miércoles, 28 de octubre de 2026

Jaramillo y el carro verde

Jaramillo tiene fama de exagerado tirando a intenso con escalas en paranoico. Periódicamente se obsesiona con ideas no muy lógicas que digamos. Como esa vez que le dio por sostener que los grafiteros tienen una alianza secreta con los pintores de brocha gorda especializados en fachadas. O cuando dedujo que las degustaciones de supermercado son una compleja y malévola estrategia para crear adicciones. 

Su círculo social evita darle cuerda en caso de que el tema de conversación se acerque a la lista de fijaciones del caballero. Saben que si el tipo se monta en una idea de allí no lo baja nadie. Peor todavía, no lo calla nadie. Su círculo familiar tiene una estrategia similar que incluye recomendaciones como papito no diga tanta pendejada o hermano usted lo que necesita es un psicólogo, entre otras cariñosas observaciones.

Jaramillo es consciente de su situación. Optó por evitar pensar demasiado en ciertos temas y, para qué, el asunto venía funcionando. Hasta esa noche. Junto con su grupo de amigos buscaban la casa de una fiesta. Pasaron varias veces por la misma calle. En el momento no lo notó. Solo más tarde, ya en su casa, cayó en cuenta de que cada vez que cruzaron por la vía había un carro verde parqueado en un sitio diferente.

Luego vino la anécdota del automotor obstruyendo la salida de un garaje. Le pitaron y se fue. Otra historia habló de un coche encabezando la fila frente a un semáforo a punto de cambiar a rojo. El aparato modificó su señal, el auto no se movió, las bocinas llenaron el ambiente auditivo y finalmente el vehículo arrancó. 

No han sido grandes trancones ni inmovilizaciones eternas. Por eso el narrador de turno despacha la historia en dos minutos y cambia de tema. Los carros no tienen marca, placa, ni conductor conocido. Simplemente están atravesados. O mal parqueados. O inmóviles cuando deberían moverse ante un cruce despejado, una barrera levantada o una autoridad dando paso. Es un breve momento en el cual por culpa de otro conductor se pierden segundos, por mucho minutos, de movilidad.

Jaramillo preguntó ¿De qué color era el carro? Verde, la respondió el de la historia del garaje. No sé, creo que verde, dijo la del semáforo. Y si el interpelado no lo recordaba entonces iba una pregunta directa: ¿Verde, por casualidad? Humm, de repente sí. Así comenzó. Después de cruzar historias, verificar datos, establecer modus operandi y pasar largas horas ejerciendo como pensador de tránsito Jaramillo ha llegado a una conclusión. El automotor causante de trancones, bloqueos, ralentizaciones en la movilidad vial y similares es uno solo. El carro verde.

El hombre está que socializa su teoría pero esta vez no. Es imposible, la ciudad es muy grande. Vive, literalmente, llena de carros. El hecho no resiste ningún análisis lógico. No puede ser el mismo. Jaramillo ya tiene demasiada fama de loco para autosabotearse de esa manera. Lo mejor es comer callado. Ya pasará.

Los Rodríguez no conocen a Jaramillo. Son una pareja relativamente joven que maneja una empresa familiar de transporte de mercancías a pequeña escala. Eso significa que no solo viven juntos. Trabajan juntos durante todo el día y parte de la noche mientras se movilizan por toda la ciudad.

Se quieren, pero tienen sus diferencias, y en cualquier momento del día discuten, bien sea por cuestiones laborales, personales, hogareñas, deportivas, políticas o religiosas. Ya tienen una rutina. Como se rotan la conducción de su principal herramienta de trabajo, quien está al volante detiene el vehículo, en cualquier parte,  mientras despachan la pelea del momento, o cuando a punta de pito los obligan a moverse.

Y sí, el carro de los Rodríguez es verde.

miércoles, 21 de octubre de 2026

Fe de erratas

Por las Amilcaradas han pasado tres veces lo que en el colegio llamábamos uniforme y en el trabajo dotación. Esas prendas de vestir que —por obligaciones de Ley o porque al jefe le parece bonito— recibe el personal. La condición (obligatoria) es que las usen mientras estén en el sitio donde laboran. Ya sea en una oficina, una planta, un taller o prestando servicios externos a nombre de la empresa.

Una vez hablamos del galimatías que se deriva del hecho de que haya diferentes “pintas”, lo que significa decidir qué día se utilizará cada una. Tema que ya habíamos tocado tangencialmente como séptima estación de un desahogo personal del autor.

La que hoy nos interesa es otra historia. La batalla de cierto exempleado para quitar los logotipos de su antigua ropa de trabajo. Tal vez es porque le gusta el diseño, porque le parece práctica o porque es del tipo ahorrativo. De los tacaños o de los necesitados.

Sea cual sea la causa, su objetivo es integrar las prendas a su guardarropa de uso diario sin evidenciar que fue adquirida, pagada, escogida y entregada por un tercero. No parecía tan complicado 

La experiencia propia del autor demostró que uno, sí era complicado y dos, sí era TAN complicado. De todo esto resultó un texto sobre el tema, donde se elogiaba a (y cito) “las personas que ponen logotipos realmente quieren lo que hacen. Le dedican tiempo, infraestructura y conocimiento”.

Partíamos de una premisa. Los logotipos eran parches que alguien, a máquina o mano, cosía sobre la superficie de la confección respectiva antes de entregarla al usuario de turno.

Aquí es donde toca rectificar. Resulta que un par de años después, en otro tipo de trabajo (sin uniforme) estuvimos en las instalaciones de una microempresa nacional de confecciones. Allí vimos a un empleado que chateaba despreocupadamente mientras, a su lado, una especie de máquina de coser con aspecto ultramoderno movía sus agujas a toda velocidad sobre lo que parecía un bluyin.

El trabajo del chateador consistía en, cuando el dispositivo se detenía, retirar el pantalón y colocar el otro en una especie de rejilla que garantizaba exactamente la misma posición del anterior.

Aquello que vimos era como se hace eso de ponerle logos a la ropa en el Siglo XXI. Nada de “dedicación, cuidado y aplicación concienzuda”. Nada de un operario cosiendo artesanalmente sobre la tela parche tras parche. Pura tecnología. Se sube un archivo con el diseño en el computador. Se conecta a una bordadora industrial y un montón de agujas (15 es lo habitual, leemos en internet) a velocidades que superan las mil puntadas por minuto se encargan del resto (dato tomado, también, de la red mundial de información). .

Algo así como una impresora 3D, pero en versión costura.

Con razón es tan difícil tirando a imposible despegar esos mamarrachos sin dejar lesiones permanentes (aunque de repente también existe una máquina que los quita).

El autor de las Amilcaradas consideró una obligación mínima de honestidad intelectual entregar esta información adicional sobre el asunto para complementar escritos anteriores.

El hecho de que no hubiera tema para esta semana no tuvo nada que ver.

miércoles, 14 de octubre de 2026

La burrada del XXI

Jerónimo sabía que los equinos tienen cuatro patas y que en alguna época fueron la solución para recorrer grandes distancias, superar en velocidad a los medallistas olímpicos y transportar cargas que rebasaban la capacidad de los seres humanos. La única relación de estos mamíferos con el sujeto —quien nació, creció y siempre vivió en entornos urbanos—  se remitía a las imágenes de las zorras, caballos arrastrando carretas con llantas de carro por las calles, hoy desaparecidas por cuenta de los derechos de los animales.

El tipo se casó joven. Antes de llegar al tercer piso ya contaba con retoña y retoño de 7 y 5 años, respectivamente. Los pequeños supieron de esos parques agropecuarios diseñados para convivir con la fauna de finca, jugar con ellos, acariciarlos y demás actividades que a su padre, honestamente, no le interesaban. Pero dos caritas tiernas insistiendo en horario de 24/7 que queremos ir, queremos ir y queremos ir es algo difícil de administrar. Más cuando a la madre también le suena, hay vacaciones laborales conjuntas pidiendo pista y, echándole número al asunto, cuadra bastante bien en las cuentas familiares.

Así que el animal urbano inició su primera travesía hacia los dominios de los animales de finca. Iban la familia, la suegra y dos cuñados. Apenas los siete cupos del carro, porque la travesía era por tierra.

Quiso el destino que la parada técnica para almorzar, ya en predios rurales, coincidiera con el primer contacto en vivo y en directo con un representante del gremio de los equinos. Era un burrito atado a un poste de madera al borde de la carretera. Mascaba perezosamente el pasto del camino, mientras su dueño intentaba negociar con el dueño del restaurante la carga de plátano que transportaba el jumento.

Pero para los niños, el encuentro presencial fue como si estuvieran frente a un unicornio sin cuerno o a un Pegaso sin alas. Simplemente los dejó asombrados y claro, con ganas de más. De verlo más tiempo, no hay problema. Y de verlo más cerca… sí hay problema.

