Mostrando entradas con la etiqueta justicia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta justicia. Mostrar todas las entradas

miércoles, 17 de junio de 2026

El infierno no se detiene



Nota de la Redacción. Retomamos con actualizaciones algo escrito a finales del siglo pasado. Se supone que casi 30 años después algunas referencias ya no estarían vigentes. Se supone... 

Durante su vida,  Figueroa distó mucho de ser un santo. Mujeriego, vicioso, mentiroso, irresponsable y patán, lo que dejó entre sus conocidos difícilmente podría catalogarse como buenos recuerdos.

Con semejante prontuario, su muerte, para ser sinceros, no entristeció a muchos. El  deceso llegó una noche cuando la monumental borrachera de turno le impidió ver ese camión que venía bajando ese puente.

Durante la breve fracción de segundo antes del tiestazo definitivo, Figueroa se dio cuenta de que su vida había sido un desastre y que, si existía un infierno, él sin lugar a dudas clasificaba.

Pero después de aparecer en ese extraño hotel ubicado en medio de nada, donde compartía espacio con cavernícolas, conquistadores españoles, reyes chibchas, profesoras de mecanografía, vendedores de enciclopedias y otras especies extintas, sintió que el sitio, aunque apretado, no podía ser el infierno.

Su sorpresa fue más grande cuando el tipo (o la vieja) de alas lo llamó a su oficina y le dijo: “Mañana, a partir de las seis pasan por la avenida los buses al cielo. Usted tiene cupo. Hay uno cada quince minutos. El paradero queda en la acera de enfrente”.

Así que al otro día salió temprano, dispuesto a tomar su transporte e instalarse en calidad de residente permanente en la eternidad celestial. No iba solo. Lo acompañaban quienes en vida fueron un presentador de televentas, un jurado de reality y un filtro de discoteca de moda.

Llegaron al borde de la tremenda avenida. Ancha. Dos enormes calzadas de ida y vuelta que a su vez se subdividían en cinco carriles cada una. Por el sitio donde debían cruzar había un flujo constante de carros que aparecían uno tras otro en interminable caravana. No se veían semáforos por ninguna parte.

En ese momento se habían unido al grupo los espíritus (o lo que fueran) de un vendedor gringo de carros usados, un influencer especializado en chismes de farándula y un biciusuario al que se le veía la ropa interior. 

Entretanto, la fila de vehículos en movimiento seguía. Carros, motos, buses, camiones. Nunca paraba. Segundo tras segundo, minuto tras minuto, rato tras rato, hora tras hora, el río de automotores copaba la avenida en una procesión inacabable. Cualquier intento de llegar al otro lado donde pasaban, vacíos, los buses marcados con el aviso “Directo cielo” era, sencillamente, imposible.

Eso sí, al anden llegaban más y más vivos en uso de buen retiro.  Entre otros, el creador de una pirámide financiera, el jefe de atención al cliente de una empresa de servicios y un fabricante de armas.

Al principio Figueroa se lo tomó con tranquilidad. Pero horas después esta dio paso a la angustia. De la angustia pasó al desespero, y del desespero a la rabia. No era lógico. Estaba a 100 metros de la felicidad eterna. ¿Por qué no podía llegar a ella?

Entonces se le ocurrió mirar quiénes conducían los automotores que conformaban el perpetuo flujo vehicular.

Eran de color rojo, con cuernos, y una sonrisa maléfica.

Figueroa entendió su destino. El infierno era cruzar una calle… a la hora pico. La hora pico eterna.

miércoles, 20 de mayo de 2026

Una sola letra y todo cambia


Pasa en buses, aviones, trenes y colectivos. En salas de espera y filas. Durante encuentros momentáneos de transeúntes que no se conocen. En tiempos de mensajes instantáneos, pocos logran (pocos logramos, dice la tarjeta) controlar el impulso de leer mensajes en el teléfono... del vecino. 

