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miércoles, 5 de agosto de 2026

Versos para el que no llegó

 


Ansiosa desde la ventana
impaciente ella lo espera
pero a él no le da la gana
de dejarse ver en carretera.

Transcurren esos segundos,
que pasan a eternos minutos
y otros viajeros del mundo
desilusionan por sus atributos.

No son ellos los que anhela
la que aguarda en el presente
su llegada deja una estela
tan inútil como insuficiente.

El furgón escandaloso
que ofrece comprar chatarra
suena a ruido molestoso
cuya oferta la vida embarra.

Con su mecánico alboroto
siempre oportuno y eficiente
llega un mensajero en moto:
no es el que ella tiene en mente.

Carros de muchos colores
transitan intermitentes
no paran los conductores
su destino es diferente.

Se mueve ágil y sencillo
el auto que gira en la esquina
es un taxi de los amarillos,
con lo que ella desea no combina.

Una banda de músicos sin plata
improvisa su canción en la calzada
a ella no le suena bien la serenata
es mal momento para su llegada.

Mientras con angustia ella su reloj revisa
y el anhelado nada que hace presencia
frente a su hogar pasan y pasan sin prisa
caminantes varios con indiferencia.

Van solos, en grupo o con mascota
cada uno busca su propio destino
mientras ella ya siente la derrota
ese que espera no se ve en el camino.

A estas alturas del día
desde la puerta vigila ansiosa
del hogar buscó la salida
para ver si aceleraba la cosa.

Existen vecinos y otra gente
a los que ella siempre evita saludar
uno tras otro pasan por el frente
y falsas sonrisas toca improvisar.

Mientras tanto el tiempo ha continuado
su andar infinito por la existencia
ya pasó una hora y el esperado
por nada del mundo hace presencia.

Ella maldice el momento
cuando decidió convocarlo
la rabia le invade el pensamiento
y hasta piensa en ahorcarlo.

Es una fantasía pasiva
que no puede pasar a la acción
no se puede ser agresiva
ni pelear con una aplicación.

Simplemente quería un viaje
pero así se le amargó el día
todo comenzó con un mensaje
basado en moderna tecnología.

Para el transporte un servicio
se pidió por celular
el auto resultó ficticio
pues jamás pudo o quiso llegar.

Son muchos los que han venido
pero nunca el esperado.
Ya el horario se ha incumplido
la salida ha fracasado.

Con un mensaje inocente
esta historia ha terminado
Disculpe usted señor (?) cliente
el servicio no pudo ser prestado.

miércoles, 10 de junio de 2026

Todos somos Miranda Peláez

Hubo épocas en las cuales conjugar el verbo comprar implicaba desplazamiento obligatorio a locales comerciales. En el lugar respectivo se establecía una relación entre dos personajes. El rol de cada uno dependía de su ubicación. Delante del mostrador, el (la) cliente. Detrás del mostrador la (el) vendedora.

El cliente era feliz cuando encontraba un producto que satisfacía su necesidad y coincidía con sus expectativas de calidad y precio. La vendedora era feliz cuando el cliente se convertía en comprador.

El autor material de las Amilcaradas pasó parte de su vida detrás de un mostrador. Allí interactuó con muchos clientes y también con muchos (aunque no tantos) compradores. Pero no son estos los que motivan el presente texto. Son una categoría que nunca faltaba en el trajín diario del almacén. Los Miranda Peláez.

Lo de “los” es porque andaban en gavilla. La familia completa de papa, mamá, hijos, hijas, tías, primos, abuela y perro y el encargado de cuidar al perro afuera (en esos tiempos no existían los locales pet friendly). O patotas de amigos y amigas (por separado o revueltos), de compañeros de trabajo, de estudiantes sospechosamente ausentes de las aulas o de representantes de cualquier otro grupo social.

Iban con todo. Preguntaban precios, calidades, orígenes, usos, colores, texturas, garantías, tamaños y cualquier otra opción posible. Pedían ver no solo uno, sino varios de los productos comercializados por el local de turno. Discutían con el vendedor (a), discutían entre ellos y discutían con otros clientes.

Solían llegar en el momento más complicado posible. Pocos minutos antes del cierre que se extendía por aquello de que el cliente siempre tiene la razón. En días y horarios especialmente congestionados. Justo cuando la vendedora (or) estaba a punto de salir a almorzar, terminar su turno o con ganas de ir al baño.

Pero algo los distinguía de cualquier otro grupo de clientes. Algo que nunca, jamás, de ningún modo, never en la puerca life hacían. No importaba el tiempo que estuvieran en el negocio,  la cantidad de mercancía que revisaran, las preguntas interminables que debía responder el personal de atención. Ellos no compraban. 

No compraban nada. Solo miraban. Por eso cuando finalmente abandonaban el almacén, o incluso en voz baja mientras aún estaban ahí les pusieron un nombre. La familia Miranda.

Aclaración necesaria. Existían clientes con comportamientos parecidos pero con una diferencia clave. Aquellos que tras torturar al vendedor (a) de turno no desaparecían para siempre. Semanas, días e incluso horas después volvían. En plan de compradores. Entonces se llevaban parte o hasta mucho de lo que habían observado detalladamente en su primera vista.

En cambio, los Miranda jamás regresaban. Aunque no había forma objetiva de verificarlo, los trabajadores del comercio asumían que se trataba de una cuestión de poder adquisitivo. Eran los Miranda… y Peláez. Estaban arruinados, vaciados, en la pitadora, ilíquidos, pelados. De ahí lo de Peláez 

El autor de las Amilcaradas lidió con estos personajes muchas veces. Pero tiene que hacer una confesión. Él mismo, alguna vez (o demasiadas) estaba desprogramado en compañía de amigos, colegas o familiares. Entonces salieron hacia cualquier zona comercial para observar y preguntar por mercancías que no tenían ninguna intención de (ni medios para) comprar, por lo menos en el mediano o corto plazo.

Es un hecho. Todos hemos sido Miranda Peláez. 

miércoles, 27 de agosto de 2025

Alós de alto riesgo

El aparato suena, vibra, o suena y vibra. El joven lo saca del bolsillo, de la cartera, del estuche, lo mira y... No contesta.

El señor Salgado (exjoven) considera ese comportamiento absurdo e inaceptable. ¿De qué sirve tener teléfonos costosos, modernos y versátiles, si no se utilizan para hablar por teléfono?

Él, en cambio, siempre responde. Diariamente dedica un creciente tiempo a desperdiciar alós que jamás reciben réplica, pues inmediatamente, o tras un incómodo silencio, la misteriosa llamada se corta. Doblemente misteriosa cuando el número que registra su dispositivo muestra orígenes internacionales como Países Bajos, Nigeria, Dubai o algún pueblo perdido de Alaska. Locaciones donde el tipo no conoce a nadie, jamás ha estado y no piensa volver.

Otras veces del otro lado de la línea plantean una oferta comercial. Salgado trata de obtener detalles o de expresar educadamente que no le interesa pero el interlocutor sigue hablando. Pasan varios minutos hasta que el hombre descubre que está “conversando” con una grabación.

Ahora, las comunicaciones comerciales son más fáciles de administrar con una máquina que con una persona. A la grabación se le puede colgar. Al vendedor o vendedora del call center también, si no fuera porque este parece tener a la mano una lista interminable de argumentos para mantener el diálogo con Salgado.

No tengo tiempo... ofrecen llamarlo de nuevo. Ya tengo ese producto... le sueltan mil razones para renovarlo. No me interesa... preguntan por qué y le arman conversación. No molesten y cuelga… se dispara un acoso de llamadas desde múltiples números que puede durar horas, días, semanas…

A eso se le agregan otras comunicaciones con noticias como que ganó alguna rifa en la que jamás se anotó, que debe hacer urgentemente algún ajuste en sus servicios bancarios, o de algún pariente que nunca había oído nombrar quien le pide dinero, ¡urgentemente!.

El señor Salgado aprendió (tras girar gastos de envío para un premio que, años después, no ha llegado) a verificar cuidadosamente antes de actuar. Más cuando abundan las historias que terminaron en pérdidas económicas mucho más grandes que la que él tuvo.

Claro que existe una forma sencilla de evitar estos y otros problemas. No contestar las llamadas cuando provengan de números desconocidos.

Lo aburridor es reconocer que, de nuevo, los jóvenes tienen razón.

miércoles, 13 de agosto de 2025

Aventuras gastronómicas


Se advierte al personal que el texto que retomamos a continuación, publicado originalmente en 1994, pero aún vigente, no es apto para estómagos sensibles. Después no digas que no te avisamos.

