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miércoles, 26 de agosto de 2026

Solo es un huequito en la suela

El zapato derecho de Mario tenía un agujero en su suela. La ciudad llevaba varios días de clima seco, así que el tipo cambió el plástico que venía usando como protector por un poco de papel periódico. Salió de casa a su cita. El cielo se nubló, la lluvia se descargó, el suelo se encharcó, por el agujero el agua se coló, el papel periódico en segundos se disolvió y la media se mojó. 

Mario regreso a casa,  se quitó el zapato derecho, se quitó la media, se puso otra, secó lo mejor que pudo el interior del calzado, colocó ahora sí el plástico y volvió a ponerse el zapato. Entonces cayó en cuenta de que no podía (bueno, sí podía pero se veía feo) andar con dos calcetines diferentes, así que repitió todo el proceso por el lado izquierdo, pero sin plástico ni secada.

Estaba a tiempo para la cita. Camino hasta su destino, ubicado lo suficientemente cerca para no justificar medio de transporte, pero lo suficientemente lejos para justificar caminata rápida. Al llegar la enfermera-recepcionista le notificó que el doctor había tenido un inconveniente, pero se había comprometido en llegar más tarde y atender ese mismo día a todos los pacientes que quisieran, porque él era consciente de que la gente merecía respeto y no podía hacerlos venir para nada. Claro que si Mario quería reprogramar podía hacerlo pero solo había cupo para dentro de un mes. ¿Espera al médico? Listo, eso será solo un ratico.

El ratico pasó de segundos a minutos y de minutos a horas hasta cuando apareció el doctor para comenzar con todos los que habían llegado antes de Mario, porque su cita no era la primera sino como la décima del día. El plástico del zapato estaba mal acomodado, y eso generaba una sensación en algún punto entre incomodidad, molestia y dolor. No se aguantó y fue al baño a reacomodar media, plástico y calzado. Justo en ese momento lo llamaron. Como no respondió pensaron que se había ido y convocaron al siguiente. Qué pena señor pero usted entiende, ya nos cogió la noche pero si se espera en un ratico lo volvemos a llamar.

Ese otro ratico se prolongó hasta el penúltimo paciente porque a Mario le tocó en el último lugar. Ya era de noche pero el galeno se portó a la altura y, luego de las preguntas de rigor, le pidió que se quitara la ropa. 

Ahí fue cuando se fue la luz y no llegó y no llegó. Y como no llegó el médico sentenció que en esas circunstancias no podía examinarlo adecuadamente. Con la linterna de los celulares de ambos Mario logró vestirse de nuevo, aunque no encontró el pedazo de plástico que protegía su pie, o mejor, su media, contra el agujero del zapato derecho. Los teléfonos le iluminaron la salida mientras la enfermera-recepcionista se comprometía: Yo le busco una nueva cita lo más pronto posible, tranquilo. Nosotros lo llamamos..

Salió a la calle oscura y apretó el paso en busca de una vía iluminada. No vio la pequeña piedra pero sí la sintió al pisarla, justo debajo del hueco del zapato, con ese dolor inmediato que lo hizo trastabillar, perder el equilibrio y caer a la calzada donde en ese momento venía un carro. El conductor alcanzó a frenar, por suerte para Mario, pero no para el del carro que venía atrás y el del otro carro que venía detrás de este y el de la moto que venía detrás del segundo carro. Aunque todos frenaron no pudieron impedir los golpes.

Las autoridades, los aseguradores y la luz llegaron al mismo tiempo. No había heridos pero sí un problema de latas de esos complicados. Mario se quedó por petición del conductor del primer carro. Lo cierto es que ninguno de los tres conductores de automotor, ni el de la moto, ni los de tránsito, ni los policías, ni los de la aseguradora, ni un par de desocupados que se colaron a la conversación entendieron por qué el testigo y causante involuntario del accidente comenzó su relato con estas palabras.

“Verán, es que tengo un hueco en la suela del zapato derecho…”  

miércoles, 11 de febrero de 2026

Seguridad financiera

A Fercho no le gusta eso de compre ahora y pague después.  Él no se endeuda mientras no sea algo indispensable  y por eso nunca ha tenido tarjeta de crédito. Él es más de ahorre primero y compre después. 

