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miércoles, 15 de julio de 2026

Devoradores de segundos

El desayuno se demora en llegar, el jugo se va por el camino viejo lo que agrega minutos de tos a su consumo, el agua de la ducha se mantiene fría más segundos que de costumbre, a la hora de lavarse los dientes toca traer crema nueva desde el escaparate de los productos de aseo. Tic tac, tic tac.

Pero Jacinto tiene tiempo para llegar a su cita médica. Incluso maneja un margen de seguridad. Se viste rápidamente en orden metódico. Primero la ropa interior. Luego la camisa. Después los pantalones. Posteriormente el saco. Enseguida las medias.

Termina con las botas. Caña alta. Múltiples agujeros para los cordones. Entran los de abajo. Entran los de la caña. Hora de anudar. Izquierda lista. Va la derecha. El borde de la agujeta (herrete) perdió el plástico y se ha deshilachado. No entra. Hay que enrollarle la punta. Una vez. Otra. Otra. Tic tac, tic tac.

Finalmente lo logra. Hace el nudo. Mira el reloj. Ya perdió el margen. El tiempo es justo. Cualquier demora adicional y llegará tarde. No le extraña.

Jacinto presume de su puntualidad. Hace todo lo posible por anticiparse a los horarios. Organiza. Programa. Madruga. Entonces ellos atacan. Los devoradores de segundos.

Antes de salir de su casa el ser humano realiza múltiples acciones pequeñas, sencillas e inevitables. Rutinas de aseo. Presentación personal. Organización de elementos (necesaria o compulsiva). Alimentación. Habrá particularidades según el tipo de persona, pero todos saben de lo que estamos hablando.

En circunstancias normales cada una de esas actividades se despacha en pocos minutos. A menos que...

Los objetos de la vida diaria se esconden. Misteriosamente. El estuche de las gafas no tiene gafas. El cargador carece de teléfono conectado, o no es posible conectar el teléfono porque no se ve el cargador por ninguna parte. Las llaves de la casa, del carro, de la oficina, se esfumaron. Finalmente todo aparece, pero cada objeto hay que buscarlo donde no debería estar. Tic tac, tic tac.

Imprevistos exóticos se atraviesan en las rutinas diarias. La cremallera del pantalón se traba en plena subida. El botón de la camisa sale volando al atravesar el ojal. El cabello se vuelve rebelde a la hora de la peinada.  El pequeño corte durante la afeitada no deja de gotear sangre. Se evidencia un agujero en la media, después de ponérsela. Todo es solucionable. Pero es tiempo adicional no programado. Tic tac, tic tac.

El café se derrama sobre el documento importante del día. Hay que imprimir otro. El sanitario no descarga adecuadamente al primer intento. Hay que soltar el agua una, dos, tres veces más. Entra esa llamada que toca atender, sí o sí. El reloj de pulso se para. Hora de cambiar pila y ajustar. Tic tac, tic, tac.

Tomados individualmente, cada hecho no implica mayor demora. Pero cuando pasan, pasan todos. Y van consumiendo, segundo a segundo, los márgenes de tiempo necesarios para que Jacinto llegue, sin prisas y puntualmente, a su destino.  Las salidas tranquilas se convierten en carreras contra reloj. Es el ataque de los devoradores de segundos.

La ventaja es que no pasa todos los días.

Solo cuando el hombre, real y justificadamente, tiene afán. Tic tac, tic tac, tic tac.

miércoles, 7 de agosto de 2024

Las olimpiadas de El Vice


¡Comenzamos la transmisión  señoras y señores! El Vice se prepara para la primera competencia del día! ¡Comente, señor comentarista!

Gracias narrador. Vicente, o mejor, El Vice, sale de su apartamento en conjunto cerrado, piso 9.  Espera el ascensor en feroz disputa con el edificio del lado, donde una pareja hace otro tanto como se ve a través de la ventana. Siga usted narrador.

¡Los números indican que el elevador de El Vice toma la delantera! ¡Esperen, se detuvo! En el edificio del lado la máquina avanza hacia su meta! ¡El Vice mira con angustia! ¡Su máquina arranca de nuevo! Sube, sube, sube, ¡y llegaaaaa! Pero es superada por segundos desde la otra unidad. ¡Medalla de plata! Comente usted.

Falto planificación, sin duda. El Vice ya sabe a qué horas salen los vecinos, pudo haber previsto la detención del aparato arrancando un poco antes. Cortamos la transmisión y retomamos en la próxima justa.

Estamos de nuevo al aire. ¡El Vice se enfrenta a múltiples caminantes de ambos sexos¡ ¡Vienen a diferentes velocidades desde norte, sur, oriente y occidente! ¡El Vice acelera! Lo escuchamos, señor comentarista.

Hay que mantener la concentración para llegar primero a la meta. Los rivales también tienen claro el objetivo de alcanzar el paradero del bus. Lo que El Vice debe hacer…

¡Llega a los últimos 20 metros! ¡Y ahora acelera inesperadamente! ¡Rebasa al tipo del maletín que iba junto a él! ¡La estudiante que viene por la derecha tampoco reacciona! ¡El Vice llega a la esquina! ¡Cruza la calle! ¡Se acerca a la meta! ¡Va a llegar! ¡Va a llegar! ¡Llegoooo! ¡Tenemos un oro, de primeras en el paraderooooo! 

Como dije, lo importante es mantener la concentración. El factor suerte no se puede menospreciar, pues justo cuando tuvo que cruzar la calle no había carros. Nos vemos en el siguiente evento.

¡Aquí en directo desde el restaurante del almuerzo! ¡Los meseros traen la sopa simultáneamente y comienza la competencia contra el gordo de la mesa de enfrente! ¡Solo uno terminará en primer lugar!