Ruiz, experto teórico en dietas  — pesa 90 kilos y mide 1,50 — es también un aventurero de la gastronomía. Esto significa que se come lo que sea y donde sea. Esta práctica le ha permitido establecer su propia clasificación de los restaurantes callejeros, de esos que se encuentran múltiples calles y esquinas de Colombia. 

  1. Bajo su propio riesgo. Son aquellos negocios donde el pan es verde, la leche amarilla, el arroz negro y la carne blanca; la mesera tiene caspa y el cocinero lanza enormes estornudos que se escuchan en todo el restaurante.  Eso sí: Son muy baratos.

miércoles, 23 de julio de 2025

Prioridades perversas

En el principio fueron las filas. Colas interminables. Muchas veces al sol y al agua. Avanzaban lenta y perezosamente desafiando la paciencia y devorando el tiempo disponible. Estaban en el cine, en el banco, en las oficinas públicas, en los almacenes, en los colegios, en las universidades. En todas partes. 

Aristides entró por ahí al mundo laboral. Estrenando cédula se enganchó como mensajero. Las diligencias ajenas fueron su destino. Hacer filas su rutina. Pasaba de una formación a otra mientras consignaba, pagaba, retiraba, reclamaba, recogía y despachaba mandados empresariales y personales. 

Mucho tiempo pasó, el tipo se dedicó a otras cosas y un día cumplió requisitos y amaneció pensionado. Con cantidades industriales de tiempo libre y escasez crónica de alternativas para ocuparlo. Volvió a sus orígenes. Ahora es el mandadero oficial de la familia. Periódicamente algún pariente lo contacta y tras el saludo viene un “Ari (o tío Ari, o don Aristides, o mijo, o Aristi…) será que me puedes ayudar con… 

Todos felices. Se aprovecha la capacidad instalada (y desprogramada). Se evitan visitas tan inoportunas como interminables. Se le colabora al pariente para que tenga algo que hacer. Además, el viejo no cobra. El jubilado del clan  es agendado periódicamente para pagar servicios públicos, reclamar medicamentos, tramitar documentos o recoger algún pendiente en casa ajena, centro de despacho u oficina pública.

Aristides evolucionó. Las filas también. Ya no se ven tanto. Las tecnologías modernas permiten hacer desde cualquier parte lo que antes demandaba desplazarse y alinearse en algún lugar. Y donde todavía hay presencialidad y muchas personas prestan el mismo servicio (cajeros de banco, por ejemplo) ya no es una fila para cada uno (lo que siempre terminaba en filas rápidas y filas lentas). A punta de postes separadores y cintas retractiles crearon la fila única.  Se democratizó el asunto. Ahora la fila lenta es para todos.

Otra novedad son las fichas. En vez de hacer filas eternas durante todo el día, se hace una sola, madrugadora, para recibir un número. Y después a esperar el llamado sin tener que estar respirándole en la nuca a alguien. La misma repartición de turnos ha cambiado. Hoy no es ese tipo que aparecía en la puerta a primera hora con una caja de fichas plásticas o de madera, o con un rollo de papelitos numerados. Hoy es una máquina (donde el interesado teclea sus datos) la que entrega el respectivo desprendible. 

Descrito así, suena perfecto, pero ademas de una curiosa subespecie que trafica fichas, hay otro problema. Resulta que los turnos no se asignan en orden de llegada. No. Los usuarios se clasifican en grupos diferentes,  normalmente identificados por una letra, y así los van llamando. La idea sería buena, si alguien entendiera su lógica... en caso de que la tenga.

Se supone que hay un código prioritario para la tercera edad, pero van primero los que escogieron atención normal. O por cada veterano despachan 10 “juveniles”. O la máquina pregunta de forma inquisitiva el tipo de servicio requerido pero, a la hora de la atención, los servicios se prestan indistintamente por cualquiera en cualquier orden. Misteriosas razones convierten al empleado en hora de almuerzo en un B, a la señora de edad en una C, al mensajero en una A, al cliente tradicional en una Z y al ocasional en una J. 

La pantalla gigante o la voz de los encargados tienen la función de notificar quien sigue. Reina ese "orden" basado en la más misteriosa de las prioridades. Quien lleva una hora esperando ve resignado como convocan a quienes apenas acaban de llegar. El cliente con décadas de uso de los servicios se ve desplazado por usuarios ocasionales. En la pantalla aparecen 10 categorías diferentes, cada una con su letra, donde la única que falta es la de él o la de ella.

O para ser específicos, la de Aristides. Menos mal que ya no tiene afán.

miércoles, 9 de julio de 2025

Carrasposo

Un día ya lejano la prima Marta descubrió, horrorizada, que el primo Julio despachaba su afeitada diaria con el mismo jabón que lavaba manos, acompañaba ducha y atendía ocasionalmente otros servicios de aseo. Al advertir al pariente sobre posibles efectos negativos en la piel, este (o sea Julio) contestó que eso era invento de publicistas para vender lociones, cremas, espumas y menjurjes. Y remató con frase lapidaria, “a mí no me la va a ganar la sociedad de consumo”.

La conversación terminó pero la prima no se iba a rendir tan fácil. Todos los años, sin excepción, Julio recibió en Navidad y cumpleaños crema, gel o alguna variante para después de afeitar, de las que prometen sensación de suavidad y efecto revitalizante, sea lo que sea eso. Casi todas terminaron como regalo de última hora para terceros, donación a interesados o simplemente basura. El jabón seguía invicto.

Eso fue hasta tiempos recientes, cuando tuvo que renovar zapatos. Julio es de pata grande y presupuesto variable. Eso de calzar 45 tirando a 46 lo obligó a solucionar sus necesidades de calzado en comercios medio clandestinos ubicados en zonas industriales. Lo que hoy llaman outlets y antes se conocían como saldos e imperfectos. Allí encuentra dotación para sus kilométricos pies a precios bastante razonables.

Al final de la compra, mientras pagaba los tenis destinados a su relación con el piso hasta nueva orden la cajera hizo una extraña propuesta. “Tenemos crema para el cuerpo en promoción, ¿le interesa?” No le interesó, pero sí le pareció exótico que en el punto de fábrica de una fábrica de zapatos le ofrecieran tal producto. 

Fue el banderazo de una curiosa y monotemática ofensiva comercial. Siguieron los mensajes de texto. Los que vienen de esas listas de distribución en las que uno quedó automáticamente suscrito al pedir un domicilio, inscribirse en algún programa de fidelización o pedir una factura electrónica. O sencillamente al entregar datos inocentemente sin saber que terminarían en el mercado negro de bases de datos.

El hipermercado le envió información sobre el madrugón con precios especiales en la línea dermocosmética, definida por alguna inteligencia artificial como cuidado y mejora estética de la piel. De la droguería lo invitaban a probar una nueva marca de productos destinados al embellecimiento cutáneo. Durante un periodo no superior al mes, lo bombardearon con avisos de jabones, mascarillas, vitaminas, aerosoles y bloqueadores especializados en el pellejo del personal con su dosis de descuentos, obviamente,  imperdibles.

El primo descartó definitivamente explicaciones basadas en algoritmos durante una visita al centro comercial de siempre. Ahí, en un corredor, presuntamente peatonal, instalaron un quiosco provisional donde promocionaban, como no, cremas naturales para nutrir la piel. Y en el recién inaugurado mall (otro centro comercial pero con nombre gringo) el primer local ofrecía una amplia gama de marcas y productos para proteger, perfeccionar y suavizar la capa exterior del ser humano. Servicio unisexo y asesoría personal.

En plena temporada dermatológica, Julio se pasó la mano lentamente por el rostro como lo había hecho miles de veces a la largo de su vida. Por primera vez sintió algo áspero que obstaculizaba el movimiento y causaba cierta sensación incómoda, que nunca antes había notado. Podía ser su imaginación, pero...  

Aunque nunca lo reconoció, de repente se volvió prioridad rebuscar en el rincón de los regalos inútiles algún sobreviviente de los obsequios de la prima Marta para estrenarlo en la siguiente rasurada.

La sociedad de consumo había triunfado.

miércoles, 7 de mayo de 2025

Sobre todo

Como mide casi dos metros antes de peinarse, le dicen Manotas. Al igual que muchos contemporáneos, vivió y aceptó la revolución sexual y los cambios en materia de parejas y relaciones. Solo considera inaceptable y contra natura una combinación. Se opone radicalmente al matrimonio entre la industria alimenticia y el correo físico. 

