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miércoles, 17 de abril de 2024

Ventanas seductoras

A Mirócletes no le gusta hablar de esto porque la única vez que hizo algún comentario, entre un grupo de amigos, le endosaron el apodo con el cual lo identificamos en esta nota. 

De la forma más inocente narró una anécdota. Trabajaba en tierra caliente y consiguió un apartaestudio en la azotea de un edificio construido piso a piso. Eso significó disponer de una terraza con cuarto, baño y cocina mientras los dueños acumulaban capital para hacer apartamento —o apartamentos— en ese quinto nivel, como lo habían hecho con otros tres (los propietarios habitaban el primero y arrendaban el resto).

El inmueble brindaba una vista de terrazas similares en todo el barrio, muchas de las cuales eran utilizadas para secar ropa. Un día en la mañana (solo uno), una vez (solo una), en una de las azoteas circundantes esa mujer salió, tomó una prenda del tendedero, se la puso y desapareció. 

La prenda en cuestión era una camiseta y la mujer vestía pantalón y brasier. Mirócletes contó que la situación había durado pocos segundos, que probablemente la dama ni siquiera había notado su presencia pero reconoció —y ese fue el error— que de ahí en adelante él pasó varios días saliendo a la misma hora.

Los amigos no desaprovecharon el papayazo y lo sabotearon durante todo el encuentro y los días subsiguientes. Lo llamaron voyerista, mirón, depravado de azotea, peeping tom, denominaciones que fueron opacadas por Mirócletes. El apodo pasó a ser su apelativo en ese círculo social e incluso trascendió a otros donde la anécdota de la azotea era ignorada.

Ahora, lo que el hombre nunca comentó públicamente es que después de la visión en techo ajeno, le quedó la costumbre de mirar hacia las ventanas vecinas. Nada obsesivo, nada exagerado. No se trataba de una conducta permanente, ni mucho menos apoyada en algún artefacto tecnológico. Simplemente, cada vez que cambiaba de residencia —muy a menudo por circunstancias personales y laborales— dedicaba tiempo a lo que tenía al frente de sus ventanas. Hasta que se aburría, lo cual solía pasar después de la primera mirada.

Si la motivación inconsciente era obtener una visión similar al vestier al aire libre, hay que decir que no le fue mal sino peor. Vio familias recibiendo visita o despachando algunas de las comidas diarias en la mesa, ancianos de baja movilidad ojeando el mundo detrás del vidrio, perros curioseando, gatos haciendo equilibrio, personas tecleando en plan de teletrabajo, recreación o estudio, alguna o algún caminante que llegaba a la ventana y se alejaba mientras conversaba por celular, damas o caballeros lavando loza o cocinando. Todos, sin excepción, completamente vestidos.

Y por supuesto, tampoco informó a nadie sobre esa imagen que enterró su faceta de fisgón, le recordó el saludable hábito de respetar la intimidad ajena y eliminó la validez del apodo de Mirócletes.  Era un apartamento situado justo frente al suyo, a un nivel más alto. De noche, el observador había detectado una presencia femenina, aunque también había un caballero, por lo que presumía eran pareja. Siempre tenían cerradas las cortinas de velo, lo que impedía verlos con claridad. 

Un día cualquiera notó que colocaban aquel gran sillón justo frente a la ventana y abrían el cortinaje, como quien crea un espacio para sentarse a tomar el sol, que bañaba generosamente ese punto cuando rondaba el mediodía. Ahí se sentó la mujer, comenzó a desabrocharse la blusa y...

Alguien, no alcanzó a darse cuenta si era hombre o mujer, le ayudó con el bebé quien, debidamente acomodado, inició su consumo de leche materna acompañado por el clima mañanero.

jueves, 9 de febrero de 2017

Punto de información

El amigo Alfonso está condenado al movimiento. Y en lo posible irregular. Es decir en zig zag, como quien evade obstáculos o, en su caso particular, individuos. E individuas. Sujetos y sujetas, porque si permanece quieto por más de cinco segundos en cualquier lugar, o camina más de 50 metros en línea recta alguien le va a preguntar.

