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miércoles, 22 de octubre de 2025

El misterio de los recovecos inalcanzables

Nadie recordaba haberlo visto antes. Era un objeto pequeño, redondo, desarmable y con partes móviles. Ni papá ni mamá Rodríguez, ni sus hijos e hijas sabían qué era o para qué servía. El conductor del camión y los ayudantes del trasteo tampoco pudieron aportar información sobre la naturaleza y finalidad del artefacto. 

La familia Rodríguez conoció mejores tiempos. Sin entrar en detalles, una serie de malos negocios comprometió su patrimonio. Tanto, que debieron cambiar su casa por un apartamento moderno, o sea, de espacio mínimo.  Vender, ceder o almacenar en otro lugar la mayor parte del mobiliario parecía inevitable. 

Los Rodríguez tal vez no sean buenos negociantes, pero recursivos sí son. Asumieron el reto de explotar al máximo el área disponible. Cero desperdicio. Casi todo el menaje doméstico fue apretado, apiñado y apilado en cada punto, rincón o recoveco de la vivienda. Los “ados” más importantes fueron dos: acomodado y utilizado. Encajaron de techo a piso, como jugando tetris, sillas, mesas, camas, estanterías, armarios, electrodomésticos y demás. Dejaron apenas el espacio necesario para circular (muchas veces de lado). Aunque hubo que salir de unos cuantos objetos,  el porcentaje “salvado” superó los cálculos más pesimistas.

Después vino el ajuste de las rutinas. Caminar de izquierda a derecha y viceversa. Asegurarse de que dos personas jamás compitieran por el mismo espacio (o que por lo menos una de ellas estuviera sentada o recostada). Entrenar cuerpo y cerebro con el fin de salir automáticamente de determinados sitios cuando otro entrara. Programar horarios y actividades para minimizar las coincidencias de tiempo y lugar.

La cosa funcionó bastante bien hasta que a la hija menor se le cayó un esfero. El artefacto rebotó varias veces y fue a dar debajo de ese mueble con cajones sobre el cual había una estantería donde se guardaban implementos de cocina. El conjunto se apoyaba en una poltrona que a la vez se sostenía contra la pared.

La niña intentó agacharse a recoger su esfero. El espacio libre apenas alcanzaba para que circulara una persona de pie. Puso la silla del comedor encima de la mesa y así logró  llegar al piso… a perder el tiempo. En efecto, si bien su brazo era delgado, no cupo debajo del mueble.  Tampoco cupo un palo de escoba, un viejo plumero, un paraguas, un bastón y demás artefactos aportados por el resto de la familia que se sumó a la búsqueda. Sí cupo un pedazo de cartulina doblado, pero no sirvió de nada. Mover los muebles era imposible. Tarde en la noche se dieron por vencidos. La niña hizo su tarea con otro esfero y al otro día sacó mala nota.

El utensilio para escribir fue solo el comienzo. Historias similares pasaron con cucharas, cepillos de dientes, peinillas, afeitadoras, pinzas, joyas (de fantasía y de las otras), llaves, puntillas, pastillas, monedas y muchas cosas más con tres elementos comunes: pequeñas, resistentes a los golpes y con la disposición a rebotar. Caían al piso, iban a dar a algún recoveco inalcanzable y desaparecían del inventario familiar.

Un día hubo recursos suficientes para trastearse a un espacio más amplio. Mientras desbarataban el rompecabezas de bienes muebles los objetos perdidos resurgieron. Algunos (previa limpieza de una enorme capa de polvo) aún servían. Otros ya eran basura como restos de comida momificados o petrificados. 

Cierto grupo jamás regresó. Alguien recordaba claramente haberlos perdido pero, aunque los buscaron con lupa, nunca reaparecieron. En cambio, encontraron elementos (no muchos) que nadie en la familia reconoció haber tenido, utilizado o perdido. Todos juraron nunca haber visto ese arete, ese circuito integrado, esa moneda de país extraño o esa cosita redonda y desarmable con partes móviles de uso desconocido. 

En el anecdotario familiar, la historia quedó como el misterio de los recovecos inalcanzables.

miércoles, 2 de julio de 2025

Misterios de la casa grande

A la hora de construir lugares de residencia, cada vez optimizan más el espacio. Eso traduce en acomodar uno encima de otro apartamentos “familiares” que ocupan áreas equivalentes a la que antes se dedicaba a los baños. Para equilibrar, lo que sí crece de forma inatajable es el precio. Eso es problema de economistas, arquitectos, sociólogos, banqueros, ingenieros y maestros de obra. 

Nuestro problema es de viejos, veteranos, usados, cuchos y demás. De quienes tuvimos la oportunidad de crecer en casa más o menos grande. Por lo menos, lo suficientemente grande para tener misterio (s) propio. Preguntas cuya respuesta aún ignoramos y que, incluso, se replican en tiempos modernos y hogares de dimensiones mínimas.  Van 20 de mi cosecha y, como estoy seguro de que hay muchas más, los invito a dejarlas en los comentarios.

   1. ¿Qué había en ese cajón, puerta, caja grande y hasta cuarto que nunca se abría y cuyo contenido era y sigue siendo absolutamente desconocido?

    2. ¿Qué fue en sus comienzos el trapo de la cocina, antes de convertirse en ese pedazo de tela multiusos, siempre húmedo con algún rezago visual de un pasado más digno?

    3. ¿Por qué sin importar lo moderna que fuera la cocina de gas y las veces que se renovara, siempre se seguía encendiendo con el mismo viejo mechero?

    4. ¿Por qué la casa tenía un comedor si siempre comíamos en la cocina?

    5. ¿Cuáles eran las emergencias que se supone deberían atenderse en el baño de emergencia?

    6. ¿Quién era San Alejo y por qué tenía un cuarto propio lleno de cosas inútiles o de adornos que solo se utilizaban en el fin de año?

    7. ¿De dónde salió esa bicicleta estática, caminadora u otro aparato para gimnasia que nadie utilizaba?

    8. ¿Cuál era el origen de esa extraño y oxidada estructura metálica que había en la terraza o en un rincón del patio?

    9. Y hablando de patios, ¿de dónde salió esa flor o vegetal que nadie sembró?

    10. Si existía más de una puerta de acceso. ¿cuál era el criterio para establecer cuál era la de uso permanente, la que solo se abría en ocasiones especiales y la que nunca se utilizaba?

    11. ¿Qué explicación tenía ese infaltable rincón a medio construir, a medio pintar, a medio resanar, a medio arreglar que nunca finiquitaron?

    12. ¿Qué justificaba el hecho de que, no importaba la disponibilidad de espacio, siempre había que guardar algo debajo de las camas?

    13. ¿Quién o quiénes eran los de esa vieja foto colgada en algún corredor que un día desapareció misteriosamente?

    14. ¿Porqué existía un mueble estilo vitrina lleno de utensilios útiles (vasos, platos, cubiertos, jarras) que permanecía bajo llave y cuyo contenido nunca se usaba?

    15.  ¿Cual era la historia de la mancha oculta detrás del cuadro con la foto de los abuelos?

    16. ¿Qué principio físico o acústico generaba la extraña filtración de sonidos de las casas vecinas, con la curiosa sensación de que la fuente del ruido estaba en la nuestra?

    17. ¿Si nacimos y crecimos ahí, por qué tanto miedo (no solo nuestro sino de los adultos) a quedarnos solos en esa casa por primera vez? 

