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miércoles, 4 de marzo de 2026

Mucho animal

 

Felizmente casado e inusualmente fértil. En eso va el historial familiar y reproductivo de Maximiliano (Max, en confianza). Pasa por tres parejas estables, cada una con dos embarazos exitosos. Van seis.

La estabilidad de las dos primeras relaciones se desbarató ante sendas aventuras extramatrimoniales del sujeto. Por cierto, cada una dejó su respectivo parto. Suman dos para llegar a ocho.

Max aprendió que eso de andar de picaflor en el ámbito amoroso no es una buena idea. Ante los hechos,  su tercer vínculo erótico afectivo se caracteriza por una fidelidad a prueba de balas. De aquí en adelante, una sola pareja para toda la vida, como los cisnes.

Más cuando nacieron los mellizos (niño y niña) que aumentaron la descendencia del caballero, al que sus amigos llaman (a sus espaldas, por supuesto) el conejo.

Los evidentes defectos del protagonista no significan que carezca de cualidades. La responsabilidad es una de ellas. A sus hijos e hijas no les falta nada. Para financiar la camada hay que producir todo el tiempo. Trabajar como mula. Duro. Muy duro.  

Eso le pasa por perro, dice la mamá. Y por burro.

Aunque sus jornadas laborales son interminables, las cuentas no siempre cuadran. Por suerte existe el tío prestamista, al que Max describe como el tío culebra, ya que constantemente le presta plata, y, por ende, no solo son familia, sino prestamista y deudor.

Eso sí, el multipadre siempre anda mosca para no colgarse en los pagos. No puede hacer lo mismo que un primo que se puso de abeja a incumplir y claro, se le cerró la fuente de financiamiento.

No es la única estrategia económica. Se han especializado en ir (él y su prole) a múltiples actividades en plan de patos —invitados o colados—. No importa la modalidad, lo que importa es no pagar o pagar menos.

Además, siempre anda a la caza de ingresos adicionales. Como el más avezado de los lagartos,  persigue insistentemente y elogia (reiteradamente) a potenciales jefes, socios o clientes. Y si asegura el negocio lo cuida mediante una estratégica relación que combina sumisión con lambonería. 

Max acepta que eso de ser sapo a veces no es digno, pero el tipo tiene sus prioridades. Por su elevado tren de gastos vive con el temor constante de no poder responder. A la hora de cuidar las ganancias, es prudente tirando (bastante) a miedoso. Come callado y aguanta todo. Sí, puede ser valiente cual gallo en otros escenarios, pero en el ámbito laboral es cobarde cual gallina.

Sobra decir que se le ve siempre ocupado. Su jornada diaria es la de una hormiga. En el escaso tiempo libre que maneja ha escuchado una palabra nueva. Describe cierta tendencia juvenil donde las personas asumen comportamientos extraños o se identifican con especies diferentes al ser humano. 

Es algo así como therians (teriano en español). Gente que actúa como animales. A Max le suena bastante exótico el asunto.

¿O no? 

miércoles, 7 de enero de 2026

Superpoderes


No vienen de otros planetas. No viven las consecuencias de algún curioso accidente. No son multimillonarios con acceso a tecnologías de vanguardia. No tienen origen en un universo paralelo o en una dimensión alterna. No nacieron con algo raro en los genes.

Se ven como usted y yo. Son como usted y yo. Bueno, casi. Porque viven con una condición que los hace diferentes. Condición que ellos mismos no controlan del todo. A veces para bien, a veces no tanto. Es su superpoder. Van ejemplos.

Cronotarde, el hombre retraso. Llega tarde. A todos nos pasa alguna vez. A él, la totalidad de las veces. No importa la hora. No importa el día. No importa el lugar. En cualquier situación aparece minutos (o más) después del momento predefinido. Le ponen cita en su casa a la hora de levantarse… y llega tarde. Lo convocan intencionalmente 20 minutos antes y llega 20 minutos después. Nunca es su propósito. Pero siempre pasa algo. Es el superpoder de Cronotarde.  

Tranca, la paralizadora.  La suma de un lugar específico, una circunstancia particular y un instante preciso inmoviliza a los demás. El carro varado a la hora pico en el cruce más estrecho. Quien se para a contestar el teléfono justo en la única puerta a la hora de entrada o salida. El tiquete con algún problema de último momento en la fila de abordaje.Le pasa a una sola persona pero detiene lo que debería ser un flujo continuo. Es lo que ella hace. Sin proponérselo, sin desearlo, Tranca siempre arma el trancón.

Sinfín, el interminable. Actúa en escenarios laborales, académicos, científicos y similares. La reunión fue exitosa. O no tanto. El personal está cansado. El moderador, coordinador, jefe o lo que sea está a punto de declarar el cierre oficial. Entonces Sinfín pide la palabra. Y hace esa pregunta. Demasiado compleja para una respuesta rápida. Demasiado urgente para aplazar su análisis. Demasiado oportuna para haberla dejado hasta el final. Es inevitable extender el encuentro hasta agotar el tema.  Sinfín lo ha hecho de nuevo. 

Lookalike, la parecida. Comienza con la invitación. Boda. Evento social de alcance cultural como lanzamiento de libro, inauguración de exposición o concierto exclusivo. Ceremonia para entregar premios al mérito en áreas específicas. Alfombra roja con cualquier excusa. Ella escoge la ropa que usará. Puede ser decisión de última hora. O también días de planificación, búsqueda y selección. Adquiere algo solo para la ocasión o retoma piezas de su guardarropa. No importa. Haga lo que haga, al llegar al sitio siempre habrá otra mujer vestida exactamente igual a Lookalike, la parecida.

Tecnot, el demoledor. Alguna condición en su cargo lo hace indispensable. Es de los niveles más altos o pocos hacen lo que él hace. En soporte técnico es tabú. No pronuncian su nombre en voz alta. Buscan excusas, se esconden, hacen lo posible por evitarlo. Si hay algún novato, se lo endosan sin compasión. El nuevo, inocentemente, atenderá el servicio y descubrirá lo que sus colegas ya conocen. Tecnot, el demoledor, tiende a cacharrear con el computador de dotación. Así es como genera tal desbarajuste en la máquina que el más avezado de los ingenieros requerirá horas de trabajo para solucionar el galimatías creado por las manitas creativas del sujeto. 

Yoyá, la experimentada. Son jóvenes. Viven para las nuevas experiencias. Son cazadores de sensaciones. Andan por la existencia en busca de actividades que trasciendan la rutina, que generen impresiones imborrables; de momentos que marcarán la existencia. Se reúnen en grupo a planear la próxima vivencia. Esa totalmente novedosa. Esa que dejará por igual satisfacciones para la pasión y el intelecto. Esa que Yoyá... ya hizo. No importa lo innovador, exótico o singular de la propuesta, ella siempre los mira, sonríe y suelta el consabido ”Yo ya hice eso, pero no hay problema, voy otra vez”.

Platofijo, el desubicado. En la hamburguesería pregunta si venden pizza. En la pizzería mira una y otra vez el menú en búsqueda de, por lo menos, un sándwich de carne molida. Va al asadero de pollo donde se antoja de pescado. En el restaurante de carnes pregunta por la opción vegetariana y en el vegetariano interroga concienzudamente al mesero en busca de unos chorizitos o algo así de entrada. Realmente come de todo pero Platofijo, el desubicado, está siempre, a la hora de pedir su comida, en el lugar equivocado.

Malaseña, el desorientador. Da explicaciones detalladas a todo el que se las pide. Les señala hasta donde deben avanzar, cuando voltear, que puntos de referencia buscar y la forma más rápida de llegar a su destino. Destinos a los que ellos nunca llegarán en el primer intento. Las instrucciones de Malaseña siempre incluyen ese pequeño e insignificante detalle que desvía al orientado de su meta. Es derecha, pero Malaseña dijo izquierda. Son cinco cuadras, pero él habló de seis. La puerta es roja, pero el tipo aseguro que buscaran la verde. No es mala intención. Son pequeños lapsos de memoria que se manifiestan en los momentos menos adecuados. Ese es su superpoder.


miércoles, 3 de diciembre de 2025

Mango jefe

Años atrás, el mensajero compró un mango callejero. En vaso plástico, pelado, troceado y con palillo de madera a manera de tenedor. Cunado compartió una tajada con la practicante, la joven no pudo reprimir una expresión de sorpresa y desagrado. No esperaba la sal y el limón que complementaban el alimento.

Al ser una temporada de poco trabajo, el personal se dedicaba a quemar tiempo en espera de la hora de salida. El incidente los llevó a improvisar una tertulia sobre la mejor forma de comer mango. Un grupo respaldó a la practicante en su gusto por la versión natural. Otros defendieron los adicionales: sal, limón, sal y limón, vinagre... sal, limón y vinagre. Más opciones: azúcar, ají, pimienta, cilantro, canela, Tajín... 

Entonces llegó el jefe.

Trabajar con él era fácil.  Él decía lo que había que hacer y los subalternos hacían caso. Si alguien opinaba diferente, se hacía lo que decía el jefe. Si alguien planteaba alternativas, se hacía lo que decía el jefe. Si el disidente intentaba defender su posición, el jefe escuchaba y después… se hacía lo que decía el jefe. Si el contradictor insistía, el que mandaba sonaba diferente. Primero argumentaba. Luego explicaba (cual padre educando al hijo díscolo). En una tercera etapa imponía cordialmente su autoridad. En una cuarta hacía lo mismo con un sutil cambio en el tono de voz que eliminaba cualquier asomo de cordialidad.

