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miércoles, 5 de agosto de 2026

Versos para el que no llegó

 


Ansiosa desde la ventana
impaciente ella lo espera
pero a él no le da la gana
de dejarse ver en carretera.

Transcurren esos segundos,
que pasan a eternos minutos
y otros viajeros del mundo
desilusionan por sus atributos.

No son ellos los que anhela
la que aguarda en el presente
su llegada deja una estela
tan inútil como insuficiente.

El furgón escandaloso
que ofrece comprar chatarra
suena a ruido molestoso
cuya oferta la vida embarra.

Con su mecánico alboroto
siempre oportuno y eficiente
llega un mensajero en moto:
no es el que ella tiene en mente.

Carros de muchos colores
transitan intermitentes
no paran los conductores
su destino es diferente.

Se mueve ágil y sencillo
el auto que gira en la esquina
es un taxi de los amarillos,
con lo que ella desea no combina.

Una banda de músicos sin plata
improvisa su canción en la calzada
a ella no le suena bien la serenata
es mal momento para su llegada.

Mientras con angustia ella su reloj revisa
y el anhelado nada que hace presencia
frente a su hogar pasan y pasan sin prisa
caminantes varios con indiferencia.

Van solos, en grupo o con mascota
cada uno busca su propio destino
mientras ella ya siente la derrota
ese que espera no se ve en el camino.

A estas alturas del día
desde la puerta vigila ansiosa
del hogar buscó la salida
para ver si aceleraba la cosa.

Existen vecinos y otra gente
a los que ella siempre evita saludar
uno tras otro pasan por el frente
y falsas sonrisas toca improvisar.

Mientras tanto el tiempo ha continuado
su andar infinito por la existencia
ya pasó una hora y el esperado
por nada del mundo hace presencia.

Ella maldice el momento
cuando decidió convocarlo
la rabia le invade el pensamiento
y hasta piensa en ahorcarlo.

Es una fantasía pasiva
que no puede pasar a la acción
no se puede ser agresiva
ni pelear con una aplicación.

Simplemente quería un viaje
pero así se le amargó el día
todo comenzó con un mensaje
basado en moderna tecnología.

Para el transporte un servicio
se pidió por celular
el auto resultó ficticio
pues jamás pudo o quiso llegar.

Son muchos los que han venido
pero nunca el esperado.
Ya el horario se ha incumplido
la salida ha fracasado.

Con un mensaje inocente
esta historia ha terminado
Disculpe usted señor (?) cliente
el servicio no pudo ser prestado.

miércoles, 20 de mayo de 2026

Una sola letra y todo cambia


Pasa en buses, aviones, trenes y colectivos. En salas de espera y filas. Durante encuentros momentáneos de transeúntes que no se conocen. En tiempos de mensajes instantáneos, pocos logran (pocos logramos, dice la tarjeta) controlar el impulso de leer mensajes en el teléfono... del vecino. 

Como es una lectura intrusiva, clandestina, rápida y de reojo, leemos mal. Una sola letra es suficiente. No hay espacio para la segunda mirada. Menos para preguntar. Van 41 ejemplos. Lo que leímos y lo que realmente decía. 
  1. Para el bebé tenemos que empacar tetero, puñales y chupo. (pañales)

miércoles, 29 de abril de 2026

La enciclopedia ambulante pasa al uso de buen retiro

El tío Paco duerme poco. Se levanta temprano a pasear por el prado aledaño a la finca donde se ha reunido la familia. Inusualmente, un par de parientes, niño y niña, también han madrugado y se unen al caminante.

El pasto está húmedo. Paco le explica a los pequeños que eso no es lluvia, sino un fenómeno llamado rocío.

Como no tienen a la mano sus teléfonos, los menores escuchan con atención e interés.

Paco viaja mentalmente a su infancia. Mientras otros contemporáneos jugaban en la calle, trepaban árboles y cometían travesuras a espaldas de los adultos, él leía. Es más. Dicen que el hombre leyó una enciclopedia. No un capítulo, no una entrada, no un tema específico, ni siquiera un tomo. No. La enciclopedia completa.

Abundan testimonios sobre los datos que el lector aportaba en las conversaciones con amigos y familiares. Apuntes interesantes o respuestas a preguntas sobre objetos y actividades de la vida cotidiana. 

Antes del partido, Paco hablaba del inventor del balón. Después del cine referenciaba un clásico con argumento similar, actores y director incluidos. Mientras comían pizza explicaba el origen de la palabra. 

Como el tipo no se extendía ni pretendía dictar cátedra, sus aportes eran tan bienvenidos como efímeros. Datos curiosos, sí, pero olvidables e intrascendentes. 

De hecho, pudo habérselos inventado. Eran tiempos sin inteligencia artificial, sin aplicaciones, sin redes osciales y, sobre todo, sin alguien tan desocupado como para ponerse a verificar lo que Paco decía.

Precisamente, el éxito de los comentarios anecdótico-histórico-científicos decayó lenta pero inexorablemente por cuenta de la tecnología. Internet. Wifi. Dispositivos. Información disponible 24/7.

Por ejemplo, surgía una consulta sobre por qué el pan se llama pan.  Mientras Paco preparaba su respuesta, alguien ya la había encontrado. Primero en un portátil, después en una tableta, luego en teléfonos inteligentes que hacían lo mismo pero cabían en un bolsillo. 

Aunque nunca lo expresó públicamente, Paco extrañaba esos breves momentos de sabiduría de salón que lo convertían en centro de atención.

Por eso se sintió especialmente feliz ante la oportunidad de enseñarles a dos pequeños sobre la humedad mañanera que venía de la condensación del aire en clima frío.

Esa cuyos efectos eran similares a los de una leve llovizna.

Una leve llovizna que rápidamente aumentó en volumen y frecuencia.

Que oscureció el cielo y, acompañada de truenos y relámpagos, descargó toda su furia de aguacero mientras el tío y los niños corrían a buscar refugio.

Así terminó el último intento de Paco para ejercer como enciclopedia ambulante.

Disuelto en agua.

miércoles, 15 de abril de 2026

Extremo tardío

De tanto leer historias de aventuras a Gabriel le dio por vivir su propio gesta. No pudo dedicarse a la piratería en Malasia. No pudo buscar tesoros en islas escondidas. No pudo descender por un volcán camino al centro de la Tierra. Tampoco pudo enrolarse en el cuerpo de mosqueteros del rey de Francia.

El joven lector vivía lejos del mar, de los volcanes y de Francia. Los únicos Reyes que conocía eran la familia de enfrente. En cambio tenía cerca montañas dignas de exploración y recorrido. Así que un día escogió un cerro: se echó morral a la espalda con una muda de ropa, agua y comida; e inició su epopeya particular.

Como eso pasó hace 80 años, Gabriel trastoca muchos detalles cada vez que cuenta la historia. Pero hay partes que no cambian. Se perdió. La comida y el agua se acabaron. Estuvo deambulando un par de días, sin tener idea donde estaba, hasta el feliz encuentro con unos campesinos que lo devolvieron a la civilización.

La desastrosa experiencia y la muenda que le dio su papá por volarse sin permiso lo alejaron del mundo de la aventura. Mucho tiempo después surgió una industria a la que le pusieron deportes extremos. Actividades de alta exigencia física y cierto nivel de riesgo real para la salud del practicante. Aventuras a la medida. Actividades que a Gabriel nunca le habían interesado. Hasta ahora.

Como los años no pasan gratis, la cercanía al primer siglo de vida terminó por pasarle factura a la movilidad del sujeto. Para trayectos largos (cualquier salida de casa clasifica como tal) debe utilizar una silla de ruedas y, por ende, alguien que lo acompañe ejerciendo el verbo empujar. La labor se la turnan parientes, amigos, personal de atención y espontáneos. 

Los familiares, sobre todo los más jóvenes, tienen clara su prioridad. No es la silla. Es el teléfono. Trabajan a dos manos. Con una empujan y con la otra atienden una llamada o miran alguna cosa en el celular. En movimiento. Levantando ocasionalmente la mirada. Casi todo el tiempo. O todo. 

Los parientes más maduros o los amigos también hablan, pero con Gabriel. Son animadas conversaciones mientras recorren andenes y calzadas. Las anécdotas, las preguntas, los chismes, todo eso que implica un buen diálogo y que puede distraer (y lo hace) a quien, en la práctica, es responsable de la movilidad y seguridad del usuario de la silla móvil.

Otra situación. El pésimo estado de muchos andenes los convierte en una verdadera trocha repleta de obstáculos para los peatones. Y en vías intransitables para Gabriel y su paseador de turno. Entonces es inevitable bajar a la calzada. La misma por donde andan los carros. Los buses. Las tractomulas. Las motos.

