miércoles, 29 de abril de 2026

La enciclopedia ambulante pasa al uso de buen retiro

El tío Paco duerme poco. Se levanta temprano a pasear por el prado aledaño a la finca donde se ha reunido la familia. Inusualmente, un par de parientes, niño y niña, también han madrugado y se unen al caminante.

El pasto está húmedo. Paco le explica a los pequeños que eso no es lluvia, sino un fenómeno llamado rocío.

Como no tienen a la mano sus teléfonos, los menores escuchan con atención e interés.

Paco viaja mentalmente a su infancia. Mientras otros contemporáneos jugaban en la calle, trepaban árboles y cometían travesuras a espaldas de los adultos, él leía. Es más. Dicen que el hombre leyó una enciclopedia. No un capítulo, no una entrada, no un tema específico, ni siquiera un tomo. No. La enciclopedia completa.

Abundan testimonios sobre los datos que el lector aportaba en las conversaciones con amigos y familiares. Apuntes interesantes o respuestas a preguntas sobre objetos y actividades de la vida cotidiana. 

Antes del partido, Paco hablaba del inventor del balón. Después del cine referenciaba un clásico con argumento similar, actores y director incluidos. Mientras comían pizza explicaba el origen de la palabra. 

Como el tipo no se extendía ni pretendía dictar cátedra, sus aportes eran tan bienvenidos como efímeros. Datos curiosos, sí, pero olvidables e intrascendentes. 

De hecho, pudo habérselos inventado. Eran tiempos sin inteligencia artificial, sin aplicaciones, sin redes osciales y, sobre todo, sin alguien tan desocupado como para ponerse a verificar lo que Paco decía.

Precisamente, el éxito de los comentarios anecdótico-histórico-científicos decayó lenta pero inexorablemente por cuenta de la tecnología. Internet. Wifi. Dispositivos. Información disponible 24/7.

Por ejemplo, surgía una consulta sobre por qué el pan se llama pan.  Mientras Paco preparaba su respuesta, alguien ya la había encontrado. Primero en un portátil, después en una tableta, luego en teléfonos inteligentes que hacían lo mismo pero cabían en un bolsillo. 

Aunque nunca lo expresó públicamente, Paco extrañaba esos breves momentos de sabiduría de salón que lo convertían en centro de atención.

Por eso se sintió especialmente feliz ante la oportunidad de enseñarles a dos pequeños sobre la humedad mañanera que venía de la condensación del aire en clima frío.

Esa cuyos efectos eran similares a los de una leve llovizna.

Una leve llovizna que rápidamente aumentó en volumen y frecuencia.

Que oscureció el cielo y, acompañada de truenos y relámpagos, descargó toda su furia de aguacero mientras el tío y los niños corrían a buscar refugio.

Así terminó el último intento de Paco para ejercer como enciclopedia ambulante.

Disuelto en agua.

miércoles, 22 de abril de 2026

El himno de los caídos


Algunos viven a diario 
la maldición del caído 
pues sin importar horario 
al piso son atraídos. 

Es la situación graciosa 
para los que tienen vista 
el único que no goza 
es el gran protagonista. 

Él predestinado está. 
Tropieza, resbala o patina 
y aunque mucho esfuerzo haga 
siempre en el piso termina. 

En cámara lenta se ve 
ese momento preciso 
los brazos mueve con fe 
mientras choca contra el piso. 

No importa si mira al cielo 
o los ojos clava en tierra 
su destino está en el suelo 
cuando menos se lo espera. 
 
Obstáculos sobresalen
en el piso traicionero 
sus piernas no le obedecen 
después del choque certero. 

O es un hueco inesperado 
el que atraviesa su ruta 
llevando al predestinado 
a una caída absoluta. 
 
La lluvia humedece asfaltos 
dejándolos resbalosos 
y en vez del seguro salto 
pisa en falso y hace el oso. 
 
Cuando va acompañado 
cae sin pedir permiso 
sus amigos preocupados 
lo descubren en el piso. 

Un día en un recorrido 
él se esfumó de repente 
dejó a todos sorprendidos 
por su ausencia reciente. 

Una alcantarilla explicó 
la ausencia inesperada 
donde el sujeto cayó 
ya que estaba destapada. 

Todo el tiempo a él le pasa 
siempre algo similar 
todo cuidado fracasa 
ante su insólito azar. 

Lo legal siempre es su estado 
vive con honestidad 
pero termina enredado 
con la ley de gravedad. 

Se sueltan de vez en cuando 
los cordones del zapato 
así lo van enredando 
hasta mandarlo al asfalto. 

Si en la distancia saluda 
y un segundo se descuida 
siempre necesita ayuda 
pues es fija la caída. 

Ningún deporte domina 
porque ocurre cada vez 
es que en el suelo termina 
hasta jugando ajedrez. 

Y si de espaldas se mueve
sin vigilar donde pisa
en un tiempo mas bien breve
se cae y el golpe avisa.

Para escaleras bajar 
tiene estilo particular 
él no suele caminar 
sino rodar y rodar. 

Vive con muchos raspones 
pero nada de fracturas 
una de sus condiciones 
es una osamenta dura. 

Cuando el suelo es el destino 
no es problema masculino 
pues el fatídico sino 
es también del femenino.  

Muchas viven sus caídas 
en rutinarias acciones 
porque andan por la vida 
en traidores tacones. 

Y aunque en los tiempos actuales 
ya no usen zapato alto 
no importan los materiales 
ahí las espera el asfalto. 

Si con ropa nueva sale 
se sabe predestinada 
estrenar prenda equivale 
a una caída anunciada. 
 
Curiosa es la situación 
que viven ellas y ellos 
porque entre más altos son 
más veces caen al suelo. 

Quien este himno interpreta 
no pretende ser poeta 
solo rendir homenaje 
dedicado al personaje 
cuyo destino decreta 
de jeta contra el planeta.

miércoles, 15 de abril de 2026

Extremo tardío

De tanto leer historias de aventuras a Gabriel le dio por vivir su propio gesta. No pudo dedicarse a la piratería en Malasia. No pudo buscar tesoros en islas escondidas. No pudo descender por un volcán camino al centro de la Tierra. Tampoco pudo enrolarse en el cuerpo de mosqueteros del rey de Francia.

El joven lector vivía lejos del mar, de los volcanes y de Francia. Los únicos Reyes que conocía eran la familia de enfrente. En cambio tenía cerca montañas dignas de exploración y recorrido. Así que un día escogió un cerro: se echó morral a la espalda con una muda de ropa, agua y comida; e inició su epopeya particular.

Como eso pasó hace 80 años, Gabriel trastoca muchos detalles cada vez que cuenta la historia. Pero hay partes que no cambian. Se perdió. La comida y el agua se acabaron. Estuvo deambulando un par de días, sin tener idea donde estaba, hasta el feliz encuentro con unos campesinos que lo devolvieron a la civilización.

La desastrosa experiencia y la muenda que le dio su papá por volarse sin permiso lo alejaron del mundo de la aventura. Mucho tiempo después surgió una industria a la que le pusieron deportes extremos. Actividades de alta exigencia física y cierto nivel de riesgo real para la salud del practicante. Aventuras a la medida. Actividades que a Gabriel nunca le habían interesado. Hasta ahora.

Como los años no pasan gratis, la cercanía al primer siglo de vida terminó por pasarle factura a la movilidad del sujeto. Para trayectos largos (cualquier salida de casa clasifica como tal) debe utilizar una silla de ruedas y, por ende, alguien que lo acompañe ejerciendo el verbo empujar. La labor se la turnan parientes, amigos, personal de atención y espontáneos. 