 ¿Preguntar qué? Indicaciones geográficas. Por razones que escapan a la comprensión del individuo, el mundo parece convencido de que él lo sabe todo, por los menos en materia de direcciones. Y de rutas. Y de ubicaciones específicas dentro de edificaciones varias con acceso libre al público. 

Entonces cuando permanece quieto en una estación de buses o de trenes o de aviones será constantemente interrogado sobre horarios, rutas, salidas, entradas, llegadas y servicios. Así su indumentaria en nada se parezca a la de un piloto, vigilante, conductor o despachador. Ni mucho menos –por razones absolutamente obvias– a la de una azafata o informadora. Por eso ya descartó la primera posible explicación: la ropa no es.

 Tampoco la cara. Su rostro no es el de un funcionario al servicio de una empresa de transporte encargado de la orientación al público, que pese a recibir apenas un salario mínimo asume con generosidad, pasión y entusiasmo su valiosa labor. Mejor dicho, cara de pobre no tiene. Tampoco de buena persona. Es más, en determinados contextos la gente le guarda cierta distancia. A menos, por supuesto, que requieran alguna información.

 El hombre porta una pinta de cachaco incuestionable. Su piel es blanca como la leche y cada pigmento grita su origen paramuno, pero en tierra cliente, –léase costas, rivera de río o piso térmico bajo– es constantemente interceptado por personas interesadas en ubicaciones de hoteles, sitios turísticos, restaurantes, balnearios, piscinas o en la forma más rápida y económica de llegar al mar. Ese mar que el aún no ha tenido la oportunidad de visitar.

 Le ha pasado tantas veces, en tantos escenarios, que ya ni siquiera se extraña. Mucho menos cuando muy educadamente confiesa su ignorancia sobre el dato consultado. Lo que ocurre entonces es que su interlocutor, en vez de dar las gracias e irse, se queda esperando. ¿Esperando que? Alfonso no tiene idea. Es como si el interrogador se negara a aceptar que el hombre no sabe la respuesta, y que algún extraño milagro o fuerza de la naturaleza lo llenará de sabiduría para absolverle sus dudas. Lo cual, por supuesto, nunca pasa.

 Al hombre le da hasta pena desilusionar tanta gente a diario, así que siempre intenta, por lo menos, orientarlos hacia alguien que sí pueda satisfacer los requerimientos. Lo curioso es que cuando se pasan al policía, al vigilante o al orientador, inevitablemente lo señalan en la distancia diciendo –Alfonso imagina– “él me mando a hablar con usted”. O algo así.

 A estas alturas Alfonso ya reconoció que ese es el punto. O mejor, que él es el punto. El punto de información.

martes, 24 de enero de 2017

Las mil muertes del inmigrante

Si se trata de volumen, Bert Peg es un triunfador indiscutible. El año pasado actuó en 20 películas. Cierto que la mayoría jamás verá una sala de cine. No. Se distribuirán a través de video casero, yutub, o en horario infame de algún canal desconocido. Tampoco tienen la más mínima oportunidad de competir por algún premio. Es lo que llaman serie B. O algo peor. Pero siguen siendo películas.

Bert, por supuesto, no es su nombre real, sino el artístico. Cuando dejó Colombia en busca del sueño americano, era Roberto Pérez González. No vamos a entrar en detalles sobre las múltiples maromas laborales que debió hacer antes de lograr una oportunidad en pantalla. Solo diremos que por recomendación o iniciativa propia –la verdad ya no se acuerda– adaptó su denominación criolla una versión más vendedora, combinando un diminutivo de su nombre y  un acrónimo hecho con sus apellidos. Así nació Bert Peg.

