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miércoles, 3 de junio de 2026

La edad es solo un número

No. Adolfo no se siente viejo. O por lo menos no “tan” viejo. No todavía.

Es cierto que, cumplidos requisitos de edad y cotización, pasó a ser beneficiario del sistema pensional. 

Es cierto que prioriza aquellas actividades que puede desarrollar sin moverse (o por lo menos, sin alejarse demasiado) de su casa.

Es cierto que su círculo de amigos y parientes (sobre todo contemporáneos o mayores) tiende a reducirse.

Es cierto que, en cambio, aumentan sus relaciones profesionales con el honorable cuerpo médico y afines.

Pero aún mantiene su capacidad mental intacta, entrenada a través de los años con trucos mnemotécnicos.

Adolfo es bueno para los números. Al terminar la universidad comenzó a interesarse en política. Aunque había alcanzado la mayoría de edad hace rato, ese año votó por primera vez. Cerca a su casa. Mesa 15. 

No recuerda cuál elección era, por quien votó, si ganó o perdió. Él tiende a relacionar hechos con cifras. Así olvide los detalles. Así que cada vez que hay procesos electorales en su vida el 15 aparece en su mente.

Otro guarismo es 5,96. Corresponde a la nota (sobre 10) que obtuvo en Física en grado 10, gracias a la cual pasó al grado 11. Mucho tiempo después se encontró con su antiguo profesor, ya jubilado. Tomaba café con algunos amigos, igualmente retirados. 5,96 pasó a ser la representación numérica de pensionados aburridos echando tinto y carreta. 

Doce fue el número del cubículo asignado en su primer empleo. Doce se convirtió en la cifra que Adolfo relaciona con experiencia laboral. Cada vez que alguien habla de trabajo, el 12 se proyecta en su mente.

Para proponerle matrimonio a la que hoy es su esposa, la invitó a cenar a restaurante fino. Después de la entrega del anillo y demás arandelas, canceló $117.228 (servicio incluido). Así quedó como número del amor, de la pareja y de la familia.

Ahora que Adolfo disfruta de su jubilación, 12 se ha vuelto un número de apóstoles, de compras de fruta y pan, de cajas de huevos y de meses del año, de esos que pasan sumándole calendarios a la existencia. Ante la abundancia de tiempo libre se reúne con viejos amigos alrededor de una taza de café. Cada vez con mayor frecuencia. En promedio 5 veces por semana, aunque cada vez se acerca más al 6.

También comparte tiempo con la familia, que ya no solo incluye a su esposa sino a sus hijos, sus respectivas parejas y, por supuesto, los nietos. El 117.228 se ha multiplicado.

Como buen ciudadano, siempre cumple con su deber cívico. Hace poco votó. En su país, las mesas electorales se asignan por el número de los documentos de identificación, en orden ascendente. A mayor edad, menor es la cifra que identifica el punto adonde debe acudir el interesado.

Adolfo participó cerca a su casa. Por primera vez le tocó la mesa 1. Esa donde sufragan los más viejos. 

Es cierto que, después de ese día, Adolfo se siente viejo.  

miércoles, 29 de abril de 2026

La enciclopedia ambulante pasa al uso de buen retiro

El tío Paco duerme poco. Se levanta temprano a pasear por el prado aledaño a la finca donde se ha reunido la familia. Inusualmente, un par de parientes, niño y niña, también han madrugado y se unen al caminante.

El pasto está húmedo. Paco le explica a los pequeños que eso no es lluvia, sino un fenómeno llamado rocío.

Como no tienen a la mano sus teléfonos, los menores escuchan con atención e interés.

Paco viaja mentalmente a su infancia. Mientras otros contemporáneos jugaban en la calle, trepaban árboles y cometían travesuras a espaldas de los adultos, él leía. Es más. Dicen que el hombre leyó una enciclopedia. No un capítulo, no una entrada, no un tema específico, ni siquiera un tomo. No. La enciclopedia completa.

Abundan testimonios sobre los datos que el lector aportaba en las conversaciones con amigos y familiares. Apuntes interesantes o respuestas a preguntas sobre objetos y actividades de la vida cotidiana. 

Antes del partido, Paco hablaba del inventor del balón. Después del cine referenciaba un clásico con argumento similar, actores y director incluidos. Mientras comían pizza explicaba el origen de la palabra. 

Como el tipo no se extendía ni pretendía dictar cátedra, sus aportes eran tan bienvenidos como efímeros. Datos curiosos, sí, pero olvidables e intrascendentes. 

De hecho, pudo habérselos inventado. Eran tiempos sin inteligencia artificial, sin aplicaciones, sin redes osciales y, sobre todo, sin alguien tan desocupado como para ponerse a verificar lo que Paco decía.

Precisamente, el éxito de los comentarios anecdótico-histórico-científicos decayó lenta pero inexorablemente por cuenta de la tecnología. Internet. Wifi. Dispositivos. Información disponible 24/7.

Por ejemplo, surgía una consulta sobre por qué el pan se llama pan.  Mientras Paco preparaba su respuesta, alguien ya la había encontrado. Primero en un portátil, después en una tableta, luego en teléfonos inteligentes que hacían lo mismo pero cabían en un bolsillo. 

Aunque nunca lo expresó públicamente, Paco extrañaba esos breves momentos de sabiduría de salón que lo convertían en centro de atención.

Por eso se sintió especialmente feliz ante la oportunidad de enseñarles a dos pequeños sobre la humedad mañanera que venía de la condensación del aire en clima frío.

Esa cuyos efectos eran similares a los de una leve llovizna.

Una leve llovizna que rápidamente aumentó en volumen y frecuencia.

Que oscureció el cielo y, acompañada de truenos y relámpagos, descargó toda su furia de aguacero mientras el tío y los niños corrían a buscar refugio.

Así terminó el último intento de Paco para ejercer como enciclopedia ambulante.

Disuelto en agua.

miércoles, 26 de noviembre de 2025

Una jugadita, por amor a Dios

No había pasado tanto tiempo. No, por lo menos, en opinión de García. Años antes y, más importante, unos cuantos kilos antes, tenía su rutina dominical.  Simple. Iba al parque público. Buscaba basketbolistas de fin de semana (domingos y festivos).  Dejaba ver su interés de participar para que lo escogieran. Existían estrategias. Saludar si encontraba alguien con quien ya hubiera compartido actividad deportiva. Integrarse a los tiros de calentamiento bajo el aro (mejor con balón propio). Poner cara de quiero jugar. 

Funcionaba.  El baloncesto era como una liguilla. Equipos de 3 o 4 personas. Cualquiera fichaba a García. Los partidos, en media cancha, iban a cinco puntos. Quien ganaba seguía en competencia. Quien perdía pasaba al final de la fila hasta que tenía otra oportunidad. Y así pasaba una tarde saludable de sol y ejercicio.

Pasaron meses, años y cambios. Noches de sábado demasiado agitadas. Otras actividades. Turnos laborales de domingo o festivo. La rutina semanal pasó a quincenal, mensual, esporádica... hasta que desapareció. 

Unos cuantos calendarios después del último partido vino la recomendación del médico. “Bájele al sedentarismo señor García. Métase a un gimnasio. Allí le definen una rutina adecuada para su edad y condición física. El resto es cuestión de disciplina”. Como se ve, el profesional de la salud no tuvo la culpa. El paciente tenía instrucciones claras. Solo debía seguirlas. No lo hizo. 

Él (García) ya sabía cómo, cuando y dónde hacer ejercicio. Así que el domingo siguiente se levantó temprano y después de rebuscar entre la ropa vieja se puso la pantaloneta. Curiosamente, su hermano gemelo hizo exactamente lo mismo. Se veía ridículo. Piernas fofas, piel color leche y bananitos sobresaliendo por encima de la cintura.  A punto de burlarse cayó en cuenta de dos cosas. Primera, él no tenía un hermano gemelo. Segunda, él sí tenía espejo de cuerpo entero, justo frente a su antiatlético (de la estética ni hablar) cuerpo. Plan B, pantalón de sudadera (color zapote, único disponible) y la también única camiseta ancha, verde fosforescente con estampado de campaña política.

Siguiente parada. El parque de siempre. Más o menos el mismo. Aunque en la versión que él recordaba los usuarios no eran tan jóvenes. Buscó un grupo que estuviera armando partidos. Se acercó al borde de la cancha y puso cara de quiero jugar, acompañada de una sonrisa seductora (deportivamente hablando).

45 minutos después, la expresión facial había evolucionado a modo súplica. Se armaron equipos. No lo incluyeron. Llego gente nueva y armaron más. Tampoco lo convocaron.  Veía como lo miraban a la distancia. Si era una persona, inmediatamente reorientaba los ojos, como quien busca otra alternativa. Si eran más, murmuraban algo entre ellos y reorientaban las miradas, como quien busca cualquier otra alternativa.

