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miércoles, 29 de julio de 2026

Gritos, mímica, mentiras, familia y fijos

Hace años (no tantos) el teléfono era un electrodoméstico. Uno para toda la casa. Le decían fijo porque no podía desconectarse del cable enchufado a la pared. Solo había una forma de saber quién llamaba: contestando. Hoy el teléfono es multiusos, individual, portátil y te dice quién llama. Es posible ignorar o rechazar la comunicación, así como bloquear al que marcó. Y si es un mensaje de texto, se deja en visto.

No suena muy educado pero es efectivo y eficiente. Soluciona el problema con un esfuerzo mínimo. Hace años el procedimiento no era tan productivo.  Eso sí, era mucho más interesante y divertido

Riinnng riinnng riinnng. Primer grito. Generalmente maternal. ¡Alguien que conteste que estoy ocupaadaaa!

Riinnng riinnng riinnng riinnng riinnng rii… ¿Haló? Un momento. Segundo grito. ¡Maríiaaa. al teléeeeefonooo!

No pasa nada. Tercer grito. ¡MARÍIIIIIIA! QUE LA NECESITAN AL TELÉEEEEFOOOONOOOO!

María y el resto de la familia viven en una casa de dos pisos. El teléfono está en el primero y María puede estar en el segundo nivel, en el patio, en el cuarto más alejado, en el garaje, en la cocina, en el baño o en cualquier otro lugar donde no oye, o donde realiza tareas inaplazables que le impiden contestar.

Para eso están las estaciones repetidoras. El hermanito en el segundo piso se suma al llamado. ¡Maríiiiiaaaa. que tiene una llamada! De alguna parte surge una voz femenina. ¡Voooooyyyy!

Suenan pasos. Finalmente aparece María. Comienza la comunicación.

Esa no. La otra. María gesticula pero no habla. Vocaliza algo. Mueve las manos hacia adelante. Se lleva una de las extremidades al oído derecho mientras gira la otra. Frunce la nariz. Abre los ojos y arruga las pestañas. Contestador de turno se demora un poco pero finalmente entiende el mensaje.

Haló, eh, que pena, ¿de parte de quien? ¿Juan qué, perdón? Juan Pérez, sí, espere un momento.

El rostro de María se descompone. Levanta los brazos y con las palmas abiertas cruza los antebrazos, los separa, los cruza, los separa mientras voltea la cara y hace la señal se negación con la cabeza. Contestador de turno pone cara de impaciencia. Con una mano sostiene el auricular y con la otra gesticula. 

María vocaliza algo. Contestador no entiende. Ella lo dice en voz baja. Contestador no oye. Este le hace la señal manual de espere. Palma abierta al frente moviéndola hacia atrás y hacia adelante. No suelta el auricular, pero con la mano libre bloquea la bocina. La aleja de su cuerpo el máximo posible. María se le acerca y le susurra algo al oído. Contestador la mira feo. María le responde con cara de por favor.

Haló. Es que María no está. Ya buscamos por toda la casa. No, no sé a que horas llega. ¿Le deja alguna razón? Espere busco donde anotar…. Haló. Que lo llame. ¿Ella tiene el número? Yo le digo apenas la vea.

Contestador cuelga. Está bravo. Estoy harto de estas vainas. Para que le da el número a los tipos si después a mí me toca andarla negando.

María no responde pero pone cara de gracias. De le debo una. Total, solo es cuestión de tiempo para que la escena se repita, pero con los roles invertidos.

miércoles, 22 de julio de 2026

Relajación en las alturas

El trabajo lleva a Rojas a una ciudad donde funciona un cable aéreo. Circula mediante el movimiento interminable de cabinas que los usuarios abordan o abandonan en cada estación. En la que le corresponde a Rojas suben él y una señora, de esas a quienes les gusta meterle conversación al trayecto.

¿Usted sabe cuándo le hacen mantenimiento a esto? Yo monto casi todos los días y nunca lo he visto parado en el día. Comienza como a las 5 de la mañana y yo no sé a qué horas lo apagan pero una vez lo cogí como a las 10 y 30 de la noche. Imagínese. Ese cable moviéndose todo el tiempo. Los motores funcionando. Las cabinas con gente entra que sale, sale que entra. ¿Será que eso no se gasta? Me imagino que sí. Como todo. 

Rojas nunca se había subido a una cosa de esas. A duras penas entiende como funciona. Solo le pareció una forma barata, novedosa, interesante y relajante de quemar tiempo mientras llegaba la hora de su vuelo de regreso. No contesta nada, pero está seguro de que debe existir algún esquema de mantenimiento. 

Sabe qué, estoy diciendo mentiras. A veces se para. Le pasó a mi vecina. Pobrecita, ella es muy nerviosa y de repente esta cosa deja de moverse. Y mira para abajo y claro, ese vacío tan grande. Hay un timbre, véalo, para llamar uno en caso de emergencia. Alguien llamó, lo atendieron y les dijeron que tranquilos, que eso no se demoraba. Pero a mi vecina le parecieron horas aunque parece que la cosa solo duró unos minutos.

Rojas se concentra en el paisaje. Edificios, montañas, nubes. Pero no puede reprimir una mirada hacia abajo. Un vacío de muchos metros sin nada diferente de la cabina entre los pasajeros y el lejano piso.

Y que tal una de afán y esta cosa parada. Ahí sí ni modo de hacer lo que hace una cuando se vara el bus. Cómo hace para bajarse y coger otro. Sí, es mucho el tiempo el que se ahorra en cada recorrido, pero si llegara a pararse queda una como y ahora qué hago. Que tal que tenga que coger un avión, esos no esperan.

De todos los recorridos posibles, Rojas había elegido el más largo. Repasa la hora de su vuelo. Mira el reloj.  

Es que imagínese a los que les da mareo. Y a la gente con miedo a las alturas. Los que tienen nosequefobia*. De repente mi vecina es así, aunque si es así quien la manda de boba a subirse a un aparato de estos.

Rojas suelta un ajá de vez en cuando por aquello de no parecer mal educado. Pero ya no mira hacia abajo.

Yo no sé si cuando esto se para y hay viento fuerte las cabinas se mueven. O qué pasa si hay un temblor de tierra. Imagínese si esto se mueve y algún mareado no aguanta y vomita. Uno encerrado con esos olores. Es que ni siquiera tiene que vomitar. Con que a alguien se le salga un gas ya todos llevan del bulto.

Instintivamente Rojas se lleva la mano al estómago. Apreta la manilla de la que está agarrado hace rato.

Por acá nunca ha pasado nada grave, gracias a Dios, pero una nunca sabe. Llegamos. Que le vaya muy bien.

Rojas siente un vaiven. Probablemente imaginario, porque la vecina ni se mosquea. Sale de la cabina con una sensación de alivio al pisar tierra firme. Pasa varios minutos embobado mirando los mecanismos del cable. Mira el reloj con cara de me va a dejar el avión.  Respira mientras siente que algo le cruje en las tripas.

Parecía una forma barata, novedosa, interesante y relajante de pasar el rato. Y sí, fueron tres de cuatro, Pero en este caso, tres de cuatro sí estuvo mal.

*Acrofobia. Fobia a las alturas (primera acepción RAE)

miércoles, 15 de abril de 2026

Extremo tardío

De tanto leer historias de aventuras a Gabriel le dio por vivir su propio gesta. No pudo dedicarse a la piratería en Malasia. No pudo buscar tesoros en islas escondidas. No pudo descender por un volcán camino al centro de la Tierra. Tampoco pudo enrolarse en el cuerpo de mosqueteros del rey de Francia.

El joven lector vivía lejos del mar, de los volcanes y de Francia. Los únicos Reyes que conocía eran la familia de enfrente. En cambio tenía cerca montañas dignas de exploración y recorrido. Así que un día escogió un cerro: se echó morral a la espalda con una muda de ropa, agua y comida; e inició su epopeya particular.

Como eso pasó hace 80 años, Gabriel trastoca muchos detalles cada vez que cuenta la historia. Pero hay partes que no cambian. Se perdió. La comida y el agua se acabaron. Estuvo deambulando un par de días, sin tener idea donde estaba, hasta el feliz encuentro con unos campesinos que lo devolvieron a la civilización.

La desastrosa experiencia y la muenda que le dio su papá por volarse sin permiso lo alejaron del mundo de la aventura. Mucho tiempo después surgió una industria a la que le pusieron deportes extremos. Actividades de alta exigencia física y cierto nivel de riesgo real para la salud del practicante. Aventuras a la medida. Actividades que a Gabriel nunca le habían interesado. Hasta ahora.

Como los años no pasan gratis, la cercanía al primer siglo de vida terminó por pasarle factura a la movilidad del sujeto. Para trayectos largos (cualquier salida de casa clasifica como tal) debe utilizar una silla de ruedas y, por ende, alguien que lo acompañe ejerciendo el verbo empujar. La labor se la turnan parientes, amigos, personal de atención y espontáneos. 

Los familiares, sobre todo los más jóvenes, tienen clara su prioridad. No es la silla. Es el teléfono. Trabajan a dos manos. Con una empujan y con la otra atienden una llamada o miran alguna cosa en el celular. En movimiento. Levantando ocasionalmente la mirada. Casi todo el tiempo. O todo. 

