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miércoles, 27 de mayo de 2026

El nacimiento de una pasión

Tiene entre tres y cuatro años. Duerme. Empiezan los ruidos. Primero un rumor que, lentamente, crece en frecuencia e intensidad. Esa intensidad y la permanencia de los sonidos lo sacan, poco a poco, del mundo de los sueños.  Son voces.  Somnoliento, el pequeño se levanta de la cama en busca del origen del escándalo. 

El universo de Efra tiene varios habitantes permanentes. Él está todo el día con la señora grande a la que le dice mamá. Ella lo despierta. Lo baña. Lo viste. Le da de comer. Juega con él. Lo consuela cuando llora. A veces lo lleva donde otras señoras grandes y otros niños y niñas. O esas señoras y los niños van a su casa.

Por la tarde llegan los hermanos mayores. No son tan grandes como papá y mama. Se visten igual todos los días menos los sábados y domingos. Hablan con mamá de algo que se llama colegio. Ella le dice a Efra que en unos años él también irá.

Está el señor grande al que le dice papá. Ese que solo ve los fines de semana. A veces lo oye, de noche. Cuando están juntos le dice cosas que él no entiende. Lo alza y lo hace reír. Algunos fines de semana salen a pasear con la mamá y los hermanos mayores.

También hay tíos y tías. A Efra le gusta que vayan porque traen dulces y juguetes. Y porque llevan a los primos para jugar. Otra cosa que le gusta es ir donde los abuelos. La abuela es una señora con la cara arrugada. Siempre tiene cosas ricas para comer. El abuelo es un señor grande, pero no tanto como papá. Tiene la cabeza como un helado y muchos pelos en la cara. Habla poquito.

Los grandes nunca están todos juntos. Pero en la noche de los ruidos. Efra siguió la bulla hasta la sala del televisor. Ahí estaban. Todos con una camiseta del mismo color. Con banderas. Papá. Mamá. Hermanos, tíos, abuela, abuelo, primos. Hacían cosas raras.  Hablaban, pero no entre ellos, sino con el aparato de televisión. Más bien contra el aparato. Lo regañaban, lo insultaban, le rogaban. Se cogían la cabeza con las manos y vociferaban palabrotas que Efra nunca había escuchado. Había sillas pero se paraban a cada rato.  Uno de los hermanos se comía las uñas. El otro hermano se acurrucaba en un rincón del sofá con cara de susto. Los primos repetían un estribillo. Una tía parecía a punto de llorar.  

Efra no olvida lo que pasó entonces. Todos fijaron los ojos en el aparato, se levantaron. Pusieron cara de angustia, emitieron gritos ahogados. Decían cosas como dele, así, ese es, hágale, ahora, péguele. Hasta que las voces se integraron en una sola, con otra palabra que él jamás había oído. Gol.

No, no fue gol. Fue algo así como ¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOLLLLLLLLLLLLL!

Todos celebraron. A grito herido. Hubo abrazos. Saltos. Puños al aire. Metamorfosis de rostros preocupados a caras alegres. De repente Efra estaba en medio de la fiesta. Papá lo tenía alzado. Mamá lo besaba. Los tíos, tías, primos, hermanos, abuela, abuelo festejaban. Algo muy importante acababa de pasar. 

…Don Efraín ha visto muchos goles desde ese día. A favor y en contra. Jugó fútbol, lo siguió apasionadamente, coleccionó álbumes. Lo gozó, lo sufrió y ahora se prepara para ver otro mundial.

Pero nada supera los recuerdos borrosos e imágenes sueltas de esa noche. Sabe que fue un partido de la selección. ¿Amistoso?, ¿eliminatoria?, ¿campeonato? Ni idea. ¿Contra quién? Menos. ¿Importa? Para nada. 

