves, 1 de octubre de 2015

Una oferta que no pueden rechazar



Señores
Altos directivos, presidentes y representantes legales de los grandes clubes de fútbol de Europa.

Que tengan ustedes un buen día. Conocedor de la modalidad de contratación predominante entre ustedes para nosotros los colombianos, pongo a su consideración mi hoja de vida, confiado en que mis condiciones personales y profesionales sean adecuadas para satisfacer sus expectativas.

Aunque en la hoja de vida anexa detallo mi trayectoria laboral, anticipo que tengo gran experiencia en reemplazos, sustituciones, filas, esperas, contingencias y demás habilidades en las cuales, por lo que veo, el personal de origen colombiano goza de toda su confianza y favoritismo.

Aclaro que no aspiro a obtener las millonarias ganancias tasadas en euros que reciben nuestro futbolistas por ver los partidos desde la tribuna o la zona de reserva. Mis aspiraciones son muchísimo más modestas, con la ventaja adicional de que el trabajo que realizo no incluye la compra de derechos deportivos.

De hecho, estoy a su disposición para múltiples opciones Por ejemplo puedo ser el portero suplente. No el que cuida los tres palos, sino el que atiende la entrada de sus oficinas, o de la sede deportiva donde se realizan los entrenamientos.

Reconozco que ignoro si dicha plaza existe. Me atrevo a presumir lo siguiente. Al colombiano encargado de reemplazar a quien vigila una portería donde no hay nada de valor le pagan 740 millones de pesos. Entonces, por una centésima parte de ese valor, ustedes pueden tener otro colombiano para que le haga el relevo a quien cuida las instalaciones donde están, qué sé yo, los trofeos, los computadores, los muebles y otros activos. Seguridad ante todo.

También les informó que hace no mucho me tronché una pata, y aunque ya me recuperé médicamente,  aún no me muevo con la misma agilidad de antes de mi accidente. Y para aprovechar esta ventaja no es necesario que me den 500 millones de pesos mensuales. Mis tarifas son ridículamente bajas, y eso que yo pago mi propia ropa.

Para no extenderme, les expreso mi disposición para ponerme en contacto con ustedes por esta vía o por la que consideren conveniente. Solo quiero enfatizar otra competencia profesional, como son mis amplios conocimientos y experiencia en carpintería y/o ebanistería, tanto en la fabricación de muebles, como en su restauración y reparación.

Todo este conocimiento lo puedo aplicar en sillas, mesas y armarios. Pero lo más importante es que dispongo del  bagaje profesional para continuar con la tradición de las contrataciones colombianas en es pieza del mobiliario que, con contadas excepciones, parece ser una especie de patrimonio nacional en tierras europeas.

Me refiero, por supuesto, a la banca.

martes, 28 de julio de 2015

Aerogol glusabroso


La idea del publicista parecía excelente. En el momento del partido definitivo, de la final del campeonato, con el estadio a reventar, un parapentista pasaría por encima del escenario deportivo, arrastrando una pancarta de “Tome Glusabroso”. El mejor lanzamiento posible para  la bebida del siglo XXI.

Todos los problemas logísticos fueron solucionados. Los permisos de las autoridades. La ubicación y contratación del parapentista. El alquiler del avión. Las cuñas en la radio para que, en el momento indicado, avisarán al público que mirara hacia el cielo.

Pero el día del gran lanzamiento, oscuros nubarrones complicaron el panorama. Comenzó con una llovizna suave en la madrugada, que hacia las 10 de la mañana ya era tremendo aguacero. El publicista comenzó a ponerse nervioso. Al mediodía cuando las aguas arreciaron con furia sobre la ciudad y el estadio, ya se había fumado tres paquetes de cigarrillos de chocolate, porque precisamente la semana anterior había decidido dejar de fumar.

Eran las dos de la tarde cuando los elementos se calmaron, aunque gruesas nubes continuaron interponiéndose entre la gramilla y el sol. En el aeropuerto, piloto y parapentista respondieron con un “esperemos” a la pregunta del - a esas alturas - publicista embutido de chocolate. Y el reloj siguió corriendo hasta que la radio anunció el comienzo del partido...

...Faltaban 30 minutos para que el encuentro terminara. El equipo local ganaba uno por cero. El empate le bastaba al visitante para llevarse el campeonato. La torre de control finalmente autorizó el vuelo. Pasaron 15 minutos entre encendido, carreteo y despegue.