Los familiares, sobre todo los más jóvenes, tienen clara su prioridad. No es la silla. Es el teléfono. Trabajan a dos manos. Con una empujan y con la otra atienden una llamada o miran alguna cosa en el celular. En movimiento. Levantando ocasionalmente la mirada. Casi todo el tiempo. O todo. 

Los parientes más maduros o los amigos también hablan, pero con Gabriel. Son animadas conversaciones mientras recorren andenes y calzadas. Las anécdotas, las preguntas, los chismes, todo eso que implica un buen diálogo y que puede distraer (y lo hace) a quien, en la práctica, es responsable de la movilidad y seguridad del usuario de la silla móvil.

Otra situación. El pésimo estado de muchos andenes los convierte en una verdadera trocha repleta de obstáculos para los peatones. Y en vías intransitables para Gabriel y su paseador de turno. Entonces es inevitable bajar a la calzada. La misma por donde andan los carros. Los buses. Las tractomulas. Las motos.

Claro, existen rutas exclusivas para vehículos de tracción humana (o de baja velocidad) de dos o hasta tres ruedas. De vez en cuando se ve a Gabriel debidamente empujado mientras recorre esos caminos. A su lado pasan patinetas, motos eléctricas. corredores en entrenamiento y una que otra carreta de reciclador.  También muchas bicicletas. Por algo las llaman ciclorrutas. 

A estas alturas de la vida, Gabriel toma las cosas como vienen y siempre les busca el lado positivo. Por eso cada salida a la calle se ha convertido en un desquite de esa aventura fracasada en su ya lejana juventud. Porque sin ninguna intención (o quien sabe) los comportamientos de sus acompañantes o la realidad de la infraestructura urbana convirtieron las salidas en silla de ruedas en algo mucho más interesante.

Un deporte extremo.   

miércoles, 8 de abril de 2026

Ese tal Habermas y yo, dice Don Arturo

Jürgen Habermas (1929-2026)
By Wolfram Huke, http://wolframhuke.de
Transferred from en.wikipedia to Commons by ojs., CC BY-SA 3.0,
 https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=3546577

Se murió Habermas. Los que saben de eso se han dedicado a destacar su importancia. Arturo no sabe de eso. Lo que sí sabe es que para él, en diversos momentos de su vida, el tal Habermas fue importante. 

En el barrio había un combo de amigos. Al crecer la vida los fue dispersando. Pero no del todo,  Periódicamente se reunían bajo cualquier disculpa lo que, inevitablemente, terminaba en abundantes consumos etílicos. Durante uno de esos encuentros, el que llamaban Caradestopa y estudiaba algo terminado en ía (filosofía, antropología, sociología, nunca se supo con claridad) les presentó a Habermas.  

Arturo no recuerda detalles. Solo sabe que había mucho licor, Caradestopa echaba mucha carreta y en más de una ocasión habló de un tal Habermas. Y que al otro día, de ese Habermas apenas le sonaba el nombre.

Por esa misma época Arturo inició su propia formación profesional. Ingeniería. Números, máquinas, obras. El mundo real. La Mona, una compañera, escogió como materia opcional Filosofía Contemporánea.  El joven se sentía atraído (por La Mona, no por la filosofía) así que hizo otro tanto. Ella se retiró por problemas económicos. Él quedó atrapado en algo que no le gustaba, no comprendía, y cuyo profesor lo aburría mediante interminables peroratas alrededor del pensamiento humanista con énfasis en un tal Habermas. 

El estudiante hizo su mejor esfuerzo.  Intentó entender en clase. No pudo. Intentó leer directamente al autor. Tampoco entendió. Buscó a Caradestopa. No le entendió nada. Terminaron borrachos. Fracasó en la vocacional. En otro semestre se pasó a Taller de Ebanistería y le perdió por siempre la pista a La Mona.

Años después, Caradestopa se graduó y armó fiesta. La reunión juntó parientes, viejos amigos y colegas. Arturo aterrizó, como escucha, en una conversación de barbudos. En algún momento dos de ellos se trenzaron en tremenda discusión sobre algo llamado acción comunicativa y ética discursiva. 

Aburrido como ingeniero en pelea de intelectuales, Arturo decidió retirarse. Uno de los conversadores (el que iba perdiendo el debate) lo agarró como escudo mientras tomaba un segundo aire… “¿Y usted qué opina? ¿Debemos asumir el discurso ignorando el componente procedimentalista de Habermas?”.

En el mundo de Arturo opinar era defender su equipo de fútbol, discurso las bobadas que decían los políticos, componentes las piezas de un computador y procedimiento una lista de instrucciones. Al unir todas las ideas lo único que atinó a responder fue un largo e interminable Uhmmm...

Por suerte, Caradestopa apareció y se lo llevó a otro grupo, donde le presentó a Patty. La conversación entre los dos jóvenes fluyó sobre diversos temas. Cine, televisión, viajes, lugares, artistas y lecturas, que fue cuando ella inocentemente comentó: “Ahora estoy leyendo el último libro de Habermas, ¿tú ya lo leíste?

Han pasado muchos años. Arturo no lo ha leído todavía. Terminó y luego ejerció su carrera con éxito. Se casó con la mujer de su vida (no fue Patty). Tuvo hijos. Ellos lo llaman Papá. Le dieron nietos. Esos que le dicen Abuelo. Otras personas, ajenas al círculo familiar, se refieren a él como Don Arturo.

El nieto mayor, tras una exitosa gestión como edil de su comunidad, ahora quiere ser concejal. El patriarca  y su descendiente conversan seguido. No siempre en términos cordiales. No es por las diferencias de edad, ni por los contextos culturales diferenciados, ni por el abismo generacional, ni por las posturas ideológicas. 

Es que Don Arturo está mamado de que su nieto cite todo el tiempo a un tal Habermas.

miércoles, 1 de abril de 2026

Palabras de amor

GEC es lo que en otros tiempos llamaban solterón. Para librarse del apelativo solo había que casarse. Pero si pasaban los años sin boda la denominación cogía fuerza. El solterón a secas evolucionaba a “el” solterón. El solterón de la familia, el solterón de la oficina, el solterón del barrio, el solterón del pueblo.

Actualmente la gente no se casa. La gente tiene pareja. Agregarle ceremonia con sacerdote, pastor, rabino, juez o notario al asunto es opcional. Así que GEC no es un solterón, sino alguien que no ha tenido pareja. O por lo menos pareja estable. Lo suyo es una opción de vida. Libre desarrollo de la personalidad. Él escogió. 

Mentira. Él no escogió. Lo suyo es cuestión de estrategia. Estrategia de comunicación. De las que no funcionan. Supongamos que en el mundo quedan solo una mujer (cualquiera) y un hombre, GEC. Se encuentran. El tipo habla. La especie humana se extingue para siempre.

Situación 1. A GEC no le salen las palabras. Lo poco que dice aleja en vez de acercar. Le pasa cuando le gusta, está enamorado (o cualquier variante intermedia) de su interlocutora. Esa primera cita, ese encuentro casual, ese espacio inesperado o planeado siempre termina en un desastre comunicacional. 

La teoría clásica habla de un emisor, un receptor, un canal y un mensaje. En todos los casos donde GEC es el emisor y el mensaje es “tú me interesas”, la receptora no entiende nada o recibe otro mensaje. El mensaje de que este tipo es como medio tarado, no entiendo lo que me quiere decir, qué le pasa a este man, por qué no me quedé en mi casa, o por favor, necesito que alguien me saque de aquí.

