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jueves, 8 de septiembre de 2016

El misterio del piloto y la modelo

La mujer es, sencillamente, espectacular. Actriz o modelo, a veces famosa, otras desconocida, pero siempre visualmente impactante. Se viste como si estuviera en una pasarela en Milán. Su vestido es generalmente escotado, con telas sueltas y vaporosas que se mueven sensualmente impulsadas por el viento. Por el viento o por el ventilador invisible, porque, bajo techo o al aire libre, el vestido jamás deja de agitarse.

El caballero reúne condiciones similares en aspecto externo y notoriedad. Si no es alguna celebridad, ha sido cuidadosamente seleccionado. Quijada firme, barba incipiente cuidadosamente descuidada, cabello imposible de despeinar y, lo más importante, carro último modelo. El elemento transporte es infaltable. Admite variantes como moto de alto cilindraje, lancha a motor, avión privado, planeador de ala delta y creo que alguna vez hubo un paracaídas. 

El sujeto, preferiblemente de esmoquin, utiliza su vehículo para movilizarse a grandes velocidades nadie sabe para donde. El esmoquin puede acompañar cualquiera de las opciones mencionadas. Sí, el paracaídas también. A lo James. James Bond, se entiende

Para describir el ambiente es más fácil en negativo. No es una venta de hamburguesas. No es un transporte público. No es un restaurante de almuerzo corriente. No es una fiesta de 15 años en salón alquilado. No es una tienda de barrio. No es una oficina de 8 a 5. No es una fila en una entidad pública. No es ningún lugar de esos donde usted y yo pasamos nuestros días, los rutinarios y los especiales. 

No. Es una especie de coctel estrato 15 que nunca se acaba. Es una playa donde los usuarios no usan chingue sino traje de etiqueta y vestido largo. Es una ciudad donde no se ven ni la Torre Eiffel ni el Arco del Triunfo, pero los que nunca hemos ido allá inmediatamente la identificamos como Paris.

Ya tenemos protagonistas, vestuario, locaciones y utilería. Falta el argumento. El tipo anda en su carro, lancha, moto, ala delta o paracaídas poniendo cara de interesante. Entretanto, la dama corre por escaleras, calles, en medio de la fiesta con una sonrisa pícara especialmente trabajada para que se vea sofisticada.

Como nunca hablan, el único código auditivo que refuerza el mensaje es una canción que suena a francés. La historia termina cuando ella le dedica al tipo su sonrisa antes de atravesar la puerta. Ignoramos dónde es el encuentro, pero parece ser una casa muy elegante y es condición sine qua non que haya una puerta. Porque en caso contrario, ¿cómo haría él para seguirla a través de la puerta?

Lo que pasa después nunca se sabe. Ese es el momento en que bajan las luces, se muestra otra cosa o aparece un nombre mientras la imagen de fondo pierde foco. Claro que entender lo que están insinuando tampoco es tan difícil. Entonces es cuando tratamos de ponerle lógica al asunto. Suponemos que el tipo es un piloto de pruebas al servicio de una organización poco exigente en materia de elementos de protección personal y ropa de trabajo. Y que ella es una modelo de pasarela fugitiva, que se robó el último vestido que modeló, directamente desde la pasarela.

Por qué y cómo terminaron encontrándose, es una enorme misterio.

Pero ese primer enigma es un juego de niños  comparado con  la  pregunta que me hago siempre que veo comerciales  de este tipo. ¿Qué tiene que ver toda esa parafernalia con el perfume que están tratando de vender?

martes, 24 de noviembre de 2015

Chantaje contra la estética


El director del noticiero preguntó cuatro veces e hizo una triple verificación para asegurarse de que su interlocutor era quien decía ser. Y sí, lo era. El legendario escritor PK. El que jamás aparecía en público y nunca, pero nunca, había concedido entrevistas. Y aunque su discreción era inversamente proporcional a la venta de sus libros, ninguno de sus admiradores o detractores conocía su cara, su nombre real u otro dato adicional de PK. Ni siquiera se sabía el significado de las iniciales, en caso de que lo tuviera.

Por eso si el hombre estornudaba en público era primicia. Y no quería estornudar. Quería hacer una declaración. ¿Condiciones? Sin preguntas. Diría lo que tenía que decir y se retiraría. ¿De acuerdo señor director? ¡De acuerdo señor escritor!

Escuchemos la declaración en mención. “Hace muchos años me separé. No tuvimos hijos. Pasé por el quinto piso hace rato y voy llegando al sexto. En redes sociales usaba un seudónimo que prefiero no divulgar, aunque ya esas cuentas no existen. No era un perfil falso, solo discreto. Con mis amigos virtuales intercambiábamos datos de literatura, películas y otras formas de arte. Para ellos yo era un aficionado a la cultura –realmente lo soy– pero nunca revelé mi identidad literaria. Tampoco era necesario.

Entre mensaje y mensaje comencé a tener contactos constantes con quien se identificaba como una mujer menor de 40. Del diálogo virtual pasamos al intercambio de imágenes y de este a una cita personal. En principio la cosa no pintaba bien. Al borde del fracaso total, le conté que PK y yo éramos la misma persona. La revelación tuvo éxito. Mucho éxito. Tanto que la dama y yo terminamos en una relación íntima. En el siguiente contacto virtual ella cambió el tono, anunció que la parte más privada de nuestro encuentro había quedado en video y pidió una enorme cantidad de dinero para que la pieza audiovisual respectiva no se divulgara a través de Internet.