A estas alturas García entendió que tal vez ese no era su momento y que valía la pena revisar lo del gimnasio. Así que... se quedó esperando el milagro. Ocurrió. Ese grupo llegado a última hora necesitaba un jugador. No había nadie más. Sin mucho convencimiento, y tras lo que a lo lejos pareció una especie de discusión, se acercaron al hombre e hicieron la pregunta mágica: ¿Juega?

Sí, entró a la cancha. Sí, alcanzó a recibir y dar pases. Hasta tuvo un lanzamiento al tablero. Pero tras el primer salto vino ese apocalíptico dolor muscular en la pierna derecha (calambre, diría un coequipero). Así que jugar, lo que se dice jugar, no corresponde exactamente a lo que García hizo en ese par de minutos.

Cierto parque público tiene leyenda urbana. La del cucho que esperó toda la tarde para jugar baloncesto y se lesionó a los dos minutos. 

Algunos aseguran haberlo visto cotizando gimnasios. 

En el parque jamás lo volvieron a ver.

miércoles, 12 de noviembre de 2025

La polémica del ecologista tardío

Las camisetas de Arturo, el pensionado, reflejan el paso de los años gracias a su sistema de ventilación. Desde pequeñas perforaciones hasta tremendas troneras repartidas estratégicamente del cuello para abajo. Adicionalmente, acusan curiosas combinaciones cromáticas derivadas de la influencias de los elementos. El otrora blanco está en algún punto entre gris y caqui, los que fueran colores vivos parecen capando cementerio y los estampados se han convertido en imágenes borrosas, recortadas e indescifrables. 

El deterioro de las prendas obedece al tiempo transcurrido desde la última adquisición. Se cuenta en años, nadie sabe con exactitud cuantos. Con el resto del guardarropa ocurre algo similar. El hombre aplica la moda de los yines gaminosos, es decir desteñidos, deshilachados y rotos. No como resultado de lijas, tijeras. piedra pómez o procesos industriales, sino del paso inexorable de años de uso, abuso y lavada.

Otros pantalones son plataformas creativas para remiendos y parches de todos los colores, formas y tamaños. Lo mismo pasa con suéteres, chaquetas, camisas, chalecos y demás prendas de vestir (circulan historias terroríficas no confirmadas sobre la ropa interior). Los zapatos muestran desgaste evidente en la suela (lo evidente es el zipote hueco) y libertad en las costuras. Se entiende por libertad la falta de unión de piezas de cuero u otro material que, teóricamente, deberían estar cosidas o por lo menos pegadas. 

Las particularidades trascienden el guardarropa. Hace rato cambio su sistema de transporte. Ya no se mueve en vehículos emisores de gases contaminantes. Usa una destartalada bicicleta con el mejor sistema de seguridad posible. Ningún ladrón se va a robar esa porquería. 

Arturo solo se baña cuando debe reunirse con otros seres humanos (y a veces ni así, lo que ha reducido radicalmente ese tipo de encuentros). Su casa abunda en recipientes donde se recoge el agua utilizada en ducha, lavado de platos y otros, la cual es utilizada para descargar el sanitario.  Hace tanto que no baja la cisterna que se rumora la existencia de un ecosistema en el tanque. 

Al estilo de las madres de otras generaciones, reutiliza hasta su desintegración todo lo que puede reutilizar. Cual abuelo con taller almacena concienzudamente objetos metálicas en desuso (oxidados y de las otros), así como cualquier pieza cambiada en procesos de reparación o reemplazo del menaje doméstico y de la infraestructura residencial. Incluye tornillos, tuercas, clavos, empaques, roscas, resortes, grapas, pedazos de tubo, perillas, cables de diversos calibres y materiales. 

También guarda, hasta el último cuncho, cualquier producto no alimenticio en su empaque original. La lista abarca pegantes, aceites, cemento, jabón, alcohol, desinfectantes. Cuando finalmente desaparece la última gota, el respectivo recipiente pasa a engrosar una interminable colección de envases vacíos.

Arturo tiene justificaciones tajantes para su particular forma de asumir las conductas descritas y otras. “Eso todavía sirve” o “Eso algún día sirve” o “Eso no hay que botarlo todavía”.

Hace años, algunos conocidos recuerdan que el hombre entró en la onda ambiental, con un discurso de mochilas ecológicas, huellas de carbono y reciclaje. Pero esos mismos conocidos saben que cuando necesitan un préstamo Arturo NO es el tipo, que a la hora de pedir la cuota (de lo que sea) es duro para soltar su aporte y que siempre está ocupado cuando lo convocan a actividades que demandan algún tipo de copago.

A estas alturas, lo que nadie sabe es si el hombre es un ecologista coherente que en la última etapa de su vida modificó sus hábitos en beneficio del planeta ...o un viejo tacaño. 

miércoles, 15 de octubre de 2025

Quemar tiempo en otros tiempos


Hace unos días en las Amilcaradas hablamos de ese tiempo libre no programado que deja al personal desprogramado. En 2025 muchos solucionan ese problema a punta de teléfono. Pero esos versátiles aparatos no siempre existieron. A manera de recuerdo para algunos y de revelación para otros, van algunos ejemplos de cómo se quemaba tiempo en solitario antes de las pantallitas individuales. 

- Mirar a las nubes y buscarles forma. 

- Jugar solitario, pero con cartas de verdad.

- Echar carisellazo con uno mismo. Más interesante cuando se tenían dados.

- Escuchar la radio cambiando de emisora, lo que a veces originaba exóticas y simpáticas combinaciones. Por ejemplo al pasar de una narración de fútbol a un programa de variedades a una canción a un noticiero con algo así: “El delantero recibe el balón y patea con toda su fuerza a... (cambio) ...la cabellera larga y sedosa resulta de la aplicación diaria de... (cambio) ...arroz con leche, me quiero casar, con una señorita de la capital. Que sepa coser, que sepa bordar, que sepa... (cambio)  …juzgar por corrupción al ministro luego de una investigación exhaustiva de la Fiscalía...” 

- Contar. No era echar cuentos, sino hacer secuencias numéricas de uno para arriba con aquello que estuviera en el campo visual. Posibles, pero no únicas opciones: las personas que pasaban, las personas que pasaban con algún elemento común (gafas, ropa color zapote, bufanda), carros de determinada marca, ventanas del edificio de enfrente, edificios de enfrente, árboles del parque, árboles del andén, sillas de la sala de espera, escalones, ladrillos de la entrada, elefantes morados... 

- Si el desocupado de ocasión estaba en el hogar, era momento para averiguar de una vez por todas qué se guardaba en ese misterioso recoveco de la casa.

- Si había plata, conseguir un periódico, buscar la cartelera, escoger una película, verificar el horario, desplazarse hasta el teatro, comprar algo de comer por fuera de la sala de cine, hacer fila para comprar la boleta, hacer fila para entrar, rebuscarse (pelea incluida) un puesto decente. Y ver cine (sí, así era). Cuando no había plata, siempre era posible ir a las salas de cine a ver las fotos de la película que, como mecanismo promocional, se exhibían en las afueras.

- Rebuscar alguna revista, historieta, libro, periódico, catálogo, manual de instrucciones, etiqueta de frasco, recetario o cualquier cosa para leer.

- Encender el televisor para ver si en alguno de los tres únicos canales disponibles había, en ese horario, algo que valiera la pena.  

- Salir a  cotizar (mediante largas caminatas por zonas comerciales y consulta en múltiples locales) algún producto o servicio que posiblemente jamás sería adquirido, 

- Escuchar música en el hogar con las tecnologías disponibles. Radio, microsurcos (forma elegante de llamar a los discos de vinilo) casetes y más recientemente, CD.

- Escuchar música gratis por fuera del hogar en los almacenes especializados, que contaban con unas cabinas donde uno podía solicitar que pusieran determinado artista o canción, a manera de prueba, sin ningún compromiso. Más recientemente, una multinacional (quebrada por cuenta del streaming) trajo un sistema más sencillo (de discutible higiene, por cierto) basado en audífonos.

miércoles, 1 de octubre de 2025

De comprimidos y otros ilícitos

—Encontré esto mientras buscaba la fórmula de sus medicamentos. ¿Qué es?

El nieto le mostró al abuelo el papel. De 5 a 7 centímetros de ancho por más o menos 30 de largo.  Cuidadosamente enrollado, ocupaba el menor espacio posible. ¿El contenido? Escrito a mano, sin márgenes y en letra tan pequeña que a duras penas se leía.  ¿La información? Múltiples referencias a la historia de Colombia. Acontecimientos, batallas, descubrimientos y otros hitos acompañados de datos claves como fechas, protagonistas, lugares, causas y consecuencias. 

El patriarca de la familia, modelo de rectitud, honradez y principios, reconoció de inmediato el objeto. Pero puso cara de no me acuerdo bien. De lo estoy pensando. Era una técnica perfeccionada con el paso de los años para evadir preguntas complicadas o, por lo menos, aplazar la respuesta. Lo recordaba perfectamente. La memoria lo trasladó al bachillerato, a un salón de clase. Frente a una hoja de papel respondía un examen de esos que requerían la mejor nota posible para efectos de supervivencia académica. La primera pregunta: bien. La segunda, más o menos. De ahí en adelante, ni idea. 

