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miércoles, 6 de marzo de 2024

Domingo adjetivo


Nota de la Redacción. Hace unos años, en respuesta a la convocatoria de un concurso de cuento sobre el domingo, cometimos el experimento que va abajo. Espero les guste pero, por si acaso, disculpas anticipadas.

Noche agitada, amanecer tardío, sonidos taladrantes, luces penetrantes... tremendo guayabo.

Cerveza mañanera, desayuno solitario, televisión infantil, periódico gordo, cama destendida, pereza incuestionable, calle opcional, casa aburrida..

Bicicleta desarchivada, costosa despinchada, ciclovía congestionada, ambición deportiva, expectativa saludable, piernas adoloridas, edad evidente, sed inclemente, pedaleo descartado, empanada grasosa.

Mujer juvenil, ropa deportiva, formas voluptuosas, deleite visual, mirada insinuante, novio inesperado, temperamento celoso, comportamiento amenazante, reculada recomendable, carrera cobarde.

Aliento entrecortado, músculos encalambrados, casa cercana, sol picante, presupuesto escaso, cerveza cara, gaseosa cara, agua cara, canilla gratis, tubo jugoso.

Reposo requerido, cama seductora, música suave, solicitudes maternales, bombillo fundido, alfombra empolvada, mueble pesado, tímido alegato, enorme cantaleta, enorme cantaleta, enorme cantaleta.

Almuerzo familiar, parientes visitantes, niños llorones, chistes repetidos, comentarios sordos, sancocho tremendo, grasa flotante, tubérculos abundantes, gallina escasa, refajo bendito, manos temblorosas, presa resbalosa, mesa salpicada, refajo sancochado.

Digestión somnolienta, visita prolongada, conversación sosa, chismes familiares, quejas sociales, posición equivocada, añoranza horizontal, llamada telefónica, novia desprogramada, cine inevitable, sueño embolatado.

Fila congestionada, llovizna pertinaz, atarván colado, avanzar lento, taquillera amargada, billete grande, vueltas inexistentes, bolsillos revisados, suelto insuficiente, monedas complementarias, tiempo perdido.

Luces apagadas, visión nula, crispetas rebosantes, gaseosa fría, manos ocupadas, pasos inseguros, sillas escasas, espacio disponible, pantalla contigua, película terrorífica, monstruos enormes. 

Oscuridad cómplice, novia romántica, ojos cerrados, labios cercanos, ronquidos inesperados, sueño vencedor, empujón resentido, despertar inesperado, susto grande, pantalla aterradora, compañera indignada, momento crítico. 

Susceptibilidad femenina, silencio gélido, comportamiento caprichoso, chantaje emocional, invitación desesperada, bizcochos amargos, reacción lenta, perdón condicionado, beso frío.

Noche oscura, caminata lenta, información radial, equipo perdedor, calle solitaria, mendigo insistente, rechazo sutil, alusión desobligante, respuesta irracional, chuzo exhibido, reacción asustadiza, carrera cobarde.

Situación repetida, dignidad aplastada, día difícil, semana terminada.

Domingo esperado.

Domingo maldito.

miércoles, 4 de octubre de 2023

Inteligencia artificial vs torpeza natural



Todos los días aparece alguna historia terrorífica de inteligencia artificial (IA). De esas que meten miedo. Que nos van a suplantar. Que nos van a mostrar sin ropa (qué pena con el personal). Que nos van a dejar sin trabajo. Que las máquinas van a dominar el mundo. Que los artefactos tendrán voluntad propia.

¿Tendrán? Tienen. Y hace rato. Por lo menos los teléfonos inteligentes. Esos dispositivos de múltiple utilidad periódicamente actúan de acuerdo con su deseo y motivación individual. 

¿Qué no? Hagamos memoria. Está esa persona que nos llama periódicamente. Y cuando le contestamos cuelga. Y cuando nos comunicamos asegura que nunca nos llamó. Pero culpa al aparato. Sospechamos acoso hasta que nos pasa a nosotros. Empezamos a encontrar llamadas realizadas que no recordamos. Tal vez porque guardamos el teléfono en el bolsillo sin bloquearlo. O porque le dimos alguna instrucción sin darnos cuenta. Eso queremos creer.

Y eso cuando no existía la mensajería instantánea. Porque al surgir la que hoy es la alternativa preferencial de comunicación los fenómenos paranormales en pantalla portátil se multiplicaron. Mensajes sin ninguna coherencia que aparecen en los grupos, generalmente borrados minutos después y ocasionalmente justificados con un “me equivoqué de grupo”. Audios donde no se oye nada o se escuchan sonidos que una sobredosis de creatividad puede asimilar a un celular guardado. Y, nuevamente, audiollamadas o videollamadas que nadie recuerda haber hecho.

Sigamos. Todos los celulares tienen alguna función que presta un servicio de gran utilidad. Todos, menos el mío. No importa si es barato, caro, grande, pequeño, clásico (léase viejo),  o último modelo. Explico. Me refiero a esa aplicación que se puso de moda y que el resto de la humanidad disfruta. Sí, esa aplicación que a mí, y al parecer solo a mí, no me sirve. Curiosamente, es la aplicación que yo necesito. Preferiblemente de urgencia. Preferiblemente ya.

Peor todavía. Existe otra. Yo sé que funcionó porque alguna vez la utilicé. Exitosamente. Un día la necesito de nuevo. Para consultar un archivo. Para aquello que fue creada. Para mostrársela a un conocido y ponderar su utilidad. Y ahí es cuando, sencillamente, no aparece. No aparece la aplicación, no aparecen los archivos y en cambio encuentro esa otra app que venía con el celular, que a mí no me sirve para nada pero que siempre se materializa cuando estoy buscando cualquier cosa menos eso.