El Vice debe tener cuidado. No es solo cucharear sino aplicar un planteamiento táctico que permita…

!Se quemó, señoras y señores! ¡Se quemó la lengua! ¡El Vice tomó la primera cucharada sin soplar y ahora respira aceleradamente por la boca intentando recuperar el gusto! ¡El gordo toma una cómoda ventaja! 

Es evidente el error táctico en la misma línea de partida. Y no es la primera vez que le pasa. En un partido reciente se atoró por pasarse una cucharada de arroz con pollo sin masticar bien y eso de nuevo lo relegó a posiciones secundarias. Confiemos en que los resultados de la tarde sean mejores.

¡Retomamos transmisión desde la reunión de oficina! ¡Todos cogieron su roscón de bocadillo y arequipe de la bandeja! ¡Queda uno solo! ¡Nadie presta atención a las estadísticas de ventas! ¡Todos tienen los ojos y el cerebro en la última figura circular, rellena y cubierta de azúcar! 

Recordemos que esta competencia tiene largada. Solo cuando el jefe autorice se puede tomar la última pieza de panadería. Por ubicación, solamente hay tres competidores con oportunidad real. El Vice, la practicante a su izquierda y el contador veterano, a la izquierda de la practicante. Su turno, narrador. 

¡Comienza la finalísima! !Jefe dice desocupen esa bandeja para que doña Rosita se la lleve! ¡El Vice, practicante y veterano se miran! ¡Tímidamente va colocando el brazo en posición estratégica! Jefe habla de metas a mediano plazo! ¡Aparece un brazo y agarra el roscón! ¡Esto es un palo, señoraaas y señoreees!

Sorprende desde el otro lado de la mesa. Mensajero demostró calidad y sentido de la oportunidad. Y eso que él, realmente no tenía que estar en la reunión. Pero supo aprovechar la duda de los mejor ubicados para alzarse con la medalla. 

¡Recibimos cambio desdeeee la ferretería! ¡El Vice se acerca al mostrador simultáneamente con el tipo del overol! ¡Al fondo aparece un dependiente! Qué posibilidades tenemos, señor comentarista.

Solo uno ganará. Veo las oportunidades muy parejas, realmente. Puede depender tanto del azar como de la actitud de los competidores. El que tenga más cara de cliente, será atendido primero. Siga usted narrador. 

¡El Vice levanta la mano para llamar la atención pero esperen! ¡Overol llama al dependiente! ¡El Vice también habla! ¡Overol pregunta un precio! ¡El Vice pide un producto con nombre propio! ¡El dependiente se acerca! ¡Aquí se decide todo estimados oyentes! Llega al mostrador y… ¡Atendió a El Vice! ¡Atendió a El Vice! ¡Atendió a El Viceeeee!

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- Hola Vicente, ¿como te fue en el trabajo hoy?

- Bien mi amor, ¿qué estás viendo?

- Los olímpicos, ven siéntate que están chéveres.

- No  mujer, a mí no me gustan las competencias.


miércoles, 17 de julio de 2024

Desde Rusia y China contra el estrés

Ese día la segunda de a bordo se la jugó y le dijo a Patricia, su jefa y amiga, que tenía que parar. Que esa obsesión por el trabajo 24/7, además de mandar el clima laboral a la porra, afectaba la vida personal de todo el mundo. Empezando por la de Patricia, quien ya no dormía, apenas comía (mal y a deshoras) y si duraba cinco minutos sin un proyecto, una estrategia y un plan de acción consideraba su vida inútil.

Aplicó estrategias corporativas. No le llevó al superior un problema, le llevó una solución. Taichi Chuan. Un arte marcial de origen chino que, a la vez, sirve como práctica de meditación, concentración mental y, sobre todo, relajación. La recomendación venía con cuatro alternativas de maestros, horarios y locaciones. La jefe terminó por comprar la idea y escogió un instructor que trabajaba en parques públicos.

Unos días antes, en otro lugar de  la ciudad, el médico miró a Montoya, miró los exámenes y se le puso serio. —Mire señor Montoya. Ya hemos hablado de esto. Usted tiene que hacer por lo menos un poco de ejercicio y realizar actividades que alejen su mente del trabajo. ¿Cómo va lo de conseguirse el perro?

El doctor había descubierto el relativo éxito de la compañía animal para tratar a los trabajomaniacos. Les daba algo diferente en que pensar, los obligaba a redistribuir sus energías y a realizar caminatas diarias. Pero Montoya ya tenía respuesta —Si yo compro un perro se va a morir de hambre porque no tengo ni el tiempo, ni la disposición de ocuparme de él.

El galeno no se iba a rendir tan fácil — Bueno, ¿y no conoce a nadie que tenga uno y necesite un paseador?

Aquí entra Trosky. El perro de esa vecina que generaba interés amoroso en Montoya. Un samoyedo (raza de origen ruso) blanco de 60 centímetros de alto y 35 kilos de peso. Parecía una especie de cruce entre oso polar y mamut. Pero la vecina y sus compañeras de apartamento lo habían criado como el consentido de la casa, así que más allá de su fuerza y tamaño era una mascota regalona, juguetona e inofensiva.

La oferta del vecino llegó en el momento justo, porque precisamente ese sábado no había quien sacara al animal a su paseo diario. La rutina incluía recorrer algunas calles, utilizar la bolsa plástica en caso de necesidad y nunca soltar la correa porque el can tendía a correr detrás de aquello que llamaba su atención.

Todo iba bien hasta que llegaron al parque. Trosky fijo su mirada en un pequeño grupo de personas, quienes realizaban movimientos lentos y coordinados. Una especie de karate o de kung fu pero en cámara lenta. Ese grupo donde Patricia se dejaba guiar por el maestro en una rutina tranquilizadora y relajante de ejercicios que, para lograr la concentración óptima, se complementaba con cerrar los ojos.