    18.  ¿Porque los pasitos atribuidos a ratas y ratones se escuchaban encima de nosotros, si esos bichos no vuelan?

    19. ¿Por qué cuando la vida nos da la oportunidad de volver a la casa de la infancia después de mucho tiempo, la primera impresión siempre es que todo solía ser más grande?

    20. ¿Dónde terminó ese mueble, objeto, instrumento o similares que toda la familia recuerda, pero cuyo destino nadie conoce? 

miércoles, 23 de abril de 2025

La profecía de la abuela del cerrajero

Cuando el cerrajero cotizó la chapa digital para Fernández, este puso cara de no me alcanza. El técnico, acostumbrado a esas reacciones, ya tenía listo el plan B. Si aparecían mínimo 4 clientes adicionales habría un descuento significativo. La idea le sonó al comprador potencial, quien puso manos a la obra.

Logró convencer a un hermano, a una cuñada y al vecino. Con su mamá (viuda) el asunto estuvo complicado, pero finalmente ella se sumó a la lista. Lo mismo pasó con algún primo y hasta una tía. En total, encontró 7 que, junto con él, sumaron 8 interesados en cambiar la tradicional cerradura de llave por una que combinaba el sistema tradicional con lectura de huella digital. Bienvenidos al futuro,

Entretanto al presente se le atravesó la agenda del cerrajero. Y cuando los cambios de sistemas de seguridad amenazaban con entrar en lista de espera surgió una alternativa. Miércoles y Jueves Santo. Eso sí, medio en broma, el cerrajero advirtió que esas fechas no tenían problema, pero que el Viernes Santo se respetaba. “Mi abuela me enseñó que ese día no se debe hacer nada. Ni siquiera bañarse. Porque el que se bañe ese día, se vuelve pescado. Además, yo viajo a mediodía”.

Milagrosamente, todos los interesados estaban disponibles en la Semana Mayor. El miércoles comenzó la maratón de instalaciones. Ya era tarde en Jueves Santo al terminar el penúltimo procedimiento. Solo faltaba la casa de Fernández. Como el técnico tenía un compromiso inaplazable no alcanzaba a redondear la jornada. Fernández logró convencerlo de hacerlo día siguiente, temprano, antes de su viaje.

Así que todas las cerraduras quedaron ubicadas, probadas y funcionando. Al cliente, sin embargo, se le ocurrió preguntar por la alternativa en caso de falla. Claro que existía. Una tarjeta magnética para cada usuario. Pero eso sería la próxima semana porque de momento no había existencias y por la fecha tampoco tenía dónde adquirirlas. “Tranquilo señor Fernández que nada va a pasar. Pero por si las moscas, yo le dejo a usted una tarjeta maestra que sirve para todas las cerraduras. La próxima semana la desactivamos y personalizamos cada una. Seguridad ante todo. Me toca viajar así que nos vemos”.

La primera llamada llegó en la tarde de ese mismo viernes, cuando mamá Fernández intentó salir para el templo donde siempre escuchaba el sermón de las siete palabras. Algo pasaba con la chapa y no podía salir. Fernández se movió rápido, tarjeta en mano, y abrió exitosamente la puerta. Cuando iba de regreso llamó el primo. El paseo familiar del festivo había terminado con un portón que no respondía ni a llave ni a huella.

Así que el retorno a casa incluyó desvío para franquear la entrada del pariente. Y un desvío adicional a donde la hermana, cuya cerradura también se negaba a responder. A Fernández le entró la preocupación y buscó al cerrajero quien, efectivamente, no contestó llamadas ni mensajes.

El fin de semana el hombre se la pasó recorriendo la ciudad lidiando con cerrojos tan modernos como caprichosos que funcionaban al estilo chino. A veces chi, a  veces no. Solo uno no tuvo fallas: el de su propia residencia. En todas las demás a Fernández le tocó acudir al rescate, por lo menos una vez.

La explicación apareció claramente en su mente mientras ayudaba a su madre a ingresar. No era solo la abuela del cerrajero. Algún pariente de vieja generación alguna vez había formulado una advertencia similar. “No se bañe en Viernes Santo mijo, porque se puede volver pescado”.

Él no se había bañado, pero había instalado una cerradura. Por eso se convirtió en llave. 

miércoles, 2 de abril de 2025

Asambleístas a la carta

Le pasa a quienes están metidos en el negocio de la escritura creativa. Es decir guionistas, autores, compositores, libretistas, teatreros, dramaturgos y faltan etcéteras. Los representantes de este personal también deben asistir a las asambleas de propietarios de edificio, conjunto cerrado o similares.  Por acá creemos que a los mencionados les ha pasado por la mente aprovechar todo lo que pasa en una de esas asambleas para crear una  novela, o película,  u obra de teatro, o monólogo de comediante, o canción o por lo menos poema.

Un punto de partida para escribir historias es definir personajes. Pues bien, aquí va una lista con algunos especímenes presentes a la hora de reunir a quienes comparten espacios por cuenta de la propiedad horizontal y demás zonas comunes.

— Ese que lleva cinco o más años poniendo la misma queja en todas las asambleas.

— Esa que solo asiste para evitar la multa y se ubica estratégicamente cerca de la puerta del salón comunal para escaparse a la primera oportunidad.

— Ese al que siempre le cambian el nombre cuando toman lista.

— Esa que rota por varias sillas para repetir refrigerio o llevarse jugos de caja y empanadas para el resto de la familia.

— Ese que lleva una montaña de poderes porque se ofrece de voluntario (o se inventó algún negocio) para representar a los ausentes.

— Esa que tiene una pelea casada con el administrador, con la junta, con algún miembro específico de la junta, con un vecino o con todos los anteriores.

— Ese que siempre pide la palabra para aportar unas ideas tan maravillosas como complicadas de realizar, bien sea porque son demasiado costosas, porque su implementación es excesivamente difícil o porque algún día serán posibles, pero no en este siglo.

— Esa calculadora humana, que realiza cualquier cuenta requerida de manera mental más rápido que el excel en pantalla.

— Ese que siempre mete algún tema de proposiciones y varios mucho antes de que la agenda llegue a ese punto, convirtiendo el orden del día en un desorden absoluto.

— Esa despistada que no entiende nada, pero quiere intervenir en todos los temas.

— Ese que pregunta varias veces que es lo que se va a votar y qué implicaciones tiene, pero cuando llega el momento se equivoca y vota en sentido contrario a lo que quiere.

— Esa propietaria que acumula una gigantesca deuda de administraciones pendientes con muy buena voluntad pero escasa efectividad a la hora de pagar.

— Ese tipo que hace chistes de todo lo que dicen o pasa.

— Esa asistente que se pone furiosa por culpa del tipo que le saca chistes a todo lo que dicen o pasa.

— Ese enguayabado que se acomoda en un rincón a sufrir en silencio.

— Esa que se postula a todos los cargos.

— Ese que en vez de prestar atención se dedica a chatear, mirar redes, incluso contestar el teléfono. Es el mismo que antes de que existieran los celulares, se llevaba a la asamblea un radio con audífono para oír el partido.

— Esa que no quiere tomar ninguna decisión ni participar en ninguna votación y pretende que todo lo decida el consejo.

— Ese que convierte cada una de sus intervenciones en una dramática descripción de situaciones tan terribles como que la luz del garaje se apaga muy rápido.

