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miércoles, 4 de febrero de 2026

Gente con ideas

Parece algo sencillo. Reunión de antiguos compañeros. Uno de ellos es socio de una distribuidora de licores, lo que garantiza la parte etílica del asunto. Otro ha incursionado con éxito en el negocio de la pizza. Ofrece un menú con opciones. Están reunidos. En cinco minutos definen la fecha. Solo falta el sitio.

Prudencio no dice nada. Solo piensa: Aquí vamos.

La que llamaremos Sensata hace sugerencias. Para no complicarle la vida a nadie, propone descartar residencias familiares. Una rápida lluvia de ideas incluye salones comunales, terrazas, centros de eventos y similares. Sensata recomienda buscar un lugar equidistante que facilite el desplazamiento de todos. 

Interviene Disonante. No le gusta la pizza, pero se acomoda a lo que decida el grupo. Ahorrador entra en la conversación. Afirma que las ideas de posibles locaciones parecen buenas, pero él conoce un salón barato y bien situado. Es el ideal.

Alguien pregunta exactamente dónde queda y cuanto vale. Ahorrador pide tiempo para confirmar unos datos. Entretanto Anacrónico, otro contertulio, sugiere un minicentro de eventos que está muy cerca de donde ellos se encuentran. Los invita a conocerlo. El grupo se moviliza hasta encontrar una tienda de esas que no pueden ver un local desocupado porque lo adquieren de inmediato. Aquí era, reconoce Anacrónico.

Interviene Disonante. La fecha le parece un poco complicada, pero se acomoda a lo que decida el grupo. Entretanto, Ahorrador hace llamadas y mensajea furiosamente desde su teléfono. Pide la palabra Voluntario. Se ofrece a buscar opciones para una posible locación. Los amigos se separan, acordando previamente un nuevo encuentro para ajustar detalles.

Días después, las caras en pantalla reemplazan la interacción presencial. Voluntario toma la palabra y muestra una lista de lugares potenciales. Todos ubicados fuera de la ciudad, en puntos lejanos y de difícil acceso. Le agradecen su esfuerzo, reconocen la buena intención, pero con toda la diplomacia del caso le informan (de nuevo) que eso no es lo que están buscando.

Ahorrador pide paciencia. Su contacto aún no le confirma si le puede dar o no el precio especial. Anacrónico recuerda un pequeño hotel con salones para reuniones de trabajo o sociales. La idea le suena al grupo hasta que alguien lo busca en internet, donde descubre que el antiguo alojamiento fue demolido y ahora es un parqueadero. Interviene Disonante. Él no toma trago, pero se acomoda a lo que decida el grupo.

Ahorrador acepta que posiblemente el lugar en el que pensó inicialmente no esté disponible, pero asegura poder conseguir otro, ese sí una verdadera ganga. Anacrónico evoca un restaurante donde solían almorzar en otros tiempos cuyo dueño alquilaba el espacio. Un contertulio adicional recuerda que, precisamente, ese propietario falleció unos años antes y el respectivo negocio lleva mucho tiempo cerrado.

El silencio a múltiples voces se rompe con una propuesta. Es el punto de partida para la discusión. Muchos hablan, nadie escucha. Disonante rechaza todas las ideas,  pero se acomoda a lo que decida el grupo

Solo Prudencio permanece en silencio. Recuerda otras historias con Ahorrador y sus descuentos inexistentes, Anacrónico y sus lugares desaparecidos, Voluntario y sus bien intencionados pero inútiles aportes,  Disonante y su inconformidad crónica. Genio y figura, hasta la sepultura. Así es la gente con ideas.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Y así nos conocimos

—¿Seguro que no hay problema?

—Fresco, yo pregunté y me dijeron que podía traer un amigo.

—Oiga... ¿y no toca llevar regalo?

—Mi papá ya lo mandó.

Ni siquiera sabía lo que había regalado. Ni siquiera conocía a la homenajeada. Solo sabía que tenía que ir a la fiesta de Don Federico. Así se lo había ordenado su papá. —Mijo, esta es la hija de un amigo que cumple 15 años. Yo no puedo ir, así que lo nombro delegado de la familia.