Lo que no fue para nada tranquilizador y relajante ocurrió al abrir los ojos y ver 35 kilos de perro peludo correr hacia ella —en plan lúdico,  pero en ese momento parecía un ataque— mientras arrastraban a un paseador quien gritaba, inútilmente, ¡quieto Trosky, quieto!

Patricia hizo un último esfuerzo por mantener la concentración, hasta que la bestia se paró en dos patas y apoyó las extremidades delanteras en la mujer. Montoya cayó al piso ante la inercia del frenazo inesperado. La agredida también fue víctima del fenómeno físico y terminó igualmente con su humanidad en el césped.

No sabemos como están hoy los problemas de estrés de los dos protagonistas humanos de esta historia. Pero superado el impacto inicial, y ya siendo claro que el perro solo quería jugar, ninguno de los dos pudo contener una relajante y, evidentemente, desestresante carcajada. 

miércoles, 8 de mayo de 2024

Yo no corro ni ruego


El tema de la conversación llegó al transporte público. Para quienes no vivieron esos tiempos, antes de paraderos fijos y estaciones, existió (¿existe?) un escenario donde buses, busetas, micros y similares recogían y dejaban pasajeros dosledalga sc (donde se le daba la gana al señor conductor). 

Casi todos los contertulios tenían su anécdota. Las carreras cuando le sacaron la mano al vehículo, y este paró… 50 o 100 metros adelante. El aviso de “timbre una vez, una cuadra antes”. Él o la pasajera timbraban, el bus no paraba. Timbraban otra vez y tampoco. Después del tercer o cuarto intento cambiaban la modalidad de aviso a gritos que hoy en día son clásicos. Desde “¡Señor, pare por favor!”, hasta “¡Me va a llevar su casa o qué!”

Geólogo permanecía en silencio. Era como raro, porque él utilizaba, desde siempre, transporte público en sus desplazamientos urbanos. Cuando alguien le preguntó su respuesta fue tajante. “Yo no le ruego a... conductores; yo no le corro… a buses, busetas,  micros o similares. El asistente observador (nunca falta), detectó en la contundente afirmación un tonito de duda. Y así lo expresó. ¿Nunca Geólogo?, ¿seguro?

Tras unos segundos de reflexión el interpelado señaló que no sabía si lo que les iba a contar clasificaba. Aunque, eso sí, involucraba medios de transporte y encargados de manejarlos. Cuando estaba empezando su carrera profesional el empleador lo mandó a uno de esos puntos ubicados en la mitad de ninguna parte para verificar unos estudios de suelo. Al sitio de marras se llegaba mediante una ruta que incluía trayecto aéreo y transporte terrestre. El avión llegaba, descargaba, volvía a cargar, se iba y volvía una semana después. 

El tipo arribó en DC-3 al “aeropuerto” del Pueblo 1 (una pista, un kiosko con techo de paja para los viajeros y un contenedor habilitado como torre de control, bodega y oficina). Contrató transporte local, recorrió las cinco horas de caminos destapados y polvorientos hasta el Pueblo 2. Trabajó, durmió y comió en compañía de múltiples representantes de la entomología local (bicho venteado). Por supuesto que no había hotel ni restaurante, sino un cuarto alquilado (tres comidas de sopas aguadas incluidas) en la menos peor de las casas del pueblo.

El trabajo le llevó 4 días, lo que lo dejó 2 (o 3, no estaba seguro) días en Pueblo 1, con la misma entomología, las mismas sopas, pero más aguadas, y otro cuarto alquilado mientras aparecía la aeronave. El asunto es que al llegar el día y la hora de abordar el avión ahí estaba... enterrado en la mitad de la pista. El piloto, el copiloto, el técnico y la azafata muy amablemente le contaron del accidente, y, más importante, de las consecuencias. Vuelo cancelado, tendría que esperar el siguiente. Una semana después.

¿Y ellos que? A ellos los recogería otro avión. ¿Y ese avión no me puede llevar a mí? Eso no lo decidimos nosotros, toca que le diga al piloto cuando llegue. Un par de horas después la aeronave —otro DC-3— aterrizó y un muy cortés capitán le explicó de manera igualmente cortés a Geólogo que eso no era posible por protocolos de seguridad de la empresa. Que no era ni la primera ni la última vez que ocurría una situación similar y que, como podía darse cuenta, los pasajeros simplemente aplazaban su viaje una semana.

— Así que estaba a esto de otra semana en ese sitio olvidado de Dios. Insistí, argumenté, pedí, y supliqué. Pero el piloto era de esos tipos duros, tenía no sé que anécdota de una vez que hizo un favor de esos y terminó metido en un lío. Que no, que no, y que no. Pero finalmente dijo que me subiera.

— O sea que sí le tocó rogar,

— Y correr. Porque el tipo solo accedió cuando ya había prendido los motores y escucho mi voz, debajo del avión, tras una carrera como de 200 metros por la pista para gritarle, en el tono más desesperado posible: ¡Capitán por favor, no me deje aquííííí!

miércoles, 27 de marzo de 2024

Fijate dónde pisas, kamikaze

Si hay menores de edad entre los lectores va la advertencia:  “Niños, no intenten esto en casa”. Aunque en casa no se puede. Debe ser en la calle. En una avenida congestionada, de alta velocidad,  carriles en los dos sentidos, separador, sin semáforos a la vista, con puentes peatonales situados a distancia prudente para garantizar paso seguro de los caminantes.

Y hablando de caminantes, les presentó al cuarteto.  Su edad es variable. Son mayores de edad y pertenecen a la clase trabajadora. Pueden ser hombres o mujeres, incluso una combinación (dos y dos,  uno y tres). Eso no interesa. Lo que interesa son los roles.

