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miércoles, 3 de diciembre de 2025

Mango jefe

Años atrás, el mensajero compró un mango callejero. En vaso plástico, pelado, troceado y con palillo de madera a manera de tenedor. Cunado compartió una tajada con la practicante, la joven no pudo reprimir una expresión de sorpresa y desagrado. No esperaba la sal y el limón que complementaban el alimento.

Al ser una temporada de poco trabajo, el personal se dedicaba a quemar tiempo en espera de la hora de salida. El incidente los llevó a improvisar una tertulia sobre la mejor forma de comer mango. Un grupo respaldó a la practicante en su gusto por la versión natural. Otros defendieron los adicionales: sal, limón, sal y limón, vinagre... sal, limón y vinagre. Más opciones: azúcar, ají, pimienta, cilantro, canela, Tajín... 

Entonces llegó el jefe.

Trabajar con él era fácil.  Él decía lo que había que hacer y los subalternos hacían caso. Si alguien opinaba diferente, se hacía lo que decía el jefe. Si alguien planteaba alternativas, se hacía lo que decía el jefe. Si el disidente intentaba defender su posición, el jefe escuchaba y después… se hacía lo que decía el jefe. Si el contradictor insistía, el que mandaba sonaba diferente. Primero argumentaba. Luego explicaba (cual padre educando al hijo díscolo). En una tercera etapa imponía cordialmente su autoridad. En una cuarta hacía lo mismo con un sutil cambio en el tono de voz que eliminaba cualquier asomo de cordialidad.

En realidad, muy pocas veces habían llegado a este punto. Pero volvamos al mango. El mandamás apareció en plena discusión. Aquí debemos decir que él no veía problemas en las tertulias de oficina. Mucho menos si había poco trabajo. Tanto así que se integró, expresando su preferencia por el mango al natural

Ahí fue cuando, primero tímidamente y posteriormente en avalancha, aparecieron múltiples argumentos a favor de los modificadores de sabor. De alguna manera toda la oficina terminó declarándose partidaria de echarle algo al mango (verde o maduro) antes de consumirlo. De hecho, hasta la misma practicante optó por reconocer que un poquito de limón favorecía el gusto. El jefe insistió desde su posición, pero la opinión mayoritaria tomó partido en su contra. La fruta era más sabrosa si le agregaban algo. 

Al día siguiente el personal en pleno fue convocado a reunión extraordinaria. Los más observadores notaron que el jefe se veía como cansado, con ojeras de esas que surgen cuando uno no duerme muy bien. La agenda incluía tres temas. Prioridades del día, 5 minutos. Ajustes a un par de cronogramas, 5 minutos. 

Punto final. Varios. El jefe tomó la palabra. Claro que se podía seguir usando la sala de juntas para consumir alimentos. Pero algunos dejaban olores muy fuertes. Por ejemplo, solo un ejemplo, el limón, el vinagre, la sal (?), la pimienta… Entonces era mejor evitar el uso de esos aditivos en algunas comidas como, solo un ejemplo, las frutas como, solo un ejemplo, el mango.

Esta última petición vino con un sutil cambio en el tono de voz que eliminaba cualquier asomo de cordialidad. 

Nadie hizo comentarios. El tema nunca se volvió a tocar, pero todos entendieron lo que acababa de pasar. Desde entonces, la sala de juntas que también funciona como comedor ha visto diversos menús. Lechona de fin de año; huevos, café y pan del desayuno de trabajo; tamal, arepa y chocolate del desayuno de integración; ponqué y vino para el cumpleañero de turno; almuerzo de domicilio; almuerzo de coca; buñuelos y natilla de novena navideña, etc. Lista larga abierta a múltiples opciones. 

Cualquiera menos el mango. 


miércoles, 24 de septiembre de 2025

Sobredosis de creatividad

Rojas siempre fue del tipo creativo. Pintaba, escribía, se anotaba en actividades culturales, aportaba ideas. No era buen estudiante pero los docentes premiaban su entusiasmo “arrastrándolo” en las notas. Llegó a bachiller y expresó interés por bellas artes, literatura, música, actuación o algo así. Mientras se decidía lo convencieron de estudiar (algo provisional) una carrera intermedia (algo más rentable). Su familia respiró aliviada cuando aceptó, lo que alejó un futuro potencial entre muerto de hambre y mantenido oficial. La vida de Rojas tuvo giros inesperados y lo que iba a ser algo provisional se volvió trabajo e ingreso permanente. 

Pero eso de la creatividad es crónico. Algo pasaba con el tipo del quinto cubículo. Sus presentaciones eran otra cosa. Ajustes pequeños y eficientes lo diferenciaban en el trabajo. Escribía esos mensajes simpáticos para los cumpleaños. Un día el jefe de sección le pasó una presentación a ver que podía mejorar. Y la mejoró tanto que el gerente notó la mano misteriosa. Una vez identificado el innovador, las peticiones comenzaron a llegar. Hasta que se produjo el acontecimiento feliz. Traslado a gerencia general. 

En el organigrama le pusieron asistente de gerencia. Su asistencia consistía en darle ideas al jefe, pulir las ideas del jefe, convertir cualquier delirio del jefe en una idea concreta y, lo más importante, jamás aparecer como autor de las iniciativas que se derivaban de su trabajo. Un buen sueldo terminó por acallar a la vocecita interna que pedía derechos de autor. El jefe se llevaba los créditos, a él le pagaban. Además la complicidad con el que mandaba se hizo cada vez más cercana. De hecho, manejaban reuniones diarias. 

En una de esas Rojas se arriesgó y soltó una idea medio loca. Vamos a vender felicidad. Es importante precisar que la empresa prestaba servicios técnicos especializados a sectores del comercio, la industria y otras actividades económicas. Sus clientes eran institucionales, de esos que toman sus decisiones basados en criterios estrictos de costo/beneficio. Todos querían ganar plata. La felicidad era algo colateral.

Pero el hombre tenía argumentos. Factor diferenciador frente a la competencia. Ser más que fríos consultores. Enfocarse en elementos secundarios pero claves. Énfasis en esos detalles que mejoran el día a día de clientes y trabajadores. Calidad de vida. Experiencias satisfactorias. Y, por supuesto, ganar plata.

A punta de reuniones el concepto evolucionó a propuesta de servicio. Faltaba ensayarla con un cliente real. Entonces apareció ese poeta —publicado y laureado— que invirtió parte de sus ganancias literarias en un restaurante y buscaba proveedor para los servicios que ofrecía la empresa. El sujeto de prueba perfecto. 

Nadie lo conocía en persona pero el día de la cita llegó justo a la hora. El gerente entró a la sala, lo saludó por su apellido y procedió a presentar su portafolio con el enfoque de Rojas. El visitante sí había puesto cara rara cuando le dijeron maestro. Pero el rostro realmente desconcertado apareció cuando el eje de la felicidad se tomó la exposición. Cada palabra le generaba evidente incomodidad y confusión. Inesperadamente interrumpió al expositor, dijo que debía ir al baño y salió. No ha vuelto todavía.

A primera hora, un poeta había cancelado su cita. De acuerdo con los protocolos, el administrador de la agenda buscó algún otro cliente para el mismo horario. Encontró uno. Casualmente, con el mismo apellido del poeta. El protocolo, por supuesto, incluía informar al gerente del cambio, pero justo ese día se reventó un tubo en casa del de la agenda. Al salir a toda carrera notificó la novedad por correo electrónico y dejó encargado a alguien. El gerente no revisó correo, el encargado se embolató y nunca avisó.

Y así fue como la primera persona a quien intentaron venderle felicidad para su organización, sus empleados y clientes fue al representante legal del gremio donde confluían las funerarias más importantes del país.

miércoles, 10 de septiembre de 2025

Melodramas económicamente inactivos

González es un desempleado serio. Redujo sus gastos. Canceló sus servicios de streaming, entre otros ajustes presupuestales. Se registró en varios recursos en línea para buscar trabajo. Por ejemplo, una red social cuyo nombre no interesa, pero que evolucionó de contactos profesionales a oferta y demanda laboral.

Han pasado varios meses sin resultados positivos. Eso no significa que los recursos en línea sean inútiles. Es cierto que no han funcionado para efectos de ofertas o procesos con final feliz. Pero sí han reemplazado, y gratis, lo que antes se pagaba por streaming. En la red social mencionada inicialmente todavía no han aparecido opciones exitosas para volver a la población económicamente activa. En cambio, ofrece una combinación de drama, acción, humor, romance y tragedia digna de la mejor televisión por suscripción.

Un día González encontró allí la historia de un aspirante que, luego de su segunda o tercera entrevista perdió todo contacto con el potencial empleador. Ese “Nosotros lo llamamos” que significa “jamás volverá a tener noticias de nosotros”. Cualquier buscador de empleo de los últimos 50 años sabe que eso forma parte del proceso. Pero el narrador le puso un tono melodramático digno de tragedia griega. Shakespeare es un principiante frente a los sentimientos de rabia, impotencia y frustración descritos por el no llamado.

