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miércoles, 30 de septiembre de 2026

Perfecta presentación

De todos los proyectos, ese era "El" proyecto. Iba a tener el mejor presupuesto, abría excelentes posibilidades de crecimiento profesional y contaba con un plan de bonos e incentivos sin par. Demandaba, eso sí, además del impecable sustento técnico, un importante componente de creatividad e innovación.

Cada uno de los interesados en la empresa sabía que la clave no estaba en tener la idea más original, sino en exponerla primero al comité. Cuando finalmente se publicó el cronograma de las presentaciones la ventaja la tenía el ingeniero Pérez. Puesto número uno para llevar su iniciativa ante los encargados de la selección,

Pérez no llegó ahí por suerte o casualidad sino como resultado de un plan cuidadosamente diseñado, implementado y desarrollado, etapa por etapa, que finalmente lo puso en la cabecera de la lista. Tenía muy claro cada uno de los puntos, pero aún no los había convertido en presentación. En teoría, iba a disponer de dos semanas para eso. 

La noche anterior todo se fue a la porra. Una llamada, un imprevisto, un reagendamiento con dos opciones. —Lo podemos recibir mañana o si no el único espacio libre es en tres semanas. Sí, en ese caso sería uno de los últimos proponentes en exponer. 

Hora de la notificación 9 p.m. Hora de la presentación 7 a.m.

Acudió a la inteligencia artificial, pero el resultado final no lo dejó satisfecho. Era impecable pero frío. Le faltaba la chispa, el toque personal que siempre representó éxitos en el pasado. Para rematar esa misma semana había sido testigo de como un joven ejecutivo botó su carrera a la basura, por no verificar ese documento donde la tecnología introdujo un par de referencias tan fundamentales como inexactas. 

Pérez optó por revisión y ajuste detallado, diapositiva a diapositiva, tanto en la forma como en el contenido del producto que le había entregado el ayudante cibernético. Su capacidad intelectual (la del ingeniero), su experiencia profesional, sus conocimientos en el tema específico y cantidades navegables de café le permitieron ensamblar un producto final ideal.

Todo estaba en su sitio. La información inicial para captar la atención. Los puntos fundamentales del camino que llevaría al objetivo bajo criterios de calidad y eficiencia. Los complementos visuales en forma de gráficos informativos cuando el tema lo requería, o de imágenes evocadoras cuidadosamente seleccionadas. Una ruta icónica repleta de datos escogidos para vender el mensaje sin saturar a la audiencia.

Cuando terminó de revisar su obra vio el reloj, 5.30 a.m. Apenas el tiempo justo para aseo, arreglo personal y transporte. Lo había logrado. La presentación perfecta.

El comité en pleno ocupó la sala de juntas a las 7 de la mañana, tal y como había sido programado. Realmente había expectativas frente a lo que el ingeniero podría traer. 

Al llegar a la oficina Pérez notó una pequeña y casi imperceptible mancha en el saco. Fue hasta el baño de la oficina, humedeció su pañuelo y se sentó sobre la tapa de un sanitario para una rápida operación de aseo.

7.15 a.m. El comité sigue reunido, pero el ingeniero y su presentación no aparecen por ningún lado.

A nadie se le ocurre buscarlo en el baño, donde duerme, plácidamente, sentado sobre un sanitario.

 

miércoles, 15 de enero de 2025

Especies en temporada


Los biólogos y demás investigadores del comportamiento animal están altamente ocupados por estos días. Es la época única de avistamiento para ciertas especies. Se trata de algunos vertebrados, clase mamíferos, del orden de los primates, familia homínidos y género homo sapiens. Va una lista.

Deportistus afiebratus. Se encuentra en gimnasios, parques, clubes y otros espacios dedicados a la actividad física. Es reconocible por su atuendo deportivo, completamente nuevo. Si el uso de las instalaciones demanda algún pago, él o ella abonó entre seis meses y año completo. Durante una o dos semanas se le verá ensayando todas las máquinas, escuchando atentamente al instructor y sudando copiosamente mientras se seca con su toalla (nueva) de microfibra absorbente. Un día desaparecerá. Para siempre. La única evidencia de su existencia será la toalla, abandonada en algún casillero.