Está el o la atrevida. Se arriesga, no piensa sino que actúa y definitivamente no tiene la más mínima intención de caminar hasta el puente peatonal.  

Está la o el pragmático. Podría ir hasta el puente o no pero tiene alguna razón que combina tiempo disponible, pereza y atracción por las emociones fuertes que incitan a probar alternativas.

Está el o la seguidora, que deja que otros piensen por él o por ella, y simplemente actúa de acuerdo con las propuestas del líder. 

Y está la o el prudente, que sabe que la alternativa más segura y racional es el puente peatonal, pero finalmente se dejará arrastrar por la presión de grupo.

Veamos el escenario. Carros a toda velocidad sin ninguna intención de parar. Y cuando pasa una tanda y queda un espacio “libre” se da el fenómeno del lento o el rápido. El lento es ese vehículo que se rezaga justo el tiempo suficiente para impedir que los peatones crucen la avenida antes de la siguiente tanda de automotores. El rápido es ese vehículo (muchas veces moto)  que acelera justo a tiempo para impedir que los peatones crucen la avenida antes de que llegue la siguiente tanda de automotores.

A estas alturas cualquier lector con algo de sentido común habrá entendido que la alternativa lógica y segura es buscar el puente peatonal. Pero como el cuarteto no forma parte de los lectores de las Amilcaradas ellos optan por el cruce suicida. A lo kamikaze.  (Paréntesis editorial. Y si la situación les parece conocida porque la han visto o vivido… no es una coincidencia).

Funciona así. Atrevida (o) se ubica en el borde del andén y pese a que siempre se rajó en matemáticas y pasó raspando en física mentalmente hace una serie de complicados cálculos que involucran velocidad, aceleración, masa, volumen e inercia para escoger el momento preciso. Y cuando llega ese momento, fiel a su estilo, se lanza hacia el otro lado de la vía. La (o) siguen, en su orden, seguidor (a), pragmático (a) y, tan renuente como resignado, prudente. Se trata de una ventana que dura abierta pocos segundos, así que cualquier duda o equivocación puede tener consecuencias fatales.  O inesperadas, como aconteció esta vez.

Porque sí, llegaron al separador sanos y salvos. Pero al subir no hubo tiempo de fijarse en lo que pisaban, lo que incluyó ese recuerdo que algún visitante canino había dejado sin que el de la bolsita plástica hiciera su trabajo.

Vimos al cuarteto en el separador, poniendo cara de asco y restregando desesperadamente la suela de sus zapatos contra el pasto, contra la tierra, contra el andén y contra lo que fuera para librarse del tan desagradable como oloroso pegote antes de abordar el cruce del segundo carril.

Por cierto, estábamos en el puente peatonal.

miércoles, 7 de febrero de 2024

La mujer del último minuto


En la iglesia no cabe una persona más. Familiares y amigos de la novia ocupan el ala izquierda, mientras la parentela y conocidos del novio llenan la derecha. A los invitados se suman los inevitables patos. Ese nerviosismo que nadie comenta pero todos sienten crece minuto a minuto. Las miradas se concentran en la puerta. El círculo más cercano de la prometida está en el atrio, con ojeadas constantes hacia ambos lados de la vía y llamadas que nadie responde. Ella no llega, la paciencia del sacerdote se acerca a su límite, la ocasión feliz pinta para desastre... Pero una persona está completamente tranquila. Sabe exactamente lo que va a pasar. Años de recuerdos y experiencias mutuas lo llevaron a ese momento.

El cerebro vuela a la infancia. Conjunto cerrado, zona verde, infancia compartida, juegos de barrio. Escondidas. Faltan pocos minutos para llegar a ese grado de oscuridad que todos identifican como la señal para volver a los apartamentos. Es el acuerdo tácito con madres, hermanos mayores y ocasionalmente algún padre. Mientras regresen a casa a esa hora o antes, el permiso del otro día está garantizado. Pero ella no aparece todavía. El que contó no la encontró. Los demás, sumados a la búsqueda, tampoco. Ya algunas madres llamaron a sus hijos. Si todos no llegan a tiempo puede ser el final de la diversión en vacaciones... 

Otro recuerdo. Tiempos de adolescencia. La batalla esta vez es contra la trigonometría. Senos, cosenos, tangentes. No ha sido un buen año académico para ella. Hasta podría perderse. Una esperanza en forma de examen es la oportunidad para salvarlo todo. Requiere, claro, dedicación y preparación. La fecha se acerca peligrosamente sin que se note algún esfuerzo adicional para aumentar el conocimiento en la materia... 

Más memorias. Ya en el mundo laboral, la vida volvió a reunir a los antiguos vecinos. Un amigo gana cierta convocatoria internacional, gracias a la cual se codeará con los mejores del mundo. Entre todos le compran un computador, que servirá simultáneamente como herramienta de trabajo y comunicación. Es la noche anterior al viaje, cuando finalmente se pudo organizar la despedida. Están todos en el restaurante. Bueno, casi todos. Porque ella no aparece. Ella, la que traerá el computador. Ella, la que no responde mensajes ni llamadas. El homenajeado está agradecido, pero debe irse temprano porque su avión sale a primera hora...

La evocación del hombre en la iglesia llega a una escena vivida muchas veces. Encuentro con ese cliente, el importante. Es momento de la presentación clave, aquella que definirá el negocio. Todos los que deben estar ocupan la sala de juntas, con una excepción. La expositora principal, la que maneja los argumentos que convertirán la presentación de turno en acuerdo gana-gana, no aparece. En medio de la cortesía empresarial empieza a notarse cierta incomodidad. Es cuestión de segundos para que la reunión se disuelva...