Si lo buscan en los créditos de películas de acción, terror, misterio, policiales, guerras, desastres y una que otra histórica suele aparecer. Sus personajes nunca tienen nombre, sino una profesión y número. Fíjense cuando mencionan al policía uno, el vigilante 2, el guardaespaldas 3, el pandillero 4, el guardia 5,  el soldado 6. La especialidad interpretativa de Bert es una breve presencia en pantalla… hasta que alguien lo mata.

Lo contratan para personificar al guardia de seguridad que será asesinado por los delincuentes cinco minutos después de iniciada la película. Al soldado que morirá en batalla mientras el héroe se luce. Al guardaespaldas de mafioso que será el primero en caer ante la furia vengadora del héroe. Al policía que será arrasado junto con todos sus colegas en el primer ataque extraterrestre. A ese miembro de un comando élite que fracasará estrepitosamente en su intento de detener las artes del hechicero malvado

Sus líneas –es solo un decir, hablar, lo que se dice hablar, casi nunca– suelen ser una aparición fugaz hasta que el protagonista o antagonista lo degolla, le dispara con silenciador, lo golpea, lo empuja de un décimo piso, lo electrocuta, lo atropella, lo desintegra o lo ahorca.  Otras veces su aporte consiste en correr hacia alguna fuerza poderosa o huir de alguna fuerza poderosa que, inevitablemente, lo aplastará con todo su poder.

Muy de vez en cuando le dan alguna línea real.  Decir “todo está bien”, segundos antes de que lo pasen al papayo. Responder mediante algún sistema de intercomunicación que sí cuando lo mandan a mirar, mirada que será la última de su vida, o mejor, de la de su personaje.  Cuando encarna alguna autoridad su guión suelen ser requerimientos como “alto”, “su licencia por favor” o “algún problema”. La inocente petición inevitablemente será respondida con balas, golpes, lanzallamas, bombas atómicas o, en versiones más sofisticadas, armas futuristas, magia asesina o algo que cae del cielo y lo aplasta, surge de las profundidades y lo devora.  O no se ve pero se convierte en todo un reto para Bert, quien debe interpretar el ataque letal de algún monstruo invisible.

Eso cuando su muerte se ve en pantalla, porque hay ocasiones en las que a la hora de editar suprimen la escena y la aparición de Bert en el filme se limita a una fugaz visión de un cuerpo en el suelo, más o menos ensangrentado, más o menos descuartizado de acuerdo con las habilidades del exterminador de turno.

Para Bert aplica literalmente eso de que cada día es morir un poco. Pero qué importa, trabajo es trabajo. Así sea morir en pantalla.

jueves, 29 de octubre de 2015

Cacarear 2.0


Hace miles de años, por razones que les dejo a los zoólogos y demás profesionales que sí saben de eso, algún antepasado del Gallus Gallus Domesticus, (hembra ella, para más señas) creó la Internet 2.0

No, no había redes sociales. No, no existía la WWW. No, no había radio, no había televisión, ni siquiera periódicos, Y la protagonista, por razones obvias, no era que tuviera muchos medios de expresión. Pero lo que hizo abrió el camino para lo que hoy en día se replica a través de millones de dispositivos entre computadores, tablets, teléfonos, televisores inteligentes, relojes y gafas. Cacarear

De ese histórico acto, cuya autora primigenia ha sido olvidada por la historia, queda un dicho popular que resume el estilo de vida del mundo moderno “lo importante no es poner huevos, sino cacarearlos”.

Los usuarios de la tecnología de información y comunicaciones no ponen huevos –creo– pero trabajan, se reúnen con amigos, recorren el mundo y recorren el barrio. Tienen hijos que nacen, crecen, cumplen años, hacen la primera comunión, desarrollan talentos, se gradúan como 20 veces y hacen monerías. Y siguiendo el ejemplo de nuestra gallina sus padres cacarean constantemente cada uno de estos momentos.

No es necesario aletear los brazos al ritmo del cocorocó. Miles de millones –un jurgo, mejor dicho- de textos, mensajes, fotos y videos en las plataformas le cuentan al mundo sobre rutinas, logros o gustos propios o familiares. Ahora, una cosa es contarle al mundo, y otra que el mundo haga caso. Lo que en un principio era divulgación de logros ha ido evolucionando a una competencia por acumular comentarios, “me gusta”, retuiteos, visitas, caritas felices o pulgares arriba. La meta es una sola: ser virales.