Los parientes más maduros o los amigos también hablan, pero con Gabriel. Son animadas conversaciones mientras recorren andenes y calzadas. Las anécdotas, las preguntas, los chismes, todo eso que implica un buen diálogo y que puede distraer (y lo hace) a quien, en la práctica, es responsable de la movilidad y seguridad del usuario de la silla móvil.

Otra situación. El pésimo estado de muchos andenes los convierte en una verdadera trocha repleta de obstáculos para los peatones. Y en vías intransitables para Gabriel y su paseador de turno. Entonces es inevitable bajar a la calzada. La misma por donde andan los carros. Los buses. Las tractomulas. Las motos.

Claro, existen rutas exclusivas para vehículos de tracción humana (o de baja velocidad) de dos o hasta tres ruedas. De vez en cuando se ve a Gabriel debidamente empujado mientras recorre esos caminos. A su lado pasan patinetas, motos eléctricas. corredores en entrenamiento y una que otra carreta de reciclador.  También muchas bicicletas. Por algo las llaman ciclorrutas. 

A estas alturas de la vida, Gabriel toma las cosas como vienen y siempre les busca el lado positivo. Por eso cada salida a la calle se ha convertido en un desquite de esa aventura fracasada en su ya lejana juventud. Porque sin ninguna intención (o quien sabe) los comportamientos de sus acompañantes o la realidad de la infraestructura urbana convirtieron las salidas en silla de ruedas en algo mucho más interesante.

Un deporte extremo.   

miércoles, 18 de febrero de 2026

Despiste manda mensajes

A la suegra de Despiste le costó trabajo. Pero como ella es servicial y dispone de mucho tiempo libre, finalmente logró averiguar opciones de vuelos para Sincelejo. En cambio, el técnico que reparó el televisor y la lavadora de Despiste no pudo. Él intentó indagar sobre qué hacer ante una demanda de paternidad responsable, pero cuando su propia esposa no le creyó que era un favor para un cliente, optó por desistir.

En la casa cural el sacristán, en cambio, conocía a un plomero al cual remitió la consulta sobre renovación parcial o total del baño que le hizo Despiste, enfatizándole (al plomero) que fuera lo más específico posible en los presupuestos, tal y como había pedido el interesado. En otro escenario, el profesor de los hijos de Despiste había adquirido alguna vez un seguro todo riesgo para proteger el menaje de su casa, así que no tuvo problema en responder las inquietudes que el padre de sus alumnos le planteó al informarle su intención de buscar una póliza de este tipo.

La administradora del edificio donde Despiste habita, en función de su trabajo, tiene muy claro lo de las fechas de declaración de renta. Aún así, para evitar malos entendidos con un propietario tan cumplido, verificó cuidadosamente los plazos de la obligación tributaria antes de responder la inusual consulta.

Quien no pudo atender los requerimientos de Despiste fue el conductor que lleva años prestándole servicios de transporte.  Eso sí,  muy educadamente le contestó que era imposible llevarle el mercado  porque ese día ya lo tenía copado. Por eso tampoco le pidió datos adicionales, ya que el escueto mensaje no daba detalles clave como dónde había que recogerlo y cuál era el contenido.

En la EPS también le replicaron pidiendo datos concretos, porque para ellos no era factible confirmar una reserva solo con el nombre. Ademas le sugirieron ser más específico sobre si lo que había reservado era una consulta, un laboratorio, una imagen diagnóstica  o algún otro tipo de atención en salud 

La lista de interlocutores con pedidos o preguntas cuando menos inesperadas de parte de Despiste podría seguir entre parientes, amigos, proveedores de servicios de múltiples especialidades, conocidos ocasionales o instituciones de esas con las que la gente termina desarrollando relaciones más o menos permanentes.

En honor a la justicia hay que decir que a Despiste no le pasa nada que no le ocurra a otros seres humanos. Poseer un teléfono inteligente implica un flujo constante de mensajes escritos a y desde diferentes destinatarios. En medio de tanta escribidera, es inevitable que, de vez en cuando, alguien termine enviándole una comunicación al destinatario incorrecto. 

A todos nos ha pasado por lo menos una vez. Pero a muy pocos (por no decir ninguno) le pasa tantas veces y, sobre todo, tan seguido como a Despiste.  Además, de alguna manera el receptor equivocado siempre tiene alguna lejana relación con el asunto de la petición, por lo que le suena raro, pero no improbable. Y como Despiste es buena gente, pues hay que ver como ayudarlo. 

Como a Despiste siempre le contestan algo, presume que no debe explicar su error de envío. Por eso nunca se enteran de que el mensaje era para otro. La suegra de que era para la agencia de viajes, el técnico de que era para el abogado, el sacristán de que era para el plomero, el profesor de que era para el corredor de seguros, la administradora de que era para el contador, el conductor de que era para el supermercado, la EPS de que era para el hotel y una interminable lista de etcéteras.

Despiste manda mensajes a las personas equivocadas. Ellos le contestan. Ese es el problema.

Y si algún lector conoce o ha vivido historias similares, lo invito a compartirlas en los comentarios.

miércoles, 28 de enero de 2026

Antes y ahora

Antes la gente manipulaba el teléfono para hacer o contestar llamadas; ahora muchos no lo hacen en el espacio público por aquello de la seguridad. En cambio...

  • Antes gritaban cójanlo; ahora hacen un video del ladrón huyendo.
  • Antes regañaban al que no atendía o atendía despacio; ahora le hacen videos y los cuelgan en redes.
  • Antes la prioridad de los reencuentros era conversar; ahora es tomarse la foto.
  • Antes había que ayudar al caído; ahora hay que grabarlo.
  • Antes un concierto era para gozar, cantar, aplaudir, bailar; ahora es para hacer el video antes, durante y después.
  • Antes lo importante era estar ahí; ahora lo importante es que quede registro visual en redes.
  • Antes el que llegaba tarde o no cumplía los requisitos pedía disculpas o rogaba por una excepción: ahora hace un video donde él es la víctima. 
  • Antes lo importante del plato que traía el mesero era su preparación, sabor (y a veces la cantidad); ahora la prioridad es tomarle una foto antes de consumirlo (en caso de que se consuma).
  • Antes el orgullo de los graduados estaba en el diploma, ahora el orgullo de los graduados está en el diploma siempre y cuando se vea en la foto o el video.
  • Antes lo importante era contar la anécdota; ahora lo importante es tener el video.
  • Antes la fila era un requisito previo para alcanzar una meta; ahora es evidencia gráfica de mala atención o de la participación del protagonista en algún evento importante.
  • Antes se viajaba para conocer monumentos y lugares; ahora se viaja para tomar fotos donde el modelo tapa monumentos y lugares.
  • Antes los primíparos protagonizaban un proceso académico que comenzaba con la inducción; ahora los primíparos protagonizan un video y muchas fotos de una fiesta de inducción.
  • Antes se tomaba nota o se memorizaban datos clave; ahora se toma una foto.
  • Antes estrenar ropa, peinado, maquillaje, carro, casa, trabajo era una primera vez que la gente compartía con su círculo cercano: ahora lo comparten con el mundo entero, así al 99,9999999 % le importe un rábano.
  • Antes el paso del tiempo era una cuestión cronológica; ahora es un comparativo público de fotos.
  • Antes la intimidad y privacidad eran un derecho; ahora son un espectáculo que compite por alcanzar públicos cada vez mayores.
  • Antes escaseaban las cámaras pero abundaban las películas de monstruos, ovnis y fenómenos sobrenaturales; ahora abundan las cámaras y... 
  • Antes lo importante de las reuniones laborales y académicas era el aporte individual y los logros compartidos; ahora es la foto del grupo.
  • Antes los certificados, diplomas y demás constancias de logros académicos se enmarcaban; ahora se publican en redes sociales.
  • Antes los fans se acercaban tímidamente a un famoso para saludarlo o pedirle un autógrafo; hoy se ofenden y lo insultan si no accede a tomarse una foto o grabar un video.
  • Antes el artista priorizaba que los demás vieran y disfrutaran o hasta criticaran su obra; ahora el artista prioriza divulgar la foto o video al lado de su obra.
  • Antes poner cara de foto requería minutos o por lo menos segundos de preparación. Ahora se dispara en automático.
  • Antes el ejercicio individual implicaba esfuerzo,  sudor, cansancio y hasta dolor y suciedad; ahora implica mostrar ropa deportiva curiosamente limpia (y de marca), cara de felicidad, cuerpos impecables y números exitosos.
  • Antes las experiencias eran para vivirlas: ahora son para tomar fotos y hacer videos. 

miércoles, 12 de noviembre de 2025

La polémica del ecologista tardío

Las camisetas de Arturo, el pensionado, reflejan el paso de los años gracias a su sistema de ventilación. Desde pequeñas perforaciones hasta tremendas troneras repartidas estratégicamente del cuello para abajo. Adicionalmente, acusan curiosas combinaciones cromáticas derivadas de la influencias de los elementos. El otrora blanco está en algún punto entre gris y caqui, los que fueran colores vivos parecen capando cementerio y los estampados se han convertido en imágenes borrosas, recortadas e indescifrables. 

