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miércoles, 1 de julio de 2026

El dueño

Como buen perro de la calle su árbol genealógico es un verdadero matorral repleto de inusuales y exóticas combinaciones. El resultado final se ve como gozque, camina como gozque, huele a gozque, se comporta como gozque, o sea que es un criollo colombiano. De esos a los que les dicen gozques.

Profundizar en detalles de raza, pedigree, ascendencia o genética sería tesis de grado para veterinario. Preferiblemente en maestría. Idealmente en doctorado con aspiraciones de Nobel

Resulta que los interesados en la ciencia médica que se ocupa de diagnosticar, prevenir y curar todo tipo de enfermedades o lesiones que afecten a animales domésticos, silvestres o de producción (gracias Euroinnova) tienen mejores cosas que hacer. Esa es la razón por la cual ese tema se suma a la lista de misterios que rodean al can en mención.

Es cierto que en ocasiones algún vecino o transeúnte le ofrece alimento. Pero nunca en cantidad y frecuencia suficiente para suplir sus necesidades. Sin embargo, no se le ve flaco ni desnutrido. ¿Cómo lo hace? Nadie sabe. Es más, se da el lujo de ignorar parte de las donaciones proteicas. 

Permanece la mayor parte del día echado en diferentes puntos de sus dominios. El clima de la hora determina si busca sol o sombra. Cuando llueve se levanta (despacio, siempre despacio) se sacude sin esforzarse demasiado y se dirige hacia algún punto cercano donde pueda escampar. Así es su vida mientras está visible, porque otro enigma es cuando desaparece horas, días, semanas. O por siempre

Para los residentes y transeúntes habituales hace rato que se volvió paisaje. Muchos lo vieron, lo ven y lo verán. Es el habitante cuasipermanente de ese sector, de ese punto específico..

No es egoísta. No molesta para nada a quienes utilizan, pasan, o se detienen momentáneamente en el lugar. Jamás le han visto ladrar, gruñir o mirar feo a otro ser vivo.

Una vez se acomoda para su descanso interminable pueden transcurrir a su lado manifestaciones, partidos de fútbol, espectáculos teatrales o musicales, peleas, discusiones, ensayos, prácticas, ferias, fiestas o cualquier otra actividad. Por mucho, si la acción se acerca demasiado, se levantará perezosamente y buscará un lugar más tranquilo donde echarse a disfrutar de su existencia. Afán no tiene. Nunca.

Todos conocen su nombre porque no responde a ninguno. Cada persona interesada lo bautiza como quiere.

De vez en cuando un visitante ocasional del barrio, comuna, caserío, pueblo o ciudad se fija en él. Le toma fotos. Le hace videos. Intenta jugar con el perro. Este no le hace caso. Tímidamente trata de acariciarlo.  El animal no opone resistencia. No le gusta ni le molesta. Simplemente no le importa. El foráneo consulta a algún residente local sobre la “mascota”. Siempre recibirá la misma respuesta. Un día apareció. Llegó de ninguna parte. Sin hacer ruido. Sin presentarse. Sin aspavientos. De repente estaba ahí. Y ahí se quedó.

Puede que para el ordenamiento territorial el parque, plaza, playa, calle, cuadra, acera, esquina sea espacio público. Puede que en ninguna notaría figure escritura que establezca derechos de propiedad.

No importa. Ese lugar es su feudo, su hábitat, su comarca, su demarcación, su dominio, su ámbito.

El perro es el dueño. Y punto.

miércoles, 4 de marzo de 2026

Mucho animal

 

Felizmente casado e inusualmente fértil. En eso va el historial familiar y reproductivo de Maximiliano (Max, en confianza). Pasa por tres parejas estables, cada una con dos embarazos exitosos. Van seis.

La estabilidad de las dos primeras relaciones se desbarató ante sendas aventuras extramatrimoniales del sujeto. Por cierto, cada una dejó su respectivo parto. Suman dos para llegar a ocho.

Max aprendió que eso de andar de picaflor en el ámbito amoroso no es una buena idea. Ante los hechos,  su tercer vínculo erótico afectivo se caracteriza por una fidelidad a prueba de balas. De aquí en adelante, una sola pareja para toda la vida, como los cisnes.

