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lunes, 28 de septiembre de 2026

Una cifra que hace feliz al personal


En las estadísticas de este blog dice hoy, 28 de septiembre de 2026, que el número de visitas llegó a  106.503. 

La cifra supera las 100.000 (sí, ya sé que es obvio, pero no es algo que se pueda decir todos los días).

También existen otros datos curiosos, como que los visitantes han llegado de varios países (ver cuadro abajo).

El autor de la Amilcaradas (mejor conocido como este sujeto) está bastante contento con este hito.

Eso sí, presenta disculpas por este breve autobombo, pero a manera de circunstancias atenuantes declara oficialmente que hacerle ocasionales concesiones al ego es uno de sus defectos.

Además es consciente de que en tiempos de inteligencia artificial no todo lo que brilla es oro, pero siempre se puede alegar ignorancia y ojos que no ven, corazón que no siente.  

Más allá de los refranes, tiene algo para decirle a todos aquellos que, en algún momento y lugar, han sacado unos minutos para la lectura de estos breves divertimentos.

De aquí en adelante nos apoyamos en el traductor de Google.

Thank You

Danke

Gracias

Terima kasih

Bedankt

Merci

Kiitos

Xièxiè

Toda lech






miércoles, 31 de diciembre de 2025

Amilcaradas pregunta, el mundo responde (espero) (y 2)

Simplemente, feliz año. Hoy cualquier otra frase sobra. Y como lo anunciamos el pasado 24 de diciembre seguimos repasando trabajos anteriores con la pregunta (en diversas versiones) de, ¿y tú, que harías? 

Aquí vamos con el segundo round.

11. A ti, o a alguien que conoces, ¿le ha ocurrido una situación similar, cuando un hecho que jamás ocurre se presenta justo en el peor momento posible? Eso nunca pasa.

12. Ahora cuéntanos, ¿cómo te ha ido en las actividades que organiza la empresa para promover la integración corporativa?   Dinámica de clima organizacional.

13. ¿Tú también asistes a reuniones de propietarios? ¿Y qué personajes recuerdas? Asambleístas a la carta.

14. En esta época de integración y encuentros, ¿tú también te has encontrado con extraños personajes en tus primeros contactos oficiales con la parentela de tu pareja? Ñapa familiar.

15. En tu teléfono o tu correo, ¿también llegan esas comunicaciones sospechosamente íntimas de gente que no conoces? Especialmente para ti.

16. ¿Cuál es ese producto, servicio o hábito que adquiriste (o por lo menos pensaste en adquirir) que iba a terminar de una vez por todas con la totalidad de tus problemas? Soluciones mágicas modelo 2016.

17. Y tú, ¿alguna vez te has apoyado en Charles para enfrentar un problema académico, personal o laboral? Llamen a Charles.

18. Donde tú vives, ¿sonidos y olores también revelan rutinas y secretos ? ¿Cómo cuáles, por ejemplo? Tribulaciones de un vecino bien informado.

19. Cuéntanos, ¿muchos años después, aún existen preguntas sin respuesta acerca del lugar donde pasaste tus primeros años? Misterios de la casa grande. 

10. En tu entorno, ¿has sido testigo, o participado, de una oleada súbita e imparable alrededor de una negocio cuya rentabilidad es tan maravillosa como efímera? Crónicas de histerias piramidales.

A todos los que en el 2025 o en cualquier momento han pasado por estas páginas mi agradecimiento. En medio de tantas noticias complicadas y problemas de la vida diaria, la única aspiración del autor es robarle al personal una sonrisa semanal. 

Aspiramos a seguir en las mismas durante el 2026. 

miércoles, 24 de diciembre de 2025

Amilcaradas pregunta, el mundo responde (espero) (1)


Hoy 24 de diciembre en Colombia estamos en modo regalos, familia, novena y similares. Pero como hoy es miércoles, este sujeto insiste en publicar una Amilcarada.  En tono con la temporada, haremos algo aprendido viendo videos de gatitos y que, dicen, genera tráfico*. Preguntar a los usuarios que harían ellos en una situación similar, a partir de algunos textos ya publicados (recientemente y no tanto).

Como muestra de respeto a los lectores, no voy a decir que, realmente, lo que viene de aquí en adelante es una estrategia del autor para no trabajar. 

Aquí vamos (perdón por el confianzudo tuteo pero es parte de la fórmula).

1. Y tú, ¿también eres de los que arrancan el año repleto de buenos propósitos y proyectos concretos que jamás se concretan? Especies en temporada. 

2. Y cuéntame ¿tú también has tenido una relación de amor y odio con objetos de la vida diaria? Adiós hermano paraguas.

3. Y dime, ¿a ti cómo te va con esas innovaciones tecnológicas que complican lo simple a nombre del progreso? El abuelo Yepez quiere ver televisión. 

4. Te invito a compartir ese recuerdo. Ese primer día de asalariado cuando una mezcla de temor e ignorancia te paralizó aunque, laboralmente hablando, hiciste exactamente lo que te dijeron. La leyenda de semáforo. 

5. No lo olvides. También queremos conocer si tienes anécdotas de cuando diferentes fuentes cuentan historias contradictorias sobre una misma persona. Mechas de fuego no se vara.

6. Cuéntanos. ¿Has tenido o conoces experiencias de quien, por ahorrarse unos pesos o buscar una alternativa sencilla, termina enredado en situaciones incómodas, complicadas o costosas? Nestor, el gasolinero.

7. Compártenos, ¿cómo se llama el tuyo? El sublime arte de bautizar el wifi.

8. Ahora tú, ¿qué hecho o anécdota de tu vida mostró que ya eras grande? Los 22 indicadores de crecimiento 

9. Tu turno. ¿Alguna vez te has sentido como relleno en un proceso, donde pese a participar en todas las etapas algo te dice que el ganador fue escogido de antemano? Ternas de uno. 

10. Dinos, ¿Te han (o has) humhuneado alguna vez? Teoría y práctica del arte de humhunear.

*Corte a comerciales. Según cierta inteligencia artificial, un blog como este se considera exitoso cuando llega a los 10.000 seguidores. Aquí solo faltan 9.994. Ahora, una cosa son los seguidores, y otra el número de visitas por entrada. La misma IA habla de unas 300. Sin entrar en detalles, digamos que en ese punto no faltan tantos, pero de todas formas hablamos de tres cifras y, pista, la primera no es uno. 

Y no les voy a decir que si tienen una cuenta de gmail o google busquen abajo a la izquierda donde dice seguidores, den clic en seguir y sigan las instrucciones. Tampoco les voy a decir que si están en un teléfono, busquen abajo el botón que dice ver versión web y de ahí podrán seguir la recomendación anterior (fin del corte a comerciales).

Feliz Navidad para todos lo que llegaron hasta acá (y para los que no llegaron también). Seguimos dentro de ocho días.


miércoles, 25 de junio de 2025

Yo sí puedo, ellos no

Hace algún tiempo hicimos un recorrido por el cuadrilátero de las batallas empresariales, enfatizando  lo que ocurre con  pesos pesados y pesos medios. Uno pensaría que en la parte de abajo de la pirámide, donde la prioridad es pasar al día siguiente, no hay tiempo ni disposición de sumarle conflictos a la rutina. 

Pero no podemos subestimar al ser humano. Ademas está toda la carreta de la evolución, la supervivencia del más fuerte y esa sensación de poder cuando el mundo (corporativo) se divide en dos: los demás y yo. O mejor, yo y los demás. Ese yo nos hace sentir como YO (así, en mayúsculas). Y llegar a ese estado privilegiado demanda una serie de pequeñas victorias que se relacionan con el acceso a recursos escasos. Recordemos algunos casos.

Hora de almuerzo. Cocas en abundancia. Un solo microondas. Hora de  hacer fila. Pero hay quien logró algún extraño convenio con la señora de la cocina y siempre, por razones igualmente misteriosas, tiene su comida caliente a las 12.05. No importa qué tanto madruguen los demás, el recipiente de este personaje tiene garantizado su primer lugar. ¿Cómo lo logró? Otro misterio. Y como nadie está interesado en cultivar enemistades con el personal de aseo y tintos no hay reclamos. 

