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miércoles, 1 de julio de 2026

El dueño

Como buen perro de la calle su árbol genealógico es un verdadero matorral repleto de inusuales y exóticas combinaciones. El resultado final se ve como gozque, camina como gozque, huele a gozque, se comporta como gozque, o sea que es un criollo colombiano. De esos a los que les dicen gozques.

Profundizar en detalles de raza, pedigree, ascendencia o genética sería tesis de grado para veterinario. Preferiblemente en maestría. Idealmente en doctorado con aspiraciones de Nobel

Resulta que los interesados en la ciencia médica que se ocupa de diagnosticar, prevenir y curar todo tipo de enfermedades o lesiones que afecten a animales domésticos, silvestres o de producción (gracias Euroinnova) tienen mejores cosas que hacer. Esa es la razón por la cual ese tema se suma a la lista de misterios que rodean al can en mención.

Es cierto que en ocasiones algún vecino o transeúnte le ofrece alimento. Pero nunca en cantidad y frecuencia suficiente para suplir sus necesidades. Sin embargo, no se le ve flaco ni desnutrido. ¿Cómo lo hace? Nadie sabe. Es más, se da el lujo de ignorar parte de las donaciones proteicas. 

Permanece la mayor parte del día echado en diferentes puntos de sus dominios. El clima de la hora determina si busca sol o sombra. Cuando llueve se levanta (despacio, siempre despacio) se sacude sin esforzarse demasiado y se dirige hacia algún punto cercano donde pueda escampar. Así es su vida mientras está visible, porque otro enigma es cuando desaparece horas, días, semanas. O por siempre

Para los residentes y transeúntes habituales hace rato que se volvió paisaje. Muchos lo vieron, lo ven y lo verán. Es el habitante cuasipermanente de ese sector, de ese punto específico..

No es egoísta. No molesta para nada a quienes utilizan, pasan, o se detienen momentáneamente en el lugar. Jamás le han visto ladrar, gruñir o mirar feo a otro ser vivo.

Una vez se acomoda para su descanso interminable pueden transcurrir a su lado manifestaciones, partidos de fútbol, espectáculos teatrales o musicales, peleas, discusiones, ensayos, prácticas, ferias, fiestas o cualquier otra actividad. Por mucho, si la acción se acerca demasiado, se levantará perezosamente y buscará un lugar más tranquilo donde echarse a disfrutar de su existencia. Afán no tiene. Nunca.

Todos conocen su nombre porque no responde a ninguno. Cada persona interesada lo bautiza como quiere.

De vez en cuando un visitante ocasional del barrio, comuna, caserío, pueblo o ciudad se fija en él. Le toma fotos. Le hace videos. Intenta jugar con el perro. Este no le hace caso. Tímidamente trata de acariciarlo.  El animal no opone resistencia. No le gusta ni le molesta. Simplemente no le importa. El foráneo consulta a algún residente local sobre la “mascota”. Siempre recibirá la misma respuesta. Un día apareció. Llegó de ninguna parte. Sin hacer ruido. Sin presentarse. Sin aspavientos. De repente estaba ahí. Y ahí se quedó.

Puede que para el ordenamiento territorial el parque, plaza, playa, calle, cuadra, acera, esquina sea espacio público. Puede que en ninguna notaría figure escritura que establezca derechos de propiedad.

No importa. Ese lugar es su feudo, su hábitat, su comarca, su demarcación, su dominio, su ámbito.

El perro es el dueño. Y punto.

miércoles, 4 de marzo de 2026

Mucho animal

 

Felizmente casado e inusualmente fértil. En eso va el historial familiar y reproductivo de Maximiliano (Max, en confianza). Pasa por tres parejas estables, cada una con dos embarazos exitosos. Van seis.

La estabilidad de las dos primeras relaciones se desbarató ante sendas aventuras extramatrimoniales del sujeto. Por cierto, cada una dejó su respectivo parto. Suman dos para llegar a ocho.

Max aprendió que eso de andar de picaflor en el ámbito amoroso no es una buena idea. Ante los hechos,  su tercer vínculo erótico afectivo se caracteriza por una fidelidad a prueba de balas. De aquí en adelante, una sola pareja para toda la vida, como los cisnes.

Más cuando nacieron los mellizos (niño y niña) que aumentaron la descendencia del caballero, al que sus amigos llaman (a sus espaldas, por supuesto) el conejo.

Los evidentes defectos del protagonista no significan que carezca de cualidades. La responsabilidad es una de ellas. A sus hijos e hijas no les falta nada. Para financiar la camada hay que producir todo el tiempo. Trabajar como mula. Duro. Muy duro.  

Eso le pasa por perro, dice la mamá. Y por burro.

Aunque sus jornadas laborales son interminables, las cuentas no siempre cuadran. Por suerte existe el tío prestamista, al que Max describe como el tío culebra, ya que constantemente le presta plata, y, por ende, no solo son familia, sino prestamista y deudor.

Eso sí, el multipadre siempre anda mosca para no colgarse en los pagos. No puede hacer lo mismo que un primo que se puso de abeja a incumplir y claro, se le cerró la fuente de financiamiento.

No es la única estrategia económica. Se han especializado en ir (él y su prole) a múltiples actividades en plan de patos —invitados o colados—. No importa la modalidad, lo que importa es no pagar o pagar menos.

Además, siempre anda a la caza de ingresos adicionales. Como el más avezado de los lagartos,  persigue insistentemente y elogia (reiteradamente) a potenciales jefes, socios o clientes. Y si asegura el negocio lo cuida mediante una estratégica relación que combina sumisión con lambonería. 

Max acepta que eso de ser sapo a veces no es digno, pero el tipo tiene sus prioridades. Por su elevado tren de gastos vive con el temor constante de no poder responder. A la hora de cuidar las ganancias, es prudente tirando (bastante) a miedoso. Come callado y aguanta todo. Sí, puede ser valiente cual gallo en otros escenarios, pero en el ámbito laboral es cobarde cual gallina.

Sobra decir que se le ve siempre ocupado. Su jornada diaria es la de una hormiga. En el escaso tiempo libre que maneja ha escuchado una palabra nueva. Describe cierta tendencia juvenil donde las personas asumen comportamientos extraños o se identifican con especies diferentes al ser humano. 

Es algo así como therians (teriano en español). Gente que actúa como animales. A Max le suena bastante exótico el asunto.

¿O no? 

miércoles, 5 de noviembre de 2025

Esquivando bichos y demás fauna

Arriba, de izquierda a derecha: Columbia livia, Turdus
fuscaster 
y Zenaida auriculata. Abajo: Canis lupus
familiaris, Bos taurus y Felis catus.

El hombre pedalea por alguna ciclorruta rodeada de pasto cuando aparece el primer bicho. Es un cucarrón volador, pequeño, color café claro. En segundos, los escarabajos se multiplican y durante algunos metros una nube de insectos se atraviesa en el camino. La colisión con algunos es inevitable. 

El Ciclonauta toma la única medida de seguridad posible, cierra la boca. Ya se ha encontrado antes con Clavipalpus ursinus. Ese insecto que durante ciertas temporadas se materializa en patota por las zonas verdes de la ciudad. Invasor anacrónico de la vía en octubre. Anacrónico porque le dicen cucarrón de mayo. Debe ser por el cambio climático, supone. 

No son los únicos representantes de la fauna local en plan de ocupar vías destinadas a biciusuarios (y, por cuenta de ley reciente, a ciclomotores y patinetas). Es bastante común encontrarse con Zenaida auriculata, Columbia livia y, ocasionalmente,Turdus fuscaster

A Zenaida la conocen mejor como torcaza o abuelita. Se ven como palomas cuando eran chiquitas con un característico color marrón. Pequeñas y ágiles, reaccionan rápido y despejan la vía, bien sea emprendiendo vuelo o pasándose a zona segura. Comportamiento similar es el de de Turdus o mirla patinaranja, más grande que la paloma. La paloma, por cierto, es otro cuento. La que los científicos llaman Columbia livia. Viene la bicicleta, no le importa. El Ciclonauta grita, no le importa. Se mueven con pasos torpes, sin dirección fija. Solo cuando el atropellamiento es inminente, se corren perezosamente para un lado (a veces).

Ellas lo tienen claro, el problema es del de la bicicleta.

Su comportamiento emula a otro invasor, prácticamente exclusivo de zonas rurales o semirrurales. La Bos taurus. No es solo con los ciclistas, sino con cualquier cosa que se mueva (desde patineta hasta tractomula) o ser viviente. Ella no se quita hasta cuando le da la gana. La diferencia es que una cosa es la media tonelada de carne, piel y huesos de la vaca, frente al frágil y ligero cuerpo cubierto de plumas de la paloma.