Justo en ese momento ni mamá, ni suegra, ni cuñados estaban disponibles. El único adulto responsable era Jerónimo, a quien el burro le pareció simpático, pero de lejitos. A regañadientes y en cámara lenta encabezó un acercamiento hasta lo que en términos de seguridad se denominaría distancia prudente. 

Levantó la mirada. A lo lejos, su esposa le hacía una seña. La seña de si vamos a mostrarle a los niños los animales, que sea bien. Cerquita, sin miedo, porque si nosotros mostramos susto se les va a pegar a ellos. Acérquese más que eso no pasa nada. (Ustedes se preguntarán como una seña a la distancia puede contener un mensaje tan complejo. Misterios de la comunicación matrimonial).

En fin. Papá tomo a sus hijos de la mano y caminó hacia el herbívoro, el cual seguía despachando su ración de césped sin siquiera levantar la cabeza. Jerónimo recordó algo. Había leído, le habían dicho, o había visto en un documental algo sobre la costumbre de estos animales de patear cuando alguien se les acercaba por atrás. Las patadas de burro tienen mala fama, así que dio un rodeo para ubicarse de frente.

El cuadrúpedo se veía inofensivo mientras mordisqueaba la hierba. Los hijos se quedaron más o menos a metro y medio. El progenitor le llegó casi de frente y empuñó su teléfono para hacer la impajaritable foto. 

Según el dueño de Pachito (nombre del jumento) este no era agresivo. Y sí, no pateó, pero el golpe (en actitud defensiva o porque justo cuando el tipo se arrimó le dio por levantar la testa) fue tremendo.

Jerónimo se ubicó delante del burro para evitar patadas. Pachito le dio un cabezazo. 

miércoles, 7 de octubre de 2026

El maestro del error

La historia circula desde que el Equivocador (Equi, en confianza) perdió otro empleo. El jefe le ordenó abandonar las instalaciones de inmediato. Tres días después, se lo encontró deambulando por los pasillos.

— ¿Usted qué hace aquí? Le dije claramente que se fuera de mi empresa.

— Sí doctor, pero tengo un problema.

— ¡Cuál problema!

— Es que no he podido encontrar la puerta de salida.

Aunque no existe evidencia que avale el relato, quienes han tenido la oportunidad (o la maldición) de trabajar con Equi no descartan su veracidad. El pisco, es cierto, tiene la mejor voluntad. Colaborador, responsable, cumplido y se podría decir que eficiente pero no, no puede ser eficiente quien comete pocos, pero fundamentales… errores.

No es ignorancia. No es mala intención. Es que en el momento, lugar y circunstancia clave algún cable se le cruza y conjuga en primera persona (en mayúsculas y subrayado) el verbo equivocarse.

Confundió sal con azúcar en su época de auxiliar de cocina. Le llevó blanqueador al encargado cuando este le pidió el detergente líquido a la hora de cargar 100 kilos de ropa de color en la lavandería donde lo habían contratado.  Entregó por error a la madre superiora del convento de clausura un pedido de juguetes para adultos (importados) mientras se dedicaba (él, no la madre superiora) a repartir paquetes. 

Y sigue. Cargó veinte costales de papa —cuando ejerció como cotero en la central de abastos— en el camión equivocado. En su rol de ascensorista descargó al cliente más importante de la empresa en el piso 10 mientras la junta directiva lo esperaba en el 20. Le dieron 100 volantes para promocionar una fritanguería y los repartió a la salida de un instituto de adelgazamiento para obesos mórbidos.

Curiosamente, Equi siempre encuentra nuevas oportunidades. Una razón puede ser que sus antiguos patrones suelen reconocer sus habilidades blandas (colaborador, responsable, cumplido). Otra versión es que quienes lo han padecido no se resignan a ser los únicos, así que inconscientemente (o de forma totalmente consciente, intencional y algo malévola) no dudan en endosárselo a  otro inocente empleador.

Así que el dueño del almacén recibió buenas referencias de ese tipo que requería como auxiliar de oficios varios, lo que incluía hacer mandados, cargar bultos, abrir y cerrar las rejas, colaborar con el aseo del piso y una larga lista de etcéteras determinados por las circunstancias del día.

Esta vez Equi consultó detalladamente el procedimiento para cada una de sus potenciales funciones. Por ejemplo cómo abrir la puerta del negocio, cuáles eran los candados, qué truco tenían y la manera correcta de manipular la cortina enrollable metálica. Tanto interés terminó por convencer al propietario. Todo quedó listo. El día señalado, Equi abriría el almacén por primera vez e iniciaría sus labores.

Todavía no ha llegado.

Preguntó muchas cosas salvo dos. Cuándo comenzaba y a qué horas se abría el local.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Perfecta presentación

De todos los proyectos, ese era "El" proyecto. Iba a tener el mejor presupuesto, abría excelentes posibilidades de crecimiento profesional y contaba con un plan de bonos e incentivos sin par. Demandaba, eso sí, además del impecable sustento técnico, un importante componente de creatividad e innovación.

Cada uno de los interesados en la empresa sabía que la clave no estaba en tener la idea más original, sino en exponerla primero al comité. Cuando finalmente se publicó el cronograma de las presentaciones la ventaja la tenía el ingeniero Pérez. Puesto número uno para llevar su iniciativa ante los encargados de la selección,

Pérez no llegó ahí por suerte o casualidad sino como resultado de un plan cuidadosamente diseñado, implementado y desarrollado, etapa por etapa, que finalmente lo puso en la cabecera de la lista. Tenía muy claro cada uno de los puntos, pero aún no los había convertido en presentación. En teoría, iba a disponer de dos semanas para eso. 

La noche anterior todo se fue a la porra. Una llamada, un imprevisto, un reagendamiento con dos opciones. —Lo podemos recibir mañana o si no el único espacio libre es en tres semanas. Sí, en ese caso sería uno de los últimos proponentes en exponer. 

Hora de la notificación 9 p.m. Hora de la presentación 7 a.m.

Acudió a la inteligencia artificial, pero el resultado final no lo dejó satisfecho. Era impecable pero frío. Le faltaba la chispa, el toque personal que siempre representó éxitos en el pasado. Para rematar esa misma semana había sido testigo de como un joven ejecutivo botó su carrera a la basura, por no verificar ese documento donde la tecnología introdujo un par de referencias tan fundamentales como inexactas. 

Pérez optó por revisión y ajuste detallado, diapositiva a diapositiva, tanto en la forma como en el contenido del producto que le había entregado el ayudante cibernético. Su capacidad intelectual (la del ingeniero), su experiencia profesional, sus conocimientos en el tema específico y cantidades navegables de café le permitieron ensamblar un producto final ideal.

Todo estaba en su sitio. La información inicial para captar la atención. Los puntos fundamentales del camino que llevaría al objetivo bajo criterios de calidad y eficiencia. Los complementos visuales en forma de gráficos informativos cuando el tema lo requería, o de imágenes evocadoras cuidadosamente seleccionadas. Una ruta icónica repleta de datos escogidos para vender el mensaje sin saturar a la audiencia.

Cuando terminó de revisar su obra vio el reloj, 5.30 a.m. Apenas el tiempo justo para aseo, arreglo personal y transporte. Lo había logrado. La presentación perfecta.

El comité en pleno ocupó la sala de juntas a las 7 de la mañana, tal y como había sido programado. Realmente había expectativas frente a lo que el ingeniero podría traer. 

Al llegar a la oficina Pérez notó una pequeña y casi imperceptible mancha en el saco. Fue hasta el baño de la oficina, humedeció su pañuelo y se sentó sobre la tapa de un sanitario para una rápida operación de aseo.

7.15 a.m. El comité sigue reunido, pero el ingeniero y su presentación no aparecen por ningún lado.

A nadie se le ocurre buscarlo en el baño, donde duerme, plácidamente, sentado sobre un sanitario.

 

lunes, 28 de septiembre de 2026

Una cifra que hace feliz al personal


En las estadísticas de este blog dice hoy, 28 de septiembre de 2026, que el número de visitas llegó a  106.503. 

La cifra supera las 100.000 (sí, ya sé que es obvio, pero no es algo que se pueda decir todos los días).

También existen otros datos curiosos, como que los visitantes han llegado de varios países (ver cuadro abajo).

El autor de la Amilcaradas (mejor conocido como este sujeto) está bastante contento con este hito.

Eso sí, presenta disculpas por este breve autobombo, pero a manera de circunstancias atenuantes declara oficialmente que hacerle ocasionales concesiones al ego es uno de sus defectos.

Además es consciente de que en tiempos de inteligencia artificial no todo lo que brilla es oro, pero siempre se puede alegar ignorancia y ojos que no ven, corazón que no siente.  