Entretanto, el visitante atacaba. Los locales se defendían con uñas y dientes, en inferioridad numérica a causa de las expulsiones. El público se comía las uñas, y le gritaba al hombre de negro, “¡Tiempo!” Nada podía quitar su atención del campo.

Por eso ni ellos, ni los jugadores, ni el arbitro, ni los camarógrafos, ni los fotógrafos le prestaron atención al parapentista que empezó a volar en círculos alrededor del estadio con su pancarta de “Tome Glusabroso" arrastrada a sus espaldas.

Solo una persona reaccionó. Durante cinco segundos, el arquero local levantó la mirada. Suficiente para que los delanteros rivales le hicieran el gol del empate. Y suficiente para que toda una ciudad se pusiera de acuerdo en una cosa.

Aquí nadie toma Glusabroso.

jueves, 8 de diciembre de 2011

46 cosas que hago porque soy hombre

1. No pregunto direcciones.


2. Ese partido de fútbol es más importante que cualquier cosa.

3. Me creo dotado genéticamente para trabajos de electrónica, plomería y en general reparaciones locativas.

4. Yo manejo cuando voy con mi pareja, independientemente de quien sea el dueño del carro.

5. Para otros, solo cocino platos exóticos o aso carne.

6. No exteriorizo lo que siento.

7. Solo digo a un amigo cuanto lo estimo media garrafa después.

8. No me interesan los detalles, solo la esencia del chisme.

9. Puedo oír, asentir y hasta carraspear durante 30 minutos, sin escuchar una sola palabra de lo que dice mi pareja.

10. Si le digo algo bonito a una mujer que no sea abuela, madre, hija, esposa, hermana o cualquier otro grado similar de consanguinidad, una parte de mí piensa en sexo.

11. El caso anterior excluye, algunas veces, a mi pareja.

12. Invierto mi dinero extra –o el que debería financiar necesidades básicas– en herramientas y dispositivos electrónicos.

13. Si no echo por lo menos un madrazo al día me siento incompleto.

14. Veo telenovelas, pero no lo acepto.

15. No hablo de la apariencia física de otros hombres.

16. Por lo menos una vez en mi vida me he peleado a puños con alguien.

17. Tomo cerveza, así no me guste.

18. Nunca me meto en pelea de mujeres.

19. Quiero a mi mujer, pero mi mamá llegó primero.

20. No le abro el paraguas a una llovizna.

21. El examen de próstata es uno de mis temas tabú.

22. Si tengo frío, me aguanto; si tengo calor, me aguanto; si hace mucho viento, me aguanto. ¿Y si me preguntan? Estoy bien, gracias.

23. Pongo la plata, que ellas compren.

24. Olvido fechas importantes, a menos que sea un partido de fútbol.

25. Compro ropa en minutos.

26. Cuando tengo que permanecer en casa en horas laborales soy insoportable.

27. Como rápido y en silencio.

28. Voy al baño solo y limito la conversación con mis compañeros de orinada a monosílabos.

29. En reuniones de familia extendida armo parche con todos los esposos de mis cuñadas.

30. Destapo frascos.

31. Así sea con plata de ella, yo pago.

32. Las únicas decisiones que tomo relacionadas con decoración de interiores son presupuestales.

33. Realizo pocas labores domésticas, tal vez una sola, pero en ella soy obsesivo y perfeccionista a extremos insoportables.

34. Me gustan las sillas grandes.

35. Tengo por lo menos una prenda de vestir vieja, sucia y arrugada que periódicamente debo rescatar de la basura.

36. Odio la afeitada diaria, aunque cuando era adolescente soñaba con llegar a ella

37. Rezo, pero callado.

38. Canto, pero borracho.

39. Odio ir al médico y en lo posible, solo lo visito cuando me tienen que llevar.

40. Me gustan las cosas que hacen ruido, desde triquitraques hasta carros de motor grande.

41. Sudar es bueno

42. Oler feo en determinadas circunstancias es un orgullo.

43. El control remoto del televisor es míooooo.

44. Cambio de canal, y cambio de canal y cambio de canal... hasta volver al canal inicial, y cambiar de canal.

45. Cualquier color menos rosadito

46. Incluyo algunas rutinas de belleza en mi jornada diaria. Nadie lo sabe y no estoy dispuesto a reconocerlo en ninguna circunstancia.

sábado, 28 de agosto de 2010

Los invencibles del B

Para El Último Esfuerzo, goleador de almas
Perdidos en el desván de la memoria, debajo de la primera borrachera, al lado del primer amor y en medio de esa película que no nos dejó dormir un mes, todo ser humano tiene tres recuerdos que periódicamente bajan al corazón. Un barrio, una tienda y un equipo de algo.

