El amigo Alfonso está condenado al movimiento. Y en lo posible irregular. Es decir en zig zag, como quien evade obstáculos o, en su caso particular, individuos. E individuas. Sujetos y sujetas, porque si permanece quieto por más de cinco segundos en cualquier lugar, o camina más de 50 metros en línea recta alguien le va a preguntar.
¿Preguntar qué? Indicaciones geográficas. Por razones que escapan a la comprensión del individuo, el mundo parece convencido de que él lo sabe todo, por los menos en materia de direcciones. Y de rutas. Y de ubicaciones específicas dentro de edificaciones varias con acceso libre al público.
Entonces cuando permanece quieto en una estación de buses o de trenes o de aviones será constantemente interrogado sobre horarios, rutas, salidas, entradas, llegadas y servicios. Así su indumentaria en nada se parezca a la de un piloto, vigilante, conductor o despachador. Ni mucho menos –por razones absolutamente obvias– a la de una azafata o informadora. Por eso ya descartó la primera posible explicación: la ropa no es.
Tampoco la cara. Su rostro no es el de un funcionario al servicio de una empresa de transporte encargado de la orientación al público, que pese a recibir apenas un salario mínimo asume con generosidad, pasión y entusiasmo su valiosa labor. Mejor dicho, cara de pobre no tiene. Tampoco de buena persona. Es más, en determinados contextos la gente le guarda cierta distancia. A menos, por supuesto, que requieran alguna información.
El hombre porta una pinta de cachaco incuestionable. Su piel es blanca como la leche y cada pigmento grita su origen paramuno, pero en tierra cliente, –léase costas, rivera de río o piso térmico bajo– es constantemente interceptado por personas interesadas en ubicaciones de hoteles, sitios turísticos, restaurantes, balnearios, piscinas o en la forma más rápida y económica de llegar al mar. Ese mar que el aún no ha tenido la oportunidad de visitar.
Le ha pasado tantas veces, en tantos escenarios, que ya ni siquiera se extraña. Mucho menos cuando muy educadamente confiesa su ignorancia sobre el dato consultado. Lo que ocurre entonces es que su interlocutor, en vez de dar las gracias e irse, se queda esperando. ¿Esperando que? Alfonso no tiene idea. Es como si el interrogador se negara a aceptar que el hombre no sabe la respuesta, y que algún extraño milagro o fuerza de la naturaleza lo llenará de sabiduría para absolverle sus dudas. Lo cual, por supuesto, nunca pasa.
Al hombre le da hasta pena desilusionar tanta gente a diario, así que siempre intenta, por lo menos, orientarlos hacia alguien que sí pueda satisfacer los requerimientos. Lo curioso es que cuando se pasan al policía, al vigilante o al orientador, inevitablemente lo señalan en la distancia diciendo –Alfonso imagina– “él me mando a hablar con usted”. O algo así.
A estas alturas Alfonso ya reconoció que ese es el punto. O mejor, que él es el punto. El punto de información.
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jueves, 9 de febrero de 2017
Punto de información
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Yo narrador
martes, 22 de noviembre de 2016
Tómese uno de esos
En Colombia, en su casa y en la mía, a ese café que uno se bebe
en la mañana y a lo largo del día se le llama tinto. Lo mismo pasa en las
cafeterías, los espacios laborales, las tiendas y las panaderías. Eso es lo que
vende el señor o la señora de los termos. Eso es lo que por tradición le
ofrecen a uno cada vez que atraviesa una puerta. El que no se le niega a nadie: ¿Se toma un
tintico?
Solo por dármelas de historiador, economista y sociólogo voy
a recordar que Colombia tiene una larga tradición de cultivo, exportación y
consumo interno de café. Pero un día la bebida se subió de estrato. Empezaron a
venderla en tiendas elegantes. Con variantes
medio exóticas. Y caras. Muy caras. Esos negocios ofrecen múltiples
variedades o preparados alrededor de nuestro grano nacional. Con nombres para
cada uno. Muy creativos algunos. Entre esa enorme oferta comercial, faltan dos
opciones. No hay tinto. No hay café con leche.
