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miércoles, 4 de febrero de 2026

Gente con ideas

Parece algo sencillo. Reunión de antiguos compañeros. Uno de ellos es socio de una distribuidora de licores, lo que garantiza la parte etílica del asunto. Otro ha incursionado con éxito en el negocio de la pizza. Ofrece un menú con opciones. Están reunidos. En cinco minutos definen la fecha. Solo falta el sitio.

Prudencio no dice nada. Solo piensa: Aquí vamos.

La que llamaremos Sensata hace sugerencias. Para no complicarle la vida a nadie, propone descartar residencias familiares. Una rápida lluvia de ideas incluye salones comunales, terrazas, centros de eventos y similares. Sensata recomienda buscar un lugar equidistante que facilite el desplazamiento de todos. 

Interviene Disonante. No le gusta la pizza, pero se acomoda a lo que decida el grupo. Ahorrador entra en la conversación. Afirma que las ideas de posibles locaciones parecen buenas, pero él conoce un salón barato y bien situado. Es el ideal.

Alguien pregunta exactamente dónde queda y cuanto vale. Ahorrador pide tiempo para confirmar unos datos. Entretanto Anacrónico, otro contertulio, sugiere un minicentro de eventos que está muy cerca de donde ellos se encuentran. Los invita a conocerlo. El grupo se moviliza hasta encontrar una tienda de esas que no pueden ver un local desocupado porque lo adquieren de inmediato. Aquí era, reconoce Anacrónico.

Interviene Disonante. La fecha le parece un poco complicada, pero se acomoda a lo que decida el grupo. Entretanto, Ahorrador hace llamadas y mensajea furiosamente desde su teléfono. Pide la palabra Voluntario. Se ofrece a buscar opciones para una posible locación. Los amigos se separan, acordando previamente un nuevo encuentro para ajustar detalles.

Días después, las caras en pantalla reemplazan la interacción presencial. Voluntario toma la palabra y muestra una lista de lugares potenciales. Todos ubicados fuera de la ciudad, en puntos lejanos y de difícil acceso. Le agradecen su esfuerzo, reconocen la buena intención, pero con toda la diplomacia del caso le informan (de nuevo) que eso no es lo que están buscando.

Ahorrador pide paciencia. Su contacto aún no le confirma si le puede dar o no el precio especial. Anacrónico recuerda un pequeño hotel con salones para reuniones de trabajo o sociales. La idea le suena al grupo hasta que alguien lo busca en internet, donde descubre que el antiguo alojamiento fue demolido y ahora es un parqueadero. Interviene Disonante. Él no toma trago, pero se acomoda a lo que decida el grupo.

Ahorrador acepta que posiblemente el lugar en el que pensó inicialmente no esté disponible, pero asegura poder conseguir otro, ese sí una verdadera ganga. Anacrónico evoca un restaurante donde solían almorzar en otros tiempos cuyo dueño alquilaba el espacio. Un contertulio adicional recuerda que, precisamente, ese propietario falleció unos años antes y el respectivo negocio lleva mucho tiempo cerrado.

El silencio a múltiples voces se rompe con una propuesta. Es el punto de partida para la discusión. Muchos hablan, nadie escucha. Disonante rechaza todas las ideas,  pero se acomoda a lo que decida el grupo

Solo Prudencio permanece en silencio. Recuerda otras historias con Ahorrador y sus descuentos inexistentes, Anacrónico y sus lugares desaparecidos, Voluntario y sus bien intencionados pero inútiles aportes,  Disonante y su inconformidad crónica. Genio y figura, hasta la sepultura. Así es la gente con ideas.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Y así nos conocimos

—¿Seguro que no hay problema?

—Fresco, yo pregunté y me dijeron que podía traer un amigo.

—Oiga... ¿y no toca llevar regalo?

—Mi papá ya lo mandó.

Ni siquiera sabía lo que había regalado. Ni siquiera conocía a la homenajeada. Solo sabía que tenía que ir a la fiesta de Don Federico. Así se lo había ordenado su papá. —Mijo, esta es la hija de un amigo que cumple 15 años. Yo no puedo ir, así que lo nombro delegado de la familia.

—Pero papá, yo que voy a hacer ahí si no conozco a nadie. 

—Pues lleve a un amigo. Y no se olvide de saludar a Don Federico y a Sandrita.

—¿A quién?

—A Sandrita, la quinceañera.

El portero los miró con cara de ustedes qué, pero al ver la invitación los invitó a pasar. Una patada en las espinillas de El Bárbaro puso a Carlos en estado de alerta. —Salude compañero.

Tocaba. La madre y el padre se habían ubicado en la puerta del salón, sintiéndose algo parecido a los reyes de Inglaterra. Así que emboscado por el protocolo, Carlos contraatacó.

—Don Federico, soy el hijo de don Vicente. Mi papá le manda a decir que le da mucha pena, pero no pudo venir. Que de todas formas espera que le haya gustado el regalo a... su hija. 

—Carlitos, que bueno que haya venido. Siga y diviértase.

—Traje un amigo.

—Claro muchachos, sigan.

Superado el muro de contención, los dos amigos buscaron un rincón estratégico, se armaron de sendas bebidas y fueron haciendo inventario del personal femenino disponible para buscar pareja de baile.

Sin embargo, nadie bailaba. Era de esas fiestas de quince donde la homenajeada hace una entrada medio cinematográfica para abrir oficialmente la reunión. Así que apagaron las luces, comenzó a sonar el Danubio Azul y, rodeada de cuatro adolescentes disfrazados de gitanos, apareció ella.

—Oiga Carlos.

—Después Bárbaro, no ve que estoy mirando.

—Yo conozco a esa vieja.

Carlos miró al Bárbaro con cara de a este que le pasa.

—¿Seguro?

—Claro, yo la he visto por mi casa.

—Listo, entonces usted baila el vals

—Está loco papá.

El combo de amigos tenía problemas particulares con Strauss. Eran descoordinados, torpes y nerviosos. Ninguno se sabía los pasos pero habían hecho un convenio. Cada vez que fueran de 15, por lo menos uno debía hacer el oso. Y El Bárbaro acababa de dar papaya. 

—Le figuró hermano.

—Nada, hagamos una rifa.

—Le figuró hermano.

El Bárbaro no estaba lo suficientemente alerta. Por eso no cayó en cuenta, mientras discutía con su amigo, que este lo iba acercando al círculo donde la homenajeada bailaba unos cuantos acordes, y luego cambiaba de pareja, de acuerdo con la tradición, con el Danubio Azul de fondo.

Su perdición fue en el momento en que vio a la quinceañera en todo su esplendor. De verdad era linda. Tanto, que olvidó momentáneamente a su amigo. La siguió con su mirada mientras ella atravesaba la pista al ritmo de Strauss. Casi se le va encima cuando el empujón de Carlos lo puso en medio del salón. Se iba a voltear a arrearle la madre, pero los hechos ocurrieron tan rápido que no pudo reaccionar.

—Su pareja, joven.

—Uuuuu.

Durante una eternidad de pocos segundos ni Sandra ni El Bárbaro supieron qué hacer, hasta que él la tomó por el talle y formuló la pregunta obvia.

—¿Bailamos?

Estaban en medio de un salón de fiestas, con música de baile blanco vienés sonando en el fondo y 500 invitados pendientes de ellos. Y, sin embargo, se aislaron momentáneamente del mundo. Como un príncipe prusiano y una dama de la alta sociedad austríaca empezaron a volar por el lugar, mirándose fijamente a los ojos hasta que una tercera persona interrumpió con un...

—¿Me permite joven?

—No... digo... claro.

Los vio alejarse paralizado desde la mitad de la pista, con la más envidiable de las caras de bobo. Las mismas manos que lo habían empujado al paredón lo sacaron de allí.

—Oiga tarado, despierte.

—Sabe qué Carlos, me voy a casar con esa mujer.


lunes, 30 de junio de 2025

La paradoja del cojo

Es 29 de junio y son casi las 11 de la noche. Acabo de ver, como por quinta vez, a un cojo hacer un gol. No en un evento paralímpico. En un partido de fútbol profesional. Esto, sencillamente no debió haber ocurrido.

Es más, el equipo del cojo no debería estar ahí. A lo largo del semestre se dieron todas las circunstancias para que no jugara ese encuentro. Como la lista es larga toca limitarse a hechos clave. Primero: echaron a su técnico y pusieron un provisional. “Interino”, que llaman. Y tapando el hueco mientras conseguían uno de verdad, este personaje logró que el plantel sumara buenos puntos. 

Cuando llegó el encargado en propiedad la racha ganadora terminó. Hasta poco antes de concluir la primera fase del campeonato jugadores e hinchas tenían un ojo en el juego y otra en la calculadora. Si no hubiera sido por lo que hizo el tapahuecos, los números no habrían alcanzado. Eso, sumado a la forma como jugaba evidenciaban un hecho, ese equipo no debía entrar a la siguiente fase. Pero de alguna manera le alcanzó.

