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miércoles, 13 de mayo de 2026

Esas madres que pocos conocen (y 2)

(Viene de la primera parte)

Maternalismo geográfico

En todos los países del mundo hay madres, En Cuba son palizadas o conjuntos de leña colocados en orden para hacer carbón. En Honduras se le llama a un insecto madre de culebra.

Por acá en Colombia, en los Llanos Orientales, se habla de madreviejas, que son ríos secos a cuyas orillas cantan los paujiles. En la costa Atlántica existió la expresión madre del caimán, refiriéndose a la progenitora poco cordial con sus hijos. La denominación viene de la leyenda que acusa a los caimanes de devorar a sus hijos al nacer.

Los geógrafos del mundo también han recurrido con bastante frecuencia a la madre. La Madre de Dios, además de la Virgen María, es un río, una isla, un arrabal de la ciudad española de Logroño y un archipiélago chileno. Hay una sierra Madre en México y otra en Filipinas. El país de los aztecas y los Estados Unidos tienen sus lagunas Madre. Una región de Argentina recibe el nombre de Madrevieja.

Tres madres en la mente

El apoyo de la madre es trascendental, pero no solo para los hijos. Es importante para las estructuras que dependen de un madero madre. Es importante para los tubos de alcantarillas y acequias que van a dar a un tubo madre dentro de los sistemas de desagüe de las grandes ciudades.

Es que la madre es algo muy grande. Tanto que el Lexicón de Colombianismos la define como algo "descomunal, atroz, estupendo, formidable, terrible, usado enfáticamente..." (qué despelote tan madre).

Todo ser humano tiene mínimo tres madres en su mente. La mujer que lo trajo al mundo y dos membranas que protegen el cerebro: la duramadre y la piamadre. Las aves, por su  parte, poseen una madrecilla situada entre el ovario y el ano. Es allí donde se forman la clara y la cascara de los huevos, en lo que popularmente se conoce como huevera.

Es mucho lo que se ha escrito a esta mujer. Pero lo que pocos conocen es que si no fuera por una madre los discos de vinilo no existirían. Para el ingeniero acústico la madre es aquella matriz que moldea esta antigua modalidad de grabación y reproducción musical que ha tomado un nuevo aire en tiempos recientes.

Madres locas y del cacao

En la Edad Media, los burgueses de la ciudad de Dijon (Francia) crearon una sociedad bufa que se dedicaba a realizar representaciones satíricas. Viajaban de ciudad en ciudad dando a conocer sus farsas. Se llamaban la Sociedad de la Madreloca.

Lo que le pasó a los alegres muchachos de la Madreloca es algo que solo la historia sabe. Pero el destino de otras madres sí es más conocido. Las madreperlas, por ejemplo, son aquellas conchas que residen en el fondo de los mares intertropicales y dan origen a las joyas esféricas que han inspirado a poetas y tentado a piratas.

Grandes hombres han sido hechura de sus madres. Muchas plantas de cacao también. Los hondureños han llamado madre del cacao a una falsa acacia que cultivan junto al vegetal que origina el chocolate, con el fin de darle forma a su enclenque mata.

La mitología del campesino colombiano tiene su buen surtido de madres. Está la Madre del Agua, una mujer hermosa que se roba a los adolescentes y los lleva a su casa, ubicada en el fondo del río.

También están la Madremonte y la Madreselva. La primera es una señora que se representa de diversas formas, algunas poco agradables (con colmillos y cubierta de hojas). Ella practica una dieta de niños recién nacidos. Lo hace en venganza por la destrucción que el hombre hace de la naturaleza. La segunda es una joven misteriosa que cuida a los niños buenos y se lleva a los malos,

Sin embargo, la que más mala prensa acumula es la madre política, o sea la suegra. Y con los avances de la ciencia moderna, desde hace años se habla de la madre probeta y de la madre que arrienda su vientre.

Literatura y algo más

Para los escritores, la madre ha sido una inspiración constante. Una novela de Máximo Gorki (Rusia), un drama de Santiago Rusiñol (España)  y un poema de Giovanni Cena (Italia) llevan este nombre.

Gamar Katiba, poeta armenio, escribió una composición llamada “Madre Araxes”. Friedrich Hebel (Alemania) le cantó a las progenitoras en “Madre e hija”. Emilia Pardo Bazán (otra vez España) hizo un extenso relato titulado "Madre naturaleza" y Max Halbe (más Alemania) narró la historia de "Madre Tierra".

Son muchísimas más las personas que han definido la madre, que le han cantado y escrito libros. Una de ellas, el obispo chileno Ramón Ángel Lara, redactó una página en prosa que se ha convertido en clásico y que resume la personalidad de las progenitoras. Este texto que comienza: "Hay una mujer que tiene algo de Dios...”

miércoles, 6 de mayo de 2026

Esas madres que pocos conocen (1)


Nota de la redacción.  Hace como 40 años cometimos este texto, que retomamos (ligeramente ajustado para adaptarlo a tiempos presentes) con motivo del día y mes de la madre. Como es bastante largo, va en dos partes. Una va hoy y la otra la próxima semana. Gracias por leer y, como siempre, comentarios y aportes son bienvenidos.

Madre no hay más que una, sostiene un antiguo proverbio. Sin embargo, la Real Academia de la Lengua no piensa lo mismo, ya que en su diccionario el término madre tiene 18 significados diferentes.

No son las única acepciones que recibe la maternal palabra. Hay madres que se han convertido en cordilleras. Otras son apellidos. Algunas se utilizan en la minería o forman parte de nuestra corteza cerebral.

Hay madrecillas, madremontes, madres de agua, madreperlas, madreviejas, madrelocas, madres de culebra, madres cacao y lenguas madre. Para el penalista del Siglo XIX, una madre de familia era algo diferente de lo que es ahora. Y si le preguntamos a un médico qué hacer con la madre de niños, posiblemente recete un medicamento para la enfermedad que recibe este nombre.

El sustantivo que nombra a la mujer que le da la vida a la especie humana puede ser un espíritu infernal que se roba a los niños para comérselos. O una sociedad bufa de la Edad Media. Para el ingeniero acústico es un tipo especial de molde. Para el llanero es un río seco y para el jinete, un paso especial que siguen los caballos que aún no han sido amaestrados.

Lo que encierra una palabra

El término madre viene del latín mater. Por un curioso fenómeno lingüístico muchas lenguas, incluidas las que no son romances utilizan expresiones similares (mother en inglés, mama en ruso. Hasta en chino y coreano suena la m en el nombre).

La madre no da únicamente hijos. También origina palabras derivadas al por mayor. Comadre, comadrona, madrastra, madriguera, madrina, maternal, maternidad, materno, matriarcado, matricida, matriz, matrona y metrópoli, se encuentran entre los “hijos” de este matrimonio (otro derivado) entre la madre y el idioma.

La Real Academia de la Lengua en su diccionario incluye 18 significados. Hay de todo tipo. Desde el poco poético pero bastante significativo de “Animal hembra que ha parido una o más crías”, hasta el que habla de "Alcantarilla o cloaca maestra”.

Se dice que ser madre es un honor. Además puede ser un título. Es la mención que se le otorga a las religiosas o a las personas que en hospitales y casas de recogimiento están a cargo del manejo. Asi también se les llama a las ancianas de un pueblo, sin importar su estado civil presente o pasado, o su historial médico en lo que a procreación se refiere.

Los caballos que no han sido entrenados tienen un trotecito corto denominado “Paso de la madre”. En los barriles de vino, mosto o vinagre también hay madres. Es el nombre que reciben los residuos  asentados en el fondo de los recipientes.

Dime qué haces y te diré y qué madre tienes

Para el abogado del siglo 19, la madre de familia era aquella que vivía en su casa honestamente y tenía buenas costumbres, aunque no engendrara. Existía la madre sacrílega, que era la que daba a luz al hijo de un religioso o que paría formando parte de una comunidad católica.

En cambio, el químico moderno habla de las aguas madre, que son las que restan de una solución salina que se ha hecho cristalizar. Por su parte, en tiempos pasados los médicos atendían de vez en cuando el denominado mal de madre, nombre atribuido a diferentes dolencias (algunas bastante curiosas, por no decir cuestionables) que afectaban a las mujeres.

Los mineros colombianos denominaban madres a las piedras que se encontraban reunidas al oro cuando terminaba el proceso de lavado. Si necesitaban sacarle brillo a algo metálico recurrían a la madre del oro, piedra que se utilizaba para estos menesteres.

Los lingüistas se refieren al latín como lengua madre de los idiomas conocidos como romances. Y los historiadores latinoamericanos le endilgaron a España el apelativo de Madre Patria.

(Continuará)

miércoles, 14 de enero de 2026

El Man

En la narrativa femenina de las nuevas generaciones hay un personaje recurrente que el oyente ocasional detecta en conversaciones ajenas: El Man.

Los comentarios escuchados en fragmentos de tertulias entre amigas permiten esbozar algunas características del sujeto en mención, el man, al que de ahora en adelante llamaremos El Man.

Man en inglés significa hombre. El Man pertenece al género masculino. Posiblemente hay equivalentes entre parejas no tradicionales, pero El Man como tal solo se ve en las que involucran hombre (El Man) y mujer. 

El Man tuvo algo clasificable como relación de pareja (o por lo menos intentó tenerlo) con aquella que lo invoca. Es importante aclarar que una cosa es una relación de pareja y otra muy distinta es una relación de pareja exitosa. Y aquellas donde se involucra El Man nunca son exitosas. Culpable, por supuesto, El Man.

