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miércoles, 22 de julio de 2026

Relajación en las alturas

El trabajo lleva a Rojas a una ciudad donde funciona un cable aéreo. Circula mediante el movimiento interminable de cabinas que los usuarios abordan o abandonan en cada estación. En la que le corresponde a Rojas suben él y una señora, de esas a quienes les gusta meterle conversación al trayecto.

¿Usted sabe cuándo le hacen mantenimiento a esto? Yo monto casi todos los días y nunca lo he visto parado en el día. Comienza como a las 5 de la mañana y yo no sé a qué horas lo apagan pero una vez lo cogí como a las 10 y 30 de la noche. Imagínese. Ese cable moviéndose todo el tiempo. Los motores funcionando. Las cabinas con gente entra que sale, sale que entra. ¿Será que eso no se gasta? Me imagino que sí. Como todo. 

Rojas nunca se había subido a una cosa de esas. A duras penas entiende como funciona. Solo le pareció una forma barata, novedosa, interesante y relajante de quemar tiempo mientras llegaba la hora de su vuelo de regreso. No contesta nada, pero está seguro de que debe existir algún esquema de mantenimiento. 

Sabe qué, estoy diciendo mentiras. A veces se para. Le pasó a mi vecina. Pobrecita, ella es muy nerviosa y de repente esta cosa deja de moverse. Y mira para abajo y claro, ese vacío tan grande. Hay un timbre, véalo, para llamar uno en caso de emergencia. Alguien llamó, lo atendieron y les dijeron que tranquilos, que eso no se demoraba. Pero a mi vecina le parecieron horas aunque parece que la cosa solo duró unos minutos.

Rojas se concentra en el paisaje. Edificios, montañas, nubes. Pero no puede reprimir una mirada hacia abajo. Un vacío de muchos metros sin nada diferente de la cabina entre los pasajeros y el lejano piso.

Y que tal una de afán y esta cosa parada. Ahí sí ni modo de hacer lo que hace una cuando se vara el bus. Cómo hace para bajarse y coger otro. Sí, es mucho el tiempo el que se ahorra en cada recorrido, pero si llegara a pararse queda una como y ahora qué hago. Que tal que tenga que coger un avión, esos no esperan.

De todos los recorridos posibles, Rojas había elegido el más largo. Repasa la hora de su vuelo. Mira el reloj.  

Es que imagínese a los que les da mareo. Y a la gente con miedo a las alturas. Los que tienen nosequefobia*. De repente mi vecina es así, aunque si es así quien la manda de boba a subirse a un aparato de estos.

Rojas suelta un ajá de vez en cuando por aquello de no parecer mal educado. Pero ya no mira hacia abajo.

Yo no sé si cuando esto se para y hay viento fuerte las cabinas se mueven. O qué pasa si hay un temblor de tierra. Imagínese si esto se mueve y algún mareado no aguanta y vomita. Uno encerrado con esos olores. Es que ni siquiera tiene que vomitar. Con que a alguien se le salga un gas ya todos llevan del bulto.

Instintivamente Rojas se lleva la mano al estómago. Apreta la manilla de la que está agarrado hace rato.

Por acá nunca ha pasado nada grave, gracias a Dios, pero una nunca sabe. Llegamos. Que le vaya muy bien.

Rojas siente un vaiven. Probablemente imaginario, porque la vecina ni se mosquea. Sale de la cabina con una sensación de alivio al pisar tierra firme. Pasa varios minutos embobado mirando los mecanismos del cable. Mira el reloj con cara de me va a dejar el avión.  Respira mientras siente que algo le cruje en las tripas.

Parecía una forma barata, novedosa, interesante y relajante de pasar el rato. Y sí, fueron tres de cuatro, Pero en este caso, tres de cuatro sí estuvo mal.

*Acrofobia. Fobia a las alturas (primera acepción RAE)

miércoles, 11 de marzo de 2026

El mister

John sale de su hotel. Planea caminar por la playa y tomar algunas fotografías para su archivo personal.

A la misma hora, cerca de la playa, Ramón instala su puesto de atención al turista. Se trata de una mesa portátil surtida de productos misceláneos. Incluye gafas oscuras, bronceador. sombreros, llaveros alusivos a la ciudad (made in China), collares artesanales (también made in China) chanclas y pañoletas.

