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miércoles, 11 de febrero de 2026

Seguridad financiera

A Fercho no le gusta eso de compre ahora y pague después.  Él no se endeuda mientras no sea algo indispensable  y por eso nunca ha tenido tarjeta de crédito. Él es más de ahorre primero y compre después. 

Un día cualquiera fue al banco a renovar su tarjeta débito. La funcionaria a cargo, luego de atender su pedido, le anunció al cliente que tenía asignada una tarjeta de crédito a su nombre. No me interesa, gracias. Tranquilo don Fernando, la puede cancelar cuando quiera. No quiero pagar cuotas de manejo. Está exenta durante un año. No quiero pasar papeles ni hacer trámites. Ya está todo aprobado. Me parece inseguro eso de que le manden a uno tarjetas a la casa. Acá se la tengo. En cinco minutos se la entrego y queda activa.

Los argumentos se le acabaron a Fercho. En cambio, historias ajenas pero cercanas con toque dramático (visos trágicos incluidos) le recordaron la importancia de tener un recurso para gastos de emergencia. Simplemente dijo que sí y salió del banco no con una, sino con dos nuevas tarjetas en su billetera.

Su comportamiento con la plata no solo era ahorrativo y juicioso sino preventivo. Apenas dejó la sucursal fue al cajero y cambió las claves. En casa guardó los instrumentos de pago en un lugar medio secreto. Otra medida de seguridad era solo sacar y portar el dinero plástico cuando lo iba a utilizar. Al día siguiente se dispuso a destruir la tarjeta débito vencida, como recomendaban los expertos. 

Justo en ese momento sonó el teléfono. Le reportaron un lío laboral de esos que no tenían por qué ocurrir, pero ocurrían. Aunque Fercho no era parte del problema, le tocaba aportar a la solución. La conversación telefónica no arregló nada. En cambio, lo dejó ofuscado tirando a furioso. Para rematar, debía movilizarse —urgentemente— al sitio. Antes de salir desahogó su rabia picando, tijera en mano, el plástico vencido.

Cuatro meses después las prioridades eran otras. Proponerle matrimonio a su amada. Reservó en el mejor restaurante de la ciudad. Preparó una elaborada estrategia. Comer, pedir la cuenta, y cuando la trajeran con la habitual dosis de mentas ofrecerle una pero, con un sencillo juego de manos, cambiarla por el anillo. 

Problema de última hora. El restaurante, además de bueno, era caro. Muy caro.  En fin de mes había poca liquidez en el bolsillo y existía la posibilidad de que lo que tenía en su banco fuera insuficiente. Si eso no era una emergencia, se parecía bastante. Así que a la tarjeta débito le agregó la de crédito, por si acaso.

Todo transcurrió de acuerdo con el plan. Trajeron la cuenta. Efectivamente superaba el saldo disponible. No hay lío. Fercho le pasó la de crédito al mesero y se preparó para hacer su acto de magia cuando...

— Disculpe señor, su tarjeta está vencida.

Más tarde, mientras caminaba solitario hacia su casa, Fercho reflexionaba sobre tres temas. 

Primero, por qué las tarjetas de crédito y débito de su banco tenían que ser tan parecidas.

Segundo, en qué pensaba al destruir una tarjeta de crédito nueva apenas un día después de recibirla, y por qué ni ese día, ni en los siguiente cuatro meses verificó, antes de intentar pagar con dos pedazos de plástico inútil (uno vencido y otro con saldo insuficiente) la cuenta en el mejor restaurante de la ciudad.

Y tercero, el más importante de todos, cómo haría para recuperar a su amada, quien estaba comprensiblemente furiosa después de que a ella le tocó asumir esa cuenta.

miércoles, 30 de abril de 2025

Especialmente para ti

Al amigo Josué le llegan periódicamente mensajes de texto, correos electrónicos y llamadas telefónicas con ofertas que suenan interesantísimas. Son de esas que uno no se puede perder. Lástima que el inconsciente sujeto y protagonista de esta historia se las pierde todas, bajo el igualmente inconsciente método de ignorar, borrar y hasta bloquear. Y, cosa curiosa, su vida no ha tenido cambios significativos.

De un tiempo para acá, los desconocidos interlocutores, preocupados por su bienestar, ajustaron la estrategia. No se limitan a elogiar el producto o servicio, sino que le explican a Josué (con nombre y hasta apellido) que es una oferta especial para él. Solo para él o, por mucho, para él y un grupo de elegidos.

Entonces un día aparece ese correo donde le advierten “Josué, aprovecha esta oportunidad, estará vigente por pocas horas”. Lo de aprovecha no es un dato menor. Porque en lugar de un formal aproveche usted, va el confianzudo y cómplice “aprovecha tú”. Sí, el asunto varía de región a región, pero el protagonista de esta historia habita una zona donde el tuteo es solo para gente con lazos cercanos de amistad o parentela. 

Otro dato clave es lo de las pocas horas. La vida es de oportunidades y quien las deja pasar, paila*.  Pero tus amigos no dejarán que eso pase. Por eso te avisan. A ti, Josué.

Eso de hacerte sentir importante no solo aplica para ventas. Por lo menos no para ventas inmediatas. Algunos mensajes solo promueven participación. Informan a Josué que es uno de los pocos expertos escogidos para opinar sobre X tema, o elogian sus competencias y conocimientos (sin especificar cuáles) antes de invitarlo a contestar una encuesta o conocer, sin ningún compromiso, algún producto o servicio.

Aquí hay otra constante. Los halagos abundan, pero los detalles particulares escasean. Por mucho, nombre y apellido que a veces fallan en ortografía (Josue en vez de Josué). O con sutiles variaciones (José o Josías en vez de Josué). Son problemas menores que contrastan con anuncios rimbombantes como “oportunidad diseñada pensando en ti”, “tú nos importas y por eso tenemos una gran oferta” o “es lo que tú te mereces”.

Lo que casi nunca le explican al destinatario es porque esa oportunidad es para él, cuál rasgo individual lo hace tan importante o qué lo hizo digno de merecimientos. El casi del nunca es cuando el mensaje llega por alguna red social donde, si dan algún argumento, coincide con la información pública del respectivo perfil. 

En todos los casos, como siempre es por tiempo limitado, no hay espacio para reflexionar. Hay que actuar de inmediato. Y como dijimos, habrá quienes reaccionan ante las tentadoras propuestas de sus nuevos amigos. Pero siempre existirán tipos estilo Josué que desperdician la ocasión.

Y aunque esto debería terminar aquí no faltan los malpensados. Los que desconfían de esos mensajes “personalizados”. Los que creen que como hoy en día piden datos hasta para entrar a un baño público estos terminan en un poco de bases de datos. Los que han leído o escuchado que esa información se vende y se compra y es usada con propósitos comerciales o incluso delictivos. Los que creen que existen cazadores de perfiles buscando potenciales clientes (o víctimas) en redes sociales para hacerlos sentir importantes y engancharlos en algún tipo de negocio, no siempre lícito o, por lo menos, no siempre bueno.