En realidad, muy pocas veces habían llegado a este punto. Pero volvamos al mango. El mandamás apareció en plena discusión. Aquí debemos decir que él no veía problemas en las tertulias de oficina. Mucho menos si había poco trabajo. Tanto así que se integró, expresando su preferencia por el mango al natural

Ahí fue cuando, primero tímidamente y posteriormente en avalancha, aparecieron múltiples argumentos a favor de los modificadores de sabor. De alguna manera toda la oficina terminó declarándose partidaria de echarle algo al mango (verde o maduro) antes de consumirlo. De hecho, hasta la misma practicante optó por reconocer que un poquito de limón favorecía el gusto. El jefe insistió desde su posición, pero la opinión mayoritaria tomó partido en su contra. La fruta era más sabrosa si le agregaban algo. 

Al día siguiente el personal en pleno fue convocado a reunión extraordinaria. Los más observadores notaron que el jefe se veía como cansado, con ojeras de esas que surgen cuando uno no duerme muy bien. La agenda incluía tres temas. Prioridades del día, 5 minutos. Ajustes a un par de cronogramas, 5 minutos. 

Punto final. Varios. El jefe tomó la palabra. Claro que se podía seguir usando la sala de juntas para consumir alimentos. Pero algunos dejaban olores muy fuertes. Por ejemplo, solo un ejemplo, el limón, el vinagre, la sal (?), la pimienta… Entonces era mejor evitar el uso de esos aditivos en algunas comidas como, solo un ejemplo, las frutas como, solo un ejemplo, el mango.

Esta última petición vino con un sutil cambio en el tono de voz que eliminaba cualquier asomo de cordialidad. 

Nadie hizo comentarios. El tema nunca se volvió a tocar, pero todos entendieron lo que acababa de pasar. Desde entonces, la sala de juntas que también funciona como comedor ha visto diversos menús. Lechona de fin de año; huevos, café y pan del desayuno de trabajo; tamal, arepa y chocolate del desayuno de integración; ponqué y vino para el cumpleañero de turno; almuerzo de domicilio; almuerzo de coca; buñuelos y natilla de novena navideña, etc. Lista larga abierta a múltiples opciones. 

Cualquiera menos el mango. 


miércoles, 24 de septiembre de 2025

Sobredosis de creatividad

Rojas siempre fue del tipo creativo. Pintaba, escribía, se anotaba en actividades culturales, aportaba ideas. No era buen estudiante pero los docentes premiaban su entusiasmo “arrastrándolo” en las notas. Llegó a bachiller y expresó interés por bellas artes, literatura, música, actuación o algo así. Mientras se decidía lo convencieron de estudiar (algo provisional) una carrera intermedia (algo más rentable). Su familia respiró aliviada cuando aceptó, lo que alejó un futuro potencial entre muerto de hambre y mantenido oficial. La vida de Rojas tuvo giros inesperados y lo que iba a ser algo provisional se volvió trabajo e ingreso permanente. 

Pero eso de la creatividad es crónico. Algo pasaba con el tipo del quinto cubículo. Sus presentaciones eran otra cosa. Ajustes pequeños y eficientes lo diferenciaban en el trabajo. Escribía esos mensajes simpáticos para los cumpleaños. Un día el jefe de sección le pasó una presentación a ver que podía mejorar. Y la mejoró tanto que el gerente notó la mano misteriosa. Una vez identificado el innovador, las peticiones comenzaron a llegar. Hasta que se produjo el acontecimiento feliz. Traslado a gerencia general. 

En el organigrama le pusieron asistente de gerencia. Su asistencia consistía en darle ideas al jefe, pulir las ideas del jefe, convertir cualquier delirio del jefe en una idea concreta y, lo más importante, jamás aparecer como autor de las iniciativas que se derivaban de su trabajo. Un buen sueldo terminó por acallar a la vocecita interna que pedía derechos de autor. El jefe se llevaba los créditos, a él le pagaban. Además la complicidad con el que mandaba se hizo cada vez más cercana. De hecho, manejaban reuniones diarias. 

En una de esas Rojas se arriesgó y soltó una idea medio loca. Vamos a vender felicidad. Es importante precisar que la empresa prestaba servicios técnicos especializados a sectores del comercio, la industria y otras actividades económicas. Sus clientes eran institucionales, de esos que toman sus decisiones basados en criterios estrictos de costo/beneficio. Todos querían ganar plata. La felicidad era algo colateral.

Pero el hombre tenía argumentos. Factor diferenciador frente a la competencia. Ser más que fríos consultores. Enfocarse en elementos secundarios pero claves. Énfasis en esos detalles que mejoran el día a día de clientes y trabajadores. Calidad de vida. Experiencias satisfactorias. Y, por supuesto, ganar plata.

A punta de reuniones el concepto evolucionó a propuesta de servicio. Faltaba ensayarla con un cliente real. Entonces apareció ese poeta —publicado y laureado— que invirtió parte de sus ganancias literarias en un restaurante y buscaba proveedor para los servicios que ofrecía la empresa. El sujeto de prueba perfecto. 

Nadie lo conocía en persona pero el día de la cita llegó justo a la hora. El gerente entró a la sala, lo saludó por su apellido y procedió a presentar su portafolio con el enfoque de Rojas. El visitante sí había puesto cara rara cuando le dijeron maestro. Pero el rostro realmente desconcertado apareció cuando el eje de la felicidad se tomó la exposición. Cada palabra le generaba evidente incomodidad y confusión. Inesperadamente interrumpió al expositor, dijo que debía ir al baño y salió. No ha vuelto todavía.

A primera hora, un poeta había cancelado su cita. De acuerdo con los protocolos, el administrador de la agenda buscó algún otro cliente para el mismo horario. Encontró uno. Casualmente, con el mismo apellido del poeta. El protocolo, por supuesto, incluía informar al gerente del cambio, pero justo ese día se reventó un tubo en casa del de la agenda. Al salir a toda carrera notificó la novedad por correo electrónico y dejó encargado a alguien. El gerente no revisó correo, el encargado se embolató y nunca avisó.

Y así fue como la primera persona a quien intentaron venderle felicidad para su organización, sus empleados y clientes fue al representante legal del gremio donde confluían las funerarias más importantes del país.

miércoles, 10 de septiembre de 2025

Melodramas económicamente inactivos

González es un desempleado serio. Redujo sus gastos. Canceló sus servicios de streaming, entre otros ajustes presupuestales. Se registró en varios recursos en línea para buscar trabajo. Por ejemplo, una red social cuyo nombre no interesa, pero que evolucionó de contactos profesionales a oferta y demanda laboral.

Han pasado varios meses sin resultados positivos. Eso no significa que los recursos en línea sean inútiles. Es cierto que no han funcionado para efectos de ofertas o procesos con final feliz. Pero sí han reemplazado, y gratis, lo que antes se pagaba por streaming. En la red social mencionada inicialmente todavía no han aparecido opciones exitosas para volver a la población económicamente activa. En cambio, ofrece una combinación de drama, acción, humor, romance y tragedia digna de la mejor televisión por suscripción.

Un día González encontró allí la historia de un aspirante que, luego de su segunda o tercera entrevista perdió todo contacto con el potencial empleador. Ese “Nosotros lo llamamos” que significa “jamás volverá a tener noticias de nosotros”. Cualquier buscador de empleo de los últimos 50 años sabe que eso forma parte del proceso. Pero el narrador le puso un tono melodramático digno de tragedia griega. Shakespeare es un principiante frente a los sentimientos de rabia, impotencia y frustración descritos por el no llamado.

Ese desahogo en línea abrió una tendencia —reforzada por el algoritmo, supone González— de narraciones tristes, patéticas y trágicas de desempleados en ejercicio. Descripciones detalladas de esa pregunta en la entrevista que desencadenó una relación amor-odio entre los protagonistas. Triángulos erótico- laborales con finales sospechosos. Desenlaces inesperados y graciosos cuando se tocó el tema del sueldo. Anécdotas  reflexivas de veteranos rechazados por edad en detrimento de la experiencia, o de jóvenes que se quejan de que no les den oportunidades de demostrar sus capacidades solo por la falta de trabajos previos.

Como en la mejor telenovela desfilan historias con implacables puestas en escena. Cada fracaso incluye villano (generalmente la o el potencial empleador) y víctima (generalmente la o el aspirante). Los decisiones administrativas pasan a ser traiciones, las respuestas negativas actos despiadados, las evaluaciones abusos de poder, los comentarios falta de empatía y cualquier comportamiento perversa indiferencia. 

Desde el otro lado González también encontró versiones de los hechos. Al universo de los solicitantes se opone el universo de los reclutadores. Ellos tienen sus propios cuentos, donde el clímax y desenlace incluyen entrevistables incumplidos, esos CV con fotos tipo selfie en concierto, postulantes cuyo perfil no tiene nada que ver con el puesto, respuestas incomprensibles, aspirantes que dejan los procesos sin explicación y reacciones agresivas cuando se le informa al interesado que no encaja en lo que se está buscando.