Y como toda situación, por mala que esté, puede ponerse peor, dos jugadores de ese equipo pelearon entre ellos en uno de los pocos partidos que ganaron de forma contundente. Y cuando ya estaban clasificados, en la última fecha, un rival ya eliminado los goleó. A los suplentes, pero goleada es goleada. Aún así, lograron ingresar a la ronda siguiente, pero no había razones para que pasarán de ahí.

El asunto arrancó con lógica. Primer partido, de local, perdido. Luego venían dos de visitante, de esos en los que, por mucho, se podía aspirar a un empate. No debió ganar ni uno, pero ganó los dos, uno de ellos con un gol en el último minuto desde su propia cancha. ¿Será que pese a todo, se puede? No, lo siguiente fue  perder otro partido de local. 

En la última fecha su rival solo tenía que empatar para ser finalista. En todos los criterios era superior. Ese día debieron eliminar al equipo del cojo. No podía vencer. Pero lo hizo. 

Repaso rápido. El equipo de los tres técnicos, de la pelea pública entre ellos mismos, del técnico tapahuecos, del técnico oficial que casi no gana, de las derrotas de local en la semifinal se metió de finalista.

Y en la instancia definitiva, en el primer partido de dos, de local, empató y, hay que decirlo, pudo perder.  Seguía otro,  de visitante, en una ciudad donde el futbol es religión. Y contra un rival que era mejor. Y pasó lo que tenia que pasar, el equipo local anotó el primer gol.

Con todo y eso los del cojo hicieron un gol que empataba el partido y, de pasadita, la serie. Entonces vino la otra desgracia, El jugador más destacado de este equipo, su goleador, se lesionó. Quedó cojo. Sí, ese es el cojo al que nos referíamos desde un principio. 

Además, el técnico había hecho un cambio ingresando a otro jugador que no había tenido buen desempeño en el partido anterior pero en cambio, en otros partidos, tampoco. Llamémoslo el calvo. 

El cojo decidió hacer un último esfuerzo antes del cambio obligatorio por su lesión. Cojeando recibió un balón que como pudo le pasó al calvo. Ese que venía jugando mal corrió y a punta de fuerza, habilidad y velocidad entró al área donde le hizo un pase a su compañero que venía cojeando, rezagado, y…

Como es evidente que nadie en este equipo entiende aquello de la lógica, el deber ser de las cosas, las relaciones causa- efecto y como deben desarrollarse los hechos a partir de circunstancia objetivas, el cojo hizo un último esfuerzo con su pierna lesionada y anotó gol.

No cualquier gol. El gol definitivo. En una final. El que le dio el triunfo a su equipo. Y de visitante. Y gracias a esa paradoja un onceno que no debería haber disputado la final, es el campeón. 

El autor de las Amilcaradas ha sido hincha toda su vida de un club deportivo con camiseta roja que juega en Bogotá. Eso traduce en derrotas, fracasos, frustraciones, ilusiones perdidas, y demás historias tristes durante múltiples momentos de su existencia, reciente y pasada, con algunas excepciones.

Por eso no podía dejar pasar este hecho para abusar de la paciencia de sus lectores con esta pequeña historia que explica porque el fútbol es algo que va más allá de la lógica.

Tal vez no sea un milagro, pero se le parece bastante.

Contra toda expectativa, Independiente Santafé es campeón del primer torneo de 2025. Décima estrella.

 

miércoles, 28 de mayo de 2025

La chaqueta de Vladimir


Nota de la redacción. Retomamos con algunos ajustes menores una historia escrita en los años 90 del siglo pasado, cuando por acá escaseaban los celulares, no había pagos electrónicos, pero en cambio ya existían las fiestas retro.   

Todo comenzó cuando Vladimir le pidió prestada a su primo Álvaro la chaqueta de cuero. Era un modelo algo clásico, medio hippie, con broches y flecos por todo lado. Esa noche el hombre estaba invitado a una fiesta, modelo 60,  y pensó que la chaqueta sería buena idea. Solucionado el problema de vestuario, el siguiente era el de plata. Día: viernes. Hora. 7.30 p.m. 

Afortunadamente la pinta modelo 60 correspondía a un hombre de los 90, lo que significa cajero automático igual a billete. Vladimir, con aspecto de anacrónico pandillero buscó un dispensador de dinero. En realidad se veía ridículo. Chaqueta de cuero llena de adornos. Pantalón de Terlenka* y bota campana. Una camiseta con un descomunal signo de paz impreso. Y una balaca en el pelo... pero era un disfraz.

De todas formas, agarró taxi para seguirse de una vez hacia la fiesta. Y apenas vio un cajero vacío, en plena avenida, se bajó a hacer el retiro y le dijo al conductor que lo esperara. Las pocas personas que pasaban lo miraron extrañadas. Pero a Vladimir no le importó, era cuestión de minutos. Introdujo la tarjeta, algo lo distrajo... y entonces sintió un tirón en el brazo y vio en la pequeña pantallita el letrero: este cajero se encuentra fuera de servicio.

Iba a cogerse la cabeza cuando se dio cuenta de que no podía levantar el brazo derecho, pues el mecanismo del dispensador, de alguna forma, había atrapado los flecos de la chaqueta. Y esta no salía.

En lo primero en que pensó Vladimir fue en quitarse la chaqueta. Lo segundo fue como destrabar el cierre. Lo tercero fue una alusión poco respetuosa a la madre del cajero, de la chaqueta y del cierre. Allí estaba, vestido como un viajero del tiempo de 30 años atrás, en una de las calles más concurridas de la ciudad, atrapado por una máquina y sin plata para... ¡el taxi!

El vehículo se hallaba parqueado en la acera de enfrente. El conductor podría ver a Vladimir, pero no oírlo. Así que el hippie trasnochado empezó a gesticular con su brazo libre a ver si lo notaban. Y sí, lo vieron. Lo vieron unas 200 personas que pasaron en ese momento por ahí a pie, en bus, carro particular, buseta, taxi, zorra, patines y bicicleta. Lo vieron los vecinos de la casa de enfrente. Lo vieron los jóvenes, los viejos, los ejecutivos, las universitarias, los colegiales. Lo vieron todos...  menos el chofer del taxi.

Descartada esa posibilidad, empezaron a llegar los equipos de rescate... o mejor, los patos de rescate. Se arremolinaron alrededor de Vladimir dando cada uno su mejor propuesta de solución. Que arrancara la chaqueta a la brava. Que fuera jalando poco a poco.  Que se cortara el brazo. Que apretara las teclas hasta que respondiera.

La víctima ejerció como atracción turística por una hora cuando finalmente se apareció el técnico del banco, quien después de desternillarse de la risa 20 minutos se introdujo al interior de la máquina, algo hizo y liberó al esclavo del cajero.

Lo único que este quería era largarse, así que cruzó la calle y agarró el taxi, cuyo conductor no se había percatado de nada. Y tal vez fue la ofuscación, el afán, o el mal genio... pero lo cierto fue que solo cuando le dijeron el costo de la carrera, cayó en cuenta de una cosa.

No tenía plata.

* Terlenka es una tela gruesa de poliéster que fue ampliamente utilizada para elaborar pantalones bota campana cuando estos eran lo último en materia de moda.

miércoles, 20 de noviembre de 2024

La tradicional decoración de fin de año

En tiempos pretéritos, trabajar para una empresa implicaba ingresar a la nómina un día y salir de ella otro día (muchos años después) cuando —medio a las malas— te jubilaban. De esas épocas pasadas sobreviven costumbres que trascienden lo estrictamente laboral, como la decoración de fin de año. Eso era una fiesta donde todos participaban con entusiasmo. Pero los contratos pasaron de indefinidos a término fijo, los empleados se volvieron contratistas, los milenials cambiaron estabilidad por felicidad personal y el trabajo a distancia complicó conjugar el verbo decorar en las instalaciones físicas, por citar solo algunos cambios.

Llegó la hora de evolucionar... y no pasó nada. Le tocó a los jefes de área asumir el reto anual no remunerado de “motivar” a los subalternos para el operativo estético. Ante la evidente apatía desarrollaron estrategias sutiles y de las otras. Dar a entender, sin decirlo jamás, que había una relación causa—efecto entre entusiasmo navideño y variables como renovación de contrato, ascensos, anticipo de la prima o carga de trabajo. Todo enmascarado en un tono festivo acorde con la época. Otros no se complicaron la vida e incluyeron la actividad en los indicadores de gestión. No suena mucho a líder empático, pero funciona. 

Por supuesto, nunca faltó el optimista que apeló al espíritu de las fechas que se avecinan. En todos los casos, pero sobre todo en el último, el éxito depende de dos personajes.  El creativo y el cansón. El primero tiene las ideas, la habilidad y la dedicación para convertir, él solo, la más insípida oficina en una reproducción fiel del portal de Belén con ovejas de papel maché, mula y buey de icopor, cuadro en cartulina de la sagrada familia y techo de balso. De hecho es la persona con más traslados dentro de la organización, pues seis meses antes de la Navidad todos los jefes de área se lo pelean.