El deterioro de las prendas obedece al tiempo transcurrido desde la última adquisición. Se cuenta en años, nadie sabe con exactitud cuantos. Con el resto del guardarropa ocurre algo similar. El hombre aplica la moda de los yines gaminosos, es decir desteñidos, deshilachados y rotos. No como resultado de lijas, tijeras. piedra pómez o procesos industriales, sino del paso inexorable de años de uso, abuso y lavada.

Otros pantalones son plataformas creativas para remiendos y parches de todos los colores, formas y tamaños. Lo mismo pasa con suéteres, chaquetas, camisas, chalecos y demás prendas de vestir (circulan historias terroríficas no confirmadas sobre la ropa interior). Los zapatos muestran desgaste evidente en la suela (lo evidente es el zipote hueco) y libertad en las costuras. Se entiende por libertad la falta de unión de piezas de cuero u otro material que, teóricamente, deberían estar cosidas o por lo menos pegadas. 

Las particularidades trascienden el guardarropa. Hace rato cambio su sistema de transporte. Ya no se mueve en vehículos emisores de gases contaminantes. Usa una destartalada bicicleta con el mejor sistema de seguridad posible. Ningún ladrón se va a robar esa porquería. 

Arturo solo se baña cuando debe reunirse con otros seres humanos (y a veces ni así, lo que ha reducido radicalmente ese tipo de encuentros). Su casa abunda en recipientes donde se recoge el agua utilizada en ducha, lavado de platos y otros, la cual es utilizada para descargar el sanitario.  Hace tanto que no baja la cisterna que se rumora la existencia de un ecosistema en el tanque. 

Al estilo de las madres de otras generaciones, reutiliza hasta su desintegración todo lo que puede reutilizar. Cual abuelo con taller almacena concienzudamente objetos metálicas en desuso (oxidados y de las otros), así como cualquier pieza cambiada en procesos de reparación o reemplazo del menaje doméstico y de la infraestructura residencial. Incluye tornillos, tuercas, clavos, empaques, roscas, resortes, grapas, pedazos de tubo, perillas, cables de diversos calibres y materiales. 

También guarda, hasta el último cuncho, cualquier producto no alimenticio en su empaque original. La lista abarca pegantes, aceites, cemento, jabón, alcohol, desinfectantes. Cuando finalmente desaparece la última gota, el respectivo recipiente pasa a engrosar una interminable colección de envases vacíos.

Arturo tiene justificaciones tajantes para su particular forma de asumir las conductas descritas y otras. “Eso todavía sirve” o “Eso algún día sirve” o “Eso no hay que botarlo todavía”.

Hace años, algunos conocidos recuerdan que el hombre entró en la onda ambiental, con un discurso de mochilas ecológicas, huellas de carbono y reciclaje. Pero esos mismos conocidos saben que cuando necesitan un préstamo Arturo NO es el tipo, que a la hora de pedir la cuota (de lo que sea) es duro para soltar su aporte y que siempre está ocupado cuando lo convocan a actividades que demandan algún tipo de copago.

A estas alturas, lo que nadie sabe es si el hombre es un ecologista coherente que en la última etapa de su vida modificó sus hábitos en beneficio del planeta ...o un viejo tacaño. 

miércoles, 22 de octubre de 2025

El misterio de los recovecos inalcanzables

Nadie recordaba haberlo visto antes. Era un objeto pequeño, redondo, desarmable y con partes móviles. Ni papá ni mamá Rodríguez, ni sus hijos e hijas sabían qué era o para qué servía. El conductor del camión y los ayudantes del trasteo tampoco pudieron aportar información sobre la naturaleza y finalidad del artefacto. 

La familia Rodríguez conoció mejores tiempos. Sin entrar en detalles, una serie de malos negocios comprometió su patrimonio. Tanto, que debieron cambiar su casa por un apartamento moderno, o sea, de espacio mínimo.  Vender, ceder o almacenar en otro lugar la mayor parte del mobiliario parecía inevitable. 

Los Rodríguez tal vez no sean buenos negociantes, pero recursivos sí son. Asumieron el reto de explotar al máximo el área disponible. Cero desperdicio. Casi todo el menaje doméstico fue apretado, apiñado y apilado en cada punto, rincón o recoveco de la vivienda. Los “ados” más importantes fueron dos: acomodado y utilizado. Encajaron de techo a piso, como jugando tetris, sillas, mesas, camas, estanterías, armarios, electrodomésticos y demás. Dejaron apenas el espacio necesario para circular (muchas veces de lado). Aunque hubo que salir de unos cuantos objetos,  el porcentaje “salvado” superó los cálculos más pesimistas.

Después vino el ajuste de las rutinas. Caminar de izquierda a derecha y viceversa. Asegurarse de que dos personas jamás compitieran por el mismo espacio (o que por lo menos una de ellas estuviera sentada o recostada). Entrenar cuerpo y cerebro con el fin de salir automáticamente de determinados sitios cuando otro entrara. Programar horarios y actividades para minimizar las coincidencias de tiempo y lugar.

La cosa funcionó bastante bien hasta que a la hija menor se le cayó un esfero. El artefacto rebotó varias veces y fue a dar debajo de ese mueble con cajones sobre el cual había una estantería donde se guardaban implementos de cocina. El conjunto se apoyaba en una poltrona que a la vez se sostenía contra la pared.

La niña intentó agacharse a recoger su esfero. El espacio libre apenas alcanzaba para que circulara una persona de pie. Puso la silla del comedor encima de la mesa y así logró  llegar al piso… a perder el tiempo. En efecto, si bien su brazo era delgado, no cupo debajo del mueble.  Tampoco cupo un palo de escoba, un viejo plumero, un paraguas, un bastón y demás artefactos aportados por el resto de la familia que se sumó a la búsqueda. Sí cupo un pedazo de cartulina doblado, pero no sirvió de nada. Mover los muebles era imposible. Tarde en la noche se dieron por vencidos. La niña hizo su tarea con otro esfero y al otro día sacó mala nota.

El utensilio para escribir fue solo el comienzo. Historias similares pasaron con cucharas, cepillos de dientes, peinillas, afeitadoras, pinzas, joyas (de fantasía y de las otras), llaves, puntillas, pastillas, monedas y muchas cosas más con tres elementos comunes: pequeñas, resistentes a los golpes y con la disposición a rebotar. Caían al piso, iban a dar a algún recoveco inalcanzable y desaparecían del inventario familiar.

Un día hubo recursos suficientes para trastearse a un espacio más amplio. Mientras desbarataban el rompecabezas de bienes muebles los objetos perdidos resurgieron. Algunos (previa limpieza de una enorme capa de polvo) aún servían. Otros ya eran basura como restos de comida momificados o petrificados. 

Cierto grupo jamás regresó. Alguien recordaba claramente haberlos perdido pero, aunque los buscaron con lupa, nunca reaparecieron. En cambio, encontraron elementos (no muchos) que nadie en la familia reconoció haber tenido, utilizado o perdido. Todos juraron nunca haber visto ese arete, ese circuito integrado, esa moneda de país extraño o esa cosita redonda y desarmable con partes móviles de uso desconocido. 

En el anecdotario familiar, la historia quedó como el misterio de los recovecos inalcanzables.

miércoles, 27 de agosto de 2025

Alós de alto riesgo

El aparato suena, vibra, o suena y vibra. El joven lo saca del bolsillo, de la cartera, del estuche, lo mira y... No contesta.

El señor Salgado (exjoven) considera ese comportamiento absurdo e inaceptable. ¿De qué sirve tener teléfonos costosos, modernos y versátiles, si no se utilizan para hablar por teléfono?

Él, en cambio, siempre responde. Diariamente dedica un creciente tiempo a desperdiciar alós que jamás reciben réplica, pues inmediatamente, o tras un incómodo silencio, la misteriosa llamada se corta. Doblemente misteriosa cuando el número que registra su dispositivo muestra orígenes internacionales como Países Bajos, Nigeria, Dubai o algún pueblo perdido de Alaska. Locaciones donde el tipo no conoce a nadie, jamás ha estado y no piensa volver.

Otras veces del otro lado de la línea plantean una oferta comercial. Salgado trata de obtener detalles o de expresar educadamente que no le interesa pero el interlocutor sigue hablando. Pasan varios minutos hasta que el hombre descubre que está “conversando” con una grabación.

Ahora, las comunicaciones comerciales son más fáciles de administrar con una máquina que con una persona. A la grabación se le puede colgar. Al vendedor o vendedora del call center también, si no fuera porque este parece tener a la mano una lista interminable de argumentos para mantener el diálogo con Salgado.

No tengo tiempo... ofrecen llamarlo de nuevo. Ya tengo ese producto... le sueltan mil razones para renovarlo. No me interesa... preguntan por qué y le arman conversación. No molesten y cuelga… se dispara un acoso de llamadas desde múltiples números que puede durar horas, días, semanas…

A eso se le agregan otras comunicaciones con noticias como que ganó alguna rifa en la que jamás se anotó, que debe hacer urgentemente algún ajuste en sus servicios bancarios, o de algún pariente que nunca había oído nombrar quien le pide dinero, ¡urgentemente!.