En realidad no es nada novedoso. Sin importar, género, edad, experiencia o conocimiento, todos los seres humanos (Josué incluido) tuvieron, tenemos y tendrán una debilidad especialmente vulnerable a los elogios.

Los sicólogos y psiquiatras lo llaman ego.

*Traductor intergeneracional. Paila es una expresión que alguna vez estuvo de moda para indicar efectos negativos. 

miércoles, 23 de abril de 2025

La profecía de la abuela del cerrajero

Cuando el cerrajero cotizó la chapa digital para Fernández, este puso cara de no me alcanza. El técnico, acostumbrado a esas reacciones, ya tenía listo el plan B. Si aparecían mínimo 4 clientes adicionales habría un descuento significativo. La idea le sonó al comprador potencial, quien puso manos a la obra.

Logró convencer a un hermano, a una cuñada y al vecino. Con su mamá (viuda) el asunto estuvo complicado, pero finalmente ella se sumó a la lista. Lo mismo pasó con algún primo y hasta una tía. En total, encontró 7 que, junto con él, sumaron 8 interesados en cambiar la tradicional cerradura de llave por una que combinaba el sistema tradicional con lectura de huella digital. Bienvenidos al futuro,

Entretanto al presente se le atravesó la agenda del cerrajero. Y cuando los cambios de sistemas de seguridad amenazaban con entrar en lista de espera surgió una alternativa. Miércoles y Jueves Santo. Eso sí, medio en broma, el cerrajero advirtió que esas fechas no tenían problema, pero que el Viernes Santo se respetaba. “Mi abuela me enseñó que ese día no se debe hacer nada. Ni siquiera bañarse. Porque el que se bañe ese día, se vuelve pescado. Además, yo viajo a mediodía”.

Milagrosamente, todos los interesados estaban disponibles en la Semana Mayor. El miércoles comenzó la maratón de instalaciones. Ya era tarde en Jueves Santo al terminar el penúltimo procedimiento. Solo faltaba la casa de Fernández. Como el técnico tenía un compromiso inaplazable no alcanzaba a redondear la jornada. Fernández logró convencerlo de hacerlo día siguiente, temprano, antes de su viaje.

Así que todas las cerraduras quedaron ubicadas, probadas y funcionando. Al cliente, sin embargo, se le ocurrió preguntar por la alternativa en caso de falla. Claro que existía. Una tarjeta magnética para cada usuario. Pero eso sería la próxima semana porque de momento no había existencias y por la fecha tampoco tenía dónde adquirirlas. “Tranquilo señor Fernández que nada va a pasar. Pero por si las moscas, yo le dejo a usted una tarjeta maestra que sirve para todas las cerraduras. La próxima semana la desactivamos y personalizamos cada una. Seguridad ante todo. Me toca viajar así que nos vemos”.

La primera llamada llegó en la tarde de ese mismo viernes, cuando mamá Fernández intentó salir para el templo donde siempre escuchaba el sermón de las siete palabras. Algo pasaba con la chapa y no podía salir. Fernández se movió rápido, tarjeta en mano, y abrió exitosamente la puerta. Cuando iba de regreso llamó el primo. El paseo familiar del festivo había terminado con un portón que no respondía ni a llave ni a huella.

Así que el retorno a casa incluyó desvío para franquear la entrada del pariente. Y un desvío adicional a donde la hermana, cuya cerradura también se negaba a responder. A Fernández le entró la preocupación y buscó al cerrajero quien, efectivamente, no contestó llamadas ni mensajes.

El fin de semana el hombre se la pasó recorriendo la ciudad lidiando con cerrojos tan modernos como caprichosos que funcionaban al estilo chino. A veces chi, a  veces no. Solo uno no tuvo fallas: el de su propia residencia. En todas las demás a Fernández le tocó acudir al rescate, por lo menos una vez.

La explicación apareció claramente en su mente mientras ayudaba a su madre a ingresar. No era solo la abuela del cerrajero. Algún pariente de vieja generación alguna vez había formulado una advertencia similar. “No se bañe en Viernes Santo mijo, porque se puede volver pescado”.

Él no se había bañado, pero había instalado una cerradura. Por eso se convirtió en llave. 

miércoles, 5 de junio de 2024

(Más) dificultad ante todo

Hace mucho rato existen las tarjetas de crédito y hace menos rato aparecieron las débito. En tiempos lejanos, para hacer compras con la primera pedían cédula. Con las segundas su uso (retiros y compras) implicaba teclear una clave. Para la de crédito, un día dejaron de pedir la cédula, aunque todavía había que teclear la clave (a veces). Otro día se inventaron una tecnología sin clave, simplemente se pone cualquiera de los dos medios de pago encima del datáfono y ya. La vida se hizo más fácil para todos. O para casi todos.

Oliverio es uno de los representantes del “casi”. Forma parte de quienes se consideran víctima potencial de múltiples estrategias para despojarlos de su capital. Desde un sobreprecio derivado del  estudio facial encaminado a detectar rasgos porcinos (que le vean cara de marrano y le cobren más cara la fruta); hasta el uso de avanzadas tecnologías dirigidas a mover el dinero de sus cuentas a destinos desconocidos. Eso le puede pasar a cualquiera. La diferencia es que Oliverio está seguro de que le va a pasar a él. 

El tipo es ahorrativo al extremo (al extremo de que todos le dicen tacaño).  Sus medidas de seguridad diarias son dignas de banco central. Solo sale a la calle con exactamente lo que piensa gastar. En la billetera carga un billete (como todo el mundo) de la más baja denominación posible (como poco mundo) para despistar en caso de atraco o minimizar la pérdida si le hacen algún cosquilleo. La plata real para gastos inmediatos va en algún bolsillo secreto de la chaqueta. El resto, si se requiere, está debidamente encaletado en una bolsa plástica en el zapato misterioso. Misterioso porque solo decide si será el derecho o el izquierdo mientras se viste, y porque es un misterio cómo va a sacar esa bolsita cuando llegue el momento de pagar. La bolsita, por cierto, también aplica para tarjetas débito y crédito. Una especie de pecuecash. 

Así que la llegada de los sistemas de pago sin contacto fue una especie de tragedia en su lucha personal para proteger la parte líquida de su patrimonio. Porque la facilidad implícita aplica no solo para el titular y conocedor de la clave, sino para cualquiera que tenga la tarjeta. Y cualquiera puede ser algún pariente con exceso de confianza, alguien sin lazos de sangre pero con acceso al sitio donde se guarda la tarjeta e intenciones poco católicas, o simplemente un delincuente que en ejercicio de su oficio se apoderó del implemento y lo puede utilizar fácilmente mientras no esté bloqueado. 

Son solo tarjetas. Pero qué tal que no fuera únicamente eso. Qué tal que fuera acceso a todas las cuentas, y a una billetera que en vez de cuero y papel moneda, tuviera gigas y bytes. Que con un solo dispositivo lo puedan, literalmente y sin mayor esfuerzo, dejar en ceros. 

