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miércoles, 16 de septiembre de 2026

Yo lo vi

Yolovi no se llama así. Es la forma como lo bautizaron sus compañeros de juerga. Yo lo vi, decía, persistía y reiteraba pese al escepticismo de los escuchas, por no hablar de la evidencia y las circunstancias.

El contexto, para comenzar, aplastaba totalmente cualquier indicio de credibilidad. Yolovi y su combo salieron del local de marras bajo la influencia de suficiente alcohol para llenar un embalse. Por suerte lo avanzado de la hora eliminó a cero el tránsito vehicular, así que pudieran zigzaguear con mucho riesgo pero escaso peligro de andén en andén mientras iban dejando a cada sujeto en su respectivo hogar.

Yolovi y el amigo fueron los últimos en arribar a sus casas, en la misma cuadra.  El amigo ingresó primero (emitió un sonido que, todo parece indicar, era una despedida). El otro tipo paró un momento, reuniendo el poco sentido del equilibrio que le quedaba para recorrer los pocos metros que lo separaban de su casa.

Ahí lo vio. Aunque imponente no parecía amenazante. De hecho ni siquiera determinó al testigo ocasional. Simplemente apareció por la esquina norte, pasó por la acera de enfrente y desapareció por la esquina sur.

También desapareció el efecto del licor consumido. Resultado previsible en quien acaba de ver un gorila en plena ciudad. Albino, por cierto. Con pantaloneta. Rosada. Y tenis. Verdes. La historia sigue con un recorrido relámpago hasta la casa, ingreso apresurado y refugio entre angustia y desconcierto debajo de las cobijas.

Amaneció domingo de desenguayabe y los bebedores de la noche anterior se reunieron alrededor de caldo de costilla en magnitudes navegables. Entre comentarios sueltos, recuerdos difusos de la noche anterior y demás temas varios Yolovi pregunta si ellos también lo vieron. —¿Vimos que?

Doce palabras hacen la diferencia entre el borde del desastre y el empujón definitivo. —“El gorila albino con pantaloneta rosada y tenis verdes. Yo lo vi.”

Solo fue cuestión de segundos para que la reacción pasara del desconcierto al escepticismo, del escepticismo a la burla, y de la burla al amistoso pero hiriente sabotaje (por no decirle matoneo). Aún así el narrador insistía en mantener su versión. Y aseguraba una y otra vez. “Yo lo vi, yo lo vi.”

Ningún argumento puede más que una sucesión interminable de carcajadas. Nadie sabe quien fue el autor intelectual, pero en algún momento del coro de jajajas, surgió la condena. Nominal, ya que involucraba la desaparición eterna de un nombre y su reemplazo por el apelativo del que venimos hablando. “Está (risas) bien (risas), si usted dice (risas) yo lo vi, (risas) te creemos (risas) Yolovi”.

Con el paso del tiempo Yolovi ha comenzado a dudar sobre lo del gorila albino en pantaloneta rosada y tenis verdes. ¿La pantaloneta de verdad era rosada? De resto sigue convencido de lo que observó esa noche. 

Como los demás no vieron, ya no habla del tema. Ver para creer.  

Nota final. Una fuente sin identificar dice haber escuchado este fragmento de una conversación ajena.

—”...Y preciso se acaba el medicamento así de tarde. Como no hay domicilios ni nada toca salir a conseguirlo como sea. No hay tiempo ni de cambiarse, apenas de ponerse unos tenis y una pantaloneta para que no se caiga el pantalón de la piyama de peluche, la blanca, esa que tiene capucha. Así salí a la calle pero qué importa. Lo  importante fue que encontré una farmacia abierta. Además, nadie me vio.”

miércoles, 3 de junio de 2026

La edad es solo un número

No. Adolfo no se siente viejo. O por lo menos no “tan” viejo. No todavía.

Es cierto que, cumplidos requisitos de edad y cotización, pasó a ser beneficiario del sistema pensional. 

Es cierto que prioriza aquellas actividades que puede desarrollar sin moverse (o por lo menos, sin alejarse demasiado) de su casa.

Es cierto que su círculo de amigos y parientes (sobre todo contemporáneos o mayores) tiende a reducirse.

Es cierto que, en cambio, aumentan sus relaciones profesionales con el honorable cuerpo médico y afines.

Pero aún mantiene su capacidad mental intacta, entrenada a través de los años con trucos mnemotécnicos.

Adolfo es bueno para los números. Al terminar la universidad comenzó a interesarse en política. Aunque había alcanzado la mayoría de edad hace rato, ese año votó por primera vez. Cerca a su casa. Mesa 15. 

No recuerda cuál elección era, por quien votó, si ganó o perdió. Él tiende a relacionar hechos con cifras. Así olvide los detalles. Así que cada vez que hay procesos electorales en su vida el 15 aparece en su mente.

Otro guarismo es 5,96. Corresponde a la nota (sobre 10) que obtuvo en Física en grado 10, gracias a la cual pasó al grado 11. Mucho tiempo después se encontró con su antiguo profesor, ya jubilado. Tomaba café con algunos amigos, igualmente retirados. 5,96 pasó a ser la representación numérica de pensionados aburridos echando tinto y carreta. 

Doce fue el número del cubículo asignado en su primer empleo. Doce se convirtió en la cifra que Adolfo relaciona con experiencia laboral. Cada vez que alguien habla de trabajo, el 12 se proyecta en su mente.

Para proponerle matrimonio a la que hoy es su esposa, la invitó a cenar a restaurante fino. Después de la entrega del anillo y demás arandelas, canceló $117.228 (servicio incluido). Así quedó como número del amor, de la pareja y de la familia.

Ahora que Adolfo disfruta de su jubilación, 12 se ha vuelto un número de apóstoles, de compras de fruta y pan, de cajas de huevos y de meses del año, de esos que pasan sumándole calendarios a la existencia. Ante la abundancia de tiempo libre se reúne con viejos amigos alrededor de una taza de café. Cada vez con mayor frecuencia. En promedio 5 veces por semana, aunque cada vez se acerca más al 6.

También comparte tiempo con la familia, que ya no solo incluye a su esposa sino a sus hijos, sus respectivas parejas y, por supuesto, los nietos. El 117.228 se ha multiplicado.

Como buen ciudadano, siempre cumple con su deber cívico. Hace poco votó. En su país, las mesas electorales se asignan por el número de los documentos de identificación, en orden ascendente. A mayor edad, menor es la cifra que identifica el punto adonde debe acudir el interesado.

Adolfo participó cerca a su casa. Por primera vez le tocó la mesa 1. Esa donde sufragan los más viejos. 

Es cierto que, después de ese día, Adolfo se siente viejo.  

miércoles, 13 de mayo de 2026

Esas madres que pocos conocen (y 2)

(Viene de la primera parte)

Maternalismo geográfico

En todos los países del mundo hay madres, En Cuba son palizadas o conjuntos de leña colocados en orden para hacer carbón. En Honduras se le llama a un insecto madre de culebra.

Por acá en Colombia, en los Llanos Orientales, se habla de madreviejas, que son ríos secos a cuyas orillas cantan los paujiles. En la costa Atlántica existió la expresión madre del caimán, refiriéndose a la progenitora poco cordial con sus hijos. La denominación viene de la leyenda que acusa a los caimanes de devorar a sus hijos al nacer.

Los geógrafos del mundo también han recurrido con bastante frecuencia a la madre. La Madre de Dios, además de la Virgen María, es un río, una isla, un arrabal de la ciudad española de Logroño y un archipiélago chileno. Hay una sierra Madre en México y otra en Filipinas. El país de los aztecas y los Estados Unidos tienen sus lagunas Madre. Una región de Argentina recibe el nombre de Madrevieja.

Tres madres en la mente

El apoyo de la madre es trascendental, pero no solo para los hijos. Es importante para las estructuras que dependen de un madero madre. Es importante para los tubos de alcantarillas y acequias que van a dar a un tubo madre dentro de los sistemas de desagüe de las grandes ciudades.

Es que la madre es algo muy grande. Tanto que el Lexicón de Colombianismos la define como algo "descomunal, atroz, estupendo, formidable, terrible, usado enfáticamente..." (qué despelote tan madre).

Todo ser humano tiene mínimo tres madres en su mente. La mujer que lo trajo al mundo y dos membranas que protegen el cerebro: la duramadre y la piamadre. Las aves, por su  parte, poseen una madrecilla situada entre el ovario y el ano. Es allí donde se forman la clara y la cascara de los huevos, en lo que popularmente se conoce como huevera.