—Pero papá, yo que voy a hacer ahí si no conozco a nadie. 

—Pues lleve a un amigo. Y no se olvide de saludar a Don Federico y a Sandrita.

—¿A quién?

—A Sandrita, la quinceañera.

El portero los miró con cara de ustedes qué, pero al ver la invitación los invitó a pasar. Una patada en las espinillas de El Bárbaro puso a Carlos en estado de alerta. —Salude compañero.

Tocaba. La madre y el padre se habían ubicado en la puerta del salón, sintiéndose algo parecido a los reyes de Inglaterra. Así que emboscado por el protocolo, Carlos contraatacó.

—Don Federico, soy el hijo de don Vicente. Mi papá le manda a decir que le da mucha pena, pero no pudo venir. Que de todas formas espera que le haya gustado el regalo a... su hija. 

—Carlitos, que bueno que haya venido. Siga y diviértase.

—Traje un amigo.

—Claro muchachos, sigan.

Superado el muro de contención, los dos amigos buscaron un rincón estratégico, se armaron de sendas bebidas y fueron haciendo inventario del personal femenino disponible para buscar pareja de baile.

Sin embargo, nadie bailaba. Era de esas fiestas de quince donde la homenajeada hace una entrada medio cinematográfica para abrir oficialmente la reunión. Así que apagaron las luces, comenzó a sonar el Danubio Azul y, rodeada de cuatro adolescentes disfrazados de gitanos, apareció ella.

—Oiga Carlos.

—Después Bárbaro, no ve que estoy mirando.

—Yo conozco a esa vieja.

Carlos miró al Bárbaro con cara de a este que le pasa.

—¿Seguro?

—Claro, yo la he visto por mi casa.

—Listo, entonces usted baila el vals

—Está loco papá.

El combo de amigos tenía problemas particulares con Strauss. Eran descoordinados, torpes y nerviosos. Ninguno se sabía los pasos pero habían hecho un convenio. Cada vez que fueran de 15, por lo menos uno debía hacer el oso. Y El Bárbaro acababa de dar papaya. 

—Le figuró hermano.

—Nada, hagamos una rifa.

—Le figuró hermano.

El Bárbaro no estaba lo suficientemente alerta. Por eso no cayó en cuenta, mientras discutía con su amigo, que este lo iba acercando al círculo donde la homenajeada bailaba unos cuantos acordes, y luego cambiaba de pareja, de acuerdo con la tradición, con el Danubio Azul de fondo.

Su perdición fue en el momento en que vio a la quinceañera en todo su esplendor. De verdad era linda. Tanto, que olvidó momentáneamente a su amigo. La siguió con su mirada mientras ella atravesaba la pista al ritmo de Strauss. Casi se le va encima cuando el empujón de Carlos lo puso en medio del salón. Se iba a voltear a arrearle la madre, pero los hechos ocurrieron tan rápido que no pudo reaccionar.

—Su pareja, joven.

—Uuuuu.

Durante una eternidad de pocos segundos ni Sandra ni El Bárbaro supieron qué hacer, hasta que él la tomó por el talle y formuló la pregunta obvia.

—¿Bailamos?

Estaban en medio de un salón de fiestas, con música de baile blanco vienés sonando en el fondo y 500 invitados pendientes de ellos. Y, sin embargo, se aislaron momentáneamente del mundo. Como un príncipe prusiano y una dama de la alta sociedad austríaca empezaron a volar por el lugar, mirándose fijamente a los ojos hasta que una tercera persona interrumpió con un...

—¿Me permite joven?

—No... digo... claro.

Los vio alejarse paralizado desde la mitad de la pista, con la más envidiable de las caras de bobo. Las mismas manos que lo habían empujado al paredón lo sacaron de allí.

—Oiga tarado, despierte.

—Sabe qué Carlos, me voy a casar con esa mujer.


miércoles, 11 de junio de 2025

Alba se siente excluida

Alba acepta que a veces tiende a sobredimensionar comportamientos ajenos. Pero boba no es y sabe reconocer cuando algo raro pasa. De un tiempo para acá viene notando cambios en el personal joven con quienes comparte espacio laboral. ¿O se lo estará imaginando?

