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miércoles, 8 de octubre de 2025

Se alargó, el tiempo se alargó

Quien protagoniza debe estar solo. Sin la compañía de seres vivientes. 

Cumplido ese requisito, vienen los posibles escenarios. El de arranque puede ser una sala de espera donde los segundos pasan a ser minutos. Minutos que se cuentan primero de uno en uno, después en tandas de cinco, luego en decenas hasta que se acercan peligrosamente a, e incluso sobrepasan, la hora, las horas...

Lo mismo ocurre cuando el personal hace algún tipo de fila, con el agravante de que esta es de pie, a veces en plena calle, sometidos a la furia de los elementos. Ahí el tiempo transcurre bajo el sol inclemente, el viento gélido, la penetrante sensación de frío o el agua que cae del cielo en todas sus variantes, desde la llovizna pertinaz hasta el tremendo aguacero.

No hay que estar en un sitio fijo. Puede ocurrir en medio del desplazamiento en carro. Un accidente que no se ve, una obra que se supone va a traer beneficios algún día (pero, definitivamente, no este día), o una sobredosis de motorizados la cual rebasa la capacidad de la vía.  La velocidad se reduce hasta llegar a 0 kilómetros por hora.  Ya no hay forma de llegar puntual. Solo resta quedarse ahí, en la mitad del recorrido esperando un cuando incierto... cuando se normalice el paso.

En ocasiones importa el día. Es sábado, domingo o festivo. La totalidad de actividades aplazadas para el fin de semana fueron cumplidas. Las actividades recreativas de todos los fines de semana también. Se hizo —sin éxito— una ronda en busca de compañero o compañera de aventuras (o de aburrimiento) para el tiempo libre. Y al llegar la tarde (siempre es por la tarde), las horas comienzan a pasar… en cámara lenta.

Otras veces depende de los demás. De esos que cancelan lo que estaba programado para determinado lugar, día y hora. Ese no es el problema. La dificultad es enterarse exactamente (o pocos minutos antes) en ese lugar, día y hora.  Hay algo peor. Cuando el implicado no se entera pero sigue ahí a la espera de ese alguien que no aparecerá y quien, sin anestesia, lo dejó plantado.

Sucede en el trabajo. Convocan con la debida anticipación a una reunión indispensable. Nadie puede faltar. Será trascendental para la organización, para la sección, para los trabajadores, para el universo. Todos los pendientes se adelantan. Hay que disponer de ese tiempo sin ninguna otra prioridad. Llega el momento, llegan los convocados. No llega el jefe. No hay reunión. ¿Podemos irnos? No. Hay que cumplir el horario. 

Claro que algunos viven la misma situación en su casa, en teletrabajo. Y es exactamente igual a cuando el amigo o pariente suspende a último momento esa actividad para la que se reservó una tarde completa. Sin opciones. O cuando el técnico de turno anuncia su inminente visita a la 1, y no llega a las dos, no llega a las tres, no llega a las 4. Eso sí, cada 20 minutos llega el impajaritable mensaje de “ya voy llegando”.

Así es como, inesperadamente, disponemos de mucho tiempo libre. Lo malo es que nos coge fuera de base. Quedamos desprogramados. Y nada ralentiza más el paso de segundos, horas y minutos que la desocupación.  Claro, el personal modelo 2025 puede sacar su teléfono y colgarse de alguna red social, lectura en línea, video, juego, llamada o música. Pero esos aparatos no siempre existieron. Aunque eso es otra historia.

De cualquier forma, sometidos a la implacable dictadura del tiempo muerto, sin excepción, antes de hacer cualquier cosa habrá que formularse la pregunta cuchi cuchi.

¿Y ahora qué hago?

miércoles, 6 de agosto de 2025

En la fila

Hace una semana hablábamos de las tribulaciones de un jubilado en su convivencia con las inexplicables máquinas asignadoras de turnos. Cuando él era joven esos aparatos no existían. En cambio abundaban las filas (sí, más que ahora). Este documento sacado de nuestros archivo nos lleva a esos tiempos. A historias olvidadas, pero también a comportamientos del pasado, aunque hay algunos que se niegan a desaparecer. 

Nombre: Aristides. 

Edad: l8 años. 

Oficio: Mensajero.

Destino: Hacer fila.