Claro, existen rutas exclusivas para vehículos de tracción humana (o de baja velocidad) de dos o hasta tres ruedas. De vez en cuando se ve a Gabriel debidamente empujado mientras recorre esos caminos. A su lado pasan patinetas, motos eléctricas. corredores en entrenamiento y una que otra carreta de reciclador.  También muchas bicicletas. Por algo las llaman ciclorrutas. 

A estas alturas de la vida, Gabriel toma las cosas como vienen y siempre les busca el lado positivo. Por eso cada salida a la calle se ha convertido en un desquite de esa aventura fracasada en su ya lejana juventud. Porque sin ninguna intención (o quien sabe) los comportamientos de sus acompañantes o la realidad de la infraestructura urbana convirtieron las salidas en silla de ruedas en algo mucho más interesante.

Un deporte extremo.   

miércoles, 18 de febrero de 2026

Despiste manda mensajes

A la suegra de Despiste le costó trabajo. Pero como ella es servicial y dispone de mucho tiempo libre, finalmente logró averiguar opciones de vuelos para Sincelejo. En cambio, el técnico que reparó el televisor y la lavadora de Despiste no pudo. Él intentó indagar sobre qué hacer ante una demanda de paternidad responsable, pero cuando su propia esposa no le creyó que era un favor para un cliente, optó por desistir.

En la casa cural el sacristán, en cambio, conocía a un plomero al cual remitió la consulta sobre renovación parcial o total del baño que le hizo Despiste, enfatizándole (al plomero) que fuera lo más específico posible en los presupuestos, tal y como había pedido el interesado. En otro escenario, el profesor de los hijos de Despiste había adquirido alguna vez un seguro todo riesgo para proteger el menaje de su casa, así que no tuvo problema en responder las inquietudes que el padre de sus alumnos le planteó al informarle su intención de buscar una póliza de este tipo.

La administradora del edificio donde Despiste habita, en función de su trabajo, tiene muy claro lo de las fechas de declaración de renta. Aún así, para evitar malos entendidos con un propietario tan cumplido, verificó cuidadosamente los plazos de la obligación tributaria antes de responder la inusual consulta.

Quien no pudo atender los requerimientos de Despiste fue el conductor que lleva años prestándole servicios de transporte.  Eso sí,  muy educadamente le contestó que era imposible llevarle el mercado  porque ese día ya lo tenía copado. Por eso tampoco le pidió datos adicionales, ya que el escueto mensaje no daba detalles clave como dónde había que recogerlo y cuál era el contenido.

En la EPS también le replicaron pidiendo datos concretos, porque para ellos no era factible confirmar una reserva solo con el nombre. Ademas le sugirieron ser más específico sobre si lo que había reservado era una consulta, un laboratorio, una imagen diagnóstica  o algún otro tipo de atención en salud 

La lista de interlocutores con pedidos o preguntas cuando menos inesperadas de parte de Despiste podría seguir entre parientes, amigos, proveedores de servicios de múltiples especialidades, conocidos ocasionales o instituciones de esas con las que la gente termina desarrollando relaciones más o menos permanentes.

En honor a la justicia hay que decir que a Despiste no le pasa nada que no le ocurra a otros seres humanos. Poseer un teléfono inteligente implica un flujo constante de mensajes escritos a y desde diferentes destinatarios. En medio de tanta escribidera, es inevitable que, de vez en cuando, alguien termine enviándole una comunicación al destinatario incorrecto. 

A todos nos ha pasado por lo menos una vez. Pero a muy pocos (por no decir ninguno) le pasa tantas veces y, sobre todo, tan seguido como a Despiste.  Además, de alguna manera el receptor equivocado siempre tiene alguna lejana relación con el asunto de la petición, por lo que le suena raro, pero no improbable. Y como Despiste es buena gente, pues hay que ver como ayudarlo. 

Como a Despiste siempre le contestan algo, presume que no debe explicar su error de envío. Por eso nunca se enteran de que el mensaje era para otro. La suegra de que era para la agencia de viajes, el técnico de que era para el abogado, el sacristán de que era para el plomero, el profesor de que era para el corredor de seguros, la administradora de que era para el contador, el conductor de que era para el supermercado, la EPS de que era para el hotel y una interminable lista de etcéteras.

Despiste manda mensajes a las personas equivocadas. Ellos le contestan. Ese es el problema.

Y si algún lector conoce o ha vivido historias similares, lo invito a compartirlas en los comentarios.

miércoles, 28 de enero de 2026

Antes y ahora

Antes la gente manipulaba el teléfono para hacer o contestar llamadas; ahora muchos no lo hacen en el espacio público por aquello de la seguridad. En cambio...

  • Antes gritaban cójanlo; ahora hacen un video del ladrón huyendo.
  • Antes regañaban al que no atendía o atendía despacio; ahora le hacen videos y los cuelgan en redes.
  • Antes la prioridad de los reencuentros era conversar; ahora es tomarse la foto.
  • Antes había que ayudar al caído; ahora hay que grabarlo.
  • Antes un concierto era para gozar, cantar, aplaudir, bailar; ahora es para hacer el video antes, durante y después.
  • Antes lo importante era estar ahí; ahora lo importante es que quede registro visual en redes.
  • Antes el que llegaba tarde o no cumplía los requisitos pedía disculpas o rogaba por una excepción: ahora hace un video donde él es la víctima. 
  • Antes lo importante del plato que traía el mesero era su preparación, sabor (y a veces la cantidad); ahora la prioridad es tomarle una foto antes de consumirlo (en caso de que se consuma).
  • Antes el orgullo de los graduados estaba en el diploma, ahora el orgullo de los graduados está en el diploma siempre y cuando se vea en la foto o el video.
  • Antes lo importante era contar la anécdota; ahora lo importante es tener el video.
  • Antes la fila era un requisito previo para alcanzar una meta; ahora es evidencia gráfica de mala atención o de la participación del protagonista en algún evento importante.
  • Antes se viajaba para conocer monumentos y lugares; ahora se viaja para tomar fotos donde el modelo tapa monumentos y lugares.
  • Antes los primíparos protagonizaban un proceso académico que comenzaba con la inducción; ahora los primíparos protagonizan un video y muchas fotos de una fiesta de inducción.
  • Antes se tomaba nota o se memorizaban datos clave; ahora se toma una foto.
  • Antes estrenar ropa, peinado, maquillaje, carro, casa, trabajo era una primera vez que la gente compartía con su círculo cercano: ahora lo comparten con el mundo entero, así al 99,9999999 % le importe un rábano.
  • Antes el paso del tiempo era una cuestión cronológica; ahora es un comparativo público de fotos.
  • Antes la intimidad y privacidad eran un derecho; ahora son un espectáculo que compite por alcanzar públicos cada vez mayores.
  • Antes escaseaban las cámaras pero abundaban las películas de monstruos, ovnis y fenómenos sobrenaturales; ahora abundan las cámaras y... 
  • Antes lo importante de las reuniones laborales y académicas era el aporte individual y los logros compartidos; ahora es la foto del grupo.
  • Antes los certificados, diplomas y demás constancias de logros académicos se enmarcaban; ahora se publican en redes sociales.
  • Antes los fans se acercaban tímidamente a un famoso para saludarlo o pedirle un autógrafo; hoy se ofenden y lo insultan si no accede a tomarse una foto o grabar un video.
  • Antes el artista priorizaba que los demás vieran y disfrutaran o hasta criticaran su obra; ahora el artista prioriza divulgar la foto o video al lado de su obra.
  • Antes poner cara de foto requería minutos o por lo menos segundos de preparación. Ahora se dispara en automático.
  • Antes el ejercicio individual implicaba esfuerzo,  sudor, cansancio y hasta dolor y suciedad; ahora implica mostrar ropa deportiva curiosamente limpia (y de marca), cara de felicidad, cuerpos impecables y números exitosos.
  • Antes las experiencias eran para vivirlas: ahora son para tomar fotos y hacer videos. 

miércoles, 21 de enero de 2026

Cuasitragedia familiar "offline"

Una rápida revisión a los calendarios permitió ubicar tres días libres, en las primeras semana del año, que toda la parentela tenía disponibles. Alguien puso la palabra finca en la agenda, otro habló de arriendo. Le metieron tecnología al asunto y, contra todo pronóstico, consiguieron un lugar disponible a buen precio.

El combo familiar armó oficialmente paseo. Encabezaba la matriarca (abuela). Complementaban los hijos e hijas con sus respectivas parejas, y sus propios hijas e hijos, desde recién nacidos hasta adolescentes. Unos tíos y primos, reclutados a última hora, completaron el cupo y permitieron redistribuir el costo.

