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miércoles, 23 de septiembre de 2026

Ojos en el cielo de agosto

Comenzó en agosto de un año que ya pasó. Esteban vio un video en alguna red social. Cometas de diferentes tamaños, formas y colores engalanaban el cielo de la ciudad, aprovechando el fenómeno climático que caracteriza al octavo mes del año.

El espectáculo se alzaba por encima del parque público al que este caballero había dejado de asistir años atrás, cuando sus actividades recreativas y deportivas cambiaron escenarios, horarios y preferencias. Una de sus aficiones del pasado había sido, precisamente, elevar cometas. La visión disparó la nostalgia y trajo el propósito de revivir, por lo menos una vez, las alegres jornadas de infancia. adolescencia y juventud.

Lo primero fue convocar a su esposa e hijos adolescentes para que lo acompañaran ese domingo a decorar el firmamento con un volantín. Aunque ella lo quería mucho, sus sentimientos hacia pasar tiempo al aire libre en ambientes cuasirurales eran muy diferentes, así que lo despachó con un este domingo no puedo mi amor.

Con respecto a los descendientes, estaban en esa edad donde uno, el peor compañero posible para cualquier actividad eran los padres. Dos, cualquier actividad que propusieran los padres era por definición anacrónica, aburridora y vergonzosa. Y tres, elevar una figura 2D de plástico o tela jalando un hilo de nailon a la intemperie, era confirmación inobjetable de los puntos uno y dos. Si por lo menos fuera un dron... 

Esteban no insistió para ahorrarse conflictos familiares. Total, el sí tenía donde buscar compañeros. Su hermano y los amigos con los que solían volar cometas. Las fabricaban ellos mismos, guiados por un vecino con gran habilidad para las artes manuales. Ese que le contestó que ya no tenía tiempo de hacer esas cosas. Cosas que, por cierto, no eran tan fáciles, lo que descubrió Esteban en medio del mazacote de plástico, varillas y piolas que resultó del intentó fallido (trasnochada incluida) de manufacturar su propia cometa.

Fue el hermano quien le dijo que dejara de complicarse la vida, que él ya tenía suficiente plata para comprar un papalote. Que alrededor del parque se instalaban en esta temporada los vendedores de barriletes. Y que él lamentaba no poder acompañarlo pero debía seguir viajando por países como México y Argentina, donde asesoraba empresas y aprendía formas diferentes de llamar a las cometas.

Todos los contemporáneos que el hombre buscó tuvieron una excelente razón para declinar la invitación. Agendas previas, salud, compromisos familiares, viajes. Todos igualmente lamentaron profundamente perderse un programa tan bonito, interesante, agradable y adecuado. Y todos se comprometieron a contactarse de nuevo para alguna otra actividad (nota, no ha vuelto a hablar con ninguno).

Llegó el domingo con los vientos en plena temporada. Esteban simplemente se despidió de su familia, tomó el carro y lo dejó en un parqueadero cercano. Mientras caminaba definía mentalmente con cual vendedor adquiriría el juguete aerodinámico para pasar unos minutos (u horas, quien sabe) de placer solitario.

El ambiente no podía ser más propicio. Levantó la mirada y vio el cielo surcado por aves bidimensionales, figuras varias, superhéroes estampados en formas geométricas, personajes de moda, hexágonos, combinaciones multicolores; todos sujetados por hilos invisibles a la distancia

Avanzó a pie con los ojos en el cielo admirando las cometas de agosto. No llegó. Lo interrumpió la repentina sensación de caída, la oscuridad y el golpe. Luego vino el rescate, la hospitalización y la incapacidad. 

La alcantarilla estaba sin tapa desde julio.

miércoles, 29 de julio de 2026

Gritos, mímica, mentiras, familia y fijos

Hace años (no tantos) el teléfono era un electrodoméstico. Uno para toda la casa. Le decían fijo porque no podía desconectarse del cable enchufado a la pared. Solo había una forma de saber quién llamaba: contestando. Hoy el teléfono es multiusos, individual, portátil y te dice quién llama. Es posible ignorar o rechazar la comunicación, así como bloquear al que marcó. Y si es un mensaje de texto, se deja en visto.

No suena muy educado pero es efectivo y eficiente. Soluciona el problema con un esfuerzo mínimo. Hace años el procedimiento no era tan productivo.  Eso sí, era mucho más interesante y divertido

Riinnng riinnng riinnng. Primer grito. Generalmente maternal. ¡Alguien que conteste que estoy ocupaadaaa!

Riinnng riinnng riinnng riinnng riinnng rii… ¿Haló? Un momento. Segundo grito. ¡Maríiaaa. al teléeeeefonooo!

No pasa nada. Tercer grito. ¡MARÍIIIIIIA! QUE LA NECESITAN AL TELÉEEEEFOOOONOOOO!

María y el resto de la familia viven en una casa de dos pisos. El teléfono está en el primero y María puede estar en el segundo nivel, en el patio, en el cuarto más alejado, en el garaje, en la cocina, en el baño o en cualquier otro lugar donde no oye, o donde realiza tareas inaplazables que le impiden contestar.

Para eso están las estaciones repetidoras. El hermanito en el segundo piso se suma al llamado. ¡Maríiiiiaaaa. que tiene una llamada! De alguna parte surge una voz femenina. ¡Voooooyyyy!

Suenan pasos. Finalmente aparece María. Comienza la comunicación.

Esa no. La otra. María gesticula pero no habla. Vocaliza algo. Mueve las manos hacia adelante. Se lleva una de las extremidades al oído derecho mientras gira la otra. Frunce la nariz. Abre los ojos y arruga las pestañas. Contestador de turno se demora un poco pero finalmente entiende el mensaje.

Haló, eh, que pena, ¿de parte de quien? ¿Juan qué, perdón? Juan Pérez, sí, espere un momento.

El rostro de María se descompone. Levanta los brazos y con las palmas abiertas cruza los antebrazos, los separa, los cruza, los separa mientras voltea la cara y hace la señal se negación con la cabeza. Contestador de turno pone cara de impaciencia. Con una mano sostiene el auricular y con la otra gesticula. 

María vocaliza algo. Contestador no entiende. Ella lo dice en voz baja. Contestador no oye. Este le hace la señal manual de espere. Palma abierta al frente moviéndola hacia atrás y hacia adelante. No suelta el auricular, pero con la mano libre bloquea la bocina. La aleja de su cuerpo el máximo posible. María se le acerca y le susurra algo al oído. Contestador la mira feo. María le responde con cara de por favor.

Haló. Es que María no está. Ya buscamos por toda la casa. No, no sé a que horas llega. ¿Le deja alguna razón? Espere busco donde anotar…. Haló. Que lo llame. ¿Ella tiene el número? Yo le digo apenas la vea.

Contestador cuelga. Está bravo. Estoy harto de estas vainas. Para que le da el número a los tipos si después a mí me toca andarla negando.

María no responde pero pone cara de gracias. De le debo una. Total, solo es cuestión de tiempo para que la escena se repita, pero con los roles invertidos.

miércoles, 3 de junio de 2026

La edad es solo un número

No. Adolfo no se siente viejo. O por lo menos no “tan” viejo. No todavía.

Es cierto que, cumplidos requisitos de edad y cotización, pasó a ser beneficiario del sistema pensional. 

Es cierto que prioriza aquellas actividades que puede desarrollar sin moverse (o por lo menos, sin alejarse demasiado) de su casa.

Es cierto que su círculo de amigos y parientes (sobre todo contemporáneos o mayores) tiende a reducirse.

Es cierto que, en cambio, aumentan sus relaciones profesionales con el honorable cuerpo médico y afines.

Pero aún mantiene su capacidad mental intacta, entrenada a través de los años con trucos mnemotécnicos.

Adolfo es bueno para los números. Al terminar la universidad comenzó a interesarse en política. Aunque había alcanzado la mayoría de edad hace rato, ese año votó por primera vez. Cerca a su casa. Mesa 15. 

No recuerda cuál elección era, por quien votó, si ganó o perdió. Él tiende a relacionar hechos con cifras. Así olvide los detalles. Así que cada vez que hay procesos electorales en su vida el 15 aparece en su mente.

Otro guarismo es 5,96. Corresponde a la nota (sobre 10) que obtuvo en Física en grado 10, gracias a la cual pasó al grado 11. Mucho tiempo después se encontró con su antiguo profesor, ya jubilado. Tomaba café con algunos amigos, igualmente retirados. 5,96 pasó a ser la representación numérica de pensionados aburridos echando tinto y carreta. 

Doce fue el número del cubículo asignado en su primer empleo. Doce se convirtió en la cifra que Adolfo relaciona con experiencia laboral. Cada vez que alguien habla de trabajo, el 12 se proyecta en su mente.