Más allá de los refranes, tiene algo para decirle a todos aquellos que, en algún momento y lugar, han sacado unos minutos para la lectura de estos breves divertimentos.

De aquí en adelante nos apoyamos en el traductor de Google.

Thank You

Danke

Gracias

Terima kasih

Bedankt

Merci

Kiitos

Xièxiè

Toda lech






miércoles, 23 de septiembre de 2026

Ojos en el cielo de agosto

Comenzó en agosto de un año que ya pasó. Esteban vio un video en alguna red social. Cometas de diferentes tamaños, formas y colores engalanaban el cielo de la ciudad, aprovechando el fenómeno climático que caracteriza al octavo mes del año.

El espectáculo se alzaba por encima del parque público al que este caballero había dejado de asistir años atrás, cuando sus actividades recreativas y deportivas cambiaron escenarios, horarios y preferencias. Una de sus aficiones del pasado había sido, precisamente, elevar cometas. La visión disparó la nostalgia y trajo el propósito de revivir, por lo menos una vez, las alegres jornadas de infancia. adolescencia y juventud.

Lo primero fue convocar a su esposa e hijos adolescentes para que lo acompañaran ese domingo a decorar el firmamento con un volantín. Aunque ella lo quería mucho, sus sentimientos hacia pasar tiempo al aire libre en ambientes cuasirurales eran muy diferentes, así que lo despachó con un este domingo no puedo mi amor.

Con respecto a los descendientes, estaban en esa edad donde uno, el peor compañero posible para cualquier actividad eran los padres. Dos, cualquier actividad que propusieran los padres era por definición anacrónica, aburridora y vergonzosa. Y tres, elevar una figura 2D de plástico o tela jalando un hilo de nailon a la intemperie, era confirmación inobjetable de los puntos uno y dos. Si por lo menos fuera un dron... 

Esteban no insistió para ahorrarse conflictos familiares. Total, el sí tenía donde buscar compañeros. Su hermano y los amigos con los que solían volar cometas. Las fabricaban ellos mismos, guiados por un vecino con gran habilidad para las artes manuales. Ese que le contestó que ya no tenía tiempo de hacer esas cosas. Cosas que, por cierto, no eran tan fáciles, lo que descubrió Esteban en medio del mazacote de plástico, varillas y piolas que resultó del intentó fallido (trasnochada incluida) de manufacturar su propia cometa.

Fue el hermano quien le dijo que dejara de complicarse la vida, que él ya tenía suficiente plata para comprar un papalote. Que alrededor del parque se instalaban en esta temporada los vendedores de barriletes. Y que él lamentaba no poder acompañarlo pero debía seguir viajando por países como México y Argentina, donde asesoraba empresas y aprendía formas diferentes de llamar a las cometas.

Todos los contemporáneos que el hombre buscó tuvieron una excelente razón para declinar la invitación. Agendas previas, salud, compromisos familiares, viajes. Todos igualmente lamentaron profundamente perderse un programa tan bonito, interesante, agradable y adecuado. Y todos se comprometieron a contactarse de nuevo para alguna otra actividad (nota, no ha vuelto a hablar con ninguno).

Llegó el domingo con los vientos en plena temporada. Esteban simplemente se despidió de su familia, tomó el carro y lo dejó en un parqueadero cercano. Mientras caminaba definía mentalmente con cual vendedor adquiriría el juguete aerodinámico para pasar unos minutos (u horas, quien sabe) de placer solitario.

El ambiente no podía ser más propicio. Levantó la mirada y vio el cielo surcado por aves bidimensionales, figuras varias, superhéroes estampados en formas geométricas, personajes de moda, hexágonos, combinaciones multicolores; todos sujetados por hilos invisibles a la distancia

Avanzó a pie con los ojos en el cielo admirando las cometas de agosto. No llegó. Lo interrumpió la repentina sensación de caída, la oscuridad y el golpe. Luego vino el rescate, la hospitalización y la incapacidad. 

La alcantarilla estaba sin tapa desde julio.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Yo lo vi

Yolovi no se llama así. Es la forma como lo bautizaron sus compañeros de juerga. Yo lo vi, decía, persistía y reiteraba pese al escepticismo de los escuchas, por no hablar de la evidencia y las circunstancias.

El contexto, para comenzar, aplastaba totalmente cualquier indicio de credibilidad. Yolovi y su combo salieron del local de marras bajo la influencia de suficiente alcohol para llenar un embalse. Por suerte lo avanzado de la hora eliminó a cero el tránsito vehicular, así que pudieran zigzaguear con mucho riesgo pero escaso peligro de andén en andén mientras iban dejando a cada sujeto en su respectivo hogar.

Yolovi y el amigo fueron los últimos en arribar a sus casas, en la misma cuadra.  El amigo ingresó primero (emitió un sonido que, todo parece indicar, era una despedida). El otro tipo paró un momento, reuniendo el poco sentido del equilibrio que le quedaba para recorrer los pocos metros que lo separaban de su casa.

Ahí lo vio. Aunque imponente no parecía amenazante. De hecho ni siquiera determinó al testigo ocasional. Simplemente apareció por la esquina norte, pasó por la acera de enfrente y desapareció por la esquina sur.

También desapareció el efecto del licor consumido. Resultado previsible en quien acaba de ver un gorila en plena ciudad. Albino, por cierto. Con pantaloneta. Rosada. Y tenis. Verdes. La historia sigue con un recorrido relámpago hasta la casa, ingreso apresurado y refugio entre angustia y desconcierto debajo de las cobijas.

Amaneció domingo de desenguayabe y los bebedores de la noche anterior se reunieron alrededor de caldo de costilla en magnitudes navegables. Entre comentarios sueltos, recuerdos difusos de la noche anterior y demás temas varios Yolovi pregunta si ellos también lo vieron. —¿Vimos que?

Doce palabras hacen la diferencia entre el borde del desastre y el empujón definitivo. —“El gorila albino con pantaloneta rosada y tenis verdes. Yo lo vi.”

Solo fue cuestión de segundos para que la reacción pasara del desconcierto al escepticismo, del escepticismo a la burla, y de la burla al amistoso pero hiriente sabotaje (por no decirle matoneo). Aún así el narrador insistía en mantener su versión. Y aseguraba una y otra vez. “Yo lo vi, yo lo vi.”

Ningún argumento puede más que una sucesión interminable de carcajadas. Nadie sabe quien fue el autor intelectual, pero en algún momento del coro de jajajas, surgió la condena. Nominal, ya que involucraba la desaparición eterna de un nombre y su reemplazo por el apelativo del que venimos hablando. “Está (risas) bien (risas), si usted dice (risas) yo lo vi, (risas) te creemos (risas) Yolovi”.

Con el paso del tiempo Yolovi ha comenzado a dudar sobre lo del gorila albino en pantaloneta rosada y tenis verdes. ¿La pantaloneta de verdad era rosada? De resto sigue convencido de lo que observó esa noche. 

Como los demás no vieron, ya no habla del tema. Ver para creer.  

Nota final. Una fuente sin identificar dice haber escuchado este fragmento de una conversación ajena.

—”...Y preciso se acaba el medicamento así de tarde. Como no hay domicilios ni nada toca salir a conseguirlo como sea. No hay tiempo ni de cambiarse, apenas de ponerse unos tenis y una pantaloneta para que no se caiga el pantalón de la piyama de peluche, la blanca, esa que tiene capucha. Así salí a la calle pero qué importa. Lo  importante fue que encontré una farmacia abierta. Además, nadie me vio.”

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Pandemionismos

Dicen los organismos internacionales de salud que la pandemia del COVID-19 comenzó en marzo de 2020  y terminó oficialmente a principios de 2023. Terminó, sí, pero todavía rondan por el planeta todo tipo de secuelas. Expertos tiene la medicina que pueden profundizar en ese tema desde sus especialidades. Lo mismo la sicología, la sociología, la política, la economía y una larga lista de disciplinas del conocimiento.

Desde las Amilcaradas hacemos este modesto aporte que tiene que ver con la vida diaria del personal. Incluye algunos comportamientos que se volvieron obligatorios durante la cuarentena. Eso es normal, incluso con aquellos que —hoy en día lo sabemos— realmente no servían para nada. 

Lo extraño es que algunas personas los incluyeron (incluimos, dice la tarjeta) y los siguen incluyendo en sus rutinas. También hay otros que son evoluciones de los anteriores.

Como creo que la explicación anterior confundió más en vez de aclarar, saltemos de una vez a los ejemplos. Tres años después, la pandemia dejó como resultado que algunas personas…  

… eviten los puestos dobles, triples o cualquier modalidad que implique compartir silla con desconocidos en el transporte público urbano (y no importa si eso implica hacer todo el recorrido de pie).

