miércoles, 29 de julio de 2026

Gritos, mímica, mentiras, familia y fijos

Hace años (no tantos) el teléfono era un electrodoméstico. Uno para toda la casa. Le decían fijo porque no podía desconectarse del cable enchufado a la pared. Solo había una forma de saber quién llamaba: contestando. Hoy el teléfono es multiusos, individual, portátil y te dice quién llama. Es posible ignorar o rechazar la comunicación, así como bloquear al que marcó. Y si es un mensaje de texto, se deja en visto.

No suena muy educado pero es efectivo y eficiente. Soluciona el problema con un esfuerzo mínimo. Hace años el procedimiento no era tan productivo.  Eso sí, era mucho más interesante y divertido

Riinnng riinnng riinnng. Primer grito. Generalmente maternal. ¡Alguien que conteste que estoy ocupaadaaa!

Riinnng riinnng riinnng riinnng riinnng rii… ¿Haló? Un momento. Segundo grito. ¡Maríiaaa. al teléeeeefonooo!

No pasa nada. Tercer grito. ¡MARÍIIIIIIA! QUE LA NECESITAN AL TELÉEEEEFOOOONOOOO!

María y el resto de la familia viven en una casa de dos pisos. El teléfono está en el primero y María puede estar en el segundo nivel, en el patio, en el cuarto más alejado, en el garaje, en la cocina, en el baño o en cualquier otro lugar donde no oye, o donde realiza tareas inaplazables que le impiden contestar.

Para eso están las estaciones repetidoras. El hermanito en el segundo piso se suma al llamado. ¡Maríiiiiaaaa. que tiene una llamada! De alguna parte surge una voz femenina. ¡Voooooyyyy!

Suenan pasos. Finalmente aparece María. Comienza la comunicación.

Esa no. La otra. María gesticula pero no habla. Vocaliza algo. Mueve las manos hacia adelante. Se lleva una de las extremidades al oído derecho mientras gira la otra. Frunce la nariz. Abre los ojos y arruga las pestañas. Contestador de turno se demora un poco pero finalmente entiende el mensaje.

Haló, eh, que pena, ¿de parte de quien? ¿Juan qué, perdón? Juan Pérez, sí, espere un momento.

El rostro de María se descompone. Levanta los brazos y con las palmas abiertas cruza los antebrazos, los separa, los cruza, los separa mientras voltea la cara y hace la señal se negación con la cabeza. Contestador de turno pone cara de impaciencia. Con una mano sostiene el auricular y con la otra gesticula. 

María vocaliza algo. Contestador no entiende. Ella lo dice en voz baja. Contestador no oye. Este le hace la señal manual de espere. Palma abierta al frente moviéndola hacia atrás y hacia adelante. No suelta el auricular, pero con la mano libre bloquea la bocina. La aleja de su cuerpo el máximo posible. María se le acerca y le susurra algo al oído. Contestador la mira feo. María le responde con cara de por favor.

Haló. Es que María no está. Ya buscamos por toda la casa. No, no sé a que horas llega. ¿Le deja alguna razón? Espere busco donde anotar…. Haló. Que lo llame. ¿Ella tiene el número? Yo le digo apenas la vea.

Contestador cuelga. Está bravo. Estoy harto de estas vainas. Para que le da el número a los tipos si después a mí me toca andarla negando.

María no responde pero pone cara de gracias. De le debo una. Total, solo es cuestión de tiempo para que la escena se repita, pero con los roles invertidos.

miércoles, 22 de julio de 2026

Relajación en las alturas

El trabajo lleva a Rojas a una ciudad donde funciona un cable aéreo. Circula mediante el movimiento interminable de cabinas que los usuarios abordan o abandonan en cada estación. En la que le corresponde a Rojas suben él y una señora, de esas a quienes les gusta meterle conversación al trayecto.

¿Usted sabe cuándo le hacen mantenimiento a esto? Yo monto casi todos los días y nunca lo he visto parado en el día. Comienza como a las 5 de la mañana y yo no sé a qué horas lo apagan pero una vez lo cogí como a las 10 y 30 de la noche. Imagínese. Ese cable moviéndose todo el tiempo. Los motores funcionando. Las cabinas con gente entra que sale, sale que entra. ¿Será que eso no se gasta? Me imagino que sí. Como todo. 

Rojas nunca se había subido a una cosa de esas. A duras penas entiende como funciona. Solo le pareció una forma barata, novedosa, interesante y relajante de quemar tiempo mientras llegaba la hora de su vuelo de regreso. No contesta nada, pero está seguro de que debe existir algún esquema de mantenimiento. 

Sabe qué, estoy diciendo mentiras. A veces se para. Le pasó a mi vecina. Pobrecita, ella es muy nerviosa y de repente esta cosa deja de moverse. Y mira para abajo y claro, ese vacío tan grande. Hay un timbre, véalo, para llamar uno en caso de emergencia. Alguien llamó, lo atendieron y les dijeron que tranquilos, que eso no se demoraba. Pero a mi vecina le parecieron horas aunque parece que la cosa solo duró unos minutos.

Rojas se concentra en el paisaje. Edificios, montañas, nubes. Pero no puede reprimir una mirada hacia abajo. Un vacío de muchos metros sin nada diferente de la cabina entre los pasajeros y el lejano piso.

Y que tal una de afán y esta cosa parada. Ahí sí ni modo de hacer lo que hace una cuando se vara el bus. Cómo hace para bajarse y coger otro. Sí, es mucho el tiempo el que se ahorra en cada recorrido, pero si llegara a pararse queda una como y ahora qué hago. Que tal que tenga que coger un avión, esos no esperan.

De todos los recorridos posibles, Rojas había elegido el más largo. Repasa la hora de su vuelo. Mira el reloj.  

Es que imagínese a los que les da mareo. Y a la gente con miedo a las alturas. Los que tienen nosequefobia*. De repente mi vecina es así, aunque si es así quien la manda de boba a subirse a un aparato de estos.

Rojas suelta un ajá de vez en cuando por aquello de no parecer mal educado. Pero ya no mira hacia abajo.

Yo no sé si cuando esto se para y hay viento fuerte las cabinas se mueven. O qué pasa si hay un temblor de tierra. Imagínese si esto se mueve y algún mareado no aguanta y vomita. Uno encerrado con esos olores. Es que ni siquiera tiene que vomitar. Con que a alguien se le salga un gas ya todos llevan del bulto.

Instintivamente Rojas se lleva la mano al estómago. Apreta la manilla de la que está agarrado hace rato.

Por acá nunca ha pasado nada grave, gracias a Dios, pero una nunca sabe. Llegamos. Que le vaya muy bien.

Rojas siente un vaiven. Probablemente imaginario, porque la vecina ni se mosquea. Sale de la cabina con una sensación de alivio al pisar tierra firme. Pasa varios minutos embobado mirando los mecanismos del cable. Mira el reloj con cara de me va a dejar el avión.  Respira mientras siente que algo le cruje en las tripas.

Parecía una forma barata, novedosa, interesante y relajante de pasar el rato. Y sí, fueron tres de cuatro, Pero en este caso, tres de cuatro sí estuvo mal.

*Acrofobia. Fobia a las alturas (primera acepción RAE)

miércoles, 15 de julio de 2026

Devoradores de segundos

El desayuno se demora en llegar, el jugo se va por el camino viejo lo que agrega minutos de tos a su consumo, el agua de la ducha se mantiene fría más segundos que de costumbre, a la hora de lavarse los dientes toca traer crema nueva desde el escaparate de los productos de aseo. Tic tac, tic tac.

Pero Jacinto tiene tiempo para llegar a su cita médica. Incluso maneja un margen de seguridad. Se viste rápidamente en orden metódico. Primero la ropa interior. Luego la camisa. Después los pantalones. Posteriormente el saco. Enseguida las medias.

Termina con las botas. Caña alta. Múltiples agujeros para los cordones. Entran los de abajo. Entran los de la caña. Hora de anudar. Izquierda lista. Va la derecha. El borde de la agujeta (herrete) perdió el plástico y se ha deshilachado. No entra. Hay que enrollarle la punta. Una vez. Otra. Otra. Tic tac, tic tac.

Finalmente lo logra. Hace el nudo. Mira el reloj. Ya perdió el margen. El tiempo es justo. Cualquier demora adicional y llegará tarde. No le extraña.

Jacinto presume de su puntualidad. Hace todo lo posible por anticiparse a los horarios. Organiza. Programa. Madruga. Entonces ellos atacan. Los devoradores de segundos.

Antes de salir de su casa el ser humano realiza múltiples acciones pequeñas, sencillas e inevitables. Rutinas de aseo. Presentación personal. Organización de elementos (necesaria o compulsiva). Alimentación. Habrá particularidades según el tipo de persona, pero todos saben de lo que estamos hablando.

En circunstancias normales cada una de esas actividades se despacha en pocos minutos. A menos que...