Antes de cualquier cosa pedí ver el video. Sin entrar en detalles, debo anotar un par de puntos. Ustedes comprenderán que a mi edad ciertas características físicas pueden ser muy desagradables a la vista. Más cuando cuidar mi imagen personal nunca ha sido prioritario. Ahí es cuando uno se da cuenta para qué sirve la ropa. Otro: mi desempeño en las actividades de la película también son acordes con mi calendario. Es decir, lamentables. No solo por problemas técnicos, sino por otros atribuibles a la escasa pericia del piloto, o a que sencillamente ya olvidó como se hacían ciertas cosas. Uno no se da cuenta en el momento, pero cuando ve los toros desde la barrera es otra historia.

Esto para señalar que el video, más que una invasión a mi intimidad o algo inmoral es, básicamente, un atentado contra la estética. Tomé la decisión de no pagar y dejar que la dama y sus cómplices hagan lo que consideren conveniente y adecuado. Pero no estoy aquí para hacer denuncias. Estoy para pedirle disculpas a cualquier persona que tenga acceso a esa pieza audiovisual. Nadie se merece ver algo como eso. De verdad, qué pena con todos ustedes.”

Epílogo.  La identidad de PK se hizo pública, y durante un tiempo tuvo alguna atención de la gente hasta que otra noticia lo mandó al olvido. ¿Y el video? Muchos morbosos o curiosos lo buscaron. Algunos lo encontraron. Unos pocos lo miraron. Y de verdad ¡Qué pena con esa gente!


jueves, 5 de noviembre de 2015

Caballeros en retiro


Con justicia, hay que decirlo, el personal femenino ha ido ganando batallas en la lucha por igualdad de derechos frente al personal masculino. Sin embargo, hasta la feminista más recalcitrante tiene que reconocer que, en algunos casos, se les fue la mano. Y es que en la lucha por acabar con el machismo, arrasaron de paso su faceta positiva, la caballerosidad.

Por eso las mujeres de hoy pagan cuentas, cargan cajas, mueven muebles, abren las puertas, arreglan electrodomésticos, pintan mesas y destapan frascos. Claro, las de antes también hacían lo mismo, siempre y cuando no hubiera un caballero en la línea de fuego. Esas eran cosas de hombres, si los había.

Hoy en día, los tipos se descararon. Así, no es extraño ver un par de damas cargando 30 kilos de sofá de un lado a otro de la casa mientras el personal masculino las ignora, o en un caso de extrema generosidad les ayuda ...a abrir la puerta.

En defensa de los portadores de testosterona habría que decir que no es que no puedan o no quieran. Simplemente no se les ocurre. Una adecuada - y conveniente - combinación de respeto por sus semejantes femeninos y pereza bien administrada hacen que no hagan nada, a menos que se les pida.

En el otro lado, la mezcla es de sensibilidad y orgullo. El eterno femenino presupone que los hombre deben entender las cosas sin necesidad de que se las digan.

El resultado de esto suele ser una pareja incomunicada, y una mujer subiendo cajas al segundo piso mientras él ve fútbol en la televisión, o en el mejor de los casos vuelve a acomodar el tapete.
Existe otra situación. La típica es así. Un domingo cualquiera ella decide reorganizar los muebles del cuarto. Mientras el marido toma cerveza con sus amigos en la tienda, ella mueve mesas de noche, escritorios, tocadores y hasta la cama.

Cuando la esposa está empujando el tocador de guayacán hacia la ventana aparece él, quien se queda mirando a esa dama sudorosa y cansada, cuya musculatura se encuentra tensa como consecuencia del esfuerzo físico. Ella lo mira a los ojos y ve en ellos el brillo de un ayudante en potencia

Entonces él se acerca y le dice, con tono autosuficiente.

“Mi amor, mejor pon el tocador al lado del baño.”

Y arranca para el televisor.

jueves, 9 de julio de 2015

Frases inocentes... por fuera de la cama


“¡Más!¡Más!¡MÁS!” gritaba ella mientras agitaba los brazos y mantenía los ojos fijos en la pareja. Mientras, su mente trataba de lograr la unión perfecta entre… el carro y el espacio de parqueo.

Que pena si se ilusionaron, No es aquello. A manera de test para medir hasta donde puede llegar una imaginación excesivamente creativa, sigamos con otras frases que, definitivamente, significan algo diferente según el sitio donde se pronuncien.        

 “Ahora por la boca” ordenó el hombre mientras movía el estetoscopio sobre la espalda del interlocutor, como hacen los médicos mientras auscultan sus pacientes con instrucciones claras sobre como aspirar y espirar 

“¡Mmmmmmmmmmmmm!” expresó el empleado/estudiante/pareja cuestionado por su jefe/profesor/pareja sobre algún tema cuya respuesta ignoraba o, peor, conocía pero no era conveniente divulgar.

“¡Echemos el otro!”, exclamó tras ese momento culminante donde todos los factores involucrados alcanzaron su punto de perfección, y el cocinero consideró que la mezcla en la estufa había alcanzado la temperatura, olor y consistencia adecuada para la siguiente tanda de ingredientes.

“Por ahí no”, advirtió en tono firme la pasajera al conductor para que no tomara la vía equivocada.

“¡Aaaaaaaaaaaaa!” gritó desde la silla, con la boca abierta, la joven mientras el instrumento de madera introducido… por el otorrinolaringólogo le bajaba la lengua –al fin y al cabo se llama baja lenguas-.    

“¿Ya me la sacó?” fue la pregunta de la mujer sudorosa, nerviosa y asustada para el profesional de la odontología durante su exodoncia. 