Diga lo que diga GEC, siempre pierde. Su palabra es la soga del ahorcado. Y él es el ahorcado. La facilidad de expresión muere frente a aquella que lo atrae. Su intelecto desaparece y solo musita estupideces, porque ni siquiera es capaz de vocalizar adecuadamente. Es un desastre. Y él lo sabe.

Situación 2. La buena noticia es que a veces se destraba la caja y GEC empieza a hablar. ¿Y eso cómo funciona? Fácil, no funciona. Interrumpe a su interlocutora. Corta las conversaciones. Responde con monosílabos a preguntas que pudieron dar pie a un buen diálogo. Se extiende innecesariamente en tópicos insulsos como el clima, el color de las cortinas, o algún tema técnico relativo a su profesión que ni siquiera a él le importa. Profundiza con lujo de detalles descripciones relacionadas con su estado de salud, situaciones donde escasea la higiene o anécdotas desagradables de amigos, parientes y, lo que es peor, propias.

Solo es cuestión de tiempo para llegar a los silencios eternos. La otra parte se queda callada y mira hacia todas partes. Está incómoda. Necesita irse. Algunas simplemente lo hacen. Cuando no, se agarran de cualquier excusa para escapar. Se zambullen con desesperación en su teléfono inteligente. Buscan conversación con un mesero, alguien de otra mesa, el perrito de la zona pet friendly. Tienen recuerdos instantáneos de actividades inaplazables que deben hacer en ese momento. Solo quieren una cosa. Largarse.

Cierto, posiblemente a todos les ha pasado por lo menos una vez. O dos, hasta tres. Pero a GEC le pasa todas las veces. En cambio, en otros escenarios la coordinación entre sus palabras e ideas es perfecta. Un manejo verbal ideal, hasta conquistador, pero no para las personas adecuadas. 

En ocasiones surge, medio en serio y medio en broma, la pregunta  ¿Y usted por qué no tiene pareja? GEC responde de forma detallada, clara, precisa, grandilocuente y convincente.

Y siempre cambia la mentira.

miércoles, 25 de marzo de 2026

Teoría de la memoria inútil

Algunos psicólogos hablan de tres tipos de memoria: implícita, explícita y funcional. Como un aporte a sus investigaciones planteamos otra categoría, ausente de la literatura científica pero presente en muchos de nosotros; la memoria inútil.

Me explico. El 8 de enero de 1976 tomé gaseosa en una tienda. Mi mente, como una película, proyecta ese instante con todo detalle. Las características del negocio, la niña que me atendió, la forma como sacó la bebida para destaparla y alcanzármela. La pregunta de si quería pitillo. Mi negativa. La mano tomando la botella y llevándola a la boca. Fin.

Ustedes se preguntarán qué tuvo de especial esa bebida para engrosar mis evocaciones personales. ¿Fue acaso la primera vez? ¿Había algo singular en esa tienda? ¿Esa niña detrás de la vitrina era la primera imagen de mujer en un corazón de niño?

La respuesta es de un prosaico deprimente. No. Era sólo un adolescente tomando gaseosa. A eso se refiere la memoria inútil. En el disco duro, además de momentos trascendentales, alegres, tristes o especialmente complejos, archivamos, con alta fidelidad, momentos total, incuestionable y realmente insulsos.

Viajamos mentalmente a la mañana lluviosa en la que teníamos pereza de ponernos las medias. Al enviar un saludo navideño a un viejo ex compañero lo vemos a nuestro lado en un examen de historia donde no pasó nada raro. 

Recordamos esa viejita que pasó frente a nosotros una tarde de julio a principios de los noventa (esa que jamás volvió a cruzarse en nuestro camino). Podemos describir el almuerzo que tuvimos algún día de 1985 (carne, papa, garbanzo, arroz, leche y bocadillo) o la forma como estábamos vestidos en una jornada típica de 1990. 

Visualizamos con claridad el segundo segmento después de comerciales de un capítulo de El Hombre Nuclear, aunque a estas alturas del partido ni sabemos, ni nos importa, cómo comenzó o terminó ese programa. 

Del incontable número de canciones publicitarias que han pasado por la vida hay dos o tres que tarareamos de vez en cuando, aunque corresponden a productos que jamás consumimos y actualmente ni siquiera existen.

Situaciones, personas, lugares, hechos, sonidos que en nada definieron lo que somos hoy en día, están ocupando neuronas. 

Es como un texto insulso, inútil, que nada le aporta al lector, aunque tampoco le hace daño y a veces le arranca una sonrisa. 

Esos recuerdos son algo así como… como las Amilcaradas.

Corte final a comerciales. Superamos las 50 mil visitas. Informes aquí.


lunes, 23 de marzo de 2026

Breve concesión al ego del autor

El 24 de enero de 2008 lo que en principio iba a ser una herramienta pedagógica cambió de objetivo. Ese día nacieron las Amilcaradas con dos publicaciones: Mi enemigo el control y Pasajeros el vacío.

Pasaron 18 años, un mes y 23 días (o algo así) y este blog acaba de superar las 50 mil visitas. Es una cifra ridícula en comparación con las que acumula en un solo día cualquier influencer, pero es un resultado que al autor lo hace bastante feliz. 

Este es el momento adecuado para decir GRACIAS (así, en mayúsculas y resaltado) a todo el personal que le ha sacado tiempo al día para dedicarlo a este traficante de sonrisas 

Y, por cierto, esas primeras Amilcaradas no han perdido vigencia.

miércoles, 18 de marzo de 2026

Revelaciones embarazosas

Pacho sabe hoy muchas cosas que ayer ignoraba. Sabe que Isabel y Gonzalo se casaron cuando ella ya tenía dos meses de embarazo, situación que en su momento ignoraban sus padres, pero era conocida por Cristina y por Elena.

Se enteró de que la abuela de Isabel estaba haciendo fuerza para que su siguiente nieto no fuera niño, pero en cambio la mami sí quería que el hijo de la pareja fuera de sexo masculino. Tanto que hizo una peregrinación a la iglesia del 20 de julio, sede del Divino Niño, al parecer con resultados positivos.

También supo que Liliana estaba segura de que iba a ser niño, profecía que anticipó desde cuando tuvo noticia de la situación. Lili, como la llama Isabel, tiene algo de bruja, porque de alguna manera no solo anunció correctamente el sexo, sino que también fue de las primeras en notar el embarazo.

Pacho aumentó sus conocimientos con la enorme alegría que la noticia le originó a Fernando, el que más tarde recogería a la pareja. Es contagiosa, porque Isabel está muy feliz de que él también lo esté.

Otro dato novedoso son los detalles que interesan a Miguel, el médico, quien pidió copia de la ecografía, preguntó si la madre había tenido alguna molestia, hizo una consulta técnica que no le pudieron responder pero van a averiguar y recomendó un medicamento para ciertos malestares,  menores pero incómodos.

Ahora Pacho aprendió los nombres que llevan los tres hijos de Cristina, aunque es claro que ninguno de ellos será el que le pondrán al primogénito de Isabel y Gonzalo. De  hecho todavía no han pensado en el tema, que aplazaron hasta enterarse de si sería niño o niña. Tampoco están muy seguros de si será primogénito o hijo único, otra decisión que quedó en el departamento de pendientes.

