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miércoles, 20 de mayo de 2026

Una sola letra y todo cambia


Pasa en buses, aviones, trenes y colectivos. En salas de espera y filas. Durante encuentros momentáneos de transeúntes que no se conocen. En tiempos de mensajes instantáneos, pocos logran (pocos logramos, dice la tarjeta) controlar el impulso de leer mensajes en el teléfono... del vecino. 

Como es una lectura intrusiva, clandestina, rápida y de reojo, leemos mal. Una sola letra es suficiente. No hay espacio para la segunda mirada. Menos para preguntar. Van 41 ejemplos. Lo que leímos y lo que realmente decía. 
  1. Para el bebé tenemos que empacar tetero, puñales y chupo. (pañales)

miércoles, 12 de julio de 2023

En mi casa había de eso. Estoy, ¿seguro?...


Se lo juro. Eso existe. O, por lo menos, existió alguna vez. No me mire así. No estoy loco ni nada parecido, Simplemente quiero un porchador de huevos. Ponchador no, porchador. Pero no aparecen. Lo busco en internet y me muestran unos aparatos para preparar huevos duros o tibios. Los pregunto en almacenes de cadena, en locales de artículos de cocina, en cacharrerías, en ferreterías, en distribuidores de artículos para el hogar, en misceláneas y en agáchese de paisa pero nadie sabe qué son, nadie sabe para que sirven, nadie los conoce.

Yo no me rindo. Sobre todo cuando me dan alguna esperanza. Porque no entiendo para que ponen un negocio si no quieren vender. Mire, hay sitios en los que no he terminado de preguntar y ya me dijeron que no. No a secas, sin asco, de ese NO que, sin decirlo, dice lárguese de acá. Y cuando eso pasa, no hay nada qué hacer.

Pero a veces, y eso es directamente proporcional a la simpatía del comerciante, a  su interés en vender, a la congestión del local o a la curiosidad hacen la pregunta mágica: algo así como “¿Eso qué es?" Entonces viene la explicación que llevo años perfeccionando. "Es como una cazuela con dos secciones para preparar huevos. En la de arriba se ponen los huevos después de sacarlos de la cáscara y en la de abajo se hierve agua. Algo así como lo que se usa para cocinar al vapor o para preparar algunos alimentos al baño de María".

Y es ahí cuando me muestran las vaporeras eléctricas, las de silicona, las de bambú, las de encaje, las de estuche, las de cestillos, las de flores y hasta los escalfadores para microoondas. Y yo digo no, eso no es. Y si tienen vocación de maestro me traen dos recipientes, uno grande y otro pequeño y me enseñan que el agua se pone en el grande y lo que voy a cocinar en el pequeño y así se puede bañar a María pero yo les respondo que eso ya lo sé, pero que los porchadores existían, eran exclusivos para huevos y tenían el tamaño y el diseño perfecto y ese es el momento en que me empiezan a mirar raro, amenazan con llamar a la autoridad competente o le hacen una seña al camaján que cuida para que cordialmente me acompañe a la salida o, sin ninguna cordialidad, me saque a patadas.

Pero yo comí huevos porchados cuando era pequeño. En mi casa familiar existían esos aparatos. Quedaba más o menos como un huevo frito. Podía ser blandito o lo contrario: con consistencia de huevo duro o de huevo tibio pero sin tener que librar la batalla para pelar la cáscara. Porque eso de pelar huevos cocidos es una competencia para la que me declaro incompetente, y siempre termino perdiendo parte de la clara, de la yema o todas las anteriores. Y cuando son huevos tibios peor.

El porchador solucionaba ese problema. Por su diseño permitía hacer seguimiento durante el proceso. No como con los huevos cocidos y sus tiempos que o se pasan y terminan reventados, o se anticipan y terminan crudos. El porchador era rápido, y si se dejaba el agua tenía la ventaja adicional de conservar la temperatura. Con una ollita, una sartén y una tapa me inventé algo parecido (ver imagen), pero no igual. Por eso cada vez que puedo los busco, lo pregunto, indago y ya le conté lo que me pasa. 

Me niego a creer que formen parte de esa lista de artefactos que acompañaron mi infancia y juventud pero que, sencillamente, ya no se consiguen. O que —no sé si eso es peor o mejor— realmente hayan sido una creación de mi subconsciente, una especie de amigo imaginario en versión huevo, o algún sueño repetitivo que se me revolvió con la realidad.