Manotas se educó en un mundo donde la hora de comer implicaba manipular recipientes. La sal salía del salero, las salsas de botellas plásticas estrujables con boquilla pequeña, las galletas de tarros y el azúcar de un azucarero, a veces en prácticos cubitos. Los sobres, en cambio, guardaban cartas, tarjetas, postales y hasta plata, con fines de envío. Pero empezaron a usarlos para empacar alimentos en porciones individuales. El proceso se fue tomando la sal, el azúcar, la leche condensada, la salsa de tomate, la mermelada, el café, la mayonesa, la mostaza… y la lista puede seguir indefinidamente.

Normalmente, esos sobres (plásticos, metalizados, o en materiales indescifrables) vienen señalizados para facilitar el acceso al contenido. Mienten. Donde dice “Ábráse por acá” no abre. Ahí es cuando toca hacer maromas con el cuchillo, las llaves, el cortaúñas o los dientes. Cuando no, pasa lo contrario. Ante la más mínima fuerza medio paquete vuela. Si no se han tomado medidas de seguridad otro tanto ocurre con el contenido. Más para tipos dotados de enormes, gruesos y torpes dedotes como, por supuesto, Manotas.

Así que parte de su existencia transcurre en batalla contra la nueva generación de empaques. Poniendo cara de yo no fui ante un inesperado reguero en la mesa del restaurante. O con recorridos contra reloj en busca del baño más cercano para descargar o limpiar los restos de algún alimento que disparó sobre su humanidad. Manchas indelebles en pantalones, camisas, o suéteres evidencian el desenlace de esos enfrentamientos.

No son los únicos derrames. Condimentos como sal y pimienta requieren una distribución estratégica a lo largo del plato. Para eso se inventaron saleros y pimenteros. Como estos brillan por su ausencia, el resultado suele ser todo o la mayor parte del contenido del sobrecito en un solo punto del pedazo de carne, pollo, pescado o de los huevos. Y el desafío quirúrgico de distribuir el pegote por toda la porción a punta de tenedor, cuchara, cuchillo, dedos, gravedad o todos las anteriores. 

A veces el contenido del pequeño contenedor es demasiado para su gusto particular. Manotas vivió épocas complicadas en su infancia. Tiempos donde en la mesa familiar apenas había lo justo, o menos. Algún rincón perdido de su subconsciente guarda el instinto de no desperdiciar comida. Por eso siempre utiliza el sobre completo, lo que se traduce en sobredosis de salsas, dulces o similares. 

Tampoco falta la mente perversa, esa que definió que la cantidad depositada en cada empaque siempre será insuficiente para las papilas gustativas de Manotas. Opción 1,  aguantarse. Opción 2, aguantarse la mala cara de quien sirve al pedir un sobrecito adicional (mala cara que hace sentir al peticionario como glotón insaciable o consumidor abusivo). Y si recibe el adicional, sumado al ya disponible… será mucho. Uno no alcanza, dos es demasiado. Volvemos al dilema del desperdicio.

En su hogar, Manotas realiza largos y aburridores procesos de pasar, sobre a sobre, los productos a recipientes tradicionales. De visitante (casa ajena, restaurantes) busca la resistencia. Los que no han caído en la tendencia del empaque individual.  Incluso hubo épocas cuando aplicó una medida radical. Cargaba una lonchera con recipientes tradicionales y su propia dotación de salsas, condimentos y aditamentos. 

No funcionó. O funcionó demasiado bien. Sus ocasionales compañeros de mesa agotaron las existencias.

miércoles, 30 de abril de 2025

Especialmente para ti

Al amigo Josué le llegan periódicamente mensajes de texto, correos electrónicos y llamadas telefónicas con ofertas que suenan interesantísimas. Son de esas que uno no se puede perder. Lástima que el inconsciente sujeto y protagonista de esta historia se las pierde todas, bajo el igualmente inconsciente método de ignorar, borrar y hasta bloquear. Y, cosa curiosa, su vida no ha tenido cambios significativos.

De un tiempo para acá, los desconocidos interlocutores, preocupados por su bienestar, ajustaron la estrategia. No se limitan a elogiar el producto o servicio, sino que le explican a Josué (con nombre y hasta apellido) que es una oferta especial para él. Solo para él o, por mucho, para él y un grupo de elegidos.

Entonces un día aparece ese correo donde le advierten “Josué, aprovecha esta oportunidad, estará vigente por pocas horas”. Lo de aprovecha no es un dato menor. Porque en lugar de un formal aproveche usted, va el confianzudo y cómplice “aprovecha tú”. Sí, el asunto varía de región a región, pero el protagonista de esta historia habita una zona donde el tuteo es solo para gente con lazos cercanos de amistad o parentela. 

Otro dato clave es lo de las pocas horas. La vida es de oportunidades y quien las deja pasar, paila*.  Pero tus amigos no dejarán que eso pase. Por eso te avisan. A ti, Josué.

Eso de hacerte sentir importante no solo aplica para ventas. Por lo menos no para ventas inmediatas. Algunos mensajes solo promueven participación. Informan a Josué que es uno de los pocos expertos escogidos para opinar sobre X tema, o elogian sus competencias y conocimientos (sin especificar cuáles) antes de invitarlo a contestar una encuesta o conocer, sin ningún compromiso, algún producto o servicio.

Aquí hay otra constante. Los halagos abundan, pero los detalles particulares escasean. Por mucho, nombre y apellido que a veces fallan en ortografía (Josue en vez de Josué). O con sutiles variaciones (José o Josías en vez de Josué). Son problemas menores que contrastan con anuncios rimbombantes como “oportunidad diseñada pensando en ti”, “tú nos importas y por eso tenemos una gran oferta” o “es lo que tú te mereces”.

Lo que casi nunca le explican al destinatario es porque esa oportunidad es para él, cuál rasgo individual lo hace tan importante o qué lo hizo digno de merecimientos. El casi del nunca es cuando el mensaje llega por alguna red social donde, si dan algún argumento, coincide con la información pública del respectivo perfil. 

En todos los casos, como siempre es por tiempo limitado, no hay espacio para reflexionar. Hay que actuar de inmediato. Y como dijimos, habrá quienes reaccionan ante las tentadoras propuestas de sus nuevos amigos. Pero siempre existirán tipos estilo Josué que desperdician la ocasión.

Y aunque esto debería terminar aquí no faltan los malpensados. Los que desconfían de esos mensajes “personalizados”. Los que creen que como hoy en día piden datos hasta para entrar a un baño público estos terminan en un poco de bases de datos. Los que han leído o escuchado que esa información se vende y se compra y es usada con propósitos comerciales o incluso delictivos. Los que creen que existen cazadores de perfiles buscando potenciales clientes (o víctimas) en redes sociales para hacerlos sentir importantes y engancharlos en algún tipo de negocio, no siempre lícito o, por lo menos, no siempre bueno.

En realidad no es nada novedoso. Sin importar, género, edad, experiencia o conocimiento, todos los seres humanos (Josué incluido) tuvieron, tenemos y tendrán una debilidad especialmente vulnerable a los elogios.

Los sicólogos y psiquiatras lo llaman ego.

*Traductor intergeneracional. Paila es una expresión que alguna vez estuvo de moda para indicar efectos negativos. 

miércoles, 12 de febrero de 2025

Mi trabajo secreto

Pérez comenzó a trabajar muy joven, más para darse uno que otro gusto que por necesidad. Apenas pudo se pasó a colegio nocturno y empezó a recorrer calles como el patinador oficial de una oficina de contadores. Ahí le cogió interés a eso de llevar cuentas ajenas, lo que lo llevó, sucesivamente, a curso, carrera técnica, ciclo tecnológico y contador público titulado de apellido Pérez. 

Cada etapa académica coincidió, más o menos, con evolución en el ámbito laboral. A veces el ingreso no creció proporcionalmente al incremento de conocimientos y a veces el trabajo no tuvo relación alguna con la formación. Pero finalmente el hombre aterrizó en buena empresa, con buen puesto. Allí está hoy, haciendo cálculos para la organización sobre balances, ingresos e impuestos; y haciendo otro tanto para sí mismo sobre presupuesto familiar y jubilación, meta aún lejana pero soñar es gratis.

El repaso de su experiencia laboral lo llevó a sus ingresos iniciales. Es más, gracias al ejercicio de memoria evocó cierto detalle que muchos atesoran en la pensadora. Ese primer gasto con plata propia. Pérez lo tiene muy claro. Un polo (o sea, una camiseta con cuello).  No era cualquier polo. Pertenecía a la marca de moda en su juventud, reconocible por el pequeño reptil cosido sobre la tetilla izquierda a manera de parche miniatura.  La prenda como tal no tenía ninguna particularidad adicional, salvo que su precio era muchísimo más alto que el de cualquier producto similar, pero sin parche en forma de animal de sangre fría.