John duda sobre cuál ruta tomar. A lo lejos se divisan muchos buques pequeños, lo que sugiere yates, posiblemente una marina. Hacia el otro lado se ven edificaciones. Finalmente se decide por esta opción. 

Ramón está tranquilo aunque el día avanza y los posibles clientes no aparecen. No pasa nada que no fuera previsible. Es temporada baja. Mata el tiempo conversando con la vendedora de fritos y con el de los helados. A ellos si les llegan compradores. Ventajas de que sus productos también interesen a los locales.

John camina despacio. Saca algunas imágenes de paisajes. Escasea la gente. Le interesa registrar a los lugareños, los personajes locales, pero hasta ahora solo ha encontrado turistas. 

La de los fritos le advierte a Ramón que ahí viene su oportunidad de bajar bandera. Típico gringo. Alto, tez blanca enrojecida por el sol, cabello claro. Una cámara gigantesca colgándole del cuello. Camiseta de colores chillones, tenis, pantalón hasta la rodilla y, por supuesto, medias blancas. Puede que le compre algo, que necesite orientación sobre puntos fotografiables en la ciudad o que se interese en alguno de los servicios que Ramón promociona bajo comisión, como paseos en lancha, restaurantes o transporte.

John duda sobre empezar a disparar su cámara. En sus viajes ha tenido experiencias negativas y positivas cuando toma fotos sin pedir permiso. Algunas veces no pasa nada, otras hasta le posan (lo cual a él no le gusta, prefiere la espontaneidad) pero también lo han regañado e incluso una vez lo amenazaron.

Apenas John se acerca lo suficiente, Ramón despliega su arsenal propagandístico.

“Oye, qué necesitas, en qué te puedo ayudar. Mira, aquí tengo recuerdos por si quieres llevarle a tu familia o si necesitas algo para protegerte del sol también te lo tengo”. 

El turista se pronuncia en un lenguaje universal. Toca el borde de la cámara y señala al grupo de vendedores. Todos entienden, se juntan y sonríen mientras suenan los clics de los registros gráficos. 

Ramón lo intenta en otro idioma. Ese que combina lenguaje de señas, spanglish y estilo Tarzán. 

“Yo Ramón. City sitios bonitos yo mostrar.” Indica un punto en la distancia, donde se divisa la torre de la iglesia. “Buenos picchures”. Hace la mímica de quien se lleva una cuchara a la boca. “Fud típico”. Chasquea la lengua y eleva el pulgar. “Delisius”. Muestra una lancha fondeada a pocos metros. “Tur en barco. Poco cost”. Agarra unos llaveros en la mano izquierda y una artesanía en la derecha. “Suvenirs, dolars o pesos”. 

John se señala a sí mismo y dice “John...”

Ramón sonríe, esto tiene futuro. Jhon prosigue “...John Jairo. Me llamo John Jairo. Puede que me interese algo de lo que me está ofreciendo pero no entiendo ese idioma raro en el que me está hablando. Que tal si seguimos en español. Total, ambos nacimos en el mismo país. Y tranquilo, no es al primero al que le pasa”.

miércoles, 21 de enero de 2026

Cuasitragedia familiar "offline"

Una rápida revisión a los calendarios permitió ubicar tres días libres, en las primeras semana del año, que toda la parentela tenía disponibles. Alguien puso la palabra finca en la agenda, otro habló de arriendo. Le metieron tecnología al asunto y, contra todo pronóstico, consiguieron un lugar disponible a buen precio.

El combo familiar armó oficialmente paseo. Encabezaba la matriarca (abuela). Complementaban los hijos e hijas con sus respectivas parejas, y sus propios hijas e hijos, desde recién nacidos hasta adolescentes. Unos tíos y primos, reclutados a última hora, completaron el cupo y permitieron redistribuir el costo.

Aunque nadie lo dijo en voz alta, hubo alivio general al comprobar que la estancia campestre correspondía a las fotos. Historias y experiencias negativas generaban un comprensible temor a ser estafados. Pero no. La casa entre montañas, la piscina, las hamacas y demás infraestructura se encontraban en perfecto estado.