Más cuando nacieron los mellizos (niño y niña) que aumentaron la descendencia del caballero, al que sus amigos llaman (a sus espaldas, por supuesto) el conejo.

Los evidentes defectos del protagonista no significan que carezca de cualidades. La responsabilidad es una de ellas. A sus hijos e hijas no les falta nada. Para financiar la camada hay que producir todo el tiempo. Trabajar como mula. Duro. Muy duro.  

Eso le pasa por perro, dice la mamá. Y por burro.

Aunque sus jornadas laborales son interminables, las cuentas no siempre cuadran. Por suerte existe el tío prestamista, al que Max describe como el tío culebra, ya que constantemente le presta plata, y, por ende, no solo son familia, sino prestamista y deudor.

Eso sí, el multipadre siempre anda mosca para no colgarse en los pagos. No puede hacer lo mismo que un primo que se puso de abeja a incumplir y claro, se le cerró la fuente de financiamiento.

No es la única estrategia económica. Se han especializado en ir (él y su prole) a múltiples actividades en plan de patos —invitados o colados—. No importa la modalidad, lo que importa es no pagar o pagar menos.

Además, siempre anda a la caza de ingresos adicionales. Como el más avezado de los lagartos,  persigue insistentemente y elogia (reiteradamente) a potenciales jefes, socios o clientes. Y si asegura el negocio lo cuida mediante una estratégica relación que combina sumisión con lambonería. 

Max acepta que eso de ser sapo a veces no es digno, pero el tipo tiene sus prioridades. Por su elevado tren de gastos vive con el temor constante de no poder responder. A la hora de cuidar las ganancias, es prudente tirando (bastante) a miedoso. Come callado y aguanta todo. Sí, puede ser valiente cual gallo en otros escenarios, pero en el ámbito laboral es cobarde cual gallina.

Sobra decir que se le ve siempre ocupado. Su jornada diaria es la de una hormiga. En el escaso tiempo libre que maneja ha escuchado una palabra nueva. Describe cierta tendencia juvenil donde las personas asumen comportamientos extraños o se identifican con especies diferentes al ser humano. 

Es algo así como therians (teriano en español). Gente que actúa como animales. A Max le suena bastante exótico el asunto.

¿O no? 

miércoles, 5 de noviembre de 2025

Esquivando bichos y demás fauna

Arriba, de izquierda a derecha: Columbia livia, Turdus
fuscaster 
y Zenaida auriculata. Abajo: Canis lupus
familiaris, Bos taurus y Felis catus.

El hombre pedalea por alguna ciclorruta rodeada de pasto cuando aparece el primer bicho. Es un cucarrón volador, pequeño, color café claro. En segundos, los escarabajos se multiplican y durante algunos metros una nube de insectos se atraviesa en el camino. La colisión con algunos es inevitable. 

El Ciclonauta toma la única medida de seguridad posible, cierra la boca. Ya se ha encontrado antes con Clavipalpus ursinus. Ese insecto que durante ciertas temporadas se materializa en patota por las zonas verdes de la ciudad. Invasor anacrónico de la vía en octubre. Anacrónico porque le dicen cucarrón de mayo. Debe ser por el cambio climático, supone. 

No son los únicos representantes de la fauna local en plan de ocupar vías destinadas a biciusuarios (y, por cuenta de ley reciente, a ciclomotores y patinetas). Es bastante común encontrarse con Zenaida auriculata, Columbia livia y, ocasionalmente,Turdus fuscaster

A Zenaida la conocen mejor como torcaza o abuelita. Se ven como palomas cuando eran chiquitas con un característico color marrón. Pequeñas y ágiles, reaccionan rápido y despejan la vía, bien sea emprendiendo vuelo o pasándose a zona segura. Comportamiento similar es el de de Turdus o mirla patinaranja, más grande que la paloma. La paloma, por cierto, es otro cuento. La que los científicos llaman Columbia livia. Viene la bicicleta, no le importa. El Ciclonauta grita, no le importa. Se mueven con pasos torpes, sin dirección fija. Solo cuando el atropellamiento es inminente, se corren perezosamente para un lado (a veces).

Ellas lo tienen claro, el problema es del de la bicicleta.