Ese desahogo en línea abrió una tendencia —reforzada por el algoritmo, supone González— de narraciones tristes, patéticas y trágicas de desempleados en ejercicio. Descripciones detalladas de esa pregunta en la entrevista que desencadenó una relación amor-odio entre los protagonistas. Triángulos erótico- laborales con finales sospechosos. Desenlaces inesperados y graciosos cuando se tocó el tema del sueldo. Anécdotas  reflexivas de veteranos rechazados por edad en detrimento de la experiencia, o de jóvenes que se quejan de que no les den oportunidades de demostrar sus capacidades solo por la falta de trabajos previos.

Como en la mejor telenovela desfilan historias con implacables puestas en escena. Cada fracaso incluye villano (generalmente la o el potencial empleador) y víctima (generalmente la o el aspirante). Los decisiones administrativas pasan a ser traiciones, las respuestas negativas actos despiadados, las evaluaciones abusos de poder, los comentarios falta de empatía y cualquier comportamiento perversa indiferencia. 

Desde el otro lado González también encontró versiones de los hechos. Al universo de los solicitantes se opone el universo de los reclutadores. Ellos tienen sus propios cuentos, donde el clímax y desenlace incluyen entrevistables incumplidos, esos CV con fotos tipo selfie en concierto, postulantes cuyo perfil no tiene nada que ver con el puesto, respuestas incomprensibles, aspirantes que dejan los procesos sin explicación y reacciones agresivas cuando se le informa al interesado que no encaja en lo que se está buscando.

Hay un tercer escritor. El intermediario. Aquel que tiene la fórmula infalible para llevar al éxito las epopeyas laborales. En esos textos abundan —en contraste con los anteriores— los finales felices. Ese detalle, ese cambio de estrategia, esa acción, ese uso de herramientas novedosas. Ese comportamiento disruptivo que convirtió la racha de fracasos en éxito. Como en el cine clásico, aquí ganan los buenos. Curiosamente, el factor que lleva al éxito suele coincidir con un producto o servicio que vende el narrador de turno.

En lo que lee González predominan las búsquedas de empleo. Pero a veces hay relatos cuyos autores le meten drama a otros temas como mercadeo, prendas de vestir, clima laboral, emprendimiento o hábitos alimenticios.  Curiosamente, todas las historias tienden a parecerse, no solo en forma sino en contenido. Como si tuvieran un autor común, con una inteligencia similar. ¿Inteligencia artificial? No se sabe. 

Pese a todo, los culebrones de la red entretienen a González. Quien, por cierto, nada que consigue trabajo. 

miércoles, 3 de septiembre de 2025

Choque cultural contra un búnker de confort

Mire doctor, la verdad yo nunca pensé que iba a tener que consultar a un profesional como usted. Pero los nervios, el estrés, la angustia constante. Usted sabe. No entiendo. No sé cómo hacen que esto funcione. Sí, yo sé que yo no soy de aquí, que no se puede pretender que el trabajo, el estudio, la vida sea igual en todas partes. Pero es que no, no, no puede ser tan diferente.

Me avisaron. Hay que ser justos. Cuando salió la oferta unos conocidos me lo dijeron. Muy bueno, pero ojo. Eso es otro mundo. Debe ser el mar. Algo en las enormes extensiones de agua ralentiza la existencia. No solo con los océanos, pasa hasta con los ríos. Bueno, con los ríos grandotes. El ritmo de vida es otro. Yo pensé que lo entendía. Hasta me preparé mentalmente. Pero una cosa es la teoría y otra la práctica.

Mire, yo soy eficiente y efectivo. Llevo años perfeccionando estrategias para optimizar el uso de cada segundo. Creo y aplico eso de metas claras, objetivos exigentes pero razonables y, sobre todo,  resultados tangibles y oportunos. Salir constantemente de la zona de confort es mi derrotero laboral y mi filosofía de vida. Vengo de un sitio donde funciona así. Entonces llegó a esta ciudad a orillas del mar. A trabajar con esta gente. Todos agradables, educados, respetuosos, simpáticos. Todos muy tranquilos. Tranquilos, esa es la palabra. Pase lo que pase no se inmutan. No se aceleran. No se molestan. No se angustian.

Es todos los días doctor. ¿Qué pasó con el informe? No está listo. Como así que no está listo. Mañana o pasado mañana jefe. Lo estamos haciendo jefe, tranquilo. La primera vez quedé desconcertado. La segunda pedí una explicación. Lo estamos haciendo jefe, tranquilo. La tercera me molesté de verdad y subí el tono de voz. Lo estamos haciendo jefe, tranquilo. La cuarta amenacé con represalias. Lo estamos haciendo jefe, tranquilo. La quinta acudí a mi superior. Seguro lo están haciendo, tú tranquilo.

Así es con todo. Nada de lo que se necesita llega el día o a la hora que es. Lo interno va a paso de tortuga. Pero en cambio lo externo también. Los proveedores incumplen. Llamo a hacer el reclamo. Tranquilo. Eso se le despacha. En el banco no responden. Ni sí, ni no. Tranquilo, eso está en trámite. Con el gobierno pasan horas, días, semanas y la respuesta no cambia. Aquí tenemos tu caso. Tranquilo.

Y sabe qué doctor, no es solo lo laboral. Es en todo. Va uno de compras y nadie lo atiende. Cuando finalmente alguien presta atención hay que asegurarse de pedir con todo el detalle posible el producto. Llegamos a casa, abrimos el paquete y en vez de la olla nos empacaron un juego de vasos. Volvemos. Tranquilo, aquí te lo cambiamos. Nos empacan un juego de cubiertos. Retornamos airados y soltamos una diatriba sobre servicio al cliente. Sin mosquearse en lo más mínimo el personal de atención pregunta. ¿Y qué es lo que necesitas que te venda?

Contratamos un servicio de jardinería y arreglan el del vecino. Vamos a un restaurante y el mesero o mesera, sin perder jamás la sonrisa, nos trae algo que no pedimos. Llevamos un electrodoméstico al técnico. Se demora más de lo anunciado. Bueno, eso pasa en todas partes. Pero... ¿porque tengo que recordarle en cada visita cuál es el aparato que yo llevé y cuál es el daño?

Sí, los resultados finalmente llegan, Pero creame doctor, yo ya no soporto vivir en incertidumbre permanente. Mis nervios están a punto de reventar. Mi pareja en cambio se lo toma con calma. Mis hijos también. Yo no quiero afectar a mi familia y por eso averigüé por asesoría profesional. Aquí estoy doctor. Dígame. Usted que sabe. Usted que entiende. ¿Qué hago?

— Oye. Me distraje y solo escuché la primera parte. Pero tú tranquilo. ¿Cuál es el problema que tienes? 

miércoles, 25 de junio de 2025

Yo sí puedo, ellos no

Hace algún tiempo hicimos un recorrido por el cuadrilátero de las batallas empresariales, enfatizando  lo que ocurre con  pesos pesadospesos medios. Uno pensaría que en la parte de abajo de la pirámide, donde la prioridad es pasar al día siguiente, no hay tiempo ni disposición de sumarle conflictos a la rutina. 

Pero no podemos subestimar al ser humano. Ademas está toda la carreta de la evolución, la supervivencia del más fuerte y esa sensación de poder cuando el mundo (corporativo) se divide en dos: los demás y yo. O mejor, yo y los demás. Ese yo nos hace sentir como YO (así, en mayúsculas). Y llegar a ese estado privilegiado demanda una serie de pequeñas victorias que se relacionan con el acceso a recursos escasos. Recordemos algunos casos.

Hora de almuerzo. Cocas en abundancia. Un solo microondas. Hora de  hacer fila. Pero hay quien logró algún extraño convenio con la señora de la cocina y siempre, por razones igualmente misteriosas, tiene su comida caliente a las 12.05. No importa qué tanto madruguen los demás, el recipiente de este personaje tiene garantizado su primer lugar. ¿Cómo lo logró? Otro misterio. Y como nadie está interesado en cultivar enemistades con el personal de aseo y tintos no hay reclamos. 

Buen momento para un paréntesis. En las luchas de poder de la alta dirección, e incluso de mandos medios, suele haber táctica y estrategia. A medida que se baja de categoría en el escalafón, los métodos se vuelven más, cómo decirlo, artesanales. 

Retomamos. Hubo un tiempo en el cual la mayoría de los empleados utilizaban transporte público. Eso de tener carro se reservaba a una élite de dueños y altos ejecutivos. Pero eso ha cambiado. Y a cuenta de incómodos préstamos y más incómodas cuotas mensuales los motorizados se han multiplicado. No solo los de cuatro, sino también los de dos ruedas. En cambio, el espacio destinado al parqueo ha crecido, pero no en la misma proporción. Para ponerla fácil, no hay parqueadero pa’ tanto carro, ni pa’ tanta moto. Ni pa’  tanta cicla, pero eso es otro cuento.

Así que se trata de invertir tiempo, energía y recursos en formar parte de la elite de los que tienen espacio empresarial para parquear. Saber de quien hay que ser amigo, disponer de una red de espionaje para ser el primer aspirante cuando se desocupe un cupo, tener a la mano argumentos irrebatibles que prioricen mi carro frente  a cualquier otro o simplemente llegar a a las 4 de la mañana al turno de las 9, cuando los estacionamientos sean en orden de llegada.  