— Esa contadora pública titulada que hace preguntas sobre los estados financieros tan, pero tan, pero tan especializadas que solo ella las entiende.

— Ese que interrumpe a todos los que tienen el uso de la palabra.

— Esa que siempre se pone de pie a la hora de hablar y le pide disculpa a alguien por darle la espalda.

— Ese que riega la bebida del refrigerio.

— Esa que trata de convertir en problema comunitario una situación que solo la afecta a ella.

— Ese que todo los años llega con propuestas para cambiar la vigilancia o el aseo por un servicio que ofrecen unos “amigos” y que es mucho más barato.

— Esa que cuenta historias de un parqueadero maldito donde ocurren todas las desgracias como la invasión por parte de un vehículo desconocido, un rayón en el carro propio de origen misterioso, una inundación o el enorme carro del vecino que le roba espacio.

— Ese que llega tarde y empieza a intervenir sobre temas que ya se trataron.

— Esa que llegó temprano pero insiste en retomar temas que ya se trataron y cerraron.

— Ese que no interviene directamente en ninguna discusión pero apoya con un ruidoso ¡ESO! y hasta con aplausos las intervenciones de otros. 

— Esa que pide a gritos moción de orden cada vez que comienza ese rumor creciente que termina por opacar a los oradores.

— Ese que alguna vez estuvo en el consejo y no quiere volver pero no pierde oportunidad para recordar su paso por el organismo administrativo.

— Esa que desde antes de salir de su casa o apartamento se hace el propósito de no intervenir en ninguna discusión, pero siempre termina involucrada en varias.

— Ese que termina anotándose en los chicharrones mas complicados, porque “si nadie más se le mide, pues tocará”.

Cerramos con un corte a comerciales, si creen que falta alguno, déjenlo en los comentarios del blog.


 

 

 

miércoles, 29 de mayo de 2024

Ergonomía para cuatro patas


Como la casa tenía patio y los papás eran modernos pero no tanto, apenas Paquito creció lo suficiente le organizaron cama en ese lugar. Hablo de tiempos pasados, cuando animales y humanos compartían vida, pero no cama, ni habitación. Es bueno precisar que parte del patio disponía de una marquesina, la cual protegería a su residente oficial de la lluvia y de otros fenómenos climáticos.

El morador, por cierto, era una combinación genética digna de tesis de doctorado. Cuando llegó a la casa familiar, Paquito parecía una especie de cruce entre pastor collie, bulldog, pequinés, huskie y perro de taller. De su origen solo se conocía la llamada anónima que advirtió sobre la camada dejada en un basurero, donde fueron rescatados por voluntarios de cierta ONG que salvaba perritos abandonados.

Una donación en efectivo le permitió a la familia pasar de cero a uno en su componente canino. Como solía pasar  —y creo que aún pasa— los hijos pidieron mascota y se comprometieron a cuidarla. Cumplieron su promesa… unas dos semanas. A la tercera empezaron a delegar responsabilidades y más o menos a la quinta era problema de los papás, con algún aporte ocasional de los pequeños, sobre todo para juegos.

En ese contexto vino el trasteo al patio. Una vieja caja de madera, y una selección de cobijas igualmente viejas pasaron a ser casa y cama para el can. Este tomó posesión de sus dominios, acomodó las cobijas a su conveniencia y pronto definió hora fija para acostarse y para levantarse.

El final feliz vino a dañarse por cuenta de la naturaleza. El animal comenzó a crecer, con una particularidad. Al parecer tenía algún gen de salchicha (la raza, no el alimento), porque si bien su lomo no se alejó mucho del suelo, la distancia entre cabeza y cola aumentaba día tras día.

Pronto se evidenció que la caja de madera no tenía espacio suficiente para el alargado personaje. Y entonces intervino tío multitarea. Ese pariente poseía taller propio y, más importante, la habilidad de reparar, construir, desbaratar y volver a armar una enorme gama de objetos. Y aunque nunca había hecho algo parecido, se ofreció para fabricarle a Paquito una casa acorde con su nueva anatomía.

Cuando vieron que la mascota había alcanzado su máxima extensión, el hombre puso manos a la obra. Quince días después se apareció con una especie de vagón sin ruedas ni ventanas, techo a dos aguas y una sola entrada. Un “hábitat” con espacio suficiente para que el perro se acomodará cuan largo era (literalmente). El problema no era la longitud, ni la altura, sino el ancho. Porque el constructor dejó en esa dimensión el espacio justo para que el ocupante entrara pero, una vez dentro, no tenía como cambiar de posición. De ahí en adelante Paquito pasaría sus noches viendo una pared oscura y dándole la espalda al mundo exterior.

Multitarea y Padre se dedicaron a tremenda discusión —eran hermanos, así que no era ni la primera ni la última—. El más sensible de los niños se puso a llorar y pronto fue seguido por sus hermanos. Mamá no sabía a quien tratar de calmar primero y pensó, como estrategia, que los pequeños sacaran a la mascota al parque. Así que buscó a Paquito y lo encontró estrenando domicilio, observando el mundo con su cabeza justo a la entrada de la casa.

El misterio solo se vino a resolver por la noche, porque después de su paseo diario el perro no volvió a ocupar su nueva habitación. Pero ya con la oscuridad, al acercarse la hora fija en la que siempre pasaba al mundo de los sueños repitió el ritual inventado horas antes. Ese que mantendría hasta el final de sus días. 

Paquito se ubicó frente a su casa, giró con las cuatro patas 180 grados y entró, en reversa, hasta quedar perfectamente acomodado.

miércoles, 2 de agosto de 2023

La independencia sabe a jabón



Tuvo que hacer varios mercados de cosas inútiles, colgarse en el pago de servicios, notar la inexistencia de papel higiénico, crema dental y jabón en el peor momento posible y demás primiparadas. Pero Mati ya pasó al siguiente nivel entre los que dejan la casa paterna e ingresan al gremio de los independientes. Sin embargo, en los rincones más inesperados, un enemigo silencioso acecha. No importa qué haga para enfrentarlo, el nivel de cuidado en las acciones que lo involucran, los operativos cuidadosos para erradicarlo o por lo menos controlarlo. No hay forma de salir invicto en la guerra... contra la crema lavaplatos.

Como toda guerra, tiene antecedentes. La historia de quien en el hogar materno jamás tuvo que lavar un plato y el predominio absoluto de comida callejera y domicilios con desechables en los primeros días de vida independiente. El choque presupuestal de la primera quincena donde, para bajar gastos, se comienza con algo sencillo, preparar el desayuno. La progresiva acumulación de platos, pocillos y ollas sucias en el lavaplatos hasta que, literalmente, no cabe un trasto más. La hora de la verdad: la hora de lavar loza.

Cuando esas cosas pasan nunca se tiene el equipo adecuado, así que Mati comienza el curso improvisando con un poco de detergente, o un jabón de manos, o un champú y algún trapo desechable graduado de esponja. El desastroso resultado (mugre que no desaparece, platos oliendo a peluquería) implica la primera lección. Existen artefactos y productos especializados para cada actividad. Entonces Mati lleva su ignorancia a algún hipermercado donde encuentra un kilómetro de estantería repleto de opciones entre cremas, líquidos, paños, esponjillas, dispensadores y, si busca más, hasta máquinas. En su calidad de consumidor preprogramado compra jabón de la marca que años de publicidad le grabaron en el subconsciente y, para efectos de aplicación, alguna esponja similar a la que recuerda de su casa de origen.

