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miércoles, 13 de agosto de 2025

Aventuras gastronómicas


Se advierte al personal que el texto que retomamos a continuación, publicado originalmente en 1994, pero aún vigente, no es apto para estómagos sensibles. Después no digas que no te avisamos.

Ruiz, experto teórico en dietas  — pesa 90 kilos y mide 1,50 — es también un aventurero de la gastronomía. Esto significa que se come lo que sea y donde sea. Esta práctica le ha permitido establecer su propia clasificación de los restaurantes callejeros, de esos que se encuentran múltiples calles y esquinas de Colombia. 

  1. Bajo su propio riesgo. Son aquellos negocios donde el pan es verde, la leche amarilla, el arroz negro y la carne blanca; la mesera tiene caspa y el cocinero lanza enormes estornudos que se escuchan en todo el restaurante.  Eso sí: Son muy baratos.

miércoles, 9 de julio de 2025

Carrasposo

Un día ya lejano la prima Marta descubrió, horrorizada, que el primo Julio despachaba su afeitada diaria con el mismo jabón que lavaba manos, acompañaba ducha y atendía ocasionalmente otros servicios de aseo. Al advertir al pariente sobre posibles efectos negativos en la piel, este (o sea Julio) contestó que eso era invento de publicistas para vender lociones, cremas, espumas y menjurjes. Y remató con frase lapidaria, “a mí no me la va a ganar la sociedad de consumo”.

La conversación terminó pero la prima no se iba a rendir tan fácil. Todos los años, sin excepción, Julio recibió en Navidad y cumpleaños crema, gel o alguna variante para después de afeitar, de las que prometen sensación de suavidad y efecto revitalizante, sea lo que sea eso. Casi todas terminaron como regalo de última hora para terceros, donación a interesados o simplemente basura. El jabón seguía invicto.

Eso fue hasta tiempos recientes, cuando tuvo que renovar zapatos. Julio es de pata grande y presupuesto variable. Eso de calzar 45 tirando a 46 lo obligó a solucionar sus necesidades de calzado en comercios medio clandestinos ubicados en zonas industriales. Lo que hoy llaman outlets y antes se conocían como saldos e imperfectos. Allí encuentra dotación para sus kilométricos pies a precios bastante razonables.

Al final de la compra, mientras pagaba los tenis destinados a su relación con el piso hasta nueva orden la cajera hizo una extraña propuesta. “Tenemos crema para el cuerpo en promoción, ¿le interesa?” No le interesó, pero sí le pareció exótico que en el punto de fábrica de una fábrica de zapatos le ofrecieran tal producto. 

Fue el banderazo de una curiosa y monotemática ofensiva comercial. Siguieron los mensajes de texto. Los que vienen de esas listas de distribución en las que uno quedó automáticamente suscrito al pedir un domicilio, inscribirse en algún programa de fidelización o pedir una factura electrónica. O sencillamente al entregar datos inocentemente sin saber que terminarían en el mercado negro de bases de datos.

El hipermercado le envió información sobre el madrugón con precios especiales en la línea dermocosmética, definida por alguna inteligencia artificial como cuidado y mejora estética de la piel. De la droguería lo invitaban a probar una nueva marca de productos destinados al embellecimiento cutáneo. Durante un periodo no superior al mes, lo bombardearon con avisos de jabones, mascarillas, vitaminas, aerosoles y bloqueadores especializados en el pellejo del personal con su dosis de descuentos, obviamente,  imperdibles.

El primo descartó definitivamente explicaciones basadas en algoritmos durante una visita al centro comercial de siempre. Ahí, en un corredor, presuntamente peatonal, instalaron un quiosco provisional donde promocionaban, como no, cremas naturales para nutrir la piel. Y en el recién inaugurado mall (otro centro comercial pero con nombre gringo) el primer local ofrecía una amplia gama de marcas y productos para proteger, perfeccionar y suavizar la capa exterior del ser humano. Servicio unisexo y asesoría personal.