Y no es solo por el ahorro de pagar particular. No es eso. Es el hecho de estar entre los privilegiados. Así los “privilegios” sean prioridad en el uso de la fotocopiadora, derecho a no hacer fila para el refrigerio, cosedora nueva, cambiar la silla, rollo mensual de papel higiénico, vales para almuerzo en restaurante chino, atención más rápida de los ingenieros cuando se traba el computador, plan de datos corporativo, escritorio al lado de la ventana, escritorio lejos de la ventana, cubículo con paredes altas. En tiempos recientes, teletrabajo; y en tiempos más recientes, retorno a la oficina con horarios fijos.

Cuando después de luchar, intrigar, rogar, empujar, disputar, insistir, presionar, rezar, lidiar, solicitar y combatir accedemos a estas u otras prerrogativas importantes como una caja de clips, que el mensajero de la empresa nos traiga el roscón de las medias nueves o una gorra con el logo de la organización podemos decir (así sea para nuestros adentros) mientras observamos al resto del ecosistema laboral.

Yo sí puedo. Ellos no. 


miércoles, 11 de junio de 2025

Alba se siente excluida

Alba acepta que a veces tiende a sobredimensionar comportamientos ajenos. Pero boba no es y sabe reconocer cuando algo raro pasa. De un tiempo para acá viene notando cambios en el personal joven con quienes comparte espacio laboral. ¿O se lo estará imaginando?

El combo menor de 30 años es, por cierto, mayoría en la empresa. No hay uno solo que haya ingresado simultáneamente o antes de Alba. Eso no había sido problema para una agradable convivencia hasta que ella empezó a percatarse o, mejor, a sentir eso que llaman mala vibra en el ambiente. 

Comenzó con el saludo. Ella siempre es la primera en llegar a la oficina. Prácticamente todo el mundo le da los buenos días. Eso no cambió. Tampoco las palabras ni la frecuencia... Pero había algo en el tono. O mejor, en el tonito. Del genuino interés se pasó a sentir una mera y casi que forzada cortesía. ¿O se lo estaba imaginando? Luego vino esa extraña sensación de ser el tema de diálogos ajenas. El silencio repentino cuando llegaba al grupo que conversaba. Los cuchicheos a la distancia donde por alguna razón se sentía observada e incluso señalada. ¿O se lo estaba imaginando? 

La situación llegó a algún punto entre exclusión social, me estoy inventando pendejadas y un cuadro psiquiátrico de paranoia. Una cuarta opción fue el consejo de una amiga (con prejuicio incluido). “Esos jóvenes de ahora se ofenden por todo. ¿Será que usted hizo o dijo algo que los incomodó? Piense a ver”. 

En principio, la alternativa no convenció del todo a nuestra protagonista. Pero un día llegó a trabajar y el resto de la gente... no llegó. Aparecieron mucho después. Muy cortésmente le explicaron que, la noche anterior, habían organizado un encuentro en otro lugar para festejar algo. Y sí, la habían llamado.

Verificó en su teléfono. Efectivamente aparecía la comunicación, poco antes de la medianoche, cuando Alba normalmente llevaba de dos a tres horas dormida. La reunión se coordinó por un grupo de mensajería electrónica. Ella todavía no estaba incluida, pero eso lo iban a solucionar de inmediato. Lo utilizaban (el grupo) para tratar temas tanto laborales como sociales, sobre todo en altas horas de la noche.

Esas palabras dispararon la epifanía. ¡Claro. Eso es! Semanas antes, durante un receso laboral alrededor del café, las y los jóvenes contertulios se despacharon contra lo que ellos calificaban de anacrónica costumbre. Madrugar.  Citaron investigaciones que relacionaban incrementos en la productividad y la eficiencia con aplazamientos en la hora de inicio de la jornada laboral. Mencionaron un proyecto de ley para que los colegios comenzaran sus actividades más tarde. Alguno criticó una cultura que romantiza levantarse al amanecer, en detrimento de acostarse tarde y dormir hasta ídem, sin ninguna base científica.

Cuando a Alba le preguntaron su opinión, ella hizo algo que en tiempos actuales es un comportamiento de alto riesgo: dijo lo que pensaba. Habló de un hábito madrugador inculcado desde la infancia. De productividad ligada a trabajar con la mente recién levantada y del ambiente silencioso y tranquilo que ofrece el amanecer. De la resiliencia de los niños. De que no todos funcionan igual en los mismos horarios.

Incluso intentó hacer un chiste con su nombre, Alba, porque el alba era su mejor momento.  El chiste no salió bien y sus comentarios tampoco. Y aunque nadie le cuestionó su punto de vista, se formaron dos bandos. Los levanta tarde y la madrugadora. Esa que, al no encajar en el pensamiento mayoritario, está siendo sutilmente dejada de lado.

Ahora es Alba, la excluida ¿O se lo estará imaginando?

miércoles, 21 de mayo de 2025

El intocable señor Barreto

Si usted ve al señor Barreto por la calle lo más probable es que ni siquiera perciba su presencia. Y si por alguna razón lo nota, solo es cuestión de tiempo para que forme parte (Barreto) del inventario de asuntos olvidados. Razones sobran. La ropa del tipo es genérica, se comporta con discreción casi invisible, el rostro carece de particularidades y anda como uno más en la marea humana que transita a diario por la vida.

Pero los omnipotentes, los que tienen la autoridad en escenarios específicos, los que rigen el destino de organizaciones o personas por elección, delegación o herencia poco o nada pueden hacer para ejercer su máximo poder frente a este caballero.

No existe dueño, administrador o empleado que pueda sacarlo de una larga lista de locales. Se incluyen meseros, chefs y metres de restaurantes. Cantineros, barmans y vigilantes de bares. Canchero o tendero de canchas de tejo. Artista principal, guardia o acomodador de concierto. La inmunidad de Barreto alcanza los clubes sociales, donde ni siquiera la junta directiva tiene la capacidad de expulsarlo de las instalaciones.

Tampoco es factible retirarlo de catedral, capilla, templo, sinagoga,  iglesia de garaje o ermita, sin importar lo que hagan obispo, sacerdote, rabino, pastor o monja (incluye madre superiora). Lo mismo ocurre con esos medios de transporte donde regulaciones aceptadas por todos los países le otorgan autoridad absoluta al comandante de la nave. No hay piloto capaz de bajarlo de un avión o capitán que pueda desembarcarlo de yate, crucero o barco de carga.  

Para dar algunos ejemplos con nombre propio, el gran Elon Musk no puede eliminarlo de X (antes Twitter), el insigne Mark Zuckerberg es incapaz de sacarlo de Facebook, Instagram, WhatsApp o Threads y, por increíble que parezca, ni siquiera el todopoderoso Donald Trump tiene como expulsarlo de Estados Unidos.

No existe árbitro con la capacidad de excluirlo de actividades deportivas, gerente calificado para prescindir de sus servicios, funcionario de alto nivel (superintendente, viceministro, ministro, presidente) que pueda removerlo de la nómina.

No siempre fue así. Hubo épocas en las que el señor Barreto salió por la puerta de atrás y no siempre en los mejores términos de lugares físicos y organizaciones. Pero cuando cumplió los requisitos y se pensionó supo que nunca podrían volver a echarlo de ningún trabajo, oficial o privado, ya que nunca volvería a trabajar.

También decidió (con ayuda del calendario y las recomendaciones médicas) restringir el consumo de alcohol a una que otra copita en casa, lo que lo alejó para siempre de bares y similares. Y como ya vivió bastante y sabe la diferencia entre lo que debe hacer y lo que es opcional, empezó a quitarle escenarios a la vida.

El señor Barreto no va a restaurantes (existen domicilios y comida casera). No juega tejo. No asiste a conciertos. No es socio de clubes. Maneja su relación con el omnipresente ser superior en la intimidad de su casa. Limita sus traslados intermunicipales a zonas cercanas que no requieren aviones o barcos. No hace deporte en plan competitivo y no tiene redes sociales. 

Por eso es imposible que lo saquen, retiren, expulsen o eliminen de múltiples espacios, físicos, organizacionales o virtuales. Porque él no está ahí. Y no importa que tanto poder tenga alguien para decidir sobre la presencia de otros en su jurisdicción. Es imposible sacar al que no está adentro.

Como al Señor Barreto. Quien, por cierto, es un tipo feliz.

miércoles, 5 de marzo de 2025

Ternas de uno

El perfil laboral de Velandia cuenta con buena experiencia y formación adecuada que responden a lo que el mercado está pidiendo, aunque podría ser mejor. Eso determina, y él lo sabe, la posibilidad de perder algunas oportunidades. ¿Pero todas? ¿Y muchas veces en el último minuto?

Retrocedamos. Con el fin de salir de las estadísticas de desempleo, el caballero lleva varios meses aplicando estrategias tradicionales y de las otras. Gracias a la persistencia y algo de suerte ha sido llamado para muchos procesos, todos promovidos desde organizaciones del sector privado. 

Parte de las convocatorias incluyen actividades (dinámicas de grupo o exámenes de conocimiento) donde varios o todos los candidatos participan simultáneamente.  En ocasiones, se evidencia cierta familiaridad de un aspirante con el equipo reclutador o con personal de la empresa. Curiosamente, ese personaje que saluda con nombre propio a la secretaria o al facilitador resulta ganador del cargo en disputa.