De vuelta a los entornos urbanos, el Ciclonauta vive encuentros recurrentes con el Canis lupus familiaris. Bien sea por su condición de callejero, o porque el humano encargado de cuidarlo ignora que ese cuidado incluye alejar al perro de calzadas, carreteras, ciclorrutas y similares, más de una vez se le han atravesado cuatro patas con cola batiente. Por suerte, lo que le falta de inteligencia al humano le sobra en reflejos y alerta al canino. Solo es cuestión de gritar o pitar para que se quite de en medio. De hecho, a veces ni siquiera hay que avisar.

Otros mamíferos urbanos, Rattus rattus y Felis catus, poco se ven en las ciclorrutas. Tanto ratas como gatos pasan a toda velocidad, las primeras en busca de algún recoveco oscuro donde ocultarse; y los segundos en busca de las primeras, de algún ave con mala suerte (con la que desahogarán sus instintos de cazador), o del humano que tienen y que los mantiene. Aquí el Ciclonauta es el encargado de los reflejos, necesarios para frenar, esquivar o cualquier otra reacción de emergencia.

La especie con la que es más complicado lidiar en la vía exclusiva para bicicletas (y similares) es una cuya capacidad de reacción da vergüenza. No escucha gritos, pitidos, advertencias amistosas o palabras neutrales. Y si oye,  muchas veces no le importa. En vez de despejar o, por lo menos, abrir paso, tiende a ignorar las advertencias o responder con sonidos que van desde la indolencia hasta la amenaza. 

Su nombre científico es homo sapiens.

miércoles, 17 de septiembre de 2025

Cara de pasear al perro

Que ahora en vez de niños la gente tiene perros. Que los animales son seres sintientes, no propiedad. Que en los divorcios la custodia de la mascota importa más que el carro. Y podríamos seguir indefinidamente con el tema canino en la narrativa del Siglo XXI. Pocos o ninguno, sin embargo,  han abordado un asunto clave. 

A diario, cuadrúpedos y bípedos en plan de ejercicio y otros inaplazables ocupan andenes y parques. Una industria de correas, arneses, pecheras, collares, riñoneras, cinturones, bozales y demás accesorios surte la movilización animal. Los humanos de la ecuación pueden ser rutinarios, esporádicos o profesionales. Su indumentaria va desde el deporte extremo hasta la elegancia laboral. Todos los elementos han sido analizados, clasificados y, sobre todo, monetizados (palabra de moda que significa sacarle plata a algo).

Sin embargo, hasta ahora no hemos visto investigaciones sobre un comportamiento trascendental. Pero eso se acaba hoy. Vamos a intentar una primera aproximación a la pregunta clave. A la hora del paseo ¿Cuál es la cara que debe poner el sujeto o la sujeta que acompaña al perro, a la perra o a la manada? Van opciones.

  • Cara de felicidad. Expresión inequívoca en el rostro de que la actividad realizada no solo es voluntaria, sino que produce sensaciones como satisfacción, gozo o placer. 
  • Cara de resignación. Imagen facial que evidencia dos mensajes: 1. Le tocó (aunque intentó evitarlo, pero no pudo) hacer el recorrido con canino incorporado y 2. Preferiría estar en otra parte.
  • Cara de arrastrado.  Rostro nervioso y tenso, igual que el resto del cuerpo, mientras mide fuerzas con una bestia que quiere ir más rápido, hacia otro lugar o simplemente hace lo que le da la gana.
  • Cara de animalista. Semblante que proclama superioridad moral de quien maneja del discurso de la igualdad entre las especies.
  • Cara coqueta. Facciones organizadas para generar simpatía en el sexo opuesto (admite variantes según gustos personales). 
  • Cara de alerta. Basada en antecedentes conflictivos, escandalosos o incómodamente juguetones, evidencia preocupación por reacciones del paseado al cruzarse con otros de su misma especie.
  • Cara de encartado. Rasgos que mezclan la preocupación, la ignorancia y la incertidumbre de quien es novato o novata en eso de pasear perro. Se nota más cuando son perros (de dos para arriba).
  • Cara de pareja. Fisonomía intencionalmente indescifrable de quien está acompañando al paseador o a la paseadora solo por ganar puntos en sus relaciones erótico-afectivas.
  • Cara de estresado. Rostro donde se reflejan preocupaciones y tensiones de la vida diaria que, se supone, iban a reducirse por medio del efecto relajante de la caminata humano-canina. 
  • Cara de angustia. Lo mismo que la anterior pero cuando ya se ha perdido la esperanza.
  • Cara de ponqué. Dulzura facial que genera ternura, complementando (o compitiendo con) una mascotas de esas que parece fugitiva de una fábrica de peluches administrada por ángeles. 
  • Cara de cuál perro. Expresión despreocupada con un toque de despiste de quien ha olvidado, o sencillamente no le importa el destino del ser viviente ubicado al otro lado de la correa. 
  • Caras de llamada. Aparecen cuando el paseador o la paseadora combina su movilización con una conversación telefónica. Depende, por supuesto, del contenido de la comunicación así:
    • La laboral.  Es la misma que se utiliza en juntas, reuniones de trabajo, coordinaciones de equipo y demás escenarios corporativos como el que tocó improvisar en medio de la salida canina.
    • La chismosa. Ojos abiertos y sonrisa maliciosa mientras el conocimiento sobre actividades o historias ajenas se enriquece  gracias a algún interlocutor excesivamente comunicativo.
    • La preocupada. Se oscurece el semblante y el ceño se arruga mientras el paseante inicia el retorno a la base, porque recibió una mala noticia y se requiere reacción inmediata.
  • Cara misteriosa. Con tapabocas.

miércoles, 6 de noviembre de 2024

Malas ideas con énfasis en perros, ciclas y otras ruedas

 


A quien escribe el texto que viene a continuación, le parece mala idea:

— Pasear en bicicleta con perro. El perro caminando o trotando, el paseador pedaleando. Una correa al perro sujetando.

— Trabajar en bicicleta como paseador de perros. Los perros caminando o trotando, el paseador pedaleando. Muchas correas a los perros sujetando.

— Utilizar la ciclorruta para pasear perros en bicicleta. El o los perros caminando o trotando, invadiendo el otro carril y definitivamente estorbando. El paseador pedaleando. Correa (s) a los perros sujetando. 

Pagarle a un paseador para que pasee a los perros en bicicleta. Los perros caminando o trotando. El paseador pedaleando. Muchas correas a los perros sujetando. Todos corriendo el riesgo de que a cualquiera de los animales le dé por contradecir a la manada y parar o moverse hacia un lado diferente .  

— Pagarle a un paseador en bicicleta que trabaja en condiciones que pueden terminar mal como: paseador y bicicleta en el piso, paseador y bicicleta cayendo encima de los perros,  paseador en el piso y perros sueltos corriendo sin destino, paseador en el piso y perros corriendo hacia una vía donde hay carros en movimiento que no esperan la aparición inesperada de perros huyendo tras la caída de un paseador en bicicleta.

También considera que es una mala idea:

— Sacar a caminar perros sin dejarlos caminar*.

— Sacar a caminar perros sin dejarlos caminar y transportándolos en coches diseñados para transportar niños o bebés. O en coches diseñados para transportar perros de esos que deberían estar caminando porque para eso es que se saca a caminar a los perros, que no caminan si van en carritos para perros. 

— Sacar a caminar los perros en grupos familiares donde camina la abuela, camina la mama, caminan los niños, camina el papá, camina el abuelo pero no camina el perro porque la abuela, el abuela, la mama, el papa, o los niños caminan y empujan un coche donde va el perro que sacaron a caminar.

— Pasear con el perro en bicicleta arrastrando un carrito donde el perro rueda haciendo cero ejercicio de ese que se supone deben hacer los perros cuando salen a la calle, además de otras cosas que se vaporizan ante la acción del Sol o se recogen en bolsas de colores.

Incluye además dentro de lo que en su concepto es una mala idea:

— Pasear en bicicleta con perro. El perro caminando o trotando, el paseador pedaleando. Ninguna correa al perro sujetando. El perro libremente paseando y atravesándose, generando peligro o por lo menos estorbando. Y es peor idea cuando el paseador va por celular hablando o hasta chateando. 

— Pasear en bicicleta con perro. Ninguna correa al perro sujetando sin haberle dedicado todo el tiempo, toda la paciencia y toda la metodología necesaria para que el animal trote o camine al lado del paseador sin correa ni nada en absoluta coordinación. 