Aunque nadie lo dijo en voz alta, hubo alivio general al comprobar que la estancia campestre correspondía a las fotos. Historias y experiencias negativas generaban un comprensible temor a ser estafados. Pero no. La casa entre montañas, la piscina, las hamacas y demás infraestructura se encontraban en perfecto estado.

Fue una de las nietas la que descubrió el pequeño detalle. Sacó su teléfono, tomó algunas fotos y empezó a buscar señal para compartirlas en sus redes sociales. No la encontró donde estaba. Se movió a la derecha. Tampoco. A la izquierda, menos. Buscó un punto alto sin que las barritas indicadoras dieran la más mínima señal de vida. La joven le dijo a su mamá, su mamá le dijo al esposo y el esposo le preguntó al encargado.

— Ah, eso. Aquí no entra ni internet, ni celulares ni nada de eso. Creo que es por las montañas o algo así.

La inesperada revelación generó reacciones. A la abuela y a los niños (quienes ya estaban pidiendo pista para la piscina) les importó un rábano. Entre los adultos hubo preocupación de parte del trabajomaniaco, que ya había agendado un par de reuniones en línea;  inquietud entre los y las que se daban su dosis diaria de redes y videos; y preocupación específica de parte de un personaje que tenía programada una cena especial preparada siguiendo instrucciones, como no, de su web de cocina favorita.

Los jóvenes entraron en pánico. Vislumbraron tres eternos días con sus noches desconectados del universo, perdiendo experiencias y novedades, sin poder compartir imágenes ni comentarios. Lo peor era la perspectiva de integrarse obligatoriamente en actividades de adultos, desprovistos del refugio protector de las pequeñas pantallas. En cambio, los mayores anticiparon 72 horas de mal genio adolescente, displicencia, apatía y mucha, pero mucha mala cara.

Un primo, cuyo rango etario lo ubicaba donde termina la juventud y empieza la adultescencia sacó una caja de su maleta. Contenía un tablero plegable y bolsitas transparentes en los que se veían pequeñas figuras plásticas y dados. Entonces anunció, en tono de salvador recién graduado: —Tranquilos, traje parqués.

— ¿Par… qué? 

Hubo que explicar que para jugar no se necesitaban pantallas, que la mesa no servía solo para ingerir alimentos o chatear mientras se comía. Hubo que dictar el curso completo de movimientos, reglas, estrategias, dinámicas y soplos relativos al parqués. Finalmente, milenials, zetas y alfas entendieron el concepto y,  con bastante desconfianza, accedieron a probar a ver que pasaba.

Dicen que la familia nunca había tenido jornadas de integración como las de aquellos días, y que todos los años vuelven a la misma finca.

Lo único que cambia es el juego de mesa.

miércoles, 7 de enero de 2026

Superpoderes


No vienen de otros planetas. No viven las consecuencias de algún curioso accidente. No son multimillonarios con acceso a tecnologías de vanguardia. No tienen origen en un universo paralelo o en una dimensión alterna. No nacieron con algo raro en los genes.

Se ven como usted y yo. Son como usted y yo. Bueno, casi. Porque viven con una condición que los hace diferentes. Condición que ellos mismos no controlan del todo. A veces para bien, a veces no tanto. Es su superpoder. Van ejemplos.

Cronotarde, el hombre retraso. Llega tarde. A todos nos pasa alguna vez. A él, la totalidad de las veces. No importa la hora. No importa el día. No importa el lugar. En cualquier situación aparece minutos (o más) después del momento predefinido. Le ponen cita en su casa a la hora de levantarse… y llega tarde. Lo convocan intencionalmente 20 minutos antes y llega 20 minutos después. Nunca es su propósito. Pero siempre pasa algo. Es el superpoder de Cronotarde.  

Tranca, la paralizadora.  La suma de un lugar específico, una circunstancia particular y un instante preciso inmoviliza a los demás. El carro varado a la hora pico en el cruce más estrecho. Quien se para a contestar el teléfono justo en la única puerta a la hora de entrada o salida. El tiquete con algún problema de último momento en la fila de abordaje.Le pasa a una sola persona pero detiene lo que debería ser un flujo continuo. Es lo que ella hace. Sin proponérselo, sin desearlo, Tranca siempre arma el trancón.

Sinfín, el interminable. Actúa en escenarios laborales, académicos, científicos y similares. La reunión fue exitosa. O no tanto. El personal está cansado. El moderador, coordinador, jefe o lo que sea está a punto de declarar el cierre oficial. Entonces Sinfín pide la palabra. Y hace esa pregunta. Demasiado compleja para una respuesta rápida. Demasiado urgente para aplazar su análisis. Demasiado oportuna para haberla dejado hasta el final. Es inevitable extender el encuentro hasta agotar el tema.  Sinfín lo ha hecho de nuevo. 

Lookalike, la parecida. Comienza con la invitación. Boda. Evento social de alcance cultural como lanzamiento de libro, inauguración de exposición o concierto exclusivo. Ceremonia para entregar premios al mérito en áreas específicas. Alfombra roja con cualquier excusa. Ella escoge la ropa que usará. Puede ser decisión de última hora. O también días de planificación, búsqueda y selección. Adquiere algo solo para la ocasión o retoma piezas de su guardarropa. No importa. Haga lo que haga, al llegar al sitio siempre habrá otra mujer vestida exactamente igual a Lookalike, la parecida.

Tecnot, el demoledor. Alguna condición en su cargo lo hace indispensable. Es de los niveles más altos o pocos hacen lo que él hace. En soporte técnico es tabú. No pronuncian su nombre en voz alta. Buscan excusas, se esconden, hacen lo posible por evitarlo. Si hay algún novato, se lo endosan sin compasión. El nuevo, inocentemente, atenderá el servicio y descubrirá lo que sus colegas ya conocen. Tecnot, el demoledor, tiende a cacharrear con el computador de dotación. Así es como genera tal desbarajuste en la máquina que el más avezado de los ingenieros requerirá horas de trabajo para solucionar el galimatías creado por las manitas creativas del sujeto. 

Yoyá, la experimentada. Son jóvenes. Viven para las nuevas experiencias. Son cazadores de sensaciones. Andan por la existencia en busca de actividades que trasciendan la rutina, que generen impresiones imborrables; de momentos que marcarán la existencia. Se reúnen en grupo a planear la próxima vivencia. Esa totalmente novedosa. Esa que dejará por igual satisfacciones para la pasión y el intelecto. Esa que Yoyá... ya hizo. No importa lo innovador, exótico o singular de la propuesta, ella siempre los mira, sonríe y suelta el consabido ”Yo ya hice eso, pero no hay problema, voy otra vez”.

Platofijo, el desubicado. En la hamburguesería pregunta si venden pizza. En la pizzería mira una y otra vez el menú en búsqueda de, por lo menos, un sándwich de carne molida. Va al asadero de pollo donde se antoja de pescado. En el restaurante de carnes pregunta por la opción vegetariana y en el vegetariano interroga concienzudamente al mesero en busca de unos chorizitos o algo así de entrada. Realmente come de todo pero Platofijo, el desubicado, está siempre, a la hora de pedir su comida, en el lugar equivocado.

Malaseña, el desorientador. Da explicaciones detalladas a todo el que se las pide. Les señala hasta donde deben avanzar, cuando voltear, que puntos de referencia buscar y la forma más rápida de llegar a su destino. Destinos a los que ellos nunca llegarán en el primer intento. Las instrucciones de Malaseña siempre incluyen ese pequeño e insignificante detalle que desvía al orientado de su meta. Es derecha, pero Malaseña dijo izquierda. Son cinco cuadras, pero él habló de seis. La puerta es roja, pero el tipo aseguro que buscaran la verde. No es mala intención. Son pequeños lapsos de memoria que se manifiestan en los momentos menos adecuados. Ese es su superpoder.


miércoles, 12 de noviembre de 2025

La polémica del ecologista tardío

Las camisetas de Arturo, el pensionado, reflejan el paso de los años gracias a su sistema de ventilación. Desde pequeñas perforaciones hasta tremendas troneras repartidas estratégicamente del cuello para abajo. Adicionalmente, acusan curiosas combinaciones cromáticas derivadas de la influencias de los elementos. El otrora blanco está en algún punto entre gris y caqui, los que fueran colores vivos parecen capando cementerio y los estampados se han convertido en imágenes borrosas, recortadas e indescifrables. 

El deterioro de las prendas obedece al tiempo transcurrido desde la última adquisición. Se cuenta en años, nadie sabe con exactitud cuantos. Con el resto del guardarropa ocurre algo similar. El hombre aplica la moda de los yines gaminosos, es decir desteñidos, deshilachados y rotos. No como resultado de lijas, tijeras. piedra pómez o procesos industriales, sino del paso inexorable de años de uso, abuso y lavada.