Con su nuevo equipo vuelve a casa dispuesto a descubrir cosas. Cosas como que la facilidad con la que en los comerciales remueven la mugre no tiene nada que ver con la realidad. No solo son necesarias varias pasadas, sino que hay que ir a la tienda a comprar esponjilla metálica para sacarle por lo menos un empate a ciertos residuos. Y solo tras varios días e intentos fallidos (previo consejo maternal y búsqueda en internet) Mati aprenderá eso de remojar previamente la sartén para poder despegar la grasa.

El verdadero enemigo, sin embargo, jamás será derrotado. Porque cada lavada con crema deja, en algún rincón del plato, al fondo de la olla o sartén, camuflado entre los dientes del tenedor o en cierto punto estratégico del vaso o pocillo “ese” traicionero residuo de jabón. De alguna manera se esconde al terminar el enjuague. Pero eso sí, invariablemente aparece después de que la pieza respectiva ya está seca, “lista” para guardarse. A veces, incluso, solo se hace notar a la hora de cocinar, servir o, comer. En algún momento —por ejemplo, después de servir el café—  el residuo aparece. Y real o psicológico, la bebida sabe a jabón, situación que se extiende a los huevos, el pan, el cereal, el queso, la fruta, y hasta al tamal recién desenvuelto de su capa protectora de hojas. 

El hombre no se rinde.  Del perezoso paso de la esponja por la pieza enjabonada evoluciona al cuidadoso restregar de toda la superficie. Más presión del chorro, más agua. Jabones líquidos —más caros— en vez de crema. Opciones que hacen más pobre a Mati. Hay que volver a la crema y al consumo racional de agua, con una cuidadosa, sistemática y casi quirúrgica remoción de los restos de jabón de cada cubierto, vaso, pocillo, plato, sartén, olla y demás implementos lavados, revisados cuidadosamente antes de poner a secar.

No importa. En algún momento el residuo de jabón -ya endurecido y encostrado- aparecerá.

El precio de la independencia sabe a jabón.

miércoles, 26 de julio de 2023

La noche que el cucho escucha




El singular y un poco tacaño diseño de los apartamentos modernos se refleja en paredes delgadas que permiten —o mejor, obligan— a escuchar conversaciones ajenas o compartir aromas con los vecinos. Así le consta al señor Ariza, como tuvimos la oportunidad de comentar aquí hace unos años. De un tiempo para acá, el factor edad le ha agregado un nuevo elemento a los códigos sonoros y aromáticos. Extrañas —por no decir inexplicables— costumbres nocturnas.

Explicamos. Ariza se puso viejo, por lo que duerme menos y se despierta más fácilmente ante estímulos externos. Esa condición le ha permitido detectar curiosos hábitos de los vecinos de arriba. Redecorar moviendo muebles (o mejor, arrastrándolos) después de la medianoche. Caminatas nocturnas con el pastor alemán, el yorkie y el perro criollo colombiano sin salir del apartamento, también en medio de la noche. ¿Qué cómo lo sabe? Fácil, los sonidos que se escuchan desde el falso techo de su apartamento —el de Ariza— que empalma directamente con el piso de la vivienda superior.

Si los de arriba tienen extrañas formas de lidiar con el insomnio, los del lado son igualmente exóticos. Más o menos a las 11 (sí, p.m.) comienza una conversación en tono grandilocuente. Nunca se entiende lo que dicen, pero suena como algo muy importante.  Ariza no ha logrado captar el contenido pero la forma lo lleva a tres hipótesis. O es algún formato audiovisual (streaming, televisión, podcast, radio) o los vecinos se ponen en modo discurso en vísperas de medianoche, o es un caso crónico de esa parasomnia denominada somniloquia. Estos nombres rebuscados para el acto de hablar dormido nuestro protagonista los encontró en internet, mientras el monólogo o diálogo al otro lado de la pared acompañaban su involuntario desvelo.

Desde otros muros o ventanas se captan algunos clásicos. El aprendiz de músico con su repetición interminable de acordes de algún instrumento o ejercicios vocales, muy meritorio como crecimiento personal, pero insoportables como rutina nocturna. Cierta combinación de movimientos de cama y sonidos poco inteligibles de origen humano cuya interpretación dejo a la imaginación del lector. La música a todo volumen que, por lo menos, tiene la lógica del rumbero irresponsable con cero empatía ante sus vecinos. El bebé recién nacido que reclama atención de sus padres —y de los vecinos— haciendo gala de su capacidad pulmonar. Ruidos relativamente normales, pero ampliados por el silencio de la noche.

Los acompañan otros no tan esperados. El ruuu, chac, ruuuu, chac de alguna lavadora que, supone Ariza, solo está disponible para el usuario de turno de las 10 (sí, p.m.) en adelante. El inaplazable martillazo o taladrazo —muy esporádico, pero se da— correspondiente a algún arreglo locativo que por razones desconocidas debió hacerse en la madrugada del fin de semana. La máquina indefinida de alguna industria igualmente misteriosa ubicada ilegalmente en sector residencial. El inconfundible sonido del sanitario descargándose, acto bastante privado durante el día, pero cuyo audio atraviesa puertas y paredes después de la medianoche. Y el suave murmullo acompañado de golpes ligeros como si alguien estuviera barriendo el piso, sacudiendo y limpiando objetos... ¿a las 3 de la mañana?

Son hábitos tan respetables como inoportunos que pasan desapercibidos para los jóvenes y su sueño pesado, pero ya se volvieron rutina en la vida de los cuchos como Ariza. Lo despierta la conversación de los noctámbulos que pasan cerca de su ventana, el servicio de recolección de basura programado para medianoche o madrugada, o la lejana o cercana alarma del carro del sordo que se dispara a horas inoportunas. La condición auditiva del propietario del vehículo es una deducción de Ariza, que no encuentra explicación diferente al hecho de que se demoren tanto en apagar la maldita sirena.

Techos, muros y ventanas se han convertido en canales de sonidos que le roban tiempo al descanso. Ariza no se desgasta librando batallas perdidas de antemano, aunque siempre se hace la misma pregunta.

¿Esta gente a qué horas duerme?

miércoles, 12 de abril de 2023

Legado de amor


Paula Cristina optó por identificarse con su segundo nombre y el diminutivo la convirtió en Cris. Ella, como muchas personas, ha tenido varias parejas en su vida. Y aunque no todas las relaciones culminaron en los mejores términos, todas dejaron un legado sólido, estructural y básico en el compañero de turno. Y no fue por el andrógino nombre de Cris, ni por esos ojos que pasan de verde a castaño de acuerdo con la hora del día, ni por ese cuerpo atlético que refleja la disciplina de gimnasio.

Todo comenzó con el padre. Es decir, el progenitor de Cris. Ella no fue la mayor, fue la de en medio de tres. El hecho es que sin ninguna razón particular su nacimiento coincidió con la decisión paternal de abandonar las estadísticas de arrendatarios y pasar a la posesión conjunta de un apartamento con el banco de turno. La entidad financiera, tras 15 años de cuotas, finalmente cedió la propiedad a la familia de Cris.

Precisamente por esos tiempos la ya adolescente tuvo su primer amor. Un contemporáneo lleno de traumas, agravados por el inminente divorcio de sus padres (los de él). Cris no solo fue novia sino punto de apoyo durante la relación cuyo final llegó antes del título de bachiller. En ese momento el joven ya tenía dos familias y la condición de propietario del apartamento de la pareja separada que, de común acuerdo, optó por escriturárselo al hijo, con maromas legales que no le entregarían el pleno dominio hasta los 18 años.