“Métala despacio y muévala suavemente” le explicó el cerrajero a su cliente frente a una chapa excesivamente temperamental.

“¿Quieres que te lo caliente?”, el almuerzo, por supuesto.

“¡Falta lubricación!” señaló el mecánico ante el chirrido constante de la máquina. 

“Solo la puntita” instruyó la decoradora al maestro sobre como taladrar los agujeros para colgar cuadros livianos.

“Probemos a meterla por detrás” manifestó tras varios intentos infructuosos con los puertos delanteros de la vieja CPU el ingeniero que intentaba conectar la USB.

“¿Me va a doler?” consultó, con las nalgas descubiertas y recostado boca abajo mientras   la enfermera preparaba la inyección. 

“Por el otro lado también se puede”…imprimir.

viernes, 20 de julio de 2012

Agudización y distorsión sensorial derivados del efecto traga maluca (r)


(Resumen ejecutivo)

A1 tiene una traga maluca, ve lo invisible, pero también ve lo que quiere ver.

L2 (ella) y A1 (él) coinciden en su espacio laboral y aunque pertenecen a diferentes áreas y oficinas sus asignaciones se cruzan de vez en cuando.

A continuación, analizaremos algunas situaciones específicas a través de tres perspectivas. Lo que ocurre, la forma como A1 lo interpreta y la forma como lo ve un testigo imparcial al que llamaremos T3.

1.      L2 se aparta el pelo de la cara en un movimiento juguetón. A1 ve una señal inconsciente de coquetería. T3 ve una mechuda que debió sujetarse el cabello en vez de dejarlo suelto.
2.      L2 no saluda. A1 considera que está tratando de hacerse notar. T3 nota que en la empresa no todos saludan a todo el mundo todos los días.
3.      L2 contacta a A1 para hacerle una solicitud de tipo laboral. A1 considera que es una disculpa para hablar con él. T3 sabe que cualquier labor demanda, a veces, apoyo interdisciplinario.
4.      L2 felicita a A1 en su cumpleaños. A1 siente que es un detalle especial. T3 y 40 más también lo felicitaron.
5.      L2 canta una canción mientras espera en el teléfono que A1 le confirme un dato. A1 busca mensajes ocultos en la letra. T3 oye una voz destemplada quemando tiempo.
6.      L2 conversa momentáneamente con A1 en el ascensor. A1 siente un momento compartido. T3 anota que ambos tienen el mismo horario, luego llegan y salen a una hora similar y uno trabaja en el piso 15 y otro en el 16.
7.      L2 sonríe a veces. A1 también sonríe. T3 sonríe, B sonríe, C sonríe y así sucesivamente hasta la Z.
8.      L2 agradece mediante correo o llamada un dulce que A1 le dejó en el escritorio. A1, ilusionado,  prepara el siguiente paso. T3 observa reacciones análogas de agradecimiento por parte de L2 con el mensajero que dejó los recibos de los servicios pagados, la bibliotecaria que le dejó el informe pendiente y la colega que le prestó unos pañuelos desechables.
9.      L2 rompe su rutina y se viste y maquilla de un modo diferente. A1 considera que es para él. T3 también está invitado a la fiesta.
10.  L2 ignora un correo enviado por A1. A1 ve el comportamiento típico de renuencia intencional. T3 se agarra la cabeza y murmura frases ininteligibles. 
11.  L2 parpadea. A1 ve coquetería. T3 ve lagañas.
12.  L2 pasa la lengua por sus labios durante el almuerzo. A1 siente insinuaciones. T3 le alcanza a L2 una servilleta.
13.  L2 suelta alguna confidencia en una conversación rutinaria con A1. A1 la considera un tratamiento especial. T3, que también le ha soltado confidencias sabe que A1 es un tipo que inspira confianza.
14.  L2 saluda primero a A1 al ingresar a una reunión. A1 nota la deferencia. T3 nota que A1 era el único conocido o el de la primera silla.
15.  L2 se sienta al lado de A1 en una reunión. A1 ve alguien buscando cercanía. T3 ve que todas las demás sillas están ocupadas.

Conclusiones 
(Extracto)

A1 está jodido
(Si quiere leer el artículo completo, haga clic aquí) 

...

martes, 28 de febrero de 2012

Importancia de la entomología en relaciones de pareja

Padilla mide cerca de dos metros, tiene cara de malo, parpadea poco y es lento para reaccionar. Su falta de reflejos proyecta una falsa imagen de imperturbabilidad ante eventos inesperados. Por eso le dicen Carepalo.

En tiempos de clima frío, la vida de “Carepalo” era mucho sencilla. Pero el destino le puso ingresos adicionales un par de pisos térmicos más abajo, lo que terminó reubicándolo en tierra de calentanos y calentanas. Calentanas como ella: Lucero.

Y sin que Padilla entendiera el cómo ni el porqué, Lucero empezó a coger cara de pareja. En el sentido del tanteo inicial, cuando ciertas actitudes coquetas rompen la rutina del encuentro casual. En compartir una invitación donde la conversación se interrumpe para comunicar por medio de un silencio más expresivo que cualquier palabra.

Suena bonito y hasta romántico… pero seamos honestos, la cosa no ocurrió así.

Hasta la parte de la invitación los hechos más o menos corresponden. Estaban en un sitio de esos con música suave pero no comprometedora, en medio de una iluminación tenue pero no peligrosa. Un paseador de perros que pasaba por ahí generó una pregunta inocente sobre el tema de las mascotas. Y la reacción de Padilla rompió esquemas.

