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miércoles, 28 de octubre de 2026

Jaramillo y el carro verde

Jaramillo tiene fama de exagerado tirando a intenso con escalas en paranoico. Periódicamente se obsesiona con ideas no muy lógicas que digamos. Como esa vez que le dio por sostener que los grafiteros tienen una alianza secreta con los pintores de brocha gorda especializados en fachadas. O cuando dedujo que las degustaciones de supermercado son una compleja y malévola estrategia para crear adicciones. 

Su círculo social evita darle cuerda en caso de que el tema de conversación se acerque a la lista de fijaciones del caballero. Saben que si el tipo se monta en una idea de allí no lo baja nadie. Peor todavía, no lo calla nadie. Su círculo familiar tiene una estrategia similar que incluye recomendaciones como papito no diga tanta pendejada o hermano usted lo que necesita es un psicólogo, entre otras cariñosas observaciones.

Jaramillo es consciente de su situación. Optó por evitar pensar demasiado en ciertos temas y, para qué, el asunto venía funcionando. Hasta esa noche. Junto con su grupo de amigos buscaban la casa de una fiesta. Pasaron varias veces por la misma calle. En el momento no lo notó. Solo más tarde, ya en su casa, cayó en cuenta de que cada vez que cruzaron por la vía había un carro verde parqueado en un sitio diferente.

Luego vino la anécdota del automotor obstruyendo la salida de un garaje. Le pitaron y se fue. Otra historia habló de un coche encabezando la fila frente a un semáforo a punto de cambiar a rojo. El aparato modificó su señal, el auto no se movió, las bocinas llenaron el ambiente auditivo y finalmente el vehículo arrancó. 

No han sido grandes trancones ni inmovilizaciones eternas. Por eso el narrador de turno despacha la historia en dos minutos y cambia de tema. Los carros no tienen marca, placa, ni conductor conocido. Simplemente están atravesados. O mal parqueados. O inmóviles cuando deberían moverse ante un cruce despejado, una barrera levantada o una autoridad dando paso. Es un breve momento en el cual por culpa de otro conductor se pierden segundos, por mucho minutos, de movilidad.

Jaramillo preguntó ¿De qué color era el carro? Verde, la respondió el de la historia del garaje. No sé, creo que verde, dijo la del semáforo. Y si el interpelado no lo recordaba entonces iba una pregunta directa: ¿Verde, por casualidad? Humm, de repente sí. Así comenzó. Después de cruzar historias, verificar datos, establecer modus operandi y pasar largas horas ejerciendo como pensador de tránsito Jaramillo ha llegado a una conclusión. El automotor causante de trancones, bloqueos, ralentizaciones en la movilidad vial y similares es uno solo. El carro verde.

El hombre está que socializa su teoría pero esta vez no. Es imposible, la ciudad es muy grande. Vive, literalmente, llena de carros. El hecho no resiste ningún análisis lógico. No puede ser el mismo. Jaramillo ya tiene demasiada fama de loco para autosabotearse de esa manera. Lo mejor es comer callado. Ya pasará.

Los Rodríguez no conocen a Jaramillo. Son una pareja relativamente joven que maneja una empresa familiar de transporte de mercancías a pequeña escala. Eso significa que no solo viven juntos. Trabajan juntos durante todo el día y parte de la noche mientras se movilizan por toda la ciudad.

Se quieren, pero tienen sus diferencias, y en cualquier momento del día discuten, bien sea por cuestiones laborales, personales, hogareñas, deportivas, políticas o religiosas. Ya tienen una rutina. Como se rotan la conducción de su principal herramienta de trabajo, quien está al volante detiene el vehículo, en cualquier parte,  mientras despachan la pelea del momento, o cuando a punta de pito los obligan a moverse.

Y sí, el carro de los Rodríguez es verde.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Yo lo vi

Yolovi no se llama así. Es la forma como lo bautizaron sus compañeros de juerga. Yo lo vi, decía, persistía y reiteraba pese al escepticismo de los escuchas, por no hablar de la evidencia y las circunstancias.

El contexto, para comenzar, aplastaba totalmente cualquier indicio de credibilidad. Yolovi y su combo salieron del local de marras bajo la influencia de suficiente alcohol para llenar un embalse. Por suerte lo avanzado de la hora eliminó a cero el tránsito vehicular, así que pudieran zigzaguear con mucho riesgo pero escaso peligro de andén en andén mientras iban dejando a cada sujeto en su respectivo hogar.