En plena temporada dermatológica, Julio se pasó la mano lentamente por el rostro como lo había hecho miles de veces a la largo de su vida. Por primera vez sintió algo áspero que obstaculizaba el movimiento y causaba cierta sensación incómoda, que nunca antes había notado. Podía ser su imaginación, pero...  

Aunque nunca lo reconoció, de repente se volvió prioridad rebuscar en el rincón de los regalos inútiles algún sobreviviente de los obsequios de la prima Marta para estrenarlo en la siguiente rasurada.

La sociedad de consumo había triunfado.

miércoles, 12 de marzo de 2025

Mancha polémica

El empleado de la lavandería fue tajante. “Eso no sale. Qué pena, pero creo que la camisa se perdió”. 

Con este sumaban cinco servicios profesionales con un diagnóstico similar. La mancha era un recuerdo póstumo de la fallecida tía (en realidad tía abuela) Marta. También evocaba la torpeza de García. Él insistió en abrir ese recipiente de contenido desconocido y tapa dura. Él hizo fuerza y más fuerza hasta que la tapa cedió de repente. Él, en su camisa, recibió parte de la tinta, sobreviviente de épocas donde en vez de imprimir se escribía, mediante delicadas plumas recargadas directamente del frasco.

Y hablando de recuerdos, una anécdota de tiempos pasados se interpuso entre la prenda manchada y la caneca. Involucraba a la tía Marta, su caligrafía, y cierto incidente que dejó una huella similar en la blusa. No tan grande, pero mancha al fin y al cabo. García apenas era un niño, pero recordaba escenas sueltas. La blusa manchada. Tiempo después, la blusa impecable. Y un diálogo entre la tía y su madre (la de García). “Mi mamá (o sea, la bisabuela de García) la quitó. Usó…” En ese justo momento, la película mental se cortaba. Existía algún truco clásico para lidiar con esas manchas. Pero, ¿cuál era?

Evidentemente, se trataba de uno de esos secretos que pasaban de generación en generación. Los profesionales lo ignoraban. Horas y horas en internet tampoco dieron resultados. La progenitora de García ya no estaba en este mundo, tampoco ninguno de sus hermanos, y mucho menos los de la tía Marta.  

García pensó que la nieta de la tía Marta podría saber algo. Tal vez con otras palabras el resultado hubiera sido distinto. Pero planteó el tema de forma inocente y desprevenida. La camisa estaba manchada. Él recordaba que la familia usaba un método para solucionar esos problemas y era de esos trucos de hogar que pasaban de mujer a  mujer. Y como ella era la única mujer heredera del linaje, se preguntaba si…

No lo dejaron terminar. Tampoco le dieron la fórmula. En cambio recibió tremendo regaño por su actitud machista y patriarcal, la cual estereotipaba al género femenino como un ser limitado a las tareas del hogar. Nada diferente se podía esperar de la visión anacrónica y estrecha de alguien cuyo sexismo lo llevaba a presumir que, solo por ser mujer, alguien tenía la obligación de ser experta en tareas domésticas.

Lo anterior resume 20 minutos de diatriba cuyo único contenido de utilidad inmediata llegó cuando la interlocutora dijo que, si de secretos se trataba, su hermano (el de ella) había sido mucho más cercano a la tía Marta. Realmente, García ni siquiera pensó previamente en consultarlo. Pero ya con el dato, parecía una excelente alternativa. El hombre se escapó de la reprimenda como pudo y localizó al segundo pariente.

Esa conversación fue más o menos tranquila hasta cuando la difunta entró al tema. El interlocutor cambió de humor, semblante y tono. La tía Marta pasó de abuela a vieja infeliz. “En sus últimos años se volvió caprichosa, antipática y desagradecida. De nada sirvió el tiempo que le dediqué sin ningún interés. Cuando hacía mandados apenas me daba algo para transporte y si la diligencia implicaba algún gasto, cada peso era sometido a la más estricta de las auditorías. De la herencia ni hablar. Yo solo quiero olvidar a esa señora”.

Fracasado el tercer intento (profesionales no, nieta no, nieto no), solo quedaba el viudo de la hija de la tía Marta, es decir el padre de los expresivos nietos. Tipo reflexivo y pragmático, por lo menos era de esperarse una reacción menos visceral. Y efectivamente así pasó.