… le hagan el feo a un bar, taberna o cualquier expendio de bebidas alcohólicas a menos que vendan algo de comer y se pueda llamar gastrobar.

… destruyan (con odio) los tapabocas, las toallas de papel y los pañuelos desechables antes de desecharlos.

… utilicen (a la entrada y a la salida) el dispensador de gel gratuito donde lo haya (nota: no importa si el recipiente está vacío desde finales del 2021).

… hagan mercado a distancia dándole instrucciones al esposo por el teléfono.

… hagan mercado presencial recibiendo instrucciones de la esposa por teléfono.

… compren todo en línea, incluyendo lo que también venden a media cuadra de la casa.

… se quejen del precio en línea después de comprar al compararlo con el del mismo producto que venden a media cuadra de la casa.

… revisen que haya por lo menos una ventana abierta en cualquier recinto cerrado (nota: incluye transporte público).

… abran por lo menos una ventana en cualquier recinto cerrado.

… discutan apasionadamente con el friolento (a) que se queja por la ventana abierta. 

… le echen alcohol a las bolsas de basura.

... se sienten en cualquier silla en sala de casa ajena, pero nunca en un sofá.

 … carguen un tapabocas en el bolsillo o la cartera.

… consulten ante cualquier invitación o convocatoria que implique dialogar con otro ser humano, ¿y eso no lo podemos hacer por videollamada?

… pasen a estado de alerta absoluta cuando alguien tose o aclara la garganta en sala de espera, fila, bus urbano, oficina o en cualquier escenario que implique la presencia de dos personas o más.

… se limpian los pies al entrar a casa en un tapete viejo, deshilachado y sucio que alguna vez fue un flamante (y de cuestionable utilidad) tapete desinfectante.

… realicen toda reunión laboral en modalidad virtual, incluyendo aquella donde la lista completa de  convocados están en el mismo edificio. Una parte en el piso de arriba, otra en el piso de abajo y otra en los cubículos de al lado.

… aguanten la respiración mientras saludan de beso. 

… salgan en patota de papá, mamá, hijas, hijos, primos, suegras y vecino infiltrado a comprar una gaseosa.

… saquen el perro cinco veces al día con posibilidad de seis y hasta siete.

… compren cualquier producto para el hogar en el sitio más alejado posible.

… lleven cubiertos desechables a los restaurantes.

… mantengan siempre un amplio surtido disponible de papel higiénico, preferiblemente en paquetes grandes.

 

miércoles, 2 de septiembre de 2026

El duelo

La rivalidad entre los dos deportistas se fue colando en la conversación hasta acaparar la atención nacional. Una larga lista de influenciadores, periodistas, promotores, publicistas y hasta políticos reclamaron la paternidad del descubrimiento, pero ninguno pudo demostrar haber sido el primero en hablar de lo que pasó de tema de conversación a tópico viral a obsesión de un país.

En la disciplina que practicaban ambos eran buenos. Muy buenos. Una primera verificación seria de sus antecedentes confirmó que estaban invictos hasta ese momento. Que habían hecho un recorrido similar el cual comenzó con enfrentamientos internos de clubes y siguió en la representación de los mismos a través de escenarios primero locales, luego regionales y finalmente nacionales con proyección internacional.

Las similitudes terminaban ahí.  Su estilo de juego, tácticas, y forma de abordar a los rivales de turno no podían ser más diferentes. El clásico (como lo llamaremos a partir de ahora) era una enciclopedia ambulante de cómo se había jugado, cómo se jugaba y cómo se jugaría. Reconocía cada acción de sus oponentes y aplicaba la estrategia de manual para neutralizarla. 

En cambio el creativo (a quien identificaremos así) era un genio para la improvisación. Generaba constantemente jugadas inesperadas, novedosas, sorprendentes, pero efectivas. Quienes lo enfrentaban siempre terminaban desconcertados en algún momento, normalmente antes de recibir el golpe definitivo. 

Si la forma de competir era dispar, en su personalidad también eran muy distintos. Clásico era hablador, extrovertido, algo prepotente, siempre con algún apunte dicharachero. Creativo, por fuera del campo de juego, se comportaba reservado, introvertido, poco amigo de hablar más allá de lo estrictamente necesario.

El uno prefería un vestuario tradicional, el otro exhibía un guardarropa definido por las tendencias de la moda. Clásico asumió gustosamente su papel de nueva estrella mediática y de redes sociales, mientras Creativo mantuvo —dentro de lo posible— perfil bajo y pocas apariciones públicas.

Sobra decir que los dos nunca se habían enfrentado. También sobra decir que cuando fueron escalando en logros deportivos y fama personal, la batalla deportiva entre los dos se volvió expectativa popular.

Curiosamente fue Creativo, el discreto, quien encendió la chispa. En una de sus escasas entrevistas dijo algo respecto a como algunos jugadores habían robotizado el deporte.  No dio nombres, no amplió la idea,  pero la oportunidad fue bien aprovechada por el ecosistema virtual y analógico. En pocas horas ya alguien le había dado cuerda a Clásico para que respondiera. Este no desilusionó a su público con algo así como es mejor ser robot que payaso. A partir de ese momento, el ambiente se calentó. 

Vainazo va y vainazo viene, debidamente amplificados por redes y comentaristas, finalmente llegó el día del esperado partido. Ambos arribaron acompañados de sus respectivos equipos de apoyo, tomaron sus posiciones y esperaron la señal del árbitro. Y entonces pasó… 

Todavía se discute quien dio el golpe inicial o qué fue lo que desencadenó la pelea. Lo cierto es que la partida terminó convertida en una batalla campal, donde primero los rivales y luego sus respectivos grupos de apoyo se trenzaron en un fenomenal intercambio de puños y patadas, televisado en vivo y en directo, hasta que alguien superó la estupefacción y ordenó cortar la señal.

Al fin y al cabo, nadie esperaba que una partida de ajedrez desembocara en algo como eso. 

miércoles, 26 de agosto de 2026

Solo es un huequito en la suela

El zapato derecho de Mario tenía un agujero en su suela. La ciudad llevaba varios días de clima seco, así que el tipo cambió el plástico que venía usando como protector por un poco de papel periódico. Salió de casa a su cita. El cielo se nubló, la lluvia se descargó, el suelo se encharcó, por el agujero el agua se coló, el papel periódico en segundos se disolvió y la media se mojó. 

Mario regreso a casa,  se quitó el zapato derecho, se quitó la media, se puso otra, secó lo mejor que pudo el interior del calzado, colocó ahora sí el plástico y volvió a ponerse el zapato. Entonces cayó en cuenta de que no podía (bueno, sí podía pero se veía feo) andar con dos calcetines diferentes, así que repitió todo el proceso por el lado izquierdo, pero sin plástico ni secada.

Estaba a tiempo para la cita. Camino hasta su destino, ubicado lo suficientemente cerca para no justificar medio de transporte, pero lo suficientemente lejos para justificar caminata rápida. Al llegar la enfermera-recepcionista le notificó que el doctor había tenido un inconveniente, pero se había comprometido en llegar más tarde y atender ese mismo día a todos los pacientes que quisieran, porque él era consciente de que la gente merecía respeto y no podía hacerlos venir para nada. Claro que si Mario quería reprogramar podía hacerlo pero solo había cupo para dentro de un mes. ¿Espera al médico? Listo, eso será solo un ratico.

El ratico pasó de segundos a minutos y de minutos a horas hasta cuando apareció el doctor para comenzar con todos los que habían llegado antes de Mario, porque su cita no era la primera sino como la décima del día. El plástico del zapato estaba mal acomodado, y eso generaba una sensación en algún punto entre incomodidad, molestia y dolor. No se aguantó y fue al baño a reacomodar media, plástico y calzado. Justo en ese momento lo llamaron. Como no respondió pensaron que se había ido y convocaron al siguiente. Qué pena señor pero usted entiende, ya nos cogió la noche pero si se espera en un ratico lo volvemos a llamar.

Ese otro ratico se prolongó hasta el penúltimo paciente porque a Mario le tocó en el último lugar. Ya era de noche pero el galeno se portó a la altura y, luego de las preguntas de rigor, le pidió que se quitara la ropa. 

Ahí fue cuando se fue la luz y no llegó y no llegó. Y como no llegó el médico sentenció que en esas circunstancias no podía examinarlo adecuadamente. Con la linterna de los celulares de ambos Mario logró vestirse de nuevo, aunque no encontró el pedazo de plástico que protegía su pie, o mejor, su media, contra el agujero del zapato derecho. Los teléfonos le iluminaron la salida mientras la enfermera-recepcionista se comprometía: Yo le busco una nueva cita lo más pronto posible, tranquilo. Nosotros lo llamamos..