El señor Salgado aprendió (tras girar gastos de envío para un premio que, años después, no ha llegado) a verificar cuidadosamente antes de actuar. Más cuando abundan las historias que terminaron en pérdidas económicas mucho más grandes que la que él tuvo.

Claro que existe una forma sencilla de evitar estos y otros problemas. No contestar las llamadas cuando provengan de números desconocidos.

Lo aburridor es reconocer que, de nuevo, los jóvenes tienen razón.

miércoles, 23 de julio de 2025

Prioridades perversas

En el principio fueron las filas. Colas interminables. Muchas veces al sol y al agua. Avanzaban lenta y perezosamente desafiando la paciencia y devorando el tiempo disponible. Estaban en el cine, en el banco, en las oficinas públicas, en los almacenes, en los colegios, en las universidades. En todas partes. 

Aristides entró por ahí al mundo laboral. Estrenando cédula se enganchó como mensajero. Las diligencias ajenas fueron su destino. Hacer filas su rutina. Pasaba de una formación a otra mientras consignaba, pagaba, retiraba, reclamaba, recogía y despachaba mandados empresariales y personales. 

Mucho tiempo pasó, el tipo se dedicó a otras cosas y un día cumplió requisitos y amaneció pensionado. Con cantidades industriales de tiempo libre y escasez crónica de alternativas para ocuparlo. Volvió a sus orígenes. Ahora es el mandadero oficial de la familia. Periódicamente algún pariente lo contacta y tras el saludo viene un “Ari (o tío Ari, o don Aristides, o mijo, o Aristi…) será que me puedes ayudar con… 

Todos felices. Se aprovecha la capacidad instalada (y desprogramada). Se evitan visitas tan inoportunas como interminables. Se le colabora al pariente para que tenga algo que hacer. Además, el viejo no cobra. El jubilado del clan  es agendado periódicamente para pagar servicios públicos, reclamar medicamentos, tramitar documentos o recoger algún pendiente en casa ajena, centro de despacho u oficina pública.

Aristides evolucionó. Las filas también. Ya no se ven tanto. Las tecnologías modernas permiten hacer desde cualquier parte lo que antes demandaba desplazarse y alinearse en algún lugar. Y donde todavía hay presencialidad y muchas personas prestan el mismo servicio (cajeros de banco, por ejemplo) ya no es una fila para cada uno (lo que siempre terminaba en filas rápidas y filas lentas). A punta de postes separadores y cintas retractiles crearon la fila única.  Se democratizó el asunto. Ahora la fila lenta es para todos.

Otra novedad son las fichas. En vez de hacer filas eternas durante todo el día, se hace una sola, madrugadora, para recibir un número. Y después a esperar el llamado sin tener que estar respirándole en la nuca a alguien. La misma repartición de turnos ha cambiado. Hoy no es ese tipo que aparecía en la puerta a primera hora con una caja de fichas plásticas o de madera, o con un rollo de papelitos numerados. Hoy es una máquina (donde el interesado teclea sus datos) la que entrega el respectivo desprendible. 

Descrito así, suena perfecto, pero ademas de una curiosa subespecie que trafica fichas, hay otro problema. Resulta que los turnos no se asignan en orden de llegada. No. Los usuarios se clasifican en grupos diferentes,  normalmente identificados por una letra, y así los van llamando. La idea sería buena, si alguien entendiera su lógica... en caso de que la tenga.

Se supone que hay un código prioritario para la tercera edad, pero van primero los que escogieron atención normal. O por cada veterano despachan 10 “juveniles”. O la máquina pregunta de forma inquisitiva el tipo de servicio requerido pero, a la hora de la atención, los servicios se prestan indistintamente por cualquiera en cualquier orden. Misteriosas razones convierten al empleado en hora de almuerzo en un B, a la señora de edad en una C, al mensajero en una A, al cliente tradicional en una Z y al ocasional en una J. 

La pantalla gigante o la voz de los encargados tienen la función de notificar quien sigue. Reina ese "orden" basado en la más misteriosa de las prioridades. Quien lleva una hora esperando ve resignado como convocan a quienes apenas acaban de llegar. El cliente con décadas de uso de los servicios se ve desplazado por usuarios ocasionales. En la pantalla aparecen 10 categorías diferentes, cada una con su letra, donde la única que falta es la de él o la de ella.

O para ser específicos, la de Aristides. Menos mal que ya no tiene afán.

miércoles, 2 de julio de 2025

Misterios de la casa grande

A la hora de construir lugares de residencia, cada vez optimizan más el espacio. Eso traduce en acomodar uno encima de otro apartamentos “familiares” que ocupan áreas equivalentes a la que antes se dedicaba a los baños. Para equilibrar, lo que sí crece de forma inatajable es el precio. Eso es problema de economistas, arquitectos, sociólogos, banqueros, ingenieros y maestros de obra. 

Nuestro problema es de viejos, veteranos, usados, cuchos y demás. De quienes tuvimos la oportunidad de crecer en casa más o menos grande. Por lo menos, lo suficientemente grande para tener misterio (s) propio. Preguntas cuya respuesta aún ignoramos y que, incluso, se replican en tiempos modernos y hogares de dimensiones mínimas.  Van 20 de mi cosecha y, como estoy seguro de que hay muchas más, los invito a dejarlas en los comentarios.

   1. ¿Qué había en ese cajón, puerta, caja grande y hasta cuarto que nunca se abría y cuyo contenido era y sigue siendo absolutamente desconocido?

    2. ¿Qué fue en sus comienzos el trapo de la cocina, antes de convertirse en ese pedazo de tela multiusos, siempre húmedo con algún rezago visual de un pasado más digno?

    3. ¿Por qué sin importar lo moderna que fuera la cocina de gas y las veces que se renovara, siempre se seguía encendiendo con el mismo viejo mechero?

    4. ¿Por qué la casa tenía un comedor si siempre comíamos en la cocina?

    5. ¿Cuáles eran las emergencias que se supone deberían atenderse en el baño de emergencia?

    6. ¿Quién era San Alejo y por qué tenía un cuarto propio lleno de cosas inútiles o de adornos que solo se utilizaban en el fin de año?

    7. ¿De dónde salió esa bicicleta estática, caminadora u otro aparato para gimnasia que nadie utilizaba?

    8. ¿Cuál era el origen de esa extraño y oxidada estructura metálica que había en la terraza o en un rincón del patio?

    9. Y hablando de patios, ¿de dónde salió esa flor o vegetal que nadie sembró?

    10. Si existía más de una puerta de acceso. ¿cuál era el criterio para establecer cuál era la de uso permanente, la que solo se abría en ocasiones especiales y la que nunca se utilizaba?

    11. ¿Qué explicación tenía ese infaltable rincón a medio construir, a medio pintar, a medio resanar, a medio arreglar que nunca finiquitaron?

    12. ¿Qué justificaba el hecho de que, no importaba la disponibilidad de espacio, siempre había que guardar algo debajo de las camas?

    13. ¿Quién o quiénes eran los de esa vieja foto colgada en algún corredor que un día desapareció misteriosamente?

    14. ¿Porqué existía un mueble estilo vitrina lleno de utensilios útiles (vasos, platos, cubiertos, jarras) que permanecía bajo llave y cuyo contenido nunca se usaba?

    15.  ¿Cual era la historia de la mancha oculta detrás del cuadro con la foto de los abuelos?

    16. ¿Qué principio físico o acústico generaba la extraña filtración de sonidos de las casas vecinas, con la curiosa sensación de que la fuente del ruido estaba en la nuestra?

    17. ¿Si nacimos y crecimos ahí, por qué tanto miedo (no solo nuestro sino de los adultos) a quedarnos solos en esa casa por primera vez? 

    18.  ¿Porque los pasitos atribuidos a ratas y ratones se escuchaban encima de nosotros, si esos bichos no vuelan?

    19. ¿Por qué cuando la vida nos da la oportunidad de volver a la casa de la infancia después de mucho tiempo, la primera impresión siempre es que todo solía ser más grande?

    20. ¿Dónde terminó ese mueble, objeto, instrumento o similares que toda la familia recuerda, pero cuyo destino nadie conoce? 

miércoles, 4 de junio de 2025

Ecologistas precursores

Primero lograron un impuesto al consumo de bolsas plásticas. Luego obtuvieron una prohibición parcial de su uso. Los ecologistas cobran como victorias esos ajustes en el marco legal vigente. No solo (dicen) cambiaron la Ley, sino que ellos generaron nuevos comportamientos de la gente para beneficio del medio ambiente.

Mienten.

Esto comenzó mucho antes del discurso verde, de los objetivos de Desarrollo Sostenible y de que salvar al planeta no involucrara pelear con invasores alienígenas sino cambiar comportamientos. 

Y yo soy la prueba. Pertenezco a una institución, una tradición, una costumbre, un comportamiento cultural atávico arraigado que lleva a resultados similares, así los objetivos sean diferentes.

La verdad no sé cuando aparecimos. En cambio, tengo absolutamente claro quien es nuestro origen, nuestro génesis, nuestra madre. Lo de madre es literal. Venimos de esas mujeres. Mujeres de otras épocas. Amas de casa de tiempo completo. Expertas en hacer rendir los recursos escasos del presupuesto familiar para satisfacer las necesidades ilimitadas de hogares donde lo único que abundaba eran los hijos e hijas. 