Pacho también comprendió en parte la molestia de Elena, que deseaba organizar una fiesta de revelación de género donde toda la familia se enterara de la noticia. Sin embargo Isabel la calmó ofreciéndole estudiar la opción de hacer el gender reveal party para algunos amigos y además le insinuó que su colaboración iba a ser indispensable en los baby shower.

Los que sí es claro para Pacho es que nada puede opacar la inmensa alegría de la joven pareja, quienes en los próximos días iniciarán la compra masiva de ropa y elementos decorativos para su bebé, debidamente acompañados de las respectivas madres o suegras, según el punto de vista de cada uno.

Cabe anotar que Pacho jamás en su vida había visto a Isabel y a Gonzalo y existe una posibilidad bastante razonable de que nunca se los vuelva encontrar. Si llegara a ocurrir sería una coincidencia. Claro que puede pasar. También fue una coincidencia lo que aconteció en la sala de espera de la institución prestadora de servicios de salud (IPS).

Mientras Pacho aguardaba el llamado para una revisión médica de rutina, la pareja salió de la ecografía. Se sentaron. Isabel quedó justo al lado de Pacho (al otro lado estaba Gonzalo). 

La futura madre sacó su teléfono y arrancó a comunicarse con Cristina, Elena, la abuela, la mami, Liliana, Fernando y Miguel (entre otros), a quienes informó del resultado mediante animadas conversaciones cuya escucha, tan involuntaria como inevitable, aumentó significativamente el acervo de conocimientos de Pacho.

Conocimientos inútiles, sin duda. Pero interesantes y hasta divertidos sí son.

miércoles, 11 de marzo de 2026

El mister

John sale de su hotel. Planea caminar por la playa y tomar algunas fotografías para su archivo personal.

A la misma hora, cerca de la playa, Ramón instala su puesto de atención al turista. Se trata de una mesa portátil surtida de productos misceláneos. Incluye gafas oscuras, bronceador. sombreros, llaveros alusivos a la ciudad (made in China), collares artesanales (también made in China) chanclas y pañoletas.

John duda sobre cuál ruta tomar. A lo lejos se divisan muchos buques pequeños, lo que sugiere yates, posiblemente una marina. Hacia el otro lado se ven edificaciones. Finalmente se decide por esta opción. 

Ramón está tranquilo aunque el día avanza y los posibles clientes no aparecen. No pasa nada que no fuera previsible. Es temporada baja. Mata el tiempo conversando con la vendedora de fritos y con el de los helados. A ellos si les llegan compradores. Ventajas de que sus productos también interesen a los locales.

John camina despacio. Saca algunas imágenes de paisajes. Escasea la gente. Le interesa registrar a los lugareños, los personajes locales, pero hasta ahora solo ha encontrado turistas. 

La de los fritos le advierte a Ramón que ahí viene su oportunidad de bajar bandera. Típico gringo. Alto, tez blanca enrojecida por el sol, cabello claro. Una cámara gigantesca colgándole del cuello. Camiseta de colores chillones, tenis, pantalón hasta la rodilla y, por supuesto, medias blancas. Puede que le compre algo, que necesite orientación sobre puntos fotografiables en la ciudad o que se interese en alguno de los servicios que Ramón promociona bajo comisión, como paseos en lancha, restaurantes o transporte.

John duda sobre empezar a disparar su cámara. En sus viajes ha tenido experiencias negativas y positivas cuando toma fotos sin pedir permiso. Algunas veces no pasa nada, otras hasta le posan (lo cual a él no le gusta, prefiere la espontaneidad) pero también lo han regañado e incluso una vez lo amenazaron.

Apenas John se acerca lo suficiente, Ramón despliega su arsenal propagandístico.

“Oye, qué necesitas, en qué te puedo ayudar. Mira, aquí tengo recuerdos por si quieres llevarle a tu familia o si necesitas algo para protegerte del sol también te lo tengo”. 

El turista se pronuncia en un lenguaje universal. Toca el borde de la cámara y señala al grupo de vendedores. Todos entienden, se juntan y sonríen mientras suenan los clics de los registros gráficos. 

Ramón lo intenta en otro idioma. Ese que combina lenguaje de señas, spanglish y estilo Tarzán. 

“Yo Ramón. City sitios bonitos yo mostrar.” Indica un punto en la distancia, donde se divisa la torre de la iglesia. “Buenos picchures”. Hace la mímica de quien se lleva una cuchara a la boca. “Fud típico”. Chasquea la lengua y eleva el pulgar. “Delisius”. Muestra una lancha fondeada a pocos metros. “Tur en barco. Poco cost”. Agarra unos llaveros en la mano izquierda y una artesanía en la derecha. “Suvenirs, dolars o pesos”. 

John se señala a sí mismo y dice “John...”

Ramón sonríe, esto tiene futuro. Jhon prosigue “...John Jairo. Me llamo John Jairo. Puede que me interese algo de lo que me está ofreciendo pero no entiendo ese idioma raro en el que me está hablando. Que tal si seguimos en español. Total, ambos nacimos en el mismo país. Y tranquilo, no es al primero al que le pasa”.

miércoles, 4 de marzo de 2026

Mucho animal

 

Felizmente casado e inusualmente fértil. En eso va el historial familiar y reproductivo de Maximiliano (Max, en confianza). Pasa por tres parejas estables, cada una con dos embarazos exitosos. Van seis.

La estabilidad de las dos primeras relaciones se desbarató ante sendas aventuras extramatrimoniales del sujeto. Por cierto, cada una dejó su respectivo parto. Suman dos para llegar a ocho.

Max aprendió que eso de andar de picaflor en el ámbito amoroso no es una buena idea. Ante los hechos,  su tercer vínculo erótico afectivo se caracteriza por una fidelidad a prueba de balas. De aquí en adelante, una sola pareja para toda la vida, como los cisnes.

Más cuando nacieron los mellizos (niño y niña) que aumentaron la descendencia del caballero, al que sus amigos llaman (a sus espaldas, por supuesto) el conejo.

Los evidentes defectos del protagonista no significan que carezca de cualidades. La responsabilidad es una de ellas. A sus hijos e hijas no les falta nada. Para financiar la camada hay que producir todo el tiempo. Trabajar como mula. Duro. Muy duro.  

Eso le pasa por perro, dice la mamá. Y por burro.

Aunque sus jornadas laborales son interminables, las cuentas no siempre cuadran. Por suerte existe el tío prestamista, al que Max describe como el tío culebra, ya que constantemente le presta plata, y, por ende, no solo son familia, sino prestamista y deudor.

Eso sí, el multipadre siempre anda mosca para no colgarse en los pagos. No puede hacer lo mismo que un primo que se puso de abeja a incumplir y claro, se le cerró la fuente de financiamiento.

No es la única estrategia económica. Se han especializado en ir (él y su prole) a múltiples actividades en plan de patos —invitados o colados—. No importa la modalidad, lo que importa es no pagar o pagar menos.

Además, siempre anda a la caza de ingresos adicionales. Como el más avezado de los lagartos,  persigue insistentemente y elogia (reiteradamente) a potenciales jefes, socios o clientes. Y si asegura el negocio lo cuida mediante una estratégica relación que combina sumisión con lambonería. 

Max acepta que eso de ser sapo a veces no es digno, pero el tipo tiene sus prioridades. Por su elevado tren de gastos vive con el temor constante de no poder responder. A la hora de cuidar las ganancias, es prudente tirando (bastante) a miedoso. Come callado y aguanta todo. Sí, puede ser valiente cual gallo en otros escenarios, pero en el ámbito laboral es cobarde cual gallina.