Los objetos de la vida diaria se esconden. Misteriosamente. El estuche de las gafas no tiene gafas. El cargador carece de teléfono conectado, o no es posible conectar el teléfono porque no se ve el cargador por ninguna parte. Las llaves de la casa, del carro, de la oficina, se esfumaron. Finalmente todo aparece, pero cada objeto hay que buscarlo donde no debería estar. Tic tac, tic tac.

Imprevistos exóticos se atraviesan en las rutinas diarias. La cremallera del pantalón se traba en plena subida. El botón de la camisa sale volando al atravesar el ojal. El cabello se vuelve rebelde a la hora de la peinada.  El pequeño corte durante la afeitada no deja de gotear sangre. Se evidencia un agujero en la media, después de ponérsela. Todo es solucionable. Pero es tiempo adicional no programado. Tic tac, tic tac.

El café se derrama sobre el documento importante del día. Hay que imprimir otro. El sanitario no descarga adecuadamente al primer intento. Hay que soltar el agua una, dos, tres veces más. Entra esa llamada que toca atender, sí o sí. El reloj de pulso se para. Hora de cambiar pila y ajustar. Tic tac, tic, tac.

Tomados individualmente, cada hecho no implica mayor demora. Pero cuando pasan, pasan todos. Y van consumiendo, segundo a segundo, los márgenes de tiempo necesarios para que Jacinto llegue, sin prisas y puntualmente, a su destino.  Las salidas tranquilas se convierten en carreras contra reloj. Es el ataque de los devoradores de segundos.

La ventaja es que no pasa todos los días.

Solo cuando el hombre, real y justificadamente, tiene afán. Tic tac, tic tac, tic tac.

miércoles, 8 de julio de 2026

33 preguntas escuchadas después del partido

Se acabó. Eliminaron a Colombia del Mundial. Y en casas, negocios, centros comerciales, reuniones informales y de las otras primero hubo un silencio a mil voces, hasta que alguien preguntó. ¿Preguntó qué? Algo como lo que viene a continuación.

    1. ¿Cuántas cuotas es que nos faltan para pagar ese televisor?

    2. ¿Y usted desde cuando fuma?

    3. ¿Y ahora a quien le vendemos todas esas camisetas?

    4. Lo de esa apuesta no era en serio, ¿cierto?

    5. ¿Quién se quiere llevar el trago que sobró?

    6. ¿Usted no me dijo algo hace unos días de que tenía que repetir el semestre, o algo así?

    7. ¿Entonces, mañana sí hay que venir a trabajar?

    8. ¿Alguien sabe cómo se borra un tatuaje de Lucho Díaz?

    9. ¿Cómo era eso de que nos descuadramos para lo del arriendo?

    10. ¿Será que ahora sí podemos conversar lo de la vaca para el pasaje de vuelta de Estados Unidos del primo Alberto?

    11. ¿Quiénes son ustedes y quién los invitó a mi casa?

    12. ¿Y yo por qué tengo que ayudar con la cuenta, si los acabo de conocer, no bebí nada y solo me senté acá porque era la única silla libre?

    13. ¿Y entonces, de qué sirvió tanta gritadera?

    14. ¿Que pagó ¡cuánto! por esa camiseta?

    15. ¿Qué hay de bueno en cine esta semana?

    16. ¿Entonces ahora sí me van a desocupar la sala?

    17. ¿Señorita, puedo cancelar de una vez la suscripción al servicio de TV, o me toca esperar a que termine el Mundial? ¿Cuántos meses mínimo me dice?

    18. ¿Quiénes me van a ayudar con este desorden?

    19. ¿Cuándo vamos a lo de las vacunas? ¿Son para el perro, cierto? ¿Para los niños?

    20. ¿Dónde vamos a guardar las vuvuzelas, los banderines, las banderas del carro, los sombreros, y los panitas? ¿Con lo de la Copa América o lo del Mundial de Rusia?

    21. ¿Qué más hay para ver en televisión?

    22. Yo sé que yo invité pero...¿será que me pueden ayudar con lo de la comida y el trago?

    23. ¿No les dije que eso siempre nos pasa?

    24. ¿Pero por lo menos llenamos el álbum?

    25. A ese techo le hace falta un poco de pintura, ¿cierto?

    26. ¿Para cuando fue que reprogramamos la reunión de trabajo?

    27. ¿Y qué hay para la comida?

    28. ¿Alguien sabe de programas de vacaciones recreativas o algo así para ocupar a estos muchachos hasta el 19 de julio?

    29. ¿Tiene gafas nuevas? ¿Hace cuanto? ¿Un mes? ¿En serio?

    30. ¿Y desde aquí cómo volvemos a la casa?

    31. ¿Cuándo vuelve a jugar Colombia?

    32. ¿Alguien sabe dónde está mi camiseta de Argentina?

    33. ¿De verdad está llorando? ¿Por un partido?

miércoles, 1 de julio de 2026

El dueño

Como buen perro de la calle su árbol genealógico es un verdadero matorral repleto de inusuales y exóticas combinaciones. El resultado final se ve como gozque, camina como gozque, huele a gozque, se comporta como gozque, o sea que es un criollo colombiano. De esos a los que les dicen gozques.

Profundizar en detalles de raza, pedigree, ascendencia o genética sería tesis de grado para veterinario. Preferiblemente en maestría. Idealmente en doctorado con aspiraciones de Nobel

Resulta que los interesados en la ciencia médica que se ocupa de diagnosticar, prevenir y curar todo tipo de enfermedades o lesiones que afecten a animales domésticos, silvestres o de producción (gracias Euroinnova) tienen mejores cosas que hacer. Esa es la razón por la cual ese tema se suma a la lista de misterios que rodean al can en mención.

Es cierto que en ocasiones algún vecino o transeúnte le ofrece alimento. Pero nunca en cantidad y frecuencia suficiente para suplir sus necesidades. Sin embargo, no se le ve flaco ni desnutrido. ¿Cómo lo hace? Nadie sabe. Es más, se da el lujo de ignorar parte de las donaciones proteicas. 

Permanece la mayor parte del día echado en diferentes puntos de sus dominios. El clima de la hora determina si busca sol o sombra. Cuando llueve se levanta (despacio, siempre despacio) se sacude sin esforzarse demasiado y se dirige hacia algún punto cercano donde pueda escampar. Así es su vida mientras está visible, porque otro enigma es cuando desaparece horas, días, semanas. O por siempre

Para los residentes y transeúntes habituales hace rato que se volvió paisaje. Muchos lo vieron, lo ven y lo verán. Es el habitante cuasipermanente de ese sector, de ese punto específico..

No es egoísta. No molesta para nada a quienes utilizan, pasan, o se detienen momentáneamente en el lugar. Jamás le han visto ladrar, gruñir o mirar feo a otro ser vivo.

Una vez se acomoda para su descanso interminable pueden transcurrir a su lado manifestaciones, partidos de fútbol, espectáculos teatrales o musicales, peleas, discusiones, ensayos, prácticas, ferias, fiestas o cualquier otra actividad. Por mucho, si la acción se acerca demasiado, se levantará perezosamente y buscará un lugar más tranquilo donde echarse a disfrutar de su existencia. Afán no tiene. Nunca.

Todos conocen su nombre porque no responde a ninguno. Cada persona interesada lo bautiza como quiere.

De vez en cuando un visitante ocasional del barrio, comuna, caserío, pueblo o ciudad se fija en él. Le toma fotos. Le hace videos. Intenta jugar con el perro. Este no le hace caso. Tímidamente trata de acariciarlo.  El animal no opone resistencia. No le gusta ni le molesta. Simplemente no le importa. El foráneo consulta a algún residente local sobre la “mascota”. Siempre recibirá la misma respuesta. Un día apareció. Llegó de ninguna parte. Sin hacer ruido. Sin presentarse. Sin aspavientos. De repente estaba ahí. Y ahí se quedó.

Puede que para el ordenamiento territorial el parque, plaza, playa, calle, cuadra, acera, esquina sea espacio público. Puede que en ninguna notaría figure escritura que establezca derechos de propiedad.

No importa. Ese lugar es su feudo, su hábitat, su comarca, su demarcación, su dominio, su ámbito.

El perro es el dueño. Y punto.

miércoles, 24 de junio de 2026

Tendencias radicales a la hora de levantarse

La casa, el barrio, la ciudad, el país, el continente y el mundo están divididos en bandos irreconciliables. Un momento específico del día ha puesto a los seres humanos en posiciones extremas, opuestas, contradictorias y excluyentes. Su escenario natural es el más íntimo: la pareja, la familia, el hogar, la habitación. El momento temporal es el amanecer, incluso cuando aún reina la oscuridad.

