Mostrando entradas con la etiqueta enhuesados. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta enhuesados. Mostrar todas las entradas

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Recreacionistas

Finalizado ese proyecto estresante y agotador Rojas pudo, por fin, tomarse las altamente aplazadas vacaciones. Buscó un hotel lejano en un pueblo ídem. El escenario perfecto para desconectarse del mundo y gozar de paz y tranquilidad sin el acelere y el ruido del siglo XXI. Llegó, se registró, ingresó a la habitación y se recostó para disfrutar de aquella siesta que llevaba varias semanas embolatada.  

Justo en ese momento comenzó la bulla. Música bailable a todo volumen. A Rojas solo le llegaban los bajos y parte de la percusión. Vibraciones que se sentían como algo que venía del interior de su propio cuerpo. De camino a la recepción a hacer el reclamo, descubrió la fuente del sonido. Un poco de adultos mayores improvisaban pasos en un salón del alojamiento. Y dirigiendo la coreografía, como no, un recreacionista.

A lo largo de su vida, Rojas se ha encontrado con una curiosa cofradía especializada en sabotear sus descansos. Lo obligan a participar en actividades que no le interesan. Convierten escenarios vacacionales, laborales y sociales en rutinas difíciles, tan intrascendentes como irracionales. 

Comenzó en su infancia, durante algún paseo familiar a centro recreacional. El pequeño solo quería chapotear en la piscina todo el día. Hasta que el o la joven de turno convocaba, a gritos, a todos los niños. 

Porque siempre gritan. Y si tienen micrófono y parlante, también. Pero ese es solo el principio.

Rojas (entonces Rojitas) terminaba involucrado en un juego de lleva acuático donde nunca lograba tocar a nadie; o intentando esquivar golpes de un balón que siempre le pegaba, o en una versión del anterior donde él le pegaba (con el balón) justo al llorón o a la llorona.  O tragando agua mientras intentaba recuperar un objeto brillante e inútil del fondo de la piscina. Siempre reclutado, a la brava, para alguna dinámica.

Dinámica, esa palabra lo perseguiría durante la adolescencia, juventud y adultez. Primero en escenarios de ocio, donde el gritón o la gritona de ocasión se las ingeniaba para convertir ese ocio en actividades cada vez más complicadas. Así, tuvo que revelar intimidades frente a personas que acababa de conocer. Construir enrevesadas manualidades con papel, cinta pegante y límite de tiempo. Realizar complejos movimientos (des) coordinados en grupo cogidos de la mano, agarrados de una cuerda o amarrados a la misma.

En todos los casos, Rojas hubiera preferido ver televisión, leer, procrastinar, o socializar con alguna contemporánea en la cual estaba particularmente interesado. Ella, por cierto, siempre terminaba en el equipo contrario si la dinámica implicaba algún tipo de competencia. Y cuando en medio del movimiento el hombre golpeaba a alguien involuntariamente, ese alguien era, por supuesto, ella.

Rojas finalmente alcanzó la edad donde podía decidir libremente si participaba o no en las dinámicas. Eso creía él. El mundo laboral llegó con las jornadas de integración,  promovidas por el empleador del momento.  Por fuera de la oficina, pero en días hábiles. De asistencia voluntaria, pero altamente recomendable para efectos de supervivencia laboral. También incluían gritones, vergonzosas revelaciones públicas, y actividades físicas tan inútiles como intrincadas. Recorrer una distancia mínima de la manera más difícil posible sorteando obstáculos imaginarios. Transportar un huevo en una cuchara... en la boca. Y, si había presupuesto, emular concursos de televisión tipo Castillo de Taskeshi, Telematch o algo parecido.

Y esta vez, sin escapatoria posible.

Nuestro protagonista no es rencoroso. Evita el conflicto o busca soluciones civilizadas. Pero si existe alguien que pueda catalogar como enemigo, está seguro de una cosa. Debe ser un recreacionista.

miércoles, 8 de octubre de 2025

Se alargó, el tiempo se alargó

Quien protagoniza debe estar solo. Sin la compañía de seres vivientes. 

Cumplido ese requisito, vienen los posibles escenarios. El de arranque puede ser una sala de espera donde los segundos pasan a ser minutos. Minutos que se cuentan primero de uno en uno, después en tandas de cinco, luego en decenas hasta que se acercan peligrosamente a, e incluso sobrepasan, la hora, las horas...

Lo mismo ocurre cuando el personal hace algún tipo de fila, con el agravante de que esta es de pie, a veces en plena calle, sometidos a la furia de los elementos. Ahí el tiempo transcurre bajo el sol inclemente, el viento gélido, la penetrante sensación de frío o el agua que cae del cielo en todas sus variantes, desde la llovizna pertinaz hasta el tremendo aguacero.

No hay que estar en un sitio fijo. Puede ocurrir en medio del desplazamiento en carro. Un accidente que no se ve, una obra que se supone va a traer beneficios algún día (pero, definitivamente, no este día), o una sobredosis de motorizados la cual rebasa la capacidad de la vía.  La velocidad se reduce hasta llegar a 0 kilómetros por hora.  Ya no hay forma de llegar puntual. Solo resta quedarse ahí, en la mitad del recorrido esperando un cuando incierto... cuando se normalice el paso.

En ocasiones importa el día. Es sábado, domingo o festivo. La totalidad de actividades aplazadas para el fin de semana fueron cumplidas. Las actividades recreativas de todos los fines de semana también. Se hizo —sin éxito— una ronda en busca de compañero o compañera de aventuras (o de aburrimiento) para el tiempo libre. Y al llegar la tarde (siempre es por la tarde), las horas comienzan a pasar… en cámara lenta.

Otras veces depende de los demás. De esos que cancelan lo que estaba programado para determinado lugar, día y hora. Ese no es el problema. La dificultad es enterarse exactamente (o pocos minutos antes) en ese lugar, día y hora.  Hay algo peor. Cuando el implicado no se entera pero sigue ahí a la espera de ese alguien que no aparecerá y quien, sin anestesia, lo dejó plantado.

Sucede en el trabajo. Convocan con la debida anticipación a una reunión indispensable. Nadie puede faltar. Será trascendental para la organización, para la sección, para los trabajadores, para el universo. Todos los pendientes se adelantan. Hay que disponer de ese tiempo sin ninguna otra prioridad. Llega el momento, llegan los convocados. No llega el jefe. No hay reunión. ¿Podemos irnos? No. Hay que cumplir el horario. 

Claro que algunos viven la misma situación en su casa, en teletrabajo. Y es exactamente igual a cuando el amigo o pariente suspende a último momento esa actividad para la que se reservó una tarde completa. Sin opciones. O cuando el técnico de turno anuncia su inminente visita a la 1, y no llega a las dos, no llega a las tres, no llega a las 4. Eso sí, cada 20 minutos llega el impajaritable mensaje de “ya voy llegando”.