Un día cualquiera fue al banco a renovar su tarjeta débito. La funcionaria a cargo, luego de atender su pedido, le anunció al cliente que tenía asignada una tarjeta de crédito a su nombre. No me interesa, gracias. Tranquilo don Fernando, la puede cancelar cuando quiera. No quiero pagar cuotas de manejo. Está exenta durante un año. No quiero pasar papeles ni hacer trámites. Ya está todo aprobado. Me parece inseguro eso de que le manden a uno tarjetas a la casa. Acá se la tengo. En cinco minutos se la entrego y queda activa.

Los argumentos se le acabaron a Fercho. En cambio, historias ajenas pero cercanas con toque dramático (visos trágicos incluidos) le recordaron la importancia de tener un recurso para gastos de emergencia. Simplemente dijo que sí y salió del banco no con una, sino con dos nuevas tarjetas en su billetera.

Su comportamiento con la plata no solo era ahorrativo y juicioso sino preventivo. Apenas dejó la sucursal fue al cajero y cambió las claves. En casa guardó los instrumentos de pago en un lugar medio secreto. Otra medida de seguridad era solo sacar y portar el dinero plástico cuando lo iba a utilizar. Al día siguiente se dispuso a destruir la tarjeta débito vencida, como recomendaban los expertos. 

Justo en ese momento sonó el teléfono. Le reportaron un lío laboral de esos que no tenían por qué ocurrir, pero ocurrían. Aunque Fercho no era parte del problema, le tocaba aportar a la solución. La conversación telefónica no arregló nada. En cambio, lo dejó ofuscado tirando a furioso. Para rematar, debía movilizarse —urgentemente— al sitio. Antes de salir desahogó su rabia picando, tijera en mano, el plástico vencido.

Cuatro meses después las prioridades eran otras. Proponerle matrimonio a su amada. Reservó en el mejor restaurante de la ciudad. Preparó una elaborada estrategia. Comer, pedir la cuenta, y cuando la trajeran con la habitual dosis de mentas ofrecerle una pero, con un sencillo juego de manos, cambiarla por el anillo. 

Problema de última hora. El restaurante, además de bueno, era caro. Muy caro.  En fin de mes había poca liquidez en el bolsillo y existía la posibilidad de que lo que tenía en su banco fuera insuficiente. Si eso no era una emergencia, se parecía bastante. Así que a la tarjeta débito le agregó la de crédito, por si acaso.

Todo transcurrió de acuerdo con el plan. Trajeron la cuenta. Efectivamente superaba el saldo disponible. No hay lío. Fercho le pasó la de crédito al mesero y se preparó para hacer su acto de magia cuando...

— Disculpe señor, su tarjeta está vencida.

Más tarde, mientras caminaba solitario hacia su casa, Fercho reflexionaba sobre tres temas. 

Primero, por qué las tarjetas de crédito y débito de su banco tenían que ser tan parecidas.

Segundo, en qué pensaba al destruir una tarjeta de crédito nueva apenas un día después de recibirla, y por qué ni ese día, ni en los siguiente cuatro meses verificó, antes de intentar pagar con dos pedazos de plástico inútil (uno vencido y otro con saldo insuficiente) la cuenta en el mejor restaurante de la ciudad.

Y tercero, el más importante de todos, cómo haría para recuperar a su amada, quien estaba comprensiblemente furiosa después de que a ella le tocó asumir esa cuenta.

miércoles, 14 de mayo de 2025

Llamen a Charles

Charles es un pisco eficaz y eficiente. Su función en la vida es solucionar problemas, lo cual logra (eficacia) con relativo poco esfuerzo (eficiencia). Eso sí, su particular forma de trabajar suele generar efectos colaterales. Pero eso es otro cuento.

Al sujeto lo conocimos en tiempos estudiantiles, junto a un tal Baldor. Fue cuando pasamos de la tradicional aritmética a la compleja álgebra. Cuando noches y fines de semana se convirtieron en campo de batalla contra ecuaciones de primer y segundo grado, factorización, logaritmos y otras pesadillas.

Apenas empezaba. Vendrían luego la trigonometría, el cálculo, la química, la física. Brochazos de conocimiento que para la mayoría de nosotros solo fueron problemas. Literalmente. Eran materias que demandaron solucionar listas interminables de desafíos intelectuales con fórmulas cada vez más complejas. 

Lo bueno era que la solución, normalmente, ya estaba publicada en el libro respectivo. Lo malo era que, después de una juiciosa aplicación del paso a paso especificado en esa fórmula explicada al detalle y escrita en todos los textos relacionados, llegábamos a una respuesta… que no coincidía con la oficial. Entonces repetíamos todo el proceso hasta alcanzar otro resultado… que tampoco coincidía. Y tras reiterar las acciones cuantas veces fuera necesario, de acuerdo con la paciencia del protagonista, quedaban dos opciones: reconocer la derrota o llamar a Charles.