Ellas se inventaron el reciclaje. Y gracias a ese aporte un día nacimos, en el seno de una o varias familias.

Porque de ahí venimos. De un lugar de residencia donde conviven padre, madre, prole y demás parientes. Hablando de parentela, en tiempos recientes algunos de nuestros descendientes se han extendido a empresas, comercios y lugares públicos. Pero nosotros comenzamos como un asunto familiar. 

Inicialmente teníamos otra vocación. No todos somos iguales. Algunos nos caracterizamos por belleza y elegancia dignas del más rebuscado diseño. Otros, en cambio, destacan por valores físicos como fuerza y resistencia. El elemento común es el tamaño. Ese que sí importa. Entre más grandes, mejor.

Llegamos a las familias cumpliendo una función similar a aquella que ocupará el resto de nuestra existencia. Una vez cumplida esa misión ella, la madre, decidió. Decidió darnos una segunda oportunidad que incluye ubicación y nuevo oficio.

Podemos estar en la cocina, en un clóset, en el garaje, en el cuarto de San Alejo, en un patio o en cualquier otra parte de la casa o apartamento de turno. Como se darán cuenta, la discreción es parte del trabajo. Existimos pero no a la vista del público en general. Todos en casa nos conocen y saben dónde estamos, pero rara vez nos presentan a las visitas.

En principio nuestra usuaria es, de nuevo, la madre, pero poco a poco el resto de la familia se integra. Lo bueno es que así vamos creciendo. Lo malo es que cada vez los proveedores son más descuidados  Empezamos el nuevo trabajo de una forma ordenada y sistemática pero poco a poco pasamos al descuido y la improvisación. Aún así, ahí estamos, disponibles en horario de 24 x 7. 

De nuestra constitución y resistencia depende el tiempo que prestaremos servicio. Solucionamos todo tipo de problemas que pueden involucrar alimentos, encargos, almacenamiento, estudio, objetos prestados,  trasteos y aseo —entre otros muchos— y, de pasadita, le damos una mano al medio ambiente.

Soy la bolsa (usada) de las bolsas usadas.

miércoles, 28 de mayo de 2025

La chaqueta de Vladimir


Nota de la redacción. Retomamos con algunos ajustes menores una historia escrita en los años 90 del siglo pasado, cuando por acá escaseaban los celulares, no había pagos electrónicos, pero en cambio ya existían las fiestas retro.   

Todo comenzó cuando Vladimir le pidió prestada a su primo Álvaro la chaqueta de cuero. Era un modelo algo clásico, medio hippie, con broches y flecos por todo lado. Esa noche el hombre estaba invitado a una fiesta, modelo 60,  y pensó que la chaqueta sería buena idea. Solucionado el problema de vestuario, el siguiente era el de plata. Día: viernes. Hora. 7.30 p.m. 

Afortunadamente la pinta modelo 60 correspondía a un hombre de los 90, lo que significa cajero automático igual a billete. Vladimir, con aspecto de anacrónico pandillero buscó un dispensador de dinero. En realidad se veía ridículo. Chaqueta de cuero llena de adornos. Pantalón de Terlenka* y bota campana. Una camiseta con un descomunal signo de paz impreso. Y una balaca en el pelo... pero era un disfraz.

De todas formas, agarró taxi para seguirse de una vez hacia la fiesta. Y apenas vio un cajero vacío, en plena avenida, se bajó a hacer el retiro y le dijo al conductor que lo esperara. Las pocas personas que pasaban lo miraron extrañadas. Pero a Vladimir no le importó, era cuestión de minutos. Introdujo la tarjeta, algo lo distrajo... y entonces sintió un tirón en el brazo y vio en la pequeña pantallita el letrero: este cajero se encuentra fuera de servicio.

Iba a cogerse la cabeza cuando se dio cuenta de que no podía levantar el brazo derecho, pues el mecanismo del dispensador, de alguna forma, había atrapado los flecos de la chaqueta. Y esta no salía.

En lo primero en que pensó Vladimir fue en quitarse la chaqueta. Lo segundo fue como destrabar el cierre. Lo tercero fue una alusión poco respetuosa a la madre del cajero, de la chaqueta y del cierre. Allí estaba, vestido como un viajero del tiempo de 30 años atrás, en una de las calles más concurridas de la ciudad, atrapado por una máquina y sin plata para... ¡el taxi!

El vehículo se hallaba parqueado en la acera de enfrente. El conductor podría ver a Vladimir, pero no oírlo. Así que el hippie trasnochado empezó a gesticular con su brazo libre a ver si lo notaban. Y sí, lo vieron. Lo vieron unas 200 personas que pasaron en ese momento por ahí a pie, en bus, carro particular, buseta, taxi, zorra, patines y bicicleta. Lo vieron los vecinos de la casa de enfrente. Lo vieron los jóvenes, los viejos, los ejecutivos, las universitarias, los colegiales. Lo vieron todos...  menos el chofer del taxi.

Descartada esa posibilidad, empezaron a llegar los equipos de rescate... o mejor, los patos de rescate. Se arremolinaron alrededor de Vladimir dando cada uno su mejor propuesta de solución. Que arrancara la chaqueta a la brava. Que fuera jalando poco a poco.  Que se cortara el brazo. Que apretara las teclas hasta que respondiera.

La víctima ejerció como atracción turística por una hora cuando finalmente se apareció el técnico del banco, quien después de desternillarse de la risa 20 minutos se introdujo al interior de la máquina, algo hizo y liberó al esclavo del cajero.

Lo único que este quería era largarse, así que cruzó la calle y agarró el taxi, cuyo conductor no se había percatado de nada. Y tal vez fue la ofuscación, el afán, o el mal genio... pero lo cierto fue que solo cuando le dijeron el costo de la carrera, cayó en cuenta de una cosa.

No tenía plata.

* Terlenka es una tela gruesa de poliéster que fue ampliamente utilizada para elaborar pantalones bota campana cuando estos eran lo último en materia de moda.

miércoles, 14 de mayo de 2025

Llamen a Charles

Charles es un pisco eficaz y eficiente. Su función en la vida es solucionar problemas, lo cual logra (eficacia) con relativo poco esfuerzo (eficiencia). Eso sí, su particular forma de trabajar suele generar efectos colaterales. Pero eso es otro cuento.

Al sujeto lo conocimos en tiempos estudiantiles, junto a un tal Baldor. Fue cuando pasamos de la tradicional aritmética a la compleja álgebra. Cuando noches y fines de semana se convirtieron en campo de batalla contra ecuaciones de primer y segundo grado, factorización, logaritmos y otras pesadillas.

Apenas empezaba. Vendrían luego la trigonometría, el cálculo, la química, la física. Brochazos de conocimiento que para la mayoría de nosotros solo fueron problemas. Literalmente. Eran materias que demandaron solucionar listas interminables de desafíos intelectuales con fórmulas cada vez más complejas. 

Lo bueno era que la solución, normalmente, ya estaba publicada en el libro respectivo. Lo malo era que, después de una juiciosa aplicación del paso a paso especificado en esa fórmula explicada al detalle y escrita en todos los textos relacionados, llegábamos a una respuesta… que no coincidía con la oficial. Entonces repetíamos todo el proceso hasta alcanzar otro resultado… que tampoco coincidía. Y tras reiterar las acciones cuantas veces fuera necesario, de acuerdo con la paciencia del protagonista, quedaban dos opciones: reconocer la derrota o llamar a Charles.

No se crea que el caballero en mención únicamente sirve para propósitos académicos. El paso del tiempo mostró su idoneidad en otros quehaceres. Solo citaré algunos: labores de costura, de esas que requieren la paciencia y destreza de las abuelas para reparar un daño o ajustar medidas; manualidades cuyo resultado final está ligado a habilidades dignas del mejor artesano, como la maqueta para la tarea de nuestro hijo; decoración de interiores, mediante la aplicación profesional de bases y acabado de pintura; preparación de alimentos mediante largos y complejos procesos de sazón y cocción; o reparaciones locativas a nivel hogar de daños que involucran, por ejemplo, plomería.

Quien esto escribe no sabe coser ni posee rasgos de abuela, es torpe para los trabajos manuales, carece del tiempo y la perseverancia que demandan pintar por capas, tiene demasiada hambre para pasarse horas cocinando y le faltan tanto herramientas como conocimientos de plomería. Pero no se vara. Así que…

Como puede,  arma un remiendo deforme y chambón o sale del paso con esparadrapo de tela;  a punta de silicona y cartón construye una maqueta estilo terremoto y despacha a su hijo al colegio con ese desastre estético; combinando pintura en aerosol y cuadros tapa los daños de la pared; soluciona sus requerimientos alimenticios aplicando a los productos crudos aceite en cantidades industriales o agua hirviendo; y “sella” la gotera usando una bolsa plástica sujetada a la salida de la llave con bandas elásticas (cauchitos, que llaman).

Es lo mismo que hacía en sus tiempos de estudiante. Derrotado por los problemas algebraicos, físicos, químicos y trigonométricos, simplemente ajustaba los pasos para que —sin importar lógica, coherencia o exactitud del proceso­— la solución coincidiera con la planteada en el libro. (Y a rezar para que el profesor no mirara el proceso, solo los resultados).