Solo hay que levantarse de la cama y el conflicto se manifiesta. Para unificar la terminología del asunto acudo al Diccionario de Americanismos, primera acepción:  Tender: Disponer en orden los implementos de una cama, como las sábanas, las cobijas o las colchas. Efectivamente. Están los y las que tienden la cama en automático apenas se levantan; y los y las que dejan el embrollo de sábanas, cobijas y almohadas sin tocar durante el día, solo para hacer ajustes mínimos en la noche que permitan reutilizar el mueble involucrado.

Para los primeros, hacer la cama (otra forma de decirlo) no es una simple rutina doméstica. Es parte de su esencia existencial. Si se levantan, pasan minutos —o incluso segundos— y el lecho no se ha tendido, viven una tragedia. Esa voz interna que suena a manifestación les amarga la vida. No pueden iniciar ninguna actividad hasta cuando el mueble queda debidamente ordenado, en una combinación estético-cromática que alinea milimétricamente sábana, sobresábana. almohadas, cubrelecho, cobijas, pijama y cojines. 

El recién levantado no siempre coincide con quien tiende la cama. Sobre todo en actividades externas al hogar. A veces la tarea corresponde a personal de servicio, parientes o espontáneos. Pero no importa quien esté encargado.  Cuando la persona responsable no aparece, o aparece pero no actúa, el tendedor crónico no se aguanta y lo hace él mismo. Aplica para casa ajena, hamacas, hoteles, airbnb, moteles, carpas, glamping y residencias por horas. Él o ella no salen hasta dejar el tálamo organizado adecuadamente.

Al otro extremo viven los que nunca tienden. Bajo ninguna circunstancia. Son madrugadores o se levantan tarde. Andan acelerados o en cámara lenta. Su personalidad es creativa o pragmática. Viven solos, en familia o comparten residencia con otras personas. Nada de esto los define. Lo que los agrupa es su motivación. O la carencia de ella. Porque simple y sencillamente no les importa si la cama está tendida o no.

En su infancia y adolescencia tal vez les tocó arreglar el dormidero acatando órdenes de autoridad superior, generalmente familiar. Pero jamás crearon un hábito. Horas de cantaleta materna sobre el tema entró por un oído y salió por el otro. Y la cama ahí. Destendida.

Hay quienes se levantan y dejan el lecho y sus alrededores en statu quo. Almohadas caídas, nudo de cobijas y sábanas, colchón atravesado, nada importa. Otros se deslizan cual serpiente para que cama, cobijas y demás queden con todo relativamente en su sitio, pero arrugado, desordenado y asimétrico.

Cuando el destino pone ambas posiciones bajo el mismo techo el conflicto es inevitable. Hasta los mejores amigos terminan enfrentados si todas las mañanas se ven (y tratan) mutuamente como un maniático obsesivo del orden contra un anarquista irresponsable desordenado.

Para aquellas parejas que comparten cama el asunto pasa por etapas. En la fase romántica no importa, pero con el tiempo vienen los comentarios sueltos, las conversaciones cada vez más incómodas y las discusiones ruidosas, esas que pueden desembocar en convivencias problemáticas, separaciones o divorcios. Son crisis de pareja que demandan acciones urgentes. Es necesario tender puentes entre las partes en conflicto.

O tender esa cama.

miércoles, 17 de junio de 2026

El infierno no se detiene



Nota de la Redacción. Retomamos con actualizaciones algo escrito a finales del siglo pasado. Se supone que casi 30 años después algunas referencias ya no estarían vigentes. Se supone... 

Durante su vida,  Figueroa distó mucho de ser un santo. Mujeriego, vicioso, mentiroso, irresponsable y patán, lo que dejó entre sus conocidos difícilmente podría catalogarse como buenos recuerdos.

Con semejante prontuario, su muerte, para ser sinceros, no entristeció a muchos. El  deceso llegó una noche cuando la monumental borrachera de turno le impidió ver ese camión que venía bajando ese puente.

Durante la breve fracción de segundo antes del tiestazo definitivo, Figueroa se dio cuenta de que su vida había sido un desastre y que, si existía un infierno, él sin lugar a dudas clasificaba.

Pero después de aparecer en ese extraño hotel ubicado en medio de nada, donde compartía espacio con cavernícolas, conquistadores españoles, reyes chibchas, profesoras de mecanografía, vendedores de enciclopedias y otras especies extintas, sintió que el sitio, aunque apretado, no podía ser el infierno.

Su sorpresa fue más grande cuando el tipo (o la vieja) de alas lo llamó a su oficina y le dijo: “Mañana, a partir de las seis pasan por la avenida los buses al cielo. Usted tiene cupo. Hay uno cada quince minutos. El paradero queda en la acera de enfrente”.

Así que al otro día salió temprano, dispuesto a tomar su transporte e instalarse en calidad de residente permanente en la eternidad celestial. No iba solo. Lo acompañaban quienes en vida fueron un presentador de televentas, un jurado de reality y un filtro de discoteca de moda.

Llegaron al borde de la tremenda avenida. Ancha. Dos enormes calzadas de ida y vuelta que a su vez se subdividían en cinco carriles cada una. Por el sitio donde debían cruzar había un flujo constante de carros que aparecían uno tras otro en interminable caravana. No se veían semáforos por ninguna parte.

En ese momento se habían unido al grupo los espíritus (o lo que fueran) de un vendedor gringo de carros usados, un influencer especializado en chismes de farándula y un biciusuario al que se le veía la ropa interior. 

Entretanto, la fila de vehículos en movimiento seguía. Carros, motos, buses, camiones. Nunca paraba. Segundo tras segundo, minuto tras minuto, rato tras rato, hora tras hora, el río de automotores copaba la avenida en una procesión inacabable. Cualquier intento de llegar al otro lado donde pasaban, vacíos, los buses marcados con el aviso “Directo cielo” era, sencillamente, imposible.

Eso sí, al anden llegaban más y más vivos en uso de buen retiro.  Entre otros, el creador de una pirámide financiera, el jefe de atención al cliente de una empresa de servicios y un fabricante de armas.

Al principio Figueroa se lo tomó con tranquilidad. Pero horas después esta dio paso a la angustia. De la angustia pasó al desespero, y del desespero a la rabia. No era lógico. Estaba a 100 metros de la felicidad eterna. ¿Por qué no podía llegar a ella?

Entonces se le ocurrió mirar quiénes conducían los automotores que conformaban el perpetuo flujo vehicular.

Eran de color rojo, con cuernos, y una sonrisa maléfica.

Figueroa entendió su destino. El infierno era cruzar una calle… a la hora pico. La hora pico eterna.

miércoles, 10 de junio de 2026

Todos somos Miranda Peláez

Hubo épocas en las cuales conjugar el verbo comprar implicaba desplazamiento obligatorio a locales comerciales. En el lugar respectivo se establecía una relación entre dos personajes. El rol de cada uno dependía de su ubicación. Delante del mostrador, el (la) cliente. Detrás del mostrador la (el) vendedora.

El cliente era feliz cuando encontraba un producto que satisfacía su necesidad y coincidía con sus expectativas de calidad y precio. La vendedora era feliz cuando el cliente se convertía en comprador.

El autor material de las Amilcaradas pasó parte de su vida detrás de un mostrador. Allí interactuó con muchos clientes y también con muchos (aunque no tantos) compradores. Pero no son estos los que motivan el presente texto. Son una categoría que nunca faltaba en el trajín diario del almacén. Los Miranda Peláez.

Lo de “los” es porque andaban en gavilla. La familia completa de papa, mamá, hijos, hijas, tías, primos, abuela y perro y el encargado de cuidar al perro afuera (en esos tiempos no existían los locales pet friendly). O patotas de amigos y amigas (por separado o revueltos), de compañeros de trabajo, de estudiantes sospechosamente ausentes de las aulas o de representantes de cualquier otro grupo social.

Iban con todo. Preguntaban precios, calidades, orígenes, usos, colores, texturas, garantías, tamaños y cualquier otra opción posible. Pedían ver no solo uno, sino varios de los productos comercializados por el local de turno. Discutían con el vendedor (a), discutían entre ellos y discutían con otros clientes.

Solían llegar en el momento más complicado posible. Pocos minutos antes del cierre que se extendía por aquello de que el cliente siempre tiene la razón. En días y horarios especialmente congestionados. Justo cuando la vendedora (or) estaba a punto de salir a almorzar, terminar su turno o con ganas de ir al baño.

Pero algo los distinguía de cualquier otro grupo de clientes. Algo que nunca, jamás, de ningún modo, never en la puerca life hacían. No importaba el tiempo que estuvieran en el negocio,  la cantidad de mercancía que revisaran, las preguntas interminables que debía responder el personal de atención. Ellos no compraban. 

No compraban nada. Solo miraban. Por eso cuando finalmente abandonaban el almacén, o incluso en voz baja mientras aún estaban ahí les pusieron un nombre. La familia Miranda.