Los lectores recordarán o tendrán historias similares. Ahora vamos por la explicación. Se llaman —o los llaman, mejor— teléfonos inteligentes. Pues era en serio. Esa es la verdadera amenaza de la inteligencia artificial. Aparatos que no hacen lo que sus dueños aspiran, sino lo que el libre albedrío les dicta. 

Skynet (el malo de las películas de robots asesinos que viajan al pasado). La Matrix (el igualmente malo de las películas de mundos artificiales creados por máquinas). El software basado en inteligencia artificial que escribe poemas, redacta noticias, le hace los trabajos a los estudiantes vagos y amenaza con arrasar con múltiples empleos. ¿Esos son los peligros de la inteligencia artificial?

Negativo. El peligro es ese aparato que usted lleva en el bolsillo. Ese que de vez en cuando hace lo que se le da la gana. A menos que el culpable sea (seamos, dice la tarjeta) el sujeto o sujeta que lo manipula.

En ese caso no es un problema de inteligencia artificial.

Es pura torpeza natural.

miércoles, 9 de agosto de 2023

Cinéfilo y el fenómeno de taquilla


Para ubicar al lector en contexto, nuestro protagonista es varón, heterosexual, mayor de 50, solterón empedernido y educado en el modelo tradicional de familia. A petición suya su nombre se mantiene en reserva, así que lo llamaremos Cinéfilo. Cinéfilo ha crecido en un mundo donde, para bien, las mujeres superaron sus roles tradicionales y compiten —muchas veces superándolos— con los hombres. Él apoya esta realidad, pero como también debe lidiar con la formación que recibió, la cultura en la que creció y hábitos arraigados durante generaciones, aceptar ciertos cambios no siempre es fácil. 

Por ejemplo, enfrenta recientemente tremenda crisis porque él quiere ver Barbie, la película. Explicación necesaria. A Cinéfilo (de ahí el seudónimo) le gusta mucho el cine. Le gusta verlo, analizarlo, disfrutarlo, criticarlo, pero jamás conversarlo. Es decir que va solo a los teatros. Teatros, no plataformas  ya que también cree que el séptimo arte debe ser con pantalla grande, oscuridad, sonido envolvente y crispetas caras.

Así que programó un fin de semana —único espacio disponible para estas actividades— en su multiplex de cabecera. Llegó solo. El personal en la fila confirmó el carácter familiar del filme. A medida que avanzaba, Cinéfilo se iba sintiendo cada vez más fuera de lugar. No solo por su condición masculina, aunque había una buena dotación de (suponía él) novios y padres de familia. Pero la gran mayoría eran mujeres de todas las edades, tamaños y colores (siempre con su toque rosa). Necesitaría una silla alejada de todos. O mejor, de todas.

Otro problema. Las pocas ubicaciones disponibles correspondían a espacios entre grupos. La perspectiva de quedar atrapado en medio de algún combo femenino de edades y comportamientos impredecibles, reforzado por lo sospechoso de un tipo solo, viejo, en un teatro repleto de niñas y adolescentes, lo llevó a cambiar de película. Para su siguiente intento con la versión audiovisual del juguete le apostó al horario más nocturno disponible. Nada, la misma abundancia de combos rosa. Otras pruebas en horarios y teatros diferentes produjeron el mismo resultado. Y real o imaginario, sentía que la gente murmuraba a sus espaldas. Algunos y algunas con desconfianza, otras y otros en tono de burla. Fueron sábados y domingos en los cuales llegó, miró, vio rosado por todos lados y se largó.  

Como la parte racional de su cerebro insistía en lo inmaduro, estúpido y machista de su comportamiento, cambió la estrategia. Aunque Cinéfilo carece de relación estable, no faltan las amigas invitables. Eso sí, por aquello de la masculinidad tradicional, ellas debían escoger la película. Solo era hacer una llamada. Bueno, dos. Ok, tres. ¿Será que esta sí?, cuatro. Nada que hacer, todas, sin excepción, querían ver algo diferente. Una de terror, algo de comedia, el otro filme de moda o algún incomprensible experimento visual de cine arte.

Cinéfilo tiene, por supuesto, sobrinas, primas y demás parientes cercanas, pero a duras penas las saluda en Navidad. Y eso de invitarlas a cine hubiera sido raro. Además ellas tenían que escoger la película (ya vimos el porqué) Un sondeo informal demostró, obvio, que todas las menores de edad ya la habían visto. Y otro sondeo no tan informal le permitió dividir en dos grupos a las familiares mayores invitables. Las que ya habían visto la película y las que querían ver otra película.

Lo último que supimos fue que Cinéfilo decidió dejar de lado prejuicios ridículos y demostrarle a quien fuera que ver un filme no definía su esencia de persona, su condición de hombre, ni lo convertía en una especie de pervertido. Se consiguió prestada una gorra rosa y lo vieron haciendo fila en un multiplex que suele programar cine arte. Lugar donde, por cierto, no están exhibiendo la película de Barbie.

Seguiremos informando.

martes, 24 de enero de 2017

Las mil muertes del inmigrante

Si se trata de volumen, Bert Peg es un triunfador indiscutible. El año pasado actuó en 20 películas. Cierto que la mayoría jamás verá una sala de cine. No. Se distribuirán a través de video casero, yutub, o en horario infame de algún canal desconocido. Tampoco tienen la más mínima oportunidad de competir por algún premio. Es lo que llaman serie B. O algo peor. Pero siguen siendo películas.

Bert, por supuesto, no es su nombre real, sino el artístico. Cuando dejó Colombia en busca del sueño americano, era Roberto Pérez González. No vamos a entrar en detalles sobre las múltiples maromas laborales que debió hacer antes de lograr una oportunidad en pantalla. Solo diremos que por recomendación o iniciativa propia –la verdad ya no se acuerda– adaptó su denominación criolla una versión más vendedora, combinando un diminutivo de su nombre y  un acrónimo hecho con sus apellidos. Así nació Bert Peg.