Es mucho lo que se ha escrito a esta mujer. Pero lo que pocos conocen es que si no fuera por una madre los discos de vinilo no existirían. Para el ingeniero acústico la madre es aquella matriz que moldea esta antigua modalidad de grabación y reproducción musical que ha tomado un nuevo aire en tiempos recientes.

Madres locas y del cacao

En la Edad Media, los burgueses de la ciudad de Dijon (Francia) crearon una sociedad bufa que se dedicaba a realizar representaciones satíricas. Viajaban de ciudad en ciudad dando a conocer sus farsas. Se llamaban la Sociedad de la Madreloca.

Lo que le pasó a los alegres muchachos de la Madreloca es algo que solo la historia sabe. Pero el destino de otras madres sí es más conocido. Las madreperlas, por ejemplo, son aquellas conchas que residen en el fondo de los mares intertropicales y dan origen a las joyas esféricas que han inspirado a poetas y tentado a piratas.

Grandes hombres han sido hechura de sus madres. Muchas plantas de cacao también. Los hondureños han llamado madre del cacao a una falsa acacia que cultivan junto al vegetal que origina el chocolate, con el fin de darle forma a su enclenque mata.

La mitología del campesino colombiano tiene su buen surtido de madres. Está la Madre del Agua, una mujer hermosa que se roba a los adolescentes y los lleva a su casa, ubicada en el fondo del río.

También están la Madremonte y la Madreselva. La primera es una señora que se representa de diversas formas, algunas poco agradables (con colmillos y cubierta de hojas). Ella practica una dieta de niños recién nacidos. Lo hace en venganza por la destrucción que el hombre hace de la naturaleza. La segunda es una joven misteriosa que cuida a los niños buenos y se lleva a los malos,

Sin embargo, la que más mala prensa acumula es la madre política, o sea la suegra. Y con los avances de la ciencia moderna, desde hace años se habla de la madre probeta y de la madre que arrienda su vientre.

Literatura y algo más

Para los escritores, la madre ha sido una inspiración constante. Una novela de Máximo Gorki (Rusia), un drama de Santiago Rusiñol (España)  y un poema de Giovanni Cena (Italia) llevan este nombre.

Gamar Katiba, poeta armenio, escribió una composición llamada “Madre Araxes”. Friedrich Hebel (Alemania) le cantó a las progenitoras en “Madre e hija”. Emilia Pardo Bazán (otra vez España) hizo un extenso relato titulado "Madre naturaleza" y Max Halbe (más Alemania) narró la historia de "Madre Tierra".

Son muchísimas más las personas que han definido la madre, que le han cantado y escrito libros. Una de ellas, el obispo chileno Ramón Ángel Lara, redactó una página en prosa que se ha convertido en clásico y que resume la personalidad de las progenitoras. Este texto que comienza: "Hay una mujer que tiene algo de Dios...”

miércoles, 6 de mayo de 2026

Esas madres que pocos conocen (1)


Nota de la redacción.  Hace como 40 años cometimos este texto, que retomamos (ligeramente ajustado para adaptarlo a tiempos presentes) con motivo del día y mes de la madre. Como es bastante largo, va en dos partes. Una va hoy y la otra la próxima semana. Gracias por leer y, como siempre, comentarios y aportes son bienvenidos.

Madre no hay más que una, sostiene un antiguo proverbio. Sin embargo, la Real Academia de la Lengua no piensa lo mismo, ya que en su diccionario el término madre tiene 18 significados diferentes.

No son las única acepciones que recibe la maternal palabra. Hay madres que se han convertido en cordilleras. Otras son apellidos. Algunas se utilizan en la minería o forman parte de nuestra corteza cerebral.

Hay madrecillas, madremontes, madres de agua, madreperlas, madreviejas, madrelocas, madres de culebra, madres cacao y lenguas madre. Para el penalista del Siglo XIX, una madre de familia era algo diferente de lo que es ahora. Y si le preguntamos a un médico qué hacer con la madre de niños, posiblemente recete un medicamento para la enfermedad que recibe este nombre.

El sustantivo que nombra a la mujer que le da la vida a la especie humana puede ser un espíritu infernal que se roba a los niños para comérselos. O una sociedad bufa de la Edad Media. Para el ingeniero acústico es un tipo especial de molde. Para el llanero es un río seco y para el jinete, un paso especial que siguen los caballos que aún no han sido amaestrados.

Lo que encierra una palabra

El término madre viene del latín mater. Por un curioso fenómeno lingüístico muchas lenguas, incluidas las que no son romances utilizan expresiones similares (mother en inglés, mama en ruso. Hasta en chino y coreano suena la m en el nombre).

La madre no da únicamente hijos. También origina palabras derivadas al por mayor. Comadre, comadrona, madrastra, madriguera, madrina, maternal, maternidad, materno, matriarcado, matricida, matriz, matrona y metrópoli, se encuentran entre los “hijos” de este matrimonio (otro derivado) entre la madre y el idioma.

La Real Academia de la Lengua en su diccionario incluye 18 significados. Hay de todo tipo. Desde el poco poético pero bastante significativo de “Animal hembra que ha parido una o más crías”, hasta el que habla de "Alcantarilla o cloaca maestra”.

Se dice que ser madre es un honor. Además puede ser un título. Es la mención que se le otorga a las religiosas o a las personas que en hospitales y casas de recogimiento están a cargo del manejo. Asi también se les llama a las ancianas de un pueblo, sin importar su estado civil presente o pasado, o su historial médico en lo que a procreación se refiere.

Los caballos que no han sido entrenados tienen un trotecito corto denominado “Paso de la madre”. En los barriles de vino, mosto o vinagre también hay madres. Es el nombre que reciben los residuos  asentados en el fondo de los recipientes.

Dime qué haces y te diré y qué madre tienes

Para el abogado del siglo 19, la madre de familia era aquella que vivía en su casa honestamente y tenía buenas costumbres, aunque no engendrara. Existía la madre sacrílega, que era la que daba a luz al hijo de un religioso o que paría formando parte de una comunidad católica.

En cambio, el químico moderno habla de las aguas madre, que son las que restan de una solución salina que se ha hecho cristalizar. Por su parte, en tiempos pasados los médicos atendían de vez en cuando el denominado mal de madre, nombre atribuido a diferentes dolencias (algunas bastante curiosas, por no decir cuestionables) que afectaban a las mujeres.

Los mineros colombianos denominaban madres a las piedras que se encontraban reunidas al oro cuando terminaba el proceso de lavado. Si necesitaban sacarle brillo a algo metálico recurrían a la madre del oro, piedra que se utilizaba para estos menesteres.

Los lingüistas se refieren al latín como lengua madre de los idiomas conocidos como romances. Y los historiadores latinoamericanos le endilgaron a España el apelativo de Madre Patria.

(Continuará)

miércoles, 8 de abril de 2026

Ese tal Habermas y yo, dice Don Arturo

Jürgen Habermas (1929-2026)
By Wolfram Huke, http://wolframhuke.de - 
Transferred from en.wikipedia to Commons by ojs., CC BY-SA 3.0,
 https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=3546577

Se murió Habermas. Los que saben de eso se han dedicado a destacar su importancia. Arturo no sabe de eso. Lo que sí sabe es que para él, en diversos momentos de su vida, el tal Habermas fue importante. 

En el barrio había un combo de amigos. Al crecer la vida los fue dispersando. Pero no del todo,  Periódicamente se reunían bajo cualquier disculpa lo que, inevitablemente, terminaba en abundantes consumos etílicos. Durante uno de esos encuentros, el que llamaban Caradestopa y estudiaba algo terminado en ía (filosofía, antropología, sociología, nunca se supo con claridad) les presentó a Habermas.  

Arturo no recuerda detalles. Solo sabe que había mucho licor, Caradestopa echaba mucha carreta y en más de una ocasión habló de un tal Habermas. Y que al otro día, de ese Habermas apenas le sonaba el nombre.

Por esa misma época Arturo inició su propia formación profesional. Ingeniería. Números, máquinas, obras. El mundo real. La Mona, una compañera, escogió como materia opcional Filosofía Contemporánea.  El joven se sentía atraído (por La Mona, no por la filosofía) así que hizo otro tanto. Ella se retiró por problemas económicos. Él quedó atrapado en algo que no le gustaba, no comprendía, y cuyo profesor lo aburría mediante interminables peroratas alrededor del pensamiento humanista con énfasis en un tal Habermas. 

El estudiante hizo su mejor esfuerzo.  Intentó entender en clase. No pudo. Intentó leer directamente al autor. Tampoco entendió. Buscó a Caradestopa. No le entendió nada. Terminaron borrachos. Fracasó en la vocacional. En otro semestre se pasó a Taller de Ebanistería y le perdió por siempre la pista a La Mona.