Eso de ser viral era como maluco hace años. Viral viene de virus, que suena a enfermedad contagiosa y epidemia. Pero ahora el sueño de cualquier usuario de redes sociales es competirle a los microbios. Que su mensaje, su foto, su video, se riegue por el mundo como la peste. Tener sus 15 minutos de fama (u 11, que es el promedio de un trending Topic en twitter (dato sacado de aquí, gracias Mario)

Ahora, hay gallinas que ponen y cacarean pero se dedican a otras cosas, mientras que otras necesitan que su ovíparo acto se difunda lo más posible para poder subsistir.  Aceptemos que este comportamiento es comprensible y necesario para quienes viven de un público como vendedores, polìticos, cantantes, actores y modelos. Pero en otro tipo de expresiones artísticas y laborales se supone que el huevo se defendía solo.

Ya no. Los escritores, directores de cine, escultores, pintores, teatreros, periodistas, fotógrafos, blogueros, médicos, investigadores, políticos, ingenieros, arquitectos y demás subespecies están obligados a armar tremenda bulla cada vez que producen algo y si la bulla incluye algún ingrediente escandaloso, preferiblemente sexual –un beso entre colegialas, bastante gente sexy medio empelota o una mujer desnuda sobre una bola de demolición– mucho mejor

Curioso mundo este donde todo el mundo quiere ser gallina.

Si no cacareas, no existes. 

jueves, 3 de septiembre de 2015

Encuentro con el ídolo


Desde ese día en que lo (o la) viste por primera vez en una pantalla, una revista o un escenario lejano se convirtió en tu ideal. Por eso fueron años coleccionando sus imágenes, pendiente de cada uno de sus movimientos. Atesorando en forma obsesiva todo lo que se relacionaba con él (ella). Cada entrevista, cada nuevo disco, cada recorte, cada producto que comercializaba su imagen o nombre.

Tenías tu cuarto empapelado con sus afiches. Tenías sueños románticos y hasta eróticos evocando su figura. Alguna vez lograste un autógrafo burlando todos los controles de seguridad. Era tu ídolo. Era tu estrella inalcanzable.

Pero claro, vas creciendo. Y el amor platónico da paso a los amores reales. Y quien fuera tu ídolo de juventud o adolescencia se convierte en una caja de cosas inútiles, destinada al cuarto de San Alejo, o a algún evento de caridad.

Y todo sería un hermoso recuerdo si no fuera porque la vida te la hace. Un día, por razón de tu profesión, de algún amigo común o de una desgraciada coincidencia lo conoces, o la conoces. Y entonces los vuelos de juventud se convierten en aterrizaje forzoso.

Lo primero que descubres es que él (o ella) es siempre más de lo que te imaginabas. Más flaco, más gordo, más arrugado, más peludo, más grosero, más bajito, más pálido y, sobre todo, más viejo.

Pero lo que te llega al fondo del corazón no es su aspecto físico, sino su humanidad. Es decir, cuando te das cuenta de que él (o ella) sí es un ser humano. Un ser humano que va al baño, que se molesta y trata mal a cualquiera que esté por ahí cerca (como el antiguo admirador que acaba de conocer), o que está preocupado por cosas tan prosaicas como el arriendo, la cuota del apartamento o la caída del cabello.

Ahora, no necesariamente es antipático, De hecho, puede ser un buen conversador. Así que tú evocarás, en un momento determinado, ese instante mágico cuando, burlando los controles de seguridad, lograste acercarte a él y obtener ese autógrafo que fue, por muchos años, tu más preciada posesión.

Y cometerás el fatal error de preguntarle ”¿Tú te acuerdas?

Y cuando el (o ella) carraspee, mire hacia el cielo y finalmente responda, “la verdad no, a mí esas cosas me pasaban todo el tiempo”, entenderás una cosa.