Si lo buscan en los créditos de películas de acción, terror, misterio, policiales, guerras, desastres y una que otra histórica suele aparecer. Sus personajes nunca tienen nombre, sino una profesión y número. Fíjense cuando mencionan al policía uno, el vigilante 2, el guardaespaldas 3, el pandillero 4, el guardia 5,  el soldado 6. La especialidad interpretativa de Bert es una breve presencia en pantalla… hasta que alguien lo mata.

Lo contratan para personificar al guardia de seguridad que será asesinado por los delincuentes cinco minutos después de iniciada la película. Al soldado que morirá en batalla mientras el héroe se luce. Al guardaespaldas de mafioso que será el primero en caer ante la furia vengadora del héroe. Al policía que será arrasado junto con todos sus colegas en el primer ataque extraterrestre. A ese miembro de un comando élite que fracasará estrepitosamente en su intento de detener las artes del hechicero malvado

Sus líneas –es solo un decir, hablar, lo que se dice hablar, casi nunca– suelen ser una aparición fugaz hasta que el protagonista o antagonista lo degolla, le dispara con silenciador, lo golpea, lo empuja de un décimo piso, lo electrocuta, lo atropella, lo desintegra o lo ahorca.  Otras veces su aporte consiste en correr hacia alguna fuerza poderosa o huir de alguna fuerza poderosa que, inevitablemente, lo aplastará con todo su poder.

Muy de vez en cuando le dan alguna línea real.  Decir “todo está bien”, segundos antes de que lo pasen al papayo. Responder mediante algún sistema de intercomunicación que sí cuando lo mandan a mirar, mirada que será la última de su vida, o mejor, de la de su personaje.  Cuando encarna alguna autoridad su guión suelen ser requerimientos como “alto”, “su licencia por favor” o “algún problema”. La inocente petición inevitablemente será respondida con balas, golpes, lanzallamas, bombas atómicas o, en versiones más sofisticadas, armas futuristas, magia asesina o algo que cae del cielo y lo aplasta, surge de las profundidades y lo devora.  O no se ve pero se convierte en todo un reto para Bert, quien debe interpretar el ataque letal de algún monstruo invisible.

Eso cuando su muerte se ve en pantalla, porque hay ocasiones en las que a la hora de editar suprimen la escena y la aparición de Bert en el filme se limita a una fugaz visión de un cuerpo en el suelo, más o menos ensangrentado, más o menos descuartizado de acuerdo con las habilidades del exterminador de turno.

Para Bert aplica literalmente eso de que cada día es morir un poco. Pero qué importa, trabajo es trabajo. Así sea morir en pantalla.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Revivamos nuestra historia: ­­películas que quiero ver (y 2)

Perdón por la incoherencia. Me explico. “Revivamos nuestra historia” era un programa de televisión que dramatizaba hechos del pasado colombiano. Por ahí pasaron Bolívar, Núñez, Gaitán, Mosquera y Obando. Como se supone que la idea de estas notas es dar alternativas a los poco creativos guionistas de Hollywood, de ahí lo de incoherente.

Ya en paz con mi conciencia aquí van dos propuestas sacadas de épocas previas. Una conocida y otra no tanto. Primero la famosa. En plena batalla del Pantano de Vargas los españoles le iban dando tremenda muenda a los locales.  Eso parecía partido del Barcelona contra burro amarrado (léase cualquier equipo que no sea el Real Madrid o – a veces–  el Atlético)

Una parte del libreto ya está escrito. Cuando Bolívar dice “se nos vino la caballería y se perdió la batalla”. Aparece un llanero. Rondón. Pide pista,  Bolívar suelta otra frase histórica: “Coronel, salve usted la patria”. Rondón sabe que su responsabilidad es mantener la altura del guión, así que responde con otra frase de esas que suenan importantes:  “los que sean valientes síganme”. 

Quince tipos le cogen la flota. Y se mandan en tremenda carga de caballería. Los españoles pierden la batalla y salen corriendo. Unos días después Bolívar los remata en el Puente de Boyacá y 200 años después comemos sancocho en vez de gazpacho, arrendamos apartamentos en vez de tomar pisos, decimos ustedes en vez de vosotros y nuestros gilipollas arrancan en pendejo y terminan en el tamaño de las gónadas.

Dejando de lado la lingüística y volviendo al cine, esa carga de caballería tiene material para película y hasta para miniserie. Quiénes eran esos 15, cómo llegaron ahí, qué les pasó después. En el Pantano de Vargas un soldado o policía le recita a los turistas parte de la historia que, si mal no recuerdo,  incluye hasta trío entre uno de los lanceros, su esposa y un español. ¿Quieren más?

La segunda idea del día es un hermano desconocido de la primera. Tengo entendido que en un canal regional de TV ya la hicieron. Misma época.  Los españoles esperaban a los criollos por el norte porque de ahí para abajo estaban Los Andes y nadie iba a ser tan estúpido de intentar atravesar la cordillera. Pero mi general Bolívar les salió general y fue eso lo que hizo. Cuando los que estaban arriba se dieron cuenta de que les habían metido un gol geográfico-militar, inmediatamente se lanzaron a reforzar los que estaban abajo. Pero no llegaron. 

En Charalá, en el Puente de Pienta, un grupo de patriotas se les atravesó. Suficiente para que hoy en día tengamos muchísimas reinas y reinados, aunque Juan Carlos, Sofía y Felipe de Borbón no forman parte de ellos.

Lo que pasó en ese puente fue heroico y glorioso. Ojo: heroico y glorioso no son sinónimos de victorioso. Una pista, algunos historiadores llaman al hecho la masacre del Puente de Pienta. Con el agravante de que después de arrasar con los que estaban en el puente siguieron con el pueblo.