Yolovi y el amigo fueron los últimos en arribar a sus casas, en la misma cuadra.  El amigo ingresó primero (emitió un sonido que, todo parece indicar, era una despedida). El otro tipo paró un momento, reuniendo el poco sentido del equilibrio que le quedaba para recorrer los pocos metros que lo separaban de su casa.

Ahí lo vio. Aunque imponente no parecía amenazante. De hecho ni siquiera determinó al testigo ocasional. Simplemente apareció por la esquina norte, pasó por la acera de enfrente y desapareció por la esquina sur.

También desapareció el efecto del licor consumido. Resultado previsible en quien acaba de ver un gorila en plena ciudad. Albino, por cierto. Con pantaloneta. Rosada. Y tenis. Verdes. La historia sigue con un recorrido relámpago hasta la casa, ingreso apresurado y refugio entre angustia y desconcierto debajo de las cobijas.

Amaneció domingo de desenguayabe y los bebedores de la noche anterior se reunieron alrededor de caldo de costilla en magnitudes navegables. Entre comentarios sueltos, recuerdos difusos de la noche anterior y demás temas varios Yolovi pregunta si ellos también lo vieron. —¿Vimos que?

Doce palabras hacen la diferencia entre el borde del desastre y el empujón definitivo. —“El gorila albino con pantaloneta rosada y tenis verdes. Yo lo vi.”

Solo fue cuestión de segundos para que la reacción pasara del desconcierto al escepticismo, del escepticismo a la burla, y de la burla al amistoso pero hiriente sabotaje (por no decirle matoneo). Aún así el narrador insistía en mantener su versión. Y aseguraba una y otra vez. “Yo lo vi, yo lo vi.”

Ningún argumento puede más que una sucesión interminable de carcajadas. Nadie sabe quien fue el autor intelectual, pero en algún momento del coro de jajajas, surgió la condena. Nominal, ya que involucraba la desaparición eterna de un nombre y su reemplazo por el apelativo del que venimos hablando. “Está (risas) bien (risas), si usted dice (risas) yo lo vi, (risas) te creemos (risas) Yolovi”.

Con el paso del tiempo Yolovi ha comenzado a dudar sobre lo del gorila albino en pantaloneta rosada y tenis verdes. ¿La pantaloneta de verdad era rosada? De resto sigue convencido de lo que observó esa noche. 

Como los demás no vieron, ya no habla del tema. Ver para creer.  

Nota final. Una fuente sin identificar dice haber escuchado este fragmento de una conversación ajena.

—”...Y preciso se acaba el medicamento así de tarde. Como no hay domicilios ni nada toca salir a conseguirlo como sea. No hay tiempo ni de cambiarse, apenas de ponerse unos tenis y una pantaloneta para que no se caiga el pantalón de la piyama de peluche, la blanca, esa que tiene capucha. Así salí a la calle pero qué importa. Lo  importante fue que encontré una farmacia abierta. Además, nadie me vio.”

miércoles, 1 de julio de 2026

El dueño

Como buen perro de la calle su árbol genealógico es un verdadero matorral repleto de inusuales y exóticas combinaciones. El resultado final se ve como gozque, camina como gozque, huele a gozque, se comporta como gozque, o sea que es un criollo colombiano. De esos a los que les dicen gozques.

Profundizar en detalles de raza, pedigree, ascendencia o genética sería tesis de grado para veterinario. Preferiblemente en maestría. Idealmente en doctorado con aspiraciones de Nobel

Resulta que los interesados en la ciencia médica que se ocupa de diagnosticar, prevenir y curar todo tipo de enfermedades o lesiones que afecten a animales domésticos, silvestres o de producción (gracias Euroinnova) tienen mejores cosas que hacer. Esa es la razón por la cual ese tema se suma a la lista de misterios que rodean al can en mención.

Es cierto que en ocasiones algún vecino o transeúnte le ofrece alimento. Pero nunca en cantidad y frecuencia suficiente para suplir sus necesidades. Sin embargo, no se le ve flaco ni desnutrido. ¿Cómo lo hace? Nadie sabe. Es más, se da el lujo de ignorar parte de las donaciones proteicas. 