Aclaración necesaria. Existían clientes con comportamientos parecidos pero con una diferencia clave. Aquellos que tras torturar al vendedor (a) de turno no desaparecían para siempre. Semanas, días e incluso horas después volvían. En plan de compradores. Entonces se llevaban parte o hasta mucho de lo que habían observado detalladamente en su primera vista.

En cambio, los Miranda jamás regresaban. Aunque no había forma objetiva de verificarlo, los trabajadores del comercio asumían que se trataba de una cuestión de poder adquisitivo. Eran los Miranda… y Peláez. Estaban arruinados, vaciados, en la pitadora, ilíquidos, pelados. De ahí lo de Peláez 

El autor de las Amilcaradas lidió con estos personajes muchas veces. Pero tiene que hacer una confesión. Él mismo, alguna vez (o demasiadas) estaba desprogramado en compañía de amigos, colegas o familiares. Entonces salieron hacia cualquier zona comercial para observar y preguntar por mercancías que no tenían ninguna intención de (ni medios para) comprar, por lo menos en el mediano o corto plazo.

Es un hecho. Todos hemos sido Miranda Peláez. 

miércoles, 3 de junio de 2026

La edad es solo un número

No. Adolfo no se siente viejo. O por lo menos no “tan” viejo. No todavía.

Es cierto que, cumplidos requisitos de edad y cotización, pasó a ser beneficiario del sistema pensional. 

Es cierto que prioriza aquellas actividades que puede desarrollar sin moverse (o por lo menos, sin alejarse demasiado) de su casa.

Es cierto que su círculo de amigos y parientes (sobre todo contemporáneos o mayores) tiende a reducirse.

Es cierto que, en cambio, aumentan sus relaciones profesionales con el honorable cuerpo médico y afines.

Pero aún mantiene su capacidad mental intacta, entrenada a través de los años con trucos mnemotécnicos.

Adolfo es bueno para los números. Al terminar la universidad comenzó a interesarse en política. Aunque había alcanzado la mayoría de edad hace rato, ese año votó por primera vez. Cerca a su casa. Mesa 15. 

No recuerda cuál elección era, por quien votó, si ganó o perdió. Él tiende a relacionar hechos con cifras. Así olvide los detalles. Así que cada vez que hay procesos electorales en su vida el 15 aparece en su mente.

Otro guarismo es 5,96. Corresponde a la nota (sobre 10) que obtuvo en Física en grado 10, gracias a la cual pasó al grado 11. Mucho tiempo después se encontró con su antiguo profesor, ya jubilado. Tomaba café con algunos amigos, igualmente retirados. 5,96 pasó a ser la representación numérica de pensionados aburridos echando tinto y carreta. 

Doce fue el número del cubículo asignado en su primer empleo. Doce se convirtió en la cifra que Adolfo relaciona con experiencia laboral. Cada vez que alguien habla de trabajo, el 12 se proyecta en su mente.

Para proponerle matrimonio a la que hoy es su esposa, la invitó a cenar a restaurante fino. Después de la entrega del anillo y demás arandelas, canceló $117.228 (servicio incluido). Así quedó como número del amor, de la pareja y de la familia.

Ahora que Adolfo disfruta de su jubilación, 12 se ha vuelto un número de apóstoles, de compras de fruta y pan, de cajas de huevos y de meses del año, de esos que pasan sumándole calendarios a la existencia. Ante la abundancia de tiempo libre se reúne con viejos amigos alrededor de una taza de café. Cada vez con mayor frecuencia. En promedio 5 veces por semana, aunque cada vez se acerca más al 6.

También comparte tiempo con la familia, que ya no solo incluye a su esposa sino a sus hijos, sus respectivas parejas y, por supuesto, los nietos. El 117.228 se ha multiplicado.

Como buen ciudadano, siempre cumple con su deber cívico. Hace poco votó. En su país, las mesas electorales se asignan por el número de los documentos de identificación, en orden ascendente. A mayor edad, menor es la cifra que identifica el punto adonde debe acudir el interesado.

Adolfo participó cerca a su casa. Por primera vez le tocó la mesa 1. Esa donde sufragan los más viejos. 

Es cierto que, después de ese día, Adolfo se siente viejo.  

miércoles, 27 de mayo de 2026

El nacimiento de una pasión

Tiene entre tres y cuatro años. Duerme. Empiezan los ruidos. Primero un rumor que, lentamente, crece en frecuencia e intensidad. Esa intensidad y la permanencia de los sonidos lo sacan, poco a poco, del mundo de los sueños.  Son voces.  Somnoliento, el pequeño se levanta de la cama en busca del origen del escándalo. 

El universo de Efra tiene varios habitantes permanentes. Él está todo el día con la señora grande a la que le dice mamá. Ella lo despierta. Lo baña. Lo viste. Le da de comer. Juega con él. Lo consuela cuando llora. A veces lo lleva donde otras señoras grandes y otros niños y niñas. O esas señoras y los niños van a su casa.

Por la tarde llegan los hermanos mayores. No son tan grandes como papá y mama. Se visten igual todos los días menos los sábados y domingos. Hablan con mamá de algo que se llama colegio. Ella le dice a Efra que en unos años él también irá.

Está el señor grande al que le dice papá. Ese que solo ve los fines de semana. A veces lo oye, de noche. Cuando están juntos le dice cosas que él no entiende. Lo alza y lo hace reír. Algunos fines de semana salen a pasear con la mamá y los hermanos mayores.

También hay tíos y tías. A Efra le gusta que vayan porque traen dulces y juguetes. Y porque llevan a los primos para jugar. Otra cosa que le gusta es ir donde los abuelos. La abuela es una señora con la cara arrugada. Siempre tiene cosas ricas para comer. El abuelo es un señor grande, pero no tanto como papá. Tiene la cabeza como un helado y muchos pelos en la cara. Habla poquito.

Los grandes nunca están todos juntos. Pero en la noche de los ruidos. Efra siguió la bulla hasta la sala del televisor. Ahí estaban. Todos con una camiseta del mismo color. Con banderas. Papá. Mamá. Hermanos, tíos, abuela, abuelo, primos. Hacían cosas raras.  Hablaban, pero no entre ellos, sino con el aparato de televisión. Más bien contra el aparato. Lo regañaban, lo insultaban, le rogaban. Se cogían la cabeza con las manos y vociferaban palabrotas que Efra nunca había escuchado. Había sillas pero se paraban a cada rato.  Uno de los hermanos se comía las uñas. El otro hermano se acurrucaba en un rincón del sofá con cara de susto. Los primos repetían un estribillo. Una tía parecía a punto de llorar.  

Efra no olvida lo que pasó entonces. Todos fijaron los ojos en el aparato, se levantaron. Pusieron cara de angustia, emitieron gritos ahogados. Decían cosas como dele, así, ese es, hágale, ahora, péguele. Hasta que las voces se integraron en una sola, con otra palabra que él jamás había oído. Gol.

No, no fue gol. Fue algo así como ¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOLLLLLLLLLLLLL!

Todos celebraron. A grito herido. Hubo abrazos. Saltos. Puños al aire. Metamorfosis de rostros preocupados a caras alegres. De repente Efra estaba en medio de la fiesta. Papá lo tenía alzado. Mamá lo besaba. Los tíos, tías, primos, hermanos, abuela, abuelo festejaban. Algo muy importante acababa de pasar. 

…Don Efraín ha visto muchos goles desde ese día. A favor y en contra. Jugó fútbol, lo siguió apasionadamente, coleccionó álbumes. Lo gozó, lo sufrió y ahora se prepara para ver otro mundial.

Pero nada supera los recuerdos borrosos e imágenes sueltas de esa noche. Sabe que fue un partido de la selección. ¿Amistoso?, ¿eliminatoria?, ¿campeonato? Ni idea. ¿Contra quién? Menos. ¿Importa? Para nada. 

Ese fue su primer gol de hincha. De tele hincha. Su primer éxtasis futbolístico. Así nacen las pasiones.

miércoles, 20 de mayo de 2026

Una sola letra y todo cambia


Pasa en buses, aviones, trenes y colectivos. En salas de espera y filas. Durante encuentros momentáneos de transeúntes que no se conocen. En tiempos de mensajes instantáneos, pocos logran (pocos logramos, dice la tarjeta) controlar el impulso de leer mensajes en el teléfono... del vecino. 

Como es una lectura intrusiva, clandestina, rápida y de reojo, leemos mal. Una sola letra es suficiente. No hay espacio para la segunda mirada. Menos para preguntar. Van 41 ejemplos. Lo que leímos y lo que realmente decía. 
  1. Para el bebé tenemos que empacar tetero, puñales y chupo. (pañales)

miércoles, 13 de mayo de 2026

Esas madres que pocos conocen (y 2)

(Viene de la primera parte)

Maternalismo geográfico

En todos los países del mundo hay madres, En Cuba son palizadas o conjuntos de leña colocados en orden para hacer carbón. En Honduras se le llama a un insecto madre de culebra.