Hagan la prueba. Acuda a una de esas cafeterías donde venden
café pero no se llaman cafeterías sino tiendas o cafés o “coffee bar”. Mientras
reflexiona sobre el anterior trabalenguas, mire el menú. Sí, tienen menú.
Impreso y plastificado, como aviso sobre la zona de despacho o –tendencia
reciente– escrito con tiza de colores sobre un tablero o pared. Como tablero de restaurante pero con toque alternativo para
cazar intelectuales.
Dos nombres brillarán… por su ausencia. Por mucho, a veces,
estarán entre paréntesis, a manera de explicación. Con letra pequeña, como con vergüenza.
Me refiero al tinto y al café con leche. Al primero le dirán americano,
tradicional, café negro, expresso y al que combina con lácteo “latte”.
Y lo más simpático del asunto es que uno pide un tinto o un café con
leche y el despachador entiende. Pero por escrito no puede quedar. Da como
pena. La pregunta es: ¿pena con quien?
Está bien. Quien quita que algún día el local que los cuatro
amigos montaron cerca a una universidad se vuelva multinacional. O el caso
contrario, siempre existe la posibilidad de que un turista se descache y
aterrice en algún negocio de esos. Por eso es que el producto debe tener una
denominación “internacional”. O algo así.
Contraataque
El asunto iba cogiendo cara de otra derrota cultural por cuenta de la globalización. Pero en una tienda de barrio revivió la esperanza. Estos negocios solían tener su greca. Las empresas grandes les han ofrecido una opción. Una máquina en comodato –como los enfriadores de las gaseosas o las neveras de las empresas de lácteos y embutidos–. La máquina, debidamente identificada con propósitos publicitarios, prepara diferentes opciones de café y otras bebidas calientes.
El asunto iba cogiendo cara de otra derrota cultural por cuenta de la globalización. Pero en una tienda de barrio revivió la esperanza. Estos negocios solían tener su greca. Las empresas grandes les han ofrecido una opción. Una máquina en comodato –como los enfriadores de las gaseosas o las neveras de las empresas de lácteos y embutidos–. La máquina, debidamente identificada con propósitos publicitarios, prepara diferentes opciones de café y otras bebidas calientes.
Su diseño es sencillo y su operación también. Solo se
aprieta un botón, que tiene a su lado el nombre de la bebida. Terminología internacional, por supuesto. El aparato forma
parte de una familia que incluye modelos con autoservicio.
No. Letreros hechos a mano y fijados con cinta pegante sobre lo preimpreso en el artefacto. Artesanal, si se quiere. Pero práctico. El tinto se llama tinto. El café con leche, café con leche. Tómese uno de esos. Sin pena. Se llaman así.
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Yo comentarista
martes, 22 de marzo de 2016
Pesadilla de cinco estrellas (Segunda de dos partes)
Repasábamos la vez pasada la historia de
esos usuarios del transporte aéreo que jamás pasan de la sala de espera, o que
pasan a un avión que jamás despega, o que vuelan en un avión que termina
aterrizando en el mismo punto de donde despegó o en un aeropuerto alterno. Esos
personajes, cansados, frustrados y hambrientos reciben alrededor de medianoche una noticia mala y otra buena.
La mala es que el vuelo ha sido cancelado definitivamente. La “buena” es que la
aerolínea les brindará alojamiento por esta noche, para que puedan tomar el mismo
vuelo u otro al día siguiente.
Ese anuncio conlleva la primera de muchas
filas. Porque hay que confirmar de una vez el vuelo en el que terminarán su
periplo. Y ahí es cuando aparecen esas ofertas tentadoras de que si viajan
tarde les regalan millas, les regalan el almuerzo en el hotel, les dan un pase
para sala VIP. Opciones maravillosas, atrayentes y seductoras que apenas son
aprovechadas por una minoría, (cuando les resulta cliente) porque si uno iba a
viajar, digamos, el miércoles, es porque necesita estar allá el jueves a
primera hora.
Así que hay que pelearse los cupos en los
primeros vuelos del día siguiente. Primera fila. Hay que registrarse en un
listado para tener acceso al servicio de alojamiento. Segunda fila. Hay que
reclamar el equipaje. Tercera fila. A estas alturas, ya es de madrugada. Una
fila adicional (más por cansancio que por disciplina) recorrerá el solitario
aeropuerto en las primeras horas del día. Finalmente se detiene donde un
eficiente pero pequeño transporte llevará a los pasajeros a su anhelado lugar
de descanso. En varios viajes, por cierto.