Otros pantalones son plataformas creativas para remiendos y parches de todos los colores, formas y tamaños. Lo mismo pasa con suéteres, chaquetas, camisas, chalecos y demás prendas de vestir (circulan historias terroríficas no confirmadas sobre la ropa interior). Los zapatos muestran desgaste evidente en la suela (lo evidente es el zipote hueco) y libertad en las costuras. Se entiende por libertad la falta de unión de piezas de cuero u otro material que, teóricamente, deberían estar cosidas o por lo menos pegadas. 

Las particularidades trascienden el guardarropa. Hace rato cambio su sistema de transporte. Ya no se mueve en vehículos emisores de gases contaminantes. Usa una destartalada bicicleta con el mejor sistema de seguridad posible. Ningún ladrón se va a robar esa porquería. 

Arturo solo se baña cuando debe reunirse con otros seres humanos (y a veces ni así, lo que ha reducido radicalmente ese tipo de encuentros). Su casa abunda en recipientes donde se recoge el agua utilizada en ducha, lavado de platos y otros, la cual es utilizada para descargar el sanitario.  Hace tanto que no baja la cisterna que se rumora la existencia de un ecosistema en el tanque. 

Al estilo de las madres de otras generaciones, reutiliza hasta su desintegración todo lo que puede reutilizar. Cual abuelo con taller almacena concienzudamente objetos metálicas en desuso (oxidados y de las otros), así como cualquier pieza cambiada en procesos de reparación o reemplazo del menaje doméstico y de la infraestructura residencial. Incluye tornillos, tuercas, clavos, empaques, roscas, resortes, grapas, pedazos de tubo, perillas, cables de diversos calibres y materiales. 

También guarda, hasta el último cuncho, cualquier producto no alimenticio en su empaque original. La lista abarca pegantes, aceites, cemento, jabón, alcohol, desinfectantes. Cuando finalmente desaparece la última gota, el respectivo recipiente pasa a engrosar una interminable colección de envases vacíos.

Arturo tiene justificaciones tajantes para su particular forma de asumir las conductas descritas y otras. “Eso todavía sirve” o “Eso algún día sirve” o “Eso no hay que botarlo todavía”.

Hace años, algunos conocidos recuerdan que el hombre entró en la onda ambiental, con un discurso de mochilas ecológicas, huellas de carbono y reciclaje. Pero esos mismos conocidos saben que cuando necesitan un préstamo Arturo NO es el tipo, que a la hora de pedir la cuota (de lo que sea) es duro para soltar su aporte y que siempre está ocupado cuando lo convocan a actividades que demandan algún tipo de copago.

A estas alturas, lo que nadie sabe es si el hombre es un ecologista coherente que en la última etapa de su vida modificó sus hábitos en beneficio del planeta ...o un viejo tacaño. 

miércoles, 17 de septiembre de 2025

Cara de pasear al perro

Que ahora en vez de niños la gente tiene perros. Que los animales son seres sintientes, no propiedad. Que en los divorcios la custodia de la mascota importa más que el carro. Y podríamos seguir indefinidamente con el tema canino en la narrativa del Siglo XXI. Pocos o ninguno, sin embargo,  han abordado un asunto clave. 

A diario, cuadrúpedos y bípedos en plan de ejercicio y otros inaplazables ocupan andenes y parques. Una industria de correas, arneses, pecheras, collares, riñoneras, cinturones, bozales y demás accesorios surte la movilización animal. Los humanos de la ecuación pueden ser rutinarios, esporádicos o profesionales. Su indumentaria va desde el deporte extremo hasta la elegancia laboral. Todos los elementos han sido analizados, clasificados y, sobre todo, monetizados (palabra de moda que significa sacarle plata a algo).

Sin embargo, hasta ahora no hemos visto investigaciones sobre un comportamiento trascendental. Pero eso se acaba hoy. Vamos a intentar una primera aproximación a la pregunta clave. A la hora del paseo ¿Cuál es la cara que debe poner el sujeto o la sujeta que acompaña al perro, a la perra o a la manada? Van opciones.

  • Cara de felicidad. Expresión inequívoca en el rostro de que la actividad realizada no solo es voluntaria, sino que produce sensaciones como satisfacción, gozo o placer. 
  • Cara de resignación. Imagen facial que evidencia dos mensajes: 1. Le tocó (aunque intentó evitarlo, pero no pudo) hacer el recorrido con canino incorporado y 2. Preferiría estar en otra parte.
  • Cara de arrastrado.  Rostro nervioso y tenso, igual que el resto del cuerpo, mientras mide fuerzas con una bestia que quiere ir más rápido, hacia otro lugar o simplemente hace lo que le da la gana.
  • Cara de animalista. Semblante que proclama superioridad moral de quien maneja del discurso de la igualdad entre las especies.
  • Cara coqueta. Facciones organizadas para generar simpatía en el sexo opuesto (admite variantes según gustos personales). 
  • Cara de alerta. Basada en antecedentes conflictivos, escandalosos o incómodamente juguetones, evidencia preocupación por reacciones del paseado al cruzarse con otros de su misma especie.
  • Cara de encartado. Rasgos que mezclan la preocupación, la ignorancia y la incertidumbre de quien es novato o novata en eso de pasear perro. Se nota más cuando son perros (de dos para arriba).
  • Cara de pareja. Fisonomía intencionalmente indescifrable de quien está acompañando al paseador o a la paseadora solo por ganar puntos en sus relaciones erótico-afectivas.
  • Cara de estresado. Rostro donde se reflejan preocupaciones y tensiones de la vida diaria que, se supone, iban a reducirse por medio del efecto relajante de la caminata humano-canina. 
  • Cara de angustia. Lo mismo que la anterior pero cuando ya se ha perdido la esperanza.
  • Cara de ponqué. Dulzura facial que genera ternura, complementando (o compitiendo con) una mascotas de esas que parece fugitiva de una fábrica de peluches administrada por ángeles. 
  • Cara de cuál perro. Expresión despreocupada con un toque de despiste de quien ha olvidado, o sencillamente no le importa el destino del ser viviente ubicado al otro lado de la correa. 
  • Caras de llamada. Aparecen cuando el paseador o la paseadora combina su movilización con una conversación telefónica. Depende, por supuesto, del contenido de la comunicación así:
    • La laboral.  Es la misma que se utiliza en juntas, reuniones de trabajo, coordinaciones de equipo y demás escenarios corporativos como el que tocó improvisar en medio de la salida canina.
    • La chismosa. Ojos abiertos y sonrisa maliciosa mientras el conocimiento sobre actividades o historias ajenas se enriquece  gracias a algún interlocutor excesivamente comunicativo.
    • La preocupada. Se oscurece el semblante y el ceño se arruga mientras el paseante inicia el retorno a la base, porque recibió una mala noticia y se requiere reacción inmediata.
  • Cara misteriosa. Con tapabocas.

miércoles, 10 de septiembre de 2025

Melodramas económicamente inactivos

González es un desempleado serio. Redujo sus gastos. Canceló sus servicios de streaming, entre otros ajustes presupuestales. Se registró en varios recursos en línea para buscar trabajo. Por ejemplo, una red social cuyo nombre no interesa, pero que evolucionó de contactos profesionales a oferta y demanda laboral.

Han pasado varios meses sin resultados positivos. Eso no significa que los recursos en línea sean inútiles. Es cierto que no han funcionado para efectos de ofertas o procesos con final feliz. Pero sí han reemplazado, y gratis, lo que antes se pagaba por streaming. En la red social mencionada inicialmente todavía no han aparecido opciones exitosas para volver a la población económicamente activa. En cambio, ofrece una combinación de drama, acción, humor, romance y tragedia digna de la mejor televisión por suscripción.

Un día González encontró allí la historia de un aspirante que, luego de su segunda o tercera entrevista perdió todo contacto con el potencial empleador. Ese “Nosotros lo llamamos” que significa “jamás volverá a tener noticias de nosotros”. Cualquier buscador de empleo de los últimos 50 años sabe que eso forma parte del proceso. Pero el narrador le puso un tono melodramático digno de tragedia griega. Shakespeare es un principiante frente a los sentimientos de rabia, impotencia y frustración descritos por el no llamado.

Ese desahogo en línea abrió una tendencia —reforzada por el algoritmo, supone González— de narraciones tristes, patéticas y trágicas de desempleados en ejercicio. Descripciones detalladas de esa pregunta en la entrevista que desencadenó una relación amor-odio entre los protagonistas. Triángulos erótico- laborales con finales sospechosos. Desenlaces inesperados y graciosos cuando se tocó el tema del sueldo. Anécdotas  reflexivas de veteranos rechazados por edad en detrimento de la experiencia, o de jóvenes que se quejan de que no les den oportunidades de demostrar sus capacidades solo por la falta de trabajos previos.