Esa fue el comienzo de una larga lista de adquisiciones que surtieron el guardarropa de Pérez con confecciones debidamente identificadas mediante imágenes ubicadas estratégicamente. No solo eran logos dibujados o cosidos, sino que en algunos casos, por ejemplo los bluyines, un parche de cuero sobre el bolsillo trasero le informaba al personal acerca del fabricante respectivo.

Pérez creció... y los nombres en las prendas de vestir también. Lo que en un principio era discreto y sutil, pasó a ser escandaloso y evidente. Ciertas marcas fueron ganando espacio hasta abarcar prácticamente toda la superficie visible de la chaqueta, suéter, camisa, traje de baño, gorra o ropa interior masculina.  Esta última, por cierto, generó una curiosa (y a veces antiestética) moda donde la invisible se hizo visible, y lo masculino por definición también fue adoptado por parte del público femenino.

En el atuendo deportivo multiusos, las sudaderas, la pieza superior ganó tremendo logo y nombre, reforzado por diseño a espalda completa con la misma información visual en la parte trasera. El pantalón también lleva denominación y dibujo, con una creativa orientación vertical. Tal vez en los tenis no quepa el nombre, pero sí un logo universalmente reconocible.

Así, cada pieza del guardarropa de marca se convirtió en valla ambulante y cualquier usuario, de esos que en su vida han pisado una pasarela, se graduó y ejerce como modelo para promocionar el consumo de la misma.

(La cosa ha llegado a tal extremo que existe un mercado negro de prendas falsificadas, venta de parches que con un poquito de costura básica convierten genéricos en ropa de almacén fino, y nombres y logos que no son los famosos pero están concebidos para confundirse con ellos a menos que se mire detenidamente).

El asunto es que Pérez acaba de descubrir que, simultáneamente con sus trabajos en contabilidad y otros, lleva múltiples años laborando como parte de la estrategia de mercadeo de multinacionales dedicadas a la producción de confecciones. Y lo más curioso es que él no ha percibido un solo peso por su actividad.

De hecho, Pérez paga. 

miércoles, 22 de enero de 2025

El abuelo Yépez quiere ver televisión



Ese televisor hacía tantas cosas que la familia Yépez consideró solucionado su problema de entretenimiento de por vida. Tenía internet, TDT, plataformas preinstaladas (por pagar, pero eso es otro cuento), modalidad 3D, múltiples opciones de imagen y de sonido; y posibilidades de conectarse con la consola de juegos, el computador, la nevera, el microondas, el teléfono, las luces, las cortinas y la puerta. Además daba la hora, servía de despertador y se apagaba solo en casos de que el sueño superara al usuario.

De manera que los Yépez procedieron a la instalación, debidamente asesorados por técnico profesional certificado. Y en los primeros días cada miembro del clan se dedicó a explotar la nueva adquisición de acuerdo con sus intereses particulares. Finalmente, un domingo cerca de la medianoche le tocó el turno al abuelo Yépez, cuyas aspiraciones no pasaban de ver su  programa favorito en canal nacional.

Y para ese servicio en particular, el televisor no funcionó.

El hombre movió todos los controles posibles. Hasta leyó y aplicó estrictamente el manual pero nada. La maravilla tecnológica se negaba a sintonizar canales tradicionales. Tras dos horas de pruebas, apoyado por papá y mamá Yépez tocó despertar a los expertos tecnológicos de la familia. Como las edades de los peritos oscilaban entre los 7 y los 13 años, primero tocó explicarles qué era un canal de televisión, por qué los programas tenían horario fijo y no se podían ver a cualquier hora. Aclaraciones técnicas concluidas ellos tampoco pudieron. Con sueño, cansancio, y sobre todo frustración, los Yépez se fueron a dormir.

El consuelo fue que el asesor telefónico contactado a primera hora tampoco dio con el chiste. Luego de, muchos, muchos minutos de instrucciones, el aparato de televisión seguía sin servir para ver televisión de la forma tradicional. El experto dictaminó la necesidad de una revisión técnica in situ aplicando la garantía.

Días después apareció el experto, repitió todos los intentos previos, fracasó en todas las repeticiones y tras sacar fotos, llenar formularios y recoger firmas se llevó el aparato para la respectiva reparación. Reparación que no se llevó a cabo, porque pasadas 72 horas un personaje que se identificó como otro técnico del taller autorizado mensajeó las 4 palabras mágicas que le permiten a las empresas enredar su responsabilidad con los productos que venden: “Ustedes le dieron un golpe”. Y va foto. 

Pero el cliente de turno, (en este caso los Yépez) tenía esa mezcla de terquedad, tacañería, persistencia y paciencia para contraatacar. El primer round fue argumentar que el tal golpe y el daño no tenían ninguna relación. Vinieron más revisiones y dictámenes técnicos. Como la empresa insistió en su posición, tocó escalar el asunto ante la alcaldía, ante la superintendencia e incluso mirar la opción de instancias judiciales.

Teóricamente era una batalla de argumentos, pero realmente el asunto era de resistencia. Cuál de los dos se cansaría primero. Los Yépez, sin su televisor ultramoderno multiservicios y dedicando tiempo y recursos a escribir cartas, visitar oficinas y repetir el cuento; o la empresa, destinando recursos corporativos, técnicos y administrativos a generar respuestas y enfrentar requerimientos de autoridades competentes.

A estas alturas, el asunto va en una especie de empate. La empresa aún no aplica la garantía pero dicen en la superintendencia que devolver la plata o cambiar el aparato tiene futuro.  La familia Yépez, por su parte, recuperó sus rutinas de antes del televisor nuevo.

Y el abuelo Yépez ve su programa dominical en ese aparato que tiene hace años, el cual puede que no sea tan moderno, pero sirve para ver televisión.

miércoles, 8 de enero de 2025

Cazador de golpes, rayones e intermedias


Pasa con lavadoras, estufas, hornos, teléfonos, aspiradoras, computadores y demás electrodomésticos, gasodomésticos o aparatos electrónicos.  Automáticamente se invalida la garantía sin importar el daño y la claridad en la relación de causa y efecto. Ese es un tema de técnicos, reparadores, protección al consumidor y abogados. Nuestro tema es el surgimiento de una nueva especialidad laboral. 

Él o ella forma parte del equipo de servicio al cliente en grandes superficies, o del grupo de ventas en almacenes especializados, o del personal técnico del taller de reparaciones. No importa su experiencia previa, sus logros académicos o el lugar que ocupe en el organigrama. Importa lo que hace.

Sonríe y actúa con engañosa cortesía. Recibe al comprador que llega con ese aparato recién adquirido que se niega a cumplir aquella función para la que fue fabricado. Cuando está con el cliente escuchará pacientemente la descripción del problema.  Y entonces,  hará aquello para lo cual fue realmente contratado o contratada.

Con meticulosidad digna de artesano experto acometerá la más detallada de las revisiones. No al funcionamiento, no a los mecanismos internos, no a las fuentes de energía sino al contorno. Recorrerá cada centímetro de la carcaza con una vista especialmente entrenada que sabe exactamente lo que busca. Si lo ve, habrá un cambio, casi imperceptible, en su rostro. De la mirada inquisidora pasará a los rasgos del deber cumplido. Algunos continuarán con la revisión en busca de más evidencia. Otros la interrumpen justo en ese  momento y emiten verbalmente acusación, juicio y sentencia.

Existen variantes, por supuesto, pero el mensaje siempre es el mismo. “la garantía no tiene validez porque ustedes le dieron un golpe”.

El discurso heredado de generación en generación sabe que una cosa es “tiene un golpe” o “le dieron” a secas que la formula completa de “ustedes le dieron”. En teoría —porque por suerte existe el derecho  al  pataleo— con esa afirmación el distribuidor o fabricante de turno queda automáticamente absuelto de cualquier responsabilidad en daños o fallos. En este caso el cliente no tiene la razón. Además, es torpe.

Hay golpes de golpes. Algunos parecen accidente de tránsito entre carro viejo y auto eléctrico con latas (o su equivalente el aparato de turno) sumidas, pintura completamente descascarada y agujeros reveladores. Son aquellos ante los cuales solo resta aceptar la evidencia y empezar a cotizar el arreglo.

Pero en el otro lado están los discutibles. Muy discutibles. Un leve roce que a duras penas afectó un poco la pintura. Una deformidad casi microscópica apenas visible a la vista y solo detectable por medio del tacto. Un daño menor en ese lugar donde, sin ser necesariamente un experto, el cliente sabe que no tiene ninguna relación con los problemas de funcionamiento.