Fue una de las nietas la que descubrió el pequeño detalle. Sacó su teléfono, tomó algunas fotos y empezó a buscar señal para compartirlas en sus redes sociales. No la encontró donde estaba. Se movió a la derecha. Tampoco. A la izquierda, menos. Buscó un punto alto sin que las barritas indicadoras dieran la más mínima señal de vida. La joven le dijo a su mamá, su mamá le dijo al esposo y el esposo le preguntó al encargado.

— Ah, eso. Aquí no entra ni internet, ni celulares ni nada de eso. Creo que es por las montañas o algo así.

La inesperada revelación generó reacciones. A la abuela y a los niños (quienes ya estaban pidiendo pista para la piscina) les importó un rábano. Entre los adultos hubo preocupación de parte del trabajomaniaco, que ya había agendado un par de reuniones en línea;  inquietud entre los y las que se daban su dosis diaria de redes y videos; y preocupación específica de parte de un personaje que tenía programada una cena especial preparada siguiendo instrucciones, como no, de su web de cocina favorita.

Los jóvenes entraron en pánico. Vislumbraron tres eternos días con sus noches desconectados del universo, perdiendo experiencias y novedades, sin poder compartir imágenes ni comentarios. Lo peor era la perspectiva de integrarse obligatoriamente en actividades de adultos, desprovistos del refugio protector de las pequeñas pantallas. En cambio, los mayores anticiparon 72 horas de mal genio adolescente, displicencia, apatía y mucha, pero mucha mala cara.

Un primo, cuyo rango etario lo ubicaba donde termina la juventud y empieza la adultescencia sacó una caja de su maleta. Contenía un tablero plegable y bolsitas transparentes en los que se veían pequeñas figuras plásticas y dados. Entonces anunció, en tono de salvador recién graduado: —Tranquilos, traje parqués.

— ¿Par… qué? 

Hubo que explicar que para jugar no se necesitaban pantallas, que la mesa no servía solo para ingerir alimentos o chatear mientras se comía. Hubo que dictar el curso completo de movimientos, reglas, estrategias, dinámicas y soplos relativos al parqués. Finalmente, milenials, zetas y alfas entendieron el concepto y,  con bastante desconfianza, accedieron a probar a ver que pasaba.

Dicen que la familia nunca había tenido jornadas de integración como las de aquellos días, y que todos los años vuelven a la misma finca.

Lo único que cambia es el juego de mesa.

miércoles, 5 de febrero de 2025

Mechas de Fuego no se vara


González, aficionado al cine, siempre se ha preguntado si ese cuento del multiverso tiene alguna base científica real, o es simplemente un invento de guionistas para poder hacer cambios radicales en sus personajes sin dañar la continuidad de las historias. Como saben los que ven películas de súper héroes y los que leen o leían historietas, se supone que no existe una sino múltiples realidades simultáneas en diferentes dimensiones donde la misma persona puede ser alguien (o algo) completamente diferente. 

González vive una sola realidad. En ella terminó relacionado con la familia de Mechas de Fuego vía la hermana mayor, con la que alguna vez tuvo uno de esos romances que terminan en buenos términos, pero terminan. En esos tiempos de amores adolescentes Mechas de Fuego no pasaba de los 5 años, pero ya tenía esa cabellera roja que le generó su apodo, reforzado por su nombre de pila, Mercedes.

El asunto es que González creció, consiguió otra novia en el mismo barrio, se casó y armó vida propia. Entretanto, peleas de esas que involucran herencias, separaciones conyugales y metidas de pata dividieron a la familia de la hermana mayor en bandos irreconciliables. Sin embargo, González nunca se desconectó del todo de su ex y parentela, y mantuvo contactos esporádicos con todas las facciones del conflictivo clan.

Así supo que, cerca de su mayoría de edad, Mechas de Fuego se abrió de la casa familiar. Volvió a saber de ella años más tarde, cuando la hermana mayor lo contactó para pedirle que, si sabía de algo, le ayudara a su hermana menor a conseguir un mejor trabajo. Y claro, yo le mando la hoja de vida. Ella hace tatuajes.

El currículo nunca llegó. No pasaron muchos días y González se encontró con uno de los hermanos de su exnovia. Vino un diálogo de usted en qué anda y de la familia qué. El interlocutor no sabía mucho de la vida de sus parientes salvo de uno: Mechas de Fuego, quien, según el, trabajaba hace tiempo en un call center.