Cris asumió los años de universidad con disciplina, sin distraerse en relaciones sentimentales. Aunque cierto pichón de ingeniero periódicamente intentó hacerle la corte. El mismo con el que se topó un par de años después del grado, mientras ambos intentaban, sin éxito, ingresar al mundo laboral. El desempleo compartido los llevó a compartir otras cosas como tiempo libre, actividades gratuitas y sentimientos. 

El ingeniero fue el primer noviazgo serio de Cris. La relación sobrevivió, incluso,  al hecho de que ella fue la primera que consiguió trabajo, lo que puso al ingeniero en plan de invitado permanente. Y se acabó, precisamente, cuando el sujeto se empleó en una constructora. La empresa, como parte de su política de reclutamiento, ofrecía a los nuevos facilidades para adquirir vivienda en uno de sus proyectos, El ingeniero, en su orden, entró a trabajar, acabó con Cris, se acogió al beneficio y compró apartamento. Ahí vive.

De ahí en adelante, nuestra heroína ha pasado por varias relaciones. Estuvo el intelectual, con quien convivió un par de años hasta cuando por mutuo acuerdo cada uno siguió con su vida. Él compró una casa en ambiente rural y se fue a vivir en armonía con la naturaleza. Luego vino el empresario. Con ese no hubo cohabitación pero sí muchas actividades en pareja y en familia. Tanto, que aún después de terminar Cris mantuvo contacto con su exsuegra y sus excuñadas, de quienes se enteró sobre la decisión del exnovio de hacerse de un apartamento y alejarse de la casa familiar. 

Hasta que llegó la pareja perfecta. Compartía con Cris profesión, intereses y gustos. Y en aquellos aspectos de la vida donde la compatibilidad no llegaba al 100 %, compensaba con apoyo incondicional. Fueron años maravillosos. Hasta que llegó el momento cuchi cuchi. En el apartamento que compartían en arriendo, lleno de globos multicolores, de rodillas, Don Perfecto preguntó ¿Quieres casarte conmigo? Y Cris, tan sorprendida como incómoda lo miró con cara de no me obligue a decirle que no, lo que él entendió. Ella aún no estaba lista para dar ese paso. Así que tocó separarse, con toque de dramatismo. El adicional fue que Don Perfecto estaba tan seguro que incluso había dado la cuota inicial para un apartamento. Esa plata no se perdió. El hombre armó toldo aparte y todavía lo habita, junto con su nueva familia.

Desde entonces que no han habido novedades importante en la vida sentimental de Cris. Ella hoy es una exitosa agente de finca raíz. Las estadísticas lo comprueban. Cierto coqueteo, tan profesional como inofensivo, garantiza que sus clientes masculinos compren casa o apartamento. Cierto, no ha llegado el amor de su vida, pero sí muchas escrituras y comisiones. 

martes, 14 de marzo de 2017

El tipo de la señal

Gervasio es un lector de esos que llaman voraz. Además tiene una singular habilidad, que es la de poder concentrarse en su libro en medio de cualquier ambiente, no importa lo ruidoso que sea. Pero no nació con esa destreza. La desarrolló. Esta es su historia.

Toca remontarnos a la infancia del caballero. El asunto es que cuando alguien en su casa escuchaba radio, sobre todo FM, solía tener problemas con la calidad del sonido, problemas que se solucionaban mágicamente para luego reaparecer.

Hasta que el abuelo estableció la relación causa-efecto. El viejo tenía un radio de tubos más viejo que él, cuya antena era un cable que se sujetaba a una puntilla en el techo. Y aunque el aparato sonaba como un cañón –y de hecho todavía lo hace- era como un cañón con gripa que periódicamente tenía sus momentos de nitidez.

¿Cuándo? Cuando Gervasio entraba al cuarto y se ubicaba ahí. Ahí era ese punto específico de la habitación que nunca se supo con exactitud dónde era, pero el asunto es que si él estaba ahí, el radio sonaba así, pero si se movía de ahí, el radio sonaba asa.

Gervasio estaba en esa edad donde todo era juego, y ese juego era divertido. Llegar y buscar ese punto –que podía ser abajo, arriba, al lado- en el cual las ondas hertzianas se purificaban en automático.

Pero el juego pasó a tarea cuando papá se apareció en casa con el primer televisor de antena portátil. Ya no era necesario hacer maromas cuadrando la antena en el techo, sino que el aparato tenía un sencillo captador de señal graduable sobre su estructura. Con lo cual las maromas no se hacían en el techo sino en el cuarto.

Y empezó el ritual de giro izquierda derecha, abra las patas –de la antena– cierre las patas, mueva el aparato y cuando todo parecía perdido Gervasio que entra al cuarto y…magia, imagen perfecta. Gervasio se aleja… imagen kaput, rayas y fantasmas atacan sin compasión.

Y sí la situación era aburridora para el por aquel entonces preadolescente, eso no era lo peor. Lo peor era que había múltiples lugares donde Gervasio podía ubicarse para mejorar la señal, pero ninguno, óigase bien, ninguno, le permitía ver la pantalla de frente.

En su capacidad de transmisor de ondas incidía la posición. Es decir que si por alguna razón quedaba de frente al televisor, este solo funcionaba cuando Gervasio le daba la espalda.

Durante un tiempo el tipo intentó fórmulas alternativas como contorsiones, el reflejo de la ventana o un espejo ubicado estratégicamente. Hasta ese día en el que, mientras su familia disfrutaba de esa telenovela que a él no le interesaba tomó una revista. De las revistas pasó a los periódicos, de los periódicos a los libros y hoy solo ve televisión muy excepcionalmente. Su contacto con el mundo es a través de la lectura. Donde sea.

 Aunque pasan cosas raras con el wi-fi cuando el hombre anda por ahí.

martes, 16 de agosto de 2016

Esta amilcarada huele mal

La verdadera democracia queda al fondo a la derecha. En ese cuarto que todos debemos visitar por lo menos una vez al día. Aquí no hay diferencias de sexo, estrato, edad, género, nivel educativo, aspecto, piso térmico, profesión u oficio. Las actividades para las que se diseñó la habitación mencionada son aplazables, pero inevitables. Y si las circunstancias lo ameritan, el verbo visitar puede ser una metáfora. El contacto íntimo con la naturaleza, recipientes con nombre de primate hembra o palmípedo, y productos que combinan papelería con fibras vegetales usados por todos en la primera parte de la vida y por algunos en la última son opciones aceptables para esas circunstancias

Lo curioso es que algo tan normal y rutinario es, a la vez, vergonzante. El interés del protagonista es que nadie se entere. Pero el crimen perfecto no existe. Siempre queda un mínimo de evidencia. Los avances en plomería y materiales antiadherentes permiten eliminar el cuerpo del delito sin dejar rastros visibles. El problema es que el ser humano no solo tiene vista. También dispone de olfato.

Quienes pasamos de cierta edad –y venimos de familia grande– recordamos cuando esto no tenía tanto misterio. Se trataba de cerrar una puerta y ya. Hoy en día vivimos una situación que no sé si es por la edad, el cambio generacional, la arquitectura o la obsesión por la higiene de los tiempos modernos. Vale la pena precisar. La explicación podría ser que a medida que pasan los años, ciertas capacidades físicas se agudizan, por lo que vemos, oímos, sentimos u olfateamos (husmeamos, olemos) estímulos que antes no captábamos. Básicamente, los demás sujetos no tienen porque aguantar la fragancia que deja el objeto que produjo el sujeto. El que estaba sentado.