Y definitivamente cree que es una pésima idea:

— Hacerle una observación cordial, educada y de buena fe a quien saca a caminar el perro sin dejarlo caminar; o a quien pasea con el perro en bicicleta; o quien trabaja como paseador de perros en bicicleta; o a quien le paga a un paseador de perros en bicicleta… so pena de ser llamado sapo xxx, donde es fácil (y bastante desagradable) imaginar lo que xxx significa. 

*Ñapa. También cree que es mala idea meter un gato en una especie de mochila en plástico rígido transparente con huecos y sacarlo a pasear (en cicla o a pata limpia), y hacer algo similar con una mochila normal y un perro pequeño cuya cabeza sobresale. Pero eso amerita cuento aparte.

miércoles, 17 de julio de 2024

Desde Rusia y China contra el estrés

Ese día la segunda de a bordo se la jugó y le dijo a Patricia, su jefa y amiga, que tenía que parar. Que esa obsesión por el trabajo 24/7, además de mandar el clima laboral a la porra, afectaba la vida personal de todo el mundo. Empezando por la de Patricia, quien ya no dormía, apenas comía (mal y a deshoras) y si duraba cinco minutos sin un proyecto, una estrategia y un plan de acción consideraba su vida inútil.

Aplicó estrategias corporativas. No le llevó al superior un problema, le llevó una solución. Taichi Chuan. Un arte marcial de origen chino que, a la vez, sirve como práctica de meditación, concentración mental y, sobre todo, relajación. La recomendación venía con cuatro alternativas de maestros, horarios y locaciones. La jefe terminó por comprar la idea y escogió un instructor que trabajaba en parques públicos.

Unos días antes, en otro lugar de  la ciudad, el médico miró a Montoya, miró los exámenes y se le puso serio. —Mire señor Montoya. Ya hemos hablado de esto. Usted tiene que hacer por lo menos un poco de ejercicio y realizar actividades que alejen su mente del trabajo. ¿Cómo va lo de conseguirse el perro?

El doctor había descubierto el relativo éxito de la compañía animal para tratar a los trabajomaniacos. Les daba algo diferente en que pensar, los obligaba a redistribuir sus energías y a realizar caminatas diarias. Pero Montoya ya tenía respuesta —Si yo compro un perro se va a morir de hambre porque no tengo ni el tiempo, ni la disposición de ocuparme de él.

El galeno no se iba a rendir tan fácil — Bueno, ¿y no conoce a nadie que tenga uno y necesite un paseador?

Aquí entra Trosky. El perro de esa vecina que generaba interés amoroso en Montoya. Un samoyedo (raza de origen ruso) blanco de 60 centímetros de alto y 35 kilos de peso. Parecía una especie de cruce entre oso polar y mamut. Pero la vecina y sus compañeras de apartamento lo habían criado como el consentido de la casa, así que más allá de su fuerza y tamaño era una mascota regalona, juguetona e inofensiva.

La oferta del vecino llegó en el momento justo, porque precisamente ese sábado no había quien sacara al animal a su paseo diario. La rutina incluía recorrer algunas calles, utilizar la bolsa plástica en caso de necesidad y nunca soltar la correa porque el can tendía a correr detrás de aquello que llamaba su atención.

Todo iba bien hasta que llegaron al parque. Trosky fijo su mirada en un pequeño grupo de personas, quienes realizaban movimientos lentos y coordinados. Una especie de karate o de kung fu pero en cámara lenta. Ese grupo donde Patricia se dejaba guiar por el maestro en una rutina tranquilizadora y relajante de ejercicios que, para lograr la concentración óptima, se complementaba con cerrar los ojos.

Lo que no fue para nada tranquilizador y relajante ocurrió al abrir los ojos y ver 35 kilos de perro peludo correr hacia ella —en plan lúdico,  pero en ese momento parecía un ataque— mientras arrastraban a un paseador quien gritaba, inútilmente, ¡quieto Trosky, quieto!

Patricia hizo un último esfuerzo por mantener la concentración, hasta que la bestia se paró en dos patas y apoyó las extremidades delanteras en la mujer. Montoya cayó al piso ante la inercia del frenazo inesperado. La agredida también fue víctima del fenómeno físico y terminó igualmente con su humanidad en el césped.

No sabemos como están hoy los problemas de estrés de los dos protagonistas humanos de esta historia. Pero superado el impacto inicial, y ya siendo claro que el perro solo quería jugar, ninguno de los dos pudo contener una relajante y, evidentemente, desestresante carcajada. 

miércoles, 29 de mayo de 2024

Ergonomía para cuatro patas


Como la casa tenía patio y los papás eran modernos pero no tanto, apenas Paquito creció lo suficiente le organizaron cama en ese lugar. Hablo de tiempos pasados, cuando animales y humanos compartían vida, pero no cama, ni habitación. Es bueno precisar que parte del patio disponía de una marquesina, la cual protegería a su residente oficial de la lluvia y de otros fenómenos climáticos.

El morador, por cierto, era una combinación genética digna de tesis de doctorado. Cuando llegó a la casa familiar, Paquito parecía una especie de cruce entre pastor collie, bulldog, pequinés, huskie y perro de taller. De su origen solo se conocía la llamada anónima que advirtió sobre la camada dejada en un basurero, donde fueron rescatados por voluntarios de cierta ONG que salvaba perritos abandonados.

Una donación en efectivo le permitió a la familia pasar de cero a uno en su componente canino. Como solía pasar  —y creo que aún pasa— los hijos pidieron mascota y se comprometieron a cuidarla. Cumplieron su promesa… unas dos semanas. A la tercera empezaron a delegar responsabilidades y más o menos a la quinta era problema de los papás, con algún aporte ocasional de los pequeños, sobre todo para juegos.

En ese contexto vino el trasteo al patio. Una vieja caja de madera, y una selección de cobijas igualmente viejas pasaron a ser casa y cama para el can. Este tomó posesión de sus dominios, acomodó las cobijas a su conveniencia y pronto definió hora fija para acostarse y para levantarse.

El final feliz vino a dañarse por cuenta de la naturaleza. El animal comenzó a crecer, con una particularidad. Al parecer tenía algún gen de salchicha (la raza, no el alimento), porque si bien su lomo no se alejó mucho del suelo, la distancia entre cabeza y cola aumentaba día tras día.

Pronto se evidenció que la caja de madera no tenía espacio suficiente para el alargado personaje. Y entonces intervino tío multitarea. Ese pariente poseía taller propio y, más importante, la habilidad de reparar, construir, desbaratar y volver a armar una enorme gama de objetos. Y aunque nunca había hecho algo parecido, se ofreció para fabricarle a Paquito una casa acorde con su nueva anatomía.

Cuando vieron que la mascota había alcanzado su máxima extensión, el hombre puso manos a la obra. Quince días después se apareció con una especie de vagón sin ruedas ni ventanas, techo a dos aguas y una sola entrada. Un “hábitat” con espacio suficiente para que el perro se acomodará cuan largo era (literalmente). El problema no era la longitud, ni la altura, sino el ancho. Porque el constructor dejó en esa dimensión el espacio justo para que el ocupante entrara pero, una vez dentro, no tenía como cambiar de posición. De ahí en adelante Paquito pasaría sus noches viendo una pared oscura y dándole la espalda al mundo exterior.

Multitarea y Padre se dedicaron a tremenda discusión —eran hermanos, así que no era ni la primera ni la última—. El más sensible de los niños se puso a llorar y pronto fue seguido por sus hermanos. Mamá no sabía a quien tratar de calmar primero y pensó, como estrategia, que los pequeños sacaran a la mascota al parque. Así que buscó a Paquito y lo encontró estrenando domicilio, observando el mundo con su cabeza justo a la entrada de la casa.

El misterio solo se vino a resolver por la noche, porque después de su paseo diario el perro no volvió a ocupar su nueva habitación. Pero ya con la oscuridad, al acercarse la hora fija en la que siempre pasaba al mundo de los sueños repitió el ritual inventado horas antes. Ese que mantendría hasta el final de sus días. 

Paquito se ubicó frente a su casa, giró con las cuatro patas 180 grados y entró, en reversa, hasta quedar perfectamente acomodado.

miércoles, 10 de mayo de 2023

Instintos atávicos aplicados a la seguridad vial



No me fue mal, realmente. Solo la fractura del brazo y muchos raspones. Para eso son los elementos de protección personal. Sí, yo sé que dicen que soy exagerado pero estas situaciones terminan dándole a uno la razón. Está bien, se lo acepto, siempre hay algo que se sale de cualquier previsión posible.