Su comportamiento emula a otro invasor, prácticamente exclusivo de zonas rurales o semirrurales. La Bos taurus. No es solo con los ciclistas, sino con cualquier cosa que se mueva (desde patineta hasta tractomula) o ser viviente. Ella no se quita hasta cuando le da la gana. La diferencia es que una cosa es la media tonelada de carne, piel y huesos de la vaca, frente al frágil y ligero cuerpo cubierto de plumas de la paloma.

De vuelta a los entornos urbanos, el Ciclonauta vive encuentros recurrentes con el Canis lupus familiaris. Bien sea por su condición de callejero, o porque el humano encargado de cuidarlo ignora que ese cuidado incluye alejar al perro de calzadas, carreteras, ciclorrutas y similares, más de una vez se le han atravesado cuatro patas con cola batiente. Por suerte, lo que le falta de inteligencia al humano le sobra en reflejos y alerta al canino. Solo es cuestión de gritar o pitar para que se quite de en medio. De hecho, a veces ni siquiera hay que avisar.

Otros mamíferos urbanos, Rattus rattus y Felis catus, poco se ven en las ciclorrutas. Tanto ratas como gatos pasan a toda velocidad, las primeras en busca de algún recoveco oscuro donde ocultarse; y los segundos en busca de las primeras, de algún ave con mala suerte (con la que desahogarán sus instintos de cazador), o del humano que tienen y que los mantiene. Aquí el Ciclonauta es el encargado de los reflejos, necesarios para frenar, esquivar o cualquier otra reacción de emergencia.

La especie con la que es más complicado lidiar en la vía exclusiva para bicicletas (y similares) es una cuya capacidad de reacción da vergüenza. No escucha gritos, pitidos, advertencias amistosas o palabras neutrales. Y si oye,  muchas veces no le importa. En vez de despejar o, por lo menos, abrir paso, tiende a ignorar las advertencias o responder con sonidos que van desde la indolencia hasta la amenaza. 

Su nombre científico es homo sapiens.

miércoles, 17 de septiembre de 2025

Cara de pasear al perro

Que ahora en vez de niños la gente tiene perros. Que los animales son seres sintientes, no propiedad. Que en los divorcios la custodia de la mascota importa más que el carro. Y podríamos seguir indefinidamente con el tema canino en la narrativa del Siglo XXI. Pocos o ninguno, sin embargo,  han abordado un asunto clave. 

A diario, cuadrúpedos y bípedos en plan de ejercicio y otros inaplazables ocupan andenes y parques. Una industria de correas, arneses, pecheras, collares, riñoneras, cinturones, bozales y demás accesorios surte la movilización animal. Los humanos de la ecuación pueden ser rutinarios, esporádicos o profesionales. Su indumentaria va desde el deporte extremo hasta la elegancia laboral. Todos los elementos han sido analizados, clasificados y, sobre todo, monetizados (palabra de moda que significa sacarle plata a algo).

Sin embargo, hasta ahora no hemos visto investigaciones sobre un comportamiento trascendental. Pero eso se acaba hoy. Vamos a intentar una primera aproximación a la pregunta clave. A la hora del paseo ¿Cuál es la cara que debe poner el sujeto o la sujeta que acompaña al perro, a la perra o a la manada? Van opciones.