Para proponerle matrimonio a la que hoy es su esposa, la invitó a cenar a restaurante fino. Después de la entrega del anillo y demás arandelas, canceló $117.228 (servicio incluido). Así quedó como número del amor, de la pareja y de la familia.

Ahora que Adolfo disfruta de su jubilación, 12 se ha vuelto un número de apóstoles, de compras de fruta y pan, de cajas de huevos y de meses del año, de esos que pasan sumándole calendarios a la existencia. Ante la abundancia de tiempo libre se reúne con viejos amigos alrededor de una taza de café. Cada vez con mayor frecuencia. En promedio 5 veces por semana, aunque cada vez se acerca más al 6.

También comparte tiempo con la familia, que ya no solo incluye a su esposa sino a sus hijos, sus respectivas parejas y, por supuesto, los nietos. El 117.228 se ha multiplicado.

Como buen ciudadano, siempre cumple con su deber cívico. Hace poco votó. En su país, las mesas electorales se asignan por el número de los documentos de identificación, en orden ascendente. A mayor edad, menor es la cifra que identifica el punto adonde debe acudir el interesado.

Adolfo participó cerca a su casa. Por primera vez le tocó la mesa 1. Esa donde sufragan los más viejos. 

Es cierto que, después de ese día, Adolfo se siente viejo.  

miércoles, 29 de abril de 2026

La enciclopedia ambulante pasa al uso de buen retiro

El tío Paco duerme poco. Se levanta temprano a pasear por el prado aledaño a la finca donde se ha reunido la familia. Inusualmente, un par de parientes, niño y niña, también han madrugado y se unen al caminante.

El pasto está húmedo. Paco le explica a los pequeños que eso no es lluvia, sino un fenómeno llamado rocío.

Como no tienen a la mano sus teléfonos, los menores escuchan con atención e interés.

Paco viaja mentalmente a su infancia. Mientras otros contemporáneos jugaban en la calle, trepaban árboles y cometían travesuras a espaldas de los adultos, él leía. Es más. Dicen que el hombre leyó una enciclopedia. No un capítulo, no una entrada, no un tema específico, ni siquiera un tomo. No. La enciclopedia completa.

Abundan testimonios sobre los datos que el lector aportaba en las conversaciones con amigos y familiares. Apuntes interesantes o respuestas a preguntas sobre objetos y actividades de la vida cotidiana. 

Antes del partido, Paco hablaba del inventor del balón. Después del cine referenciaba un clásico con argumento similar, actores y director incluidos. Mientras comían pizza explicaba el origen de la palabra. 

Como el tipo no se extendía ni pretendía dictar cátedra, sus aportes eran tan bienvenidos como efímeros. Datos curiosos, sí, pero olvidables e intrascendentes. 

De hecho, pudo habérselos inventado. Eran tiempos sin inteligencia artificial, sin aplicaciones, sin redes osciales y, sobre todo, sin alguien tan desocupado como para ponerse a verificar lo que Paco decía.

Precisamente, el éxito de los comentarios anecdótico-histórico-científicos decayó lenta pero inexorablemente por cuenta de la tecnología. Internet. Wifi. Dispositivos. Información disponible 24/7.

Por ejemplo, surgía una consulta sobre por qué el pan se llama pan.  Mientras Paco preparaba su respuesta, alguien ya la había encontrado. Primero en un portátil, después en una tableta, luego en teléfonos inteligentes que hacían lo mismo pero cabían en un bolsillo. 

Aunque nunca lo expresó públicamente, Paco extrañaba esos breves momentos de sabiduría de salón que lo convertían en centro de atención.

Por eso se sintió especialmente feliz ante la oportunidad de enseñarles a dos pequeños sobre la humedad mañanera que venía de la condensación del aire en clima frío.

Esa cuyos efectos eran similares a los de una leve llovizna.

Una leve llovizna que rápidamente aumentó en volumen y frecuencia.

Que oscureció el cielo y, acompañada de truenos y relámpagos, descargó toda su furia de aguacero mientras el tío y los niños corrían a buscar refugio.

Así terminó el último intento de Paco para ejercer como enciclopedia ambulante.

Disuelto en agua.

miércoles, 25 de marzo de 2026

Teoría de la memoria inútil

Algunos psicólogos hablan de tres tipos de memoria: implícita, explícita y funcional. Como un aporte a sus investigaciones planteamos otra categoría, ausente de la literatura científica pero presente en muchos de nosotros; la memoria inútil.

Me explico. El 8 de enero de 1976 tomé gaseosa en una tienda. Mi mente, como una película, proyecta ese instante con todo detalle. Las características del negocio, la niña que me atendió, la forma como sacó la bebida para destaparla y alcanzármela. La pregunta de si quería pitillo. Mi negativa. La mano tomando la botella y llevándola a la boca. Fin.

Ustedes se preguntarán qué tuvo de especial esa bebida para engrosar mis evocaciones personales. ¿Fue acaso la primera vez? ¿Había algo singular en esa tienda? ¿Esa niña detrás de la vitrina era la primera imagen de mujer en un corazón de niño?

La respuesta es de un prosaico deprimente. No. Era sólo un adolescente tomando gaseosa. A eso se refiere la memoria inútil. En el disco duro, además de momentos trascendentales, alegres, tristes o especialmente complejos, archivamos, con alta fidelidad, momentos total, incuestionable y realmente insulsos.

Viajamos mentalmente a la mañana lluviosa en la que teníamos pereza de ponernos las medias. Al enviar un saludo navideño a un viejo ex compañero lo vemos a nuestro lado en un examen de historia donde no pasó nada raro. 

Recordamos esa viejita que pasó frente a nosotros una tarde de julio a principios de los noventa (esa que jamás volvió a cruzarse en nuestro camino). Podemos describir el almuerzo que tuvimos algún día de 1985 (carne, papa, garbanzo, arroz, leche y bocadillo) o la forma como estábamos vestidos en una jornada típica de 1990. 

Visualizamos con claridad el segundo segmento después de comerciales de un capítulo de El Hombre Nuclear, aunque a estas alturas del partido ni sabemos, ni nos importa, cómo comenzó o terminó ese programa. 

Del incontable número de canciones publicitarias que han pasado por la vida hay dos o tres que tarareamos de vez en cuando, aunque corresponden a productos que jamás consumimos y actualmente ni siquiera existen.

Situaciones, personas, lugares, hechos, sonidos que en nada definieron lo que somos hoy en día, están ocupando neuronas. 

Es como un texto insulso, inútil, que nada le aporta al lector, aunque tampoco le hace daño y a veces le arranca una sonrisa. 

Esos recuerdos son algo así como… como las Amilcaradas.

Corte final a comerciales. Superamos las 50 mil visitas. Informes aquí.


miércoles, 15 de octubre de 2025

Quemar tiempo en otros tiempos


Hace unos días en las Amilcaradas hablamos de ese tiempo libre no programado que deja al personal desprogramado. En 2025 muchos solucionan ese problema a punta de teléfono. Pero esos versátiles aparatos no siempre existieron. A manera de recuerdo para algunos y de revelación para otros, van algunos ejemplos de cómo se quemaba tiempo en solitario antes de las pantallitas individuales. 

- Mirar a las nubes y buscarles forma. 

- Jugar solitario, pero con cartas de verdad.

- Echar carisellazo con uno mismo. Más interesante cuando se tenían dados.

- Escuchar la radio cambiando de emisora, lo que a veces originaba exóticas y simpáticas combinaciones. Por ejemplo al pasar de una narración de fútbol a un programa de variedades a una canción a un noticiero con algo así: “El delantero recibe el balón y patea con toda su fuerza a... (cambio) ...la cabellera larga y sedosa resulta de la aplicación diaria de... (cambio) ...arroz con leche, me quiero casar, con una señorita de la capital. Que sepa coser, que sepa bordar, que sepa... (cambio)  …juzgar por corrupción al ministro luego de una investigación exhaustiva de la Fiscalía...” 

- Contar. No era echar cuentos, sino hacer secuencias numéricas de uno para arriba con aquello que estuviera en el campo visual. Posibles, pero no únicas opciones: las personas que pasaban, las personas que pasaban con algún elemento común (gafas, ropa color zapote, bufanda), carros de determinada marca, ventanas del edificio de enfrente, edificios de enfrente, árboles del parque, árboles del andén, sillas de la sala de espera, escalones, ladrillos de la entrada, elefantes morados... 

- Si el desocupado de ocasión estaba en el hogar, era momento para averiguar de una vez por todas qué se guardaba en ese misterioso recoveco de la casa.