En aquellos procesos donde ha llegado más lejos, para la entrevista definitiva convocan a los finalistas. Casi siempre son tres. Parece haber una especie de fetichismo por las ternas entre quienes seleccionan personal. Cuando el llamado es el mismo día a la misma hora, los escogidos comparten sala de espera.  Al llegar el turno de Velandia el entrevistador, sin ser agresivo, se toma su tiempo enfocándose en los aspectos menos favorables del interesado para ese trabajo en particular. 

No se sabe que ocurre con los otros dos aspirantes, por tratarse de conversaciones privadas. Pero mientras uno termina con cara de aburrido tras una reunión con duración similar a la de Velandia, el otro entra y sale rápido con cara de ganador. Una situación muy parecida invierte la cronología. Esta vez quien refleja en su rostro la inminencia del nuevo empleo es el que demora más tiempo a puerta cerrada. A Velandia lo despachan con un par de preguntas y un “nosotros lo llamamos”. Por la duración de la entrevista del número tres, se presume un tratamiento similar.

Por cierto, tanto la cara de ganador como el rostro de nuevo empleo inminente son completamente proféticos. Ese es el elegido o la elegida

No siempre hay que compartir sala de espera para notar sutiles diferencias. Velandia llega a su entrevista y ve a un competidor recibiendo información, algo así como una lista de documentos de esos que piden para firmar contratos. Atienden a Velandia. Cree que le fue bien. Le dan las gracias y lo mandan para la casa sin ninguna información adicional. Excepto el impajaritable “nosotros lo llamamos”. 

Uno de esos procesos fallidos lo realizó cierta empresa donde trabajaba un amigo de Velandia. Días después los dos se encontraron y en la conversación apareció el nombre del nuevo titular del cargo en disputa. El nombre y un dato adicional,: “es el primo del gerente”.

Velandia reconoce que su conclusión puede ser paranoia, envidia, mecanismo inconsciente de defensa o una manera de justificar sus fracasos. El cree que por razones no del todo claras ciertas compañías (o personas en cargos clave como alta dirección o mandos medios) están interesadas en que sus contrataciones se vean transparentes y competitivas, así desde un principio el elegido tenga nombre propio. 

Entonces convocan perfiles, los evalúan, entrevistan y van filtrando hasta llegar a la terna final. La decisión beneficiará al que siempre fue el único aspirante con posibilidad real. Pero si alguien pregunta tienen un proceso para mostrar. Ahí es cuando los Velandias del mundo descubren su verdadero rol en ese proceso.

Ser material de relleno para una terna… de un solo nombre.

miércoles, 8 de enero de 2025

Cazador de golpes, rayones e intermedias


Pasa con lavadoras, estufas, hornos, teléfonos, aspiradoras, computadores y demás electrodomésticos, gasodomésticos o aparatos electrónicos.  Automáticamente se invalida la garantía sin importar el daño y la claridad en la relación de causa y efecto. Ese es un tema de técnicos, reparadores, protección al consumidor y abogados. Nuestro tema es el surgimiento de una nueva especialidad laboral. 

Él o ella forma parte del equipo de servicio al cliente en grandes superficies, o del grupo de ventas en almacenes especializados, o del personal técnico del taller de reparaciones. No importa su experiencia previa, sus logros académicos o el lugar que ocupe en el organigrama. Importa lo que hace.

Sonríe y actúa con engañosa cortesía. Recibe al comprador que llega con ese aparato recién adquirido que se niega a cumplir aquella función para la que fue fabricado. Cuando está con el cliente escuchará pacientemente la descripción del problema.  Y entonces,  hará aquello para lo cual fue realmente contratado o contratada.

Con meticulosidad digna de artesano experto acometerá la más detallada de las revisiones. No al funcionamiento, no a los mecanismos internos, no a las fuentes de energía sino al contorno. Recorrerá cada centímetro de la carcaza con una vista especialmente entrenada que sabe exactamente lo que busca. Si lo ve, habrá un cambio, casi imperceptible, en su rostro. De la mirada inquisidora pasará a los rasgos del deber cumplido. Algunos continuarán con la revisión en busca de más evidencia. Otros la interrumpen justo en ese  momento y emiten verbalmente acusación, juicio y sentencia.

Existen variantes, por supuesto, pero el mensaje siempre es el mismo. “la garantía no tiene validez porque ustedes le dieron un golpe”.

El discurso heredado de generación en generación sabe que una cosa es “tiene un golpe” o “le dieron” a secas que la formula completa de “ustedes le dieron”. En teoría —porque por suerte existe el derecho  al  pataleo— con esa afirmación el distribuidor o fabricante de turno queda automáticamente absuelto de cualquier responsabilidad en daños o fallos. En este caso el cliente no tiene la razón. Además, es torpe.

Hay golpes de golpes. Algunos parecen accidente de tránsito entre carro viejo y auto eléctrico con latas (o su equivalente el aparato de turno) sumidas, pintura completamente descascarada y agujeros reveladores. Son aquellos ante los cuales solo resta aceptar la evidencia y empezar a cotizar el arreglo.

Pero en el otro lado están los discutibles. Muy discutibles. Un leve roce que a duras penas afectó un poco la pintura. Una deformidad casi microscópica apenas visible a la vista y solo detectable por medio del tacto. Un daño menor en ese lugar donde, sin ser necesariamente un experto, el cliente sabe que no tiene ninguna relación con los problemas de funcionamiento.

Y ahí viene la metamorfosis. El personaje que días atrás nos vendió el aparato en medio de sonrisas, el encargado o encargada de servicio al cliente que nos recibió en plan de “vamos a solucionar su problema” se convierte en frío funcionario o funcionaria que recita detalles técnicos y legales gracias a los cuales el golpecito anula la garantía. Su único rastro de humanidad es, a veces, un “ de verdad lo siento mucho, pero así funciona”.

Entre más argumente el cliente, más impersonal se vuelve el representante de la firma. Lo más probable es que el asunto termine escalando ante algún nivel superior en la organización o ante autoridad competente. Pero eso es otra historia.

Aquí solo queríamos presentarles al cazador o cazadora de golpes, rayones e intermedias.

miércoles, 18 de diciembre de 2024

Turnotraficante

Cuando una empresa rebasa en sus necesidades de funcionamiento la semana laboral o los horarios que puede llenar a punta de horas extra o de confianza y manejo, entra al mundo de los turnos. Aplica también si hay dos personas o más rotándose el mismo servicio en el mismo lugar. Y donde hay turnos, hay mercado. Entiéndese este último como transacciones que realiza el personal de días, tiempos y horarios. Sin tanta carreta, la gente intercambia turnos.

Se permutan días completos, por ejemplo domingos o festivos. Se canjean horarios completos o parciales en fechas específicas. Así, cuando se supone que llega Juan, aparece José y viceversa. En vez de Patricia a primera hora de la mañana, entra María, y en el turno de la tarde ocurre lo mismo, cambiando nombres. Mientras el asunto no tenga incidencia salarial y se garantice el trabajo, los administradores solo piden estar enterados. Incluso en algunos casos se hacen de lado mediante un  “arreglen entre ustedes”.

Pero nunca falta el creativo. A él le dedicamos esta amilcarada. Ese sujeto convoca a su colega con aire conspirativo, le explica que necesita un día X y le pide el favor de que lo cubra. Pero en vez de cambiar un día por otro, plantea alternativas basadas en complejas fórmulas espacio temporales y, hay que decirlo, una que otra viveza en perjuicio de la contraparte. Intentaremos explicarlas de la forma más clara posible. Recordemos: Sujeto es el que necesita el cambio y Colega es quien recibe la propuesta.

1. Sujeto y Colega trabajan en una empresa con dos turnos diarios de lunes a sábado, uno en la mañana y otro en la tarde. También funciona en un único turno domingos y festivos. Sujeto propone que Colega lo reemplace en el turno de un domingo. La devolución del favor queda pendiente para: un posible día festivo que le permita a Colega tomarse un puente cual Bolívar en Boyacá, o un día cualquiera entre semana que Colega requiera, siempre y cuando la empresa no ponga problema en que Sujeto doble turno por un día.

2. Sujeto y Colega trabajan en una empresa con los mismo horarios de la anterior. Lo que Sujeto propone es que Colega lo reemplace en el turno de un domingo (o en cualquier día normal). En contraprestación, Sujeto llegará más temprano o se irá más tarde durante varios días para que Colega trabaje menos tiempo, siempre y cuando la empresa no ponga problema en que Colega doble turno por un día.

3. Sujeto y Colega trabajan en el turno de la tarde. Sujeto necesita salir más temprano por un tiempo y le propone al administrador modificar temporalmente su horario para ingresar antes y así compensar el tiempo. ¿Cómo entra Colega en esta ecuación? Es el tipo del “Por si"… “Y jefe, Por si hay algún problema, ahí está Colega que sabe como funciona todo”.