  • Cara de felicidad. Expresión inequívoca en el rostro de que la actividad realizada no solo es voluntaria, sino que produce sensaciones como satisfacción, gozo o placer. 
  • Cara de resignación. Imagen facial que evidencia dos mensajes: 1. Le tocó (aunque intentó evitarlo, pero no pudo) hacer el recorrido con canino incorporado y 2. Preferiría estar en otra parte.
  • Cara de arrastrado.  Rostro nervioso y tenso, igual que el resto del cuerpo, mientras mide fuerzas con una bestia que quiere ir más rápido, hacia otro lugar o simplemente hace lo que le da la gana.
  • Cara de animalista. Semblante que proclama superioridad moral de quien maneja del discurso de la igualdad entre las especies.
  • Cara coqueta. Facciones organizadas para generar simpatía en el sexo opuesto (admite variantes según gustos personales). 
  • Cara de alerta. Basada en antecedentes conflictivos, escandalosos o incómodamente juguetones, evidencia preocupación por reacciones del paseado al cruzarse con otros de su misma especie.
  • Cara de encartado. Rasgos que mezclan la preocupación, la ignorancia y la incertidumbre de quien es novato o novata en eso de pasear perro. Se nota más cuando son perros (de dos para arriba).
  • Cara de pareja. Fisonomía intencionalmente indescifrable de quien está acompañando al paseador o a la paseadora solo por ganar puntos en sus relaciones erótico-afectivas.
  • Cara de estresado. Rostro donde se reflejan preocupaciones y tensiones de la vida diaria que, se supone, iban a reducirse por medio del efecto relajante de la caminata humano-canina. 
  • Cara de angustia. Lo mismo que la anterior pero cuando ya se ha perdido la esperanza.
  • Cara de ponqué. Dulzura facial que genera ternura, complementando (o compitiendo con) una mascotas de esas que parece fugitiva de una fábrica de peluches administrada por ángeles. 
  • Cara de cuál perro. Expresión despreocupada con un toque de despiste de quien ha olvidado, o sencillamente no le importa el destino del ser viviente ubicado al otro lado de la correa. 
  • Caras de llamada. Aparecen cuando el paseador o la paseadora combina su movilización con una conversación telefónica. Depende, por supuesto, del contenido de la comunicación así:
    • La laboral.  Es la misma que se utiliza en juntas, reuniones de trabajo, coordinaciones de equipo y demás escenarios corporativos como el que tocó improvisar en medio de la salida canina.
    • La chismosa. Ojos abiertos y sonrisa maliciosa mientras el conocimiento sobre actividades o historias ajenas se enriquece  gracias a algún interlocutor excesivamente comunicativo.
    • La preocupada. Se oscurece el semblante y el ceño se arruga mientras el paseante inicia el retorno a la base, porque recibió una mala noticia y se requiere reacción inmediata.
  • Cara misteriosa. Con tapabocas.

miércoles, 6 de noviembre de 2024

Malas ideas con énfasis en perros, ciclas y otras ruedas

 


A quien escribe el texto que viene a continuación, le parece mala idea:

— Pasear en bicicleta con perro. El perro caminando o trotando, el paseador pedaleando. Una correa al perro sujetando.

— Trabajar en bicicleta como paseador de perros. Los perros caminando o trotando, el paseador pedaleando. Muchas correas a los perros sujetando.

— Utilizar la ciclorruta para pasear perros en bicicleta. El o los perros caminando o trotando, invadiendo el otro carril y definitivamente estorbando. El paseador pedaleando. Correa (s) a los perros sujetando. 

Pagarle a un paseador para que pasee a los perros en bicicleta. Los perros caminando o trotando. El paseador pedaleando. Muchas correas a los perros sujetando. Todos corriendo el riesgo de que a cualquiera de los animales le dé por contradecir a la manada y parar o moverse hacia un lado diferente .  

— Pagarle a un paseador en bicicleta que trabaja en condiciones que pueden terminar mal como: paseador y bicicleta en el piso, paseador y bicicleta cayendo encima de los perros,  paseador en el piso y perros sueltos corriendo sin destino, paseador en el piso y perros corriendo hacia una vía donde hay carros en movimiento que no esperan la aparición inesperada de perros huyendo tras la caída de un paseador en bicicleta.

También considera que es una mala idea:

— Sacar a caminar perros sin dejarlos caminar*.

— Sacar a caminar perros sin dejarlos caminar y transportándolos en coches diseñados para transportar niños o bebés. O en coches diseñados para transportar perros de esos que deberían estar caminando porque para eso es que se saca a caminar a los perros, que no caminan si van en carritos para perros. 

— Sacar a caminar los perros en grupos familiares donde camina la abuela, camina la mama, caminan los niños, camina el papá, camina el abuelo pero no camina el perro porque la abuela, el abuela, la mama, el papa, o los niños caminan y empujan un coche donde va el perro que sacaron a caminar.

— Pasear con el perro en bicicleta arrastrando un carrito donde el perro rueda haciendo cero ejercicio de ese que se supone deben hacer los perros cuando salen a la calle, además de otras cosas que se vaporizan ante la acción del Sol o se recogen en bolsas de colores.

Incluye además dentro de lo que en su concepto es una mala idea:

— Pasear en bicicleta con perro. El perro caminando o trotando, el paseador pedaleando. Ninguna correa al perro sujetando. El perro libremente paseando y atravesándose, generando peligro o por lo menos estorbando. Y es peor idea cuando el paseador va por celular hablando o hasta chateando. 