- Si había plata, conseguir un periódico, buscar la cartelera, escoger una película, verificar el horario, desplazarse hasta el teatro, comprar algo de comer por fuera de la sala de cine, hacer fila para comprar la boleta, hacer fila para entrar, rebuscarse (pelea incluida) un puesto decente. Y ver cine (sí, así era). Cuando no había plata, siempre era posible ir a las salas de cine a ver las fotos de la película que, como mecanismo promocional, se exhibían en las afueras.

- Rebuscar alguna revista, historieta, libro, periódico, catálogo, manual de instrucciones, etiqueta de frasco, recetario o cualquier cosa para leer.

- Encender el televisor para ver si en alguno de los tres únicos canales disponibles había, en ese horario, algo que valiera la pena.  

- Salir a  cotizar (mediante largas caminatas por zonas comerciales y consulta en múltiples locales) algún producto o servicio que posiblemente jamás sería adquirido, 

- Escuchar música en el hogar con las tecnologías disponibles. Radio, microsurcos (forma elegante de llamar a los discos de vinilo) casetes y más recientemente, CD.

- Escuchar música gratis por fuera del hogar en los almacenes especializados, que contaban con unas cabinas donde uno podía solicitar que pusieran determinado artista o canción, a manera de prueba, sin ningún compromiso. Más recientemente, una multinacional (quebrada por cuenta del streaming) trajo un sistema más sencillo (de discutible higiene, por cierto) basado en audífonos.

miércoles, 1 de octubre de 2025

De comprimidos y otros ilícitos

—Encontré esto mientras buscaba la fórmula de sus medicamentos. ¿Qué es?

El nieto le mostró al abuelo el papel. De 5 a 7 centímetros de ancho por más o menos 30 de largo.  Cuidadosamente enrollado, ocupaba el menor espacio posible. ¿El contenido? Escrito a mano, sin márgenes y en letra tan pequeña que a duras penas se leía.  ¿La información? Múltiples referencias a la historia de Colombia. Acontecimientos, batallas, descubrimientos y otros hitos acompañados de datos claves como fechas, protagonistas, lugares, causas y consecuencias. 

El patriarca de la familia, modelo de rectitud, honradez y principios, reconoció de inmediato el objeto. Pero puso cara de no me acuerdo bien. De lo estoy pensando. Era una técnica perfeccionada con el paso de los años para evadir preguntas complicadas o, por lo menos, aplazar la respuesta. Lo recordaba perfectamente. La memoria lo trasladó al bachillerato, a un salón de clase. Frente a una hoja de papel respondía un examen de esos que requerían la mejor nota posible para efectos de supervivencia académica. La primera pregunta: bien. La segunda, más o menos. De ahí en adelante, ni idea. 

Disimuladamente miró hacia el compañero más cercano. En la primera ojeada no vio nada. A partir de la segunda combinó contorsionismo, bifurcación visual y deporte de alto riesgo. Estiró y giró el cuello para observar mejor. Con un solo ojo, porque el otro chequeaba al profesor para que no se diera cuenta.  

De lo que no se acordó fue de si la maniobra coronó. Es decir si el educador no lo detectó (con la consiguiente anulación de la prueba), si copió bien las respuestas, si estas eran correctas y si finalmente hubo una buena nota. Demasiados riesgos en una sola operación. Era mejor estudiar.

Otro recuerdo. Otro examen. Otras preguntas. La misma ignorancia. Esta vez las maromas fueron para ir a la fija. Sacar del pupitre o la maleta el libro o cuaderno. Acomodarlo donde él pudiera verlo, pero el maestro no. Abrirlo justo en la página con la información requerida. Vigilar al profe para que no lo descubriera en el ilícito. Tomar y transcribir correctamente los datos requeridos. Todo al mismo tiempo. Muy complicado. Era mejor estudiar. 

La  memoria lo llevó a una tercera sucesión de momentos. Un examen haría la diferencia entre vacaciones o habilitación de la materia. En casa, con el libro de historia de Colombia, el abuelo consulta, verifica y copia conocimientos que pasa por escrito (esfero de punta fina) a un pequeño pedazo de papel (5 a 7 centímetros de ancho por más o menos 30 de largo). Acontecimientos, batallas, descubrimientos y otros hitos acompañados de datos clave como fechas, protagonistas, lugares, causas y consecuencias.  

Le decían comprimido, soplete, copialina. El antecesor analógico de las memorias USB. La mayor cantidad de información apretujada en el menor espacio posible. Un esfuerzo físico e intelectual de marca mayor. El método perfecto para copiar. Información 100 por ciento confiable, fácilmente manipulable y con infinitas posibilidades de camuflaje, desde múltiples escondites hasta la xilofagia (comer papel). ¿El problema? Los profesores que vigilan los exámenes también fueron estudiantes alguna vez.  Era mejor estudiar.

No fue la primera ni la última vez que hizo algo parecido en tiempos del colegio. Pero tenía la responsabilidad de dar buen ejemplo. Optó por una mentira estratégica. Al nieto le quedó clara la respuesta, pero sigue confundido por el comentario final y, sobre todo, por la sonrisa socarrona del abuelo.

—La verdad no me acuerdo mijo. Debió ser algo del colegio.  Era mejor estudiar. 

miércoles, 6 de agosto de 2025

En la fila

Hace una semana hablábamos de las tribulaciones de un jubilado en su convivencia con las inexplicables máquinas asignadoras de turnos. Cuando él era joven esos aparatos no existían. En cambio abundaban las filas (sí, más que ahora). Este documento sacado de nuestros archivo nos lleva a esos tiempos. A historias olvidadas, pero también a comportamientos del pasado, aunque hay algunos que se niegan a desaparecer. 

Nombre: Aristides. 

Edad: l8 años. 

Oficio: Mensajero.

Destino: Hacer fila.

En resumen, esta es la vida de "Aristi", quien pasa su incipiente mayoría de edad en medio de la guerra de las colas. No la de las gaseosas, ni tampoco lo que ahora se llama derriere. No. Nos estamos refiriendo a la cola del banco, de la corporación, de impuestos, de la electrificadora, del cine, del teatro, del bus, del autoservicio, de la cafetería... en fin. Siempre adelante de alguien, siempre atrás de alguien.

Tal constancia en el arte de cuidar retaguardias le ha permitido al joven desarrollar una nueva rama en el estudio del comportamiento humano. Se llama la "sicología general de la fila" y sus postulados básicos son los siguientes.

1. Cuando tenemos afán en el banco, la persona que va delante de nosotros siempre será un mensajero con 38 consignaciones de 15 cheques cada una.

2. Siempre que prestemos un kilométrico*, nos acordaremos de reclamarlo.

3. Siempre que prestemos un esfero fino con baño de oro, nos olvidaremos de reclamarlo.

4. En toda fila, nunca faltan:
  • El amigo del cajero que se cuela con el mayor desparpajo.
  • La viejita que para ahorrar tiempo, llena cinco consignaciones** y dos comprobantes de retiro con nuestro esfero (ver puntos 2 y 3) apoyada en un monedero.
  • El atarván que a cada minuto grita en estéreo "¡mueeévalooooo!".
  • El jubilado que murmura entre dientes y apenas le dan la oportunidad, lanza una perorata de media hora sobre la irresponsabilidad de los que atienden las ventanillas.
  • El distraído lector que se concentra tanto en su novela***, que se queda quieto (él y los veinte que van detrás) hasta el final del capítulo donde la asesina huye con el mayordomo.
5. En la cola para el cine, forman parte del paisaje los siguientes elementos:
  • Un vendedor de maní, que insiste en embutirnos una muestra gratis de su producto, en una cuchara metálica de color verde.
  • Una pareja de novios que discuten durante media hora de fila, y se arrepienten de entrar a punto de llegar a la taquilla.
  • Un madrugador a la espera de los amigos incumplidos que llega temprano, hace la fila, llega a la taquilla, se sale, vuelve a hacer la fila, llega a la taquilla, se sale, vuelve a hacer la fila hasta que se acaba la fila, cierran la taquilla, cierran el teatro y… llegan los amigos
  • Un optimista que compra una boleta con billete de 10 mil****, y demora 10 minutos peleando con la taquillera que no tiene vueltas.
  • Un revendedor encartado que ofrece las boletas al doble de precio antes de que apaguen las luces, al mismo precio mientras están en los cortos y a mitad de precio poco antes de que cierren la puerta*****.