En resumen, esta es la vida de "Aristi", quien pasa su incipiente mayoría de edad en medio de la guerra de las colas. No la de las gaseosas, ni tampoco lo que ahora se llama derriere. No. Nos estamos refiriendo a la cola del banco, de la corporación, de impuestos, de la electrificadora, del cine, del teatro, del bus, del autoservicio, de la cafetería... en fin. Siempre adelante de alguien, siempre atrás de alguien.

Tal constancia en el arte de cuidar retaguardias le ha permitido al joven desarrollar una nueva rama en el estudio del comportamiento humano. Se llama la "sicología general de la fila" y sus postulados básicos son los siguientes.

1. Cuando tenemos afán en el banco, la persona que va delante de nosotros siempre será un mensajero con 38 consignaciones de 15 cheques cada una.

2. Siempre que prestemos un kilométrico*, nos acordaremos de reclamarlo.

3. Siempre que prestemos un esfero fino con baño de oro, nos olvidaremos de reclamarlo.

4. En toda fila, nunca faltan:
  • El amigo del cajero que se cuela con el mayor desparpajo.
  • La viejita que para ahorrar tiempo, llena cinco consignaciones** y dos comprobantes de retiro con nuestro esfero (ver puntos 2 y 3) apoyada en un monedero.
  • El atarván que a cada minuto grita en estéreo "¡mueeévalooooo!".
  • El jubilado que murmura entre dientes y apenas le dan la oportunidad, lanza una perorata de media hora sobre la irresponsabilidad de los que atienden las ventanillas.
  • El distraído lector que se concentra tanto en su novela***, que se queda quieto (él y los veinte que van detrás) hasta el final del capítulo donde la asesina huye con el mayordomo.
5. En la cola para el cine, forman parte del paisaje los siguientes elementos:
  • Un vendedor de maní, que insiste en embutirnos una muestra gratis de su producto, en una cuchara metálica de color verde.
  • Una pareja de novios que discuten durante media hora de fila, y se arrepienten de entrar a punto de llegar a la taquilla.
  • Un madrugador a la espera de los amigos incumplidos que llega temprano, hace la fila, llega a la taquilla, se sale, vuelve a hacer la fila, llega a la taquilla, se sale, vuelve a hacer la fila hasta que se acaba la fila, cierran la taquilla, cierran el teatro y… llegan los amigos
  • Un optimista que compra una boleta con billete de 10 mil****, y demora 10 minutos peleando con la taquillera que no tiene vueltas.
  • Un revendedor encartado que ofrece las boletas al doble de precio antes de que apaguen las luces, al mismo precio mientras están en los cortos y a mitad de precio poco antes de que cierren la puerta*****.

Traductor intergeneracional


* Kilométrico. Era un esfero de plástico desechable con una mina (también de plástico) más gruesa que las corrientes. La mitad de la tinta se quedaba en los dedos de quien escribía. Eso sí, duraba mucho tiempo y era bien barato.
**Para consignar había que llenar un formulario y 9 de cada 10 usuarios, o algo así, pedían prestado un esfero al primero que estuviera disponible sin ninguna garantía de devolución.
***No había teléfonos inteligentes ni redes sociales, así que la opción de leer para pasar el tiempo requería de libros, revistas, periódicos o cualquier papel, cartón o plástico con letras impresas. 
****No recuerdo con exactitud, pero el precio del cine rondaba los mil pesos o menos, y el billete de 10 mil era el de más alta denominación. El ejemplo actual sería pagar un perro caliente callejero con billete de 100 mil.
*****Las salas de cine no quedaban en centros comerciales. Quedaban sobre la calle. Así que disponían de puertas (normalmente de vidrio) que se cerraban cuando había aforo completo o cuando comenzaba la película y solo se abrían poco antes de terminar la función.

miércoles, 23 de julio de 2025

Prioridades perversas

En el principio fueron las filas. Colas interminables. Muchas veces al sol y al agua. Avanzaban lenta y perezosamente desafiando la paciencia y devorando el tiempo disponible. Estaban en el cine, en el banco, en las oficinas públicas, en los almacenes, en los colegios, en las universidades. En todas partes. 

Aristides entró por ahí al mundo laboral. Estrenando cédula se enganchó como mensajero. Las diligencias ajenas fueron su destino. Hacer filas su rutina. Pasaba de una formación a otra mientras consignaba, pagaba, retiraba, reclamaba, recogía y despachaba mandados empresariales y personales. 