Ya me pasó una vez. Y lección aprendida. Mucho antes de la pandemia, integré el tapabocas a mi vestuario deportivo. Y seguí con la rutina semanal de pedaleo en ciclovía que se fue extendiendo a otros días.  Poco a poco cogí confianza para utilizar el vehículo, lunes y viernes, como medio de transporte al trabajo. La ruta, cuidadosamente planeada para evadir las calzadas. Ciclorruta. Pura seguridad. Desafortunadamente, había unos tramos, muy cortos, donde era necesario bajar a la calle y compartir espacio con los automotores. Escogí cuidadosamente aquellos con el menor tráfico posible. Definí claramente el protocolo. Carril derecho, pegado al andén, distancia de seguridad. Prevención absoluta, ese es mi lema.

Antes de seguir es importante hablar de los yorkies. Es un diminutivo de yorkshire terrier. Son una raza de perros. Yo no soy muy de mascotas y esas cosas pero no creo que haya algo tan genéticamente inofensivo y tierno. Busque las imágenes en internet y verá.  Es una cosita chiquita, peludita, simpática, con más pinta de juguete que de animal. Después averigüé que no crecen más de 20 centímetros y no alcanzan los 4 kilos de peso. Son algo así como la compañía ideal para una señora de edad, o un regalo para la suegra.

Ese lunes pedaleaba hacia la oficina cuando vi el carro. Un carro de esos que compran los jóvenes profesionales cuando sus primeros ingresos lo permiten. En este caso digamos las jóvenes, porque lo conducía una mujer acompañada, como no, de un yorkie. El animal iba asomado por la ventana, hasta ahí normal. Pero era la ventana delantera izquierda, la de la conductora. Supongo que apoyaba las patas en el regazo de la misma y ella no parecía ni incómoda ni molesta. Total, tampoco había mucho tráfico.

Cada uno -es decir ella y yo-  siguió su camino. Una cuantas cuadras adelante llegue a uno de los segmentos donde tocaba bajar a la calzada. Ahí estaba de nuevo el carro. Y quise ver más de cerca. No había más vehículos en la vía, el semáforo se acababa de poner en rojo así que solo era dejar el lado del andén, pasar el automotor por la izquierda, mirar y volver a la zona segura.

Yo solo estuve pocos segundos a más o menos medio metro de la ventana donde el yorkie asomaba su cara de felicidad después de una dosis de viento. Ahí estaba esa cosita chiquita, peludita, simpática, que ni siquiera me prestó atención, o por lo menos, eso me hizo creer. Porque en fracciones de segundo, desde el fondo del cerebro de Toby -nombre que conocí después- se alborotaron instintos protectores, latentes y atávicos de territorialidad y agresividad con un extraño ingrediente gatuno volador. Porque sin ninguna advertencia -ni siquiera ladró el maldito bicho- este yorkie saltó desde la ventana contra el ciclista -este ciclista- que se disponía a pasar a zona de seguridad.

Obviamente como nadie esperaba el ataque -nadie soy yo- pasó lo que tenía que pasar. Fui a dar al piso con bicicleta y todo, y alcancé a poner el brazo izquierdo como protección. Aquí el yeso es la prueba. La rugosa calle se encargó de agregarle raspones y ropa rasgada al asunto. Debo decir que la “mamá” de Toby se portó a la altura. Se bajó, recogió a Toby, le hizo los arrumacos del caso, verificó detalladamente su estado  de salud y 10 minutos después me preguntó si yo estaba bien. Me ayudó a levantarme, a poner la bicicleta en el andén y a llamar por ayuda. Cuando finalmente confirmaron de la oficina que iban a enviar una misión de rescate, se disculpó, habló sobre lo inusual de la acción de su mascota y se fue.

Eso sí, esta vez dejó al yorkie en el asiento de atrás. Y se lo juro, mientras el carro se alejaba, ese perro infeliz me miró desde la ventana posterior y se rio.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Vete de aquí, perro criollo colombiano

Aclaremos, aquí no estamos hablando de eso que llaman políticamente correcto. Tampoco vamos a aportar elementos para esa discusión medio esotérica sobre las intenciones subyacentes del lenguaje. Ese problema se lo dejamos a los filólogos, los psicólogos, los sociólogos, los activistas y los desocupados.

Aquí también somos desocupados, pero de los otros. De los que pasamos por cierta cantidad de años y nos damos cuenta de que algunas actividades, objetos, seres vivos, cualidades o condiciones ya no se llaman así. Lo bueno es que da tema para las amilcaradas, como hicimos con ciclas y bicis, o con tintos y otras bebidas calientes.

Por ejemplo, siempre han existido perros cuyo árbol genealógico combina tantas razas que es sencillamente imposible clasificarlos en alguna. No se necesita ser un experto, solo hay que mirar ese aspecto donde la cara es de gran danés con peluqueado de french pooddle; las piernas de pastor alemán con un toque de pequinés: el cuerpo alargado como de salchicha con un lomo que evoca un rothweiller;  y el color en algún punto entre cenizo y beige con motitas. Pero como aquí no hablamos de etología sino de  lenguaje, estos caninos eran los gozques.  El gozque de la calle, el gozque del taller, el gozque que nació de la perra del vecino (o de la perra propiedad de la vecina, con esa aclaración en la redacción para evitar confusiones) y que por negocio o donación terminó integrado a  nuestra familia.

El gozque no es el único residente en el mundo de los caninos a prueba de clasificación. Lo acompaña el perro criollo colombiano. Este también es el resultado de una larga mezcla de razas en circunstancias no siempre aptas para menores de edad. Este también pulula por calles y hogares. Este también tiene una larga historia que a veces lo deja bien parado frente a homólogos con más pedigrí. También le ha tocado ser el malo de la película. Ha sido héroe o villano, como salvador entrenado o improvisado, o como transmisor de enfermedades. Y este también parece un gozque. O mejor,  los gozques parecen perros criollos colombianos.

Es decir, que si se ve como gozque, suena como gozque y camina como gozque… es  un perro criollo colombiano. Pero no parece aceptable llamar gozque al gozque. Supongo que se pueden ofender. La palabra no es adecuada para escenarios cultos. O es difícil de insertar en el mundo globalizado.

O simplemente es uno más de esos términos que por criterios basados en la moda, la influencia extranjera, el esnobismo o la vergüenza de aceptar lo que somos se cambian sin  ninguna necesidad.

Así fue como los fracasados se volvieron perdedores (traducción del anglicismo loosers); en los hoteles la gente dejó de registrarse para hacer check in, las historietas pasaron a llamarse cómics; la gente ya no divulga temas sino que los socializa y cuestiones como estas se volvieron adecuadas para organizar conversatorios.

Por si las moscas, le sugiero prepararse. La próxima vez que un can de los mencionados  lo importune en la calle, no se le ocurra decirle “chite gozque”. No señor, hay que decirle: “Vete de aquí, perro criollo colombiano”.

martes, 6 de septiembre de 2016

Cupido con caparazón

Kimo Sabi –nombre tomado de la televisión– es un sobreviviente. Sobrevivió a una recolección que lo arrancó de su hábitat natural cuando apenas era un bebé. Como en su infancia no había ecologistas ni animalistas para defenderlo, se estilaba instalar en la calle un acuario repleto de representantes de su especie, recién salidos del huevo, para venderlos a precio de ídem. El papá de Toñito consideró que era un buen regalo para su hijo y un día se apareció con la tortuguita.

El pequeño quedó encantado con su nuevo juguete e intentó criarlo con restos de lechuga. Un día la puso a nadar en una ponchera cuando se distrajo en algo. Al regresar encontró a Kimo Sabi patas arriba flotando en su “piscina”. Vino la histeria, los intentos fallidos de resucitación y la decisión de darle un entierro digno en el parque que quedaba justo frente la casa. Allí fue donde conoció a Elsy, la vecina curiosa que se acercó cuando el pequeño llorón iba a sepultar a su efímera mascota.

Con la emoción de la nueva amiga, a Toñito se le olvidó enterrar a Kimo Sabi. Solo supo de ella años más tarde, cuando una versión un poco más grande apareció detrás de unas matas. De alguna forma el reptil había sobrevivido y creado su propio ecosistema. Así, periódicamente, una versión cada vez más grande de la tortuga se materializaba por un tiempo y luego se refugiaba en algún recoveco que nunca nadie pudo encontrar.

Entretanto, Elsita y Toñito evolucionaron a Elsy y Toño, cómplices de vida de barrio. De jugar golosa pasaron a las escondidas, de las escondidas a idas a cine en patota, del cine a las fiestas de barrio. Pero el parche de amigos se fue disolviendo en la medida en que unos se mudaban y otros, como ellos, armaban su propia historia. De la vida compartida pasaron al saludo, cada vez más espaciado y menos efusivo. Hasta cuando los vecinos organizaron una fiesta de cuadra.