Pero en eso hay que tomar el ejemplo de los gringos y su Álamo. Se parece bastante. Una batalla de civiles gringos contra un ejército regular mexicano donde, como era de esperarse, la tropa volvió chicuca a los civiles. Y podemos agregar que con algo de razón, porque ellos (los gringos) eran los invasores. Nada de eso importa. Los gringos volvieron héroes a estos tipos  y les han hecho libros, miniseries, monumentos y, por supuesto, películas. 

En Pienta están los mismos elementos, con una ventaja. Ellos sí  eran los buenos. Otra: con todo y masacre, funcionó y Barreiro nunca recibió esos refuerzos.  Ahí quedan dos ideas para sendas películas. Me gustaría verlas algún día.

martes, 6 de diciembre de 2016

El perro y la robot: ­­las películas que quiero ver (1)

De nada, Hollywood. Esto es gratis. Ahora, si quieren pagar, favor notificar por este medio. Pero no se trata de ser materialista sino optimista. En tiempos donde está de moda hacer refritos y ponerles nombres elegantes (“nueva versión”, “visión del director”, “actualización”) tengo ideas no tan originales para películas. De repente alguien las tuvo antes que yo pero se embolataron en algún punto. Y hablando de puntos,  al punto.

Esos seres de cuatro patas que andan en bloques de 3 a 10 amarrados a un paseador tienen un pasado. Un pasado glorioso y digno. Antes de ser juguetes de amos creativos –de los que les ponen gafas, zapatos y moños– sus antepasados eran animales libres y salvajes. Leí en alguna parte que empezaron a seguir a otros animales. Hoy les decimos homo sapiens. Andaban en dos patas, se cubrían del frío con pieles, hacían hogueras por las noches y se parecían al presidente electo de cierto país del norte, pero sin copete.

Los cuadrúpedos  no eran desinteresados. Perseguían  a los bípedos porque estos armaban campamentos y al levantarlos dejaban sobras de comida. Pero un día, un bípedo se acercó a un cuadrúpedo, un cuadrúpedo a un bípedo, varios cuadrúpedos a varios bípedos u otra combinación de “pedos” y se hicieron amigos.

La descripción no suena bonito y debe haber olido a diablos. (El homo sapiens no se bañaba y el tatarabuelo del perro tampoco ¿De qué creyeron que hablaba?). Retomo. En ese  momento comenzó una amistad que todavía perdura. Como nadie recuerda los detalles, cada uno es libre de inventárselos. Es decir que no hay problemas de derechos de autor. Señores animadores, ahí está su primera película.

Donde sí habría que pagarle o por lo menos pedirle permiso a alguien es en la pequeña  maravilla convertida en la gran maravilla que no es la mujer maravilla. Expliquemos en que consiste tanta maravilla. Se trata de una comedia de los años 80. El argumento giraba alrededor de un ingeniero que construía un robot en forma de niña pequeña. Los personajes eran el  ingeniero, su esposa y su hijo, cuya edad coincidía con la forma de la robot. Y unos vecinos detestables cuyo padre era, a  la vez, el abusivo jefe del ingeniero.

(Paréntesis. La robot tuvo su momento de popularidad. Algo así como Justin Bieber pero sin cantar. Aquí –hablo de Colombia–  la trajeron –a la actriz que la representaba–  alguna vez para algún evento de esos que organizan los políticos).

Cierro paréntesis y mando la idea. El hijo del ingeniero creció y estudió la misma carrera que su padre, pero especializado en mecatrónica (sé que no era necesario usar esta palabra, pero quería chicanear). Heredó también lo malo que sostenía el argumento de la comedia. Un jefe abusivo y un talento subvalorado.

Un día el ex pequeño encuentra los pedazos de la  robot, desactivada años atrás.  Su cuerpo ya no sirve pero su memoria sí. Así que la instala de nuevo –con alguna trampa  tecnológica que estoy seguro que se puede hacer, o por lo menos inventar con un mínimo de credibilidad– en el cuerpo artificial de una mujer adulta.  Cuya edad equivale, como no, a la del hijo grande.

De ahí para delante es problema de los libretistas, Tampoco les voy a hacer todo el trabajo. Pero cero y van dos ideas. Esperen más.

martes, 1 de noviembre de 2016

Pajarraco

Queda en algún punto entre la Patagonia y Ciudad Juárez. Es una ciudad de mediano tamaño o un pueblo grande. Sabemos que cuenta con equipo de fútbol propio, restaurante, bar y hotel, entre otros servicios. Pero lo que realmente nos interesa son sus habitantes. Rebuscadores, sin empleo fijo, a veces pícaros y cambiantes de acuerdo con las circunstancias externas.

El único que parece tener empleo fijo es un carpintero caracterizado por un eterno cigarrillo humeante en la boca. La estabilidad económica no es patrimonio local, como ya vimos. Tal vez solo la disfrutan cierto personaje –pesado él– cierta familia de hija única y cierto empresario fácilmente identificable por un estado permanente de restricción de gastos.

Un rápido recorrido por la fauna local nos muestra alguien cuya inteligencia es inversamente proporcional a su nombre; los dos extremos en materia de situación capilar; un aficionado a la dieta de felino (no a comer lo que come el felino, sino a comerse al felino); un argentino vestido como cantante de tangos; un boliviano vestido como la gente se imagina que deben vestirse los bolivianos y un sujeto bajito y barrigón en estado de rubor permanente.

Pero todos ellos son personajes de reparto frente a quien, sin lugar a dudas es la luminaria local. Local no. Internacional. Porque su fama ha ido más allá de las fronteras de ese pueblo grande, al punto de ser un símbolo en prácticamente todos los países de habla hispana a este lado del Atlántico (gringolandia incluida).

No ha sido por sus obras, evidentemente. Aunque prácticamente ha incursionado en todas las profesiones, no se le conocen aportes valiosos en ninguna. En cambio tiene una larga colección de errores, embarradas y fracasos debidamente documentados en sus desempeños laborales. Pero la mayor parte del tiempo está en algún punto entre vago y desocupado. Su eterno atuendo de camiseta,pantalón remendado y sandalias refuerzan esta idea. Atuendo que por cierto no es una concesión a la descomplicada moda actual, sino una imagen coherente desde 1949, cuando el mundo lo conoció.