Es un hecho, necesito un porchador de huevos. 

O de repente un psiquiatra. 

jueves, 10 de noviembre de 2016

Zona de lectura

El documento era un mal necesario. Tocaba leérselo. Pero cada palabra, oración y párrafo estaban allí con un fin claro:  espantar al lector de turno. El autor había elegido cuidadosamente todos los recursos para lograr efectos somníferos. Manejaba un estilo pseudointelectual insoportable. Tenía más citas que una casa de las que sabemos. Y era largo con tendencia a eterno.

Matías, el lector, no purgaba cadena perpetua ni vivía en una isla solitaria. Por tanto, disponía de abundantes tentaciones frente al desproporcionadamente largo, latoso, pesado y confuso mamotreto. Todos los intentos –madrugada, trasnochada, parque, encierro, comedor, sala, baño, estudio– habían sido derrotados por alguna alternativa que lo alejaba de la concentración necesaria para asimilar el contenido del ladrillo.

Mientras la fecha final se acercaba peligrosamente, la cosa se iba poniendo urgente. La primera conclusión fue que no había posibilidad de avance mientras jugara de local. Era imperativo alejarse de territorios conocidos con influencia –real o posible– de amigos, parientes, vecinos, novia y demás distractores. También era obligatorio poner espacio entre cualquier dispositivo de entretenimiento –léase PC, teléfono, radio, televisor, crucigrama, Condorito, cubo de rubik o similares– y el sagrado rito de la lectura.

En la pesquisa por un escenario adecuado, el subconsciente comenzó a susurrar extrañas palabras. Algo así como biblia, bibliografía… biblioteca. Eso. Biblioteca. Voces de tiempos lejanos hablaban de sitios diseñados para sumergirse en el mundo de las letras. El siguiente paso fue teclear la palabra mágica en el buscador. Lotería. No muy lejos de su casa había una. Y de las poderosas. Resulta que los espacios amplios, acogedores y cómodos no eran patrimonio de los centros comerciales. Incluso contaba con una zona bautizada y al parecer diseñada acorde con sus necesidades, la sala de lectura. Un enorme, amplio y cómodo salón donde había sillas, mesas y… computadores.

Entre los servicios del centro cultural estaba la conexión gratuita a Internet.  Para evadir esa tentación Matías descartó la sala principal y empezó a recorrer las instalaciones. El asunto mejoró. En los pasillos encontró sillas. Cómodas ellas. Grandes. Incluso un poco aisladas. Solo era cuestión de escoger una y sumergirse en el documento de marras. El desafío lector, por fin, parecía tener un final feliz.

La cosa funcionó tan bien que logró aislarse del entorno. Por eso no se percató de la presencia. Era un grupo de personas, unidos por algún interés común que poco a poco fueron llegando. Sumergido en su lectura, Matías ignoró la conversación. No vio como se apoderaron de las demás sillas mientras sacaban cosas de los paquetes de supermercado. Tampoco notó a la señora de la caja, ni cuando sacaron el ponqué, ni la vela encendida. Pero lo que no pudo ignorar fue el destemplado coro del “happy birthday to you…”

Y cuando constató que justo ese día, en ese sitio, a esa hora el grupo de informática básica de la biblioteca había decidido homenajear a su profesor, aprendió que el centro cultural también servía para actividades sociales, que ciertas áreas de la biblioteca no eran garantía de silencio y que la lectura del documento de marras acababa de embolatarse... otra vez. 

El  tipo no peleó, no intentó reubicarse, ni siquiera trató de retomar de nuevo el texto, pero la cara que puso fue tan, pero tan, pero tan…

…que le dieron ponqué.

martes, 1 de noviembre de 2016

Pajarraco

Queda en algún punto entre la Patagonia y Ciudad Juárez. Es una ciudad de mediano tamaño o un pueblo grande. Sabemos que cuenta con equipo de fútbol propio, restaurante, bar y hotel, entre otros servicios. Pero lo que realmente nos interesa son sus habitantes. Rebuscadores, sin empleo fijo, a veces pícaros y cambiantes de acuerdo con las circunstancias externas.

El único que parece tener empleo fijo es un carpintero caracterizado por un eterno cigarrillo humeante en la boca. La estabilidad económica no es patrimonio local, como ya vimos. Tal vez solo la disfrutan cierto personaje –pesado él– cierta familia de hija única y cierto empresario fácilmente identificable por un estado permanente de restricción de gastos.