González iba a preguntar por lo de los tatuajes, pero terminaron hablando de otras cosas. El tema pasó  al olvido hasta que tuvo que comprar un regalo en tiempos de baja liquidez. Su esposa sugirió acudir a las ventas por catálogo (a crédito) de una amiga. Esa que se había encontrado, contó la señora González, en una reunión de vendedoras con una antigua vecina. Mercedes, a la que le decían Mechas de Fuego.

Si la pelirroja no hubiera “aparecido” tantas veces, González jamás hubiera “aparecido” en la casa de su amor de juventud. Nada planeado. Estaba cerca y tenía tiempo, así que timbró. Le abrió el papá, quien vivía solo desde su divorcio. El diálogo no fue largo pero incluyó un “pues Merceditas hace eso del mantenimiento de computadores y le va como bien”.

Todo esto explica la sensación de alivio mezclada con mucha curiosidad el día que González reconoció, a la distancia, cierta cabellera roja. Ya no brillaba tanto como él la recordaba, y probablemente estaba reforzada por algún tinte pero, sin duda, era Mechas de Fuego.  El saludo lejano con nombre propio permitió a Mercedes identificar al antiguo novio de su hermana mayor. Claro, tomémonos un café.

...“y sí, eso fue muy duro cuando me fui de la casa. Pero aprendí lo de limpiar los teclados, las pantallas y las CPU y con eso me ganaba unos pesos. Por esos días vivía con el man de los tatuajes. Terminamos, pero antes me enseñó a tatuar. Y estuve de buenas porque me salió un trabajo más o menos fijo para limpiar los equipos de un call center. Como una de las operadoras sabía que yo hacía tatuajes a veces me piden alguno. También les vendo productos por catálogo. Ahí estoy a la orden, por si se le ofrece algo”.

Ese fue el día en que González empezó a creer en el multiverso.

miércoles, 24 de julio de 2024

Pinta sobre ruedas

Claudia está cansada de la batalla diaria por un mínimo de comodidad en el transporte masivo. Juan Carlos posee carro propio. Pero sus posesiones también incluyen conciencia ambiental y pereza por los trancones. Y un día, ambos tuvieron la misma idea: sumarse al modo patineta para el transporte diario.

Este vehículo en su modelo 2024 es algo muy parecido a la versión tradicional. La novedad es que las de ahora llevan incorporado un motor eléctrico y la tecnología necesaria para moverse y frenar.

Cada uno compró algo adecuado a su presupuesto y necesidades. Posiblemente se cruzaron en algún momento durante la adquisición, pero eso no es importante. Tampoco la lectura concienzuda de los manuales de instrucciones, las prácticas en zonas seguras hasta dominar el manejo, el diseño de las rutas adecuadas y la programación de la primera salida.  Lo realmente clave fue cuando llegó el momento de tomar la decisión más trascendental de cualquier usuario de patineta (o de scooter, si se quiere sonar internacional).

Y... ¿cómo me visto? 

Porque no existe un protocolo, un instructivo, una costumbre generalmente aceptada o una imposición legal para el vestuario de los patineta-usuarios, patineteros, patinistas o patinconductores. Ante la ausencia de normativa, los debutantes optaron por buscar referencias en las calles. Y ahí sí. Ahí sí les fue peor ante la enorme y diversa cantidad de opciones, cada una con su respectivo pero…

Está el atuendo deportivo, con sudadera o pantaloneta, camiseta o buzo… pero ligeramente absurdo para una actividad cuyo único esfuerzo físico es un ligero movimiento de muñecas.

Está el atuendo de elementos de protección personal que incluye casco, rodilleros, coderas, chaquetón acolchado y reflectivos... pero que además de incómodo parece exagerado para un vehículo que no supera los 25 kilómetros por hora. Además, donde viven Claudia y Juan Carlos existen ciclorrutas para invadir.

Está el atuendo ejecutivo, con toda la elegancia que demanda el trabajo en oficina que ahorra el cambio de ropa... pero se ve un poco ridículo, y además expone la pinta diaria a imponderables como la lluvia, salpicadura desde charcos o efectos negativos del viento.