Salió a la calle oscura y apretó el paso en busca de una vía iluminada. No vio la pequeña piedra pero sí la sintió al pisarla, justo debajo del hueco del zapato, con ese dolor inmediato que lo hizo trastabillar, perder el equilibrio y caer a la calzada donde en ese momento venía un carro. El conductor alcanzó a frenar, por suerte para Mario, pero no para el del carro que venía atrás y el del otro carro que venía detrás de este y el de la moto que venía detrás del segundo carro. Aunque todos frenaron no pudieron impedir los golpes.

Las autoridades, los aseguradores y la luz llegaron al mismo tiempo. No había heridos pero sí un problema de latas de esos complicados. Mario se quedó por petición del conductor del primer carro. Lo cierto es que ninguno de los tres conductores de automotor, ni el de la moto, ni los de tránsito, ni los policías, ni los de la aseguradora, ni un par de desocupados que se colaron a la conversación entendieron por qué el testigo y causante involuntario del accidente comenzó su relato con estas palabras.

“Verán, es que tengo un hueco en la suela del zapato derecho…”  

miércoles, 19 de agosto de 2026

Presupuesto mata imagen

Nota de la redacción. Retomamos (con algunos ajustes) un texto del siglo pasado que enfrenta a  un emprendedor (en esos tiempos les decían rebuscadores) contra un autoproclamado consultor corporativo de imagen pro bono (en esos tiempos le decían sapo. En estos tiempos también.)

El Vecino (de ahora en adelante Elveci) cree en lo que hace. Él realmente se considera un servidor de una comunidad que, tarde o temprano, agradecerá su oportuna intervención, gracias a la cual el barrio, conjunto residencial o edificio se salvó de convertirse en una plaza, un tugurio, un antro o una invasión.

Elveci se autonombró asesor de imagen ad honorem del lugar en donde vive. Él considera que la primera prioridad no es ser sino parecer. En épocas boyantes, se le ve como un personaje algo cansón cuyas ideas a veces son buenas, otras no tanto, pero que en realidad no hace daño a nadie.  

En épocas normales, es un peligro público.

Resulta que a algún vecino se le ocurrió una idea. Conseguir un camión, comprar mercado al por mayor y luego estacionar el vehículo frente al edificio o conjunto, o en alguna calle del barrio, y venderle a sus habitantes.

El resultado es, en principio, gana gana para casi todos los implicados. El vecino del camión hace negocio, los demás vecinos ahorran tiempo y dinero.

El casi es, como no, Elveci. Mientras los demás aprovechan la oportunidad, el hombre se pone histérico e inicia una campaña para salvar al barrio de parecer una plaza, porque qué dirá la gente.

Posiblemente la despensa y la nevera de Elveci se encuentran pletóricas, pero de espacio disponible, ya que la situación económica del personaje dista de ser boyante. De hecho, su casa —fiel a sus principios— tiene una maravillosa sala de muebles envidiables siempre recién pintada. También sirve como retén para restringir el acceso a unos cuartos mal pintados con muebles desvencijados.

Pero eso no es lo importante. El rendimiento del presupuesto familiar es secundario frente al peligro que amenaza la imagen de su comunidad. Así que se declara en resistencia pacífica e inicia un asedio epistolar, telefónico, virtual y verbal al presidente de la acción comunal, al líder del consejo de administración o a cualquier forma de autoridad con poder para acabar con “esa plazuela callejera”.

En tiempos donde hay que cuidar cada peso, como los que se viven hoy, el público se divide. Unos consideran que no se le debe parar bolas al bobo de Elveci. Otros opinan que Elveci debería preocuparse por sus propios problemas y dejar en paz a los demás. Y un grupo importante considera que Elveci tiene lo que ponen las gallinas, y no precisamente en su desocupada despensa. 

Estos suman un, digamos, 97 por ciento.

El tres por ciento restante está conformado por el propio Elveci, (uno por ciento) y su familia, ese dos por ciento que a escondidas del jefe del hogar hace compras en el camión cada vez que existe la oportunidad.

Lo importante es que no los vea su papá.

Al fin y al cabo la primera prioridad es parecer, no ser. 

miércoles, 12 de agosto de 2026

Cómo apoyar a Colombia

Ni el tono ni el contenido normal de este blog son adecuados para esta semana. ante la emergencia que vive mi país, Colombia, debido al terremoto que ocurrió el lunes 10 de agosto.

A continuación una lista de opciones dónde se pueden hacer donaciones para colaborar con los damnificados.

World Central Kitchen 

Cruz Roja Colombiana

Asociación de Bancos de Alimentos de Colombia

UNICEF

Banco de Alimentos de Bogotá

Fundación Plan Colombia

Puntos de acopio Alcaldía de Bogotá

ACNUR

Puntos de acopio locales en diversas ciudades de Colombia

Corporación Organización Minuto de Dios

GlobalGiving Colombia Earthquake Relief Fund

Foto tomada en Manizales Colombia, 
una de las ciudades afectadas por el 
sismo, el 16 de julio de 2026.


miércoles, 5 de agosto de 2026

Versos para el que no llegó

 


Ansiosa desde la ventana
impaciente ella lo espera
pero a él no le da la gana
de dejarse ver en carretera.

Transcurren esos segundos,
que pasan a eternos minutos
y otros viajeros del mundo
desilusionan por sus atributos.

No son ellos los que anhela
la que aguarda en el presente
su llegada deja una estela
tan inútil como insuficiente.

El furgón escandaloso
que ofrece comprar chatarra
suena a ruido molestoso
cuya oferta la vida embarra.

Con su mecánico alboroto
siempre oportuno y eficiente
llega un mensajero en moto:
no es el que ella tiene en mente.

Carros de muchos colores
transitan intermitentes
no paran los conductores
su destino es diferente.

Se mueve ágil y sencillo
el auto que gira en la esquina
es un taxi de los amarillos,
con lo que ella desea no combina.

Una banda de músicos sin plata
improvisa su canción en la calzada
a ella no le suena bien la serenata
es mal momento para su llegada.

Mientras con angustia ella su reloj revisa
y el anhelado nada que hace presencia
frente a su hogar pasan y pasan sin prisa
caminantes varios con indiferencia.

Van solos, en grupo o con mascota
cada uno busca su propio destino
mientras ella ya siente la derrota
ese que espera no se ve en el camino.

A estas alturas del día
desde la puerta vigila ansiosa
del hogar buscó la salida
para ver si aceleraba la cosa.

Existen vecinos y otra gente
a los que ella siempre evita saludar
uno tras otro pasan por el frente
y falsas sonrisas toca improvisar.

Mientras tanto el tiempo ha continuado
su andar infinito por la existencia
ya pasó una hora y el esperado
por nada del mundo hace presencia.

Ella maldice el momento
cuando decidió convocarlo
la rabia le invade el pensamiento
y hasta piensa en ahorcarlo.

Es una fantasía pasiva
que no puede pasar a la acción
no se puede ser agresiva
ni pelear con una aplicación.

Simplemente quería un viaje
pero así se le amargó el día
todo comenzó con un mensaje
basado en moderna tecnología.

Para el transporte un servicio
se pidió por celular
el auto resultó ficticio
pues jamás pudo o quiso llegar.

Son muchos los que han venido
pero nunca el esperado.
Ya el horario se ha incumplido
la salida ha fracasado.

Con un mensaje inocente
esta historia ha terminado
Disculpe usted señor (?) cliente
el servicio no pudo ser prestado.

miércoles, 29 de julio de 2026

Gritos, mímica, mentiras, familia y fijos

Hace años (no tantos) el teléfono era un electrodoméstico. Uno para toda la casa. Le decían fijo porque no podía desconectarse del cable enchufado a la pared. Solo había una forma de saber quién llamaba: contestando. Hoy el teléfono es multiusos, individual, portátil y te dice quién llama. Es posible ignorar o rechazar la comunicación, así como bloquear al que marcó. Y si es un mensaje de texto, se deja en visto.

No suena muy educado pero es efectivo y eficiente. Soluciona el problema con un esfuerzo mínimo. Hace años el procedimiento no era tan productivo.  Eso sí, era mucho más interesante y divertido

Riinnng riinnng riinnng. Primer grito. Generalmente maternal. ¡Alguien que conteste que estoy ocupaadaaa!

Riinnng riinnng riinnng riinnng riinnng rii… ¿Haló? Un momento. Segundo grito. ¡Maríiaaa. al teléeeeefonooo!

No pasa nada. Tercer grito. ¡MARÍIIIIIIA! QUE LA NECESITAN AL TELÉEEEEFOOOONOOOO!

María y el resto de la familia viven en una casa de dos pisos. El teléfono está en el primero y María puede estar en el segundo nivel, en el patio, en el cuarto más alejado, en el garaje, en la cocina, en el baño o en cualquier otro lugar donde no oye, o donde realiza tareas inaplazables que le impiden contestar.