No es bueno volver realidad las fantasías.

jueves, 18 de junio de 2015

Profesión, saboteador de fotos


Emilio tiene 45 años, es ingeniero con maestría y candidato a doctorado. Desde pequeño se interesó por las ciencias exactas, la matemática, y la investigación. Su experiencia profesional incluye empresas privadas y públicas en Colombia y el extranjero. Hoy es un consultor independiente altamente cotizado. Sin embargo, su currículum vitae no incluye la más notoria de sus habilidades, ratificada casi a diario en múltiples escenarios. Nadie como él para tirarse las fotos de grupo.

En tiempos donde cada reunión de dos o más está condenada a su ración de selfie, instagram, facebook y twitter,  tipos como Emilio posan varias veces al día para la posteridad en ambientes sociales, académicos e industriales. Pero él es el tipo que, exactamente durante la fracción de segundo en que se activa el disparador, está mal sentado, mal parado, mal ubicado, distraído... o en alguna de las siguientes acciones.

- Cierra los ojos.

- Entrecierra los ojos cual borracho en grado tres o superior.

- Mira para otro lado cuando la foto es posada.

- Mira la cámara cuando la foto es espontánea.

- Chatea en una reunión donde todos los demás atienden juiciosamente.

-  Tiene ese botón suelto, esa cremallera desubicada, ese cuello medio torcido, esa corbata mal anudada que contrasta con la elegancia de todos los demás.

- En casos extremos, no solo carece de elegancia, sino que revela intimidades como el color de los pantaloncillos o la reciente depilación de pecho.

- Pasa justo cuando están tomado una foto con la que él no tiene nada que ver  y de alguna forma queda como centro de la misma.

- En escenarios donde todo el mundo debe callar, aparece conversando animadamente.

- En grupos de trabajo donde todos deben intervenir, se le ve callado y ausente.

- Las manos tienden a estar agarrando la escasa cabellera que sobrevive en la parte de atrás, brillando la tremenda frente que ha ido creciendo con los años o en zonas de esas que sirven para sentarse, reproducirse y –como se ve en la foto- rascarse.

- No importa lo festivo o alegre del evento, pone cara de bravo

- No importa lo solemne o triste de la ocasión (incluye funerales), sale sonriendo o riendo.

- No importa nada, él siempre tuerce la boca, (o la jeta, como gráficamente lo describen sus amigos).


miércoles, 21 de septiembre de 2011

Desventuras de una promotora con aspiraciones

Comenzó con la televisión. Con esas mujeres –mujeres no, niñas– de largas piernas, siluetas perfectas y rostros angelicales. Esas que iban a los mejores sitios. Esas que tenían dinero, salían en revistas, y pasaban cada instante de su existencia en medio de todo lo que tenía de bueno la vida: la fortuna, el éxito, y, sobre todo, la fama.

Cada fiesta, cada inauguración, cada desfile, cada evento social, cada concierto, contaba con su presencia. Siempre sonrientes, a la última moda, siempre protagonistas. Por eso, cuando en el cerebro de la pequeña Lorena las imágenes predominantes dejaron de ser mamá y comida, supo con absoluta certeza que ese era su destino.

El entorno ayudó. Un coro de padres, tías, vecinas y amigas familiares que elogiaban constantemente su precoz belleza. Unas primas y hermanas mayores que la instruyeron en rituales para reemplazar, a punta de creatividad, la belleza fabricada por asesores de imágenes, entrenadores personales, preparadores de reinas, diseñadores internacionales y peluqueros de cita previa.

Ella aguantó hambre en estado preanoréxico, se bronceó con agua en el parque, planchó su cabello haciendo contorsiones sobre la mesa de planchar. Aprendió a cubrir sus facciones con el color adecuado según la ocasión, combinando productos de tienda y preparaciones hogareñas. A falta de gimnasio existían Internet y las amigas para conocer y aplicar rutinas de las famosas. Y con una voluntad digna de mejor causa se acercó al mítico 90 60 90, rematado en un rostro angelical hasta que la edad y la evolución física sumaron méritos para subirse al bus de la fama.