Llegan al hotel. Tremendo hotel, por lo
general. Grande, elegante, cómodo. Con múltiples servicios. Pero lo único
tremendo que notan los viajeros es la tremenda fila en el área de registro.
Cancelación de vuelo que se respete nunca es la única. Cuando finalmente
termina el papeleo, (mínimo 1.30 de la
mañana) un funcionario invita cordialmente a pasar a manteles. No importa el
cansancio, esa puede ser la primera comida decente de las últimas 18 horas, así
que el comedor respectivo se congestiona (y más de un estómago delicado también).
Termina la comida, hora de pasar a la
habitación. Cama gigante, televisor idem, baño bonito y amplio. Pero esos
detalles suelen pasar desapercibidos porque a esas alturas ya son más de las 2
de la mañana y como toca estar en el aeropuerto a las 6 (primer vuelo) y en recepción a las 5 (desayuno), lo
prioritario es dormir.
Así que el sujeto o la sujeta se pone su
piyama, -si aplica- o se quita los zapatos, afloja la ropa, se acuesta y… no
hay sueño. El corre-corre de las filas, la comida, las emberracadas y demás
alborotaron la adrenalina, así que pasará un rato largo antes de poder
conciliar el sueño. Pero al fin el organismo se encuentra dispuesto a dormir,
así sea por unos pocos minutos. Ese momento coincide con aquel en que celular,
televisor despertador o llamada de recepción informa al pasajero que es hora
de levantarse.
Un desayuno reforzado le dará la bienvenida
a los que sí se levantaron, porque habrá quienes prefieren dormir, y terminan
saliendo contrarreloj, despeinados y en ayunas para no perder su vuelo. Todos
se encontrarán en la sala de embarque, cansados y ojerosos. Y así estarán todo
el día en su respectivo destino, donde no faltará el tipo desinformado que,
conocida la circunstancia, haga el inevitable comentario.
((Fin))
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Yo narrador
jueves, 17 de marzo de 2016
Pesadilla de cinco estrellas (Primera de dos partes)
Descrito sin entrar en detalles parece un
plan perfecto. Una noche en un hotel con
todos los juguetes, con derecho a comida
y desayuno, sin tener que pagar un peso. Pero como suele pasar en estos y otros
casos, las apariencias engañan.
Un primer detalle es que los beneficiarios
no están ahí por voluntad propia, sino por obligación. Ellos no escogieron
pernoctar en el alojamiento elegante, a ellos les tocó hacerlo. Son víctimas de
diferentes circunstancias, aunque la mayoría de las veces el villano de turno
es el clima.
Y es que la lluvia, la neblina, el viento,
la nieve, cuando alcanzan determinadas magnitudes
afectan directamente el transporte aéreo. Los aviones. Y por supuesto, a los
pasajeros. Entonces vienen las historias de aviones que nunca despegan, o que
despegan pero no pueden aterrizar y terminan en su punto de partida o en algún
aeropuerto alterno sin ninguna relación con el destino inicial.
Hay que decirlo. En ocasiones el
problema no se debe al clima sino a una
extraña conjunción de elementos que nadie explica bien (sistema caído,
daños en la pista, congestión en la
pista, ausencia inesperada del piloto, problemas técnicos del avión, cambio de
peinado de las azafatas o chulos cerca del aeropuerto). Normalmente uno nunca
se entera bien de lo que pasó. Lo único
claro es que, muy cerca o pasada la medianoche alguien da la noticia: el vuelo
ha sido cancelado.
Porque las aerolíneas siempre esperan hasta
el último minuto del día o el primero del día siguiente. Nunca cancelan vuelos
a las 8 o 9 de la noche. No, la decisión siempre se divulga en un aeropuerto
semivacío, donde el auxiliar de turno anuncia a los agotados pasajeros que ese
día ya no se conjugará el verbo volar.