¿Quién correría un riesgo tan evidente? Mucha gente. ¿Y es que acaso ya ha pasado? Unas cuantas veces. Trasciende cuando la víctima es un “famoso”. Los detalles varían pero son tres actos. Acto uno, perdí el celular. Acto dos, cuando me di cuenta inmediatamente fui a ver. Acto tres, vi que me habían robado en… y arranca la lista de billeteras digitales, cuentas bancarias, servicios con pago en línea y demás aplicaciones diseñadas para facilitarle la vida a los usuarios, y de carambola a los delincuentes.

Sobra decir que Oliverio no tiene en su teléfono ninguna aplicación de esas. Y alcanzó a hacer un par de compras en línea desde el computador  hasta que supo que obtener certificados de seguridad (el candadito y el https) puede ser un proceso complejo y exigente, que demanda identificación y requisitos exhaustivos, de trámite largo y difícil; … pero también algo gratuito y fácil de tramitar, que demanda pocos minutos y es completamente en línea, como alardean sus emisores.

Mientras escoge zapato para esconder la plata del día, el hombre la tiene clara. Ciertas compras, pagos y transacciones deben ser difíciles. O por lo menos, no tan fáciles.

miércoles, 13 de marzo de 2024

Conservado en alcohol

La explosión en la casa azul despertó al barrio entero y a sus alrededores. Pudo ser peor. A esa hora, el único ocupante del edificio era el vigilante nocturno. La construcción quedaba en la mitad de un lote baldío sin viviendas aledañas y los muros, aunque quedaron bien resquebrajados, aguantaron el bombazo. Estos factores, sumados, limitaron a gran susto lo que tenía  potencial de tragedia.

Dos días después del incidente, la causa seguía siendo un misterio. Versiones no oficiales hablaban de fábrica clandestina de pólvora o almacenamiento ilegal de pipetas de gas. Además, faltaba encontrar los restos de la víctima. Se formó el equipo de búsqueda con dos operarios de la Alcaldía, un bombero y una funcionaria de policía judicial, coordinados por un voluntario de la Defensa Civil de apellido Guarnizo.

Superado el sobresalto inicial, la zona de desastre se volvió zona de turismo. Gente del barrio y más allá invadieron el sector mirando, preguntando… y estorbando. Solo aportaron falta de información sobre el vigilante. Como los dueños de la casa no aparecían por ninguna parte, los únicos datos venían de los vecinos. Que llegaba de noche, dijo una señora;  que no era del barrio, confirmó un desempleado; que nadie sabía el nombre, dijo el de la tienda; que parecía un tipo importante e inteligente, sostuvo un borracho mañanero.

Mientras Guarnizo y su gente revolcaban los escombros, el personal de patos comenzó a retomar sus vidas.  Primero se fueron las amas de casa y otros con tareas pendientes. Después emigraron los niños, atendiendo llamados maternales o simplemente cambiando el juego del día. Ya en la tarde solo quedaban los desocupados:  desempleados, jubilados y el borracho mañanero, que ya era borracho vespertino.

Borracho cansón. Porque si no cantaba —lo cual hacía muy, pero muy mal—, insistía en el elogio incondicional del vigilante fallecido quien ganaba cualidades en cada perorata. Además de importante e inteligente se vestía bien, tenía éxito entre las mujeres, era buen hijo y amigo fiel a toda prueba, poseía dentadura perfecta y no perdía misa los domingos. 

Cuando los últimos curiosos se fueron, el borracho, al perder su público natural, optó por el público cautivo y se metió a lo que quedaba de la casa. Concentrados en la infructuosa búsqueda, en principio nadie le prestó atención. Pero el sirirí pasó de paisaje a ruido de fondo, de ruido de fondo a bulla, de bulla a molestia y de molestia a estorbo. Guarnizo frenteó al sujeto con un por favor retírese que no sirvió para nada. Un segundo intento y el intruso ni se movía, ni se callaba.  El coordinador intentó rescatar del fondo alcohólico una mínima racionalidad y empezó por decirle al tipo si le parecía bien estar todo el día borracho.

—Es que estoy celebrando lo que pasó hace tres días. 

—¿Qué nos puede contar de eso?

—Eso hizo puuummm y sonó durísimo pero el importante, el inteligente, el bien vestido, el buen hijo que le gusta a todas las viejas…

—¿El vigilante?

—Sí, este man… (A esas alturas Guarnizo, la policía judicial, el bombero y los operarios estaban todos pendientes del borracho)

—Este man salió a buscar una tienda como veinte minutos antes de la explosión. O sea que me salvé de milagro. Carajo, si uno no bebe después de eso, ¿entonces cuándo?

martes, 24 de enero de 2017

Las mil muertes del inmigrante

Si se trata de volumen, Bert Peg es un triunfador indiscutible. El año pasado actuó en 20 películas. Cierto que la mayoría jamás verá una sala de cine. No. Se distribuirán a través de video casero, yutub, o en horario infame de algún canal desconocido. Tampoco tienen la más mínima oportunidad de competir por algún premio. Es lo que llaman serie B. O algo peor. Pero siguen siendo películas.

Bert, por supuesto, no es su nombre real, sino el artístico. Cuando dejó Colombia en busca del sueño americano, era Roberto Pérez González. No vamos a entrar en detalles sobre las múltiples maromas laborales que debió hacer antes de lograr una oportunidad en pantalla. Solo diremos que por recomendación o iniciativa propia –la verdad ya no se acuerda– adaptó su denominación criolla una versión más vendedora, combinando un diminutivo de su nombre y  un acrónimo hecho con sus apellidos. Así nació Bert Peg.

Si lo buscan en los créditos de películas de acción, terror, misterio, policiales, guerras, desastres y una que otra histórica suele aparecer. Sus personajes nunca tienen nombre, sino una profesión y número. Fíjense cuando mencionan al policía uno, el vigilante 2, el guardaespaldas 3, el pandillero 4, el guardia 5,  el soldado 6. La especialidad interpretativa de Bert es una breve presencia en pantalla… hasta que alguien lo mata.

Lo contratan para personificar al guardia de seguridad que será asesinado por los delincuentes cinco minutos después de iniciada la película. Al soldado que morirá en batalla mientras el héroe se luce. Al guardaespaldas de mafioso que será el primero en caer ante la furia vengadora del héroe. Al policía que será arrasado junto con todos sus colegas en el primer ataque extraterrestre. A ese miembro de un comando élite que fracasará estrepitosamente en su intento de detener las artes del hechicero malvado

Sus líneas –es solo un decir, hablar, lo que se dice hablar, casi nunca– suelen ser una aparición fugaz hasta que el protagonista o antagonista lo degolla, le dispara con silenciador, lo golpea, lo empuja de un décimo piso, lo electrocuta, lo atropella, lo desintegra o lo ahorca.  Otras veces su aporte consiste en correr hacia alguna fuerza poderosa o huir de alguna fuerza poderosa que, inevitablemente, lo aplastará con todo su poder.