Un rápido recorrido por la fauna local nos muestra alguien cuya inteligencia es inversamente proporcional a su nombre; los dos extremos en materia de situación capilar; un aficionado a la dieta de felino (no a comer lo que come el felino, sino a comerse al felino); un argentino vestido como cantante de tangos; un boliviano vestido como la gente se imagina que deben vestirse los bolivianos y un sujeto bajito y barrigón en estado de rubor permanente.

Pero todos ellos son personajes de reparto frente a quien, sin lugar a dudas es la luminaria local. Local no. Internacional. Porque su fama ha ido más allá de las fronteras de ese pueblo grande, al punto de ser un símbolo en prácticamente todos los países de habla hispana a este lado del Atlántico (gringolandia incluida).

No ha sido por sus obras, evidentemente. Aunque prácticamente ha incursionado en todas las profesiones, no se le conocen aportes valiosos en ninguna. En cambio tiene una larga colección de errores, embarradas y fracasos debidamente documentados en sus desempeños laborales. Pero la mayor parte del tiempo está en algún punto entre vago y desocupado. Su eterno atuendo de camiseta,pantalón remendado y sandalias refuerzan esta idea. Atuendo que por cierto no es una concesión a la descomplicada moda actual, sino una imagen coherente desde 1949, cuando el mundo lo conoció.

Bueno, primero lo conoció Chile, su país de origen. De ahí saltó al resto de un continente que se ha visto reflejado en sus historias, su humor, sus personajes y -aquí viene la justificación de este texto- la película que lo llevará a la pantalla grande en el 2017, cuyo trailer fue divulgado hace pocos días.

Así que en las Amilcaradas declaramos oficialmente esta semana la semana de Condorito, personaje ilustre de Pelotillehue. Reconocimiento más que merecido a la única historieta que sobrevivió la edad de oro de nuestra infancia y que, dicen, hace no mucho llegó a ser la de más circulación en Colombia. Es la coyuntura ideal para rendir homenaje a nuestro pajarraco favorito, a la tan sexy como paciente Yayita, a la insoportable Doña Tremebunda, al noble Don Chuma y –por supuesto- al saco de plomo de Pepe Cortisona.

Nos declaramos oficialmente a la espera de la premier mundial del filme de nuestro héroe, anunciado para octubre del 2017. Y cerramos esta nota de la única forma posible.

¡Plop!

martes, 20 de septiembre de 2016

Cuando los cómics se llamaban historietas

Pasé una buena parte de mi infancia, juventud, edad adulta y la semana pasada leyendo historietas. Cómics, les dicen ahora. La buena noticia es que cierta biblioteca de Bogotá abrió una sala especializada.  Lo curioso es que tanto la sala como su oferta cultural están rodeados de ese ambiente intelectual, postmoderno, alternativo y demás palabrejas que usan los barbudos de tatuajes y las chicas de pelo multicolor y tatuajes. La decoración, las portadas, incluso la pinta de los bibliotecarios evocan esa industria para niños grandes en la que se han convertido el cómic y sus derivados.

El consumidor actual de literatura gráfica dispone de tiendas sofisticadas, donde se comercializan diferentes modalidades de entretenimiento. Juegos, disfraces, esculturas. Reproducciones tamaño natural de armas y otros artefactos extraídos del mundo de la fantasía. Son negocios pensados para personas con alto poder adquisitivo e ínfulas de especialista que construyen sofisticadas colecciones, mantienen el producto en su empaque original, hablan de tendencias y autores… y miran feo a Condorito.

El pajarraco de Pelotillehue es el único sobreviviente de los tiempos de mi infancia, cuando el asunto era radicalmente diferente. Las historietas formaban parte de la canasta familiar. Compartían mostrador y góndola con productos de uso diario en supermercados, tiendas y ventas informales. Competían en precio con gaseosas, empanadas, papas de paquete y demás gastos de niño… porque eran para niños.

El usuario de historietas las compraba y las leía desde la portada a la última página donde estaban los avisos de Charles Atlas y los cursos por correspondencia.  Pero la vida útil de la publicación no terminaba ahí. Existía un mercado secundario enorme. Eran intercambiables. Con los amigos, con los compañeros de colegio, con los vecinos. Algún día alguna persona convirtió ese intercambio en negocio. En negocio de barrio. Por el pago de una pequeña cuota –cuyo valor era mucho menor que el de una historieta nueva– se podía revisar una abundante existencia de publicaciones de segunda mano y cambiarla por la que uno llevara. Y por otra suma igualmente módica uno podía pasar tardes enteras leyendo las existencias del negocio. Algunos mutaron definitivamente a esta modalidad y empastaron en gruesos tomos la colección disponible.