Años después, Caradestopa se graduó y armó fiesta. La reunión juntó parientes, viejos amigos y colegas. Arturo aterrizó, como escucha, en una conversación de barbudos. En algún momento dos de ellos se trenzaron en tremenda discusión sobre algo llamado acción comunicativa y ética discursiva. 

Aburrido como ingeniero en pelea de intelectuales, Arturo decidió retirarse. Uno de los conversadores (el que iba perdiendo el debate) lo agarró como escudo mientras tomaba un segundo aire… “¿Y usted qué opina? ¿Debemos asumir el discurso ignorando el componente procedimentalista de Habermas?”.

En el mundo de Arturo opinar era defender su equipo de fútbol, discurso las bobadas que decían los políticos, componentes las piezas de un computador y procedimiento una lista de instrucciones. Al unir todas las ideas lo único que atinó a responder fue un largo e interminable Uhmmm...

Por suerte, Caradestopa apareció y se lo llevó a otro grupo, donde le presentó a Patty. La conversación entre los dos jóvenes fluyó sobre diversos temas. Cine, televisión, viajes, lugares, artistas y lecturas, que fue cuando ella inocentemente comentó: “Ahora estoy leyendo el último libro de Habermas, ¿tú ya lo leíste?

Han pasado muchos años. Arturo no lo ha leído todavía. Terminó y luego ejerció su carrera con éxito. Se casó con la mujer de su vida (no fue Patty). Tuvo hijos. Ellos lo llaman Papá. Le dieron nietos. Esos que le dicen Abuelo. Otras personas, ajenas al círculo familiar, se refieren a él como Don Arturo.

El nieto mayor, tras una exitosa gestión como edil de su comunidad, ahora quiere ser concejal. El patriarca  y su descendiente conversan seguido. No siempre en términos cordiales. No es por las diferencias de edad, ni por los contextos culturales diferenciados, ni por el abismo generacional, ni por las posturas ideológicas. 

Es que Don Arturo está mamado de que su nieto cite todo el tiempo a un tal Habermas.

miércoles, 19 de noviembre de 2025

40 contraexageraciones

Tenemos la tendencia a exagerar. Abundan los ejemplos. Lo que viene abajo es otra cosa. Es como exagerar, pero en negativo. Y si sigo tratando de explicarlo voy a terminar más enredado que bulto de anzuelos. Así que mejor al punto. Los invito a leer.  Corte a comerciales: cualquier ejemplo o idea adicional es bienvenido. Comentar es gratis.

  1. Aclara más una explicación en términos médicos.
  2. Acompaña más un canario disecado.
  3. Alegra más el sonido del despertador en las mañanas.
  4. Apacigua más la musiquita de espera del call center.
  5. Avanza más una entaconada (o entaconado) en un barrial.
  6. Baila más una mesa patas arriba.
  7. Cambia más un grano de arena al desierto.
  8. Camina más un ascensorista en horario de trabajo.
  9. Comparte más un niño cuando entiende el concepto de mío.
  10. Contesta más un milenial con audífonos nuevos.
  11. Conversa más un cactus.
  12. Decora más un burro muerto en la mitad de la sala.
  13. Escribe más la abuela después de aprender a mandar mensajes de audio.
  14. Espanta más un gatico recién adoptado.
  15. Espera más el encargado de reportar demoras a las centrales de riesgo.
  16. Explica más el gringo que niega la visa en la embajada.
  17. Gasta más un vegano en una carnicería.
  18. Guarnece más un arco de fútbol cuando llueve.
  19. Halaga más un crítico de cine.
  20. Intimida más un guardaespaldas con suéter de Hellow Kitty.
  21. Limpia más un cepillo de dientes en una carretera.
  22. Ofende más pedir la hora.
  23. Protege más un periódico en un aguacero.
  24. Reflexiona más un barra brava en pleno partido.
  25. Refresca más un café caliente en tierra ídem.
  26. Retrocede más un aguacero.
  27. Reza más un ateo multimillonario.
  28. Rumbea más una monja de clausura.
  29. Sabe más un japonés de sancochos.
  30. Sale más un pescado de acuario.
  31. Sirve más una sotana en un campo nudista.
  32. Sobresale más una pulga en un parque lleno de paseadores de perros.
  33. Sonríe más la que atiende el peaje.
  34. Sorprende más un político empapelado.
  35. Suena más un pedo en un concierto.
  36. Tiene más glamour un chulo caminando.
  37. Trabaja más un semáforo en un crucero.
  38. Tranquiliza más un correo de la dirección de impuestos.
  39. Une más conversar sobre política, religión o equipos de futbol.
  40. Vende más un almacén de bikinis en el Polo Norte.

miércoles, 18 de junio de 2025

Papá caña

A propósito del Día del Padre,  retomamos un texto del siglo pasado sobre esas historias con las que los papas de turno entretienen a su prole. Incluye ciertas referencias que requieren edad mínima para ser entendidas, por lo que incluimos un novedoso y patentable recurso: el “Equivalente Para Las Nuevas Generaciones”, identificado con la sigla EPLNG, cuando aplica.  

En algún momento de la vida, el héroe oficial de nuestra existencia es ese señor que ostenta el titulo de papá. En la situación influye —además de su porte y su habilidad para sacar dulces del bolsillo del saco—  algunas historias que nos ha contado sobre relaciones con personajes importantes, aventuras dignas de un héroe de Nintendo (EPLNG: Marvel) o viajes maravillosos a tierras lejanas.

Lo cierto es que un día crecemos, y como quien no quiere la cosa, empezamos a repasar mentalmente los cuentos del progenitor. Y ahí aparecen las incoherencias de fecha, lugar y tiempo. ¿Cómo pudo jugar en el mismo equipo con Willington Ortiz y Oscar Córdoba (EPLNG: el Pibe Valderrama y David Ospina) en una final del Mundial?

Ahí descubrimos la triste realidad. El tipo no mintió, aunque sí exageró "un poquito". Por ejemplo:

Historia: Una vez, estuve en un concierto con Fruko y sus Tesos (EPLNG: Daddy Yankee o Don Omar), hicieron un concurso de salsa (EPLNG: reguetón)  y gane el primer lugar con el paso del espagueti.

Realidad: Una vez hicieron un concurso para ver quien era el más teso para comer espagueti con salsa. Papá no ganó, pero pasó una noche en medio del desconcierto.

Historia: Tuvimos una pelea de jóvenes, éramos 5 contra 20. pero los sacamos corriendo a los 18 minutos.   

Realidad: Ibamos a pelear seis contra cinco pero ellos, de lo grandes, parecían 20. Salimos corriendo y nos persiguieron 18 cuadras.

Historia: En la final del campeonato intercolegiado, anoté en el último minuto el gol que nos hizo campeones. 

Realidad: En un partido con otro colegio, lesioné en el ultimo minuto al arquero rival y luego ganamos por penaltis.

Historia: Cuando viajé a los Estados Unidos, mi compañero de silla fue Silvester Stallone, (EPLNG: Jason Statham) quien había viajado de incógnito a Colombia.

Realidad: Cuando conseguí un puesto de cargamaletas en el aeropuerto, vi a lo lejos un tipo idéntico a Silvester Stallone, pero hablaba como boyacense y era negro.

Historia: Una vez tuve que atravesar el río Magdalena nadando en medio de una tormenta.

Realidad: Una vez me caí a la quebrada la Magdalena y me sacaron con chinchorro.

Historia: No me casé con Amparo Grisales, (EPLNG: Amparo Grisales) cuando a ella no la conocía nadie, porque era en ese tiempo una vieja maluca. Por eso preferí a su mama (la suya mijo, no la de Amparo Grisales).

Realidad: No me casé con Amparo Grisales —la dueña de la tienda de la esquina y homónima de la famosa actriz— porque, es, fue y seguirá siendo una vieja maluca; y su mamá es mucho mejor en todo sentido.

Historia: Cuando Julio Iglesias, el cantante español, (EPLNG: Enrique Iglesias)  vino a Colombia, me habló como se le habla a una amigo de confianza, y me dio recomendaciones para evitar problemas con mi vida.

Realidad: Cuando Julio Iglesias, el cantante español, vino a Colombia, le lanzó un grito a un bobo (yo) parado en medio de la calle. "¡Quitaos de ahí imbécil, no veis que os vamos a atropellar!"

miércoles, 21 de mayo de 2025

El intocable señor Barreto

Si usted ve al señor Barreto por la calle lo más probable es que ni siquiera perciba su presencia. Y si por alguna razón lo nota, solo es cuestión de tiempo para que forme parte (Barreto) del inventario de asuntos olvidados. Razones sobran. La ropa del tipo es genérica, se comporta con discreción casi invisible, el rostro carece de particularidades y anda como uno más en la marea humana que transita a diario por la vida.