Hay un tercer escritor. El intermediario. Aquel que tiene la fórmula infalible para llevar al éxito las epopeyas laborales. En esos textos abundan —en contraste con los anteriores— los finales felices. Ese detalle, ese cambio de estrategia, esa acción, ese uso de herramientas novedosas. Ese comportamiento disruptivo que convirtió la racha de fracasos en éxito. Como en el cine clásico, aquí ganan los buenos. Curiosamente, el factor que lleva al éxito suele coincidir con un producto o servicio que vende el narrador de turno.

En lo que lee González predominan las búsquedas de empleo. Pero a veces hay relatos cuyos autores le meten drama a otros temas como mercadeo, prendas de vestir, clima laboral, emprendimiento o hábitos alimenticios.  Curiosamente, todas las historias tienden a parecerse, no solo en forma sino en contenido. Como si tuvieran un autor común, con una inteligencia similar. ¿Inteligencia artificial? No se sabe. 

Pese a todo, los culebrones de la red entretienen a González. Quien, por cierto, nada que consigue trabajo. 

miércoles, 6 de agosto de 2025

En la fila

Hace una semana hablábamos de las tribulaciones de un jubilado en su convivencia con las inexplicables máquinas asignadoras de turnos. Cuando él era joven esos aparatos no existían. En cambio abundaban las filas (sí, más que ahora). Este documento sacado de nuestros archivo nos lleva a esos tiempos. A historias olvidadas, pero también a comportamientos del pasado, aunque hay algunos que se niegan a desaparecer. 

Nombre: Aristides. 

Edad: l8 años. 

Oficio: Mensajero.

Destino: Hacer fila.

En resumen, esta es la vida de "Aristi", quien pasa su incipiente mayoría de edad en medio de la guerra de las colas. No la de las gaseosas, ni tampoco lo que ahora se llama derriere. No. Nos estamos refiriendo a la cola del banco, de la corporación, de impuestos, de la electrificadora, del cine, del teatro, del bus, del autoservicio, de la cafetería... en fin. Siempre adelante de alguien, siempre atrás de alguien.

Tal constancia en el arte de cuidar retaguardias le ha permitido al joven desarrollar una nueva rama en el estudio del comportamiento humano. Se llama la "sicología general de la fila" y sus postulados básicos son los siguientes.

1. Cuando tenemos afán en el banco, la persona que va delante de nosotros siempre será un mensajero con 38 consignaciones de 15 cheques cada una.

2. Siempre que prestemos un kilométrico*, nos acordaremos de reclamarlo.

3. Siempre que prestemos un esfero fino con baño de oro, nos olvidaremos de reclamarlo.

4. En toda fila, nunca faltan:
  • El amigo del cajero que se cuela con el mayor desparpajo.
  • La viejita que para ahorrar tiempo, llena cinco consignaciones** y dos comprobantes de retiro con nuestro esfero (ver puntos 2 y 3) apoyada en un monedero.
  • El atarván que a cada minuto grita en estéreo "¡mueeévalooooo!".
  • El jubilado que murmura entre dientes y apenas le dan la oportunidad, lanza una perorata de media hora sobre la irresponsabilidad de los que atienden las ventanillas.
  • El distraído lector que se concentra tanto en su novela***, que se queda quieto (él y los veinte que van detrás) hasta el final del capítulo donde la asesina huye con el mayordomo.
5. En la cola para el cine, forman parte del paisaje los siguientes elementos:
  • Un vendedor de maní, que insiste en embutirnos una muestra gratis de su producto, en una cuchara metálica de color verde.
  • Una pareja de novios que discuten durante media hora de fila, y se arrepienten de entrar a punto de llegar a la taquilla.
  • Un madrugador a la espera de los amigos incumplidos que llega temprano, hace la fila, llega a la taquilla, se sale, vuelve a hacer la fila, llega a la taquilla, se sale, vuelve a hacer la fila hasta que se acaba la fila, cierran la taquilla, cierran el teatro y… llegan los amigos
  • Un optimista que compra una boleta con billete de 10 mil****, y demora 10 minutos peleando con la taquillera que no tiene vueltas.
  • Un revendedor encartado que ofrece las boletas al doble de precio antes de que apaguen las luces, al mismo precio mientras están en los cortos y a mitad de precio poco antes de que cierren la puerta*****.

Traductor intergeneracional


* Kilométrico. Era un esfero de plástico desechable con una mina (también de plástico) más gruesa que las corrientes. La mitad de la tinta se quedaba en los dedos de quien escribía. Eso sí, duraba mucho tiempo y era bien barato.
**Para consignar había que llenar un formulario y 9 de cada 10 usuarios, o algo así, pedían prestado un esfero al primero que estuviera disponible sin ninguna garantía de devolución.
***No había teléfonos inteligentes ni redes sociales, así que la opción de leer para pasar el tiempo requería de libros, revistas, periódicos o cualquier papel, cartón o plástico con letras impresas. 
****No recuerdo con exactitud, pero el precio del cine rondaba los mil pesos o menos, y el billete de 10 mil era el de más alta denominación. El ejemplo actual sería pagar un perro caliente callejero con billete de 100 mil.
*****Las salas de cine no quedaban en centros comerciales. Quedaban sobre la calle. Así que disponían de puertas (normalmente de vidrio) que se cerraban cuando había aforo completo o cuando comenzaba la película y solo se abrían poco antes de terminar la función.

miércoles, 21 de mayo de 2025

El intocable señor Barreto

Si usted ve al señor Barreto por la calle lo más probable es que ni siquiera perciba su presencia. Y si por alguna razón lo nota, solo es cuestión de tiempo para que forme parte (Barreto) del inventario de asuntos olvidados. Razones sobran. La ropa del tipo es genérica, se comporta con discreción casi invisible, el rostro carece de particularidades y anda como uno más en la marea humana que transita a diario por la vida.

Pero los omnipotentes, los que tienen la autoridad en escenarios específicos, los que rigen el destino de organizaciones o personas por elección, delegación o herencia poco o nada pueden hacer para ejercer su máximo poder frente a este caballero.

No existe dueño, administrador o empleado que pueda sacarlo de una larga lista de locales. Se incluyen meseros, chefs y metres de restaurantes. Cantineros, barmans y vigilantes de bares. Canchero o tendero de canchas de tejo. Artista principal, guardia o acomodador de concierto. La inmunidad de Barreto alcanza los clubes sociales, donde ni siquiera la junta directiva tiene la capacidad de expulsarlo de las instalaciones.

Tampoco es factible retirarlo de catedral, capilla, templo, sinagoga,  iglesia de garaje o ermita, sin importar lo que hagan obispo, sacerdote, rabino, pastor o monja (incluye madre superiora). Lo mismo ocurre con esos medios de transporte donde regulaciones aceptadas por todos los países le otorgan autoridad absoluta al comandante de la nave. No hay piloto capaz de bajarlo de un avión o capitán que pueda desembarcarlo de yate, crucero o barco de carga.  

Para dar algunos ejemplos con nombre propio, el gran Elon Musk no puede eliminarlo de X (antes Twitter), el insigne Mark Zuckerberg es incapaz de sacarlo de Facebook, Instagram, WhatsApp o Threads y, por increíble que parezca, ni siquiera el todopoderoso Donald Trump tiene como expulsarlo de Estados Unidos.

No existe árbitro con la capacidad de excluirlo de actividades deportivas, gerente calificado para prescindir de sus servicios, funcionario de alto nivel (superintendente, viceministro, ministro, presidente) que pueda removerlo de la nómina.

No siempre fue así. Hubo épocas en las que el señor Barreto salió por la puerta de atrás y no siempre en los mejores términos de lugares físicos y organizaciones. Pero cuando cumplió los requisitos y se pensionó supo que nunca podrían volver a echarlo de ningún trabajo, oficial o privado, ya que nunca volvería a trabajar.

También decidió (con ayuda del calendario y las recomendaciones médicas) restringir el consumo de alcohol a una que otra copita en casa, lo que lo alejó para siempre de bares y similares. Y como ya vivió bastante y sabe la diferencia entre lo que debe hacer y lo que es opcional, empezó a quitarle escenarios a la vida.

El señor Barreto no va a restaurantes (existen domicilios y comida casera). No juega tejo. No asiste a conciertos. No es socio de clubes. Maneja su relación con el omnipresente ser superior en la intimidad de su casa. Limita sus traslados intermunicipales a zonas cercanas que no requieren aviones o barcos. No hace deporte en plan competitivo y no tiene redes sociales. 

Por eso es imposible que lo saquen, retiren, expulsen o eliminen de múltiples espacios, físicos, organizacionales o virtuales. Porque él no está ahí. Y no importa que tanto poder tenga alguien para decidir sobre la presencia de otros en su jurisdicción. Es imposible sacar al que no está adentro.

Como al Señor Barreto. Quien, por cierto, es un tipo feliz.

miércoles, 5 de marzo de 2025

Ternas de uno

El perfil laboral de Velandia cuenta con buena experiencia y formación adecuada que responden a lo que el mercado está pidiendo, aunque podría ser mejor. Eso determina, y él lo sabe, la posibilidad de perder algunas oportunidades. ¿Pero todas? ¿Y muchas veces en el último minuto?

Retrocedamos. Con el fin de salir de las estadísticas de desempleo, el caballero lleva varios meses aplicando estrategias tradicionales y de las otras. Gracias a la persistencia y algo de suerte ha sido llamado para muchos procesos, todos promovidos desde organizaciones del sector privado. 