Pero eso vale plata y hay que recoger la cuota “voluntaria” entre el personal. Ahí aparece el cansón. No es muy popular, pero lo entienden. Entre otras cosas porque, hablando de “voluntarios”, muchas veces su condición de tesorero temporal no es por vocación, sino por imposición del jefe. El personaje debe solicitar, pedir, perseguir, implorar, acosar, apremiar, rogar e importunar hasta que, como quien exprime la última gota de un limón, recoge el aporte en efectivo de sus compañeros de área.

Claro, existen especímenes que no solo se ofrecen para el rol, sino que lo disfrutan. Esos son especialmente útiles en aquellas dependencias sin creativo o nada que se le parezca. Ahí donde el dinero de la cuota terminará financiando alguna decoración genérica como “tecnología navideña”” (cuatro bolas adheridas con cinta pegante a ambos lados del computador); el “tradicional árbol” (una vieja y enclenque estructura decorada con lo viejo que todavía sirve y algo nuevo para justificar la cuota); el “camino de San Nicolás” (paredes empapeladas de afiches venteados del gordo de vestido rojo ); o metros y metros de guirnaldas, serpenteando por cubículos, paredes, techo, marcos de las puertas y demás espacios, sin orden ni lógica pero con una muy discutible estética, sujetadas mediante cosedora, cinta pegante, tachuelas y puntillas.

La historia a veces incluye novenas (otra cuota); familias (por lo menos un día y cuota adicional); mascotas (para ser inclusivos con la modernidad); disfraces (agregue cuota y resignación al ridículo en proporción directa a la necesidad de supervivencia laboral) u otras arandelas (léase, más cuotas). También puede ser un concurso por… el tercer lugar. El primero y el segundo se lo rotan entre Mantenimiento y Presidencia. El área con M porque su personal es el mejor calificado para aquello de construir infraestructuras y el área con P porque solo ellos tienen la plata para contratar externos dotados de similares destrezas y recursos.

Sin hablar de que el jurado, normalmente, es seleccionado e incluso pagado por Presidencia.

Eso también es una tradición.

miércoles, 10 de abril de 2024

No me vuelvan a invitar

Fue una de esas rabietas de adolescente que arman tragedia donde, objetivamente, no pasó nada importante. Invitado a los 15 años de su mejor amiga del colegio, Rubén no pudo bailar con ella porque ambos se embolataron. La joven, en su papel de protagonista de la fiesta,  mientras él se divertía con los amigos, aprovechando el trago y la comida gratis.

No se supo en que momento el asunto se volvió trascendente. Ya ni siquiera se acordaba si fue él o ella quien hizo el reclamo en son de broma y por cual razón lo que era un chiste se volvió serio. Pero el tema  escaló —debidamente sazonado por amigos y amigas de ambos lados— hasta que la versión oficial era que ella lo había despreciado esa noche, que fue el único con el que no quiso bailar. Así que Rubén se hizo el digno y dejó de hablarle por un tiempo.

El tiempo se extendió un poco por un pequeño detalle. Ambos cambiaron de colegio, se desconectaron, dejaron de verse y nunca hubo oportunidad de aclarar el malentendido. Bueno, sí la hubo. 30 años después, gracias a las redes sociales, alguien organizó un reencuentro y los ex jóvenes (cada uno con tres décadas adicionales de experiencia, vida y familia) volvieron a verse la cara.

En la avalancha de saludos hubo un momento en que Rubén y la antigua amiga simplemente quedaron frente a frente, hablaron un rato de generalidades y luego fueron absorbidos por el grupo. Sin embargo, el tipo tuvo una sensación parecida a quien ha tenido que hacer una largo recorrido con una espina en el pie y finalmente logra extraerla. Un pendiente menos. La exquinceañera cuasicincuentona, por su parte, no dio ninguna señal de recordar o valorar el incidente, lo que contribuyó al cierre definitivo del mismo.

El reencuentro no solo fue exitoso, sino que terminó creando una comunidad de excompañeros basada, por supuesto, en un grupo de whatsapp. Allí, entre los intercambios de fotos, memes, una que otra cadena medio mística y comentarios variopintos periódicamente se convocaba a otras reuniones, o se publicaban imágenes de actividades en grupos pequeños.

Un día, las fotos compartidas mostraron un ambiente inusualmente elegante, donde la exquinceañera y su actual esposo parecían ser protagonistas, acompañados de casi todos los miembros de la comunidad y sus respectivas parejas. Rubén, en principio, fingió desinterés, pero muy interiormente se sintió ignorado y hasta menospreciado. 

Como siempre, su esposa detectó la situación y, básicamente porque él se estaba poniendo insoportable, lo invitó a que dejara de armar videos y averiguara exactamente qué había pasado.

Una conversación con un antiguo compañero le confirmó que la exquinceañera y su consorte habían renovado sus votos, evento celebrado mediante una reunión con invitaciones personalizadas. Los fantasmas del pasado comenzaron a pedir pista en la tranquilidad mental del Rubén, quien decidió llamar a la homenajeada. Ella reaccionó positivamente ante el contacto. Se le notaba la satisfacción al hablar con su viejo amigo. Hubo una conversación animada antes de llegar al tema que el hombre introdujo de manera sutil.

— Por ahí vi las fotos de su renovación de votos, felicitaciones.

Con la tranquilidad y madurez que dan 30 años de vida, haber levantado una familia, combinar la vida profesional con la maternidad y el cuidado de casa  y el sentido práctico que genera la experiencia, vino la respuesta: — Sí, eso estuvo buenísimo. Vinieron muchos compañeros. A usted no lo invité porque me acuerdo de lo que pasó la última vez que vino a una fiesta en mi casa. No quiero pasar otros 30 años de remordimiento por alguna pendejada. 

miércoles, 6 de marzo de 2024

Domingo adjetivo


Nota de la Redacción. Hace unos años, en respuesta a la convocatoria de un concurso de cuento sobre el domingo, cometimos el experimento que va abajo. Espero les guste pero, por si acaso, disculpas anticipadas.

Noche agitada, amanecer tardío, sonidos taladrantes, luces penetrantes... tremendo guayabo.

Cerveza mañanera, desayuno solitario, televisión infantil, periódico gordo, cama destendida, pereza incuestionable, calle opcional, casa aburrida..

Bicicleta desarchivada, costosa despinchada, ciclovía congestionada, ambición deportiva, expectativa saludable, piernas adoloridas, edad evidente, sed inclemente, pedaleo descartado, empanada grasosa.

Mujer juvenil, ropa deportiva, formas voluptuosas, deleite visual, mirada insinuante, novio inesperado, temperamento celoso, comportamiento amenazante, reculada recomendable, carrera cobarde.

Aliento entrecortado, músculos encalambrados, casa cercana, sol picante, presupuesto escaso, cerveza cara, gaseosa cara, agua cara, canilla gratis, tubo jugoso.

Reposo requerido, cama seductora, música suave, solicitudes maternales, bombillo fundido, alfombra empolvada, mueble pesado, tímido alegato, enorme cantaleta, enorme cantaleta, enorme cantaleta.

Almuerzo familiar, parientes visitantes, niños llorones, chistes repetidos, comentarios sordos, sancocho tremendo, grasa flotante, tubérculos abundantes, gallina escasa, refajo bendito, manos temblorosas, presa resbalosa, mesa salpicada, refajo sancochado.

Digestión somnolienta, visita prolongada, conversación sosa, chismes familiares, quejas sociales, posición equivocada, añoranza horizontal, llamada telefónica, novia desprogramada, cine inevitable, sueño embolatado.

Fila congestionada, llovizna pertinaz, atarván colado, avanzar lento, taquillera amargada, billete grande, vueltas inexistentes, bolsillos revisados, suelto insuficiente, monedas complementarias, tiempo perdido.

Luces apagadas, visión nula, crispetas rebosantes, gaseosa fría, manos ocupadas, pasos inseguros, sillas escasas, espacio disponible, pantalla contigua, película terrorífica, monstruos enormes. 

Oscuridad cómplice, novia romántica, ojos cerrados, labios cercanos, ronquidos inesperados, sueño vencedor, empujón resentido, despertar inesperado, susto grande, pantalla aterradora, compañera indignada, momento crítico. 

Susceptibilidad femenina, silencio gélido, comportamiento caprichoso, chantaje emocional, invitación desesperada, bizcochos amargos, reacción lenta, perdón condicionado, beso frío.

Noche oscura, caminata lenta, información radial, equipo perdedor, calle solitaria, mendigo insistente, rechazo sutil, alusión desobligante, respuesta irracional, chuzo exhibido, reacción asustadiza, carrera cobarde.

Situación repetida, dignidad aplastada, día difícil, semana terminada.

Domingo esperado.