Para eso están las estaciones repetidoras. El hermanito en el segundo piso se suma al llamado. ¡Maríiiiiaaaa. que tiene una llamada! De alguna parte surge una voz femenina. ¡Voooooyyyy!

Suenan pasos. Finalmente aparece María. Comienza la comunicación.

Esa no. La otra. María gesticula pero no habla. Vocaliza algo. Mueve las manos hacia adelante. Se lleva una de las extremidades al oído derecho mientras gira la otra. Frunce la nariz. Abre los ojos y arruga las pestañas. Contestador de turno se demora un poco pero finalmente entiende el mensaje.

Haló, eh, que pena, ¿de parte de quien? ¿Juan qué, perdón? Juan Pérez, sí, espere un momento.

El rostro de María se descompone. Levanta los brazos y con las palmas abiertas cruza los antebrazos, los separa, los cruza, los separa mientras voltea la cara y hace la señal se negación con la cabeza. Contestador de turno pone cara de impaciencia. Con una mano sostiene el auricular y con la otra gesticula. 

María vocaliza algo. Contestador no entiende. Ella lo dice en voz baja. Contestador no oye. Este le hace la señal manual de espere. Palma abierta al frente moviéndola hacia atrás y hacia adelante. No suelta el auricular, pero con la mano libre bloquea la bocina. La aleja de su cuerpo el máximo posible. María se le acerca y le susurra algo al oído. Contestador la mira feo. María le responde con cara de por favor.

Haló. Es que María no está. Ya buscamos por toda la casa. No, no sé a que horas llega. ¿Le deja alguna razón? Espere busco donde anotar…. Haló. Que lo llame. ¿Ella tiene el número? Yo le digo apenas la vea.

Contestador cuelga. Está bravo. Estoy harto de estas vainas. Para que le da el número a los tipos si después a mí me toca andarla negando.

María no responde pero pone cara de gracias. De le debo una. Total, solo es cuestión de tiempo para que la escena se repita, pero con los roles invertidos.

miércoles, 22 de julio de 2026

Relajación en las alturas

El trabajo lleva a Rojas a una ciudad donde funciona un cable aéreo. Circula mediante el movimiento interminable de cabinas que los usuarios abordan o abandonan en cada estación. En la que le corresponde a Rojas suben él y una señora, de esas a quienes les gusta meterle conversación al trayecto.

¿Usted sabe cuándo le hacen mantenimiento a esto? Yo monto casi todos los días y nunca lo he visto parado en el día. Comienza como a las 5 de la mañana y yo no sé a qué horas lo apagan pero una vez lo cogí como a las 10 y 30 de la noche. Imagínese. Ese cable moviéndose todo el tiempo. Los motores funcionando. Las cabinas con gente entra que sale, sale que entra. ¿Será que eso no se gasta? Me imagino que sí. Como todo. 

Rojas nunca se había subido a una cosa de esas. A duras penas entiende como funciona. Solo le pareció una forma barata, novedosa, interesante y relajante de quemar tiempo mientras llegaba la hora de su vuelo de regreso. No contesta nada, pero está seguro de que debe existir algún esquema de mantenimiento. 

Sabe qué, estoy diciendo mentiras. A veces se para. Le pasó a mi vecina. Pobrecita, ella es muy nerviosa y de repente esta cosa deja de moverse. Y mira para abajo y claro, ese vacío tan grande. Hay un timbre, véalo, para llamar uno en caso de emergencia. Alguien llamó, lo atendieron y les dijeron que tranquilos, que eso no se demoraba. Pero a mi vecina le parecieron horas aunque parece que la cosa solo duró unos minutos.

Rojas se concentra en el paisaje. Edificios, montañas, nubes. Pero no puede reprimir una mirada hacia abajo. Un vacío de muchos metros sin nada diferente de la cabina entre los pasajeros y el lejano piso.

Y que tal una de afán y esta cosa parada. Ahí sí ni modo de hacer lo que hace una cuando se vara el bus. Cómo hace para bajarse y coger otro. Sí, es mucho el tiempo el que se ahorra en cada recorrido, pero si llegara a pararse queda una como y ahora qué hago. Que tal que tenga que coger un avión, esos no esperan.

De todos los recorridos posibles, Rojas había elegido el más largo. Repasa la hora de su vuelo. Mira el reloj.  

Es que imagínese a los que les da mareo. Y a la gente con miedo a las alturas. Los que tienen nosequefobia*. De repente mi vecina es así, aunque si es así quien la manda de boba a subirse a un aparato de estos.

Rojas suelta un ajá de vez en cuando por aquello de no parecer mal educado. Pero ya no mira hacia abajo.

Yo no sé si cuando esto se para y hay viento fuerte las cabinas se mueven. O qué pasa si hay un temblor de tierra. Imagínese si esto se mueve y algún mareado no aguanta y vomita. Uno encerrado con esos olores. Es que ni siquiera tiene que vomitar. Con que a alguien se le salga un gas ya todos llevan del bulto.

Instintivamente Rojas se lleva la mano al estómago. Apreta la manilla de la que está agarrado hace rato.

Por acá nunca ha pasado nada grave, gracias a Dios, pero una nunca sabe. Llegamos. Que le vaya muy bien.

Rojas siente un vaiven. Probablemente imaginario, porque la vecina ni se mosquea. Sale de la cabina con una sensación de alivio al pisar tierra firme. Pasa varios minutos embobado mirando los mecanismos del cable. Mira el reloj con cara de me va a dejar el avión.  Respira mientras siente que algo le cruje en las tripas.

Parecía una forma barata, novedosa, interesante y relajante de pasar el rato. Y sí, fueron tres de cuatro, Pero en este caso, tres de cuatro sí estuvo mal.

*Acrofobia. Fobia a las alturas (primera acepción RAE)

miércoles, 15 de julio de 2026

Devoradores de segundos

El desayuno se demora en llegar, el jugo se va por el camino viejo lo que agrega minutos de tos a su consumo, el agua de la ducha se mantiene fría más segundos que de costumbre, a la hora de lavarse los dientes toca traer crema nueva desde el escaparate de los productos de aseo. Tic tac, tic tac.

Pero Jacinto tiene tiempo para llegar a su cita médica. Incluso maneja un margen de seguridad. Se viste rápidamente en orden metódico. Primero la ropa interior. Luego la camisa. Después los pantalones. Posteriormente el saco. Enseguida las medias.

Termina con las botas. Caña alta. Múltiples agujeros para los cordones. Entran los de abajo. Entran los de la caña. Hora de anudar. Izquierda lista. Va la derecha. El borde de la agujeta (herrete) perdió el plástico y se ha deshilachado. No entra. Hay que enrollarle la punta. Una vez. Otra. Otra. Tic tac, tic tac.

Finalmente lo logra. Hace el nudo. Mira el reloj. Ya perdió el margen. El tiempo es justo. Cualquier demora adicional y llegará tarde. No le extraña.

Jacinto presume de su puntualidad. Hace todo lo posible por anticiparse a los horarios. Organiza. Programa. Madruga. Entonces ellos atacan. Los devoradores de segundos.

Antes de salir de su casa el ser humano realiza múltiples acciones pequeñas, sencillas e inevitables. Rutinas de aseo. Presentación personal. Organización de elementos (necesaria o compulsiva). Alimentación. Habrá particularidades según el tipo de persona, pero todos saben de lo que estamos hablando.

En circunstancias normales cada una de esas actividades se despacha en pocos minutos. A menos que...

Los objetos de la vida diaria se esconden. Misteriosamente. El estuche de las gafas no tiene gafas. El cargador carece de teléfono conectado, o no es posible conectar el teléfono porque no se ve el cargador por ninguna parte. Las llaves de la casa, del carro, de la oficina, se esfumaron. Finalmente todo aparece, pero cada objeto hay que buscarlo donde no debería estar. Tic tac, tic tac.

Imprevistos exóticos se atraviesan en las rutinas diarias. La cremallera del pantalón se traba en plena subida. El botón de la camisa sale volando al atravesar el ojal. El cabello se vuelve rebelde a la hora de la peinada.  El pequeño corte durante la afeitada no deja de gotear sangre. Se evidencia un agujero en la media, después de ponérsela. Todo es solucionable. Pero es tiempo adicional no programado. Tic tac, tic tac.

El café se derrama sobre el documento importante del día. Hay que imprimir otro. El sanitario no descarga adecuadamente al primer intento. Hay que soltar el agua una, dos, tres veces más. Entra esa llamada que toca atender, sí o sí. El reloj de pulso se para. Hora de cambiar pila y ajustar. Tic tac, tic, tac.