Ecologicus transportus. Se le detecta por el comportamiento delator en el transporte público. Se nota su carácter de usuario infrecuente, o de personaje que en su vida se había subido a un cacharro de esos. Otra subespecie usa un variado atuendo, para movilizarse en la recién adquirida patineta o bicicleta eléctrica, con la cual invade indistinta y peligrosamente andenes, ciclorrutas y calzadas. Una categoría adicional son nuevos usuarios de bicicletas tradicionales, muy parecidos al Deportistus afiebratus. 

El elemento común está en la relación con los carros particulares. Por cierto, hay uno guardado en casa del personaje. Primero es la superioridad moral de quien mira a los automotores como malvados contaminadores y agentes del cambio climático. Luego viene un reconocimiento de que así sean a gasolina, eléctricos o híbridos, tienen algunas ventajas. La tercera fase incluye cierta nostalgia combinada con envidia ante quienes lo sobrepasan al volante de sus carros. Hasta ese día cuando el conductor vuelve a la silla delantera de la izquierda porque, retomando un antiguo lema publicitario, la envidia es mejor despertarla que sentirla.

Alimentatus sanus est. Aparecen en zonas de los supermercados donde nunca habían estado. También en negocios especializados o centros de distribución de comida con cero o mínimo procesamiento, léase plazas de mercado. Empiezan con un no gracias a ofertas típicas, es decir a la empanadita, al buñuelito, al pastelito o al rosconcito. 

En casa erradican los huevos fritos del desayuno en beneficio de la fruta; los alimentos fritos metamorfosean a versiones cocinadas en agua o al vapor; el postre se vuelve fruta; la papa, la yuca, el arroz, el plátano y demás carbohidratos dan paso a variaciones de paisaje como repollo, lechuga, zanahoria, rábano y más fruta. 

Comparten espacios de alimentación, así que empiezan por robar bocados, cada vez más grandes, a la pareja, a los hijos o a los colegas de oficina. Pero llega el momento de la rebelión hogareña cuando le empiezan a servir lo mismo que a los demás, mientras el compañero (a) de trabajo con sobredosis de honestidad toma la vocería del grupo y le dice “no moleste más y pida un almuerzo normal”.  

Varius. Otras especies visibles solo en enero son el No fumus más en serius reconocible por su evidente tensión nerviosa y consumo desaforado de paliativos (chicles de nicotina, dulces corrientes, chocolatinas individuales y uñas); el Ahora si lo leus que carga todo el mes algún voluminoso y viejo ejemplar de ese ladrillo de la literatura universal (100 años de Soledad, Ulises, etc.) el cual permanecerá cerrado mientras el sujeto (a) chatea o mira videos; y el Speak englishum u otrum quien se documenta detalladamente de alternativas académico-lingüísticas condenadas al olvido en alguna carpeta real o virtual.

Y por supuesto, el más efímero pero a la vez abundante de todos, que aparece pasada la medianoche del 31 de diciembre pero es prácticamente imposible de visualizar a partir del 2 de enero. El Hoc anno sic.

En español traduce Este año sí.

miércoles, 21 de agosto de 2024

Alguien grande tiene un problema con esas cobijas

Aunque tener la nariz lejos del suelo implica algunas ventajas, también le suma puntos negativos a la existencia. Dos ejemplos obvios; es muy bueno para cambiar bombillos, pero puede ser una pesadilla a la hora de sentarse en esos aviones o buses donde cada vez acomodan más sillas en el mismo espacio.  

Como se ve, no solo depende del alto o la alta de turno, sino de quienes diseñan un mundo para el promedio. Antes de que la resiliencia se pusiera de moda, ya los y las grandes intentaban encajar como podían en estrechos espacios. De un tiempo para acá, un nuevo desafío enfría la vida de los L, XL y XXL. Un chiste viejo se hizo realidad: si se tapa los pies, se destapa la cabeza; si se tapa la cabeza, se destapa los pies.