Como en la mejor telenovela desfilan historias con implacables puestas en escena. Cada fracaso incluye villano (generalmente la o el potencial empleador) y víctima (generalmente la o el aspirante). Los decisiones administrativas pasan a ser traiciones, las respuestas negativas actos despiadados, las evaluaciones abusos de poder, los comentarios falta de empatía y cualquier comportamiento perversa indiferencia. 

Desde el otro lado González también encontró versiones de los hechos. Al universo de los solicitantes se opone el universo de los reclutadores. Ellos tienen sus propios cuentos, donde el clímax y desenlace incluyen entrevistables incumplidos, esos CV con fotos tipo selfie en concierto, postulantes cuyo perfil no tiene nada que ver con el puesto, respuestas incomprensibles, aspirantes que dejan los procesos sin explicación y reacciones agresivas cuando se le informa al interesado que no encaja en lo que se está buscando.

Hay un tercer escritor. El intermediario. Aquel que tiene la fórmula infalible para llevar al éxito las epopeyas laborales. En esos textos abundan —en contraste con los anteriores— los finales felices. Ese detalle, ese cambio de estrategia, esa acción, ese uso de herramientas novedosas. Ese comportamiento disruptivo que convirtió la racha de fracasos en éxito. Como en el cine clásico, aquí ganan los buenos. Curiosamente, el factor que lleva al éxito suele coincidir con un producto o servicio que vende el narrador de turno.

En lo que lee González predominan las búsquedas de empleo. Pero a veces hay relatos cuyos autores le meten drama a otros temas como mercadeo, prendas de vestir, clima laboral, emprendimiento o hábitos alimenticios.  Curiosamente, todas las historias tienden a parecerse, no solo en forma sino en contenido. Como si tuvieran un autor común, con una inteligencia similar. ¿Inteligencia artificial? No se sabe. 

Pese a todo, los culebrones de la red entretienen a González. Quien, por cierto, nada que consigue trabajo. 

miércoles, 27 de agosto de 2025

Alós de alto riesgo

El aparato suena, vibra, o suena y vibra. El joven lo saca del bolsillo, de la cartera, del estuche, lo mira y... No contesta.

El señor Salgado (exjoven) considera ese comportamiento absurdo e inaceptable. ¿De qué sirve tener teléfonos costosos, modernos y versátiles, si no se utilizan para hablar por teléfono?

Él, en cambio, siempre responde. Diariamente dedica un creciente tiempo a desperdiciar alós que jamás reciben réplica, pues inmediatamente, o tras un incómodo silencio, la misteriosa llamada se corta. Doblemente misteriosa cuando el número que registra su dispositivo muestra orígenes internacionales como Países Bajos, Nigeria, Dubai o algún pueblo perdido de Alaska. Locaciones donde el tipo no conoce a nadie, jamás ha estado y no piensa volver.

Otras veces del otro lado de la línea plantean una oferta comercial. Salgado trata de obtener detalles o de expresar educadamente que no le interesa pero el interlocutor sigue hablando. Pasan varios minutos hasta que el hombre descubre que está “conversando” con una grabación.

Ahora, las comunicaciones comerciales son más fáciles de administrar con una máquina que con una persona. A la grabación se le puede colgar. Al vendedor o vendedora del call center también, si no fuera porque este parece tener a la mano una lista interminable de argumentos para mantener el diálogo con Salgado.

No tengo tiempo... ofrecen llamarlo de nuevo. Ya tengo ese producto... le sueltan mil razones para renovarlo. No me interesa... preguntan por qué y le arman conversación. No molesten y cuelga… se dispara un acoso de llamadas desde múltiples números que puede durar horas, días, semanas…

A eso se le agregan otras comunicaciones con noticias como que ganó alguna rifa en la que jamás se anotó, que debe hacer urgentemente algún ajuste en sus servicios bancarios, o de algún pariente que nunca había oído nombrar quien le pide dinero, ¡urgentemente!.

El señor Salgado aprendió (tras girar gastos de envío para un premio que, años después, no ha llegado) a verificar cuidadosamente antes de actuar. Más cuando abundan las historias que terminaron en pérdidas económicas mucho más grandes que la que él tuvo.

Claro que existe una forma sencilla de evitar estos y otros problemas. No contestar las llamadas cuando provengan de números desconocidos.

Lo aburridor es reconocer que, de nuevo, los jóvenes tienen razón.

miércoles, 23 de julio de 2025

Prioridades perversas

En el principio fueron las filas. Colas interminables. Muchas veces al sol y al agua. Avanzaban lenta y perezosamente desafiando la paciencia y devorando el tiempo disponible. Estaban en el cine, en el banco, en las oficinas públicas, en los almacenes, en los colegios, en las universidades. En todas partes. 

Aristides entró por ahí al mundo laboral. Estrenando cédula se enganchó como mensajero. Las diligencias ajenas fueron su destino. Hacer filas su rutina. Pasaba de una formación a otra mientras consignaba, pagaba, retiraba, reclamaba, recogía y despachaba mandados empresariales y personales. 

Mucho tiempo pasó, el tipo se dedicó a otras cosas y un día cumplió requisitos y amaneció pensionado. Con cantidades industriales de tiempo libre y escasez crónica de alternativas para ocuparlo. Volvió a sus orígenes. Ahora es el mandadero oficial de la familia. Periódicamente algún pariente lo contacta y tras el saludo viene un “Ari (o tío Ari, o don Aristides, o mijo, o Aristi…) será que me puedes ayudar con… 

Todos felices. Se aprovecha la capacidad instalada (y desprogramada). Se evitan visitas tan inoportunas como interminables. Se le colabora al pariente para que tenga algo que hacer. Además, el viejo no cobra. El jubilado del clan  es agendado periódicamente para pagar servicios públicos, reclamar medicamentos, tramitar documentos o recoger algún pendiente en casa ajena, centro de despacho u oficina pública.

Aristides evolucionó. Las filas también. Ya no se ven tanto. Las tecnologías modernas permiten hacer desde cualquier parte lo que antes demandaba desplazarse y alinearse en algún lugar. Y donde todavía hay presencialidad y muchas personas prestan el mismo servicio (cajeros de banco, por ejemplo) ya no es una fila para cada uno (lo que siempre terminaba en filas rápidas y filas lentas). A punta de postes separadores y cintas retractiles crearon la fila única.  Se democratizó el asunto. Ahora la fila lenta es para todos.

Otra novedad son las fichas. En vez de hacer filas eternas durante todo el día, se hace una sola, madrugadora, para recibir un número. Y después a esperar el llamado sin tener que estar respirándole en la nuca a alguien. La misma repartición de turnos ha cambiado. Hoy no es ese tipo que aparecía en la puerta a primera hora con una caja de fichas plásticas o de madera, o con un rollo de papelitos numerados. Hoy es una máquina (donde el interesado teclea sus datos) la que entrega el respectivo desprendible. 

Descrito así, suena perfecto, pero ademas de una curiosa subespecie que trafica fichas, hay otro problema. Resulta que los turnos no se asignan en orden de llegada. No. Los usuarios se clasifican en grupos diferentes,  normalmente identificados por una letra, y así los van llamando. La idea sería buena, si alguien entendiera su lógica... en caso de que la tenga.

Se supone que hay un código prioritario para la tercera edad, pero van primero los que escogieron atención normal. O por cada veterano despachan 10 “juveniles”. O la máquina pregunta de forma inquisitiva el tipo de servicio requerido pero, a la hora de la atención, los servicios se prestan indistintamente por cualquiera en cualquier orden. Misteriosas razones convierten al empleado en hora de almuerzo en un B, a la señora de edad en una C, al mensajero en una A, al cliente tradicional en una Z y al ocasional en una J. 

La pantalla gigante o la voz de los encargados tienen la función de notificar quien sigue. Reina ese "orden" basado en la más misteriosa de las prioridades. Quien lleva una hora esperando ve resignado como convocan a quienes apenas acaban de llegar. El cliente con décadas de uso de los servicios se ve desplazado por usuarios ocasionales. En la pantalla aparecen 10 categorías diferentes, cada una con su letra, donde la única que falta es la de él o la de ella.

O para ser específicos, la de Aristides. Menos mal que ya no tiene afán.

miércoles, 11 de junio de 2025

Alba se siente excluida

Alba acepta que a veces tiende a sobredimensionar comportamientos ajenos. Pero boba no es y sabe reconocer cuando algo raro pasa. De un tiempo para acá viene notando cambios en el personal joven con quienes comparte espacio laboral. ¿O se lo estará imaginando?