Buen momento para un paréntesis. En las luchas de poder de la alta dirección, e incluso de mandos medios, suele haber táctica y estrategia. A medida que se baja de categoría en el escalafón, los métodos se vuelven más, cómo decirlo, artesanales. 

Retomamos. Hubo un tiempo en el cual la mayoría de los empleados utilizaban transporte público. Eso de tener carro se reservaba a una élite de dueños y altos ejecutivos. Pero eso ha cambiado. Y a cuenta de incómodos préstamos y más incómodas cuotas mensuales los motorizados se han multiplicado. No solo los de cuatro, sino también los de dos ruedas. En cambio, el espacio destinado al parqueo ha crecido, pero no en la misma proporción. Para ponerla fácil, no hay parqueadero pa’ tanto carro, ni pa’ tanta moto. Ni pa’  tanta cicla, pero eso es otro cuento.

Así que se trata de invertir tiempo, energía y recursos en formar parte de la elite de los que tienen espacio empresarial para parquear. Saber de quien hay que ser amigo, disponer de una red de espionaje para ser el primer aspirante cuando se desocupe un cupo, tener a la mano argumentos irrebatibles que prioricen mi carro frente  a cualquier otro o simplemente llegar a a las 4 de la mañana al turno de las 9, cuando los estacionamientos sean en orden de llegada.  

Y no es solo por el ahorro de pagar particular. No es eso. Es el hecho de estar entre los privilegiados. Así los “privilegios” sean prioridad en el uso de la fotocopiadora, derecho a no hacer fila para el refrigerio, cosedora nueva, cambiar la silla, rollo mensual de papel higiénico, vales para almuerzo en restaurante chino, atención más rápida de los ingenieros cuando se traba el computador, plan de datos corporativo, escritorio al lado de la ventana, escritorio lejos de la ventana, cubículo con paredes altas. En tiempos recientes, teletrabajo; y en tiempos más recientes, retorno a la oficina con horarios fijos.

Cuando después de luchar, intrigar, rogar, empujar, disputar, insistir, presionar, rezar, lidiar, solicitar y combatir accedemos a estas u otras prerrogativas importantes como una caja de clips, que el mensajero de la empresa nos traiga el roscón de las medias nueves o una gorra con el logo de la organización podemos decir (así sea para nuestros adentros) mientras observamos al resto del ecosistema laboral.

Yo sí puedo. Ellos no. 


miércoles, 1 de enero de 2025

El mundo pregunta, Amilcaradas responde (4)



Y como estamos arrancando año e iniciando el proceso de recuperación de ferias y fiestas, menos verbo y al punto. Más preguntas y respuestas relativas a las Amilcaradas de este año y de otros.

Es decir que esta semana seguimos conjugando el verbo refritar. (tanto, que refrité esta oración del primer texto del 2024).

11. ¿Quién es ese misterioso y mágico personaje que esconde elementos claves de la vida diaria (llaves, billetera, gafas, teléfono…) en aquel momento preciso donde su ausencia genera más problemas?

  • Las abuelas hablaban de los duendes, los parapsicólogos evocan fuerzas misteriosas pero nosotros sabemos quién es el ocultador de objetos. 

12. ¿Una bicicleta, una bici y una cicla son lo mismo?

  • La cicla y la bici son bicicletas, pero una cicla no es lo mismo que una bici y viceversa. Tienen diferencias en el fondo, en la forma y lo más importante, en el usuario.

13. ¿Más allá del patrimonio, de las relaciones familiares o del reconocimiento legal, qué recibimos siempre de nuestros antepasados?

  • Esas mañas, manías, comportamientos singulares y demás que tuvieron los padres, los abuelos, los bisabuelos y que nosotros también tenemos, y algún día se activarán.

14. ¿Las actitudes inconscientes que hombres y mujeres asumen ante alguien que les atrae siempre se pueden calificar de coquetería?

15. ¿Cuándo el gringo (apelativo cariñoso) viene a Bogotá, cuáles son sus impresiones?

16. ¿Cuál es la peor pesadilla de alguien que pretende ser humorista, o por lo menos gracioso?

17.  ¿Para qué sirve el hijo menor en la familia con problemas financieros? 

  • Para evitar gastos innecesarios sin necesidad de que otras personas se enteren de la crisis económica del hogar respectivo.

18. ¿Qué es un candelero?

  • Una especie de guardián de la virtud (fácilmente sobornable, por cierto)  en tiempos donde, para los novios, el cine en pareja era entre tres.

19. ¿Dónde se encuentran el taichi chuan chino, el samoyedo ruso, el burn out gringo y el piso colombiano?

20. ¿Si yo soy Jaime Amílcar, quienes son Jose Amilcar y Jairo?

21. ¿Por qué hago esto?

  • Porque soy un escritor que aprovecha esta respuesta final para agradecer el tiempo dedicado por ustedes en el año que terminó ayer y anuncia su intención de seguir aportando este intento de brindar una pequeña alternativa contra el aburrimiento y hasta contra la angustia cotidiana.

Y a manera de final...

!Feliz añooooooo!


miércoles, 25 de diciembre de 2024

El mundo pregunta, Amilcaradas responde (3)



Como este miércoles cae ni más ni menos que en 25 de diciembre, es momento de reactivar el sistema que inventamos hace un año para no trabajar.

Pero antes,  un saludo atrasado de Navidad a quienes dedican un rato semanal a este traficante de sonrisas. Es mi deseo que alguno de los textos que hemos cometido sirvan para aportar cuando menos una gota de alegría en medio de ese mar de problemas que implica eso que llaman vivir.

Luego de este intermedio pseudo poético-filosófico, retomo las sabias palabras escritas en diciembre del 2023 por el autor de las Amilcaradas. “Su experiencia previa en periodismo le enseñó el truco, un refrito de lo hecho en el año bajo el pomposo nombre de balance”.

De manera que aquí vamos. 

1. ¿Qué es lo peor que le puede pasar a quienes alcanzan la cima?

2. ¿Qué es más complicado que lidiar con un perro bravo?

3. ¿Qué le pasa a los niños angelicales cuando crecen?

4. ¿Es complicado anunciarle a una mujer que está embarazada?

5. ¿Por qué no podemos alejarnos de ese pariente que a veces nos exaspera hasta el desespero?

  • Porque nunca sabemos cuando aquellas manías exasperantes que tiene pueden salvar la patria. 

6. ¿Qué tan importantes son el conocimiento, la formación y los títulos profesionales a la hora de enfrentar problemas domésticos? 

  • Pueden servir para algo, pero nunca serán más importantes que un poco de sentido común.

7. ¿Esas personas que hacen cruces suicidas en congestionadas avenidas, ignorando los puentes peatonales, corren algún riesgo? 

8. ¿Cuál es la función más importante del aparato portátil que revolucionó las comunicaciones?

9. ¿Qué actividad pedagógica de tiempos pasados involucraba usos alternativos de implementos de aseo ?

10. ¿Además de leer las preguntas y respuestas, qué más puedo hacer con este texto?

  • Hacer clic en los textos que están en negrita y cursiva y hasta comentar, lo que hará feliz al personal encargado de las Amilcaradas.

(Continuará)


domingo, 1 de septiembre de 2024

El escritor que soy


Faltaba, digamos, solucionar algunos problemas administrativos. 

Superado este asunto podemos decir que ahora sí va en serio.

Soy un escritor.

Lo cual no significa que sea un escritor exitoso, o un escritor productivo.

Pero ese es otro cuento.

Así que retomemos. Como toca comenzar de alguna manera, ajusté alguno perfiles públicos en redes sociales.

Destaco, en cada uno de las estaciones de mi recorrido laboral, lo que hice en materia de producción de textos. 

Pero eso es el pasado. Lo que importa es el presente y lo que quede de futuro.

Listo, soy un escritor. ¿Y eso qué es?

A partir de este momento, una descomunal concesión al ego.