Como es una lectura intrusiva, clandestina, rápida y de reojo, leemos mal. Una sola letra es suficiente. No hay espacio para la segunda mirada. Menos para preguntar. Van 41 ejemplos. Lo que leímos y lo que realmente decía. 
  1. Para el bebé tenemos que empacar tetero, puñales y chupo. (pañales)

miércoles, 9 de abril de 2025

Tensa calma familiar en tiempos pretéritos


Nota de la redacción. Eran otras épocas. La educación en el hogar funcionaba con herramientas diferentes. Las madres amaban a sus hijos, pero también ejercían la más implacable autoridad. En ese contexto transcurre la historia que retomamos a continuación (con algunos ajustes menores) escrita a finales del siglo pasado.

El niño —necio e inquieto como todos— comete alguna travesura. Rompe algo. Daña algún objeto o documento importante. Asalta la nevera antes de tiempo, descompletando los postres. Realiza alguna actividad de esas que están explícitamente prohibidas, aprovechando la falta de supervisión. O combina, irresponsablemente, todas o parte de las anteriores.

El niño —inmaduro pero no bobo— sabe lo que le espera. La madre de turno cree en la pedagogía... del chancletazo. Y en los beneficios educativos de una buena cantaleta. O del regaño en vivo y en directo. 

Pasado el gusto inicial de la chiquillada, la picardía abre paso al temor. Él sabe que ella lo sabe todo. Que de alguna manera se entera de la totalidad de los hechos que ocurren en la casa, con sus respectivos autores intelectuales y materiales. Y que a cada uno le llega, tarde o temprano, su merecido.

Ese día, el pequeño condenado se las ingenia para evadir la justicia maternal durante la tarde. Pero al fin llega el momento inevitable: la hora de la comida. La madre aparece en el comedor, se sienta, lo mira a los ojos y...

Nada. No ocurre nada.

Al niño —inteligente pero desubicado— le falta mucho por aprender. Ignora que a veces los adultos tienen preocupaciones que, por un día o dos, lo mandan a él a un segundo plano. Que a veces, por la cabeza de la madre rondan inquietudes lo suficientemente trascendentes para cancelar o por lo menos aplazar un regaño.

El solo sabe que donde debería haber cantaleta hay silencio. Y en su mente infantil las sensaciones evolucionan con rapidez. Del desconcierto inicial se pasa al regocijo. Del regocijo a la curiosidad. De la curiosidad a la expectativa. Y de la expectativa... al miedo.

Porque las citas con la justicia no se evaden. Se aplazan. Y si no fue ahí, será mañana. O pasado. O mientras ve televisión. O cuando se esté graduando de bachiller. O el día de su matrimonio.  

Esa es la razón por la cual, en los días subsiguientes, el pequeño vive en un ambiente de tensa calma. Esperando el regaño. Pendiente de la cantaleta. Presto a evadir el primer chancletazo.

Y nunca recuperará del todo la tranquilidad a menos que llegue ese momento maravilloso cuando un grito rasgue el aire con su nombre y la pregunta ¡Quien (espacio libre para colocar una descripción de la travesura)!

El orden natural de las cosas habrá vuelto.

miércoles, 4 de diciembre de 2024

Sueños de Gordito


Nota de la Redacción. Retomo un texto escrito en 1996. Tiempos donde los celulares solo servían para hablar por teléfono (o de repente ni siquiera existían, no me acuerdo), las cámaras fotográficas eran artefactos completamente autónomos, manipular una foto era posible, pero muy complicado y Maradona era ya una leyenda del fútbol, aunque algunos de sus logros con el balón estuvieron acompañados de un ligero sobrepeso. 

El Gordito es divertido, y hasta simpático. Pero eso no le quita lo Gordito. Por eso siempre hay un límite entre él y los triunfadores. Él se puede vestir igual, hablar igual, actuar igual. No importa. Su karma es ser el Gordito. El casi, pero no. Y eso, a él le duele.

Él tiene nombre aunque eso solo le interese a la Registraduría y a la Administración de Impuestos. Ni siquiera a su esposa, quien prácticamente solo lo llamó Eduardo el día en que se conocieron. De resto, su comunicación siempre giró alrededor de la palabra Gordito con múltiples variaciones. (Gordis, mi Gordo, Dogor, Gordon).