4. Sujeto y Colega hacen turnos de enfermería de 12 horas. Colega es joven y con escasa vida social. Sujeto tiene sus años, mucha familia y mucha actividad extralaboral. Constantemente negocia con Colega para que este extienda sus turnos 24, 36, 48 horas o más. Depende de la resistencia de Colega y de la tolerancia del jefe, del paciente, de los parientes del paciente o de la institución. La compensación en este caso puede ser directamente económica, o en tiempos distribuidos de acuerdo con los casos anteriores.

5. Sujeto tiene una emergencia y acude a Colega para que le cubra la espalda. Este acepta de inmediato y queda pendiente para después definir los términos de la compensación.

6. Colega tiene una emergencia y acude a Sujeto para que le cubra la espalda. Este declara su voluntad de colaborar pero enseguida enumera detalladamente las múltiples razones por las cuales lo haría con mucho gusto, pero precisamente para ese día y ese caso en particular no se puede porque… eso es muy complicado.

miércoles, 20 de noviembre de 2024

La tradicional decoración de fin de año

En tiempos pretéritos, trabajar para una empresa implicaba ingresar a la nómina un día y salir de ella otro día (muchos años después) cuando —medio a las malas— te jubilaban. De esas épocas pasadas sobreviven costumbres que trascienden lo estrictamente laboral, como la decoración de fin de año. Eso era una fiesta donde todos participaban con entusiasmo. Pero los contratos pasaron de indefinidos a término fijo, los empleados se volvieron contratistas, los milenials cambiaron estabilidad por felicidad personal y el trabajo a distancia complicó conjugar el verbo decorar en las instalaciones físicas, por citar solo algunos cambios.

Llegó la hora de evolucionar... y no pasó nada. Le tocó a los jefes de área asumir el reto anual no remunerado de “motivar” a los subalternos para el operativo estético. Ante la evidente apatía desarrollaron estrategias sutiles y de las otras. Dar a entender, sin decirlo jamás, que había una relación causa—efecto entre entusiasmo navideño y variables como renovación de contrato, ascensos, anticipo de la prima o carga de trabajo. Todo enmascarado en un tono festivo acorde con la época. Otros no se complicaron la vida e incluyeron la actividad en los indicadores de gestión. No suena mucho a líder empático, pero funciona. 

Por supuesto, nunca faltó el optimista que apeló al espíritu de las fechas que se avecinan. En todos los casos, pero sobre todo en el último, el éxito depende de dos personajes.  El creativo y el cansón. El primero tiene las ideas, la habilidad y la dedicación para convertir, él solo, la más insípida oficina en una reproducción fiel del portal de Belén con ovejas de papel maché, mula y buey de icopor, cuadro en cartulina de la sagrada familia y techo de balso. De hecho es la persona con más traslados dentro de la organización, pues seis meses antes de la Navidad todos los jefes de área se lo pelean.

Pero eso vale plata y hay que recoger la cuota “voluntaria” entre el personal. Ahí aparece el cansón. No es muy popular, pero lo entienden. Entre otras cosas porque, hablando de “voluntarios”, muchas veces su condición de tesorero temporal no es por vocación, sino por imposición del jefe. El personaje debe solicitar, pedir, perseguir, implorar, acosar, apremiar, rogar e importunar hasta que, como quien exprime la última gota de un limón, recoge el aporte en efectivo de sus compañeros de área.

Claro, existen especímenes que no solo se ofrecen para el rol, sino que lo disfrutan. Esos son especialmente útiles en aquellas dependencias sin creativo o nada que se le parezca. Ahí donde el dinero de la cuota terminará financiando alguna decoración genérica como “tecnología navideña”” (cuatro bolas adheridas con cinta pegante a ambos lados del computador); el “tradicional árbol” (una vieja y enclenque estructura decorada con lo viejo que todavía sirve y algo nuevo para justificar la cuota); el “camino de San Nicolás” (paredes empapeladas de afiches venteados del gordo de vestido rojo ); o metros y metros de guirnaldas, serpenteando por cubículos, paredes, techo, marcos de las puertas y demás espacios, sin orden ni lógica pero con una muy discutible estética, sujetadas mediante cosedora, cinta pegante, tachuelas y puntillas.

La historia a veces incluye novenas (otra cuota); familias (por lo menos un día y cuota adicional); mascotas (para ser inclusivos con la modernidad); disfraces (agregue cuota y resignación al ridículo en proporción directa a la necesidad de supervivencia laboral) u otras arandelas (léase, más cuotas). También puede ser un concurso por… el tercer lugar. El primero y el segundo se lo rotan entre Mantenimiento y Presidencia. El área con M porque su personal es el mejor calificado para aquello de construir infraestructuras y el área con P porque solo ellos tienen la plata para contratar externos dotados de similares destrezas y recursos.

Sin hablar de que el jurado, normalmente, es seleccionado e incluso pagado por Presidencia.

Eso también es una tradición.

miércoles, 2 de octubre de 2024

Diatriba contra la industria del desempleo

Ahora resulta que las hojas de vida ya no son hojas de vida sino CV (curriculum vitae, así el latín sea una lengua muerta). Que no son para mostrar la trayectoria de vida, educación y experiencia laboral sino para conseguir entrevistas. Que si fracaso en la entrevista no es porque están buscando a otro, sino porque di respuestas incorrectas a preguntas etéreas como esa de cómo se ve en 10 años (pues más viejo, pero no dije eso) o cuál es su mayor debilidad (pues los tamales, pero eso tampoco lo dije).  O porque no pregunté lo suficiente ni lo adecuado, aunque, se supone, que el rol del entrevistado (yo) es contestar, no preguntar. 

Antes, eso que los economistas llaman formar parte de la población económicamente activa y el resto de los mortales trabajar era cuestión de terminar la etapa educativa en oficio o profesión, necesitar plata o aburrirse de depender económicamente de otro (o que otro se aburriera de mantenerlo a uno).  Había privilegiados, quienes tenían oportunidades en su círculo cercano, con algún pariente o amigo que conocía (o era) potencial empleador. La mayoría debían buscar convocatorias públicas en medios de comunicación, carteleras, postes, correo de las brujas o internet. El ciclo se repetía si el personal se quedaba sin empleo por decisión, normalmente del empleador o, muy (pero muy)  ocasionalmente, del empleado.

El siguiente paso era repartir hojas de vida (digo, CV) cual natilla en Navidad hasta lograr (uniendo suerte, capacidades, influencias y hasta milagros) engancharse en un “proceso”. Normalmente incluía entrevista (s)  y mecanismo (s) destinados a demostrar que uno sabía hacer eso para lo que aspiraba a ser contratado.

Pero cuando apareció internet, primero, y luego las redes sociales, proliferaron (y proliferan) los expertos. Esos que de forma elegante (aunque nada original, porque ese siempre ha sido el libreto de los gurús de la autoayuda) “te” informan que todo es “tu” culpa. Pero “tú” tranquilo; ellos tienen la solución infalible. Si usted todavía no ocupa la vacante laboral de sus sueños no es porque la economía esté mal, porque en su país no existe una oferta adecuada para su perfil, o porque hay candidatos que lo superan en todos los aspectos objetivos y subjetivos. Es porque “tú” no te has esforzado lo suficiente.

Así que en formato de video, pdf, podcast, meme, qué sé yo, el desempleado encuentra recomendaciones de todo tipo a las que parece que les falta algo. Lo cual es cierto porque la idea es que el interesado pique el anzuelo y compre el libro; se suscriba al podcast, boletín o blog; le dé likes al video; o pague la módica cuota para el seminario, donde, ahí sí, recibirá la fórmula mágica para conseguir ese trabajo.

Se supone que los reclutadores o contratantes son una especie de secta repleta de secretos que ellos, los asesores, nos van revelar. Vestuario pertinente, formato ideal para la hoja de vida (perdón, el CV), pautas de entrevista personal, de entrevista virtual y de seducción (profesionalmente hablando) al entrevistador.

Como cualquier grupo de expertos que se respete, sus consejos son tan sabios como contradictorios. “Vístase para generar la mejor primera impresión”, dicen unos; “sea usted mismo en la presentación personal”, aseguran otros. “Hay que ser estratégico en las respuestas”, explican unos; “lo importante es la espontáneidad al hablar”, resaltan otros. “Son básicas las competencias aplicables en cualquier entorno laboral”, recomiendan algunos; “nuestra marca personal, especialización y habilidades diferenciadoras son las claves”, señalan otros. “El CV debe ser diseñado pensando en el impacto visual, como si fuera una página web o una obra de arte”, proponen unos; “en la hoja de vida solo importa que el contenido demuestre que somos los precisos para esa vacante”, sostienen otros. Y así en una escalada interminable de paradojas.

Eso es solo parte de lo que vende la industria del desempleo. Esa que, necesario reconocerlo,  suponemos que genera mucho empleo… por lo menos a quienes asesoran a los que no tienen empleo.

miércoles, 18 de septiembre de 2024

Administración uniforme


Villegas llevaba años esperando una oportunidad como la que le llegó con las visitas de la junta directiva. Los grandes jefes querían reconocer la planta principal y a él le correspondió organizar, coordinar y atender. No programaron a todos en un solo viaje, sino que planillaron visitas individuales cada dos meses.