Traductor intergeneracional


* Kilométrico. Era un esfero de plástico desechable con una mina (también de plástico) más gruesa que las corrientes. La mitad de la tinta se quedaba en los dedos de quien escribía. Eso sí, duraba mucho tiempo y era bien barato.
**Para consignar había que llenar un formulario y 9 de cada 10 usuarios, o algo así, pedían prestado un esfero al primero que estuviera disponible sin ninguna garantía de devolución.
***No había teléfonos inteligentes ni redes sociales, así que la opción de leer para pasar el tiempo requería de libros, revistas, periódicos o cualquier papel, cartón o plástico con letras impresas. 
****No recuerdo con exactitud, pero el precio del cine rondaba los mil pesos o menos, y el billete de 10 mil era el de más alta denominación. El ejemplo actual sería pagar un perro caliente callejero con billete de 100 mil.
*****Las salas de cine no quedaban en centros comerciales. Quedaban sobre la calle. Así que disponían de puertas (normalmente de vidrio) que se cerraban cuando había aforo completo o cuando comenzaba la película y solo se abrían poco antes de terminar la función.

miércoles, 2 de julio de 2025

Misterios de la casa grande

A la hora de construir lugares de residencia, cada vez optimizan más el espacio. Eso traduce en acomodar uno encima de otro apartamentos “familiares” que ocupan áreas equivalentes a la que antes se dedicaba a los baños. Para equilibrar, lo que sí crece de forma inatajable es el precio. Eso es problema de economistas, arquitectos, sociólogos, banqueros, ingenieros y maestros de obra. 

Nuestro problema es de viejos, veteranos, usados, cuchos y demás. De quienes tuvimos la oportunidad de crecer en casa más o menos grande. Por lo menos, lo suficientemente grande para tener misterio (s) propio. Preguntas cuya respuesta aún ignoramos y que, incluso, se replican en tiempos modernos y hogares de dimensiones mínimas.  Van 20 de mi cosecha y, como estoy seguro de que hay muchas más, los invito a dejarlas en los comentarios.

   1. ¿Qué había en ese cajón, puerta, caja grande y hasta cuarto que nunca se abría y cuyo contenido era y sigue siendo absolutamente desconocido?

    2. ¿Qué fue en sus comienzos el trapo de la cocina, antes de convertirse en ese pedazo de tela multiusos, siempre húmedo con algún rezago visual de un pasado más digno?

    3. ¿Por qué sin importar lo moderna que fuera la cocina de gas y las veces que se renovara, siempre se seguía encendiendo con el mismo viejo mechero?

    4. ¿Por qué la casa tenía un comedor si siempre comíamos en la cocina?

    5. ¿Cuáles eran las emergencias que se supone deberían atenderse en el baño de emergencia?

    6. ¿Quién era San Alejo y por qué tenía un cuarto propio lleno de cosas inútiles o de adornos que solo se utilizaban en el fin de año?

    7. ¿De dónde salió esa bicicleta estática, caminadora u otro aparato para gimnasia que nadie utilizaba?

    8. ¿Cuál era el origen de esa extraño y oxidada estructura metálica que había en la terraza o en un rincón del patio?

    9. Y hablando de patios, ¿de dónde salió esa flor o vegetal que nadie sembró?

    10. Si existía más de una puerta de acceso. ¿cuál era el criterio para establecer cuál era la de uso permanente, la que solo se abría en ocasiones especiales y la que nunca se utilizaba?

    11. ¿Qué explicación tenía ese infaltable rincón a medio construir, a medio pintar, a medio resanar, a medio arreglar que nunca finiquitaron?

    12. ¿Qué justificaba el hecho de que, no importaba la disponibilidad de espacio, siempre había que guardar algo debajo de las camas?

    13. ¿Quién o quiénes eran los de esa vieja foto colgada en algún corredor que un día desapareció misteriosamente?

    14. ¿Porqué existía un mueble estilo vitrina lleno de utensilios útiles (vasos, platos, cubiertos, jarras) que permanecía bajo llave y cuyo contenido nunca se usaba?

    15.  ¿Cual era la historia de la mancha oculta detrás del cuadro con la foto de los abuelos?

    16. ¿Qué principio físico o acústico generaba la extraña filtración de sonidos de las casas vecinas, con la curiosa sensación de que la fuente del ruido estaba en la nuestra?

    17. ¿Si nacimos y crecimos ahí, por qué tanto miedo (no solo nuestro sino de los adultos) a quedarnos solos en esa casa por primera vez? 

    18.  ¿Porque los pasitos atribuidos a ratas y ratones se escuchaban encima de nosotros, si esos bichos no vuelan?

    19. ¿Por qué cuando la vida nos da la oportunidad de volver a la casa de la infancia después de mucho tiempo, la primera impresión siempre es que todo solía ser más grande?

    20. ¿Dónde terminó ese mueble, objeto, instrumento o similares que toda la familia recuerda, pero cuyo destino nadie conoce? 

miércoles, 9 de abril de 2025

Tensa calma familiar en tiempos pretéritos


Nota de la redacción. Eran otras épocas. La educación en el hogar funcionaba con herramientas diferentes. Las madres amaban a sus hijos, pero también ejercían la más implacable autoridad. En ese contexto transcurre la historia que retomamos a continuación (con algunos ajustes menores) escrita a finales del siglo pasado.

El niño —necio e inquieto como todos— comete alguna travesura. Rompe algo. Daña algún objeto o documento importante. Asalta la nevera antes de tiempo, descompletando los postres. Realiza alguna actividad de esas que están explícitamente prohibidas, aprovechando la falta de supervisión. O combina, irresponsablemente, todas o parte de las anteriores.

El niño —inmaduro pero no bobo— sabe lo que le espera. La madre de turno cree en la pedagogía... del chancletazo. Y en los beneficios educativos de una buena cantaleta. O del regaño en vivo y en directo. 

Pasado el gusto inicial de la chiquillada, la picardía abre paso al temor. Él sabe que ella lo sabe todo. Que de alguna manera se entera de la totalidad de los hechos que ocurren en la casa, con sus respectivos autores intelectuales y materiales. Y que a cada uno le llega, tarde o temprano, su merecido.

Ese día, el pequeño condenado se las ingenia para evadir la justicia maternal durante la tarde. Pero al fin llega el momento inevitable: la hora de la comida. La madre aparece en el comedor, se sienta, lo mira a los ojos y...

Nada. No ocurre nada.

Al niño —inteligente pero desubicado— le falta mucho por aprender. Ignora que a veces los adultos tienen preocupaciones que, por un día o dos, lo mandan a él a un segundo plano. Que a veces, por la cabeza de la madre rondan inquietudes lo suficientemente trascendentes para cancelar o por lo menos aplazar un regaño.

El solo sabe que donde debería haber cantaleta hay silencio. Y en su mente infantil las sensaciones evolucionan con rapidez. Del desconcierto inicial se pasa al regocijo. Del regocijo a la curiosidad. De la curiosidad a la expectativa. Y de la expectativa... al miedo.

Porque las citas con la justicia no se evaden. Se aplazan. Y si no fue ahí, será mañana. O pasado. O mientras ve televisión. O cuando se esté graduando de bachiller. O el día de su matrimonio.  

Esa es la razón por la cual, en los días subsiguientes, el pequeño vive en un ambiente de tensa calma. Esperando el regaño. Pendiente de la cantaleta. Presto a evadir el primer chancletazo.

Y nunca recuperará del todo la tranquilidad a menos que llegue ese momento maravilloso cuando un grito rasgue el aire con su nombre y la pregunta ¡Quien (espacio libre para colocar una descripción de la travesura)!

El orden natural de las cosas habrá vuelto.

miércoles, 3 de julio de 2024

Música animada en blanco y negro


Nota de la Redacción 

Esta Amilcarada viene con videos. Muchos videos. Pero no se enrede. Léala completa, disfrútela y si después quiere ver lo que leyó conéctese, haciendo clic acá ,a la playlist que creamos en Youtube. Algunos de los videos están a color y en inglés o japonés,  pero en la época evocada los veíamos en blanco y negro y todos tenían su versión en español.

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Una anécdota rápida que, supongo, nos pasa a todos (y si no, el loco soy yo). Tenemos canciones grabadas en lugares recónditos del cerebro. Periódicamente, algún estímulo las trae y activamos el archivo musical que llevamos en la pensadora. En ocasiones apenas recordamos (o creemos recordar) notas sueltas y parte de la letra. De lo que no tenemos idea es...  ¿dónde escuchamos eso por primera vez?

Pasó con la introducción musical de El hombre de acero. Ojo, no es Supermán. Tampoco es Ironman. Este man era un robot gigante manejado por un niño mediante un control remoto con joystick, antes de que existieran los joystick. Como buena serie japonesa, al traducirla en cada país le ponían un nombre distinto. El asunto es que un día, navegando por Youtube me encontré la presentación del programa. 

Retomo el comentario que hice en el video respectivo, 15 años atrás: “Se los juro, hace por lo menos 40 años que oí esta música por última vez, pero se me había quedado en el subconsciente. Hasta hoy me acuerdo de qué era. Esto sí que es un viaje al pasado”.