“Seguramente sí había algún truco. Pero los más viejos se llevaron esos secretos a la tumba. ¿Sabe que García?,  bote esa camisa y no moleste (realmente uso una palabra con J) más”.

miércoles, 30 de octubre de 2024

Pero si apenas es un pinchazo

Prota le tiene terror a las inyecciones. Pero siendo un adulto cuasi mayor criado con eso de que los hombres deben ser machos, disimula cuando hay jeringas a punto de perforarlo. Mira para otro lado. Actúa (como el actor más consumado) con indiferencia. Hace chistes. Ahoga el grito en el momento del pinchazo. Al final acomoda la ropa y respira profundo con el fin de controlar la taquicardia y normalizar la presión arterial.

Prota es como Protagonista pero en corto, recurso lingüístico usado por comentaristas de cine y series en páginas web y redes sociales. El tipo no tiene nada que ver con ese mundo, pero el nombre pareció una buena forma de garantizar el anonimato del protagonista real. Ese que hoy es cobarde pero finge valor. No siempre fue así. De niño también era cobarde, aunque no hacía el más mínimo esfuerzo por ocultarlo. Cada intravenosa o intramuscular implicaba complicaciones, traumas, luchas… para los encargados de aplicarla. 

Es justo reconocer que las circunstancias eran malas tirando a peor. Prota sufrió alguna enfermedad infantil que demandó una tanda, bastante larga, de inyecciones. Ya no sabe si eran diarias, día por medio, semanales o quincenales. Pero más allá de su periodicidad, las recuerda como una tortura. No solo por los pinchazos, sino por todo el ritual. En esos tiempos no había jeringas desechables. Fabricadas en vidrio, se reutilizaban. Para esterilizarlas adecuadamente se hervían, junto con las agujas. Y no pregunten cómo, pero existía un olor a jeringa hirviendo que se extendía a lo largo y ancho de la casa. 

Cuando Prota lo sentía, comenzaba la película. Debajo de la cama, la mesa o la escalera; en el clóset; detrás de las persianas; en algún rincón del patio. La vieja casa abundaba en recovecos donde Prota intentó, escondido, esquivar su destino. Inevitablemente —aunque a veces les tomaba su tiempo— lo encontraban. Los buscadores aplicaban técnicas varias para el siguiente paso.  Las civilizadas incluían convencer con argumentos, palabras suaves o algún chantaje, generalmente dulce. Las tradicionales abarcaban arrastrar al sujeto de una oreja, del cabello o alzado hasta el cuarto habilitado para inyectología a domicilio.

Prota a veces llegaba relativamente tranquilo al chuzadero. Esto cambiaba radicalmente al comenzar la segunda parte del ritual. Las inyecciones venían en polvo. Debían disolverse en líquido justo antes de la aplicación. El niño lo veía todo. Esa jeringa enorme con agua destilada, la cual se inyectaba en un vial de vidrio a través de la tapa de caucho. El recipiente sacudiéndose hasta disolver el contenido. La misma jeringa, con otra aguja, llenándose a su capacidad tope con ese menjurje cuyo destino final iba a ser la humanidad del pequeño testigo. Si llevarlo a la habitación había sido complicado, mantenerlo ahí tras presenciar en vivo y en directo toda la preparación demandaba tremendo operativo.

La primera vez estaban solo mamá y el señor de la droguería (inyectología a domicilio, entre otros servicios). La segunda tocó reforzar con cualquier familiar disponible. A la tercera el inyectólogo llevaba ayudante. De la cuarta en adelante el vecino desocupado, el celador, el novio de la hermana mayor (interesado en ganar puntos con la suegra), la hermana mayor y cualquier otro pariente o amigo a la mano se unieron al equipo para atrapar, sujetar y tratar —infructuosamente— de calmar a Prota, durante pocos segundos —que a todos les parecían horas—, mientras aplicaban el medicamento.