Muy de vez en cuando le dan alguna línea real.  Decir “todo está bien”, segundos antes de que lo pasen al papayo. Responder mediante algún sistema de intercomunicación que sí cuando lo mandan a mirar, mirada que será la última de su vida, o mejor, de la de su personaje.  Cuando encarna alguna autoridad su guión suelen ser requerimientos como “alto”, “su licencia por favor” o “algún problema”. La inocente petición inevitablemente será respondida con balas, golpes, lanzallamas, bombas atómicas o, en versiones más sofisticadas, armas futuristas, magia asesina o algo que cae del cielo y lo aplasta, surge de las profundidades y lo devora.  O no se ve pero se convierte en todo un reto para Bert, quien debe interpretar el ataque letal de algún monstruo invisible.

Eso cuando su muerte se ve en pantalla, porque hay ocasiones en las que a la hora de editar suprimen la escena y la aparición de Bert en el filme se limita a una fugaz visión de un cuerpo en el suelo, más o menos ensangrentado, más o menos descuartizado de acuerdo con las habilidades del exterminador de turno.

Para Bert aplica literalmente eso de que cada día es morir un poco. Pero qué importa, trabajo es trabajo. Así sea morir en pantalla.

jueves, 19 de enero de 2017

Gonzalo sigue sonando

El destino puso a Gonzalo a sonar. Pero no como suenan los tecnócratas con aspiraciones a cargos de libre nombramiento y remoción, los cantantes de moda o los potenciales clientes del gastroenterólogo. Una descripción más completa es que el tipo pita. Y más exacta todavía es que él no es quien pita. Es su agenda.

Resulta que el cuadernillo con pasta dura y fechas preimpresas en el cual lleva –estilo antiguo–  los datos de sus actividades diarias tiene un pin –estilo moderno–  de esos que instalan en los negocios para evitar robos. El dispositivo está tan bien ubicado que Gonzalo no ha podido encontrarlo. Aunque lo han desactivado muchas veces -el pin-  al usuario de la libreta le pasa lo mismo que a ciertos políticos cuando van a nombrar ministros: sigue sonando.

A estas alturas supongo que el lector ha deducido que el ruido emitido por el cuaderno no es un fenómeno permanente, sino circunscrito a entradas y salidas. Entradas y salidas de negocios, bibliotecas, museos y otros lugares donde casi cualquier cosa puede ingresar, pero la historia es diferente cuando se trata de salir.

Este es uno de los descubrimientos derivados de su peculiar condición. A nadie le preocupa un piii de entrada, muy distinto al mismo piii de salida. Porque además de diversificar su banda sonora, la circunstancia particular le ha enseñado unas cuantas verdades de la vida.

Una es que existen sitios donde toda la inversión en pines y sensores es meramente decorativa. No importa cuantas veces suene y se ilumine, a nadie le importa. Es más, Gonzalo a veces se ha descarado y después de salir vuele a entrar, y vuelve a salir, Y piii, y piii. Y de reacciones, nada.

Sí, el caballero dispone de mucho tiempo libre. Por eso no pone problema cuando el equipo de seguridad pone en marcha sus protocolos ante el sonido. Porque ese es otro aprendizaje. Si alguien reacciona al ruidito es porque tiene uniforme, gafete de tela con su apellido en el bolsillo izquierdo, gorra y arma de dotación. El resto del personal del establecimiento de turno hace oídos sordos. Siempre. Incluso cuando están en la puerta, justo al lado de Gonzalo, mirándolo a los ojos en el momento de la obertura del concierto de agudos.

La reacción de los guachimanes y guachiwomanas tiene variantes. Algunos miran con pereza, piden el recibo, hacen como que lo miran sin verlo y siga señor. Otros preguntan si sabe que es lo que suena, y se declaran satisfechos con la explicación de la agenda tras –no siempre– una prueba.  Pero los paranoicos –¿o eficientes? – piden factura, ordenan que pase con maleta, sin maleta, y con todos los objetos de la maleta uno por uno, hasta verificar que, efectivamente, es la agenda la que suena. Normalmente, mientras hacen esta inspección minuciosa, dos o tres personas más salen con su respectivo acompañamiento musical, sin ningún problema…

Una tendencia común es hacer una revisión tan detallada como inútil del objeto en busca del pin. Otra es pasarlo por el escáner ubicado en la caja destinado a desactivar el mecanismo que, impajaritablemente, se reactivará en el siguiente negocio. 

La solución definitiva implicaría desbaratar el librillo. Como la encuadernación no forma parte de las competencias del feliz poseedor de la agenda, él ya tomó una decisión. Aplica para todo el 2017. Gonzalo sigue sonando.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Citatorio

Norberto N. llega al edificio. El celador, como siempre, lo recibe en la puerta. Hay algo extraño en su actuar. Subrepticiamente se la entrega. Es media hoja impresa, sin sobre, con un lenguaje escueto y directo: Sírvase comparecer el día tal a la Fiscalía tal. No da más datos, salvo una advertencia de tres palabras; Incumplimiento acarreará sanciones.

El recién llegado mira en silencio al vigilante. “No hay duda, lo sabe. Me di cuenta en su manera de mover el cabello al entregarme la notificación. Ya no puedo seguir escondiéndome. La justicia ya lo sabe. Yo... un momento ¿Yo qué? Si yo no he hecho nada.”

Tras sentirse una especie de extraditable, Norberto cae en cuenta que sus relaciones con el Código Penal han sido de mutuo respeto. Y aunque no puede decir lo mismo de los 10 mandamientos (sobre todo el 6, el 3 y el 9 ) no hay ninguna razón por la cual el fiscal y sus muchachos estén interesados en él.

¿O sí? Sí, claro. Su mente evoca todo el proceso. La planeación minuciosa, la espera del momento propicio, la movilización sigilosa en la oscuridad, la apertura del recipiente, el robo. Solo queda una duda ¿Cómo hizo la Fiscalía para saber que cuando tenía cinco años, se había robado el postre de papayuela de la nevera?

Tal vez fue algo más reciente. “¿Será que tengo derecho a rebaja de penas si confieso? Porque es verdad. Las vueltas eran dos monedas de mil y dos de 200, pero la niña de la caja me dio dos de mil y dos de 500. Y yo me quedé callado.”

O será por esa noche en la que le echó la madre al Policía. “Estaba borracho, creo que eso es un atenuante. Claro que tengo que admirar a la autoridad. Primero porque fue hace 10 años. Segundo porque ocurrió a las 3 a.m. Tercero, porque era un policía acostado.”

A medida que se acercan los días, el prontuario crece. “¿Haber estado en una fiesta en la que un tipo se encerró en el baño a fumar mariguana será causal de extradición? ¿Cómo descubrieron que yo había comprado junto con otros compañeros de colegio una Playboy? ¿Como supieron que yo me había robado el afiche de páginas centrales, rompiendo el convenio previo de rifarlo?”

Llega el día tal. El hombre arriba a la oficina donde la fiscal espera.

Fiscal: ¡Es usted Norberto N, con cédula de ciudadanía xxxxyyyy.

Nova: No, Yo soy Norberto N, con cédula xxxxyyyx

Fiscal: Permítame su cédula. No era usted. Muchas gracias. Adiós.

martes, 13 de diciembre de 2016

Manual para echar piropos

Las noticias llegan de diversas partes del mundo. Decisiones locales por  medio de las cuales eso de echar piropos pasa de práctica cotidiana a delito. O contravención, si se trata de meterle precisión jurídica al tema. El asunto es que elogiar el aspecto físico de otro puede terminar en multa y hasta en cárcel.