Así es como, inesperadamente, disponemos de mucho tiempo libre. Lo malo es que nos coge fuera de base. Quedamos desprogramados. Y nada ralentiza más el paso de segundos, horas y minutos que la desocupación.  Claro, el personal modelo 2025 puede sacar su teléfono y colgarse de alguna red social, lectura en línea, video, juego, llamada o música. Pero esos aparatos no siempre existieron. Aunque eso es otra historia.

De cualquier forma, sometidos a la implacable dictadura del tiempo muerto, sin excepción, antes de hacer cualquier cosa habrá que formularse la pregunta cuchi cuchi.

¿Y ahora qué hago?

miércoles, 28 de mayo de 2025

La chaqueta de Vladimir


Nota de la redacción. Retomamos con algunos ajustes menores una historia escrita en los años 90 del siglo pasado, cuando por acá escaseaban los celulares, no había pagos electrónicos, pero en cambio ya existían las fiestas retro.   

Todo comenzó cuando Vladimir le pidió prestada a su primo Álvaro la chaqueta de cuero. Era un modelo algo clásico, medio hippie, con broches y flecos por todo lado. Esa noche el hombre estaba invitado a una fiesta, modelo 60,  y pensó que la chaqueta sería buena idea. Solucionado el problema de vestuario, el siguiente era el de plata. Día: viernes. Hora. 7.30 p.m. 

Afortunadamente la pinta modelo 60 correspondía a un hombre de los 90, lo que significa cajero automático igual a billete. Vladimir, con aspecto de anacrónico pandillero buscó un dispensador de dinero. En realidad se veía ridículo. Chaqueta de cuero llena de adornos. Pantalón de Terlenka* y bota campana. Una camiseta con un descomunal signo de paz impreso. Y una balaca en el pelo... pero era un disfraz.

De todas formas, agarró taxi para seguirse de una vez hacia la fiesta. Y apenas vio un cajero vacío, en plena avenida, se bajó a hacer el retiro y le dijo al conductor que lo esperara. Las pocas personas que pasaban lo miraron extrañadas. Pero a Vladimir no le importó, era cuestión de minutos. Introdujo la tarjeta, algo lo distrajo... y entonces sintió un tirón en el brazo y vio en la pequeña pantallita el letrero: este cajero se encuentra fuera de servicio.

Iba a cogerse la cabeza cuando se dio cuenta de que no podía levantar el brazo derecho, pues el mecanismo del dispensador, de alguna forma, había atrapado los flecos de la chaqueta. Y esta no salía.

En lo primero en que pensó Vladimir fue en quitarse la chaqueta. Lo segundo fue como destrabar el cierre. Lo tercero fue una alusión poco respetuosa a la madre del cajero, de la chaqueta y del cierre. Allí estaba, vestido como un viajero del tiempo de 30 años atrás, en una de las calles más concurridas de la ciudad, atrapado por una máquina y sin plata para... ¡el taxi!

El vehículo se hallaba parqueado en la acera de enfrente. El conductor podría ver a Vladimir, pero no oírlo. Así que el hippie trasnochado empezó a gesticular con su brazo libre a ver si lo notaban. Y sí, lo vieron. Lo vieron unas 200 personas que pasaron en ese momento por ahí a pie, en bus, carro particular, buseta, taxi, zorra, patines y bicicleta. Lo vieron los vecinos de la casa de enfrente. Lo vieron los jóvenes, los viejos, los ejecutivos, las universitarias, los colegiales. Lo vieron todos...  menos el chofer del taxi.

Descartada esa posibilidad, empezaron a llegar los equipos de rescate... o mejor, los patos de rescate. Se arremolinaron alrededor de Vladimir dando cada uno su mejor propuesta de solución. Que arrancara la chaqueta a la brava. Que fuera jalando poco a poco.  Que se cortara el brazo. Que apretara las teclas hasta que respondiera.

La víctima ejerció como atracción turística por una hora cuando finalmente se apareció el técnico del banco, quien después de desternillarse de la risa 20 minutos se introdujo al interior de la máquina, algo hizo y liberó al esclavo del cajero.

Lo único que este quería era largarse, así que cruzó la calle y agarró el taxi, cuyo conductor no se había percatado de nada. Y tal vez fue la ofuscación, el afán, o el mal genio... pero lo cierto fue que solo cuando le dijeron el costo de la carrera, cayó en cuenta de una cosa.

No tenía plata.

* Terlenka es una tela gruesa de poliéster que fue ampliamente utilizada para elaborar pantalones bota campana cuando estos eran lo último en materia de moda.

miércoles, 7 de mayo de 2025

Sobre todo

Como mide casi dos metros antes de peinarse, le dicen Manotas. Al igual que muchos contemporáneos, vivió y aceptó la revolución sexual y los cambios en materia de parejas y relaciones. Solo considera inaceptable y contra natura una combinación. Se opone radicalmente al matrimonio entre la industria alimenticia y el correo físico. 

Manotas se educó en un mundo donde la hora de comer implicaba manipular recipientes. La sal salía del salero, las salsas de botellas plásticas estrujables con boquilla pequeña, las galletas de tarros y el azúcar de un azucarero, a veces en prácticos cubitos. Los sobres, en cambio, guardaban cartas, tarjetas, postales y hasta plata, con fines de envío. Pero empezaron a usarlos para empacar alimentos en porciones individuales. El proceso se fue tomando la sal, el azúcar, la leche condensada, la salsa de tomate, la mermelada, el café, la mayonesa, la mostaza… y la lista puede seguir indefinidamente.

Normalmente, esos sobres (plásticos, metalizados, o en materiales indescifrables) vienen señalizados para facilitar el acceso al contenido. Mienten. Donde dice “Ábráse por acá” no abre. Ahí es cuando toca hacer maromas con el cuchillo, las llaves, el cortaúñas o los dientes. Cuando no, pasa lo contrario. Ante la más mínima fuerza medio paquete vuela. Si no se han tomado medidas de seguridad otro tanto ocurre con el contenido. Más para tipos dotados de enormes, gruesos y torpes dedotes como, por supuesto, Manotas.

Así que parte de su existencia transcurre en batalla contra la nueva generación de empaques. Poniendo cara de yo no fui ante un inesperado reguero en la mesa del restaurante. O con recorridos contra reloj en busca del baño más cercano para descargar o limpiar los restos de algún alimento que disparó sobre su humanidad. Manchas indelebles en pantalones, camisas, o suéteres evidencian el desenlace de esos enfrentamientos.