Así que ahí vamos

Yo y lo que escribo*  

*Sí, el burro adelante, pero es que lo del ego va en serio.

1. Yo no soy un tipo serio. Por eso lamento, en serio, desilusionar a quienes busquen trascendencia, profundidad o mensajes relevantes en mis textos.

2. Escribo lo que quiero. No por obligaciones laborales. No por tendencias de moda que favorecen un éxito comercial.  

3. Es lo que yo quiero escribir.

4. Eso no significa originalidad, ni vanguardismo (casi me hernio buscando la palabra adecuada, de ahí el enlace). 

5. Muchos han hecho, hacen y harán algo parecido, mucho mejor de lo que yo puedo hacerlo.

6. Mi objetivo es brindar una pequeña alternativa que enfrente desde el aburrimiento hasta la angustia cotidiana, al inducir una sonrisa y, de ahí para arriba, toda la escala de expresiones alegres que ojala coronaran en la escandalosa carcajada.

7. No voy a tratar esos temas dolorosos y tristes que conforman nuestra realidad. Escojo el escapismo. 

8. Ya hay bastantes personas que abordan esos tópicos y muchos lo hacen realmente bien. Yo voy por otro lado.

9. Eso sí, mi punto de partida es la vida. Es lo que somos. Lo que hacemos. 

10. Cuento historias basadas, parcial o casi que totalmente, en hechos reales, de esos que le pueden ocurrir a cualquiera y de hecho pasan (nos pasan, dice la tarjeta). 

11. O simplemente los comento, desde mi punto de vista, con la advertencia implícita de que no hay que tomarse muy en serio lo que este sujeto dice.

12. Los cuentos se refieren a esas anécdotas que tienen su lado risible, el cual es notado de inmediato por los demás y a veces, (normalmente a posteriori) por el protagonista.

13. No estoy inventando nada. Solamente trato de exprimir el lado divertido de la faceta laboral, familiar, sentimental, saludable, deportiva, recreativa y todos los etcéteras posibles de ese recorrido que nos lleva de la cuna a la tumba.

Yo y cómo escribo*  

*Por si quedaba alguna duda de la condición narcisista de este ladrillo.

14. Intentaré siempre aplicar normas básicas de lenguaje escrito. Ortografía, gramática, sintaxis y toda esa terminología que cincelaron en el subconsciente las clases de español. 

15. Creo que es la responsabilidad mínima de quien escribe para un público, por pequeño que este sea. Es la manera de respetar a quien lee.

16. Creo en el ingenio y en la creatividad para describir situaciones incómodas, para adultos o desagradables sin caer en textos incómodos, para adultos o desagradables. 

17. Aunque en mi expresión oral cotidiana soy un tipo grosero, considero que el uso de los hijueputazos a la hora de escribir debe ser excepción, no regla. 

18. En un idioma con tantas opciones como el español se puede decir lo mismo sin acudir a palabras que pueden molestar a ciertas personas —cada vez menos, pero existen—. Esas palabras deben reservarse para cuando no haya otra forma de expresar la idea (véase el numeral anterior y el reiterativo ejemplo de la última palabra en “El coronel no tiene quien le escriba).

19. Tengo un pasado de periodista y toda una trayectoria vital de escribir para los demás. 

20. Por eso, cada texto es un trabajo encaminado a combinar lo expresado en los puntos del 1 al 13 con un estilo directo, conciso, sin demasiados adornos, construido a lo largo de los años.

21. Por eso, siempre intentaré escribir “vida” o “experiencia” en vez de “trayectoria vital”.

Yo y las redes sociales*

*La inevitable alusión tecnológica también tiene su toque de egolatría.

22. Me siento feliz cada vez que alguien comenta, me recomienda, me da un ”me gusta”, se suscribe,  agrega corazones, aplausos o caritas felices o tienen otro tipo de reacción. 

23. Eso sí, considero que funcionan cuando son un acto espontáneo, no inducido. Nunca lo voy a solicitar, pero siempre lo voy a agradecer.

24. Mis publicaciones en redes sociales son para informar que hay algo nuevo.

25. No son, y pretendo que nunca lo sean, para promover directamente interacciones. Únicamente pediré opiniones o comentarios de los lectores cuando el tema realmente lo justifique.

26. No soy, ni pretendo ser, un influenciador.

27. Renuncio a conciencia a utilizar esas herramientas que recomiendan los expertos, el sentido común y los algoritmos para generar tráfico y seguidores.

28. Creo que mis textos deben defenderse solos.

29. Por eso, reitero, solo utilizo las redes para informar sobre la publicación semanal de Amilcaradas. Y si en un futuro se da el caso,  para informar sobre otro tipo de publicaciones.

Yo y un cierre adecuado*

*Concedamos este último momento de arrogancia al autor.

30. Esta declaración de principios, texto guía, proclama o lo que sea no está cerrada. 

31. En cualquier momento puede crecer, cambiar, evolucionar y demás infinitivos.

32. Por ejemplo, cuando se me ocurra un cierre adecuado.

33. Como ese momento no ha llegado, mientras tanto “aquí va una frase espectacular que constituye un cierre adecuado”.

Bogotá, Colombia, 1 de septiembre de 2024

miércoles, 5 de junio de 2024

(Más) dificultad ante todo

Hace mucho rato existen las tarjetas de crédito y hace menos rato aparecieron las débito. En tiempos lejanos, para hacer compras con la primera pedían cédula. Con las segundas su uso (retiros y compras) implicaba teclear una clave. Para la de crédito, un día dejaron de pedir la cédula, aunque todavía había que teclear la clave (a veces). Otro día se inventaron una tecnología sin clave, simplemente se pone cualquiera de los dos medios de pago encima del datáfono y ya. La vida se hizo más fácil para todos. O para casi todos.

Oliverio es uno de los representantes del “casi”. Forma parte de quienes se consideran víctima potencial de múltiples estrategias para despojarlos de su capital. Desde un sobreprecio derivado del  estudio facial encaminado a detectar rasgos porcinos (que le vean cara de marrano y le cobren más cara la fruta); hasta el uso de avanzadas tecnologías dirigidas a mover el dinero de sus cuentas a destinos desconocidos. Eso le puede pasar a cualquiera. La diferencia es que Oliverio está seguro de que le va a pasar a él. 

El tipo es ahorrativo al extremo (al extremo de que todos le dicen tacaño).  Sus medidas de seguridad diarias son dignas de banco central. Solo sale a la calle con exactamente lo que piensa gastar. En la billetera carga un billete (como todo el mundo) de la más baja denominación posible (como poco mundo) para despistar en caso de atraco o minimizar la pérdida si le hacen algún cosquilleo. La plata real para gastos inmediatos va en algún bolsillo secreto de la chaqueta. El resto, si se requiere, está debidamente encaletado en una bolsa plástica en el zapato misterioso. Misterioso porque solo decide si será el derecho o el izquierdo mientras se viste, y porque es un misterio cómo va a sacar esa bolsita cuando llegue el momento de pagar. La bolsita, por cierto, también aplica para tarjetas débito y crédito. Una especie de pecuecash. 

Así que la llegada de los sistemas de pago sin contacto fue una especie de tragedia en su lucha personal para proteger la parte líquida de su patrimonio. Porque la facilidad implícita aplica no solo para el titular y conocedor de la clave, sino para cualquiera que tenga la tarjeta. Y cualquiera puede ser algún pariente con exceso de confianza, alguien sin lazos de sangre pero con acceso al sitio donde se guarda la tarjeta e intenciones poco católicas, o simplemente un delincuente que en ejercicio de su oficio se apoderó del implemento y lo puede utilizar fácilmente mientras no esté bloqueado. 

Son solo tarjetas. Pero qué tal que no fuera únicamente eso. Qué tal que fuera acceso a todas las cuentas, y a una billetera que en vez de cuero y papel moneda, tuviera gigas y bytes. Que con un solo dispositivo lo puedan, literalmente y sin mayor esfuerzo, dejar en ceros. 