Y ahí viene la metamorfosis. El personaje que días atrás nos vendió el aparato en medio de sonrisas, el encargado o encargada de servicio al cliente que nos recibió en plan de “vamos a solucionar su problema” se convierte en frío funcionario o funcionaria que recita detalles técnicos y legales gracias a los cuales el golpecito anula la garantía. Su único rastro de humanidad es, a veces, un “ de verdad lo siento mucho, pero así funciona”.

Entre más argumente el cliente, más impersonal se vuelve el representante de la firma. Lo más probable es que el asunto termine escalando ante algún nivel superior en la organización o ante autoridad competente. Pero eso es otra historia.

Aquí solo queríamos presentarles al cazador o cazadora de golpes, rayones e intermedias.

miércoles, 13 de noviembre de 2024

Espera


Nota de la redacción. Hace más de 40 años se escribió este texto. No sabemos qué es peor. Si la conchudez del autor al retomarlo para nuevas generaciones  (literalmente) o su —más allá de algunos detalles menores, ver notas al final— inquietante vigencia. Con respecto a la versión original, solo hubo algunos ajustes de ortografía y puntuación.

Heme aquí. De nuevo. Esperando. 

Los minutos pasan muy lentamente y el tedio se apodera de todo mi ser. ¿Qué es el ser humano? Un ser que nace, crece, se reproduce, muere y espera. Porque para todo hay que esperar.

No sé cuantas veces he mirado el reloj, pero me parece que desde su interior esas manecillas (1) se burlan de mí.  Ya no son dos manecillas sino dos antorchas sin luz que danzan amenazadoramente ante mis ojos.  Las horas ya no son horas, sino un público impasible que observa la danza de las manecillas.  

Sí, se están burlando de mí.

Yo no soy el único. A mi lado una mujer regordeta (2). Siempre hay mujeres regordetas. Me pregunta la hora a cada momento. La odio, ¿saben? Pero le digo la hora. Al fin y al cabo ella también está pagando la misma condena que yo.  La condena de la espera.

Veo que el tiempo (infalible aliado de la espera) ha continuado su marcha. Poco a poco el momento se acerca y es mi corazón el que empieza a sentir miedo. Miedo. Miedo a ese instante que sucederá a la espera.  Espera ...siempre esa maldita palabra. Mi vecina regordeta ya se ha ido y en su lugar hay un niño idiota (3) que me mira con ojos de sapo (3). Él también tiene miedo. Todos tenemos miedo.  

Nuestro corazón late aceleradamente mientras maldecimos nuestra propia cobardía, pero por más que lo intentemos, no podemos huir de ella.  El hombre es un ser de paradojas. Odia la espera, mas cuando esta va a terminar, desearía que se prolongara. Sí, somos unos seres paradójicos.

La hora ha llegado. Hace mucho tiempo que el niño de los ojos de sapo se retiró de mi lado. Una sonriente figura (4) vestida de blanco me invita a seguir. Sudor frío brota de todo mi cuerpo mientras tomo asiento. Una voz varonil (5) me invita a recostarme mientras la luz se enciende ante mis ojos. 

Un nudo en la garganta me impide hablar. —No, debo ser fuerte— me digo, y haciendo un esfuerzo supremo hablo: —Proceda doctor.

El ruido de una fresa se encarga de apagar todos los demás sonidos. El dentista hace su trabajo.

Notas
  1. Aunque en esos tiempos ya había relojes digitales, predominaban los de manecillas. Adicionalmente, sonaba más poético.
  2. Eran los años 80 del siglo pasado. Así que nunca tuve la intención de ofender sensibilidades actuales por aquello de los estereotipos de género y condición.
  3. Traducción a términos modernos: niño con particularidades en el entendimiento y la mirada. 
  4. Normalmente la encargada de invitar a seguir era una persona, no un altavoz incorporado al teléfono, una pantalla o un grito de origen desconocido.
  5. Claro que había odontólogas. Muchas, de hecho. Pero en esos tiempos si hubiéramos escrito “dentiste” o algo así nadie hubiera entendido.

miércoles, 23 de octubre de 2024

Son solo cinco preguntas

— Buenos días, quisiera hacerle algunas preguntas.

— ¿Y eso para qué?

— Soy encuestador, este es mi trabajo. Si tiene alguna duda, con mucho gusto me identifico.

(Silencio, mirada perdida).

— Tengo el carnet de la empresa con código QR de verificación.

(Silencio, mirada perdida).

— ¿Quiere verlo? O, si está de acuerdo, comenzamos.

— Yo creo que que sí.

— Bueno, entonces comencemos.

— Pero antes muéstreme el carnet.

— Por supuesto (saca un documento laminado y se lo pasa). Mire. Ahí está el código QR por si quiere verificar con su teléfono.

(Revisa la identificación en silencio y se la devuelve) ¿Y esto para qué es?

— Estamos haciendo un estudio sobre hábitos de compra…

— Yo no voy a comprar nada.

— No se preocupe, no estoy vendiendo nada. Son solo algunas preguntas. ¿Podemos proseguir?

— Supongo que sí.

— Cuándo usted...

— Aunque mejor no. Me preocupa entregarle información a desconocidos.  

— No se preocupe, no es nada comprometedor.

— Ah  bueno, en ese caso...

— ¿Entonces, comenzamos?

— No no no, que en ese caso deme unos día para pensarlo.

— Disculpe le explico algo, es que es para hacerlo de una vez.

— Entiendo.

— A ver, la primera pregunta es…

— Pero es que no sé qué es lo que me va a preguntar.

— Por eso, déjeme preguntarle y así...

— Aunque claro, apenas me pregunte me voy a enterar.

— Exacto, así que podemos proceder...

— ¿Y qué pasa si no me gusta la pregunta?

— Pues tranquilo, no es obligatorio contestar.

— Hubiera explicado eso antes. Así sí se puede.

— Que bien, empecemos. ¿Cuando usted…?

— No. Espere. Qué tal que me arrepienta. A mí me da pena hacerle perder su tiempo.

— No se preocupe, ya le dije que este es mi trabajo.

— Bueno, bueno. Pregunte a ver.

— (Toma aire) Cuando usted...

— No es nada privado ni comprometedor. ¿Cierto?

— Ya le dije que no. Hummm, hagamos una cosa. Déjeme hacerle la primera pregunta y usted decide...

— Yo decido.

— Sí, lo que quiero es saber cuando usted…

— Es que es muy difícil

— Muy difícil...¿Qué?

— Tomar decisiones así, como tan rápido.

— Este, también tiene la opción de no sabe, no responde.

— ¿Y cómo sé?

— ¿Cómo sé qué?

— Cómo sé que no sabe, o mejor, que yo no sé. Porque que tal que sepa pero no quiera responder. O que responda y no sepa.

— Para efectos prácticos es lo mismo, insisto en que arranquemos..

— Es más, de repente sí sé, y sí respondo, o no sé y no respondo.

(Toma aire) Por favor, la primera pregunta es…

— ¿Y esto se va demorar mucho?

— De 15 minutos a media hora.

— La verdad me puedo demorar una hora, pero tengo una ropa pendiente de recoger en la lavandería, y todavía no sé si ir a recogerla ahora temprano o por la tarde.

— Bueno, pero…

— Porque si voy en la mañana me tengo que ir de una vez y no alcanzó a atenderlo, pero si voy en la tarde entonces no justifica haber salido en la mañana porque salí fue a eso.

— Tranquilo, haga lo que considere más conveniente.

— Déjeme pensarlo, hay ventajas y desventajas.

— Si le parece, puedo dejarlo…

— Claro que es que ya le hice gastar mucho tiempo.

— Entonces podemos...

— Pero yo quiero recoger esa ropa pronto

(Toma aire) Usted decide, ni más faltaba.

— Hummm, no hay ninguna diferencia. Ahora sí, pregunte.

— ¿Seguro?

— Sí, comencemos con esto.

— Bueno. Primera pregunta.

— Lo escucho.

— Cuando usted adquiere un producto o contrata un servicio, actúa de forma impulsiva, reflexiva o alternando las dos opciones de acuerdo con el producto o servicio.

— Ah no, eso conmigo es rápido. Yo voy a lo que voy y eso es de una sin darle tantas vueltas...

miércoles, 28 de agosto de 2024

Fotocopias a 100.000

En principio a Caminante le pareció interesante eso de tener su primer billete de $100.000, en vivo y en directo, entregado por un cajero automático de barrio. Pero este usuario de gastos hormiga en establecimientos de “¿no tiene más sencillo?”, pronto notó el encarte. Pese a que iba para el centro, el cajero (donde había hecho el último retiro de la quincena —saldo, 115 pesos—) era cerca de su casa. Así que optó por la droguería de cadena internacional del sector. Lo miraron feo pero le dieron vueltas por los 5.000 que costaron los pañuelos desechables. Problema solucionado.