Toloza, un filósofo metido a empresario, fue el primero. Acorde con sus antecedentes humanistas, enfatizó el diálogo con los trabajadores. Ahora, la organización era algo tan grande que había tercerizado muchos de sus procesos no esenciales. En la planta compartían espacios empleados directos (los llamaremos locales) con trabajadores subcontratados por proveedores externo que producían bienes o prestaban servicios a la empresa contratante. A estos los llamaremos visitantes. 

La convivencia generó algunos inconvenientes en la agenda del alto directivo, cuya prioridad era conocer las inquietudes de los locales, pero en más de una ocasión terminó hablando con visitantes. Y es que a simple vista los locales caminan como visitantes, se ven como visitantes y suenan como visitantes. En cambio los visitantes caminan como locales, se ven como locales y suenan como locales.  

Toloza no se molestó ni se quejó. Incluso hizo un comentario positivo sobre igualdad en la diferencia. Villegas, nervioso por imaginarias consecuencias negativas ante su rol de anfitrión, no entendió. Interpretó que aunque todos en la planta eran iguales, había unos (locales) más iguales que otros (visitantes). Y que era necesario diferenciarlos para evitar situaciones como lo acontecido con el invitado de honor.

A punta de verbo logró que el gerente le cogiera la idea. No arrancaron de cero, porque ya existía personal visitante uniformado que, por su función, necesitaba ser identificado a simple vista, como los servicios de vigilancia. Luego siguieron con los epp —elementos de protección personal— obligatorios para ciertas tareas. Hablamos de cascos, overoles, guantes, botas. etc. La única diferencia, cuando existía, era algún logotipo. Mediante un nuevo reglamento materiales, normas técnicas, costo o especificaciones pasaron a un segundo plano. La clave era que los epp de los locales se vieran distintos a los de los visitantes.

Fue más complicado con las actividades (oficina, por ejemplo) que no requieren epp. Pero la Ley obliga a las empresas a dotar de calzado y vestido a quienes ganan hasta determinada cantidad, medida en salarios mínimos. Así que aprovecharon y extendieron la obligación a todo el personal visitante, independiente de cargo, salario, nivel académico, género, color de cabello o condición de diestro, zurdo o ambidextro. 

La aplicación práctica de las iniciativas llenó las instalaciones de subgrupos claramente diferenciados por su aspecto externo. Ese fue el ambiente que recibió al invitado del segundo bimestre, el ingeniero Manrique, empresario de la vieja guardia conocido por su pragmatismo y franqueza. 

Aunque este recorrido se centró en los aspectos técnicos, incluyó un paso rápido por casi todas las instalaciones. El ingeniero vio al combo de las camisas y blusas blancas, al combo de las blusas y camisas azules, al combo de las batas verde claro, al combo de las batas verde oscuro, al combo de los overoles negros, al de los overoles azules y demás etcéteras .

Esta vez, el comentario del miembro de la junta directiva no dejó lugar a interpretaciones erróneas.

—  Hagan una economía de escala con los contratistas y verán que los epp salen mucho más baratos. Que importa si son del mismo color, lo único que hay que cambiar son los logos. Y que la gente de oficinas se vista como le dé la gana. Me parece que estamos bien de procesos, de eficiencia y de eficacia. Pero estaríamos mucho mejor si dejaran de botarle tanto tiempo, corriente y recursos a uniformar gente.

miércoles, 4 de septiembre de 2024

Mediodía en la banca

Pardo ya tiene sus años. Alguna vez, siendo niño, acompañó a su padre al banco. Los atendió un tipo de saco y corbata que nunca sonrió. El entonces “Pardito”, intrigado por una oficina cerrada, al fondo, sin ventanas, con una guardia pretoriana de dos secretarias y sendos escritorios gigantescos, preguntó qué era eso.

—La oficina del doctor Urrutia Sierra, nuestro gerente. Allí solo entran los más importantes.

Ya en tiempos modernos, Pardo debe hacer una vuelta de banco en modalidad presencial. Se anota en la maquinita, recibe el papelito numerado y espera hasta que lo llama la simpática y sonriente ejecutiva comercial. Durante la diligencia, la funcionaria menciona unas cuantas veces a un tal Pacho, encargado de ciertas tareas necesarias para llevar a feliz término el trámite. Es evidente que se trata de alguien de absoluta confianza y disponibilidad cuasi permanente, aunque en ese momento no está en la oficina. Al ser horario de almuerzo, Pardo piensa que el funcionario se encuentra en su turno de alimentación.

Parte de la diligencia requiere confirmación en línea desde la principal. Hecha la solicitud —vía intranet, por supuesto— el procedimiento entra en una especie de punto muerto mientras llega la respuesta. Justo en ese momento suena el teléfono y la ejecutiva, después de responder, pide permiso para atender la consulta respectiva. Por razones obvias el cliente solo escucha una parte de la conversación. Es algo como esto.

(Habla quien llama).
—Si señor. Ya recibimos todos los documentos y se los pasé a Pacho para que haga la revisión.
(Habla quien llama).
—Yo no le podría dar un término exacto pero apenas lo vea le pregunto y le cuento.
(Habla quien llama).
—Usted ya sabe que con Pacho, desde que los requisitos estén completos eso es rápido. Y por lo que yo vi no tendría por qué haber problemas.
(Habla quien llama).
(Risas) Sí, Pacho es así. (Risas de nuevo).
(Habla quien llama).
—Espere pregunto, si quiere llámeme en 30 minutos. Es que estoy atendiendo otro cliente por acá.
(Habla quien llama).

La ejecutiva revisa de nuevo su computador pero la respuesta de la central aún no ha llegado. Entonces le consulta a la vigilante si Pacho salió hace mucho.

—No doctora, pero Pacho no se demora almorzando. De repente la doctora Patricia sabe algo.

La ejecutiva pide permiso y se dirige hacia el cubículo marcado como Jefe de Servicios, donde una elegante mujer, presumiblemente la doctora Patricia, conversa con ella durante varios minutos. Regresa. Las noticias son excelentes. Ya hay respuesta de la principal. La jefe (así la llama) también dio su visto bueno y solo falta que los documentos pasen por Pacho para que el procedimiento culmine exitosamente. 

Por pura curiosidad, Pardo pregunta. La respuesta, además de informar, le recuerda que los años no pasan gratis, y que ciertas cosas han cambiado bastante.

—Muchas gracias señorita. Una inquietud, ¿quién es ese Pacho?
—¿Ese Pacho?... el gerente de la sucursal.

miércoles, 14 de agosto de 2024

Reinventar y cobrar

Me encontré en internet con diapositivas que hablan del negocio, inventado por empresarios gringos. Agarraron cierto producto y le hicieron varias modificaciones a la presentación. Cambiaron el empaque, le metieron nuevo discurso promocional entre ecologista y contestatario, se fueron por una estrategia publicitaria agresiva y en canales no tradicionales y —de eso me enteré después— lograron el monopolio de distribución en algunos escenarios.

El negocio funcionó. Su oferta se vende y los ingresos fluyen (en una noticia de marzo de 2024 hablan de ventas por más de 260 millones de dólares). El sitio donde conocí la historia es una red profesional en la cual múltiples expertos en mercadeo prácticamente se derritieron en elogios con palabras como excelente, perfecto, ejemplo, brillante, top, memorable… en fin.

Supongo que a estas alturas ya hay una legítima curiosidad sobre cual es ese producto revolucionario, disruptivo y radical que está generando un comportamiento completamente diferente en los hábitos de las nuevas generaciones. Porque, y eso es absolutamente claro, los que lo compran y lo consumen son de millenials para arriba.

Agua.

No es agua con algún ingrediente especial. No es agua recogida en lugares exóticos como cimas del Himalaya o glaciales árticos o antárticos. No es agua sometida a algún complejo procedimiento antes de su comercialización. No es agua de otro planeta. Ellos explican que es agua subterránea que viene de los Alpes. También tienen versiones con gas y saborizadas, pero el insumo puro es aquel que los hizo destacar en el mundo de los sedientos y de los empresarios.

Cuando uno busca los precios encuentra que una lata de 500 ml (y hablo del líquido sin añadidos) puede costar entre 8.000 y 25.000 pesos colombianos. Y para hacer comparaciones es fácil verificar que un volumen similar,  en marca y empaque tradicional, se consigue en 2.000 o 3.000 pesos.

Eso sin hablar de lo que puede costar disponer de la misma cantidad con solo abrir el grifo y llenar un recipiente.  O de recoger la que el cielo manda gratis periódicamente o utilizar la que corre —también gratis— por ríos y quebradas (hirviéndola o filtrándola —incluso ambas— antes de consumir). Aclaración patrocinada por las autoridades de salud.

Y antes de que crean que fumé alguna cosa rara, que el agua de canilla (la que yo uso) viene con agregados extraños o que esta vez se me fue la mano en la creatividad aquí dejo el enlace de la marca de marras.

Por supuesto, abundan las explicaciones de los expertos sobre el éxito de tan novedosa propuesta. Que logró sintonizarse con la identidad de los nuevos consumidores; que reinventó un producto universal; que irrumpió exitosamente en un mundo monopolizado por gigantes intocables; que se subió en el momento adecuado a la guerra contra el plástico o que le trajo emoción a lo que era aburrido por definición.