— Pasear en bicicleta con perro. Ninguna correa al perro sujetando sin haberle dedicado todo el tiempo, toda la paciencia y toda la metodología necesaria para que el animal trote o camine al lado del paseador sin correa ni nada en absoluta coordinación. 

Y definitivamente cree que es una pésima idea:

— Hacerle una observación cordial, educada y de buena fe a quien saca a caminar el perro sin dejarlo caminar; o a quien pasea con el perro en bicicleta; o quien trabaja como paseador de perros en bicicleta; o a quien le paga a un paseador de perros en bicicleta… so pena de ser llamado sapo xxx, donde es fácil (y bastante desagradable) imaginar lo que xxx significa. 

*Ñapa. También cree que es mala idea meter un gato en una especie de mochila en plástico rígido transparente con huecos y sacarlo a pasear (en cicla o a pata limpia), y hacer algo similar con una mochila normal y un perro pequeño cuya cabeza sobresale. Pero eso amerita cuento aparte.

miércoles, 17 de julio de 2024

Desde Rusia y China contra el estrés

Ese día la segunda de a bordo se la jugó y le dijo a Patricia, su jefa y amiga, que tenía que parar. Que esa obsesión por el trabajo 24/7, además de mandar el clima laboral a la porra, afectaba la vida personal de todo el mundo. Empezando por la de Patricia, quien ya no dormía, apenas comía (mal y a deshoras) y si duraba cinco minutos sin un proyecto, una estrategia y un plan de acción consideraba su vida inútil.

Aplicó estrategias corporativas. No le llevó al superior un problema, le llevó una solución. Taichi Chuan. Un arte marcial de origen chino que, a la vez, sirve como práctica de meditación, concentración mental y, sobre todo, relajación. La recomendación venía con cuatro alternativas de maestros, horarios y locaciones. La jefe terminó por comprar la idea y escogió un instructor que trabajaba en parques públicos.

Unos días antes, en otro lugar de  la ciudad, el médico miró a Montoya, miró los exámenes y se le puso serio. —Mire señor Montoya. Ya hemos hablado de esto. Usted tiene que hacer por lo menos un poco de ejercicio y realizar actividades que alejen su mente del trabajo. ¿Cómo va lo de conseguirse el perro?

El doctor había descubierto el relativo éxito de la compañía animal para tratar a los trabajomaniacos. Les daba algo diferente en que pensar, los obligaba a redistribuir sus energías y a realizar caminatas diarias. Pero Montoya ya tenía respuesta —Si yo compro un perro se va a morir de hambre porque no tengo ni el tiempo, ni la disposición de ocuparme de él.

El galeno no se iba a rendir tan fácil — Bueno, ¿y no conoce a nadie que tenga uno y necesite un paseador?

Aquí entra Trosky. El perro de esa vecina que generaba interés amoroso en Montoya. Un samoyedo (raza de origen ruso) blanco de 60 centímetros de alto y 35 kilos de peso. Parecía una especie de cruce entre oso polar y mamut. Pero la vecina y sus compañeras de apartamento lo habían criado como el consentido de la casa, así que más allá de su fuerza y tamaño era una mascota regalona, juguetona e inofensiva.

La oferta del vecino llegó en el momento justo, porque precisamente ese sábado no había quien sacara al animal a su paseo diario. La rutina incluía recorrer algunas calles, utilizar la bolsa plástica en caso de necesidad y nunca soltar la correa porque el can tendía a correr detrás de aquello que llamaba su atención.

Todo iba bien hasta que llegaron al parque. Trosky fijo su mirada en un pequeño grupo de personas, quienes realizaban movimientos lentos y coordinados. Una especie de karate o de kung fu pero en cámara lenta. Ese grupo donde Patricia se dejaba guiar por el maestro en una rutina tranquilizadora y relajante de ejercicios que, para lograr la concentración óptima, se complementaba con cerrar los ojos.

Lo que no fue para nada tranquilizador y relajante ocurrió al abrir los ojos y ver 35 kilos de perro peludo correr hacia ella —en plan lúdico,  pero en ese momento parecía un ataque— mientras arrastraban a un paseador quien gritaba, inútilmente, ¡quieto Trosky, quieto!