Ella vio el rostro crispado y sintió una especie de grito ahogado antes del suspiro. Jamás pensó que Carepalo podría albergar un sentimiento tan tierno por el recuerdo de algún compañero de 4 patas. Luego vino el silencio, ese silencio largo y expresivo. Y la mirada. Los ojos avergonzados y esquivos. Lucero supo que tenía que dar el primer paso, y fue ahí cuando le tomó la mano.

Insistimos, las apariencias engañan.

Es oficial: Padilla y Lucero son pareja. Comparten invitaciones a lugares románticos, culturales, sociales y de los otros. También le sacan tiempo a sus espacios personales. La casa familiar de ella, el apartamento de soltero de él. Como ese día.

Situación. Una comida preparada y disfrutada entre dos acaba de terminar. Vienen los oficios compartidos. Ella lava, él seca. Ella comenta algo sobre los sabores de la infancia. Deja Vu. El grito ahogado, la mirada esquiva, el suspiro. Lucero no duda. Nunca lo hace. Abraza su hombre. Este corresponde, (de hecho, casi la aplasta) Dos cuerpos se funden y… pasa lo que tiene que pasar.

Lamento ser tan reiterativo, pero no siempre todo es lo que parece.

Es final de la noche o comienzo de la madrugada. Lucero ronronea un sueño plácido con la cabeza sobre el regazo de Padilla. Él no duerme. Su actitud engañosamente serena ante la vida tiene una excepción para consumo interno. El hombre sufre de entomofobia leve con reacciones histéricas ante la presencia de una Blatta Orientalis. Para ser un poco más precisos, grita como nena cuando, en determinadas circunstancias, ve una cucaracha.

Como este comportamiento califica como inaceptable ante la potencial conquista hubo que improvisar. El día que el pequeño acorazado cruzo raudo por la pared en el bebedero de cerveza, a duras penas alcanzó a reprimir el grito. Como qué pena con esa señora, mientras buscaba una mentira ni modo de mirarla a los ojos. Y sabrá el que sabemos por qué le cogieron la mano.

Bueno, él cogió la caña. Y todo iba bien. Pero en plena lavada de trastes la inoportuna de seis patas apareció bajo la estufa en ruta hacia debajo de la nevera. Otro grito para adentro. Otro momento crítico de “ahora qué digo”. Pero nada, lo abrazan. Por obligación toca responder cuando el invertebrado de turno hace su recorrido inverso. Otro grito reprimido y casi dos metros de susto se cierran con fuerzas sobre el cuerpo de Lucero. (De hecho, casi la aplasta).

“¿Qué te pasa?” La voz soñolienta viene de una cara angelical que mira desde abajo. Padilla sabe que le llegó el turno a la sinceridad. Pero hasta el día de hoy, ese momento está aplazado. Todo porque mientras buscaba las palabras precisas para ser cobarde con dignidad Lucero desvió la mirada hasta enfocarla en algo detrás del entomofóbico. Se levantó rápidamente y puso la mano, ahuecada, sobre la pared. Agarró, abrió la ventana y lanzó lo que acababa de coger con furia. La banda sonora del corto pero significativo evento incluyó frases medio incoherentes. Algo acerca de odiar y bichos, de la profesión de la madre del bicho y de no tirarse la pared aplastando, y de estar mamada de esas (censurado) cucarachas…

martes, 1 de febrero de 2011

Cosas de papa y mamá


Cuando uno era pequeño (uuuuuuu) había zonas prohibidas de acuerdo con el género. Menos elegante: había cosas de mujeres, y cosas de hombres. La cosa llegaba al extremo de que no era necesaria una prohibición expresa. Era un tabú. Si usted es mujer, o si usted es hombres, usted hace o no hace… eso.

Suena rarísimo en un mundo como el actual, donde para ser hombre hay que “explorar el lado femenino”. Es curioso. Hoy, cuando las mujeres juegan fútbol a lo Maradona y los hombres cocinan sin oler a carne de gallina tenemos por allá, en el subconsciente, una lista de tareas, actividades o simplemente reacciones que tienen sexo. No importan los hechos, todos los que hemos pasado por una determinada cantidad mínima de calendarios en el prontuario “sabemos” que…
1. Los hombres destapan frascos. Las mujeres los organizan por colores.
2. Los hombres juegan fútbol, ven fútbol, respiran fútbol, sueñan fútbol. Las mujeres preguntan sobre fútbol.
3. Las mujeres consultan cuando buscan un lugar. Los hombres no preguntan cuando están perdidos.
4. Las mujeres organizan celebraciones de cumpleaños en el sitio de trabajo. Los hombres huyen –antes, durante y después- de las celebraciones de cumpleaños en el sitio de trabajo.
5. Las mujeres van al baño en grupo. Los hombres se rascan.
6. Los hombres comen carne y toman cerveza. Las mujeres comen verdura y toman cocteles.
7. Los hombres arreglan electrodomésticos. Las mujeres llaman al técnico después de que su hombre “arregló” los aparatos.
8. Los hombres son diestros para la tecnología. Las mujeres son hábiles para los trabajos manuales de precisión.
9. Las mujeres ordenan el baño. Los hombres llenan el baño.
10. Los hombres no cosen botones. Las mujeres no cambian llantas.
11. Los hombres prenden el fuego y preparan el asado. La mujer cocina todo lo demás.
12. Las mujeres se dejan invitar. Los hombres pagan.
13. Las mujeres observan y critican el aspecto físico de otras mujeres. Los hombres jamás se expresan públicamente sobre el aspecto físico de otros hombres.
14. Las mujeres regañan a los hijos. Los hombres no se meten en eso.
15. Los hombres compran zapatos. Las mujeres realizan excursiones en busca del calzado perfecto.
16. Las mujeres fingen que están indefensas, los hombres fingen que no necesitan ayuda.
17. Las mujeres tiene citas regulares con el médico. Los hombres solo van cuando no hay ninguna otra alternativa.
18. Las mujeres disponen de un centro social recreativo llamado salón de belleza. Los hombres son fieles a un peluquero.
19. Las mujeres le comunican a alguien todo lo que hacen, piensan o sienten. Los hombres despachan el 90 por ciento de sus conversaciones con un “más o menos”.
20. Las mujeres convierten en su enemiga mortal a su mejor amiga y viceversa. Los hombres cambian de mejor amigo cada vez que se emborrachan.
21. Los hombres invitan a la casa, las mujeres atienden las visitas.
22. Los hombres ponen el trago en las fiestas. Las mujeres llevan la comida.
23. Los hombres son groseros. Las mujeres son chismosas.
24. Los hombres negocian. Las mujeres regatean.
25. Los hombres ganan plata. Las mujeres la hacen rendir.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Las técnicas de seducción de Guillermo El Conquistador