Sobra decir que se le ve siempre ocupado. Su jornada diaria es la de una hormiga. En el escaso tiempo libre que maneja ha escuchado una palabra nueva. Describe cierta tendencia juvenil donde las personas asumen comportamientos extraños o se identifican con especies diferentes al ser humano. 

Es algo así como therians (teriano en español). Gente que actúa como animales. A Max le suena bastante exótico el asunto.

¿O no? 

miércoles, 25 de febrero de 2026

Los desquites de Elías

Justo cuando iba a salir, a Elías se le embolataron las llaves. Las buscó debajo de la cama, en la mesa, encima del escritorio, detrás de la nevera, dentro de la lavadora. En esas andaba cuando su esposa le preguntó por qué estaba hurgando en todo lado. Notificada sobre la ausencia, ella se dirigió al cuarto, metió la mano en un bulto de ropa sucia y sacó el llavero.

Más allá del misterio implícito, ese no fue el problema. El lío estuvo en el tiempo perdido durante la búsqueda. A Elías lo cogió la noche y tuvo que coger taxi. Otro descuadre en las cuentas familiares.  

El conductor le preguntó para donde iba. El pasajero le dio una dirección del centro. El chofer puso mala cara, dijo que ese tráfico estaba muy horrible y comenzó a quejarse. Elías respondió, sin perder la calma: "Yo no puedo obligarlo a que reciba plata".

Lo bajaron del taxi.

Otro round perdido en la pelea diaria con la vida. Y aunque la derrota es su estado natural, muy de vez en cuando Elías se desquita.  Son moscos de victoria en medio de un mar de leche de fracasos, pero... a nadie le puede salir todo mal, todo el tiempo.

Por ejemplo un día cuando, saliendo por la mañana, tarde, en afanes, a medio peinarse, los ojitos soñolientos de su hija de cuatro años lo miraron desde abajo antes de decir..."Tas lindo, papi".

La cara de ponqué de Elías sobrevivió las horas siguientes pese a que lo estrujaron en el bus de ida (y en el de vuelta también), lo salpicaron los carros, se le bloqueó el computador, le rechazaron el informe, le apareció trabajo de última hora a la salida y se le quemó el almuerzo en el microondas.

Otra vez fue cuando llegó tarde al trabajo. Lo recibió en plena puerta una supervisora. Exactamente esa supervisora que no le rebajaba una. Ella lo miró con cara de inquisición y soltó la pregunta malévola. “Don Elías,¿qué horas son?”

Cuando él, henchido de dignidad y orgullo iba a responder —en voz baja y mirando para el piso— “las 9 y 15”, el gerente general pasó a su lado pensando en quien sabe qué y le dijo a la súper: “Son como las 9 y 10 señorita Amado, acompáñeme a mi oficina que necesito revisar unos proyectos".

Pero la máxima ocurrió en aquella ocasión, mientras se encontraba en su puesto y se activó la alarma contra culebras. Era un sofisticado sistema de seguridad donde el portero le avisaba al ascensorista que le avisara a la secretaria que le avisara al auxiliar que le avisara a todos los demás que el de las joyas vino a cobrar.

Elías reaccionó instintivamente, pero muy despacio. Demasiado despacio. Iba para el baño a esconderse y se chocó de frente con el cobrador, quien a quemarropa le preguntó: ¿Don Elías, cómo andamos de cuentas?

Una sensación intermedia entre el éxtasis y el orgasmo acompañó a nuestro héroe en el momento de caer en cuenta de que los hechos le permitían responder lo que dijo a continuación.

"Estamos a paz y salvo”. Y se dio el gusto de agregar, “pero creo que la señorita Amado anda por ahí".

Uno no puede perder todas en la vida.

miércoles, 18 de febrero de 2026

Despiste manda mensajes

A la suegra de Despiste le costó trabajo. Pero como ella es servicial y dispone de mucho tiempo libre, finalmente logró averiguar opciones de vuelos para Sincelejo. En cambio, el técnico que reparó el televisor y la lavadora de Despiste no pudo. Él intentó indagar sobre qué hacer ante una demanda de paternidad responsable, pero cuando su propia esposa no le creyó que era un favor para un cliente, optó por desistir.

En la casa cural el sacristán, en cambio, conocía a un plomero al cual remitió la consulta sobre renovación parcial o total del baño que le hizo Despiste, enfatizándole (al plomero) que fuera lo más específico posible en los presupuestos, tal y como había pedido el interesado. En otro escenario, el profesor de los hijos de Despiste había adquirido alguna vez un seguro todo riesgo para proteger el menaje de su casa, así que no tuvo problema en responder las inquietudes que el padre de sus alumnos le planteó al informarle su intención de buscar una póliza de este tipo.

La administradora del edificio donde Despiste habita, en función de su trabajo, tiene muy claro lo de las fechas de declaración de renta. Aún así, para evitar malos entendidos con un propietario tan cumplido, verificó cuidadosamente los plazos de la obligación tributaria antes de responder la inusual consulta.

Quien no pudo atender los requerimientos de Despiste fue el conductor que lleva años prestándole servicios de transporte.  Eso sí,  muy educadamente le contestó que era imposible llevarle el mercado  porque ese día ya lo tenía copado. Por eso tampoco le pidió datos adicionales, ya que el escueto mensaje no daba detalles clave como dónde había que recogerlo y cuál era el contenido.

En la EPS también le replicaron pidiendo datos concretos, porque para ellos no era factible confirmar una reserva solo con el nombre. Ademas le sugirieron ser más específico sobre si lo que había reservado era una consulta, un laboratorio, una imagen diagnóstica  o algún otro tipo de atención en salud 

La lista de interlocutores con pedidos o preguntas cuando menos inesperadas de parte de Despiste podría seguir entre parientes, amigos, proveedores de servicios de múltiples especialidades, conocidos ocasionales o instituciones de esas con las que la gente termina desarrollando relaciones más o menos permanentes.

En honor a la justicia hay que decir que a Despiste no le pasa nada que no le ocurra a otros seres humanos. Poseer un teléfono inteligente implica un flujo constante de mensajes escritos a y desde diferentes destinatarios. En medio de tanta escribidera, es inevitable que, de vez en cuando, alguien termine enviándole una comunicación al destinatario incorrecto. 

A todos nos ha pasado por lo menos una vez. Pero a muy pocos (por no decir ninguno) le pasa tantas veces y, sobre todo, tan seguido como a Despiste.  Además, de alguna manera el receptor equivocado siempre tiene alguna lejana relación con el asunto de la petición, por lo que le suena raro, pero no improbable. Y como Despiste es buena gente, pues hay que ver como ayudarlo. 

Como a Despiste siempre le contestan algo, presume que no debe explicar su error de envío. Por eso nunca se enteran de que el mensaje era para otro. La suegra de que era para la agencia de viajes, el técnico de que era para el abogado, el sacristán de que era para el plomero, el profesor de que era para el corredor de seguros, la administradora de que era para el contador, el conductor de que era para el supermercado, la EPS de que era para el hotel y una interminable lista de etcéteras.

Despiste manda mensajes a las personas equivocadas. Ellos le contestan. Ese es el problema.

Y si algún lector conoce o ha vivido historias similares, lo invito a compartirlas en los comentarios.

miércoles, 11 de febrero de 2026

Seguridad financiera

A Fercho no le gusta eso de compre ahora y pague después.  Él no se endeuda mientras no sea algo indispensable  y por eso nunca ha tenido tarjeta de crédito. Él es más de ahorre primero y compre después. 