Ese vecino de infancia, ese compañero de colegio, ese profesional que se reencontró con la amiga de la niñez y la adolescencia en el lugar de trabajo. Ese que pasó del trabajo a los recuerdos, de los recuerdos a la confidencia, de la confidencia al amor y del amor al compromiso. Ese, junto al altar, en una iglesia llena de personas asustadas porque no hay novia por sustracción de materia.

Él recuerda los desenlaces laborales cuando, segundos antes de la disolución, ella aparecía, distensionaba el ambiente con algún comentario y procedía a conquistar al cliente de turno. Evoca como ella llegó justo para interceptar en la puerta del restaurante al homenajeado, quien partió hacia el futuro con computador nuevo. Rememora la noche antes del examen de trigonometría, en la que ella estudió como nunca en su vida y logró —apenas raspando, pero igual vale— cumplir el requisito académico. Y resuena en su mente una voz infantil que gritaba “un, dos, tres por mí” y cerraba el juego, justo antes de que las madres ejercieran autoridad. Así garantizó no solo los permisos del día siguiente, sino muchos días de diversión infantil.

Los demás que se asusten. Él sabe que ella llegará. Ella es así  La mujer del último minuto.

miércoles, 10 de enero de 2024

Colegios de último minuto



...Y cuando el día y hora del parcial decisivo se acercan peligrosamente, el alumno de turno pretende hacer en pocas horas lo que no hizo en todo el año, en todo el semestre, en todo el bimestre. Entonces se le ve con una montaña de fotocopias de los cuadernos de quienes sí tomaban apuntes y sí leían, en medio de una maratónica jornada de estudio cuyo resultado solo se sabrá después de la respectiva prueba.

Es un fenómeno sin fronteras físicas ni temporales. Pasaba, pasa y seguirá pasando, más allá de las advertencias escritas, exhortaciones verbales, consejos fallidos y discursos de padres, maestros, hermanos mayores, amigos, compañeros, educadores, pedagogos y metodólogos. 

No solo es de ocurrencia permanente. Ha trascendido. Y no me refiero a la tendencia nacional de dejar todo para el último minuto.

Volvamos al colegio. En otras épocas, los padres o acudientes básicamente dejaban al niño o niña en la puerta, iban cada dos meses por las notas y, si no ocurría nada extraordinario, un día lo acompañaban al grado, se tomaban la foto y almorzaban en sitio fino. 

Hoy la educación es un proceso de formación pedagógico, profesional, holístico e integral donde meten mano profesores, directivos, psicólogos, padres, madres, padrastros, madrastras, abuelos, tíos, grupos de whats app, orientadores e instructores, entre muchos otros. Después de años de trabajo en equipo todos se encuentran en la ceremonia de grado, se toman un montón de fotos y la familia almuerza en sitio fino.

Pero desde hace un tiempo no solo toca demostrarle al colegio si el educando cumplió los requisitos. Hay que hacer lo mismo con el Estado. Los potenciales bachilleres hacen un trámite y se presentan en el sitio asignado con su lápiz # 2, tajalápiz y borrador a evidenciar todo lo que aprendieron en esos 11 años o más de pupitre. Son los exámenes de Estado. 

Les han cambiado el nombre, los criterios, los alcances y la metodología varias veces pero el espíritu es el mismo. No solo evalúan al estudiante sino a la entidad. Periódicamente, de acuerdo con los resultados, salen listas de mejores y peores colegios. Como nadie quiere estar en el fondo del escalafón, las cifras negativas son el indicador para revisar procesos desde el principio y mejorar mediante un proyecto a largo plazo.

O también se puede intentar enseñar en días eso que no se enseñó bien durante años. En una versión menos confusa, aunque a uno lo prepararon 11 años para algo, en pocas semanas lo preparan de nuevo. Lo que se supone es un repaso, se siente como una terapia de choque donde al del pupitre le embuten conocimientos a lo bestia, sobre todo aquellos que serán evaluados por los exámenes de Estado.

Alguien malpensado podría decir que si eso no es un reconocimiento de parte de los colegios de que toda su estrategia pedagógica en el largo plazo es un fracaso (por no decir que una estafa) se le parece bastante.  Eso sí, la idea no es nueva. En épocas lejanas se ofrecían servicios similares, de manera voluntaria y, normalmente, por instituciones ajenas a la entidad educativa. Ahora, en cambio se volvió parte del currículo de los últimos grados con horarios extraordinarios y, a veces, costos adicionales para padres o acudientes.

Y aunque nadie ha reclamado la paternidad de la metodología, es claro de donde vino la inspiración.

De esos alumnos vagos que pasan la noche anterior al examen intentando aprender en horas lo que no estudiaron  durante todo el año, todo el semestre, todo el bimestre...

Pregunta al margen con alguna relación

¿Donde está la diferencia entre ingreso y rechazo en la entrevista para acceder a la universidad?

En mencionar al Leonardo correcto. Detalles aquí.

miércoles, 19 de julio de 2023

Historias procraces


Esto es inaceptable. Esos muchachitos y muchachitas de ahora se pasaron. No me voy a quedar callado. Es cierto que cada nueva generación critica a sus antecesores, pero tampoco vengan a inventarse el agua tibia. En serio.  Ahora vienen disque a enseñarme (¡A mí!) algo en lo que soy el mejor. Ningún sicólogo me tuvo que analizar. Ningún consultor empresarial tuvo que evaluar mi entorno. Ningún experto en algo de nombre raro tuvo que hacer una proyección social, laboral y mental. Cuando ni siquiera tenía ese nombre rebuscado, yo la tenía clara: Dejar para mañana lo que puedas hacer hoy. Ustedes no me van a enseñar a procrastinar. 