Bueno, primero lo conoció Chile, su país de origen. De ahí saltó al resto de un continente que se ha visto reflejado en sus historias, su humor, sus personajes y -aquí viene la justificación de este texto- la película que lo llevará a la pantalla grande en el 2017, cuyo trailer fue divulgado hace pocos días.

Así que en las Amilcaradas declaramos oficialmente esta semana la semana de Condorito, personaje ilustre de Pelotillehue. Reconocimiento más que merecido a la única historieta que sobrevivió la edad de oro de nuestra infancia y que, dicen, hace no mucho llegó a ser la de más circulación en Colombia. Es la coyuntura ideal para rendir homenaje a nuestro pajarraco favorito, a la tan sexy como paciente Yayita, a la insoportable Doña Tremebunda, al noble Don Chuma y –por supuesto- al saco de plomo de Pepe Cortisona.

Nos declaramos oficialmente a la espera de la premier mundial del filme de nuestro héroe, anunciado para octubre del 2017. Y cerramos esta nota de la única forma posible.

¡Plop!

martes, 28 de junio de 2016

Había que verlas


En mi vida existen tres problemas. Uno, no tengo tema para la columna de esta semana. Dos, no he escrito nada sobre el milenio pasado. Tres, no he visto a los Trinity en ninguna de las antologías del cine del siglo XX.

Los Trinity -para nuevas generaciones- eran un “caribonito” llamado Terence Hill quien junto con Bud Spencer, un barbudo gordo y grande, protagonizaban comedias en las que les daban tremendas “muendas” a los malos.

 Sus filmes se incluían en la categoría social de los niños y adolescentes. Si uno no los veía, corría riesgos graves como quedar por fuera de las conversaciones, no entender los chistes, o parecer demasiado inteligente. Había que verlos, o fingir que se habían visto.

Con ese criterio, lanzó aquí una lista de las películas HQV (había que verlas) del siglo pasado. Y lo acepto: los argumentos son ridículos, las tramas superficiales, la técnica pobre y muchos de ellas se olvidaban a la semana. Pero en su momento.. había que verlas.

La niña de la mochila azul: Dramonón mexicano con un final maníaco - depresivo. Música de fondo ranchera cantada por Pedro Fernández antes de cambiar de voz.

Porkys: Sucesión inacabable de chistes verdes made in USA. El argumento giraba alrededor de un burdel cerrado a menores, y unos cuantos menores haciendo esfuerzos por entrar a él. Despedida de soltero: Para efectos de historia oficial, se salva por que ahí actuó Tom Hanks (el del Código da Vinci, para los más jóvenes. Para efectos de comentarios callejeros, se salva por una escena en la que se utilizan condones en vez de globos con fines decorativos.

Cupido motorizado: Un Volkswagen mutante con vida propia, que se dedicaba a solucionarle los problemas sentimentales a sus ocasionales propietarios y pasajeros. Fueron como cinco partes. (Y hace relativamente poco hicieron una con Lindsay Lohan que programan día por medio en algún canal de cable).

Las de Louis de Funes: Un viejito calvo francés que se parecía a alguien conocido. A un prefecto de disciplina, a un tío, a un amigo de la casa. Se metía en líos, hacía caras y tal vez la más popular de sus películas fue “Las aventuras de Rabbi Jacob”, o algo así.

Carta de amor: Unas cartas de amor escritas por una joven enamorada de un adolescente torpe para que este conquistara a la mona sexy de la que estaba enamorado que era hija de un policía que termina enredado con la mama del tipo torpe... Bueno, viéndola en cine sí se entendía y era divertido.

martes, 12 de abril de 2016

Historias de películas lejos de casa. Las buenas noticias


Años atrás, ir a cine era uno de los mejores programas. Al traspasar el umbral de la sala, solo o acompañado, la realidad desaparecía durante tres horas mientras el asistente se sumergía en un mundo de sueños, de aventuras, de humor, de romance. Era un ambiente diseñado para establecer la relación ideal con la historia en pantalla. Oscuro, silencioso y personal.

Ah, y muy barato. Durante mucho tiempo estuvo sometido a control de precios. Esto significa que el gobierno de turno definía el precio de la boleta. La memoria de quien escribe esto (modelo 62) recuerda entradas de 5.50  (sí, cinco pesos con cincuenta centavos) que tuvieron un alza “escandalosa” a 6.60.

Igual que ahora, los teatros contaban con ventas internas de pasabocas, a precios ubicados en algún punto entre caros, especulativos y abusivos. Pero no había problema. Un personaje infaltable en la puerta de los teatros era el puesto de dulces que le montaba  competencia a la tienda interna.  Todos “sabíamos” que ese era más barato que comprar  adentro. Ahora que lo pienso, no recuerdo nunca haber comparado precios, o alguna investigación que sustentara dicha afirmación. Pero lo que sí tengo claro es que no existía ese letrero medio amenazante  que nos  ha convertido a algunos en traficantes de chocolatinas y paquetes. Me  refiero  al de “Prohibido entrar comida”.

Las películas duraban semanas, y hasta meses, en cartelera.  No cómo ahora, cuando promocionan una película seis meses y permanece dos días en exhibición.
  
Sí, había filas  gigantescas. Existían porque los teatros eran gigantescos. Algunos fueron convertidos, con el paso del tiempo, en multiplex con cinco o seis salas. Circularon leyendas sobre espacios que más allá de la popularidad de la película o la abundancia de público jamás se llenaron, porque no había gente pa tanta cama.

El barrio tenía su propio cine. Ideal en horarios complicados como la nocturna o como alternativa pantallera para la vida de calle, junto con el partido de banquitas, la conversación en la esquina y las empanadas de la tienda de doña Ruth.