Pero los omnipotentes, los que tienen la autoridad en escenarios específicos, los que rigen el destino de organizaciones o personas por elección, delegación o herencia poco o nada pueden hacer para ejercer su máximo poder frente a este caballero.

No existe dueño, administrador o empleado que pueda sacarlo de una larga lista de locales. Se incluyen meseros, chefs y metres de restaurantes. Cantineros, barmans y vigilantes de bares. Canchero o tendero de canchas de tejo. Artista principal, guardia o acomodador de concierto. La inmunidad de Barreto alcanza los clubes sociales, donde ni siquiera la junta directiva tiene la capacidad de expulsarlo de las instalaciones.

Tampoco es factible retirarlo de catedral, capilla, templo, sinagoga,  iglesia de garaje o ermita, sin importar lo que hagan obispo, sacerdote, rabino, pastor o monja (incluye madre superiora). Lo mismo ocurre con esos medios de transporte donde regulaciones aceptadas por todos los países le otorgan autoridad absoluta al comandante de la nave. No hay piloto capaz de bajarlo de un avión o capitán que pueda desembarcarlo de yate, crucero o barco de carga.  

Para dar algunos ejemplos con nombre propio, el gran Elon Musk no puede eliminarlo de X (antes Twitter), el insigne Mark Zuckerberg es incapaz de sacarlo de Facebook, Instagram, WhatsApp o Threads y, por increíble que parezca, ni siquiera el todopoderoso Donald Trump tiene como expulsarlo de Estados Unidos.

No existe árbitro con la capacidad de excluirlo de actividades deportivas, gerente calificado para prescindir de sus servicios, funcionario de alto nivel (superintendente, viceministro, ministro, presidente) que pueda removerlo de la nómina.

No siempre fue así. Hubo épocas en las que el señor Barreto salió por la puerta de atrás y no siempre en los mejores términos de lugares físicos y organizaciones. Pero cuando cumplió los requisitos y se pensionó supo que nunca podrían volver a echarlo de ningún trabajo, oficial o privado, ya que nunca volvería a trabajar.

También decidió (con ayuda del calendario y las recomendaciones médicas) restringir el consumo de alcohol a una que otra copita en casa, lo que lo alejó para siempre de bares y similares. Y como ya vivió bastante y sabe la diferencia entre lo que debe hacer y lo que es opcional, empezó a quitarle escenarios a la vida.

El señor Barreto no va a restaurantes (existen domicilios y comida casera). No juega tejo. No asiste a conciertos. No es socio de clubes. Maneja su relación con el omnipresente ser superior en la intimidad de su casa. Limita sus traslados intermunicipales a zonas cercanas que no requieren aviones o barcos. No hace deporte en plan competitivo y no tiene redes sociales. 

Por eso es imposible que lo saquen, retiren, expulsen o eliminen de múltiples espacios, físicos, organizacionales o virtuales. Porque él no está ahí. Y no importa que tanto poder tenga alguien para decidir sobre la presencia de otros en su jurisdicción. Es imposible sacar al que no está adentro.

Como al Señor Barreto. Quien, por cierto, es un tipo feliz.

miércoles, 26 de marzo de 2025

Un susto de esos que asustan

 — Todos le tenemos miedo al algo. Otra cosa es si estamos o no dispuestos a reconocer ese miedo.

— Supongo que sí. Pero ya que usted puso el tema, ponga el ejemplo.

— Vale...

(Silencio estratégico mientras todos miran al interpelado).

— Al agua.

— No venga con cuentos, yo lo he visto nadando sin problema en río, mar y piscina.

— No, no estoy hablando de ese tipo de agua. Y como que escogí mal el ejemplo, porque no es un miedo permanente, sino un susto. Esperen pienso otro.

— ¿Ahora nos va a dejar con la duda? Termine lo que empezó. 

— Eso. ¿Hablamos del racionamiento? ¿De los efectos del cambio climático? ¿De las lluvias inesperadas? ¿De los gérmenes en agua sin hervir? ¿De las ollas de agua hirviendo?

(Segundo silencio estratégico. El interpelado sonríe).

— Creativo usted. Pero no es nada de eso. Es agua en bolsa.

— ¡Ja! Yo sabía que tenía alguna relación con el medio ambiente. Es por el plástico no biodegradable que amenaza el planeta, ¿cierto?

—Si me dejan seguir...

— Okey. Hágale.

— Son esas bolsas grandes, de cinco litros. Las que se inventaron, creo, para recargar los botellones. Ahora que lo pienso, es una estrategia medio ecológica porque aumenta la vida útil de los botellones plásticos.

—Bueno, y cual es el miedo, o el susto, o lo que sea.

— Un día estaba en la tienda cerca de mi casa cuando una mujer, que se le notaba el afán, entró a comprar una bolsa de esas.

(Ahora el silencio es de los que escuchan).

— Cogió la bolsa del estante, pago y salió corriendo. Se subió al carro y arrancaron.

— ¿Y eso lo asustó?

— Es que todavía no explicó los detalles clave.

(Silencio estratégico número 3. El auditorio está completamente conquistado).

—¡Bueno, cuente a ver!

La compradora tenía uniforme. En principio no lo ubiqué hasta que vi el carro en el que se estaba transportando. Era un camión de bomberos. De bomberos de esos que apagan incendios. El camión era de modelo reciente, con todos los juguetes. Escaleras, mangueras, válvulas, gavetas...

(El auditorio espera, sin hablar, algo más que redondee la historia)

— Supongo que también tenía sirenas, aunque no oí nada. Eso sí, estaba lleno de luces. Luces rojas,  intermitentes, en la parte superior y en los lados. Y estaban encendidas.

Entonces la escena es la siguiente. Un camión de bomberos con luces de emergencia prendidas se detiene frente a la tienda. Una bombera baja con evidente afán y compra una bolsa de agua. Sale, se sube y el carro arranca a toda velocidad.

Eso asusta.

miércoles, 11 de diciembre de 2024

Ella me está mirando

F.A. es maduro tirando a viejo, su cara es más bien normalita tirando a maluca, su físico no tiene nada que ver con gimnasios o ejercicios y su ropa es bastante común tirando a corriente y descachalandrada. 

Aún así, ella siempre lo mira.  F. A. no sabe su nombre. O mejor, sus nombres, como explicaré más adelante. Ella es joven. Milenial. centenial, generación Z o cualquiera de esos apelativos creados para vender productos y sensaciones “exclusivas” a millones de consumidores que coinciden en un rango de edad.

F. A. tiene un nombre que corresponde a sus iniciales. También es Fotógrafo Aficionado. Dos razones para ser F. A. Suele cargar una cámara (no la del celular)  para captar imágenes de situaciones, lugares, eventos, y, sobre todo, de gente en su vida diaria. No busca publicar, generar ingresos o seguidores. 

Lo hace porque le gusta. No pone individuos o grupos a posar. Simplemente, cuando ve algo que le llama la atención enfoca (bueno, la cámara enfoca por él) y dispara. Así ha ido reuniendo una amplia colección de imágenes que muestran seres humanos en diferentes escenarios, ejerciendo eso que llaman vivir.

Vivir no siempre es cuestión de individuos sino de comunidades. Muchas veces las fotos de F.A. son de grupos. Grupos que caminan, grupos que desfilan, grupos que interactúan en algún espacio público, grupos que trabajan, grupos que participan de alguna dinámica —como no— de grupo, grupos que bailan, grupos que cantan, grupos que descansan… Grupos, que, en resumen, están ocupados haciendo algo que amerita fotos. Y, lo más importante, que no asumirán esas poses prefabricadas y artificiales de las selfis.

Pero ella sí.

Ella está en las imágenes de la presentación del conjunto de baile, de los ocupantes del tren en movimiento, de la procesión de Semana Santa, del evento conmemorativo, del desfile de bandas de guerra de la fiesta patria, del público expectante antes del concierto, del público exaltado durante el concierto, de la  multitud anónima caminando por el centro.

Es completamente reconocible, pero solo se hace evidente al ver las fotos en un formato grande. Antes, había que esperar el revelado e impresión. Ahora es cuestión de computador, televisor o tableta. Allí está. En medio de la multitud o del grupo selecto, justo cuando F.A. aprieta el obturador, ella lo mira.