Disimuladamente miró hacia el compañero más cercano. En la primera ojeada no vio nada. A partir de la segunda combinó contorsionismo, bifurcación visual y deporte de alto riesgo. Estiró y giró el cuello para observar mejor. Con un solo ojo, porque el otro chequeaba al profesor para que no se diera cuenta.  

De lo que no se acordó fue de si la maniobra coronó. Es decir si el educador no lo detectó (con la consiguiente anulación de la prueba), si copió bien las respuestas, si estas eran correctas y si finalmente hubo una buena nota. Demasiados riesgos en una sola operación. Era mejor estudiar.

Otro recuerdo. Otro examen. Otras preguntas. La misma ignorancia. Esta vez las maromas fueron para ir a la fija. Sacar del pupitre o la maleta el libro o cuaderno. Acomodarlo donde él pudiera verlo, pero el maestro no. Abrirlo justo en la página con la información requerida. Vigilar al profe para que no lo descubriera en el ilícito. Tomar y transcribir correctamente los datos requeridos. Todo al mismo tiempo. Muy complicado. Era mejor estudiar. 

La  memoria lo llevó a una tercera sucesión de momentos. Un examen haría la diferencia entre vacaciones o habilitación de la materia. En casa, con el libro de historia de Colombia, el abuelo consulta, verifica y copia conocimientos que pasa por escrito (esfero de punta fina) a un pequeño pedazo de papel (5 a 7 centímetros de ancho por más o menos 30 de largo). Acontecimientos, batallas, descubrimientos y otros hitos acompañados de datos clave como fechas, protagonistas, lugares, causas y consecuencias.  

Le decían comprimido, soplete, copialina. El antecesor analógico de las memorias USB. La mayor cantidad de información apretujada en el menor espacio posible. Un esfuerzo físico e intelectual de marca mayor. El método perfecto para copiar. Información 100 por ciento confiable, fácilmente manipulable y con infinitas posibilidades de camuflaje, desde múltiples escondites hasta la xilofagia (comer papel). ¿El problema? Los profesores que vigilan los exámenes también fueron estudiantes alguna vez.  Era mejor estudiar.

No fue la primera ni la última vez que hizo algo parecido en tiempos del colegio. Pero tenía la responsabilidad de dar buen ejemplo. Optó por una mentira estratégica. Al nieto le quedó clara la respuesta, pero sigue confundido por el comentario final y, sobre todo, por la sonrisa socarrona del abuelo.

—La verdad no me acuerdo mijo. Debió ser algo del colegio.  Era mejor estudiar. 

miércoles, 27 de agosto de 2025

Alós de alto riesgo

El aparato suena, vibra, o suena y vibra. El joven lo saca del bolsillo, de la cartera, del estuche, lo mira y... No contesta.

El señor Salgado (exjoven) considera ese comportamiento absurdo e inaceptable. ¿De qué sirve tener teléfonos costosos, modernos y versátiles, si no se utilizan para hablar por teléfono?

Él, en cambio, siempre responde. Diariamente dedica un creciente tiempo a desperdiciar alós que jamás reciben réplica, pues inmediatamente, o tras un incómodo silencio, la misteriosa llamada se corta. Doblemente misteriosa cuando el número que registra su dispositivo muestra orígenes internacionales como Países Bajos, Nigeria, Dubai o algún pueblo perdido de Alaska. Locaciones donde el tipo no conoce a nadie, jamás ha estado y no piensa volver.

Otras veces del otro lado de la línea plantean una oferta comercial. Salgado trata de obtener detalles o de expresar educadamente que no le interesa pero el interlocutor sigue hablando. Pasan varios minutos hasta que el hombre descubre que está “conversando” con una grabación.

Ahora, las comunicaciones comerciales son más fáciles de administrar con una máquina que con una persona. A la grabación se le puede colgar. Al vendedor o vendedora del call center también, si no fuera porque este parece tener a la mano una lista interminable de argumentos para mantener el diálogo con Salgado.

No tengo tiempo... ofrecen llamarlo de nuevo. Ya tengo ese producto... le sueltan mil razones para renovarlo. No me interesa... preguntan por qué y le arman conversación. No molesten y cuelga… se dispara un acoso de llamadas desde múltiples números que puede durar horas, días, semanas…

A eso se le agregan otras comunicaciones con noticias como que ganó alguna rifa en la que jamás se anotó, que debe hacer urgentemente algún ajuste en sus servicios bancarios, o de algún pariente que nunca había oído nombrar quien le pide dinero, ¡urgentemente!.

El señor Salgado aprendió (tras girar gastos de envío para un premio que, años después, no ha llegado) a verificar cuidadosamente antes de actuar. Más cuando abundan las historias que terminaron en pérdidas económicas mucho más grandes que la que él tuvo.

Claro que existe una forma sencilla de evitar estos y otros problemas. No contestar las llamadas cuando provengan de números desconocidos.

Lo aburridor es reconocer que, de nuevo, los jóvenes tienen razón.

miércoles, 20 de agosto de 2025

Pequeño mundo, gran historia

Acaban de conocerse y ya son amigas de esas que pueden tener la más cercana de las relaciones o el más profundo de los rencores. Y en los siguientes minutos pasarán por toda la escala de amistad y enemistad incluyendo insultos, lágrimas, arrepentimiento, disculpas, remordimiento e interacciones donde cualquier cosa puede ocurrir, porque para los momentos mágicos la imaginación es el límite.

Todo pasa en el mismo lugar pero al mismo tiempo se desarrolla en un país lejano de aventuras, princesas y piratas, en una nave espacial, en un vehículo que recorre paisajes legendarios y en una casa maravillosa con sala, comedor, cocina, patio, habitaciones y baños.

Y ellas son hijas pero también son mamás. Son búhos pero también dinosaurios. Tienen un unicornio de mascota y poderes inconmensurables. Dominan el clima, escogen cuando hay sol y cuando hay lluvia. Construyen en segundos muebles, edificios, montañas, mares y llanuras. Acampan en medio de la selva, el desierto y el ártico, mientras ocupan sofisticados hogares con todos los servicios que existen y algunos que todavía no se han inventado.

Un momento son la dueña del castillo y al siguiente corren por parajes maravillosos en busca de tesoros imponderables. Se metamorfosean constantemente y la que hace un rato era la madre sabia ahora es el bebé necesitado de cariños y cuidados. La que fue dejada de lado e insultada retorna desde su rincón de ignominia como nueva protagonista de la historia. Esa que nunca finaliza porque siempre está comenzando.

Intercambian una interminable sucesión  de ofensas, piropos y argumentos. No queremos contigo, le dicen a la recién llegada. Yo voy a a hacerlo sola, responde aquella mientras escoge una ubicación donde al mismo tiempo se aísla pero queda lista para integrarse en caso de ser llamada. Lo que va a pasar porque en algún momento van a necesitar un piloto, una cazadora, una superheroína, más hijos, más invitadas a la fiesta que se armó en cuestión de segundos.

Y así como el conflicto aparece por las razones más insignificantes, desaparece en medio de tan inesperados como sucesivos actos de reconciliación. Una cara triste invita a pedir perdón. Un intercambio de sonrisas integra los bandos radicalmente separados por pocos minutos. La que estaba a punto de llorar ahora ahora ríe a carcajadas.

Llegaron acompañadas de sus respectivas mamás a una biblioteca pública para participar de alguna actividad programada y organizada por profesionales que no ha empezado, ya terminó, se canceló. No importa. Ellas escogieron, invadieron y se tomaron un espacio que convirtieron en su realidad del momento, en su escenario, en su tierra de aventuras, en su pequeño mundo gigante.

Los adultos que están en el sitio intentan seguir con lo suyo. Consultan sus teléfonos, trabajan en sus portátiles, hojean libros. Ponen cara seria sumergidos en su mundo. Mientras, a su alrededor, las sillas vacías pasan a ser las habitaciones de una casa gigante, los cojines se reubican para convertirse en puertas, la patineta de juguete es ahora el vehículo último modelo.

Así todo lo que está a la mano se integra a la jornada de ese grupo de niñas que vive como se vive a los cinco años, en un juego interminable donde no hay fronteras entre la realidad y la fantasía.

El testigo ocasional de vez en cuando levanta la mirada y sonríe. No interviene pero lo tiene claro. Aquí hay una amilcarada.

miércoles, 2 de julio de 2025

Misterios de la casa grande

A la hora de construir lugares de residencia, cada vez optimizan más el espacio. Eso traduce en acomodar uno encima de otro apartamentos “familiares” que ocupan áreas equivalentes a la que antes se dedicaba a los baños. Para equilibrar, lo que sí crece de forma inatajable es el precio. Eso es problema de economistas, arquitectos, sociólogos, banqueros, ingenieros y maestros de obra. 