Voluntad no le falta. Acciones tampoco. En las historias siempre hace algo. El problema, entonces, no es tanto lo que hace, sino como y cuando lo hace.

Ejemplos fuera de contexto citados al azar: …“El Man se apareció en mi casa un domingo por la mañana”; ...“estábamos viendo la película y El Man se acordó de repente de no sé cual partido y cambió el canal”; ...”justo ese día El Man se quedó dormido”; … “El Man quería que yo estuviera con él todos los fines de semana”; ...”El Man me invitó pero cuando llegamos a la fiesta se puso a hablar con los amigos”.

Como se ve, El Man tiene una habilidad innata para asumir comportamientos de esos que incomodan ligeramente, desagradan notoriamente o generan inmediato rechazo. Eso no es tan malo. Lo verdaderamente perverso es que El Man no se da cuenta. No se da cuenta cuando lo hace, no se da cuenta cuando ella reacciona negativamente y, lo peor, no se da cuenta cuando se lo dicen de frente.

El Man no es bruto. Es despistado. De hecho, en algunos casos es tan inteligente que por estar elevado en medio de pensamientos trascendentales falla en comportamientos elementales. Carece de cualquier característica ligeramente parecida al sentido de la oportunidad, por lo que sus comportamientos no son tan malos per se, sino por el momento en el que ocurren.

Por diferentes razones, El Man tiende a estar ahí. Ahí es revoloteando alrededor de la mujer que lo evoca en sus historias. A veces es imposible librarse de él definitivamente. Es un amigo del hermano, es un compañero de estudio o trabajo, es un vecino con rutinas similares a las de la propia familia, o las actividades de los círculos sociales se cruzan constantemente (léase, ella se lo encuentra hasta en la sopa).

El Man pudo ser aspirante, pero también pudo pasar el siguiente nivel, lo que lo convirtió temporalmente en amigovio, novio o cualquier categoría análoga. Lo que no es ni será nunca es “mi ex”. Un ex tiene historias felices o tristes, genera odios o amores. El Man solo produce una mezcla de exasperación sazonada con lástima a la que siempre se le adiciona un toquecito (mínimo y casi imperceptible) de simpatía.  El Man no despierta pasiones. Se le tolera y, de ser necesario, se interactúa con él.

Sin embargo, las interacciones esporádicas no son su razón de ser, ni la faceta de su existencia que aporta valor al universo. Realmente solo hay algo en lo que es realmente útil, tirando a indispensable.

Es un excelente tema para las conversaciones entre mujeres. 

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Y así nos conocimos

—¿Seguro que no hay problema?

—Fresco, yo pregunté y me dijeron que podía traer un amigo.

—Oiga... ¿y no toca llevar regalo?

—Mi papá ya lo mandó.

Ni siquiera sabía lo que había regalado. Ni siquiera conocía a la homenajeada. Solo sabía que tenía que ir a la fiesta de Don Federico. Así se lo había ordenado su papá. —Mijo, esta es la hija de un amigo que cumple 15 años. Yo no puedo ir, así que lo nombro delegado de la familia.

—Pero papá, yo que voy a hacer ahí si no conozco a nadie. 

—Pues lleve a un amigo. Y no se olvide de saludar a Don Federico y a Sandrita.

—¿A quién?

—A Sandrita, la quinceañera.

El portero los miró con cara de ustedes qué, pero al ver la invitación los invitó a pasar. Una patada en las espinillas de El Bárbaro puso a Carlos en estado de alerta. —Salude compañero.

Tocaba. La madre y el padre se habían ubicado en la puerta del salón, sintiéndose algo parecido a los reyes de Inglaterra. Así que emboscado por el protocolo, Carlos contraatacó.

—Don Federico, soy el hijo de don Vicente. Mi papá le manda a decir que le da mucha pena, pero no pudo venir. Que de todas formas espera que le haya gustado el regalo a... su hija. 

—Carlitos, que bueno que haya venido. Siga y diviértase.

—Traje un amigo.

—Claro muchachos, sigan.

Superado el muro de contención, los dos amigos buscaron un rincón estratégico, se armaron de sendas bebidas y fueron haciendo inventario del personal femenino disponible para buscar pareja de baile.

Sin embargo, nadie bailaba. Era de esas fiestas de quince donde la homenajeada hace una entrada medio cinematográfica para abrir oficialmente la reunión. Así que apagaron las luces, comenzó a sonar el Danubio Azul y, rodeada de cuatro adolescentes disfrazados de gitanos, apareció ella.

—Oiga Carlos.

—Después Bárbaro, no ve que estoy mirando.

—Yo conozco a esa vieja.

Carlos miró al Bárbaro con cara de a este que le pasa.

—¿Seguro?

—Claro, yo la he visto por mi casa.

—Listo, entonces usted baila el vals

—Está loco papá.

El combo de amigos tenía problemas particulares con Strauss. Eran descoordinados, torpes y nerviosos. Ninguno se sabía los pasos pero habían hecho un convenio. Cada vez que fueran de 15, por lo menos uno debía hacer el oso. Y El Bárbaro acababa de dar papaya. 

—Le figuró hermano.

—Nada, hagamos una rifa.

—Le figuró hermano.

El Bárbaro no estaba lo suficientemente alerta. Por eso no cayó en cuenta, mientras discutía con su amigo, que este lo iba acercando al círculo donde la homenajeada bailaba unos cuantos acordes, y luego cambiaba de pareja, de acuerdo con la tradición, con el Danubio Azul de fondo.

Su perdición fue en el momento en que vio a la quinceañera en todo su esplendor. De verdad era linda. Tanto, que olvidó momentáneamente a su amigo. La siguió con su mirada mientras ella atravesaba la pista al ritmo de Strauss. Casi se le va encima cuando el empujón de Carlos lo puso en medio del salón. Se iba a voltear a arrearle la madre, pero los hechos ocurrieron tan rápido que no pudo reaccionar.

—Su pareja, joven.

—Uuuuu.

Durante una eternidad de pocos segundos ni Sandra ni El Bárbaro supieron qué hacer, hasta que él la tomó por el talle y formuló la pregunta obvia.

—¿Bailamos?

Estaban en medio de un salón de fiestas, con música de baile blanco vienés sonando en el fondo y 500 invitados pendientes de ellos. Y, sin embargo, se aislaron momentáneamente del mundo. Como un príncipe prusiano y una dama de la alta sociedad austríaca empezaron a volar por el lugar, mirándose fijamente a los ojos hasta que una tercera persona interrumpió con un...

—¿Me permite joven?

—No... digo... claro.

Los vio alejarse paralizado desde la mitad de la pista, con la más envidiable de las caras de bobo. Las mismas manos que lo habían empujado al paredón lo sacaron de allí.

—Oiga tarado, despierte.

—Sabe qué Carlos, me voy a casar con esa mujer.


miércoles, 4 de junio de 2025

Ecologistas precursores

Primero lograron un impuesto al consumo de bolsas plásticas. Luego obtuvieron una prohibición parcial de su uso. Los ecologistas cobran como victorias esos ajustes en el marco legal vigente. No solo (dicen) cambiaron la Ley, sino que ellos generaron nuevos comportamientos de la gente para beneficio del medio ambiente.

Mienten.

Esto comenzó mucho antes del discurso verde, de los objetivos de Desarrollo Sostenible y de que salvar al planeta no involucrara pelear con invasores alienígenas sino cambiar comportamientos. 

Y yo soy la prueba. Pertenezco a una institución, una tradición, una costumbre, un comportamiento cultural atávico arraigado que lleva a resultados similares, así los objetivos sean diferentes.

La verdad no sé cuando aparecimos. En cambio, tengo absolutamente claro quien es nuestro origen, nuestro génesis, nuestra madre. Lo de madre es literal. Venimos de esas mujeres. Mujeres de otras épocas. Amas de casa de tiempo completo. Expertas en hacer rendir los recursos escasos del presupuesto familiar para satisfacer las necesidades ilimitadas de hogares donde lo único que abundaba eran los hijos e hijas. 

Ellas se inventaron el reciclaje. Y gracias a ese aporte un día nacimos, en el seno de una o varias familias.

Porque de ahí venimos. De un lugar de residencia donde conviven padre, madre, prole y demás parientes. Hablando de parentela, en tiempos recientes algunos de nuestros descendientes se han extendido a empresas, comercios y lugares públicos. Pero nosotros comenzamos como un asunto familiar. 

Inicialmente teníamos otra vocación. No todos somos iguales. Algunos nos caracterizamos por belleza y elegancia dignas del más rebuscado diseño. Otros, en cambio, destacan por valores físicos como fuerza y resistencia. El elemento común es el tamaño. Ese que sí importa. Entre más grandes, mejor.

Llegamos a las familias cumpliendo una función similar a aquella que ocupará el resto de nuestra existencia. Una vez cumplida esa misión ella, la madre, decidió. Decidió darnos una segunda oportunidad que incluye ubicación y nuevo oficio.

Podemos estar en la cocina, en un clóset, en el garaje, en el cuarto de San Alejo, en un patio o en cualquier otra parte de la casa o apartamento de turno. Como se darán cuenta, la discreción es parte del trabajo. Existimos pero no a la vista del público en general. Todos en casa nos conocen y saben dónde estamos, pero rara vez nos presentan a las visitas.