Al Gordito lo invitan a las fiestas, pero si no va, nadie se entera. Al Gordito las chicas siempre le han dicho que no cuando están cansadas, cuando no quieren bailar, o cuando aspiran a algo mejor. Y no sienten remordimiento. Al Gordito le dan la palabra en las reuniones de trabajo, pero aunque todos le oyen, pocos, o ninguno, lo escuchan. Y eso,  a él le duele.

En casa, la Chiqui saluda de beso a su papá. y se ríe cuando le hace cosquillas. Pero si tiene problemas con las tareas, le pregunta a mamá. Y si tiene problemas con la vida, le pregunta a las amigas.

El Gordito vive así su vida. Pero todas las noches, cuando su esposa y la Chiqui ya se durmieron, abre su álbum personal y mira esa foto que simboliza lo más importante que ha hecho en toda su vida.

Fue alguna vez que la Selección Argentina vino a Colombia, y él trabajaba como botones en el hotel donde esta se alojó. También fue una absoluta coincidencia, que justo a él le haya tocado llevarle las maletas a Maradona y que llegando a la habitación se hayan encontrado con un fotógrafo, colado al décimo piso, pese a las estrictas medidas de seguridad.

Pero el tipo alcanzó a disparar su cámara varias veces antes de que lo sacaran a patadas, y en una de esas quedaron, en la misma placa, el Gordito y Maradona.

Cuando él averiguó quien era el fotógrafo fue a pedirle una copia. Viéndola se imaginó, como lo hacía todas las noches, el siguiente cuadro.

Hay un montón de periodistas y gente importante observando las fotos. Están decidiendo que harán con ellas.  Las miran detalladamente preguntando con insistencia.

—¿Y que hacemos para quitar al gordito?

— ¿Pero quién es el gordito?

— Buena foto compañero, lástima el gordito.

Una especie de jefe, que aún no ha visto las fotos, no se aguanta la curiosidad y  pregunta.

— ¿De cuál gordito están hablando?

Todos se quedan en silencio y él fotógrafo responde.

— De ese que está al lado de Eduardo.

martes, 21 de marzo de 2017

Un fugaz instante de ilegalidad

Alonso es un tipo legal. Es decir que es de los que cumple la ley. La mayor parte de las leyes, la mayor parte del tiempo. Como no es un tipo viajado, ignora como funcionan las cosas en otros países. Pero aquí el asunto es así. Como quedar medio embarazado, citando al profesor Arnaldo.

Es más. El sujeto realmente se esfuerza. Sin ser necesaria la presencia activa de la autoridad. Pero a veces –muy pocas, insistimos– tiene sus deslices. Nunca de Código Penal, más bien de Código de Policía. O de normas básicas de convivencia.

Hablamos de botar un papel en la calle, de atravesar la vía por sitio restringido, de ignorar un semáforo por cuenta del afán, de decir algo en voz alta en zona prohibida, de no ceder el puesto en una fila a persona en condición especial, de poner a  funcionar el altavoz del celular en sitio silencioso, de subir en bicicleta a un puente peatonal…

Otro punto a favor de Alonso es que sus esporádicas incursiones por el campo de la ilegalidad casi nunca tienen lo que los abogados llaman dolo y la gente normal intención. Simplemente se despista un poco, se distrae y comete el desliz de turno. Y cuando puede lo repara.

Sin embargo, sus contravenciones nunca pasan desapercibidas. Siempre lo ve alguien. Quien lo ve no es autoridad competente. No es observador  neutral, No es peatón despreocupado. No. Es, cómo describirlo, ese personaje que siente la obligación moral de salvar al mundo. De hacer la diferencia. De iluminar a quienes se han desviado del camino políticamente correcto. De abstenerse del silencio cómplice ante los comportamientos reprochables de aquellos que no comparten su conciencia universal.

La vaina es una especie de  magnetismo. Alonso comete alguna falta menor y a pocos metros hay siempre un ambientalista, un cívico, un consciente, un ideólogo, un comprometido, un apasionado, un fundamentalista, un proactivo que no está dispuesto a quedarse callado.

En términos más criollos, el típico sapo que anda pendiente de los errores ajenos para echarle un sermón.