Tomados individualmente, cada hecho no implica mayor demora. Pero cuando pasan, pasan todos. Y van consumiendo, segundo a segundo, los márgenes de tiempo necesarios para que Jacinto llegue, sin prisas y puntualmente, a su destino.  Las salidas tranquilas se convierten en carreras contra reloj. Es el ataque de los devoradores de segundos.

La ventaja es que no pasa todos los días.

Solo cuando el hombre, real y justificadamente, tiene afán. Tic tac, tic tac, tic tac.

miércoles, 8 de julio de 2026

33 preguntas escuchadas después del partido

Se acabó. Eliminaron a Colombia del Mundial. Y en casas, negocios, centros comerciales, reuniones informales y de las otras primero hubo un silencio a mil voces, hasta que alguien preguntó. ¿Preguntó qué? Algo como lo que viene a continuación.

    1. ¿Cuántas cuotas es que nos faltan para pagar ese televisor?

    2. ¿Y usted desde cuando fuma?

    3. ¿Y ahora a quien le vendemos todas esas camisetas?

    4. Lo de esa apuesta no era en serio, ¿cierto?

    5. ¿Quién se quiere llevar el trago que sobró?

    6. ¿Usted no me dijo algo hace unos días de que tenía que repetir el semestre, o algo así?

    7. ¿Entonces, mañana sí hay que venir a trabajar?

    8. ¿Alguien sabe cómo se borra un tatuaje de Lucho Díaz?

    9. ¿Cómo era eso de que nos descuadramos para lo del arriendo?

    10. ¿Será que ahora sí podemos conversar lo de la vaca para el pasaje de vuelta de Estados Unidos del primo Alberto?

    11. ¿Quiénes son ustedes y quién los invitó a mi casa?

    12. ¿Y yo por qué tengo que ayudar con la cuenta, si los acabo de conocer, no bebí nada y solo me senté acá porque era la única silla libre?

    13. ¿Y entonces, de qué sirvió tanta gritadera?

    14. ¿Que pagó ¡cuánto! por esa camiseta?

    15. ¿Qué hay de bueno en cine esta semana?

    16. ¿Entonces ahora sí me van a desocupar la sala?

    17. ¿Señorita, puedo cancelar de una vez la suscripción al servicio de TV, o me toca esperar a que termine el Mundial? ¿Cuántos meses mínimo me dice?

    18. ¿Quiénes me van a ayudar con este desorden?

    19. ¿Cuándo vamos a lo de las vacunas? ¿Son para el perro, cierto? ¿Para los niños?

    20. ¿Dónde vamos a guardar las vuvuzelas, los banderines, las banderas del carro, los sombreros, y los panitas? ¿Con lo de la Copa América o lo del Mundial de Rusia?

    21. ¿Qué más hay para ver en televisión?

    22. Yo sé que yo invité pero...¿será que me pueden ayudar con lo de la comida y el trago?

    23. ¿No les dije que eso siempre nos pasa?

    24. ¿Pero por lo menos llenamos el álbum?

    25. A ese techo le hace falta un poco de pintura, ¿cierto?

    26. ¿Para cuando fue que reprogramamos la reunión de trabajo?

    27. ¿Y qué hay para la comida?

    28. ¿Alguien sabe de programas de vacaciones recreativas o algo así para ocupar a estos muchachos hasta el 19 de julio?

    29. ¿Tiene gafas nuevas? ¿Hace cuanto? ¿Un mes? ¿En serio?

    30. ¿Y desde aquí cómo volvemos a la casa?

    31. ¿Cuándo vuelve a jugar Colombia?

    32. ¿Alguien sabe dónde está mi camiseta de Argentina?

    33. ¿De verdad está llorando? ¿Por un partido?

miércoles, 1 de julio de 2026

El dueño

Como buen perro de la calle su árbol genealógico es un verdadero matorral repleto de inusuales y exóticas combinaciones. El resultado final se ve como gozque, camina como gozque, huele a gozque, se comporta como gozque, o sea que es un criollo colombiano. De esos a los que les dicen gozques.

Profundizar en detalles de raza, pedigree, ascendencia o genética sería tesis de grado para veterinario. Preferiblemente en maestría. Idealmente en doctorado con aspiraciones de Nobel

Resulta que los interesados en la ciencia médica que se ocupa de diagnosticar, prevenir y curar todo tipo de enfermedades o lesiones que afecten a animales domésticos, silvestres o de producción (gracias Euroinnova) tienen mejores cosas que hacer. Esa es la razón por la cual ese tema se suma a la lista de misterios que rodean al can en mención.

Es cierto que en ocasiones algún vecino o transeúnte le ofrece alimento. Pero nunca en cantidad y frecuencia suficiente para suplir sus necesidades. Sin embargo, no se le ve flaco ni desnutrido. ¿Cómo lo hace? Nadie sabe. Es más, se da el lujo de ignorar parte de las donaciones proteicas. 

Permanece la mayor parte del día echado en diferentes puntos de sus dominios. El clima de la hora determina si busca sol o sombra. Cuando llueve se levanta (despacio, siempre despacio) se sacude sin esforzarse demasiado y se dirige hacia algún punto cercano donde pueda escampar. Así es su vida mientras está visible, porque otro enigma es cuando desaparece horas, días, semanas. O por siempre

Para los residentes y transeúntes habituales hace rato que se volvió paisaje. Muchos lo vieron, lo ven y lo verán. Es el habitante cuasipermanente de ese sector, de ese punto específico..

No es egoísta. No molesta para nada a quienes utilizan, pasan, o se detienen momentáneamente en el lugar. Jamás le han visto ladrar, gruñir o mirar feo a otro ser vivo.

Una vez se acomoda para su descanso interminable pueden transcurrir a su lado manifestaciones, partidos de fútbol, espectáculos teatrales o musicales, peleas, discusiones, ensayos, prácticas, ferias, fiestas o cualquier otra actividad. Por mucho, si la acción se acerca demasiado, se levantará perezosamente y buscará un lugar más tranquilo donde echarse a disfrutar de su existencia. Afán no tiene. Nunca.

Todos conocen su nombre porque no responde a ninguno. Cada persona interesada lo bautiza como quiere.

De vez en cuando un visitante ocasional del barrio, comuna, caserío, pueblo o ciudad se fija en él. Le toma fotos. Le hace videos. Intenta jugar con el perro. Este no le hace caso. Tímidamente trata de acariciarlo.  El animal no opone resistencia. No le gusta ni le molesta. Simplemente no le importa. El foráneo consulta a algún residente local sobre la “mascota”. Siempre recibirá la misma respuesta. Un día apareció. Llegó de ninguna parte. Sin hacer ruido. Sin presentarse. Sin aspavientos. De repente estaba ahí. Y ahí se quedó.

Puede que para el ordenamiento territorial el parque, plaza, playa, calle, cuadra, acera, esquina sea espacio público. Puede que en ninguna notaría figure escritura que establezca derechos de propiedad.

No importa. Ese lugar es su feudo, su hábitat, su comarca, su demarcación, su dominio, su ámbito.

El perro es el dueño. Y punto.

miércoles, 24 de junio de 2026

Tendencias radicales a la hora de levantarse

La casa, el barrio, la ciudad, el país, el continente y el mundo están divididos en bandos irreconciliables. Un momento específico del día ha puesto a los seres humanos en posiciones extremas, opuestas, contradictorias y excluyentes. Su escenario natural es el más íntimo: la pareja, la familia, el hogar, la habitación. El momento temporal es el amanecer, incluso cuando aún reina la oscuridad.

Solo hay que levantarse de la cama y el conflicto se manifiesta. Para unificar la terminología del asunto acudo al Diccionario de Americanismos, primera acepción:  Tender: Disponer en orden los implementos de una cama, como las sábanas, las cobijas o las colchas. Efectivamente. Están los y las que tienden la cama en automático apenas se levantan; y los y las que dejan el embrollo de sábanas, cobijas y almohadas sin tocar durante el día, solo para hacer ajustes mínimos en la noche que permitan reutilizar el mueble involucrado.

Para los primeros, hacer la cama (otra forma de decirlo) no es una simple rutina doméstica. Es parte de su esencia existencial. Si se levantan, pasan minutos —o incluso segundos— y el lecho no se ha tendido, viven una tragedia. Esa voz interna que suena a manifestación les amarga la vida. No pueden iniciar ninguna actividad hasta cuando el mueble queda debidamente ordenado, en una combinación estético-cromática que alinea milimétricamente sábana, sobresábana. almohadas, cubrelecho, cobijas, pijama y cojines. 