Ese fue su primer gol de hincha. De tele hincha. Su primer éxtasis futbolístico. Así nacen las pasiones.

miércoles, 20 de agosto de 2025

Pequeño mundo, gran historia

Acaban de conocerse y ya son amigas de esas que pueden tener la más cercana de las relaciones o el más profundo de los rencores. Y en los siguientes minutos pasarán por toda la escala de amistad y enemistad incluyendo insultos, lágrimas, arrepentimiento, disculpas, remordimiento e interacciones donde cualquier cosa puede ocurrir, porque para los momentos mágicos la imaginación es el límite.

Todo pasa en el mismo lugar pero al mismo tiempo se desarrolla en un país lejano de aventuras, princesas y piratas, en una nave espacial, en un vehículo que recorre paisajes legendarios y en una casa maravillosa con sala, comedor, cocina, patio, habitaciones y baños.

Y ellas son hijas pero también son mamás. Son búhos pero también dinosaurios. Tienen un unicornio de mascota y poderes inconmensurables. Dominan el clima, escogen cuando hay sol y cuando hay lluvia. Construyen en segundos muebles, edificios, montañas, mares y llanuras. Acampan en medio de la selva, el desierto y el ártico, mientras ocupan sofisticados hogares con todos los servicios que existen y algunos que todavía no se han inventado.

Un momento son la dueña del castillo y al siguiente corren por parajes maravillosos en busca de tesoros imponderables. Se metamorfosean constantemente y la que hace un rato era la madre sabia ahora es el bebé necesitado de cariños y cuidados. La que fue dejada de lado e insultada retorna desde su rincón de ignominia como nueva protagonista de la historia. Esa que nunca finaliza porque siempre está comenzando.

Intercambian una interminable sucesión  de ofensas, piropos y argumentos. No queremos contigo, le dicen a la recién llegada. Yo voy a a hacerlo sola, responde aquella mientras escoge una ubicación donde al mismo tiempo se aísla pero queda lista para integrarse en caso de ser llamada. Lo que va a pasar porque en algún momento van a necesitar un piloto, una cazadora, una superheroína, más hijos, más invitadas a la fiesta que se armó en cuestión de segundos.

Y así como el conflicto aparece por las razones más insignificantes, desaparece en medio de tan inesperados como sucesivos actos de reconciliación. Una cara triste invita a pedir perdón. Un intercambio de sonrisas integra los bandos radicalmente separados por pocos minutos. La que estaba a punto de llorar ahora ahora ríe a carcajadas.

Llegaron acompañadas de sus respectivas mamás a una biblioteca pública para participar de alguna actividad programada y organizada por profesionales que no ha empezado, ya terminó, se canceló. No importa. Ellas escogieron, invadieron y se tomaron un espacio que convirtieron en su realidad del momento, en su escenario, en su tierra de aventuras, en su pequeño mundo gigante.

Los adultos que están en el sitio intentan seguir con lo suyo. Consultan sus teléfonos, trabajan en sus portátiles, hojean libros. Ponen cara seria sumergidos en su mundo. Mientras, a su alrededor, las sillas vacías pasan a ser las habitaciones de una casa gigante, los cojines se reubican para convertirse en puertas, la patineta de juguete es ahora el vehículo último modelo.

Así todo lo que está a la mano se integra a la jornada de ese grupo de niñas que vive como se vive a los cinco años, en un juego interminable donde no hay fronteras entre la realidad y la fantasía.

El testigo ocasional de vez en cuando levanta la mirada y sonríe. No interviene pero lo tiene claro. Aquí hay una amilcarada.

miércoles, 2 de julio de 2025

Misterios de la casa grande

A la hora de construir lugares de residencia, cada vez optimizan más el espacio. Eso traduce en acomodar uno encima de otro apartamentos “familiares” que ocupan áreas equivalentes a la que antes se dedicaba a los baños. Para equilibrar, lo que sí crece de forma inatajable es el precio. Eso es problema de economistas, arquitectos, sociólogos, banqueros, ingenieros y maestros de obra. 