Así que cuando Alonso deja caer el primer  recibo de cajero automático del año (estamos en septiembre) una amable señora en tono irónico le indica donde está la caneca más cercana. Por una vez se olvida de poner el celular en vibrador en la iglesia  y ante el primer tono de llamada ya le están diciendo que respete. Pedalea cuesta arriba en el puente peatonal de 4 carriles donde el único peatón (y persona) presente le reprocha que no se baje de la cicla. Está despistado en el bus cuando alguien lo regaña por no cederle el puesto a la embarazada que ni siquiera había visto.

Y así sucesivamente. Cada vez que se equivoca alguien lo convierte en objeto de sanción social. Mientras el regañón de turno habla, los demás lo miran con cara de “por tipos como usted es que estamos así”. No hay defensa posible.  Ni siquiera intenta explicar que el normalmente no asume esos comportamiento, que él se preocupa por ser legal, que intenta ser socialmente responsable.

Nada que hacer. El mundo se divide en buenos y malos. Y Alonso es el malo por cuenta de un fugaz instante de ilegalidad… con un testigo políticamente correcto.

jueves, 2 de marzo de 2017

Jóvenes estafables y viejos de los otros

Uno de esos videos que circulan por las redes muestra un billete de 10 o 20 mil, ya no me acuerdo, que se supone es falso. El joven narrador en off –la voz permite inferir la edad– da una explicación sobre por qué el papel moneda será papel pero no es moneda, advierte sobre el número de serie, y todo iba bien hasta que remató con la siguiente perla. Algo así como “tengan cuidado que no vayan a estafar a nuestros papás o a  nuestros abuelos”.

Por aquello de la solidaridad –de años – acudo al expediente de la carta abierta, que es un desahogo público sin destino específico, (al que le caiga…). Básicamente se le señala de la manera más cordial y delicada al autor del video que es un, digo que se puede ir a, digo que tiene, digo que se pifió...

Porque que yo sepa, no son los padres los que le ponen una foto en línea y traje de Adán o Eva a un escritor invisible al otro lado de la línea solo porque se los solicitó con palabras bonitas. No son ellos los que transmiten en vivo y en directo cada instante de su vida y revelan sus secretos íntimos a través de un medio con 6000 millones de usuarios potenciales, lo que viene a ser un manjar para cualquier delincuente desprogramado, de esos que con unos pocos datos montan su operativo de tumbar incautos.

No recuerdo haber visto madres y abuelas entre ese grupo de modelos que dejaron sus pertenencias en manos de un grupo de tipos que habían visto por primera vez, y que no han vuelto a ver, porque se esfumaron con todo el material que les confiaron. Tampoco eran del siglo pasado las niñas –y esas si eran niñas – que cayeron en la trampa de un video viral cuando un conocido en línea y desconocido en persona les puso una cita, donde la sorpresa era que sus padres las estaban esperando.

A menos que hayan sido absolutamente precoces, no tienen hijos ni mucho menos nietos quienes se creen el cuento de algún encantador de futbolistas y terminan alojado en algún rincón de mala muerte en Argentina, esperando una oportunidad que jamás llegará para mostrar su talento con el balón. Claro que, justo es reconocerlo, en ese caso la credibilidad necesita del patrocinio de un adulto, cuando no de su apoyo entusiasta.

A mi poco popular productor de videos sobre falsificación de moneda lo invito a poner un mensaje poco claro con la palabra gratis a ver quién llama más, padres, abuelos o hijos. A ofrecer en las calles oportunidades maravillosamente sospechosas y verificar la edad de quienes no desconfían. Verá que la mayoría son futuros usuarios de cédula o por lo menos aún andan con su primera contraseña.

Reivindico el respeto que merecemos los adultos y viejos a que no nos traten de ingenuos. A nosotros no nos estafan tan fácil porque…ya nos estafaron. Decía el maestro José A Morales, “Yo también tuve 20 años”. No es lo que sabemos, es lo que ya nos pasó.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Citatorio

Norberto N. llega al edificio. El celador, como siempre, lo recibe en la puerta. Hay algo extraño en su actuar. Subrepticiamente se la entrega. Es media hoja impresa, sin sobre, con un lenguaje escueto y directo: Sírvase comparecer el día tal a la Fiscalía tal. No da más datos, salvo una advertencia de tres palabras; Incumplimiento acarreará sanciones.