El recién levantado no siempre coincide con quien tiende la cama. Sobre todo en actividades externas al hogar. A veces la tarea corresponde a personal de servicio, parientes o espontáneos. Pero no importa quien esté encargado.  Cuando la persona responsable no aparece, o aparece pero no actúa, el tendedor crónico no se aguanta y lo hace él mismo. Aplica para casa ajena, hamacas, hoteles, airbnb, moteles, carpas, glamping y residencias por horas. Él o ella no salen hasta dejar el tálamo organizado adecuadamente.

Al otro extremo viven los que nunca tienden. Bajo ninguna circunstancia. Son madrugadores o se levantan tarde. Andan acelerados o en cámara lenta. Su personalidad es creativa o pragmática. Viven solos, en familia o comparten residencia con otras personas. Nada de esto los define. Lo que los agrupa es su motivación. O la carencia de ella. Porque simple y sencillamente no les importa si la cama está tendida o no.

En su infancia y adolescencia tal vez les tocó arreglar el dormidero acatando órdenes de autoridad superior, generalmente familiar. Pero jamás crearon un hábito. Horas de cantaleta materna sobre el tema entró por un oído y salió por el otro. Y la cama ahí. Destendida.

Hay quienes se levantan y dejan el lecho y sus alrededores en statu quo. Almohadas caídas, nudo de cobijas y sábanas, colchón atravesado, nada importa. Otros se deslizan cual serpiente para que cama, cobijas y demás queden con todo relativamente en su sitio, pero arrugado, desordenado y asimétrico.

Cuando el destino pone ambas posiciones bajo el mismo techo el conflicto es inevitable. Hasta los mejores amigos terminan enfrentados si todas las mañanas se ven (y tratan) mutuamente como un maniático obsesivo del orden contra un anarquista irresponsable desordenado.

Para aquellas parejas que comparten cama el asunto pasa por etapas. En la fase romántica no importa, pero con el tiempo vienen los comentarios sueltos, las conversaciones cada vez más incómodas y las discusiones ruidosas, esas que pueden desembocar en convivencias problemáticas, separaciones o divorcios. Son crisis de pareja que demandan acciones urgentes. Es necesario tender puentes entre las partes en conflicto.

O tender esa cama.

miércoles, 17 de junio de 2026

El infierno no se detiene



Nota de la Redacción. Retomamos con actualizaciones algo escrito a finales del siglo pasado. Se supone que casi 30 años después algunas referencias ya no estarían vigentes. Se supone... 

Durante su vida,  Figueroa distó mucho de ser un santo. Mujeriego, vicioso, mentiroso, irresponsable y patán, lo que dejó entre sus conocidos difícilmente podría catalogarse como buenos recuerdos.

Con semejante prontuario, su muerte, para ser sinceros, no entristeció a muchos. El  deceso llegó una noche cuando la monumental borrachera de turno le impidió ver ese camión que venía bajando ese puente.

Durante la breve fracción de segundo antes del tiestazo definitivo, Figueroa se dio cuenta de que su vida había sido un desastre y que, si existía un infierno, él sin lugar a dudas clasificaba.

Pero después de aparecer en ese extraño hotel ubicado en medio de nada, donde compartía espacio con cavernícolas, conquistadores españoles, reyes chibchas, profesoras de mecanografía, vendedores de enciclopedias y otras especies extintas, sintió que el sitio, aunque apretado, no podía ser el infierno.

Su sorpresa fue más grande cuando el tipo (o la vieja) de alas lo llamó a su oficina y le dijo: “Mañana, a partir de las seis pasan por la avenida los buses al cielo. Usted tiene cupo. Hay uno cada quince minutos. El paradero queda en la acera de enfrente”.

Así que al otro día salió temprano, dispuesto a tomar su transporte e instalarse en calidad de residente permanente en la eternidad celestial. No iba solo. Lo acompañaban quienes en vida fueron un presentador de televentas, un jurado de reality y un filtro de discoteca de moda.

Llegaron al borde de la tremenda avenida. Ancha. Dos enormes calzadas de ida y vuelta que a su vez se subdividían en cinco carriles cada una. Por el sitio donde debían cruzar había un flujo constante de carros que aparecían uno tras otro en interminable caravana. No se veían semáforos por ninguna parte.

En ese momento se habían unido al grupo los espíritus (o lo que fueran) de un vendedor gringo de carros usados, un influencer especializado en chismes de farándula y un biciusuario al que se le veía la ropa interior. 

Entretanto, la fila de vehículos en movimiento seguía. Carros, motos, buses, camiones. Nunca paraba. Segundo tras segundo, minuto tras minuto, rato tras rato, hora tras hora, el río de automotores copaba la avenida en una procesión inacabable. Cualquier intento de llegar al otro lado donde pasaban, vacíos, los buses marcados con el aviso “Directo cielo” era, sencillamente, imposible.

Eso sí, al anden llegaban más y más vivos en uso de buen retiro.  Entre otros, el creador de una pirámide financiera, el jefe de atención al cliente de una empresa de servicios y un fabricante de armas.

Al principio Figueroa se lo tomó con tranquilidad. Pero horas después esta dio paso a la angustia. De la angustia pasó al desespero, y del desespero a la rabia. No era lógico. Estaba a 100 metros de la felicidad eterna. ¿Por qué no podía llegar a ella?

Entonces se le ocurrió mirar quiénes conducían los automotores que conformaban el perpetuo flujo vehicular.

Eran de color rojo, con cuernos, y una sonrisa maléfica.

Figueroa entendió su destino. El infierno era cruzar una calle… a la hora pico. La hora pico eterna.

miércoles, 10 de junio de 2026

Todos somos Miranda Peláez

Hubo épocas en las cuales conjugar el verbo comprar implicaba desplazamiento obligatorio a locales comerciales. En el lugar respectivo se establecía una relación entre dos personajes. El rol de cada uno dependía de su ubicación. Delante del mostrador, el (la) cliente. Detrás del mostrador la (el) vendedora.

El cliente era feliz cuando encontraba un producto que satisfacía su necesidad y coincidía con sus expectativas de calidad y precio. La vendedora era feliz cuando el cliente se convertía en comprador.

El autor material de las Amilcaradas pasó parte de su vida detrás de un mostrador. Allí interactuó con muchos clientes y también con muchos (aunque no tantos) compradores. Pero no son estos los que motivan el presente texto. Son una categoría que nunca faltaba en el trajín diario del almacén. Los Miranda Peláez.

Lo de “los” es porque andaban en gavilla. La familia completa de papa, mamá, hijos, hijas, tías, primos, abuela y perro y el encargado de cuidar al perro afuera (en esos tiempos no existían los locales pet friendly). O patotas de amigos y amigas (por separado o revueltos), de compañeros de trabajo, de estudiantes sospechosamente ausentes de las aulas o de representantes de cualquier otro grupo social.

Iban con todo. Preguntaban precios, calidades, orígenes, usos, colores, texturas, garantías, tamaños y cualquier otra opción posible. Pedían ver no solo uno, sino varios de los productos comercializados por el local de turno. Discutían con el vendedor (a), discutían entre ellos y discutían con otros clientes.

Solían llegar en el momento más complicado posible. Pocos minutos antes del cierre que se extendía por aquello de que el cliente siempre tiene la razón. En días y horarios especialmente congestionados. Justo cuando la vendedora (or) estaba a punto de salir a almorzar, terminar su turno o con ganas de ir al baño.

Pero algo los distinguía de cualquier otro grupo de clientes. Algo que nunca, jamás, de ningún modo, never en la puerca life hacían. No importaba el tiempo que estuvieran en el negocio,  la cantidad de mercancía que revisaran, las preguntas interminables que debía responder el personal de atención. Ellos no compraban. 

No compraban nada. Solo miraban. Por eso cuando finalmente abandonaban el almacén, o incluso en voz baja mientras aún estaban ahí les pusieron un nombre. La familia Miranda.

Aclaración necesaria. Existían clientes con comportamientos parecidos pero con una diferencia clave. Aquellos que tras torturar al vendedor (a) de turno no desaparecían para siempre. Semanas, días e incluso horas después volvían. En plan de compradores. Entonces se llevaban parte o hasta mucho de lo que habían observado detalladamente en su primera vista.

En cambio, los Miranda jamás regresaban. Aunque no había forma objetiva de verificarlo, los trabajadores del comercio asumían que se trataba de una cuestión de poder adquisitivo. Eran los Miranda… y Peláez. Estaban arruinados, vaciados, en la pitadora, ilíquidos, pelados. De ahí lo de Peláez 

El autor de las Amilcaradas lidió con estos personajes muchas veces. Pero tiene que hacer una confesión. Él mismo, alguna vez (o demasiadas) estaba desprogramado en compañía de amigos, colegas o familiares. Entonces salieron hacia cualquier zona comercial para observar y preguntar por mercancías que no tenían ninguna intención de (ni medios para) comprar, por lo menos en el mediano o corto plazo.

Es un hecho. Todos hemos sido Miranda Peláez.