Por acá en Colombia, en los Llanos Orientales, se habla de madreviejas, que son ríos secos a cuyas orillas cantan los paujiles. En la costa Atlántica existió la expresión madre del caimán, refiriéndose a la progenitora poco cordial con sus hijos. La denominación viene de la leyenda que acusa a los caimanes de devorar a sus hijos al nacer.

Los geógrafos del mundo también han recurrido con bastante frecuencia a la madre. La Madre de Dios, además de la Virgen María, es un río, una isla, un arrabal de la ciudad española de Logroño y un archipiélago chileno. Hay una sierra Madre en México y otra en Filipinas. El país de los aztecas y los Estados Unidos tienen sus lagunas Madre. Una región de Argentina recibe el nombre de Madrevieja.

Tres madres en la mente

El apoyo de la madre es trascendental, pero no solo para los hijos. Es importante para las estructuras que dependen de un madero madre. Es importante para los tubos de alcantarillas y acequias que van a dar a un tubo madre dentro de los sistemas de desagüe de las grandes ciudades.

Es que la madre es algo muy grande. Tanto que el Lexicón de Colombianismos la define como algo "descomunal, atroz, estupendo, formidable, terrible, usado enfáticamente..." (qué despelote tan madre).

Todo ser humano tiene mínimo tres madres en su mente. La mujer que lo trajo al mundo y dos membranas que protegen el cerebro: la duramadre y la piamadre. Las aves, por su  parte, poseen una madrecilla situada entre el ovario y el ano. Es allí donde se forman la clara y la cascara de los huevos, en lo que popularmente se conoce como huevera.

Es mucho lo que se ha escrito a esta mujer. Pero lo que pocos conocen es que si no fuera por una madre los discos de vinilo no existirían. Para el ingeniero acústico la madre es aquella matriz que moldea esta antigua modalidad de grabación y reproducción musical que ha tomado un nuevo aire en tiempos recientes.

Madres locas y del cacao

En la Edad Media, los burgueses de la ciudad de Dijon (Francia) crearon una sociedad bufa que se dedicaba a realizar representaciones satíricas. Viajaban de ciudad en ciudad dando a conocer sus farsas. Se llamaban la Sociedad de la Madreloca.

Lo que le pasó a los alegres muchachos de la Madreloca es algo que solo la historia sabe. Pero el destino de otras madres sí es más conocido. Las madreperlas, por ejemplo, son aquellas conchas que residen en el fondo de los mares intertropicales y dan origen a las joyas esféricas que han inspirado a poetas y tentado a piratas.

Grandes hombres han sido hechura de sus madres. Muchas plantas de cacao también. Los hondureños han llamado madre del cacao a una falsa acacia que cultivan junto al vegetal que origina el chocolate, con el fin de darle forma a su enclenque mata.

La mitología del campesino colombiano tiene su buen surtido de madres. Está la Madre del Agua, una mujer hermosa que se roba a los adolescentes y los lleva a su casa, ubicada en el fondo del río.

También están la Madremonte y la Madreselva. La primera es una señora que se representa de diversas formas, algunas poco agradables (con colmillos y cubierta de hojas). Ella practica una dieta de niños recién nacidos. Lo hace en venganza por la destrucción que el hombre hace de la naturaleza. La segunda es una joven misteriosa que cuida a los niños buenos y se lleva a los malos,

Sin embargo, la que más mala prensa acumula es la madre política, o sea la suegra. Y con los avances de la ciencia moderna, desde hace años se habla de la madre probeta y de la madre que arrienda su vientre.

Literatura y algo más

Para los escritores, la madre ha sido una inspiración constante. Una novela de Máximo Gorki (Rusia), un drama de Santiago Rusiñol (España)  y un poema de Giovanni Cena (Italia) llevan este nombre.

Gamar Katiba, poeta armenio, escribió una composición llamada “Madre Araxes”. Friedrich Hebel (Alemania) le cantó a las progenitoras en “Madre e hija”. Emilia Pardo Bazán (otra vez España) hizo un extenso relato titulado "Madre naturaleza" y Max Halbe (más Alemania) narró la historia de "Madre Tierra".

Son muchísimas más las personas que han definido la madre, que le han cantado y escrito libros. Una de ellas, el obispo chileno Ramón Ángel Lara, redactó una página en prosa que se ha convertido en clásico y que resume la personalidad de las progenitoras. Este texto que comienza: "Hay una mujer que tiene algo de Dios...”

miércoles, 6 de mayo de 2026

Esas madres que pocos conocen (1)


Nota de la redacción.  Hace como 40 años cometimos este texto, que retomamos (ligeramente ajustado para adaptarlo a tiempos presentes) con motivo del día y mes de la madre. Como es bastante largo, va en dos partes. Una va hoy y la otra la próxima semana. Gracias por leer y, como siempre, comentarios y aportes son bienvenidos.

Madre no hay más que una, sostiene un antiguo proverbio. Sin embargo, la Real Academia de la Lengua no piensa lo mismo, ya que en su diccionario el término madre tiene 18 significados diferentes.

No son las única acepciones que recibe la maternal palabra. Hay madres que se han convertido en cordilleras. Otras son apellidos. Algunas se utilizan en la minería o forman parte de nuestra corteza cerebral.

Hay madrecillas, madremontes, madres de agua, madreperlas, madreviejas, madrelocas, madres de culebra, madres cacao y lenguas madre. Para el penalista del Siglo XIX, una madre de familia era algo diferente de lo que es ahora. Y si le preguntamos a un médico qué hacer con la madre de niños, posiblemente recete un medicamento para la enfermedad que recibe este nombre.

El sustantivo que nombra a la mujer que le da la vida a la especie humana puede ser un espíritu infernal que se roba a los niños para comérselos. O una sociedad bufa de la Edad Media. Para el ingeniero acústico es un tipo especial de molde. Para el llanero es un río seco y para el jinete, un paso especial que siguen los caballos que aún no han sido amaestrados.

Lo que encierra una palabra

El término madre viene del latín mater. Por un curioso fenómeno lingüístico muchas lenguas, incluidas las que no son romances utilizan expresiones similares (mother en inglés, mama en ruso. Hasta en chino y coreano suena la m en el nombre).

La madre no da únicamente hijos. También origina palabras derivadas al por mayor. Comadre, comadrona, madrastra, madriguera, madrina, maternal, maternidad, materno, matriarcado, matricida, matriz, matrona y metrópoli, se encuentran entre los “hijos” de este matrimonio (otro derivado) entre la madre y el idioma.

La Real Academia de la Lengua en su diccionario incluye 18 significados. Hay de todo tipo. Desde el poco poético pero bastante significativo de “Animal hembra que ha parido una o más crías”, hasta el que habla de "Alcantarilla o cloaca maestra”.

Se dice que ser madre es un honor. Además puede ser un título. Es la mención que se le otorga a las religiosas o a las personas que en hospitales y casas de recogimiento están a cargo del manejo. Asi también se les llama a las ancianas de un pueblo, sin importar su estado civil presente o pasado, o su historial médico en lo que a procreación se refiere.

Los caballos que no han sido entrenados tienen un trotecito corto denominado “Paso de la madre”. En los barriles de vino, mosto o vinagre también hay madres. Es el nombre que reciben los residuos  asentados en el fondo de los recipientes.

Dime qué haces y te diré y qué madre tienes

Para el abogado del siglo 19, la madre de familia era aquella que vivía en su casa honestamente y tenía buenas costumbres, aunque no engendrara. Existía la madre sacrílega, que era la que daba a luz al hijo de un religioso o que paría formando parte de una comunidad católica.

En cambio, el químico moderno habla de las aguas madre, que son las que restan de una solución salina que se ha hecho cristalizar. Por su parte, en tiempos pasados los médicos atendían de vez en cuando el denominado mal de madre, nombre atribuido a diferentes dolencias (algunas bastante curiosas, por no decir cuestionables) que afectaban a las mujeres.

Los mineros colombianos denominaban madres a las piedras que se encontraban reunidas al oro cuando terminaba el proceso de lavado. Si necesitaban sacarle brillo a algo metálico recurrían a la madre del oro, piedra que se utilizaba para estos menesteres.

Los lingüistas se refieren al latín como lengua madre de los idiomas conocidos como romances. Y los historiadores latinoamericanos le endilgaron a España el apelativo de Madre Patria.

(Continuará)

miércoles, 29 de abril de 2026

La enciclopedia ambulante pasa al uso de buen retiro

El tío Paco duerme poco. Se levanta temprano a pasear por el prado aledaño a la finca donde se ha reunido la familia. Inusualmente, un par de parientes, niño y niña, también han madrugado y se unen al caminante.

El pasto está húmedo. Paco le explica a los pequeños que eso no es lluvia, sino un fenómeno llamado rocío.

Como no tienen a la mano sus teléfonos, los menores escuchan con atención e interés.