Elsa y Antonio convocaron sus respectivas parejas. Pero la del él nunca llegó. Problema que el caballero encaró a lo macho. Bebiendo. Entretanto, como la relación de Elsa con su novio tampoco estaba en su mejor momento, el tipo le hizo una escena y la abandonó en plena rumba. Ella, desconsolada, terminó caminando sola por el parque. Allí escuchó el ruido a sus espaldas. Al voltear vio a Antonio de rodillas, con los ojos cruzados de lágrimas. Las palabras no fueron necesarias. Ella entendió que ese había sido y sería, por siempre, el hombre de su vida.

Muchas veces Don Antonio ha pensado en contarle a Doña Elsa lo que realmente pasó. Él estaba tan borracho que salió a tomar aire. No supo cómo terminó en el parque pero pronto decidió que no era buena idea andar por ahí a esas horas. Y si no era buena idea para él menos para la vecina. Así que se le acercó sin ninguna intención diferente de sugerirle que volvieran a la fiesta cuando tropezó. Cayó sobre sus rodillas en una posición particularmente dolorosa. Tanto que se le aguaron los ojos. Lo cual, sumado a la lengua trabada por efectos del alcohol le impidió hablar.

No encontró otra forma de pedir ayuda para levantarse que poner cara de súplica. En ese momento no entendió por qué ella lo miró así, le ayudó a ponerse de pie y lo besó. Pero algo comenzó esa noche. Cuatro hijos, nueve nietos y seis bisnietos lo confirman. 

Por cierto, esa fue una de las cada vez más esporádicas apariciones de Kimo Sabi. La tortuga había crecido lo suficiente para que un borracho cayera al piso si se estrellaba con ella. Como le pasó a don Antonio. Cupido también puede usar caparazón.

martes, 23 de agosto de 2016

Pispirispis

Se trata de atrapar seres que habitan una realidad alterna. Demanda movimientos encaminados a capturarlos. Con las manos.  Con los dedos. Pueden ser lentos o rápidos.  Y cuando culmina la cacería, suele celebrarse mediante una exclamación de júbilo.

¿Pokemones? No.  Pispirispis.

Mis escasas habilidades sociales me impiden comentar si las nuevas generaciones aún agarran pispirispis. Solo estoy seguro de algo. Ellos –los jóvenes– al igual que nosotros –los no tan jóvenes– tal vez cacen pispirispis, pero nunca han visto uno.

Porque si bien todos en el algún momento de la vida intentamos capturar algún representante de la susodicha especie, no conozco al primero que haya tenido la dicha de coronar su intento. Tampoco conozco al primero para quien esa situación sea un problema. Es que cazar pispirispis no es un fin en sí mismo. Es más bien un medio.

Los ejemplos ayudan. Caza pispirispis quien está tratando de recordar una palabra o dato. Abre y cierra la mano, mientras mueve los dedos. Cuando la información requerida escapa de algún rincón perdido de su cerebro y se expresa en tono jubiloso la cacería termina. Los pispirispis atrapados escapan y la vida sigue.

No es la única circunstancia. Quien está siendo regañado suele bajar la mirada e iniciar la captura moviendo nerviosamente dedos y manos. Condiciones de edad, género, nivel académico, experiencia o contenido del regaño son irrelevantes. En cambio, requisito fundamental para que asuma el mencionado comportamiento es que el regaño sea justo. Lo imperativo es ser culpable. Y la relación es directa. A mayor culpabilidad más pispirispis atrapados. Triturados. Pulverizados.

Al nemotécnico y al culpable le sumamos el comunicador. Dícese de aquel que en toda conversación, independientemente del tema, interlocutor, horario u tono, caza pispirispis. Agresivamente, en la nariz de su escucha. Tímidamente, con las manos ocultas o abajo. Nerviosamente, si la situación lo amerita. Momentos previos a solicitudes matrimoniales, peticiones de aumento de sueldo, requerimientos para permisos maternales o paternales y revelaciones de bajos resultados académicos al mismo público son situaciones que lo ameritan.

Claro, algunos no requieren entornos especiales.  En cualquier hora, momento o circunstancia realizan los movimientos que, supongo, a estas alturas el lector ya tiene completamente identificados. Fue uno de ellos. Injustamente olvidado por la historia. Ese anónimo personaje creó con su respuesta contundente una especie, una actividad, un recurso comunicacional, una estrategia para ganar tiempo, una terapia para los  nervios. No conocemos nombres, pero sí la conversación.  Algo como esto.

- ¿Qué hace?

-  Aquí cazando pispirispis.

- ¿Y qué es un pispirispi?

- No tengo ni idea, todavía no he cogido ninguno.

jueves, 21 de enero de 2016

Silvio tiene un problema con los perros


Todos le tenían miedo al rottweiler del vecino. Era una bestia agresiva, que no perdía oportunidad de mostrar dientes, ladrar o morder a cualquiera que se pusiera al alcance de su perímetro, limitado por esa cadena reforzada con la que el dueño lo mantenía asegurado. Pero ese día la cadena  no estaba puesta, la puerta estaba abierta, el propietario se distrajo con algo y el perro salió sin control ni vigilancia.

En el parque Silvio, con sus 6 años cumplidos, jugueteaba. Su hermana, apenas unos años mayor, se distrajo un momento y no notó la presencia del canino. Pero este sí vio  al pequeño y se lanzó sobre él. La hermana gritó. El dueño del perro, los vecinos, los usuarios del parque intervinieron de inmediato para que el perro dejara de… ¿juguetear?

En ese momento se evidenció la singular reacción que Silvio generaba entre el gremio canino. Sin importar raza, tamaño, color o entrenamiento previo, este género de cuadrúpedos lo quería. Así, la bestia salvaje del vecino, en vez de agredirlo como hacía  con el resto de la humanidad, asumió el rol de dócil compañero de juegos.

Con el paso del tiempo el hombre excluyó de la lista de sus intereses a los perros. Pero los perros nunca lo excluyeron a él. Hoy, profesional, casado y con hijos, no puede salir a la calle sin que todos los canes se abalancen a saludarlo cariñosamente. Los paseadores profesionales lo detestan. Más de uno se ha visto arrastrado por el piso cuando su material de trabajo –seis o más al tiempo- cambia repentinamente de camino para correr con el fin de expresar afecto por el susodicho caballero

Los parques son territorio vedado. Muchas zonas verdes se ven literalmente invadidas por amos y perros a horas determinadas.  Perros que apenas lo ven (a Silvio) comienzan a perseguirlo para un inacabable homenaje al estilo canino, con saltitos, movimientos de cola, parada en dos patas y lambetazos.

La vida social del protagonista se ha limitado considerablemente. Antes de ir a casa ajena, pregunta si tienen perro. Sabe que el bicho de turno se dedicará a hacerle carantoñas, hasta que la visita se divida en dos grupos. El can atenderá a Silvio, los humanos atenderán a los demás. Y si alguien encierra al animal, un concierto de ladridos, aullidos y rasguños será la banda sonora a menos que Silvio se vaya, o Silvio se vaya a acompañar al perro. Cuando la visita termine vendrá otra tanda. A la gente, los perros le ladran cuando llegan a las casas ajenas. A Silvio le ladran cuando se va.

Pero el riesgo mayor está en la calle, donde un despreocupado amo lleva su mascota sin correa. Ese perro, apenas perciba a Silvio se lanzará como loco a saludarlo. Si no causa un accidente de tránsito, se enredará en sus piernas haciéndolo caer. O le dejará algún recuerdo en forma de mancha en pantalón, camisa o chaqueta con sus cariñosas patitas. O patotas, porque pasa exactamente lo mismo con el chihuaha que cabe –y a veces vive– en una cartera, y uno de esos grandotes que parecen el resultado de  una aventura poco católica entre un San Bernardo y una osa polar.

Cuando ese es el caso, Silvio termina en el piso defendiéndose del cariño desenfrenado del gigante de turno, mientras a su lado o sobre su ropa reposan los restos mortales de lo que llevaba en las manos (los huevos del desayuno del otro día,  por ejemplo).

El hombre, definitivamente, tiene un problema con los perros.


jueves, 24 de diciembre de 2015

Cuento de Navidad (5 de 5 partes)


El último contacto con el médico había sido a las 11 de la noche. Eran las tres de la mañana y Pedrito estaba mal, muy mal. No teníamos forma de salir a buscar al doctor hasta que hubiera luz. Créanme, esa sensación no se la deseo a nadie. Pero tampoco encuentro nada comparable a la alegría que un sencillo sonido produjo en todos los que estábamos allí presentes. El pito de un campero.