Los que no pertenecemos al mundo del marketing, no sabemos de branding, customizing, targeting ni entendemos porque cuando se habla de estos temas hay que llenar el discurso de palabras en inglés tenemos una visión un poquito diferente.

Es bastante extraño que alguien venda agua enlatada.

Pero lo que realmente indigna, preocupa, asusta y sorprende es la cantidad de gente que la compra.

miércoles, 31 de julio de 2024

Que ese papel quede en verde

La líder del grupo del ala norte rendía cuentas mediante una plantilla en línea con un montón de variables. Se aplicaba un complejo algoritmo para, finalmente, reflejar en puntaje el índice de desempeño por indicadores, tipo semáforo (rojo, verde, amarillo) que se revisaba en el comité directivo mensual.

Al ala norte no le iba mal. Los resultados cumplían las expectativas. Lo poco satisfactorio era que comparada con ala sur, ala centro, grupo de apoyo y externos siempre ocupaba un incómodo tercer o cuarto lugar de los cinco posibles. Incluso aquella vez que quedó de segunda, no pudo lograr su principal objetivo. Ganarle, aunque fuera una vez, al gomelo prepotente que lideraba el ala sur.

Sin hablar, el sujeto ponía esa insoportable (especialmente para la líder del ala norte) cara de superioridad. Ella había alcanzado su posición tras años de trabajo y sacrificios. En cambio ese tipo, recién llegado a la empresa, se saltó la fila a punta de hoja de vida con sobredosis de maestrías y doctorado en ciernes. 

Durante aquel comité. en particular, la diferencia tomó cara de goleada, pues el grupo del estudioso quedó de primero y el de la trabajadora de cuarto. Nuestra líder retornó a la oficina con cara de aburrida y convocó a su equipo. La pregunta era solo una. ¿Cómo mejoramos nuestros indicadores de desempeño?

La idea vino de ese oficinista conocido por proactivo y un poco por lambón. El formulario incluía variables relacionadas directamente con el objetivo de la empresa. En eso les iba bien. Pero también había apartes de responsabilidad social, seguridad industrial y gestión ambiental susceptibles de mejorar. Por ejemplo, el ahorro de papel. La organización había entrado en la onda de cuidar el planeta y monitoreaba el uso de las impresoras. Los resultados en ese punto para el ala norte eran de regular para abajo.

Hay que decir que entre las funciones del ala norte estaba la entrega de soportes físicos a clientes y proveedores, el etiquetado físico de ciertos pedidos, la administración del archivo físico y otras asignaciones que hacían físicamente imposible conjugar el verbo ahorrar en subproductos de la celulosa.

Pero la líder se emocionó con el tema e instruyó a su equipo para, a partir de ese día, reducir el uso de las impresoras. Incluso disminuyó los pedidos de papel. Y cuando los subalternos hicieron reclamos  plenamente argumentados los instó, de manera firme pero educada, a buscar soluciones creativas.

Y sí, el consumo bajó, lo cual incidió en los indicadores. Un seguimiento detallado mostró una razonable posibilidad de superar al ala sur. Y de carambola se le hizo un pequeño favor al planeta, que, se supone,  iba a reflejarse en la supervivencia de árboles ubicados en tierras lejanas o cercanas. Pero días antes del cierre la líder del ala norte fue asignada para dirigir la capacitación de una nueva y lejana sucursal, a la que había que llevar gran cantidad de material didáctico… impreso. Todo el esfuerzo parecía destinado a fracasar así que reunió de nuevo a su gente en busca de opciones.

Ahí fue cuando se enteró de que una parte de las impresiones se estaba haciendo en lugares diferentes de la misma empresa, otras dependían de un proveedor externo que cobraba por servicios generales sin especificar, un grupo se financiaba con gastos varios de caja menor en la papelería de la esquina e incluso —aunque muy excepcionalmente— hubo quienes imprimieron en sus propias casas algunos documentos clave.

Ese era el “ahorro” de papel y el “aporte” para el planeta.

Eso sí, el indicador estaba en verde. 

miércoles, 15 de mayo de 2024

Un eslogan incomprendido


Se trataba de una institución con aportes estatales y particulares. Nació como un esfuerzo público-privado para promover los productos nacionales. Operaba en diversos frentes, uno de los cuales eran las fechas comerciales. Navidad, Amor y Amistad, temporada escolar, Día del Padre, Día de las Brujas formaban parte de la lista de retos anuales, donde reinaba, muy por encima de los demás, el Día de la Madre.

Con la debida anticipación, el equipo multidisciplinario esbozaba el presupuesto, la estrategia, las acciones y las piezas multimedia destinadas a motivar a los colombianos a priorizar bienes y servicios locales en sus adquisiciones para el evento respectivo. Con algunos ajustes derivados de la experiencia, la primera actividad siempre era una “tormenta de ideas” donde publicistas, comunicadores, diseñadores, líderes, psicólogos y uno que otro colado planteaban iniciativas.

La verdad es que Hermenegildo (Hermi, para los compañeros de labores) llegó tarde y medio enguayabado a esa reunión del Día de la Madre. Optó por el bajo perfil, pero el líder de turno —la presencia estatal generaba mucha rotación en ese cargo— lo "fusiló". Como el tipo tenía fama de creativo el disparo fue directo y a la cabeza. ¿Y usted qué eslogan propone?

El hombre lo reconoce. Soltó lo primero que se le ocurrió. Carcajada general. Pero en medio de las risas la idea no le pareció tan mala. De hecho, superado el momento alegre, racionalizó, explicó y argumentó... pero no convenció. Es más, ni siquiera convenció a la mesa de que se trataba de una propuesta seria. 

Pasó un año y Hermi seguía con esa espinita clavada en el ideódromo. Así que esta vez se preparó a conciencia para defender el mismo arrebato creativo. Llevaba varios argumentos debidamente sustentados en una presentación y hasta una estrategia para justificar el uso del refuerzo audiovisual.

La líder —recién posesionada— venía de una consultora especializada en metodologías participativas y aplicó sus conocimientos. Convocó a todo el que pudo, los dividió en grupos, les repartió papelitos de colores, los instó a poner sus ideas en los mismos y a pegarlos en las paredes. Luego utilizó un complejo sistema de rotación de personal y de grupos para hacer una preselección. Hermi quedó al otro lado del salón, sin posibilidad de defender su idea aunque, eso sí, con amplio panorama visual para notar como el papelito con su letra fue uno de los primeros en pasar a la caneca.

Al año siguiente el directivo era un tipo joven, quien anunció énfasis en redes sociales por lo que el punto de partida debía ser un hashtag. Hermi vio la oportunidad. Su idea era una frase corta, contundente y pegajosa, con ese tono heterodoxo que convocaba a la viralidad. Se puso de pie, fue al frente y la escribió, antecedida, como no, del signo #… Esta vez no hubo risas, solo un silencio sepulcral roto por el líder y dos frases. En tono diplomático: “Gracias Hermenegildo”. En tono suplicante: “¿Alguien tiene otra idea?” 

Por suerte de la buena para el líder y de la mala para Hermi sí había más propuestas, de las cuales surgió la etiqueta utilizada como eje en la campaña de ese periodo.

Hermenegildo continuó con su relato —Durante un par de años adicionales le hice sendos intentos pero no, siempre la rechazaban. Hasta que me salió otro puesto donde el tema ya no era relevante.

— Bueno Hermi, y cuál era ese eslogan, lema, hashtag o etiqueta que nunca se pudo utilizar.

— Uno espectacular. Hasta se le puede poner música. Escúchelo “¡CÓMPRELE COLOMBIANO A SU MADRE!” 

miércoles, 28 de febrero de 2024

Cumpleaños clandestino



La escena se repite diariamente. El detalle viene determinado por variables como entorno cultural, país, edad, género, estado civil y condición de salud. Puede ser en el lugar de trabajo o estudio, con invitación familiar, incluso autoorganizado. Un corito más o menos universal identifica el evento: “japy verdi tu yu…” Algunos consideran el día lo más importante del año, otros simplemente se lo gozan, existen aquellos que por lo menos disfrutan, hay quienes aceptan el homenaje con renuencia o resignación, tenemos el grupo que preferiría otro tipo de actividad... y está Barragán.

Barragán forma parte de ese segmento de la humanidad que odia los cumpleaños. Aclaración pertinente: él no tiene problema en cumplir años o revelar su edad. Simplemente detesta los rituales  (llamadas, saludos, festejos) que vienen con la fecha de marras, a la que, personalmente, no le ve ninguna importancia. 

Incluso ha racionalizado el asunto. Él cumpleañero está siendo reconocido por un hecho en el que no tiene mérito alguno. La que pujó fue la mamá; el apoyo técnico vino de doctor, doctora o comadrona; el acto previo fue de los padres, a veces respaldados por la clínica de fertilidad. Aunque una interpretación distinta del tema pasa por recuerdos poco agradables, el resultado da igual. Barragán no desea ninguna diferencia entre su onomástico y el resto del año. Lo complicado es hacerle entender eso a los demás.