El tratamiento surtió efecto y las inyecciones se cancelaron. Años después fueron necesarios más pinchazos por otras razones. El ya adolescente Prota cerraba los ojos, sudaba frío, temblaba pero se dejaba aplicar el respectivo remedio, o tomar la muestra de sangre. Con el pasó del tiempo perfeccionó el camuflaje de valor que oculta su cobardía inyectológica. También perfeccionó la sonrisa irónica que dibuja en su rostro cada vez que el torturador del momento pone cara de condescendencia y suelta la impajaritable frase: “Tranquilo, es solo un pinchazo y ya”. 

miércoles, 2 de agosto de 2023

La independencia sabe a jabón



Tuvo que hacer varios mercados de cosas inútiles, colgarse en el pago de servicios, notar la inexistencia de papel higiénico, crema dental y jabón en el peor momento posible y demás primiparadas. Pero Mati ya pasó al siguiente nivel entre los que dejan la casa paterna e ingresan al gremio de los independientes. Sin embargo, en los rincones más inesperados, un enemigo silencioso acecha. No importa qué haga para enfrentarlo, el nivel de cuidado en las acciones que lo involucran, los operativos cuidadosos para erradicarlo o por lo menos controlarlo. No hay forma de salir invicto en la guerra... contra la crema lavaplatos.

Como toda guerra, tiene antecedentes. La historia de quien en el hogar materno jamás tuvo que lavar un plato y el predominio absoluto de comida callejera y domicilios con desechables en los primeros días de vida independiente. El choque presupuestal de la primera quincena donde, para bajar gastos, se comienza con algo sencillo, preparar el desayuno. La progresiva acumulación de platos, pocillos y ollas sucias en el lavaplatos hasta que, literalmente, no cabe un trasto más. La hora de la verdad: la hora de lavar loza.

Cuando esas cosas pasan nunca se tiene el equipo adecuado, así que Mati comienza el curso improvisando con un poco de detergente, o un jabón de manos, o un champú y algún trapo desechable graduado de esponja. El desastroso resultado (mugre que no desaparece, platos oliendo a peluquería) implica la primera lección. Existen artefactos y productos especializados para cada actividad. Entonces Mati lleva su ignorancia a algún hipermercado donde encuentra un kilómetro de estantería repleto de opciones entre cremas, líquidos, paños, esponjillas, dispensadores y, si busca más, hasta máquinas. En su calidad de consumidor preprogramado compra jabón de la marca que años de publicidad le grabaron en el subconsciente y, para efectos de aplicación, alguna esponja similar a la que recuerda de su casa de origen.

Con su nuevo equipo vuelve a casa dispuesto a descubrir cosas. Cosas como que la facilidad con la que en los comerciales remueven la mugre no tiene nada que ver con la realidad. No solo son necesarias varias pasadas, sino que hay que ir a la tienda a comprar esponjilla metálica para sacarle por lo menos un empate a ciertos residuos. Y solo tras varios días e intentos fallidos (previo consejo maternal y búsqueda en internet) Mati aprenderá eso de remojar previamente la sartén para poder despegar la grasa.

El verdadero enemigo, sin embargo, jamás será derrotado. Porque cada lavada con crema deja, en algún rincón del plato, al fondo de la olla o sartén, camuflado entre los dientes del tenedor o en cierto punto estratégico del vaso o pocillo “ese” traicionero residuo de jabón. De alguna manera se esconde al terminar el enjuague. Pero eso sí, invariablemente aparece después de que la pieza respectiva ya está seca, “lista” para guardarse. A veces, incluso, solo se hace notar a la hora de cocinar, servir o, comer. En algún momento —por ejemplo, después de servir el café—  el residuo aparece. Y real o psicológico, la bebida sabe a jabón, situación que se extiende a los huevos, el pan, el cereal, el queso, la fruta, y hasta al tamal recién desenvuelto de su capa protectora de hojas. 

El hombre no se rinde.  Del perezoso paso de la esponja por la pieza enjabonada evoluciona al cuidadoso restregar de toda la superficie. Más presión del chorro, más agua. Jabones líquidos —más caros— en vez de crema. Opciones que hacen más pobre a Mati. Hay que volver a la crema y al consumo racional de agua, con una cuidadosa, sistemática y casi quirúrgica remoción de los restos de jabón de cada cubierto, vaso, pocillo, plato, sartén, olla y demás implementos lavados, revisados cuidadosamente antes de poner a secar.