Nuestro problema es de viejos, veteranos, usados, cuchos y demás. De quienes tuvimos la oportunidad de crecer en casa más o menos grande. Por lo menos, lo suficientemente grande para tener misterio (s) propio. Preguntas cuya respuesta aún ignoramos y que, incluso, se replican en tiempos modernos y hogares de dimensiones mínimas.  Van 20 de mi cosecha y, como estoy seguro de que hay muchas más, los invito a dejarlas en los comentarios.

   1. ¿Qué había en ese cajón, puerta, caja grande y hasta cuarto que nunca se abría y cuyo contenido era y sigue siendo absolutamente desconocido?

    2. ¿Qué fue en sus comienzos el trapo de la cocina, antes de convertirse en ese pedazo de tela multiusos, siempre húmedo con algún rezago visual de un pasado más digno?

    3. ¿Por qué sin importar lo moderna que fuera la cocina de gas y las veces que se renovara, siempre se seguía encendiendo con el mismo viejo mechero?

    4. ¿Por qué la casa tenía un comedor si siempre comíamos en la cocina?

    5. ¿Cuáles eran las emergencias que se supone deberían atenderse en el baño de emergencia?

    6. ¿Quién era San Alejo y por qué tenía un cuarto propio lleno de cosas inútiles o de adornos que solo se utilizaban en el fin de año?

    7. ¿De dónde salió esa bicicleta estática, caminadora u otro aparato para gimnasia que nadie utilizaba?

    8. ¿Cuál era el origen de esa extraño y oxidada estructura metálica que había en la terraza o en un rincón del patio?

    9. Y hablando de patios, ¿de dónde salió esa flor o vegetal que nadie sembró?

    10. Si existía más de una puerta de acceso. ¿cuál era el criterio para establecer cuál era la de uso permanente, la que solo se abría en ocasiones especiales y la que nunca se utilizaba?

    11. ¿Qué explicación tenía ese infaltable rincón a medio construir, a medio pintar, a medio resanar, a medio arreglar que nunca finiquitaron?

    12. ¿Qué justificaba el hecho de que, no importaba la disponibilidad de espacio, siempre había que guardar algo debajo de las camas?

    13. ¿Quién o quiénes eran los de esa vieja foto colgada en algún corredor que un día desapareció misteriosamente?

    14. ¿Porqué existía un mueble estilo vitrina lleno de utensilios útiles (vasos, platos, cubiertos, jarras) que permanecía bajo llave y cuyo contenido nunca se usaba?

    15.  ¿Cual era la historia de la mancha oculta detrás del cuadro con la foto de los abuelos?

    16. ¿Qué principio físico o acústico generaba la extraña filtración de sonidos de las casas vecinas, con la curiosa sensación de que la fuente del ruido estaba en la nuestra?

    17. ¿Si nacimos y crecimos ahí, por qué tanto miedo (no solo nuestro sino de los adultos) a quedarnos solos en esa casa por primera vez? 

    18.  ¿Porque los pasitos atribuidos a ratas y ratones se escuchaban encima de nosotros, si esos bichos no vuelan?

    19. ¿Por qué cuando la vida nos da la oportunidad de volver a la casa de la infancia después de mucho tiempo, la primera impresión siempre es que todo solía ser más grande?

    20. ¿Dónde terminó ese mueble, objeto, instrumento o similares que toda la familia recuerda, pero cuyo destino nadie conoce? 

miércoles, 9 de abril de 2025

Tensa calma familiar en tiempos pretéritos


Nota de la redacción. Eran otras épocas. La educación en el hogar funcionaba con herramientas diferentes. Las madres amaban a sus hijos, pero también ejercían la más implacable autoridad. En ese contexto transcurre la historia que retomamos a continuación (con algunos ajustes menores) escrita a finales del siglo pasado.

El niño —necio e inquieto como todos— comete alguna travesura. Rompe algo. Daña algún objeto o documento importante. Asalta la nevera antes de tiempo, descompletando los postres. Realiza alguna actividad de esas que están explícitamente prohibidas, aprovechando la falta de supervisión. O combina, irresponsablemente, todas o parte de las anteriores.