Todas las vitrinas de los teatros exhibían en fotos escenas de las películas. Incluso de aquellas dirigidas al público adulto, lo cual permitió a mi generación asomarse al mundo prohibido antes de tiempo, hasta que alguna ministra de Comunicaciones cortó de raíz ese espectáculo indecente y, lo más peligroso, gratuito.

Ese cine para adultos –“por no” dejar de mencionar el tema- generalmente compartía modalidad con otros espectáculos más familiares: era rotativo. Esto significaba que por el precio de una boleta, podíamos  pasar el día completo en la respectiva sala, viendo, generalmente, dos películas –o hasta tres, no estoy seguro–. La oferta normalmente contaba historias de un personaje o grupo social  (karatecas, vaqueros, romanos, soldados,  policias), que intercambiaban golpes y municiones con algún equivalente (karatecas, vaqueros, romanos, soldados, ladrones) con suficiente saña y constancia como para que las tres primeras filas tuvieran que esquivar balas y golpes.

Al final ganaban los  buenos que, por cierto, solían estar claramente diferenciados de los malos. Al final ganaban los asistentes que, pese a las largas filas, a los problemas para obtener un buen puesto, o a las salidas en pareja con una tercera persona se gozaban el filme de turno.

Esas eran las historias de película lejos de casa

jueves, 7 de abril de 2016

Historias de películas lejos de casa. De profesión candelero


Un personaje común entre el público de las películas de antes hoy, a duras penas, forma parte del recuerdo. Pista. Era el número tres. Para ubicarlo, es importante señalar que las visitas del novio a su pareja no siempre fueron como actualmente. Es decir, a cualquier hora. Y en la habitación. Y con la puerta cerrada. Hubo un tiempo en el que esas mismas visitas implicaban horarios estrictos bajo supervisión directa de los padres o su delegado. Las demostraciones de cariño se limitaban a castos besos de saludo y despedida. Y cogida de mano. A veces.

Para acceder a algo más interesante había dos opciones. Casarse o buscar un ambiente que proporcionara cierta intimidad. Ahí volvemos a las salas de cine. Ir a ver una película y cuando apagaran la luz… era todo un proceso. Primero,  la invitación. El que invitaba era el novio. Luego la novia pedía permiso a sus padres. Existía un modelo donde se integraban los pasos y el novio invitaba a los padres… a que le dieran permiso a la hija.

Con la petición podían pasar tres cosas. La peor era una negativa. La más peor era que los padres respectivos se  interesaran en ver la película y convirtieran la cita de pareja en paseo.  Novio y novia terminaban compartiendo oscuridad con papá, mamá, hermanos, hermanas, primas, tías y tíos. Y de aquello, nada.

Pero no siempre la solicitud se convertía en plan familiar sino en actividad de pareja. De pareja de tres. Alguien debía acompañarlos. El candelero. Presupuestalmente no había problema. El respectivo padre, de buena gana, asumía los costos. Pero eso le generaba fama de tacaño al novio así que lo recomendable era presupuestar este gasto. Además, a veces incluía  rubros adicionales, por ejemplo el soborno, como veremos más adelante.

La nómina directa de candeleros de tiempo completo eran los hermanos o hermanas. También estaba siempre disponible la tía que había alcanzado cierta edad sin contraer matrimonio. La nómina variable –el outsourcing– incluía primos y primas, otros parientes y, en estratos sociales altos, empleados o empleadas que prestaban servicios en el hogar.

Para efectos de los intereses de la pareja, la nómina variable era la más conveniente. Se trataba de personas que, de un momento para otro, se ganaban la opción de ver una película  gratis y que, una vez dentro del teatro, poca atención le prestaban a su entorno.

Con la tía célibe no había términos medios. O guardiana implacable, o alcahueta. Los hermanos contemporáneos o mayores podían ignorar ciertas cosas,  en proporción directa a su simpatía hacia el novio de turno.  Las hermanas normalmente ignoraban todo, porque hoy por ti, mañana por mí.

El más complicado era el hermano menor. Este venía previamente entrenado por los padres sobre lo que debía evitar y, más importante aún, notificar. La buena noticia era que este vigilante implacable era fácilmente sobornable. Una chocolatina, unos dulces, una buena dosis de crispetas, (y en casos extremos ropa, juguetes o hasta efectivo) garantizaban ceguera selectiva y, más importante aún, silencio.

El mundo evoluciona, lo que la moral antes sancionaba hoy en día forma parte del paisaje. Ya no existen aquellos enviados especiales a las salas de cine para garantizar, con su presencia, que las cosas no pasaran a mayores entre las parejas cuando se apagaba la luz. Y hablando de luz, les decían “candeleros”.

martes, 5 de abril de 2016

Historias de películas lejos de casa. La batalla de los puestos


Antes de que el cine desarrollara sus versiones caseras, la gran mayoría de los usuarios iba a los teatros. Esto implicaba dos filas, una para comprar boletas y otra para entrar. En ellas no faltaba un curioso personaje. Hacía la cola de entrada. Comenzaba a moverse con todos cuando habilitaban el ingreso pero,  justo cuando llegaba a la puerta se hacía a un lado, dejando pasar a quienes venían detrás. Algunas veces permanecía ahí, a un ladito y en otras se iba hasta el final de la hilera y repetía el proceso.

Se trataba del respaldo de la fila de entrada. Mientras sus coequiperos libraban la batalla para adquirir tiquetes, él iba ganando tiempo con el fin de poder entrar rápidamente al teatro. Pero como cada cola tenía su propio ritmo, solía pasar que mientras él alcanzaba su meta, los de las boletas a duras penas avanzaban. Así que la opción era, como se dice ahora, dar un paso al costado.