Es una mirada directa. Sus ojos están fijos en F.A. La evidencia gráfica no deja lugar a dudas. No importa si F.A. acciona su cámara cerca o a 50, 100, 200 metros, con uno de esos lentes que le hacen trampa a la distancia. No importa si el grupo es grande, mediano o pequeño. No importa si están de pie, en movimiento, quietos o haciendo alguna acrobacia.

Si tomó una sola imagen, en esa imagen ella lo mira, En cambio, si tomó varias imágenes, en distintos, momentos, lugares o planos… ella también lo mira. Además, independientemente de las circunstancias, ella siempre se ve bien. Es decir que si se trata de alguna actividad física donde el resto del personal evidencia el esfuerzo, ella tendrá rostro sereno, relajado y sin una gota de sudor. Si es un escenario donde todos los demás ponen cara de palo, ella esbozará una enigmática sonrisa. Y si es el momento de suprema emoción de los asistentes al concierto, donde todos saltan y gesticulan con sus ojos fijos en el artista, ella desviará la mirada hacia el fotógrafo y pondrá cara de modelo durante menos de un segundo.

¿Efecto selfi? ¿Instinto? ¿Magnetismo? F.A. no tiene explicación. Pero ella nunca falta. Y lo está mirando.

miércoles, 4 de diciembre de 2024

Sueños de Gordito


Nota de la Redacción. Retomo un texto escrito en 1996. Tiempos donde los celulares solo servían para hablar por teléfono (o de repente ni siquiera existían, no me acuerdo), las cámaras fotográficas eran artefactos completamente autónomos, manipular una foto era posible, pero muy complicado y Maradona era ya una leyenda del fútbol, aunque algunos de sus logros con el balón estuvieron acompañados de un ligero sobrepeso. 

El Gordito es divertido, y hasta simpático. Pero eso no le quita lo Gordito. Por eso siempre hay un límite entre él y los triunfadores. Él se puede vestir igual, hablar igual, actuar igual. No importa. Su karma es ser el Gordito. El casi, pero no. Y eso, a él le duele.

Él tiene nombre aunque eso solo le interese a la Registraduría y a la Administración de Impuestos. Ni siquiera a su esposa, quien prácticamente solo lo llamó Eduardo el día en que se conocieron. De resto, su comunicación siempre giró alrededor de la palabra Gordito con múltiples variaciones. (Gordis, mi Gordo, Dogor, Gordon).

Al Gordito lo invitan a las fiestas, pero si no va, nadie se entera. Al Gordito las chicas siempre le han dicho que no cuando están cansadas, cuando no quieren bailar, o cuando aspiran a algo mejor. Y no sienten remordimiento. Al Gordito le dan la palabra en las reuniones de trabajo, pero aunque todos le oyen, pocos, o ninguno, lo escuchan. Y eso,  a él le duele.

En casa, la Chiqui saluda de beso a su papá. y se ríe cuando le hace cosquillas. Pero si tiene problemas con las tareas, le pregunta a mamá. Y si tiene problemas con la vida, le pregunta a las amigas.

El Gordito vive así su vida. Pero todas las noches, cuando su esposa y la Chiqui ya se durmieron, abre su álbum personal y mira esa foto que simboliza lo más importante que ha hecho en toda su vida.

Fue alguna vez que la Selección Argentina vino a Colombia, y él trabajaba como botones en el hotel donde esta se alojó. También fue una absoluta coincidencia, que justo a él le haya tocado llevarle las maletas a Maradona y que llegando a la habitación se hayan encontrado con un fotógrafo, colado al décimo piso, pese a las estrictas medidas de seguridad.

Pero el tipo alcanzó a disparar su cámara varias veces antes de que lo sacaran a patadas, y en una de esas quedaron, en la misma placa, el Gordito y Maradona.

Cuando él averiguó quien era el fotógrafo fue a pedirle una copia. Viéndola se imaginó, como lo hacía todas las noches, el siguiente cuadro.

Hay un montón de periodistas y gente importante observando las fotos. Están decidiendo que harán con ellas.  Las miran detalladamente preguntando con insistencia.

—¿Y que hacemos para quitar al gordito?

— ¿Pero quién es el gordito?

— Buena foto compañero, lástima el gordito.

Una especie de jefe, que aún no ha visto las fotos, no se aguanta la curiosidad y  pregunta.

— ¿De cuál gordito están hablando?

Todos se quedan en silencio y él fotógrafo responde.

— De ese que está al lado de Eduardo.

miércoles, 13 de noviembre de 2024

Espera


Nota de la redacción. Hace más de 40 años se escribió este texto. No sabemos qué es peor. Si la conchudez del autor al retomarlo para nuevas generaciones  (literalmente) o su —más allá de algunos detalles menores, ver notas al final— inquietante vigencia. Con respecto a la versión original, solo hubo algunos ajustes de ortografía y puntuación.

Heme aquí. De nuevo. Esperando. 

Los minutos pasan muy lentamente y el tedio se apodera de todo mi ser. ¿Qué es el ser humano? Un ser que nace, crece, se reproduce, muere y espera. Porque para todo hay que esperar.

No sé cuantas veces he mirado el reloj, pero me parece que desde su interior esas manecillas (1) se burlan de mí.  Ya no son dos manecillas sino dos antorchas sin luz que danzan amenazadoramente ante mis ojos.  Las horas ya no son horas, sino un público impasible que observa la danza de las manecillas.  

Sí, se están burlando de mí.

Yo no soy el único. A mi lado una mujer regordeta (2). Siempre hay mujeres regordetas. Me pregunta la hora a cada momento. La odio, ¿saben? Pero le digo la hora. Al fin y al cabo ella también está pagando la misma condena que yo.  La condena de la espera.

Veo que el tiempo (infalible aliado de la espera) ha continuado su marcha. Poco a poco el momento se acerca y es mi corazón el que empieza a sentir miedo. Miedo. Miedo a ese instante que sucederá a la espera.  Espera ...siempre esa maldita palabra. Mi vecina regordeta ya se ha ido y en su lugar hay un niño idiota (3) que me mira con ojos de sapo (3). Él también tiene miedo. Todos tenemos miedo.  

Nuestro corazón late aceleradamente mientras maldecimos nuestra propia cobardía, pero por más que lo intentemos, no podemos huir de ella.  El hombre es un ser de paradojas. Odia la espera, mas cuando esta va a terminar, desearía que se prolongara. Sí, somos unos seres paradójicos.

La hora ha llegado. Hace mucho tiempo que el niño de los ojos de sapo se retiró de mi lado. Una sonriente figura (4) vestida de blanco me invita a seguir. Sudor frío brota de todo mi cuerpo mientras tomo asiento. Una voz varonil (5) me invita a recostarme mientras la luz se enciende ante mis ojos. 

Un nudo en la garganta me impide hablar. —No, debo ser fuerte— me digo, y haciendo un esfuerzo supremo hablo: —Proceda doctor.

El ruido de una fresa se encarga de apagar todos los demás sonidos. El dentista hace su trabajo.

Notas
  1. Aunque en esos tiempos ya había relojes digitales, predominaban los de manecillas. Adicionalmente, sonaba más poético.
  2. Eran los años 80 del siglo pasado. Así que nunca tuve la intención de ofender sensibilidades actuales por aquello de los estereotipos de género y condición.
  3. Traducción a términos modernos: niño con particularidades en el entendimiento y la mirada. 
  4. Normalmente la encargada de invitar a seguir era una persona, no un altavoz incorporado al teléfono, una pantalla o un grito de origen desconocido.
  5. Claro que había odontólogas. Muchas, de hecho. Pero en esos tiempos si hubiéramos escrito “dentiste” o algo así nadie hubiera entendido.

miércoles, 14 de agosto de 2024

Reinventar y cobrar

Me encontré en internet con diapositivas que hablan del negocio, inventado por empresarios gringos. Agarraron cierto producto y le hicieron varias modificaciones a la presentación. Cambiaron el empaque, le metieron nuevo discurso promocional entre ecologista y contestatario, se fueron por una estrategia publicitaria agresiva y en canales no tradicionales y —de eso me enteré después— lograron el monopolio de distribución en algunos escenarios.

El negocio funcionó. Su oferta se vende y los ingresos fluyen (en una noticia de marzo de 2024 hablan de ventas por más de 260 millones de dólares). El sitio donde conocí la historia es una red profesional en la cual múltiples expertos en mercadeo prácticamente se derritieron en elogios con palabras como excelente, perfecto, ejemplo, brillante, top, memorable… en fin.

Supongo que a estas alturas ya hay una legítima curiosidad sobre cual es ese producto revolucionario, disruptivo y radical que está generando un comportamiento completamente diferente en los hábitos de las nuevas generaciones. Porque, y eso es absolutamente claro, los que lo compran y lo consumen son de millenials para arriba.