¿Quién correría un riesgo tan evidente? Mucha gente. ¿Y es que acaso ya ha pasado? Unas cuantas veces. Trasciende cuando la víctima es un “famoso”. Los detalles varían pero son tres actos. Acto uno, perdí el celular. Acto dos, cuando me di cuenta inmediatamente fui a ver. Acto tres, vi que me habían robado en… y arranca la lista de billeteras digitales, cuentas bancarias, servicios con pago en línea y demás aplicaciones diseñadas para facilitarle la vida a los usuarios, y de carambola a los delincuentes.

Sobra decir que Oliverio no tiene en su teléfono ninguna aplicación de esas. Y alcanzó a hacer un par de compras en línea desde el computador  hasta que supo que obtener certificados de seguridad (el candadito y el https) puede ser un proceso complejo y exigente, que demanda identificación y requisitos exhaustivos, de trámite largo y difícil; … pero también algo gratuito y fácil de tramitar, que demanda pocos minutos y es completamente en línea, como alardean sus emisores.

Mientras escoge zapato para esconder la plata del día, el hombre la tiene clara. Ciertas compras, pagos y transacciones deben ser difíciles. O por lo menos, no tan fáciles.

miércoles, 24 de abril de 2024

El duende eres tú

Hubo una época cuando se pusieron de moda llaveros donde estaba escrito  “Aquí están las “p…” llaves. Eso sí,  donde escribimos “p…” había una palabra.

Pistas. Es el apelativo del personaje más famoso de Aguadas (Caldas) y el plural de la parte final de un insulto muy común. 

Para la Real Academia Española es un adjetivo que sirve como calificación denigratoria o para ponderar (acepciones uno y dos,  Diccionario de la lengua española).

Como esto no es filología vamos al punto. Cualquier éxito atribuible a esos llaveros es fácil de explicar.

Quién no ha perdido las “putas llaves”, perdón las “p… llaves”, preferiblemente en algún momento de afán.

O las gafas. O la cartera. O la billetera. O el monedero. O el reloj. O el teléfono. O el paraguas.

Con el agravante de que estamos seguros de haberlo dejado ahí. Ahí, en ese preciso sitio donde... no está.

O peor, minutos antes lo tuvimos en la mano, y ahora sencillamente no aparece.

Otras generaciones tenían una explicación lógica, racional y concluyente ante hechos como los descritos.

Los duendes escondían las cosas.

No había mucha claridad sobre quienes eran, cómo se veían, de donde venían o cual era su motivación. 

Luego de un cuidadoso seguimiento a los hechos, repaso a circunstancias específicas, evaluación de pruebas  y demás actividades verificatorias el investigador llegó a varias conclusiones.

Pero antes es importante precisar que el investigador no es ningún consultor o asesor de asuntos paranormales. Es un sujeto al que cada rato se le pierden las p… llaves, gafas, billetera, etc

Ahora sí. 

Conclusión 1. No hay evidencia que respalde la existencia de los duendes.

Conclusión 2. Ciertos objetos de uso diario siguen desapareciendo misteriosamente.

Conclusión 3. El principal sospechoso es el mismo investigador.

El investigador que, inconscientemente, deja los objetos en donde no deben estar.

Gafas en la cocina.

Llaves encima de los libros de la biblioteca.

Peinilla en el cajón de los cubiertos.

Billetera encima del televisor.

Correa del perro en la lavadora.

Celular en el microondas.

El investigador que, distraídamente, deja los objetos en lugares donde pueden fácilmente caer al piso y ser  arrastrados debajo de los muebles.

Al borde de una mesa.

Al borde de una silla.

Al borde de la pérdida inminente.

Encima de algún artefacto que será movido sin fijarse por otra persona o por el mismo investigador (una cartera, un portátil, una carpeta con documentos, un libro) arrojando el objeto hacia su perdición.

El investigador que, al contestar o hacer otra operación con su teléfono portátil, pone lo que tiene en la mano en cualquier lugar, sin que su cerebro grabe la acción de poner, ni mucho menos la ubicación.

El investigador que comparte vivienda con otros seres vivos quienes antes de partir a cumplir sus rutinas diarias cambian de sitio los objetos porque… porque sí.

El investigador que está seguro de que trajo a casa el monedero, el paraguas, la billetera, hasta las llaves (si tiene quien le abra) que lo esperan abandonadas en el sitio de trabajo, la casa de la última visita, el restaurante donde cenó la víspera o el interior del carro.

O en casos más dramáticos, en un vehículo de transporte público o calle donde el objeto de turno cayó al piso en algún momento de distracción por parte de su propietario.

Y eso él lo sabe porque ya le ha pasado, con la diferencia de que un buen samaritano le avisó.

El mismo ha sido, alguna vez, ese buen samaritano que salva a otros de perder objetos de la vida diaria.

También ha sido el duende que esconde cosas.


miércoles, 10 de enero de 2024

Colegios de último minuto



...Y cuando el día y hora del parcial decisivo se acercan peligrosamente, el alumno de turno pretende hacer en pocas horas lo que no hizo en todo el año, en todo el semestre, en todo el bimestre. Entonces se le ve con una montaña de fotocopias de los cuadernos de quienes sí tomaban apuntes y sí leían, en medio de una maratónica jornada de estudio cuyo resultado solo se sabrá después de la respectiva prueba.

Es un fenómeno sin fronteras físicas ni temporales. Pasaba, pasa y seguirá pasando, más allá de las advertencias escritas, exhortaciones verbales, consejos fallidos y discursos de padres, maestros, hermanos mayores, amigos, compañeros, educadores, pedagogos y metodólogos. 

No solo es de ocurrencia permanente. Ha trascendido. Y no me refiero a la tendencia nacional de dejar todo para el último minuto.

Volvamos al colegio. En otras épocas, los padres o acudientes básicamente dejaban al niño o niña en la puerta, iban cada dos meses por las notas y, si no ocurría nada extraordinario, un día lo acompañaban al grado, se tomaban la foto y almorzaban en sitio fino. 

Hoy la educación es un proceso de formación pedagógico, profesional, holístico e integral donde meten mano profesores, directivos, psicólogos, padres, madres, padrastros, madrastras, abuelos, tíos, grupos de whats app, orientadores e instructores, entre muchos otros. Después de años de trabajo en equipo todos se encuentran en la ceremonia de grado, se toman un montón de fotos y la familia almuerza en sitio fino.

Pero desde hace un tiempo no solo toca demostrarle al colegio si el educando cumplió los requisitos. Hay que hacer lo mismo con el Estado. Los potenciales bachilleres hacen un trámite y se presentan en el sitio asignado con su lápiz # 2, tajalápiz y borrador a evidenciar todo lo que aprendieron en esos 11 años o más de pupitre. Son los exámenes de Estado. 

Les han cambiado el nombre, los criterios, los alcances y la metodología varias veces pero el espíritu es el mismo. No solo evalúan al estudiante sino a la entidad. Periódicamente, de acuerdo con los resultados, salen listas de mejores y peores colegios. Como nadie quiere estar en el fondo del escalafón, las cifras negativas son el indicador para revisar procesos desde el principio y mejorar mediante un proyecto a largo plazo.

O también se puede intentar enseñar en días eso que no se enseñó bien durante años. En una versión menos confusa, aunque a uno lo prepararon 11 años para algo, en pocas semanas lo preparan de nuevo. Lo que se supone es un repaso, se siente como una terapia de choque donde al del pupitre le embuten conocimientos a lo bestia, sobre todo aquellos que serán evaluados por los exámenes de Estado.

Alguien malpensado podría decir que si eso no es un reconocimiento de parte de los colegios de que toda su estrategia pedagógica en el largo plazo es un fracaso (por no decir que una estafa) se le parece bastante.  Eso sí, la idea no es nueva. En épocas lejanas se ofrecían servicios similares, de manera voluntaria y, normalmente, por instituciones ajenas a la entidad educativa. Ahora, en cambio se volvió parte del currículo de los últimos grados con horarios extraordinarios y, a veces, costos adicionales para padres o acudientes.

Y aunque nadie ha reclamado la paternidad de la metodología, es claro de donde vino la inspiración.