Parte de las convocatorias incluyen actividades (dinámicas de grupo o exámenes de conocimiento) donde varios o todos los candidatos participan simultáneamente.  En ocasiones, se evidencia cierta familiaridad de un aspirante con el equipo reclutador o con personal de la empresa. Curiosamente, ese personaje que saluda con nombre propio a la secretaria o al facilitador resulta ganador del cargo en disputa.

En aquellos procesos donde ha llegado más lejos, para la entrevista definitiva convocan a los finalistas. Casi siempre son tres. Parece haber una especie de fetichismo por las ternas entre quienes seleccionan personal. Cuando el llamado es el mismo día a la misma hora, los escogidos comparten sala de espera.  Al llegar el turno de Velandia el entrevistador, sin ser agresivo, se toma su tiempo enfocándose en los aspectos menos favorables del interesado para ese trabajo en particular. 

No se sabe que ocurre con los otros dos aspirantes, por tratarse de conversaciones privadas. Pero mientras uno termina con cara de aburrido tras una reunión con duración similar a la de Velandia, el otro entra y sale rápido con cara de ganador. Una situación muy parecida invierte la cronología. Esta vez quien refleja en su rostro la inminencia del nuevo empleo es el que demora más tiempo a puerta cerrada. A Velandia lo despachan con un par de preguntas y un “nosotros lo llamamos”. Por la duración de la entrevista del número tres, se presume un tratamiento similar.

Por cierto, tanto la cara de ganador como el rostro de nuevo empleo inminente son completamente proféticos. Ese es el elegido o la elegida

No siempre hay que compartir sala de espera para notar sutiles diferencias. Velandia llega a su entrevista y ve a un competidor recibiendo información, algo así como una lista de documentos de esos que piden para firmar contratos. Atienden a Velandia. Cree que le fue bien. Le dan las gracias y lo mandan para la casa sin ninguna información adicional. Excepto el impajaritable “nosotros lo llamamos”. 

Uno de esos procesos fallidos lo realizó cierta empresa donde trabajaba un amigo de Velandia. Días después los dos se encontraron y en la conversación apareció el nombre del nuevo titular del cargo en disputa. El nombre y un dato adicional,: “es el primo del gerente”.

Velandia reconoce que su conclusión puede ser paranoia, envidia, mecanismo inconsciente de defensa o una manera de justificar sus fracasos. El cree que por razones no del todo claras ciertas compañías (o personas en cargos clave como alta dirección o mandos medios) están interesadas en que sus contrataciones se vean transparentes y competitivas, así desde un principio el elegido tenga nombre propio. 

Entonces convocan perfiles, los evalúan, entrevistan y van filtrando hasta llegar a la terna final. La decisión beneficiará al que siempre fue el único aspirante con posibilidad real. Pero si alguien pregunta tienen un proceso para mostrar. Ahí es cuando los Velandias del mundo descubren su verdadero rol en ese proceso.

Ser material de relleno para una terna… de un solo nombre.

miércoles, 5 de febrero de 2025

Mechas de Fuego no se vara


González, aficionado al cine, siempre se ha preguntado si ese cuento del multiverso tiene alguna base científica real, o es simplemente un invento de guionistas para poder hacer cambios radicales en sus personajes sin dañar la continuidad de las historias. Como saben los que ven películas de súper héroes y los que leen o leían historietas, se supone que no existe una sino múltiples realidades simultáneas en diferentes dimensiones donde la misma persona puede ser alguien (o algo) completamente diferente. 

González vive una sola realidad. En ella terminó relacionado con la familia de Mechas de Fuego vía la hermana mayor, con la que alguna vez tuvo uno de esos romances que terminan en buenos términos, pero terminan. En esos tiempos de amores adolescentes Mechas de Fuego no pasaba de los 5 años, pero ya tenía esa cabellera roja que le generó su apodo, reforzado por su nombre de pila, Mercedes.

El asunto es que González creció, consiguió otra novia en el mismo barrio, se casó y armó vida propia. Entretanto, peleas de esas que involucran herencias, separaciones conyugales y metidas de pata dividieron a la familia de la hermana mayor en bandos irreconciliables. Sin embargo, González nunca se desconectó del todo de su ex y parentela, y mantuvo contactos esporádicos con todas las facciones del conflictivo clan.

Así supo que, cerca de su mayoría de edad, Mechas de Fuego se abrió de la casa familiar. Volvió a saber de ella años más tarde, cuando la hermana mayor lo contactó para pedirle que, si sabía de algo, le ayudara a su hermana menor a conseguir un mejor trabajo. Y claro, yo le mando la hoja de vida. Ella hace tatuajes.

El currículo nunca llegó. No pasaron muchos días y González se encontró con uno de los hermanos de su exnovia. Vino un diálogo de usted en qué anda y de la familia qué. El interlocutor no sabía mucho de la vida de sus parientes salvo de uno: Mechas de Fuego, quien, según el, trabajaba hace tiempo en un call center.

González iba a preguntar por lo de los tatuajes, pero terminaron hablando de otras cosas. El tema pasó  al olvido hasta que tuvo que comprar un regalo en tiempos de baja liquidez. Su esposa sugirió acudir a las ventas por catálogo (a crédito) de una amiga. Esa que se había encontrado, contó la señora González, en una reunión de vendedoras con una antigua vecina. Mercedes, a la que le decían Mechas de Fuego.

Si la pelirroja no hubiera “aparecido” tantas veces, González jamás hubiera “aparecido” en la casa de su amor de juventud. Nada planeado. Estaba cerca y tenía tiempo, así que timbró. Le abrió el papá, quien vivía solo desde su divorcio. El diálogo no fue largo pero incluyó un “pues Merceditas hace eso del mantenimiento de computadores y le va como bien”.

Todo esto explica la sensación de alivio mezclada con mucha curiosidad el día que González reconoció, a la distancia, cierta cabellera roja. Ya no brillaba tanto como él la recordaba, y probablemente estaba reforzada por algún tinte pero, sin duda, era Mechas de Fuego.  El saludo lejano con nombre propio permitió a Mercedes identificar al antiguo novio de su hermana mayor. Claro, tomémonos un café.

...“y sí, eso fue muy duro cuando me fui de la casa. Pero aprendí lo de limpiar los teclados, las pantallas y las CPU y con eso me ganaba unos pesos. Por esos días vivía con el man de los tatuajes. Terminamos, pero antes me enseñó a tatuar. Y estuve de buenas porque me salió un trabajo más o menos fijo para limpiar los equipos de un call center. Como una de las operadoras sabía que yo hacía tatuajes a veces me piden alguno. También les vendo productos por catálogo. Ahí estoy a la orden, por si se le ofrece algo”.

Ese fue el día en que González empezó a creer en el multiverso.

miércoles, 18 de diciembre de 2024

Turnotraficante

Cuando una empresa rebasa en sus necesidades de funcionamiento la semana laboral o los horarios que puede llenar a punta de horas extra o de confianza y manejo, entra al mundo de los turnos. Aplica también si hay dos personas o más rotándose el mismo servicio en el mismo lugar. Y donde hay turnos, hay mercado. Entiéndese este último como transacciones que realiza el personal de días, tiempos y horarios. Sin tanta carreta, la gente intercambia turnos.

Se permutan días completos, por ejemplo domingos o festivos. Se canjean horarios completos o parciales en fechas específicas. Así, cuando se supone que llega Juan, aparece José y viceversa. En vez de Patricia a primera hora de la mañana, entra María, y en el turno de la tarde ocurre lo mismo, cambiando nombres. Mientras el asunto no tenga incidencia salarial y se garantice el trabajo, los administradores solo piden estar enterados. Incluso en algunos casos se hacen de lado mediante un  “arreglen entre ustedes”.

Pero nunca falta el creativo. A él le dedicamos esta amilcarada. Ese sujeto convoca a su colega con aire conspirativo, le explica que necesita un día X y le pide el favor de que lo cubra. Pero en vez de cambiar un día por otro, plantea alternativas basadas en complejas fórmulas espacio temporales y, hay que decirlo, una que otra viveza en perjuicio de la contraparte. Intentaremos explicarlas de la forma más clara posible. Recordemos: Sujeto es el que necesita el cambio y Colega es quien recibe la propuesta.

1. Sujeto y Colega trabajan en una empresa con dos turnos diarios de lunes a sábado, uno en la mañana y otro en la tarde. También funciona en un único turno domingos y festivos. Sujeto propone que Colega lo reemplace en el turno de un domingo. La devolución del favor queda pendiente para: un posible día festivo que le permita a Colega tomarse un puente cual Bolívar en Boyacá, o un día cualquiera entre semana que Colega requiera, siempre y cuando la empresa no ponga problema en que Sujeto doble turno por un día.

2. Sujeto y Colega trabajan en una empresa con los mismo horarios de la anterior. Lo que Sujeto propone es que Colega lo reemplace en el turno de un domingo (o en cualquier día normal). En contraprestación, Sujeto llegará más temprano o se irá más tarde durante varios días para que Colega trabaje menos tiempo, siempre y cuando la empresa no ponga problema en que Colega doble turno por un día.

3. Sujeto y Colega trabajan en el turno de la tarde. Sujeto necesita salir más temprano por un tiempo y le propone al administrador modificar temporalmente su horario para ingresar antes y así compensar el tiempo. ¿Cómo entra Colega en esta ecuación? Es el tipo del “Por si"… “Y jefe, Por si hay algún problema, ahí está Colega que sabe como funciona todo”.