Otra opción era la sección de revistas de los supermercados, adonde se podía hacer la escala cultural mientras mamá hacía mercado. Hasta que pusieron el letrero de “Favor no leer revistas”. Funcionó. Todos leían el letrero antes de leer las historietas.

Dicen los que conocen la historia que la extinción de este mundo feliz comenzó con una decisión estatal que subió los costos de producción. Durante un tiempo los impresores contraatacaron reduciendo a  la mitad el tamaño de las publicaciones, pero finalmente perdieron la batalla. Condorito sobrevivió porque pertenecía a otra categoría.

Y al mismo tiempo surgían nuevas opciones de entretenimiento como los  juegos de videos. La televisión se volvió a color y el cine invadió los hogares vía betamax y VHS.  Si se suman todos esos elementos a la desaparición de la materia prima, es fácil entender porque los negocios de intercambio y alquiler desaparecieron.

Es por eso que hoy en día la gente conoce los personajes de cómic porque salen en el cine y en la televisión. En cambio los personajes de historietas eran famosos y conocidos porque salían en las… historietas.

jueves, 20 de agosto de 2015

No, no, no nos leerán


El libro, como tal, no pinta mal. Es de esos que demandan un esfuerzo inicial del lector antes de quedar sumergido en la trama, pero una vez superado ese primer escollo hace lo que hace un buen texto. Por lo menos en ese criterio coinciden amigos, críticos, e incluso compañeros ocasionales de conversación donde el susodicho texto sale a relucir.

Pero para este lector en particular –al que llamaremos, como no, El Lector­– la publicación mencionada está vetada. No porque alguna creencia o norma prohíba su lectura, sino porque fuerzas tan misteriosas como inexorables se interponen entre las letras y su cerebro.

En tiempos donde no solo los minutos escasean –por algo los venden– sino las horas y hasta los días, la vida funciona con estrictos cronogramas donde cada actividad tiene su momento. La lectura recreativa, afición del protagonista de turno, ha quedado relegada a los periodos de espera. Filas, citas, instantes previos a cualquier actividad. Pero con este libro, ni eso ha funcionado.

Cuando la espera es larga, el libro no está ahí. Porque se quedó en la casa, en el carro, en el baño… o porque al volarse de la oficina para hacer fila en el banco, el lector está en la institución financiera  y el leíble en el sitio de trabajo.

Claro, no siempre es así. Pero la presencia del texto tiene un efecto agilizador. Solo es que lo tenga disponible en su maletín para que las filas de bancos, centros de pago, taquillas –o de cualquier actividad que implique una hilera– desaparezcan como por arte de magia. Y en una sala de espera o la antesala de una cita es automático. El libro sale, se abre y en ese momento lo llaman – al Lector- o llega el esperado.

Muy de vez en cuando nuestro personaje saca tiempo para ir a un cine o a un teatro al que siempre arriba apenas con tiempo para ingresar. Allí pasa una de tres cosas. Va con alguien cuya conversación imposibilita conjugar el verbo leer, la luz es insuficiente o… está solo, la luz es excelente, saca el libro y... justo en ese momento la sala queda a oscuras.

Ciertas características fisiológicas que, dicen los médicos, no son enfermedad sino particularidad, dejan por fuera el transporte cuando él no es el conductor –bus, taxi, avión, tren, carro de otro–. Lector  forma parte de esa tercera parte de la población mundial que se marea cuando intenta leer en movimiento.

Algo similar ocurre con el santuario, digo, el sanitario. Solo que en esta ocasión si parece ser una enfermedad. Por lo menos eso dicen los médicos, aunque el psiquiatra tiene otra explicación que involucra alguna experiencia negativa de la infancia. El hecho es que por alguna razón nuestro hombre solo se puede concentrar en una actividad cuando ocupa el trono. Y en la vida hay prioridades.

Hasta que al fin, una mañana cierto cliente muy importante salió a la sala de espera  y anunció que no lo podía atender en ese momento sino 45 minutos después. El jefe le confirmó que valía la pena esperar.  El Lector se acomodó, sacó su libro como quien finalmente cumple una cita altamente aplazada y…


¡Carajo, se me quedaron las gafas!