La cosa es más grave a medida que la distancia entre la planta de los pies y la coronilla crece. El usuario debe escoger entre proteger un segmento que va desde el dedo gordo de la extremidad inferior hasta más arriba del ombligo, o desde las rodillas hasta los hombros, o desde la cabeza hasta la cintura. La obligatoria combinación entre anatomía y gestión del espacio tiene un nombre: cobija.

No es la legendaria cuatro tigres, esa que cubre por completo un lecho king size y sus alrededores. Tampoco la que no es ni tan grande, ni tan gruesa ni tan colorida, pero que cumple con abarcar la cama completa, en modelos sencillo, semidoble y doble. 

Es un invento creativo de uso adulto, pero en talla para niño. Se les reconoce los diseños, algunos de temporada (Navidad, Halloween, estaciones) y que lo que tapan, se calienta. Pero su extensión es inferior a la estatura promedio, situación que se nota mucho más si el acobijable supera el promedio. Especialmente para este personal parte de su anatomía, siempre, estará condenada al frío. O a calentarse mediante otro sistema (más cobijas, chaqueta, medias gruesas, pasamontañas, chimenea… yo qué sé).

Bueno, listo, a alguien se le ocurrió hacer cobijas para pitufos. Y si usted es talla troll, pues no las compre. Y, ¿quien dijo que se compran?. De un tiempo para acá entraron en esa lista de regalos pbm. Prácticos, baratos y masivos. Prácticos porque a nadie le sobra una cobija. Baratos porque no demandan la inversión de una cuatro tigres y hasta tienen precios especiales al por mayor, lo que nos lleva a la última característica. Ideales para cuando hay que dar muchos regalos y no hay tiempo ni dinero para ser selectivos.

Así que el usuario o la usuaria de gran estatura recibe su (¿sus?) cobijita y, para qué, le hace la lucha. Ya hablamos de los intentos fallidos de tapar el cuerpo completo. El plan b es asumir posición de feto, rana o loto con el fin de adaptar la humanidad al volumen de la manta. No importa cuanto ensaye, siempre habrá un resquicio por donde se cuela la evidencia de que la persona es grande y lo que la cubre no tanto.

El plan b son usos alternos como tapar solo las piernas mientras se consume una bebida caliente. Bebida cuyo destino suele ser derrame parcial o total, lo que deriva en cobija manchada, quemazón en las extremidades o todas las anteriores. También se puede poner estratégicamente sobre los hombros mientras se ve televisión, se lee, se come o se bebe... siempre y cuando se perfeccione la técnica para no enredarse mientras se maneja el control, se pasan páginas, se lleva la comida del plato a la boca, se consume el bebestible o se mira el teléfono que, créanme, sonará justo después de acomodar la manta. 

En ese caso, la cobija viene a convertirse en una especie de ruana, poncho o chal, pero carente de hueco para el cuello o división ergonómica encaminada a descolgarla desde los hombros sin necesidad de maromas.

A menos que el usuario se aburra y haga los ajustes respectivos... a punta de tijera.

jueves, 29 de septiembre de 2016

Pedagogía del manotazo

Cuando el señor Rojas notó que la luz del cuarto de Rodrigo estaba prendida pensó que el niño estaba tan cansado que se había olvidado de apagarla, le tenía miedo a la oscuridad o simplemente prefería dormir iluminado.  Pero al ingresar a la habitación vio al pequeño sentado en la silla que, junto a una mesa multiusos, la mesa de noche y la cama conformaban el mobiliario. No decía nada, no se movía y su mirada parecía fija en el lecho que, evidentemente, estaba sin tocar.

Rojas tuvo esa sensación contradictoria de pobre pelao y maldito pelao. Pobre, porque quien sabe qué extraño trauma le impedía conciliar el sueño; y maldito porque, muy a  su pesar, a él y a su familia les tocaba lidiar con ese trauma. Y es que Rodrigo, en su condición de invitado menor de edad, era hijo adoptivo durante un par de días.