Está el atuendo casual... pero casualmente no suele ser el más adecuado para ir a trabajar, excepción hecha de los viernes en algunas organizaciones.

Está el atuendo alternativo con elementos como bufandas, falda ancha, kufiya palestina unisex, chaquetón amplio, bota campana y demás prendas con telas libres que flotan al viento... pero que también pueden enredarse y mandar al usuario de la patineta contra el piso.

La lista llega hasta lo que a mí se me dé la gana... pero que tal que haya algún problema…

Y un día, las vidas de Juan Carlos y de Claudia se cruzaron en un semáforo, cada uno en su respectiva patineta. Se miraron mutuamente y mientras seguían su camino en sentidos opuestos, coincidieron, aunque nunca lo sabrían, en el mismo pensamiento.

Buena idea vestirse así.

miércoles, 12 de junio de 2024

Bogotá y bogotanous ser cool



Perdonarme please si no hablo bien espaniolll, pero es que, por si no darse cuenta, mí siendo gringou, como ustedes decirnos. No importar. Mí amar Colombia, colombianous y colombianas. 

Colombia país bonitou, no importa que decir Department of state en sus travel advisories. Mí teniendo amigous colombianous y ellos invitar a mí venir Bogotá. Y mí preguntar por clima y ellos decirme inviernou. Entonces mí traer ropa de nieve y friu pero al llegar haber tremendou, ¿así decir, ciertou? sol a zou. No, wait, sol-la-zou. Entonces mí quitarme chaqueta pero mientras amigous llevarme casa tremendou aguacerou. Entonces mí ponerme chaqueta pero al llegar casa nuevamente sol-la-zou. Entonces mí preguntar porque clima rarou y ellos explicar rarou no, Bogotá ser así siempre.

Mí aprendiendou así que Colombia distinta de America en muchas cosas. Pero amigous colombianous ser cool y llevarme pasear muchos sitios. Mí primerou conocer centro, plaza de Bolívar y barriou Candelaria de piedras empinadas y tomar pictures, aunque amigous colombianous decirme ser mosca y no mostrar mucho smartphone. Mí entender lo de no mostrar pero no entender why ni entender lo de ser mosca. 

También llevarme pasear Transmileniou, que ser como subway con vagones separadous. Mí aprender que coladou malo, pero coladou mucho. En Transmileniou conocer músicos colombianous, vendedores colombianous y seniores que contar historias tristes, o decir que no van a contar historias pero igual pedir plata, y hacer mala cara cuando mí no dar dollars.

Mí pedir comida típica de colombianous y llevarme a comer hamburgers. Hamburguers rarras, llenas de cosas. Mí explicar hamburguers también vender en America. Ellos entonces llevarme a comer soup amarilla con pedazos de chicken flotandou que llamar ajiacou. Y tambien invitar a gran plato con frijoles, salchicha negra rellena de arrouz, huevos, banana frita y otro montón comida. Mí gustar bandeja paisa, y también conocer sala de urgencia por problema en stomach que ponerme mucho tiempo en bathroom.

Antes de return home amigous llevarme muchos más sitious. Conocer Monserrate y ver que Bogotá ser ciudad mucho grande. Hacer street art tour y ver arte mucho bonitou, aunque también ver mucho mamarrachou. Algunos pintar mamarrachou encima y dañar arte bonitou. 

Ser muchas las cosas que ver en Colombia y que gustar a este gringo. Pero la que más gustar ser como colombianous ayudan parques para verse bonitous. Bonitous y de colores.  Colombianous llevar decoraciones coloridas y dejarlas en piso parques, sobre todo cerca de canecas. Son bonitous bolsas con moñitou. Primera vez que verlas no notar, pero pronto darme cuenta que estar en casi todos los parques.

Mí tomar pictures en parques donde también ser mosca pero no tanto, decir mis amigous colombianous. Decoraciones parecer Christmas tree en piso, aunque viaje ser en july o june. Encontrar muchos colores de bolsitas, pero mayoría verde, rojos, azul y violet. También estar dentro canecas, mí suponer que para que basura no verse tan fea. Colombianous preocuparse belleza parques y otrous. Eso gustarme muchou.