En un país de futbolistas, cualquier hombre tiene una historia sobre esos 11 aguerridos luchadores que conquistaron la gloria detrás de un balón, en el memorable recreo durante el cual, por primera vez, un curso cualquiera ganó el campeonato del colegio

Los imberbes atletas de aquel entonces hoy son una partida de barrigones con calvicie incipiente, repletos de hijos y deudas, cuyo único contacto con el fútbol consiste en atiborrarse de cerveza y crispetas frente a un televisor.

Pero a veces, cuando están solos, a escondidas de su mujer agarran la vieja camiseta que han rescatado cuatro veces de la caneca y recuerdan que ellos, los viejos, formaban parte del mismo equipo de:

N… quien ocupaba el arco. De él se decían muchas cosas en voz baja por la nunca aclarada profesión de su padre, y por ser el único niño que almorzaba caviar y entraba a clase con guardaespaldas.

En la defensa formaban 4 en línea. El "Potro", único ser humano capaz de correr con los dos pies en el aire al mismo tiempo sin caerse. El "Chiverudo” quien ostentaba orgullosamente sus 8 pelos colgantes - contados e inventariados - en la papada, con apenas 13 años. Y el pequeño, ínfimo, mínimo y, y ágil "A…", quien no paraba a los delanteros enemigos, pero por lo menos les echaba la madre. Cerraba la "Vaca". Grande, lento y torpe, aunque asustador.

En el medio, estaba el menor de los V…, conocido entre sus rivales como una especie de "motosierra” por su inmensa capacidad de producir leña y el “Gordo”, quien no jugaba muy bien al fútbol, pero cumplía eficazmente la labor de busca bonches derecho.

El eje era el K. La leyenda. Aunque apenas iba en segundo bachillerato corría más que los de cuarto, y le hacia túneles a los de sexto. Sus taponazos eran el terror de todos los arqueros, desde quinto primaria hasta quinto bachillerato. Le ganaba en cuerpo a los profesores, y en una sola tarde había hecho una 21 de 2 mil 343, mientras se tomaba una gaseosa.

Era el mejor. El mejor futbolista de esas aulas. El que había roto el vidrio de la rectoría con un taponazo desde mitad de cancha.

Adelante jugaban la "Pepa", llamado así por sus músculos precoces, quien era capaz de pasarse al equipo contrario en pleno, para luego, romper la ventana del salón de música. El “Mono”, adorado tormento de todas las alumnas de sexto para abajo y su eterna llave con el balón, "J" un pequeño y corajudo puntero derecho.

Parodiando al maestro Barros, muchos de ellos, ahora viejos, ya no
juegan.

Aunque todavía se sienten los taponazos en el alma.

lunes, 26 de octubre de 2009

El que mete gol tapa.

Eso sí era fútbol. El uniforme: lo que tuviéramos puesto. El tiempo: hasta que sonara la campana. Los jugadores: el curso entero (incluyendo el A, el B y el C). Los equipos: divida por dos el total. El balón: el que llevara alguno o, en su defecto, los que prestaban en el colegio o, en su defecto, cualquier objeto redondo con más de 20 centímetros de diámetro. La cancha: la misma cuyos arcos eran tubos de acueducto y tenía un poste de luz atravesado. La gramilla: parches verdes en medio de un polvero veraniego o un encharcado invierno. El árbitro: ¿eso qué es?

Suena la campana para el recreo. Salen los jugadores. Los primeros dos cursos que lleguen al arco se apoderan de él. Unos juegan por delante, otros por atrás del campo oficial. Los demás arman cancha con sacos y maletas. El que tenga más pinta de arquero, el que terminó en esa posición el “partido” anterior o el dueño del balón –si eso es lo que le gusta- junto con su pareja comienzan tapando.

Pueden ser 10, 15 ó 20 equipos. Primera fase, definición de las parejas. Uno, las llaves permanentes, los que pasaron la primaria y lo que va del bachillerato compartiendo delantera, medio campo, defensa y tarea de inglés. Dos, los amigos para todo, incluido para esta. Tres: los que se organizan como pueden. Sobra 1. Que tres malos formen equipo. Nadie quiere jugar con ese.