4. Sujeto y Colega hacen turnos de enfermería de 12 horas. Colega es joven y con escasa vida social. Sujeto tiene sus años, mucha familia y mucha actividad extralaboral. Constantemente negocia con Colega para que este extienda sus turnos 24, 36, 48 horas o más. Depende de la resistencia de Colega y de la tolerancia del jefe, del paciente, de los parientes del paciente o de la institución. La compensación en este caso puede ser directamente económica, o en tiempos distribuidos de acuerdo con los casos anteriores.

5. Sujeto tiene una emergencia y acude a Colega para que le cubra la espalda. Este acepta de inmediato y queda pendiente para después definir los términos de la compensación.

6. Colega tiene una emergencia y acude a Sujeto para que le cubra la espalda. Este declara su voluntad de colaborar pero enseguida enumera detalladamente las múltiples razones por las cuales lo haría con mucho gusto, pero precisamente para ese día y ese caso en particular no se puede porque… eso es muy complicado.

miércoles, 20 de noviembre de 2024

La tradicional decoración de fin de año

En tiempos pretéritos, trabajar para una empresa implicaba ingresar a la nómina un día y salir de ella otro día (muchos años después) cuando —medio a las malas— te jubilaban. De esas épocas pasadas sobreviven costumbres que trascienden lo estrictamente laboral, como la decoración de fin de año. Eso era una fiesta donde todos participaban con entusiasmo. Pero los contratos pasaron de indefinidos a término fijo, los empleados se volvieron contratistas, los milenials cambiaron estabilidad por felicidad personal y el trabajo a distancia complicó conjugar el verbo decorar en las instalaciones físicas, por citar solo algunos cambios.

Llegó la hora de evolucionar... y no pasó nada. Le tocó a los jefes de área asumir el reto anual no remunerado de “motivar” a los subalternos para el operativo estético. Ante la evidente apatía desarrollaron estrategias sutiles y de las otras. Dar a entender, sin decirlo jamás, que había una relación causa—efecto entre entusiasmo navideño y variables como renovación de contrato, ascensos, anticipo de la prima o carga de trabajo. Todo enmascarado en un tono festivo acorde con la época. Otros no se complicaron la vida e incluyeron la actividad en los indicadores de gestión. No suena mucho a líder empático, pero funciona. 

Por supuesto, nunca faltó el optimista que apeló al espíritu de las fechas que se avecinan. En todos los casos, pero sobre todo en el último, el éxito depende de dos personajes.  El creativo y el cansón. El primero tiene las ideas, la habilidad y la dedicación para convertir, él solo, la más insípida oficina en una reproducción fiel del portal de Belén con ovejas de papel maché, mula y buey de icopor, cuadro en cartulina de la sagrada familia y techo de balso. De hecho es la persona con más traslados dentro de la organización, pues seis meses antes de la Navidad todos los jefes de área se lo pelean.

Pero eso vale plata y hay que recoger la cuota “voluntaria” entre el personal. Ahí aparece el cansón. No es muy popular, pero lo entienden. Entre otras cosas porque, hablando de “voluntarios”, muchas veces su condición de tesorero temporal no es por vocación, sino por imposición del jefe. El personaje debe solicitar, pedir, perseguir, implorar, acosar, apremiar, rogar e importunar hasta que, como quien exprime la última gota de un limón, recoge el aporte en efectivo de sus compañeros de área.

Claro, existen especímenes que no solo se ofrecen para el rol, sino que lo disfrutan. Esos son especialmente útiles en aquellas dependencias sin creativo o nada que se le parezca. Ahí donde el dinero de la cuota terminará financiando alguna decoración genérica como “tecnología navideña”” (cuatro bolas adheridas con cinta pegante a ambos lados del computador); el “tradicional árbol” (una vieja y enclenque estructura decorada con lo viejo que todavía sirve y algo nuevo para justificar la cuota); el “camino de San Nicolás” (paredes empapeladas de afiches venteados del gordo de vestido rojo ); o metros y metros de guirnaldas, serpenteando por cubículos, paredes, techo, marcos de las puertas y demás espacios, sin orden ni lógica pero con una muy discutible estética, sujetadas mediante cosedora, cinta pegante, tachuelas y puntillas.

La historia a veces incluye novenas (otra cuota); familias (por lo menos un día y cuota adicional); mascotas (para ser inclusivos con la modernidad); disfraces (agregue cuota y resignación al ridículo en proporción directa a la necesidad de supervivencia laboral) u otras arandelas (léase, más cuotas). También puede ser un concurso por… el tercer lugar. El primero y el segundo se lo rotan entre Mantenimiento y Presidencia. El área con M porque su personal es el mejor calificado para aquello de construir infraestructuras y el área con P porque solo ellos tienen la plata para contratar externos dotados de similares destrezas y recursos.

Sin hablar de que el jurado, normalmente, es seleccionado e incluso pagado por Presidencia.

Eso también es una tradición.

miércoles, 2 de octubre de 2024

Diatriba contra la industria del desempleo

Ahora resulta que las hojas de vida ya no son hojas de vida sino CV (curriculum vitae, así el latín sea una lengua muerta). Que no son para mostrar la trayectoria de vida, educación y experiencia laboral sino para conseguir entrevistas. Que si fracaso en la entrevista no es porque están buscando a otro, sino porque di respuestas incorrectas a preguntas etéreas como esa de cómo se ve en 10 años (pues más viejo, pero no dije eso) o cuál es su mayor debilidad (pues los tamales, pero eso tampoco lo dije).  O porque no pregunté lo suficiente ni lo adecuado, aunque, se supone, que el rol del entrevistado (yo) es contestar, no preguntar. 

Antes, eso que los economistas llaman formar parte de la población económicamente activa y el resto de los mortales trabajar era cuestión de terminar la etapa educativa en oficio o profesión, necesitar plata o aburrirse de depender económicamente de otro (o que otro se aburriera de mantenerlo a uno).  Había privilegiados, quienes tenían oportunidades en su círculo cercano, con algún pariente o amigo que conocía (o era) potencial empleador. La mayoría debían buscar convocatorias públicas en medios de comunicación, carteleras, postes, correo de las brujas o internet. El ciclo se repetía si el personal se quedaba sin empleo por decisión, normalmente del empleador o, muy (pero muy)  ocasionalmente, del empleado.

El siguiente paso era repartir hojas de vida (digo, CV) cual natilla en Navidad hasta lograr (uniendo suerte, capacidades, influencias y hasta milagros) engancharse en un “proceso”. Normalmente incluía entrevista (s)  y mecanismo (s) destinados a demostrar que uno sabía hacer eso para lo que aspiraba a ser contratado.

Pero cuando apareció internet, primero, y luego las redes sociales, proliferaron (y proliferan) los expertos. Esos que de forma elegante (aunque nada original, porque ese siempre ha sido el libreto de los gurús de la autoayuda) “te” informan que todo es “tu” culpa. Pero “tú” tranquilo; ellos tienen la solución infalible. Si usted todavía no ocupa la vacante laboral de sus sueños no es porque la economía esté mal, porque en su país no existe una oferta adecuada para su perfil, o porque hay candidatos que lo superan en todos los aspectos objetivos y subjetivos. Es porque “tú” no te has esforzado lo suficiente.

Así que en formato de video, pdf, podcast, meme, qué sé yo, el desempleado encuentra recomendaciones de todo tipo a las que parece que les falta algo. Lo cual es cierto porque la idea es que el interesado pique el anzuelo y compre el libro; se suscriba al podcast, boletín o blog; le dé likes al video; o pague la módica cuota para el seminario, donde, ahí sí, recibirá la fórmula mágica para conseguir ese trabajo.

Se supone que los reclutadores o contratantes son una especie de secta repleta de secretos que ellos, los asesores, nos van revelar. Vestuario pertinente, formato ideal para la hoja de vida (perdón, el CV), pautas de entrevista personal, de entrevista virtual y de seducción (profesionalmente hablando) al entrevistador.

Como cualquier grupo de expertos que se respete, sus consejos son tan sabios como contradictorios. “Vístase para generar la mejor primera impresión”, dicen unos; “sea usted mismo en la presentación personal”, aseguran otros. “Hay que ser estratégico en las respuestas”, explican unos; “lo importante es la espontáneidad al hablar”, resaltan otros. “Son básicas las competencias aplicables en cualquier entorno laboral”, recomiendan algunos; “nuestra marca personal, especialización y habilidades diferenciadoras son las claves”, señalan otros. “El CV debe ser diseñado pensando en el impacto visual, como si fuera una página web o una obra de arte”, proponen unos; “en la hoja de vida solo importa que el contenido demuestre que somos los precisos para esa vacante”, sostienen otros. Y así en una escalada interminable de paradojas.

Eso es solo parte de lo que vende la industria del desempleo. Esa que, necesario reconocerlo,  suponemos que genera mucho empleo… por lo menos a quienes asesoran a los que no tienen empleo.

miércoles, 18 de septiembre de 2024

Administración uniforme


Villegas llevaba años esperando una oportunidad como la que le llegó con las visitas de la junta directiva. Los grandes jefes querían reconocer la planta principal y a él le correspondió organizar, coordinar y atender. No programaron a todos en un solo viaje, sino que planillaron visitas individuales cada dos meses.