Paco viaja mentalmente a su infancia. Mientras otros contemporáneos jugaban en la calle, trepaban árboles y cometían travesuras a espaldas de los adultos, él leía. Es más. Dicen que el hombre leyó una enciclopedia. No un capítulo, no una entrada, no un tema específico, ni siquiera un tomo. No. La enciclopedia completa.

Abundan testimonios sobre los datos que el lector aportaba en las conversaciones con amigos y familiares. Apuntes interesantes o respuestas a preguntas sobre objetos y actividades de la vida cotidiana. 

Antes del partido, Paco hablaba del inventor del balón. Después del cine referenciaba un clásico con argumento similar, actores y director incluidos. Mientras comían pizza explicaba el origen de la palabra. 

Como el tipo no se extendía ni pretendía dictar cátedra, sus aportes eran tan bienvenidos como efímeros. Datos curiosos, sí, pero olvidables e intrascendentes. 

De hecho, pudo habérselos inventado. Eran tiempos sin inteligencia artificial, sin aplicaciones, sin redes osciales y, sobre todo, sin alguien tan desocupado como para ponerse a verificar lo que Paco decía.

Precisamente, el éxito de los comentarios anecdótico-histórico-científicos decayó lenta pero inexorablemente por cuenta de la tecnología. Internet. Wifi. Dispositivos. Información disponible 24/7.

Por ejemplo, surgía una consulta sobre por qué el pan se llama pan.  Mientras Paco preparaba su respuesta, alguien ya la había encontrado. Primero en un portátil, después en una tableta, luego en teléfonos inteligentes que hacían lo mismo pero cabían en un bolsillo. 

Aunque nunca lo expresó públicamente, Paco extrañaba esos breves momentos de sabiduría de salón que lo convertían en centro de atención.

Por eso se sintió especialmente feliz ante la oportunidad de enseñarles a dos pequeños sobre la humedad mañanera que venía de la condensación del aire en clima frío.

Esa cuyos efectos eran similares a los de una leve llovizna.

Una leve llovizna que rápidamente aumentó en volumen y frecuencia.

Que oscureció el cielo y, acompañada de truenos y relámpagos, descargó toda su furia de aguacero mientras el tío y los niños corrían a buscar refugio.

Así terminó el último intento de Paco para ejercer como enciclopedia ambulante.

Disuelto en agua.

miércoles, 22 de abril de 2026

El himno de los caídos


Algunos viven a diario 
la maldición del caído 
pues sin importar horario 
al piso son atraídos. 

Es la situación graciosa 
para los que tienen vista 
el único que no goza 
es el gran protagonista. 

Él predestinado está. 
Tropieza, resbala o patina 
y aunque mucho esfuerzo haga 
siempre en el piso termina. 

En cámara lenta se ve 
ese momento preciso 
los brazos mueve con fe 
mientras choca contra el piso. 

No importa si mira al cielo 
o los ojos clava en tierra 
su destino está en el suelo 
cuando menos se lo espera. 
 
Obstáculos sobresalen
en el piso traicionero 
sus piernas no le obedecen 
después del choque certero. 

O es un hueco inesperado 
el que atraviesa su ruta 
llevando al predestinado 
a una caída absoluta. 
 
La lluvia humedece asfaltos 
dejándolos resbalosos 
y en vez del seguro salto 
pisa en falso y hace el oso. 
 
Cuando va acompañado 
cae sin pedir permiso 
sus amigos preocupados 
lo descubren en el piso. 

Un día en un recorrido 
él se esfumó de repente 
dejó a todos sorprendidos 
por su ausencia reciente. 

Una alcantarilla explicó 
la ausencia inesperada 
donde el sujeto cayó 
ya que estaba destapada. 

Todo el tiempo a él le pasa 
siempre algo similar 
todo cuidado fracasa 
ante su insólito azar. 

Lo legal siempre es su estado 
vive con honestidad 
pero termina enredado 
con la ley de gravedad. 

Se sueltan de vez en cuando 
los cordones del zapato 
así lo van enredando 
hasta mandarlo al asfalto. 

Si en la distancia saluda 
y un segundo se descuida 
siempre necesita ayuda 
pues es fija la caída. 

Ningún deporte domina 
porque ocurre cada vez 
es que en el suelo termina 
hasta jugando ajedrez. 

Y si de espaldas se mueve
sin vigilar donde pisa
en un tiempo mas bien breve
se cae y el golpe avisa.

Para escaleras bajar 
tiene estilo particular 
él no suele caminar 
sino rodar y rodar. 

Vive con muchos raspones 
pero nada de fracturas 
una de sus condiciones 
es una osamenta dura. 

Cuando el suelo es el destino 
no es problema masculino 
pues el fatídico sino 
es también del femenino.  

Muchas viven sus caídas 
en rutinarias acciones 
porque andan por la vida 
en traidores tacones. 

Y aunque en los tiempos actuales 
ya no usen zapato alto 
no importan los materiales 
ahí las espera el asfalto. 

Si con ropa nueva sale 
se sabe predestinada 
estrenar prenda equivale 
a una caída anunciada. 
 
Curiosa es la situación 
que viven ellas y ellos 
porque entre más altos son 
más veces caen al suelo. 

Quien este himno interpreta 
no pretende ser poeta 
solo rendir homenaje 
dedicado al personaje 
cuyo destino decreta 
de jeta contra el planeta.

miércoles, 15 de abril de 2026

Extremo tardío

De tanto leer historias de aventuras a Gabriel le dio por vivir su propio gesta. No pudo dedicarse a la piratería en Malasia. No pudo buscar tesoros en islas escondidas. No pudo descender por un volcán camino al centro de la Tierra. Tampoco pudo enrolarse en el cuerpo de mosqueteros del rey de Francia.

El joven lector vivía lejos del mar, de los volcanes y de Francia. Los únicos Reyes que conocía eran la familia de enfrente. En cambio tenía cerca montañas dignas de exploración y recorrido. Así que un día escogió un cerro: se echó morral a la espalda con una muda de ropa, agua y comida; e inició su epopeya particular.

Como eso pasó hace 80 años, Gabriel trastoca muchos detalles cada vez que cuenta la historia. Pero hay partes que no cambian. Se perdió. La comida y el agua se acabaron. Estuvo deambulando un par de días, sin tener idea donde estaba, hasta el feliz encuentro con unos campesinos que lo devolvieron a la civilización.

La desastrosa experiencia y la muenda que le dio su papá por volarse sin permiso lo alejaron del mundo de la aventura. Mucho tiempo después surgió una industria a la que le pusieron deportes extremos. Actividades de alta exigencia física y cierto nivel de riesgo real para la salud del practicante. Aventuras a la medida. Actividades que a Gabriel nunca le habían interesado. Hasta ahora.

Como los años no pasan gratis, la cercanía al primer siglo de vida terminó por pasarle factura a la movilidad del sujeto. Para trayectos largos (cualquier salida de casa clasifica como tal) debe utilizar una silla de ruedas y, por ende, alguien que lo acompañe ejerciendo el verbo empujar. La labor se la turnan parientes, amigos, personal de atención y espontáneos. 

Los familiares, sobre todo los más jóvenes, tienen clara su prioridad. No es la silla. Es el teléfono. Trabajan a dos manos. Con una empujan y con la otra atienden una llamada o miran alguna cosa en el celular. En movimiento. Levantando ocasionalmente la mirada. Casi todo el tiempo. O todo. 

Los parientes más maduros o los amigos también hablan, pero con Gabriel. Son animadas conversaciones mientras recorren andenes y calzadas. Las anécdotas, las preguntas, los chismes, todo eso que implica un buen diálogo y que puede distraer (y lo hace) a quien, en la práctica, es responsable de la movilidad y seguridad del usuario de la silla móvil.

Otra situación. El pésimo estado de muchos andenes los convierte en una verdadera trocha repleta de obstáculos para los peatones. Y en vías intransitables para Gabriel y su paseador de turno. Entonces es inevitable bajar a la calzada. La misma por donde andan los carros. Los buses. Las tractomulas. Las motos.

Claro, existen rutas exclusivas para vehículos de tracción humana (o de baja velocidad) de dos o hasta tres ruedas. De vez en cuando se ve a Gabriel debidamente empujado mientras recorre esos caminos. A su lado pasan patinetas, motos eléctricas. corredores en entrenamiento y una que otra carreta de reciclador.  También muchas bicicletas. Por algo las llaman ciclorrutas. 

A estas alturas de la vida, Gabriel toma las cosas como vienen y siempre les busca el lado positivo. Por eso cada salida a la calle se ha convertido en un desquite de esa aventura fracasada en su ya lejana juventud. Porque sin ninguna intención (o quien sabe) los comportamientos de sus acompañantes o la realidad de la infraestructura urbana convirtieron las salidas en silla de ruedas en algo mucho más interesante.