Sus padres, especialmente la madre, se lo habían recomendado en todos los tonos posibles. Ese viaje era la primera salida del pequeño sin su familia nuclear. Convencerlos de que dos días en la finca de un compañero de colegio no implicaban ningún peligro mortal implicó un complejo proceso de negociación. Las instrucciones  relacionadas con salud, hábitos y comportamientos de Rodrigo daban para escribir un tratado de pedagogía. Y la dramática escena cuando pasaron a recogerlo pareció más la despedida de un soldado que se iba para la guerra que la de un niño en plan de paseo.

Esta historia ocurrió en los años 80, tiempos bárbaros en lo que no había ni celulares, ni Internet, ni GPS. Si alguien no estaba no había forma de hacerle esa marcación hombre a hombre que caracteriza las familias actuales, cuando el niño no ha terminado de atravesar la puerta y ya le preguntan vía smartphone donde está.

Rodrigo tenía 12 años y, como ya dijimos, era la primera vez que se desprendía del cascarón familiar. Pero la cosa funcionó bien y pronto el pequeño se integró sin problemas en el viaje, la comida y la sesión nocturna de juegos. Finalmente el sueño se impuso y cada uno partió hacia su habitación privada, un valor agregado de la finca.

Y allí estaba Rodrigo, alejado del sueño por quien sabe qué trauma. Rojas, papá de los de antes, solía enfrentar situaciones similares con sus propios hijos mediante la pedagogía del chancletazo. Pero por razones obvias el tratamiento no aplicaba en este caso. Así que intentó un acercamiento verbal con el invitado. Sin que se diera cuenta se convirtió en un largo sermón sobre la vida, las nuevas experiencias, la presencia espiritual de la familia y la subjetividad del concepto soledad. Pero el niño no se movió.

La señora Rojas llegó en plan de refuerzo y lo intentó primero con un tono maternal que alcanzó a ponerse un poco autoritario. Ante el fracaso argumental pasó al soborno con alguna golosina nocturna. Como esto tampoco funcionó planteó una reubicación, logísticamente complicada porque había un cuarto por usuario con espacio para uno. Pero esta  última propuesta fue lo único que generó una reacción en el pequeño.

Así que tocó levantar al hermano mayor, que a esas alturas ya estaba en el quinto sueño. Y fue este adolescente, cuyo concepto de pedagogía era fregarle la vida a su hermano menor quien notó las dos polillas sobre la cama y las espantó con un manotazo. 

Ya libre de los bichos que lo tenían asustado, con ese miedo que por pena, falta de confianza o dignidad  no se podía de reconocer ante extraños, Rodrigo concilió rápidamente el sueño.

Sin necesidad de cambiarlo de cama, por supuesto.

jueves, 23 de junio de 2016

Historias de una mujer inolvidable


Técnicamente no es un defecto. Incluso puede llegar a considerarse una cualidad. Es más, le permite hacer cosas que los humanos normales no pueden. Atraviesa  paredes. Supera distancias. Destaca entre las multitudes y es capaz de llamar la atención de cualquiera. Es imposible ignorarla. Así muchos lo quieran.

Tiene que ver con la parte del cuerpo que cumple esas funciones. Ella tiene lo mismo que los demás, pero distribuido, organizado, ubicado o alguna cosa terminada en ado que la hace única, o por lo menos excepcional. Afortunadamente, aseguran algunos.

Esos algunos son quienes la tienen que sufrir a diario. Su esposo, quien la ama de todo corazón pero no termina de acostumbrarse. Los compañeros de oficina, quienes reconocen sus habilidades profesionales, pero viven en permanente estado de alerta o crispación. Y cualquier transeúnte despistado que de un momento a otro recibe una muestra gratis de ese don que destaca a Sandy entre el resto del conglomerado.

Porque la voz de Sandy es, ¿cómo decirlo? No es algo potente, no es algo melodioso, es de una tonalidad especialmente aguda que de alguna manera supera cualquier obstáculo físico y entra directamente (y se queda) en el cerebro de su interlocutor, o de cualquiera que esté en un radio de cinco y hasta más metros a la redonda.

Además de su alcance y eficiencia, es la sensación. La sensación de quien la escucha. Algo así como una fresa de odontólogo tratando de cantar ópera. O un canario que nunca aprendió su canción. O la alarma de un carro preguntando la hora. Es la voz más chillona, penetrante y perturbadora que cualquiera se pueda imaginar.