Hablando de tiempos pretéritos, la semana pasada hablamos de la parte técnica que antecedía a Mr Magoo. Pero el viejo cegatón no estaba solo en los dibujos animados de los años 60. El país del sol naciente nos envió unos cuantos animes, aunque nadie sabía que se llamaban así. Recuerdo otro. El Agente S-5, cuya arma letal era un mazo de cartas (en serio). Su banda sonora alquiló cuarto permanente en mi cerebro con ese tema que comenzaba;  “Todos los criminales / contra él luchan / pues todos quieren su total destrucción” y terminaba “…por la justicia, siempre lucha/ el agente S 5”.

Cualquier contemporáneo que haya leído el párrafo anterior le puso música a las últimas líneas. En ese revoltijo mental que se cocina en la cabeza del personal a medida que pasan los años, podemos olvidar personajes, tramas y aventuras de los telehéroes de la infancia. Pero como las canciones iniciales  siempre eran la mismas, esas sí quedaron en el disco duro. Aquí continúa un recorrido rápido,  desordenado y caótico  por intros de los programas animados que marcaron la infancia de este sujeto. 

Sigamos con los superhéroes de la época. Había un Super Ratón. Era como Supermán, pero en ratón. Vivía en la Luna (no es que fuera despistado, es que su residencia quedaba en el satélite), se enfrentaba a villanos que normalmente pertenecían al gremio de los gatos y tuvo historieta propia.

Otro personaje era el Cabazorro. De este no encontramos música pero clasifica porque su arma era una guitarra. Tenía una particularidad lingüística. En su doblaje al español hablaba como gringo. Lo mismo su identidad secreta: Tiroloco McGraw. ¿Cómo sonaba en inglés? Ni idea.

Si estamos en  recuerdos musicales, ni modo de ignorar a un niño sin poderes pero con tremenda banda sonora y muchas aventuras: Jonny Quest. Ni a una primera versión animada de Hércules (nada que ver con lo que hizo Disney años después) de la que evocamos al tenor inspirado que le ponía música al asunto.

Para terminar, los clásicos que incluso hoy en día todavía andan por ahí. Las nuevas generaciones los identifican como Looney Tunes. Nosotros los relacionábamos con dos canciones: la intro del Show de Bugs Bunny en dueto con el pato Lucas.  Y la que personalmente es mi favorita: el ave más rápida del universo: El Correcaminos y ese eterno perdedor al que todos terminamos cogiéndole cariño por física solidaridad: el Coyote. Por cierto, la serie tenía tanto introducción  como despedida musical . 

Supongo que a medida que avanzaban en la lectura, cada uno fue ampliando la lista con sus propios recuerdos. Los invito a incluirlos en los comentarios. Y para terminar, acudo de nuevo a Super Ratón. No es música, pero sí una recomendación bastante saludable con la que siempre cerraba el programa.  


miércoles, 26 de junio de 2024

Antes del "streaming", hubo un punto blanco



Mamá, ¿puedo prender la televisión para ver a Mr Magoo? 

Frase pronunciada por este sujeto, una o varias veces, en los años 60.

Mr Magoo era un personaje de dibujos animados con discapacidad visual (uso terminología moderna, en esos tiempos decíamos miope). Como su visión del mundo era completamente borrosa vivía metiéndose en líos, pero siempre salía ileso por dos razones: su excepcional buena suerte y ese sobrino (Waldo, creo) que ejercía como ángel de la guarda enrazado con pararrayos, porque todo lo que no le pasaba al tío terminaba afectándolo a él.

Eran los años 60 del Siglo XX. Me acordé de Mr Magoo a propósito de los 70 años de la televisión colombiana. Cada persona tiene su propia tele-historia. Aquí va una parte de la mía en versión infancia, (somos modelo 62, por cierto). El estado natural del televisor de la casa (solo existía uno) era apagado. Para encenderlo había que pedirle permiso a los mayores (quienes podían decir que no, pero ese es otro cuento). Cuando la solicitud infantil tenía éxito íbamos hasta el aparato, tomábamos una perilla, la girábamos hacia la derecha, sentíamos un crac (no clic) de que algo se había movido dentro de la máquina y… no pasaba nada. 

Los receptores de la época funcionaban con los llamados tubos de vacío. Antes de empezar a transmitir “algo” debía pasar. Le decíamos “calentar”. De hecho, el uso prolongado del televisor se sentía con un incremento notable de la temperatura de la caja. Lo de caja es literal. Cuadrada, grande, pesada y con pantalla embarazada. No se colgaba, Se ponía encima de un mueble, o era el mueble. 

Pero el indicador de que Mr Magoo estaba pidiendo pista no dependía de los calores. Era visual. Minutos (muchos) después de girar la perilla, en el centro de la pantalla aparecía un punto blanco. No como se encienden los bombillos, sino como las cocinetas eléctricas. Una lucecita casi imperceptible que ganaba intensidad poco a poco.  Alrededor del punto la pantalla verde (un verde muuuuyyyy oscuro) iba cambiando su color a una gama de grises con figuras en movimiento. Movimiento que no siempre era natural. A veces, la pantalla se llenaba de rayas diagonales psicodélicas. O las imágenes comenzaban a materializarse pero con lo que se llama efecto empuje en las presentaciones. Un cuadro que subía una y otra vez.

Cada problema tenía su perilla para efectos correctivos. En casos extremos había que ajustar la antena, o sea subirse al techo y manejar un sofisticado sistema de comunicación. El del techo movía la antena, preguntaba ¿YA? y alguien frente al televisor respondía ¡NO! !MÁS A LA DERECHA! Según la ubicación del aparato la operación técnica podía incluir repetidoras. Funcionaba así, el del techo le gritaba al de la ventana, el de la ventana le gritaba al que estaba afuera del cuarto, el de afuera del cuarto le gritaba al que estaba frente al televisor y este contestaba. La retroalimentación era igual, pero en reversa.

Solucionados los problemas técnicos el televisor quedaba prendido. Y no se apagaba más mientras hubiera algo que ver y alguien interesado. Visto el complejo procedimiento, no creo necesario explicar las razones.  

Para conocer el detalle de la programación estaban los periódicos o esperar hasta el final del último programa (cerca de la medianoche), cuando una locutora con cara de brava (supongo que por trasnocharse todos los días) leía lo que se vería al día siguiente. Aparecían barras y después la nada, que en televisión equivale a puntos y a ese ruido de jizzzrrr que todavía nos acompaña cuando no hay señal.

Entonces, el último televidente se levantaba, movía hacia la izquierda la perilla hasta llegar al crac y con la misma lentitud del encendido las imágenes comenzaban a difuminarse. Hasta que solo quedaba, justo en el centro, un puntico blanco. Cierre y fin de la emisión. 

miércoles, 19 de junio de 2024

Repelente

Como Gallego era el tipo de lavar y planchar en la oficina, el personal quedó frío ante su contundente ¡Yo por allá no voy!. “Allá” era un restaurante tradicional ubicado en el centro de la ciudad que alguien sugirió para una despedida. El hombre justificó así su contundente rechazo a la opción gastronómica.

“Yo no tenía más de 10 años. Me acuerdo que empecé a notar cambios en la rutina familiar. Por ejemplo, habíamos dejado de salir a sitios como cine, restaurantes, heladerías y otros adonde en algún momento había que pagar una cuenta. Aunque nunca faltó comida, las porciones redujeron su tamaño, sobre todo en la parte proteica. Con mis hermanos nos inventamos un juego. Escondíamos la carne, en el plato de otro, quien luego tenía que adivinar si estaba debajo del patacón, del arroz, de la papa o de la cuchara. Ocasionalmente la dieta volaba por cuenta de un ala de pollo, única presa que vimos en un largo periodo. Y así sucesivamente.

Papá estaba en casa a todas horas. Y sí, era eso. El viejo se había quedado sin trabajo. Mamá estiraba hasta  el último peso. Eso sí, ella tenía claro que nadie tenía por qué enterarse. Se volvió experta en no ir cuando ir implicaba gastar plata, y en desviar el tema si este se acercaba peligrosamente a la situación económica.

Lo que no previó fue a la prima Fanny. Las dos coincidían en rango de edad, por lo que siempre habían compartido tiempo y actividades. Pero mientras nosotros vivíamos emergencia económica, la situación de Fanny y familia era boyante. Un día, mientras mamá y yo andábamos por el centro, se apareció la prima. Eso fue con grito, abrazo y bombardeo de preguntas, que mi madre respondió con su estratégica discreción. La cosa debió terminar ahí, pero Fanny insistió en tomar algo. Es más, que mejor almorzáramos, ya que justo al lado había un restaurante —sí, ese restaurante— que le habían recomendado mucho.