De esos alumnos vagos que pasan la noche anterior al examen intentando aprender en horas lo que no estudiaron  durante todo el año, todo el semestre, todo el bimestre...

Pregunta al margen con alguna relación

¿Donde está la diferencia entre ingreso y rechazo en la entrevista para acceder a la universidad?

En mencionar al Leonardo correcto. Detalles aquí.

miércoles, 20 de diciembre de 2023

Escalera a lo desconocido



En su recorrido por instituciones públicas y privadas en busca de respuestas, servicios, decisiones; o simplemente para cumplir algún requisito, el señor Rodríguez aprendió lo que es el miedo. Una palabra, o mejor, una expresión, despierta esa sensación y otras similares. La pronuncia alguien al otro lado de la ventanilla, del escritorio, de la pantalla, del teléfono

Tiene su ritual. Nunca se dice en el primer encuentro. Deben pasar dos o tres citas. Segundo, el que atiende revisa. Revisa los papeles, revisa el computador, revisa sus propias notas. Repasa lo hecho hasta el momento. Habla. El tono puede ser plano, amigable o lúgubre. El rostro también comunica. Escasean las sonrisas. Terminado el repaso, viene el silencio. Como el que hay en los juzgados mientras llega el fallo. Como el del médico, previo a comunicar una condición crónica incapacitante o terminal a su paciente. Como el del mecánico, segundos antes de cotizar una reparación de nombre raro y costo astronómico.

Entonces la contraparte mira a Rodríguez a los ojos y emite la condena de siete palabras. Palabras que resuenan en su mente como si estuviera en una catedral. — Vamos a tener que ESCALAR el tema.

Escalar implica subir. Se supone que si algo sube es para bien. Pero Rodríguez sabe que no. Tiene absolutamente claro lo que ocurrirá a partir de la fatídica notificación. Primero, su interlocutor tradicional se vuelve un simple mensajero. Ya no tiene respuestas, ya no sabe qué pasa, ya no puede sugerir nada. Cada contacto que tengan de ahora en adelante recibirá variantes del mismo comentario. 

“Esperamos respuesta de la oficina”, —del corporativo, de la central, del comité...—. O de alguna sigla rara (XVB, FDX, KJQ) que, por alguna razón, todos —Rodríguez incluido— deben entender.  Y cuando decimos entender abarca lo que hace, como lo hace y las razones por las cuales no han podido hacerlo.

Al desaparecer el interlocutor directo, un extraño ambiente esotérico donde actúan fuerzas misteriosas se toma el tema. El mensajero o mensajera no tiene nada que decir, lo que generara detalladas explicaciones. Incluyen palabras como estudio, revisión, prospección, antecedentes, evaluación, bloqueo, desbloqueo, historial y referencias que, inevitablemente, terminan en un “Nosotros le avisamos”.

Por cierto, nunca avisan, así que a Rodríguez (o al que sea) le toca preguntar periódicamente. Si lo hace por teléfono, en el respectivo call center, —tras el impajaritable y reiterativo interrogatorio previo— lo pondrán a escuchar la musiquita. Cuatro o cinco “muchas gracias por esperar, estamos atendiendo su petición” después, el o la amable operadora le explicará que el tema sigue escalando y le sugerirá llamar en cinco días hábiles, si es que ellos no lo llaman antes (tampoco van a llamar).

Si es presencial, el encargado o encargada revisará (de nuevo) papeles y pantallas. Luego se levantará e irá donde otra persona: un jefe, supervisor o colega.  Al otro lado del punto de atención Rodríguez ve pero no oye. Ve que hablan, ve que revisan más papeles, ve que consultan más computadores, ve que gesticulan, ve que hacen llamadas y ve cuando su asesor regresa para decirle que el tema sigue escalando y que vuelva o llame en cinco días hábiles, si es que ellos no lo llaman antes (y no llamarán).

Así, las horas se convierten en días, los días en semanas y las semanas en meses.

Cierta obra teatral llamada “Violinista en el tejado” incluye una canción llamada ”Si yo fuera rico”, donde el intérprete dice que construiría una casa con tres escaleras, una para subir, otra para bajar, y otra sin ningún destino “solo para presumir”.

Presumimos que allí terminan los trámites cuando los escalan. 

miércoles, 22 de noviembre de 2023

Yo baypaseo, tú baypaseas, él baypasea, nosotros...

En la medicina y en otras actividades profesionales donde se usan tuberías para mover fluidos existe el By Pass. Los expertos lo explicarán mejor, pero básicamente consiste en que cuando se bloquea el conducto principal, se instala un conducto alterno que sale antes del bloqueo y entra después. Soluciona así problemas varios de circulación que pueden involucrar el torrente sanguíneo, el petróleo o el servicio de acueducto.

En otros frentes de la vida, el by pass sirve para lo mismo, pero sin tubos. Tanto que se convirtió en verbo. Se le conoce con otras denominaciones, como “evadir el conductor regular”, “brincarse al oficial” o “pasarse por la galleta al encargado” (o por cierta parte del cuerpo que evoca una operación íntima de aseo) .

Pero quedémonos con el nombre planteado inicialmente y veamos algunos ejemplos de como baypasear, es decir, abrir una ruta alterna cuando la principal está cerrada.

    • Baypasea el hijo o la hija que le pide ese permiso al papá cuando sabe que la mamá le va a decir que no y viceversa.

    • Baypasea el empleado que, ante una instrucción de su jefe directo con la que no está de acuerdo, se las ingenia para que el jefe de su jefe se entere y dé una contraorden.

    • Baypasea el estudiante universitario que, ante una mala nota, va directamente a la decanatura a contar una triste historia en vez de hacerle el reclamo al profesor respectivo.

    • Baypasea el defensor de una hipótesis refutada una y otra vez quien, en vez terminar la discusión y reconocer su derrota, se consigue “expertos” (cada vez más exóticos) que apoyan su punto de vista.

    • Baypasea el abogado que para defender a su cliente o condenar al acusado desempolva una Ley de hace 200 años donde se prohibía salir a la calle sin sombrero.

    • Baypasea el conductor sorprendido en una infracción de tránsito quien, antes de que la autoridad respectiva le imponga el comparendo, lo mira con ojos de cachorro y como quien no quiere la cosa pregunta “¿Y esto no lo podemos arreglar de otra manera?”

    • Baypasea el colombiano que, al no tener completos los requisitos para algún trámite ante oficina estatal o privada pone cara de yo no fui y demanda una excepción, sólo por esta vez, con el infaltable “Colabóreme, no sea así...”

    • Baypasea el sujeto que, al llegar a una fila en la que ocupa el último lugar, se las ingenia para ubicarse entre los primeros conjugando el verbo colarse sin el más mínimo remordimiento.

    • Baypasea quien llega tarde —muy tarde— a una cita médica, y al notar que curiosamente le están dando prioridad a quienes fueron puntuales, grita, llora, patalea, y graba un video donde el incumplido se metamorfosea en víctima.

    • Baypasea el autodenominado católico —o de cualquier otra religión— que ante la pereza de cumplir los rituales de su fe los domingos o cualquier otro día alega que él no necesita curas (rabinos, pastores, imames, monjes, sacerdotisas) para comunicarse con Dios.

    • Baypasea —o por lo menos intenta hacerlo— cualquier persona que, en cualquier circunstancia, le pregunta a su interlocutor ¿Usted no sabe quién soy yo?

miércoles, 15 de noviembre de 2023

Soporte al rescate


La progresiva irrupción de los computadores en prácticamente toda actividad laboral generó, simultáneamente, el área, departamento, gerencia, dirección, vicepresidencia o outsourcing de tecnología. Esta, a su vez,  inevitablemente debe destinar buena parte de sus recursos al soporte, Help Desk, servicios, soluciones, equipo de apoyo o como se llame; donde un grupo de técnicos, especialistas, consultores, asesores, o como se llamen; tienen la noble misión de socorrer a los mortales comunes y corrientes cuando los equipos hacen lo que se les da la gana.