Nuestro problema es de viejos, veteranos, usados, cuchos y demás. De quienes tuvimos la oportunidad de crecer en casa más o menos grande. Por lo menos, lo suficientemente grande para tener misterio (s) propio. Preguntas cuya respuesta aún ignoramos y que, incluso, se replican en tiempos modernos y hogares de dimensiones mínimas.  Van 20 de mi cosecha y, como estoy seguro de que hay muchas más, los invito a dejarlas en los comentarios.

   1. ¿Qué había en ese cajón, puerta, caja grande y hasta cuarto que nunca se abría y cuyo contenido era y sigue siendo absolutamente desconocido?

    2. ¿Qué fue en sus comienzos el trapo de la cocina, antes de convertirse en ese pedazo de tela multiusos, siempre húmedo con algún rezago visual de un pasado más digno?

    3. ¿Por qué sin importar lo moderna que fuera la cocina de gas y las veces que se renovara, siempre se seguía encendiendo con el mismo viejo mechero?

    4. ¿Por qué la casa tenía un comedor si siempre comíamos en la cocina?

    5. ¿Cuáles eran las emergencias que se supone deberían atenderse en el baño de emergencia?

    6. ¿Quién era San Alejo y por qué tenía un cuarto propio lleno de cosas inútiles o de adornos que solo se utilizaban en el fin de año?

    7. ¿De dónde salió esa bicicleta estática, caminadora u otro aparato para gimnasia que nadie utilizaba?

    8. ¿Cuál era el origen de esa extraño y oxidada estructura metálica que había en la terraza o en un rincón del patio?

    9. Y hablando de patios, ¿de dónde salió esa flor o vegetal que nadie sembró?

    10. Si existía más de una puerta de acceso. ¿cuál era el criterio para establecer cuál era la de uso permanente, la que solo se abría en ocasiones especiales y la que nunca se utilizaba?

    11. ¿Qué explicación tenía ese infaltable rincón a medio construir, a medio pintar, a medio resanar, a medio arreglar que nunca finiquitaron?

    12. ¿Qué justificaba el hecho de que, no importaba la disponibilidad de espacio, siempre había que guardar algo debajo de las camas?

    13. ¿Quién o quiénes eran los de esa vieja foto colgada en algún corredor que un día desapareció misteriosamente?

    14. ¿Porqué existía un mueble estilo vitrina lleno de utensilios útiles (vasos, platos, cubiertos, jarras) que permanecía bajo llave y cuyo contenido nunca se usaba?

    15.  ¿Cual era la historia de la mancha oculta detrás del cuadro con la foto de los abuelos?

    16. ¿Qué principio físico o acústico generaba la extraña filtración de sonidos de las casas vecinas, con la curiosa sensación de que la fuente del ruido estaba en la nuestra?

    17. ¿Si nacimos y crecimos ahí, por qué tanto miedo (no solo nuestro sino de los adultos) a quedarnos solos en esa casa por primera vez? 

    18.  ¿Porque los pasitos atribuidos a ratas y ratones se escuchaban encima de nosotros, si esos bichos no vuelan?

    19. ¿Por qué cuando la vida nos da la oportunidad de volver a la casa de la infancia después de mucho tiempo, la primera impresión siempre es que todo solía ser más grande?

    20. ¿Dónde terminó ese mueble, objeto, instrumento o similares que toda la familia recuerda, pero cuyo destino nadie conoce? 

miércoles, 18 de junio de 2025

Papá caña

A propósito del Día del Padre,  retomamos un texto del siglo pasado sobre esas historias con las que los papas de turno entretienen a su prole. Incluye ciertas referencias que requieren edad mínima para ser entendidas, por lo que incluimos un novedoso y patentable recurso: el “Equivalente Para Las Nuevas Generaciones”, identificado con la sigla EPLNG, cuando aplica.  

En algún momento de la vida, el héroe oficial de nuestra existencia es ese señor que ostenta el titulo de papá. En la situación influye —además de su porte y su habilidad para sacar dulces del bolsillo del saco—  algunas historias que nos ha contado sobre relaciones con personajes importantes, aventuras dignas de un héroe de Nintendo (EPLNG: Marvel) o viajes maravillosos a tierras lejanas.

Lo cierto es que un día crecemos, y como quien no quiere la cosa, empezamos a repasar mentalmente los cuentos del progenitor. Y ahí aparecen las incoherencias de fecha, lugar y tiempo. ¿Cómo pudo jugar en el mismo equipo con Willington Ortiz y Oscar Córdoba (EPLNG: el Pibe Valderrama y David Ospina) en una final del Mundial?

Ahí descubrimos la triste realidad. El tipo no mintió, aunque sí exageró "un poquito". Por ejemplo:

Historia: Una vez, estuve en un concierto con Fruko y sus Tesos (EPLNG: Daddy Yankee o Don Omar), hicieron un concurso de salsa (EPLNG: reguetón)  y gane el primer lugar con el paso del espagueti.

Realidad: Una vez hicieron un concurso para ver quien era el más teso para comer espagueti con salsa. Papá no ganó, pero pasó una noche en medio del desconcierto.

Historia: Tuvimos una pelea de jóvenes, éramos 5 contra 20. pero los sacamos corriendo a los 18 minutos.   

Realidad: Ibamos a pelear seis contra cinco pero ellos, de lo grandes, parecían 20. Salimos corriendo y nos persiguieron 18 cuadras.

Historia: En la final del campeonato intercolegiado, anoté en el último minuto el gol que nos hizo campeones. 

Realidad: En un partido con otro colegio, lesioné en el ultimo minuto al arquero rival y luego ganamos por penaltis.

Historia: Cuando viajé a los Estados Unidos, mi compañero de silla fue Silvester Stallone, (EPLNG: Jason Statham) quien había viajado de incógnito a Colombia.

Realidad: Cuando conseguí un puesto de cargamaletas en el aeropuerto, vi a lo lejos un tipo idéntico a Silvester Stallone, pero hablaba como boyacense y era negro.

Historia: Una vez tuve que atravesar el río Magdalena nadando en medio de una tormenta.

Realidad: Una vez me caí a la quebrada la Magdalena y me sacaron con chinchorro.

Historia: No me casé con Amparo Grisales, (EPLNG: Amparo Grisales) cuando a ella no la conocía nadie, porque era en ese tiempo una vieja maluca. Por eso preferí a su mama (la suya mijo, no la de Amparo Grisales).

Realidad: No me casé con Amparo Grisales —la dueña de la tienda de la esquina y homónima de la famosa actriz— porque, es, fue y seguirá siendo una vieja maluca; y su mamá es mucho mejor en todo sentido.

Historia: Cuando Julio Iglesias, el cantante español, (EPLNG: Enrique Iglesias)  vino a Colombia, me habló como se le habla a una amigo de confianza, y me dio recomendaciones para evitar problemas con mi vida.

Realidad: Cuando Julio Iglesias, el cantante español, vino a Colombia, le lanzó un grito a un bobo (yo) parado en medio de la calle. "¡Quitaos de ahí imbécil, no veis que os vamos a atropellar!"

miércoles, 15 de enero de 2025

Especies en temporada


Los biólogos y demás investigadores del comportamiento animal están altamente ocupados por estos días. Es la época única de avistamiento para ciertas especies. Se trata de algunos vertebrados, clase mamíferos, del orden de los primates, familia homínidos y género homo sapiens. Va una lista.

Deportistus afiebratus. Se encuentra en gimnasios, parques, clubes y otros espacios dedicados a la actividad física. Es reconocible por su atuendo deportivo, completamente nuevo. Si el uso de las instalaciones demanda algún pago, él o ella abonó entre seis meses y año completo. Durante una o dos semanas se le verá ensayando todas las máquinas, escuchando atentamente al instructor y sudando copiosamente mientras se seca con su toalla (nueva) de microfibra absorbente. Un día desaparecerá. Para siempre. La única evidencia de su existencia será la toalla, abandonada en algún casillero.

Ecologicus transportus. Se le detecta por el comportamiento delator en el transporte público. Se nota su carácter de usuario infrecuente, o de personaje que en su vida se había subido a un cacharro de esos. Otra subespecie usa un variado atuendo, para movilizarse en la recién adquirida patineta o bicicleta eléctrica, con la cual invade indistinta y peligrosamente andenes, ciclorrutas y calzadas. Una categoría adicional son nuevos usuarios de bicicletas tradicionales, muy parecidos al Deportistus afiebratus. 

El elemento común está en la relación con los carros particulares. Por cierto, hay uno guardado en casa del personaje. Primero es la superioridad moral de quien mira a los automotores como malvados contaminadores y agentes del cambio climático. Luego viene un reconocimiento de que así sean a gasolina, eléctricos o híbridos, tienen algunas ventajas. La tercera fase incluye cierta nostalgia combinada con envidia ante quienes lo sobrepasan al volante de sus carros. Hasta ese día cuando el conductor vuelve a la silla delantera de la izquierda porque, retomando un antiguo lema publicitario, la envidia es mejor despertarla que sentirla.