No importa. En algún momento el residuo de jabón -ya endurecido y encostrado- aparecerá.

El precio de la independencia sabe a jabón.

martes, 3 de octubre de 2017

Lumbersexual de bajo presupuesto

Me acabo de enterar que yo soy un lumbersexual de camisa equivocada y barba imperfecta. Primero las aclaraciones capilares. Desde la adolescencia libré una tenaz batalla contra el vello. El vello que no salía. En tiempos en los que la masculinidad era directamente proporcional a los hombres de pelo en pecho, a mí me tocó ser una especie de depilado precursor. Y con respecto al bigote pasaron muchos años antes de que la sombra debajo de mi nariz fuera visible sin necesidad de lupa. O microscopio. Y ese tono mono que tiende a confundirse con la piel todavía no desaparece del todo.

Sobre la barba, después de 30 años sin afeitarme finalmente algo comenzó a notarse colgando de la cumbamba. Que pareciera un ratón muerto por efectos de una aplanadora era secundario. A medida que pasaron los años la melanina hizo mutis por el foro, con lo que ha habido un cambio fundamental. Ahora lo que remata la quijada parece un ratón albino muerto. Y sucio.

De patillas y el resto de la cara se habla en chino. Aquí chi y aquí no. Y asimétrica. Las veces que he intentado clasificar como barbudo el resultado ha sido un archipiélago irregular de manchas capilares dispersas por la cara. Que además tienden a crecer irregularmente. Es como si una parte fuera pasto de estadio y otra maleza de monte.  Ni modo. En nombre de una estética mínima, toca conformarse con el roedor fallecido.

Hablando de estética, carezco de toda autoridad moral para referime al tema. Sobre todo en la parte de vestuario. Vivo afectado por situación similar a la de aquel hombre al que todas las mujeres quieren vestir. No por intereses erótico afectivos, sino sencillamente ornamentales.

No es solo por la tendencia a andar descachalandrado, por el nulo interés en que las prendas utilizadas combinen entre sí, por el rincón donde yace olvidada la plancha y por la práctica sistemática de remiendos con esparadrapo. Es porque a todo lo largo de mi vida he considerado que la obligación de vestirse queda despachada con unos requisitos mínimos de proteger y tapar. Proteger el cuerpo del clima y los elementos, proteger a los demás de olores molestos, y tapar lo que por ley, convenciones sociales o sentido práctico debe estar tapado.

Y resulta que eso que yo llevo haciendo no sé cuántos años tiene nombre, tendencia, etiqueta, tribu urbana, hashtag, grupos en redes sociales y justificación sociológica. Que, y esta es la parte interesante, se supone que todas esas cosas les encantan a las mujeres. Por cierto que tengo que averiguar dónde hago el reclamo, porque mis índices de popularidad con las damas no han registrados mayores variaciones en los últimos tiempos.

Claro que justo es reconocer que no se cumplen todos los requisitos. Se supone que hay que usar camisa de leñador. Leñador canadiense, o sea de cuadros y de un paño grueso. Y de esas no tengo yo. En cambio sí dispongo de una abundante dotación de las que usan los que tumban monte por estos lares, que es básicamente cualquier prenda de vestir (camisa, camiseta, suerter, chaqueta) cuyo propietario no tiene la más mínima intención de volver a lavar, coser o someter a cualquier tratamiento higiénico o de mantenimiento. Y que pese a esos, se niega a hacer el tránsito a trapo.

La idea es que los lumbersexuales se llaman así porque en algún idioma - podría buscar el dato preciso en internet pero me da pereza- lumber significa leñador. Y que surgieron como una reacción a esa tendencia de la que se habló hace alguno tiempo, los metrosexuales, donde los caballeros se cuidaban tanto, más o mucho más en su aspecto personal que cualquiera de las damas. Que por esos retomaron un esteorotipo de macho machote. Y que como pasa con cualquier tendencia, antes, durante o después sirvió para que  los vendedores de camisas de leñador, los vendedores de jeans desgastados, los vendedores de botas y los expertos en peluquear barbas se llenaran de plata vendiéndole exclusividad a los cada vez más abundantes leñadores que no han tumbado un árbol en su vida.