Agua.

No es agua con algún ingrediente especial. No es agua recogida en lugares exóticos como cimas del Himalaya o glaciales árticos o antárticos. No es agua sometida a algún complejo procedimiento antes de su comercialización. No es agua de otro planeta. Ellos explican que es agua subterránea que viene de los Alpes. También tienen versiones con gas y saborizadas, pero el insumo puro es aquel que los hizo destacar en el mundo de los sedientos y de los empresarios.

Cuando uno busca los precios encuentra que una lata de 500 ml (y hablo del líquido sin añadidos) puede costar entre 8.000 y 25.000 pesos colombianos. Y para hacer comparaciones es fácil verificar que un volumen similar,  en marca y empaque tradicional, se consigue en 2.000 o 3.000 pesos.

Eso sin hablar de lo que puede costar disponer de la misma cantidad con solo abrir el grifo y llenar un recipiente.  O de recoger la que el cielo manda gratis periódicamente o utilizar la que corre —también gratis— por ríos y quebradas (hirviéndola o filtrándola —incluso ambas— antes de consumir). Aclaración patrocinada por las autoridades de salud.

Y antes de que crean que fumé alguna cosa rara, que el agua de canilla (la que yo uso) viene con agregados extraños o que esta vez se me fue la mano en la creatividad aquí dejo el enlace de la marca de marras.

Por supuesto, abundan las explicaciones de los expertos sobre el éxito de tan novedosa propuesta. Que logró sintonizarse con la identidad de los nuevos consumidores; que reinventó un producto universal; que irrumpió exitosamente en un mundo monopolizado por gigantes intocables; que se subió en el momento adecuado a la guerra contra el plástico o que le trajo emoción a lo que era aburrido por definición.

Los que no pertenecemos al mundo del marketing, no sabemos de branding, customizing, targeting ni entendemos porque cuando se habla de estos temas hay que llenar el discurso de palabras en inglés tenemos una visión un poquito diferente.

Es bastante extraño que alguien venda agua enlatada.

Pero lo que realmente indigna, preocupa, asusta y sorprende es la cantidad de gente que la compra.

miércoles, 17 de abril de 2024

Ventanas seductoras

A Mirócletes no le gusta hablar de esto porque la única vez que hizo algún comentario, entre un grupo de amigos, le endosaron el apodo con el cual lo identificamos en esta nota. 

De la forma más inocente narró una anécdota. Trabajaba en tierra caliente y consiguió un apartaestudio en la azotea de un edificio construido piso a piso. Eso significó disponer de una terraza con cuarto, baño y cocina mientras los dueños acumulaban capital para hacer apartamento —o apartamentos— en ese quinto nivel, como lo habían hecho con otros tres (los propietarios habitaban el primero y arrendaban el resto).

El inmueble brindaba una vista de terrazas similares en todo el barrio, muchas de las cuales eran utilizadas para secar ropa. Un día en la mañana (solo uno), una vez (solo una), en una de las azoteas circundantes esa mujer salió, tomó una prenda del tendedero, se la puso y desapareció. 

La prenda en cuestión era una camiseta y la mujer vestía pantalón y brasier. Mirócletes contó que la situación había durado pocos segundos, que probablemente la dama ni siquiera había notado su presencia pero reconoció —y ese fue el error— que de ahí en adelante él pasó varios días saliendo a la misma hora.

Los amigos no desaprovecharon el papayazo y lo sabotearon durante todo el encuentro y los días subsiguientes. Lo llamaron voyerista, mirón, depravado de azotea, peeping tom, denominaciones que fueron opacadas por Mirócletes. El apodo pasó a ser su apelativo en ese círculo social e incluso trascendió a otros donde la anécdota de la azotea era ignorada.

Ahora, lo que el hombre nunca comentó públicamente es que después de la visión en techo ajeno, le quedó la costumbre de mirar hacia las ventanas vecinas. Nada obsesivo, nada exagerado. No se trataba de una conducta permanente, ni mucho menos apoyada en algún artefacto tecnológico. Simplemente, cada vez que cambiaba de residencia —muy a menudo por circunstancias personales y laborales— dedicaba tiempo a lo que tenía al frente de sus ventanas. Hasta que se aburría, lo cual solía pasar después de la primera mirada.

Si la motivación inconsciente era obtener una visión similar al vestier al aire libre, hay que decir que no le fue mal sino peor. Vio familias recibiendo visita o despachando algunas de las comidas diarias en la mesa, ancianos de baja movilidad ojeando el mundo detrás del vidrio, perros curioseando, gatos haciendo equilibrio, personas tecleando en plan de teletrabajo, recreación o estudio, alguna o algún caminante que llegaba a la ventana y se alejaba mientras conversaba por celular, damas o caballeros lavando loza o cocinando. Todos, sin excepción, completamente vestidos.

Y por supuesto, tampoco informó a nadie sobre esa imagen que enterró su faceta de fisgón, le recordó el saludable hábito de respetar la intimidad ajena y eliminó la validez del apodo de Mirócletes.  Era un apartamento situado justo frente al suyo, a un nivel más alto. De noche, el observador había detectado una presencia femenina, aunque también había un caballero, por lo que presumía eran pareja. Siempre tenían cerradas las cortinas de velo, lo que impedía verlos con claridad. 

Un día cualquiera notó que colocaban aquel gran sillón justo frente a la ventana y abrían el cortinaje, como quien crea un espacio para sentarse a tomar el sol, que bañaba generosamente ese punto cuando rondaba el mediodía. Ahí se sentó la mujer, comenzó a desabrocharse la blusa y...

Alguien, no alcanzó a darse cuenta si era hombre o mujer, le ayudó con el bebé quien, debidamente acomodado, inició su consumo de leche materna acompañado por el clima mañanero.

miércoles, 20 de marzo de 2024

Talentos oportunos

Los Pérez tienen absolutamente claro que eso de ser familia es como los tres mosqueteros: uno para todos y todos para uno. Cualquier intención individual de algún consanguíneo o afín cuenta con el apoyo incondicional del clan, mediante tareas específicas derivadas de las competencias individuales de cada uno.

Cuando se trata de proteger relaciones sociales o contactos clave hay una asignación infaltable. Controlar al primo F. Ese F. que no tiene vicios conocidos,  no es escandaloso, atiende adecuadamente sus responsabilidades, es trabajador y cumplido. Pero cuando hay personal, digamos, relevante, alguien debe asegurarse de mantenerlo en el lugar adecuado. Y el lugar adecuado es lejos de los invitados clave.

Se lo han dicho en todos los tonos posibles pero él lo sigue haciendo. Se lo explican, él asiente educadamente, humhunea, pone cara de por supuesto, y a la siguiente oportunidad vuelve y juega. Cuando conoce a alguien siente una irracional curiosidad por su profesión u oficio. Ese no es el problema. El problema es que pregunta y pregunta y pregunta… y pregunta.

Así que tuvo sentado una hora al novio (hoy exnovio) de S. Perez explicándole (a F. ) detalles del mantenimiento de refinerías. Arrinconó al técnico de duchas eléctricas con tantas dudas que el tipo dejó la casa sin haber podido hacer la reparación. Puso en serio peligro la condición laboral de M. Pérez el día que interrumpió una sesión de trabajo en casa para cuestionar insistentemente al socio sobre diseño industrial. Espantó a la altamente recomendada aspirante a enfermera de la abuela con sus interminables preguntas sobre técnicas de cuidado, resucitación, higiene, alimentación y terapia.

El hombre, además, llega porque llega justo cuando hay una víctima propicia para sus interrogatorios. Hace tiempo dejó de importarle si lo invitaban o no. De manera que la estrategia familiar es disponer siempre de un pariente para, en caso necesario, quitarlo de en medio.

Volviendo a S. Pérez, además de novios espantados tiene un futuro promisorio en la rama del conocimiento donde ha desarrollado su actividad académica y profesional. De hecho es finalista para una de las mejores becas de formación disponible. Se trata de tres años en el centro de investigación más calificado del mundo, con todos los gastos pagados. Hasta ahora ha cumplido exitosamente todos los requisitos. Como la fundación que financia el beneficio se toma muy en serio su proceso de selección, incluye una visita a los aspirantes en su propia residencia, programada para ese martes en la tarde.

Coincidió con una inaplazable actividad laboral presencial, por suerte en horas de la mañana. Las dificultades vinieron del entorno. S. Perez inició su retorno a casa con tiempo suficiente, incluso previendo trancones. Pero no previó el aguacero gigante, el descomunal accidente de tránsito en la mitad de la avenida y los vehículos atrapados sin poder avanzar o retroceder. Y para rematar, el teléfono se descargó. 