El combo menor de 30 años es, por cierto, mayoría en la empresa. No hay uno solo que haya ingresado simultáneamente o antes de Alba. Eso no había sido problema para una agradable convivencia hasta que ella empezó a percatarse o, mejor, a sentir eso que llaman mala vibra en el ambiente. 

Comenzó con el saludo. Ella siempre es la primera en llegar a la oficina. Prácticamente todo el mundo le da los buenos días. Eso no cambió. Tampoco las palabras ni la frecuencia... Pero había algo en el tono. O mejor, en el tonito. Del genuino interés se pasó a sentir una mera y casi que forzada cortesía. ¿O se lo estaba imaginando? Luego vino esa extraña sensación de ser el tema de diálogos ajenas. El silencio repentino cuando llegaba al grupo que conversaba. Los cuchicheos a la distancia donde por alguna razón se sentía observada e incluso señalada. ¿O se lo estaba imaginando? 

La situación llegó a algún punto entre exclusión social, me estoy inventando pendejadas y un cuadro psiquiátrico de paranoia. Una cuarta opción fue el consejo de una amiga (con prejuicio incluido). “Esos jóvenes de ahora se ofenden por todo. ¿Será que usted hizo o dijo algo que los incomodó? Piense a ver”. 

En principio, la alternativa no convenció del todo a nuestra protagonista. Pero un día llegó a trabajar y el resto de la gente... no llegó. Aparecieron mucho después. Muy cortésmente le explicaron que, la noche anterior, habían organizado un encuentro en otro lugar para festejar algo. Y sí, la habían llamado.

Verificó en su teléfono. Efectivamente aparecía la comunicación, poco antes de la medianoche, cuando Alba normalmente llevaba de dos a tres horas dormida. La reunión se coordinó por un grupo de mensajería electrónica. Ella todavía no estaba incluida, pero eso lo iban a solucionar de inmediato. Lo utilizaban (el grupo) para tratar temas tanto laborales como sociales, sobre todo en altas horas de la noche.

Esas palabras dispararon la epifanía. ¡Claro. Eso es! Semanas antes, durante un receso laboral alrededor del café, las y los jóvenes contertulios se despacharon contra lo que ellos calificaban de anacrónica costumbre. Madrugar.  Citaron investigaciones que relacionaban incrementos en la productividad y la eficiencia con aplazamientos en la hora de inicio de la jornada laboral. Mencionaron un proyecto de ley para que los colegios comenzaran sus actividades más tarde. Alguno criticó una cultura que romantiza levantarse al amanecer, en detrimento de acostarse tarde y dormir hasta ídem, sin ninguna base científica.

Cuando a Alba le preguntaron su opinión, ella hizo algo que en tiempos actuales es un comportamiento de alto riesgo: dijo lo que pensaba. Habló de un hábito madrugador inculcado desde la infancia. De productividad ligada a trabajar con la mente recién levantada y del ambiente silencioso y tranquilo que ofrece el amanecer. De la resiliencia de los niños. De que no todos funcionan igual en los mismos horarios.

Incluso intentó hacer un chiste con su nombre, Alba, porque el alba era su mejor momento.  El chiste no salió bien y sus comentarios tampoco. Y aunque nadie le cuestionó su punto de vista, se formaron dos bandos. Los levanta tarde y la madrugadora. Esa que, al no encajar en el pensamiento mayoritario, está siendo sutilmente dejada de lado.

Ahora es Alba, la excluida ¿O se lo estará imaginando?

miércoles, 2 de abril de 2025

Asambleístas a la carta

Le pasa a quienes están metidos en el negocio de la escritura creativa. Es decir guionistas, autores, compositores, libretistas, teatreros, dramaturgos y faltan etcéteras. Los representantes de este personal también deben asistir a las asambleas de propietarios de edificio, conjunto cerrado o similares.  Por acá creemos que a los mencionados les ha pasado por la mente aprovechar todo lo que pasa en una de esas asambleas para crear una  novela, o película,  u obra de teatro, o monólogo de comediante, o canción o por lo menos poema.

Un punto de partida para escribir historias es definir personajes. Pues bien, aquí va una lista con algunos especímenes presentes a la hora de reunir a quienes comparten espacios por cuenta de la propiedad horizontal y demás zonas comunes.