Y parece que yo soy uno de esos. Pero de bajo presupuesto.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Sentarse: know how, experticia y competencia

(Basada en hechos reales)
…en serio 

Y cansado de tener que pelear cada dos meses con tesorería para que giraran el cheque del acueducto, el director de mantenimiento y servicios generales agendó una cita con el gerente. Con su habitual meticulosidad le presentó cinco propuestas diferentes para optimizar el consumo de agua en la fábrica, cada una debidamente sustentada en cifras que mostraban la recuperación de la inversión en el mediano plazo.

El gerente puso esa cara por todos conocida donde decía que esa inversión tenía más pinta de gasto. El director ya venía preparado y le vendió la idea de la prueba piloto en los baños que utilizaba el personal. De todas formas ya Secretaría de Salud les había puesto plazo para hacer ajustes en estas y otras áreas comunes, así que se despachaban tres, perdón, dos problemas en un solo viaje.

El tres fue una traición del subconsciente porque el director tenía intereses más allá de lo laboral con la recién enganchada profesional de sostenibilidad. De manera que no solo era vender un ahorro económico sino un compromiso con el planeta y, de pasada, la imagen de alguien que se preocupaba por el entorno para quien, léase profesional de sostenibilidad, estuviera interesada en comprarla.

Así que toda la grifería se cambió por su versión ahorradora y los sanitarios innovaron el tradicional sistema con uno basado en sensores, que de acuerdo con la presencia o ausencia del usuario activaba la descarga controlada de agua.

Eso decía la teoría.

Primero fueron los encargados de asear los baños, quienes evidenciaron que no siempre las descargas se realizaban de forma automática. Vino el personal de la empresa instaladora, e hizo los ajustes pertinentes. Y no hubo más reclamos hasta cuando el propio director, en misión no oficial, hizo uso de las instalaciones para descubrir que las descargas en automático funcionaban, pero mucho.

Es decir, que durante el proceso el más mínimo movimiento de parte del usuario activaba el sistema. Una encuesta entre caballeros confirmó que no era el único caso, Y aunque la parte profiláctica del asunto estaba por fuera de cualquier discusión, la mente del director anticipó un apocalíptico aumento en el consumo del agua, un gerente doblemente molesto por el doble gasto y la necesidad de tomar y justificar medidas poco sostenibles ante la profesional de sostenibilidad.

Nuevamente llamaron al personal de la empresa instaladora. Y este, -con todas las ropas en su sitio, se aclara- replicó el proceso de sentarse y levantarse. Con precisión de relojero, cada uno de los sanitarios respondió con una sola descarga de agua en el momento indicado.

Era la sentada del técnico contra la palabra de los usuarios permanentes. Y entonces fue cuando este planteó la solución. Solución que, ni en ese momento, ni ahora, ni después nadie ha sido capaz de aplicar, porque elevó a categoría de conocimiento especializado lo que hasta ese día era una simple flexión de rodillas y acomodar la parte anatómica correspondiente

“Mire doctor, lo que pasa es que aquí la gente no sabe sentarse”.

jueves, 5 de enero de 2017

Desplazamiento laboral

Hace unos años, y no son tantos, yo era indispensable. Mis servicios formaban parte de  los requerimientos diarios en múltiples ambientes: familiares, industriales, laborales, eclesiásticos, militares, festivos y podría seguir.  Muchas cosas eran descartables, pero yo no. Claro, había otros que hacían lo mismo que yo pero con grave riesgo para la salud. Dentistas y oculistas y uno que otro ortopedista pueden dar fe de que no miento.

Lo que yo hacía era sencillo pero práctico. De hecho se  basaba en una ciencia básica, la física, para ser exactos. Pero me pasó algo tan común en este país. Tuve un problema con las roscas. Las roscas han ido llegando, poco a poco y se han ido imponiendo. Me fueron dejando por fuera. Bien lo dicen: lo malo de las roscas es no estar en ellas.