Mí comentar estou amigous colombianous cuandou ellos llevarme aeropuertou. Ellos apenas mirarse, hacer cara rarra y no decir nada. Antes de despedirme mí oírlos preguntar ¿le decimos? 

Ellos decir algo que mí no entender. Trataré repeat por si alguien poder explicar…

¡Qué carajos, si el gringo se montó su video, déjelo que sea feliz!

miércoles, 8 de mayo de 2024

Yo no corro ni ruego


El tema de la conversación llegó al transporte público. Para quienes no vivieron esos tiempos, antes de paraderos fijos y estaciones, existió (¿existe?) un escenario donde buses, busetas, micros y similares recogían y dejaban pasajeros dosledalga sc (donde se le daba la gana al señor conductor). 

Casi todos los contertulios tenían su anécdota. Las carreras cuando le sacaron la mano al vehículo, y este paró… 50 o 100 metros adelante. El aviso de “timbre una vez, una cuadra antes”. Él o la pasajera timbraban, el bus no paraba. Timbraban otra vez y tampoco. Después del tercer o cuarto intento cambiaban la modalidad de aviso a gritos que hoy en día son clásicos. Desde “¡Señor, pare por favor!”, hasta “¡Me va a llevar su casa o qué!”

Geólogo permanecía en silencio. Era como raro, porque él utilizaba, desde siempre, transporte público en sus desplazamientos urbanos. Cuando alguien le preguntó su respuesta fue tajante. “Yo no le ruego a... conductores; yo no le corro… a buses, busetas,  micros o similares. El asistente observador (nunca falta), detectó en la contundente afirmación un tonito de duda. Y así lo expresó. ¿Nunca Geólogo?, ¿seguro?

Tras unos segundos de reflexión el interpelado señaló que no sabía si lo que les iba a contar clasificaba. Aunque, eso sí, involucraba medios de transporte y encargados de manejarlos. Cuando estaba empezando su carrera profesional el empleador lo mandó a uno de esos puntos ubicados en la mitad de ninguna parte para verificar unos estudios de suelo. Al sitio de marras se llegaba mediante una ruta que incluía trayecto aéreo y transporte terrestre. El avión llegaba, descargaba, volvía a cargar, se iba y volvía una semana después. 

El tipo arribó en DC-3 al “aeropuerto” del Pueblo 1 (una pista, un kiosko con techo de paja para los viajeros y un contenedor habilitado como torre de control, bodega y oficina). Contrató transporte local, recorrió las cinco horas de caminos destapados y polvorientos hasta el Pueblo 2. Trabajó, durmió y comió en compañía de múltiples representantes de la entomología local (bicho venteado). Por supuesto que no había hotel ni restaurante, sino un cuarto alquilado (tres comidas de sopas aguadas incluidas) en la menos peor de las casas del pueblo.

El trabajo le llevó 4 días, lo que lo dejó 2 (o 3, no estaba seguro) días en Pueblo 1, con la misma entomología, las mismas sopas, pero más aguadas, y otro cuarto alquilado mientras aparecía la aeronave. El asunto es que al llegar el día y la hora de abordar el avión ahí estaba... enterrado en la mitad de la pista. El piloto, el copiloto, el técnico y la azafata muy amablemente le contaron del accidente, y, más importante, de las consecuencias. Vuelo cancelado, tendría que esperar el siguiente. Una semana después.

¿Y ellos que? A ellos los recogería otro avión. ¿Y ese avión no me puede llevar a mí? Eso no lo decidimos nosotros, toca que le diga al piloto cuando llegue. Un par de horas después la aeronave —otro DC-3— aterrizó y un muy cortés capitán le explicó de manera igualmente cortés a Geólogo que eso no era posible por protocolos de seguridad de la empresa. Que no era ni la primera ni la última vez que ocurría una situación similar y que, como podía darse cuenta, los pasajeros simplemente aplazaban su viaje una semana.

— Así que estaba a esto de otra semana en ese sitio olvidado de Dios. Insistí, argumenté, pedí, y supliqué. Pero el piloto era de esos tipos duros, tenía no sé que anécdota de una vez que hizo un favor de esos y terminó metido en un lío. Que no, que no, y que no. Pero finalmente dijo que me subiera.