Alimentatus sanus est. Aparecen en zonas de los supermercados donde nunca habían estado. También en negocios especializados o centros de distribución de comida con cero o mínimo procesamiento, léase plazas de mercado. Empiezan con un no gracias a ofertas típicas, es decir a la empanadita, al buñuelito, al pastelito o al rosconcito. 

En casa erradican los huevos fritos del desayuno en beneficio de la fruta; los alimentos fritos metamorfosean a versiones cocinadas en agua o al vapor; el postre se vuelve fruta; la papa, la yuca, el arroz, el plátano y demás carbohidratos dan paso a variaciones de paisaje como repollo, lechuga, zanahoria, rábano y más fruta. 

Comparten espacios de alimentación, así que empiezan por robar bocados, cada vez más grandes, a la pareja, a los hijos o a los colegas de oficina. Pero llega el momento de la rebelión hogareña cuando le empiezan a servir lo mismo que a los demás, mientras el compañero (a) de trabajo con sobredosis de honestidad toma la vocería del grupo y le dice “no moleste más y pida un almuerzo normal”.  

Varius. Otras especies visibles solo en enero son el No fumus más en serius reconocible por su evidente tensión nerviosa y consumo desaforado de paliativos (chicles de nicotina, dulces corrientes, chocolatinas individuales y uñas); el Ahora si lo leus que carga todo el mes algún voluminoso y viejo ejemplar de ese ladrillo de la literatura universal (100 años de Soledad, Ulises, etc.) el cual permanecerá cerrado mientras el sujeto (a) chatea o mira videos; y el Speak englishum u otrum quien se documenta detalladamente de alternativas académico-lingüísticas condenadas al olvido en alguna carpeta real o virtual.

Y por supuesto, el más efímero pero a la vez abundante de todos, que aparece pasada la medianoche del 31 de diciembre pero es prácticamente imposible de visualizar a partir del 2 de enero. El Hoc anno sic.

En español traduce Este año sí.

miércoles, 30 de octubre de 2024

Pero si apenas es un pinchazo

Prota le tiene terror a las inyecciones. Pero siendo un adulto cuasi mayor criado con eso de que los hombres deben ser machos, disimula cuando hay jeringas a punto de perforarlo. Mira para otro lado. Actúa (como el actor más consumado) con indiferencia. Hace chistes. Ahoga el grito en el momento del pinchazo. Al final acomoda la ropa y respira profundo con el fin de controlar la taquicardia y normalizar la presión arterial.

Prota es como Protagonista pero en corto, recurso lingüístico usado por comentaristas de cine y series en páginas web y redes sociales. El tipo no tiene nada que ver con ese mundo, pero el nombre pareció una buena forma de garantizar el anonimato del protagonista real. Ese que hoy es cobarde pero finge valor. No siempre fue así. De niño también era cobarde, aunque no hacía el más mínimo esfuerzo por ocultarlo. Cada intravenosa o intramuscular implicaba complicaciones, traumas, luchas… para los encargados de aplicarla. 

Es justo reconocer que las circunstancias eran malas tirando a peor. Prota sufrió alguna enfermedad infantil que demandó una tanda, bastante larga, de inyecciones. Ya no sabe si eran diarias, día por medio, semanales o quincenales. Pero más allá de su periodicidad, las recuerda como una tortura. No solo por los pinchazos, sino por todo el ritual. En esos tiempos no había jeringas desechables. Fabricadas en vidrio, se reutilizaban. Para esterilizarlas adecuadamente se hervían, junto con las agujas. Y no pregunten cómo, pero existía un olor a jeringa hirviendo que se extendía a lo largo y ancho de la casa. 

Cuando Prota lo sentía, comenzaba la película. Debajo de la cama, la mesa o la escalera; en el clóset; detrás de las persianas; en algún rincón del patio. La vieja casa abundaba en recovecos donde Prota intentó, escondido, esquivar su destino. Inevitablemente —aunque a veces les tomaba su tiempo— lo encontraban. Los buscadores aplicaban técnicas varias para el siguiente paso.  Las civilizadas incluían convencer con argumentos, palabras suaves o algún chantaje, generalmente dulce. Las tradicionales abarcaban arrastrar al sujeto de una oreja, del cabello o alzado hasta el cuarto habilitado para inyectología a domicilio.

Prota a veces llegaba relativamente tranquilo al chuzadero. Esto cambiaba radicalmente al comenzar la segunda parte del ritual. Las inyecciones venían en polvo. Debían disolverse en líquido justo antes de la aplicación. El niño lo veía todo. Esa jeringa enorme con agua destilada, la cual se inyectaba en un vial de vidrio a través de la tapa de caucho. El recipiente sacudiéndose hasta disolver el contenido. La misma jeringa, con otra aguja, llenándose a su capacidad tope con ese menjurje cuyo destino final iba a ser la humanidad del pequeño testigo. Si llevarlo a la habitación había sido complicado, mantenerlo ahí tras presenciar en vivo y en directo toda la preparación demandaba tremendo operativo.

La primera vez estaban solo mamá y el señor de la droguería (inyectología a domicilio, entre otros servicios). La segunda tocó reforzar con cualquier familiar disponible. A la tercera el inyectólogo llevaba ayudante. De la cuarta en adelante el vecino desocupado, el celador, el novio de la hermana mayor (interesado en ganar puntos con la suegra), la hermana mayor y cualquier otro pariente o amigo a la mano se unieron al equipo para atrapar, sujetar y tratar —infructuosamente— de calmar a Prota, durante pocos segundos —que a todos les parecían horas—, mientras aplicaban el medicamento.

El tratamiento surtió efecto y las inyecciones se cancelaron. Años después fueron necesarios más pinchazos por otras razones. El ya adolescente Prota cerraba los ojos, sudaba frío, temblaba pero se dejaba aplicar el respectivo remedio, o tomar la muestra de sangre. Con el pasó del tiempo perfeccionó el camuflaje de valor que oculta su cobardía inyectológica. También perfeccionó la sonrisa irónica que dibuja en su rostro cada vez que el torturador del momento pone cara de condescendencia y suelta la impajaritable frase: “Tranquilo, es solo un pinchazo y ya”. 

miércoles, 11 de septiembre de 2024

Brecha generacional en vivo y en directo

El señor Salgado no estaba invitado. Tenía un asunto pendiente con la progenitora de la dueña de casa y se habían puesto cita allí por aquello de la equidistancia. Se encontró con un grupo que conversaba sobre la tecnología de moda, la inteligencia artificial, y sus aplicaciones.  El diálogo se movía entre la sorpresa y el asombro, ante las casi infinitas posibilidades reflejadas en cada ejemplo aportado por los asistentes.

El viejo conocido de mamá asumió rol de oyente. Lo de viejo era literal, porque la totalidad de los presentes (anfitriona incluida) ni siquiera había nacido cuando Salgado tuvo una edad similar. Tampoco estaba interesado en participar. Solo debía esperar a la madre, cuadrar su negocio y retirarse discretamente.

Pero un asistente, por mera cortesía, le lanzó una pregunta. Lo malo fue que a Salgado —en vez de seguir en plan de oyente— se le ocurrió echar un discurso sobre como la capacidad de asombro se había ido perdiendo ante la constante innovación tecnológica. Recordó un ejemplo, el compartimiento de los casetes en las radiograbadoras. Se abría mediante un botón que liberaba la tapa como quien suelta un resorte, rápido y de golpe. Hasta que alguien desarrolló una tecnología que ralentizó la apertura. Eso sorprendió a… 

— ¿Radiograbadora? ¿Qué es eso?

Entonces el señor Salgado explicó que antes la música, los deportes y las noticias no se escuchaban en el celular sino en la radio y en artefactos como casetes, y que existieron unos electrodomésticos que, aunque grandes eran portátiles y que prestaban simultáneamente el servicio de receptor de radio y grabadora…

— ¿Qué es un casete?

Entonces el señor Salgado explicó que antes de los servicios de streaming y los formatos tipo mp3 y los CD el formato portátil de música venía en cajas pequeñas con cintas que uno también podía grabar….

— Mi abuela tiene un aparato para ver películas que usa casetes. 

Entonces el señor Salgado explicó que aunque eran el mismo mecanismo esos eran videocasetes. Los casetes eran solo para sonido y además no había que conectar las grabadoras al televisor….

— Cómo así que conectar al televisor.

Entonces el señor Salgado explicó que no había wifi, ni bluetooth, ni ninguna tecnología inalámbrica… Bueno, tal vez sí pero apenas servía para controles remotos, pero para llevar la imagen y el sonido del betamax al televisor tocaba conectar unos cables…. 

— ¿Qué es un betamax?.

Entonces el señor Salgado explicó que era un aparato que hacía lo mismo que un VHS pero por alguna razón la gente prefirió el VHS pero que eso no era lo importante sino el asombro generado entre los usuarios de la época cuando modificaron los compartimientos para insertar casetes en las radiograbadoras de manera que en vez de abrir rápido abrieran despacio...