El corte preciso y quirúrgico del bisturí requerido en los casos mencionados se cambiaba por el golpe seco, destructor y chambón del machete. Dicho de otra forma, esto lo solucionamos, así sea a machetazos.

Ahí es cuando llamamos a Charles, el de la Ley de Charles. El de e… de “E´Charles machete”.

miércoles, 30 de abril de 2025

Especialmente para ti

Al amigo Josué le llegan periódicamente mensajes de texto, correos electrónicos y llamadas telefónicas con ofertas que suenan interesantísimas. Son de esas que uno no se puede perder. Lástima que el inconsciente sujeto y protagonista de esta historia se las pierde todas, bajo el igualmente inconsciente método de ignorar, borrar y hasta bloquear. Y, cosa curiosa, su vida no ha tenido cambios significativos.

De un tiempo para acá, los desconocidos interlocutores, preocupados por su bienestar, ajustaron la estrategia. No se limitan a elogiar el producto o servicio, sino que le explican a Josué (con nombre y hasta apellido) que es una oferta especial para él. Solo para él o, por mucho, para él y un grupo de elegidos.

Entonces un día aparece ese correo donde le advierten “Josué, aprovecha esta oportunidad, estará vigente por pocas horas”. Lo de aprovecha no es un dato menor. Porque en lugar de un formal aproveche usted, va el confianzudo y cómplice “aprovecha tú”. Sí, el asunto varía de región a región, pero el protagonista de esta historia habita una zona donde el tuteo es solo para gente con lazos cercanos de amistad o parentela. 

Otro dato clave es lo de las pocas horas. La vida es de oportunidades y quien las deja pasar, paila*.  Pero tus amigos no dejarán que eso pase. Por eso te avisan. A ti, Josué.

Eso de hacerte sentir importante no solo aplica para ventas. Por lo menos no para ventas inmediatas. Algunos mensajes solo promueven participación. Informan a Josué que es uno de los pocos expertos escogidos para opinar sobre X tema, o elogian sus competencias y conocimientos (sin especificar cuáles) antes de invitarlo a contestar una encuesta o conocer, sin ningún compromiso, algún producto o servicio.

Aquí hay otra constante. Los halagos abundan, pero los detalles particulares escasean. Por mucho, nombre y apellido que a veces fallan en ortografía (Josue en vez de Josué). O con sutiles variaciones (José o Josías en vez de Josué). Son problemas menores que contrastan con anuncios rimbombantes como “oportunidad diseñada pensando en ti”, “tú nos importas y por eso tenemos una gran oferta” o “es lo que tú te mereces”.

Lo que casi nunca le explican al destinatario es porque esa oportunidad es para él, cuál rasgo individual lo hace tan importante o qué lo hizo digno de merecimientos. El casi del nunca es cuando el mensaje llega por alguna red social donde, si dan algún argumento, coincide con la información pública del respectivo perfil. 

En todos los casos, como siempre es por tiempo limitado, no hay espacio para reflexionar. Hay que actuar de inmediato. Y como dijimos, habrá quienes reaccionan ante las tentadoras propuestas de sus nuevos amigos. Pero siempre existirán tipos estilo Josué que desperdician la ocasión.

Y aunque esto debería terminar aquí no faltan los malpensados. Los que desconfían de esos mensajes “personalizados”. Los que creen que como hoy en día piden datos hasta para entrar a un baño público estos terminan en un poco de bases de datos. Los que han leído o escuchado que esa información se vende y se compra y es usada con propósitos comerciales o incluso delictivos. Los que creen que existen cazadores de perfiles buscando potenciales clientes (o víctimas) en redes sociales para hacerlos sentir importantes y engancharlos en algún tipo de negocio, no siempre lícito o, por lo menos, no siempre bueno.

En realidad no es nada novedoso. Sin importar, género, edad, experiencia o conocimiento, todos los seres humanos (Josué incluido) tuvieron, tenemos y tendrán una debilidad especialmente vulnerable a los elogios.

Los sicólogos y psiquiatras lo llaman ego.

*Traductor intergeneracional. Paila es una expresión que alguna vez estuvo de moda para indicar efectos negativos. 

miércoles, 23 de abril de 2025

La profecía de la abuela del cerrajero

Cuando el cerrajero cotizó la chapa digital para Fernández, este puso cara de no me alcanza. El técnico, acostumbrado a esas reacciones, ya tenía listo el plan B. Si aparecían mínimo 4 clientes adicionales habría un descuento significativo. La idea le sonó al comprador potencial, quien puso manos a la obra.

Logró convencer a un hermano, a una cuñada y al vecino. Con su mamá (viuda) el asunto estuvo complicado, pero finalmente ella se sumó a la lista. Lo mismo pasó con algún primo y hasta una tía. En total, encontró 7 que, junto con él, sumaron 8 interesados en cambiar la tradicional cerradura de llave por una que combinaba el sistema tradicional con lectura de huella digital. Bienvenidos al futuro,

Entretanto al presente se le atravesó la agenda del cerrajero. Y cuando los cambios de sistemas de seguridad amenazaban con entrar en lista de espera surgió una alternativa. Miércoles y Jueves Santo. Eso sí, medio en broma, el cerrajero advirtió que esas fechas no tenían problema, pero que el Viernes Santo se respetaba. “Mi abuela me enseñó que ese día no se debe hacer nada. Ni siquiera bañarse. Porque el que se bañe ese día, se vuelve pescado. Además, yo viajo a mediodía”.

Milagrosamente, todos los interesados estaban disponibles en la Semana Mayor. El miércoles comenzó la maratón de instalaciones. Ya era tarde en Jueves Santo al terminar el penúltimo procedimiento. Solo faltaba la casa de Fernández. Como el técnico tenía un compromiso inaplazable no alcanzaba a redondear la jornada. Fernández logró convencerlo de hacerlo día siguiente, temprano, antes de su viaje.

Así que todas las cerraduras quedaron ubicadas, probadas y funcionando. Al cliente, sin embargo, se le ocurrió preguntar por la alternativa en caso de falla. Claro que existía. Una tarjeta magnética para cada usuario. Pero eso sería la próxima semana porque de momento no había existencias y por la fecha tampoco tenía dónde adquirirlas. “Tranquilo señor Fernández que nada va a pasar. Pero por si las moscas, yo le dejo a usted una tarjeta maestra que sirve para todas las cerraduras. La próxima semana la desactivamos y personalizamos cada una. Seguridad ante todo. Me toca viajar así que nos vemos”.

La primera llamada llegó en la tarde de ese mismo viernes, cuando mamá Fernández intentó salir para el templo donde siempre escuchaba el sermón de las siete palabras. Algo pasaba con la chapa y no podía salir. Fernández se movió rápido, tarjeta en mano, y abrió exitosamente la puerta. Cuando iba de regreso llamó el primo. El paseo familiar del festivo había terminado con un portón que no respondía ni a llave ni a huella.

Así que el retorno a casa incluyó desvío para franquear la entrada del pariente. Y un desvío adicional a donde la hermana, cuya cerradura también se negaba a responder. A Fernández le entró la preocupación y buscó al cerrajero quien, efectivamente, no contestó llamadas ni mensajes.

El fin de semana el hombre se la pasó recorriendo la ciudad lidiando con cerrojos tan modernos como caprichosos que funcionaban al estilo chino. A veces chi, a  veces no. Solo uno no tuvo fallas: el de su propia residencia. En todas las demás a Fernández le tocó acudir al rescate, por lo menos una vez.

La explicación apareció claramente en su mente mientras ayudaba a su madre a ingresar. No era solo la abuela del cerrajero. Algún pariente de vieja generación alguna vez había formulado una advertencia similar. “No se bañe en Viernes Santo mijo, porque se puede volver pescado”.

Él no se había bañado, pero había instalado una cerradura. Por eso se convirtió en llave. 

miércoles, 26 de febrero de 2025

Invasor de selfis a paso de ganso

Ese tipo es un invasor. Un intruso. Un advenedizo. Pero RC (Roberto Carlos por cédula, Roba Cámara por actividad) le subió la categoría al asunto. A su curiosa y singular afición: colarse en selfis ajenas.

Empezó con un grupo anónimo. Tomaron la selfi y formaron corrillo para verla. Estaban ellos, el paisaje y el señor del fondo que saludaba. Nada planeado. RC callejeaba concentrado en sus propios asuntos cuando vio una selfi pidiendo pista. Le dio por saludar en el momento preciso para quedar en la foto. Se cruzó con el grupo justo mientras revisaban la imagen y alcanzó a captar ciertas risillas cómplices. Hubo una segunda vez. Circunstancias parecidas. Coincidieron tiempo, lugar y saludo oportuno. Este combo resultó más sociable y lo llamó para mostrarle el registro visual. En cambio, la tercera vez sintió que lo miraron feo. 