Hoy en día la cosa ha evolucionado tanto que ya ni siquiera se requiere presencia física. A distancia, desde su casa, el sujeto de turno se conecta al equipo de turno y soluciona el problema — normalmente creado por el afectado —  también de turno.

En los primeros tiempos había un solo encargado al que se le denominaba, como no, “Ingeniero”. generalmente contactado mediante un llamado de viva voz, cuyo tono era directamente proporcional a la cercanía y la urgencia. En 1998 escribimos un texto donde, precisamente, hacíamos un inventario de algunos de esos llamados. 25 años después juzguen ustedes como eran ¿son? los gritos al ingeniero.

Desesperados

    • Ingenieroooo, ¡el computador se trabó!

    • Ingenieroooo, ¡estaba escribiendo y de repente se puso negro!

    • Ingenieroooo, no imprime.

    • Ingenieroooo, no encuentro lo que guardé ayer

    • Ingenieroooo, se me olvidó la clave de acceso.

    • Ingenieroooo, ¡me robaron los iconos!

El mouse

    • Ingenieroooo, este mouse va muy rápido

    • Ingenieroooo, este mouse va muy despacio

    • Ingenieroooo, este mouse no se mueve.

    • Ingenieroooo, ¿para que es este mouse?

    • Ingenieroooo, se me desbarató el mouse.

Alta tecnología

    • Ingenieroooo, ¡le cambió el color a la pantalla!

    • Ingenieroooo, ¿si a uno se le desconecta pierde todo el trabajo?

    • Ingenieroooo, yo le dije que eso era mejor como hacíamos las cosas antes.

    • Ingenieroooo, ¿qué quiere decir esto?

    • Ingenieroooo, ¿como se juega solitario?

Aplicaciones

    • Ingenieroooo, ¿me instala este programita? 

    • Ingenieroooo, ¿cómo hago para poner la calculadora?

    • Ingenieroooo, ¿cómo hago para quitar la calculadora?

    • Ingenieroooo, ¿cómo me salgo de aquí?

Inocencia

    • Ingenieroooo, le juro que yo no le hice nada.

    • Ingenieroooo, donde va este cable.

    • Ingenieroooo, le cayó tinto al teclado. ¿Será mucho problema?

    • Ingenierooo, ¿esto es lo que llaman virus?

miércoles, 11 de octubre de 2023

Perdedor en peleas ajenas


Como las empresas están conformadas por seres humanos, y muchas veces no hay cama para tanta gente,  la competencia es inevitable. Esa competencia, siempre, involucra posiciones de poder. Lo cual suena muy importante. En ocasiones lo es, cuando se habla de propiedad, alta dirección o decisiones estratégicas. En esas situaciones, los dioses (léase cacaos, inversionistas, altos ejecutivos) se enfrentan y, como alguna vez nos enseñó un jefe, cuando pelean los dioses, los mortales se agachan.

A menos que —suele pasar— los mortales entremos a la pelea. No como contendores, sino como armas. Es decir que usted y yo, sin tener la mínima oportunidad de saborear el ponqué, pasamos a ejercer como tenedores. O como servilletas.

Me explico. Digamos que el gerente general tiene un subgerente de esos que aspiran. Aspiran a quitarle el puesto. Entonces, se dedica a hacer cosas para quedar bien con la junta directiva y para demostrar lo bueno que es. O lo mejor que es. Mejor que el actual gerente. Ahora, lo de hacer es una forma de decirlo, porque ellos no hacen. Le ponen tareas a sus subalternos. Tareas que llegarán al gerente quien, al no formar parte del gremio de los pendejos, evaluará y descalificará sistemáticamente. Hasta que el conflicto estalle y haya acciones contra los implicados. ¿Contra el gerente? ¿Contra el subgerente? No. Contra los subalternos.

Porque un buen aspirante a encajonar a su superior normalmente viene apadrinado, así que no es tan fácil quitarlo de en medio. Pero se puede bombardear desacreditando sus proyectos y resultados. El paganini de turno será el mando medio o empleado al que le tocó esa actividad a la que siempre le encontrarán algún pero, que deberá repetir hasta el cansancio o que simplemente irá al archivo de los olvidados. Y si la cosa se pone más peluda, las diferencias se solucionan con despidos. Y no precisamente de subgerentes.

Otra circunstancia involucra cobros retroactivos. Empieza con una lucha entre dos ejecutivos del mismo nivel donde hubo un ganador. Digamos que en el consejo directivo se registraron criterios encontrados entre Personal y Suministros, pero finalmente se impuso el criterio de este último. El perdedor reconoce que sus argumentos fueron derrotados, elogia al vencedor y ...la guarda.

Porque algún día, semanas, meses o años después, Suministros va a necesitar algo de Personal. Contratar gente, hacer un ascenso, mejorar unos sueldos. Y entonces Personal tendrá una lista de inobjetables razones para, luego de evaluar todas las alternativas posibles, negar la solicitud o aceptarla parcialmente. Hará todo lo posible pero no, es que no se puede. Sí, hace poco se pudo con Transporte, pero es que las circunstancias cambiaron. Y lo lamentará. Y aunque el director de Suministros acepta la situación, él sabe que está pagando la cuenta. Cuenta que a él individualmente no le costó nada, sino que dejó sin puesto a varios aspirantes calificados, enterró en su posición actual a algún empleado sobrecalificado o le embolató el aumento a la mitad del personal.

Son solo dos casos. pero hay muchos más. Todos con elementos comunes. Un conflicto, una lucha, un ganador, un derrotado, y una o varias víctimas que simplemente trataban de hacer bien su trabajo... en el lugar y el momento equivocado.

Perdedores en peleas ajenas.

miércoles, 4 de octubre de 2023

Inteligencia artificial vs torpeza natural



Todos los días aparece alguna historia terrorífica de inteligencia artificial (IA). De esas que meten miedo. Que nos van a suplantar. Que nos van a mostrar sin ropa (qué pena con el personal). Que nos van a dejar sin trabajo. Que las máquinas van a dominar el mundo. Que los artefactos tendrán voluntad propia.

¿Tendrán? Tienen. Y hace rato. Por lo menos los teléfonos inteligentes. Esos dispositivos de múltiple utilidad periódicamente actúan de acuerdo con su deseo y motivación individual. 

¿Qué no? Hagamos memoria. Está esa persona que nos llama periódicamente. Y cuando le contestamos cuelga. Y cuando nos comunicamos asegura que nunca nos llamó. Pero culpa al aparato. Sospechamos acoso hasta que nos pasa a nosotros. Empezamos a encontrar llamadas realizadas que no recordamos. Tal vez porque guardamos el teléfono en el bolsillo sin bloquearlo. O porque le dimos alguna instrucción sin darnos cuenta. Eso queremos creer.

Y eso cuando no existía la mensajería instantánea. Porque al surgir la que hoy es la alternativa preferencial de comunicación los fenómenos paranormales en pantalla portátil se multiplicaron. Mensajes sin ninguna coherencia que aparecen en los grupos, generalmente borrados minutos después y ocasionalmente justificados con un “me equivoqué de grupo”. Audios donde no se oye nada o se escuchan sonidos que una sobredosis de creatividad puede asimilar a un celular guardado. Y, nuevamente, audiollamadas o videollamadas que nadie recuerda haber hecho.

Sigamos. Todos los celulares tienen alguna función que presta un servicio de gran utilidad. Todos, menos el mío. No importa si es barato, caro, grande, pequeño, clásico (léase viejo),  o último modelo. Explico. Me refiero a esa aplicación que se puso de moda y que el resto de la humanidad disfruta. Sí, esa aplicación que a mí, y al parecer solo a mí, no me sirve. Curiosamente, es la aplicación que yo necesito. Preferiblemente de urgencia. Preferiblemente ya.

Peor todavía. Existe otra. Yo sé que funcionó porque alguna vez la utilicé. Exitosamente. Un día la necesito de nuevo. Para consultar un archivo. Para aquello que fue creada. Para mostrársela a un conocido y ponderar su utilidad. Y ahí es cuando, sencillamente, no aparece. No aparece la aplicación, no aparecen los archivos y en cambio encuentro esa otra app que venía con el celular, que a mí no me sirve para nada pero que siempre se materializa cuando estoy buscando cualquier cosa menos eso.