Mucho tiempo pasó, el tipo se dedicó a otras cosas y un día cumplió requisitos y amaneció pensionado. Con cantidades industriales de tiempo libre y escasez crónica de alternativas para ocuparlo. Volvió a sus orígenes. Ahora es el mandadero oficial de la familia. Periódicamente algún pariente lo contacta y tras el saludo viene un “Ari (o tío Ari, o don Aristides, o mijo, o Aristi…) será que me puedes ayudar con… 

Todos felices. Se aprovecha la capacidad instalada (y desprogramada). Se evitan visitas tan inoportunas como interminables. Se le colabora al pariente para que tenga algo que hacer. Además, el viejo no cobra. El jubilado del clan  es agendado periódicamente para pagar servicios públicos, reclamar medicamentos, tramitar documentos o recoger algún pendiente en casa ajena, centro de despacho u oficina pública.

Aristides evolucionó. Las filas también. Ya no se ven tanto. Las tecnologías modernas permiten hacer desde cualquier parte lo que antes demandaba desplazarse y alinearse en algún lugar. Y donde todavía hay presencialidad y muchas personas prestan el mismo servicio (cajeros de banco, por ejemplo) ya no es una fila para cada uno (lo que siempre terminaba en filas rápidas y filas lentas). A punta de postes separadores y cintas retractiles crearon la fila única.  Se democratizó el asunto. Ahora la fila lenta es para todos.

Otra novedad son las fichas. En vez de hacer filas eternas durante todo el día, se hace una sola, madrugadora, para recibir un número. Y después a esperar el llamado sin tener que estar respirándole en la nuca a alguien. La misma repartición de turnos ha cambiado. Hoy no es ese tipo que aparecía en la puerta a primera hora con una caja de fichas plásticas o de madera, o con un rollo de papelitos numerados. Hoy es una máquina (donde el interesado teclea sus datos) la que entrega el respectivo desprendible. 

Descrito así, suena perfecto, pero ademas de una curiosa subespecie que trafica fichas, hay otro problema. Resulta que los turnos no se asignan en orden de llegada. No. Los usuarios se clasifican en grupos diferentes,  normalmente identificados por una letra, y así los van llamando. La idea sería buena, si alguien entendiera su lógica... en caso de que la tenga.

Se supone que hay un código prioritario para la tercera edad, pero van primero los que escogieron atención normal. O por cada veterano despachan 10 “juveniles”. O la máquina pregunta de forma inquisitiva el tipo de servicio requerido pero, a la hora de la atención, los servicios se prestan indistintamente por cualquiera en cualquier orden. Misteriosas razones convierten al empleado en hora de almuerzo en un B, a la señora de edad en una C, al mensajero en una A, al cliente tradicional en una Z y al ocasional en una J. 

La pantalla gigante o la voz de los encargados tienen la función de notificar quien sigue. Reina ese "orden" basado en la más misteriosa de las prioridades. Quien lleva una hora esperando ve resignado como convocan a quienes apenas acaban de llegar. El cliente con décadas de uso de los servicios se ve desplazado por usuarios ocasionales. En la pantalla aparecen 10 categorías diferentes, cada una con su letra, donde la única que falta es la de él o la de ella.

O para ser específicos, la de Aristides. Menos mal que ya no tiene afán.

miércoles, 19 de marzo de 2025

Eso nunca pasa

No es que sea ilegal o sobrenatural. Es más, muchas veces el escenario fue diseñado, construido y puesto en funcionamiento con ese objetivo en específico. Pero Alonso y un grupo privilegiado de personas saben que, por alguna misteriosa razón, casi nadie lo utiliza. La misma misteriosa razón que invierte la constante cuando alguien, Alonso, por ejemplo, quiere o debe aprovechar esa circunstancia.

Ejemplos. La entidad donde se realiza aquel trámite tan innecesario como inevitable. Contrario a sus equivalentes en otros lugares, permanece cuasi vacía.  Cuando el tipo pasa por ahí en horarios de oficina siempre ve la locación despejada y al personal conversando mientras disfrutan una tasa de café.

Pero cuando Alonso es el usuario, algo pasa. Llega a mediodía y en vez de soledad, lo recibe tremenda fila. Tanta que debe volver otro día temprano a no alcanzar ficha. Dos intentos más le permiten finalmente pescar turno y, tras horas (demasiadas) de impaciente e incómoda espera, culmina la diligencia. Días después se cruza de nuevo por el sitio de marras, el cual ha retomado su condición de zona despejada.