No son los únicos derrames. Condimentos como sal y pimienta requieren una distribución estratégica a lo largo del plato. Para eso se inventaron saleros y pimenteros. Como estos brillan por su ausencia, el resultado suele ser todo o la mayor parte del contenido del sobrecito en un solo punto del pedazo de carne, pollo, pescado o de los huevos. Y el desafío quirúrgico de distribuir el pegote por toda la porción a punta de tenedor, cuchara, cuchillo, dedos, gravedad o todos las anteriores. 

A veces el contenido del pequeño contenedor es demasiado para su gusto particular. Manotas vivió épocas complicadas en su infancia. Tiempos donde en la mesa familiar apenas había lo justo, o menos. Algún rincón perdido de su subconsciente guarda el instinto de no desperdiciar comida. Por eso siempre utiliza el sobre completo, lo que se traduce en sobredosis de salsas, dulces o similares. 

Tampoco falta la mente perversa, esa que definió que la cantidad depositada en cada empaque siempre será insuficiente para las papilas gustativas de Manotas. Opción 1,  aguantarse. Opción 2, aguantarse la mala cara de quien sirve al pedir un sobrecito adicional (mala cara que hace sentir al peticionario como glotón insaciable o consumidor abusivo). Y si recibe el adicional, sumado al ya disponible… será mucho. Uno no alcanza, dos es demasiado. Volvemos al dilema del desperdicio.

En su hogar, Manotas realiza largos y aburridores procesos de pasar, sobre a sobre, los productos a recipientes tradicionales. De visitante (casa ajena, restaurantes) busca la resistencia. Los que no han caído en la tendencia del empaque individual.  Incluso hubo épocas cuando aplicó una medida radical. Cargaba una lonchera con recipientes tradicionales y su propia dotación de salsas, condimentos y aditamentos. 

No funcionó. O funcionó demasiado bien. Sus ocasionales compañeros de mesa agotaron las existencias.

miércoles, 19 de marzo de 2025

Eso nunca pasa

No es que sea ilegal o sobrenatural. Es más, muchas veces el escenario fue diseñado, construido y puesto en funcionamiento con ese objetivo en específico. Pero Alonso y un grupo privilegiado de personas saben que, por alguna misteriosa razón, casi nadie lo utiliza. La misma misteriosa razón que invierte la constante cuando alguien, Alonso, por ejemplo, quiere o debe aprovechar esa circunstancia.

Ejemplos. La entidad donde se realiza aquel trámite tan innecesario como inevitable. Contrario a sus equivalentes en otros lugares, permanece cuasi vacía.  Cuando el tipo pasa por ahí en horarios de oficina siempre ve la locación despejada y al personal conversando mientras disfrutan una tasa de café.

Pero cuando Alonso es el usuario, algo pasa. Llega a mediodía y en vez de soledad, lo recibe tremenda fila. Tanta que debe volver otro día temprano a no alcanzar ficha. Dos intentos más le permiten finalmente pescar turno y, tras horas (demasiadas) de impaciente e incómoda espera, culmina la diligencia. Días después se cruza de nuevo por el sitio de marras, el cual ha retomado su condición de zona despejada.

No ocurre sólo en locaciones para cumplir obligaciones. Sí, ese restaurante es altamente popular y vive con cupo completo los sábados, domingos y en horario nocturno. Incluso los viernes. Por eso programa el almuerzo un lunes, un martes, un miércoles o un jueves. No importa el día. No habrá mesa disponible y en cambio alguna fila de alegres y abundantes celebrantes de algo masivo (grados, primeras comuniones, premios, encuentros empresariales) que justo en esa fecha escogieron el mencionado negocio  para festejar. 

La situación lo persigue. Estando de novio el hombre se echó una canita al aire con amigos sinvergüenzas y sendas compañías femeninas. Aunque nada comprometedor pasó, para justificar su ausencia ante la pareja oficial dijo haberse reunido con otro amigo, al cual no veían hace años. Ese que apareció al día siguiente en una visita sorpresa, justo cuando los novios estaban en casa de Alonso. Ese cuyo primer comentario fue… ”pues como nos veíamos hace tanto”. Tras el notoriamente incómodo reencuentro el implicado tuvo que decir la verdad, pedir perdón, realizar acciones compensatorias, pedir perdón, pedir perdón...

Más historias. Deja en casa los documentos y fijo se le atraviesa un retén de autoridad competente. Todos los días se topa con indigentes de diferentes edades, tamaños y colores. Excepto cuando saca un atado de ropa vieja para regalar. Mientras anda enhuesado con el bulto, la calle parece un desfile de estratos 4, 5 y 6. Necesita comprar una sanduchera de hierro colado, esa que vende el señor del carrito que se encuentra todos los días. Ese señor que desaparece sin dejar huella de todos los espacios por donde Alonso transita.

Sus decisiones de vestuario siempre coinciden con cambios imprevistos de clima. Hizo el ridículo en un  programa de televisión medio pirata, y todos sus conocidos vieron ese episodioLas vías que siempre están vacías son un trancón cuando tiene afán. Y aunque cumple con casi todas las leyes casi todo el tiempo, solo debe cometer la mas mínima contravención para que alguien esté ahí, lo vea y, por supuesto, lo regañe.

Lo más vergonzoso se deriva de los llamados de la naturaleza (lo que antes denominaban aguas menores, aclaramos). Cuando la situación llega al extremo de evacuar o conseguir una muda urgente de ropa interior, Alonso busca concienzudamente un sitio discreto, oculto y solitario. Uno de esos lugares por donde jamás transitan seres humanos. Hasta ese momento. Porque inevitablemente ese despoblado e inhóspito punto se convertirá en corredor para todo tipo de gente, aunque preferiblemente serán monjas en procesión, familias con menores, mujeres de edad avanzada o miembros del personal femenino de la Policía Nacional. 

Eso nunca pasa, hasta que solo le pasa a Alonso.

miércoles, 6 de noviembre de 2024

Malas ideas con énfasis en perros, ciclas y otras ruedas

 


A quien escribe el texto que viene a continuación, le parece mala idea:

— Pasear en bicicleta con perro. El perro caminando o trotando, el paseador pedaleando. Una correa al perro sujetando.

— Trabajar en bicicleta como paseador de perros. Los perros caminando o trotando, el paseador pedaleando. Muchas correas a los perros sujetando.

— Utilizar la ciclorruta para pasear perros en bicicleta. El o los perros caminando o trotando, invadiendo el otro carril y definitivamente estorbando. El paseador pedaleando. Correa (s) a los perros sujetando. 

Pagarle a un paseador para que pasee a los perros en bicicleta. Los perros caminando o trotando. El paseador pedaleando. Muchas correas a los perros sujetando. Todos corriendo el riesgo de que a cualquiera de los animales le dé por contradecir a la manada y parar o moverse hacia un lado diferente .  