Ella tenía toda la intención de invitar pero cuando ya estábamos sentados cayó en cuenta de que no tenía la  tarjeta de crédito y de que el efectivo tal vez no le alcanzaría para cubrir todo el consumo (esto pasó antes de tarjetas débito y otros). Entonces le preguntó a mamá que si habría problema, en caso de necesidad, de que nosotros completáramos la cuenta, que ella después le reponía. Claro que había problema. El paso siguiente era simplemente reconocerlo. Pero mamá no estaba dispuesta a aceptar lo que sabemos. 

Hubo suerte. Fanny se retiró un momento al baño. Nos trajeron la carta. Mamá la miró, me miró, y me la pasó. Yo no tenía conciencia de nada. Simplemente iba a comer elegante por cuenta de otra. Bueno, eso creía. Apenas empezaba a mirar opciones cuando la prima reapareció. 

Ahí arrancó el show de mamá. —!Es que con usted no se puede! ¡Ya no podemos ir a ningún lado! Mire Fanny, usted no sabe lo repelente que se ha vuelto este niño. No quiere comer nada. No le gusta nada. Todo lo del menú le parece feo y maluco. 

Yo, que no había pronunciado palabra, estaba completamente perdido. Intenté hablar pero ni siquiera me dejaron toser. Mamá siguió quince minutos renegando de mis caprichos, de mi bobada con la comida, y, reiterativamente, de que no había nada que hacer con este muchachito tan, pero tan repelente. De alguna manera encaminó la conversación a un —...que pena con usted Fanny pero ya el niño nos hizo pasar muchas vergüenzas acá, mejor vámonos y volvemos otro día las dos y ahí sí podemos comer tranquilas.

Mamá no dijo nada más pero ese día y los siguientes mis porciones en las comidas de casa fueron un poco más grandes. La crisis económica familiar pasó. Yo crecí, estudié, comencé a trabajar y a generar ingresos propios. Un día iba con mi novia buscando donde almorzar y terminamos en el restaurante de marras. 

Yo sé que esto no tiene lógica pero qué hacemos. Les juro que, apenas entré, todo el personal de servicio me miró con cara de volvió este repelente”.

miércoles, 10 de abril de 2024

No me vuelvan a invitar

Fue una de esas rabietas de adolescente que arman tragedia donde, objetivamente, no pasó nada importante. Invitado a los 15 años de su mejor amiga del colegio, Rubén no pudo bailar con ella porque ambos se embolataron. La joven, en su papel de protagonista de la fiesta,  mientras él se divertía con los amigos, aprovechando el trago y la comida gratis.

No se supo en que momento el asunto se volvió trascendente. Ya ni siquiera se acordaba si fue él o ella quien hizo el reclamo en son de broma y por cual razón lo que era un chiste se volvió serio. Pero el tema  escaló —debidamente sazonado por amigos y amigas de ambos lados— hasta que la versión oficial era que ella lo había despreciado esa noche, que fue el único con el que no quiso bailar. Así que Rubén se hizo el digno y dejó de hablarle por un tiempo.

El tiempo se extendió un poco por un pequeño detalle. Ambos cambiaron de colegio, se desconectaron, dejaron de verse y nunca hubo oportunidad de aclarar el malentendido. Bueno, sí la hubo. 30 años después, gracias a las redes sociales, alguien organizó un reencuentro y los ex jóvenes (cada uno con tres décadas adicionales de experiencia, vida y familia) volvieron a verse la cara.

En la avalancha de saludos hubo un momento en que Rubén y la antigua amiga simplemente quedaron frente a frente, hablaron un rato de generalidades y luego fueron absorbidos por el grupo. Sin embargo, el tipo tuvo una sensación parecida a quien ha tenido que hacer una largo recorrido con una espina en el pie y finalmente logra extraerla. Un pendiente menos. La exquinceañera cuasicincuentona, por su parte, no dio ninguna señal de recordar o valorar el incidente, lo que contribuyó al cierre definitivo del mismo.

El reencuentro no solo fue exitoso, sino que terminó creando una comunidad de excompañeros basada, por supuesto, en un grupo de whatsapp. Allí, entre los intercambios de fotos, memes, una que otra cadena medio mística y comentarios variopintos periódicamente se convocaba a otras reuniones, o se publicaban imágenes de actividades en grupos pequeños.

Un día, las fotos compartidas mostraron un ambiente inusualmente elegante, donde la exquinceañera y su actual esposo parecían ser protagonistas, acompañados de casi todos los miembros de la comunidad y sus respectivas parejas. Rubén, en principio, fingió desinterés, pero muy interiormente se sintió ignorado y hasta menospreciado. 

Como siempre, su esposa detectó la situación y, básicamente porque él se estaba poniendo insoportable, lo invitó a que dejara de armar videos y averiguara exactamente qué había pasado.

Una conversación con un antiguo compañero le confirmó que la exquinceañera y su consorte habían renovado sus votos, evento celebrado mediante una reunión con invitaciones personalizadas. Los fantasmas del pasado comenzaron a pedir pista en la tranquilidad mental del Rubén, quien decidió llamar a la homenajeada. Ella reaccionó positivamente ante el contacto. Se le notaba la satisfacción al hablar con su viejo amigo. Hubo una conversación animada antes de llegar al tema que el hombre introdujo de manera sutil.

— Por ahí vi las fotos de su renovación de votos, felicitaciones.

Con la tranquilidad y madurez que dan 30 años de vida, haber levantado una familia, combinar la vida profesional con la maternidad y el cuidado de casa  y el sentido práctico que genera la experiencia, vino la respuesta: — Sí, eso estuvo buenísimo. Vinieron muchos compañeros. A usted no lo invité porque me acuerdo de lo que pasó la última vez que vino a una fiesta en mi casa. No quiero pasar otros 30 años de remordimiento por alguna pendejada. 

miércoles, 7 de febrero de 2024

La mujer del último minuto


En la iglesia no cabe una persona más. Familiares y amigos de la novia ocupan el ala izquierda, mientras la parentela y conocidos del novio llenan la derecha. A los invitados se suman los inevitables patos. Ese nerviosismo que nadie comenta pero todos sienten crece minuto a minuto. Las miradas se concentran en la puerta. El círculo más cercano de la prometida está en el atrio, con ojeadas constantes hacia ambos lados de la vía y llamadas que nadie responde. Ella no llega, la paciencia del sacerdote se acerca a su límite, la ocasión feliz pinta para desastre... Pero una persona está completamente tranquila. Sabe exactamente lo que va a pasar. Años de recuerdos y experiencias mutuas lo llevaron a ese momento.

El cerebro vuela a la infancia. Conjunto cerrado, zona verde, infancia compartida, juegos de barrio. Escondidas. Faltan pocos minutos para llegar a ese grado de oscuridad que todos identifican como la señal para volver a los apartamentos. Es el acuerdo tácito con madres, hermanos mayores y ocasionalmente algún padre. Mientras regresen a casa a esa hora o antes, el permiso del otro día está garantizado. Pero ella no aparece todavía. El que contó no la encontró. Los demás, sumados a la búsqueda, tampoco. Ya algunas madres llamaron a sus hijos. Si todos no llegan a tiempo puede ser el final de la diversión en vacaciones... 

Otro recuerdo. Tiempos de adolescencia. La batalla esta vez es contra la trigonometría. Senos, cosenos, tangentes. No ha sido un buen año académico para ella. Hasta podría perderse. Una esperanza en forma de examen es la oportunidad para salvarlo todo. Requiere, claro, dedicación y preparación. La fecha se acerca peligrosamente sin que se note algún esfuerzo adicional para aumentar el conocimiento en la materia... 

Más memorias. Ya en el mundo laboral, la vida volvió a reunir a los antiguos vecinos. Un amigo gana cierta convocatoria internacional, gracias a la cual se codeará con los mejores del mundo. Entre todos le compran un computador, que servirá simultáneamente como herramienta de trabajo y comunicación. Es la noche anterior al viaje, cuando finalmente se pudo organizar la despedida. Están todos en el restaurante. Bueno, casi todos. Porque ella no aparece. Ella, la que traerá el computador. Ella, la que no responde mensajes ni llamadas. El homenajeado está agradecido, pero debe irse temprano porque su avión sale a primera hora...

La evocación del hombre en la iglesia llega a una escena vivida muchas veces. Encuentro con ese cliente, el importante. Es momento de la presentación clave, aquella que definirá el negocio. Todos los que deben estar ocupan la sala de juntas, con una excepción. La expositora principal, la que maneja los argumentos que convertirán la presentación de turno en acuerdo gana-gana, no aparece. En medio de la cortesía empresarial empieza a notarse cierta incomodidad. Es cuestión de segundos para que la reunión se disuelva...