No ocurre sólo en locaciones para cumplir obligaciones. Sí, ese restaurante es altamente popular y vive con cupo completo los sábados, domingos y en horario nocturno. Incluso los viernes. Por eso programa el almuerzo un lunes, un martes, un miércoles o un jueves. No importa el día. No habrá mesa disponible y en cambio alguna fila de alegres y abundantes celebrantes de algo masivo (grados, primeras comuniones, premios, encuentros empresariales) que justo en esa fecha escogieron el mencionado negocio  para festejar. 

La situación lo persigue. Estando de novio el hombre se echó una canita al aire con amigos sinvergüenzas y sendas compañías femeninas. Aunque nada comprometedor pasó, para justificar su ausencia ante la pareja oficial dijo haberse reunido con otro amigo, al cual no veían hace años. Ese que apareció al día siguiente en una visita sorpresa, justo cuando los novios estaban en casa de Alonso. Ese cuyo primer comentario fue… ”pues como nos veíamos hace tanto”. Tras el notoriamente incómodo reencuentro el implicado tuvo que decir la verdad, pedir perdón, realizar acciones compensatorias, pedir perdón, pedir perdón...

Más historias. Deja en casa los documentos y fijo se le atraviesa un retén de autoridad competente. Todos los días se topa con indigentes de diferentes edades, tamaños y colores. Excepto cuando saca un atado de ropa vieja para regalar. Mientras anda enhuesado con el bulto, la calle parece un desfile de estratos 4, 5 y 6. Necesita comprar una sanduchera de hierro colado, esa que vende el señor del carrito que se encuentra todos los días. Ese señor que desaparece sin dejar huella de todos los espacios por donde Alonso transita.

Sus decisiones de vestuario siempre coinciden con cambios imprevistos de clima. Hizo el ridículo en un  programa de televisión medio pirata, y todos sus conocidos vieron ese episodio. Las vías que siempre están vacías son un trancón cuando tiene afán. Y aunque cumple con casi todas las leyes casi todo el tiempo, solo debe cometer la mas mínima contravención para que alguien esté ahí, lo vea y, por supuesto, lo regañe.

Lo más vergonzoso se deriva de los llamados de la naturaleza (lo que antes denominaban aguas menores, aclaramos). Cuando la situación llega al extremo de evacuar o conseguir una muda urgente de ropa interior, Alonso busca concienzudamente un sitio discreto, oculto y solitario. Uno de esos lugares por donde jamás transitan seres humanos. Hasta ese momento. Porque inevitablemente ese despoblado e inhóspito punto se convertirá en corredor para todo tipo de gente, aunque preferiblemente serán monjas en procesión, familias con menores, mujeres de edad avanzada o miembros del personal femenino de la Policía Nacional. 

Eso nunca pasa, hasta que solo le pasa a Alonso.

miércoles, 8 de enero de 2025

Cazador de golpes, rayones e intermedias


Pasa con lavadoras, estufas, hornos, teléfonos, aspiradoras, computadores y demás electrodomésticos, gasodomésticos o aparatos electrónicos.  Automáticamente se invalida la garantía sin importar el daño y la claridad en la relación de causa y efecto. Ese es un tema de técnicos, reparadores, protección al consumidor y abogados. Nuestro tema es el surgimiento de una nueva especialidad laboral. 

Él o ella forma parte del equipo de servicio al cliente en grandes superficies, o del grupo de ventas en almacenes especializados, o del personal técnico del taller de reparaciones. No importa su experiencia previa, sus logros académicos o el lugar que ocupe en el organigrama. Importa lo que hace.

Sonríe y actúa con engañosa cortesía. Recibe al comprador que llega con ese aparato recién adquirido que se niega a cumplir aquella función para la que fue fabricado. Cuando está con el cliente escuchará pacientemente la descripción del problema.  Y entonces,  hará aquello para lo cual fue realmente contratado o contratada.

Con meticulosidad digna de artesano experto acometerá la más detallada de las revisiones. No al funcionamiento, no a los mecanismos internos, no a las fuentes de energía sino al contorno. Recorrerá cada centímetro de la carcaza con una vista especialmente entrenada que sabe exactamente lo que busca. Si lo ve, habrá un cambio, casi imperceptible, en su rostro. De la mirada inquisidora pasará a los rasgos del deber cumplido. Algunos continuarán con la revisión en busca de más evidencia. Otros la interrumpen justo en ese  momento y emiten verbalmente acusación, juicio y sentencia.

Existen variantes, por supuesto, pero el mensaje siempre es el mismo. “la garantía no tiene validez porque ustedes le dieron un golpe”.