En principio nuestra usuaria es, de nuevo, la madre, pero poco a poco el resto de la familia se integra. Lo bueno es que así vamos creciendo. Lo malo es que cada vez los proveedores son más descuidados  Empezamos el nuevo trabajo de una forma ordenada y sistemática pero poco a poco pasamos al descuido y la improvisación. Aún así, ahí estamos, disponibles en horario de 24 x 7. 

De nuestra constitución y resistencia depende el tiempo que prestaremos servicio. Solucionamos todo tipo de problemas que pueden involucrar alimentos, encargos, almacenamiento, estudio, objetos prestados,  trasteos y aseo —entre otros muchos— y, de pasadita, le damos una mano al medio ambiente.

Soy la bolsa (usada) de las bolsas usadas.

miércoles, 11 de diciembre de 2024

Ella me está mirando

F.A. es maduro tirando a viejo, su cara es más bien normalita tirando a maluca, su físico no tiene nada que ver con gimnasios o ejercicios y su ropa es bastante común tirando a corriente y descachalandrada. 

Aún así, ella siempre lo mira.  F. A. no sabe su nombre. O mejor, sus nombres, como explicaré más adelante. Ella es joven. Milenial. centenial, generación Z o cualquiera de esos apelativos creados para vender productos y sensaciones “exclusivas” a millones de consumidores que coinciden en un rango de edad.

F. A. tiene un nombre que corresponde a sus iniciales. También es Fotógrafo Aficionado. Dos razones para ser F. A. Suele cargar una cámara (no la del celular)  para captar imágenes de situaciones, lugares, eventos, y, sobre todo, de gente en su vida diaria. No busca publicar, generar ingresos o seguidores. 

Lo hace porque le gusta. No pone individuos o grupos a posar. Simplemente, cuando ve algo que le llama la atención enfoca (bueno, la cámara enfoca por él) y dispara. Así ha ido reuniendo una amplia colección de imágenes que muestran seres humanos en diferentes escenarios, ejerciendo eso que llaman vivir.

Vivir no siempre es cuestión de individuos sino de comunidades. Muchas veces las fotos de F.A. son de grupos. Grupos que caminan, grupos que desfilan, grupos que interactúan en algún espacio público, grupos que trabajan, grupos que participan de alguna dinámica —como no— de grupo, grupos que bailan, grupos que cantan, grupos que descansan… Grupos, que, en resumen, están ocupados haciendo algo que amerita fotos. Y, lo más importante, que no asumirán esas poses prefabricadas y artificiales de las selfis.

Pero ella sí.

Ella está en las imágenes de la presentación del conjunto de baile, de los ocupantes del tren en movimiento, de la procesión de Semana Santa, del evento conmemorativo, del desfile de bandas de guerra de la fiesta patria, del público expectante antes del concierto, del público exaltado durante el concierto, de la  multitud anónima caminando por el centro.

Es completamente reconocible, pero solo se hace evidente al ver las fotos en un formato grande. Antes, había que esperar el revelado e impresión. Ahora es cuestión de computador, televisor o tableta. Allí está. En medio de la multitud o del grupo selecto, justo cuando F.A. aprieta el obturador, ella lo mira.

Es una mirada directa. Sus ojos están fijos en F.A. La evidencia gráfica no deja lugar a dudas. No importa si F.A. acciona su cámara cerca o a 50, 100, 200 metros, con uno de esos lentes que le hacen trampa a la distancia. No importa si el grupo es grande, mediano o pequeño. No importa si están de pie, en movimiento, quietos o haciendo alguna acrobacia.

Si tomó una sola imagen, en esa imagen ella lo mira, En cambio, si tomó varias imágenes, en distintos, momentos, lugares o planos… ella también lo mira. Además, independientemente de las circunstancias, ella siempre se ve bien. Es decir que si se trata de alguna actividad física donde el resto del personal evidencia el esfuerzo, ella tendrá rostro sereno, relajado y sin una gota de sudor. Si es un escenario donde todos los demás ponen cara de palo, ella esbozará una enigmática sonrisa. Y si es el momento de suprema emoción de los asistentes al concierto, donde todos saltan y gesticulan con sus ojos fijos en el artista, ella desviará la mirada hacia el fotógrafo y pondrá cara de modelo durante menos de un segundo.

¿Efecto selfi? ¿Instinto? ¿Magnetismo? F.A. no tiene explicación. Pero ella nunca falta. Y lo está mirando.

miércoles, 27 de noviembre de 2024

Dilemas paternales del Siglo XXI


Ni Papá, ni Mamá, ni abuelos, ni tíos, ni ningún adulto en la familia estaban preparados para esto

Vamos por partes. Como la vida invirtió los roles tradicionales en la pareja, la mayor carga en labores de hogar le tocó a Papá, mientras que el aporte económico principal le correspondió a Mamá. Por eso el tipo se involucró más en las actividades extracurriculares de sus tres hijas. Desde muy niña Claudia, la menor, demostró habilidad para la danza, destreza que se canalizó a través de una academia especializada en bailes tradicionales. Ya con la adolescencia pidiendo pista, la pequeña se había convertido en una  intérprete destacada como parte de los espectáculos que montaba la escuela.

Ese año, en particular, decidieron jugársela con el reto mayor. No solo adaptaron esa obra musical de profesionales, sino que le agregaron nuevos números. Contrataron uno de los teatros más importantes de la ciudad. Mediante promoción por medios tradicionales y novedosos, lograron que la boletería trascendiera el tradicional consumo familiar para extenderse, con localidades agotadas, al público en general.

Entre las funciones de Papá estaba llevar y traer a Claudia a la academia. La espera a la hora del regreso incluía tiempos muertos que el hombre ocupaba viendo goles de su equipo favorito (equipos, dice la tarjeta) en una tablet especialmente adquirida para ese fin. El asunto es que cuando la niña subía al carro y emprendían el camino a casa, cogía la tablet y miraba los mismos videos que su padre.

Un día, ella hizo alguna pregunta relativa al equipo, o al partido, o a ambos. Si algo extrañaba papá de su vida de soltero eran las largas conversaciones con los amigos sobre temas futboleros, tópico al que eran totalmente indiferentes su esposa y sus otras dos hijas. Así que respondió como hincha apasionado. El tema conquistó a Claudia, y el trayecto se convirtió en tertulia de balompié padre-hija. La situación pronto se extendió a otros escenarios, como ver juntos los partidos en televisión y hasta idas ocasionales al estadio.

Así pasaron unos cuantos años y llegamos al momento actual, cuando Claudia está en vísperas de debutar en las grandes ligas del espectáculo musical. Un día cualquiera le pide a sus padres un regalo muy especial. 

La niña quiere guayos.

Allí es cuando Papá y Mamá entienden algunos indicadores, como la creciente suciedad de tierra y pasto en los tenis, el uniforme de educación física y el de diario, junto con el incremento en los raspones de piernas y rodillas durante las actividades escolares. Su hija no solo se destaca como bailarina y es hincha del fútbol, sino que practica este deporte y quiere formar parte del equipo de su colegio.

Mamá en principio no le ve problema pero Papá sabe que las patadas no siempre son para el balón, sino que ocasionalmente son para la jugadora (con intención o sin ella). Eso sin contar otros riesgos como luxaciones, caídas, torceduras y demás complicaciones médico atléticas involucradas en correr tras la pelota en un campo de cesped y tierra. Le preocupa que la incipiente carrera futbolística de su hija se estrelle con o incluso frustre su ya avanzada y destacada trayectoria de bailarina. Y la verdad, no sabe qué hacer.

Mamá tampoco, abuelas tampoco, abuelos tampoco, tíos tampoco, amigos tampoco. La sabiduría acumulada solamente suma ignorancia ante un dilema del siglo XXI que involucra una pregunta sencillamente inexistente en la experiencia vital de ese personal.

¿La niña puede ser bailarina y futbolista al mismo tiempo?

miércoles, 10 de julio de 2024

¿Estrenando?


Los 16 años de Paolita coincidieron con su grado de bachiller. Ella y su parentela despidieron con bombos y platillos el último año de colegio (preprom, prom, excursión, grado, fiesta en el club, etc.). El futuro se veía brillante para la pequeña de puntaje sobresaliente en los exámenes de Estado y cupo asegurado en cualquiera de las tres universidades adonde se había presentado.

Fue entonces cuando el padre le reveló una desagradable realidad. La familia no era inmune a la situación económica del país. Los malos resultados de los negocios habían reducido considerablemente la liquidez, capacidad de endeudamiento y patrimonio del clan. A duras penas habían logrado financiar el grado y sus gastos adicionales, porque en su círculo social era importante eso de guardar mínimas apariencias. Traducción: plata sí tenían, pero en lo justo para solventar lo básico. 

Paolita se tomó la situación con sorprendente calma y madurez. Accedió a ingresar a la universidad oficial, donde la matrícula era lo de menos. Aun así en el hogar se aplicó un ajuste presupuestal, que hubiera envidiado el Fondo Monetario, con el fin de disponer de los fondos necesarios para otros costos derivados del proceso educativo.

Pero la naturaleza se coló mediante una jugada inesperada. Paolita era una chica pequeña y simpática. Entre noviembre, diciembre y enero, la tiroides decidió justificar su existencia y la niña sufrió lo que los médicos describen como crecimiento rápido y las abuelas llamaban “el estirón”. El resultado no le quitó simpatía, pero agregó una inusual cantidad de centímetros en la anatomía. Paolita, en tiempo récord, cogió pinta de Paola. 

El problema fue que la ropa no creció al mismo ritmo de la joven y que el presupuesto familiar no estaba preparado para renovarle el clóset a nadie. Solo había una alternativa. Heredar.