No se crea que el caballero en mención únicamente sirve para propósitos académicos. El paso del tiempo mostró su idoneidad en otros quehaceres. Solo citaré algunos: labores de costura, de esas que requieren la paciencia y destreza de las abuelas para reparar un daño o ajustar medidas; manualidades cuyo resultado final está ligado a habilidades dignas del mejor artesano, como la maqueta para la tarea de nuestro hijo; decoración de interiores, mediante la aplicación profesional de bases y acabado de pintura; preparación de alimentos mediante largos y complejos procesos de sazón y cocción; o reparaciones locativas a nivel hogar de daños que involucran, por ejemplo, plomería.

Quien esto escribe no sabe coser ni posee rasgos de abuela, es torpe para los trabajos manuales, carece del tiempo y la perseverancia que demandan pintar por capas, tiene demasiada hambre para pasarse horas cocinando y le faltan tanto herramientas como conocimientos de plomería. Pero no se vara. Así que…

Como puede,  arma un remiendo deforme y chambón o sale del paso con esparadrapo de tela;  a punta de silicona y cartón construye una maqueta estilo terremoto y despacha a su hijo al colegio con ese desastre estético; combinando pintura en aerosol y cuadros tapa los daños de la pared; soluciona sus requerimientos alimenticios aplicando a los productos crudos aceite en cantidades industriales o agua hirviendo; y “sella” la gotera usando una bolsa plástica sujetada a la salida de la llave con bandas elásticas (cauchitos, que llaman).

Es lo mismo que hacía en sus tiempos de estudiante. Derrotado por los problemas algebraicos, físicos, químicos y trigonométricos, simplemente ajustaba los pasos para que —sin importar lógica, coherencia o exactitud del proceso­— la solución coincidiera con la planteada en el libro. (Y a rezar para que el profesor no mirara el proceso, solo los resultados).

El corte preciso y quirúrgico del bisturí requerido en los casos mencionados se cambiaba por el golpe seco, destructor y chambón del machete. Dicho de otra forma, esto lo solucionamos, así sea a machetazos.

Ahí es cuando llamamos a Charles, el de la Ley de Charles. El de e… de “E´Charles machete”.

miércoles, 23 de abril de 2025

La profecía de la abuela del cerrajero

Cuando el cerrajero cotizó la chapa digital para Fernández, este puso cara de no me alcanza. El técnico, acostumbrado a esas reacciones, ya tenía listo el plan B. Si aparecían mínimo 4 clientes adicionales habría un descuento significativo. La idea le sonó al comprador potencial, quien puso manos a la obra.

Logró convencer a un hermano, a una cuñada y al vecino. Con su mamá (viuda) el asunto estuvo complicado, pero finalmente ella se sumó a la lista. Lo mismo pasó con algún primo y hasta una tía. En total, encontró 7 que, junto con él, sumaron 8 interesados en cambiar la tradicional cerradura de llave por una que combinaba el sistema tradicional con lectura de huella digital. Bienvenidos al futuro,

Entretanto al presente se le atravesó la agenda del cerrajero. Y cuando los cambios de sistemas de seguridad amenazaban con entrar en lista de espera surgió una alternativa. Miércoles y Jueves Santo. Eso sí, medio en broma, el cerrajero advirtió que esas fechas no tenían problema, pero que el Viernes Santo se respetaba. “Mi abuela me enseñó que ese día no se debe hacer nada. Ni siquiera bañarse. Porque el que se bañe ese día, se vuelve pescado. Además, yo viajo a mediodía”.

Milagrosamente, todos los interesados estaban disponibles en la Semana Mayor. El miércoles comenzó la maratón de instalaciones. Ya era tarde en Jueves Santo al terminar el penúltimo procedimiento. Solo faltaba la casa de Fernández. Como el técnico tenía un compromiso inaplazable no alcanzaba a redondear la jornada. Fernández logró convencerlo de hacerlo día siguiente, temprano, antes de su viaje.

Así que todas las cerraduras quedaron ubicadas, probadas y funcionando. Al cliente, sin embargo, se le ocurrió preguntar por la alternativa en caso de falla. Claro que existía. Una tarjeta magnética para cada usuario. Pero eso sería la próxima semana porque de momento no había existencias y por la fecha tampoco tenía dónde adquirirlas. “Tranquilo señor Fernández que nada va a pasar. Pero por si las moscas, yo le dejo a usted una tarjeta maestra que sirve para todas las cerraduras. La próxima semana la desactivamos y personalizamos cada una. Seguridad ante todo. Me toca viajar así que nos vemos”.