La cita era a las dos y pasaban las 5.30 cuando finalmente llegó a su destino, resignada ante la oportunidad que, estaba segura, había perdido por no atender puntualmente a los evaluadores.  Pero al ingresar encontró a un grupo de extranjeros en lo que parecía una interesantísima conversación. 

Ellos se identificaron como los evaluadores y expresaron su disposición para iniciar la entrevista. Pero antes pidieron unos minutos para atender inquietudes finales del único contertulio conocido. El primo F. quien había pasado por un encargo familiar y vio al grupo de desconocidos sin atención mientras la familia de S. intentaba contactarla.

F. se presentó, tomó asiento, miró al que estaba más cerca y soltó la primera pregunta: ¿Y usted qué hace?

miércoles, 6 de marzo de 2024

Domingo adjetivo


Nota de la Redacción. Hace unos años, en respuesta a la convocatoria de un concurso de cuento sobre el domingo, cometimos el experimento que va abajo. Espero les guste pero, por si acaso, disculpas anticipadas.

Noche agitada, amanecer tardío, sonidos taladrantes, luces penetrantes... tremendo guayabo.

Cerveza mañanera, desayuno solitario, televisión infantil, periódico gordo, cama destendida, pereza incuestionable, calle opcional, casa aburrida..

Bicicleta desarchivada, costosa despinchada, ciclovía congestionada, ambición deportiva, expectativa saludable, piernas adoloridas, edad evidente, sed inclemente, pedaleo descartado, empanada grasosa.

Mujer juvenil, ropa deportiva, formas voluptuosas, deleite visual, mirada insinuante, novio inesperado, temperamento celoso, comportamiento amenazante, reculada recomendable, carrera cobarde.

Aliento entrecortado, músculos encalambrados, casa cercana, sol picante, presupuesto escaso, cerveza cara, gaseosa cara, agua cara, canilla gratis, tubo jugoso.

Reposo requerido, cama seductora, música suave, solicitudes maternales, bombillo fundido, alfombra empolvada, mueble pesado, tímido alegato, enorme cantaleta, enorme cantaleta, enorme cantaleta.

Almuerzo familiar, parientes visitantes, niños llorones, chistes repetidos, comentarios sordos, sancocho tremendo, grasa flotante, tubérculos abundantes, gallina escasa, refajo bendito, manos temblorosas, presa resbalosa, mesa salpicada, refajo sancochado.

Digestión somnolienta, visita prolongada, conversación sosa, chismes familiares, quejas sociales, posición equivocada, añoranza horizontal, llamada telefónica, novia desprogramada, cine inevitable, sueño embolatado.

Fila congestionada, llovizna pertinaz, atarván colado, avanzar lento, taquillera amargada, billete grande, vueltas inexistentes, bolsillos revisados, suelto insuficiente, monedas complementarias, tiempo perdido.

Luces apagadas, visión nula, crispetas rebosantes, gaseosa fría, manos ocupadas, pasos inseguros, sillas escasas, espacio disponible, pantalla contigua, película terrorífica, monstruos enormes. 

Oscuridad cómplice, novia romántica, ojos cerrados, labios cercanos, ronquidos inesperados, sueño vencedor, empujón resentido, despertar inesperado, susto grande, pantalla aterradora, compañera indignada, momento crítico. 

Susceptibilidad femenina, silencio gélido, comportamiento caprichoso, chantaje emocional, invitación desesperada, bizcochos amargos, reacción lenta, perdón condicionado, beso frío.

Noche oscura, caminata lenta, información radial, equipo perdedor, calle solitaria, mendigo insistente, rechazo sutil, alusión desobligante, respuesta irracional, chuzo exhibido, reacción asustadiza, carrera cobarde.

Situación repetida, dignidad aplastada, día difícil, semana terminada.

Domingo esperado.

Domingo maldito.

martes, 3 de octubre de 2017

Lumbersexual de bajo presupuesto

Me acabo de enterar que yo soy un lumbersexual de camisa equivocada y barba imperfecta. Primero las aclaraciones capilares. Desde la adolescencia libré una tenaz batalla contra el vello. El vello que no salía. En tiempos en los que la masculinidad era directamente proporcional a los hombres de pelo en pecho, a mí me tocó ser una especie de depilado precursor. Y con respecto al bigote pasaron muchos años antes de que la sombra debajo de mi nariz fuera visible sin necesidad de lupa. O microscopio. Y ese tono mono que tiende a confundirse con la piel todavía no desaparece del todo.

Sobre la barba, después de 30 años sin afeitarme finalmente algo comenzó a notarse colgando de la cumbamba. Que pareciera un ratón muerto por efectos de una aplanadora era secundario. A medida que pasaron los años la melanina hizo mutis por el foro, con lo que ha habido un cambio fundamental. Ahora lo que remata la quijada parece un ratón albino muerto. Y sucio.

De patillas y el resto de la cara se habla en chino. Aquí chi y aquí no. Y asimétrica. Las veces que he intentado clasificar como barbudo el resultado ha sido un archipiélago irregular de manchas capilares dispersas por la cara. Que además tienden a crecer irregularmente. Es como si una parte fuera pasto de estadio y otra maleza de monte.  Ni modo. En nombre de una estética mínima, toca conformarse con el roedor fallecido.

Hablando de estética, carezco de toda autoridad moral para referime al tema. Sobre todo en la parte de vestuario. Vivo afectado por situación similar a la de aquel hombre al que todas las mujeres quieren vestir. No por intereses erótico afectivos, sino sencillamente ornamentales.

No es solo por la tendencia a andar descachalandrado, por el nulo interés en que las prendas utilizadas combinen entre sí, por el rincón donde yace olvidada la plancha y por la práctica sistemática de remiendos con esparadrapo. Es porque a todo lo largo de mi vida he considerado que la obligación de vestirse queda despachada con unos requisitos mínimos de proteger y tapar. Proteger el cuerpo del clima y los elementos, proteger a los demás de olores molestos, y tapar lo que por ley, convenciones sociales o sentido práctico debe estar tapado.

Y resulta que eso que yo llevo haciendo no sé cuántos años tiene nombre, tendencia, etiqueta, tribu urbana, hashtag, grupos en redes sociales y justificación sociológica. Que, y esta es la parte interesante, se supone que todas esas cosas les encantan a las mujeres. Por cierto que tengo que averiguar dónde hago el reclamo, porque mis índices de popularidad con las damas no han registrados mayores variaciones en los últimos tiempos.

Claro que justo es reconocer que no se cumplen todos los requisitos. Se supone que hay que usar camisa de leñador. Leñador canadiense, o sea de cuadros y de un paño grueso. Y de esas no tengo yo. En cambio sí dispongo de una abundante dotación de las que usan los que tumban monte por estos lares, que es básicamente cualquier prenda de vestir (camisa, camiseta, suerter, chaqueta) cuyo propietario no tiene la más mínima intención de volver a lavar, coser o someter a cualquier tratamiento higiénico o de mantenimiento. Y que pese a esos, se niega a hacer el tránsito a trapo.

La idea es que los lumbersexuales se llaman así porque en algún idioma - podría buscar el dato preciso en internet pero me da pereza- lumber significa leñador. Y que surgieron como una reacción a esa tendencia de la que se habló hace alguno tiempo, los metrosexuales, donde los caballeros se cuidaban tanto, más o mucho más en su aspecto personal que cualquiera de las damas. Que por esos retomaron un esteorotipo de macho machote. Y que como pasa con cualquier tendencia, antes, durante o después sirvió para que  los vendedores de camisas de leñador, los vendedores de jeans desgastados, los vendedores de botas y los expertos en peluquear barbas se llenaran de plata vendiéndole exclusividad a los cada vez más abundantes leñadores que no han tumbado un árbol en su vida.

Y parece que yo soy uno de esos. Pero de bajo presupuesto.

martes, 19 de septiembre de 2017

87 infracciones por 15 kilómetros. Todos somos responsables

No fue mucho tiempo. Más o menos 90 minutos.

La distancia tampoco era demasiado larga, un poco más de 15 kilómetros.

Pero les alcanzó.

El observador, que también era protagonista, contó 87.

87 infracciones a normas de tránsito.

De entrada se destaca lo igualitario del asunto.

Equidad de género en su máxima expresión.

Hombres y mujeres por igual ignorando las leyes vigentes.

En edad, predominio de la juventud.

Aunque como el universo también era de juventud predominante, no fue realmente una tendencia diferencial.

Tampoco es tan complicado como suena.

Eso sí, todos tenían un elemento en común.