Domingo maldito.

miércoles, 28 de febrero de 2024

Cumpleaños clandestino



La escena se repite diariamente. El detalle viene determinado por variables como entorno cultural, país, edad, género, estado civil y condición de salud. Puede ser en el lugar de trabajo o estudio, con invitación familiar, incluso autoorganizado. Un corito más o menos universal identifica el evento: “japy verdi tu yu…” Algunos consideran el día lo más importante del año, otros simplemente se lo gozan, existen aquellos que por lo menos disfrutan, hay quienes aceptan el homenaje con renuencia o resignación, tenemos el grupo que preferiría otro tipo de actividad... y está Barragán.

Barragán forma parte de ese segmento de la humanidad que odia los cumpleaños. Aclaración pertinente: él no tiene problema en cumplir años o revelar su edad. Simplemente detesta los rituales  (llamadas, saludos, festejos) que vienen con la fecha de marras, a la que, personalmente, no le ve ninguna importancia. 

Incluso ha racionalizado el asunto. Él cumpleañero está siendo reconocido por un hecho en el que no tiene mérito alguno. La que pujó fue la mamá; el apoyo técnico vino de doctor, doctora o comadrona; el acto previo fue de los padres, a veces respaldados por la clínica de fertilidad. Aunque una interpretación distinta del tema pasa por recuerdos poco agradables, el resultado da igual. Barragán no desea ninguna diferencia entre su onomástico y el resto del año. Lo complicado es hacerle entender eso a los demás.

El parentesco por consanguinidad es una guerra perdida, con uno que otro empate. Más o menos hasta los 30 tuvo que atender insoportables invitaciones  hasta que desarrolló un catálogo de excusas que lo mantienen alejado el día cuchi cuchi. Los mensajes de texto han sido muy útiles. Gracias a este avance, no tiene que apagar el teléfono o peor, responder llamadas cuyo diálogo incluye una felicitación que no merece, una consulta sobre actividades especiales que no existirán, y muchos, pero muchos, silencios incómodos.

En los ambientes estudiantiles la cosa fue difícil, pero finalizó al cumplir su fase académica. El problema de fondo ha sido laboral. Nunca le preguntan, pero siempre terminan “sorprendiéndolo”. El día del cumpleaños le llenan el puesto de serpentinas, bombas y letreros multicolores; lo arrastran a la sala de juntas a compartir ponqué con vino; y cuando ya la fecha pasó y se cree a salvo resulta que no, que lo metieron en combo con otros cuatro que cumplen el mismo mes y el día menos pensado el jefe lo convoca a una reunión de emergencia cuya banda sonora es el “japy verdi tu yu...”

El hombre intentó decirle a sus colegas que por favor no lo incluyeran en las celebraciones. No funcionó. Subió el tono e informó que a él eso no le gustaba. Tampoco sirvió. Alguna vez incluso los dejó plantados y dos días después lo emboscaron a la hora de almuerzo. 

Al comenzar en otra empresa, cuatro meses antes del día de marras, fue directamente donde su jefe directo y le pidió que mantuviera el dato en reserva. Detectó a la eterna organizadora y se aseguró de que no tuviera la información. Era un contrato a término fijo con pocas opciones de renovación, así que pensó que, por lo menos ese año, iba a pasar invicto. Pero no fue así. El día que sabemos todos sabían. Llovieron felicitaciones personales, por teléfono, por correo electrónico y hubo impajaritable ponqué vespertino. 

No les he contado, por cierto, que Barragán es ingeniero de sistemas y diseñador, y que uno de los objetos de su contrato era crear una interfaz que le permitiera a las diferentes dependencias de la organización incluir información de interés en el newsletter interno, que llegaba diariamente vía correo electrónico .

Por ejemplo, talento humano lo aprovechó para generar una felicitación automática desde la base de datos de fecha de nacimiento de los colaboradores activos. La primera prueba fue el día que nació Barragán.

miércoles, 31 de enero de 2024

Crónica anacrónica de un milagro de Navidad

Las relaciones entre Gaspar y su abuela paterna se deterioraron con el paso de los meses y los años, hasta limitarse a saludos protocolarios en las impajaritables reuniones familiares. Tal vez no se hubiera notado tanto si no fuera por el Niño Dios. Específicamente, por el Niño Dios que Gaspar personificó en novenas, fotos, videos, iglesias y obras de teatro cuando el aspecto, tamaño y edad ajustaban envidiablemente en el papel. Porque el barrigón alopésico de hoy fue, alguna vez, mono, bonito y angelical.

Si deportistas y artistas cuentan con manager, Gaspar tenía abuela. La señora contaba con una red en el circuito religioso local digna de envidia arzobispal. Vivía enterada de todas las representaciones navideñas con protagonistas de carne y hueso. Esto le permitió poner (literalmente) en múltiples pesebres a su nieto.

Pero la gente crece. El nene, por tierno que fuera, ya no clasificaba para Niño Dios. Aún así, la anciana y el nieto fueron mucho tiempo compinches en las fiestas familiares. El deterioro comenzó en la adolescencia del muchacho, cuando sus intereses a la hora de celebrar eran cada vez más lejanos de los de la matriarca.

A esas alturas se tomaba uno que otro vino a escondidas y al llegar a la mayoría de edad  —un poco antes, siendo honestos— institucionalizó el consumo etílico, cada vez más exagerado, en encuentros familiares de fin de año. Su comportamiento, escandaloso y medio libertino, le quitó puntos frente a su antigua manager. 

A medida que crecía, las cosas empeoraban. Llevaba la novia de turno a las reuniones, quien inevitablemente era víctima de miradas despreciativas de la abuela —y hasta de algún comentario envenenado—. Como nunca fue un gran estudiante coronó bachillerato a duras penas —eso tampoco ayudó— y tras ejercer como inútil un par de años optó por dedicarse a los negocios.

Voluntad tenía. Habilidad, no tanto. En los 90 vio una oportunidad cuando Colombia clasificó al Mundial de Estados Unidos. La abuela, para quien el fútbol era un poco de bobos en pantaloncillos corriendo detrás de una bola le advirtió que eso iba a terminar mal. La ignoró y compró mil pelucas del Pibe Valderrama. Aún no ha podido desenhuesarse de todas. A principio del siglo XXI le apostó buena parte de su capital a una pirámide. Nuevamente la abuela dijo que no era buena idea. Consejo ignorado y platica perdida. 

Hacia el 2015 se dejó convencer de un amigo para invertir en un “infalible” negocio de pasteles de carne enpanelados, cuyo sabor resultó peor a como suena. Sin probarlos, la abuela pronosticó, acertadamente, que esa porquería nadie se la iba a comer.  Así que en su última aventura Gaspar decidió ir a la fija. Consiguió plata prestada para meterle billete a unas bodegas grandes, bonitas, amplias y totalmente aisladas, porque su único acceso era un camino geológicamente inestable que rodó cerro abajo con el primer aguacero.

Gaspar ya era un tipo con esposa, hijos y obligaciones varias. Disparó sin éxito hacia todos lados sin obtener financiación, refinanciación, limosna o lo que fuera para poder abonarle algo a sus deudores. Esta vez, la física calle era lo que se veía como panorama inmediato para él y su familia.

En medio de la crisis, un día de julio tuvo que ir a donde la abuela. Esta lo recibió con el mismo tono seco, casi malgeniado, con el que lo trataba hace años. Sin ninguna ceremonia tomó un paquete recién envuelto y se lo entregó con 8 palabras. “Su papá me contó. Tome, esto es suyo”. 

Esto era plata. Suficiente para pagar deudas. Totalmente sorprendido, de la boca de Gaspar salió un “Abuelita, esto es un milagro”.

“No ¿Usted cree que todo eso de Niño Dios era gratis? No señor. Sus papas no sabían pero yo sí. Guardé la plata porque supe que algún día la iba a necesitar. No para negocios chimbos, sino para una urgencia de verdad. Antes de ser un viejo medio calvo y feo, usted era mono y bonito. Y como ve, sirvió para algo”.


Pregunta al margen con alguna relación

¿Cómo se reconoce a un millenial (o posterior) en su relación con algún aparato portátil que utilice electricidad?

Por la cara de susto, sorpresa y desprecio al fracasar en su intento de recargarlo en vez de cambiarle las pilas.

Detalles aquí. 


miércoles, 29 de noviembre de 2023

¡Pica huevo duro! ¡Pica!


Los  visitantes a la casa de Pardo a veces divisan, en un rincón de la cocina, la desordenada acumulación de cortadores de huevos duros. Los hay metálicos, plásticos, en combinación de materiales, artesanales, industriales, con diseño para tajadas, cuadritos y julianas. La gran mayoría son manuales, pero por lo menos dos funcionan con energía eléctrica.  Incluso existen algunos con formas particularmente creativas, como la silueta de una gallina o una especie de juego de cuchillos acanalados pero de plástico.  

Lo curioso es que Pardo no ha invertido un peso en estos utensilios de cocina, los cuales tampoco utiliza.  En materia de huevos, su gusto y los de su familia van más por el lado de los pericos, los fritos y las tortillas. Tampoco tiene ningún negocio de venta, distribución o almacenaje. Entonces, ¿de dónde salieron?