Es algo así como Juan Tenorio, y Casanova, pero al revés. Mientras estos aplicaron con éxito las artes de la seducción, a Guillermo le pasa todo lo contrario. Dicho de otra manera, existen seductores excelentes, buenos, regulares, malos, pésimos, y Guillermo.

Un indicador de su nula capacidad conquistadora es que es el único mortal que tiene que pagar en sus sueños eróticos (y lo de sueños es literal, es decir, cuando está dormido). Otra, que se matriculó en una agencia matrimonial y terminaron devolviéndole la plata.

Y seamos justos, el tipo no es feo. Pero aunque es capaz de recordar las más complicadas ecuaciones matemáticas, o citar con precisión cualquier fecha histórica, siempre olvida los nombres de las mujeres que le acaban de presentar.

Así que sólo es cuestión de minutos para que convierta a Sonia en Patricia; o a Claudia en Susana. Eso ha puesto punto final a muchas conversaciones, aunque de vez en cuando existe una dama interesada en seguir hablando, pese al cambio de identidad.

No hay problema, él logrará que la conversación se desbarate.

El hombre es culto. Se le puede medir a cualquier tema. Y siempre plantea el equivocado. Así, la joven interesada en el arte recibirá cátedra de fútbol; la universitaria imbuida en lecturas postmodernas escuchará sobre su afición al Pato Donald; la chica rumbera tendrá la oportunidad de conocer los conflictos internos del hombre en busca de su identidad; y la austera evangélica oirá relatos picarescos sobre las travesuras adolescentes de Guillermo.

Como vemos, nunca le acierta al tópico adecuado. Pero la naturaleza le sigue dando oportunidades y hay ocasiones en que de esas conversaciones queda un número telefónico, o una cita. Y ahí es cuando Guillermo saca a relucir a fondo sus habilidades.

Llegará tarde, vestido con ropa arrugada que le queda mal. Al querer hacer un piropo anotará ante la dama de turno “hoy sí estás bonita”.

Al escoger sitio, siempre será demasiado popular, demasiado elitista, demasiado escandaloso o demasiado calmado para los gustos de su pareja. Y como está será demasiado educada para decírselo, el entenderá que acertó, y actuará de acuerdo con el sitio.

Así, en una discoteca querrá bailar todas las piezas, en un asadero típico comerá carne con las manos y en una galería, comentará todos los cuadros.

Ella dará gracias al cielo cuando sea abandonada en un bus, un taxi o la puerta de su casa. Las próximas llamadas de Guillermo serán respondidas con desde un diplomático “no tengo tiempo”, hasta un descarnadamente honesto “mire, es que no quiero salir con usted”.

No hay duda. Es un seductor fuera de serie.

viernes, 21 de agosto de 2009

Guillermo el Conquistador y una historia solo para adultos

Como el tiempo ha pasado y Guillermo El Conquistador sigue sin lograr pasar a la historia como versión nacional de Casanova, la voluntad inicial ha dado paso a una situación difícil, compleja, desesperada, horripilante... ¡Mamá!
Así que una tarde, mientras el don Juan de chocolate arrastraba sus pies por un andén repleto de tristeza, (el triste es Guillermo, el andén no tiene sentimientos), desde la vitrina de una caseta callejera, una hermosa rubia de poca ropa se convirtió en esperanza importada.
Ella tenía ojos golosos, rostro sensual, cabellera de comercial y un letrero en inglés que decía algo así como "Tus horas de soledad han terminado, llámame al..."
Y justo sobre el número telefónico, un ejemplar atrasado de la revista de Los Misioneros Descalzos del Atrato.
La publicación geográfico-religiosa hizo que Guillermo retornara al planeta Tierra. La rubia en mención se encontraba en la última página de una revista sólo para adultos, de esas que se venden en las casetas de cualquier ciudad del país.
Y aunque Guillermo había visto exhibidas esas publicaciones miles de veces sin prestarles mayor atención, ese día estaba deprimido, y pensó que un pecadillo menor de nombre gringo tal vez le subiría el ánimo.
Así que miró hacia su izquierda. Nadie conocido. A su derecha. Un muro. Adelante, la caseta. Atrás, una iglesia.
Aunque Guillermo no es hombre religioso, si tiene ciertas creencias. Así que decidió buscar otra caseta, sin referencias teológicas en las cercanías. Ocho templos. dos conventos, tres sinagogas, un centro de Hare Krhishnas, y una mezquita después, Guillermo el Conquistador finalmente encontró un puesto de revistas sin centros religiosos a la vista.
Nuevamente miró hacia su izquierda. Nadie conocido. A su derecha. El puesto de revistas!. Atrás. Una calle. Al frente. Un muro. Caminó con paso decidido y se ubicó frente a la caseta preguntando como quien no quiere la cosa. “Tiene... ¿El último Condorito?"
Después de preguntar por Revista Ganchillo, Mecánica Popular, Agricultura al Día, el New York Times, Tv y Novelas, Burda y Crochet para Jubilados, y ante la inminente amenaza de que el vendedor le preguntara acerca de la salud de su madre (la de Guillermo) finalmente se decidió a...
"Que hubo Memo". La voz sonó fuerte mientras la palmada golpeaba en la espalda. Esto era increíble. De todos los parientes posibles, tenía que encontrarse con el primo más bocón de toda la familia en ese momento.
Y la siguiente pregunta fue la más temida "¿Va a comprar algo?"
El de la caseta preguntó lo mismo "¿Va a comprar algo?"
...Y fue así como Guillermo El Conquistador regresó una tarde a su casa con el último ejemplar de Condorito, Mecánica Popular, Selecciones y 12 revistas más que, honestamente, le importaban un pito.