Esta combinación de formas de lucha tenía una justificación. No existían las localidades numeradas. Quien entraba primero cogía las mejores ubicaciones. Como los teatros eran gigantescos, las sillas que casi todo el mundo anhelaba estaban lejos de la pantalla,  hacia el centro. El “casi” eran los novios que aprovechaban la oscuridad para expresiones de cariño de esas que hoy en día se hacen a plena luz del día en cualquier sitio público. Ellos optaban por los rincones discretos y alejados.

Pero volvamos al grueso de la  población. En ese tiempo al cine se iba en patota. Y entre más grande era el grupo, más complicada la ubicación. Porque cuando la zona VIP se ocupaba, antes de irse para los puntos de baja visibilidad el plan B era  aprovechar  los claros.  Entonces papá quedaba en la silla de la izquierda, mamá a cuatro asientos de distancia, los hermanos dos filas atrás, el amigo colado arriba y a la salida nos vemos.

Claro que existía la posibilidad de reservar ubicaciones. Era un territorio semisalvaje. Los primeros que llegaban ocupaban una o dos sillas con personas y 10 más con sacos, carteras, maletines, bufandas o cualquier señal no verbal que, se supone, expresaba claramente que dicha  ubicación estaba “ocupada”.

Pero cuando el cuidador era demasiado joven, se veía demasiado débil o se distraía, no faltaba el grupo que quitaba bufandas, sacos, carteras o lo que fuera y se sentaba. Y cuando llegaban los que habían “reservado” comenzaba la batalla verbal. Que los puestos estaban guardados. Que usted no es la dueña del teatro. Que las sillas son para sentarse, no para poner cosas. Que yo llegué primero. Que páreme si puede.

La discusión podía prolongarse hasta cuando las luces se apagaban. Si en ese momento ninguno de los dos contendores había cedido, entraba en acción la presión social. El resto del teatro empezaba a chiflar a  los opositores hasta que, resignado, alguno de los dos grupos tenía que reubicarse en esos sitios donde nadie quería ubicarse.

Hablamos de los últimos lugares de los niveles superiores (había teatros con dos, incluso tres pisos). Allí  donde uno se sentía viendo televisión, y en un televisor de los pequeños. Hablamos de las primeras filas, -donde uno no veía la película, la película lo veía a uno- Hablamos de los costados y rincones donde, en el mejor de los casos, se podía ver media película por el precio de una.

Hablamos del espacio reservado a quienes habían perdido la batalla de los puestos.

jueves, 31 de marzo de 2016

Historias de película lejos de casa. La fila


Cuando la tecnología para ver cine en casa no existía, o era privilegio de multimillonarios,  el séptimo arte se veía en los teatros. Con dos filas previas. Una para comprar boletas y otra para entrar. Suena sencillo. Era una pesadilla.

Si se trataba de plan familia, lo primero era  poner de acuerdo a padres, hijos, hermanos, hermanas, primos y amigo colado sobre la película elegida. La decisión debía tomarse en casa porque no había multiplex. Había un teatro donde pasaban una película. Existían tres horarios que aplicaban todos los teatros: matiné, de 3 a 3.30; vespertina, de 6 a 6.30 y noche, de 9 a 9.30. Algunas salas ofrecían un matinal entre 11 y 12 de la mañana los domingos, solo para niños. Enfatizamos lo del horario porque estaba diseñado para que en circunstancias normales cambiar de teatro fuera demasiado complicado.

Circunstancias normales eran una ¡FILA! (léase filotota) Perdón, dos ¡FILAS! La de comprar boletas y la de entrar. Los teatros daban directo a la calle. No estaban dentro de un centro comercial. Las colas respectivas estaban expuestas a los elementos, por lo que podía ser un grupo de personas al borde de la insolación o una seguidilla interminable de paraguas e impermeables improvisados. Aunque el cigarrillo ya estaba erradicado del interior de las salas, todavía no miraban feo al que fumaba en la calle. Quién sabe cuantos cánceres se forjaron en medio de una espera a que abrieran la taquilla mientras delante y detrás del abstemio los potenciales espectadores echaban humo.

Las filas se formaban mucho antes de abrir las taquillas.  Y entre más taquillera era la película, más temprano comenzaba el calvario.  Hubo filas históricas con vuelta completa a  la cuadra y doble vuelta completa a la cuadra. Hubo quienes llegaron con la intención de entrar a matiné y terminaron ingresando a vespertina.  O a noche. O  no ingresaron ese día.  Cuando los tiquetes para la función de las tres se terminaban, cerraban la taquilla y solo volvía a abrirse, digamos, a las 5.30. Y entre tanto fila y cigarrillo. Sin smartphones para consultar facebook. Tampoco había facebook.

La congestión generó el mercado negro. Hubo quienes se especializaron en madrugar con el fin de coger los primeros puestos, hacer compras masivas  y luego dedicarse a la reventa a precios exorbitantes. Algunos teatros creyeron solucionar el problema mediante la restricción a dos boletas  por persona. Lo cual sirvió... para crearle variantes al negocio especulativo. Madrugadores que no vendían boletas, vendían el puesto. Otros armaban el carrusel de colados gracias al cual, compraban boleta, salían, se colaban, compraban boletas y así sucesivamente hasta acaparar la totalidad de las entradas disponibles.

La fila era un territorio civilizado mientras la taquilla estuviera cerrada, pero cuando comenzaban las ventas se volvía el reino de los colados. A medida que la distancia entre taquilla y comprador se iba reduciendo, venía la metamorfosis. El usuario de los últimos puestos hacía comentarios indignados en voz baja. El que se acercaba empezaba a gritar ¡colaaa! ¡hagan fila! o *%&//, de acuerdo con el estrato social y el nivel de exasperación.  Ya a pocos metros de la baranda que limitaba el   acceso a la taquilla el sujeto o sujeto mutaba en un energúmeno o energúmena que, a punta de codazos, empujones y adjetivos, rechazaba colados potenciales mientras se abría paso hasta el punto de venta.  Cuando finalmente lo lograba, era una especie de orgasmo. Solo  faltaba entrar y, ahora sí, a disfrutar de la película

Falso, todavía faltaba la  batalla de los  puestos.