El niño —inmaduro pero no bobo— sabe lo que le espera. La madre de turno cree en la pedagogía... del chancletazo. Y en los beneficios educativos de una buena cantaleta. O del regaño en vivo y en directo. 

Pasado el gusto inicial de la chiquillada, la picardía abre paso al temor. Él sabe que ella lo sabe todo. Que de alguna manera se entera de la totalidad de los hechos que ocurren en la casa, con sus respectivos autores intelectuales y materiales. Y que a cada uno le llega, tarde o temprano, su merecido.

Ese día, el pequeño condenado se las ingenia para evadir la justicia maternal durante la tarde. Pero al fin llega el momento inevitable: la hora de la comida. La madre aparece en el comedor, se sienta, lo mira a los ojos y...

Nada. No ocurre nada.

Al niño —inteligente pero desubicado— le falta mucho por aprender. Ignora que a veces los adultos tienen preocupaciones que, por un día o dos, lo mandan a él a un segundo plano. Que a veces, por la cabeza de la madre rondan inquietudes lo suficientemente trascendentes para cancelar o por lo menos aplazar un regaño.

El solo sabe que donde debería haber cantaleta hay silencio. Y en su mente infantil las sensaciones evolucionan con rapidez. Del desconcierto inicial se pasa al regocijo. Del regocijo a la curiosidad. De la curiosidad a la expectativa. Y de la expectativa... al miedo.

Porque las citas con la justicia no se evaden. Se aplazan. Y si no fue ahí, será mañana. O pasado. O mientras ve televisión. O cuando se esté graduando de bachiller. O el día de su matrimonio.  

Esa es la razón por la cual, en los días subsiguientes, el pequeño vive en un ambiente de tensa calma. Esperando el regaño. Pendiente de la cantaleta. Presto a evadir el primer chancletazo.

Y nunca recuperará del todo la tranquilidad a menos que llegue ese momento maravilloso cuando un grito rasgue el aire con su nombre y la pregunta ¡Quien (espacio libre para colocar una descripción de la travesura)!

El orden natural de las cosas habrá vuelto.

miércoles, 27 de noviembre de 2024

Dilemas paternales del Siglo XXI


Ni Papá, ni Mamá, ni abuelos, ni tíos, ni ningún adulto en la familia estaban preparados para esto

Vamos por partes. Como la vida invirtió los roles tradicionales en la pareja, la mayor carga en labores de hogar le tocó a Papá, mientras que el aporte económico principal le correspondió a Mamá. Por eso el tipo se involucró más en las actividades extracurriculares de sus tres hijas. Desde muy niña Claudia, la menor, demostró habilidad para la danza, destreza que se canalizó a través de una academia especializada en bailes tradicionales. Ya con la adolescencia pidiendo pista, la pequeña se había convertido en una  intérprete destacada como parte de los espectáculos que montaba la escuela.

Ese año, en particular, decidieron jugársela con el reto mayor. No solo adaptaron esa obra musical de profesionales, sino que le agregaron nuevos números. Contrataron uno de los teatros más importantes de la ciudad. Mediante promoción por medios tradicionales y novedosos, lograron que la boletería trascendiera el tradicional consumo familiar para extenderse, con localidades agotadas, al público en general.

Entre las funciones de Papá estaba llevar y traer a Claudia a la academia. La espera a la hora del regreso incluía tiempos muertos que el hombre ocupaba viendo goles de su equipo favorito (equipos, dice la tarjeta) en una tablet especialmente adquirida para ese fin. El asunto es que cuando la niña subía al carro y emprendían el camino a casa, cogía la tablet y miraba los mismos videos que su padre.