Rueda el esférico. Sacan los cuidapalos (o cuidasacos, o cuidamochilas o cuidalibros, según el caso). El balón se eleva y como palomas en plaza tras una crispeta, todos los muchachos se lanzan en su búsqueda.

Junca y Salazar utilizan la más exquisita técnica de toque y agilidad. Kurmen y Prado prefieren combinar la fuerza con el taponazo. Arz y Barreto manejan un buen toque. Rivera y Varela reparten patadas intercaladamente entre el balón y los rivales. Villa y Jaramillo esperan cerca del arco alguna oportunidad, ignorando el grito de !Palomeros no! Monroy y Fuentes pescan balón en río revuelto e intentan vencer a los arqueros de turno.

Se juega con el uniforme de diario. Algunos llevan tenis, otros zapato de suela o botas asesinas, destructoras de canillas. Ese es un peligro.

El otro son los taponazos inesperados de las patas bravas. El balón está en poder de Junca, quien tras evadir a Jaramillo se la pasa a Salazar. Este hace una gambeta, otra, otra y la pasa de nuevo a Junca, pero Kurmen se interpone, lo toma, la pasa a Prado quien hace lo único que sabe hacer, pegarle con todo. Todos se quitan de en medio, incluyendo a los arqueros. La ventana del salón de música detiene el esférico. Otro vidrio en la cuenta personal del sujeto.

La táctica y la estrategia cuentan. Teóricamente son equipos de dos, en la práctica se arman mafias. Parejas de cuatro y hasta de seis se entregan el balón o su equivalente, se dejan pasar, se confabulan para repartir patadas entre el personal. La suerte también juega. El "rey del arepazo (suerte)" de siempre está distraido mirando alguna joven cuyo nombre empieza por .... cuando las leyes de la física ponen el balón en sus piernas tras 27 rebotes al azar. Una sola patada y cambio de arqueros.

Arquero y defensa. O arquero delantero y arquero trasero. O doble arquero dentro del arco (pues claro, ¿dónde más?). La menos recomendable de las técnicas, pues una estirada simultánea suele terminar en choque, a veces de cabezas. Los que tapan vuelan, saltan, se arrastran y hacen todo lo posible para seguir tapando. Su agilidad y destreza se ven premiadas con espectaculares atajadas. Su suerte también. A veces otros paran el balón con sello de gol. O la paran ellos sin tener la menor intención de hacerlo. ¡Se la encontraron! Pues sí, pero vale.

¿Conflictos? Todos. Hay que buscar el balón. No esperarlo. Gol de palomero no vale. ¡Camilo no sea palomero! Que pasó por encima del saco. ¿Fue palo? ¿Fue gol? ¡Fue palo! ¡Fue gol! Tapamos nosotros. No, seguimos tapando nosotros. Entonces que tapen ellos para seguir jugando. Vale.

Pitazo final. No hay pito. Hay un timbre que marca el fin del recreo. Tiempo de recoger los sacos y los libros. Tiempo de volver al aula a perder el tiempo mientras vuelve aquello que realmente vale la pena en el colegio. Cuando no habían escuelas de fútbol. Cuando la seguridad no era una obsesión. Cuando cualquier espacio era cancha. Cuando para ser balón solo había que ser redondo.

Así no aprendimos a jugar. Así aprendimos a amar el fútbol. Así aprendimos a vivir.

Un juego, muchos equipos, un balón, un nombre, un recreo, una regla:

El que mete gol tapa.

viernes, 9 de octubre de 2009

Tele hinchas, esa extraña especie.

Son vísperas del final de la Eliminatoria al Mundial de Suráfrica. Por cierto que la palabra eliminatoria describe muy bien la situación de Colombia, pero en fin, hay quienes no pierden la fe sino hasta el último momento. Son aquellos que contra toda evidencia estarán pegados al televisor en los proximo días. Son una extraña fauna. Aquí, algunos ejemplares de la misma.



Enamorada
Su única relación con el fútbol tiene forma de novio. Por eso acepta como parte de sus deberes de pareja dedicarle dos horas trimestrales a la Selección Colombia. Se ofrece gustosa a ejercer de mesera durante los partidos, entre otras cosas porque no sabe la diferencia entre un gol y un sandwich. Mientras los demás se comen las uñas frente al televisor, ella sirve entremeses, contesta el teléfono, abre la puerta y lava los trastos.