Pagó con la última recarga disponible en su tarjeta de pasajes el viaje en transporte masivo. Su destino era esa lejana notaría donde reposaba ese documento cuya copia era un paso más en ese trámite. Así que llegó, hizo la fila, le dijo al cajero lo que requería y sacó, de entre todos los que había recibido en la droguería, ese billete.

—Es falso.

Por suerte no hubo tijeretazo, sino devolución de la pieza de papel moneda. Y sí, la condición de producción por fuera del banco emisor era algo evidente con solo fijarse un poco, lo que Caminante no había hecho. Como se veía y sentía, eso era una especie de fotocopia, pero a color y dos caras. Aplastado por la situación, revisó el resto de su efectivo. Buenas noticias. Todo parecía legal y real.  Pagó con otro y tomó la decisión inteligente. Hacer el reclamo respectivo al volver a su barrio.

Pero mientras aguardaba por el documento en sala de espera, las ideas malucas comenzaron. ¿Y sí no se acordaban? ¿Y cómo probar que es plata se la habían dado ahí? Entonces se atravesó el mango. No lo pensó. Simplemente salió y vio al vendedor callejero. Casi en automático pidió la dosis de fruta en vaso plástico —con limón y sal, por favor— y extendió el billete que sabemos a la hora de pagar.

—Huy hermanito, cámbieme esto que se ve más falso que uno de 7.000.

Más falsa fue la cara de sorpresa que Caminante puso, antes de proceder a utilizar otro papel moneda.  Mientras despachaba la ración de mango en una banca de parque sus tendencias antisociales superaron la lógica bajo una premisa sencilla. Si yo caí, algún otro caerá…

Pero no cayeron los del restaurante de combate donde almorzó, ni el que le vendió el postre, ni la de la miscelánea, ni el de la chaza donde adquirió los cigarrillos encargados por mamá, ni el del carrito de accesorios de celular que lo surtió de audífonos,  ni la viejita de los bocadillos en la mesa callejera, ni el paisa de los paraguas de la esquina ni ninguno de los demás etcéteras que no le recibieron el billete, pero sí lo surtieron de chucherías, cada una más inútil que la anterior.

Era hora de retomar el plan original: hacer el reclamo en el origen del problema. Solo debía recargar la tarjeta para tomar el transporte masivo. Hizo fila, sacó su billetera y… solo quedaba ese billete devuelto mil veces. Sumado a unas pocas e insuficientes monedas. 

Era ahora o nunca. Caminante pasó la tarjeta, pasó el dinero y…

...Un hombre avanza despacio del centro hacia su casa. En su cartera lleva dos tarjetas (débito bancaria y de transporte masivo) ambas con saldos insuficientes; y restos del papel moneda al que la cajera aplicó, sin asco ni duda, el respectivo tijeretazo después de doblarlo en cuatro al notar que era falso. Es un tipo que camina. Ustedes lo conocen como Caminante.

miércoles, 21 de agosto de 2024

Alguien grande tiene un problema con esas cobijas

Aunque tener la nariz lejos del suelo implica algunas ventajas, también le suma puntos negativos a la existencia. Dos ejemplos obvios; es muy bueno para cambiar bombillos, pero puede ser una pesadilla a la hora de sentarse en esos aviones o buses donde cada vez acomodan más sillas en el mismo espacio.  

Como se ve, no solo depende del alto o la alta de turno, sino de quienes diseñan un mundo para el promedio. Antes de que la resiliencia se pusiera de moda, ya los y las grandes intentaban encajar como podían en estrechos espacios. De un tiempo para acá, un nuevo desafío enfría la vida de los L, XL y XXL. Un chiste viejo se hizo realidad: si se tapa los pies, se destapa la cabeza; si se tapa la cabeza, se destapa los pies.

La cosa es más grave a medida que la distancia entre la planta de los pies y la coronilla crece. El usuario debe escoger entre proteger un segmento que va desde el dedo gordo de la extremidad inferior hasta más arriba del ombligo, o desde las rodillas hasta los hombros, o desde la cabeza hasta la cintura. La obligatoria combinación entre anatomía y gestión del espacio tiene un nombre: cobija.

No es la legendaria cuatro tigres, esa que cubre por completo un lecho king size y sus alrededores. Tampoco la que no es ni tan grande, ni tan gruesa ni tan colorida, pero que cumple con abarcar la cama completa, en modelos sencillo, semidoble y doble. 

Es un invento creativo de uso adulto, pero en talla para niño. Se les reconoce los diseños, algunos de temporada (Navidad, Halloween, estaciones) y que lo que tapan, se calienta. Pero su extensión es inferior a la estatura promedio, situación que se nota mucho más si el acobijable supera el promedio. Especialmente para este personal parte de su anatomía, siempre, estará condenada al frío. O a calentarse mediante otro sistema (más cobijas, chaqueta, medias gruesas, pasamontañas, chimenea… yo qué sé).

Bueno, listo, a alguien se le ocurrió hacer cobijas para pitufos. Y si usted es talla troll, pues no las compre. Y, ¿quien dijo que se compran?. De un tiempo para acá entraron en esa lista de regalos pbm. Prácticos, baratos y masivos. Prácticos porque a nadie le sobra una cobija. Baratos porque no demandan la inversión de una cuatro tigres y hasta tienen precios especiales al por mayor, lo que nos lleva a la última característica. Ideales para cuando hay que dar muchos regalos y no hay tiempo ni dinero para ser selectivos.

Así que el usuario o la usuaria de gran estatura recibe su (¿sus?) cobijita y, para qué, le hace la lucha. Ya hablamos de los intentos fallidos de tapar el cuerpo completo. El plan b es asumir posición de feto, rana o loto con el fin de adaptar la humanidad al volumen de la manta. No importa cuanto ensaye, siempre habrá un resquicio por donde se cuela la evidencia de que la persona es grande y lo que la cubre no tanto.

El plan b son usos alternos como tapar solo las piernas mientras se consume una bebida caliente. Bebida cuyo destino suele ser derrame parcial o total, lo que deriva en cobija manchada, quemazón en las extremidades o todas las anteriores. También se puede poner estratégicamente sobre los hombros mientras se ve televisión, se lee, se come o se bebe... siempre y cuando se perfeccione la técnica para no enredarse mientras se maneja el control, se pasan páginas, se lleva la comida del plato a la boca, se consume el bebestible o se mira el teléfono que, créanme, sonará justo después de acomodar la manta. 

En ese caso, la cobija viene a convertirse en una especie de ruana, poncho o chal, pero carente de hueco para el cuello o división ergonómica encaminada a descolgarla desde los hombros sin necesidad de maromas.

A menos que el usuario se aburra y haga los ajustes respectivos... a punta de tijera.

miércoles, 14 de agosto de 2024

Reinventar y cobrar

Me encontré en internet con diapositivas que hablan del negocio, inventado por empresarios gringos. Agarraron cierto producto y le hicieron varias modificaciones a la presentación. Cambiaron el empaque, le metieron nuevo discurso promocional entre ecologista y contestatario, se fueron por una estrategia publicitaria agresiva y en canales no tradicionales y —de eso me enteré después— lograron el monopolio de distribución en algunos escenarios.

El negocio funcionó. Su oferta se vende y los ingresos fluyen (en una noticia de marzo de 2024 hablan de ventas por más de 260 millones de dólares). El sitio donde conocí la historia es una red profesional en la cual múltiples expertos en mercadeo prácticamente se derritieron en elogios con palabras como excelente, perfecto, ejemplo, brillante, top, memorable… en fin.

Supongo que a estas alturas ya hay una legítima curiosidad sobre cual es ese producto revolucionario, disruptivo y radical que está generando un comportamiento completamente diferente en los hábitos de las nuevas generaciones. Porque, y eso es absolutamente claro, los que lo compran y lo consumen son de millenials para arriba.

Agua.

No es agua con algún ingrediente especial. No es agua recogida en lugares exóticos como cimas del Himalaya o glaciales árticos o antárticos. No es agua sometida a algún complejo procedimiento antes de su comercialización. No es agua de otro planeta. Ellos explican que es agua subterránea que viene de los Alpes. También tienen versiones con gas y saborizadas, pero el insumo puro es aquel que los hizo destacar en el mundo de los sedientos y de los empresarios.

Cuando uno busca los precios encuentra que una lata de 500 ml (y hablo del líquido sin añadidos) puede costar entre 8.000 y 25.000 pesos colombianos. Y para hacer comparaciones es fácil verificar que un volumen similar,  en marca y empaque tradicional, se consigue en 2.000 o 3.000 pesos.