El discurso heredado de generación en generación sabe que una cosa es “tiene un golpe” o “le dieron” a secas que la formula completa de “ustedes le dieron”. En teoría —porque por suerte existe el derecho  al  pataleo— con esa afirmación el distribuidor o fabricante de turno queda automáticamente absuelto de cualquier responsabilidad en daños o fallos. En este caso el cliente no tiene la razón. Además, es torpe.

Hay golpes de golpes. Algunos parecen accidente de tránsito entre carro viejo y auto eléctrico con latas (o su equivalente el aparato de turno) sumidas, pintura completamente descascarada y agujeros reveladores. Son aquellos ante los cuales solo resta aceptar la evidencia y empezar a cotizar el arreglo.

Pero en el otro lado están los discutibles. Muy discutibles. Un leve roce que a duras penas afectó un poco la pintura. Una deformidad casi microscópica apenas visible a la vista y solo detectable por medio del tacto. Un daño menor en ese lugar donde, sin ser necesariamente un experto, el cliente sabe que no tiene ninguna relación con los problemas de funcionamiento.

Y ahí viene la metamorfosis. El personaje que días atrás nos vendió el aparato en medio de sonrisas, el encargado o encargada de servicio al cliente que nos recibió en plan de “vamos a solucionar su problema” se convierte en frío funcionario o funcionaria que recita detalles técnicos y legales gracias a los cuales el golpecito anula la garantía. Su único rastro de humanidad es, a veces, un “ de verdad lo siento mucho, pero así funciona”.

Entre más argumente el cliente, más impersonal se vuelve el representante de la firma. Lo más probable es que el asunto termine escalando ante algún nivel superior en la organización o ante autoridad competente. Pero eso es otra historia.

Aquí solo queríamos presentarles al cazador o cazadora de golpes, rayones e intermedias.

miércoles, 4 de septiembre de 2024

Mediodía en la banca

Pardo ya tiene sus años. Alguna vez, siendo niño, acompañó a su padre al banco. Los atendió un tipo de saco y corbata que nunca sonrió. El entonces “Pardito”, intrigado por una oficina cerrada, al fondo, sin ventanas, con una guardia pretoriana de dos secretarias y sendos escritorios gigantescos, preguntó qué era eso.

—La oficina del doctor Urrutia Sierra, nuestro gerente. Allí solo entran los más importantes.

Ya en tiempos modernos, Pardo debe hacer una vuelta de banco en modalidad presencial. Se anota en la maquinita, recibe el papelito numerado y espera hasta que lo llama la simpática y sonriente ejecutiva comercial. Durante la diligencia, la funcionaria menciona unas cuantas veces a un tal Pacho, encargado de ciertas tareas necesarias para llevar a feliz término el trámite. Es evidente que se trata de alguien de absoluta confianza y disponibilidad cuasi permanente, aunque en ese momento no está en la oficina. Al ser horario de almuerzo, Pardo piensa que el funcionario se encuentra en su turno de alimentación.

Parte de la diligencia requiere confirmación en línea desde la principal. Hecha la solicitud —vía intranet, por supuesto— el procedimiento entra en una especie de punto muerto mientras llega la respuesta. Justo en ese momento suena el teléfono y la ejecutiva, después de responder, pide permiso para atender la consulta respectiva. Por razones obvias el cliente solo escucha una parte de la conversación. Es algo como esto.

—(Habla quien llama).
—Si señor. Ya recibimos todos los documentos y se los pasé a Pacho para que haga la revisión.
—(Habla quien llama).
—Yo no le podría dar un término exacto pero apenas lo vea le pregunto y le cuento.
—(Habla quien llama).
—Usted ya sabe que con Pacho, desde que los requisitos estén completos eso es rápido. Y por lo que yo vi no tendría por qué haber problemas.
—(Habla quien llama).
—(Risas) Sí, Pacho es así. (Risas de nuevo).
—(Habla quien llama).
—Espere pregunto, si quiere llámeme en 30 minutos. Es que estoy atendiendo otro cliente por acá.
—(Habla quien llama).

La ejecutiva revisa de nuevo su computador pero la respuesta de la central aún no ha llegado. Entonces le consulta a la vigilante si Pacho salió hace mucho.

—No doctora, pero Pacho no se demora almorzando. De repente la doctora Patricia sabe algo.