Pero como tiene claro que las parejas deben compartir, tarde o temprano termina sentada frente al televisor. Entonces comienzan las preguntas a "mi amor" ¿Y cuales son los colombianos? ¿Y a ese señor de negro porque nunca le dan el balón? ¿Y porque el que está entre los palos si puede cogerla con la mano? ¿Eso es un gol?

Ermitaño
En casos extremos vive solo. En otros tiene televisor en el cuarto. Ese día - si es festivo - no se baña, no se viste y solo se levanta para colocarse una pantaloneta e ir a comprar cerveza y papas a la tienda de la esquina. Si es un día de trabajo se escapa temprano, pasa por la tienda donde compra cerveza y papas fritas, llega a la casa, se desviste y pone el radio en alguna emisora escandalosa para ir entrando en calor.

Si tiene teléfono lo desconecta. Si tiene timbre corta los cables. Si tiene Internet apaga el computador. Si tiene puertas y ventanas las cierra. Si tiene persianas las baja. Se acomoda en la silla frente al televisor 105 minutos (45 y 45 con una pausa de 15 para ir al baño) emitiendo sucesivamente cuatro tipos de sonido: el chas chas de quien mastica papas, el glu glu de quien bebe cerveza, el beeerrrp de quien acaba de tomarse una cerveza y el %&$&%$&$@ de quien ve un partido de fútbol.

Intelectual

Considera el fútbol otra alienación de la sociedad de consumo promovida por la burguesía para evitar que las masas reflexionen y reaccionen en su condición de oprimidos por el sistema. Cada que puede suelta una perorata acerca de los significados ocultos del discurso globalizante que se vale de la función persuasiva del espectáculo lúdico-deportivo para consolidar su orden oligárquico.

Como nadie entiende lo que dice, opta por la protesta silenciosa. Y el día del partido sale a caminar por las calles, demostrando que él no se deja alienar por ese simbolismo patriotero.

En su discurso privado, pregona a los cuatro vientos que prefiere un mal libro a cualquier partido. Por eso lleva bajo el brazo un desafiante ejemplar del Ulises de James Joyce. Mientras busca un parque pasa frente a algún escaparate de esos que ponen televisores para darle oportunidad a la fauna callejera de ver el partido. Antes de irse le pregunta a un ocasional contertulio como va la cosa.

... es uno de esos momentos especialmente complejos. Colombia pierde 1-0 y el tiempo corre. El equipo nacional busca el empate con todo, mientras el rival se defiende. Y de repente ocurre el
milagro. Algún ágil jugador nacional evade al defensa, mete el centro, y uno de esos morochos de olfato goleador se levanta como águila y encaja el cabezazo en la red...

30 millones de televidentes se unen en un solo grito de gol, incluyendo a cierto personaje de gafas redondas y mochila de intelectual que acaba de tirar al aire un ejemplar del Ulises de James Joyce...

Ave de mal agüero

El lo tiene claro. Y lo pregona. Vamos a perder. Y recemos para que no sea por goleada. Lo dice una semana antes del partido. Lo repite todos los días. Y da razones. Es que no podemos reernos el cuento. Es que ese toquecito intrascendente no sirve para nada. Es que lo pasado ya pasó.
El día del partido, sin embargo, es de los primeros en coger puesto frente al televisor. Dice que para ver mejor los goles del otro equipo. A medida que dan las alineaciones se riega en elogios para los jugadores del equipo contrario, y no ahorra calificativos para criticar a los nacionales.

Independientemente del resultado, para él el partido será una suma de fuerzas del destino. La naturaleza contra la suerte. La naturaleza dice "vamos a perder". Y si empatamos, ganamos, hacemos un gol o nuestro uniforme es más bonito es solo un excepcional caso de buena fortuna que difícilmente se repetirá. Nada más.

No solo lo piensa. Lo dice todo el partido. Si nos hacen un gol, advierte que es el primero de la docena. Si lo hacemos señala que siempre comenzamos ganando y... tiene en su mente todas las
referencias históricas de desastres futbolísticos hechos en Colombia y los va soltando a lo largo y ancho del partido. No es un ave de mal agüero. Es una bandada.

Y como tiene complejo de Jalisco, nunca pierde. Así que si ganamos por goleada, asumirá un tono grave y lejano mientras dice en voz queda "¿se acuerdan lo que pasó después del 5-0?".