El argumento de quienes promueven las iniciativas es que se trata de una agresión. Y  algunos comentarios callejeros que parecen un diagnóstico de gineco-obstetricia en términos para nada científicos confirman esta visión. Pero también existen los que involucran contextos como botánica (flores), cromatismo oftalmológico (color de ojos), analogías varias y relaciones forzadas entre el color blanco y los ángeles caídos.

Cuando un piropo se basa en la cruda descripción de alguna parte del cuerpo y sus posibles usos, los calificativos de agresivo, censurable, insultante y ofensivo le calzan a la perfección (al piropo). Y cuando se trata de una descripción poética que enfatiza la belleza de un rostro… también, por lo menos para algunas personas.

Ese es el problema. El ingrediente subjetivo. Siempre existe la posibilidad de que la más inocente de las expresiones resulte ofensiva o intimidante para alguien. Por eso –más allá de lo que diga la ley– la lógica invita a abstenerse, o por lo menos aplicar la siguiente lista de verificación antes de destacar verbalmente el aspecto físico de alguien.

Y nos hemos demorado en decir que si bien en teoría aquí no hay diferencia de género, la verdad es que las principales víctimas de los piropos inadecuados son ellas, razón por la cual el sujeto receptor pasa a ser, a partir de este momento, la sujeta.

1.- Jamás, nunca, never, piropee a una desconocida, o a alguien que acaba de conocer.

2.- Mantenga la distancia dentro de un margen mínimo de seguridad que haga imposible el contacto físico. Barreras artificiales como pared de cubículo, escritorio o máquina fileteadora son un valor agregado.

3.- Antes de hacer el respectivo comentario, solicite de la destinataria una aprobación –escrita– de una lista de palabras. Dicha aprobación debe certificar que los términos no implican propuestas inadecuadas y de las otras, afirmaciones políticamente incorrectas, invasión de la privacidad, mensajes disonantes y discriminación con motivo de género.

4.- Asegúrese de que haya testigos, cámaras o grabadoras para garantizar evidencia  cierta durante el inevitable proceso judicial, administrativo y fiscal.

5.- Disponga de un traductor simultáneo que debe activarse de acuerdo con la cara de la receptora. En caso de que esta insinúe el más mínimo sentimiento de disgusto o consternación ante el piropo, el traductor deberá explicar, palabra por palabra, la connotación, objetivos y significado de las mismas.

6.- Asegúrese de que su lenguaje no verbal sea completamente aséptico. Es decir que el movimiento del resto de su cuerpo y la expresión de su cara expresen lo que expresarían al pagar un recibo de servicios públicos, al comprar un repuesto de plomería o al amarrarse los cordones de los zapatos.

7.- Si pese a todas las advertencias y observaciones anteriores, usted considera inevitable mencionar como la sonrisa de esa vecina que ve todos los días en el ascensor alegra su día puede hacerlo, siempre y cuando cumpla con la siguiente condición: ni ella, ni nadie, debe enterarse de que usted dijo eso… jamás. 

martes, 29 de noviembre de 2016

La persecución

Era una noche sin luna. Oscura y tenebrosa. Y Suárez no debía estar ahí. Pero se puso de proactivo (¿sapo?) a escoltar a la jefa hasta la casa. Cómo iba a saber que la señora tenía su morada en un barrio tan estrato bajo. Bueno, cada uno vivía donde se le daba la gana. Si había un culpable, era  él.

Él fue el que se ofreció. El que dijo que podían tomar el mismo taxi. Supuso –equivocadamente– que coincidían en ruta y guardó silencio cuando la jefa anunció una dirección al otro extremo de la ciudad. En vez de permitir que la señora pagara insistió en hacerlo. Y en vez de decir que no tenía suficiente dinero para que el taxi lo llevara a su casa simplemente lo despachó para que no tuviera que “esperar”.

Nunca se supo esperar qué, porque cinco minutos después la jefa estaba en casa y él, solitario, en la calle oscura, tenebrosa e insegura. La buena noticia era que a pocas cuadras quedaban la avenida y el paradero. Inició su camino en procura de la zona segura, en este caso la estación del bus.

Paranoico sí estaba. Veía sombras amenazantes y sentía que lo seguían. Periódicamente volteaba pero no, solo se veía un sujeto a la distancia. Posiblemente ni siquiera iba para el mismo lado que él.

Segunda volteada. El tipo seguía ahí. Caminando, y aunque todavía lejos, ya no tanto.

Tercera volteada. Era oficial. El tipo iba en la misma ruta que él. Y cada vez más rápido. Y cada vez más cerca.

Suárez no estaba boyante en materia de efectivo, como ya vimos. Tampoco portaba elementos de mucho valor. Reloj de agáchese, “esmalfon” chino y esfero de $2000 (la caja). Y las gafas, sin las cuales el mundo a su alrededor se volvía tierra de sombras. El problema era que el ladrón –oficialmente ya lo era– no tenía por qué saber eso.

En parte por dignidad y en parte por estrategia apretó el paso pero sin correr, para no alertar a los delincuentes. Sí. Los. Aunque solo había visto uno, estaba seguro de que una banda completa, si no un clan, se habían confabulado para atracarlo.

Y entonces pasó lo que tenía que pasar. Tropezó contra algo y las gafas fueron a dar al piso. El dilema ya no era entre seguridad y movilidad, sino entre visibilidad y riesgo Resignado, se arrodilló y empezó a tantear los alrededores. El sitio del desastre quedaba justo al lado de un negocio,  de esos de barrio,  con tremenda vitrina. Cerrado, por supuesto, pero la mezcla de luces internas y externas generaban un efecto espejo.

Mientras buscaba los lentes de vez en cuando levantaba la mirada para confirmar su inexorable destino. El reflejo de la figura del perseguidor se acercaba cada vez más. Iba directo para donde Suárez. Todo pasó en pocos segundos. Suárez encontró las gafas. El perseguidor llegó. Suárez se puso de pie buscando una ruta de escape. Tensionó los músculos  mientras sentía la adrenalina correr por el cuerpo y veía como su perseguidor… ¿Seguía derecho?

Sí, siguió derecho hasta ubicarse frente a la vitrina, sacar una peinilla, arreglarse el cabello y continuar su camino en medio de la noche sin luna, oscura y tenebrosa.

martes, 26 de enero de 2016

La prueba reina


Para que me entienda, señor fiscal, tengo que incluir elementos personales. Nunca he sido muy exitoso en eso de conseguir pareja. Me falta persistencia,  me equivoco en los momentos clave y a la hora de la conversación soy más bien del tipo aburridor. He tenido mis momentos pero no soy, como le digo, de los que despiertan pasiones.

Un día resulté con esta amiga nueva en Internet.  El asunto fue lento. Primero algunas acotaciones sobre imágenes, memes o comentarios que a mí me  gustaban y resulta que a ella también. En uno de esos el comentario público se volvió personal con una pregunta específica que me hizo y yo respondí. Luego vino otro, y otro,  hasta que un  buen día estábamos conversando de manera directa.