La ejecutiva pide permiso y se dirige hacia el cubículo marcado como Jefe de Servicios, donde una elegante mujer, presumiblemente la doctora Patricia, conversa con ella durante varios minutos. Regresa. Las noticias son excelentes. Ya hay respuesta de la principal. La jefe (así la llama) también dio su visto bueno y solo falta que los documentos pasen por Pacho para que el procedimiento culmine exitosamente. 

Por pura curiosidad, Pardo pregunta. La respuesta, además de informar, le recuerda que los años no pasan gratis, y que ciertas cosas han cambiado bastante.

—Muchas gracias señorita. Una inquietud, ¿quién es ese Pacho?
—¿Ese Pacho?... el gerente de la sucursal.

miércoles, 20 de diciembre de 2023

Escalera a lo desconocido



En su recorrido por instituciones públicas y privadas en busca de respuestas, servicios, decisiones; o simplemente para cumplir algún requisito, el señor Rodríguez aprendió lo que es el miedo. Una palabra, o mejor, una expresión, despierta esa sensación y otras similares. La pronuncia alguien al otro lado de la ventanilla, del escritorio, de la pantalla, del teléfono

Tiene su ritual. Nunca se dice en el primer encuentro. Deben pasar dos o tres citas. Segundo, el que atiende revisa. Revisa los papeles, revisa el computador, revisa sus propias notas. Repasa lo hecho hasta el momento. Habla. El tono puede ser plano, amigable o lúgubre. El rostro también comunica. Escasean las sonrisas. Terminado el repaso, viene el silencio. Como el que hay en los juzgados mientras llega el fallo. Como el del médico, previo a comunicar una condición crónica incapacitante o terminal a su paciente. Como el del mecánico, segundos antes de cotizar una reparación de nombre raro y costo astronómico.

Entonces la contraparte mira a Rodríguez a los ojos y emite la condena de siete palabras. Palabras que resuenan en su mente como si estuviera en una catedral. — Vamos a tener que ESCALAR el tema.

Escalar implica subir. Se supone que si algo sube es para bien. Pero Rodríguez sabe que no. Tiene absolutamente claro lo que ocurrirá a partir de la fatídica notificación. Primero, su interlocutor tradicional se vuelve un simple mensajero. Ya no tiene respuestas, ya no sabe qué pasa, ya no puede sugerir nada. Cada contacto que tengan de ahora en adelante recibirá variantes del mismo comentario. 

“Esperamos respuesta de la oficina”, —del corporativo, de la central, del comité...—. O de alguna sigla rara (XVB, FDX, KJQ) que, por alguna razón, todos —Rodríguez incluido— deben entender.  Y cuando decimos entender abarca lo que hace, como lo hace y las razones por las cuales no han podido hacerlo.

Al desaparecer el interlocutor directo, un extraño ambiente esotérico donde actúan fuerzas misteriosas se toma el tema. El mensajero o mensajera no tiene nada que decir, lo que generara detalladas explicaciones. Incluyen palabras como estudio, revisión, prospección, antecedentes, evaluación, bloqueo, desbloqueo, historial y referencias que, inevitablemente, terminan en un “Nosotros le avisamos”.

Por cierto, nunca avisan, así que a Rodríguez (o al que sea) le toca preguntar periódicamente. Si lo hace por teléfono, en el respectivo call center, —tras el impajaritable y reiterativo interrogatorio previo— lo pondrán a escuchar la musiquita. Cuatro o cinco “muchas gracias por esperar, estamos atendiendo su petición” después, el o la amable operadora le explicará que el tema sigue escalando y le sugerirá llamar en cinco días hábiles, si es que ellos no lo llaman antes (tampoco van a llamar).

Si es presencial, el encargado o encargada revisará (de nuevo) papeles y pantallas. Luego se levantará e irá donde otra persona: un jefe, supervisor o colega.  Al otro lado del punto de atención Rodríguez ve pero no oye. Ve que hablan, ve que revisan más papeles, ve que consultan más computadores, ve que gesticulan, ve que hacen llamadas y ve cuando su asesor regresa para decirle que el tema sigue escalando y que vuelva o llame en cinco días hábiles, si es que ellos no lo llaman antes (y no llamarán).

Así, las horas se convierten en días, los días en semanas y las semanas en meses.

Cierta obra teatral llamada “Violinista en el tejado” incluye una canción llamada ”Si yo fuera rico”, donde el intérprete dice que construiría una casa con tres escaleras, una para subir, otra para bajar, y otra sin ningún destino “solo para presumir”.

Presumimos que allí terminan los trámites cuando los escalan.