El combo menor de 30 años es, por cierto, mayoría en la empresa. No hay uno solo que haya ingresado simultáneamente o antes de Alba. Eso no había sido problema para una agradable convivencia hasta que ella empezó a percatarse o, mejor, a sentir eso que llaman mala vibra en el ambiente. 

Comenzó con el saludo. Ella siempre es la primera en llegar a la oficina. Prácticamente todo el mundo le da los buenos días. Eso no cambió. Tampoco las palabras ni la frecuencia... Pero había algo en el tono. O mejor, en el tonito. Del genuino interés se pasó a sentir una mera y casi que forzada cortesía. ¿O se lo estaba imaginando? Luego vino esa extraña sensación de ser el tema de diálogos ajenas. El silencio repentino cuando llegaba al grupo que conversaba. Los cuchicheos a la distancia donde por alguna razón se sentía observada e incluso señalada. ¿O se lo estaba imaginando? 

La situación llegó a algún punto entre exclusión social, me estoy inventando pendejadas y un cuadro psiquiátrico de paranoia. Una cuarta opción fue el consejo de una amiga (con prejuicio incluido). “Esos jóvenes de ahora se ofenden por todo. ¿Será que usted hizo o dijo algo que los incomodó? Piense a ver”. 

En principio, la alternativa no convenció del todo a nuestra protagonista. Pero un día llegó a trabajar y el resto de la gente... no llegó. Aparecieron mucho después. Muy cortésmente le explicaron que, la noche anterior, habían organizado un encuentro en otro lugar para festejar algo. Y sí, la habían llamado.

Verificó en su teléfono. Efectivamente aparecía la comunicación, poco antes de la medianoche, cuando Alba normalmente llevaba de dos a tres horas dormida. La reunión se coordinó por un grupo de mensajería electrónica. Ella todavía no estaba incluida, pero eso lo iban a solucionar de inmediato. Lo utilizaban (el grupo) para tratar temas tanto laborales como sociales, sobre todo en altas horas de la noche.

Esas palabras dispararon la epifanía. ¡Claro. Eso es! Semanas antes, durante un receso laboral alrededor del café, las y los jóvenes contertulios se despacharon contra lo que ellos calificaban de anacrónica costumbre. Madrugar.  Citaron investigaciones que relacionaban incrementos en la productividad y la eficiencia con aplazamientos en la hora de inicio de la jornada laboral. Mencionaron un proyecto de ley para que los colegios comenzaran sus actividades más tarde. Alguno criticó una cultura que romantiza levantarse al amanecer, en detrimento de acostarse tarde y dormir hasta ídem, sin ninguna base científica.

Cuando a Alba le preguntaron su opinión, ella hizo algo que en tiempos actuales es un comportamiento de alto riesgo: dijo lo que pensaba. Habló de un hábito madrugador inculcado desde la infancia. De productividad ligada a trabajar con la mente recién levantada y del ambiente silencioso y tranquilo que ofrece el amanecer. De la resiliencia de los niños. De que no todos funcionan igual en los mismos horarios.

Incluso intentó hacer un chiste con su nombre, Alba, porque el alba era su mejor momento.  El chiste no salió bien y sus comentarios tampoco. Y aunque nadie le cuestionó su punto de vista, se formaron dos bandos. Los levanta tarde y la madrugadora. Esa que, al no encajar en el pensamiento mayoritario, está siendo sutilmente dejada de lado.

Ahora es Alba, la excluida ¿O se lo estará imaginando?

miércoles, 7 de mayo de 2025

Sobre todo

Como mide casi dos metros antes de peinarse, le dicen Manotas. Al igual que muchos contemporáneos, vivió y aceptó la revolución sexual y los cambios en materia de parejas y relaciones. Solo considera inaceptable y contra natura una combinación. Se opone radicalmente al matrimonio entre la industria alimenticia y el correo físico. 

Manotas se educó en un mundo donde la hora de comer implicaba manipular recipientes. La sal salía del salero, las salsas de botellas plásticas estrujables con boquilla pequeña, las galletas de tarros y el azúcar de un azucarero, a veces en prácticos cubitos. Los sobres, en cambio, guardaban cartas, tarjetas, postales y hasta plata, con fines de envío. Pero empezaron a usarlos para empacar alimentos en porciones individuales. El proceso se fue tomando la sal, el azúcar, la leche condensada, la salsa de tomate, la mermelada, el café, la mayonesa, la mostaza… y la lista puede seguir indefinidamente.

Normalmente, esos sobres (plásticos, metalizados, o en materiales indescifrables) vienen señalizados para facilitar el acceso al contenido. Mienten. Donde dice “Ábráse por acá” no abre. Ahí es cuando toca hacer maromas con el cuchillo, las llaves, el cortaúñas o los dientes. Cuando no, pasa lo contrario. Ante la más mínima fuerza medio paquete vuela. Si no se han tomado medidas de seguridad otro tanto ocurre con el contenido. Más para tipos dotados de enormes, gruesos y torpes dedotes como, por supuesto, Manotas.

Así que parte de su existencia transcurre en batalla contra la nueva generación de empaques. Poniendo cara de yo no fui ante un inesperado reguero en la mesa del restaurante. O con recorridos contra reloj en busca del baño más cercano para descargar o limpiar los restos de algún alimento que disparó sobre su humanidad. Manchas indelebles en pantalones, camisas, o suéteres evidencian el desenlace de esos enfrentamientos.

No son los únicos derrames. Condimentos como sal y pimienta requieren una distribución estratégica a lo largo del plato. Para eso se inventaron saleros y pimenteros. Como estos brillan por su ausencia, el resultado suele ser todo o la mayor parte del contenido del sobrecito en un solo punto del pedazo de carne, pollo, pescado o de los huevos. Y el desafío quirúrgico de distribuir el pegote por toda la porción a punta de tenedor, cuchara, cuchillo, dedos, gravedad o todos las anteriores. 

A veces el contenido del pequeño contenedor es demasiado para su gusto particular. Manotas vivió épocas complicadas en su infancia. Tiempos donde en la mesa familiar apenas había lo justo, o menos. Algún rincón perdido de su subconsciente guarda el instinto de no desperdiciar comida. Por eso siempre utiliza el sobre completo, lo que se traduce en sobredosis de salsas, dulces o similares. 

Tampoco falta la mente perversa, esa que definió que la cantidad depositada en cada empaque siempre será insuficiente para las papilas gustativas de Manotas. Opción 1,  aguantarse. Opción 2, aguantarse la mala cara de quien sirve al pedir un sobrecito adicional (mala cara que hace sentir al peticionario como glotón insaciable o consumidor abusivo). Y si recibe el adicional, sumado al ya disponible… será mucho. Uno no alcanza, dos es demasiado. Volvemos al dilema del desperdicio.

En su hogar, Manotas realiza largos y aburridores procesos de pasar, sobre a sobre, los productos a recipientes tradicionales. De visitante (casa ajena, restaurantes) busca la resistencia. Los que no han caído en la tendencia del empaque individual.  Incluso hubo épocas cuando aplicó una medida radical. Cargaba una lonchera con recipientes tradicionales y su propia dotación de salsas, condimentos y aditamentos. 

No funcionó. O funcionó demasiado bien. Sus ocasionales compañeros de mesa agotaron las existencias.

miércoles, 30 de abril de 2025

Especialmente para ti

Al amigo Josué le llegan periódicamente mensajes de texto, correos electrónicos y llamadas telefónicas con ofertas que suenan interesantísimas. Son de esas que uno no se puede perder. Lástima que el inconsciente sujeto y protagonista de esta historia se las pierde todas, bajo el igualmente inconsciente método de ignorar, borrar y hasta bloquear. Y, cosa curiosa, su vida no ha tenido cambios significativos.

De un tiempo para acá, los desconocidos interlocutores, preocupados por su bienestar, ajustaron la estrategia. No se limitan a elogiar el producto o servicio, sino que le explican a Josué (con nombre y hasta apellido) que es una oferta especial para él. Solo para él o, por mucho, para él y un grupo de elegidos.

Entonces un día aparece ese correo donde le advierten “Josué, aprovecha esta oportunidad, estará vigente por pocas horas”. Lo de aprovecha no es un dato menor. Porque en lugar de un formal aproveche usted, va el confianzudo y cómplice “aprovecha tú”. Sí, el asunto varía de región a región, pero el protagonista de esta historia habita una zona donde el tuteo es solo para gente con lazos cercanos de amistad o parentela. 

Otro dato clave es lo de las pocas horas. La vida es de oportunidades y quien las deja pasar, paila*.  Pero tus amigos no dejarán que eso pase. Por eso te avisan. A ti, Josué.