— Pagarle a un paseador en bicicleta que trabaja en condiciones que pueden terminar mal como: paseador y bicicleta en el piso, paseador y bicicleta cayendo encima de los perros,  paseador en el piso y perros sueltos corriendo sin destino, paseador en el piso y perros corriendo hacia una vía donde hay carros en movimiento que no esperan la aparición inesperada de perros huyendo tras la caída de un paseador en bicicleta.

También considera que es una mala idea:

— Sacar a caminar perros sin dejarlos caminar*.

— Sacar a caminar perros sin dejarlos caminar y transportándolos en coches diseñados para transportar niños o bebés. O en coches diseñados para transportar perros de esos que deberían estar caminando porque para eso es que se saca a caminar a los perros, que no caminan si van en carritos para perros. 

— Sacar a caminar los perros en grupos familiares donde camina la abuela, camina la mama, caminan los niños, camina el papá, camina el abuelo pero no camina el perro porque la abuela, el abuela, la mama, el papa, o los niños caminan y empujan un coche donde va el perro que sacaron a caminar.

— Pasear con el perro en bicicleta arrastrando un carrito donde el perro rueda haciendo cero ejercicio de ese que se supone deben hacer los perros cuando salen a la calle, además de otras cosas que se vaporizan ante la acción del Sol o se recogen en bolsas de colores.

Incluye además dentro de lo que en su concepto es una mala idea:

— Pasear en bicicleta con perro. El perro caminando o trotando, el paseador pedaleando. Ninguna correa al perro sujetando. El perro libremente paseando y atravesándose, generando peligro o por lo menos estorbando. Y es peor idea cuando el paseador va por celular hablando o hasta chateando. 

— Pasear en bicicleta con perro. Ninguna correa al perro sujetando sin haberle dedicado todo el tiempo, toda la paciencia y toda la metodología necesaria para que el animal trote o camine al lado del paseador sin correa ni nada en absoluta coordinación. 

Y definitivamente cree que es una pésima idea:

— Hacerle una observación cordial, educada y de buena fe a quien saca a caminar el perro sin dejarlo caminar; o a quien pasea con el perro en bicicleta; o quien trabaja como paseador de perros en bicicleta; o a quien le paga a un paseador de perros en bicicleta… so pena de ser llamado sapo xxx, donde es fácil (y bastante desagradable) imaginar lo que xxx significa. 

*Ñapa. También cree que es mala idea meter un gato en una especie de mochila en plástico rígido transparente con huecos y sacarlo a pasear (en cicla o a pata limpia), y hacer algo similar con una mochila normal y un perro pequeño cuya cabeza sobresale. Pero eso amerita cuento aparte.

miércoles, 23 de octubre de 2024

Son solo cinco preguntas

— Buenos días, quisiera hacerle algunas preguntas.

— ¿Y eso para qué?

— Soy encuestador, este es mi trabajo. Si tiene alguna duda, con mucho gusto me identifico.

(Silencio, mirada perdida).

— Tengo el carnet de la empresa con código QR de verificación.

(Silencio, mirada perdida).

— ¿Quiere verlo? O, si está de acuerdo, comenzamos.

— Yo creo que que sí.

— Bueno, entonces comencemos.

— Pero antes muéstreme el carnet.

— Por supuesto (saca un documento laminado y se lo pasa). Mire. Ahí está el código QR por si quiere verificar con su teléfono.

(Revisa la identificación en silencio y se la devuelve) ¿Y esto para qué es?

— Estamos haciendo un estudio sobre hábitos de compra…

— Yo no voy a comprar nada.

— No se preocupe, no estoy vendiendo nada. Son solo algunas preguntas. ¿Podemos proseguir?

— Supongo que sí.

— Cuándo usted...

— Aunque mejor no. Me preocupa entregarle información a desconocidos.  

— No se preocupe, no es nada comprometedor.

— Ah  bueno, en ese caso...

— ¿Entonces, comenzamos?

— No no no, que en ese caso deme unos día para pensarlo.

— Disculpe le explico algo, es que es para hacerlo de una vez.

— Entiendo.

— A ver, la primera pregunta es…

— Pero es que no sé qué es lo que me va a preguntar.

— Por eso, déjeme preguntarle y así...

— Aunque claro, apenas me pregunte me voy a enterar.

— Exacto, así que podemos proceder...

— ¿Y qué pasa si no me gusta la pregunta?

— Pues tranquilo, no es obligatorio contestar.

— Hubiera explicado eso antes. Así sí se puede.

— Que bien, empecemos. ¿Cuando usted…?

— No. Espere. Qué tal que me arrepienta. A mí me da pena hacerle perder su tiempo.

— No se preocupe, ya le dije que este es mi trabajo.

— Bueno, bueno. Pregunte a ver.

— (Toma aire) Cuando usted...

— No es nada privado ni comprometedor. ¿Cierto?

— Ya le dije que no. Hummm, hagamos una cosa. Déjeme hacerle la primera pregunta y usted decide...

— Yo decido.

— Sí, lo que quiero es saber cuando usted…

— Es que es muy difícil

— Muy difícil...¿Qué?

— Tomar decisiones así, como tan rápido.

— Este, también tiene la opción de no sabe, no responde.

— ¿Y cómo sé?

— ¿Cómo sé qué?

— Cómo sé que no sabe, o mejor, que yo no sé. Porque que tal que sepa pero no quiera responder. O que responda y no sepa.

— Para efectos prácticos es lo mismo, insisto en que arranquemos..

— Es más, de repente sí sé, y sí respondo, o no sé y no respondo.

(Toma aire) Por favor, la primera pregunta es…

— ¿Y esto se va demorar mucho?

— De 15 minutos a media hora.

— La verdad me puedo demorar una hora, pero tengo una ropa pendiente de recoger en la lavandería, y todavía no sé si ir a recogerla ahora temprano o por la tarde.

— Bueno, pero…

— Porque si voy en la mañana me tengo que ir de una vez y no alcanzó a atenderlo, pero si voy en la tarde entonces no justifica haber salido en la mañana porque salí fue a eso.

— Tranquilo, haga lo que considere más conveniente.

— Déjeme pensarlo, hay ventajas y desventajas.

— Si le parece, puedo dejarlo…

— Claro que es que ya le hice gastar mucho tiempo.

— Entonces podemos...

— Pero yo quiero recoger esa ropa pronto

(Toma aire) Usted decide, ni más faltaba.

— Hummm, no hay ninguna diferencia. Ahora sí, pregunte.

— ¿Seguro?

— Sí, comencemos con esto.

— Bueno. Primera pregunta.

— Lo escucho.

— Cuando usted adquiere un producto o contrata un servicio, actúa de forma impulsiva, reflexiva o alternando las dos opciones de acuerdo con el producto o servicio.