El parentesco por consanguinidad es una guerra perdida, con uno que otro empate. Más o menos hasta los 30 tuvo que atender insoportables invitaciones  hasta que desarrolló un catálogo de excusas que lo mantienen alejado el día cuchi cuchi. Los mensajes de texto han sido muy útiles. Gracias a este avance, no tiene que apagar el teléfono o peor, responder llamadas cuyo diálogo incluye una felicitación que no merece, una consulta sobre actividades especiales que no existirán, y muchos, pero muchos, silencios incómodos.

En los ambientes estudiantiles la cosa fue difícil, pero finalizó al cumplir su fase académica. El problema de fondo ha sido laboral. Nunca le preguntan, pero siempre terminan “sorprendiéndolo”. El día del cumpleaños le llenan el puesto de serpentinas, bombas y letreros multicolores; lo arrastran a la sala de juntas a compartir ponqué con vino; y cuando ya la fecha pasó y se cree a salvo resulta que no, que lo metieron en combo con otros cuatro que cumplen el mismo mes y el día menos pensado el jefe lo convoca a una reunión de emergencia cuya banda sonora es el “japy verdi tu yu...”

El hombre intentó decirle a sus colegas que por favor no lo incluyeran en las celebraciones. No funcionó. Subió el tono e informó que a él eso no le gustaba. Tampoco sirvió. Alguna vez incluso los dejó plantados y dos días después lo emboscaron a la hora de almuerzo. 

Al comenzar en otra empresa, cuatro meses antes del día de marras, fue directamente donde su jefe directo y le pidió que mantuviera el dato en reserva. Detectó a la eterna organizadora y se aseguró de que no tuviera la información. Era un contrato a término fijo con pocas opciones de renovación, así que pensó que, por lo menos ese año, iba a pasar invicto. Pero no fue así. El día que sabemos todos sabían. Llovieron felicitaciones personales, por teléfono, por correo electrónico y hubo impajaritable ponqué vespertino. 

No les he contado, por cierto, que Barragán es ingeniero de sistemas y diseñador, y que uno de los objetos de su contrato era crear una interfaz que le permitiera a las diferentes dependencias de la organización incluir información de interés en el newsletter interno, que llegaba diariamente vía correo electrónico .

Por ejemplo, talento humano lo aprovechó para generar una felicitación automática desde la base de datos de fecha de nacimiento de los colaboradores activos. La primera prueba fue el día que nació Barragán.

miércoles, 20 de diciembre de 2023

Escalera a lo desconocido



En su recorrido por instituciones públicas y privadas en busca de respuestas, servicios, decisiones; o simplemente para cumplir algún requisito, el señor Rodríguez aprendió lo que es el miedo. Una palabra, o mejor, una expresión, despierta esa sensación y otras similares. La pronuncia alguien al otro lado de la ventanilla, del escritorio, de la pantalla, del teléfono

Tiene su ritual. Nunca se dice en el primer encuentro. Deben pasar dos o tres citas. Segundo, el que atiende revisa. Revisa los papeles, revisa el computador, revisa sus propias notas. Repasa lo hecho hasta el momento. Habla. El tono puede ser plano, amigable o lúgubre. El rostro también comunica. Escasean las sonrisas. Terminado el repaso, viene el silencio. Como el que hay en los juzgados mientras llega el fallo. Como el del médico, previo a comunicar una condición crónica incapacitante o terminal a su paciente. Como el del mecánico, segundos antes de cotizar una reparación de nombre raro y costo astronómico.

Entonces la contraparte mira a Rodríguez a los ojos y emite la condena de siete palabras. Palabras que resuenan en su mente como si estuviera en una catedral. — Vamos a tener que ESCALAR el tema.

Escalar implica subir. Se supone que si algo sube es para bien. Pero Rodríguez sabe que no. Tiene absolutamente claro lo que ocurrirá a partir de la fatídica notificación. Primero, su interlocutor tradicional se vuelve un simple mensajero. Ya no tiene respuestas, ya no sabe qué pasa, ya no puede sugerir nada. Cada contacto que tengan de ahora en adelante recibirá variantes del mismo comentario. 

“Esperamos respuesta de la oficina”, —del corporativo, de la central, del comité...—. O de alguna sigla rara (XVB, FDX, KJQ) que, por alguna razón, todos —Rodríguez incluido— deben entender.  Y cuando decimos entender abarca lo que hace, como lo hace y las razones por las cuales no han podido hacerlo.

Al desaparecer el interlocutor directo, un extraño ambiente esotérico donde actúan fuerzas misteriosas se toma el tema. El mensajero o mensajera no tiene nada que decir, lo que generara detalladas explicaciones. Incluyen palabras como estudio, revisión, prospección, antecedentes, evaluación, bloqueo, desbloqueo, historial y referencias que, inevitablemente, terminan en un “Nosotros le avisamos”.

Por cierto, nunca avisan, así que a Rodríguez (o al que sea) le toca preguntar periódicamente. Si lo hace por teléfono, en el respectivo call center, —tras el impajaritable y reiterativo interrogatorio previo— lo pondrán a escuchar la musiquita. Cuatro o cinco “muchas gracias por esperar, estamos atendiendo su petición” después, el o la amable operadora le explicará que el tema sigue escalando y le sugerirá llamar en cinco días hábiles, si es que ellos no lo llaman antes (tampoco van a llamar).

Si es presencial, el encargado o encargada revisará (de nuevo) papeles y pantallas. Luego se levantará e irá donde otra persona: un jefe, supervisor o colega.  Al otro lado del punto de atención Rodríguez ve pero no oye. Ve que hablan, ve que revisan más papeles, ve que consultan más computadores, ve que gesticulan, ve que hacen llamadas y ve cuando su asesor regresa para decirle que el tema sigue escalando y que vuelva o llame en cinco días hábiles, si es que ellos no lo llaman antes (y no llamarán).

Así, las horas se convierten en días, los días en semanas y las semanas en meses.

Cierta obra teatral llamada “Violinista en el tejado” incluye una canción llamada ”Si yo fuera rico”, donde el intérprete dice que construiría una casa con tres escaleras, una para subir, otra para bajar, y otra sin ningún destino “solo para presumir”.

Presumimos que allí terminan los trámites cuando los escalan. 

miércoles, 22 de noviembre de 2023

Yo baypaseo, tú baypaseas, él baypasea, nosotros...

En la medicina y en otras actividades profesionales donde se usan tuberías para mover fluidos existe el By Pass. Los expertos lo explicarán mejor, pero básicamente consiste en que cuando se bloquea el conducto principal, se instala un conducto alterno que sale antes del bloqueo y entra después. Soluciona así problemas varios de circulación que pueden involucrar el torrente sanguíneo, el petróleo o el servicio de acueducto.

En otros frentes de la vida, el by pass sirve para lo mismo, pero sin tubos. Tanto que se convirtió en verbo. Se le conoce con otras denominaciones, como “evadir el conductor regular”, “brincarse al oficial” o “pasarse por la galleta al encargado” (o por cierta parte del cuerpo que evoca una operación íntima de aseo) .

Pero quedémonos con el nombre planteado inicialmente y veamos algunos ejemplos de como baypasear, es decir, abrir una ruta alterna cuando la principal está cerrada.

    • Baypasea el hijo o la hija que le pide ese permiso al papá cuando sabe que la mamá le va a decir que no y viceversa.

    • Baypasea el empleado que, ante una instrucción de su jefe directo con la que no está de acuerdo, se las ingenia para que el jefe de su jefe se entere y dé una contraorden.

    • Baypasea el estudiante universitario que, ante una mala nota, va directamente a la decanatura a contar una triste historia en vez de hacerle el reclamo al profesor respectivo.

    • Baypasea el defensor de una hipótesis refutada una y otra vez quien, en vez terminar la discusión y reconocer su derrota, se consigue “expertos” (cada vez más exóticos) que apoyan su punto de vista.

    • Baypasea el abogado que para defender a su cliente o condenar al acusado desempolva una Ley de hace 200 años donde se prohibía salir a la calle sin sombrero.

    • Baypasea el conductor sorprendido en una infracción de tránsito quien, antes de que la autoridad respectiva le imponga el comparendo, lo mira con ojos de cachorro y como quien no quiere la cosa pregunta “¿Y esto no lo podemos arreglar de otra manera?”

    • Baypasea el colombiano que, al no tener completos los requisitos para algún trámite ante oficina estatal o privada pone cara de yo no fui y demanda una excepción, sólo por esta vez, con el infaltable “Colabóreme, no sea así...”

    • Baypasea el sujeto que, al llegar a una fila en la que ocupa el último lugar, se las ingenia para ubicarse entre los primeros conjugando el verbo colarse sin el más mínimo remordimiento.

    • Baypasea quien llega tarde —muy tarde— a una cita médica, y al notar que curiosamente le están dando prioridad a quienes fueron puntuales, grita, llora, patalea, y graba un video donde el incumplido se metamorfosea en víctima.

    • Baypasea el autodenominado católico —o de cualquier otra religión— que ante la pereza de cumplir los rituales de su fe los domingos o cualquier otro día alega que él no necesita curas (rabinos, pastores, imames, monjes, sacerdotisas) para comunicarse con Dios.

    • Baypasea —o por lo menos intenta hacerlo— cualquier persona que, en cualquier circunstancia, le pregunta a su interlocutor ¿Usted no sabe quién soy yo?