Agotados es una forma generosa de describirlo. Los pasajeros, a esas alturas, suelen ser
piltrafas humanas que han pasado de 6 a 12 horas en las sillas de
aeropuerto. Sillas que, como todos
sabemos, están diseñadas para verse cómodas y no serlo. Su dieta ha oscilado entre el ayuno
absoluto, el tinto que alborota úlceras o, en el mejor de los casos, pasabocas de aeropuerto. Pasabocas que
son iguales a los normales pero tres veces más caros. Aunque tener plata no
ayuda mucho, porque si hay restaurantes son inalcanzables por aquello de “favor no retirarse la sala de
embarque”.
Los viajeros han pasado por el proceso de
buscar información con un funcionario desinformado, otro malencarado, y otro
con cara de bueno y disposición de
colaborar pero sin mucho que decir. Algunos estuvieron una hora o más tiempo a
bordo de una aeronave que nunca se movió de su punto de parqueo. O por mucho
los llevó a pasear por la pista. Otros decolaron, volaron, llegaron,
alcanzaron a ver su ansiado destino pero nunca aterrizaron y tuvieron que hacer
el mismo trayecto en sentido contrario.
Ese grupo de hombres mujeres y niños
cansados, frustrados y desilusionados es el que recibe la noticia de que el vuelo ha sido cancelado y
de que esa noche la aerolínea les brindará alojamiento. En ese momento, por
primera vez desde cuando comenzó el frustrado viaje una sensación de alivio se
siente en el ambiente.
Vana
esperanza, como veremos en la próxima entrega.
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Yo narrador
martes, 10 de noviembre de 2015
El deber cívico de orientar al turista
Visitante.–
Buenos días, quisiera pedirle…
Local.– ¡No
tengo plata!
Visitante.– No
no, es que yo no soy de aquí y…
Local.– ¡Ya le
dije que no tengo plata!
Visitante.– …y
era para ver si usted me dice donde queda el museo.
Local.– Aaahh,
claro.
Visitante.– Sí,
el museo.
Local.– El
museo…
Visitante. – ¿El
museo?
Local.– Eeeh,
¿cuál museo?
Visitante.–
Usted sabe, el museo famoso de acá, el que promocionan en todo lado, el que
tiene la colección esa de, de esas cosas históricas y muy importantes
Local.– Ah, ¡ese
museo!
Visitante.– Sí,
es que un amigo que es de acá me dijo que no me podía ir sin conocerlo.
Local.– ¿A su
amigo?
Visitante.– No,
al museo.
Local.– Pero por
supuesto. Un visita por acá sin ir al museo es como si no hubiera venido.
Visitante.– Sí…
Local.– …, ¿Qué?
Visitante.–
¿Cómo llego?
Local.– ¿A
dónde?
Visitante.– ¡Al
museo!
Local.– Me
hubiera dicho desde el principio. Présteme atención. Camine cuatro cuadras por
esta misma hasta llegar a una plazoleta donde hay una estatua.
Visitante.– ¿De
quien es la estatua?
Local.– … del
tipo este, el de los libros de historia
Visitante.– Ah
claro, ese tipo.
Local.–…bueno,
en la plazoleta voltea a la izquierda. Al fondo va ver un edificio grande de
colores, Camina hacia allá y…
Local.– ¿Cuáles
son los colores?
Visitante.–
Colores de esos que tienen los edificios,
Visitante.– ¿Ahí
queda?
Local.– …ahí no
es. Tiene que voltear de nuevo a la izquierda y seguir caminando hasta
encontrar una iglesia que tiene la estatua de un ángel en la puerta, justo al
frente…
Visitante.–
¿Está el museo?
Local.– No,
venden unas empanadas buenísimas, Se las recomiendo. Después de comerse su
empanada camina tres cuadras más hacia el Norte y ahí sí.
Visitante.– Como
sé cual es el Norte
Local.– El Norte
es a la derecha
Visitante.– La
derecha suya o la derecha mía.
Local.– La
derecha mía o sea la suya cuando esté mirando para donde yo estoy mirando
Visitante.–
Entonces voy tres cuadras a la derecha y ahí sí.
Local.– Sí.
Visitante.–
Llego al museo.
Local.– No, ahí
encuentra una estación de Policía dónde puede preguntar, porque para decirle la verdad, no tengo ni idea cuál es ese museo
del que estamos hablando.
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