En esos diálogos, sin darme cuenta iba soltando datos. Por ejemplo cuando dije que me gustaba el teatro preguntó qué obras había visto, el teatro  y la silla. Y que cómo hacía para salir de noche y para pagar. Y uno cae y le cuenta que tiene carro, que usa tarjeta de crédito, que compra sillas caras, da pistas de donde vive… en fin.

Llegó el momento del conozcámonos y del intercambio de fotos. Yo mandé la mejor que tenía y ella respondió con la imagen de una mujer joven, bonita, muy sensual, en una pose de esas medio sexis que están de moda. También pasamos del chat al teléfono y al video. Ella hablaba desde una conexión o un equipo medio viejo y por eso nunca se le veía muy bien la cara. Cada vez parecía más y más interesada en mí.  Cierta vez me contó que tenía que acompañar a su mama a una cita médica.  No volvió a hablar del tema hasta días después cuando comentó que la mamá  iba a necesitar una cirugía.

Hasta que decidimos vernos personalmente. A esas alturas nos conectábamos a diario. Y creo que fue esa vez cuando dijo que aunque sonara ridículo, sentía que se había enamorado de mí. Y la noche en que íbamos a  definir los detalles de nuestro encuentro ella estaba con ojos llorosos. Me dijo que no me preocupara. Le dije que si quería que hablábamos después y respondió que en ese momento necesitaba el apoyo de alguien como yo. Solo un rato después insinuó no sé que problema y que debían abonar una plata grande (que no tenían) para la operación de la madre. Y después de que conversamos sobre otras cosas volvimos al tema de nuestro encuentro y ella dijo que primero había que solucionar la cosa de su mamá.  Que realmente quería verme, que yo era en ese  momento la segunda persona más importante de su vida

¿Qué más podía hacer? Pregunté de cuanto era el problema. Ella  me dio una cifra -bastante grande- y explicó que era un depósito, y que en pocos días sería reembolsado. Ofrecí prestarle. Se molestó, dijo que no, que cómo se me ocurría. Que me quería demasiado para abusar de mi confianza y mientras se negaba a recibir un peso de alguna forma acordamos una cita para vernos y, de ñapa, entregarle algo de dinero.

Y cuando me estaba preparando para llevarle la plata a esa mujer joven, bonita y sensual que se había  enamorado de un tipo como yo,  tuve la suerte de encontrarme frente a frente con la prueba contundente de que esto no era posible  y de que estaba siendo víctima de una elaborada forma de estafa. Por eso estoy acá presentando la denuncia, señor fiscal.

-¿Y cuál es esa prueba?

Un espejo de cuerpo entero.

jueves, 14 de enero de 2016

Los paseos contra Milena


Milena no canta, no toca instrumentos, no es hábil en las actividades físicas y a duras penas suma, resta, divide y multiplica. Pero en compensación  por sus carencias musicales, deportivas y matemáticas tiene una singular destreza para dañar los paseos.

Por alguna razón que ningún medico, astrólogo, economista, consultor o ingeniero ha podido descifrar, solo tiene que alejarse unos cuantos kilómetros de su ciudad de origen para que empiecen a caerle todas las desgracias posibles. En su mundo local puede comer carne cruda con ají natural y chicha y nada le pasa. En cualquier otro municipio, el pan le produce gases, el caldo de papa estreñimiento, la ensalada diarrea, la fruta gastroenteritis y los jugos retorcijones. Por eso el viaje termina para ella en camilla y para sus acompañantes en la sala de espera de algún centro de salud.

Y cuando no es un desorden digestivo, es la fauna local. Algo debe tener su piel o su sangre para atraer bichos de esos cuya picadura no causa consecuencias letales, pero si aburridoras.  Ronchas, rasquiña, algunas veces fiebres y diarreas. Nada que deje secuelas a largo plazo, pero que a corto plazo convierte la jornada de descanso en jornada de atención del enfermo.

Podría pensarse que con un cuidadoso manejo de la dieta, y una paranoica combinación de formas de lucha contra los insectos y arácnidos es posible lidiar con el problema. Pero no hay que subvalorar a Milena. Existen bichos mucho más pequeños que son igualmente inoportunos. Así que si el estomago se porta bien, y nada le pica, algún virus o bacteria de nombre impronunciables la pondrá en manos del honorable cuerpo  médico, y a sus acompañantes en la ya tradicional sala de espera.

Se le abona a familia y amigos que han hecho causa común para no tomar la decisión obvia, de dejar a Milena cuidando la casa. No, ella siempre es invitada, aunque el destino es inexorable. No hubo problemas digestivos, no hubo ataques del reino animal ni del microscópico... No se preocupen, quedan los accidentes. Y no son accidentes normales. Son accidentes de esos que solo le pasan a una persona. En este caso a Milena.  Entra caminando a una piscina y se troncha un pie.  Hay un pedazo de vidrio abandonado en medio de un parque y ella es la que lo pisa.  Un pájaro sufre un infarto fulminante mientras vuela y su cuerpo inerte aterriza sobre su cabeza. Parquean el carro sin darse cuenta que quedó al lado de una alcantarilla destapada y adivinen quien se baja primero y sigue derecho. Algún sereno y sosegado animal de exhibición de parque agropecuario, normalmente tranquilo, revive de repente  su lado salvaje y la embiste, muerde, patea o todas las anteriores.

Un concienzudo análisis de los patrones mostró que las zonas rurales o semirrurales eran las más propensas a esos desenlaces. Un grupo de amigos, entonces, montó paseo de fin de semana, vía avión, a otra ciudad. Llegaron al aeropuerto, tomaron un taxi, llegaron al hotel, se registraron y tomaron el ascensor  mientras Milena iba al baño.

Y no, no se cayó en los servicios sanitarios, ni en el piso reluciente del hotel. Ni al ingresar al ascensor. Claro que allí sí le tocó sentarse las 12  horas que duró atrapada por la improbable combinación de un cable defectuoso, una interrupción en el servicio de energía y un fallo generalizado en todos los sistemas.

Algo que  solo podía pasar una vez. Y claro, dañó el paseo.

martes, 5 de enero de 2016

La actividad más peligrosa del mundo


Existen personas que escogen trabajos u opciones de vida que implican un riesgo permanente, incluso para la propia existencia. Bomberos, policías, soldados, árbitros de fútbol. Sin embargo, la rutina más peligrosa no está en formar parte de las fuerzas armadas, practicar deportes extremos, laborar en ambientes dañinos o exponerse a riesgos biológicos. 

No.  Por lo menos en Colombia, existe una actividad que, según lo ratifica diariamente la información publicada por los medios de comunicación, siempre termina en muertos, heridos y lesionados. Por razones que no son del todo claras, sus protagonistas tienden a perder el control, incluso cuando son amigos o parientes, generando enfrentamientos de consecuencias lamentables. Y si eso no pasa, si no son ellos quienes pierden el control, un actor externo llega y arremete de forma violenta contra los mismos. 

Corresponde al Estado limitar, sino prohibir, esta práctica, a todas luces dañina, perjudicial e insegura. No más. Llego la hora de impedir, por medios legales o los que sean necesarios que le gente siga departiendo.