El problema era que se trataba de un vehículo escaso de puertas, y la gran mayoría estaban cerradas para ella. Por estrato y recursos solo podía aspirar a ser la reina del bazar del barrio, de hecho lo había sido en tres ocasiones. Ocasión apta para cometer algún pecadillo por cuenta de una ración gratis de lechona, pero nada más.

Pasó por las academias de modelaje conocidas, de visita, porque los precios sencillamente no estaban a su alcance. Intentó algunos castings de eternas filas frente a jurados famosos, pero ni siquiera tuvo el dudoso placer de ver su fracaso televisado. Fiel seguidora de las narco-telenovelas, descartó de plano ser juguete de mafioso (algo que, por cierto, nunca nadie le propuso). Pero si fue un "Don" el que le planteó una opción. Don Genaro, el dueño de la tienda, a quien un proveedor de jabones le había pedido el favor de averiguar por unas niñas del barrio para que le sirvieran de promotoras.

A estas alturas el problema también era de plata, porque en su camino hacia la doble FF de fama y fortuna la E de estudio se había quedado en 11 y la T de trabajo nada que aparecía. Así que Lorena ingresó al gremio de las promotoras en punto de venta. Primero fueron jabones, luego galletas, quesos, productos de belleza, cremas dentales, salchichas, helados, aceites, café, productos light y hasta frutas enlatadas.

El trabajo era relativamente sencillo. Estar ahí, sonreír, a veces destacar las cualidades de su producto frente a la competencia. Fue allí donde supo de la convocatoria para algo que encarnaba todo lo que había soñado desde niña. Ser la imagen de una conocida marca de cerveza.

Ellas, las Nenas Cóndor, sí estaban a las puertas del cielo. Su paso por el grupo implicaba un año de televisión, viajes, presencia en lugares importantes, Después venían los contratos de modelaje, la presentación de programas, los reinados, la fama más allá de las fronteras. Eran el grupo élite, y como tal, a él solo se llegaba tras un estricto filtro.

Como el general que se anticipa a la batalla, Lorena preparó desde la madrugada su estrategia, su táctica y su arsenal. Cabello acondicionado, maquillaje adecuado, hidratación precisa, depilación masoquista, uñas artísticas y guardarropa rigurosamente escogido, prenda por prenda, para destacar sin pasarse al gremio de las mostronas. Evitó meticulosamente cualquier exposición a elementos, alimentos, sustancias, circunstancias o compañías que pudieran afectar su imagen. Incluso leyó lo que pudo sobre la empresa productora, la historia y, lo más importante, el mercado de la cerveza.

Ya en las pruebas coqueteó sutil pero eficientemente mientras fue productivo, mintió si lo vio necesario y fue descaradamente honesta cuando eso le generó punto. Finalmente logró… no un cupo entre las Nenas Cóndor, pero si uno en lo que podía denominarse las divisiones inferiores, es decir de promotora de la misma marca

Esa era una buena noticia, porque decían las historias que muchas Nenas Condor habían pasado por ahí, a manera de curso previo. Y además implicaba estar en sitios de moda, en lugares donde la gente bella se tomaba una cerveza. En los carnavales, en los festivales, en las ferias, en los conciertos, en las grandes fiestas del país.

Tras un entrenamiento y la dotación del respectivo uniforme que le encajó como guante, resaltando sus bien cuidadas curvas, finalmente llegó el día en el cual le informaron cual sería su campo de trabajo.

Lorena no sabia si ponerse a llorar, maldecir, insultar al jefe de ventas o simplemente renunciar. No hizo nada de eso, porque necesitaba la plata, pero entendió que ese mundo maravilloso de allá afuera no era para ella.

No podía ser para la encargada de promocionar la cerveza Cóndor en la plaza de mercado del barrio más popular de su ciudad.