viernes, 7 de agosto de 2009

Guillermo el Conquistador busca sus viejos amores

En vista de sus recientes fracasos, Guillermo el Conquistador decidió cambiar de táctica en sus planes de gallinaceo. Han pasado muchas lunas desde la adolescencia, pero entre sus recuerdos particulares, el guarda, como un tesoro, la agenda de sus últimos años de colegio y primeros de universidad. Y en ella están los teléfonos de esos fracasos digo, intentos iniciales.

Hace años no se pudo, es cierto, pero... ¿Y ahora? .

Llamada uno: "Sí, ¿me puede comunicar con Nelly? No vive ahí... Es que yo tengo ese teléfono... ¿ Que ustedes viven ahí hace 10 años y no conocen ninguna Nelly?... Y... ¿No saben adonde se fueron a vivir los que les vendieron la casa? Sí señora, yo entiendo que está ocupada pero... Aló, ALO, ALO...

Llamada dos: ¿Por favor Claudia? Claudia, adivina con quien hablas... Ni idea... Una pista... Está bien, no te molestes, ¡Con Guillermo! Guillermo Alfredo... Guillermo Alfredo Apellido1... Guillermo Alfredo Apellido1 Apellido2, fuimos compañeros en la U... No, durante toda la carrera... Yo soy alto, de ojos claros, pelo crespo... No, a mí no me decían el “Pote”.... No, yo no soy el que tenía un Renault 4, yo soy el que te invitaba a tomar tinto... ¿Qué cual de todos? Ibamos a la cafetería de Nicolás... Sí, a esa... Sí, en esa mesa... Sí, por la tarde... No, yo no soy el del grupo de rock. Mejor olvídalo. Chao.

Llamada tres: "Sí, ¿Ahí vive Nury?. Soy un amigo. Me puede dar el teléfono?... Gracias, un momentico anoto... .90, 86, 47... Oiga, ¿de donde es ese teléfono?... Un postgrado en Noruega, aaaa. Gracias.

Llamada Cuatro: ¿Sería tan amable de comunicarme con Adriana?... , Adriana, te habla Guillermo, no se si te... ¡Te acuerdas! que bueeeeno... No, a mí me ha ido bien... Y tú que, ¿De verdad terminaste... Que bueeno... ¿De verdad conseguiste empleo? Que bueeeeno...De verdad llegaste a la gerencia...¿Que bueeeno? De verdad te casaste y tienes tres hijos... Que... interesante. Fue un placer haber hablado contigo... Claro, cuando quieras... Sí, hay que organizar una reunión.

Llamada cinco: ¿Por favor Alba Lucía?... Alba Lucía, te habla Guillermo... El mismo... No, es que se me ocurrió saludarte. Y como está tu marido... ¿No te has casado? Y cuando piensas hacerlo?... ¿Nunca? Que buen... Como así que te dejó plantada en el altar... Y se robó el carro que había alquilado tu papá para la boda... Oye Alba, cálmate... Espera, no llores... Oye, qué es ese. ruido. Aló, Aló, AlO... ¿Quien habla? La mamá de Alba... ¡Que ella qué!...¿lntentó ahorcarse con el cable? Siempre se pone así cuando le hablan de ese tema. No señora, creo que fue número equivocado... Clic.

miércoles, 5 de agosto de 2009

De como Guillermo el Conquistador pasa la tarde con una pelirroja y tiene una experiencia mística

Continúa la crónica de como Guillermo Alfredo, quien decidió llamarse a sí mismo Guillermo el Conquistador, prosigue en su saga en búsqueda de la conquista del bello sexo.

Día 3: Guillermo recibe una llamada. Es Bernardo, (Berni para las amigas) el rompecorazones. El nuncafalla. El TM (Tumbalocas Mayor). Por extraño que parezca, Berni necesita ayuda. Y pensó en Guillermo.

Resumiendo. Bernardo tiene una amiga. Y ella tiene otra amiga. Bernardo quiere salir con su amiga. Pero su amiga no sale sin su otra amiga. Entonces necesitan un amigo para que salga con la amiga para que la amiga pueda salir con Bernardo.