Los lectores recordarán o tendrán historias similares. Ahora vamos por la explicación. Se llaman —o los llaman, mejor— teléfonos inteligentes. Pues era en serio. Esa es la verdadera amenaza de la inteligencia artificial. Aparatos que no hacen lo que sus dueños aspiran, sino lo que el libre albedrío les dicta. 

Skynet (el malo de las películas de robots asesinos que viajan al pasado). La Matrix (el igualmente malo de las películas de mundos artificiales creados por máquinas). El software basado en inteligencia artificial que escribe poemas, redacta noticias, le hace los trabajos a los estudiantes vagos y amenaza con arrasar con múltiples empleos. ¿Esos son los peligros de la inteligencia artificial?

Negativo. El peligro es ese aparato que usted lleva en el bolsillo. Ese que de vez en cuando hace lo que se le da la gana. A menos que el culpable sea (seamos, dice la tarjeta) el sujeto o sujeta que lo manipula.

En ese caso no es un problema de inteligencia artificial.

Es pura torpeza natural.

miércoles, 20 de septiembre de 2023

Ficha tocada, ficha movida


Esta amilcarada en particular se encargará de indagar en línea sobre la pertinencia de algunas expresiones populares y su proyección universal… Si todavía me queda algún lector después de ese ladrillo que acabo de escribir, toca decir la verdad. Tenía un tema que parecía buenísimo pero, como la realidad opina distinto, me tocó armar el sancocho que va a continuación y —pésima idea— dármelas de serio.

Iba a empezar con una norma del ajedrez familiar y de amigos que se resumía en cuatro palabras lapidarias: “ficha tocada, ficha movida”. De ahí en adelante me iba a referir a otras frases igualmente célebres que acompañaron la infancia, la adolescencia y la juventud, como “por mí y por todos”, “lo soplo” (en el parqués) y no sigo con la lista porque un pequeño detalle se tiró el tema.

“Si el jugador a quien le toca mover toca sobre el tablero, con la intención de mover o capturar una o más piezas propias, debe mover la primera pieza tocada que se pueda mover”; Reglamento de Ajedrez de la FIDE (Federación Internacional de Ajedrez). No era un invento familiar, no era una decisión arbitraria del grupo de amigos, sino una norma debidamente establecida, codificada y aplicada por autoridad competente. Cuando se descubren esas cosas, todo el sistema de creencias empieza a tambalear.

Ya entrado en gastos, opté por darle una oportunidad a “Por mí y por todos”, la frase más temida en el juego de escondidas. Con esta me fue mejor: solo aparece en internet como el nombre de un disco grabado a finales del siglo pasado con música de los años 80 por un grupo que desapareció a principios del siglo XXI; y como parte de algunas referencias bíblicas.

En cambio soplar, en vez de limitarse a la técnica de modelamiento del vidrio, la expulsión de aire a través de la boca o la entrega ilícita de información al compañero de aula durante una prueba académica, sí es una jugada establecida para el parqués. Aunque, cabe aclarar, al estilo colombiano.

A estas alturas se me ocurrió pegarme de aquello del estilo colombiano para salvar la patria, Y me acordé de cuando aprendimos que si algo de comida se caía al suelo, podíamos contar hasta cinco antes de recogerlo y llevarlo a la boca sin riesgo. Nuevamente la web se encargó de desmentir esta creencia. Pero ese no fue problema, ni la gran cantidad de alimentos poco higiénicos que hemos consumido en diversas épocas de la vida. El problema es que han sido universidades y centros de estudio gringos y europeos quienes han liderado las investigaciones para desmentir este mito universal. La regla (falsa) de los cinco segundos no es patrimonio nacional..., sino de la humanidad

A punto de archivar el tema en el apartado de esto no va para ninguna parte, me jugué el as. Colombia es un país cafetero.  El grano fue la base de nuestra economía muchos años. Tomarse un tinto (así lo llamamos) es costumbre para comenzar el día en ciudad y campo, recargar energías en el trabajo o acompañar una conversación. Pero ni aún así podemos atribuirnos el remedio casero de utilizar café para frenar hemorragias. Porque si así fuera, ni el Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos, ni la universidad de Valencia, España, habrían dedicado sendas investigaciones y artículos para advertir sobre lo equivocado y riesgoso de este remedio casero que, por cierto, también cuenta con defensores en México y Perú.

Entre indagaciones y reflexiones descubro que llego al final de un texto que arrancó con un tema inadecuado el cual, sin embargo, me negué a soltar pese a tener todo en contra.

Fue como en el ajedrez: ficha tocada, ficha movida. 

miércoles, 19 de julio de 2023

Historias procraces


Esto es inaceptable. Esos muchachitos y muchachitas de ahora se pasaron. No me voy a quedar callado. Es cierto que cada nueva generación critica a sus antecesores, pero tampoco vengan a inventarse el agua tibia. En serio.  Ahora vienen disque a enseñarme (¡A mí!) algo en lo que soy el mejor. Ningún sicólogo me tuvo que analizar. Ningún consultor empresarial tuvo que evaluar mi entorno. Ningún experto en algo de nombre raro tuvo que hacer una proyección social, laboral y mental. Cuando ni siquiera tenía ese nombre rebuscado, yo la tenía clara: Dejar para mañana lo que puedas hacer hoy. Ustedes no me van a enseñar a procrastinar. 

Antes de que los “expertos” de hoy nacieran yo ya estaba en el nivel superior. Y sin ninguno de los recursos que actualmente la hacen ridículamente fácil. Sin teléfonos inteligentes. Sin aplicaciones. Sin redes sociales. Sin internet. Sin plataformas. Sin streaming. Sin videos disponibles en el bolsillo 24/7 (24 horas, 7 días a la semana). Eso jamás fue problema. Yo aplazaba, postergaba, posponía, difería y demoraba. En todos los ámbitos. En todas las actividades.  

Empecé en el colegio. Los profesores optimistas dejaban trabajos para las vacaciones de medio año. O para el fin de semana. Y cada día libre yo pensaba, hoy sí. Pero no. Salía a la calle a jugar con mis amigos o a conversar por horas y horas de cualquier cosa. Releía interminablemente mi colección de historietas (ahora les dicen comics). Si llovía el juego era bajo techo, grupal, desde monopolio hasta lotería; o individual (guerra de tapas viejas para definir el dominio de la sala). Y si la autoridad (léase padres) intervenía, yo sacaba libros y cuadernos, me sentaba en la zona de estudio y desarrollaba actividades productivas como cazar pispirispis  o pensar —también durante horas— la solución a la primera pregunta. Hasta que llegaba la noche anterior al reinicio de las actividades académicas.

Semejante preparación durante toda la primaria, el bachillerato y la formación con miras al mercado laboral tenía que dar frutos. Y los dio. El jefe de turno ponía la tarea y daba la fecha de entrega. Yo escuchaba las instrucciones, organizaba lo que tenía que organizar antes de empezar... organizaba lo que tenía que organizar antes de empezar... organizaba lo que tenía que organizar antes de empezar...

No, no hay problema con el texto. Esa es la primera estrategia para no empezar. Prepararse y prepararse y prepararse. Luego venían los descubrimientos. Que desde la ventana de la oficina había un paisaje al que valía la pena dedicarle segundos, minutos y hasta horas. Que un café previo a la acción podría convertirse en conversación inaplazable, y lo más extensa posible,  con el colega desprogramado. Que era importante llamar a la casa y cuadrar esa actividad familiar pendiente. Que mi silla estaba desajustada y eso afectaba la ergonomía, la concentración y el posible resultado final. Que tengo otro pendiente de trascendencia cero pero mejor despacho ese primero. Que ya es hora de salir y más bien mañana madrugo.