— ¿Qué es un VHS ? 

Entonces el señor Salgado agradeció, desde lo más hondo de su alma, la llegada providencial de la madre de la dueña de casa, lo que le permitió escapar del laberinto generacional en el que él mismo se había metido.

miércoles, 4 de septiembre de 2024

Mediodía en la banca

Pardo ya tiene sus años. Alguna vez, siendo niño, acompañó a su padre al banco. Los atendió un tipo de saco y corbata que nunca sonrió. El entonces “Pardito”, intrigado por una oficina cerrada, al fondo, sin ventanas, con una guardia pretoriana de dos secretarias y sendos escritorios gigantescos, preguntó qué era eso.

—La oficina del doctor Urrutia Sierra, nuestro gerente. Allí solo entran los más importantes.

Ya en tiempos modernos, Pardo debe hacer una vuelta de banco en modalidad presencial. Se anota en la maquinita, recibe el papelito numerado y espera hasta que lo llama la simpática y sonriente ejecutiva comercial. Durante la diligencia, la funcionaria menciona unas cuantas veces a un tal Pacho, encargado de ciertas tareas necesarias para llevar a feliz término el trámite. Es evidente que se trata de alguien de absoluta confianza y disponibilidad cuasi permanente, aunque en ese momento no está en la oficina. Al ser horario de almuerzo, Pardo piensa que el funcionario se encuentra en su turno de alimentación.

Parte de la diligencia requiere confirmación en línea desde la principal. Hecha la solicitud —vía intranet, por supuesto— el procedimiento entra en una especie de punto muerto mientras llega la respuesta. Justo en ese momento suena el teléfono y la ejecutiva, después de responder, pide permiso para atender la consulta respectiva. Por razones obvias el cliente solo escucha una parte de la conversación. Es algo como esto.

(Habla quien llama).
—Si señor. Ya recibimos todos los documentos y se los pasé a Pacho para que haga la revisión.
(Habla quien llama).
—Yo no le podría dar un término exacto pero apenas lo vea le pregunto y le cuento.
(Habla quien llama).
—Usted ya sabe que con Pacho, desde que los requisitos estén completos eso es rápido. Y por lo que yo vi no tendría por qué haber problemas.
(Habla quien llama).
(Risas) Sí, Pacho es así. (Risas de nuevo).
(Habla quien llama).
—Espere pregunto, si quiere llámeme en 30 minutos. Es que estoy atendiendo otro cliente por acá.
(Habla quien llama).

La ejecutiva revisa de nuevo su computador pero la respuesta de la central aún no ha llegado. Entonces le consulta a la vigilante si Pacho salió hace mucho.

—No doctora, pero Pacho no se demora almorzando. De repente la doctora Patricia sabe algo.

La ejecutiva pide permiso y se dirige hacia el cubículo marcado como Jefe de Servicios, donde una elegante mujer, presumiblemente la doctora Patricia, conversa con ella durante varios minutos. Regresa. Las noticias son excelentes. Ya hay respuesta de la principal. La jefe (así la llama) también dio su visto bueno y solo falta que los documentos pasen por Pacho para que el procedimiento culmine exitosamente. 

Por pura curiosidad, Pardo pregunta. La respuesta, además de informar, le recuerda que los años no pasan gratis, y que ciertas cosas han cambiado bastante.

—Muchas gracias señorita. Una inquietud, ¿quién es ese Pacho?
—¿Ese Pacho?... el gerente de la sucursal.

miércoles, 3 de julio de 2024

Música animada en blanco y negro


Nota de la Redacción 

Esta Amilcarada viene con videos. Muchos videos. Pero no se enrede. Léala completa, disfrútela y si después quiere ver lo que leyó conéctese, haciendo clic acá ,a la playlist que creamos en Youtube. Algunos de los videos están a color y en inglés o japonés,  pero en la época evocada los veíamos en blanco y negro y todos tenían su versión en español.

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Una anécdota rápida que, supongo, nos pasa a todos (y si no, el loco soy yo). Tenemos canciones grabadas en lugares recónditos del cerebro. Periódicamente, algún estímulo las trae y activamos el archivo musical que llevamos en la pensadora. En ocasiones apenas recordamos (o creemos recordar) notas sueltas y parte de la letra. De lo que no tenemos idea es...  ¿dónde escuchamos eso por primera vez?

Pasó con la introducción musical de El hombre de acero. Ojo, no es Supermán. Tampoco es Ironman. Este man era un robot gigante manejado por un niño mediante un control remoto con joystick, antes de que existieran los joystick. Como buena serie japonesa, al traducirla en cada país le ponían un nombre distinto. El asunto es que un día, navegando por Youtube me encontré la presentación del programa. 

Retomo el comentario que hice en el video respectivo, 15 años atrás: “Se los juro, hace por lo menos 40 años que oí esta música por última vez, pero se me había quedado en el subconsciente. Hasta hoy me acuerdo de qué era. Esto sí que es un viaje al pasado”.

Hablando de tiempos pretéritos, la semana pasada hablamos de la parte técnica que antecedía a Mr Magoo. Pero el viejo cegatón no estaba solo en los dibujos animados de los años 60. El país del sol naciente nos envió unos cuantos animes, aunque nadie sabía que se llamaban así. Recuerdo otro. El Agente S-5, cuya arma letal era un mazo de cartas (en serio). Su banda sonora alquiló cuarto permanente en mi cerebro con ese tema que comenzaba;  “Todos los criminales / contra él luchan / pues todos quieren su total destrucción” y terminaba “…por la justicia, siempre lucha/ el agente S 5”.

Cualquier contemporáneo que haya leído el párrafo anterior le puso música a las últimas líneas. En ese revoltijo mental que se cocina en la cabeza del personal a medida que pasan los años, podemos olvidar personajes, tramas y aventuras de los telehéroes de la infancia. Pero como las canciones iniciales  siempre eran la mismas, esas sí quedaron en el disco duro. Aquí continúa un recorrido rápido,  desordenado y caótico  por intros de los programas animados que marcaron la infancia de este sujeto. 

Sigamos con los superhéroes de la época. Había un Super Ratón. Era como Supermán, pero en ratón. Vivía en la Luna (no es que fuera despistado, es que su residencia quedaba en el satélite), se enfrentaba a villanos que normalmente pertenecían al gremio de los gatos y tuvo historieta propia.

Otro personaje era el Cabazorro. De este no encontramos música pero clasifica porque su arma era una guitarra. Tenía una particularidad lingüística. En su doblaje al español hablaba como gringo. Lo mismo su identidad secreta: Tiroloco McGraw. ¿Cómo sonaba en inglés? Ni idea.

Si estamos en  recuerdos musicales, ni modo de ignorar a un niño sin poderes pero con tremenda banda sonora y muchas aventuras: Jonny Quest. Ni a una primera versión animada de Hércules (nada que ver con lo que hizo Disney años después) de la que evocamos al tenor inspirado que le ponía música al asunto.

Para terminar, los clásicos que incluso hoy en día todavía andan por ahí. Las nuevas generaciones los identifican como Looney Tunes. Nosotros los relacionábamos con dos canciones: la intro del Show de Bugs Bunny en dueto con el pato Lucas.  Y la que personalmente es mi favorita: el ave más rápida del universo: El Correcaminos y ese eterno perdedor al que todos terminamos cogiéndole cariño por física solidaridad: el Coyote. Por cierto, la serie tenía tanto introducción  como despedida musical . 

Supongo que a medida que avanzaban en la lectura, cada uno fue ampliando la lista con sus propios recuerdos. Los invito a incluirlos en los comentarios. Y para terminar, acudo de nuevo a Super Ratón. No es música, pero sí una recomendación bastante saludable con la que siempre cerraba el programa.  


miércoles, 22 de mayo de 2024

Herencia


Tengo una teoría. Lo que nos hacía reír cuando éramos niños, nos parecía ridículo durante nuestra adolescencia, nos avergonzó públicamente en nuestra juventud y permaneció olvidado en la primera fase de nuestra madurez forma parte de lo que somos ahora... o de lo que seremos en algún tiempo.

Obviamente, hablo de las mañas paternales, heredadas de algún abuelo, que las heredó del bisabuelo y así sucesivamente hasta algún chibcha o chapetón de milenios pasados que también tenía la costumbre de rascarse detrás de la oreja mientras conversaba.

Y es que en materia de herencias, uno puede perder la casa, el carro y los muebles, pero nunca dejará de recibir las mañas. Por eso es que discutimos de una manera terca y atravesada con el terco y atravesado de papá; y nos divierte la manía de mamá de reutilizar el papel de regalo, aunque en la casa tenemos una caja alimentada por envoltorios de las pasadas cuatro navidades.

A continuación una lista, claro que incompleta, de comportamientos que vimos, rechazamos, olvidamos, y, sin darnos cuenta, incluimos en nuestro diario vivir, muchas veces adaptados a los tiempos modernos.