Toloza, un filósofo metido a empresario, fue el primero. Acorde con sus antecedentes humanistas, enfatizó el diálogo con los trabajadores. Ahora, la organización era algo tan grande que había tercerizado muchos de sus procesos no esenciales. En la planta compartían espacios empleados directos (los llamaremos locales) con trabajadores subcontratados por proveedores externo que producían bienes o prestaban servicios a la empresa contratante. A estos los llamaremos visitantes. 

La convivencia generó algunos inconvenientes en la agenda del alto directivo, cuya prioridad era conocer las inquietudes de los locales, pero en más de una ocasión terminó hablando con visitantes. Y es que a simple vista los locales caminan como visitantes, se ven como visitantes y suenan como visitantes. En cambio los visitantes caminan como locales, se ven como locales y suenan como locales.  

Toloza no se molestó ni se quejó. Incluso hizo un comentario positivo sobre igualdad en la diferencia. Villegas, nervioso por imaginarias consecuencias negativas ante su rol de anfitrión, no entendió. Interpretó que aunque todos en la planta eran iguales, había unos (locales) más iguales que otros (visitantes). Y que era necesario diferenciarlos para evitar situaciones como lo acontecido con el invitado de honor.

A punta de verbo logró que el gerente le cogiera la idea. No arrancaron de cero, porque ya existía personal visitante uniformado que, por su función, necesitaba ser identificado a simple vista, como los servicios de vigilancia. Luego siguieron con los epp —elementos de protección personal— obligatorios para ciertas tareas. Hablamos de cascos, overoles, guantes, botas. etc. La única diferencia, cuando existía, era algún logotipo. Mediante un nuevo reglamento materiales, normas técnicas, costo o especificaciones pasaron a un segundo plano. La clave era que los epp de los locales se vieran distintos a los de los visitantes.

Fue más complicado con las actividades (oficina, por ejemplo) que no requieren epp. Pero la Ley obliga a las empresas a dotar de calzado y vestido a quienes ganan hasta determinada cantidad, medida en salarios mínimos. Así que aprovecharon y extendieron la obligación a todo el personal visitante, independiente de cargo, salario, nivel académico, género, color de cabello o condición de diestro, zurdo o ambidextro. 

La aplicación práctica de las iniciativas llenó las instalaciones de subgrupos claramente diferenciados por su aspecto externo. Ese fue el ambiente que recibió al invitado del segundo bimestre, el ingeniero Manrique, empresario de la vieja guardia conocido por su pragmatismo y franqueza. 

Aunque este recorrido se centró en los aspectos técnicos, incluyó un paso rápido por casi todas las instalaciones. El ingeniero vio al combo de las camisas y blusas blancas, al combo de las blusas y camisas azules, al combo de las batas verde claro, al combo de las batas verde oscuro, al combo de los overoles negros, al de los overoles azules y demás etcéteras .

Esta vez, el comentario del miembro de la junta directiva no dejó lugar a interpretaciones erróneas.

—  Hagan una economía de escala con los contratistas y verán que los epp salen mucho más baratos. Que importa si son del mismo color, lo único que hay que cambiar son los logos. Y que la gente de oficinas se vista como le dé la gana. Me parece que estamos bien de procesos, de eficiencia y de eficacia. Pero estaríamos mucho mejor si dejaran de botarle tanto tiempo, corriente y recursos a uniformar gente.

miércoles, 31 de julio de 2024

Que ese papel quede en verde

La líder del grupo del ala norte rendía cuentas mediante una plantilla en línea con un montón de variables. Se aplicaba un complejo algoritmo para, finalmente, reflejar en puntaje el índice de desempeño por indicadores, tipo semáforo (rojo, verde, amarillo) que se revisaba en el comité directivo mensual.

Al ala norte no le iba mal. Los resultados cumplían las expectativas. Lo poco satisfactorio era que comparada con ala sur, ala centro, grupo de apoyo y externos siempre ocupaba un incómodo tercer o cuarto lugar de los cinco posibles. Incluso aquella vez que quedó de segunda, no pudo lograr su principal objetivo. Ganarle, aunque fuera una vez, al gomelo prepotente que lideraba el ala sur.

Sin hablar, el sujeto ponía esa insoportable (especialmente para la líder del ala norte) cara de superioridad. Ella había alcanzado su posición tras años de trabajo y sacrificios. En cambio ese tipo, recién llegado a la empresa, se saltó la fila a punta de hoja de vida con sobredosis de maestrías y doctorado en ciernes. 

Durante aquel comité. en particular, la diferencia tomó cara de goleada, pues el grupo del estudioso quedó de primero y el de la trabajadora de cuarto. Nuestra líder retornó a la oficina con cara de aburrida y convocó a su equipo. La pregunta era solo una. ¿Cómo mejoramos nuestros indicadores de desempeño?

La idea vino de ese oficinista conocido por proactivo y un poco por lambón. El formulario incluía variables relacionadas directamente con el objetivo de la empresa. En eso les iba bien. Pero también había apartes de responsabilidad social, seguridad industrial y gestión ambiental susceptibles de mejorar. Por ejemplo, el ahorro de papel. La organización había entrado en la onda de cuidar el planeta y monitoreaba el uso de las impresoras. Los resultados en ese punto para el ala norte eran de regular para abajo.

Hay que decir que entre las funciones del ala norte estaba la entrega de soportes físicos a clientes y proveedores, el etiquetado físico de ciertos pedidos, la administración del archivo físico y otras asignaciones que hacían físicamente imposible conjugar el verbo ahorrar en subproductos de la celulosa.

Pero la líder se emocionó con el tema e instruyó a su equipo para, a partir de ese día, reducir el uso de las impresoras. Incluso disminuyó los pedidos de papel. Y cuando los subalternos hicieron reclamos  plenamente argumentados los instó, de manera firme pero educada, a buscar soluciones creativas.

Y sí, el consumo bajó, lo cual incidió en los indicadores. Un seguimiento detallado mostró una razonable posibilidad de superar al ala sur. Y de carambola se le hizo un pequeño favor al planeta, que, se supone,  iba a reflejarse en la supervivencia de árboles ubicados en tierras lejanas o cercanas. Pero días antes del cierre la líder del ala norte fue asignada para dirigir la capacitación de una nueva y lejana sucursal, a la que había que llevar gran cantidad de material didáctico… impreso. Todo el esfuerzo parecía destinado a fracasar así que reunió de nuevo a su gente en busca de opciones.

Ahí fue cuando se enteró de que una parte de las impresiones se estaba haciendo en lugares diferentes de la misma empresa, otras dependían de un proveedor externo que cobraba por servicios generales sin especificar, un grupo se financiaba con gastos varios de caja menor en la papelería de la esquina e incluso —aunque muy excepcionalmente— hubo quienes imprimieron en sus propias casas algunos documentos clave.

Ese era el “ahorro” de papel y el “aporte” para el planeta.

Eso sí, el indicador estaba en verde. 

miércoles, 17 de julio de 2024

Desde Rusia y China contra el estrés

Ese día la segunda de a bordo se la jugó y le dijo a Patricia, su jefa y amiga, que tenía que parar. Que esa obsesión por el trabajo 24/7, además de mandar el clima laboral a la porra, afectaba la vida personal de todo el mundo. Empezando por la de Patricia, quien ya no dormía, apenas comía (mal y a deshoras) y si duraba cinco minutos sin un proyecto, una estrategia y un plan de acción consideraba su vida inútil.

Aplicó estrategias corporativas. No le llevó al superior un problema, le llevó una solución. Taichi Chuan. Un arte marcial de origen chino que, a la vez, sirve como práctica de meditación, concentración mental y, sobre todo, relajación. La recomendación venía con cuatro alternativas de maestros, horarios y locaciones. La jefe terminó por comprar la idea y escogió un instructor que trabajaba en parques públicos.

Unos días antes, en otro lugar de  la ciudad, el médico miró a Montoya, miró los exámenes y se le puso serio. —Mire señor Montoya. Ya hemos hablado de esto. Usted tiene que hacer por lo menos un poco de ejercicio y realizar actividades que alejen su mente del trabajo. ¿Cómo va lo de conseguirse el perro?

El doctor había descubierto el relativo éxito de la compañía animal para tratar a los trabajomaniacos. Les daba algo diferente en que pensar, los obligaba a redistribuir sus energías y a realizar caminatas diarias. Pero Montoya ya tenía respuesta —Si yo compro un perro se va a morir de hambre porque no tengo ni el tiempo, ni la disposición de ocuparme de él.

El galeno no se iba a rendir tan fácil — Bueno, ¿y no conoce a nadie que tenga uno y necesite un paseador?

Aquí entra Trosky. El perro de esa vecina que generaba interés amoroso en Montoya. Un samoyedo (raza de origen ruso) blanco de 60 centímetros de alto y 35 kilos de peso. Parecía una especie de cruce entre oso polar y mamut. Pero la vecina y sus compañeras de apartamento lo habían criado como el consentido de la casa, así que más allá de su fuerza y tamaño era una mascota regalona, juguetona e inofensiva.

La oferta del vecino llegó en el momento justo, porque precisamente ese sábado no había quien sacara al animal a su paseo diario. La rutina incluía recorrer algunas calles, utilizar la bolsa plástica en caso de necesidad y nunca soltar la correa porque el can tendía a correr detrás de aquello que llamaba su atención.

Todo iba bien hasta que llegaron al parque. Trosky fijo su mirada en un pequeño grupo de personas, quienes realizaban movimientos lentos y coordinados. Una especie de karate o de kung fu pero en cámara lenta. Ese grupo donde Patricia se dejaba guiar por el maestro en una rutina tranquilizadora y relajante de ejercicios que, para lograr la concentración óptima, se complementaba con cerrar los ojos.