Ese fue solo el comienzo. Otra desgracia vino por cuenta de la tecnología. No tengo nada personal contra los diseñadores industriales, simplemente los odio. Ellos, lentamente,  han ido cerrándome las puertas. Eso sí, les abono la creatividad.

Tengo, como todos, un campo específico de trabajo. Un área en la cual desempeño mis habilidades. Pues bien, en un proceso lento pero constante ese campo ha ido modificándose en beneficio de muchos, pero en total detrimento para mí. Se trata de avances que prestan los mismos servicios, pero sin. Sin mí. Yo ya no soy necesario.

Es más. Tengo un segmento específico de la economía con el cual establecía una relación directa, casi simbiótica. Éramos una especie de pareja perfecta. Ella –sí, es ella- me necesitaba. Yo era su complemento perfecto. A lo que voy es que otros le hicieron una cirugía, mejora, adaptación o llámenla como quieran, cuya único resultado fue eliminar a un protagonista de la historia. Adivinaron, a mí.

Ante el hecho consumado, solo me resta buscar alternativas. Y  aunque puedo ser útil para algunas labores domésticas o prestar servicios opcionales el problema de fondo es que para todo eso ya existen especialistas. Es decir, quienes por sus habilidades lo hacen mejor que yo.  Quienes fueron preparados especialmente para eso. Se pueden soltar o apretar tornillos con muchos instrumentos, pero el mejor para hacerlo sigue siendo un destornillador.

La verdad es que aunque saben que estoy ahí, cada vez menos gente me convoca. No hago falta. Soy, por  mucho, una parte del paisaje o algo medio decorativo. Mi inexorable destino es el abandono, el olvido y, tal vez alguna referencia curiosa de quienes me conocieron en  tiempos de gloria, o de los historiadores de un futuro cada vez  menos lejano.

Soy un desplazado laboral por la evolución de la tecnología, los hábitos y las costumbres. Víctima paulatina de las tapas rosca, los envases innovadores, el plástico y esos sistemas que permiten hacer con la mano aquello para lo cual yo era infaltable. Yo era el dispositivo adecuado para poder consumir cervezas, gaseosas y jugos de otro tiempo. Y todo gracias a una sencilla aplicación del concepto físico de la palanca para efectos bebestibles

Soy un destapador de botellas.

jueves, 18 de agosto de 2016

Paternidad para machos

Hay actividades reservadas a hombres musculosos, pechipeludos, valientes y repletos de testosterona. Por ejemplo, cambiar pañales por primera vez. El padre novato tarde o temprano tendrá que hacer su aporte en el constante proceso de reciclaje de su vástago. Un recién nacido duerme, llora, come y todo lo contrario de lo anterior. Esto último se traduce en un consumo desaforado de pañales, que es necesario cambiar. Y te figuró, papá.

Después de cuatro viajes perdidos al closet, trayendo siempre la talla equivocada del gran surtido regalado por los amigos, será seleccionado el adecuado. Entonces vendrá la sesión de instrucciones por parte de la esposa, suegra, madre, hermana o tía.

- Póngalo en el cobertor y suéltele el pañal.

El pequeño cuerpo desaparece entre las manotas del neopadre, que pasa nerviosamente a su hijo de la cuna a la zona de cambios. La desproporción de tamaño hace que el aprendiz de nana se mueva con la delicadeza de un relojero al soltar los broches. A veces es tanta la precisión que el instructor dice cariñosamente, “apúrele hola”.

- Levántelo y saque el pañal.

- ¿Qué que?

- Que lo levante y saque el pañal.

Siempre existe la esperanza de que no sea en serio, pero la mirada del instructor pulveriza esa esperanza.  Muy despacio levanta al pequeño y va sacando... ustedes saben lo que va sacando. Con una destreza envidiable se dobla y arroja el pañal usado a una caneca, una bolsa, o una hoguera lo más lejos posible. Todo terminó.

- Límpielo y póngale el otro.