Antes de que los “expertos” de hoy nacieran yo ya estaba en el nivel superior. Y sin ninguno de los recursos que actualmente la hacen ridículamente fácil. Sin teléfonos inteligentes. Sin aplicaciones. Sin redes sociales. Sin internet. Sin plataformas. Sin streaming. Sin videos disponibles en el bolsillo 24/7 (24 horas, 7 días a la semana). Eso jamás fue problema. Yo aplazaba, postergaba, posponía, difería y demoraba. En todos los ámbitos. En todas las actividades.  

Empecé en el colegio. Los profesores optimistas dejaban trabajos para las vacaciones de medio año. O para el fin de semana. Y cada día libre yo pensaba, hoy sí. Pero no. Salía a la calle a jugar con mis amigos o a conversar por horas y horas de cualquier cosa. Releía interminablemente mi colección de historietas (ahora les dicen comics). Si llovía el juego era bajo techo, grupal, desde monopolio hasta lotería; o individual (guerra de tapas viejas para definir el dominio de la sala). Y si la autoridad (léase padres) intervenía, yo sacaba libros y cuadernos, me sentaba en la zona de estudio y desarrollaba actividades productivas como cazar pispirispis  o pensar —también durante horas— la solución a la primera pregunta. Hasta que llegaba la noche anterior al reinicio de las actividades académicas.

Semejante preparación durante toda la primaria, el bachillerato y la formación con miras al mercado laboral tenía que dar frutos. Y los dio. El jefe de turno ponía la tarea y daba la fecha de entrega. Yo escuchaba las instrucciones, organizaba lo que tenía que organizar antes de empezar... organizaba lo que tenía que organizar antes de empezar... organizaba lo que tenía que organizar antes de empezar...

No, no hay problema con el texto. Esa es la primera estrategia para no empezar. Prepararse y prepararse y prepararse. Luego venían los descubrimientos. Que desde la ventana de la oficina había un paisaje al que valía la pena dedicarle segundos, minutos y hasta horas. Que un café previo a la acción podría convertirse en conversación inaplazable, y lo más extensa posible,  con el colega desprogramado. Que era importante llamar a la casa y cuadrar esa actividad familiar pendiente. Que mi silla estaba desajustada y eso afectaba la ergonomía, la concentración y el posible resultado final. Que tengo otro pendiente de trascendencia cero pero mejor despacho ese primero. Que ya es hora de salir y más bien mañana madrugo.

Adelantar algo en la casa era una opción. Hasta llevaba los materiales. Regresarían en la más absoluta virginidad, porque ni siquiera se tocaban. En la casa había muchas cosas por hacer. No hacíamos ninguna, pero estuvimos mucho tiempo pensando con cuál comenzar. Y vimos la poca televisión disponible en esos lejanos tiempos. Y fuimos a hacer compras inaplazables que teníamos aplazadas desde hace varias semanas. Y de repente estábamos de nuevo en el lugar de trabajo, a pocas horas de la entrega. Hora de correr.

Así que no me vengan con cuentos. Ningún doctorado en administración va a venir a darme lecciones sobre cómo perder el tiempo y dejar todo para última hora. Se pueden ir al lugar adecuado quienes vienen con propuestas para modificar ese comportamiento de forma abrupta, escalonada, sistemática, corporativa u organizacional. Ni siquiera con la disculpa de que no necesariamente es algo malo, sino que puede ser signo de mentalidad creativa. 

Cuando quiera, desafío al que sea a que hagamos un concurso sobre quien procrastina mejor. 

Aunque mejor lo dejamos para otro día.

 

miércoles, 17 de mayo de 2023

Trabajador móvil vs jefe con ideas


Como al jefe de Mendoza no le gusta que le digan jefe sino líder, sus subalternos lo llaman (entre ellos) Linofe, acrónimo de “Líder, no jefe”. Sobre Mendoza hay que decir que su trabajo involucra proyectos, números e indicadores y, de un tiempo para acá, realidades alternas.

Comenzó en la pandemia. No se podía salir, entonces muchos, entre ellos Linofe y Mendoza, asumieron el trabajo en casa como fórmula de supervivencia. Como ni el jefe ni el subalterno sabían bien cómo era eso tocó, sobre la marcha, conjugar el verbo aprender.  Esta historia, aclaro, respeta horarios laborales. Lo que ocurre aquí es en las 8 horas reglamentarias. Todos conocemos (¿vivimos?) casos donde el día nunca termina, pero ese cuento es otro. 

Volvemos entonces a los comienzos cuando Mendoza permanecía -durante horas laborales-, en su casa, pegado al computador y al teléfono, mientras Linofe establecía canales de comunicación directos, precisos y efectivos. La cosa funcionó. El que mandaba daba instrucciones y fijaba términos de tiempo y calidad, mientras que quien trabajaba cumplía sus obligaciones en espacios laborales. Pero tres situaciones se tiraron ese mundo cuasiperfecto. La externa fue que las limitaciones a la movilización se fueron relajando. Las internas fueron que las dos partes involucradas empezaron a cogerse confianza.

Entonces Mendoza amplió el concepto de casa. Primero con la tienda de enfrente, que se extendió a la droguería de la esquina, que siguió hasta el fruver de la avenida, que aumentó hasta la visita física a la mamá del otro barrio, siempre en el horario laboral. Siempre conectado vía celular y a veces con portátil a la mano, pero con la tranquilidad de que las obligaciones relativas al trabajo habían sido definidas previamente (reunión diaria, semanal, quincenal, instructivo oral o escrito) luego el tiempo se podía administrar. Así como lo pregonan los defensores incondicionales del teletrabajo.

Entretanto, Linofe comenzó a tener ideas. Ideas de jefe, sabemos, significa trabajo adicional para los demás. En el formato presencial ocurre todo el tiempo. En el formato a distancia se había reprimido -limitándose a verdaderas emergencias- pero ante la abundancia de canales disponibles pues un correíto, un mensajito de texto, una llamadita permitían optimizar resultados. Por supuesto, a medida que el tiempo pasaba, todas las ideas se fueron volviendo emergencia. Al otro lado teníamos un Mendoza haciendo mercado, atendiendo cita médica, reclamando medicamentos, paseando perro, llevándole encargo urgente a la suegra, buscando ese negocio donde se conseguía el inconseguible repuesto necesario para la licuadora...