Un día cualquiera fue al banco a renovar su tarjeta débito. La funcionaria a cargo, luego de atender su pedido, le anunció al cliente que tenía asignada una tarjeta de crédito a su nombre. No me interesa, gracias. Tranquilo don Fernando, la puede cancelar cuando quiera. No quiero pagar cuotas de manejo. Está exenta durante un año. No quiero pasar papeles ni hacer trámites. Ya está todo aprobado. Me parece inseguro eso de que le manden a uno tarjetas a la casa. Acá se la tengo. En cinco minutos se la entrego y queda activa.

Los argumentos se le acabaron a Fercho. En cambio, historias ajenas pero cercanas con toque dramático (visos trágicos incluidos) le recordaron la importancia de tener un recurso para gastos de emergencia. Simplemente dijo que sí y salió del banco no con una, sino con dos nuevas tarjetas en su billetera.

Su comportamiento con la plata no solo era ahorrativo y juicioso sino preventivo. Apenas dejó la sucursal fue al cajero y cambió las claves. En casa guardó los instrumentos de pago en un lugar medio secreto. Otra medida de seguridad era solo sacar y portar el dinero plástico cuando lo iba a utilizar. Al día siguiente se dispuso a destruir la tarjeta débito vencida, como recomendaban los expertos. 

Justo en ese momento sonó el teléfono. Le reportaron un lío laboral de esos que no tenían por qué ocurrir, pero ocurrían. Aunque Fercho no era parte del problema, le tocaba aportar a la solución. La conversación telefónica no arregló nada. En cambio, lo dejó ofuscado tirando a furioso. Para rematar, debía movilizarse —urgentemente— al sitio. Antes de salir desahogó su rabia picando, tijera en mano, el plástico vencido.

Cuatro meses después las prioridades eran otras. Proponerle matrimonio a su amada. Reservó en el mejor restaurante de la ciudad. Preparó una elaborada estrategia. Comer, pedir la cuenta, y cuando la trajeran con la habitual dosis de mentas ofrecerle una pero, con un sencillo juego de manos, cambiarla por el anillo. 

Problema de última hora. El restaurante, además de bueno, era caro. Muy caro.  En fin de mes había poca liquidez en el bolsillo y existía la posibilidad de que lo que tenía en su banco fuera insuficiente. Si eso no era una emergencia, se parecía bastante. Así que a la tarjeta débito le agregó la de crédito, por si acaso.

Todo transcurrió de acuerdo con el plan. Trajeron la cuenta. Efectivamente superaba el saldo disponible. No hay lío. Fercho le pasó la de crédito al mesero y se preparó para hacer su acto de magia cuando...

— Disculpe señor, su tarjeta está vencida.

Más tarde, mientras caminaba solitario hacia su casa, Fercho reflexionaba sobre tres temas. 

Primero, por qué las tarjetas de crédito y débito de su banco tenían que ser tan parecidas.

Segundo, en qué pensaba al destruir una tarjeta de crédito nueva apenas un día después de recibirla, y por qué ni ese día, ni en los siguiente cuatro meses verificó, antes de intentar pagar con dos pedazos de plástico inútil (uno vencido y otro con saldo insuficiente) la cuenta en el mejor restaurante de la ciudad.

Y tercero, el más importante de todos, cómo haría para recuperar a su amada, quien estaba comprensiblemente furiosa después de que a ella le tocó asumir esa cuenta.

miércoles, 4 de febrero de 2026

Gente con ideas

Parece algo sencillo. Reunión de antiguos compañeros. Uno de ellos es socio de una distribuidora de licores, lo que garantiza la parte etílica del asunto. Otro ha incursionado con éxito en el negocio de la pizza. Ofrece un menú con opciones. Están reunidos. En cinco minutos definen la fecha. Solo falta el sitio.

Prudencio no dice nada. Solo piensa: Aquí vamos.

La que llamaremos Sensata hace sugerencias. Para no complicarle la vida a nadie, propone descartar residencias familiares. Una rápida lluvia de ideas incluye salones comunales, terrazas, centros de eventos y similares. Sensata recomienda buscar un lugar equidistante que facilite el desplazamiento de todos. 

Interviene Disonante. No le gusta la pizza, pero se acomoda a lo que decida el grupo. Ahorrador entra en la conversación. Afirma que las ideas de posibles locaciones parecen buenas, pero él conoce un salón barato y bien situado. Es el ideal.

Alguien pregunta exactamente dónde queda y cuanto vale. Ahorrador pide tiempo para confirmar unos datos. Entretanto Anacrónico, otro contertulio, sugiere un minicentro de eventos que está muy cerca de donde ellos se encuentran. Los invita a conocerlo. El grupo se moviliza hasta encontrar una tienda de esas que no pueden ver un local desocupado porque lo adquieren de inmediato. Aquí era, reconoce Anacrónico.

Interviene Disonante. La fecha le parece un poco complicada, pero se acomoda a lo que decida el grupo. Entretanto, Ahorrador hace llamadas y mensajea furiosamente desde su teléfono. Pide la palabra Voluntario. Se ofrece a buscar opciones para una posible locación. Los amigos se separan, acordando previamente un nuevo encuentro para ajustar detalles.

Días después, las caras en pantalla reemplazan la interacción presencial. Voluntario toma la palabra y muestra una lista de lugares potenciales. Todos ubicados fuera de la ciudad, en puntos lejanos y de difícil acceso. Le agradecen su esfuerzo, reconocen la buena intención, pero con toda la diplomacia del caso le informan (de nuevo) que eso no es lo que están buscando.

Ahorrador pide paciencia. Su contacto aún no le confirma si le puede dar o no el precio especial. Anacrónico recuerda un pequeño hotel con salones para reuniones de trabajo o sociales. La idea le suena al grupo hasta que alguien lo busca en internet, donde descubre que el antiguo alojamiento fue demolido y ahora es un parqueadero. Interviene Disonante. Él no toma trago, pero se acomoda a lo que decida el grupo.

Ahorrador acepta que posiblemente el lugar en el que pensó inicialmente no esté disponible, pero asegura poder conseguir otro, ese sí una verdadera ganga. Anacrónico evoca un restaurante donde solían almorzar en otros tiempos cuyo dueño alquilaba el espacio. Un contertulio adicional recuerda que, precisamente, ese propietario falleció unos años antes y el respectivo negocio lleva mucho tiempo cerrado.

El silencio a múltiples voces se rompe con una propuesta. Es el punto de partida para la discusión. Muchos hablan, nadie escucha. Disonante rechaza todas las ideas,  pero se acomoda a lo que decida el grupo

Solo Prudencio permanece en silencio. Recuerda otras historias con Ahorrador y sus descuentos inexistentes, Anacrónico y sus lugares desaparecidos, Voluntario y sus bien intencionados pero inútiles aportes,  Disonante y su inconformidad crónica. Genio y figura, hasta la sepultura. Así es la gente con ideas.

miércoles, 28 de enero de 2026

Antes y ahora

Antes la gente manipulaba el teléfono para hacer o contestar llamadas; ahora muchos no lo hacen en el espacio público por aquello de la seguridad. En cambio...