Lo que no fue para nada tranquilizador y relajante ocurrió al abrir los ojos y ver 35 kilos de perro peludo correr hacia ella —en plan lúdico,  pero en ese momento parecía un ataque— mientras arrastraban a un paseador quien gritaba, inútilmente, ¡quieto Trosky, quieto!

Patricia hizo un último esfuerzo por mantener la concentración, hasta que la bestia se paró en dos patas y apoyó las extremidades delanteras en la mujer. Montoya cayó al piso ante la inercia del frenazo inesperado. La agredida también fue víctima del fenómeno físico y terminó igualmente con su humanidad en el césped.

No sabemos como están hoy los problemas de estrés de los dos protagonistas humanos de esta historia. Pero superado el impacto inicial, y ya siendo claro que el perro solo quería jugar, ninguno de los dos pudo contener una relajante y, evidentemente, desestresante carcajada. 

miércoles, 15 de mayo de 2024

Un eslogan incomprendido


Se trataba de una institución con aportes estatales y particulares. Nació como un esfuerzo público-privado para promover los productos nacionales. Operaba en diversos frentes, uno de los cuales eran las fechas comerciales. Navidad, Amor y Amistad, temporada escolar, Día del Padre, Día de las Brujas formaban parte de la lista de retos anuales, donde reinaba, muy por encima de los demás, el Día de la Madre.

Con la debida anticipación, el equipo multidisciplinario esbozaba el presupuesto, la estrategia, las acciones y las piezas multimedia destinadas a motivar a los colombianos a priorizar bienes y servicios locales en sus adquisiciones para el evento respectivo. Con algunos ajustes derivados de la experiencia, la primera actividad siempre era una “tormenta de ideas” donde publicistas, comunicadores, diseñadores, líderes, psicólogos y uno que otro colado planteaban iniciativas.

La verdad es que Hermenegildo (Hermi, para los compañeros de labores) llegó tarde y medio enguayabado a esa reunión del Día de la Madre. Optó por el bajo perfil, pero el líder de turno —la presencia estatal generaba mucha rotación en ese cargo— lo "fusiló". Como el tipo tenía fama de creativo el disparo fue directo y a la cabeza. ¿Y usted qué eslogan propone?

El hombre lo reconoce. Soltó lo primero que se le ocurrió. Carcajada general. Pero en medio de las risas la idea no le pareció tan mala. De hecho, superado el momento alegre, racionalizó, explicó y argumentó... pero no convenció. Es más, ni siquiera convenció a la mesa de que se trataba de una propuesta seria. 

Pasó un año y Hermi seguía con esa espinita clavada en el ideódromo. Así que esta vez se preparó a conciencia para defender el mismo arrebato creativo. Llevaba varios argumentos debidamente sustentados en una presentación y hasta una estrategia para justificar el uso del refuerzo audiovisual.

La líder —recién posesionada— venía de una consultora especializada en metodologías participativas y aplicó sus conocimientos. Convocó a todo el que pudo, los dividió en grupos, les repartió papelitos de colores, los instó a poner sus ideas en los mismos y a pegarlos en las paredes. Luego utilizó un complejo sistema de rotación de personal y de grupos para hacer una preselección. Hermi quedó al otro lado del salón, sin posibilidad de defender su idea aunque, eso sí, con amplio panorama visual para notar como el papelito con su letra fue uno de los primeros en pasar a la caneca.

Al año siguiente el directivo era un tipo joven, quien anunció énfasis en redes sociales por lo que el punto de partida debía ser un hashtag. Hermi vio la oportunidad. Su idea era una frase corta, contundente y pegajosa, con ese tono heterodoxo que convocaba a la viralidad. Se puso de pie, fue al frente y la escribió, antecedida, como no, del signo #… Esta vez no hubo risas, solo un silencio sepulcral roto por el líder y dos frases. En tono diplomático: “Gracias Hermenegildo”. En tono suplicante: “¿Alguien tiene otra idea?” 

Por suerte de la buena para el líder y de la mala para Hermi sí había más propuestas, de las cuales surgió la etiqueta utilizada como eje en la campaña de ese periodo.

Hermenegildo continuó con su relato —Durante un par de años adicionales le hice sendos intentos pero no, siempre la rechazaban. Hasta que me salió otro puesto donde el tema ya no era relevante.

— Bueno Hermi, y cuál era ese eslogan, lema, hashtag o etiqueta que nunca se pudo utilizar.

— Uno espectacular. Hasta se le puede poner música. Escúchelo “¡CÓMPRELE COLOMBIANO A SU MADRE!” 

miércoles, 8 de mayo de 2024

Yo no corro ni ruego


El tema de la conversación llegó al transporte público. Para quienes no vivieron esos tiempos, antes de paraderos fijos y estaciones, existió (¿existe?) un escenario donde buses, busetas, micros y similares recogían y dejaban pasajeros dosledalga sc (donde se le daba la gana al señor conductor). 

Casi todos los contertulios tenían su anécdota. Las carreras cuando le sacaron la mano al vehículo, y este paró… 50 o 100 metros adelante. El aviso de “timbre una vez, una cuadra antes”. Él o la pasajera timbraban, el bus no paraba. Timbraban otra vez y tampoco. Después del tercer o cuarto intento cambiaban la modalidad de aviso a gritos que hoy en día son clásicos. Desde “¡Señor, pare por favor!”, hasta “¡Me va a llevar su casa o qué!”

Geólogo permanecía en silencio. Era como raro, porque él utilizaba, desde siempre, transporte público en sus desplazamientos urbanos. Cuando alguien le preguntó su respuesta fue tajante. “Yo no le ruego a... conductores; yo no le corro… a buses, busetas,  micros o similares. El asistente observador (nunca falta), detectó en la contundente afirmación un tonito de duda. Y así lo expresó. ¿Nunca Geólogo?, ¿seguro?

Tras unos segundos de reflexión el interpelado señaló que no sabía si lo que les iba a contar clasificaba. Aunque, eso sí, involucraba medios de transporte y encargados de manejarlos. Cuando estaba empezando su carrera profesional el empleador lo mandó a uno de esos puntos ubicados en la mitad de ninguna parte para verificar unos estudios de suelo. Al sitio de marras se llegaba mediante una ruta que incluía trayecto aéreo y transporte terrestre. El avión llegaba, descargaba, volvía a cargar, se iba y volvía una semana después. 

El tipo arribó en DC-3 al “aeropuerto” del Pueblo 1 (una pista, un kiosko con techo de paja para los viajeros y un contenedor habilitado como torre de control, bodega y oficina). Contrató transporte local, recorrió las cinco horas de caminos destapados y polvorientos hasta el Pueblo 2. Trabajó, durmió y comió en compañía de múltiples representantes de la entomología local (bicho venteado). Por supuesto que no había hotel ni restaurante, sino un cuarto alquilado (tres comidas de sopas aguadas incluidas) en la menos peor de las casas del pueblo.

El trabajo le llevó 4 días, lo que lo dejó 2 (o 3, no estaba seguro) días en Pueblo 1, con la misma entomología, las mismas sopas, pero más aguadas, y otro cuarto alquilado mientras aparecía la aeronave. El asunto es que al llegar el día y la hora de abordar el avión ahí estaba... enterrado en la mitad de la pista. El piloto, el copiloto, el técnico y la azafata muy amablemente le contaron del accidente, y, más importante, de las consecuencias. Vuelo cancelado, tendría que esperar el siguiente. Una semana después.

¿Y ellos que? A ellos los recogería otro avión. ¿Y ese avión no me puede llevar a mí? Eso no lo decidimos nosotros, toca que le diga al piloto cuando llegue. Un par de horas después la aeronave —otro DC-3— aterrizó y un muy cortés capitán le explicó de manera igualmente cortés a Geólogo que eso no era posible por protocolos de seguridad de la empresa. Que no era ni la primera ni la última vez que ocurría una situación similar y que, como podía darse cuenta, los pasajeros simplemente aplazaban su viaje una semana.

— Así que estaba a esto de otra semana en ese sitio olvidado de Dios. Insistí, argumenté, pedí, y supliqué. Pero el piloto era de esos tipos duros, tenía no sé que anécdota de una vez que hizo un favor de esos y terminó metido en un lío. Que no, que no, y que no. Pero finalmente dijo que me subiera.

— O sea que sí le tocó rogar,

— Y correr. Porque el tipo solo accedió cuando ya había prendido los motores y escucho mi voz, debajo del avión, tras una carrera como de 200 metros por la pista para gritarle, en el tono más desesperado posible: ¡Capitán por favor, no me deje aquííííí!

miércoles, 13 de marzo de 2024

Conservado en alcohol

La explosión en la casa azul despertó al barrio entero y a sus alrededores. Pudo ser peor. A esa hora, el único ocupante del edificio era el vigilante nocturno. La construcción quedaba en la mitad de un lote baldío sin viviendas aledañas y los muros, aunque quedaron bien resquebrajados, aguantaron el bombazo. Estos factores, sumados, limitaron a gran susto lo que tenía  potencial de tragedia.

Dos días después del incidente, la causa seguía siendo un misterio. Versiones no oficiales hablaban de fábrica clandestina de pólvora o almacenamiento ilegal de pipetas de gas. Además, faltaba encontrar los restos de la víctima. Se formó el equipo de búsqueda con dos operarios de la Alcaldía, un bombero y una funcionaria de policía judicial, coordinados por un voluntario de la Defensa Civil de apellido Guarnizo.