Permanece la mayor parte del día echado en diferentes puntos de sus dominios. El clima de la hora determina si busca sol o sombra. Cuando llueve se levanta (despacio, siempre despacio) se sacude sin esforzarse demasiado y se dirige hacia algún punto cercano donde pueda escampar. Así es su vida mientras está visible, porque otro enigma es cuando desaparece horas, días, semanas. O por siempre

Para los residentes y transeúntes habituales hace rato que se volvió paisaje. Muchos lo vieron, lo ven y lo verán. Es el habitante cuasipermanente de ese sector, de ese punto específico..

No es egoísta. No molesta para nada a quienes utilizan, pasan, o se detienen momentáneamente en el lugar. Jamás le han visto ladrar, gruñir o mirar feo a otro ser vivo.

Una vez se acomoda para su descanso interminable pueden transcurrir a su lado manifestaciones, partidos de fútbol, espectáculos teatrales o musicales, peleas, discusiones, ensayos, prácticas, ferias, fiestas o cualquier otra actividad. Por mucho, si la acción se acerca demasiado, se levantará perezosamente y buscará un lugar más tranquilo donde echarse a disfrutar de su existencia. Afán no tiene. Nunca.

Todos conocen su nombre porque no responde a ninguno. Cada persona interesada lo bautiza como quiere.

De vez en cuando un visitante ocasional del barrio, comuna, caserío, pueblo o ciudad se fija en él. Le toma fotos. Le hace videos. Intenta jugar con el perro. Este no le hace caso. Tímidamente trata de acariciarlo.  El animal no opone resistencia. No le gusta ni le molesta. Simplemente no le importa. El foráneo consulta a algún residente local sobre la “mascota”. Siempre recibirá la misma respuesta. Un día apareció. Llegó de ninguna parte. Sin hacer ruido. Sin presentarse. Sin aspavientos. De repente estaba ahí. Y ahí se quedó.

Puede que para el ordenamiento territorial el parque, plaza, playa, calle, cuadra, acera, esquina sea espacio público. Puede que en ninguna notaría figure escritura que establezca derechos de propiedad.

No importa. Ese lugar es su feudo, su hábitat, su comarca, su demarcación, su dominio, su ámbito.

El perro es el dueño. Y punto.

miércoles, 25 de marzo de 2026

Teoría de la memoria inútil

Algunos psicólogos hablan de tres tipos de memoria: implícita, explícita y funcional. Como un aporte a sus investigaciones planteamos otra categoría, ausente de la literatura científica pero presente en muchos de nosotros; la memoria inútil.

Me explico. El 8 de enero de 1976 tomé gaseosa en una tienda. Mi mente, como una película, proyecta ese instante con todo detalle. Las características del negocio, la niña que me atendió, la forma como sacó la bebida para destaparla y alcanzármela. La pregunta de si quería pitillo. Mi negativa. La mano tomando la botella y llevándola a la boca. Fin.

Ustedes se preguntarán qué tuvo de especial esa bebida para engrosar mis evocaciones personales. ¿Fue acaso la primera vez? ¿Había algo singular en esa tienda? ¿Esa niña detrás de la vitrina era la primera imagen de mujer en un corazón de niño?

La respuesta es de un prosaico deprimente. No. Era sólo un adolescente tomando gaseosa. A eso se refiere la memoria inútil. En el disco duro, además de momentos trascendentales, alegres, tristes o especialmente complejos, archivamos, con alta fidelidad, momentos total, incuestionable y realmente insulsos.

Viajamos mentalmente a la mañana lluviosa en la que teníamos pereza de ponernos las medias. Al enviar un saludo navideño a un viejo ex compañero lo vemos a nuestro lado en un examen de historia donde no pasó nada raro. 

Recordamos esa viejita que pasó frente a nosotros una tarde de julio a principios de los noventa (esa que jamás volvió a cruzarse en nuestro camino). Podemos describir el almuerzo que tuvimos algún día de 1985 (carne, papa, garbanzo, arroz, leche y bocadillo) o la forma como estábamos vestidos en una jornada típica de 1990. 

Visualizamos con claridad el segundo segmento después de comerciales de un capítulo de El Hombre Nuclear, aunque a estas alturas del partido ni sabemos, ni nos importa, cómo comenzó o terminó ese programa. 

Del incontable número de canciones publicitarias que han pasado por la vida hay dos o tres que tarareamos de vez en cuando, aunque corresponden a productos que jamás consumimos y actualmente ni siquiera existen.

Situaciones, personas, lugares, hechos, sonidos que en nada definieron lo que somos hoy en día, están ocupando neuronas. 