De nada sirvieron llantos, pataletas, encierros, portazos, huelgas de hambre a la hora de la cena y mala cara permanente. El usado guardarropa de sus hermanas mayores (ay), su mamá (huuy) y sus tías (horror), se convirtió en la dotación de emergencia, por lo menos para el primer semestre. 

Entre todas las prendas que conformaron la herencia destacaban cuatro atemporales e indescriptibles blusas blancas, bordadas con flores, que aullaban en la distancia. Paolita odió desde el primer momento a esos pedazos de tela, e inteligentemente se libró de ellas, vendiéndolas en un local de ropa usada entre la casa de sus tías y su propia residencia. Lo que le dieron apenas alcanzó para escala técnica en la panadería: un café y su respectiva dosis de carbohidratos. 

A punta de creatividad, logró armar un ropero aceptable. Y seleccionando lo menos anacrónico, lo menos dañado, y sobre todo, lo menos usado, se preparó para el primer día de clase.

Enfundada en zapatos de hermana, blu yin de otra hermana, buzo de mamá y chaqueta de tía; Paolita llegó a la universidad en busca de nuevas amigas.

Desde ese día, no volvió a quejarse.

Sobre todo cuando reconoció, en cuatro de sus compañeras, sendas blusas blancas bordadas en flores.

miércoles, 19 de junio de 2024

Repelente

Como Gallego era el tipo de lavar y planchar en la oficina, el personal quedó frío ante su contundente ¡Yo por allá no voy!. “Allá” era un restaurante tradicional ubicado en el centro de la ciudad que alguien sugirió para una despedida. El hombre justificó así su contundente rechazo a la opción gastronómica.

“Yo no tenía más de 10 años. Me acuerdo que empecé a notar cambios en la rutina familiar. Por ejemplo, habíamos dejado de salir a sitios como cine, restaurantes, heladerías y otros adonde en algún momento había que pagar una cuenta. Aunque nunca faltó comida, las porciones redujeron su tamaño, sobre todo en la parte proteica. Con mis hermanos nos inventamos un juego. Escondíamos la carne, en el plato de otro, quien luego tenía que adivinar si estaba debajo del patacón, del arroz, de la papa o de la cuchara. Ocasionalmente la dieta volaba por cuenta de un ala de pollo, única presa que vimos en un largo periodo. Y así sucesivamente.

Papá estaba en casa a todas horas. Y sí, era eso. El viejo se había quedado sin trabajo. Mamá estiraba hasta  el último peso. Eso sí, ella tenía claro que nadie tenía por qué enterarse. Se volvió experta en no ir cuando ir implicaba gastar plata, y en desviar el tema si este se acercaba peligrosamente a la situación económica.

Lo que no previó fue a la prima Fanny. Las dos coincidían en rango de edad, por lo que siempre habían compartido tiempo y actividades. Pero mientras nosotros vivíamos emergencia económica, la situación de Fanny y familia era boyante. Un día, mientras mamá y yo andábamos por el centro, se apareció la prima. Eso fue con grito, abrazo y bombardeo de preguntas, que mi madre respondió con su estratégica discreción. La cosa debió terminar ahí, pero Fanny insistió en tomar algo. Es más, que mejor almorzáramos, ya que justo al lado había un restaurante —sí, ese restaurante— que le habían recomendado mucho.

Ella tenía toda la intención de invitar pero cuando ya estábamos sentados cayó en cuenta de que no tenía la  tarjeta de crédito y de que el efectivo tal vez no le alcanzaría para cubrir todo el consumo (esto pasó antes de tarjetas débito y otros). Entonces le preguntó a mamá que si habría problema, en caso de necesidad, de que nosotros completáramos la cuenta, que ella después le reponía. Claro que había problema. El paso siguiente era simplemente reconocerlo. Pero mamá no estaba dispuesta a aceptar lo que sabemos. 

Hubo suerte. Fanny se retiró un momento al baño. Nos trajeron la carta. Mamá la miró, me miró, y me la pasó. Yo no tenía conciencia de nada. Simplemente iba a comer elegante por cuenta de otra. Bueno, eso creía. Apenas empezaba a mirar opciones cuando la prima reapareció. 

Ahí arrancó el show de mamá. —!Es que con usted no se puede! ¡Ya no podemos ir a ningún lado! Mire Fanny, usted no sabe lo repelente que se ha vuelto este niño. No quiere comer nada. No le gusta nada. Todo lo del menú le parece feo y maluco. 

Yo, que no había pronunciado palabra, estaba completamente perdido. Intenté hablar pero ni siquiera me dejaron toser. Mamá siguió quince minutos renegando de mis caprichos, de mi bobada con la comida, y, reiterativamente, de que no había nada que hacer con este muchachito tan, pero tan repelente. De alguna manera encaminó la conversación a un —...que pena con usted Fanny pero ya el niño nos hizo pasar muchas vergüenzas acá, mejor vámonos y volvemos otro día las dos y ahí sí podemos comer tranquilas.

Mamá no dijo nada más pero ese día y los siguientes mis porciones en las comidas de casa fueron un poco más grandes. La crisis económica familiar pasó. Yo crecí, estudié, comencé a trabajar y a generar ingresos propios. Un día iba con mi novia buscando donde almorzar y terminamos en el restaurante de marras. 

Yo sé que esto no tiene lógica pero qué hacemos. Les juro que, apenas entré, todo el personal de servicio me miró con cara de volvió este repelente”.

miércoles, 1 de mayo de 2024

Vaya donde su tía

Nota de la redacción: Como hoy es Día del Trabajo, me dio pereza trabajar. Así que actualizamos esta historia escrita en el siglo pasado, en reconocimiento a la importancia del  relevo generacional en las obligaciones familiares .

Pablo (hijo) ha llegado a la edad del SFO. La sigla corresponde a Servicio Familiar Obligatorio. Ya no puede alegar que es un niño. Así que tiene frente a sí el ineludible deber del clan familiar. Visitar a la tía Sofi.

La tía Sofi vive en un pueblo, en una casa vieja llena de objetos ídem. Se casó joven con un empresario de calzado, quien murió aplastado por un contenedor lleno de zapatos importados. La pariente recibió una rica herencia que supo enriquecer a punta de inversiones. No tuvo hijos, de manera que su única familia es la de Pablo y su parentela. Estos, desinteresadamente (!), viven pendientes de la salud de la viejita (85 años y sale a caminar todas las mañanas), y de que no pase sola largas temporadas. Entonces se rotan para hacerle compañía. Y esta vez le figura a Pablo hijo, como alguna vez le figuró a Pablo papá.

Así que obedeciendo la perentoria orden de vaya donde su tía, el joven inicia la visita. Llega tarde en la noche, por lo que apenas alcanza a saludarla y luego se instala en su cuarto. La habitación está decorada por retratos de abuelos, primos, hermanos y demás parientes de Sofi con un elemento común. Todos están muertos. Observado desde múltiples ángulos por los que ya se fueron, Pablo intenta dormir. Su cama, por cierto, sirvió de puerta de salida del mundo a un porcentaje representativo de los protagonistas de los retratos. Después de convencerse a sí mismo de que los parientes no se espantan entre ellos, darle explicaciones lógicas y estructurales a la multitud de sonidos nocturnos de la casa vieja, y hacerse un lavado de cerebro para olvidar la cosa peluda que le pareció ver bajo la cama, al fin medio cierra los ojos.

Son más o menos las 4 y 30 de la mañana cuando la tía lo levanta y se lo lleva a caminar por el parque, en compañía de un grupo de viejos vitaminizados que nunca se cansan, y cada rato se burlan de "ese joven tan flojo", mientras le dan la vuelta número 25 a la zona verde.

Como la matrona entró a la onda de la comida natural y orgánica, durante la visita Pablo se alimenta a punta de paisaje (cosas verdes arrancadas de la tierra). Además, ella le cuenta, detalladamente, la historia del tatarabuelo que rompió monte a punta de machete hasta llegar al terreno donde él y su esposa crearon el hogar del que desciende toda la estirpe. El primer día es hasta interesante. El problema es que cada vez que se le pone al alcance le narra los mismos acontecimientos.

Ese es el programa hasta mediodía. Otro almuerzo verde y después la siesta. Ese momento será aprovechado por Pablo para sacar el celular  —escondido y silenciado porque Sofi detesta esos “malditos aparatos que tienen como bobos a todos"— y comunicarse con el mundo exterior. Claro que en la casa de la señora existe un teléfono fijo… bloqueado mediante un candado en el disco. Sí, es de disco.

Por la tarde viene la visita de las amigas. Entonces Pablo pasará dos horas hablando con “sardinas” de 70, 80 y 90 años mientras toman té y repiten constantemente... “pensar que yo cargué a este muchacho".

Finalmente, llega otra noche, y Pablo —después de una tercera tanda verde— piensa en como escabullirse al cuarto para otra ronda de celular. Pero antes viene el trisario. Y como lo que le sobra en físico le falta en memoria, a la tía se le confunden santos y letanías. Conclusión, serán entre 10 y 11 de la noche cuando finalmente se desocupe.

A esa hora, solo queda irse a dormir.

Y a Pablo todavía le queda una semana, con algo en que pensar.

¿Qué era esa cosa peluda debajo de la cama?

miércoles, 17 de abril de 2024

Ventanas seductoras

A Mirócletes no le gusta hablar de esto porque la única vez que hizo algún comentario, entre un grupo de amigos, le endosaron el apodo con el cual lo identificamos en esta nota. 