Superado el sobresalto inicial, la zona de desastre se volvió zona de turismo. Gente del barrio y más allá invadieron el sector mirando, preguntando… y estorbando. Solo aportaron falta de información sobre el vigilante. Como los dueños de la casa no aparecían por ninguna parte, los únicos datos venían de los vecinos. Que llegaba de noche, dijo una señora;  que no era del barrio, confirmó un desempleado; que nadie sabía el nombre, dijo el de la tienda; que parecía un tipo importante e inteligente, sostuvo un borracho mañanero.

Mientras Guarnizo y su gente revolcaban los escombros, el personal de patos comenzó a retomar sus vidas.  Primero se fueron las amas de casa y otros con tareas pendientes. Después emigraron los niños, atendiendo llamados maternales o simplemente cambiando el juego del día. Ya en la tarde solo quedaban los desocupados:  desempleados, jubilados y el borracho mañanero, que ya era borracho vespertino.

Borracho cansón. Porque si no cantaba —lo cual hacía muy, pero muy mal—, insistía en el elogio incondicional del vigilante fallecido quien ganaba cualidades en cada perorata. Además de importante e inteligente se vestía bien, tenía éxito entre las mujeres, era buen hijo y amigo fiel a toda prueba, poseía dentadura perfecta y no perdía misa los domingos. 

Cuando los últimos curiosos se fueron, el borracho, al perder su público natural, optó por el público cautivo y se metió a lo que quedaba de la casa. Concentrados en la infructuosa búsqueda, en principio nadie le prestó atención. Pero el sirirí pasó de paisaje a ruido de fondo, de ruido de fondo a bulla, de bulla a molestia y de molestia a estorbo. Guarnizo frenteó al sujeto con un por favor retírese que no sirvió para nada. Un segundo intento y el intruso ni se movía, ni se callaba.  El coordinador intentó rescatar del fondo alcohólico una mínima racionalidad y empezó por decirle al tipo si le parecía bien estar todo el día borracho.

—Es que estoy celebrando lo que pasó hace tres días. 

—¿Qué nos puede contar de eso?

—Eso hizo puuummm y sonó durísimo pero el importante, el inteligente, el bien vestido, el buen hijo que le gusta a todas las viejas…

—¿El vigilante?

—Sí, este man… (A esas alturas Guarnizo, la policía judicial, el bombero y los operarios estaban todos pendientes del borracho)

—Este man salió a buscar una tienda como veinte minutos antes de la explosión. O sea que me salvé de milagro. Carajo, si uno no bebe después de eso, ¿entonces cuándo?

miércoles, 28 de febrero de 2024

Cumpleaños clandestino



La escena se repite diariamente. El detalle viene determinado por variables como entorno cultural, país, edad, género, estado civil y condición de salud. Puede ser en el lugar de trabajo o estudio, con invitación familiar, incluso autoorganizado. Un corito más o menos universal identifica el evento: “japy verdi tu yu…” Algunos consideran el día lo más importante del año, otros simplemente se lo gozan, existen aquellos que por lo menos disfrutan, hay quienes aceptan el homenaje con renuencia o resignación, tenemos el grupo que preferiría otro tipo de actividad... y está Barragán.

Barragán forma parte de ese segmento de la humanidad que odia los cumpleaños. Aclaración pertinente: él no tiene problema en cumplir años o revelar su edad. Simplemente detesta los rituales  (llamadas, saludos, festejos) que vienen con la fecha de marras, a la que, personalmente, no le ve ninguna importancia. 

Incluso ha racionalizado el asunto. Él cumpleañero está siendo reconocido por un hecho en el que no tiene mérito alguno. La que pujó fue la mamá; el apoyo técnico vino de doctor, doctora o comadrona; el acto previo fue de los padres, a veces respaldados por la clínica de fertilidad. Aunque una interpretación distinta del tema pasa por recuerdos poco agradables, el resultado da igual. Barragán no desea ninguna diferencia entre su onomástico y el resto del año. Lo complicado es hacerle entender eso a los demás.

El parentesco por consanguinidad es una guerra perdida, con uno que otro empate. Más o menos hasta los 30 tuvo que atender insoportables invitaciones  hasta que desarrolló un catálogo de excusas que lo mantienen alejado el día cuchi cuchi. Los mensajes de texto han sido muy útiles. Gracias a este avance, no tiene que apagar el teléfono o peor, responder llamadas cuyo diálogo incluye una felicitación que no merece, una consulta sobre actividades especiales que no existirán, y muchos, pero muchos, silencios incómodos.

En los ambientes estudiantiles la cosa fue difícil, pero finalizó al cumplir su fase académica. El problema de fondo ha sido laboral. Nunca le preguntan, pero siempre terminan “sorprendiéndolo”. El día del cumpleaños le llenan el puesto de serpentinas, bombas y letreros multicolores; lo arrastran a la sala de juntas a compartir ponqué con vino; y cuando ya la fecha pasó y se cree a salvo resulta que no, que lo metieron en combo con otros cuatro que cumplen el mismo mes y el día menos pensado el jefe lo convoca a una reunión de emergencia cuya banda sonora es el “japy verdi tu yu...”

El hombre intentó decirle a sus colegas que por favor no lo incluyeran en las celebraciones. No funcionó. Subió el tono e informó que a él eso no le gustaba. Tampoco sirvió. Alguna vez incluso los dejó plantados y dos días después lo emboscaron a la hora de almuerzo. 

Al comenzar en otra empresa, cuatro meses antes del día de marras, fue directamente donde su jefe directo y le pidió que mantuviera el dato en reserva. Detectó a la eterna organizadora y se aseguró de que no tuviera la información. Era un contrato a término fijo con pocas opciones de renovación, así que pensó que, por lo menos ese año, iba a pasar invicto. Pero no fue así. El día que sabemos todos sabían. Llovieron felicitaciones personales, por teléfono, por correo electrónico y hubo impajaritable ponqué vespertino. 

No les he contado, por cierto, que Barragán es ingeniero de sistemas y diseñador, y que uno de los objetos de su contrato era crear una interfaz que le permitiera a las diferentes dependencias de la organización incluir información de interés en el newsletter interno, que llegaba diariamente vía correo electrónico .

Por ejemplo, talento humano lo aprovechó para generar una felicitación automática desde la base de datos de fecha de nacimiento de los colaboradores activos. La primera prueba fue el día que nació Barragán.

miércoles, 15 de noviembre de 2023

Soporte al rescate


La progresiva irrupción de los computadores en prácticamente toda actividad laboral generó, simultáneamente, el área, departamento, gerencia, dirección, vicepresidencia o outsourcing de tecnología. Esta, a su vez,  inevitablemente debe destinar buena parte de sus recursos al soporte, Help Desk, servicios, soluciones, equipo de apoyo o como se llame; donde un grupo de técnicos, especialistas, consultores, asesores, o como se llamen; tienen la noble misión de socorrer a los mortales comunes y corrientes cuando los equipos hacen lo que se les da la gana.

Hoy en día la cosa ha evolucionado tanto que ya ni siquiera se requiere presencia física. A distancia, desde su casa, el sujeto de turno se conecta al equipo de turno y soluciona el problema — normalmente creado por el afectado —  también de turno.

En los primeros tiempos había un solo encargado al que se le denominaba, como no, “Ingeniero”. generalmente contactado mediante un llamado de viva voz, cuyo tono era directamente proporcional a la cercanía y la urgencia. En 1998 escribimos un texto donde, precisamente, hacíamos un inventario de algunos de esos llamados. 25 años después juzguen ustedes como eran ¿son? los gritos al ingeniero.

Desesperados

    • Ingenieroooo, ¡el computador se trabó!

    • Ingenieroooo, ¡estaba escribiendo y de repente se puso negro!

    • Ingenieroooo, no imprime.

    • Ingenieroooo, no encuentro lo que guardé ayer

    • Ingenieroooo, se me olvidó la clave de acceso.

    • Ingenieroooo, ¡me robaron los iconos!

El mouse

    • Ingenieroooo, este mouse va muy rápido

    • Ingenieroooo, este mouse va muy despacio

    • Ingenieroooo, este mouse no se mueve.

    • Ingenieroooo, ¿para que es este mouse?

    • Ingenieroooo, se me desbarató el mouse.

Alta tecnología

    • Ingenieroooo, ¡le cambió el color a la pantalla!

    • Ingenieroooo, ¿si a uno se le desconecta pierde todo el trabajo?

    • Ingenieroooo, yo le dije que eso era mejor como hacíamos las cosas antes.

    • Ingenieroooo, ¿qué quiere decir esto?

    • Ingenieroooo, ¿como se juega solitario?

Aplicaciones

    • Ingenieroooo, ¿me instala este programita? 

    • Ingenieroooo, ¿cómo hago para poner la calculadora?

    • Ingenieroooo, ¿cómo hago para quitar la calculadora?

    • Ingenieroooo, ¿cómo me salgo de aquí?

Inocencia

    • Ingenieroooo, le juro que yo no le hice nada.

    • Ingenieroooo, donde va este cable.

    • Ingenieroooo, le cayó tinto al teclado. ¿Será mucho problema?

    • Ingenierooo, ¿esto es lo que llaman virus?