Patricia hizo un último esfuerzo por mantener la concentración, hasta que la bestia se paró en dos patas y apoyó las extremidades delanteras en la mujer. Montoya cayó al piso ante la inercia del frenazo inesperado. La agredida también fue víctima del fenómeno físico y terminó igualmente con su humanidad en el césped.

No sabemos como están hoy los problemas de estrés de los dos protagonistas humanos de esta historia. Pero superado el impacto inicial, y ya siendo claro que el perro solo quería jugar, ninguno de los dos pudo contener una relajante y, evidentemente, desestresante carcajada. 

miércoles, 29 de mayo de 2024

Ergonomía para cuatro patas


Como la casa tenía patio y los papás eran modernos pero no tanto, apenas Paquito creció lo suficiente le organizaron cama en ese lugar. Hablo de tiempos pasados, cuando animales y humanos compartían vida, pero no cama, ni habitación. Es bueno precisar que parte del patio disponía de una marquesina, la cual protegería a su residente oficial de la lluvia y de otros fenómenos climáticos.

El morador, por cierto, era una combinación genética digna de tesis de doctorado. Cuando llegó a la casa familiar, Paquito parecía una especie de cruce entre pastor collie, bulldog, pequinés, huskie y perro de taller. De su origen solo se conocía la llamada anónima que advirtió sobre la camada dejada en un basurero, donde fueron rescatados por voluntarios de cierta ONG que salvaba perritos abandonados.

Una donación en efectivo le permitió a la familia pasar de cero a uno en su componente canino. Como solía pasar  —y creo que aún pasa— los hijos pidieron mascota y se comprometieron a cuidarla. Cumplieron su promesa… unas dos semanas. A la tercera empezaron a delegar responsabilidades y más o menos a la quinta era problema de los papás, con algún aporte ocasional de los pequeños, sobre todo para juegos.

En ese contexto vino el trasteo al patio. Una vieja caja de madera, y una selección de cobijas igualmente viejas pasaron a ser casa y cama para el can. Este tomó posesión de sus dominios, acomodó las cobijas a su conveniencia y pronto definió hora fija para acostarse y para levantarse.

El final feliz vino a dañarse por cuenta de la naturaleza. El animal comenzó a crecer, con una particularidad. Al parecer tenía algún gen de salchicha (la raza, no el alimento), porque si bien su lomo no se alejó mucho del suelo, la distancia entre cabeza y cola aumentaba día tras día.

Pronto se evidenció que la caja de madera no tenía espacio suficiente para el alargado personaje. Y entonces intervino tío multitarea. Ese pariente poseía taller propio y, más importante, la habilidad de reparar, construir, desbaratar y volver a armar una enorme gama de objetos. Y aunque nunca había hecho algo parecido, se ofreció para fabricarle a Paquito una casa acorde con su nueva anatomía.

Cuando vieron que la mascota había alcanzado su máxima extensión, el hombre puso manos a la obra. Quince días después se apareció con una especie de vagón sin ruedas ni ventanas, techo a dos aguas y una sola entrada. Un “hábitat” con espacio suficiente para que el perro se acomodará cuan largo era (literalmente). El problema no era la longitud, ni la altura, sino el ancho. Porque el constructor dejó en esa dimensión el espacio justo para que el ocupante entrara pero, una vez dentro, no tenía como cambiar de posición. De ahí en adelante Paquito pasaría sus noches viendo una pared oscura y dándole la espalda al mundo exterior.

Multitarea y Padre se dedicaron a tremenda discusión —eran hermanos, así que no era ni la primera ni la última—. El más sensible de los niños se puso a llorar y pronto fue seguido por sus hermanos. Mamá no sabía a quien tratar de calmar primero y pensó, como estrategia, que los pequeños sacaran a la mascota al parque. Así que buscó a Paquito y lo encontró estrenando domicilio, observando el mundo con su cabeza justo a la entrada de la casa.

El misterio solo se vino a resolver por la noche, porque después de su paseo diario el perro no volvió a ocupar su nueva habitación. Pero ya con la oscuridad, al acercarse la hora fija en la que siempre pasaba al mundo de los sueños repitió el ritual inventado horas antes. Ese que mantendría hasta el final de sus días. 

Paquito se ubicó frente a su casa, giró con las cuatro patas 180 grados y entró, en reversa, hasta quedar perfectamente acomodado.