Escandalosa

Algo sabe de fútbol. De hecho, ha acompañado un par de veces a su compañero (novio, marido, o cualquier rol intermedio) al estadio, entiende los presupuestos básicos del juego, ve los goles en los noticieros y hasta es hincha de algún equipo. Pero cuando la barra de amigos decide reunirse para el día del partido, nadie entiende la cara de presagio que pone el caballero cuando le dicen "y traiga a su mujer".

El tipo intenta un par de disculpas, pero la presión de grupo finalmente lo hace ceder. Y el día del enfrentamiento, con la sala improvisada como tribuna comienza el espectáculo. El espectáculo de ella.

Porque ella no vive el fútbol. Ella amplifica el fútbol. Ella es la gambeta en forma de sonido. De principio a fin grita. Grita porque salió el balón. Grita porque entró. Grita porque su equipo
va a hacer gol. Grita porque el otro va a hacer gol. Grita porque el árbitro pitó una falta. Grita porque el árbitro no la pitó.

Su tensión nerviosa es tal, que necesita algo de donde agarrarse. Al pobre novio le destrozan los brazos a pellizcos cada vez que el equipo contrario se acerca a la red propia. Si llega a haber un
penalti - a favor o en contra - lo abrazará como luchador, con tanta fuerza que después del cobro respectivo el tipo necesitará ir a la ventana más cercana a recuperar el aire. En caso de que se trate de una serie de desempate - cinco penaltis - la más recomendable es que encargue de una vez dos pipetas de oxigeno.

Al terminar el encuentro el novio, marido, o cualquier rol intermedio tiene los brazos llenos de morados y la tráquea como un banano. El resto de los asistentes oscilan entre el comienzo de
una sordera permanente y un persistente zumbido en los oídos. Solo en ese momento entienden aquello de la cara de presagio cuando le dijeron "y no se olvide traer a su mujer".

Sabelotodo

De entrada hay que decir que no lo invitaron, pero de alguna manera lo supo - siempre lo sabe - y ahí se apareció, con un paquete de algún pasaboca importado que solo le gusta a él. Se
ubica en algún lugar privilegiado frente al televisor y empieza su espectáculo, el cual siempre coincide con el partido.

Este personaje tiene claro que los cotejos de fútbol existen para que él pueda demostrar sus enormes conocimientos en la materia. Desde antes de iniciar el encuentro está dictando cátedra sobre alineaciones, sistemas, estrategias y tácticas, sin dejar de lado el sesudo análisis de las hojas de vida de cada uno de los participantes.

Con tal de que se calle, sus compañeros hacen de todo. Pero nada lo calla. Tiene la boca llena de pasabocas y sigue hablando. El televisor está a todo volumen y él sigue hablando. El más impaciente intenta estrangularlo y sigue hablando.

Como es un comentarista frustrado, utiliza la jerga de los periodistas deportivos. El balón es un esférico, el tipo que corre un punta de lanza o carrilero, el tiro libre una jugada de laboratorio y el técnico un estratega.

Constantemente hace relación a situaciones que solo él vio y que muestran claramente el marco estratégico del esquema táctico basado en la combinación de la clásica w invertida con el fútbol
total. Mientras tanto, sus amigos definen la estrategia para el próximo partido.

El objetivo es uno solo. Que el sabelotodo no vaya.

Martir


Se prometió a sí mismo que esta vez lo evitaría. Que se iba a dar una vuelta, a ver otro programa de televisión, a leer un libro, a conectarse a Internet, a contar las tejas de la casa. Pero la
compulsión es incontrolable. Para algunos es fumar, para otros beber. Hay quienes no resisten cuando el cuerpo les pide drogas alucinógenas. En cambio, él es un adicto al fútbol en fase
preterminal.

Para él los partidos no se ven. Se sufren. Se sufren literalmente. Durante 90 minutos su ritmo cardiaco se acelera, su respiración se vuelve entrecortada, devora uñas hasta la raíz y sigue con las de los pies, se despeluca. Suda frío en las manos, la frente. Las axilas y el pecho y las caderas. La tensión arterial se sube y baja al ritmo del movimiento del balón por la cancha.

Si hasta el médico le ha dicho que mejor no vea partidos. Pero es más fuerte que él. Así que se acomoda en un rincón de la sala con los ojos fijos en el televisor y empieza el calvario periódico de 90 minutos.

Mientras fuma un cigarrillo tras otro - los únicos que consume en su diario vivir - se toma apresuradamente los aguardientes que siempre rechaza en su condición de abstemio, y
maldice a los ingleses por haber inventado esa tortura de 90 minutos que se llama fútbol.



(Final final)