  • Antes gritaban cójanlo; ahora hacen un video del ladrón huyendo.
  • Antes regañaban al que no atendía o atendía despacio; ahora le hacen videos y los cuelgan en redes.
  • Antes la prioridad de los reencuentros era conversar; ahora es tomarse la foto.
  • Antes había que ayudar al caído; ahora hay que grabarlo.
  • Antes un concierto era para gozar, cantar, aplaudir, bailar; ahora es para hacer el video antes, durante y después.
  • Antes lo importante era estar ahí; ahora lo importante es que quede registro visual en redes.
  • Antes el que llegaba tarde o no cumplía los requisitos pedía disculpas o rogaba por una excepción: ahora hace un video donde él es la víctima. 
  • Antes lo importante del plato que traía el mesero era su preparación, sabor (y a veces la cantidad); ahora la prioridad es tomarle una foto antes de consumirlo (en caso de que se consuma).
  • Antes el orgullo de los graduados estaba en el diploma, ahora el orgullo de los graduados está en el diploma siempre y cuando se vea en la foto o el video.
  • Antes lo importante era contar la anécdota; ahora lo importante es tener el video.
  • Antes la fila era un requisito previo para alcanzar una meta; ahora es evidencia gráfica de mala atención o de la participación del protagonista en algún evento importante.
  • Antes se viajaba para conocer monumentos y lugares; ahora se viaja para tomar fotos donde el modelo tapa monumentos y lugares.
  • Antes los primíparos protagonizaban un proceso académico que comenzaba con la inducción; ahora los primíparos protagonizan un video y muchas fotos de una fiesta de inducción.
  • Antes se tomaba nota o se memorizaban datos clave; ahora se toma una foto.
  • Antes estrenar ropa, peinado, maquillaje, carro, casa, trabajo era una primera vez que la gente compartía con su círculo cercano: ahora lo comparten con el mundo entero, así al 99,9999999 % le importe un rábano.
  • Antes el paso del tiempo era una cuestión cronológica; ahora es un comparativo público de fotos.
  • Antes la intimidad y privacidad eran un derecho; ahora son un espectáculo que compite por alcanzar públicos cada vez mayores.
  • Antes escaseaban las cámaras pero abundaban las películas de monstruos, ovnis y fenómenos sobrenaturales; ahora abundan las cámaras y... 
  • Antes lo importante de las reuniones laborales y académicas era el aporte individual y los logros compartidos; ahora es la foto del grupo.
  • Antes los certificados, diplomas y demás constancias de logros académicos se enmarcaban; ahora se publican en redes sociales.
  • Antes los fans se acercaban tímidamente a un famoso para saludarlo o pedirle un autógrafo; hoy se ofenden y lo insultan si no accede a tomarse una foto o grabar un video.
  • Antes el artista priorizaba que los demás vieran y disfrutaran o hasta criticaran su obra; ahora el artista prioriza divulgar la foto o video al lado de su obra.
  • Antes poner cara de foto requería minutos o por lo menos segundos de preparación. Ahora se dispara en automático.
  • Antes el ejercicio individual implicaba esfuerzo,  sudor, cansancio y hasta dolor y suciedad; ahora implica mostrar ropa deportiva curiosamente limpia (y de marca), cara de felicidad, cuerpos impecables y números exitosos.
  • Antes las experiencias eran para vivirlas: ahora son para tomar fotos y hacer videos. 

miércoles, 21 de enero de 2026

Cuasitragedia familiar "offline"

Una rápida revisión a los calendarios permitió ubicar tres días libres, en las primeras semana del año, que toda la parentela tenía disponibles. Alguien puso la palabra finca en la agenda, otro habló de arriendo. Le metieron tecnología al asunto y, contra todo pronóstico, consiguieron un lugar disponible a buen precio.

El combo familiar armó oficialmente paseo. Encabezaba la matriarca (abuela). Complementaban los hijos e hijas con sus respectivas parejas, y sus propios hijas e hijos, desde recién nacidos hasta adolescentes. Unos tíos y primos, reclutados a última hora, completaron el cupo y permitieron redistribuir el costo.

Aunque nadie lo dijo en voz alta, hubo alivio general al comprobar que la estancia campestre correspondía a las fotos. Historias y experiencias negativas generaban un comprensible temor a ser estafados. Pero no. La casa entre montañas, la piscina, las hamacas y demás infraestructura se encontraban en perfecto estado.

Fue una de las nietas la que descubrió el pequeño detalle. Sacó su teléfono, tomó algunas fotos y empezó a buscar señal para compartirlas en sus redes sociales. No la encontró donde estaba. Se movió a la derecha. Tampoco. A la izquierda, menos. Buscó un punto alto sin que las barritas indicadoras dieran la más mínima señal de vida. La joven le dijo a su mamá, su mamá le dijo al esposo y el esposo le preguntó al encargado.

— Ah, eso. Aquí no entra ni internet, ni celulares ni nada de eso. Creo que es por las montañas o algo así.

La inesperada revelación generó reacciones. A la abuela y a los niños (quienes ya estaban pidiendo pista para la piscina) les importó un rábano. Entre los adultos hubo preocupación de parte del trabajomaniaco, que ya había agendado un par de reuniones en línea;  inquietud entre los y las que se daban su dosis diaria de redes y videos; y preocupación específica de parte de un personaje que tenía programada una cena especial preparada siguiendo instrucciones, como no, de su web de cocina favorita.

Los jóvenes entraron en pánico. Vislumbraron tres eternos días con sus noches desconectados del universo, perdiendo experiencias y novedades, sin poder compartir imágenes ni comentarios. Lo peor era la perspectiva de integrarse obligatoriamente en actividades de adultos, desprovistos del refugio protector de las pequeñas pantallas. En cambio, los mayores anticiparon 72 horas de mal genio adolescente, displicencia, apatía y mucha, pero mucha mala cara.

Un primo, cuyo rango etario lo ubicaba donde termina la juventud y empieza la adultescencia sacó una caja de su maleta. Contenía un tablero plegable y bolsitas transparentes en los que se veían pequeñas figuras plásticas y dados. Entonces anunció, en tono de salvador recién graduado: —Tranquilos, traje parqués.

— ¿Par… qué? 

Hubo que explicar que para jugar no se necesitaban pantallas, que la mesa no servía solo para ingerir alimentos o chatear mientras se comía. Hubo que dictar el curso completo de movimientos, reglas, estrategias, dinámicas y soplos relativos al parqués. Finalmente, milenials, zetas y alfas entendieron el concepto y,  con bastante desconfianza, accedieron a probar a ver que pasaba.

Dicen que la familia nunca había tenido jornadas de integración como las de aquellos días, y que todos los años vuelven a la misma finca.

Lo único que cambia es el juego de mesa.

miércoles, 14 de enero de 2026

El Man

En la narrativa femenina de las nuevas generaciones hay un personaje recurrente que el oyente ocasional detecta en conversaciones ajenas: El Man.

Los comentarios escuchados en fragmentos de tertulias entre amigas permiten esbozar algunas características del sujeto en mención, el man, al que de ahora en adelante llamaremos El Man.

Man en inglés significa hombre. El Man pertenece al género masculino. Posiblemente hay equivalentes entre parejas no tradicionales, pero El Man como tal solo se ve en las que involucran hombre (El Man) y mujer. 

El Man tuvo algo clasificable como relación de pareja (o por lo menos intentó tenerlo) con aquella que lo invoca. Es importante aclarar que una cosa es una relación de pareja y otra muy distinta es una relación de pareja exitosa. Y aquellas donde se involucra El Man nunca son exitosas. Culpable, por supuesto, El Man.

Voluntad no le falta. Acciones tampoco. En las historias siempre hace algo. El problema, entonces, no es tanto lo que hace, sino como y cuando lo hace.