Como la matemática no falla, pronto se estableció la regla. A mayor distancia de la casa, más compleja y difícil de hacer era la idea del líder. Ahora, el problema tenía soluciones razonables como explicar con honestidad que en ese momento la solicitud era imposible de atender y ampliar los espacios de planeación para minimizar los ajustes posteriores.

Mendoza, sin embargo, optó por las realidades alternas. Se le veía en una larga fila de mercado escribiendo “ya estoy en eso”; o en busca de una cafetería / panadería / centro comercial / parque con CAI o similares donde sacar el portátil con un mínimo de seguridad; o intentando hacer con su teléfono, en un transporte público, alguna complicada operación de hoja de cálculo, procesador de palabras, diseño de presentaciones o base de datos; o dando un giro de 180 grados para retornar a su casa-oficina, ante la imposibilidad de responder el requerimiento en la calle-oficina (paréntesis: sabemos de un sujeto, ciclousuario él, que por hacer un giro similar aceleradamente terminó en el piso con la cara ensangrentada. Pero el trabajo se entregó a tiempo). 

Es posible que se crucen con Mendoza. En la calle, el bus, el taxi, la casa ajena, el centro comercial, el consultorio o la farmacia. Se reconoce porque en su conversación con Linofe dice cosas como esta: “Claro que sí, aunque tengo problemas con el internet así que de repente me demoró un poquito”. “¿Ese ruido? Mis hijos que están viendo televisión”. “¡Bájenle a eso que estoy trabajando!”

martes, 7 de marzo de 2017

De horarios, precios y demás conocimientos personalizados

Existen personas –hombres, mujeres, jóvenes, viejos, profesionales, empíricos– que son verdaderos expertos. maestros, doctorados, eminencias en el complejo tema de los...  horarios.

¿Horarios? Sí, horas de apertura y cierre de mercados, bancos, consultorios, puntos de pago, joyerías, relojerías, panaderías, tiendas, centros comerciales, lavanderías, cafeterías, fiscalías, restaurantes y ferreterías.

Estos individuos conocen cual es el local de almacén de cadena que abre más temprano y el que cierra más tarde. Saben cuáles peluquerías funcionan los domingos y cuáles carnicerías tienen horario nocturno. Son capaces de obtener cualquier producto o servicio en primeras horas de la mañana o última hora de la noche.

Pero pregúnteles un precio. Tal vez tengan alguna idea, pero muy general. Digamos que manejan –en el mejor de los casos– un rango, un eso vale entre tanto y tanto. Y los tantos suelen ser bastante alejados el uno del otro.

En cambio, en otro extremo de la vida hay unos personajes que manejan a nivel de perito información relacionada con precios, costos y valores de una amplia gama de productos y servicios. Estos tipos saben en cuál de las cuatro tiendas de la cuadra la cebolla larga es más barata. Conocen un punto perdido de algún barrio ídem donde se consigue café de la marca X un 25 por ciento menos costoso que en cualquier otro sitio de la ciudad.

Tienen claramente identificada la panadería donde el pan vale igual pero es más grande. Al salir de compras jamás van a un solo establecimiento sino que recorren multitud de negocios, grandes y pequeños, adquiriendo casi que un solo producto en cada uno, siempre en la versión más económica. No es rebaja, es que eso es lo que vale ahí.

La condición mencionada no tiene que ver con la educación que hayan recibido, la capacidad intelectual, el estrato socioeconómico o el color de los ojos. Tiene que ver con ese asalariado que vive en inacabables jornadas de oficina, fin de semana incluido. De ese que está obligado a aprovechar cada minuto disponible para poder tener una vida sin implicaciones laborales. Para hacer diligencias y compras. Por eso la vida lo convierte en experto en horarios, cierres, aperturas, servicios extendidos y madrugones.

Al otro lado está el desempleado. Ese al que todo le falta menos una cosa. Tiempo. Como no tiene nada qué hacer y sus ahorros –cuando existen– se reducen día por día, desarrolla el mecanismo de conservación financiera. Busca la economía. Pasa día, tras día, hora tras hora recorriendo la cuadra, el barrio, la zona, la localidad, la ciudad en busca del mejor precio, que va almacenando en el disco duro de peinar, léase cabeza.

Podría pensarse en un sujeto ideal que combine las dos habilidades, pero ese personaje no existe. Se anulan mutuamente. El tipo de los horarios desaparece cuando aparece el tipo de los precios. Y viceversa. Aunque es posible que alguien haya ostentado las dos condiciones en distintos momentos de su vida, esto jamás ocurrió de manera simultánea.

Pierde el empleo, a ahorrar se ha dicho, obtiene empleo, a maximizar el tiempo. Así es la vida.

martes, 28 de febrero de 2017

El círculo del dato

Resulta que hace un par de años el presidente y fundador de la gran empresa estuvo en la inauguración de una sede en ese pueblo ubicado lejos de todo. El gran jefe quedó impresionado por la mística que le ponía al asunto el administrador regional. Tanto que, en un comportamiento inusual, antes de irse el cacao mayor le dejó a su subalterno su correo electrónico personal con la instrucción de “si algún día necesita algo, no lo dude”.

Pasaron 24 meses en los cuales el representante regional despachó los requerimientos organizacionales por el conducto regular, hasta que intervino la mano de Dios. Exageramos. No fue la mano de Dios sino la de su representante local, el sacerdote del pueblo, quien tuvo la idea de invitar a unos gringos de esos que llegan con plata para la comunidad y de incluir en el programa una visita a la sede local de la gran empresa nacional.