Y como suele pasar, si alguna vez a Sandy le importó, eso pertenece al pasado. Así que contesta el teléfono en plena calle con un aló que pone en estado de alerta al público circundante, sigue con alguna historia que le crispa los nervios  -al publico circundante-  y cuando finalmente se despide por lo menos tres subconscientes clasifican para soñar con violinistas destemplados durante las noches subsiguientes.

Ella tiene la tendencia a ponerse citas en sitios concurridos donde su presencia no es evidente hasta que habla.  En ese momento quien la esté buscando la  nota enseguida, junto con las 20, 30, 40 o mil personas que se hallen en los alrededores. Nadie se atreve a echar un chiste en su presencia. Su risa es algo así como su voz. Pero peor

En temas  laborales nunca pierde una discusión, porque su jefe, sus colegas, o cualquier persona que la haya escuchado prefiere darle la razón antes que oírla argumentar. O saludar. O pedir asesoría. No puede reivindicarse como inventora de la mensajería instantánea u otro sistema de comunicación por escrito, pero contribuyó como nadie a su popularización. Por lo menos en su entorno cercano.  . 

¿Y su esposo? Él la quiere. La quiere mucho, pero añora esos primeros tiempos cuando ella apenas lo conocía y comenzó a sentir algo por él. Ese algo era amor. Pasó algún tiempo antes de que se dieran las circunstancias que finalmente los llevaron a relacionarse y convertirse en pareja. Pero nos estamos desviando. ¿Qué es lo que el esposo añora?

Cuando Sandy lo amaba en silencio.

martes, 22 de marzo de 2016

Pesadilla de cinco estrellas (Segunda de dos partes)

Repasábamos la vez pasada la historia de esos usuarios del transporte aéreo que jamás pasan de la sala de espera, o que pasan a un avión que jamás despega, o que vuelan en un avión que termina aterrizando en el mismo punto de donde despegó o en un aeropuerto alterno. Esos personajes, cansados, frustrados y hambrientos reciben alrededor  de medianoche una noticia mala y otra buena. La mala es que el vuelo ha sido cancelado definitivamente. La “buena” es que la aerolínea les brindará alojamiento por esta noche, para que puedan tomar el mismo vuelo u otro al día siguiente.

Ese anuncio conlleva la primera de muchas filas. Porque hay que confirmar de una vez el vuelo en el que terminarán su periplo. Y ahí es cuando aparecen esas ofertas tentadoras de que si viajan tarde les regalan millas, les regalan el almuerzo en el hotel, les dan un pase para sala VIP. Opciones maravillosas, atrayentes y seductoras que apenas son aprovechadas por una minoría, (cuando les resulta cliente) porque si uno iba a viajar, digamos, el miércoles, es porque necesita estar allá el jueves a primera hora.

Así que hay que pelearse los cupos en los primeros vuelos del día siguiente. Primera fila. Hay que registrarse en un listado para tener acceso al servicio de alojamiento. Segunda fila. Hay que reclamar el equipaje. Tercera fila. A estas alturas, ya es de madrugada. Una fila adicional (más por cansancio que por disciplina) recorrerá el solitario aeropuerto en las primeras horas del día. Finalmente se detiene donde un eficiente pero pequeño transporte llevará a los pasajeros a su anhelado lugar de descanso. En varios viajes, por cierto.

Llegan al hotel. Tremendo hotel, por lo general. Grande, elegante, cómodo. Con múltiples servicios. Pero lo único tremendo que notan los viajeros es la tremenda fila en el área de registro. Cancelación de vuelo que se respete nunca es la única. Cuando finalmente termina el papeleo, (mínimo 1.30 de  la mañana) un funcionario invita cordialmente a pasar a manteles. No importa el cansancio, esa puede ser la primera comida decente de las últimas 18 horas, así que el comedor respectivo se congestiona (y más de un estómago delicado también).

Termina la comida, hora de pasar a la habitación. Cama gigante, televisor idem, baño bonito y amplio. Pero esos detalles suelen pasar desapercibidos porque a esas alturas ya son más de las 2 de la mañana y como toca estar en el aeropuerto a las 6 (primer  vuelo) y en recepción a las 5 (desayuno), lo prioritario es dormir.