El médico y el chofer de la Policía estaban empapados, pero la droga llegó justo a tiempo. Una inyección reversó los síntomas. Pedrito había sobrevivido a esa.

24 de diciembre. 9 de la mañana. El sol finalmente había salido. Estábamos desayunando con el médico y el policía, los héroes de la noche. Leonardo, que es medio poeta, los calificó de esta manera. Pero el agente lo interpeló.

- Me perdona doctor Díaz, pero el héroe es el tipo de la linterna.

- ¿Cuál linterna?

- Pues mire doctor, nosotros salimos del pueblo y claro, a los 10 minutos no se veía un carajo. Entonces el doctor vio las señales que nos hacían con una luz. Y sea quien sea, estaba bien dateado. Nos llevó por todos los tramos de vía que estaban transitables. Tenía que ser alguien que conociera muy bien la región, porque no hubo una sola pista falsa.

- ¿Y quién era?

- Ni idea, doctor. Siempre estuvo lejos aunque la linterna era tremendamente poderosa. Nunca vimos nada distinto de la luz. Pensamos que era uno de ustedes.

Y así fue. Jamás supimos quien había guiado en esa noche oscura y tormentosa el campero que trajo la droga.

Está bien, tengo que contar otra parte de la historia. Pero dejo constancia que me parecen detalles sin importancia. Esa noche, en medio de la tormenta se perdieron algunos perros, algunas vacas y el reno, que seguramente asustado por los truenos y rayos salió a correr. Aunque lo buscamos por varios días, no dejó rastro.

Es cierto que la puerta del granero estaba cerrada, y que la única salida era un hueco en el techo. También que a Leonardo le pareció que el hueco estaba más grande, aunque eso era atribuible a la lluvia.

Listo, acepto que no es claro por donde se salió el reno, —y le digo reno sin estar seguro— . La última persona que estuvo en el granero fui yo, y recuerdo claramente haber cerrado la puerta con tranca como a las 11 y 30 de la noche.

Bueno, un animal asustado se da sus mañas.

Ah, y está el otro hecho. Yo no hice la pregunta. La hizo la abuela Mariela. Y en eso coincidieron el médico y el policía cuando se les interrogó acerca de las características de la luz.

- Roja, era una enorme luz roja, Y a veces parecía venir desde el cielo.

FIN

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Cuento de Navidad (4 de 5 partes)


Fue fácil ubicar al médico. Y el tipo colaboró. Descartó de inmediato que usáramos la droga vencida. En cuestión de horas anunció que él mismo viajaría hasta la finca, porque no era muy recomendable mover a Pedrito en esas condiciones. Vía celular nos dio instrucciones sobre cómo actuar, qué tratamiento darle. Nos tranquilizó diciendo que el ataque apenas comenzaba y que estaba a tiempo para llegar con la droga. Y mientras hablábamos el cielo seguía roto. Llovía, llovía, y llovía.

El 23 recibimos la llamada. El doctor estaba en el pueblo. Pero su llegada fue hacia las 6 de la tarde y como todos los caminos se encontraban inundados todos coincidieron en que lo recomendable era aplazar el viaje hasta el otro día. No había problema.

Pero sí hubo. Esa noche en particular los síntomas se agravaron. Los ojos de mi Pedrito se estaban apagando. Otro contacto telefónico con el médico. Sin ver al paciente entendió lo que pasaba. Era urgente aplicarle la intravenosa. Era cuestión de horas.

Como toda situación, por mala que esté, puede ponerse peor, la lluvia seguía, y la noche no tenía luna. Pero el médico era un tipo verraco. Y la gente del pueblo colaboraba. Así que la Policía prestó su mejor jeep y su mejor conductor y se lanzaron en medio de la oscuridad a buscar la finca.

La memoria que tengo de esas horas no es continua, sino de momentos sueltos. Yo entraba y salía del cuarto de Pedrito y llamaba al médico, hasta que perdimos la señal del celular. No me acuerdo por qué, pero en un momento dado terminé en el granero. Y cosa curiosa, Rodolfo se mostró pacífico. Y entonces se lo conté todo. Le conté como había conocido a Adriana, el difícil parto, la muerte, la enfermedad hereditaria. La condición de padre soltero, el apoyo de la abuela Mariela, la construcción de una vida de familia en condiciones adversas... y hubiera seguido hablando si no fuera por un pequeño detalle. Estaba hablando con un reno.

martes, 22 de diciembre de 2015

Cuento de Navidad (3 de 5 partes)


Situación. Son poco más de las 2 de la tarde. Pasada la curiosidad inicial por “El Peludo”, el siguiente espectáculo son los dos rolos que discuten la forma más adecuada de trasladar al animal. Realmente no era eso lo que discutíamos, sino la forma más adecuada de acercarnos al animal. Una mezcla adecuada de regaño y soborno había alejado a los pequeños que torturaban a la bestia con gritos y piedritas. Pero seguía viéndose amenazante. Y cuando intenté arrimarme al poste para desatarlo trató de embestirme. Yo le caía mal.

Fuimos cobardes pero prácticos, y le pagamos a un campesino para que se acercara a la bestia, la desamarrara y la atara al carro. Una coz en sus partes nobles garantizó la devolución de nuestro dinero sin ninguna satisfacción, y la reducción inmediata de voluntarios para desatar al peludo.

Y entonces pasó. No sé como, no sé a que horas, pero Pedrito estaba ahí a mi lado con una extremo del lazo en la mano. Al otro, mansamente, con su trote corto venía el peludo.

- Me arrimé y lo desamarré papá, yo creo que es mejor que nos vayamos antes de que la noche nos agarre por acá.

Bien, acepto que era un poco raro. Pero recibí el lazo. Grave error. El manso rumiante se transformó en bestia peluda y arrancó a correr arrastrando un bulto que apenas pudo mantenerse en pie tres minutos. Entre risas y fiestas lo agarraron mientras el bulto - yo - limpiaba sus ropas y miraba con odio al bicho al que, definitivamente, le caía mal.

Por lo menos no era personal. A excepción de Pedrito, el animal parecía tener un problema venadal con el género humano. La solución final fue contratar un camión de esos que usan para mover ganado. Pedrito subió a Rodolfo -insistía en llamarlo así- a cabestrillo y él y yo lo acompañamos en el recorrido de regreso a la finca acomodados en la plancha. No sé de donde sacó la idea de la nariz roja mi hijo, pues lo único escarlata que veía en el Peludo eran sus ojos inyectados de sangre, cada vez que me miraba.

Una vez en la finca, el animal se adaptó fácilmente. Le acomodaron un sitio en el granero con pasto del que se le daba al ganado, sal y agua. Los niños se peleaban por alimentarlo y debo reconocer que se le mejoró el genio. Se volvió más sociable con todos. Bueno, casí con todos, porque a mí me seguía detestando. En alguna parte de sus genes debía existir un toro de lidia. porque cada vez que me veía empezaba a patear el piso y bajaba la cabeza dispuesto a conjugar el verbo embestir.

Pedrito impuso su concepto y todos comenzamos a llamarlo Rodolfo. Un baño a punta de balde reveló una pelambre fina y suave bajo la capa de mugre, con tonos que combinaban el marrón con el blanco. El animal se hizo dueño y señor de su rincón del granero, de donde solo salía parte del día a tomar algo de sol. De resto dormitaba, comía y volvía a dormitar. Dicen que de noche miraba las estrellas. Eso me lo contaban los demás, porque apenas percibía mi presencia lo único que miraba era alguna manera de agredirme.

El espectáculo nocturno se le dañó muy pronto, porque el cielo pasó de despejado a encapotado. Como una situación inusual en esa época del año se vino un aguacero. Yo no sé si ustedes saben lo que es un aguacero en el llano. Llueve dos, tres días seguidos. Y los caminos se vuelven ríos. Así como suena. Nosotros no teníamos problema. La finca estaba bien dotada de comida, y era una construcción resistente a las lluvias. El ganado sabía donde guarecerse y el mismo Rodolfo tenía su granero. Sería una Navidad bajo techo, pero tranquila.

Como el 21 el niño empezó a sentirse desalentado. No quiso desayunar, y se quedó acostado. A mediodía ya estaba comenzando a ponerse verde. Yo ya me conocía los síntomas de memoria. Era un ataque. Así que fui a buscar la intravenosa que había comprado desde hacía dos años... y que tenía la fecha vencida.

domingo, 20 de diciembre de 2015

Cuento de Navidad (1 de 5 partes)


La verdad es que el niño ve demasiada televisión. Vive con los ojos en el aparato ese todo el día. Y para rematar, la abuela Mariela le compró un sistema satelital, que son como 300 canales, así que todo el tiempo es dele, zaping; dele, zaping; dele zaping. Y ni modo de decirle que no. Porque con el tal síndrome de cómo se llame, la vida no le da para entretenerse de la misma manera que los demás.