La primera llamada llegó en la tarde de ese mismo viernes, cuando mamá Fernández intentó salir para el templo donde siempre escuchaba el sermón de las siete palabras. Algo pasaba con la chapa y no podía salir. Fernández se movió rápido, tarjeta en mano, y abrió exitosamente la puerta. Cuando iba de regreso llamó el primo. El paseo familiar del festivo había terminado con un portón que no respondía ni a llave ni a huella.

Así que el retorno a casa incluyó desvío para franquear la entrada del pariente. Y un desvío adicional a donde la hermana, cuya cerradura también se negaba a responder. A Fernández le entró la preocupación y buscó al cerrajero quien, efectivamente, no contestó llamadas ni mensajes.

El fin de semana el hombre se la pasó recorriendo la ciudad lidiando con cerrojos tan modernos como caprichosos que funcionaban al estilo chino. A veces chi, a  veces no. Solo uno no tuvo fallas: el de su propia residencia. En todas las demás a Fernández le tocó acudir al rescate, por lo menos una vez.

La explicación apareció claramente en su mente mientras ayudaba a su madre a ingresar. No era solo la abuela del cerrajero. Algún pariente de vieja generación alguna vez había formulado una advertencia similar. “No se bañe en Viernes Santo mijo, porque se puede volver pescado”.

Él no se había bañado, pero había instalado una cerradura. Por eso se convirtió en llave. 

miércoles, 26 de marzo de 2025

Un susto de esos que asustan

 — Todos le tenemos miedo al algo. Otra cosa es si estamos o no dispuestos a reconocer ese miedo.

— Supongo que sí. Pero ya que usted puso el tema, ponga el ejemplo.

— Vale...

(Silencio estratégico mientras todos miran al interpelado).

— Al agua.

— No venga con cuentos, yo lo he visto nadando sin problema en río, mar y piscina.

— No, no estoy hablando de ese tipo de agua. Y como que escogí mal el ejemplo, porque no es un miedo permanente, sino un susto. Esperen pienso otro.

— ¿Ahora nos va a dejar con la duda? Termine lo que empezó. 

— Eso. ¿Hablamos del racionamiento? ¿De los efectos del cambio climático? ¿De las lluvias inesperadas? ¿De los gérmenes en agua sin hervir? ¿De las ollas de agua hirviendo?

(Segundo silencio estratégico. El interpelado sonríe).

— Creativo usted. Pero no es nada de eso. Es agua en bolsa.

— ¡Ja! Yo sabía que tenía alguna relación con el medio ambiente. Es por el plástico no biodegradable que amenaza el planeta, ¿cierto?

—Si me dejan seguir...

Okey. Hágale.

— Son esas bolsas grandes, de cinco litros. Las que se inventaron, creo, para recargar los botellones. Ahora que lo pienso, es una estrategia medio ecológica porque aumenta la vida útil de los botellones plásticos.

—Bueno, y cual es el miedo, o el susto, o lo que sea.

— Un día estaba en la tienda cerca de mi casa cuando una mujer, que se le notaba el afán, entró a comprar una bolsa de esas.

(Ahora el silencio es de los que escuchan).

— Cogió la bolsa del estante, pago y salió corriendo. Se subió al carro y arrancaron.

— ¿Y eso lo asustó?

— Es que todavía no explicó los detalles clave.

(Silencio estratégico número 3. El auditorio está completamente conquistado).

—¡Bueno, cuente a ver!

La compradora tenía uniforme. En principio no lo ubiqué hasta que vi el carro en el que se estaba transportando. Era un camión de bomberos. De bomberos de esos que apagan incendios. El camión era de modelo reciente, con todos los juguetes. Escaleras, mangueras, válvulas, gavetas...

(El auditorio espera, sin hablar, algo más que redondee la historia)

— Supongo que también tenía sirenas, aunque no oí nada. Eso sí, estaba lleno de luces. Luces rojas,  intermitentes, en la parte superior y en los lados. Y estaban encendidas.

Entonces la escena es la siguiente. Un camión de bomberos con luces de emergencia prendidas se detiene frente a la tienda. Una bombera baja con evidente afán y compra una bolsa de agua. Sale, se sube y el carro arranca a toda velocidad.

Eso asusta.