Resulta que uno de los americanos resultó aficionado al tema y le dio por formular un poco de preguntas técnicas relacionadas con el producto, la empresa y los antecedentes. Algunas tenían respuesta a la mano, pero otras requerían apoyo desde la matriz.

El administrador regional lo intentó por el conducto regular pero no logró nada, así que entendió que era el momento de estrenar el correo del gran jefe. Y nunca se supo por qué, pero en la mente del fundador y presidente la petición se volvió prioridad uno. Eso es complicado en cualquier día, pero es doblemente complicado si ocurre a las 9 de la noche en vísperas de un puente festivo. Y más cuando el patriarca empieza a delegar.

El gran jefe le rebotó el correo al vicepresidente administrativo, quien se lo pasó al vicepresidente técnico, quien inmediatamente convocó conferencia telefónica con los directores de área. Esto ocurre el viernes a las 11 de la noche. Tres de los directores de área tenían datos, pero dos de ellos debieron acudir a jefes de departamento. Estos ya no fueron tan fáciles de localizar, de hecho tres de ellos apenas dieron señales de vida el sábado.

Y como suele ocurrir, los que más se demoraron en aparecer tampoco tenían información, por lo que la tarea siguió bajando a los coordinadores, quienes coordinaron un mecanismo para dañarle el descanso a su equipo. A una parte del equipo,  porque algunos profesionales desaparecieron misteriosamente, se declararon en emergencia familiar o simplemente le pasaron la pelota a Gonzalez, solo que nadie sabía donde estaba Gonzalez en ese momento.

Pero como el dato era de vida o muerte – a ese nivel nadie sabía por qué o para quien–  había que buscar una alternativa. Y –ya es domingo en la mañana– la idea fue del jefe de Gonzalez. Un poco rebuscada... pero podía funcionar.

Había una persona que posiblemente disponía de la información pendiente. Esa persona era de muy difícil acceso, pero él sabía de alguien que tenía acceso directo. Lo había visto con sus propios ojos. Solo faltaba proceder.

Y fue así como el domingo en la mañana, el administrador regional de la sede que quedaba lejos de todo recibió una instrucción de la casa matriz: “Usted, que tiene el correo del presidente fundador… ¿será que le puede preguntar esto?"

martes, 14 de febrero de 2017

Acelere

En los últimos tiempos los días han transcurrido lentamente  para Julián. Cada día se ha extendido a escala kilométrica, desde esas primeras horas de la madrugada en las que el inexistente cansancio hace que abra los ojos antes de que el sol haga acto de presencia. El hombre vive uno de esos recesos laborales que van para largo. No le va tan mal. No tiene novia, esposa, amante o cosa parecida, sus amigos son escasos y nunca lo llaman, su madre es comprensiva y medio alcahueta y realmente no tiene nada que hacer.  Por eso cada minuto del día se le hace laarrrgooo.

Cuando el viejo radio reloj despertador que le ponía fondo musical a sus mañanas y le avisaba de que ya era hora de levantarse hizo corto, el hombre realmente se alegró. Algo para hacer ese día. Mentalmente planeó todas las actividades. Ir hasta la ferretería cercana—no, mejor una más lejana-. Volver a casa. Preparar los cables, reparar el aparato y ensayarlo cuidadosamente para dejarlo listo hasta el día siguiente.

De manera que se vistió para la ocasión con su pantalón roto, su camiseta desteñida y sus tenis sucios. Era la pinta diaria, muy diferente a la de las entrevistas de trabajo. La que permanecía lista para atender convocatorias que aún no llegaban. Inició su camino hacia la ferretería llevando en el bolsillo apenas lo necesario para pagar los repuestos. Total, tampoco existían rutas de buses, tampoco había afán y tampoco había plata.

Pero a punto de alcanzar su meta el celular sonó. Era de La Empresa. Esa que llevaba varios meses estudiando su hoja de vida. Esa que tenía el cargo perfecto para sus competencias y aspiraciones. Esa que había dado por perdida. Pero no. Necesitaban entrevistarlo ya. ¿A qué se refiere con ya? A que lo esperamos aquí en una hora. No puede ser otro día. El jefe se va de viaje hoy y lo necesita. Máximo en hora y media.

Media hora fue el tiempo que Julián se demoró en volver a casa al trote mar. Veinte minutos lo que tomó el baño, la afeitada y la lavada de dientes contrarreloj y cinco minutos la vestida idem para salir y 15 minutos para regresar a recoger las llaves, la billetera y el celular dejados atrás por cuenta del afán.

Apenas tenía tiempo. Tenía, porque ese bus, ese día, a esa hora se enredó en ese trancón que nunca aparecía en esa ruta. Así le constaba a Julian, usuario constante del mismo recorrido que siempre transcurría sin novedad, salvo ese dia, cuando tenía afán.

No supo como pero llegó apenas a tiempo para la cita. La buena noticia era que la entrevista fue una cosa formal, porque el puesto era de él. La mala era que necesitaban que se integrara al día siguiente. Y que había un larga lista de diligencias que normalmente se despachaban en una semana, pero él debía sacar adelante en una sola tarde. O en lo que quedaba de una sola tarde.

Así que a correr se ha dicho, de la salud a la caja de compensación al sitio donde expedían los certificados al examen ocupacional al sastre y al fotógrafo. Julián terminó agotado pero feliz ante un futuro laboral que finalmente se había despejado. Se fue a dormir con el cerebro puesto en el día siguiente, cuando se reportaría a primera hora en su nuevo trabajo. De hecho sí se reportó, pero tarde.  El radio reloj no funcionó.

Como iba a funcionar si había hecho corto y aunque Julián hizo muchas cosas el día anterior, jamás lo arregló.