Es un problema de nacimiento. Mi Adriana se lo dejó de recuerdo, antes de morirse en la sala de partos. El médico dice que si se cuida no lo va a matar. Y cuidarse implica evitar los ejercicios fuertes, no exponerse demasiado a los elementos externos, consumir puntualmente la droga. Aún así le han dado ataques. ¡Eso ha sido cada susto! Se va poniendo verde, pierde el habla, los ojos se van perdiendo y claro, corra para donde el médico. Afortunadamente ya tenemos la intravenosa esa para aplicarle en caso de emergencia.

Por eso es que podemos tener vacaciones como la gente normal, es decir, saliendo de la ciudad. Y le aceptamos la invitación al cuñado Leonardo, el de la finca en los llanos. El hombre aseguró que eso no era mundo salvaje, que tenía todas las comodidades de la civilización, que disponía de teléfono, celular, radioteléfono, carretera y señales de humo en caso de necesidad. ¡Ah! Y no había televisor.

Pero el viaje lo hicimos un 15 de diciembre y el alud de películas navideñas había comenzado desde el 1. Yo creo que ahí fue donde conoció la historia de Rudolph, o Rodolfo. El reno de la nariz roja. Se trata de un bicho de esos que tenía la naríz como bombillo de Navidad. Pues claro, todos sus congéneres se burlaban de él hasta que una noche de tormenta Papa Noel estuvo a punto de perderse. Y fue el reno de la nariz roja el que con su luz incorporada salvó la patria. O algo así.

Pues bien. El hecho es que dos días después de haber llegado a la finca fuimos al pueblo a comprar no sé qué cosas. Y estando allá se aparece un cazador con un venado inusualmente grande que había agarrado por allá cerca a un estero. Para ser preciso, era un cazador y como cuatro ayudantes, porque el bicho ese era bien difícil de controlar. Miren, yo no soy un tipo de campo, pero por lo que sé de venados, ese se veía muy grande. Y además estaba como peludo para ese calor de los demonios que hace en la región. Y pataleaba y bufaba como loco mientras los hombres trataban de arrastrarlo hasta un poste, donde finalmente lo amarraron.

Al cazador le pareció tan raro el animal, que no lo mató sino que se lo trajo para el pueblo a ver si le aparecía dueño. Un par de semanas antes había pasado un circo, con algunos animales raros. La gente recordaba un par de cebras escuálidas, un león viejo y perezoso y algunos burros, caballos y perros, pero el venado peludo no aparecía en las evocaciones. Cabía la posibilidad de que el animal se les hubiese fugado antes de llegar, aunque comentarios no hubo.

De todas formas, en ese pueblo nunca pasaba nada, así que “El Peludo” -así lo bautizó alguien- pasó a ser el centro de atención. Y mientras los adultos miraban, recordaban, evocaban y aplicaban su experiencia en la llanura los niños se dedicaban a acosar al pobre animal.

Un niño, sin embargo, no lo molestaba. Solo miraba y daba vueltas. Era, -pues claro- mi Pedrito. Como se había pasado la vida viendo televisión y alejado del aire libre se veía flaco, medio pálido y con cara de genio, complementada con sus enormes gafas. También hablaba poco, y con seriedad de cura. Tenía la costumbre de lanzar, sin previo aviso, solemnes bobadas en tono de frases célebres. Como por ejemplo ¡Es Rudolph!

- ¿Quién?

- Rudolph papá. El reno de la nariz roja.

martes, 8 de diciembre de 2015

El otro "mouse"


El acta por medio de la cual se protocolizaba el mejor negocio del año reposaba en el mismo escritorio donde Abelardo, eficiente secretario general, la había dejado la noche anterior. Pero en el parágrafo del artículo 7, que fijaba las condiciones del traspaso; en el artículo 11, que establecía las obligaciones comunes a las partes, y en el inciso j del artículo 15 - la cláusula de seguridad - habían metido la pata.

No se trataba de un error mecanográfico, un exabrupto jurídico o una redacción cuestionable. No. Era, literalmente, la presencia sucesiva de pequeñas huellas, señal inequívoca de que, tras una pequeña ausencia, el pequeño destructor había vuelto. El mismo pequeño ratón que siempre se las ingeniaba para ser un gran problema.

El conflicto entre este roedor de oficina y Abelardo era algo personal. En su primera aparición había entrado al computador del eficiente Secretario General, haciendo desaparecer de manera igualmente eficiente el trabajo de seis años. Luego había desarrollado un especial gusto por el papel viejo, llenando de pequeños mordiscos el archivo de la Secretaría.

Un día descubrió alguna manera de ingresar al cajón donde Abelardo almacenaba los mojicones que llevaba al trabajo para mojar el café, dejando marcas de pequeños dientes como testimonio en esas harinas que pasaron directo de la bolsa a la basura.

Como hombre que no rehuía a los retos, el Secretario General lo intentó todo, desde trampas en el archivador hasta mojicones con pesticida. Pero lo único que logró fue una secretaria con el dedo fracturado mientras buscaba una carpeta, y un perro de celador intoxicado por andar hurgando la basura.

Decidido a librar la batalla final, Abelardo buscó en el directorio a los exterminadores de plagas de la ciudad. Hombre meticuloso, se sentó frente a su ahora enrejado computador. Allí redactó un detallado informe, lo imprimió y se dirigió a la fotocopiadora, para producir las copias que entregaría a cada especialista, con el fin de definir la mejor propuesta para acabar de una vez con la pequeña gran plaga.

Pero algo pasó al interior de la máquina, porque apenas sacó una copia antes de escucharse un ruido en su interior y paralizarse misteriosamente, mientras una pequeña sombra se alejaba.

En el papel, la ovoide figura rematada en una fina y larga cola le mostraba al secretario general que el ratón no solo había vuelto.

También había aprendido a entrar a la fotocopiadora.

martes, 1 de septiembre de 2015

Doctorado minutis causa en consultoría económica


El Señor Canelo y Doña Esneda están, de lejos, entre los más informados sobre la evolución de la economía nacional, regional y mundial. Constantemente acceden a datos privilegiados de sectores productivos, cifras clave, estudios, decisiones corporativas, proyecciones e iniciativas. Pero curiosamente, semejante bagaje de sabiduría no ha afectado para nada su rutina diaria. De hecho, siguen siendo los mismos que eran antes de conocer a Guali. 

Porque en materia de conocimientos financieros, solo alguien los supera: Gualberto, el más cotizado, más conocido, más buscado y más ocupado consultor empresarial de este país.

Gualberto –Guali para los amigos- es un caso excepcional. Sus proyecciones –que algunos denominan profecías- han anticipado una y otra vez el comportamiento de sectores clave en la economía. Muchos clientes lo dicen; hacerle caso es la diferencia entre la quiebra y la opulencia.

Aunque con lo que cobra por una sola consultoría podría vivir durante el año completo, la palabra NO brilla por su ausencia cuando recibe alguna propuesta. Como su insumo es la información, vive, literalmente, conectado 24 horas. 24 por 7 dedicado al trabajo.

La doctora Pili –Pilarica para otros– encendió las alarmas. Ella era una de las pocas personas a las que Guali escuchaba en cuestiones personales o de salud. Bueno, si uno no escucha a su propia hermana, ¿entonces a quién? La instrucción fue desconectarse, en principio, por lo menos una hora diaria. Reto complicado para un trabajomaniaco en tiempos en los que un aparato que cabe en el bolsillo permite acceder al mundo entero

Tras una larga negociación, finalmente lo convencieron de dejar, durante un periodo de 30 a 45 minutos, el teléfono inteligente. Y el televisor. Y la radio. Y los periódicos. Y las revistas. Comprobado,  permanecer en casa era inútil. Había que salir de ahí.

Entonces el señor Canelo entró al rescate. Cuando llegó era simplemente Canelo, pero los hijos de Pili le agregaron el “Señor“. Tuvo su momento de gloria, pero pasó lo inevitable: creció. Una cosa es el tierno cachorro y otra pasear –con bolsa plástica para atender necesidades- al perro grande. Además es medio gozque y no muy bonito.

Todo encajaba. Guali y Pili vivían cerca. El compromiso era que el primero dejaba en casa sus artefactos de comunicación, recogía al Señor Canelo y lo llevaba a su caminata nocturna. El resultado: un ritual diario de desconexión para la salud mental del consultor, y la solución a las salidas técnicas del can.