Un deporte extremo.   

miércoles, 8 de abril de 2026

Ese tal Habermas y yo, dice Don Arturo

Jürgen Habermas (1929-2026)
By Wolfram Huke, http://wolframhuke.de
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Se murió Habermas. Los que saben de eso se han dedicado a destacar su importancia. Arturo no sabe de eso. Lo que sí sabe es que para él, en diversos momentos de su vida, el tal Habermas fue importante. 

En el barrio había un combo de amigos. Al crecer la vida los fue dispersando. Pero no del todo,  Periódicamente se reunían bajo cualquier disculpa lo que, inevitablemente, terminaba en abundantes consumos etílicos. Durante uno de esos encuentros, el que llamaban Caradestopa y estudiaba algo terminado en ía (filosofía, antropología, sociología, nunca se supo con claridad) les presentó a Habermas.  

Arturo no recuerda detalles. Solo sabe que había mucho licor, Caradestopa echaba mucha carreta y en más de una ocasión habló de un tal Habermas. Y que al otro día, de ese Habermas apenas le sonaba el nombre.

Por esa misma época Arturo inició su propia formación profesional. Ingeniería. Números, máquinas, obras. El mundo real. La Mona, una compañera, escogió como materia opcional Filosofía Contemporánea.  El joven se sentía atraído (por La Mona, no por la filosofía) así que hizo otro tanto. Ella se retiró por problemas económicos. Él quedó atrapado en algo que no le gustaba, no comprendía, y cuyo profesor lo aburría mediante interminables peroratas alrededor del pensamiento humanista con énfasis en un tal Habermas. 

El estudiante hizo su mejor esfuerzo.  Intentó entender en clase. No pudo. Intentó leer directamente al autor. Tampoco entendió. Buscó a Caradestopa. No le entendió nada. Terminaron borrachos. Fracasó en la vocacional. En otro semestre se pasó a Taller de Ebanistería y le perdió por siempre la pista a La Mona.

Años después, Caradestopa se graduó y armó fiesta. La reunión juntó parientes, viejos amigos y colegas. Arturo aterrizó, como escucha, en una conversación de barbudos. En algún momento dos de ellos se trenzaron en tremenda discusión sobre algo llamado acción comunicativa y ética discursiva. 

Aburrido como ingeniero en pelea de intelectuales, Arturo decidió retirarse. Uno de los conversadores (el que iba perdiendo el debate) lo agarró como escudo mientras tomaba un segundo aire… “¿Y usted qué opina? ¿Debemos asumir el discurso ignorando el componente procedimentalista de Habermas?”.

En el mundo de Arturo opinar era defender su equipo de fútbol, discurso las bobadas que decían los políticos, componentes las piezas de un computador y procedimiento una lista de instrucciones. Al unir todas las ideas lo único que atinó a responder fue un largo e interminable Uhmmm...

Por suerte, Caradestopa apareció y se lo llevó a otro grupo, donde le presentó a Patty. La conversación entre los dos jóvenes fluyó sobre diversos temas. Cine, televisión, viajes, lugares, artistas y lecturas, que fue cuando ella inocentemente comentó: “Ahora estoy leyendo el último libro de Habermas, ¿tú ya lo leíste?

Han pasado muchos años. Arturo no lo ha leído todavía. Terminó y luego ejerció su carrera con éxito. Se casó con la mujer de su vida (no fue Patty). Tuvo hijos. Ellos lo llaman Papá. Le dieron nietos. Esos que le dicen Abuelo. Otras personas, ajenas al círculo familiar, se refieren a él como Don Arturo.

El nieto mayor, tras una exitosa gestión como edil de su comunidad, ahora quiere ser concejal. El patriarca  y su descendiente conversan seguido. No siempre en términos cordiales. No es por las diferencias de edad, ni por los contextos culturales diferenciados, ni por el abismo generacional, ni por las posturas ideológicas. 

Es que Don Arturo está mamado de que su nieto cite todo el tiempo a un tal Habermas.

miércoles, 1 de abril de 2026

Palabras de amor

GEC es lo que en otros tiempos llamaban solterón. Para librarse del apelativo solo había que casarse. Pero si pasaban los años sin boda la denominación cogía fuerza. El solterón a secas evolucionaba a “el” solterón. El solterón de la familia, el solterón de la oficina, el solterón del barrio, el solterón del pueblo.

Actualmente la gente no se casa. La gente tiene pareja. Agregarle ceremonia con sacerdote, pastor, rabino, juez o notario al asunto es opcional. Así que GEC no es un solterón, sino alguien que no ha tenido pareja. O por lo menos pareja estable. Lo suyo es una opción de vida. Libre desarrollo de la personalidad. Él escogió. 

Mentira. Él no escogió. Lo suyo es cuestión de estrategia. Estrategia de comunicación. De las que no funcionan. Supongamos que en el mundo quedan solo una mujer (cualquiera) y un hombre, GEC. Se encuentran. El tipo habla. La especie humana se extingue para siempre.

Situación 1. A GEC no le salen las palabras. Lo poco que dice aleja en vez de acercar. Le pasa cuando le gusta, está enamorado (o cualquier variante intermedia) de su interlocutora. Esa primera cita, ese encuentro casual, ese espacio inesperado o planeado siempre termina en un desastre comunicacional. 

La teoría clásica habla de un emisor, un receptor, un canal y un mensaje. En todos los casos donde GEC es el emisor y el mensaje es “tú me interesas”, la receptora no entiende nada o recibe otro mensaje. El mensaje de que este tipo es como medio tarado, no entiendo lo que me quiere decir, qué le pasa a este man, por qué no me quedé en mi casa, o por favor, necesito que alguien me saque de aquí.

Diga lo que diga GEC, siempre pierde. Su palabra es la soga del ahorcado. Y él es el ahorcado. La facilidad de expresión muere frente a aquella que lo atrae. Su intelecto desaparece y solo musita estupideces, porque ni siquiera es capaz de vocalizar adecuadamente. Es un desastre. Y él lo sabe.

Situación 2. La buena noticia es que a veces se destraba la caja y GEC empieza a hablar. ¿Y eso cómo funciona? Fácil, no funciona. Interrumpe a su interlocutora. Corta las conversaciones. Responde con monosílabos a preguntas que pudieron dar pie a un buen diálogo. Se extiende innecesariamente en tópicos insulsos como el clima, el color de las cortinas, o algún tema técnico relativo a su profesión que ni siquiera a él le importa. Profundiza con lujo de detalles descripciones relacionadas con su estado de salud, situaciones donde escasea la higiene o anécdotas desagradables de amigos, parientes y, lo que es peor, propias.

Solo es cuestión de tiempo para llegar a los silencios eternos. La otra parte se queda callada y mira hacia todas partes. Está incómoda. Necesita irse. Algunas simplemente lo hacen. Cuando no, se agarran de cualquier excusa para escapar. Se zambullen con desesperación en su teléfono inteligente. Buscan conversación con un mesero, alguien de otra mesa, el perrito de la zona pet friendly. Tienen recuerdos instantáneos de actividades inaplazables que deben hacer en ese momento. Solo quieren una cosa. Largarse.

Cierto, posiblemente a todos les ha pasado por lo menos una vez. O dos, hasta tres. Pero a GEC le pasa todas las veces. En cambio, en otros escenarios la coordinación entre sus palabras e ideas es perfecta. Un manejo verbal ideal, hasta conquistador, pero no para las personas adecuadas. 

En ocasiones surge, medio en serio y medio en broma, la pregunta  ¿Y usted por qué no tiene pareja? GEC responde de forma detallada, clara, precisa, grandilocuente y convincente.

Y siempre cambia la mentira.

miércoles, 25 de marzo de 2026

Teoría de la memoria inútil

Algunos psicólogos hablan de tres tipos de memoria: implícita, explícita y funcional. Como un aporte a sus investigaciones planteamos otra categoría, ausente de la literatura científica pero presente en muchos de nosotros; la memoria inútil.

Me explico. El 8 de enero de 1976 tomé gaseosa en una tienda. Mi mente, como una película, proyecta ese instante con todo detalle. Las características del negocio, la niña que me atendió, la forma como sacó la bebida para destaparla y alcanzármela. La pregunta de si quería pitillo. Mi negativa. La mano tomando la botella y llevándola a la boca. Fin.

Ustedes se preguntarán qué tuvo de especial esa bebida para engrosar mis evocaciones personales. ¿Fue acaso la primera vez? ¿Había algo singular en esa tienda? ¿Esa niña detrás de la vitrina era la primera imagen de mujer en un corazón de niño?

La respuesta es de un prosaico deprimente. No. Era sólo un adolescente tomando gaseosa. A eso se refiere la memoria inútil. En el disco duro, además de momentos trascendentales, alegres, tristes o especialmente complejos, archivamos, con alta fidelidad, momentos total, incuestionable y realmente insulsos.

Viajamos mentalmente a la mañana lluviosa en la que teníamos pereza de ponernos las medias. Al enviar un saludo navideño a un viejo ex compañero lo vemos a nuestro lado en un examen de historia donde no pasó nada raro. 