— Ah no, eso conmigo es rápido. Yo voy a lo que voy y eso es de una sin darle tantas vueltas...

miércoles, 28 de agosto de 2024

Fotocopias a 100.000

En principio a Caminante le pareció interesante eso de tener su primer billete de $100.000, en vivo y en directo, entregado por un cajero automático de barrio. Pero este usuario de gastos hormiga en establecimientos de “¿no tiene más sencillo?”, pronto notó el encarte. Pese a que iba para el centro, el cajero (donde había hecho el último retiro de la quincena —saldo, 115 pesos—) era cerca de su casa. Así que optó por la droguería de cadena internacional del sector. Lo miraron feo pero le dieron vueltas por los 5.000 que costaron los pañuelos desechables. Problema solucionado.

Pagó con la última recarga disponible en su tarjeta de pasajes el viaje en transporte masivo. Su destino era esa lejana notaría donde reposaba ese documento cuya copia era un paso más en ese trámite. Así que llegó, hizo la fila, le dijo al cajero lo que requería y sacó, de entre todos los que había recibido en la droguería, ese billete.

—Es falso.

Por suerte no hubo tijeretazo, sino devolución de la pieza de papel moneda. Y sí, la condición de producción por fuera del banco emisor era algo evidente con solo fijarse un poco, lo que Caminante no había hecho. Como se veía y sentía, eso era una especie de fotocopia, pero a color y dos caras. Aplastado por la situación, revisó el resto de su efectivo. Buenas noticias. Todo parecía legal y real.  Pagó con otro y tomó la decisión inteligente. Hacer el reclamo respectivo al volver a su barrio.

Pero mientras aguardaba por el documento en sala de espera, las ideas malucas comenzaron. ¿Y sí no se acordaban? ¿Y cómo probar que es plata se la habían dado ahí? Entonces se atravesó el mango. No lo pensó. Simplemente salió y vio al vendedor callejero. Casi en automático pidió la dosis de fruta en vaso plástico —con limón y sal, por favor— y extendió el billete que sabemos a la hora de pagar.

—Huy hermanito, cámbieme esto que se ve más falso que uno de 7.000.

Más falsa fue la cara de sorpresa que Caminante puso, antes de proceder a utilizar otro papel moneda.  Mientras despachaba la ración de mango en una banca de parque sus tendencias antisociales superaron la lógica bajo una premisa sencilla. Si yo caí, algún otro caerá…

Pero no cayeron los del restaurante de combate donde almorzó, ni el que le vendió el postre, ni la de la miscelánea, ni el de la chaza donde adquirió los cigarrillos encargados por mamá, ni el del carrito de accesorios de celular que lo surtió de audífonos,  ni la viejita de los bocadillos en la mesa callejera, ni el paisa de los paraguas de la esquina ni ninguno de los demás etcéteras que no le recibieron el billete, pero sí lo surtieron de chucherías, cada una más inútil que la anterior.

Era hora de retomar el plan original: hacer el reclamo en el origen del problema. Solo debía recargar la tarjeta para tomar el transporte masivo. Hizo fila, sacó su billetera y… solo quedaba ese billete devuelto mil veces. Sumado a unas pocas e insuficientes monedas. 

Era ahora o nunca. Caminante pasó la tarjeta, pasó el dinero y…

...Un hombre avanza despacio del centro hacia su casa. En su cartera lleva dos tarjetas (débito bancaria y de transporte masivo) ambas con saldos insuficientes; y restos del papel moneda al que la cajera aplicó, sin asco ni duda, el respectivo tijeretazo después de doblarlo en cuatro al notar que era falso. Es un tipo que camina. Ustedes lo conocen como Caminante.

miércoles, 20 de marzo de 2024

Talentos oportunos

Los Pérez tienen absolutamente claro que eso de ser familia es como los tres mosqueteros: uno para todos y todos para uno. Cualquier intención individual de algún consanguíneo o afín cuenta con el apoyo incondicional del clan, mediante tareas específicas derivadas de las competencias individuales de cada uno.

Cuando se trata de proteger relaciones sociales o contactos clave hay una asignación infaltable. Controlar al primo F. Ese F. que no tiene vicios conocidos,  no es escandaloso, atiende adecuadamente sus responsabilidades, es trabajador y cumplido. Pero cuando hay personal, digamos, relevante, alguien debe asegurarse de mantenerlo en el lugar adecuado. Y el lugar adecuado es lejos de los invitados clave.

Se lo han dicho en todos los tonos posibles pero él lo sigue haciendo. Se lo explican, él asiente educadamente, humhunea, pone cara de por supuesto, y a la siguiente oportunidad vuelve y juega. Cuando conoce a alguien siente una irracional curiosidad por su profesión u oficio. Ese no es el problema. El problema es que pregunta y pregunta y pregunta… y pregunta.

Así que tuvo sentado una hora al novio (hoy exnovio) de S. Perez explicándole (a F. ) detalles del mantenimiento de refinerías. Arrinconó al técnico de duchas eléctricas con tantas dudas que el tipo dejó la casa sin haber podido hacer la reparación. Puso en serio peligro la condición laboral de M. Pérez el día que interrumpió una sesión de trabajo en casa para cuestionar insistentemente al socio sobre diseño industrial. Espantó a la altamente recomendada aspirante a enfermera de la abuela con sus interminables preguntas sobre técnicas de cuidado, resucitación, higiene, alimentación y terapia.

El hombre, además, llega porque llega justo cuando hay una víctima propicia para sus interrogatorios. Hace tiempo dejó de importarle si lo invitaban o no. De manera que la estrategia familiar es disponer siempre de un pariente para, en caso necesario, quitarlo de en medio.

Volviendo a S. Pérez, además de novios espantados tiene un futuro promisorio en la rama del conocimiento donde ha desarrollado su actividad académica y profesional. De hecho es finalista para una de las mejores becas de formación disponible. Se trata de tres años en el centro de investigación más calificado del mundo, con todos los gastos pagados. Hasta ahora ha cumplido exitosamente todos los requisitos. Como la fundación que financia el beneficio se toma muy en serio su proceso de selección, incluye una visita a los aspirantes en su propia residencia, programada para ese martes en la tarde.

Coincidió con una inaplazable actividad laboral presencial, por suerte en horas de la mañana. Las dificultades vinieron del entorno. S. Perez inició su retorno a casa con tiempo suficiente, incluso previendo trancones. Pero no previó el aguacero gigante, el descomunal accidente de tránsito en la mitad de la avenida y los vehículos atrapados sin poder avanzar o retroceder. Y para rematar, el teléfono se descargó. 