Porque cuando ustedes acceden a noticias sobre familiares que se trenzan en peleas, amigos cuyo exceso de alcohol despierta enemistades ocultas, o grupos que repentinamente se ven atacados por actores armados invariablemente leerán u oirán frases como “mientras departían”, “se encontraban departiendo” o “habían estado departiendo” momentos antes de que llegara la desgracia.

El diccionario avisa aunque es un poco ambiguo. En los significados  que uno encuentra para el verbo en mención en la página web de la  Real Academia de la Lengua el primero es hablar o conversar, pero después aparecen otros más realistas como altercar, separar, diferenciar. Y se incluyen algunos que suenan medio exóticos: enseñar, discurrir, demarcar y estorbar.

Pero volviendo a la necesaria reglamentación por vía judicial y administrativa, podría comenzar no con la prohibición absoluta, pero sí con limitaciones a los espacios disponibles. Es imprescindible impedir, al precio que sea, que la gente departa en las esquinas. Solo hay que revisar la información judicial y policial para mostrar incontables ejemplos de las consecuencias nefastas que genera esta práctica.

En orden de prioridades, las siguientes áreas restringidas deben ser los parques, los  negocios al aire libre,  los negocios cerrados y los hogares, principalmente en épocas festivas como fin de año, carnavales o ferias.

Confiamos en que de esta forma podrán reducirse de forma significativa los índices de violencia  y las cifras de lesiones y fatalidades.

Claro que no faltarán los intelectuales y envidiosos que ante mi revolucionaria propuesta, digan que ese no es el problema, sino que los periodistas deben dejar de utilizar palabras comodín –lugares comunes, que llaman- las cuales significan todo y no significan nada.

Buen tema para departir.

martes, 13 de octubre de 2015

Arroz chino, aguacates y ciclistas voladores


Es domingo. William no quiere salir y nadie en casa quiere cocinar. ¿La solución?  El hombre se manda la mano al dril y encarga un domicilio. Son las 12.30. del mediodía.

A esa hora, doña Marcia va hacia la tradicional reunión familiar. Ya compró los tres aguacates de siempre. La vía está solitaria y es de reconocer que se distrae un momento. Así que el alarido del ciclista asusta. Los aguacates van al piso. Atraídos por una fuerza invisible ruedan, ruedan y ruedan hasta caer dentro de una alcantarilla destapada.

Jairo ni siquiera se detiene a ver que pasa con la vieja. No escucha nada en sus audífonos de tortuga. Además su bicicleta tiene prioridad. Y afán, porque de nuevo va tarde a su trabajo como repartidor. Pero es la última vez. La cajera le pasa el dato. El Chino está cansado del incumplimiento y al final del día pagará lo pendiente y adiós.

Cuando doña Marcia llega, su hermano pregunta por los aguacates. Y en vez de la bolsa de siempre recibe un comentario hosco, en tono de molestia. Mala señal. Desde la infancia sabe que cuando a Marcia se le sale el mal genio, pasan unos cuantos días antes de que vuelva a su estado natural. Que lo digan sus ex maridos.

En cambio Jairo se molesta en cámara lenta. Primero es una rabiecita. Gana intensidad al empacar las cuatro porciones de arroz del primer pedido. Cuando sale para donde el cliente ha evolucionado a rencor y deseo de desquite.

William está seguro de que El Chino miente. Como así que el domicilio salió una hora antes. Ya casi son las 3.00 de la tarde, y todos están bravos y hambrientos. Mientras, Jairo y sus amigos disfrutan del arroz. La idea inicial era simplemente demorarse un poco, pero aparecieron los del parche y algo parecido a una sofisticada venganza tomó forma. El pedido nunca llegaría, el chino quedaría mal. Tal vez perdería clientes…

Lunes. William amanece envenenado después de haber tenido que salir a buscar pollo asado a las 4 de la tarde. Doña Marcia sigue brava por los aguacates. Pasa justo por la entrada del parqueadero cuando el carro está punto de ingresar y oye el pitazo. Reacciona. Voltea y le ladra algo al conductor. William insiste, pita de nuevo. Durante un par de minutos intercambia adjetivos con la señora atravesada hasta que ella le da paso y se aleja despacio, girando de vez en cuando para hacerle alguna observación poco agradable a su nuevo “amigo”.

El conductor responde con un par de “flores” verbales. En ese momento se entera de que por otra entrada del parqueadero alguien se apoderó del último cupo. La palanca de cambios pasa a reversa, el espejo retrovisor  muestra que no vienen carros y con un movimiento brusco retrocede buscando a la vía.

¡PUM! La bicicleta que viene por el andén golpea el automotor y el ciclista, con sus audífonos tipo tortuga, pasa volando por encima del baúl y cae al otro lado. El afán por llegar adonde El Chino antes de que este cumpliera su amenaza de llamar a la Policía, la salida intempestiva del vehículo y su despiste natural impiden que Jairo esquive el carro.


El informe de la aseguradora habló de lesiones personales en accidente de tránsito por imprudencia de los implicados. Y en ninguna parte se mencionó a los verdaderos culpables: cuatro cajas de arroz chino y tres aguacates, 

martes, 29 de septiembre de 2015

Ventajas y desventajas de una cara estrato 1


El señor Armendiosa, profesional exitoso, ha construido un patrimonio económico gracias a años de trabajo honrado y esfuerzo personal. Pero tiene cara de pobre.

Él financió sus estudios profesionales con una combinación de crédito educativo y apoyo familiar y simplemente ha aprovechado –en el buen sentido de la palabra– las oportunidades que le ha dado la vida. Pero no importa cómo se vista o donde esté, la primera impresión que genera en cualquiera es que se trata de un tipo de bajos recursos.

Nunca ha entendido por qué. Es la forma de mirar, la proporción entre los elementos del rostro, los rictus o muecas o, qué se yo, el tamaño de las orejas, la simetría entre los dos lados del rostro o el ángulo de inclinación de las fosas nasales.

Podría considerarse que una condición como la descrita es una especie de maldición. No es cierto. Tiene sus desventajas pero las ventajas, como el señor Armendiosa ha podido comprobarlo a lo largo de su vida, son bastantes.

Los mendigos lo ignoran. En la fila le piden dinero al que está detrás y al que está enfrente. En los buses los vendedores le dan la muestra al compañero de silla. A él no. En calle, parque, plaza o pueblo, para cualquier persona dedicada a vivir de la generosidad ajena solo basta una mirada para descartarlo como posible cliente. Sin embargo, siempre que pasa cerca de alguna institución o entidad donde hacen algún tipo de caridad, servicio social u asistencial, alguien lo invita a seguir.

El entusiasmo o apatía generado por su presencia cambia si sus requerimientos de bienes o servicios suben de nivel. Al visitar centros comerciales y almacenes de estratos medios y altos es sistemáticamente ignorado por los vendedores, pero suele ser muy popular entre otro tipo de personal, el de seguridad, que no le pierde pista.