Recapitulemos. Pardo es un buen tipo. Eficiente, buen compañero, responsable con sus resultados y siempre presto a colaborar donde se le requiera. Por eso, cuando iba a cumplir sus primeros 20 años de servicio en la organización, la directiva propuso un homenaje, al que sus colegas adhirieron gustosamente.

Primero iba a ser un acto sencillo, al cierre de la jornada del viernes. En la misma oficina, discurso del jefe, ponqué, vino y una placa o un pergamino. Los que quisieran seguirla lo harían bajo su propia cuenta y riesgo. Pero eran buenos tiempos así que la gerencia se metió la mano al dril, arrendó un espacio e invirtió en comida y licores. Alguien propuso la idea de darle regalos al reconocido. Los convocados acogieron la propuesta discretamente, por mucho en complicidad con dos o tres compañeros, acudiendo a almacenes especializados, distribuidores en línea, vendedores callejeros y plazas artesanales.

A última hora, hasta la gerencia optó por complementar la placa destinada a Pardo con algo más útil. El día del evento el primer regalo en la fila fue el de Martina, secretaria eterna. Para silenciar el coro de “que lo abra, que lo abra” el festejado rasgo el papel, lo que reveló un picador plástico de huevos.

Y al destapar el segundo regalo, había un instrumento metálico diseñado con el mismo objetivo. Y el tercero fue una versión artesanal. Así, uno tras otro, comenzaron a materializarse implementos nacionales, importados o de origen incierto creados para reducir a pequeñas formas el alimento de origen avícola después de pasarlo por agua hirviendo. Un silencio cada vez más incómodo se escuchó en su máxima expresión al llegar al obsequio mayor, el de la gerencia, un complicado y modernísimo aparato eléctrico para… rebanar huevos duros.

Unos días antes del homenaje, durante la pausa cafetera de la tarde, alguien puso el tema de aquellos objetos del pasado que hoy en día son solo recuerdos. Pardo, inocentemente, solo por participar de la conversación, evocó algo de su casa familiar. Unos artefactos acanalados donde se ponían los huevos duros para luego aplicarles una rejilla y convertir la tradicional forma oval en picadillos varios.

El comentario no duró más de 20 segundos. Y lo escucharon unas tres personas. Pero ya era tarde. Cuando el teléfono roto se conecta no lo apaga nadie. Algún interlocutor —o todos— comentó que Pardo recordaba los picadores de huevos. Quienes retransmitieron cambiaron la palabra recordar por añorar, término que en una nueva versión se convirtió en desear. Llegó un momento en el que toda la organización “sabía” que el futuro homenajeado necesitaba urgentemente un picador de huevos, que llevaba años intentando infructuosamente conseguirlo y que el sencillo implemento evocaba un recuerdo de su difunta madre.

El resto de la historia ya lo conocemos. La mamá de Pardo, por cierto, está más saludable que nunca. 

Y tampoco le gustan los huevos duros.

miércoles, 8 de marzo de 2023

El puchero del silencio


Un silencio de esos que todos escuchan se apoderó, en círculos concéntricos, de la reunión familiar. Primero, en el grupo donde se produjo la sacrílega afirmación. Súmele los que estaban cerca y oyeron suficiente para reaccionar. Otros no oyeron, pero fueron informados por el rumor que en segundos copó la estancia. Y todos, absolutamente todos, dejaron de emitir sonidos y centraron su mirada en el mismo personaje.

La mayoría expresaba estupefacción y desconcierto. Otros reflejaban algo de miedo. No faltaban, aunque minoritariamente, los rasgos de rabia. Tampoco la sonrisa, honesta y divertida, en plan de conmiseración. No lo entendían, no le temían, pero tampoco lo odiaban. Simplemente le tenían lástima.

A todas estas Alejandro – viejo conocido de las Amilcaradas – siguió devorando su ración de puchero bogotano, a sabiendas de que – nuevamente – había sido derrotado, aplastado y triturado por muenda. Fiel a su estilo confió en que pronto dejaría de ser el centro de atención, como en efecto pasó. 

Comenzó como un leve murmullo, con tono dramático o por lo menos algo de fastidio.  Pero a medida que la ola se extendía se impuso una actitud más bien risueña. Fueron algunas sonrisas que evolucionaron a risa e, incluso, a carcajadas. La reunión familiar motivo grado retomó sus rutinas con varios temas, aunque el predominante siguió siendo ese, ese que había generado la pequeña tragedia del puchero bogotano.

Las opiniones iban y venían. En tiempos de tecnología se reforzaban con intercambio de memes y, al haber conflicto de por medio, era inevitable que la mayoría de los interlocutores tomaran partido por una de las partes, algunos y algunas con evidente apasionamiento.

Alejandro había llegado un poco tarde, cuando ya se habían formado los diferentes grupos de conversación típicos de una reunión sin baile. Los viejos, los jóvenes, las mujeres, los hombres, las tías comunicativas, los adolescentes malencarados del rincón y el equipo de cocina que daba los últimos toques al puchero… todos hablaban de lo mismo.

Mientras no hubo almuerzo, Alejandro logró mantenerse en un margen de seguridad. Pero ya con el puchero en la mano fue necesario ubicarse en un punto fijo adonde llegaron el suegro libertino, dos primas risueñas, la tía recién jubilada y el tío conferencista. Precisamente, fue este ultimo quien le planteó el tema. 

- Y.. ¿qué piensas de la canción, Alejo?

- ¿Cuál canción tío?

- Como que cuál mijo, la de Shakira donde le da garrote a Piqué.

(Silencio mientras Alejandro trata de ubicar a los personajes).

- Shakira, la cantante, Piqué el futbolista (dice el tío con el mismo tono pedagógico de sus conferencias).

Alejandro piensa un momento mientras degusta una costilla sudada hasta que responde – Creo que no.

En ese momento el suegro, las primas, y la tía recién jubilada centran su atención en el personaje. El suegro dispara – Pero Alejandro, usted en qué mundo vive, todo el mundo habla de eso.

Y sin ninguna maledicencia pero con algo, mucho de inocencia, Alejandro responde – Pues a mí esa vaina de cantantes y futbolistas no me importa.

A partir de ese momento, un silencio de esos que todos escuchan se apoderó, en círculos concéntricos, de la reunión familiar.


jueves, 22 de marzo de 2018

El día del hombre y el hueso

Se supone que estamos en el mes de la mujer. Falso. Realmente estamos en el mes del hombre. Por dos razones. Porque por lo menos en Colombia se inventaron un Día del Hombre, infiltrado cual mosco en leche en el calendario femenino, y porque el Día de la Mujer, realmente, es el día de los hombres… de los hombres enhuesados.

Ya alguna vez comenté en este mismo escenario las ventajas de ser hombre en el Día de la Mujer. Le llegó el turno a las desventajas con buenas intenciones. Porque ese día –y me la juego sobre todo en los ámbitos laborales.- a los hombres se les ocurren ideas para homenajear a sus colegas.

Esa es la buena noticia. La mala es que parece haber consenso entre el personal masculino. La idea debe ser fácil de plantear, difícil de transportar. En lo posible, muy difícil. Es condición ineludible que quienes tengan la responsabilidad de llevarla desde la fuente al homenaje queden incuestionablemente enhuesados.

Una imagen vale más que mil palabras. La mañana del 8 de marzo se reconoce porque las calles se llenan de sujetos heroicos movilizando, por ejemplo, 15 arreglos florales de esos que se dañan si uno los mira feo. O bonito. O si no los mira. De esos que toca mover con precisión quirúrgica de la floristería a la usuaria. Entonces, si hay carro, irá a 20 por hora, y si no hay, será una procesión de sujetos con sendos ramos en cada mano.

O uno solo –el tipo que no tenía plata para la cuota y pago en especie con transporte– con 40 crisantemos de tallo largo bajo el brazo. O trasladando en cámara lenta 20 ensaladas de fruta rematadas por una compleja figura de crema en una caja que parece bandeja o una bandeja que parece caja. Y que también parece, porque está, a punto de irse al suelo para convertir el detalle nutritivo en mazacote. Todo amenizado siempre por los efectos de sonidos de las llamadas y mensajes que vienen de la oficina con diferentes variantes del ¡dónde está que ya vamos a empezar!,

Ese día se evidencia la abundante presencia femenina en el mundo laboral. Lo cual es muy bueno desde muchos puntos de vista, pero no para el tipo que tiene que llevar los 18 capuchinos con capa de corazón en un solo viaje. Y ni hablar de lo que opina el encargado de los helados de tres bolas y capa de chantilly.

No siempre los detalles se comen o se olfatean (léase flores, por favor).  También los hay artesanales. Una bonita porcelana, una figura en madera, una muñequita en porcelanicrom. Lo importante es que ante el más mínimo golpe se rompa, raspe, despinte, raje, maree o todas las anteriores,  y que no haya carro sino dos voluntarios,  intrigados sobre porque carajos esos mamarrachos pesan tanto,  mientras recorren una inacabable ruta del proveedor a la oficina. La misma que apenas les tomó 15 minutos en el viaje de ida.