De la coincidencia se pasó a la intencionalidad. RC desarrolló una especie de radar que captaba selfiseros. También perfeccionó el movimiento para llegar al punto estratégico que garantizaría su presencia en la foto. Adicionalmente pasó a ser el mejor —si no el único— lector de músculos del dedo pulgar. Una mezcla de instinto y observación le permitió detectar el momento exacto cuando el fotógrafo iba a oprimir el botón obturador. Instante en el que, como no, RC saludaba, hacía alguna mueca, levantaba los brazos, saltaba. Opciones existían muchas. Lo importante era que su presencia no pasara inadvertida.

Ya entrado en gastos, vino la diversificación. De la calle pasó a parques, piscinas, gimnasios, restaurantes, teatros, bodas, bautizos, grados, despedidas y reuniones varias (donde no siempre estaba invitado). En estos y otros escenarios RC se integraba a las fotos ajenas. Pocas veces veía el resultado de su trabajo. Conflictos no faltaron. También sabía que probablemente sería eliminado —iconográficamente hablando— con algún software de edición o con inteligencia artificial. Pero no buscaba trascender. Solo estar ahí.

Como pasa con cualquier vicio, el cuerpo comenzó a pedir más. Más cerca. Poses más teatrales. Aún así no era suficiente. Necesitaba el reto supremo. Solo que no sabía cuál era. Hasta que se lo encontró.

Desfile de una fecha patriótica. Cintas amarillas y separadores aíslan al público a lado y lado de la calle mientras los soldados avanzan a paso marcial. Algunos asistentes se toman fotos con la parada militar de fondo. RC escoge cuidadosamente. Es una dama, ya mayor, que ha sacado varias instantáneas de ella y sus acompañantes mientras pasan los y las representantes de las fuerzas armadas.

La mujer pone su teléfono en posición de selfi. Sin fijarse quien viene en el desfile nuestro colado profesional se pasa al otro lado del separador. Con los ojos fijos en la espalda de la fotógrafa y los modelos aplica toda su experiencia acumulada para colocarse en el lugar y momento exacto. Ve en cámara lenta que el dedo se apresta a apretar el obturador. RC se ubica rápidamente y cuando va a saludar… la patada.

Tremenda patada justo en la zona usada para sentarse. Voltea. Grave error. Otra patada en el sitio anatómicamente ubicado a la misma altura del sentadero, pero al otro lado. Eso, como es de conocimiento general, duele. Duele mucho. RC se encorva mientras dos tipos de verde (las circunstancias le impiden establecer si son soldados o policías) lo toman de los brazos y lo llevan al anden, al otro lado de la barrera. 

Está en el piso, adolorido y humillado. Posiblemente deba afrontar alguna consecuencia legal. Ahí es cuando ve a las unidades femeninas del ejército marchando a paso de ganso (piernas levantadas hacia arriba en ángulo de 90 grados). Un batallón que, gracias a semanas de entrenamiento estricto y concienzudo, no se detuvo ni rompió la formación pese al obstáculo inesperado, con los resultados ya descritos. 

Y, para que sepan, RC tampoco salió en la selfi.

lunes, 17 de febrero de 2025

El sublime arte de bautizar el wifi

A los hogares y negocios llegan los servicios públicos, o sea el agua, la energía, el gas y más recientemente. el internet. La gracia de este último no es lo moderno, lo versátil o las opciones que implica. Todo eso es secundario. Lo realmente importante del wifi es que, por primera vez en la historia, el usuario le puede poner el nombre que él quiera.

Desde las Amilcaradas hicimos una exhaustiva investigación para establecer las tendencias de la población a la hora de bautizar su red cibernética (en realidad nos paramos en diferentes lugares, conectamos el wifi del teléfono  y tomamos pantallazos, pero nos gusta chicanear con lo de investigación exhaustiva).

Algunas observaciones. Ignoramos las combinaciones de mayúsculas y minúsculas (para que no digan que estamos gritando). Salvo cuando aportan algo significativo o simpático, eliminamos los sufijos como 5G o números aleatorios. No incluimos nombres de empresas proveedoras del servicio. Y sin tanta introducción, aquí vamos.

La fácil. Todas las combinaciones posibles a partir de cinco elementos. Un nombre, un apellido, una palabra o dato clave, el nombre de la empresa proveedora, un número. 

Ejemplos. ana maria 5g (nombre y dato clave),  cardenas_5g (apellido y dato clave), eliana 2.4 (nombre y numero), james (el nombre solo), (apellido y número), casaolarte_5 (dato clave, apellido, número)  red wi-fi de fuanky (Palabra o dato clave más nombre).

La más fácil. Familia más apellidos.

Ejemplos. Donde dice familia ponga familia y donde dice apellidos ponga uno o varios.  

La combinada. Aportes al idioma que resulta de combinar sílabas o iniciales de nombres, ubicaciones u otras palabras. 

Ejemplos. aumaru, mbgogo, leyzor6621, osivor, lau.cris, sarac, dianaorto, kateyjul;, acereto, narroyave, googli, coquigo, lynksysana, jibanez, manchis, coquigo, lovo, ukrasa, vimerlasa, laila lola, mavi, edglim, elilu, wakito, kitzue, elipplover, mercusys, amause, cata rami, ecovacs, napaher, sajuca, papnet, numazor extt, urubu, linksysl4065, oaac, saucedo2p, laucarger, carlauger, yanlonet, garzia,

La agresiva. Insultos sutiles o de los otros a manera de advertencia para quienes intenten robar señal.

Ejemplo. sapos_hijuputas.

La descriptiva. Basada en alguna condición del usuario

Ejemplos. maliciosa, estrato 1 y 2, kazador, nietos, monylee, mercadeo, gerencia, asistente, adminstark 43, deditorial, love oficina ext, loscucus, clasesmoviles, eventos2025, carplay_wifi.

La ubicación. Basada en algún lugar donde, suponemos, está, estuvo, estará o desea estar el usuario.

Ejemplos. dormitorio cami v, habitación, pluton (como lejos, pero vale), alejandroom, mi terruño, casa cami, estambul, araucar, edificio, elrinconantigua, casadeal, lisboasedeppal, parroquiajuanxxiii, canada, bella antioquia, ariari2, lluna45, san andres 970_5889, latitud.5g, arabe.

La creativa. No se entiende mucho la lógica pero tiene estilo

Ejemplos. chimichanga, maraguango, mimosarojoplatinado, atrocitus, nadie, celeste_plus, arpeggio, barril sin fondo, primavera, activa y el rey, hola_mundo, taxi964.

La internacional. Nadie dice que es obligatorio que sea en español.

Ejemplos. winterfell, tiger lilly, nuketown, houseofthedragon, the muppets, truckernky, quickvision, iluminata country, dogger country, moonlight, showroom, maverick, danken, one shop, idara by emma.

El animal. Los que rinden homenaje a mamíferos, aves y similares.

Ejemplos. lascabras, pantera16, pinguino, leones, mosquito, bufalita, caballo33.

La del homenaje. Alusión a algún personaje destacado real o imaginario

Ejemplos: dali 2024, ok_gabo, lolita, naruto, jesus, mystic, 

La arbitraria. Es mi wifi y yo lo bautizo como se me dé la gana.

Ejemplos. latropa, 7c49, fitpo 2.4,  pastoras, nara y nilo, pif, b311_6896, dseelab512v01_10339, red clasica, pruebas_1314, movimartinez, digitalds, tribu plura, ger, ddpai_mini_adc6, R69, ARRis-7249, lulu$flo, achira, javerred, thichi_2.

El que amerita comentario. Va comentario

Se llama Red oculta. Pregunta: ¿Por qué veo una red oculta que se llama “red oculta” si se supone que está oculta?  

El que no se complica. Tal cual.

Se llama el internet-5G.

miércoles, 22 de enero de 2025

El abuelo Yépez quiere ver televisión



Ese televisor hacía tantas cosas que la familia Yépez consideró solucionado su problema de entretenimiento de por vida. Tenía internet, TDT, plataformas preinstaladas (por pagar, pero eso es otro cuento), modalidad 3D, múltiples opciones de imagen y de sonido; y posibilidades de conectarse con la consola de juegos, el computador, la nevera, el microondas, el teléfono, las luces, las cortinas y la puerta. Además daba la hora, servía de despertador y se apagaba solo en casos de que el sueño superara al usuario.

De manera que los Yépez procedieron a la instalación, debidamente asesorados por técnico profesional certificado. Y en los primeros días cada miembro del clan se dedicó a explotar la nueva adquisición de acuerdo con sus intereses particulares. Finalmente, un domingo cerca de la medianoche le tocó el turno al abuelo Yépez, cuyas aspiraciones no pasaban de ver su  programa favorito en canal nacional.

Y para ese servicio en particular, el televisor no funcionó.

El hombre movió todos los controles posibles. Hasta leyó y aplicó estrictamente el manual pero nada. La maravilla tecnológica se negaba a sintonizar canales tradicionales. Tras dos horas de pruebas, apoyado por papá y mamá Yépez tocó despertar a los expertos tecnológicos de la familia. Como las edades de los peritos oscilaban entre los 7 y los 13 años, primero tocó explicarles qué era un canal de televisión, por qué los programas tenían horario fijo y no se podían ver a cualquier hora. Aclaraciones técnicas concluidas ellos tampoco pudieron. Con sueño, cansancio, y sobre todo frustración, los Yépez se fueron a dormir.