No, no ha terminado. Y a veces el pequeño caballero o la pequeña dama decide ahorrar el próximo cambio y procede a ensuciar pañales sin pañales, o sea en las manos del padre. Y lo más increíble de todo, es que a este le parece lo más tierno del mundo.

Cuando coloca el último broche, y el padre va a lavarse las manos, quitarse la camisa nueva con su igualmente nuevo “estampado” y bañarse en agua de colonia, la voz de la instructora reitera la condena.

- Esta noche le toca a usted.

Esa vaina es pa` machos.

martes, 16 de agosto de 2016

Esta amilcarada huele mal

La verdadera democracia queda al fondo a la derecha. En ese cuarto que todos debemos visitar por lo menos una vez al día. Aquí no hay diferencias de sexo, estrato, edad, género, nivel educativo, aspecto, piso térmico, profesión u oficio. Las actividades para las que se diseñó la habitación mencionada son aplazables, pero inevitables. Y si las circunstancias lo ameritan, el verbo visitar puede ser una metáfora. El contacto íntimo con la naturaleza, recipientes con nombre de primate hembra o palmípedo, y productos que combinan papelería con fibras vegetales usados por todos en la primera parte de la vida y por algunos en la última son opciones aceptables para esas circunstancias

Lo curioso es que algo tan normal y rutinario es, a la vez, vergonzante. El interés del protagonista es que nadie se entere. Pero el crimen perfecto no existe. Siempre queda un mínimo de evidencia. Los avances en plomería y materiales antiadherentes permiten eliminar el cuerpo del delito sin dejar rastros visibles. El problema es que el ser humano no solo tiene vista. También dispone de olfato.

Quienes pasamos de cierta edad –y venimos de familia grande– recordamos cuando esto no tenía tanto misterio. Se trataba de cerrar una puerta y ya. Hoy en día vivimos una situación que no sé si es por la edad, el cambio generacional, la arquitectura o la obsesión por la higiene de los tiempos modernos. Vale la pena precisar. La explicación podría ser que a medida que pasan los años, ciertas capacidades físicas se agudizan, por lo que vemos, oímos, sentimos u olfateamos (husmeamos, olemos) estímulos que antes no captábamos. Básicamente, los demás sujetos no tienen porque aguantar la fragancia que deja el objeto que produjo el sujeto. El que estaba sentado.

Una segunda posibilidad tiene que ver con que las actuales generaciones son más sensibles, situación que traduce en menos tolerancia a estímulos que, aunque naturales, nadie puede decir que sean agradables. La progresiva reducción del tamaño de los hogares, donde el cuarto que protagoniza esta historia queda cada vez más cerca de otras áreas y cuenta con menos ventilación es la tercera opción.

Todo esto ha derivado en que la rutina diaria tenga un nuevo y obligatorio componente. Detalles como material de lectura, acompañamiento musical, comunicación telefónica, juegos de video, crucigramas o televisión pertenecen al ámbito privado y no vienen al caso. Pero una vez terminado el ritual el protagonista se siente obligado a despejar el área, aromáticamente hablando.

La versión más barata es ventilar. Como a veces esto es imposible por sustracción de materia y disponibilidad de tiempo, otros acuden al fuego purificador. Son muchos los sanitarios que tiene a la mano un kit… por si se va la luz. Sin velas. Sin linternas. Solo cerillas. Entre más grandes mejor. Siempre queda la duda: ¿Será seguro un procedimiento que involucra fuego y gases en un recinto cerrado.

La sociedad de consumo, por supuesto, aprovechó. Múltiples dispositivos se ofrecen para disfrazar, eliminar, erradicar, y combatir las fragancias. Con otras fragancias. El pino, la canela, las flores, los bosques, la selva virgen, la fresa salvaje, los frutos rojos, el paraíso, el te verde y el cupcake de coco. Y la naranja silvestre. 

Es toda una industria encaminada a eliminar la evidencia, dejando huellas evidentes de lo que acaba de pasar.  Porque todos entienden cuando, de repente, el ambiente hogareño se llena de un olor artificial proveniente del cuarto de donde usted acaba de salir… “de lavarme las manos”.