El carro, cuando existe,  tiene otras prioridades. Acomodar los 15 del mariachi en 4 viajes porque no alcanzó la vaca para pagar micro.  Ir a último momento a comprar regalo para las señoras del aseo que no se tuvieron en cuenta al hacer la lista. Comprar el menú alterno para las compañeras veganas, la señora diabética y la recién llegada que resultó judía ortodoxa y solo come kosher. Buscar los cubiertos y las servilletas que no llegaron en el domicilio o llevar de vuelta a los mariachis, (otros 4 viajes más el adicional por los sombreros olvidados).

Como esta amilcarada ya va para largo no profundizamos en el desastre logístico de los caballeros fungiendo como amos de casa,  de como las señoras del aseo finalmente se convierten en equipo de rescate, del despelote final en la sala de juntas y de los dos tipos de hombres, los que no tienen ni idea de repartir, servir, asear y organizar; y los que sí saben pero también saben como escabullirse a la hora del oficio.

Esos son los que huyen a tiempo. Los otros se quedan, ejerciendo en el estado natural del hombre  en el Día de la Mujer.

Enhuesados.

jueves, 5 de enero de 2017

Desplazamiento laboral

Hace unos años, y no son tantos, yo era indispensable. Mis servicios formaban parte de  los requerimientos diarios en múltiples ambientes: familiares, industriales, laborales, eclesiásticos, militares, festivos y podría seguir.  Muchas cosas eran descartables, pero yo no. Claro, había otros que hacían lo mismo que yo pero con grave riesgo para la salud. Dentistas y oculistas y uno que otro ortopedista pueden dar fe de que no miento.

Lo que yo hacía era sencillo pero práctico. De hecho se  basaba en una ciencia básica, la física, para ser exactos. Pero me pasó algo tan común en este país. Tuve un problema con las roscas. Las roscas han ido llegando, poco a poco y se han ido imponiendo. Me fueron dejando por fuera. Bien lo dicen: lo malo de las roscas es no estar en ellas.

Ese fue solo el comienzo. Otra desgracia vino por cuenta de la tecnología. No tengo nada personal contra los diseñadores industriales, simplemente los odio. Ellos, lentamente,  han ido cerrándome las puertas. Eso sí, les abono la creatividad.

Tengo, como todos, un campo específico de trabajo. Un área en la cual desempeño mis habilidades. Pues bien, en un proceso lento pero constante ese campo ha ido modificándose en beneficio de muchos, pero en total detrimento para mí. Se trata de avances que prestan los mismos servicios, pero sin. Sin mí. Yo ya no soy necesario.

Es más. Tengo un segmento específico de la economía con el cual establecía una relación directa, casi simbiótica. Éramos una especie de pareja perfecta. Ella –sí, es ella- me necesitaba. Yo era su complemento perfecto. A lo que voy es que otros le hicieron una cirugía, mejora, adaptación o llámenla como quieran, cuya único resultado fue eliminar a un protagonista de la historia. Adivinaron, a mí.

Ante el hecho consumado, solo me resta buscar alternativas. Y  aunque puedo ser útil para algunas labores domésticas o prestar servicios opcionales el problema de fondo es que para todo eso ya existen especialistas. Es decir, quienes por sus habilidades lo hacen mejor que yo.  Quienes fueron preparados especialmente para eso. Se pueden soltar o apretar tornillos con muchos instrumentos, pero el mejor para hacerlo sigue siendo un destornillador.

La verdad es que aunque saben que estoy ahí, cada vez menos gente me convoca. No hago falta. Soy, por  mucho, una parte del paisaje o algo medio decorativo. Mi inexorable destino es el abandono, el olvido y, tal vez alguna referencia curiosa de quienes me conocieron en  tiempos de gloria, o de los historiadores de un futuro cada vez  menos lejano.

Soy un desplazado laboral por la evolución de la tecnología, los hábitos y las costumbres. Víctima paulatina de las tapas rosca, los envases innovadores, el plástico y esos sistemas que permiten hacer con la mano aquello para lo cual yo era infaltable. Yo era el dispositivo adecuado para poder consumir cervezas, gaseosas y jugos de otro tiempo. Y todo gracias a una sencilla aplicación del concepto físico de la palanca para efectos bebestibles

Soy un destapador de botellas.

martes, 20 de diciembre de 2016

Reciclaje triunfalista

Ahora que Santa Fe obtuvo su novena estrella los hinchas del rojo expresan (expresamos) nuestra alegría de diferentes maneras. Proliferan en las redes sociales los mensajes conmemorativos. El que transcribo al final de esta nota sería uno más si no fuera porque algún cable se cruzó y el autor terminó subiendo, además del texto final, el borrador y las correcciones previas. Y todo parece indicar que la nota inicial había sido preparada para otro triunfo que, finalmente, no se dio. Juzguen ustedes.

(¿Borrador?) “Hemos triunfado. La voluntad popular del pueblo colombiano abrió la puerta a un nuevo país que construiremos entre todos. Aprovecho esta tribuna para convocar a todos los colombianos sin distingo de edad, género, ideología o raza a unirnos en una sola expresión con el fin de trabajar juntos para dejarle un mejor país a nuestros hijos.  Es para ellos, para las futuras generaciones que se ha firmado este acuerdo, ratificado en las urnas. Es momento de dejar atrás los rencores y diferencias levantados a lo largo de esta campaña. El reto apenas empieza. Lo que viene de ahora en adelante es un desafío histórico. Múltiples escenarios esperan para hacer realidad ese sueño tantas veces aplazado de tener un país en paz. Adelante Colombia. No exageramos al decir que la victoria del Sí en el plebiscito es la puerta de entrada al futuro de nuestra Nación”
…..
(¿Correcciones?) Hemos triunfado. La voluntad popular (cambiar esto por la disciplina, constancia y tesón) del pueblo colombiano (cambiar por  jugadores y cuerpo técnico) abrió la puerta a un nuevo país que construiremos entre todos (cambiar por para sumar un título a  la histórica galería de nuestro equipo)

Aprovecho esta tribuna para convocar a todos los colombianos (cambiar por santafereños), sin distingo de edad, género, ideología o raza a unirnos en una sola expresión con el fin de trabajar (cambiar por celebrar)  juntos para dejarle un mejor país (cambiar por gran recuerdo) a nuestros hijos.  Es para ellos, para las futuras generaciones (cambiar por los sufridos hinchas rojos) que se ha firmado este acuerdo, (cambiar por se ha logrado este triunfo) ratificado en las urnas (cambiar por las canchas)

Es momento de dejar atrás los rencores y diferencias (cambiar por momentos difíciles) levantados (cambiar por presentados) a lo largo de esta campaña. (agregar lo importante es que somos  campeones)

El reto apenas empieza. Lo que viene de ahora en adelante es un desafío histórico Múltiples escenarios (agregar deportivos) esperan para hacer realidad (cambiar por ratificar frente a otros oncenos) ese sueño (cambiar por el triunfo alcanzado) tantas veces aplazado de tener un país en paz (cambiar por y llevar la grandeza futbolística del león más allá de las fronteras). Adelante Colombia (cambiar por Santa Fe). No exageramos al decir que la victoria del sí en el plebiscito (cambiar por la novena estrella) es la puerta de entrada al futuro de nuestra nación (cambiar por a mayores glorias en las canchas de Colombia y el mundo). (Agregar Dale  Rojo, te amamos con todo el corazón)
………….

(¿Final?) Hemos triunfado. La disciplina, constancia y tesón de jugadores y cuerpo técnico abrió la puerta para sumar un título a la histórica galería de nuestro equipo.

Aprovecho esta tribuna para convocar a todos los santafereños, sin distingo de edad, género, ideología o raza a unirnos en una sola expresión con el fin de celebrar juntos para dejarle un gran recuerdo a nuestros hijos  Es para ellos, para los sufridos hinchas rojos, que se ha logrado este triunfo, ratificado en las canchas.

Es momento de dejar atrás los momentos difíciles presentados a lo largo de esta campaña. Lo importante es que somos  campeones.  El reto apenas empieza. Lo que viene de ahora en adelante es un desafío histórico. Múltiples escenarios deportivos esperan para ratificar frente a otros oncenos el triunfo alcanzado y llevar la grandeza futbolística del león más allá de las fronteras.

Adelante Santa Fe. No exageramos al decir que la novena estrella es la puerta de entrada a mayores glorias en las canchas de Colombia y el mundo. Dale  Rojo, te amamos con todo el corazón.

jueves, 6 de octubre de 2016

En la cama con la Mona

Aunque el plomero que llegó a las 7 de la mañana a reparar el baño de la habitación lo miró con picardía, le pidió disculpas por interrumpir y anunció su retorno para otro día en que el doctor no estuviera “tan bien acompañado”, la razón por la cual La Mona estaba en la cama de Tadeo era absolutamente inocente.