Las dos primeras noches el asunto funcionó. Pero la tercera, el destino puso enfrente a Doña Esneda, poseedora de un puesto de dulces que cerraba tarde y un celular que comercializaba por minutos. Y solo bastó una llamada de verificación con un cliente para que Guali encontrara la forma de hacer trampa.

Así que noche tras noche, mientras el señor Canelo y doña Esneda oyen, Guali discute, controvierte, recomienda, explica, soluciona y hace planteamientos empresariales a través del celular alquilado. Doña Esneda no entiende nada, y lo único que le importa es la jugosa paga que recibe por el uso del teléfono. Y el señor Canelo, por razones obvias, tampoco puede hacer mucho con esa información.

Pero nadie ha oído tanto como ellos, los primeros candidatos a un grado “Minutis Causa“ en consultoría económica.

martes, 14 de julio de 2015

Diatriba en cuatro patas contra el amo que no saca a su perro


Guau, guau, guau ((Traductor activado)) Estoy acá, en la calle, con 9 colegas y el tipo este que acabo de conocer. Nunca nos llama por el nombre que nos pusieron. Se mueve cuando quiere que nos movamos, y jala las correas si su objetivo es que nos detengamos. A veces nos sentimos un poco apretados. Fue mucho mejor aquella vez que salimos apenas 3, pero eso solo duró una semana. Claro, nada es comparable a cuando voy yo solo con el amo, pero eso pasa cada vez menos ¿o ya no pasa?

Al principio no era así. Cuando era cachorro, el amo y sobre todo sus hijos andaban pendientes de mí. Como todos éramos niños pasábamos el tiempo jugando. A medida que fui creciendo era menos juego, aunque sí salíamos a pasear todos los días.

Los niños al principio me sacaban por la tarde cuando volvían del colegio, pero lo que era diario pasó a ser cada dos días, luego dos veces por semana, luego una vez. Me acuerdo que cuando estaba en el almacén de mascotas la mamá les preguntó “Pero ustedes lo cuidan, lo bañan, lo sacan a pasear?” Y ellos gritaron “¡Siiiii!!!”.

La verdad las últimas veces que me sacaron sentí que no me estaban prestando mucha atención. Qué día casi nos atropellan por andar hablando (ellos) por celular. Entonces empezamos a salir por la noche con el amo o la ama. No juntos, sino por turnos. A la semana empecé a percibirlos cansados, como si prefirieran  hacer otra cosa.

Y un día llegaron los tipos.  Me ha tocado con varios. El de la bicicleta. El que se iba para un parque, nos amarraba al árbol y se ponía a fumar cosas raras. El que nos pegaba, El que se armó un lío con las correas que casi se mata, el que nos hablaba, la chica…

Cuando vuelvo a casa, veo que los amos no le pagan a otra persona para que vea su televisión. Que al carro le prestan atención constante y solo lo usan ellos. Que siempre disponen de tiempo para sacar a pasear las bicicletas.

Claro que el irracional soy yo, pero no entiendo.  Para qué tienen un perro, si no lo van a sacar a pasear. Esa es una de las razones de mi existencia. Moverme, correr, caminar, y de ñapa ayudarlos a ellos a que se muevan, corran, caminen.

Que día oí unas personas discutiendo sobre los paseadores de perros, que quien los regulaba, que algunos eran irresponsables, que debía intervenir la autoridad. Pero no oí a ninguno preguntar por personas como mis amos, que son buenos, me dan de comer, no me tratan mal, pero no salen conmigo. O como otros que –cuentan mis colegas- nunca lo hicieron y desde que eran cachorros se los entregaron a los tipos. Digo, si no tienen tiempo para eso, para qué nos compran.

Los paseadores son unos pelados a los que, supongo, les pagan el mínimo. Algunos quieren a los animales, otros no. Algunos recibieron capacitación, otros no. Y ahí podríamos seguir dividiendo el gremio entre buenos y malos. Pero todos, sin excepción, existen por un acto de irresponsabilidad de alguien que realizó una acción sin medir consecuencias,  y trata de lavar sus culpas pagándole a otro para que asuma lo que es su obligación. El que compra un perro, debe sacarlo a pasear.

(Traductor desactivado) Guau, guau. Guauu.

martes, 28 de febrero de 2012

Importancia de la entomología en relaciones de pareja

Padilla mide cerca de dos metros, tiene cara de malo, parpadea poco y es lento para reaccionar. Su falta de reflejos proyecta una falsa imagen de imperturbabilidad ante eventos inesperados. Por eso le dicen Carepalo.

En tiempos de clima frío, la vida de “Carepalo” era mucho sencilla. Pero el destino le puso ingresos adicionales un par de pisos térmicos más abajo, lo que terminó reubicándolo en tierra de calentanos y calentanas. Calentanas como ella: Lucero.

Y sin que Padilla entendiera el cómo ni el porqué, Lucero empezó a coger cara de pareja. En el sentido del tanteo inicial, cuando ciertas actitudes coquetas rompen la rutina del encuentro casual. En compartir una invitación donde la conversación se interrumpe para comunicar por medio de un silencio más expresivo que cualquier palabra.

Suena bonito y hasta romántico… pero seamos honestos, la cosa no ocurrió así.

Hasta la parte de la invitación los hechos más o menos corresponden. Estaban en un sitio de esos con música suave pero no comprometedora, en medio de una iluminación tenue pero no peligrosa. Un paseador de perros que pasaba por ahí generó una pregunta inocente sobre el tema de las mascotas. Y la reacción de Padilla rompió esquemas.

Ella vio el rostro crispado y sintió una especie de grito ahogado antes del suspiro. Jamás pensó que Carepalo podría albergar un sentimiento tan tierno por el recuerdo de algún compañero de 4 patas. Luego vino el silencio, ese silencio largo y expresivo. Y la mirada. Los ojos avergonzados y esquivos. Lucero supo que tenía que dar el primer paso, y fue ahí cuando le tomó la mano.

Insistimos, las apariencias engañan.

Es oficial: Padilla y Lucero son pareja. Comparten invitaciones a lugares románticos, culturales, sociales y de los otros. También le sacan tiempo a sus espacios personales. La casa familiar de ella, el apartamento de soltero de él. Como ese día.

Situación. Una comida preparada y disfrutada entre dos acaba de terminar. Vienen los oficios compartidos. Ella lava, él seca. Ella comenta algo sobre los sabores de la infancia. Deja Vu. El grito ahogado, la mirada esquiva, el suspiro. Lucero no duda. Nunca lo hace. Abraza su hombre. Este corresponde, (de hecho, casi la aplasta) Dos cuerpos se funden y… pasa lo que tiene que pasar.

Lamento ser tan reiterativo, pero no siempre todo es lo que parece.

Es final de la noche o comienzo de la madrugada. Lucero ronronea un sueño plácido con la cabeza sobre el regazo de Padilla. Él no duerme. Su actitud engañosamente serena ante la vida tiene una excepción para consumo interno. El hombre sufre de entomofobia leve con reacciones histéricas ante la presencia de una Blatta Orientalis. Para ser un poco más precisos, grita como nena cuando, en determinadas circunstancias, ve una cucaracha.

Como este comportamiento califica como inaceptable ante la potencial conquista hubo que improvisar. El día que el pequeño acorazado cruzo raudo por la pared en el bebedero de cerveza, a duras penas alcanzó a reprimir el grito. Como qué pena con esa señora, mientras buscaba una mentira ni modo de mirarla a los ojos. Y sabrá el que sabemos por qué le cogieron la mano.

Bueno, él cogió la caña. Y todo iba bien. Pero en plena lavada de trastes la inoportuna de seis patas apareció bajo la estufa en ruta hacia debajo de la nevera. Otro grito para adentro. Otro momento crítico de “ahora qué digo”. Pero nada, lo abrazan. Por obligación toca responder cuando el invertebrado de turno hace su recorrido inverso. Otro grito reprimido y casi dos metros de susto se cierran con fuerzas sobre el cuerpo de Lucero. (De hecho, casi la aplasta).

“¿Qué te pasa?” La voz soñolienta viene de una cara angelical que mira desde abajo. Padilla sabe que le llegó el turno a la sinceridad. Pero hasta el día de hoy, ese momento está aplazado. Todo porque mientras buscaba las palabras precisas para ser cobarde con dignidad Lucero desvió la mirada hasta enfocarla en algo detrás del entomofóbico. Se levantó rápidamente y puso la mano, ahuecada, sobre la pared. Agarró, abrió la ventana y lanzó lo que acababa de coger con furia. La banda sonora del corto pero significativo evento incluyó frases medio incoherentes. Algo acerca de odiar y bichos, de la profesión de la madre del bicho y de no tirarse la pared aplastando, y de estar mamada de esas (censurado) cucarachas…