El recién llegado mira en silencio al vigilante. “No hay duda, lo sabe. Me di cuenta en su manera de mover el cabello al entregarme la notificación. Ya no puedo seguir escondiéndome. La justicia ya lo sabe. Yo... un momento ¿Yo qué? Si yo no he hecho nada.”

Tras sentirse una especie de extraditable, Norberto cae en cuenta que sus relaciones con el Código Penal han sido de mutuo respeto. Y aunque no puede decir lo mismo de los 10 mandamientos (sobre todo el 6, el 3 y el 9 ) no hay ninguna razón por la cual el fiscal y sus muchachos estén interesados en él.

¿O sí? Sí, claro. Su mente evoca todo el proceso. La planeación minuciosa, la espera del momento propicio, la movilización sigilosa en la oscuridad, la apertura del recipiente, el robo. Solo queda una duda ¿Cómo hizo la Fiscalía para saber que cuando tenía cinco años, se había robado el postre de papayuela de la nevera?

Tal vez fue algo más reciente. “¿Será que tengo derecho a rebaja de penas si confieso? Porque es verdad. Las vueltas eran dos monedas de mil y dos de 200, pero la niña de la caja me dio dos de mil y dos de 500. Y yo me quedé callado.”

O será por esa noche en la que le echó la madre al Policía. “Estaba borracho, creo que eso es un atenuante. Claro que tengo que admirar a la autoridad. Primero porque fue hace 10 años. Segundo porque ocurrió a las 3 a.m. Tercero, porque era un policía acostado.”

A medida que se acercan los días, el prontuario crece. “¿Haber estado en una fiesta en la que un tipo se encerró en el baño a fumar mariguana será causal de extradición? ¿Cómo descubrieron que yo había comprado junto con otros compañeros de colegio una Playboy? ¿Como supieron que yo me había robado el afiche de páginas centrales, rompiendo el convenio previo de rifarlo?”

Llega el día tal. El hombre arriba a la oficina donde la fiscal espera.

Fiscal: ¡Es usted Norberto N, con cédula de ciudadanía xxxxyyyy.

Nova: No, Yo soy Norberto N, con cédula xxxxyyyx

Fiscal: Permítame su cédula. No era usted. Muchas gracias. Adiós.

jueves, 17 de noviembre de 2016

En defensa del arte universal

El mundo de las bellas artes nunca sabrá de la que se salvó. Cualquier admirador de la expresión estética, creativa o pictórica tiene mucho por agradecer.  Aunque la profe Cubillos, en principio, no estaba tan segura.

Ella era, a la vez, estudiante de arte en universidad pública y profesora de lo mismo en colegio privado. Sabía que era casi imposible que entre sus alumnos hubiera un Picasso, pero, y esto es importante, consideraba que todos tienen un mínimo de habilidad para el arte. Y todos son todos.

Al otro lado estaba Monroy. Buen tipo él. Aunque le perdimos la pista hace rato, actualmente es un exitoso empresario en el gremio del alquiler de maquinaria pesada o algo así. Se podía definir como estudiante promedio. Hábil para algunas materias, no tan hábil para otras y absolutamente negado en ciertos ámbitos.

Esto pasó en tiempos pedagógicos distintos a los presente, donde todo lo relacionado con el alumno debe incluir opiniones de padres, asesores, psicólogos, Ministerio de Educación y, a veces, profesores y estudiantes. En esas épocas la familia depositaba al niño en el colegio y lo retiraba graduado de bachiller. Los dos ámbitos (parientes y educadores) solo coincidían en la entrega bimestral de notas y la sesión solemne

Volvamos a Monroy y sus competencias. Específicamente a la del arte. Era único. Excepcional. Singular.  Nunca, en toda la historia, una sola persona había reunido tantas habilidades para hacer las cosas… mal. Planchas torcidas y asimétricas. Dibujos deformes. Pintaba una silla y parecía un extraño organismo unicelular. Distorsionaba todo, hasta lo que calcaba. No en un tono surrealista. Simplemente chueco. Y feo.