Así que el sujeto o la sujeta se pone su piyama, -si aplica- o se quita los zapatos, afloja la ropa, se acuesta y… no hay sueño. El corre-corre de las filas, la comida, las emberracadas y demás alborotaron la adrenalina, así que pasará un rato largo antes de poder conciliar el sueño. Pero al fin el organismo se encuentra dispuesto a dormir, así sea por unos pocos minutos. Ese momento coincide con aquel en que celular, televisor despertador o llamada de recepción informa al pasajero que es hora de  levantarse.

Un desayuno reforzado le dará la bienvenida a los que sí se levantaron, porque habrá quienes prefieren dormir, y terminan saliendo contrarreloj, despeinados y en ayunas para no perder su vuelo. Todos se encontrarán en la sala de embarque, cansados y ojerosos. Y así estarán todo el día en su respectivo destino, donde no faltará el tipo desinformado que, conocida la circunstancia, haga el inevitable comentario.

“Semejante hotel y gratis. ¡Buenísimo!

((Fin))

jueves, 17 de marzo de 2016

Pesadilla de cinco estrellas (Primera de dos partes)


Descrito sin entrar en detalles parece un plan perfecto. Una noche en un hotel con todos  los juguetes, con derecho a comida y desayuno, sin tener que pagar un peso. Pero como suele pasar en estos y otros casos, las apariencias engañan.

Un primer detalle es que los beneficiarios no están ahí por voluntad propia, sino por obligación. Ellos no escogieron pernoctar en el alojamiento elegante, a ellos les tocó hacerlo. Son víctimas de diferentes circunstancias, aunque la mayoría de las veces el villano de turno es el clima.

Y es que la lluvia, la neblina, el viento, la  nieve,  cuando alcanzan determinadas magnitudes afectan directamente el transporte aéreo. Los aviones. Y por supuesto, a los pasajeros. Entonces vienen las historias de aviones que nunca despegan, o que despegan pero no pueden aterrizar y terminan en su punto de partida o en algún aeropuerto alterno sin ninguna relación con el destino inicial.

Hay que decirlo. En ocasiones el problema  no se debe al clima sino a una extraña conjunción de elementos que nadie explica bien (sistema caído, daños  en la pista, congestión en la pista, ausencia inesperada del piloto, problemas técnicos del avión, cambio de peinado de las azafatas o chulos cerca del aeropuerto). Normalmente uno nunca se entera bien de lo que pasó.  Lo único claro es que, muy cerca o pasada la medianoche alguien da la noticia: el vuelo ha sido cancelado.

Porque las aerolíneas siempre esperan hasta el último minuto del día o el primero del día siguiente. Nunca cancelan vuelos a las 8 o 9 de la noche. No, la decisión siempre se divulga en un aeropuerto semivacío, donde el auxiliar de turno anuncia a los agotados pasajeros que ese día ya no se conjugará el verbo volar.

Agotados es una forma  generosa de describirlo. Los  pasajeros, a esas alturas, suelen ser piltrafas humanas que han pasado de 6 a 12 horas en las sillas de aeropuerto.  Sillas que, como todos sabemos, están diseñadas para verse cómodas y no serlo.  Su dieta ha oscilado entre el ayuno absoluto, el tinto que alborota úlceras o, en el mejor de los  casos, pasabocas de aeropuerto. Pasabocas que son iguales a los normales pero tres veces más caros. Aunque tener plata no ayuda mucho, porque si hay restaurantes son inalcanzables por  aquello de “favor no retirarse la sala de embarque”.

Los viajeros han pasado por el proceso de buscar información con un funcionario desinformado, otro malencarado, y otro con cara de  bueno y disposición de colaborar pero sin mucho que decir. Algunos estuvieron una hora o más tiempo a bordo de una aeronave que nunca se movió de su punto de parqueo. O por mucho los llevó a  pasear por la pista.  Otros decolaron, volaron, llegaron, alcanzaron a ver su ansiado destino pero nunca aterrizaron y tuvieron que hacer el mismo trayecto en sentido contrario.