Un día, ella hizo alguna pregunta relativa al equipo, o al partido, o a ambos. Si algo extrañaba papá de su vida de soltero eran las largas conversaciones con los amigos sobre temas futboleros, tópico al que eran totalmente indiferentes su esposa y sus otras dos hijas. Así que respondió como hincha apasionado. El tema conquistó a Claudia, y el trayecto se convirtió en tertulia de balompié padre-hija. La situación pronto se extendió a otros escenarios, como ver juntos los partidos en televisión y hasta idas ocasionales al estadio.

Así pasaron unos cuantos años y llegamos al momento actual, cuando Claudia está en vísperas de debutar en las grandes ligas del espectáculo musical. Un día cualquiera le pide a sus padres un regalo muy especial. 

La niña quiere guayos.

Allí es cuando Papá y Mamá entienden algunos indicadores, como la creciente suciedad de tierra y pasto en los tenis, el uniforme de educación física y el de diario, junto con el incremento en los raspones de piernas y rodillas durante las actividades escolares. Su hija no solo se destaca como bailarina y es hincha del fútbol, sino que practica este deporte y quiere formar parte del equipo de su colegio.

Mamá en principio no le ve problema pero Papá sabe que las patadas no siempre son para el balón, sino que ocasionalmente son para la jugadora (con intención o sin ella). Eso sin contar otros riesgos como luxaciones, caídas, torceduras y demás complicaciones médico atléticas involucradas en correr tras la pelota en un campo de cesped y tierra. Le preocupa que la incipiente carrera futbolística de su hija se estrelle con o incluso frustre su ya avanzada y destacada trayectoria de bailarina. Y la verdad, no sabe qué hacer.

Mamá tampoco, abuelas tampoco, abuelos tampoco, tíos tampoco, amigos tampoco. La sabiduría acumulada solamente suma ignorancia ante un dilema del siglo XXI que involucra una pregunta sencillamente inexistente en la experiencia vital de ese personal.

¿La niña puede ser bailarina y futbolista al mismo tiempo?

miércoles, 30 de octubre de 2024

Pero si apenas es un pinchazo

Prota le tiene terror a las inyecciones. Pero siendo un adulto cuasi mayor criado con eso de que los hombres deben ser machos, disimula cuando hay jeringas a punto de perforarlo. Mira para otro lado. Actúa (como el actor más consumado) con indiferencia. Hace chistes. Ahoga el grito en el momento del pinchazo. Al final acomoda la ropa y respira profundo con el fin de controlar la taquicardia y normalizar la presión arterial.

Prota es como Protagonista pero en corto, recurso lingüístico usado por comentaristas de cine y series en páginas web y redes sociales. El tipo no tiene nada que ver con ese mundo, pero el nombre pareció una buena forma de garantizar el anonimato del protagonista real. Ese que hoy es cobarde pero finge valor. No siempre fue así. De niño también era cobarde, aunque no hacía el más mínimo esfuerzo por ocultarlo. Cada intravenosa o intramuscular implicaba complicaciones, traumas, luchas… para los encargados de aplicarla. 

Es justo reconocer que las circunstancias eran malas tirando a peor. Prota sufrió alguna enfermedad infantil que demandó una tanda, bastante larga, de inyecciones. Ya no sabe si eran diarias, día por medio, semanales o quincenales. Pero más allá de su periodicidad, las recuerda como una tortura. No solo por los pinchazos, sino por todo el ritual. En esos tiempos no había jeringas desechables. Fabricadas en vidrio, se reutilizaban. Para esterilizarlas adecuadamente se hervían, junto con las agujas. Y no pregunten cómo, pero existía un olor a jeringa hirviendo que se extendía a lo largo y ancho de la casa. 

Cuando Prota lo sentía, comenzaba la película. Debajo de la cama, la mesa o la escalera; en el clóset; detrás de las persianas; en algún rincón del patio. La vieja casa abundaba en recovecos donde Prota intentó, escondido, esquivar su destino. Inevitablemente —aunque a veces les tomaba su tiempo— lo encontraban. Los buscadores aplicaban técnicas varias para el siguiente paso.  Las civilizadas incluían convencer con argumentos, palabras suaves o algún chantaje, generalmente dulce. Las tradicionales abarcaban arrastrar al sujeto de una oreja, del cabello o alzado hasta el cuarto habilitado para inyectología a domicilio.