Eso de hacerte sentir importante no solo aplica para ventas. Por lo menos no para ventas inmediatas. Algunos mensajes solo promueven participación. Informan a Josué que es uno de los pocos expertos escogidos para opinar sobre X tema, o elogian sus competencias y conocimientos (sin especificar cuáles) antes de invitarlo a contestar una encuesta o conocer, sin ningún compromiso, algún producto o servicio.

Aquí hay otra constante. Los halagos abundan, pero los detalles particulares escasean. Por mucho, nombre y apellido que a veces fallan en ortografía (Josue en vez de Josué). O con sutiles variaciones (José o Josías en vez de Josué). Son problemas menores que contrastan con anuncios rimbombantes como “oportunidad diseñada pensando en ti”, “tú nos importas y por eso tenemos una gran oferta” o “es lo que tú te mereces”.

Lo que casi nunca le explican al destinatario es porque esa oportunidad es para él, cuál rasgo individual lo hace tan importante o qué lo hizo digno de merecimientos. El casi del nunca es cuando el mensaje llega por alguna red social donde, si dan algún argumento, coincide con la información pública del respectivo perfil. 

En todos los casos, como siempre es por tiempo limitado, no hay espacio para reflexionar. Hay que actuar de inmediato. Y como dijimos, habrá quienes reaccionan ante las tentadoras propuestas de sus nuevos amigos. Pero siempre existirán tipos estilo Josué que desperdician la ocasión.

Y aunque esto debería terminar aquí no faltan los malpensados. Los que desconfían de esos mensajes “personalizados”. Los que creen que como hoy en día piden datos hasta para entrar a un baño público estos terminan en un poco de bases de datos. Los que han leído o escuchado que esa información se vende y se compra y es usada con propósitos comerciales o incluso delictivos. Los que creen que existen cazadores de perfiles buscando potenciales clientes (o víctimas) en redes sociales para hacerlos sentir importantes y engancharlos en algún tipo de negocio, no siempre lícito o, por lo menos, no siempre bueno.

En realidad no es nada novedoso. Sin importar, género, edad, experiencia o conocimiento, todos los seres humanos (Josué incluido) tuvieron, tenemos y tendrán una debilidad especialmente vulnerable a los elogios.

Los sicólogos y psiquiatras lo llaman ego.

*Traductor intergeneracional. Paila es una expresión que alguna vez estuvo de moda para indicar efectos negativos. 

miércoles, 23 de abril de 2025

La profecía de la abuela del cerrajero

Cuando el cerrajero cotizó la chapa digital para Fernández, este puso cara de no me alcanza. El técnico, acostumbrado a esas reacciones, ya tenía listo el plan B. Si aparecían mínimo 4 clientes adicionales habría un descuento significativo. La idea le sonó al comprador potencial, quien puso manos a la obra.

Logró convencer a un hermano, a una cuñada y al vecino. Con su mamá (viuda) el asunto estuvo complicado, pero finalmente ella se sumó a la lista. Lo mismo pasó con algún primo y hasta una tía. En total, encontró 7 que, junto con él, sumaron 8 interesados en cambiar la tradicional cerradura de llave por una que combinaba el sistema tradicional con lectura de huella digital. Bienvenidos al futuro,

Entretanto al presente se le atravesó la agenda del cerrajero. Y cuando los cambios de sistemas de seguridad amenazaban con entrar en lista de espera surgió una alternativa. Miércoles y Jueves Santo. Eso sí, medio en broma, el cerrajero advirtió que esas fechas no tenían problema, pero que el Viernes Santo se respetaba. “Mi abuela me enseñó que ese día no se debe hacer nada. Ni siquiera bañarse. Porque el que se bañe ese día, se vuelve pescado. Además, yo viajo a mediodía”.

Milagrosamente, todos los interesados estaban disponibles en la Semana Mayor. El miércoles comenzó la maratón de instalaciones. Ya era tarde en Jueves Santo al terminar el penúltimo procedimiento. Solo faltaba la casa de Fernández. Como el técnico tenía un compromiso inaplazable no alcanzaba a redondear la jornada. Fernández logró convencerlo de hacerlo día siguiente, temprano, antes de su viaje.

Así que todas las cerraduras quedaron ubicadas, probadas y funcionando. Al cliente, sin embargo, se le ocurrió preguntar por la alternativa en caso de falla. Claro que existía. Una tarjeta magnética para cada usuario. Pero eso sería la próxima semana porque de momento no había existencias y por la fecha tampoco tenía dónde adquirirlas. “Tranquilo señor Fernández que nada va a pasar. Pero por si las moscas, yo le dejo a usted una tarjeta maestra que sirve para todas las cerraduras. La próxima semana la desactivamos y personalizamos cada una. Seguridad ante todo. Me toca viajar así que nos vemos”.

La primera llamada llegó en la tarde de ese mismo viernes, cuando mamá Fernández intentó salir para el templo donde siempre escuchaba el sermón de las siete palabras. Algo pasaba con la chapa y no podía salir. Fernández se movió rápido, tarjeta en mano, y abrió exitosamente la puerta. Cuando iba de regreso llamó el primo. El paseo familiar del festivo había terminado con un portón que no respondía ni a llave ni a huella.

Así que el retorno a casa incluyó desvío para franquear la entrada del pariente. Y un desvío adicional a donde la hermana, cuya cerradura también se negaba a responder. A Fernández le entró la preocupación y buscó al cerrajero quien, efectivamente, no contestó llamadas ni mensajes.

El fin de semana el hombre se la pasó recorriendo la ciudad lidiando con cerrojos tan modernos como caprichosos que funcionaban al estilo chino. A veces chi, a  veces no. Solo uno no tuvo fallas: el de su propia residencia. En todas las demás a Fernández le tocó acudir al rescate, por lo menos una vez.

La explicación apareció claramente en su mente mientras ayudaba a su madre a ingresar. No era solo la abuela del cerrajero. Algún pariente de vieja generación alguna vez había formulado una advertencia similar. “No se bañe en Viernes Santo mijo, porque se puede volver pescado”.

Él no se había bañado, pero había instalado una cerradura. Por eso se convirtió en llave. 

miércoles, 12 de marzo de 2025

Mancha polémica

El empleado de la lavandería fue tajante. “Eso no sale. Qué pena, pero creo que la camisa se perdió”. 

Con este sumaban cinco servicios profesionales con un diagnóstico similar. La mancha era un recuerdo póstumo de la fallecida tía (en realidad tía abuela) Marta. También evocaba la torpeza de García. Él insistió en abrir ese recipiente de contenido desconocido y tapa dura. Él hizo fuerza y más fuerza hasta que la tapa cedió de repente. Él, en su camisa, recibió parte de la tinta, sobreviviente de épocas donde en vez de imprimir se escribía, mediante delicadas plumas recargadas directamente del frasco.

Y hablando de recuerdos, una anécdota de tiempos pasados se interpuso entre la prenda manchada y la caneca. Involucraba a la tía Marta, su caligrafía, y cierto incidente que dejó una huella similar en la blusa. No tan grande, pero mancha al fin y al cabo. García apenas era un niño, pero recordaba escenas sueltas. La blusa manchada. Tiempo después, la blusa impecable. Y un diálogo entre la tía y su madre (la de García). “Mi mamá (o sea, la bisabuela de García) la quitó. Usó…” En ese justo momento, la película mental se cortaba. Existía algún truco clásico para lidiar con esas manchas. Pero, ¿cuál era?

Evidentemente, se trataba de uno de esos secretos que pasaban de generación en generación. Los profesionales lo ignoraban. Horas y horas en internet tampoco dieron resultados. La progenitora de García ya no estaba en este mundo, tampoco ninguno de sus hermanos, y mucho menos los de la tía Marta.  

García pensó que la nieta de la tía Marta podría saber algo. Tal vez con otras palabras el resultado hubiera sido distinto. Pero planteó el tema de forma inocente y desprevenida. La camisa estaba manchada. Él recordaba que la familia usaba un método para solucionar esos problemas y era de esos trucos de hogar que pasaban de mujer a  mujer. Y como ella era la única mujer heredera del linaje, se preguntaba si…

No lo dejaron terminar. Tampoco le dieron la fórmula. En cambio recibió tremendo regaño por su actitud machista y patriarcal, la cual estereotipaba al género femenino como un ser limitado a las tareas del hogar. Nada diferente se podía esperar de la visión anacrónica y estrecha de alguien cuyo sexismo lo llevaba a presumir que, solo por ser mujer, alguien tenía la obligación de ser experta en tareas domésticas.

Lo anterior resume 20 minutos de diatriba cuyo único contenido de utilidad inmediata llegó cuando la interlocutora dijo que, si de secretos se trataba, su hermano (el de ella) había sido mucho más cercano a la tía Marta. Realmente, García ni siquiera pensó previamente en consultarlo. Pero ya con el dato, parecía una excelente alternativa. El hombre se escapó de la reprimenda como pudo y localizó al segundo pariente.