Ese vecino de infancia, ese compañero de colegio, ese profesional que se reencontró con la amiga de la niñez y la adolescencia en el lugar de trabajo. Ese que pasó del trabajo a los recuerdos, de los recuerdos a la confidencia, de la confidencia al amor y del amor al compromiso. Ese, junto al altar, en una iglesia llena de personas asustadas porque no hay novia por sustracción de materia.

Él recuerda los desenlaces laborales cuando, segundos antes de la disolución, ella aparecía, distensionaba el ambiente con algún comentario y procedía a conquistar al cliente de turno. Evoca como ella llegó justo para interceptar en la puerta del restaurante al homenajeado, quien partió hacia el futuro con computador nuevo. Rememora la noche antes del examen de trigonometría, en la que ella estudió como nunca en su vida y logró —apenas raspando, pero igual vale— cumplir el requisito académico. Y resuena en su mente una voz infantil que gritaba “un, dos, tres por mí” y cerraba el juego, justo antes de que las madres ejercieran autoridad. Así garantizó no solo los permisos del día siguiente, sino muchos días de diversión infantil.

Los demás que se asusten. Él sabe que ella llegará. Ella es así  La mujer del último minuto.

miércoles, 20 de septiembre de 2023

Ficha tocada, ficha movida


Esta amilcarada en particular se encargará de indagar en línea sobre la pertinencia de algunas expresiones populares y su proyección universal… Si todavía me queda algún lector después de ese ladrillo que acabo de escribir, toca decir la verdad. Tenía un tema que parecía buenísimo pero, como la realidad opina distinto, me tocó armar el sancocho que va a continuación y —pésima idea— dármelas de serio.

Iba a empezar con una norma del ajedrez familiar y de amigos que se resumía en cuatro palabras lapidarias: “ficha tocada, ficha movida”. De ahí en adelante me iba a referir a otras frases igualmente célebres que acompañaron la infancia, la adolescencia y la juventud, como “por mí y por todos”, “lo soplo” (en el parqués) y no sigo con la lista porque un pequeño detalle se tiró el tema.

“Si el jugador a quien le toca mover toca sobre el tablero, con la intención de mover o capturar una o más piezas propias, debe mover la primera pieza tocada que se pueda mover”; Reglamento de Ajedrez de la FIDE (Federación Internacional de Ajedrez). No era un invento familiar, no era una decisión arbitraria del grupo de amigos, sino una norma debidamente establecida, codificada y aplicada por autoridad competente. Cuando se descubren esas cosas, todo el sistema de creencias empieza a tambalear.

Ya entrado en gastos, opté por darle una oportunidad a “Por mí y por todos”, la frase más temida en el juego de escondidas. Con esta me fue mejor: solo aparece en internet como el nombre de un disco grabado a finales del siglo pasado con música de los años 80 por un grupo que desapareció a principios del siglo XXI; y como parte de algunas referencias bíblicas.

En cambio soplar, en vez de limitarse a la técnica de modelamiento del vidrio, la expulsión de aire a través de la boca o la entrega ilícita de información al compañero de aula durante una prueba académica, sí es una jugada establecida para el parqués. Aunque, cabe aclarar, al estilo colombiano.

A estas alturas se me ocurrió pegarme de aquello del estilo colombiano para salvar la patria, Y me acordé de cuando aprendimos que si algo de comida se caía al suelo, podíamos contar hasta cinco antes de recogerlo y llevarlo a la boca sin riesgo. Nuevamente la web se encargó de desmentir esta creencia. Pero ese no fue problema, ni la gran cantidad de alimentos poco higiénicos que hemos consumido en diversas épocas de la vida. El problema es que han sido universidades y centros de estudio gringos y europeos quienes han liderado las investigaciones para desmentir este mito universal. La regla (falsa) de los cinco segundos no es patrimonio nacional..., sino de la humanidad

A punto de archivar el tema en el apartado de esto no va para ninguna parte, me jugué el as. Colombia es un país cafetero.  El grano fue la base de nuestra economía muchos años. Tomarse un tinto (así lo llamamos) es costumbre para comenzar el día en ciudad y campo, recargar energías en el trabajo o acompañar una conversación. Pero ni aún así podemos atribuirnos el remedio casero de utilizar café para frenar hemorragias. Porque si así fuera, ni el Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos, ni la universidad de Valencia, España, habrían dedicado sendas investigaciones y artículos para advertir sobre lo equivocado y riesgoso de este remedio casero que, por cierto, también cuenta con defensores en México y Perú.

Entre indagaciones y reflexiones descubro que llego al final de un texto que arrancó con un tema inadecuado el cual, sin embargo, me negué a soltar pese a tener todo en contra.

Fue como en el ajedrez: ficha tocada, ficha movida. 

miércoles, 12 de julio de 2023

En mi casa había de eso. Estoy, ¿seguro?...


Se lo juro. Eso existe. O, por lo menos, existió alguna vez. No me mire así. No estoy loco ni nada parecido, Simplemente quiero un porchador de huevos. Ponchador no, porchador. Pero no aparecen. Lo busco en internet y me muestran unos aparatos para preparar huevos duros o tibios. Los pregunto en almacenes de cadena, en locales de artículos de cocina, en cacharrerías, en ferreterías, en distribuidores de artículos para el hogar, en misceláneas y en agáchese de paisa pero nadie sabe qué son, nadie sabe para que sirven, nadie los conoce.

Yo no me rindo. Sobre todo cuando me dan alguna esperanza. Porque no entiendo para que ponen un negocio si no quieren vender. Mire, hay sitios en los que no he terminado de preguntar y ya me dijeron que no. No a secas, sin asco, de ese NO que, sin decirlo, dice lárguese de acá. Y cuando eso pasa, no hay nada qué hacer.

Pero a veces, y eso es directamente proporcional a la simpatía del comerciante, a  su interés en vender, a la congestión del local o a la curiosidad hacen la pregunta mágica: algo así como “¿Eso qué es?" Entonces viene la explicación que llevo años perfeccionando. "Es como una cazuela con dos secciones para preparar huevos. En la de arriba se ponen los huevos después de sacarlos de la cáscara y en la de abajo se hierve agua. Algo así como lo que se usa para cocinar al vapor o para preparar algunos alimentos al baño de María".

Y es ahí cuando me muestran las vaporeras eléctricas, las de silicona, las de bambú, las de encaje, las de estuche, las de cestillos, las de flores y hasta los escalfadores para microoondas. Y yo digo no, eso no es. Y si tienen vocación de maestro me traen dos recipientes, uno grande y otro pequeño y me enseñan que el agua se pone en el grande y lo que voy a cocinar en el pequeño y así se puede bañar a María pero yo les respondo que eso ya lo sé, pero que los porchadores existían, eran exclusivos para huevos y tenían el tamaño y el diseño perfecto y ese es el momento en que me empiezan a mirar raro, amenazan con llamar a la autoridad competente o le hacen una seña al camaján que cuida para que cordialmente me acompañe a la salida o, sin ninguna cordialidad, me saque a patadas.

Pero yo comí huevos porchados cuando era pequeño. En mi casa familiar existían esos aparatos. Quedaba más o menos como un huevo frito. Podía ser blandito o lo contrario: con consistencia de huevo duro o de huevo tibio pero sin tener que librar la batalla para pelar la cáscara. Porque eso de pelar huevos cocidos es una competencia para la que me declaro incompetente, y siempre termino perdiendo parte de la clara, de la yema o todas las anteriores. Y cuando son huevos tibios peor.

El porchador solucionaba ese problema. Por su diseño permitía hacer seguimiento durante el proceso. No como con los huevos cocidos y sus tiempos que o se pasan y terminan reventados, o se anticipan y terminan crudos. El porchador era rápido, y si se dejaba el agua tenía la ventaja adicional de conservar la temperatura. Con una ollita, una sartén y una tapa me inventé algo parecido (ver imagen), pero no igual. Por eso cada vez que puedo los busco, lo pregunto, indago y ya le conté lo que me pasa. 

Me niego a creer que formen parte de esa lista de artefactos que acompañaron mi infancia y juventud pero que, sencillamente, ya no se consiguen. O que —no sé si eso es peor o mejor— realmente hayan sido una creación de mi subconsciente, una especie de amigo imaginario en versión huevo, o algún sueño repetitivo que se me revolvió con la realidad.

Es un hecho, necesito un porchador de huevos. 

O de repente un psiquiatra. 

miércoles, 31 de mayo de 2023

Matemáticas post 30


Nota de la redacción. Una amilcarada de publicación reciente  llevó al autor a buscar en sus archivos textos similares, entre los que encontró este de 1998, cuya vigencia (con algunos ajustes) es, por decirlo suavemente, de  aterradora actualidad.