Una segunda posibilidad tiene que ver con que las actuales generaciones son más sensibles, situación que traduce en menos tolerancia a estímulos que, aunque naturales, nadie puede decir que sean agradables. La progresiva reducción del tamaño de los hogares, donde el cuarto que protagoniza esta historia queda cada vez más cerca de otras áreas y cuenta con menos ventilación es la tercera opción.

Todo esto ha derivado en que la rutina diaria tenga un nuevo y obligatorio componente. Detalles como material de lectura, acompañamiento musical, comunicación telefónica, juegos de video, crucigramas o televisión pertenecen al ámbito privado y no vienen al caso. Pero una vez terminado el ritual el protagonista se siente obligado a despejar el área, aromáticamente hablando.

La versión más barata es ventilar. Como a veces esto es imposible por sustracción de materia y disponibilidad de tiempo, otros acuden al fuego purificador. Son muchos los sanitarios que tiene a la mano un kit… por si se va la luz. Sin velas. Sin linternas. Solo cerillas. Entre más grandes mejor. Siempre queda la duda: ¿Será seguro un procedimiento que involucra fuego y gases en un recinto cerrado.

La sociedad de consumo, por supuesto, aprovechó. Múltiples dispositivos se ofrecen para disfrazar, eliminar, erradicar, y combatir las fragancias. Con otras fragancias. El pino, la canela, las flores, los bosques, la selva virgen, la fresa salvaje, los frutos rojos, el paraíso, el te verde y el cupcake de coco. Y la naranja silvestre. 

Es toda una industria encaminada a eliminar la evidencia, dejando huellas evidentes de lo que acaba de pasar.  Porque todos entienden cuando, de repente, el ambiente hogareño se llena de un olor artificial proveniente del cuarto de donde usted acaba de salir… “de lavarme las manos”.

jueves, 4 de agosto de 2016

Tribulaciones de un vecino bien informado

El concepto de buen vecino que maneja el señor Ariza se limita a un ligero movimiento de cejas y un sonido ininteligible cuando se cruza con alguien en las áreas comunes del edificio donde vive. Nombres, apellidos y otros datos de identificación de los habitantes de zonas colindantes forman parte del gran acervo de datos que ni sabe, ni le importan. Sin embargo, muy a su pesar, es el tipo más informado de la intimidad los apartamentos de arriba, abajo, al lado, atrás y transversal.

Cualquier residente de propiedad horizontal sabe que su condición implica compartir sonidos y fragancias con sus vecinos. A veces, por algún inesperado fenómeno arquitectónico, hay uno o varios apartamentos por donde pasan la mayor cantidad posible de estímulos auditivos y aromáticos originados en hogares ajenos. Y en este caso particular, es donde vive el señor Ariza.

Por cuenta del olor del humo se ha enterado de que el vecino del piso de abajo fuma en el baño. Los de arriba no fuman, pero consumen a escala industrial  perfumes, colonias,  lociones y odorizantes. Entretanto, a través de la ventana de la cocina se filtran las evidencias aromáticas de los variados arrebatos culinarios de la familia de enfrente, que van desde el chicharrón frito hasta el exótico y picante curry.

Si las emanaciones insinúan fragmentos del estilo de vida, el sonido revela los detalles. De la vecina, por ejemplo. Ariza –cuya habitación colinda con la sala del apartamento contiguo– sabe que los fines de semana tienen diferentes formas de rematar la noche. La despechada, con rancheras a grito herido; la nostálgica, con baladas y sollozos; la amistosa, con pop y voces femeninas; y la –cómo llamarla–  productiva, donde una voz masculina antecede sonidos no aptos para menores de edad.

Al otro lado, a cualquier hora del día, por motivos que van desde la economía familiar hasta el color de las medias del presidente de la República, la pareja discute. El señor Ariza no entiende como pueden convivir dos personas que parecen estar en desacuerdo en todo. En parte porque es imposible de ignorar, y en parte por una mezcla de curiosidad científica y morbo, él ha contado –en un mes– 28 temas distintos con 56 posiciones diferentes en las garroteras verbales al otro lado de la  pared.

Con ese par se conoce tanto la tesis como la antítesis. Con la del apartamento de atrás no. Solo se conoce la tesis, porque lo que escucha constantemente es la mitad de la  conversación telefónica. La de esa vecina que insiste en usar la voz en detrimento de los sistema de mensajería instantánea. Habla todo el tiempo sobre todos los temas. En una conversación promedio de las 20 que maneja al día, pasa sucesivamente del actor de moda a la receta de cocina a los problemas del carro a los descuentos de temporada a la inversión de los ahorros al nuevo restaurante al pago de impuestos… para rematar –inevitablemente– con un “tenemos que vernos para poder hablar”.

Ariza alguna vez le ha visto la cara a sus vecinos. La pareja del lado anda en plan meloso, cogidos de la mano o abrazados. El vecino de abajo tiene una calcomanía contra el cigarrillo en el carro. La vecina se viste recatadamente y tiene cara de madre superiora. Los de enfrente son delgados y la del apartamento de atrás se caracteriza por su discreción durante las asambleas de propietarios.

Pequeños secretos y contradicciones típicas del ser humano, que tiene una vida pública y otra privada, que es una especie de secreto para los demás. Excepto para el señor Ariza, que todo lo sabe, aunque nada le importa.

jueves, 19 de noviembre de 2015

La saga del pollo perfecto


Las razones por las cuales Eduardo estaba antojado son asunto de psiquiatras y psicólogos. Aquí nos limitamos a los hechos. Esa noche, el hombre quería pollo asado. El problema era de tesorería.  Fin de mes, poca plata. Y de familia porque aunque él era el antojado, ni modo de dejar por fuera del banquete a su mujer y sus hijos.

Los gastos del trasteo habían menguado el presupuesto. El tipo estaba estrenando apartamento y barrio. Lo bueno era que su memoria proyectaba una imagen del día de la mudanza. Un negocio cuyo letrero proclamaba el precio adecuado. Y con adicionales.

El pollo asado tiene estratos. El más alto corresponde a cadenas de restaurantes tradicionales, producción industrial, locales impecables, personal uniformado y domicilios centralizados a través del call center. A medida que baja el estrato desaparecen elementos. Los restaurantes son independientes. La producción está a cargo del solitario asador y la multifuncional cocinera. Los locales no son tan impecables. El personal se viste como quiere, limitado por las regulaciones sanitarias (a veces). Los domicilios entran por el celular prepago del dueño. Y cada cambio de estos va bajando el precio.

El negocio que recordaba Eduardo parecía carecer de domicilios, ser bastante flexible en la parte estética –tanto del personal como del local– e incluir opciones como “almuerzo” a precios sospechosamente cómodos. Se trataba de buscarlo. Así que el hombre se bajó del bus y empezó a callejear. 

Ahí fue cuando descubrió que si algo abundaba en su barrio eran los asaderos de pollo. De todos los precios y para todos los gustos. Fueron como dos horas calle arriba y calle abajo mirando menús o preguntando hasta que apareció el negocio de marras. La mesera-cajera-cocinera explicó que el pollo incluía papa y arepa. Como el hijo de Eduardo tenía su pelea particular con los tubérculos, el hombre pidió plátano.