El consuelo fue que el asesor telefónico contactado a primera hora tampoco dio con el chiste. Luego de, muchos, muchos minutos de instrucciones, el aparato de televisión seguía sin servir para ver televisión de la forma tradicional. El experto dictaminó la necesidad de una revisión técnica in situ aplicando la garantía.

Días después apareció el experto, repitió todos los intentos previos, fracasó en todas las repeticiones y tras sacar fotos, llenar formularios y recoger firmas se llevó el aparato para la respectiva reparación. Reparación que no se llevó a cabo, porque pasadas 72 horas un personaje que se identificó como otro técnico del taller autorizado mensajeó las 4 palabras mágicas que le permiten a las empresas enredar su responsabilidad con los productos que venden: “Ustedes le dieron un golpe”. Y va foto. 

Pero el cliente de turno, (en este caso los Yépez) tenía esa mezcla de terquedad, tacañería, persistencia y paciencia para contraatacar. El primer round fue argumentar que el tal golpe y el daño no tenían ninguna relación. Vinieron más revisiones y dictámenes técnicos. Como la empresa insistió en su posición, tocó escalar el asunto ante la alcaldía, ante la superintendencia e incluso mirar la opción de instancias judiciales.

Teóricamente era una batalla de argumentos, pero realmente el asunto era de resistencia. Cuál de los dos se cansaría primero. Los Yépez, sin su televisor ultramoderno multiservicios y dedicando tiempo y recursos a escribir cartas, visitar oficinas y repetir el cuento; o la empresa, destinando recursos corporativos, técnicos y administrativos a generar respuestas y enfrentar requerimientos de autoridades competentes.

A estas alturas, el asunto va en una especie de empate. La empresa aún no aplica la garantía pero dicen en la superintendencia que devolver la plata o cambiar el aparato tiene futuro.  La familia Yépez, por su parte, recuperó sus rutinas de antes del televisor nuevo.

Y el abuelo Yépez ve su programa dominical en ese aparato que tiene hace años, el cual puede que no sea tan moderno, pero sirve para ver televisión.

miércoles, 8 de enero de 2025

Cazador de golpes, rayones e intermedias


Pasa con lavadoras, estufas, hornos, teléfonos, aspiradoras, computadores y demás electrodomésticos, gasodomésticos o aparatos electrónicos.  Automáticamente se invalida la garantía sin importar el daño y la claridad en la relación de causa y efecto. Ese es un tema de técnicos, reparadores, protección al consumidor y abogados. Nuestro tema es el surgimiento de una nueva especialidad laboral. 

Él o ella forma parte del equipo de servicio al cliente en grandes superficies, o del grupo de ventas en almacenes especializados, o del personal técnico del taller de reparaciones. No importa su experiencia previa, sus logros académicos o el lugar que ocupe en el organigrama. Importa lo que hace.

Sonríe y actúa con engañosa cortesía. Recibe al comprador que llega con ese aparato recién adquirido que se niega a cumplir aquella función para la que fue fabricado. Cuando está con el cliente escuchará pacientemente la descripción del problema.  Y entonces,  hará aquello para lo cual fue realmente contratado o contratada.

Con meticulosidad digna de artesano experto acometerá la más detallada de las revisiones. No al funcionamiento, no a los mecanismos internos, no a las fuentes de energía sino al contorno. Recorrerá cada centímetro de la carcaza con una vista especialmente entrenada que sabe exactamente lo que busca. Si lo ve, habrá un cambio, casi imperceptible, en su rostro. De la mirada inquisidora pasará a los rasgos del deber cumplido. Algunos continuarán con la revisión en busca de más evidencia. Otros la interrumpen justo en ese  momento y emiten verbalmente acusación, juicio y sentencia.

Existen variantes, por supuesto, pero el mensaje siempre es el mismo. “la garantía no tiene validez porque ustedes le dieron un golpe”.

El discurso heredado de generación en generación sabe que una cosa es “tiene un golpe” o “le dieron” a secas que la formula completa de “ustedes le dieron”. En teoría —porque por suerte existe el derecho  al  pataleo— con esa afirmación el distribuidor o fabricante de turno queda automáticamente absuelto de cualquier responsabilidad en daños o fallos. En este caso el cliente no tiene la razón. Además, es torpe.

Hay golpes de golpes. Algunos parecen accidente de tránsito entre carro viejo y auto eléctrico con latas (o su equivalente el aparato de turno) sumidas, pintura completamente descascarada y agujeros reveladores. Son aquellos ante los cuales solo resta aceptar la evidencia y empezar a cotizar el arreglo.

Pero en el otro lado están los discutibles. Muy discutibles. Un leve roce que a duras penas afectó un poco la pintura. Una deformidad casi microscópica apenas visible a la vista y solo detectable por medio del tacto. Un daño menor en ese lugar donde, sin ser necesariamente un experto, el cliente sabe que no tiene ninguna relación con los problemas de funcionamiento.

Y ahí viene la metamorfosis. El personaje que días atrás nos vendió el aparato en medio de sonrisas, el encargado o encargada de servicio al cliente que nos recibió en plan de “vamos a solucionar su problema” se convierte en frío funcionario o funcionaria que recita detalles técnicos y legales gracias a los cuales el golpecito anula la garantía. Su único rastro de humanidad es, a veces, un “ de verdad lo siento mucho, pero así funciona”.

Entre más argumente el cliente, más impersonal se vuelve el representante de la firma. Lo más probable es que el asunto termine escalando ante algún nivel superior en la organización o ante autoridad competente. Pero eso es otra historia.

Aquí solo queríamos presentarles al cazador o cazadora de golpes, rayones e intermedias.

miércoles, 11 de diciembre de 2024

Ella me está mirando

F.A. es maduro tirando a viejo, su cara es más bien normalita tirando a maluca, su físico no tiene nada que ver con gimnasios o ejercicios y su ropa es bastante común tirando a corriente y descachalandrada. 

Aún así, ella siempre lo mira.  F. A. no sabe su nombre. O mejor, sus nombres, como explicaré más adelante. Ella es joven. Milenial. centenial, generación Z o cualquiera de esos apelativos creados para vender productos y sensaciones “exclusivas” a millones de consumidores que coinciden en un rango de edad.

F. A. tiene un nombre que corresponde a sus iniciales. También es Fotógrafo Aficionado. Dos razones para ser F. A. Suele cargar una cámara (no la del celular)  para captar imágenes de situaciones, lugares, eventos, y, sobre todo, de gente en su vida diaria. No busca publicar, generar ingresos o seguidores. 

Lo hace porque le gusta. No pone individuos o grupos a posar. Simplemente, cuando ve algo que le llama la atención enfoca (bueno, la cámara enfoca por él) y dispara. Así ha ido reuniendo una amplia colección de imágenes que muestran seres humanos en diferentes escenarios, ejerciendo eso que llaman vivir.

Vivir no siempre es cuestión de individuos sino de comunidades. Muchas veces las fotos de F.A. son de grupos. Grupos que caminan, grupos que desfilan, grupos que interactúan en algún espacio público, grupos que trabajan, grupos que participan de alguna dinámica —como no— de grupo, grupos que bailan, grupos que cantan, grupos que descansan… Grupos, que, en resumen, están ocupados haciendo algo que amerita fotos. Y, lo más importante, que no asumirán esas poses prefabricadas y artificiales de las selfis.

Pero ella sí.

Ella está en las imágenes de la presentación del conjunto de baile, de los ocupantes del tren en movimiento, de la procesión de Semana Santa, del evento conmemorativo, del desfile de bandas de guerra de la fiesta patria, del público expectante antes del concierto, del público exaltado durante el concierto, de la  multitud anónima caminando por el centro.

Es completamente reconocible, pero solo se hace evidente al ver las fotos en un formato grande. Antes, había que esperar el revelado e impresión. Ahora es cuestión de computador, televisor o tableta. Allí está. En medio de la multitud o del grupo selecto, justo cuando F.A. aprieta el obturador, ella lo mira.

Es una mirada directa. Sus ojos están fijos en F.A. La evidencia gráfica no deja lugar a dudas. No importa si F.A. acciona su cámara cerca o a 50, 100, 200 metros, con uno de esos lentes que le hacen trampa a la distancia. No importa si el grupo es grande, mediano o pequeño. No importa si están de pie, en movimiento, quietos o haciendo alguna acrobacia.

Si tomó una sola imagen, en esa imagen ella lo mira, En cambio, si tomó varias imágenes, en distintos, momentos, lugares o planos… ella también lo mira. Además, independientemente de las circunstancias, ella siempre se ve bien. Es decir que si se trata de alguna actividad física donde el resto del personal evidencia el esfuerzo, ella tendrá rostro sereno, relajado y sin una gota de sudor. Si es un escenario donde todos los demás ponen cara de palo, ella esbozará una enigmática sonrisa. Y si es el momento de suprema emoción de los asistentes al concierto, donde todos saltan y gesticulan con sus ojos fijos en el artista, ella desviará la mirada hacia el fotógrafo y pondrá cara de modelo durante menos de un segundo.

¿Efecto selfi? ¿Instinto? ¿Magnetismo? F.A. no tiene explicación. Pero ella nunca falta. Y lo está mirando.