Durante su juventud aprendió que aquellos lugares de rumba donde se reservara el derecho de admisión estaban vedados para él. Aún hoy, ya retirado de baile, trago y similares, en restaurantes de los finos y caros solo dispone de acceso garantizado si va con alguien, y tiene el don de la invisibilidad para el gremio de los meseros.

Y aunque no está seguro, parece generar el mismo efecto entre el gremio antisocial. Primero porque nunca ha sido robado, atracado, cosquilleado o similares. Y segundo por múltiples historias transcurridas en noches oscuras y solitarias cuando va por una calle, más oscura y solitaria todavía, algunas veces pasado de tragos.

De repente aparecen uno, dos o más tipos malencarados que se le acercan con evidentes malas intenciones, las manos en los bolsillos o empuñando objetos amenazantes.  En el momento en que la distancia les permite distinguir los rasgos de nuestro protagonista, el desenlace es invariable. Si el sujeto va solo, lanza una mirada rápida e inquisitiva. Si hay más de uno murmuran algo entre ellos. Y simplemente se van.

Solo una vez pasó algo diferente.

El malencarado de turno le regaló unas monedas porque “a usted le hacen más falta que a mí”.

martes, 11 de agosto de 2015

Leyendas urbanas: Ella, la ladrona


Esta es una historia de hace 30 años. Por tanto, requiere un contexto para nuevas generaciones. Hablamos de un mundo donde no existían tarjetas débito, cajeros automáticos ni mucho menos transacciones electrónicas. Pero la gente trabajaba y recibía salario mensual o quincenal, generalmente en cheque o en efectivo.

Lo que sí existía eran los buses y los conductores atarvanes. Buses mucho más llenos que los de ahora de los que colgaban racimos humanos y donde el interior se caracterizaba por aprovechar al máximo cada centímetro cuadrado. Y choferes que en cada frenazo, curva y arranque sacudían su contenido –el del bus– como quien bate licores en una coctelera.

Es quincena y nuestra protagonista –es mujer– ya recibió su cheque. Hizo la respectiva cola en el banco donde el título valor se convirtió en un rollo de billetes que quedó estratégicamente guardado en la cartera, debidamente asegurada mediante el cierre de la cremallera.

Y aquí entran a escena el bus y el chofer de turno. Como puede, la protagonista se abre paso y logra sentarse al lado del pasillo. En pocos momentos el automotor está repleto. Parada a su lado hay una señora malencarada, gorda, vestida con delantal. Y en una curva, arranque o frenazo la “vecina” se le va encima.

Pasado el momento de roce social, la heroína mira y descubre, primero con sorpresa y luego con miedo, que la cremallera de su cartera está abierta. En medio de su estupor mira hacia el delantal de la señora del lado y ve, en un bolsillo, un familiar rollo de billetes.

Mil ideas pasan por su cabeza. Armar un escándalo, guardar silencio, buscar ayuda. De repente otro movimiento brusco del carro empuja nuevamente a la señora sobre la protagonista. Ella no lo piensa, solo manda la mano al bolsillo, recupera el rollo de billetes, lo guarda en la cartera y ajusta el cierre.

El resto del proceso es automático. Levantarse, llegar a la puerta, bajarse. Tomar otro bus y llegar a la seguridad del hogar, donde, ya en la intimidad de su habitación, con el corazón acelerado y la adrenalina en su punto más alto abre la cartera y…

… encuentra no uno, sino dos rollos de billetes.

Uno, ordenado, tal y como se lo entregaron en el banco con su quincena completa. Y otro conformado por billetes de baja denominación, cuyo monto total puede asimilarse a lo que recogería, digamos, una vendedora de plaza de mercado en un día de trabajo.

Como el presupuesto no da para psicoanalista –y en esos tiempos tampoco estaba tan de moda – la historia termina en un confesionario. El padre, entre sorprendido y divertido, recomienda donar el dinero del segundo rollo a alguna obra de caridad antes de absolver a quien, internamente, quedará marcada para siempre como…

Ella, la ladrona.

martes, 30 de junio de 2015

La importancia de la energía eléctrica en las relaciones padre-hijo


Este tipo no anda prevenido. Anda en un permanente estado de alerta que raya en la paranoia. Aplica cuanta medida de seguridad recomiendan los manuales y unas más de inspiración propia. Y… ¿quien lo culpa? Al fin y al cabo la ciudad puede ser agresiva, peligrosa y hasta letal. Pero hay cosas que solo le pasan a él…y su papá sigue bravo.

Más adelante volveremos con el segmento paternal de esta historia. Quien de ahora en adelante llamaremos TS, (tipo seguro) libra una batalla diaria contra la delincuencia urbana. Sus estrategias son sencillas pero efectivas.

Usa prendas antirrobo. No dispositivos de alta tecnología sino ropa que se ve vieja.  Arrugada. Desteñida. “Mareada”… incluso remendada. Todo ello gracias a sobredosis de desmanchador, estrujada sistemática y aguja e hilo en puntos estratégicos de camisas, pantalones y chaquetas nuevas. Sí. A TS le gusta estrenar.

Cuenta con un teléfono inteligente de vanguardia –escondido en un rincón–. Al trabajo o a cualquier lugar lleva una flecha marca tres gatos, que solo saca en lugares cerrados, preferiblemente con presencia de alguna autoridad .Y nunca suena. Vibra.

Ya comentamos que tiene la ciudad organizada en zonas y horarios. Sitios adonde se puede ir, adonde se debe ir, adonde solo se va en caso de urgencia y adonde no se va bajo ninguna circunstancia. Por ejemplo se puede ir al centro comercial de moda, de lunes a viernes de 10 a 4 de la tarde (fines de semana y horas pico = ¡Peligro, Peligro!).

Como el trabajo de TS maneja criterios de flexibilidad laboral y resultados por objetivos, permite autonomía en la administración de horarios. Y allí se reunió un  martes en la mañana el “parche” laboral. Freddy, con su celular último modelo siempre a la vista. Sonia y sus atrayentes pulseras y accesorios, Cristina con su tendencia a colgar la cartera en cualquier lado y olvidarse de ella. Carlos y su billetera recargada de tarjetas crédito, débito y efectivo. Silvia y sus costosas y ostentosas prendas.

El plan era jugar bolos. TS montó su operativo con celular tres gatos, billetera con el efectivo exacto en el bolsillo abotonado del pantalón y la vieja, desteñida y rota chaqueta de yin que su papá atesoraba como recuerdo de algún pasado medio hippie.

Así que cuando le llegó el turno de lanzar se quitó la chaqueta, la ubicó en punto visible, tomó la bola, la levantó, calculó, dio los tres pasos reglamentarios y… el mundo quedó a oscuras. (En un local que no recibe iluminación natural, si se va la energía no se ve nada entre el corte y el encendido automático de la planta.)

Se hizo la luz. Todo estaba en su sitio. El teléfono inteligente de Freddy. Los accesorios de Sonia. La cartera de Cristina. La billetera de Carlos. El costoso suéter de Silvia. La… La chaqueta del papá de TS no estaba. Era lo único que no estaba.

Ese día TS aprendió que no hay seguridad que valga cuando uno está predestinado a ser la víctima de turno.

¿Ya les dije que el papá sigue bravo?