— Ese que lleva cinco o más años poniendo la misma queja en todas las asambleas.

— Esa que solo asiste para evitar la multa y se ubica estratégicamente cerca de la puerta del salón comunal para escaparse a la primera oportunidad.

— Ese al que siempre le cambian el nombre cuando toman lista.

— Esa que rota por varias sillas para repetir refrigerio o llevarse jugos de caja y empanadas para el resto de la familia.

— Ese que lleva una montaña de poderes porque se ofrece de voluntario (o se inventó algún negocio) para representar a los ausentes.

— Esa que tiene una pelea casada con el administrador, con la junta, con algún miembro específico de la junta, con un vecino o con todos los anteriores.

— Ese que siempre pide la palabra para aportar unas ideas tan maravillosas como complicadas de realizar, bien sea porque son demasiado costosas, porque su implementación es excesivamente difícil o porque algún día serán posibles, pero no en este siglo.

— Esa calculadora humana, que realiza cualquier cuenta requerida de manera mental más rápido que el excel en pantalla.

— Ese que siempre mete algún tema de proposiciones y varios mucho antes de que la agenda llegue a ese punto, convirtiendo el orden del día en un desorden absoluto.

— Esa despistada que no entiende nada, pero quiere intervenir en todos los temas.

— Ese que pregunta varias veces que es lo que se va a votar y qué implicaciones tiene, pero cuando llega el momento se equivoca y vota en sentido contrario a lo que quiere.

— Esa propietaria que acumula una gigantesca deuda de administraciones pendientes con muy buena voluntad pero escasa efectividad a la hora de pagar.

— Ese tipo que hace chistes de todo lo que dicen o pasa.

— Esa asistente que se pone furiosa por culpa del tipo que le saca chistes a todo lo que dicen o pasa.

— Ese enguayabado que se acomoda en un rincón a sufrir en silencio.

— Esa que se postula a todos los cargos.

— Ese que en vez de prestar atención se dedica a chatear, mirar redes, incluso contestar el teléfono. Es el mismo que antes de que existieran los celulares, se llevaba a la asamblea un radio con audífono para oír el partido.

— Esa que no quiere tomar ninguna decisión ni participar en ninguna votación y pretende que todo lo decida el consejo.

— Ese que convierte cada una de sus intervenciones en una dramática descripción de situaciones tan terribles como que la luz del garaje se apaga muy rápido.

— Esa contadora pública titulada que hace preguntas sobre los estados financieros tan, pero tan, pero tan especializadas que solo ella las entiende.

— Ese que interrumpe a todos los que tienen el uso de la palabra.

— Esa que siempre se pone de pie a la hora de hablar y le pide disculpa a alguien por darle la espalda.

— Ese que riega la bebida del refrigerio.

— Esa que trata de convertir en problema comunitario una situación que solo la afecta a ella.

— Ese que todo los años llega con propuestas para cambiar la vigilancia o el aseo por un servicio que ofrecen unos “amigos” y que es mucho más barato.

— Esa que cuenta historias de un parqueadero maldito donde ocurren todas las desgracias como la invasión por parte de un vehículo desconocido, un rayón en el carro propio de origen misterioso, una inundación o el enorme carro del vecino que le roba espacio.

— Ese que llega tarde y empieza a intervenir sobre temas que ya se trataron.

— Esa que llegó temprano pero insiste en retomar temas que ya se trataron y cerraron.

— Ese que no interviene directamente en ninguna discusión pero apoya con un ruidoso ¡ESO! y hasta con aplausos las intervenciones de otros. 

— Esa que pide a gritos moción de orden cada vez que comienza ese rumor creciente que termina por opacar a los oradores.

— Ese que alguna vez estuvo en el consejo y no quiere volver pero no pierde oportunidad para recordar su paso por el organismo administrativo.

— Esa que desde antes de salir de su casa o apartamento se hace el propósito de no intervenir en ninguna discusión, pero siempre termina involucrada en varias.

— Ese que termina anotándose en los chicharrones mas complicados, porque “si nadie más se le mide, pues tocará”.