Ese grupo de hombres mujeres y niños cansados, frustrados y desilusionados es el que recibe la  noticia de que el vuelo ha sido cancelado y de que esa noche la aerolínea les brindará alojamiento. En ese momento, por primera vez desde cuando comenzó el frustrado viaje una sensación de alivio se siente en el ambiente.

Vana  esperanza, como veremos en la próxima entrega.


jueves, 25 de febrero de 2016

Efectos sonoros en el mundo de los sueños


En medio de la ancha llanura, el jinete galopa. A su lado corren los venados, y sobre él vuelan las águilas.  Es una sensación de libertad única.  El contacto íntimo con la naturaleza, el sonido del aire a su alrededor… y el lejano rumor.  Porque primero es eso, un lejano rumor. Pero va ganando en intensidad a medida que pasan los segundos. Hasta que aparecen los elefantes verdes golpeando con sus trompas enormes tambores que cuelgan de sus cuellos. Pronto alcanzan al caballo, (que, por cierto, es morado y tiene manchas aguamarina)  rodeándolo con ese insoportable sonido de…

…Los bajos de un reguetón. Cortesía del vecino rumbero en la madrugada. Un remate musical de fiesta que se cuela en el sueño del personaje, hasta que lo despierta.

Sonidos agradables, ruidos molestos o bullas inclasificables tienen un efecto común sobre nuestro soñador. Cuando alcanzan determinada intensidad y permanencia lo sacan del gremio de los dormidos. Pero antes se integran con lo que esté soñando en el momento, generando estrambóticas combinaciones como las siguientes.

La cita romántica con la más famosa de las actrices está a punto de pasar a una situación no apta para menores de edad. En el ambiente más propicio posible, (luz de velas, música suave, cama  kingsize) el soñador y la estrella se despojan de sus ropas y se disponen a lo que sabemos. Pero antes entran las porristas. Y hacen lo que hacen las porristas: barra. Gritan consignas, ejecutan coreografías y acrobacias, montan pirámides humanas y pitan, pitan, pitan hasta que el soñador despierta, bajo el interminable sonsonete del pito del despertador.

Un monstruo indefinible persigue al protagonista. No lo ve pero lo siente. Cada vez más cerca. El camino se acaba, limitado por un precipicio. Aterrorizado, el perseguido se voltea dispuesto a enfrentar a la bestia. Llaman a la puerta.  Porque donde antes había un precipicio ahora hay una puerta. Monstruo y perseguido se miran extrañados pero nunca abren. El timbre suena de nuevo, y suena y suena, como corresponde a ese viejo despertador que arranca al protagonista del mundo de los sueños.

El soñador está en un restaurante donde disponen de todos los platos posibles. Uno tras uno aparecen y desaparecen fuentes con los manjares más exquisitos, mientras cada uno de los comensales devora sin cesar. Un coco, sin embargo, sobrevive hasta que alguien lo agarra y lo golpea para abrirlo. Pero la fruta se resiste así que todos los asistentes al ágape se dedican a golpearlo y golpearlo, generando los mismos sonidos de la persona que golpea insistentemente la puerta del cuarto del soñador, ya en el mundo real.

En medio de un partido de fútbol que ha llegado al último minuto el árbitro pita un penal. El estadio, atestado, contiene la respiración mientras el protagonista va a cobrar. Solo se escucha la voz de Michael Jackson. Porque Michael  Jackson está al lado del cobrador cantando, acompañado de su grupo de bailarines zombis.  Cuando el soñador abre los ojos sabe que, por enésima vez, su siesta dominical ha sido interrumpida por la afición de sus hijos al video de Thriller.

La persona entra a ese cuarto lleno de espejos. Cada  vez hay más espejos, pero ninguno lo refleja. No hay angustia, pero sí curiosidad. Y en la búsqueda incesante de su propia imagen una voz comienza a llamarlo. De alguna forma él sabe que es su propia imagen la que lo  llama. Y corre, corre, corre por los pasillos mientras la voz suena cada vez más cerca, la voz que dice “mijo… despierte que va a llegar tardeee”.