La cita era a las dos y pasaban las 5.30 cuando finalmente llegó a su destino, resignada ante la oportunidad que, estaba segura, había perdido por no atender puntualmente a los evaluadores.  Pero al ingresar encontró a un grupo de extranjeros en lo que parecía una interesantísima conversación. 

Ellos se identificaron como los evaluadores y expresaron su disposición para iniciar la entrevista. Pero antes pidieron unos minutos para atender inquietudes finales del único contertulio conocido. El primo F. quien había pasado por un encargo familiar y vio al grupo de desconocidos sin atención mientras la familia de S. intentaba contactarla.

F. se presentó, tomó asiento, miró al que estaba más cerca y soltó la primera pregunta: ¿Y usted qué hace?

miércoles, 17 de enero de 2024

Luces en la montaña


El sujeto terminó encartado por pura casualidad. Sin tener ninguna vela en ese entierro lo cogieron cortico. Dijo que no, que no estaba ocupado. Entonces lo acorralaron con ...necesito un "favorcito". Parecía fácil. Solo era recibir un apartamento y guardar las llaves hasta que el titular, atrapado en las congestiones de transporte de una temporada alta, pudiera llegar y recibirlas. Aunque pensó en sacar el que sabemos, realmente le debía unas cuantas al interlocutor. Además tenía el tiempo. Puso una cara de resignación que nadie vio —en especial quien estaba al otro lado del teléfono—  y se autorreclutó para la tarea.

El servicio empezó a sumar puntos negativos con la localización del inmueble. Era un edificio en el punto más alto posible, producto de la urbanización desaforada que asciende por los cerros que rodean la ciudad. Gran vista y aire puro para los residentes. Para nuestro sujeto, una larga y agotadora caminata en subida por un sector donde calles y carreras serpentean como laberintos entre los recovecos de la montaña.

El hombre llegó al piedemonte urbano e inició su escalada por calzadas cada vez más inclinadas. Mientras subía cayó en cuenta de que recibir apartamentos incluye verificar la luz, lo cual requiere bombillo. Y él no llevaba bombillo. Y que mientras pensaba en eso había subido otras cinco cuadras. Abajo, en el “llano”, había almacenes de cadenas y ferreterías, pero eso implicaba bajar —fácil—  y volver a subir —muy difícil— .

Dos manzanas más arriba concluyó que, pese a ser un sector plagado de edificios, en algún lugar los residentes debían surtirse de lo básico. Apareció. Esa antigua casa donde una vieja vitrina exhibía comida chatarra, productos de aseo y demás surtido típico de lo que los expertos denominan canal tradicional y los demás llamamos tienda.

Lo que no se veía eran bombillos. Don Carlos, el tendero de turno, le confirmó que, tres cuadras más arriba, don Justino sí ofrecía esos productos. Lo cual Justino reconfirmó invitando a nuestro sujeto a volver, porque justo acababa de vender el último disponible. Claro que al lado del edificio nuevo (más arriba) había locales donde seguro conseguiría lo que buscaba.  

En cierta forma Justino tuvo razón. El edificio nuevo era, precisamente, aquel donde iban a entregar el apartamento. Y si el sujeto hubiera buscado queso, papel de regalo, bocadillo, cinta pegante, minutos todo destino, papel higiénico, gaseosa, puntillas, curitas u otros productos de miscelánea todo hubiera sido perfecto. Pero de bombillos, nada.

Más allá del edificio nuevo y los locales solo había cerro. Resignado, nuestro sujeto bajó (literalmente) a buscar la luz. En descenso, por supuesto, rindió más, y pudo esbozar rutas alternas para simplificar el segundo ascenso. Ya en terreno plano llegó a un supermercado donde, tras vagar 15 minutos por los pasillos, finalmente encontró los bombillos, en una columna medio escondida entre los insecticidas y los desechables.

Con el producto en la mano, se lanzó de nuevo a conquistar la cima. Aprovechando lo aprendido durante el descenso, caminó seguro de sí mismo, siempre hacia arriba. Y hacia arriba, y hacia arriba hasta llegar a una calle cerrada. El celador de turno le explicó que para alcanzar su meta tenía que bajar tres cuadras y volver a subir más o menos cuatro. A estas alturas (en todo sentido), la descripción del sujeto incluía respiración entrecortada, ropa sudada, dolor en las piernas y voz interior que recordaba constantemente que si estaba en esas era por su propia decisión.

Ultimo esfuerzo. Casi rodando descendió y casi arrastrándose volvió a subir hasta coronar la meta. El encargado de la entrega esperó pacientemente los 20 minutos hasta que el encargado de recibir medio se recuperó y luego ambos subieron al apartamento… amoblado y totalmente surtido. 

Surtido que incluía, por supuesto, todos los bombillos debidamente instalados y ensayados.

Pregunta al margen con alguna relación

¿Qué es lo peor de los jóvenes ciclistas urbanos?

La detestable, incivilizada, antiestética y vulgar costumbre de mostrarle los pantaloncillos al pobre e indefenso sujeto que está detrás de ellos.

Detalles aquí

miércoles, 29 de noviembre de 2023

¡Pica huevo duro! ¡Pica!


Los  visitantes a la casa de Pardo a veces divisan, en un rincón de la cocina, la desordenada acumulación de cortadores de huevos duros. Los hay metálicos, plásticos, en combinación de materiales, artesanales, industriales, con diseño para tajadas, cuadritos y julianas. La gran mayoría son manuales, pero por lo menos dos funcionan con energía eléctrica.  Incluso existen algunos con formas particularmente creativas, como la silueta de una gallina o una especie de juego de cuchillos acanalados pero de plástico.  

Lo curioso es que Pardo no ha invertido un peso en estos utensilios de cocina, los cuales tampoco utiliza.  En materia de huevos, su gusto y los de su familia van más por el lado de los pericos, los fritos y las tortillas. Tampoco tiene ningún negocio de venta, distribución o almacenaje. Entonces, ¿de dónde salieron?

Recapitulemos. Pardo es un buen tipo. Eficiente, buen compañero, responsable con sus resultados y siempre presto a colaborar donde se le requiera. Por eso, cuando iba a cumplir sus primeros 20 años de servicio en la organización, la directiva propuso un homenaje, al que sus colegas adhirieron gustosamente.

Primero iba a ser un acto sencillo, al cierre de la jornada del viernes. En la misma oficina, discurso del jefe, ponqué, vino y una placa o un pergamino. Los que quisieran seguirla lo harían bajo su propia cuenta y riesgo. Pero eran buenos tiempos así que la gerencia se metió la mano al dril, arrendó un espacio e invirtió en comida y licores. Alguien propuso la idea de darle regalos al reconocido. Los convocados acogieron la propuesta discretamente, por mucho en complicidad con dos o tres compañeros, acudiendo a almacenes especializados, distribuidores en línea, vendedores callejeros y plazas artesanales.