Recordamos esa viejita que pasó frente a nosotros una tarde de julio a principios de los noventa (esa que jamás volvió a cruzarse en nuestro camino). Podemos describir el almuerzo que tuvimos algún día de 1985 (carne, papa, garbanzo, arroz, leche y bocadillo) o la forma como estábamos vestidos en una jornada típica de 1990. 

Visualizamos con claridad el segundo segmento después de comerciales de un capítulo de El Hombre Nuclear, aunque a estas alturas del partido ni sabemos, ni nos importa, cómo comenzó o terminó ese programa. 

Del incontable número de canciones publicitarias que han pasado por la vida hay dos o tres que tarareamos de vez en cuando, aunque corresponden a productos que jamás consumimos y actualmente ni siquiera existen.

Situaciones, personas, lugares, hechos, sonidos que en nada definieron lo que somos hoy en día, están ocupando neuronas. 

Es como un texto insulso, inútil, que nada le aporta al lector, aunque tampoco le hace daño y a veces le arranca una sonrisa. 

Esos recuerdos son algo así como… como las Amilcaradas.

Corte final a comerciales. Superamos las 50 mil visitas. Informes aquí.


lunes, 23 de marzo de 2026

Breve concesión al ego del autor

El 24 de enero de 2008 lo que en principio iba a ser una herramienta pedagógica cambió de objetivo. Ese día nacieron las Amilcaradas con dos publicaciones: Mi enemigo el control y Pasajeros el vacío.

Pasaron 18 años, un mes y 23 días (o algo así) y este blog acaba de superar las 50 mil visitas. Es una cifra ridícula en comparación con las que acumula en un solo día cualquier influencer, pero es un resultado que al autor lo hace bastante feliz. 

Este es el momento adecuado para decir GRACIAS (así, en mayúsculas y resaltado) a todo el personal que le ha sacado tiempo al día para dedicarlo a este traficante de sonrisas 

Y, por cierto, esas primeras Amilcaradas no han perdido vigencia.

miércoles, 18 de marzo de 2026

Revelaciones embarazosas

Pacho sabe hoy muchas cosas que ayer ignoraba. Sabe que Isabel y Gonzalo se casaron cuando ella ya tenía dos meses de embarazo, situación que en su momento ignoraban sus padres, pero era conocida por Cristina y por Elena.

Se enteró de que la abuela de Isabel estaba haciendo fuerza para que su siguiente nieto no fuera niño, pero en cambio la mami sí quería que el hijo de la pareja fuera de sexo masculino. Tanto que hizo una peregrinación a la iglesia del 20 de julio, sede del Divino Niño, al parecer con resultados positivos.

También supo que Liliana estaba segura de que iba a ser niño, profecía que anticipó desde cuando tuvo noticia de la situación. Lili, como la llama Isabel, tiene algo de bruja, porque de alguna manera no solo anunció correctamente el sexo, sino que también fue de las primeras en notar el embarazo.

Pacho aumentó sus conocimientos con la enorme alegría que la noticia le originó a Fernando, el que más tarde recogería a la pareja. Es contagiosa, porque Isabel está muy feliz de que él también lo esté.

Otro dato novedoso son los detalles que interesan a Miguel, el médico, quien pidió copia de la ecografía, preguntó si la madre había tenido alguna molestia, hizo una consulta técnica que no le pudieron responder pero van a averiguar y recomendó un medicamento para ciertos malestares,  menores pero incómodos.

Ahora Pacho aprendió los nombres que llevan los tres hijos de Cristina, aunque es claro que ninguno de ellos será el que le pondrán al primogénito de Isabel y Gonzalo. De  hecho todavía no han pensado en el tema, que aplazaron hasta enterarse de si sería niño o niña. Tampoco están muy seguros de si será primogénito o hijo único, otra decisión que quedó en el departamento de pendientes.

Pacho también comprendió en parte la molestia de Elena, que deseaba organizar una fiesta de revelación de género donde toda la familia se enterara de la noticia. Sin embargo Isabel la calmó ofreciéndole estudiar la opción de hacer el gender reveal party para algunos amigos y además le insinuó que su colaboración iba a ser indispensable en los baby shower.

Los que sí es claro para Pacho es que nada puede opacar la inmensa alegría de la joven pareja, quienes en los próximos días iniciarán la compra masiva de ropa y elementos decorativos para su bebé, debidamente acompañados de las respectivas madres o suegras, según el punto de vista de cada uno.

Cabe anotar que Pacho jamás en su vida había visto a Isabel y a Gonzalo y existe una posibilidad bastante razonable de que nunca se los vuelva encontrar. Si llegara a ocurrir sería una coincidencia. Claro que puede pasar. También fue una coincidencia lo que aconteció en la sala de espera de la institución prestadora de servicios de salud (IPS).

Mientras Pacho aguardaba el llamado para una revisión médica de rutina, la pareja salió de la ecografía. Se sentaron. Isabel quedó justo al lado de Pacho (al otro lado estaba Gonzalo). 

La futura madre sacó su teléfono y arrancó a comunicarse con Cristina, Elena, la abuela, la mami, Liliana, Fernando y Miguel (entre otros), a quienes informó del resultado mediante animadas conversaciones cuya escucha, tan involuntaria como inevitable, aumentó significativamente el acervo de conocimientos de Pacho.

Conocimientos inútiles, sin duda. Pero interesantes y hasta divertidos sí son.

miércoles, 11 de marzo de 2026

El mister

John sale de su hotel. Planea caminar por la playa y tomar algunas fotografías para su archivo personal.

A la misma hora, cerca de la playa, Ramón instala su puesto de atención al turista. Se trata de una mesa portátil surtida de productos misceláneos. Incluye gafas oscuras, bronceador. sombreros, llaveros alusivos a la ciudad (made in China), collares artesanales (también made in China) chanclas y pañoletas.

John duda sobre cuál ruta tomar. A lo lejos se divisan muchos buques pequeños, lo que sugiere yates, posiblemente una marina. Hacia el otro lado se ven edificaciones. Finalmente se decide por esta opción. 

Ramón está tranquilo aunque el día avanza y los posibles clientes no aparecen. No pasa nada que no fuera previsible. Es temporada baja. Mata el tiempo conversando con la vendedora de fritos y con el de los helados. A ellos si les llegan compradores. Ventajas de que sus productos también interesen a los locales.

John camina despacio. Saca algunas imágenes de paisajes. Escasea la gente. Le interesa registrar a los lugareños, los personajes locales, pero hasta ahora solo ha encontrado turistas. 

La de los fritos le advierte a Ramón que ahí viene su oportunidad de bajar bandera. Típico gringo. Alto, tez blanca enrojecida por el sol, cabello claro. Una cámara gigantesca colgándole del cuello. Camiseta de colores chillones, tenis, pantalón hasta la rodilla y, por supuesto, medias blancas. Puede que le compre algo, que necesite orientación sobre puntos fotografiables en la ciudad o que se interese en alguno de los servicios que Ramón promociona bajo comisión, como paseos en lancha, restaurantes o transporte.

John duda sobre empezar a disparar su cámara. En sus viajes ha tenido experiencias negativas y positivas cuando toma fotos sin pedir permiso. Algunas veces no pasa nada, otras hasta le posan (lo cual a él no le gusta, prefiere la espontaneidad) pero también lo han regañado e incluso una vez lo amenazaron.

Apenas John se acerca lo suficiente, Ramón despliega su arsenal propagandístico.

“Oye, qué necesitas, en qué te puedo ayudar. Mira, aquí tengo recuerdos por si quieres llevarle a tu familia o si necesitas algo para protegerte del sol también te lo tengo”. 

El turista se pronuncia en un lenguaje universal. Toca el borde de la cámara y señala al grupo de vendedores. Todos entienden, se juntan y sonríen mientras suenan los clics de los registros gráficos. 

Ramón lo intenta en otro idioma. Ese que combina lenguaje de señas, spanglish y estilo Tarzán. 

“Yo Ramón. City sitios bonitos yo mostrar.” Indica un punto en la distancia, donde se divisa la torre de la iglesia. “Buenos picchures”. Hace la mímica de quien se lleva una cuchara a la boca. “Fud típico”. Chasquea la lengua y eleva el pulgar. “Delisius”. Muestra una lancha fondeada a pocos metros. “Tur en barco. Poco cost”. Agarra unos llaveros en la mano izquierda y una artesanía en la derecha. “Suvenirs, dolars o pesos”. 

John se señala a sí mismo y dice “John...”

Ramón sonríe, esto tiene futuro. Jhon prosigue “...John Jairo. Me llamo John Jairo. Puede que me interese algo de lo que me está ofreciendo pero no entiendo ese idioma raro en el que me está hablando. Que tal si seguimos en español. Total, ambos nacimos en el mismo país. Y tranquilo, no es al primero al que le pasa”.