De la forma más inocente narró una anécdota. Trabajaba en tierra caliente y consiguió un apartaestudio en la azotea de un edificio construido piso a piso. Eso significó disponer de una terraza con cuarto, baño y cocina mientras los dueños acumulaban capital para hacer apartamento —o apartamentos— en ese quinto nivel, como lo habían hecho con otros tres (los propietarios habitaban el primero y arrendaban el resto).

El inmueble brindaba una vista de terrazas similares en todo el barrio, muchas de las cuales eran utilizadas para secar ropa. Un día en la mañana (solo uno), una vez (solo una), en una de las azoteas circundantes esa mujer salió, tomó una prenda del tendedero, se la puso y desapareció. 

La prenda en cuestión era una camiseta y la mujer vestía pantalón y brasier. Mirócletes contó que la situación había durado pocos segundos, que probablemente la dama ni siquiera había notado su presencia pero reconoció —y ese fue el error— que de ahí en adelante él pasó varios días saliendo a la misma hora.

Los amigos no desaprovecharon el papayazo y lo sabotearon durante todo el encuentro y los días subsiguientes. Lo llamaron voyerista, mirón, depravado de azotea, peeping tom, denominaciones que fueron opacadas por Mirócletes. El apodo pasó a ser su apelativo en ese círculo social e incluso trascendió a otros donde la anécdota de la azotea era ignorada.

Ahora, lo que el hombre nunca comentó públicamente es que después de la visión en techo ajeno, le quedó la costumbre de mirar hacia las ventanas vecinas. Nada obsesivo, nada exagerado. No se trataba de una conducta permanente, ni mucho menos apoyada en algún artefacto tecnológico. Simplemente, cada vez que cambiaba de residencia —muy a menudo por circunstancias personales y laborales— dedicaba tiempo a lo que tenía al frente de sus ventanas. Hasta que se aburría, lo cual solía pasar después de la primera mirada.

Si la motivación inconsciente era obtener una visión similar al vestier al aire libre, hay que decir que no le fue mal sino peor. Vio familias recibiendo visita o despachando algunas de las comidas diarias en la mesa, ancianos de baja movilidad ojeando el mundo detrás del vidrio, perros curioseando, gatos haciendo equilibrio, personas tecleando en plan de teletrabajo, recreación o estudio, alguna o algún caminante que llegaba a la ventana y se alejaba mientras conversaba por celular, damas o caballeros lavando loza o cocinando. Todos, sin excepción, completamente vestidos.

Y por supuesto, tampoco informó a nadie sobre esa imagen que enterró su faceta de fisgón, le recordó el saludable hábito de respetar la intimidad ajena y eliminó la validez del apodo de Mirócletes.  Era un apartamento situado justo frente al suyo, a un nivel más alto. De noche, el observador había detectado una presencia femenina, aunque también había un caballero, por lo que presumía eran pareja. Siempre tenían cerradas las cortinas de velo, lo que impedía verlos con claridad. 

Un día cualquiera notó que colocaban aquel gran sillón justo frente a la ventana y abrían el cortinaje, como quien crea un espacio para sentarse a tomar el sol, que bañaba generosamente ese punto cuando rondaba el mediodía. Ahí se sentó la mujer, comenzó a desabrocharse la blusa y...

Alguien, no alcanzó a darse cuenta si era hombre o mujer, le ayudó con el bebé quien, debidamente acomodado, inició su consumo de leche materna acompañado por el clima mañanero.

miércoles, 14 de febrero de 2024

El dilema de los agujeros misteriosos

Un día cualquiera Este Tipo se quedó mirando a una de esas mujeres que, más allá de edad, tamaño, figura o estrato se han integrado a la tendencia de los yines rotos. Estilo que, por cierto, también es patrimonio de unos cuantos caballeros. Este Tipo no se enreda en disquisiciones sobre la racionalidad de la moda pero, en cambio, se hizo una pregunta más terrenal. ¿Y eso como para qué sirve?

El problema es que Este Tipo tiene —en terminología elegante— personalidad obsesiva, o sea que se pone insoportablemente intenso cuando le da por un tema. Así que pasó unas cuantas semanas botándole corriente a la pregunta, sobre todo en lo que tiene que ver con las mujeres. Como lo de tipo es literal, no es tipa, y como no hizo lo obvio que era preguntarle al personal femenino, el ejercicio se limitó a observar, interpretar (o mejor, especular) y concluir. 

Explicaciones basadas en lo cómodo o práctico del asunto brillaron por su ausencia. Igual ocurrió con la estética. No se ve bonito, no funciona como complemento ideal para otras prendas y no resalta ningún atributo específico. Para las piernas existen las faldas, y si el objetivo es mostrar la silueta los huecos —que, por cierto, han ido creciendo en área y cantidad año tras año— no destacan nada. En cambio, sí revelan partes del cuerpo poco interesantes. Por ejemplo las rodillas, que tienen turupes, se ven porosas y tienden a acumular cicatrices. Algo así como la nariz o las orejas, pero sin el resto de la cara.

Las diferentes opciones de diseño tampoco ayudan. En los modelos ceñidos eso parece un tamal mal amarrado. O peor, una morcilla o chorizo con el relleno saliéndose por defectos en la tripa. Como si se hubieran dejado en agua hirviendo demasiado tiempo. Y cuando son exactamente lo contrario, es decir, pantalones anchos,  da la impresión de que algo aparecerá por esas costuras en algún momento. Algo malo o, por lo menos, poco higiénico.

Si preocupa lo que sale del yin, otra inquietud se relaciona con lo que entra. En climas fríos, vientos helados y temperatura ambiente gélida. En clima caliente, ese sol inclemente que genera bronceado tipo bikini o, más específico, tipo bandera en las piernas de la usuaria. Eso para prendas ceñidas. En los modelos anchos el tamaño de los cortes los convierte en acceso ideal para polvo, barro, lluvia, agua de charco cuando algún guache salpica y múltiples insectos, comenzando por mosquitos sin almorzar.

Las reflexiones de Este Tipo afectan directamente su calidad de vida. Ya casi no come ni duerme. Cada vez que sale a la calle un bluyin —que no siempre es blu, porque la moda se ha extendido a lonas de otros colores—, lo mira amenazante y deshilachado, como un desafío al intelecto. Para rematar, ha detectado una desconcertante tendencia en algunas usuarias. Medias, preferiblemente veladas y con malla, o unos leggings (chicle, en otros tiempos) impiden ver la piel que el agujero del yin revela. ¿Taparon para poder destapar? ¿Muestran pero no se debe ver’? ¿Cuál es el objeto de una ventana si al otro lado hay un muro?

Un día, en la calle, Este Tipo sintió una molestia un poco más abajo de la rodilla. Nada que un pequeño masaje no pudiera solucionar, pero para que fuera efectivo requería destapar la pierna. Quitarse los pantalones —sitio público— no era opción, arremangarse sí. Complicado porque llevaba puesto un yin que, aunque no era pegado al cuerpo, tampoco era tan ancho como para poder subir la bota con facilidad.

Y mientras hacia maromas para acceder a la zona afectada una idea surgida al azar, casi una epifanía, aclaró parte de sus dudas.

Sería bueno que esto tuviera un hueco para poder meter la mano y sobarse. 

miércoles, 7 de febrero de 2024

La mujer del último minuto


En la iglesia no cabe una persona más. Familiares y amigos de la novia ocupan el ala izquierda, mientras la parentela y conocidos del novio llenan la derecha. A los invitados se suman los inevitables patos. Ese nerviosismo que nadie comenta pero todos sienten crece minuto a minuto. Las miradas se concentran en la puerta. El círculo más cercano de la prometida está en el atrio, con ojeadas constantes hacia ambos lados de la vía y llamadas que nadie responde. Ella no llega, la paciencia del sacerdote se acerca a su límite, la ocasión feliz pinta para desastre... Pero una persona está completamente tranquila. Sabe exactamente lo que va a pasar. Años de recuerdos y experiencias mutuas lo llevaron a ese momento.

El cerebro vuela a la infancia. Conjunto cerrado, zona verde, infancia compartida, juegos de barrio. Escondidas. Faltan pocos minutos para llegar a ese grado de oscuridad que todos identifican como la señal para volver a los apartamentos. Es el acuerdo tácito con madres, hermanos mayores y ocasionalmente algún padre. Mientras regresen a casa a esa hora o antes, el permiso del otro día está garantizado. Pero ella no aparece todavía. El que contó no la encontró. Los demás, sumados a la búsqueda, tampoco. Ya algunas madres llamaron a sus hijos. Si todos no llegan a tiempo puede ser el final de la diversión en vacaciones... 

Otro recuerdo. Tiempos de adolescencia. La batalla esta vez es contra la trigonometría. Senos, cosenos, tangentes. No ha sido un buen año académico para ella. Hasta podría perderse. Una esperanza en forma de examen es la oportunidad para salvarlo todo. Requiere, claro, dedicación y preparación. La fecha se acerca peligrosamente sin que se note algún esfuerzo adicional para aumentar el conocimiento en la materia... 

Más memorias. Ya en el mundo laboral, la vida volvió a reunir a los antiguos vecinos. Un amigo gana cierta convocatoria internacional, gracias a la cual se codeará con los mejores del mundo. Entre todos le compran un computador, que servirá simultáneamente como herramienta de trabajo y comunicación. Es la noche anterior al viaje, cuando finalmente se pudo organizar la despedida. Están todos en el restaurante. Bueno, casi todos. Porque ella no aparece. Ella, la que traerá el computador. Ella, la que no responde mensajes ni llamadas. El homenajeado está agradecido, pero debe irse temprano porque su avión sale a primera hora...