Ejemplos fuera de contexto citados al azar: …“El Man se apareció en mi casa un domingo por la mañana”; ...“estábamos viendo la película y El Man se acordó de repente de no sé cual partido y cambió el canal”; ...”justo ese día El Man se quedó dormido”; … “El Man quería que yo estuviera con él todos los fines de semana”; ...”El Man me invitó pero cuando llegamos a la fiesta se puso a hablar con los amigos”.

Como se ve, El Man tiene una habilidad innata para asumir comportamientos de esos que incomodan ligeramente, desagradan notoriamente o generan inmediato rechazo. Eso no es tan malo. Lo verdaderamente perverso es que El Man no se da cuenta. No se da cuenta cuando lo hace, no se da cuenta cuando ella reacciona negativamente y, lo peor, no se da cuenta cuando se lo dicen de frente.

El Man no es bruto. Es despistado. De hecho, en algunos casos es tan inteligente que por estar elevado en medio de pensamientos trascendentales falla en comportamientos elementales. Carece de cualquier característica ligeramente parecida al sentido de la oportunidad, por lo que sus comportamientos no son tan malos per se, sino por el momento en el que ocurren.

Por diferentes razones, El Man tiende a estar ahí. Ahí es revoloteando alrededor de la mujer que lo evoca en sus historias. A veces es imposible librarse de él definitivamente. Es un amigo del hermano, es un compañero de estudio o trabajo, es un vecino con rutinas similares a las de la propia familia, o las actividades de los círculos sociales se cruzan constantemente (léase, ella se lo encuentra hasta en la sopa).

El Man pudo ser aspirante, pero también pudo pasar el siguiente nivel, lo que lo convirtió temporalmente en amigovio, novio o cualquier categoría análoga. Lo que no es ni será nunca es “mi ex”. Un ex tiene historias felices o tristes, genera odios o amores. El Man solo produce una mezcla de exasperación sazonada con lástima a la que siempre se le adiciona un toquecito (mínimo y casi imperceptible) de simpatía.  El Man no despierta pasiones. Se le tolera y, de ser necesario, se interactúa con él.

Sin embargo, las interacciones esporádicas no son su razón de ser, ni la faceta de su existencia que aporta valor al universo. Realmente solo hay algo en lo que es realmente útil, tirando a indispensable.

Es un excelente tema para las conversaciones entre mujeres. 

miércoles, 7 de enero de 2026

Superpoderes


No vienen de otros planetas. No viven las consecuencias de algún curioso accidente. No son multimillonarios con acceso a tecnologías de vanguardia. No tienen origen en un universo paralelo o en una dimensión alterna. No nacieron con algo raro en los genes.

Se ven como usted y yo. Son como usted y yo. Bueno, casi. Porque viven con una condición que los hace diferentes. Condición que ellos mismos no controlan del todo. A veces para bien, a veces no tanto. Es su superpoder. Van ejemplos.

Cronotarde, el hombre retraso. Llega tarde. A todos nos pasa alguna vez. A él, la totalidad de las veces. No importa la hora. No importa el día. No importa el lugar. En cualquier situación aparece minutos (o más) después del momento predefinido. Le ponen cita en su casa a la hora de levantarse… y llega tarde. Lo convocan intencionalmente 20 minutos antes y llega 20 minutos después. Nunca es su propósito. Pero siempre pasa algo. Es el superpoder de Cronotarde.  

Tranca, la paralizadora.  La suma de un lugar específico, una circunstancia particular y un instante preciso inmoviliza a los demás. El carro varado a la hora pico en el cruce más estrecho. Quien se para a contestar el teléfono justo en la única puerta a la hora de entrada o salida. El tiquete con algún problema de último momento en la fila de abordaje.Le pasa a una sola persona pero detiene lo que debería ser un flujo continuo. Es lo que ella hace. Sin proponérselo, sin desearlo, Tranca siempre arma el trancón.

Sinfín, el interminable. Actúa en escenarios laborales, académicos, científicos y similares. La reunión fue exitosa. O no tanto. El personal está cansado. El moderador, coordinador, jefe o lo que sea está a punto de declarar el cierre oficial. Entonces Sinfín pide la palabra. Y hace esa pregunta. Demasiado compleja para una respuesta rápida. Demasiado urgente para aplazar su análisis. Demasiado oportuna para haberla dejado hasta el final. Es inevitable extender el encuentro hasta agotar el tema.  Sinfín lo ha hecho de nuevo. 

Lookalike, la parecida. Comienza con la invitación. Boda. Evento social de alcance cultural como lanzamiento de libro, inauguración de exposición o concierto exclusivo. Ceremonia para entregar premios al mérito en áreas específicas. Alfombra roja con cualquier excusa. Ella escoge la ropa que usará. Puede ser decisión de última hora. O también días de planificación, búsqueda y selección. Adquiere algo solo para la ocasión o retoma piezas de su guardarropa. No importa. Haga lo que haga, al llegar al sitio siempre habrá otra mujer vestida exactamente igual a Lookalike, la parecida.

Tecnot, el demoledor. Alguna condición en su cargo lo hace indispensable. Es de los niveles más altos o pocos hacen lo que él hace. En soporte técnico es tabú. No pronuncian su nombre en voz alta. Buscan excusas, se esconden, hacen lo posible por evitarlo. Si hay algún novato, se lo endosan sin compasión. El nuevo, inocentemente, atenderá el servicio y descubrirá lo que sus colegas ya conocen. Tecnot, el demoledor, tiende a cacharrear con el computador de dotación. Así es como genera tal desbarajuste en la máquina que el más avezado de los ingenieros requerirá horas de trabajo para solucionar el galimatías creado por las manitas creativas del sujeto. 

Yoyá, la experimentada. Son jóvenes. Viven para las nuevas experiencias. Son cazadores de sensaciones. Andan por la existencia en busca de actividades que trasciendan la rutina, que generen impresiones imborrables; de momentos que marcarán la existencia. Se reúnen en grupo a planear la próxima vivencia. Esa totalmente novedosa. Esa que dejará por igual satisfacciones para la pasión y el intelecto. Esa que Yoyá... ya hizo. No importa lo innovador, exótico o singular de la propuesta, ella siempre los mira, sonríe y suelta el consabido ”Yo ya hice eso, pero no hay problema, voy otra vez”.

Platofijo, el desubicado. En la hamburguesería pregunta si venden pizza. En la pizzería mira una y otra vez el menú en búsqueda de, por lo menos, un sándwich de carne molida. Va al asadero de pollo donde se antoja de pescado. En el restaurante de carnes pregunta por la opción vegetariana y en el vegetariano interroga concienzudamente al mesero en busca de unos chorizitos o algo así de entrada. Realmente come de todo pero Platofijo, el desubicado, está siempre, a la hora de pedir su comida, en el lugar equivocado.

Malaseña, el desorientador. Da explicaciones detalladas a todo el que se las pide. Les señala hasta donde deben avanzar, cuando voltear, que puntos de referencia buscar y la forma más rápida de llegar a su destino. Destinos a los que ellos nunca llegarán en el primer intento. Las instrucciones de Malaseña siempre incluyen ese pequeño e insignificante detalle que desvía al orientado de su meta. Es derecha, pero Malaseña dijo izquierda. Son cinco cuadras, pero él habló de seis. La puerta es roja, pero el tipo aseguro que buscaran la verde. No es mala intención. Son pequeños lapsos de memoria que se manifiestan en los momentos menos adecuados. Ese es su superpoder.