Guillermo tampoco entendió muy bien, pero captó la idea principal. Había una ella que buscaba un él. Y él (Guillermo) era él.

Bernardo se la describe. Pelirroja. Ojos claros. Un poco robusta pero sin exagerar. Muy conversadora. Con actitudes tiernas. Y sin novio. “A ver Memo, es ahora, o nunca”.

Es domingo en la tarde, el sol brilla. Guillermo y Bernardo esperan a la entrada del parque. De repente unas manos tapan los ojos de Bernardo, Guillermo se voltea y...

Si hubiera salido corriendo, no hubiera tenido que pasar toda una tarde con esa niña gorda de 8 años que hablaba hasta por los codos y se comía todo lo que se atravesaba. Pero le faltaron reflejos.

Día 4: Guillermo amaneció de malas. No alcanzó a ponerse corbata. Se subió tarde y despeinado al bus. Sin embargo, logró sentarse. Y entonces ella llegó a la banca del lado. Su vestimenta era poco reveladora. Medias pantalón negras de lana. Falda escocesa. Blusa abotonada hasta el cuello.

Pero el rostro era agradable. Poco maquillaje, peinado, sencillo y sonrisa... sonrisa al mismo tiempo con la mirada.

Guillermo mira hacia atrás. No hay nadie. Se cambia de asiento. voltea los ojos y vuelve a mirarla. Lo sigue observando. Siente que el pulso se le acelera, y dos gotas de una cosa fría le corren frente abajo. Cierra los ojos y vuelve a abrirlos.

Ella sigue ahí. Mirándolo con esos enormes ojos claros. Y sonriendo. Él vuelve a sentarse cerca. Y entonces es cuando ella abre la boca. Su voz es suave. absolutamente femenina (lo que descarta cierta teoría que tenía bastante inquieto a Guillermo) y hermosa.

Para Guillermo es música cuando ella dice "Si no tienes nada que hacer, porque no me acompañas".

Guillermo y ella van por la calle. Ella ha tratado de hablarle pero él, aplicando las técnicas de los maestros le responde que ya tendrán tiempo de hablar cuando lleguen. Ella asiente y sonríe. Camina hasta que llegan a la casa grande de la esquina y sonríe. Saca la llave y sonríe. Le dice a Guillermo que sigan y sonríe...

Y sonrió toda la mañana, mientras Guillermo tuvo que aguantarse la lectura bíblica, los cantos y toda la parafernalia de lo 25 miembros del grupo de oración reunidos en la casa grande de la esquina, dispuestos a apartarlo de la senda del pecado. ¡Aleluya hermano! ¡Aleluya!

lunes, 3 de agosto de 2009

Conozcan a Guillermo El Conquistador

Guillermo Alfredo está decidido a superar su timidez crónica y hará, a partir de la fecha, todo lo posible para convertirse en el sueño del bello sexo. Por eso, le ha dicho a sus amigos que, de hoy en adelante, lo llamen Guillermo el Conquistador y ha nombrado a las Amilcaradas como heraldo de sus hazañas. He aquí la crónica del último guerrero del romanticismo.

Día 1: Guillermo se sube seductoramente al bus. Va cubierto de una sutil ración de "Pino" en el cuello de la camisa, la solapa del saco, el nudo de la corbata, el pañuelo, los cachetes, la frente y la camisa, por lo que todas voltean al pasar (y todos, ya que ese olor a piso recién lavado es imposible de ignorar). En vista del éxito de su fragancia vegetal, Guillermo selecciona su víctima. Ella está sentada seductoramente en la última fila. Ojos negros, falda negra y corta, saco azul de lana. Ocupa la silla al borde del pasillo. Guillermo se acerca. Observa como ella, en un movimiento repleto de sensualidad, se lleva instintivamente la mano a las narices. Luego levanta la cara (ella) y sus ojos se quedan mirando a los de Guillermo, quien aunque siente un corrientazo, le sostiene la mirada y es en ese momento cuando....

Guillermo estaba avisado. El médico le había dicho que era alérgico a la mayoría de las colonias, perfumes o lavandas, y que en cualquier momento podría venir una reacción alérgica. Por eso, era de esperar que —como le ocurría con su alergia— la sangre se le viniera por las narices. Pero, ¿por qué tenia que ser justo en ese momento?

Día 2: Guillermo tiene el romanticismo alborotado. Le ha hablado a la chica del traje floreado y ella le ha dicho que sí. Compartirán almuerzo. Esta vez todo debe ser perfecto. Por eso, se perfuma con la colonia antiséptica —recetada por el médico después de varias pruebas— y se coloca la corbata del tigre en el Polo. Infalible. Nunca ha fracasado con ella (Nota, es la primera vez que se la pone).

Guillermo pasa por la floristería del cementerio. Entonces los ve. Frescos. Recién cortados. Símbolos de vida y muerte. De amor y sacrificio. Claveles rojos, blancos, y rosados. No se decide por ningún color y entonces tiene una idea genial. Uno de cada uno. El blanco por tu pureza, el rojo por tu ardor, el rosado por tu femineidad. Garantizado. Aquí coronamos. Al fin a lo lejos aparece la amada. Guillermo, con sus claveles envueltos en celofán, decide esperar hasta que ingresen al restaurante. Allí hará entrega de la pureza, el ardor y la femineidad. Entran y se sientan. Entonces...