Como Catalina, la novia de Tadeo -mujer celosa y muy posesiva-  estaba en vacaciones, este había conjurado su desprograme con unos tragos entre compañeros. Poco a poco el grupo se redujo a cuatro personas: el Pote, Tadeo, la Mona y Villegas.

En circunstancias normales, el Pote transportaba a la Mona, pues eran vecinos de una lejana urbanización. Pero realmente el consumo etílico había traspasado los límites de la prudencia, así que Villegas se apoderó de las llaves y acordaron con el dueño del negocio dejar al Pote en recuperación en un sofá.

Los tres sobrevivientes de la rumba se fueron a terminarla al apartamento de Tadeo. Allí el consumo alcohólico minó la resistencia de La Mona, quien se quedó dormida. El dueño de casa la tomó en su brazos, la acostó en su cama, despidió a Villegas y se fue a dormir, - importante precisión -  al sofá. Mañana, o en un par de horas, pues ya estaba amaneciendo, sería otro día.

Claro que cuando los padres de Tadeo decidieron hacerle una visita sorpresa a su hijo después de asistir, como siempre, a la misa de 7, ellos no sabían eso, por lo que a doña Tulia se le subió la tensión y el viejo Mateo, monógamo por convicción, apenas anunció un después hablamos mientras ponía cara de absoluto escepticismo al “eso no es lo que parece” de su hijo.

Este, muy a las ocho de la mañana se había despertado, recordando que en su cama estaba cierta Mona que entre otras características, era la feliz poseedora de un sueño de piedra. Ni las palabras, ni los movimientos, ni el agua lograron despertarla. El obligado anfitrión quería recuperar su lecho, pero se dio cuenta de que solo podía esperar.

Así que después de que sus padres se fueron, se colocó una sudadera, organizó el desorden de la noche anterior y salió a buscar desayuno,

Lo que no sabía era que alguien había decidido darle una sorpresa y regresar anticipadamente de vacaciones. Y que ese alguien era la única persona autorizada por él para ingresar al apartamento en su ausencia, porque, como cualquier pareja moderna, tenía llaves.

Catalina, su posesiva y celosa novia.


jueves, 25 de agosto de 2016

Cremalleras

Aunque solo ha pasado tres veces, Justino quedó para siempre con etiqueta de bicho raro. Excéntrico, dicen en la oficina. Ocurrió en una fiesta de la empresa, en un club campestre medio aislado del universo, con transporte de ida y vuelta aportado por los organizadores. Ocurrió de nuevo durante el refrigerio de una reunión de trabajo, antes de su presentación  (la de Justino con sala de juntas, mesa de reuniones, proyector, frente a todos). Y ocurrió otra vez durante una pausa en medio de una clase donde nuestro héroe era el profesor. 

Parecían rutina. Se convirtieron en pesadillas social, laboral y académica, por cuenta de “…dos tiras de tela guarnecidas en sus orillas de pequeños dientes generalmente de metal o plástico que se traban o destraban entre sí al efectuar un movimiento de apertura o cierre por medio de un cursor metálico” (DRAE 2008) .

A estas alturas el subconsciente del hombre revolvió las tres historias. Ya no recuerda cuándo pasó qué. Todas comenzaron igual. Una visita al fondo a la derecha para una diligencia de carácter estrictamente personal que demanda bajar la cremallera y subirla de nuevo. Esa que se traba o destraba. La cremallera, no la diligencia. Ahí fue.

Porque el aparatico se rebeló… Y no subió. O subió hasta la mitad. Justino contraatacó. Primero con jalones, cada vez más fuertes. Y la constatación de que, por lo menos en este caso, el tamaño no importa. Porque el pequeño cursor opuso tenaz resistencia a la fuerza bruta. Hasta que el caballero sintió como el broche subía. Subía hasta la altura de su cara, pues acababa de quedarse con el broche en la mano.  Pero la bragueta seguía en su sitio. Ni abierta ni cerrada.

Eso pasó una vez. En otra ocasión, fueron el broche y el cursor, porque el final de la cremallera no estaba debidamente asegurado al resto del pantalón. Fácil de sacar, imposible de volver a meter. Y al primer movimiento (de Justino), se volvió a abrir (la cremallera). Sin mecanismo para cerrarla. Y el tiempo seguía corriendo

A raíz de estas experiencias, en la tercera crisis el hombre optó por la filigrana. Movimientos de precisión quirúrgica para detectar el problema –un pedazo de tela mal ubicado–.  Y la no menos compleja operación de agarrar, jalar, liberar y descansar.  Pero Justino es el feliz poseedor de manos grandes, dedos regordetes y demás instrumentos no aptos para el trabajo manual delicado. Así que el final de la batalla fue desgarrador. Literalmente. Un pedazo de tela desgarrado justo al lado de la cremallera.

Como hemos visto el dispositivo de marras cumple la función de tapar prendas de vestir que solo incumben a Justino, su servicio de lavandería y algunas damas de su entera confianza. Prendas que estaban a punto de quedar a la vista de personal que no cumplía con ninguno de esos requisitos...

…todos recuerdan como el siempre alegre Justino pasó el resto de la fiesta sentado en un rincón, de donde únicamente se levantó para tomar el transporte de vuelta a casa.  Su curioso comportamiento solo fue emulado en otra ocasión cuando, al presentar los resultados del trimestre, permaneció todo el tiempo en el mismo lugar, con las manos cruzadas sobre los muslos por debajo del cinturón. El tema surgió mientras algunos colegas compartían un café en la pausa vespertina. El más joven tomó la palabra “eso no es nada, ese tipo fue profesor mío y una vez dictó la clase completa de espaldas”.

martes, 21 de junio de 2016

Ñapa familiar


De entrada hay que aceptarlo. En todas las familias existen bichos raros. Personajes exóticos con comportamientos -en el mejor de los casos- socialmente inaceptables, o  -en el peor- bordeando la frontera de la irracionalidad y el Código Penal.

Pero a fuerza de convivir con ellos, el núcleo familiar termina por aceptarlos, acostumbrarse e ignorar sus particularidades. Quienes realmente deben sufrir a los parientes extraños son los que ingresan al clan por la vía política.

Así, en las reuniones, las visitas, a horas inesperadas o en cualquier momento del día el esposo o esposa de turno se ve sorprendido y desconcertado por allegados a su cónyugue con manías como las siguientes:

- La adolescente dramática que improvisa una sonora escena de despecho con amenaza de suicidio cada vez que la deja un novio.
- El solterón que llega a cualquier hora con una garrafa de aguardiente y ganas de conversar.
- La rezandera que considera que donde hay dos personas o más es obligatorio empezar un rosario.
- Los parientes de origen campesino que reciben todas las visitas a todas las horas con tamales, chocolate, almojábanas y un insistente “pero coma, mijito”.
- El conversador de malas ideas al que todos ignoran.
- El muerto de hambre que llega directo a la nevera y selecciona lo más caro.
- La viuda que se emborracha con dos tragos y se dedica a evocar durante toda la noche a su marido, muerto cuatro décadas atrás.
- El joven con algún tornillo suelto que habla por horas, y horas, y horas, algo que solo él entiende.
- El pequeño malcriado que por cualquier cosa se tira al piso, llora, se revuelca, aúlla y patalea.
- El anciano que en todas las reuniones repite las mismas siete anécdotas sobre su único viaje a Europa.
- El comerciante que compra al por mayor y regala enormes cantidades de productos perecederos a punto de perecer.
- El caballero de antecedentes penales que periódicamente desaparece y aparece pidiendo -con aire de película de misterio-  plata para un pasaje porque tiene que desaparecer por unos días.
- Los parientes prolíficos que andan a todas partes con su camada de ocho hijos.
- La hipocondríaca que se autodeclara en estado terminal cada media hora.
- El fanático político que desvía cualquier conversación a la defensa de su partido.
- El primo lejano que siempre pide prestado el baño después de saludar.
- La tía abuela que nunca se ha podido aprender nuestro nombre.
- El padre que improvisa un discurso conmemorativo cuando se reúnen más de tres personas.
- El  coleccionista de objetos extraños que lleva una pieza nueva a las reuniones familiares y las describe minuciosamente, mientras todo el mundo lo ignora
- Ese que no habla pero se sienta al lado del esposo o esposa de turno mirándolo directamente a los ojos.

jueves, 10 de marzo de 2016

Ventajas de ser hombre en el Día de la Mujer


Para ellas, el reconocimiento es más que justo. Eso es  lo primero que se debe decir sobre el tema. Y no es cierto que no exista su equivalente para el gremio masculino. Lo que pasa es que el Día de la Mujer recibe amplio despliegue, mientras que el Día del Hombre es medio clandestino. Y los  hombres deberían estar agradecidos. Porque esa clandestinidad los mantiene a salvo de una serie de efectos secundarios medio complicados que se derivan de la celebración de marras.