Cerramos con un corte a comerciales, si creen que falta alguno, déjenlo en los comentarios del blog.


 

 

 

miércoles, 9 de octubre de 2024

El que rompe, paga y se lleva los pedazos


Los padres de Torpiño llegaron a pensar que su hijo manifestaba algún tipo de genialidad precoz. Su comportamiento evocaba esas historias de gigantes de la tecnología cuyos primeros indicios se dieron en la infancia, cuando desbarataban, analizaban y volvían a armar los artefactos de uso diario. La ilusión duró poco.  Sí, Torpiño desbarataba cosas. Y desbaratadas se quedaban.

Desbaratar es una forma generosa de describirlo. El pequeño realmente rompía. Todo juguete que no estuviera conformado por una sola pieza —en material macizo—  terminaba, más temprano que tarde, hecho pedazos. La buena noticia es que el pequeño se entretenía fácilmente, por lo que al paso del tiempo su ludoteca quedó limitada a pelotas de plástico, cajas de huevos, piezas huérfanas de otros juegos y dados.

La capacidad del rompetodo trascendió cuando la familia incluyó al niño en las visitas. El infante dejaba huella. O huellas, porque siempre eran trozos de algo. Porcelanas, lámparas, candelabros, materas y demás etcéteras (algunos dizque irrompibles) conformaban su prontuario. Solo era cuestión de descuidarlo un segundo para que el estruendo informara que la curiosidad infantil había sumado otra víctima.

Papá y mama se dieron cuenta de que había que acabar con esa situación. Así que acabaron con las visitas. De ahí en adelante, las salidas se limitaron a lugares públicos donde, por supuesto, había que presupuestar atención, alimentación y reparación de daños. Como aquel hotel de tierra caliente que contaba en cada habitación con una jarra de agua fría la cual, quedó demostrado, sí era desarmable (ver foto).

La tendencia del caballero a los estragos no es por rebeldía, travesuras o maldad. Por cierto, en su cédula figura otro nombre, pero Torpiño es como lo conocen parientes y amigos. Es que eso de Torpe sonaba muy impersonal.  Pero describe adecuadamente al tipo que simplemente falla en la coordinación de movimientos, no se fija lo suficiente o manipula con brusquedad aquello diseñado para ser tratado con suavidad.

El individuo ya tiene cédula porque el pequeño destructor creció, se hizo adulto, desarrolló habilidades laborales, trabaja, se sostiene a sí mismo y a su familia, e intenta tener una vida social y laboral normal. Situación que se complica ante la precisión de una ecuación algebraica: A + B = C = D. En este caso, A es cualquier elemento rompible ubicado cerca del borde de una mesa, escritorio o cualquier mueble. B es Torpiño, quien además de ser grande y gordo, tiene preferencia por ropa suelta como abrigos, sacos largos y chaquetones. C es el contacto que el cuerpo o la indumentaria de ustedes ya saben quien tendrá con el objeto de turno. D corresponde al sonido del impacto contra el piso y a la cuenta respectiva, si es del caso.

Su fase adulta le ha permitido a más de un amigo o familiar renovar vasos, copas, floreros y hasta cambiar baldosas, cuando el objeto que cayó no se rompió por ser de hierro, pero sí afectó algunos azulejos del piso. La tortuga del preescolar donde estudian sus hijos estrenó casa, tras sobrevivir al  incidente de la caída del acuario que le servía de hábitat. En la oficina la señora de los tintos le regaló, de su propio bolsillo, un pocillo plástico con tapa, aburrida de recoger periódicamente los pedazos de algún mug volador.

Con el paso del tiempo, el protagonista se ha vuelto particularmente cuidadoso en sus movimientos, tanto que hay quienes lo comparan con el toro en la cristalería (ver acá, minuto 0.31 en adelante) Adicionalmente, sus conocidos manejan todo un protocolo de seguridad mientras el hombre anda en zona de peligro. Realmente los daños se han minimizado, aunque de vez en cuando alguien (Torpiño, por ejemplo) se descuida y las historias infantiles vuelven al presente.

La diferencia es que Torpiño paga lo que rompe de su propio bolsillo y, a veces, se lleva los pedazos.