Prota a veces llegaba relativamente tranquilo al chuzadero. Esto cambiaba radicalmente al comenzar la segunda parte del ritual. Las inyecciones venían en polvo. Debían disolverse en líquido justo antes de la aplicación. El niño lo veía todo. Esa jeringa enorme con agua destilada, la cual se inyectaba en un vial de vidrio a través de la tapa de caucho. El recipiente sacudiéndose hasta disolver el contenido. La misma jeringa, con otra aguja, llenándose a su capacidad tope con ese menjurje cuyo destino final iba a ser la humanidad del pequeño testigo. Si llevarlo a la habitación había sido complicado, mantenerlo ahí tras presenciar en vivo y en directo toda la preparación demandaba tremendo operativo.

La primera vez estaban solo mamá y el señor de la droguería (inyectología a domicilio, entre otros servicios). La segunda tocó reforzar con cualquier familiar disponible. A la tercera el inyectólogo llevaba ayudante. De la cuarta en adelante el vecino desocupado, el celador, el novio de la hermana mayor (interesado en ganar puntos con la suegra), la hermana mayor y cualquier otro pariente o amigo a la mano se unieron al equipo para atrapar, sujetar y tratar —infructuosamente— de calmar a Prota, durante pocos segundos —que a todos les parecían horas—, mientras aplicaban el medicamento.

El tratamiento surtió efecto y las inyecciones se cancelaron. Años después fueron necesarios más pinchazos por otras razones. El ya adolescente Prota cerraba los ojos, sudaba frío, temblaba pero se dejaba aplicar el respectivo remedio, o tomar la muestra de sangre. Con el pasó del tiempo perfeccionó el camuflaje de valor que oculta su cobardía inyectológica. También perfeccionó la sonrisa irónica que dibuja en su rostro cada vez que el torturador del momento pone cara de condescendencia y suelta la impajaritable frase: “Tranquilo, es solo un pinchazo y ya”. 

miércoles, 3 de abril de 2024

Higiene bucal y pedagogía tradicional


Nota de la redacción. Retomo (con algunos ajustes de forma) un texto escrito en el año 2000 que recordaba tiempos donde el verbo educar se conjugaba de una forma muy diferente a la que se aplica en la actualidad)  

Los que pasamos de determinada edad conocemos el sabor del jabón. Nuestra progenitora se encargó de promover un aseo concienzudo de dientes, boca, lengua y paladar con una pasta perfumada —en el mejor de los casos—  o una barra azul recién salida del lavadero.

El jabón no formaba parte de la dieta diaria. Estaba reservado para ocasiones especiales. Concretamente, para ese momento en el cual, inocentemente, repetíamos aquella palabra (o palabras) que le habíamos oído al tío, al abuelo, al amigo, al personal de servicio o reparaciones locativas o,  muchas veces, al papá o hasta a la mamá.

Hoy, cuando sin distinción de género hasta el ser más inmaculado suelta periódicamente adjetivos de grueso calibre (puede medir su propio vocabulario aquí)  sin que pase nada, suenan extrañas las historias de la primera expresión pública de una grosería.

Pero la verdad es que era un momento traumático. Los presentes hablaban animadamente, hasta que, con absoluta inocencia nuestras cuerdas vocales reproducían el sonido de lo que se escribe con inicial más puntos suspensivos o con una sucesión de signos incoherentes. Silencio total. En cámara lenta, todos dirigían los ojos hacia el pequeño bocón. En un principio este se sentía especialmente elogiado, pero el tono grave de las miradas cambiaba la sensación de orgullo por la de miedo.

Y a propósito de miedo, era buen momento para tenerlo. Porque la madre ponía cara de ejercicio legítimo de autoridad, y, si era en casa y se trataba de una mamá de reacción inmediata, un bofetón expresaba con claridad que esas cosas no se decían.