Eso sin hablar de lo que puede costar disponer de la misma cantidad con solo abrir el grifo y llenar un recipiente.  O de recoger la que el cielo manda gratis periódicamente o utilizar la que corre —también gratis— por ríos y quebradas (hirviéndola o filtrándola —incluso ambas— antes de consumir). Aclaración patrocinada por las autoridades de salud.

Y antes de que crean que fumé alguna cosa rara, que el agua de canilla (la que yo uso) viene con agregados extraños o que esta vez se me fue la mano en la creatividad aquí dejo el enlace de la marca de marras.

Por supuesto, abundan las explicaciones de los expertos sobre el éxito de tan novedosa propuesta. Que logró sintonizarse con la identidad de los nuevos consumidores; que reinventó un producto universal; que irrumpió exitosamente en un mundo monopolizado por gigantes intocables; que se subió en el momento adecuado a la guerra contra el plástico o que le trajo emoción a lo que era aburrido por definición.

Los que no pertenecemos al mundo del marketing, no sabemos de branding, customizing, targeting ni entendemos porque cuando se habla de estos temas hay que llenar el discurso de palabras en inglés tenemos una visión un poquito diferente.

Es bastante extraño que alguien venda agua enlatada.

Pero lo que realmente indigna, preocupa, asusta y sorprende es la cantidad de gente que la compra.

miércoles, 24 de enero de 2024

Amor encaja



El prontuario erótico afectivo de Guillermo el Conquistador incluye diversos escenarios con interpretaciones erróneas de ventas, de logística y de proselitismo religioso, entre otros. Han sido malos entendidos que le pueden pasar a cualquiera y, lo más importante, tienen un componente de lecciones aprendidas. Por eso la inusual conversación con la encargada de la caja 3 en el supermercado de cadena, en principio, no implicó nada especial para nuestro sujeto. Es importante decir que él no era cliente habitual, sino que pasó por ahí de regreso a su hogar y aprovechó para adquirir algunos pendientes.

Solo al llegar a casa cayó en cuenta de que normalmente no hay tanto intercambio verbal a la hora de pagar. Primero, las cuatro ocasiones en las que suministró su número de cédula mientras ella intentaba sumar la compra al programa de fidelización. Segundo, la solicitud expresa de identificar todas las verduras adquiridas. La conversación incluyó rábanos, brócoli, jengibre y perejil. Y una sonrisa perenne. La de ella.

Como no se trataba de hacer compras innecesarias, aplazó su retorno a ese supermercado hasta cuando realmente debía surtirse. Ignoró detalles como que el negocio quedaba a 10 cuadras de su casa y que podía adquirir lo mismo en locales ubicados por la cuadra donde vivía, incluso a mejores precios.

Recorrió pasillos, escogió productos y se dispuso a pagar. Había tres cajas. Dos cuya fila avanzaba rápido y una donde se movía lentamente. La 3. Guillermo dio otra vuelta adicional y encontró… la misma situación. Después de tres vueltas adicionales le tocó acudir a otro punto de pago. Aunque estaba casi seguro de que la cajera (no quien lo atendió, sino la que sabemos) lo miró y, como no, le sonrió.

El tercer intento se dio a los pocos días, cuando Guillermo consideró necesario surtirse anticipadamente de productos de aseo. Nuevo viaje. Esta vez Viviana (nombre escrito en el gafete) solo tenía un cliente en la fila, de esos que combinan medios de pago —efectivo, bonos—. El proceso implicó la presencia —varias veces— de una supervisora para desbloquear caja y explicar procedimientos a la cajera. Veinte minutos pasaron antes de que Viviana atendiera a Guillermo. Con esa sonrisa que se mantuvo todo el tiempo, incluso cuando la caja volvió a bloquearse. No preguntó una sino varias veces los datos rutinarios, como cuando alguien quiere prolongar artificialmente una conversación.  Hubo hasta una risita que sonó y se vio sincera. 

Guillermo quiso ser racional. Tras sesuda evaluación, concluyó que había una posibilidad. Pero no la forzó. Solo “recordó” que era bueno surtirse de café así tuviera una bolsa sin abrir y volvió al supermercado en busca de Viviana. No estaba. Tampoco estuvo dos días después. Ni al día siguiente. En ese momento el sujeto dejó de ser razonable. En servicio al cliente preguntó, tratando de parecer despreocupado, por Viviana, la cajera que atendía el punto tres.  Aunque no sabía qué reacción esperar, la respuesta lo dejó desconcertado... — Con mucho gusto señor, un momento llamo al gerente”. 

A los pocos minutos apareció el administrador del punto de venta. — Estamos avergonzados. Haremos todo lo posible por solucionar su problema. Cuénteme qué le pasó.

En algún lugar entre incómodo y sorprendido Guillermo apenas alcanzó a susurrar algo así como “pues yooo”. antes de que el gerente retomara.

— Tranquilo. Aquí el cliente es primero y reconocemos nuestros errores. Nos equivocamos con esa contratación. Confundía los números,  nunca se pudo aprender los nombres de las frutas y verduras, cada rato desconfiguraba el sistema de la caja y armó un poco de líos con tarjetas y bonos que apenas estamos desenredando. La verdad, lo único que esa mujer hacía bien era sonreír mientras atendía.

Pregunta al margen con alguna relación

¿Cómo son las instalaciones de servicio al cliente?

Amplias, cómodas, cercanas y con múltiples opciones de atención, cuando son para vender. Incómodas, estrechas, con horarios restringidos y en puntos lejanos cuando son para “atender” reclamos.

Detalles aquí. 

miércoles, 2 de agosto de 2023

La independencia sabe a jabón



Tuvo que hacer varios mercados de cosas inútiles, colgarse en el pago de servicios, notar la inexistencia de papel higiénico, crema dental y jabón en el peor momento posible y demás primiparadas. Pero Mati ya pasó al siguiente nivel entre los que dejan la casa paterna e ingresan al gremio de los independientes. Sin embargo, en los rincones más inesperados, un enemigo silencioso acecha. No importa qué haga para enfrentarlo, el nivel de cuidado en las acciones que lo involucran, los operativos cuidadosos para erradicarlo o por lo menos controlarlo. No hay forma de salir invicto en la guerra... contra la crema lavaplatos.

Como toda guerra, tiene antecedentes. La historia de quien en el hogar materno jamás tuvo que lavar un plato y el predominio absoluto de comida callejera y domicilios con desechables en los primeros días de vida independiente. El choque presupuestal de la primera quincena donde, para bajar gastos, se comienza con algo sencillo, preparar el desayuno. La progresiva acumulación de platos, pocillos y ollas sucias en el lavaplatos hasta que, literalmente, no cabe un trasto más. La hora de la verdad: la hora de lavar loza.

Cuando esas cosas pasan nunca se tiene el equipo adecuado, así que Mati comienza el curso improvisando con un poco de detergente, o un jabón de manos, o un champú y algún trapo desechable graduado de esponja. El desastroso resultado (mugre que no desaparece, platos oliendo a peluquería) implica la primera lección. Existen artefactos y productos especializados para cada actividad. Entonces Mati lleva su ignorancia a algún hipermercado donde encuentra un kilómetro de estantería repleto de opciones entre cremas, líquidos, paños, esponjillas, dispensadores y, si busca más, hasta máquinas. En su calidad de consumidor preprogramado compra jabón de la marca que años de publicidad le grabaron en el subconsciente y, para efectos de aplicación, alguna esponja similar a la que recuerda de su casa de origen.

Con su nuevo equipo vuelve a casa dispuesto a descubrir cosas. Cosas como que la facilidad con la que en los comerciales remueven la mugre no tiene nada que ver con la realidad. No solo son necesarias varias pasadas, sino que hay que ir a la tienda a comprar esponjilla metálica para sacarle por lo menos un empate a ciertos residuos. Y solo tras varios días e intentos fallidos (previo consejo maternal y búsqueda en internet) Mati aprenderá eso de remojar previamente la sartén para poder despegar la grasa.

El verdadero enemigo, sin embargo, jamás será derrotado. Porque cada lavada con crema deja, en algún rincón del plato, al fondo de la olla o sartén, camuflado entre los dientes del tenedor o en cierto punto estratégico del vaso o pocillo “ese” traicionero residuo de jabón. De alguna manera se esconde al terminar el enjuague. Pero eso sí, invariablemente aparece después de que la pieza respectiva ya está seca, “lista” para guardarse. A veces, incluso, solo se hace notar a la hora de cocinar, servir o, comer. En algún momento —por ejemplo, después de servir el café—  el residuo aparece. Y real o psicológico, la bebida sabe a jabón, situación que se extiende a los huevos, el pan, el cereal, el queso, la fruta, y hasta al tamal recién desenvuelto de su capa protectora de hojas. 