En lo que antes se llamaba primaria –1 a 5– y en los dos primeros años de bachillerato (6 y 7 en términos actuales), el hombre se benefició del realismo del sistema educativo. En cierta forma fue un pionero de la promoción automática. Lo pasaron porque era evidente que no daba más. Hasta cuando la materia de la discordia pasó de obligatoria a vocacional. El colegio respectivo abrió su pénsum en dos opciones; una para los creativos (dibujo) y otra con un oficio medio olvidado en la actualidad, pero muy útil en otros tiempos: taquigrafía, la técnica para escribir tan rápido como se habla.

La decisión lógica, normal, coherente e inteligente para Monroy era escoger taquigrafía. Pero como buen adolescente, en él escaseaban la inteligencia, la coherencia y la lógica. Es decir, lo que podía definirse como normal entre sus contemporáneos. Por eso, y por seguir al lado de su grupo de amigos, optó por la clase de arte con la profe Cubillos.

A ella le advirtieron que ese muchacho no tenía nada que hacer en su curso. Pero ella, que sí era coherente,  insistió en que todos pueden ser artistas. En cierta  forma, lo tomó como un reto. Y asignó un primer trabajo para desarrollar durante la clase.

El resultado lo dejamos a la imaginación del lector. Pero le contamos que a lo largo de la hora la profe transitó entre los pupitres, lanzando uno que otro consejo. A Monroy le hizo par sugerencias. Y seamos justos: él intentó ponerlas en práctica. Poco antes de que sonara la campana Cubillos pidió que le entregaran los trabajos. Cuando llegó el de Monroy le bastó una mirada para darse cuenta de que en nombre de cualquier criterio estético mínimo y de su obligación moral como artista tenía que hacer lo que hizo.

Miró la hoja, miró al autor y en tono de sugerencia ordenó: “Pásese a taquigrafía”.

martes, 11 de octubre de 2016

La magia de los nombres

A todos nos pasa. En diferentes ámbitos de la vida. Aquí nos ubicamos en el laboral. A veces hay que dar malas noticias.

“Lo siento señor Pérez, pero no ha salido su OPS”. “Que pena señora Rodríguez, pero no podemos renovarle su contrato”. “Doctor Pérez, su cargo desapareció”. “Señorita  Rodríguez, no le puedo dar ese permiso porque el contrato no me deja”.  “Entienda doctor Pérez, ese beneficio es solo para los empleados directos, no para los contratistas”. “Si no trae la constancia de seguridad social no podemos posesionarla, doctora”. “Señores, la empresa contratista es libre de escoger sus colaboradores”.

Parece que hubo una época en la que el mundo laboral tenía dos actores. Empresas y trabajadores. Si se quería ser un poco más específico los empleadores se dividían en Estado y privados. Y por supuesto, también existían los independientes, entonces empresarios del rebusque.

Hoy el ambiente se complicó. Los del rebusque se llaman emprendedores y tienen múltiples opciones, desde crear aplicaciones de alta tecnología hasta microempresas para vender maní en los buses. Y los trabajadores asalariados sufren múltiples formas de vinculación sin vincularse a las empresas, estatales o privadas. Contrato de prestación de servicio, orden de prestación de servicios (OPS), outsourcing, subcontratación, tercerización. Lo de sufren es descriptivo. Decir gozan sería un despropósito.

Los economistas y gerentes tienen una explicación perfectamente lógica y coherente para esto que involucra mercado, globalización y eficiencia. Allá ellos. Lo cierto es que se trata de esquemas donde la gente -a excepción de los economistas y gerentes- normalmente gana menos y trabaja más. Donde la inestabilidad es regla general para muchas profesiones y oficios. Donde en un mismo espacio laboral se da una curiosa convivencia de castas. Unos favorecidos en salario, prestaciones y permanencia -generalmente empleados directos- y otros con regímenes menos favorables.

Ahora, estos no se quejan. Saben que viven en el mundo que les tocó. Se adaptan a los retos que les va planteando la vida y luchan diariamente por un futuro mejor para sus hijos. Por supuesto, aspiran a mejores cosas. A la estabilidad laboral, a mejores ingresos, al reconocimiento de su valor como personas y trabajadores. Como todos.