La evocación del hombre en la iglesia llega a una escena vivida muchas veces. Encuentro con ese cliente, el importante. Es momento de la presentación clave, aquella que definirá el negocio. Todos los que deben estar ocupan la sala de juntas, con una excepción. La expositora principal, la que maneja los argumentos que convertirán la presentación de turno en acuerdo gana-gana, no aparece. En medio de la cortesía empresarial empieza a notarse cierta incomodidad. Es cuestión de segundos para que la reunión se disuelva...

Ese vecino de infancia, ese compañero de colegio, ese profesional que se reencontró con la amiga de la niñez y la adolescencia en el lugar de trabajo. Ese que pasó del trabajo a los recuerdos, de los recuerdos a la confidencia, de la confidencia al amor y del amor al compromiso. Ese, junto al altar, en una iglesia llena de personas asustadas porque no hay novia por sustracción de materia.

Él recuerda los desenlaces laborales cuando, segundos antes de la disolución, ella aparecía, distensionaba el ambiente con algún comentario y procedía a conquistar al cliente de turno. Evoca como ella llegó justo para interceptar en la puerta del restaurante al homenajeado, quien partió hacia el futuro con computador nuevo. Rememora la noche antes del examen de trigonometría, en la que ella estudió como nunca en su vida y logró —apenas raspando, pero igual vale— cumplir el requisito académico. Y resuena en su mente una voz infantil que gritaba “un, dos, tres por mí” y cerraba el juego, justo antes de que las madres ejercieran autoridad. Así garantizó no solo los permisos del día siguiente, sino muchos días de diversión infantil.

Los demás que se asusten. Él sabe que ella llegará. Ella es así  La mujer del último minuto.

miércoles, 6 de diciembre de 2023

Los amores crepusculares no se peinan


A través de la vida Laura ha afrontado diversos desafíos profesionales, todos superados. En temas más personales tuvo un par de relaciones estables que luego de algunos años culminaron en buenos términos. Esa faceta de su vida pasó a un segundo plano, opacada por su carrera.

El tiempo pasó, las metas se lograron y llegó el momento de tomarse la vida con calma y dedicar los recursos acumulados a conocer el mundo. Parientes cercanos y amigos, desafortunadamente, todavía no estaban en capacidad de darse esos lujos. Laura quería viajar, pero no sola. Así que decidió buscar en sus redes sociales antiguas conocidas que podían clasificar como compañeras de aventuras.

Encontró,  como era de esperarse, un poco de todo. Una tendencia curiosa y tal vez más abundante de lo esperado fue la segunda (tercera, cuarta, etc) oportunidad o el romance crepuscular. Mujeres que al superar el cuarto o quinto piso conocieron un sujeto del mismo rango de edad o superior, una especie de galán otoñal, formalizaron  una relación (de unión libre para arriba) y se dedicaron a compartir vida.

Múltiples imágenes publicadas en redes sociales evidenciaban el éxito de la experiencia sentimental tardía. Actividades en pareja o familiares,  viajes nacionales e internacionales, incluso ceremonias matrimoniales religiosas o civiles. También evidenciaban un detalle, —menor, si se quiere— pero curiosamente reiterativo.  Los tipos siempre, en diferentes grados eran, o estaban en camino de ser, calvos. 

Los sujetos podían ser atléticos, gordos, altos, bajitos, nacionales o globalizados. Los había con pinta de gringos o rasgos de galán de novela turca, así como aquellos que parecían recién salidos del aguinaldo boyacense o de una parranda vallenata. Pero más allá de orígenes y aspectos,  de las patillas para arriba el asunto se despejaba. A estos no se les podía regalar champú. O sí se podía, pero esa platica se perdió.

Las testas respectivas terminaban en diversos grados de peladez. Brillante, estilo bosque deforestado, con complejos tejidos que fracasaban en su intento de disimilar la migración capilar. Desde alopecia natural hasta aquella apoyada por el trabajo de algún peluquero, cuando el propietario de la coronilla respectiva se resigna a perder la batalla, coronaban a los compañeros de las antiguas conocidas.

Sin entrar en detalles, hay que decir que el destino le atravesó a Laura un potencial compañero. Este, por cierto, era el propietario de una perfecta cabellera. La relación se fortaleció con las ventajas que dan la edad, la experiencia y la solvencia económica de las dos partes. Y el pelo del tipo seguía siendo perfecto.

Demasiado perfecto. Pasaban las semanas y la parte superior de la cabeza se veía exactamente igual. Como si no creciera, no encanara, ni fuera necesario cortarla de vez en cuando. El peinado siempre era el mismo. Cada cabello ubicado en sitio fijo, sin ningún efecto visible de elementos naturales  como viento o lluvia.

La curiosidad pudo más y un día Laura cruzó, vía internet, la imagen del sujeto con imágenes de pelucas y peluquines. Encontró cierto parecido, casi una coincidencia absoluta, entre la cabellera del sujeto y el producto de un catálogo en línea.

Encarado el hombre, no le quedó más remedio que aceptar su condición de usuario de prótesis capilares.  Pero la historia no terminó ahí. Para demostrar la sinceridad de su interés, él realizó un acto inusualmente romántico en el restaurante lleno de gente donde se habían reunido.

Sí, se quitó la peluca. 

Epílogo: Dicen que la edad no tiene nada que ver con el amor.

Y los hechos demuestran que, en ciertos casos, el cabello tampoco. 

miércoles, 30 de agosto de 2023

Guillermo el Conquistador y las herramientas para el amor


Guillermo el Conquistador (cuyos antecedentes se pueden consultar aquí) no se dio cuenta cuando se volvió tan aficionado a las ferreterías. O mejor, a ESA ferretería. Tampoco era consciente de cuáles razones generaban la necesidad de comprar herramientas. Pero una semana después de los tornillos para ajustar la estantería cambió de martillo. Y a la semana siguiente sintió la compulsión de adquirir destornillador nuevo. Algo en su interior lo obligaba a conseguir, cada tercer día, dotación para un taller inexistente.

Serrucho, sierras, tenazas, alicates, manguera, tuercas, maza, clavo de acero, clavo de hierro, broca, taladro manual. Prácticamente todo el surtido de la ferretería se arrumaba, sin desempacar, en el apartamento de Guillermo. Era el momento de enfrentarlo. Algo distinto lo atraía hacia ese local.

Retrocediendo en el tiempo encontró, sin mayor esfuerzo, su motivación. Realmente siempre lo supo, solo que, ante la sucesión de experiencias desastre (insisto en la importancia de consultar antecedentes) no quería reconocerlo. Pero sí, era ella. La sonriente (y de momento sin apellido) Patricia.  

Lo de Patricia era información pública, publicada en el gafete que llevaban en la parte izquierda del pecho todos los empleados del negocio. La diferencia estaba en el tono, en el comportamiento, en cierta familiaridad que iba más allá de la cortesía de los vendedores de mostrador. Por alguna razón, Patricia lo hizo sentir especial. A él. 

Así que solo se trataba de dar el siguiente paso y montar el operativo para promover el encuentro en un  escenario diferente. Fácil de decir, cierto, pero repleto de obstáculos operativos a la hora de ejecutar.  Básicamente porque en esa ferretería, independientemente de su tamaño, no parecía haber espacios para una conversación íntima. Al parecer una tienda (de formato hiper) donde venden materiales de construcción e implementos de trabajo no incluye áreas para conversaciones privadas entre clientes y dependientes. Así que todo intento de conversación terminaba interrumpido por otro vendedor, otro cliente, un administrador o todos los anteriores lo cual, en la práctica, llevaba a alguna compra por parte de Guillermo.

El balance entre logros e intentos era realmente muy pobre, pero ella ya lo llamaba por su nombre. Don Guillermo, para ser precisos. También era evidente que trataba siempre de atenderlo de forma prioritaria. Aunque cabe anotar que, no importa lo ocupada que estuviera, él esperaba antes de iniciar su intento de conversación que, inexorablemente, concluía en otra adquisición.  

Como a estas alturas el asunto iba en algún punto entre improductivo y patético, y que el bolsillo de Guillermo ya rebasaba peligrosamente sus cupos de tarjetas y demás mecanismos de financiamiento, era el momento para los actos heroicos. Así que después de otra gran compra el hombre se retiró a sus cuarteles (léase casa), donde planificó, acción por acción, palabra por palabra, el que sería el asalto final.

Ese día, al volver, el hombre se sentó encima de la caja de madera a reflexionar. Pensó en el administrador quien, además de ofrecerle todas las ventajas del programa de fidelización a “uno de nuestros mejores clientes”, le comentó que Patricia ya no podía atenderlo, pues por sus excelentes ventas había sido trasladada al corporativo. Pensó en el comentario en tono de lamento del administrador al perder a su vendedora más productiva, quien conectaba como nadie con todos los clientes.

Pero, sobre todo, Guillermo pensó en esa monstruosa caja que le servía de asiento, que ni siquiera cupo en el ascensor y tocó dejar en el garaje mientras el vigilante lo miraba con cara de se enloqueció este tipo.  Era el momento adecuado para la pregunta ¿Y ahora yo qué carajos hago con esta motobomba?  

miércoles, 16 de agosto de 2023

Interlocutores varios


Luego de la separación amistosa, Rodríguez despachó lo de la propiedad conyugal mediante un abono en efectivo a su ex. Él se quedó con el apartamento, ella cambió de país. Eso fue hace un par de años. El caballero,  poco a poco, ha reiniciado sus incursiones por los terrenos de la búsqueda de pareja.