Es como un texto insulso, inútil, que nada le aporta al lector, aunque tampoco le hace daño y a veces le arranca una sonrisa. 

Esos recuerdos son algo así como… como las Amilcaradas.

Corte final a comerciales. Superamos las 50 mil visitas. Informes aquí.


miércoles, 22 de octubre de 2025

El misterio de los recovecos inalcanzables

Nadie recordaba haberlo visto antes. Era un objeto pequeño, redondo, desarmable y con partes móviles. Ni papá ni mamá Rodríguez, ni sus hijos e hijas sabían qué era o para qué servía. El conductor del camión y los ayudantes del trasteo tampoco pudieron aportar información sobre la naturaleza y finalidad del artefacto. 

La familia Rodríguez conoció mejores tiempos. Sin entrar en detalles, una serie de malos negocios comprometió su patrimonio. Tanto, que debieron cambiar su casa por un apartamento moderno, o sea, de espacio mínimo.  Vender, ceder o almacenar en otro lugar la mayor parte del mobiliario parecía inevitable. 

Los Rodríguez tal vez no sean buenos negociantes, pero recursivos sí son. Asumieron el reto de explotar al máximo el área disponible. Cero desperdicio. Casi todo el menaje doméstico fue apretado, apiñado y apilado en cada punto, rincón o recoveco de la vivienda. Los “ados” más importantes fueron dos: acomodado y utilizado. Encajaron de techo a piso, como jugando tetris, sillas, mesas, camas, estanterías, armarios, electrodomésticos y demás. Dejaron apenas el espacio necesario para circular (muchas veces de lado). Aunque hubo que salir de unos cuantos objetos,  el porcentaje “salvado” superó los cálculos más pesimistas.

Después vino el ajuste de las rutinas. Caminar de izquierda a derecha y viceversa. Asegurarse de que dos personas jamás compitieran por el mismo espacio (o que por lo menos una de ellas estuviera sentada o recostada). Entrenar cuerpo y cerebro con el fin de salir automáticamente de determinados sitios cuando otro entrara. Programar horarios y actividades para minimizar las coincidencias de tiempo y lugar.

La cosa funcionó bastante bien hasta que a la hija menor se le cayó un esfero. El artefacto rebotó varias veces y fue a dar debajo de ese mueble con cajones sobre el cual había una estantería donde se guardaban implementos de cocina. El conjunto se apoyaba en una poltrona que a la vez se sostenía contra la pared.

La niña intentó agacharse a recoger su esfero. El espacio libre apenas alcanzaba para que circulara una persona de pie. Puso la silla del comedor encima de la mesa y así logró  llegar al piso… a perder el tiempo. En efecto, si bien su brazo era delgado, no cupo debajo del mueble.  Tampoco cupo un palo de escoba, un viejo plumero, un paraguas, un bastón y demás artefactos aportados por el resto de la familia que se sumó a la búsqueda. Sí cupo un pedazo de cartulina doblado, pero no sirvió de nada. Mover los muebles era imposible. Tarde en la noche se dieron por vencidos. La niña hizo su tarea con otro esfero y al otro día sacó mala nota.

El utensilio para escribir fue solo el comienzo. Historias similares pasaron con cucharas, cepillos de dientes, peinillas, afeitadoras, pinzas, joyas (de fantasía y de las otras), llaves, puntillas, pastillas, monedas y muchas cosas más con tres elementos comunes: pequeñas, resistentes a los golpes y con la disposición a rebotar. Caían al piso, iban a dar a algún recoveco inalcanzable y desaparecían del inventario familiar.

Un día hubo recursos suficientes para trastearse a un espacio más amplio. Mientras desbarataban el rompecabezas de bienes muebles los objetos perdidos resurgieron. Algunos (previa limpieza de una enorme capa de polvo) aún servían. Otros ya eran basura como restos de comida momificados o petrificados. 

Cierto grupo jamás regresó. Alguien recordaba claramente haberlos perdido pero, aunque los buscaron con lupa, nunca reaparecieron. En cambio, encontraron elementos (no muchos) que nadie en la familia reconoció haber tenido, utilizado o perdido. Todos juraron nunca haber visto ese arete, ese circuito integrado, esa moneda de país extraño o esa cosita redonda y desarmable con partes móviles de uso desconocido. 

En el anecdotario familiar, la historia quedó como el misterio de los recovecos inalcanzables.