En otros casos, la acción de hecho cambiaba por una orden. Como solía ser hora de comida, alguien se quedaba sin postre y debía irse para el cuarto, con un “después hablamos”.

Cuando el pronunciamiento ocurría en casa ajena, había que agregarle la diplomacia. En efecto, pasado el impacto inicial, todos los presentes trataban de actuar como si nada... menos uno. La progenitora, que optaba por un discreto pellizco, o la frase más temida por cualquier niño travieso “espere a que lleguemos a la casa”.

Una vez allí, el proceso continuaba. Primero se indagaba cuidadosamente donde habíamos aprendido palabrotas. Curiosamente, cuando la evidencia señalaba que había sido durante algún momento de extroversión verbal de nuestro padre o de parientes consanguíneos por línea materna, la investigación precluía inmediatamente.

Y la sentencia... abra la boca y mastique jabón. Para que aprenda que esas cosas no se dicen. Y para que limpie esa jeta.

...digo, esa boca.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Desahogos gastronómicos de un viejo envidioso

Lo reconozco.  Soy envidioso y mezquino. No hay ninguna intención loable o positiva en lo que usted ha comenzado a leer. Me motivan sentimientos bajos, roñosos y sórdidos. No me quejo de mi infancia, pero cada día que pasa, me siento estafado. Y pienso que así como me tocó a mí, a ellos también debería tocarles.

Ellos son los niños de hoy. Ellos, los que deciden la actividad de fin de semana, escogen el restaurante, establecen el menú y a duras penas lo prueban antes de arrastrar a sus progenitores a cualquier actividad complementaria, elegida, como no, por ellos, los niños de hoy.

Nada que ver con mi generación, que no solo debía resignarse al dónde, cuándo y qué le servían en el plato, sino, lo más complicado, tenía que comérselo. En serio. Abstenerse implicaba graves riesgos que podían hacerse efectivos de inmediato (léase pellizco, bofetón y otras acciones pedagógicas) o la condena diferida…”espere a que lleguemos a la casa”.

Así que el sentido común recomendaba engullirse el manjar de turno. Inevitablemente incluía alguna delicia como poteca de ahuyama, brócoli o sopa de mano (véase párrafo siguiente). En casos excepcionales había algo adecuado para nuestra edad o gusto (pollo frito, papitas fritas, salchichas), generalmente combinado con remolacha o ensalada bañada en alguna vinagreta, de esas que impregnaban todo el plato con su sabor.

(Sopa de mano: Potaje de origen e ingredientes desconocidos y consistencia espesa, que genera la sensación de que en cualquier momento surgirá de su interior una mano con la firme intención de agarrarnos el cuello).

Cumplida la gesta contra la comida saludable, venía el momento de… esperar. Pararse de la mesa sin permiso y supervisión adulta no estaba en el libreto. Incontables fueron las horas perdidas para columpios, rodaderos, parques y demás espacios infantiles mientras los adultos hablaban de cosas “importantes” en medio de la sobremesa. Ellos decidían cuando levantarse y lo que venía después. A veces juegos, pero otras, muchas, simplemente para la casa. Y no haga mucho ruido que su papá necesita descansar.

Sí, de niños soñábamos con ese momento en que íbamos a ser los grandes. Íbamos a escoger el restaurante. Íbamos a comer lo que quisiéramos. Íbamos a definir lo que venía después.

La ventaja era que no había que preocuparse por la cuenta. Prerrogativa que se hizo notoria con el paso del tiempo, cuando crecimos, generamos ingresos y empezamos a conjugar el verbo pagar. En los comienzos, el salario no permitía darse demasiados gustos. Luego nos casamos, nos reprodujimos y ya sabemos lo que pasó. Por cuenta de los derechos del niño y el libre desarrollo de las personalidad los roles se invirtieron. Así que la autonomía gastronómica se aplazó hasta nueva orden. 