Adelantar algo en la casa era una opción. Hasta llevaba los materiales. Regresarían en la más absoluta virginidad, porque ni siquiera se tocaban. En la casa había muchas cosas por hacer. No hacíamos ninguna, pero estuvimos mucho tiempo pensando con cuál comenzar. Y vimos la poca televisión disponible en esos lejanos tiempos. Y fuimos a hacer compras inaplazables que teníamos aplazadas desde hace varias semanas. Y de repente estábamos de nuevo en el lugar de trabajo, a pocas horas de la entrega. Hora de correr.

Así que no me vengan con cuentos. Ningún doctorado en administración va a venir a darme lecciones sobre cómo perder el tiempo y dejar todo para última hora. Se pueden ir al lugar adecuado quienes vienen con propuestas para modificar ese comportamiento de forma abrupta, escalonada, sistemática, corporativa u organizacional. Ni siquiera con la disculpa de que no necesariamente es algo malo, sino que puede ser signo de mentalidad creativa. 

Cuando quiera, desafío al que sea a que hagamos un concurso sobre quien procrastina mejor. 

Aunque mejor lo dejamos para otro día.

 

miércoles, 28 de junio de 2023

Conéctese al silencio, por favor


Señores (as):
Fabricantes y vendedores de teléfonos inteligentes, operadores de telefonía celular, autoridades competentes en el tema.

Les escribo para plantear un tema que empeora día por día y en el cual ustedes tienen inmensa responsabilidad. Todo comenzó hace años, cuando algunos teléfonos celulares (las flechas) empezaron a incluir un receptor de radio. De vez en cuando, en el transporte público, algún joven utilizaba los nuevos aparatos para compartir su pésimo gusto musical con el personal sin preguntarle su opinión. Hablando de pésimo, el sonido también lo era, evidenciado por el hecho de que sonaba al volumen más alto posible.

Lo mismo pasaba con las habilidades de cantante del improvisado DJ, quien no solo obligaba a todo el que estuviera al alcance a escuchar su música, sino que solía acompañarla, pero a pedazos. Como no se sabía las canciones, entonces de vez en cuando soltaba un ruido o una palabra que sonaba parecido.

Claro que ya existían los audífonos. Pero para ser justos, los primeros tenían unos conectores exóticos así que si se dañaban o perdían no era tan fácil reemplazarlos. Hoy ese problema ya no existe. Casi todos los teléfonos inteligentes tienen una entrada estándar que admite desde desechables –de esos que se dañan si uno los mira mucho, pero eso sí, son muy baratos– hasta la última tecnología. Agreguemos opciones inalámbricas y manos libres. Cierta empresa eliminó las entradas estándar, pero inmediatamente aparecieron adaptadores que con una mínima inversión solucionan ese problema.

Sería de esperar que ante la abundancia de alternativas, escuchar sonidos provenientes del teléfono fuera un asunto tan privado como ir al baño. Pues no. Hoy no es solo en el transporte público. Se ha extendido a  las filas, salas de espera y otros puntos fijos donde el personal debe permanecer en tiempos muertos. Tiempos que antes se ocupaban con revistas, libros, conversaciones intrascendentes u observaciones del entorno, y en los que hoy todo el mundo clava la mirada en su celular.

Y llegamos al meollo del problema. Para un abundante sector de la población, los audífonos no existen. El asunto, además, se diversificó en edad, género y, se reconoce, variedad de contenidos. Entonces terminamos escuchando una apasionada discusión sobre un tema personal o laboral vía mensajes de audio (ida y vuelta). O algún video musical que confirma el progresivo deterioro en gustos de las nuevas generaciones. Pero ojo. Ya no son solo jóvenes. Son adultos. Y adultos mayores, Hombres, mujeres y cualquier categoría adicional que se desee incluir. Gracias a la señora del lado nos enteramos (y antojamos) en detalle de como preparar una sopa de alcachofa. El caballero de la fila de enfrente nos comparte alguna historia graciosa de redes sociales pero, cuando llega el momento del chiste, eso sí no se escucha bien. O peor, somos receptores del audio de algo que parece muy interesante que no entendemos, porque la comprensión depende de la parte visual a la que no tenemos acceso. 

Están en todas partes. En una biblioteca pública, donde un milenial despistado consideró que el mejor sitio para ver y escuchar a su influencer favorito era la sala de lectura. En las salas de espera de los servicios médicos, donde nos bombardean sonidos por todos los flancos. Ni siquiera las salas de velación se salvan, aunque hay que aceptar que, normalmente, una mirada de odio soluciona el problema en estos escenarios.

Yo entiendo que hoy en día casi todos los teléfonos inteligentes traen sus audífonos incorporados. Pero la situación que describo demuestra que esto no es suficiente. Por tanto los invito a asumir su responsabilidad para que cada uno, desde su ámbito particular, mediante opciones legales, mecanismos de proveeduría a bajo costo u ofertas comerciales, promueva soluciones para que el “yo escucho mi teléfono” vuelva a ser ese acto privado y egoísta que nunca terminaremos de agradecer.

Cordialmente

Un escucha (involuntario) aburrido 

miércoles, 31 de mayo de 2023

Matemáticas post 30


Nota de la redacción. Una amilcarada de publicación reciente  llevó al autor a buscar en sus archivos textos similares, entre los que encontró este de 1998, cuya vigencia (con algunos ajustes) es, por decirlo suavemente, de  aterradora actualidad.

Dicen que a los 30, a los 40, a los 50, llega una crisis. Eso es mentira. Las crisis son situaciones difíciles que se presentan en un momento determinado, alcanzan un punto culminante y luego desaparecen. Lo que llega a los 30, a los 40, a los 50,  no desaparece. Se queda para siempre, y cada día se pone peor. Se llama edad.

No es juventud, porque eso ya pasó. No es vejez, porque eso aún no ha llegado. Es un incómodo término medio en el cual uno mira para atrás y para adelante, viendo como aquello que parecía lejano es contemporáneo, y aquello que suena importante ya pasó, sin que nos diéramos cuenta a qué horas.

Una de las pocas ventajas es el desarrollo de las habilidades matemáticas. Y también en el manejo del lenguaje, como podemos leer aquí. Uno hace cuentas de edad. La primera tiene que ver con los adultos. Cada vez con mayor frecuencia, vemos alrededor adultos que se supone eran niños. Ese sobrino a cuyo nacimiento hicimos antesala en nuestra adolescencia hoy es más grande, más ronco, y tiene mejor sueldo que nosotros. Una extraña mezcla de deseo y remordimiento nos acompaña cada vez que vemos a la hija de aquel amigo que se casó joven, a la cual decirle niña es, por lo menos, un anacronismo.

Personajes que eran más viejos porque así debía ser, de repente son más jóvenes, porque así debe ser. Los policías, los ladrones, los choferes de bus, los presentadores y actores de televisión, el capitán Kirk, el señor Spock (¿No sabe quienes son?, este texto no es para usted... todavía) y hasta uno que otro ministro. 

Utilizando nuestra recién adquirida habilidad aritmética empezamos a hacer cuentas. El soldado que nos solicita documentos, no había nacido cuando nos expidieron la libreta militar. Ese futbolista que hoy apasiona multitudes, hizo la primera comunión el mismo día en que nosotros colgamos los guayos, tras hacer un autogol en ese partido que el equipo de ex alumnos perdió 8 -0.

Cuando tenemos la oportunidad de ver una reina de alguna cosa - el Mango, la Guayaba, qué sé yo - acompañada de su mamá, empezamos a notarle atributos a la mamá. Y recordamos haber leído alguna vez, tiempos ah, que el ministro Tal se había casado, cuando vemos a su hijo, Tal Jr., posesionarse en alguna flamante cartera.

En un último arranque de desesperado optimismo, miramos hacia los ancianos de la tribu. Los obispos, los generales, los magistrados, los relojeros, los tenderos. Esos hombres, a quienes siempre consideramos como abuelos potenciales, nos siguen superando en dignidad, gobierno y, sobre todo, en edad.

Lástima que ya no parezcan nuestros abuelos, sino nuestros papás, o nuestros hermanos mayores.