Eran ciclistas o como se les dice ahora, biciusuarios.

En ejercicio, es decir pedaleando hacia sus respectivos destinos.

Por lo temprano de la hora (de 7 a.m a 8.30 a.m.) se presuponen destinos laborales o académicos.

Y… cuáles fueron las infracciones.

Básicamente tres.

Muchos no tenían casco.

Aunque, hay que ser justos, una parte de los infractores sí lo tenía.

Pero no estaba en la cabeza.

Estaba colgado del manubrio, sobre la parrilla, pegado al morral, colgado debajo de la barra.

Supongo que eso es lo que llaman tendencia.

La otra es una total ignorancia del concepto de semáforo.

Para muchos, este artefacto es una especie de árbol de Navidad encargado de mantener el espíritu de las fiestas vivos durante todo el año mediante un juego de luces.

Porque independientemente del color de turno, no paraban.

Hablar de irrespetar sería generoso. No se volaban el semáforo. Lo ignoraban.

Ignorancia que en algunos casos incluía cruces suicidas. Y el más suicida de todos, equidad de género. Sí, fue una mujer que evadió por centímetros al carro que casi la atropella.

La otra infracción reiterativa a lo largo del recorrido fue invadir las zonas que no son para ciclistas.

Porque esta historia transcurrió en un trayecto que, en su totalidad, tiene ciclorruta demarcada y delimitada.

En un andén donde está claramente señalado el espacio de los peatones, que más de una vez fue visitado por los ciclistas.

Con una calzada para carros, que más de una vez fue visitado por los ciclistas.

Con un carril de ida y otro de vuelta cuya orientación parecía carecer de importancia para algunos, que constantemente cambiaban al carril que iba en sentido contrario.

Si estaba ocupado o no, eso carecía de importancia.

Y esas no las conté entre las 87 infracciones.

No son 87 infractores, unos cuantos repitieron.

Y esta historia, que es real, pasó en los mismo días en que biciusuarios indignados clamaban por seguridad y protección contra robos y accidentes.

Y quien la narra es un ciclista que de puro desocupado decidió contar las infracciones que veía de parte de sus colegas.

Porque aquí no hay buenos y malos.

Todos somos responsables.

martes, 18 de abril de 2017

Rotos estrato 6

Como no tengo idea de cuánto vale un yin, hice lo que todos hacen cuando no tienen idea de algo y quieren posar de conocedores. Sí, busqué en la Internet. No mucho, alcancé a ver que hay unos que valen más de 300 mil pesos y otros que valen 45.

Le dejo a los expertos en mercadeo la profunda reflexión acerca de las diferencias de precios entre lo que a simple vista se ve como un pantalón azul en ambos casos. Claro que sí hay una diferencia y es que en algunos casos está roto. Deshilachado, con huecos, con tiras que le cuelgan, costuras que se ven, evidentes señales de uso.

Como es de esperarse y completamente lógico, el yin roto es de los más… caros. Y ese aspecto viejo, ajado y harapiento que dan los años viene de un proceso industrial cuyo resultado es un viejo recién envejecido. Vaya usted a saber cuál es la lógica de esto.

La última novedad es un pantalón que sí parece sacado del guardarropa de un reciclador que lo heredó de otro reciclador, con todo el respeto que me merecen quienes se dedican a esta noble profesión.

Aclaro que la referencia se debe a que el contacto constante con desperdicios genera un acelerado daño en las prendas de vestir. Es decir que se ven feos, desteñidos, rotos, gaminosos,

Referencia histórica. Gamín hoy en día evoca un tipo guache, malhablado y grosero. Hace unos años evocaba niños que además de las condiciones anteriores, vivían en la calle y se vestían con lo que podían, es decir harapos sucios, es decir pantalones como los que le dieron material a esta nota. Y tampoco eran de su talla. Porque me faltaba un requisito adicional de los gaminosos de última generación: que le queden grandes al usuario o usuaria de turno.

Ya suena bastante irracional que vendan prendas de vestir en esas condiciones, y suena mucho más irracional que haya gente que los compre. Y cuando uno cree que la estupidez humana llegó a su punto más alto entonces empieza a encontrar en la misma Internet instructivos (sí, en plural), escritos, con fotos paso a paso y en videos, sobre “cómo hacer tus propios bluyines rotos”.

Seré bruto, pero no entiendo cuál es el misterio de romper un bluyín, Cuando yo era niño rompí un montón, –y agréguele sacos, camisas, calzoncillos, camisetas y corbatas– sin ver ningún video o de conocer los 10 (sí, 10) pasos que anuncian en otro lado para obtener los pantalones de marras, que por cierto tienen un poco de nombres rebuscados los cuales, por respeto al idioma y pereza me abstengo de citar.

Algo no cuadra en un mundo donde es mucho lo elegante y lo fino deshilachar un pedazo de tela para mostrar pedazos de pierna –incluyendo versiones peludas, generalmente de caballeros– mientras que en determinados lugares o ambientes miran feo al que lleva un remiendo –ese sí legítimo tapahueco– o no lo dejan entrar basados exclusivamente en su forma de vestir.

Porque hemos llegado al extremo de estratificar los rotos. De ponerle clase social a los hilos deshilachados De volver fashion y trendy (palabras raras que creo significan moda) lo que hacen quienes no tienen opción. Pero sin meterle equidad al asunto. Quiero ver la discoteca, restaurante, gimnasio o bar de moda donde le den el mismo tratamiento a los pantalones rotos de una modelo y a los de un mendigo.

En alguna parte leí que hay dos cosas sin límíte, el Universo y la estupidez humana. Historias como esta de los yines me generan una duda ¿Será que el Universo tiene límites?

jueves, 6 de abril de 2017

Yo pregunto, yo contesto

El periodista de turno habla con su fuente sobre cómo controlar el peso con una dieta basada en frutas y verduras. Si el entrevistado es un experto, por ejemplo un nutricionista, las preguntas serían algo así como esto: ¿Qué ventajas tiene para la salud restringir el consumo de harinas y aumentar el de frutas y verduras?  ¿Cuáles son las frutas y verduras más saludables?

Las preguntas parten del principio de que esta dieta es ideal. Pero a veces el interpelado se sale del libreto. Por ejemplo señala que estudios recientes cuestionan la tradicional satanización al consumo de grasas y harinas. Lo que podría esperarse es que ante la modificación en la idea original, la entrevista tome otro rumbo.

Pues no.

Aquí nos referimos a un estilo particular de periodismo. Aquel en el cual el periodista hace entrevistas donde la única respuesta que le sirve es la que él espera. En la que se dedica a manipular, acosar o silenciar a la fuente hasta que ella diga lo que él comunicador espera escuchar. Yo lo llamo periodismo de autoafirmación.

Aparece en cualquier área. En la cultura. Los reporteros altamente especializados montan sus entrevistas en un código casi que críptico, que solamente entienden él, la fuente y un selecto grupo de personas, todos intelectualmente privilegiados.

Así, en vez de simplemente consultar a un escritor sobre sus influencias, el entrevistador da la obra, el autor, la página y el párrafo de donde su entrevistado “sacó“ la idea. La cosa suena prepotente, pero es aceptable. El lío viene cuando el entrevistado niega la influencia. Vendrá una catarata de preguntas repletas de referencias para demostrar que él (el escritor) sí tiene esas influencias, aunque él (sí, el escritor) no lo sabía.

Otro escenario es cuando la fuente debe responder por algún hecho ilegal o inmoral.  Hasta ahí todo bien: los personajes  públicos y no tan públicos deben dar su versión de hechos que afecten a la sociedad. Pero en el periodismo de autoafirmación, la fuente está condenada de antemano y la entrevista solo sirve si hay un “mea  culpa”. Es una sucesión interminable de ataques disfrazados, camuflados como preguntas. Solo terminará cuando la fuente “confiese” o corte la conversación.

Este estilo no es novedoso. Mi memoria ubica ejemplos en transmisiones radiales de fútbol del siglo pasado. Era costumbre buscar a los protagonistas y hacerles preguntas relacionadas con su desempeño.  Con “diálogos” como los siguientes.

Periodista: Felicitaciones por la forma en que engañó al defensa.  Usted permaneció agazapado detrás y solo corrió para desmarcarse cuando presintió que venía el centro, lo que le permitió elevarse y cabecear para anotar el primer gol.
Futbolista. Sí, fue un bonito gol.
Periodista: ¿Y ahora qué viene? El próximo partido es fundamental para las aspiraciones de su equipo. Una victoria los pondría a las puertas de la clasificación pero una derrota los llevaría a una situación comprometida.
Futbolista: Hay que seguir trabajando...