Pero como no hay plazo que no se cumpla, finalmente llegó ese día en que teníamos el tiempo, la autonomía y el dinero para comer en la calle lo que se nos diera la gana. Siempre y cuando coincidiera con las recomendaciones –o prohibiciones– del médico ese que nos restringió la grasa, los carbohidratos, los postres… etcétera.

Definitivamente, me siento estafado. 

jueves, 17 de noviembre de 2016

En defensa del arte universal

El mundo de las bellas artes nunca sabrá de la que se salvó. Cualquier admirador de la expresión estética, creativa o pictórica tiene mucho por agradecer.  Aunque la profe Cubillos, en principio, no estaba tan segura.

Ella era, a la vez, estudiante de arte en universidad pública y profesora de lo mismo en colegio privado. Sabía que era casi imposible que entre sus alumnos hubiera un Picasso, pero, y esto es importante, consideraba que todos tienen un mínimo de habilidad para el arte. Y todos son todos.

Al otro lado estaba Monroy. Buen tipo él. Aunque le perdimos la pista hace rato, actualmente es un exitoso empresario en el gremio del alquiler de maquinaria pesada o algo así. Se podía definir como estudiante promedio. Hábil para algunas materias, no tan hábil para otras y absolutamente negado en ciertos ámbitos.

Esto pasó en tiempos pedagógicos distintos a los presente, donde todo lo relacionado con el alumno debe incluir opiniones de padres, asesores, psicólogos, Ministerio de Educación y, a veces, profesores y estudiantes. En esas épocas la familia depositaba al niño en el colegio y lo retiraba graduado de bachiller. Los dos ámbitos (parientes y educadores) solo coincidían en la entrega bimestral de notas y la sesión solemne

Volvamos a Monroy y sus competencias. Específicamente a la del arte. Era único. Excepcional. Singular.  Nunca, en toda la historia, una sola persona había reunido tantas habilidades para hacer las cosas… mal. Planchas torcidas y asimétricas. Dibujos deformes. Pintaba una silla y parecía un extraño organismo unicelular. Distorsionaba todo, hasta lo que calcaba. No en un tono surrealista. Simplemente chueco. Y feo.

En lo que antes se llamaba primaria –1 a 5– y en los dos primeros años de bachillerato (6 y 7 en términos actuales), el hombre se benefició del realismo del sistema educativo. En cierta forma fue un pionero de la promoción automática. Lo pasaron porque era evidente que no daba más. Hasta cuando la materia de la discordia pasó de obligatoria a vocacional. El colegio respectivo abrió su pénsum en dos opciones; una para los creativos (dibujo) y otra con un oficio medio olvidado en la actualidad, pero muy útil en otros tiempos: taquigrafía, la técnica para escribir tan rápido como se habla.

La decisión lógica, normal, coherente e inteligente para Monroy era escoger taquigrafía. Pero como buen adolescente, en él escaseaban la inteligencia, la coherencia y la lógica. Es decir, lo que podía definirse como normal entre sus contemporáneos. Por eso, y por seguir al lado de su grupo de amigos, optó por la clase de arte con la profe Cubillos.

A ella le advirtieron que ese muchacho no tenía nada que hacer en su curso. Pero ella, que sí era coherente,  insistió en que todos pueden ser artistas. En cierta  forma, lo tomó como un reto. Y asignó un primer trabajo para desarrollar durante la clase.

El resultado lo dejamos a la imaginación del lector. Pero le contamos que a lo largo de la hora la profe transitó entre los pupitres, lanzando uno que otro consejo. A Monroy le hizo par sugerencias. Y seamos justos: él intentó ponerlas en práctica. Poco antes de que sonara la campana Cubillos pidió que le entregaran los trabajos. Cuando llegó el de Monroy le bastó una mirada para darse cuenta de que en nombre de cualquier criterio estético mínimo y de su obligación moral como artista tenía que hacer lo que hizo.

Miró la hoja, miró al autor y en tono de sugerencia ordenó: “Pásese a taquigrafía”.