Esa conversación fue más o menos tranquila hasta cuando la difunta entró al tema. El interlocutor cambió de humor, semblante y tono. La tía Marta pasó de abuela a vieja infeliz. “En sus últimos años se volvió caprichosa, antipática y desagradecida. De nada sirvió el tiempo que le dediqué sin ningún interés. Cuando hacía mandados apenas me daba algo para transporte y si la diligencia implicaba algún gasto, cada peso era sometido a la más estricta de las auditorías. De la herencia ni hablar. Yo solo quiero olvidar a esa señora”.

Fracasado el tercer intento (profesionales no, nieta no, nieto no), solo quedaba el viudo de la hija de la tía Marta, es decir el padre de los expresivos nietos. Tipo reflexivo y pragmático, por lo menos era de esperarse una reacción menos visceral. Y efectivamente así pasó.

“Seguramente sí había algún truco. Pero los más viejos se llevaron esos secretos a la tumba. ¿Sabe que García?,  bote esa camisa y no moleste (realmente uso una palabra con J) más”.

miércoles, 5 de marzo de 2025

Ternas de uno

El perfil laboral de Velandia cuenta con buena experiencia y formación adecuada que responden a lo que el mercado está pidiendo, aunque podría ser mejor. Eso determina, y él lo sabe, la posibilidad de perder algunas oportunidades. ¿Pero todas? ¿Y muchas veces en el último minuto?

Retrocedamos. Con el fin de salir de las estadísticas de desempleo, el caballero lleva varios meses aplicando estrategias tradicionales y de las otras. Gracias a la persistencia y algo de suerte ha sido llamado para muchos procesos, todos promovidos desde organizaciones del sector privado. 

Parte de las convocatorias incluyen actividades (dinámicas de grupo o exámenes de conocimiento) donde varios o todos los candidatos participan simultáneamente.  En ocasiones, se evidencia cierta familiaridad de un aspirante con el equipo reclutador o con personal de la empresa. Curiosamente, ese personaje que saluda con nombre propio a la secretaria o al facilitador resulta ganador del cargo en disputa.

En aquellos procesos donde ha llegado más lejos, para la entrevista definitiva convocan a los finalistas. Casi siempre son tres. Parece haber una especie de fetichismo por las ternas entre quienes seleccionan personal. Cuando el llamado es el mismo día a la misma hora, los escogidos comparten sala de espera.  Al llegar el turno de Velandia el entrevistador, sin ser agresivo, se toma su tiempo enfocándose en los aspectos menos favorables del interesado para ese trabajo en particular. 

No se sabe que ocurre con los otros dos aspirantes, por tratarse de conversaciones privadas. Pero mientras uno termina con cara de aburrido tras una reunión con duración similar a la de Velandia, el otro entra y sale rápido con cara de ganador. Una situación muy parecida invierte la cronología. Esta vez quien refleja en su rostro la inminencia del nuevo empleo es el que demora más tiempo a puerta cerrada. A Velandia lo despachan con un par de preguntas y un “nosotros lo llamamos”. Por la duración de la entrevista del número tres, se presume un tratamiento similar.

Por cierto, tanto la cara de ganador como el rostro de nuevo empleo inminente son completamente proféticos. Ese es el elegido o la elegida

No siempre hay que compartir sala de espera para notar sutiles diferencias. Velandia llega a su entrevista y ve a un competidor recibiendo información, algo así como una lista de documentos de esos que piden para firmar contratos. Atienden a Velandia. Cree que le fue bien. Le dan las gracias y lo mandan para la casa sin ninguna información adicional. Excepto el impajaritable “nosotros lo llamamos”. 

Uno de esos procesos fallidos lo realizó cierta empresa donde trabajaba un amigo de Velandia. Días después los dos se encontraron y en la conversación apareció el nombre del nuevo titular del cargo en disputa. El nombre y un dato adicional,: “es el primo del gerente”.

Velandia reconoce que su conclusión puede ser paranoia, envidia, mecanismo inconsciente de defensa o una manera de justificar sus fracasos. El cree que por razones no del todo claras ciertas compañías (o personas en cargos clave como alta dirección o mandos medios) están interesadas en que sus contrataciones se vean transparentes y competitivas, así desde un principio el elegido tenga nombre propio. 

Entonces convocan perfiles, los evalúan, entrevistan y van filtrando hasta llegar a la terna final. La decisión beneficiará al que siempre fue el único aspirante con posibilidad real. Pero si alguien pregunta tienen un proceso para mostrar. Ahí es cuando los Velandias del mundo descubren su verdadero rol en ese proceso.

Ser material de relleno para una terna… de un solo nombre.

miércoles, 26 de febrero de 2025

Invasor de selfis a paso de ganso

Ese tipo es un invasor. Un intruso. Un advenedizo. Pero RC (Roberto Carlos por cédula, Roba Cámara por actividad) le subió la categoría al asunto. A su curiosa y singular afición: colarse en selfis ajenas.

Empezó con un grupo anónimo. Tomaron la selfi y formaron corrillo para verla. Estaban ellos, el paisaje y el señor del fondo que saludaba. Nada planeado. RC callejeaba concentrado en sus propios asuntos cuando vio una selfi pidiendo pista. Le dio por saludar en el momento preciso para quedar en la foto. Se cruzó con el grupo justo mientras revisaban la imagen y alcanzó a captar ciertas risillas cómplices. Hubo una segunda vez. Circunstancias parecidas. Coincidieron tiempo, lugar y saludo oportuno. Este combo resultó más sociable y lo llamó para mostrarle el registro visual. En cambio, la tercera vez sintió que lo miraron feo. 

De la coincidencia se pasó a la intencionalidad. RC desarrolló una especie de radar que captaba selfiseros. También perfeccionó el movimiento para llegar al punto estratégico que garantizaría su presencia en la foto. Adicionalmente pasó a ser el mejor —si no el único— lector de músculos del dedo pulgar. Una mezcla de instinto y observación le permitió detectar el momento exacto cuando el fotógrafo iba a oprimir el botón obturador. Instante en el que, como no, RC saludaba, hacía alguna mueca, levantaba los brazos, saltaba. Opciones existían muchas. Lo importante era que su presencia no pasara inadvertida.

Ya entrado en gastos, vino la diversificación. De la calle pasó a parques, piscinas, gimnasios, restaurantes, teatros, bodas, bautizos, grados, despedidas y reuniones varias (donde no siempre estaba invitado). En estos y otros escenarios RC se integraba a las fotos ajenas. Pocas veces veía el resultado de su trabajo. Conflictos no faltaron. También sabía que probablemente sería eliminado —iconográficamente hablando— con algún software de edición o con inteligencia artificial. Pero no buscaba trascender. Solo estar ahí.

Como pasa con cualquier vicio, el cuerpo comenzó a pedir más. Más cerca. Poses más teatrales. Aún así no era suficiente. Necesitaba el reto supremo. Solo que no sabía cuál era. Hasta que se lo encontró.

Desfile de una fecha patriótica. Cintas amarillas y separadores aíslan al público a lado y lado de la calle mientras los soldados avanzan a paso marcial. Algunos asistentes se toman fotos con la parada militar de fondo. RC escoge cuidadosamente. Es una dama, ya mayor, que ha sacado varias instantáneas de ella y sus acompañantes mientras pasan los y las representantes de las fuerzas armadas.

La mujer pone su teléfono en posición de selfi. Sin fijarse quien viene en el desfile nuestro colado profesional se pasa al otro lado del separador. Con los ojos fijos en la espalda de la fotógrafa y los modelos aplica toda su experiencia acumulada para colocarse en el lugar y momento exacto. Ve en cámara lenta que el dedo se apresta a apretar el obturador. RC se ubica rápidamente y cuando va a saludar… la patada.

Tremenda patada justo en la zona usada para sentarse. Voltea. Grave error. Otra patada en el sitio anatómicamente ubicado a la misma altura del sentadero, pero al otro lado. Eso, como es de conocimiento general, duele. Duele mucho. RC se encorva mientras dos tipos de verde (las circunstancias le impiden establecer si son soldados o policías) lo toman de los brazos y lo llevan al anden, al otro lado de la barrera. 

Está en el piso, adolorido y humillado. Posiblemente deba afrontar alguna consecuencia legal. Ahí es cuando ve a las unidades femeninas del ejército marchando a paso de ganso (piernas levantadas hacia arriba en ángulo de 90 grados). Un batallón que, gracias a semanas de entrenamiento estricto y concienzudo, no se detuvo ni rompió la formación pese al obstáculo inesperado, con los resultados ya descritos. 

Y, para que sepan, RC tampoco salió en la selfi.