1. Sorber la sopa o soplar la cuchara cuando está muy caliente para nuestro paladar.

2. Regañar en la mesa a quienes sorben la sopa o asumen cualquier comportamiento similar que tuvimos, tenemos o —ténganlo por seguro—, tendremos.

3. Hablar mientras se ven programas de televisión en familia, actividad que, si bien se ha reducido por cuenta de las pantallas individuales, al mismo tiempo se ha ampliado con opciones como tvcable, video doméstico,  streaming y las diversas y creativas formas de piratear señales o contenidos.

4. Salir a hacer compras cerca de la casa en pantuflas. Versión moderna: en esas piyamas que no se parecen a las piyamas pero después de un sesudo análisis no permiten conclusión diferente a “eso tiene que ser una piyama”.

5. Sacar la lengua mientras escribe a mano. Y sí, la gente hoy casi no escribe a mano, pero chatea todo el tiempo… y saca la lengua.

6. Pasar el pan por el plato para aprovechar los últimos residuos de la grasita del alimento respectivo, de la salsa o del sudado.

7. Hablarle a los bebés en media lengua con frases que el pequeño receptor ni entiende, ni  le importan. Claro que tampoco las iba a entender si se pronunciaran con una dicción perfecta.

8. Sobarse la barriga porque está doliendo, porque acabamos de almorzar, porque vamos a consumir alguna golosina, porque estamos preocupados o porque sí.

9. Guardar las bolsas plásticas usadas, una medida altamente ecológica que aplicaban nuestros ancestros con fines meramente económicos antes de que existiera la ecología. Lo que ahora es para salvar el planeta, en otros tiempos era para ayudar al bolsillo. 

10. Darse la bendición cuando relampaguea o truena, independientemente de nuestra condición de agnósticos, librepensadores, ateos o teosóficos.

11. Comerse los sobrados de otros en la mesa familiar.

12. Usar palillo de dientes (exactamente para aquello que corresponde a su nombre) y guardarlo en un bolsillo al terminar la faena. 

13. Hablar con alguien sin mirarlo. Y sí, eso también pasaba antes de que existieran los teléfonos inteligentes, lo cual demuestra que para ser descortés no se necesita tecnología. 

14. Apagar luces y desconectar aparatos eléctricos. En otros tiempos la motivación era el ahorro de energía. Hoy es lo mismo con argumento ambiental. Curiosamente, en ambos casos es una manía que se desarrolla cuando el heredero empieza a pagar la factura de la luz.

Para terminar, o comenzar, se agradecen los aportes para ampliar la lista en los comentarios.  

miércoles, 10 de abril de 2024

No me vuelvan a invitar

Fue una de esas rabietas de adolescente que arman tragedia donde, objetivamente, no pasó nada importante. Invitado a los 15 años de su mejor amiga del colegio, Rubén no pudo bailar con ella porque ambos se embolataron. La joven, en su papel de protagonista de la fiesta,  mientras él se divertía con los amigos, aprovechando el trago y la comida gratis.

No se supo en que momento el asunto se volvió trascendente. Ya ni siquiera se acordaba si fue él o ella quien hizo el reclamo en son de broma y por cual razón lo que era un chiste se volvió serio. Pero el tema  escaló —debidamente sazonado por amigos y amigas de ambos lados— hasta que la versión oficial era que ella lo había despreciado esa noche, que fue el único con el que no quiso bailar. Así que Rubén se hizo el digno y dejó de hablarle por un tiempo.

El tiempo se extendió un poco por un pequeño detalle. Ambos cambiaron de colegio, se desconectaron, dejaron de verse y nunca hubo oportunidad de aclarar el malentendido. Bueno, sí la hubo. 30 años después, gracias a las redes sociales, alguien organizó un reencuentro y los ex jóvenes (cada uno con tres décadas adicionales de experiencia, vida y familia) volvieron a verse la cara.

En la avalancha de saludos hubo un momento en que Rubén y la antigua amiga simplemente quedaron frente a frente, hablaron un rato de generalidades y luego fueron absorbidos por el grupo. Sin embargo, el tipo tuvo una sensación parecida a quien ha tenido que hacer una largo recorrido con una espina en el pie y finalmente logra extraerla. Un pendiente menos. La exquinceañera cuasicincuentona, por su parte, no dio ninguna señal de recordar o valorar el incidente, lo que contribuyó al cierre definitivo del mismo.

El reencuentro no solo fue exitoso, sino que terminó creando una comunidad de excompañeros basada, por supuesto, en un grupo de whatsapp. Allí, entre los intercambios de fotos, memes, una que otra cadena medio mística y comentarios variopintos periódicamente se convocaba a otras reuniones, o se publicaban imágenes de actividades en grupos pequeños.

Un día, las fotos compartidas mostraron un ambiente inusualmente elegante, donde la exquinceañera y su actual esposo parecían ser protagonistas, acompañados de casi todos los miembros de la comunidad y sus respectivas parejas. Rubén, en principio, fingió desinterés, pero muy interiormente se sintió ignorado y hasta menospreciado. 

Como siempre, su esposa detectó la situación y, básicamente porque él se estaba poniendo insoportable, lo invitó a que dejara de armar videos y averiguara exactamente qué había pasado.

Una conversación con un antiguo compañero le confirmó que la exquinceañera y su consorte habían renovado sus votos, evento celebrado mediante una reunión con invitaciones personalizadas. Los fantasmas del pasado comenzaron a pedir pista en la tranquilidad mental del Rubén, quien decidió llamar a la homenajeada. Ella reaccionó positivamente ante el contacto. Se le notaba la satisfacción al hablar con su viejo amigo. Hubo una conversación animada antes de llegar al tema que el hombre introdujo de manera sutil.

— Por ahí vi las fotos de su renovación de votos, felicitaciones.

Con la tranquilidad y madurez que dan 30 años de vida, haber levantado una familia, combinar la vida profesional con la maternidad y el cuidado de casa  y el sentido práctico que genera la experiencia, vino la respuesta: — Sí, eso estuvo buenísimo. Vinieron muchos compañeros. A usted no lo invité porque me acuerdo de lo que pasó la última vez que vino a una fiesta en mi casa. No quiero pasar otros 30 años de remordimiento por alguna pendejada. 

miércoles, 28 de febrero de 2024

Cumpleaños clandestino



La escena se repite diariamente. El detalle viene determinado por variables como entorno cultural, país, edad, género, estado civil y condición de salud. Puede ser en el lugar de trabajo o estudio, con invitación familiar, incluso autoorganizado. Un corito más o menos universal identifica el evento: “japy verdi tu yu…” Algunos consideran el día lo más importante del año, otros simplemente se lo gozan, existen aquellos que por lo menos disfrutan, hay quienes aceptan el homenaje con renuencia o resignación, tenemos el grupo que preferiría otro tipo de actividad... y está Barragán.

Barragán forma parte de ese segmento de la humanidad que odia los cumpleaños. Aclaración pertinente: él no tiene problema en cumplir años o revelar su edad. Simplemente detesta los rituales  (llamadas, saludos, festejos) que vienen con la fecha de marras, a la que, personalmente, no le ve ninguna importancia. 

Incluso ha racionalizado el asunto. Él cumpleañero está siendo reconocido por un hecho en el que no tiene mérito alguno. La que pujó fue la mamá; el apoyo técnico vino de doctor, doctora o comadrona; el acto previo fue de los padres, a veces respaldados por la clínica de fertilidad. Aunque una interpretación distinta del tema pasa por recuerdos poco agradables, el resultado da igual. Barragán no desea ninguna diferencia entre su onomástico y el resto del año. Lo complicado es hacerle entender eso a los demás.

El parentesco por consanguinidad es una guerra perdida, con uno que otro empate. Más o menos hasta los 30 tuvo que atender insoportables invitaciones  hasta que desarrolló un catálogo de excusas que lo mantienen alejado el día cuchi cuchi. Los mensajes de texto han sido muy útiles. Gracias a este avance, no tiene que apagar el teléfono o peor, responder llamadas cuyo diálogo incluye una felicitación que no merece, una consulta sobre actividades especiales que no existirán, y muchos, pero muchos, silencios incómodos.

En los ambientes estudiantiles la cosa fue difícil, pero finalizó al cumplir su fase académica. El problema de fondo ha sido laboral. Nunca le preguntan, pero siempre terminan “sorprendiéndolo”. El día del cumpleaños le llenan el puesto de serpentinas, bombas y letreros multicolores; lo arrastran a la sala de juntas a compartir ponqué con vino; y cuando ya la fecha pasó y se cree a salvo resulta que no, que lo metieron en combo con otros cuatro que cumplen el mismo mes y el día menos pensado el jefe lo convoca a una reunión de emergencia cuya banda sonora es el “japy verdi tu yu...”