Dicen que a los 30, a los 40, a los 50, llega una crisis. Eso es mentira. Las crisis son situaciones difíciles que se presentan en un momento determinado, alcanzan un punto culminante y luego desaparecen. Lo que llega a los 30, a los 40, a los 50,  no desaparece. Se queda para siempre, y cada día se pone peor. Se llama edad.

No es juventud, porque eso ya pasó. No es vejez, porque eso aún no ha llegado. Es un incómodo término medio en el cual uno mira para atrás y para adelante, viendo como aquello que parecía lejano es contemporáneo, y aquello que suena importante ya pasó, sin que nos diéramos cuenta a qué horas.

Una de las pocas ventajas es el desarrollo de las habilidades matemáticas. Y también en el manejo del lenguaje, como podemos leer aquí. Uno hace cuentas de edad. La primera tiene que ver con los adultos. Cada vez con mayor frecuencia, vemos alrededor adultos que se supone eran niños. Ese sobrino a cuyo nacimiento hicimos antesala en nuestra adolescencia hoy es más grande, más ronco, y tiene mejor sueldo que nosotros. Una extraña mezcla de deseo y remordimiento nos acompaña cada vez que vemos a la hija de aquel amigo que se casó joven, a la cual decirle niña es, por lo menos, un anacronismo.

Personajes que eran más viejos porque así debía ser, de repente son más jóvenes, porque así debe ser. Los policías, los ladrones, los choferes de bus, los presentadores y actores de televisión, el capitán Kirk, el señor Spock (¿No sabe quienes son?, este texto no es para usted... todavía) y hasta uno que otro ministro. 

Utilizando nuestra recién adquirida habilidad aritmética empezamos a hacer cuentas. El soldado que nos solicita documentos, no había nacido cuando nos expidieron la libreta militar. Ese futbolista que hoy apasiona multitudes, hizo la primera comunión el mismo día en que nosotros colgamos los guayos, tras hacer un autogol en ese partido que el equipo de ex alumnos perdió 8 -0.

Cuando tenemos la oportunidad de ver una reina de alguna cosa - el Mango, la Guayaba, qué sé yo - acompañada de su mamá, empezamos a notarle atributos a la mamá. Y recordamos haber leído alguna vez, tiempos ah, que el ministro Tal se había casado, cuando vemos a su hijo, Tal Jr., posesionarse en alguna flamante cartera.

En un último arranque de desesperado optimismo, miramos hacia los ancianos de la tribu. Los obispos, los generales, los magistrados, los relojeros, los tenderos. Esos hombres, a quienes siempre consideramos como abuelos potenciales, nos siguen superando en dignidad, gobierno y, sobre todo, en edad.

Lástima que ya no parezcan nuestros abuelos, sino nuestros papás, o nuestros hermanos mayores.

martes, 4 de abril de 2017

Recuerdos de los tiempos bárbaros

Por ahí he visto un comercial muy simpático, donde muestran la evolución del hombre, así, en masculino. Tres fases de cazadores y guerreros, la cuarta de un millenial… tomándose una selfie. Para no hacer publicidad gratis no doy detalles, aunque dejó el enlace.

El tema viene a la costumbre, en quienes superamos cierta edad, de evocar un pasado salvaje. No se trata de la prehistoria, la Edad Media o los tiempos del ruido. Son nuestros inicios profesionales.

Aunque supongo que existe un discurso equivalente para todos los oficios, me voy por uno que conozco: el magisterio. Entonces pongo cara de circunstancia y hablo de cuando “que marcadores ni que ocho cuartos, eso era con tiza de colores y tablero verde, tragando polvo y sacudiendo borradores”.

A medida que la conversación avanza a uno se le alborota la testosterona. “¡Cuál Power Point” !Eso era a punta de carteleras. Y solo para cosas muy excepcionales, con acetatos y retroproyector. ¿Que qué era eso? Unas hojas de plástico transparente donde se dibujaba o se montaban los textos con letra set. ¿Impresoras? ¡Cuáles impresoras! ¿Retroqué? Retroproyector. Una máquina que los proyectaba mientras se cambiaban, a mano limpia”.

De alguna manera el tono se va poniendo dramático. “Los mapas no estaban en pantallas, sino enrollados en el salón y teníamos que levantarlos colgarlos y desenrrollarlos. Y cuando se usaban había que enrollarlos de nuevo. Así aprendía la gente, sin tanta…"

(En ese momento ya está uno tan emocionado que empieza a utilizar palabras de esas que figuran en el diccionario pero no se recomiendan en determinados contextos. Por ejemplo en este blog. Además hoy son políticamente incorrectas. Así que vamos a utilizar expresiones explicativas para no herir susceptibilidades. Y lo acepto, nadie habla así.)

…así aprendía la gente, sin tanta ‘ayuda pedagógica perteneciente a un género tradicionalmente considerado más débil que otro’. Hoy en día no pueden hacer nada sin tener un aparato repleto de ‘artilugios y servicios descritos con una alusión a tendencias de género estereotipadas en amaneramiento’. Nosotros improvisábamos sin tanta ‘alusión al hijo una mujer poco amiga del aseo o que ejerce un oficio del que se dice es el más antiguo del mundo. Se puede eliminar la alusión al hijo’ tecnología”.

El discurso inevitablemente cierra con una oración despectiva hacia las generaciones actuales, Puede ser del tipo anecdótico “yo no vine a conocer un computador sino cuando llevaba 20 años de ejercicio profesional”; descriptivo-despectivo “ahora la gente ha perdido toda la recursividad”; de afirmación generacional “nosotros hicimos mucho con poco”; o regaño frontal “yo no sé de qué se queja la gente ahora”.

Y ahí es cuando el comentario del joven interlocutor de turno nos devuelve a nuestra anacrónica realidad

 “Que tiempos tan aburridos”.

martes, 14 de marzo de 2017

El tipo de la señal

Gervasio es un lector de esos que llaman voraz. Además tiene una singular habilidad, que es la de poder concentrarse en su libro en medio de cualquier ambiente, no importa lo ruidoso que sea. Pero no nació con esa destreza. La desarrolló. Esta es su historia.

Toca remontarnos a la infancia del caballero. El asunto es que cuando alguien en su casa escuchaba radio, sobre todo FM, solía tener problemas con la calidad del sonido, problemas que se solucionaban mágicamente para luego reaparecer.

Hasta que el abuelo estableció la relación causa-efecto. El viejo tenía un radio de tubos más viejo que él, cuya antena era un cable que se sujetaba a una puntilla en el techo. Y aunque el aparato sonaba como un cañón –y de hecho todavía lo hace- era como un cañón con gripa que periódicamente tenía sus momentos de nitidez.

¿Cuándo? Cuando Gervasio entraba al cuarto y se ubicaba ahí. Ahí era ese punto específico de la habitación que nunca se supo con exactitud dónde era, pero el asunto es que si él estaba ahí, el radio sonaba así, pero si se movía de ahí, el radio sonaba asa.

Gervasio estaba en esa edad donde todo era juego, y ese juego era divertido. Llegar y buscar ese punto –que podía ser abajo, arriba, al lado- en el cual las ondas hertzianas se purificaban en automático.

Pero el juego pasó a tarea cuando papá se apareció en casa con el primer televisor de antena portátil. Ya no era necesario hacer maromas cuadrando la antena en el techo, sino que el aparato tenía un sencillo captador de señal graduable sobre su estructura. Con lo cual las maromas no se hacían en el techo sino en el cuarto.

Y empezó el ritual de giro izquierda derecha, abra las patas –de la antena– cierre las patas, mueva el aparato y cuando todo parecía perdido Gervasio que entra al cuarto y…magia, imagen perfecta. Gervasio se aleja… imagen kaput, rayas y fantasmas atacan sin compasión.

Y sí la situación era aburridora para el por aquel entonces preadolescente, eso no era lo peor. Lo peor era que había múltiples lugares donde Gervasio podía ubicarse para mejorar la señal, pero ninguno, óigase bien, ninguno, le permitía ver la pantalla de frente.

En su capacidad de transmisor de ondas incidía la posición. Es decir que si por alguna razón quedaba de frente al televisor, este solo funcionaba cuando Gervasio le daba la espalda.

Durante un tiempo el tipo intentó fórmulas alternativas como contorsiones, el reflejo de la ventana o un espejo ubicado estratégicamente. Hasta ese día en el que, mientras su familia disfrutaba de esa telenovela que a él no le interesaba tomó una revista. De las revistas pasó a los periódicos, de los periódicos a los libros y hoy solo ve televisión muy excepcionalmente. Su contacto con el mundo es a través de la lectura. Donde sea.

 Aunque pasan cosas raras con el wi-fi cuando el hombre anda por ahí.