Transcurrieron veinte minutos adicionales hasta que el pedido llegó convenientemente envuelto. ¿Cuánto es? ¡Cuánto! La cifra superaba la del letrero promocional. Le explicaron que el plátano era adicional. Que pena señora, no sabía, ¿será que lo podemos quitar? Claro señor, no hay problema

Problema no hubo, pero afán tampoco, 20 minuto más mientras se reorganizaba el pedido. Y a la hora de pagar, la infaltable pregunta ¿No tiene más sencillo? Los recursos del pollo formaban parte de un billete de 50 mil cuyo destino estaba milimétricamente repartido entre servicios públicos, mercado básico, y la cuota para la tía de los perfumes. 20 minutos más mientras el asador-mesero-mensajero consiguió cambio.

Cuando llegaron las vueltas Eduardo, afanado y preocupado por tener a su familia aguantando hambre, partió a paso presuroso. Creyó oír algo mientras se alejaba, casi al trote. Caminó bastante, porque el negocio era lejos de su casa. Llegó. Tarde, pero llegó. Abrió su morral y… no había pollo.

En el mostrador del negocio de marras reposaba su pedido, olvidado en medio del afán.

Esa noche, el pollo perfecto en la mesa de Eduardo mutó a huevos con cebolla y tomate improvisados por su recursiva esposa, complementados con arroz de la olla.

El antojo continúa.

jueves, 24 de septiembre de 2015

Desarreglos caseros


Antes, el hombre de la casa se encargaba de las finanzas familiares. Hoy, por cuenta de la inflación, eso es imposible para un solo sueldo.

Antes, el hombre de la casa era una figura autoritaria que imponía respeto (y miedo) a los hijos. Hoy, por cuenta de la psicología infantil, y las tendencias educativas, tiene suerte si logra que lo oigan.

Antes, el hombre de la casa daba órdenes y tomaba decisiones importantes. Hoy, por cuenta del feminismo, a lo más que puede aspirar es a una democracia, bajo el signo del sí, del ¡Sí señora!

Sin embargo, el hombre de la casa todavía tiene un ámbito propio e intocable, aunque con variantes respecto a su versión original. Antes, el hombre de la casa hacía reparaciones locativas. Hoy hace estragos locativos.

Toda mujer considera que su hombre tiene habilidad innata para reparar objetos, instalaciones y máquinas dañadas en el hogar. Es la lógica de arréglelo porque usted es hombre.

El problema es que algún instinto prehistórico metido entre los genes masculinos provoca una reacción irracional ante las peticiones de este tipo, y en vez de dar una respuesta razonable como “llamemos un técnico”, el sujeto de turno no sólo dice que sí, sino que trata. Es la lógica de soy capaz de arreglarlo porque soy hombre.

Los resultados de los ejercicios empírico-machistas de plomería, electricidad, y electrónica suelen ser en su orden inundaciones, cortos circuitos y equipos costosos con daños irreversibles.

Los más racionales (o sea los menos abundantes) se declaran vencidos al primer fracaso y de ahí en adelante consultan las páginas amarillas. El resto sigue experimentando, lo que traduce dañando, rompiendo, arruinando, e inutilizando objetos e instalaciones con una caja llena de herramientas inadecuadas.

Pero lo más grave es que ese rompehogares -literalmente hablando- alguna vez durante su ejercicio de destrucción de fin de semana le pide ayuda a su hijo, quien le alcanza una herramienta, lo oye maldecir, y lo acompaña a buscar al técnico para que arregle lo que su padre estaba “arreglando”. De todo esto, sólo el recuerdo vago de que el hombre de la casa “arreglaba” cosas quedará por allá, perdido en el subconsciente, hasta cuando su propia esposa o compañera pregunte, como quien no quiere la cosa

¿Será que tú puedes arreglar esto?

jueves, 13 de agosto de 2015

Vecinos


Somos amigos de la convivencia. Respetamos los derechos de los demás. Creemos firmemente en la necesidad de ser sociables...pero, tècnicamente, odiamos al vecino.

¿Intolerancia? No. Instinto de conservación. Es que hay vecinos que se parecen a Freddy Kruger. Son una pesadilla. He aquí algunos.

- El feliz poseedor de un poderoso equipo de sonido, (que hoy en día puede constar de un telefono y un altavoz del tamaño de una mano) fanático de la música carrilera, que escucha los domingos en la mañana a todo volumen "La banda del carro rojo" en versión de Los Tigres del Norte.

- El tipo de la casa del lado que tiene un pastor alemán que no le ladra a ladrones ni a policías, ignora olímpicamente cuando juegan un partido de fútbol y le pegan balonazos, y se pasa el día tirado perezosamente en la acera... pero siempre que nuestra hija regresa de la universidad se lanza a morderle la yugular.

- El entomólogo del apartamento 302 que llega los sábados en la noche a preguntar si no hemos visto la viuda negra que se escapó de su colección de arañas.

- La seductora vecina del apartaestudio que nos ignora cuando vamos solos, pero siempre nos sonríe coquetamente cuando estamos acompañados de nuestra esposa, con el consiguiente pellizco de reacción inmediata.

- El líder cívico que, sin nuestro consentimiento, nos nombró presidente del comité proparque que debe conseguir un millón de pesos en dos semanas.

- El dirigente político que llenó de afiches la pared común de los dos.

- El dueño de la microempresa alimenticia, que se levanta todos los días a las 4 de la mañana a fritar su producto en la más olorosa de las mantecas.

- La recién casada que se pasa las 24 horas del día visitando nuestro hogar, llorando porque se siente sola.

- El desempleado que aprovecha su desocupación para pintar la casa de enfrente de un maravilloso color zanahoria fosforescente.

- La pareja en problemas que discute acaloradamente todos los días a la 1 de la mañana.

- El pequeño transportador que nos parquea un bus en la puerta de la casa todos los días.

- El padre indolente de los ocho hermanos que se pasan el día haciendo daños por la calle, y que responde sonriente cuando le vamos a cobrar el vidrio roto: “Tan traviesos esos muchachos, ¿cierto?"


martes, 31 de mayo de 2011

Concierto en "mi" vecino

El universo no existe. Solo estoy yo. Es un momento revelador. Un ritual individual. Introspección. Reflexión, Silencio. (…) Por un instante queremos contactar lo que hay en el fondo de nuestro ser. Solo necesitamos captar el sonido del alma. Y captamos algo. En un breve intervalo es confuso. Pero en cuestión de segundos el cerebro lo identifica y nos manda de un solo golpe al mundo real. No es la voz interior. Es el ruido exterior. El del vecino.

Los vecinos, dice la tarjeta. Hombres, mujeres, niños, familias, jóvenes, viejos y especies menores con un elemento común. Ondas sonoras –muchas- emitidas en actos conscientes o inconscientes. Esas que atraviesan cualquier barrera, llegan a nuestro oído externo, luego al interno y finalmente al cerebro con tres noticias tan claras como contundentes. La primera, no estás solo. La segunda: no estás sordo. La tercera, a veces quisieras estarlo.