El hombre intentó decirle a sus colegas que por favor no lo incluyeran en las celebraciones. No funcionó. Subió el tono e informó que a él eso no le gustaba. Tampoco sirvió. Alguna vez incluso los dejó plantados y dos días después lo emboscaron a la hora de almuerzo. 

Al comenzar en otra empresa, cuatro meses antes del día de marras, fue directamente donde su jefe directo y le pidió que mantuviera el dato en reserva. Detectó a la eterna organizadora y se aseguró de que no tuviera la información. Era un contrato a término fijo con pocas opciones de renovación, así que pensó que, por lo menos ese año, iba a pasar invicto. Pero no fue así. El día que sabemos todos sabían. Llovieron felicitaciones personales, por teléfono, por correo electrónico y hubo impajaritable ponqué vespertino. 

No les he contado, por cierto, que Barragán es ingeniero de sistemas y diseñador, y que uno de los objetos de su contrato era crear una interfaz que le permitiera a las diferentes dependencias de la organización incluir información de interés en el newsletter interno, que llegaba diariamente vía correo electrónico .

Por ejemplo, talento humano lo aprovechó para generar una felicitación automática desde la base de datos de fecha de nacimiento de los colaboradores activos. La primera prueba fue el día que nació Barragán.

miércoles, 6 de diciembre de 2023

Los amores crepusculares no se peinan


A través de la vida Laura ha afrontado diversos desafíos profesionales, todos superados. En temas más personales tuvo un par de relaciones estables que luego de algunos años culminaron en buenos términos. Esa faceta de su vida pasó a un segundo plano, opacada por su carrera.

El tiempo pasó, las metas se lograron y llegó el momento de tomarse la vida con calma y dedicar los recursos acumulados a conocer el mundo. Parientes cercanos y amigos, desafortunadamente, todavía no estaban en capacidad de darse esos lujos. Laura quería viajar, pero no sola. Así que decidió buscar en sus redes sociales antiguas conocidas que podían clasificar como compañeras de aventuras.

Encontró,  como era de esperarse, un poco de todo. Una tendencia curiosa y tal vez más abundante de lo esperado fue la segunda (tercera, cuarta, etc) oportunidad o el romance crepuscular. Mujeres que al superar el cuarto o quinto piso conocieron un sujeto del mismo rango de edad o superior, una especie de galán otoñal, formalizaron  una relación (de unión libre para arriba) y se dedicaron a compartir vida.

Múltiples imágenes publicadas en redes sociales evidenciaban el éxito de la experiencia sentimental tardía. Actividades en pareja o familiares,  viajes nacionales e internacionales, incluso ceremonias matrimoniales religiosas o civiles. También evidenciaban un detalle, —menor, si se quiere— pero curiosamente reiterativo.  Los tipos siempre, en diferentes grados eran, o estaban en camino de ser, calvos. 

Los sujetos podían ser atléticos, gordos, altos, bajitos, nacionales o globalizados. Los había con pinta de gringos o rasgos de galán de novela turca, así como aquellos que parecían recién salidos del aguinaldo boyacense o de una parranda vallenata. Pero más allá de orígenes y aspectos,  de las patillas para arriba el asunto se despejaba. A estos no se les podía regalar champú. O sí se podía, pero esa platica se perdió.

Las testas respectivas terminaban en diversos grados de peladez. Brillante, estilo bosque deforestado, con complejos tejidos que fracasaban en su intento de disimilar la migración capilar. Desde alopecia natural hasta aquella apoyada por el trabajo de algún peluquero, cuando el propietario de la coronilla respectiva se resigna a perder la batalla, coronaban a los compañeros de las antiguas conocidas.

Sin entrar en detalles, hay que decir que el destino le atravesó a Laura un potencial compañero. Este, por cierto, era el propietario de una perfecta cabellera. La relación se fortaleció con las ventajas que dan la edad, la experiencia y la solvencia económica de las dos partes. Y el pelo del tipo seguía siendo perfecto.

Demasiado perfecto. Pasaban las semanas y la parte superior de la cabeza se veía exactamente igual. Como si no creciera, no encanara, ni fuera necesario cortarla de vez en cuando. El peinado siempre era el mismo. Cada cabello ubicado en sitio fijo, sin ningún efecto visible de elementos naturales  como viento o lluvia.

La curiosidad pudo más y un día Laura cruzó, vía internet, la imagen del sujeto con imágenes de pelucas y peluquines. Encontró cierto parecido, casi una coincidencia absoluta, entre la cabellera del sujeto y el producto de un catálogo en línea.

Encarado el hombre, no le quedó más remedio que aceptar su condición de usuario de prótesis capilares.  Pero la historia no terminó ahí. Para demostrar la sinceridad de su interés, él realizó un acto inusualmente romántico en el restaurante lleno de gente donde se habían reunido.

Sí, se quitó la peluca. 

Epílogo: Dicen que la edad no tiene nada que ver con el amor.

Y los hechos demuestran que, en ciertos casos, el cabello tampoco. 

miércoles, 26 de julio de 2023

La noche que el cucho escucha




El singular y un poco tacaño diseño de los apartamentos modernos se refleja en paredes delgadas que permiten —o mejor, obligan— a escuchar conversaciones ajenas o compartir aromas con los vecinos. Así le consta al señor Ariza, como tuvimos la oportunidad de comentar aquí hace unos años. De un tiempo para acá, el factor edad le ha agregado un nuevo elemento a los códigos sonoros y aromáticos. Extrañas —por no decir inexplicables— costumbres nocturnas.

Explicamos. Ariza se puso viejo, por lo que duerme menos y se despierta más fácilmente ante estímulos externos. Esa condición le ha permitido detectar curiosos hábitos de los vecinos de arriba. Redecorar moviendo muebles (o mejor, arrastrándolos) después de la medianoche. Caminatas nocturnas con el pastor alemán, el yorkie y el perro criollo colombiano sin salir del apartamento, también en medio de la noche. ¿Qué cómo lo sabe? Fácil, los sonidos que se escuchan desde el falso techo de su apartamento —el de Ariza— que empalma directamente con el piso de la vivienda superior.

Si los de arriba tienen extrañas formas de lidiar con el insomnio, los del lado son igualmente exóticos. Más o menos a las 11 (sí, p.m.) comienza una conversación en tono grandilocuente. Nunca se entiende lo que dicen, pero suena como algo muy importante.  Ariza no ha logrado captar el contenido pero la forma lo lleva a tres hipótesis. O es algún formato audiovisual (streaming, televisión, podcast, radio) o los vecinos se ponen en modo discurso en vísperas de medianoche, o es un caso crónico de esa parasomnia denominada somniloquia. Estos nombres rebuscados para el acto de hablar dormido nuestro protagonista los encontró en internet, mientras el monólogo o diálogo al otro lado de la pared acompañaban su involuntario desvelo.

Desde otros muros o ventanas se captan algunos clásicos. El aprendiz de músico con su repetición interminable de acordes de algún instrumento o ejercicios vocales, muy meritorio como crecimiento personal, pero insoportables como rutina nocturna. Cierta combinación de movimientos de cama y sonidos poco inteligibles de origen humano cuya interpretación dejo a la imaginación del lector. La música a todo volumen que, por lo menos, tiene la lógica del rumbero irresponsable con cero empatía ante sus vecinos. El bebé recién nacido que reclama atención de sus padres —y de los vecinos— haciendo gala de su capacidad pulmonar. Ruidos relativamente normales, pero ampliados por el silencio de la noche.

Los acompañan otros no tan esperados. El ruuu, chac, ruuuu, chac de alguna lavadora que, supone Ariza, solo está disponible para el usuario de turno de las 10 (sí, p.m.) en adelante. El inaplazable martillazo o taladrazo —muy esporádico, pero se da— correspondiente a algún arreglo locativo que por razones desconocidas debió hacerse en la madrugada del fin de semana. La máquina indefinida de alguna industria igualmente misteriosa ubicada ilegalmente en sector residencial. El inconfundible sonido del sanitario descargándose, acto bastante privado durante el día, pero cuyo audio atraviesa puertas y paredes después de la medianoche. Y el suave murmullo acompañado de golpes ligeros como si alguien estuviera barriendo el piso, sacudiendo y limpiando objetos... ¿a las 3 de la mañana?

Son hábitos tan respetables como inoportunos que pasan desapercibidos para los jóvenes y su sueño pesado, pero ya se volvieron rutina en la vida de los cuchos como Ariza. Lo despierta la conversación de los noctámbulos que pasan cerca de su ventana, el servicio de recolección de basura programado para medianoche o madrugada, o la lejana o cercana alarma del carro del sordo que se dispara a horas inoportunas. La condición auditiva del propietario del vehículo es una deducción de Ariza, que no encuentra explicación diferente al hecho de que se demoren tanto en apagar la maldita sirena.

Techos, muros y ventanas se han convertido en canales de sonidos que le roban tiempo al descanso. Ariza no se desgasta librando batallas perdidas de antemano, aunque siempre se hace la misma pregunta.

¿Esta gente a qué horas duerme?