Aun hoy Guillermo se pregunta. Si todas las mesas del restaurante no hubieran estado decoradas con tres claveles —uno blanco, uno rosado y uno rojo— ¿habría tenido esa absurdo ataque de risa nerviosa, que terminó por tirarse todo? Solo Dios lo sabe.

lunes, 7 de julio de 2008

Temblor en el lugar equivocado

Albeiro tiene una historia buenísima, que no le puede contar a nadie. Todo comenzó cuando vio cierto aviso en el periódico. Decía masajes. La verdad es que estaba algo tenso... No, la verdad es que él sabía que a veces esos avisos escondían otra cosa. Y ese día le sobraba plata y le faltaban remordimientos.
Sin entrar en detalles, un par de horas después Albeiro estaba en una camilla, boca abajo, desnudo y con los ojos cerrados. Las manos expertas de una mujer joven, bonita y con poca ropa recorrían su espalda, sus piernas y zonas intermedias. La sensación era agradable. En cierto momento empezó a sentir su cuerpo sacudirse acompasadamente, como si alguien moviera la camilla. Estaba extasiado, estaba excitado, estaba.. ¡temblando!
Varios factores lo llevaron a entender que se trataba de un problema sísmico. Uno: el grito de la masajista. Dos: que cuando abrió los ojos no había masajista y la puerta del pequeño cuarto estaba abierta de par en par. Y tres, que la cama se movía, se movía y se movía.
El instinto lo sacaba de la casa. La decencia lo detuvo a mitad de camino, porque estaba desnudo. Volvió al cuarto y se puso un pantalón y un sueter al revés. Al salir, descalzo, vio a su masajista llorando mientras la calle se llenaba de gente. Fue un temblor largo -”el más largo de los últimos 20 años”- diría el noticiero.
Mas tarde comenzó el problema. Un grupo de amigos y amigas aterrizó en el tema del día: el temblor. Estaba en mi casa, dijo Patricia; en un centro comercial, señaló Roberto; por la calle en el carro, manifestó Freddy; en gimnasio, informó Claudia; en una... (silencio por parte de Albeiro).
El combo entero se quedó mirándolo. “En una... calle”. ¿Cuál calle?, preguntó Patricia. “Una calle... del centro...” ¿Y qué hacía ahí? consultó Roberto. “Iba a comprar... cigarrillos? ¿Y usted desde cuando fuma? interrogó Freddy. “Eran para... mi novia”. ¿”Tiene novia? indagó Claudia. Siiiii, cuente el chisme, corearon los amigos.
Albeiro pasó la mitad de la tarde hablando de una mujer inexistente. Esa primera experiencia lo motivó a diseñar una historia alterna. Decidió inaugurarla con su mamá. Estaba en un centro comercial. ¿En cuál?, ¿y qué compró? ¿y con quién estaba? ¿y por qué solo?
Durante los días siguientes, Albeiro ensayó versiones. En su casa, cruzando una calle, tomándose un café. Todas originaban una curiosidad morbosa por los detalles. El mundo parecía obsesionado por el qué, el cómo y el dónde de su relación con el temblor.
Y pensar que la realidad es una historia buenísima.
Lástima que sea inconfesable.

lunes, 23 de junio de 2008

Miro miro, tapen tapen

La buena noticia para el señor Miranda es que el panorama se llenó de la fuente de producción de leche para humanos recién nacidos. Así define la Enciclopedia Encarta a las glándulas mamarias. Los que no son enciclopedias utilizan términos menos técnicos, como uno que empieza por t y evoca la industria láctea. Pero para evitar problemas con los oídos sensibles, en esta historia hablaremos de trigonometría: senos, cosenos, tangentes y ángulos.
Miranda nunca fue bueno para calcular cosenos y tangentes, pero en cambio siempre ha tenido una atracción hacia los senos. Es un reflejo condicionado. Cuando un escote se ubica en cualquier ángulo visual adecuado, sus ojos y cabeza giran para formar una línea recta con el pechugón objetivo.
Lo ayuda la enorme distancia que tiene su nariz con respecto al suelo (mide 1.90 sin desayunar). También algún remanente de su época de lactante que actúa como radar. Y, por supuesto, la moda, que sacó del closet las glándulas de marras a través de camisetas con una V que a veces es de Victoria, -pero también puede ser de Natalia, Isabel o de Carolina-; botones que no trabajan, brasieres que desafían la gravedad o agujeros ubicados en el lugar preciso.
Pero la ecuación tiene siempre el mismo resultado. Digamos que A es la prenda con su redondo contenido. B es Miranda y su mirada. A + B = C. Se tapa.
Él no sabe si es demasiado evidente, pone cara de depravado, le falta discreción o es excesivamente insistente. Y hay que decirlo: nunca hace comentarios, ni mucho menos propuestas. Pero inevitablemente su encuentro visual con un escote genera botones cerrados, dedos que ajustan telas, posturas aceleradas de chaquetas y, en casos extremos, manos cruzadas sobre el pecho.
Ahí termina... No. Se pone peor. Un inexplicable fuego sube a las orejas de Miranda. No lo ve, pero percibe cambios en el tono de piel de su cara. El tema de conversación se pierde mientras ambas partes simulan una normalidad que no existe. El caballero trata de desviar la mirada pero es como si tuviera un resorte. Siempre aterriza ahí. Como el hombre es alto y ellas bajitas, solo es cuestión de bajar un poco los ojos para iniciar el proceso causa - efecto: yo miro, ellas tapan.
En su defensa, Miranda alega que la moda no es su culpa y que si ellas deciden exhibir sus atributos, lo menos que un caballero puede hacer es observar cuidadosamente la exhibición.
Pero en su mirada hay un poder que ni él mismo logra controlar.
Es una mirada que tapa escotes.