Hay un clásico. Es joven o veterano. Y un día pudo comprar ese equipo de sonido con el que había soñado toda la vida. Pero no es egoísta. Quiere compartir. Y en cualquier momento lo hace. Pone su música a un volumen tal que nadie en el edificio, la cuadra, el barrio o el municipio se la pierde. Más ahora cuando la definición de equipo de sonido es un parlante, y una cable conectado al blackberry,

Tiene fama de patán. Calumnias. Su actitud es completamente lógica. Ha trabajado duro para tener casa y equipo, o para pagar arriendo y tener equipo, o para alquilar pieza y tener equipo. ¿Por qué no puede usarlo? Además, lo que está transmitiendo es alegría. Y la alegría, literalmente, no tiene horario ni fecha en el calendario.

Positivismo, dicen los optimistas. A veces coinciden los gustos musicales. No pasa lo mismo con el más natural de todos los sonidos ambientales. En justicia, nadie tiene autoridad moral para hacerle reclamos. Todos pasamos por ahí. Y todos nos hacemos la misma pregunta. ¿Llorábamos tanto? Y, sobre todo ¿Tan duro?

Porque en alguna casa o apartamento hay un pequeño (incluye pequeña) poseedor de un par de pulmones con amplificador incorporado. Y en circunstancias que nunca son del todo claras, empieza. Son gritos sobrecogedores, berridos espeluznantes, sollozos sobredimensionados intercalados con intentos maternales de detener el concierto. Intentos que pueden ser comprensivos (Yaa, yaa, mi amor), pedagógicos (tranquila bebé), desesperados (¡Pero qué es lo que quiere!) Indiferentes (¡Siga llorando!) o santandereanos (¡le voy a pegar para que sí tenga algo porque llorar!).

Ya que cambiamos el rango de edad, quitemos a los niños y dejemos los adultos. Parejas. Todas tienen diferencias. Todas discuten. La que vive en nuestro rango auditivo tiende a hacerlo en horas de la noche. Altas horas de la noche. Nunca entendemos la letra, pero sí conocemos la melodía. Comienza suave y monocorde. Lentamente va aumentando el tono, ya no son una sino dos voces, primero intercaladas, luego en competencia por imponerse la una sobre la otra. Finalmente una de las dos asume un timbre de martirio, de víctima, que dura largo rato. Los finales ofrecen variantes, hay uno que es un golpe seco de puerta y pasos que se alejan apresurados. Otro da paso a un repentino silencio. Y otro se parece muchísimo al protagonista del párrafo anterior.

Esta gama de sonidos urbanos puede tener la más noble de las motivaciones. Aprendizaje, crecimiento, personal, acumulación de conocimientos. Así, el joven de origen caribe rinde homenaje a sus ancestros con práctica diaria de caja, acordeón, guacharaca o maracas. El aspirante a Plácido Domingo recibe la mañana con el interminable do re mi fa sol la si de los ejercicios de solfeo, y el roquero del futuro hace temblar el presente por cuenta de su guitarra.

Y cuando no son los seres humanos, el turno es para la fauna urbana. Ese french poodle incomprendido que chilla todo el día por cuenta del abandono de sus despiadados amos. Las múltiples y no siempre armónicas -pese a su fama de cantoras- formas de expresión de las aves domésticas y semisalvajes. Y en la noche, patrimonio exclusivo de climas cálidos, el interminable -insoportable- canto de los grillos enamorados.

Todos ellos, racionales e irracionales, proclaman su presencia en el universo rompiendo el infinito silencio de la existencia.

Y usted y yo somos el público.

Bienvenido al Concierto en mi vecino.

lunes, 11 de agosto de 2008

Arrendatarios

Es necesario ser justos. Así como existe toda una fauna de arrrendadores de habitaciones, los arrendatarios no se quedan atrás. Como estos, por ejemplo.
- El melenudo de arete que pregunta a la propietaria, recién salida de una operación al corazón: ¿Habrá problemas si aquí ensaya mi grupo de rock?
- El amante de los animales que insiste en camuflar una pareja de pastores alemanes en el apartamento del piso 18.
- La pareja despistada que pregunta a la dueña cuanto cobra por la hora.
- El caballero trasnochador que bota 4 juegos de llaves en igual numero de semanas, y pide disculpas luego de timbrar como loco a las tres de la mañana.
- La niña emproblemada que llega llorando todas las noches, especialmente cuando van a cobrarle la renta.
- El especialista en mecánica automotriz que parquea todos los días frente al garaje de la casa las tractomulas que él mismo arregla.
- El altamente colaborador arrendatario que daña, en su orden, la nevera, el equipo, el televisor, la tubería del baño y el piso del patio, bajo la premisa de “con mucho gusto le ayudo, señora".
- El compañero de apartamento que se baña semana por medio, ignora el significado de la palabra lavaplatos, come crispetas sobre la alfombra y derrama todos los líquidos que pasan por sus manos.
- El propietario paranoico que pregunta todos los días después de regresar: "¿Quien cambió de sitio mis porcelanas?”
- El joven que paga un año por adelantado, mantiene la puerta bajo llave, llega después de medianoche y sale de madrugada, y deja como único signo de vida unas sospechosas manchas blancas en la alfombra.
- El glotón que instala una estufa eléctrica de tres puestos en su habitación, y la utiliza para frita chicharrones con la puerta cerrada.
- La chica liberada que recibe la visita de un "primo" distinto todas las noches.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Buscando pieza

Cuando el bachiller recién desempacado llega a la capital a estrenar su condición de primíparo; cuando el joven profesional decide (o le toca) cambiar de ciudad para salir de las estadísticas de desempleo; cuando la chica liberada cancela su negocio con el hotel mamá; cuando los corotos particulares del neotrabajador de la familia ya no le caben ... ha llegado el momento del grito de independencia. A buscar alojamiento.
Como vivimos en país subdesarrollado, y los ingresos son ídem, la mayor la de los neoliberales -- neo por nuevos, liberales por libres - terminan descartando ante la implacable realidad monetaria la posibilidad de adquirir o arrendar un apartamento. Entonces acuden a la dosis personal del mercado inmobiliario: arrendar una habitación.
Creen que será fácil. Mentira. Antes de llegar a una ubicación aceptable conocerán (viviendo en él o en contacto con sus propietarios) "paraísos” Como los siguientes.
1- El cuarto arrendado por una viejita necia que se niega a darle llave al arrendatario, y fija como hora de entrada las 7 de la noche entre semana y las ocho de viernes a domingo.
2- La habitación que pertenecía al único hijo (fallecido) de una pareja de ancianos, cuyas características (las del hijo) son descritas detalladamente todas las noches por el padre, que ataja dos horas en el comedor al arrendatario cuando se va a acostar después de 14 horas de trabajo.
3- El apartamento compartido con un contador que es maniático del orden y mantiene boleteado a su cohabitante con memorandos de instrucciones de aseo.
4- La pensión en la cual hay un solo baño para 18 habitaciones, por lo que hay que hacer cola desde las 3 de la mañana y despachar todas (Ojo: todas) las diligencias en 5 minutos.
5- El cuarto de las hermanas solteronas que se alquila solamente para hombres, y que es necesario trancar con doble llave después de las ocho de la noche.
6- La terraza de la negociante de los 4 hijos que todos los días espera al arrendatario en la puerta para venderle una cosa distinta
7- La habitación con vista a la calle en plena zona de discotecas
9.- El miniapartaestudio ubicado al fondo del patio, en cuyo camino hay un gran danés sin almorzar
10- El apartaestudio compartido con la versión 1994 de Juan Tenorio, el cual convierte al otro usuario en habitante usual del corredor.