El hombre no se rinde.  Del perezoso paso de la esponja por la pieza enjabonada evoluciona al cuidadoso restregar de toda la superficie. Más presión del chorro, más agua. Jabones líquidos —más caros— en vez de crema. Opciones que hacen más pobre a Mati. Hay que volver a la crema y al consumo racional de agua, con una cuidadosa, sistemática y casi quirúrgica remoción de los restos de jabón de cada cubierto, vaso, pocillo, plato, sartén, olla y demás implementos lavados, revisados cuidadosamente antes de poner a secar.

No importa. En algún momento el residuo de jabón -ya endurecido y encostrado- aparecerá.

El precio de la independencia sabe a jabón.

miércoles, 24 de mayo de 2023

Televentas, vida feliz a un ¡llame ya! de distancia


Mucho antes de Cristo crearon el dinero. En el Siglo XIX se inventaron el teléfono. En el Siglo XX llegó la televisión.  Y entonces aparecieron las televentas. Un sistema que por medio de la televisión motiva (persuade, ¿obliga?) al personal a llamar para entregar su dinero a cambio de diferentes productos o servicios que (aseguran) cambiarán su vida -la del personal- para siempre.

El personal somos usted y yo. Pero no se confíe. Nuestro dinero no está a salvo. Los que hacen esos programas -comerciales de media hora o más- tienen su mérito. Tal vez nunca hayamos llamado, pero quien diga que por lo menos no lo ha pensado, no le creo. 

La primera lección de una buena televenta es que alguna actividad rutinaria de toda la vida es un problema complicadísimo. Algo que debemos dejar de hacer ¡Ya!. O mejor, dejar de hacerlo con ese complicado y anticuado artefacto que –curiosamente- es el mismo que utiliza el 99 por ciento de la humanidad.

Entonces hay que dejar de peinarse con ese viejo y enredador peine, dejar de amarrarse los zapatos con esos antiprácticos cordones, dejar de cortar la fruta con ese antiestético y peligroso cuchillo y, al paso que vamos, algún día habrá que dejar de masticar con esos arcaicos dientes.

Una vez ilustrados sobre la enorme dificultad que nunca habíamos notado viene la buena noticia. Ellos tienen la solución. Un nuevo dispositivo que hará exactamente lo mismo. ¿Cual es la ventaja? Desaparecen LOS (así, en mayúscula) inconvenientes. ¿Cuáles?. Bienvenidos a la segunda parte del programa.

Un locutor (a) con voz de mamá regañona describe todo lo malo que puede pasar con la actividad de turno mientras los actores en pantallas escenifican los fracasos y hacen mala cara. No tiene nada que ver con que el actor se vea torpe o inepto. El culpable es “ese peligroso e incómodo artefacto”.

Ratificada la inutilidad del sistema vigente, se retoman las ventajas de la novedad. Ahí es cuando nos revelan ”el secreto”. Porque siempre hay un secreto. Puede contener un revolucionario descubrimiento, la resurrección de tecnologías olvidadas o años de trabajo en los laboratorios de un país lejano. Lo más importante de ”el secreto” es que incluya algún material, componente, sustancia o catalizador de nombre raro. O de nombre conocido pero normalmente utilizado para algo que no tenia nada que ver con el producto en venta hasta que ellos se dieron cuenta de “la gran ventaja que hace la diferencia”.

Siguen los testimonios que dan fe de la maravilla de turno. A veces el usuario habló en inglés, pero como acá somos latinos, le aplican el verbo doblar. Otras veces las entrevistas son producto nacional. Lo que es normal es el tono impostado y artificial del actor de doblaje, o el tono leído y libreteado del beneficiario local. El que no tiene problema es el tono de los presentadores, que no paran de elogiar la solución puesta a disposición del grupo de privilegiados que tuvieron la suerte de sintonizar el programa.

(Paréntesis. Alguna vez las televentas estaban limitadas a horarios de baja sintonía. Después se volvieron un indicador de crisis: si un canal estaba en las últimas, empezaba a programarlas, o mejor, a pautarlas (plata fácil) a toda hora. Hoy en día se cogieron confianza y lo que hacen es incluirlas en los cortes comerciales de la canales de cable, que, por cierto hay que pagar para ver)

El remate siempre es el mismo. ¡Llame YA! Pero ¡YA! (Televenta sin ¡YA! y ¡YA! y ¡YA! no es televenta) Sin entrar en detalles ni cifras enfatizan que los precios son excepcionales, una oferta especial “solo por hoy” (oferta que, por cierto, sigue vigente 6 meses después, cuando nos encontramos la misma televenta en otro o en el mismo canal)  Y el toque “inesperado”. “Solo por hoy (?) no le vamos a dar uno sino dos (o 3, o 4. o… ) unidades del producto a un precio único. ¡Llame YAAAA!

Ojala en la vida todo fuera tan fácil. Pero nada se pierde con intentarlo. Deje ya de perder su tiempo leyendo este blog sin aportar nada. Usted tiene el poder de opinar. ¡Comente ya!. Y aquí sí es gratis.

martes, 18 de abril de 2017

Rotos estrato 6

Como no tengo idea de cuánto vale un yin, hice lo que todos hacen cuando no tienen idea de algo y quieren posar de conocedores. Sí, busqué en la Internet. No mucho, alcancé a ver que hay unos que valen más de 300 mil pesos y otros que valen 45.

Le dejo a los expertos en mercadeo la profunda reflexión acerca de las diferencias de precios entre lo que a simple vista se ve como un pantalón azul en ambos casos. Claro que sí hay una diferencia y es que en algunos casos está roto. Deshilachado, con huecos, con tiras que le cuelgan, costuras que se ven, evidentes señales de uso.

Como es de esperarse y completamente lógico, el yin roto es de los más… caros. Y ese aspecto viejo, ajado y harapiento que dan los años viene de un proceso industrial cuyo resultado es un viejo recién envejecido. Vaya usted a saber cuál es la lógica de esto.

La última novedad es un pantalón que sí parece sacado del guardarropa de un reciclador que lo heredó de otro reciclador, con todo el respeto que me merecen quienes se dedican a esta noble profesión.

Aclaro que la referencia se debe a que el contacto constante con desperdicios genera un acelerado daño en las prendas de vestir. Es decir que se ven feos, desteñidos, rotos, gaminosos,

Referencia histórica. Gamín hoy en día evoca un tipo guache, malhablado y grosero. Hace unos años evocaba niños que además de las condiciones anteriores, vivían en la calle y se vestían con lo que podían, es decir harapos sucios, es decir pantalones como los que le dieron material a esta nota. Y tampoco eran de su talla. Porque me faltaba un requisito adicional de los gaminosos de última generación: que le queden grandes al usuario o usuaria de turno.

Ya suena bastante irracional que vendan prendas de vestir en esas condiciones, y suena mucho más irracional que haya gente que los compre. Y cuando uno cree que la estupidez humana llegó a su punto más alto entonces empieza a encontrar en la misma Internet instructivos (sí, en plural), escritos, con fotos paso a paso y en videos, sobre “cómo hacer tus propios bluyines rotos”.

Seré bruto, pero no entiendo cuál es el misterio de romper un bluyín, Cuando yo era niño rompí un montón, –y agréguele sacos, camisas, calzoncillos, camisetas y corbatas– sin ver ningún video o de conocer los 10 (sí, 10) pasos que anuncian en otro lado para obtener los pantalones de marras, que por cierto tienen un poco de nombres rebuscados los cuales, por respeto al idioma y pereza me abstengo de citar.

Algo no cuadra en un mundo donde es mucho lo elegante y lo fino deshilachar un pedazo de tela para mostrar pedazos de pierna –incluyendo versiones peludas, generalmente de caballeros– mientras que en determinados lugares o ambientes miran feo al que lleva un remiendo –ese sí legítimo tapahueco– o no lo dejan entrar basados exclusivamente en su forma de vestir.

Porque hemos llegado al extremo de estratificar los rotos. De ponerle clase social a los hilos deshilachados De volver fashion y trendy (palabras raras que creo significan moda) lo que hacen quienes no tienen opción. Pero sin meterle equidad al asunto. Quiero ver la discoteca, restaurante, gimnasio o bar de moda donde le den el mismo tratamiento a los pantalones rotos de una modelo y a los de un mendigo.

En alguna parte leí que hay dos cosas sin límíte, el Universo y la estupidez humana. Historias como esta de los yines me generan una duda ¿Será que el Universo tiene límites?