Un alcalde colombiano ha dado lo que el considera un paso trascendental en este sentido. A través de un decreto determinó que, a partir de la fecha, ciertos apelativos y nominaciones desaparecen. Por lo que he oído, a la gente ya no se le dirá doctor, doctora, señor o señora, sino que se le llamará por su nombre. Y hay una explicación rimbombante, psicológica, social y políticamente correcta encaminada a demostrar que la vida de los interpelados mejorará sustancialmente con la medida.

Pues sí. A partir de la fecha se escucharán en la jurisdicción del funcionario mencionado expresiones como estas: “Lo siento Juan, pero no ha salido su OPS”. “Que pena María, pero no podemos renovarle su contrato”. “Juan, su cargo desapareció”. “María, no le puedo dar ese permiso porque el contrato no me deja”.  “Entienda Juan, ese beneficio es solo para los empleados directos, no para los contratistas”. “Si no trae la constancia de seguridad social no podemos posesionarla, María”. “Juan, María, la empresa contratista es libre de escoger sus colaboradores”.

Tremendo cambio, señor alcalde.

jueves, 19 de mayo de 2016

La venganza del profe Manrique


A Manrique le hubiera gustado decir que planeó minuciosamente la estrategia para saborear, lenta y gustosamente, el dulce sabor de la venganza. Pero no, no fue así.

Ese es el desenlace. Las historias comienzan por el principio. Manrique está en sus 30. Graduado precozmente como ingeniero, suma unos 8 años de experiencia profesional. Se vincula a la academia para hacer realidad su sueño de desarrollar una carrera docente en cierta universidad cuyo nombre no importa.

¿Ya dije que eso pasó hace 20 años? Bueno, 23. Porque lo que pasó hace 20 años fue que hubo un cambio de decano, y ajustes administrativos. Y al terminar el semestre Manrique amaneció un día con cara de ajuste. Así que la nueva administración conjugó el verbo prescindir con él como sujeto.

Hablando de conjugar, él conjugó sucesivamente y en primera persona los verbos sorprender, lamentar, enfurecer,  ofender, resignar y soñar… soñar con ese momento triunfal, donde quienes lo habían desechado lo requerirían de nuevo, y él, desde su posición favorecida, les recordaría la ignominia del pasado.

Pero en ese momento el problema era de hambre, no de venganzas. Buscando opciones incursionó en el mundo del emprendimiento. Le fue bien. Con el paso de los años se consolidó con uno de los mejores en lo suyo. Pero entre contrato y contrato a veces recordaba su salida del centro docente. Y en esos instantes –cada vez más escasos– visualizaba su desquite, con toques de humillación para quienes lo habían despedido.

Hasta que se dio. La universidad de marras estaba organizando un seminario técnico y lo contactaron por ser el experto más calificado en su área. Diría que no, por supuesto, pero con estilo. Estilo maquiavélico. Preguntaría por su verdugo, y al mencionarlo, agregaría algo así como “sabe, yo no voy a  ir al mismo sitio de donde ese señor me echó”. O mejor, exigiría que fuera él en persona quien lo contactara para decirle “no se acuerda de mí”… y soltar el discurso.  Con risa de malote de película. Ensayada.

El problema comenzó cuando indagó por su verdugo.,
- ¿Quién?
- El señor X, el decano,
- De repente fue decano alguna vez, pero no tengo idea quién es ese.
No importaba. Había otros. El rector, por ejemplo.
- Ah, sí me acuerdo, el que se jubiló.
Vicerrector académico.
- Ese sí me suena. Claro, hay una placa en su nombre, se murió hace como 10 años.
Jefe de personal.
- Sí alcancé a conocerlo,  ahora puso un restaurante o algo así,
Secretaria de la facultad.
- Teresita, claro que sigue ahí…

La fugaz sonrisa de triunfo se le borró de la cara al recordar que, precisamente, Teresita había sido la persona más solidaria y comprensiva en el momento de la crisis. Y sus sueños de venganza quedaron sepultados con el comentario final de su interlocutor.

- …de hecho, ella fue la que propuso su nombre.