A última hora, hasta la gerencia optó por complementar la placa destinada a Pardo con algo más útil. El día del evento el primer regalo en la fila fue el de Martina, secretaria eterna. Para silenciar el coro de “que lo abra, que lo abra” el festejado rasgo el papel, lo que reveló un picador plástico de huevos.

Y al destapar el segundo regalo, había un instrumento metálico diseñado con el mismo objetivo. Y el tercero fue una versión artesanal. Así, uno tras otro, comenzaron a materializarse implementos nacionales, importados o de origen incierto creados para reducir a pequeñas formas el alimento de origen avícola después de pasarlo por agua hirviendo. Un silencio cada vez más incómodo se escuchó en su máxima expresión al llegar al obsequio mayor, el de la gerencia, un complicado y modernísimo aparato eléctrico para… rebanar huevos duros.

Unos días antes del homenaje, durante la pausa cafetera de la tarde, alguien puso el tema de aquellos objetos del pasado que hoy en día son solo recuerdos. Pardo, inocentemente, solo por participar de la conversación, evocó algo de su casa familiar. Unos artefactos acanalados donde se ponían los huevos duros para luego aplicarles una rejilla y convertir la tradicional forma oval en picadillos varios.

El comentario no duró más de 20 segundos. Y lo escucharon unas tres personas. Pero ya era tarde. Cuando el teléfono roto se conecta no lo apaga nadie. Algún interlocutor —o todos— comentó que Pardo recordaba los picadores de huevos. Quienes retransmitieron cambiaron la palabra recordar por añorar, término que en una nueva versión se convirtió en desear. Llegó un momento en el que toda la organización “sabía” que el futuro homenajeado necesitaba urgentemente un picador de huevos, que llevaba años intentando infructuosamente conseguirlo y que el sencillo implemento evocaba un recuerdo de su difunta madre.

El resto de la historia ya lo conocemos. La mamá de Pardo, por cierto, está más saludable que nunca. 

Y tampoco le gustan los huevos duros.

miércoles, 20 de septiembre de 2023

Ficha tocada, ficha movida


Esta amilcarada en particular se encargará de indagar en línea sobre la pertinencia de algunas expresiones populares y su proyección universal… Si todavía me queda algún lector después de ese ladrillo que acabo de escribir, toca decir la verdad. Tenía un tema que parecía buenísimo pero, como la realidad opina distinto, me tocó armar el sancocho que va a continuación y —pésima idea— dármelas de serio.

Iba a empezar con una norma del ajedrez familiar y de amigos que se resumía en cuatro palabras lapidarias: “ficha tocada, ficha movida”. De ahí en adelante me iba a referir a otras frases igualmente célebres que acompañaron la infancia, la adolescencia y la juventud, como “por mí y por todos”, “lo soplo” (en el parqués) y no sigo con la lista porque un pequeño detalle se tiró el tema.

“Si el jugador a quien le toca mover toca sobre el tablero, con la intención de mover o capturar una o más piezas propias, debe mover la primera pieza tocada que se pueda mover”; Reglamento de Ajedrez de la FIDE (Federación Internacional de Ajedrez). No era un invento familiar, no era una decisión arbitraria del grupo de amigos, sino una norma debidamente establecida, codificada y aplicada por autoridad competente. Cuando se descubren esas cosas, todo el sistema de creencias empieza a tambalear.

Ya entrado en gastos, opté por darle una oportunidad a “Por mí y por todos”, la frase más temida en el juego de escondidas. Con esta me fue mejor: solo aparece en internet como el nombre de un disco grabado a finales del siglo pasado con música de los años 80 por un grupo que desapareció a principios del siglo XXI; y como parte de algunas referencias bíblicas.

En cambio soplar, en vez de limitarse a la técnica de modelamiento del vidrio, la expulsión de aire a través de la boca o la entrega ilícita de información al compañero de aula durante una prueba académica, sí es una jugada establecida para el parqués. Aunque, cabe aclarar, al estilo colombiano.

A estas alturas se me ocurrió pegarme de aquello del estilo colombiano para salvar la patria, Y me acordé de cuando aprendimos que si algo de comida se caía al suelo, podíamos contar hasta cinco antes de recogerlo y llevarlo a la boca sin riesgo. Nuevamente la web se encargó de desmentir esta creencia. Pero ese no fue problema, ni la gran cantidad de alimentos poco higiénicos que hemos consumido en diversas épocas de la vida. El problema es que han sido universidades y centros de estudio gringos y europeos quienes han liderado las investigaciones para desmentir este mito universal. La regla (falsa) de los cinco segundos no es patrimonio nacional..., sino de la humanidad

A punto de archivar el tema en el apartado de esto no va para ninguna parte, me jugué el as. Colombia es un país cafetero.  El grano fue la base de nuestra economía muchos años. Tomarse un tinto (así lo llamamos) es costumbre para comenzar el día en ciudad y campo, recargar energías en el trabajo o acompañar una conversación. Pero ni aún así podemos atribuirnos el remedio casero de utilizar café para frenar hemorragias. Porque si así fuera, ni el Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos, ni la universidad de Valencia, España, habrían dedicado sendas investigaciones y artículos para advertir sobre lo equivocado y riesgoso de este remedio casero que, por cierto, también cuenta con defensores en México y Perú.

Entre indagaciones y reflexiones descubro que llego al final de un texto que arrancó con un tema inadecuado el cual, sin embargo, me negué a soltar pese a tener todo en contra.

Fue como en el ajedrez: ficha tocada, ficha movida. 

miércoles, 30 de agosto de 2023

Guillermo el Conquistador y las herramientas para el amor


Guillermo el Conquistador (cuyos antecedentes se pueden consultar aquí) no se dio cuenta cuando se volvió tan aficionado a las ferreterías. O mejor, a ESA ferretería. Tampoco era consciente de cuáles razones generaban la necesidad de comprar herramientas. Pero una semana después de los tornillos para ajustar la estantería cambió de martillo. Y a la semana siguiente sintió la compulsión de adquirir destornillador nuevo. Algo en su interior lo obligaba a conseguir, cada tercer día, dotación para un taller inexistente.

Serrucho, sierras, tenazas, alicates, manguera, tuercas, maza, clavo de acero, clavo de hierro, broca, taladro manual. Prácticamente todo el surtido de la ferretería se arrumaba, sin desempacar, en el apartamento de Guillermo. Era el momento de enfrentarlo. Algo distinto lo atraía hacia ese local.

Retrocediendo en el tiempo encontró, sin mayor esfuerzo, su motivación. Realmente siempre lo supo, solo que, ante la sucesión de experiencias desastre (insisto en la importancia de consultar antecedentes) no quería reconocerlo. Pero sí, era ella. La sonriente (y de momento sin apellido) Patricia.  