(Continuará) 

martes, 29 de marzo de 2016

Historias de película lejos de casa


Esos tipos que manejan el mercadeo de la distribución de películas son realmente buenos en lo suyo. Hay que reconocerlo. Hacen bien su trabajo, hoy en día  cuando, objetivamente, ir a cine parece una especie en vías de extinción. Quien querría ir hasta un multiplex en tiempos de blue ray,  streaming, televisores de 40 pulgadas y más y, sobre todo, piratería para todos los gustos.

Además, pagar por ver una película sin poder congelarla mientras se atienden diligencias personales en el baño no suena muy sexy que digamos. Pero llegaron los duros del marketing y vendieron eso que ahora llaman concepto. El concepto que compraron las nuevas generaciones es que ir a cine –sobre todo estrenos–, es un acto social de esos que “no se pueden perder”. A las  necesidades básicas de respirar, comer, vestirse se sumó la premiere del filme de moda.

Los  jóvenes asistentes se sienten heroicos mientras hacen fila en el centro comercial respectivo ante el estreno de turno. Y  da  como pena desilusionarlos, pero su esfuerzo no tiene mayor mérito si se le compara con épocas pasadas. Porque –lo que sigue  a continuación puede herir sensibilidades, así que se recomienda leerlo sentado– hubo una época en la única opción para ver cine era ir a cine.

Es en serio. No había video casero. Más claro, no existían el Blue Ray, el DVD,  ni otros  aparatos que tal vez han oído mencionar como el VHS o el betamax. Lo único en línea era uno mismo mientras hacía fila en alguna parte –un teatro, por ejemplo– y para tener un computador personal hubiera sido  necesario desocupar  la casa, porque ese era el tamaño promedio de un aparato de estos.  Y no hablemos del precio. Y tampoco hubiera servido para ver cine, porque  no tenía pantalla.

En televisión sí pasaban películas, cuya edad mínima desde su estreno en sala  hasta el momento de emitirse por algunos de los dos o máximo tres canales disponibles era de 20 años. Tal vez algunas personas tenían una pequeña sala de  proyección en su casa. Digamos que son el equivalente a aquellas personas que hoy tienen un jet propio.

De manera que si usted quería ver el estreno más reciente, su única opción era comprar la boleta e ingresar al respectivo teatro. Comprar la boleta  no es como ahora, que uno simplemente se conecta a la Internet y hace una transacción electrónica, o llama a un número telefónico y espera cómodamente en su casa. No. Podía escoger entre ir hasta  la taquilla y comprarla, o se tenía algún problema con esos, siempre podía  ir hasta la taquilla y comprar la boletas. Allí sería atendido por un taquillero dotados de un gigantesco rollo del cual iría rasgando tiquetes, La máxima innovación tecnológica la tenia algún teatro donde los tiquetes los rasgaba una máquina.  Y era altamente recomendable llevar sencillo porque –algunas cosas nunca cambian- jamás había vueltas.

Pero ya estamos en la taquilla. Ese era el premio de montaña. Y para llegar a él había que pasar por  una epopeya digna de héroes. La ¡FILA! Así, en mayúsculas y con exclamación. Porque, con el respeto que nos merece quienes hoy en día hacen guardia  dentro del centro comercial a la espera de un estreno, eso es un paseo comparado con lo que era acceder a la taquilla en tiempos pasado. La cosa era  tan dramática que amerita texto aparte. Así que nos vemos el jueves.
(Continuará)

lunes, 10 de noviembre de 2008

Contrabandista de papas fritas


Les voy a contar por qué me volví contrabandista. Dos mujeres fueron las culpables. Una es la que invité a cine. A la que le dio hambre. Compré un ¨combo¨ de 10 mil pesos. Dos gaseosas de las más pequeñas y dos baldes de crispetas (también de los más pequeños). ¡10 mil pesos!

(Precios de 2008, por cierto)

Como el presupuesto trascendió mis cuentas y no tenía tarjeta me tocó llevarla a pie hasta la casa. Como 15 cuadras. Solo por eso no me volvió a hablar. Tan susceptible.

Terminado mi fallido paso por la pantalla grande me puse a echar números. Un paquete de crispetas crudas cuesta $1000 pesos. un paquete para microondas por ahí 3.000. Con el primero salen como 50 baldesitos de los ¨baratos¨. Con el segundo por lo menos tres. Una gaseosa de dos litros y medio cuesta 3 mil pesos. Con esa se llenan cinco vasos de los pequeños del cine.

Conclusión, era caro comprar la comida en el teatro. Así que la siguiente vez fui preparado. Llevaba un paquetico con dos gaseosas enlatadas, par paquete de combinados y par chocolatinas. A mi lado, una mujer joven bonita, sensual y...

Furiosa, así se puso cuando el vigilante del teatro dijo que no podíamos entrar la comida, que estaba prohibido. Bueno, el furioso al principio era yo. Pero ella puso primero cara de “no sea tacaño”, luego de “no sea bruto” y después de ¨que oso¨. Y no sé por qué después de que la llevé a casa no me volvió a hablar. ¿Sería porque no vimos la pelicula?

Así que por ellas me volví contrabandista de comida. Mis ¨caletas¨ son bolsillos grandes, fondos de cartera o paquetes. He diseñado varios recursos para pasar mi ¨matute¨. Envuelvo las chocolatinas en inofensivos pañuelos. Empaco las bebidas en frascos de alcohol o escondo el maní en el monedero. Encaleto las papas fritas en el paquete de un almacén de zapatos, los besitos en una bolsa de ropa, las galleticas dulces entre una caja de herramientas. Todo para poder conjugar el verbo comer con el adverbio barato o normal en una sala de cine.

Claro que solo. No sé por qué, las mujeres ya no quieren ir conmigo.