Entre los prospectos está la vecina del piso inferior, a quien vio un par de veces y siempre le llamó la atención. Esperó unos días en busca de la oportunidad adecuada, la cual vino de un antiguo problema de humedad. Un recuerdo en forma de mancha “decoraba” el techo de los parqueaderos aledaños de Rodríguez y su vecina. Era un problema estético menor cuya reparación no implicaba mayor gasto. Se trataba de conseguir un maestro y comprar los materiales con el fin de que el experto procediera a limpiar, resanar y pintar. Y con esa propuesta como disculpa, Rodríguez se dirigió al apartamento de abajo.

La atención fue rápida, pero con una variante inesperada. En vez de la vecina apareció un caballero, afrodescendiente él, de enorme estatura y cara de pocos amigos. No, la vecina no estaba y no sabía a qué horas regresaría, pero él también vivía ahí, así que si le podía colaborar en algo... Como era evidente que la segunda intención ya no tenía vigencia, Rodríguez aprovechó y planteó la opción de conseguir un maestro y comprar los materiales con el fin de que el experto procediera a limpiar, resanar y pintar. 

El vecino dijo que le parecía buena idea, pero que él realmente no era dueño del apartamento así que lo mejor era esperar a “mi mujer” y apenas tuviera alguna respuesta se lo haría saber. Apretón de manos, agradecimiento mutuo y el tema quedó enneverado por algunas semanas.

Un negocio le dejó plata libre a Rodríguez, quien consideró una buena inversión solucionar los problemas del techo del garaje. Nuevamente se dirigió al apartamento de abajo, donde un gringo, mono, ojiazul y bastante simpático, se declaró ignorante del asunto. Así que Rodríguez planteó la opción de conseguir un maestro y comprar los materiales con el fin de que el experto procediera a limpiar, resanar y pintar. El gringo respondió que eso dependía de my darling, y que él le informaría. Un nice tu meet you vecinouu  y hablaremous prountou cerraron ese capítulo, que tampoco llegó a nada.

Lo que sí llegó fue la asamblea de propietarios, donde la Junta hizo una propuesta para ahorrarse la pintura total del garaje. Como solo había deterioros menores, el edificio correría con el 50 % de los costos si los propietarios asumían la reparación. Rodríguez consideró que era una buena oportunidad así que pasó por el departamento de abajo apenas terminó la reunión. El militar que lo atendió no sabía de la mancha, pero fue rápidamente ilustrado acerca de la opción de conseguir un maestro y comprar los materiales con el fin de que el experto procediera a limpiar, resanar y pintar, con el ahorro derivado del aporte comunitario. El interlocutor tomó atenta nota y se comprometió a consultar el tema con su pareja.

Desde la primera propuesta hasta la fecha habían pasado 6 meses. En los siguientes seis, Rodríguez tuvo oportunidad de explicarle a un cocinero profesional (deducción derivada del exquisito olor a comida); a un sudoroso deportista cuyo entrenamiento acababa de finalizar; y a un caballero vestido de médico con pinta de turno recién entregado la opción de conseguir un maestro y comprar los materiales con el fin de que el experto procediera a limpiar, resanar y pintar. Fue mucho más fácil con el aficionado a la mecánica que encontró cacharreando un carro en el garaje,  porque le mostró la mancha en vivo y en directo. Él, al igual que los demás, anunció que conversaría con mi “amor”, “vieja”, “señora” , “compañera”.

A estas alturas, Rodríguez no ha podido entender por qué la vecina jamás está en casa.

Aunque le reconoce su recursividad para garantizar la vigilancia permanente del inmueble.

miércoles, 9 de agosto de 2023

Cinéfilo y el fenómeno de taquilla


Para ubicar al lector en contexto, nuestro protagonista es varón, heterosexual, mayor de 50, solterón empedernido y educado en el modelo tradicional de familia. A petición suya su nombre se mantiene en reserva, así que lo llamaremos Cinéfilo. Cinéfilo ha crecido en un mundo donde, para bien, las mujeres superaron sus roles tradicionales y compiten —muchas veces superándolos— con los hombres. Él apoya esta realidad, pero como también debe lidiar con la formación que recibió, la cultura en la que creció y hábitos arraigados durante generaciones, aceptar ciertos cambios no siempre es fácil. 

Por ejemplo, enfrenta recientemente tremenda crisis porque él quiere ver Barbie, la película. Explicación necesaria. A Cinéfilo (de ahí el seudónimo) le gusta mucho el cine. Le gusta verlo, analizarlo, disfrutarlo, criticarlo, pero jamás conversarlo. Es decir que va solo a los teatros. Teatros, no plataformas  ya que también cree que el séptimo arte debe ser con pantalla grande, oscuridad, sonido envolvente y crispetas caras.

Así que programó un fin de semana —único espacio disponible para estas actividades— en su multiplex de cabecera. Llegó solo. El personal en la fila confirmó el carácter familiar del filme. A medida que avanzaba, Cinéfilo se iba sintiendo cada vez más fuera de lugar. No solo por su condición masculina, aunque había una buena dotación de (suponía él) novios y padres de familia. Pero la gran mayoría eran mujeres de todas las edades, tamaños y colores (siempre con su toque rosa). Necesitaría una silla alejada de todos. O mejor, de todas.

Otro problema. Las pocas ubicaciones disponibles correspondían a espacios entre grupos. La perspectiva de quedar atrapado en medio de algún combo femenino de edades y comportamientos impredecibles, reforzado por lo sospechoso de un tipo solo, viejo, en un teatro repleto de niñas y adolescentes, lo llevó a cambiar de película. Para su siguiente intento con la versión audiovisual del juguete le apostó al horario más nocturno disponible. Nada, la misma abundancia de combos rosa. Otras pruebas en horarios y teatros diferentes produjeron el mismo resultado. Y real o imaginario, sentía que la gente murmuraba a sus espaldas. Algunos y algunas con desconfianza, otras y otros en tono de burla. Fueron sábados y domingos en los cuales llegó, miró, vio rosado por todos lados y se largó.  

Como la parte racional de su cerebro insistía en lo inmaduro, estúpido y machista de su comportamiento, cambió la estrategia. Aunque Cinéfilo carece de relación estable, no faltan las amigas invitables. Eso sí, por aquello de la masculinidad tradicional, ellas debían escoger la película. Solo era hacer una llamada. Bueno, dos. Ok, tres. ¿Será que esta sí?, cuatro. Nada que hacer, todas, sin excepción, querían ver algo diferente. Una de terror, algo de comedia, el otro filme de moda o algún incomprensible experimento visual de cine arte.

Cinéfilo tiene, por supuesto, sobrinas, primas y demás parientes cercanas, pero a duras penas las saluda en Navidad. Y eso de invitarlas a cine hubiera sido raro. Además ellas tenían que escoger la película (ya vimos el porqué) Un sondeo informal demostró, obvio, que todas las menores de edad ya la habían visto. Y otro sondeo no tan informal le permitió dividir en dos grupos a las familiares mayores invitables. Las que ya habían visto la película y las que querían ver otra película.

Lo último que supimos fue que Cinéfilo decidió dejar de lado prejuicios ridículos y demostrarle a quien fuera que ver un filme no definía su esencia de persona, su condición de hombre, ni lo convertía en una especie de pervertido. Se consiguió prestada una gorra rosa y lo vieron haciendo fila en un multiplex que suele programar cine arte. Lugar donde, por cierto, no están exhibiendo la película de Barbie.

Seguiremos informando.

miércoles, 12 de abril de 2023

Legado de amor


Paula Cristina optó por identificarse con su segundo nombre y el diminutivo la convirtió en Cris. Ella, como muchas personas, ha tenido varias parejas en su vida. Y aunque no todas las relaciones culminaron en los mejores términos, todas dejaron un legado sólido, estructural y básico en el compañero de turno. Y no fue por el andrógino nombre de Cris, ni por esos ojos que pasan de verde a castaño de acuerdo con la hora del día, ni por ese cuerpo atlético que refleja la disciplina de gimnasio.

Todo comenzó con el padre. Es decir, el progenitor de Cris. Ella no fue la mayor, fue la de en medio de tres. El hecho es que sin ninguna razón particular su nacimiento coincidió con la decisión paternal de abandonar las estadísticas de arrendatarios y pasar a la posesión conjunta de un apartamento con el banco de turno. La entidad financiera, tras 15 años de cuotas, finalmente cedió la propiedad a la familia de Cris.

Precisamente por esos tiempos la ya adolescente tuvo su primer amor. Un contemporáneo lleno de traumas, agravados por el inminente divorcio de sus padres (los de él). Cris no solo fue novia sino punto de apoyo durante la relación cuyo final llegó antes del título de bachiller. En ese momento el joven ya tenía dos familias y la condición de propietario del apartamento de la pareja separada que, de común acuerdo, optó por escriturárselo al hijo, con maromas legales que no le entregarían el pleno dominio hasta los 18 años.

Cris asumió los años de universidad con disciplina, sin distraerse en relaciones sentimentales. Aunque cierto pichón de ingeniero periódicamente intentó hacerle la corte. El mismo con el que se topó un par de años después del grado, mientras ambos intentaban, sin éxito, ingresar al mundo laboral. El desempleo compartido los llevó a compartir otras cosas como tiempo libre, actividades gratuitas y sentimientos. 