— O sea que sí le tocó rogar,

— Y correr. Porque el tipo solo accedió cuando ya había prendido los motores y escucho mi voz, debajo del avión, tras una carrera como de 200 metros por la pista para gritarle, en el tono más desesperado posible: ¡Capitán por favor, no me deje aquííííí!

miércoles, 1 de mayo de 2024

Vaya donde su tía

Nota de la redacción: Como hoy es Día del Trabajo, me dio pereza trabajar. Así que actualizamos esta historia escrita en el siglo pasado, en reconocimiento a la importancia del  relevo generacional en las obligaciones familiares .

Pablo (hijo) ha llegado a la edad del SFO. La sigla corresponde a Servicio Familiar Obligatorio. Ya no puede alegar que es un niño. Así que tiene frente a sí el ineludible deber del clan familiar. Visitar a la tía Sofi.

La tía Sofi vive en un pueblo, en una casa vieja llena de objetos ídem. Se casó joven con un empresario de calzado, quien murió aplastado por un contenedor lleno de zapatos importados. La pariente recibió una rica herencia que supo enriquecer a punta de inversiones. No tuvo hijos, de manera que su única familia es la de Pablo y su parentela. Estos, desinteresadamente (!), viven pendientes de la salud de la viejita (85 años y sale a caminar todas las mañanas), y de que no pase sola largas temporadas. Entonces se rotan para hacerle compañía. Y esta vez le figura a Pablo hijo, como alguna vez le figuró a Pablo papá.

Así que obedeciendo la perentoria orden de vaya donde su tía, el joven inicia la visita. Llega tarde en la noche, por lo que apenas alcanza a saludarla y luego se instala en su cuarto. La habitación está decorada por retratos de abuelos, primos, hermanos y demás parientes de Sofi con un elemento común. Todos están muertos. Observado desde múltiples ángulos por los que ya se fueron, Pablo intenta dormir. Su cama, por cierto, sirvió de puerta de salida del mundo a un porcentaje representativo de los protagonistas de los retratos. Después de convencerse a sí mismo de que los parientes no se espantan entre ellos, darle explicaciones lógicas y estructurales a la multitud de sonidos nocturnos de la casa vieja, y hacerse un lavado de cerebro para olvidar la cosa peluda que le pareció ver bajo la cama, al fin medio cierra los ojos.

Son más o menos las 4 y 30 de la mañana cuando la tía lo levanta y se lo lleva a caminar por el parque, en compañía de un grupo de viejos vitaminizados que nunca se cansan, y cada rato se burlan de "ese joven tan flojo", mientras le dan la vuelta número 25 a la zona verde.

Como la matrona entró a la onda de la comida natural y orgánica, durante la visita Pablo se alimenta a punta de paisaje (cosas verdes arrancadas de la tierra). Además, ella le cuenta, detalladamente, la historia del tatarabuelo que rompió monte a punta de machete hasta llegar al terreno donde él y su esposa crearon el hogar del que desciende toda la estirpe. El primer día es hasta interesante. El problema es que cada vez que se le pone al alcance le narra los mismos acontecimientos.

Ese es el programa hasta mediodía. Otro almuerzo verde y después la siesta. Ese momento será aprovechado por Pablo para sacar el celular  —escondido y silenciado porque Sofi detesta esos “malditos aparatos que tienen como bobos a todos"— y comunicarse con el mundo exterior. Claro que en la casa de la señora existe un teléfono fijo… bloqueado mediante un candado en el disco. Sí, es de disco.

Por la tarde viene la visita de las amigas. Entonces Pablo pasará dos horas hablando con “sardinas” de 70, 80 y 90 años mientras toman té y repiten constantemente... “pensar que yo cargué a este muchacho".

Finalmente, llega otra noche, y Pablo —después de una tercera tanda verde— piensa en como escabullirse al cuarto para otra ronda de celular. Pero antes viene el trisario. Y como lo que le sobra en físico le falta en memoria, a la tía se le confunden santos y letanías. Conclusión, serán entre 10 y 11 de la noche cuando finalmente se desocupe.

A esa hora, solo queda irse a dormir.

Y a Pablo todavía le queda una semana, con algo en que pensar.

¿Qué era esa cosa peluda debajo de la cama?