Por  ejemplo, al terminar el día no tienen que andar enhuesados con un montón de rosas envueltas en papel transparente, todas  iguales. Y digo enhuesados porque trate de cargar una rosa en un bus durante las horas pico sin que se desbarate. O consiga un taxi en similares circunstancias. O ande en bicicleta, moto o cualquier transporte individual. Y eso que no falta el creativo que introduce variantes peligrosas como dejar las espinas, o cambiar el solitario por un ramo. Y la homenajeada es la que debe lidiar con su cargamento vegetal en medio del transporte público.

Y hablando de creativos en materia de floricultura, una tendencia  más peligrosa ha ido haciendo carrera. Las rosas son frágiles, pero por lo menos son pequeñas.  Algún genio tuvo la idea de pasar a las ligas mayores como los crisantemos, los lirios o los girasoles. Y sí, con tallo y todo. Para  aquellos cuyo fuerte no está en la botánica, les recuerdo que cada flor de las mencionadas tiene tremendo tallo, cuya extensión es comparable a la de un brazo humano. Ese es el regalito que se debe cargar en un bus atestado camino a casa, junto con la cartera, el paraguas y el celular.

Otra ventaja de los hombres en materia de regalos encartadores tiene que ver con los donantes. Ellos no deben lidiar con los (bueno, para su caso sería las) oportunistas del Día de la Mujer. Aquellos compañeros de planta, oficina, taller, aula, cocina o similares cuyas intenciones trascienden lo laboral pero no clasifican para la dama de turno. Ellos  aprovechan la fecha para invadir las zonas de seguridad. Ese día dan regalos, mandan mensajes, hacen invitaciones, ponen a consideración propuestas decentes e incluso de las otras. Cualquier otro día, para la homenajeada en mención es fácil ignorar, poner en su sitio o deshacerse del sujeto. Pero cada 8 de marzo toca aguantárselos.

A los hombres tampoco les organizan eventos diseñados con la mejor intención, pero no siempre con los mejores resultados. No tienen que asistir a almuerzos demasiado  elegantes para su gusto tradicional, o demasiado típicos para su gusto  elegante. No deben aguantarse ni el discurso de ese jefe excesivamente creativo mientras se enfría la sopa, ni el acoso camuflado en homenaje de algún mando medio pasado de tragos, ni ciertos espectáculos artísticos de bajo presupuesto y discutible gusto.

Tampoco es común que al final del día, -independientemente de la floricultura comentada  en los primeros párrafos- dispongan de una dotación de dulces, chocolates, colombinas, chicles, maní, caramelos que atentan tanto contra sus niveles de glucosa, como contra aquella dieta que bastante esfuerzo les ha costado.

Así que, como hombre, con algo de retraso, le deseo a todas las lectoras de este blog un Feliz Día de  la Mujer, que de manera justa e inobjetable reconoce el maravilloso aporte que como amigas, compañeras, parejas, madres le hacen a la vida, y al personal ubicado  al otro lado de la cuestión de género.


Y, por favor, no me lo vayan a retribuir. 

martes, 19 de enero de 2016

Sorpresa de cumpleaños


Y a medida que pasaba el tiempo, se acercaba el día más temido desde cuando Nancy dejó su urbe natal para venir a la capital a realizar estudios universitarios. Ella había sobrevivido al cambio de clima, a la distancia, al ambiente de la residencia universitaria y a la agresividad de ciudad grande. Pero esto sí era totalmente  nuevo. Pese a que los modernos medios de comunicación garantizaban contacto permanente, por primera vez en su vida iba a pasar un cumpleaños lejos de sus amigos de siempre, de sus padres, de sus hermanos. Y eso era deprimente.

Pero tres días antes el pariente lejano llegó al rescate. Se trataba de un sujeto que andaba por el mundo con gafas gigantes, camiseta de superhéroe y evidente obsesión tecnológica. Era como el hijo del primo del cuñado de la tía política que vivía en la capital y a cuya casa Nancy acudía a veces para hacerle contrapeso al aburrimiento de fin de semana. Allí lo había conocido y como estaban más o menos por la misma edad, mantenían un contacto relativamente constante. Así que en un acto de solidaridad generacional, encaminada a respaldar a un contemporáneo en un momento difícil, el hombre la invitó a pasar juntos la tarde del cumpleaños. No dio mayores detalles, solo un nos vemos a tal hora en tal sitio.

Nancy no tenía ninguna intención especial con el pariente lejano. De todas formas, invitación era invitación. Y la joven no quería desentonar en la comida, la rumba, la tertulia o lo que fuera que su anfitrión tuviera en mente. Además era su cumpleaños. Se preparó para la ocasión con pinta de cumpleaños: ropa adecuada, peinado especial, tacones e incluso algo de maquillaje.

A la hora anunciada se encontró con el tipo quien, por cierto, venía con la misma camiseta, bluyin y gafas de siempre. La joven intuyó que irían a algún centro comercial, posiblemente a comer algo, tal vez a un cine o a otro tipo de actividad cultural o recreativa. No se descartaba el remate nocturno en sitio de cocteles o música. El hombre, con aire misterioso, simplemente pidió que lo acompañara.

Tomaron ruta hacia el centro comercial… y siguieron derecho.  Eso era buena señal, iba a ser un sitio más exclusivo como ese restaurante que todos recomendaban. Ese que acababan de dejar atrás, porque pasaron frente a él…  y siguieron derecho. Claro, doblando la esquina estaba el local de moda,  la pista de deportes extremos. Si bien la ropa no era adecuada, ella sabía que entre los servicios estaba el alquiler de atuendos. Y justo al frente quedaba el teatro, con el último estreno del grupo ese que combinaba la vanguardia creativa con el humor.  Dos opciones diferentes cuyas fachadas tuvo la oportunidad de admirar… porque siguieron derecho. Aunque era temprano para sitios de rumba, tampoco se detuvieron en aquellos que se atravesaron en la ruta y ya estaban abiertos. Algo nerviosa, Nancy le notificó a la tía política vía texto su ubicación exacta, a lo que esta respondió con un tranquilizador…  “ya sé para donde van”.

El destino final fue una casa común y corriente. Una versión un poco más baja del pariente lejano los acompañó a la sala donde todo estaba preparado. La sorpresa preparada para Nancy era una fuente repleta de crispetas y una consola de videojuegos.

El pariente lejano jamás entendió qué fue lo que tanto le molestó a la mujer. ¿Acaso existía una mejor forma de pasar un cumpleaños? 

martes, 5 de enero de 2016

La actividad más peligrosa del mundo


Existen personas que escogen trabajos u opciones de vida que implican un riesgo permanente, incluso para la propia existencia. Bomberos, policías, soldados, árbitros de fútbol. Sin embargo, la rutina más peligrosa no está en formar parte de las fuerzas armadas, practicar deportes extremos, laborar en ambientes dañinos o exponerse a riesgos biológicos. 

No.  Por lo menos en Colombia, existe una actividad que, según lo ratifica diariamente la información publicada por los medios de comunicación, siempre termina en muertos, heridos y lesionados. Por razones que no son del todo claras, sus protagonistas tienden a perder el control, incluso cuando son amigos o parientes, generando enfrentamientos de consecuencias lamentables. Y si eso no pasa, si no son ellos quienes pierden el control, un actor externo llega y arremete de forma violenta contra los mismos. 

Corresponde al Estado limitar, sino prohibir, esta práctica, a todas luces dañina, perjudicial e insegura. No más. Llego la hora de impedir, por medios legales o los que sean necesarios que le gente siga departiendo.

Porque cuando ustedes acceden a noticias sobre familiares que se trenzan en peleas, amigos cuyo exceso de alcohol despierta enemistades ocultas, o grupos que repentinamente se ven atacados por actores armados invariablemente leerán u oirán frases como “mientras departían”, “se encontraban departiendo” o “habían estado departiendo” momentos antes de que llegara la desgracia.

El diccionario avisa aunque es un poco ambiguo. En los significados  que uno encuentra para el verbo en mención en la página web de la  Real Academia de la Lengua el primero es hablar o conversar, pero después aparecen otros más realistas como altercar, separar, diferenciar. Y se incluyen algunos que suenan medio exóticos: enseñar, discurrir, demarcar y estorbar.

Pero volviendo a la necesaria reglamentación por vía judicial y administrativa, podría comenzar no con la prohibición absoluta, pero sí con limitaciones a los espacios disponibles. Es imprescindible impedir, al precio que sea, que la gente departa en las esquinas. Solo hay que revisar la información judicial y policial para mostrar incontables ejemplos de las consecuencias nefastas que genera esta práctica.

En orden de prioridades, las siguientes áreas restringidas deben ser los parques, los  negocios al aire libre,  los negocios cerrados y los hogares, principalmente en épocas festivas como fin de año, carnavales o ferias.

Confiamos en que de esta forma podrán reducirse de forma significativa los índices de violencia  y las cifras de lesiones y fatalidades.

Claro que no faltarán los intelectuales y envidiosos que ante mi revolucionaria propuesta, digan que ese no es el problema, sino que los periodistas deben dejar de utilizar palabras comodín –lugares comunes, que llaman- las cuales significan todo y no significan nada.

Buen tema para departir.