El ingeniero fue el primer noviazgo serio de Cris. La relación sobrevivió, incluso,  al hecho de que ella fue la primera que consiguió trabajo, lo que puso al ingeniero en plan de invitado permanente. Y se acabó, precisamente, cuando el sujeto se empleó en una constructora. La empresa, como parte de su política de reclutamiento, ofrecía a los nuevos facilidades para adquirir vivienda en uno de sus proyectos, El ingeniero, en su orden, entró a trabajar, acabó con Cris, se acogió al beneficio y compró apartamento. Ahí vive.

De ahí en adelante, nuestra heroína ha pasado por varias relaciones. Estuvo el intelectual, con quien convivió un par de años hasta cuando por mutuo acuerdo cada uno siguió con su vida. Él compró una casa en ambiente rural y se fue a vivir en armonía con la naturaleza. Luego vino el empresario. Con ese no hubo cohabitación pero sí muchas actividades en pareja y en familia. Tanto, que aún después de terminar Cris mantuvo contacto con su exsuegra y sus excuñadas, de quienes se enteró sobre la decisión del exnovio de hacerse de un apartamento y alejarse de la casa familiar. 

Hasta que llegó la pareja perfecta. Compartía con Cris profesión, intereses y gustos. Y en aquellos aspectos de la vida donde la compatibilidad no llegaba al 100 %, compensaba con apoyo incondicional. Fueron años maravillosos. Hasta que llegó el momento cuchi cuchi. En el apartamento que compartían en arriendo, lleno de globos multicolores, de rodillas, Don Perfecto preguntó ¿Quieres casarte conmigo? Y Cris, tan sorprendida como incómoda lo miró con cara de no me obligue a decirle que no, lo que él entendió. Ella aún no estaba lista para dar ese paso. Así que tocó separarse, con toque de dramatismo. El adicional fue que Don Perfecto estaba tan seguro que incluso había dado la cuota inicial para un apartamento. Esa plata no se perdió. El hombre armó toldo aparte y todavía lo habita, junto con su nueva familia.

Desde entonces que no han habido novedades importante en la vida sentimental de Cris. Ella hoy es una exitosa agente de finca raíz. Las estadísticas lo comprueban. Cierto coqueteo, tan profesional como inofensivo, garantiza que sus clientes masculinos compren casa o apartamento. Cierto, no ha llegado el amor de su vida, pero sí muchas escrituras y comisiones. 

jueves, 22 de marzo de 2018

El día del hombre y el hueso

Se supone que estamos en el mes de la mujer. Falso. Realmente estamos en el mes del hombre. Por dos razones. Porque por lo menos en Colombia se inventaron un Día del Hombre, infiltrado cual mosco en leche en el calendario femenino, y porque el Día de la Mujer, realmente, es el día de los hombres… de los hombres enhuesados.

Ya alguna vez comenté en este mismo escenario las ventajas de ser hombre en el Día de la Mujer. Le llegó el turno a las desventajas con buenas intenciones. Porque ese día –y me la juego sobre todo en los ámbitos laborales.- a los hombres se les ocurren ideas para homenajear a sus colegas.

Esa es la buena noticia. La mala es que parece haber consenso entre el personal masculino. La idea debe ser fácil de plantear, difícil de transportar. En lo posible, muy difícil. Es condición ineludible que quienes tengan la responsabilidad de llevarla desde la fuente al homenaje queden incuestionablemente enhuesados.

Una imagen vale más que mil palabras. La mañana del 8 de marzo se reconoce porque las calles se llenan de sujetos heroicos movilizando, por ejemplo, 15 arreglos florales de esos que se dañan si uno los mira feo. O bonito. O si no los mira. De esos que toca mover con precisión quirúrgica de la floristería a la usuaria. Entonces, si hay carro, irá a 20 por hora, y si no hay, será una procesión de sujetos con sendos ramos en cada mano.

O uno solo –el tipo que no tenía plata para la cuota y pago en especie con transporte– con 40 crisantemos de tallo largo bajo el brazo. O trasladando en cámara lenta 20 ensaladas de fruta rematadas por una compleja figura de crema en una caja que parece bandeja o una bandeja que parece caja. Y que también parece, porque está, a punto de irse al suelo para convertir el detalle nutritivo en mazacote. Todo amenizado siempre por los efectos de sonidos de las llamadas y mensajes que vienen de la oficina con diferentes variantes del ¡dónde está que ya vamos a empezar!,

Ese día se evidencia la abundante presencia femenina en el mundo laboral. Lo cual es muy bueno desde muchos puntos de vista, pero no para el tipo que tiene que llevar los 18 capuchinos con capa de corazón en un solo viaje. Y ni hablar de lo que opina el encargado de los helados de tres bolas y capa de chantilly.

No siempre los detalles se comen o se olfatean (léase flores, por favor).  También los hay artesanales. Una bonita porcelana, una figura en madera, una muñequita en porcelanicrom. Lo importante es que ante el más mínimo golpe se rompa, raspe, despinte, raje, maree o todas las anteriores,  y que no haya carro sino dos voluntarios,  intrigados sobre porque carajos esos mamarrachos pesan tanto,  mientras recorren una inacabable ruta del proveedor a la oficina. La misma que apenas les tomó 15 minutos en el viaje de ida.

El carro, cuando existe,  tiene otras prioridades. Acomodar los 15 del mariachi en 4 viajes porque no alcanzó la vaca para pagar micro.  Ir a último momento a comprar regalo para las señoras del aseo que no se tuvieron en cuenta al hacer la lista. Comprar el menú alterno para las compañeras veganas, la señora diabética y la recién llegada que resultó judía ortodoxa y solo come kosher. Buscar los cubiertos y las servilletas que no llegaron en el domicilio o llevar de vuelta a los mariachis, (otros 4 viajes más el adicional por los sombreros olvidados).

Como esta amilcarada ya va para largo no profundizamos en el desastre logístico de los caballeros fungiendo como amos de casa,  de como las señoras del aseo finalmente se convierten en equipo de rescate, del despelote final en la sala de juntas y de los dos tipos de hombres, los que no tienen ni idea de repartir, servir, asear y organizar; y los que sí saben pero también saben como escabullirse a la hora del oficio.

Esos son los que huyen a tiempo. Los otros se quedan, ejerciendo en el estado natural del hombre  en el Día de la Mujer.

Enhuesados.

jueves, 30 de marzo de 2017

Encuentro en la lluvia

Joaquín es el hombre de la casa pero en versión posmoderna. La traducción es que su esposa, Sandra, trabaja. Él se encarga de las actividades del hogar, léase aseo, cuidado de los niños, cocina y compras, entre otros.

El hombre se graduó de amo de casa por cuenta del desempleo. Ni él ni Sandra tienen la intención o el tiempo para meterle reflexiones de igualdad de género al asunto. Simplemente esa es su vida. Es más. La jornada en día laboral tiene un punto de giro que, objetivamente, clasificaría como machismo. Incluso en su faceta defendible, como es la caballerosidad.

La tecnología ayuda. A punta de mensajes telefónicos Joaquín sabe el momento exacto en que llega el bus que trae a su señora de vuelta al hogar. Y todas las noches –con luna o sin ella, en tiempo seco, llueva, truene o relampaguee– está ahí para darle la mano a Sandra, ayudarle a descender, saludarla con un beso y recorrer juntos los 150 metros que hay entre el apartamento y el paradero.

Guillermo no sabe nada de esto. No conoce a Joaquín, no conoce a Sandra,  no tiene problemas de empleo, y ese día en particular se vistió de marrón (chaqueta) y azul (yin). Su jornada transcurrió normalmente. La única novedad al salir fue esa leve llovizna que refrescaba la noche.

Leve llovizna que en pocos minutos había evolucionado a tremendo aguacero. Aguacero de esos que mueven la ciudad en cámara lenta. De esos que convierten las calles en arroyos. De esos que reducen al mínimo el campo visual de quienes se atreven a –o les toca– salir a la calle. Es decir de esos en los que no se ve nada.

Guillermo tiene un problema adicional. O no lo tiene. No tiene paraguas. A medida que el bus avanza y la distancia entre su destino y su posición actual se reduce, la mente va diseñando estrategias para mojarse lo menos posible.

Cuando restan pocas cuadras, comienza el operativo. El hombre se levanta y rápidamente se ubica de primero en la puerta. No es un capricho. La combinación de elementos como semáforos, tránsito, vehículos en la calzada y velocidad del bus hacen que cada segundo sea invaluable. Bajarse de primero o de segundo puede ser la diferencia entre cruzar la calle o quedar atrapado en la acera, a merced de los elementos.

Por eso tuvo que empujarse un poco con otro pasajero. ¿O pasajera?  La verdad ni se fijó. El bus para, la puerta se abre, una mano amiga le ayuda a descender, –detalle cortés–  lo atrae –detalle sospechoso– y le da un casto beso en la boca –detalle desconcertante–.

Guillermo y Joaquín se miran a los ojos antes de reaccionar. Como si acabaran de electrocutarse mutuamente, se sueltan y, en un movimiento sincronizado dan un paso atrás. O mejor, un salto. Aunque la lluvia no ha cedido un milímetro, a ninguno de los dos le importa si se moja o no. Y no saben qué hacer o qué decir.

Sandra sí sabe. Entiende lo ocurrido en fracciones de segundo. Pero no puede hablar porque está en medio de un incontrolable ataque de risa. En la mano aún tiene el teléfono con el último mensaje que intercambió con su esposo: “ya llego mi amor, recuerda, tengo la chaqueta marron y un bluyin”.