Lo de Patricia era información pública, publicada en el gafete que llevaban en la parte izquierda del pecho todos los empleados del negocio. La diferencia estaba en el tono, en el comportamiento, en cierta familiaridad que iba más allá de la cortesía de los vendedores de mostrador. Por alguna razón, Patricia lo hizo sentir especial. A él. 

Así que solo se trataba de dar el siguiente paso y montar el operativo para promover el encuentro en un  escenario diferente. Fácil de decir, cierto, pero repleto de obstáculos operativos a la hora de ejecutar.  Básicamente porque en esa ferretería, independientemente de su tamaño, no parecía haber espacios para una conversación íntima. Al parecer una tienda (de formato hiper) donde venden materiales de construcción e implementos de trabajo no incluye áreas para conversaciones privadas entre clientes y dependientes. Así que todo intento de conversación terminaba interrumpido por otro vendedor, otro cliente, un administrador o todos los anteriores lo cual, en la práctica, llevaba a alguna compra por parte de Guillermo.

El balance entre logros e intentos era realmente muy pobre, pero ella ya lo llamaba por su nombre. Don Guillermo, para ser precisos. También era evidente que trataba siempre de atenderlo de forma prioritaria. Aunque cabe anotar que, no importa lo ocupada que estuviera, él esperaba antes de iniciar su intento de conversación que, inexorablemente, concluía en otra adquisición.  

Como a estas alturas el asunto iba en algún punto entre improductivo y patético, y que el bolsillo de Guillermo ya rebasaba peligrosamente sus cupos de tarjetas y demás mecanismos de financiamiento, era el momento para los actos heroicos. Así que después de otra gran compra el hombre se retiró a sus cuarteles (léase casa), donde planificó, acción por acción, palabra por palabra, el que sería el asalto final.

Ese día, al volver, el hombre se sentó encima de la caja de madera a reflexionar. Pensó en el administrador quien, además de ofrecerle todas las ventajas del programa de fidelización a “uno de nuestros mejores clientes”, le comentó que Patricia ya no podía atenderlo, pues por sus excelentes ventas había sido trasladada al corporativo. Pensó en el comentario en tono de lamento del administrador al perder a su vendedora más productiva, quien conectaba como nadie con todos los clientes.

Pero, sobre todo, Guillermo pensó en esa monstruosa caja que le servía de asiento, que ni siquiera cupo en el ascensor y tocó dejar en el garaje mientras el vigilante lo miraba con cara de se enloqueció este tipo.  Era el momento adecuado para la pregunta ¿Y ahora yo qué carajos hago con esta motobomba?  

miércoles, 26 de abril de 2023

Un rollo de entretelas, buses, taxis y propinas



Chuchín, (hoy don Jesús) ejerció como muchacho oficios varios en un almacén de telas en los años 70 del siglo pasado. Como el nombre del cargo lo indica, su trabajo involucraba múltiples responsabilidades incluyendo subir la reja, acomodar mercancía, traer el mecato de las vendedoras, hacer las vueltas del banco, asear sitios complicados, cambiar bombillos... más un larguísimo etcétera. Y todo por el mínimo.

Aunque el negocio no contaba con servicio permanente de domicilios, uno que otro cliente recibía lo que hoy llamaríamos tratamiento VIP. Uno de ellos era el propietario de una fábrica de ropa y gran consumidor de entretelas, quien periódicamente solicitaba el rollo completo. (paréntesis técnico: la entretela es lo que indica su nombre y a veces palpamos en algunas prendas de vestir, en sitios como cuellos, por ejemplo. En esos tiempos había una muy gruesa -de alto calibre, sería la descripción técnica- como una especie de icopor pero un poco más delgado, al punto de que se podía enrollar).

Así que a Chuchín le financiaban taxi de ida para que llevara la entretela. Y el cliente VIP daba propina. Era buen negocio.  Pero un día cualquiera la tentación apareció. Al igual que todos los mensajeros del mundo, el nuestro hacía el cambiazo. Le daban para coger taxi, pero usaba bus. Claro, el ilícito tenía reglas. Solo funcionaba cuando la diligencia respectiva se demoraba más o menos lo mismo independientemente del medio de transporte, y cuando la carga de turno cabía sin problemas en un bus.

Lo que nos lleva a la tentación. El protagonista pensó que el rollo (30 metros de largo, 1.50 de alto y unos 60 centímetros de diámetro) podía caber en un bus. O sea que la ganancia iba a ser por cambiazo y por propina. ¿Qué podía fallar? Otra referencia histórica: en esos tiempos lejanos, los buses tenían dos puertas. La de adelante, por donde se entraba y pagaba y la de atrás, por donde se salía. Pero cuando el pasajero llevaba carga grande podía negociar con el conductor para que le abriera la puerta de atrás.

Comenzó el operativo. Primer paso, alejarse del almacén, para que el jefe o algún sapo no se dieran cuenta. Primer descubrimiento de Chuchín: entre más lejos del negocio estaba, más pesado se ponía el rollo. Segundo; los buses pasaban demasiado llenos para negociar puerta de atrás. Es decir, que algo podía salir mal y había que actuar con inteligencia y coger taxi .

Él, por supuesto, no lo hizo. Siguió avanzando con su carga de peso creciente al hombro hasta que por fin apareció un bus no tan lleno. El conductor se detuvo, miró al mensajero, miró el rollo y sentenció: “pero me paga dos pasajes adicionales”. Momento ideal para reconocer el fracaso del plan y coger taxi. Momento desaprovechado. Así que hombre y rollo subieron al bus semivacío, pagaron sus tres pasajes y vieron como, en poco menos de tres cuadras, el vehículo de transporte público se llenó hasta las que sabemos.

Lo siguiente fue el titánico esfuerzo para bajar un Chuchín y 30 metros de entretela con 10 pasajeros bloqueando la puerta. Diez cuadras después del destino finalmente pudo, cuadras que hubo que recorrer en plan de infantería con el producto al hombro, y paradas cada 100 metros, ante el peso aplastante del rollo.

Pero finalmente llegó. Meta alcanzada. Ahí estaba la fábrica, el propietario VIP, la propina, la ambulancia… ¿La ambulancia? Resulta que el señor VIP tuvo la pésima idea de infartarse. Lo cual, por supuesto,  cambió las prioridades, mandando la entretela al último lugar. En minutos se fue la ambulancia, y tanto la fábrica como la calle quedaron vacías. A excepción de un Chuchín enhuesado con 30 metros de entretela, sin propina y, como cayó en cuenta, sin billetera, posiblemente perdida durante los forcejeos para salir del bus.

Ahí fue cuando don Jesús (ex-Chuchín) entendió que siempre hay algo que puede salir mal.